Capítulo I

I

Viena, 28 de diciembre de 1944

Preludio a la noche, de Rapsodia española, de Maurice Ravel

—Así pues, ¿este año no escucharemos El bello Danubio azul?

Era una forma un tanto desconcertante de comenzar una conversación con un desconocido. Aunque no podía decirse que la irrupción de aquel Hauptsturmführer en la Sala Dorada, en pleno ensayo, entrase dentro de lo habitual. Era frecuente que militares de alto rango y miembros de las SS acudieran a sus conciertos en distintas ciudades del Reich, pero había algo inquietante en aquel capitán que no osó quitarse la gorra de plato negra, con su calavera incrustada en plata, mientras escuchaba la música desde un palco anexo al órgano. Incluso hubo un momento en que intentó seguir la obra dirigiéndola con su índice derecho envuelto en el reluciente cuero negro de su guante, de los que tampoco consideró necesario despojarse. Estaba claro que no se encontraba allí por afición a la música, sino porque buscaba respuestas que acaso esperaba hallar en el seno de la Filarmónica. Aunque el director trató de abstraerse de su presencia y centrarse en la partitura, lo cierto es que no pudo, y en el movimiento final de la Rapsodia española acabó por perderse en el incisivo colorido, pletórico de perfumes nocturnos, de la Feria. Los miembros de la orquesta, conscientes del traspiés, retardaron el tempo, todos al unísono, a la espera de que él volviera a tomar las riendas. Fue inútil, porque sabía que a partir de ese instante no podría quitarse al tipo aquel de la cabeza. O sea que detuvo el ensayo y anunció un descanso, a pesar de que el anterior había acabado media hora antes.

La misma intuición que evitó el caos dentro de las familias de instrumentos durante el despiste del maestro fue la que hizo comprender a los profesores cuál era el motivo de la nueva pausa. Se volvieron hacia el palco en el que el Hauptsturmführer dudaba ahora si aplaudir y le saludaron de forma unánime con un «Sieg Heil» que este no se esperaba, y al que respondió con la palma hacia el techo con los dedos doblados.

Al director le llamaba la atención que, cada vez que se veían en esa tesitura, sobre todo cuando una personalidad importante visitaba el teatro, los miembros de la orquesta afiliados al partido (algo más de la mitad) realizaban el saludo con absoluta naturalidad, como si fuese un movimiento reflejo del brazo, en tanto que los otros se apresuraban a hacerlo de forma un tanto exagerada para que nadie pusiera en tela de juicio su fidelidad. Él, en cambio, se limitó a apuntar al visitante con la batuta, como si estuviera dirigiendo su propio saludo.

El tipo le hizo señas de que deseaba hablar con él. Lo cierto es que al director no le apetecía lo más mínimo desviar la atención de la partitura de Ravel, que tanto se apartaba de la estética de las obras que constituían el grueso de su repertorio. Para su sorpresa, Wilhelm Jerger, que había acudido al ensayo, le salió al paso.

—¿Quién es ese? —le preguntó desconcertado.

—¿No lo sabe usted?

Jerger respondió con un silencio. Era más que obvio que lo conocía, puesto que él, además de director interino de la Filarmónica y el más influyente miembro de su junta directiva, pertenecía también a las SS. Le lanzó entonces una mirada ojerosa, como si le replicara: «¿Usted cree que todos los de la Schutzstaffel nos conocemos entre nosotros?». En cualquier caso, resultaba evidente que aquella visita le incomodaba. De hecho, en lugar de aguardar a que el desconocido bajase del palco, le dijo al maestro:

—Estaré en mi despacho, por si necesita comunicarme alguna cosa.

¿Y qué se suponía que debería comunicarle? De haber estado allí su asistente, Erik Maschat, lo hubiera utilizado de intermediario para enterarse de lo que buscaba de él. Pero Maschat languidecía en cama a consecuencia de un catarro.

Entretanto, el desconocido ya se había acercado a él desde la entrada de la sala en unas pocas zancadas con sus botas relucientes. El director le invitó a ir a su camerino, en el otro extremo del Musikverein. Una vez allí, le ofreció algo de beber, invitación que el capitán declinó. También le ofreció un puro, que rechazó. Entonces le preguntó si no le importaba si se lo fumaba él.

—No vivirá usted demasiado —le dijo con una media sonrisa.

El director palideció. Como apreció su estupor, el extraño le señaló el puro.

—Si fuma muchos de esos. Es más, al hacerlo delante de mí me convierte en un fumador pasivo.

«Fumador pasivo». Había leído esa expresión en los folletos propagandísticos antitabaco difundidos por el partido en los últimos años. Concretamente, este hábito no solo era el causante de los problemas de salud que era verosímil que conllevase, sino que además contribuía a la degeneración de la raza alemana. Por ese motivo llevaba años prohibido en espacios públicos y edificios oficiales. Tampoco se permitía fumar en automóviles, trenes y autobuses, con una advertencia en forma de letrero a los conductores para informarles de que cualquier accidente en que se vieran involucrados mientras fumaban sería considerado una conducta criminal. Pronto el cigarro puro pasó a engrosar la imaginería grotesca de los carteles antisemitas, con monigotes de nariz ganchuda, sombrero de copa y monóculo que echaban humo por la nariz mientras ordeñaban una vaca con la forma de Alemania. El director se deleitó con el aroma del suyo antes de encenderlo y aspirarlo con la hondura de quien lo necesitara para vivir. Y en el caso de que el tipo le recordase que provocaba abortos e infertilidad, podría replicarle que él ya tenía dos hijos creciditos, aunque no los viera demasiado.

Entonces el Hauptsturmführer sacó a colación la ausencia de El Danubio azul para el siguiente 1 de enero. ¿Cómo podía saberlo? Era una información que aún no se había hecho pública. Casi como si le leyera la mente, extrajo un papelito del interior de su guerrera y luego se tapó con él la boca de forma instintiva cuando el humo del puro se interpuso en el espacio vital de ambos.

—Tengo aquí las obras que mañana ofrecerá la Filarmónica por la radio desde este mismo escenario. Y no está entre ellas.

Recordó entonces que cuanto se emitía por la radio debía pasar una estricta censura de la que no se libraban ni siquiera las sinfonías de Beethoven, por lo que, siendo SS, no resultaba tan extraño que se hubiera hecho con esa información.

—No tiene por qué ser el mismo programa. De hecho, no lo será.

Le pidió que le pasase el papelito, cosa que el capitán hizo con reticencia, y se sintió incómodo al encontrar allí su nombre escrito con una pulcritud funcionarial, tal cual hubiera podido hallarlo en una ficha policial.

—Sí, mire… Aquí solo hay ocho piezas y en Año Nuevo y el día dos, en que repetimos el repertorio, sonarán catorce, de las que coinciden algunas. Estarán, por ejemplo, las polkas La libélula y Sin preocupaciones de Josef Strauss, y de Johann hijo la obertura de la opereta Índigo y los cuarenta ladrones, además del vals Cuentos de los bosques de Viena, entre otras.

—Pero no El bello Danubio azul, que ha evitado en todos estos conciertos del 1 de enero desde que se instituyeron.

La realidad era que el año anterior sí lo había dirigido, pero este lo retiró del programa a última hora, antes de dárselo a conocer a nadie.

—¿Puedo preguntarle quién es usted? —dijo sacándose el puro de la boca.

El capitán se quitó por fin la gorra y sonrió.

—¡Ah, qué despistado soy! No me he presentado. Mi nombre es Erich Krenn y trabajo para la Oficina Central de Seguridad del Reich.

¿Debía bromear? Por supuesto, como haría cualquier persona sin nada que esconder. Como él.

—Ya estaba pensando que venía usted de parte del Conservatorio de Viena.

El humo del puro le caldeaba el espacio entre los nudillos. Si lo mantenía mucho tiempo en esa posición, sin duda acabaría quemándose. Pero no era momento aún de llevárselo a los labios por si el oficial lo entendía como una provocación.

—Soy muy aficionado a la música. De hecho, toco el violín en mis ratos libres —dijo Krenn.

—¡Oh, bravo! Si algún día el señor Boskovsky se siente indispuesto, tal vez podríamos llamarle a usted.

Los dos rieron, y el director no hubiera podido afirmar quién tenía una risa más tonta.

—Oh, no tengo su nivel, me temo. Pero sí le confieso que me he impuesto como reto tocar un día la Chacona de Johann Sebastian Bach.

Rebuscó en su memoria una anécdota propicia, y se alegró tanto de encontrarla que elevó el tono de voz sin darse cuenta. Sí, la de aquella vez que el gran virtuoso belga Ysaÿe fue a dar un recital a un pueblo de la Bélgica profunda. Cuando vio que su público era un grupo de granjeros analfabetos, decidió tocar un repertorio de circunstancias y omitió la Chacona, que estaba anunciada en cartel. Al finalizar, uno de aquellos hombres del campo se quejó con amargura de que había caminado treinta kilómetros para escuchar la pieza en cuestión, pues era una de las ilusiones de su vida. Avergonzado, Ysaÿe lo invitó a cenar en el hotel en el que estaba alojado, y luego tocaría la Chacona para él en privado. El campesino estaba emocionado. Sin embargo, una vez finalizó la obra, torció el gesto y afirmó: «¿Sabe? Toda la vida he soñado con escuchar esto y me ha parecido aburridísimo».

Nuevas risas estúpidas, incluso una perla de saliva que se le escapó al director por entre los labios y aterrizó presumiblemente en la mejilla del SS. Contuvo el impulso de pedir perdón, pues prefirió mantener la ficción de que eso no había sucedido. Igual que la conversación que estaba demorando deliberadamente, en la infantil convicción de que así esta jamás tendría lugar. Pero Erich Krenn se sacó un pañuelo blanco con sus iniciales en rojo sangre y se limpió con discreción, mientras remaba a la orilla de lo que le había llevado hasta allí.

—En todo caso, no deja usted de sorprenderme. Hace unos años propuso la creación de este concierto para ensalzar el repertorio austriaco, como un modo de diferenciar la personalidad de Austria dentro del Reich.

—Oh, no. Nunca pretendí eso. Cuando empezó la guerra se me pidió un concierto que sirviera de apoyo al Socorro de Invierno para nuestros soldados… ¿Y qué hay que pueda alegrar más a las familias separadas que los valses y las polkas?

—Un concierto a mayor gloria de la familia Strauss, en el que sin embargo no está su obra más célebre. O, al menos, la más querida por el público.

Era cierto que había una razón para aquella ausencia. Pero no se la revelaría a él, un desconocido con una calavera sobre los ojos, aunque ahora la gorra de plato reposara sobre sus rodillas.

—Le voy a confesar algo que pocos quieren recordar… —dijo el director.

La quemazón le había alcanzado ya la piel que separaba los dedos. Aspiró el puro, sintiendo la amargura de lo malogrado. Y le explicó que, en sus inicios, la Academia Filarmónica de Viena odiaba con toda su alma a Johann Strauss y sus piezas de baile, odio que trasladó a su heredero espiritual e hijo más famoso, del mismo nombre. Por esa razón, durante treinta años nunca tocaron una sola de sus obras, que consideraban menores. Todo cambió cuando una hija del emperador Francisco José se casó con el príncipe Leopoldo de Baviera. Entonces se encargó a Strauss hijo que compusiera un vals para la ocasión, que debía estrenar la Filarmónica, precisamente en un baile en el Musikverein. Eso ocurrió en 1873, y los miembros de la orquesta cumplieron la petición muy a disgusto, iniciando con Sangre vienesa lo que no imaginaban que iba a ser una larga asociación con aquel autor.

—Ellos preferían tocar a Brahms y autores así —concluyó.

—Brahms… —dijo Krenn, arrastrando el nombre como si no debiera pronunciarse a la ligera—. Pues él no opinaba así de los valses.

¿No pensaría contarle la famosa anécdota de que el compositor hamburgués escribió los primeros compases del Danubio en el abanico de la mujer de Strauss hijo junto a las palabras: «Qué pena que esto no sea de Johannes Brahms»? No fue necesario. De alguna manera, el director se sentía como en una partida de ajedrez verbal en la que los adversarios intuyeran los movimientos del otro y lo desechó al ver sus intenciones al descubierto. Decidió tirar por la cuestión del repertorio.

—Strauss compuso quinientas obras, de las que unas ciento cincuenta son valses. —Soltó ahora un par de anillos de humo que eran la ejemplificación de las citadas cifras. O, al menos, así pareció contemplarlos el capitán, olvidándose de su indignación inicial por estar fumando delante de él—. Centrarnos siempre en las mismas piezas empequeñece su legado.

—Creo que es el pueblo el que decide cuál es el legado de un autor y el que decide conservarlo —argumentó Krenn después de unos segundos de reflexión—. Eso no le corresponde a un particular.

«¿Y no ha impuesto el Führer sus gustos personales en el repertorio que se interpreta en el Reich?», hubiera podido decirle. Pero un parpadeo severo en la mirada del Hauptsturmführer le previno de hacerlo.

—Si a la gente le gusta El bello Danubio azul, lo lógico sería que esa pieza sonase en todos los conciertos dedicados a la familia Strauss. Pero veo que es usted amigo de los experimentos. Por ejemplo, eso que estaba dirigiendo ahora.

—¿Tiene algún problema con la Rapsodia española?

—Con franqueza, me asombra mucho que la Filarmónica de Viena, quizá la orquesta más importante del mundo, pierda un solo minuto interpretando música de un judío francés.

—¿Judío?

La vieja cuestión de siempre. Amagó un suspiro de tedio y le explicó, como en su momento tuvo que explicarle a la censura, que puso las mismas objeciones, que Maurice Ravel no era judío.

—Su padre era suizo y su madre, vasca del sur de Francia. Si se le consideraba como tal era porque escribió varias obras sobre melodías hebraicas.

—Es extraño que un no semita se interesase por ese tipo de música —repuso Krenn.

—No veo por qué, él no era español y estaba fascinado por la música de ese país. De hecho, si mira su catálogo, la mayor parte de las obras están inspiradas en España. Como esta rapsodia. ¡Y hasta el Bolero!

El Hauptsturmführer no hizo ningún comentario respecto a esto último, así que el director decidió apuntalar sus ejemplos con una frase que Viorica y él solían repetirse con frecuencia, por el modo en que se habían conocido.

—Las apariencias engañan. La música solo dice la verdad.

—Eso me lleva al tema por el que he venido a verle —zanjó con sequedad Krenn, harto de cansinas metáforas musicales—. Hablemos de Múnich.

—¿Múnich?

—Sí. ¿Qué puede decirme de su relación con esa ciudad?

¿Qué podía contarle? Que fue director de la Ópera de Baviera entre 1937 y 1944, hasta la destrucción en un bombardeo del Teatro Nacional.

—Un lugar entrañable del que solo guardo estupendos recuerdos.

—Sí. —Krenn se guardó en el bolsillo el listado de obras de Strauss y sacó una libreta repleta de anotaciones que mantuvo alejada de su vista—. Y también de la Bräuhausstrasse.

—¿La Bräuhausstrasse? —exclamó con sincero desconcierto, aunque algo le dijo que la pregunta siguiente le provocaría un involuntario temblor en las piernas, como así sucedió.

—En los últimos bombardeos de los estadounidenses, las calles aledañas al Teatro Nacional resultaron arrasadas. Pero en uno de los edificios, precisamente situado en esa calle, un único piso permaneció intacto, como por arte de magia. Hace meses de aquello, pero recientemente, antes de derribar su estructura por motivos de seguridad, se revisó el piso y aparecieron en él, casi intactos, unos documentos de lo más desconcertantes.

El director contuvo la respiración y ni osó parpadear. Entonces el SS le mostró un par de hojas de la libreta, con aquella letra de trazo geométrico que tan apropiada hubiera resultado para una lápida, en la que volvió a encontrar su nombre y otros tantos que nada le dijeron, hasta que distinguió apellidos de procedencia claramente semítica.

—¿Me puede explicar cómo es que usted, Clemens Krauss, uno de los directores más reputados de la nación, aparece en una lista de personas que han desaparecido misteriosamente del Reich en los últimos años?

II

Salzburgo, verano de 1935

Preludio de El oro del Rin, de Richard Wagner

Aquella tarde, en el Festival de Salzburgo, Clemens Krauss experimentó la sensación más parecida a estar muerto. Al entrar con Viorica en el foyer del Grosses Festspielhaus, donde se ofrecía uno de los habituales cócteles tras los espectáculos, se encontró todas las espaldas de la sala vueltas hacia ellos. Al principio pensó que estarían sumidos en la pasión que siempre desatan entre desconocidos y viejos amigos los temas comunes. Pero cuando se acercó a uno de los círculos y ninguno de sus integrantes se movió invitándole a participar, como si él no estuviera allí, comprendió que ese iba a ser su destino el tiempo que permaneciera en la ciudad de Mozart.

Cedió entonces la iniciativa a Viorica, pensando que a ella la respetarían, puesto que ser su compañera no la convertía en partícipe de sus pecados. Sin embargo, no hubo la más mínima alteración. Pasearon por el foyer como Ulises por el inframundo en busca de Tiresias, y, como mucho, dieron con un camarero que les ofreció dos copas de vino en una bandeja, que ambos rechazaron, quizá para no beber solos.

—Diablos —refunfuñó Clemens—, sí que son orgullosos nuestros paisanos.

Ella no respondió, tratando de identificar algún rostro amigable, pero todos aquellos a los que ponía nombre y apellidos, con la mayoría de los cuales había compartido risas y escenarios, mostraron la misma indiferencia forzada. Y ahí fue cuando Clemens se preguntó hasta qué punto la vida, pletórica de luces y sonidos, que discurría en las proximidades de una tumba era susceptible de ser percibida por los restos de quien una vez la protagonizó. Pues así era justo como se sentía.

Estaba claro que se trataba de una estudiada puesta en escena para humillarle. Como el hecho de que, por primera vez en muchas temporadas, no se le hubiera encomendado ninguna ópera en el festival. Viorica y él tuvieron que conformarse con un recital de canciones del maestro Richard Strauss, acogido con entusiasmo por el público, acaso solo por veneración al compositor.

Por si fuera poco, las conversaciones de la sala, que en realidad eran variaciones de una misma en la que él no estaba llamado a participar, parecían materializarse en unos pocos nombres que estallaban en sus oídos como reproches. «Furtwängler», «Busch» y «Kleiber», y otros de los directores más importantes de Alemania.

Echó un somero vistazo al recinto, que pretendía ser el último, y dijo en voz lo bastante alta como para que muchos de los presentes lo escucharan:

—Ahora ríen mucho. Cuando todo esté lleno de esvásticas, habrá peleas por ver quién alza más el brazo.

Sin embargo, al girarse hacia la puerta se encontró con la única mirada no hostil del entorno, para su desgracia. Se trataba de Mitia Mayer-Lismann, a la que ya era tarde para eludir.

—¡Cuánto tiempo! —exclamó, y se mordió la lengua para no llamarla «Berta».

Le tendió su gran mano de director wagneriano, sin la certeza de si hallaría acomodo entre sus dedos afilados de pianista répétiteur. Ella se la estrechó y la sintió fría. Viorica se fundió con Mitia en un caluroso abrazo, tras superar el estupor que le causó descubrirla tan encanecida desde su último encuentro.

Clemens siguió preguntándose por qué se le asemejaba tanto a Berta Geissmar, pese a que no se parecían en nada. ¿Sería porque ambas eran judías? Entonces creyó reconocer, bajo el colorete y la sombra de ojos, inhabituales por lo general en Mitia, un desasosiego no muy distinto del que palpitaba en las facciones de Berta.

Lo peor es que Viorica se aferró a ella como si fuese un salvavidas para no salir de allí con el estigma de haber sido ignorada por todos. Él ya se imaginaba lo que vendría a continuación. Una retahíla de agravios entre sollozos, la misma que llevaba meses escuchando, como si él tuviera la solución para unas circunstancias que solo eran explicables por el caprichoso discurrir de los tiempos. El mismo que, en menos de un año, le había llevado de ser un ídolo en Viena a un traidor a la patria.

Viorica le preguntó a Mitia, como era presumible que habían hecho ya todos, por qué no abandonaba Alemania, donde acababan de cesarla de su puesto en la Ópera de Frankfurt, y se trasladaba a Austria.

—Toda mi vida está en Frankfurt —replicó con esa candidez que tan entrañable la hacía a ojos de quienes la trataban—. ¿Adónde voy a ir yo?

—Aquí, en el festival, desarrolla usted una labor muy importante —insistió Viorica a voz en cuello, como si eso fuera a ablandar la brutal resistencia de los indiferentes.

—Pero es solo un trabajo de verano. Y, además, están mi marido y mi hija…

Clemens, deseoso de encontrar una excusa para salir de allí, abrió los ojos con estupor al advertir que su antiguo amigo Lothar Wallerstein se les acercaba, no para hablar con ellos, sino en dirección al servicio. Les dirigió una mirada de reojo con evidente intención de no detenerse, y ambos, dentro de sus diferencias, parecieron coincidir en que era lo mejor para todos.

Pero Mitia, que si antes le parecía ñoña e infantil, ahora se le antojaba de una pesadez insoportable, tuvo la genial idea de interceptarle.

—¡Lothar, mire quiénes están aquí!

No tuvo más remedio que prestarles atención.

—Ya —gruñó, y en aquel monosílabo cabían todos los exabruptos de la lengua alemana.

Lo peor fue que la buena señora agarró a ambos por los codos, instándoles a saludarse. Cuando lo hicieron, Clemens tuvo la impresión de estar estrechando la mano de un cadáver.

—Ustedes han sido los mejores amigos —insistió Mitia—, no deben permitir que las cosas que están sucediendo les nublen el entendimiento. Miren, a pesar de todo, yo no he dejado ni un solo día de tener presente quién soy y con qué personas puedo contar. ¿No le parece, Lothar?

—Tiene usted un corazón de oro —repuso este con una gota de veneno en la punta de la lengua—, por eso las buenas personas la quieren tanto.

—En eso tiene razón —asintió Viorica—, debemos quedarnos con todo lo bueno. La música, la amistad… y Salzburgo. —Señaló la sala en derredor suyo, como si de alguna manera le perteneciera.

—Oh, están ustedes tratando de complacerme. No soy una niña para que me den la razón así como así. —La répétiteur no daba su brazo a torcer—. ¿Sabe qué, Viorica? Creo que no vamos a dejar que estos dos caballeros se separen sin que hayan hablado, al menos… para aclarar malentendidos.

Clemens suplicó con la mirada a su compañera que no avalase semejante idea, pero Viorica levantó las cejas, igual que cuando representaba a Isolda desvaneciéndose mortalmente de amor, y asintió sin palabras.

Lothar chascó la lengua con fastidio, pero recompuso su rostro en una expresión complaciente.

—Usted se aprovecha de que soy su más rendido admirador —le espetó a Mitia—, y solo por eso voy a darle el gusto, aunque no sirva más que para constatar que nuestros motivos son bien fundados.

¡Qué elegancia en su desdén! Por un instante, Clemens se vio admirando de nuevo a su más estrecho colaborador, con el que había puesto en pie las producciones operísticas de las que más orgulloso se sentía. Escudriñó la sala, por si encontraba a su antiguo asistente en la Ópera de Viena, Jerzy Maliniak. Había acudido para dirigir un Don Giovanni que fue muy aplaudido en el festival. Estaba seguro de que, después de todo lo que habían vivido juntos, él no le daría la espalda. Aunque lo mismo hubiera dicho de Lothar hasta ese momento. Esperaba que Maliniak no estuviera escondido en algún rincón para no tener que saludarle.

Dejaron a las damas en medio de los corrillos, de pronto interesados en tan dispares encuentros, y fueron a un salón de fumadores anexo al foyer. Allí Clemens sacó su pitillera y le ofreció un cigarrillo a Lothar, quien lo tomó por inercia. Luego jugueteó con él entre los dedos sin saber qué hacer, pues de sobra sabía su interlocutor que él no fumaba.

—No esperaba que viniera —le confesó Lothar.

No osaron siquiera mirarse, y desviaron los ojos al mismo retrato del emperador Francisco José, pintado con trasnochado entusiasmo.

—Este ha sido siempre mi hogar. O por lo menos lo era.

—¿Y le asombra que lo reciban así?

Clemens no tenía interés en volver sobre lo mismo. El tema quedó zanjado la última vez que hablaron, el día antes de que Viorica y él abandonasen Viena, poco menos que condenados al destierro por la opinión pública. Su crimen, según la versión oficial, consistió en aceptar el puesto de director de la Ópera de Berlín en detrimento de la de Viena, que dirigía hasta entonces. La realidad era un poco más compleja. Poco antes, la prensa alemana anunció su contratación, sin que Clemens hubiera sido consultado por nadie. Se trataba de una iniciativa personal del ministro del Reich Hermann Göring, mano derecha del mismísimo Adolf Hitler. Pese a que él negó con vehemencia esos contactos, toda la élite vienesa, con la junta de la ópera a la cabeza, se puso en su contra. Esto le forzó a tener que negociar su salida y aceptar el puesto berlinés, que finalmente se materializó en forma de telegrama.

En cualquier otro momento, una pugna entre teatros a cuenta de sus servicios habría llenado divertidas crónicas en la contraportada de los periódicos de ambos lados de la frontera. Sin embargo, la situación en Austria era delicada, con un intento reciente de golpe de Estado por parte del nacionalsocialismo, que se había saldado con el asesinato del canciller Dollfuss. Y ahora el fantasma de la guerra civil planeaba sobre el país. Trabajar para Alemania, por tanto, o más bien para lo que ahora las autoridades llamaban el Tercer Reich, constituía un acto de deslealtad imperdonable.

—Podría haberse negado —dijo Lothar, sin que Clemens hubiese abierto la boca.

—Me empujaron a tomar la decisión —contestó, rompiendo la nube de humo de su mutismo.

—¿Y también le empujaron a llevarse consigo a los mejores cantantes de Viena para allá, dejando en los huesos a la Ópera de Viena?

—Los necesitaba. Me resultaba imposible emprender un proyecto nuevo sin gente de confianza en mi equipo.

—¿Y prefiere estar al servicio de unos delincuentes que de quienes decía que eran sus amigos y familiares?

—No me meto en política. Lo sabe bien.

En realidad, esa conversación era una réplica de la última charla, que acabó en un punto muerto del que ninguno de los dos tenía intención de salir. Pese a ello, Lothar añadió una variante:

—Entonces, como el festival. ¿Ha visto qué sano es su ambiente?

Como para no serlo. Allí estaban todos aquellos cuyas actividades resultaban impensables en Alemania: el ferviente antifascista Arturo Toscanini; el sucesor de Clemens en Viena, Felix Weingartner, cuya felicidad había sido recompensada con dos óperas en el festival. Y, por supuesto, el director Bruno Walter, Mitia y Lothar; los tres, judíos.

—Sanísimo —asintió. Y le pareció que sonó más despectivo de lo que pretendía, por eso añadió—: Ya veo que la cortesía campa aquí a sus anchas.

—¿Le extraña?

Lothar le pidió una cerilla y, para su sorpresa, por primera vez en la vida lo vio fumar. Por supuesto, tosió hasta las lágrimas con las primeras caladas y luego, con las mejillas humedecidas, enronqueció su voz.

—Dice que no le interesa la política, pero se ha comportado como un arribista. Ha ocupado los puestos de todos los directores cesados por los nazis. ¿Le parece que eso no han sido nombramientos políticos?

Ya. Busch, Furtwängler y Kleiber. El soniquete que perseguía a su oído izquierdo, aunque lo prefería a la sensación de escupitajo invisible que le evocaba pensar en Berta Geissmar. Hubiera podido esgrimir los motivos de cada uno de esos ceses; en realidad, renuncias. Le constaba que la causa era haber dirigido obras de autores considerados degenerados por el Reich, o no seguir las directrices de la nueva política alemana, sin más. Si él las acataba, se justificaba a sí mismo, era más por su carácter conciliador que por seguidismo. Todo el mundo sabía que no era un director de los que gritaba a sus músicos, sino que se mostraba partidario de una crítica constructiva asumida por el conjunto de la orquesta, a fin de no repetir errores.

—El régimen nazi es un error —le dijo Lothar—. Lo que usted llama «política» es una organización criminal, y el día que se hunda, porque alguna vez tendrá que hacerlo, usted se hundirá con ellos.

Aplastó el cigarrillo con el talón del zapato y se dispuso a abandonar la sala de fumadores. Clemens salió con él, igual de deseoso de perderle de vista. Ya no había espaldas apuntando hacia su persona, sino decenas de rostros que lo observaban sin parpadear, sin dilatar siquiera las aletas nasales, como si no desearan respirar el mismo aire que él.

—Al menos, por una vez habrá sabido lo que siente mi gente en Alemania. Lo que se siente al estar muerto para todo el mundo —concluyó Lothar con tono de satisfacción.

Clemens se apartó de él sin decir adiós para buscar a Viorica y salir de aquel congreso de apestados de la cultura germana, al que no tendría que haber acudido jamás.

III

Salzburgo, verano de 1935

«Deh, vieni alla finestra», de Don Giovanni, KV 527, de Wolfgang Amadeus Mozart

La brisa perezosamente cálida del anochecer salzburgués le pareció un soplo de aire fresco tras la tensión vivida durante la última hora. En toda su carrera profesional jamás había percibido una hostilidad tan abierta como aquella, y tuvo que luchar contra sus emociones para no desearles el mal a quienes ahora le volvían la espalda, sus amigos durante mucho tiempo, porque era algo ajeno a su naturaleza apacible. Respiró varias veces con hondura y luego exhaló el aire de forma ruidosa, como si con él pudiera filtrar los pensamientos siniestros. ¿Le acusaban de connivencia, a él? ¿Los mismos que propiciaron su expulsión de la sociedad musical a la que siempre había pertenecido, sin escuchar siquiera sus explicaciones? Por suerte para ellos, no era un nazi, ni de carnet ni por convicción. Conocía a otros, como por ejemplo los integrantes de la Liga Militante para la Cultura Alemana, que actuaban de forma mucho más drástica. Fueron ellos quienes arremetieron contra el arte considerado degenerado, y sacaron de los museos obras plásticas de las figuras más rupturistas de Alemania para destruirlas en la vía pública. Incluso llegaron a dirigir sus iras contra el movimiento Bauhaus, al que desterraron del Reich. Quizá el caso que más le impresionó fue el de Michael Jary, al que le gustaba experimentar con el lenguaje clásico y el jazz. Instigados por el veterano compositor Paul Graener, los miembros de la liga irrumpieron en un concierto de Jary e intentaron lincharlo en el escenario ante los ojos del público, que fue obligado a aplaudir este acto. Esto se lo había contado el propio Graener, entre risas. Últimamente se trataban bastante, ya que desde el Ministerio de Propaganda le encargaron a Clemens el estreno de una nueva ópera suya. Se imaginó por unos instantes a los muchachos de la Liga Militante para la Cultura Alemana, porra en ristre, en el foyer del Festspielhaus dispuestos a descalabrar a unos cuantos de los que acababan de regodearse dándole la espalda, Lothar Wallerstein incluido. Lo visualizó con el frac desgarrado, sujeto por los cabellos por un sonriente militante de pura raza aria, y su nariz semítica reventada de sangre. De repente se interpuso entre él y aquella ensoñación macabra el rostro de Berta Geissmar con una hemorragia copiosa en los labios. Pero ¿qué demonios estaba pensando? Inspiró y espiró con fuerza hasta que le ardieron los pulmones. Aquellos pensamientos eran indignos de él y se alegró de que nadie pudiera convertir en realidad una escena semejante en Salzburgo, de momento.

Una vez se hubo calmado, Viorica meneó la cabeza con gesto de reprobación.

—Fumas demasiado, querido. ¿O estás disgustado por algo que te ha dicho Lothar?

Él negó con la cabeza.

—¿Por qué no nos retiramos al hotel a descansar?

Ella accedió, pero entonces sacó a colación lo que él pretendía evitar.

—¡Déjame que te cuente lo que he hablado con Mitia!

La historia no sorprendió para nada a Krauss. Una colección de penalidades de la familia Mayer-Lismann. Por ejemplo, aunque la hija, Else, acababa de graduarse en el Conservatorio de Frankfurt, de nada le servía el título, puesto que nadie iba a contratarla. Lo mismo para el marido, Paul, cuyos negocios se habían ido a pique. Los camisas pardas habían pintado la estrella de David en los escaparates de los establecimientos judíos y advertían a los viandantes de que no osaran comprar en ninguno de ellos. Tampoco ellos tenían permitido comprar en tiendas de los considerados alemanes de pleno derecho. Si deseaban adquirir alimentos, ropa y hasta papel higiénico, tenían que recurrir a alguna amistad, aunque cada vez les quedaban menos, o a personas dispuestas a hacerlo en su lugar a cambio de una fuerte suma. Y a propósito del dinero, a veces los bancos se negaban a dárselo, aunque fuesen sus ahorros de toda la vida, o lo hacían en muy pequeñas cantidades, con las que no era posible adquirir nada.

—No pueden ni ir al cine. Han tenido que habilitar uno especial para ellos en los suburbios de Frankfurt. Y si caen enfermos, solo pueden atenderles médicos judíos. Aunque estos corren el riesgo de ser detenidos por ejercer sin licencia, porque les han privado de ella.

También estaban a la orden del día las palizas a vecinos y a amigos, y temían recibir una cualquier día de estos.

—Y Mitia sufre del corazón. Su hija es fuerte, porque tiene la constitución del padre. Pero ella… ¡Nunca me lo perdonaría!

—No podemos hacer gran cosa. —Clemens pensó en las distintas posibilidades—. Deberían marcharse al extranjero.

—¿Con qué dinero, si les impiden disponer de él? Además, según me ha contado, su pasaporte está retenido.

«Como el de Geissmar», se dijo.

—Me temo que lo están haciendo con todos los judíos.

Era completamente descabellado. ¿Por qué el Reich no les permitía marcharse si tanto los detestaba? ¿A qué venía querer ver cómo se hundían? Se comentaba, aunque siempre en círculos con una relación de confianza muy estrecha, que bastantes se habían ido, aun dejando atrás sus posesiones y sus ahorros. Por ese motivo, algunos países estaban imponiendo restricciones a aquella nueva diáspora y exigían, al menos, un contrato de trabajo y que alguien en el país se responsabilizara de la persona exiliada.

—¿Por qué de repente te preocupas tanto por ellos? —quiso saber Clemens.

Ella lo negó con vehemencia, como si hubiera alguien cerca escuchándolos. Pero caminaban por la orilla del río Salzach, en dirección al hotel Steinlechner, sin nadie a la vista. Además, estaban en Austria, que tampoco es que fuera una democracia, aunque al menos daba cabida a todos aquellos considerados indeseables al otro lado de la frontera.

—No me preocupo por ellos. Solo por Mitia y su familia. Son nuestros amigos.

Clemens reflexionó. En realidad, pese a haber trabajado bastantes veces juntos en Frankfurt, Mitia no era una persona con la que hubiera mantenido una conversación de más de un cuarto de hora. Se entendían a través del piano de ella durante los ensayos. Y era cierto que tocaba muy bien, y que no le costaría encontrar trabajo en el extranjero, si es que lograba salir, cosa que dudaba dado su carácter infantiloide.

Al llegar al hotel se encontraron con gente. En la terraza departían en inglés dos mujeres junto al célebre bajo italiano Ezio Pinza, que cantaba esos días en una nueva producción de Las bodas de Fígaro. A pesar de la simpatía con la que el italiano correspondía a la exagerada admiración que ambas parecían profesarle, la signora Pinza contemplaba su parloteo con cara de circunstancias, con un nada velado deseo de irse a dormir. Deseo que era compartido por Clemens, pero Viorica corrió alegre hacia las mujeres y las abrazó con un entusiasmo que él encontró bastante sincero.

Fue suficiente para que la signora Pinza se levantase como impulsada por un resorte e impusiera la retirada a su suite. El bajo, que llevaba varias cervezas de más, acabó por obedecer y se marchó escaleras arriba del hotel haciendo eses, tras estampar dos sonoros besos en las mejillas de sus locuaces seguidoras.

—Qué alegría verlas —dijo Viorica en su limitado inglés—. Me preguntaba por dónde andarían y, claro, ¿cómo no?, con el gran Pinza.

—Y usted con el gran Krauss —repuso la más alta en su idioma, observándole a él, apartado un par de metros, con las manos en los bolsillos y un cigarrillo entre los labios para marcar distancia.

—¿Las conoces? —preguntó con desconcierto.

Viorica asintió con entusiasmo de chiquilla. ¿No las recordaba? Eran Ida y Louise Cook. Las conocieron cuando el estreno de Arabella de Richard Strauss en Londres, en mayo del año anterior. Él trató de hacer memoria y solo visualizó a unas hermanas insufribles que no dejaban de atosigarles para tener sendas fotos firmadas por ambos. Por lo general, era reticente a que el público se le acercara, y mucho más después de haber dirigido una función. De hecho, en cierta ocasión, tras una Carmen, alguien le pidió un autógrafo y se limitó a firmar como «Georges Bizet». Viorica, en cambio, como buena soprano, disfrutaba con la adulación y, ahora que recordaba, pasó un par de tardes en compañía de aquellas mujeres, que le enseñaron los rincones típicos de la capital británica. En su caso sí que obtuvieron la anhelada fotografía de ambas junto a ella y con su firma, pero la imagen de él quedó borrosa porque Clemens se movió de forma deliberada cuando se la tomaron. Después le hicieron otra de espaldas, con el rostro vuelto hacia la cámara, junto a Viorica y una de ellas. Sin embargo, eso no las dejó satisfechas.

Viorica le contó que cuando se despidieron las invitó a que los visitaran en Viena, algo que ahora, que ya no residían allí, resultaba a todas luces imposible. Pero el destino había querido reunirles de nuevo. Después de un cuarto de hora de intercambio de impresiones sobre el festival, las hermanas Cook recordaron que aún debían hacerse una fotografía con Clemens para que este la firmase.

—Habrá tiempo, habrá tiempo —prometió Viorica—. ¿Verdad que sí, querido?

—Si de algo sabe un director es de tiempos —bromeó él, sin demasiadas ganas de mostrarse simpático. Su dominio del inglés era bastante superior, pues lo estudió de joven con el propósito, nunca realizado, de probar fortuna en Londres.

Louise quiso saber cuándo podrían verlos actuar y Viorica les explicó que su recital ya había tenido lugar. Como la decepción se pintó en sus rostros, chasqueó los dedos y les preguntó cuándo iban a regresar a Londres. Las hermanas confesaron que pensaban quedarse hasta que finalizara el festival.

—¿Y por qué no vienen a verme a Ámsterdam?

A Clemens se le atragantó el humo del cigarrillo cuando escuchó aquello. ¿A qué venía? Las inglesas se miraron entre sí, perplejas. ¿Qué pasaba en Ámsterdam?

—Voy a actuar en la Radio Holandesa dentro de una semana —les contó la soprano—. Será una transmisión en vivo, sin espectadores. Pero si les pido que estén ustedes dos, seguro que no ponen ningún impedimento.

—¿Eso quiere decir que la veremos cantar para nosotras solas? —Ida quería asegurarse de que su interlocutora no había dicho algo que no deseaba por un mal manejo del idioma—. ¿Sin nadie más?

—No exactamente. —Viorica se echó a reír—. Estarán al menos un par de técnicos de sonido, y también Clemens, que me acompañará al piano, y, espero, que unos pocos miles de holandeses escuchándonos.

Quisieron saber cuánta distancia había entre Salzburgo y Ámsterdam.

—Casi mil kilómetros —intervino Clemens con acidez—, una locura para ir a verla cantar solo dos arias del Fausto de Gounod. Seguro que nuestras amables amigas declinarán la invitación. Lo que, por otro lado, es lógico. Pero otra vez será.

—¿Qué dice, maestro Krauss? —Ahora era Ida la que balbuceaba como una niña, incapaz de hallar las palabras que dieran cauce a su inmensa alegría—. Si hemos hecho mil trescientos kilómetros para venir hasta aquí, eso no es nada con tal de ver a frau Ursuleac… y a usted. ¡Por supuesto que iremos! ¿No es así, Louise?

—¡Hasta el fin del mundo, si es preciso!

—Pero tendrían que anular sus billetes de regreso a Londres y tal vez pierdan dinero —trató de razonar Clemens.

Nada de eso les importó.

—Voy a publicar mi primera novela con Mills & Boon el año que viene —les explicó Ida—. El anticipo ha sido bastante generoso, o sea que esto será un pequeño regalo que nos vamos a hacer… Bueno, que nos hacen ustedes.

Cuando se despidieron de ellas, alrededor de una hora después, y solo porque Clemens bostezó de forma exagerada como media docena de veces, les obsequiaron con besos en las mejillas tan entusiastas que a punto estuvieron de derribar a Viorica.

Por supuesto, una vez solos, Clemens le exigió explicaciones. Entonces fue Viorica la que adujo estar cansada y le pidió subir de inmediato a su habitación.

—¿A qué viene esto? —insistió él—. ¿Para qué quieres cargar con esas dos chaladas en Ámsterdam?

—Primero te quejas de que te ninguneen aquí en el festival o te lancen pullas sobre tu posición en Berlín. Luego llegan dos personas que te admiran como si fueras un semidiós y eso te indigna. No hay quien te entienda.

Reflexionó durante toda la noche, sin poder conciliar el sueño, y llegó a la extraña conclusión de que su compañera estaba en lo cierto. Ni él mismo se entendía, aunque su intuición, materializada en forma de prurito en una cicatriz que tenía desde los siete años, de cuando se cayó de un poni propiedad de su abuela, le dio a entender que se avecinaban problemas, si bien ignoraba de qué índole.

IV

Ámsterdam, verano de 1935

«O Dieu! Que de bijoux!», de Fausto, de Charles Gounod

Una semana después viajaron a Ámsterdam como estaba planeado, aunque no sin sobresaltos. La primera señal de que algo se tramaba a sus espaldas fue cuando Viorica le rogó que llevasen consigo a Mitia.

—¿Y qué pinta allí? Supongo que el visado de trabajo que le habrán expedido en Alemania será para unos pocos días en Salzburgo. Tiene suerte de haberlo conseguido, ya es más de lo que pueden decir muchos en su situación. No le conviene pasarse de la fecha límite marcada para su regreso.

En realidad, ignoraba de qué modo había logrado asistir a su cita de todos los años en el festival. Y prefería no saberlo.

—Estos días en Salzburgo le han devuelto la vida —le dijo Viorica con un parpadeo suave, con el que confería ternura a su mirada. Pero era una ternura lasciva, con ansia de sangre, como la de Salomé cuando demandaba la cabeza del Bautista, papel que con tanta convicción abordaba en el escenario—. Ha sentido como se la trataba otra vez como a un ser humano y que los demás valoran su trabajo. Hagamos que aún pase unos días felices antes de regresar a Frankfurt.

Él suspiró. Supuso que unos pocos días no constituirían un problema. Sin embargo, ahí no acababa la cosa.

—¿Y qué te parece si le cedes tu puesto y es ella la que toca el piano en la transmisión?

No dijo nada. Cualquier argumento en contra sería replicado con el incontestable de que la presencia de Mitia le hacía feliz a ella, y eso, por lógica, debía bastar para que él también se sintiera bien. Además, era cierto que, cuando estaban juntas, no paraban de reír, incluso de cosas sin ninguna gracia, ya fuera porque salía el sol o el té estaba demasiado caliente. Sin más, se entendían y eran poseedoras de un humor similar. Clemens recordó con amargura que él llegó a establecer una complicidad parecida con Lothar Wallerstein.

—Viorica —dijo fingiendo gravedad—, ¿esto no será un ardid más de fräulein Ada von Richthofen?

Ella irradió un sonrojo de pretendida indignación.

—¿Te permites bromear sobre una cosa tan seria?

Él negó con la cabeza, pero, sin mirarla a los ojos, musitó:

—Ya me la diste con queso una vez. Y no sé por qué después de aquello no te retiré la palabra.

—¿Qué palabra, si te las tuviste que tragar todas? —exclamó ella, risueña.

Él se molestó. ¿Quién estaba bromeando ahora?

La historia se remontaba a casi doce años atrás, cuando Clemens comenzó a dirigir la Ópera de Frankfurt y necesitaba incorporar sin demora una soprano a la plantilla estable. Le recomendaron que realizara una prueba a una de nombre rumano, nacida en Bucovina, que ya había obtenido un gran éxito en la Volksoper de Viena. Pero él se negó en las dos ocasiones en que le hicieron la propuesta.

—No quiero a gente de los Balcanes en este teatro. Tienen mucho temperamento, pero luego no son de fiar —objetó.

Cuando aquello llegó a sus oídos, Viorica, poseída por una inmensa rabia, decidió darle una lección a aquel engreído. Solicitó realizar una audición bajo un nombre ficticio: Ada von Richthofen, quien se presentaría como sobrina del conocido héroe de la aviación, el Barón Rojo, caído en la Gran Guerra.

Durante la prueba cantó «Come scoglio» de Così fan tutte de Mozart y «Depuis le jour» de la ópera Louise de Charpentier, su último éxito. Al concluir, Clemens abrió los brazos y exclamó vivamente impresionado:

—¡Querida señorita Von Richthofen! ¿Qué clase de necio soy que hasta hoy no había oído hablar de usted?

—¡Uno que no sabe distinguir a una muniquesa de pura cepa de la hija de un diácono ortodoxo de Czernowitz!

Una vez satisfecho su orgullo, ella decidió que no le importaba perder la oportunidad. Se conformaba con ver la cara de perplejidad de ese petulante. Sin embargo, los rasgos afilados del maestro Krauss se contrajeron divertidos, sin acusar un ápice de resentimiento.

—¿Usted es la Ursuleac? Me alegra que haya montado esta pantomima porque así confirma que estaba en lo cierto. ¡Ustedes, la gente de los Balcanes, son de poco fiar! Bien, ¿cuándo puede empezar?

—¿Es que no va a echarme por haberle engañado? —exclamó sorprendida.

—Al contrario. Si la tengo bajo mi férula, podré desquitarme con usted poco a poco sobre las tablas.

Sin embargo, unos días después, acaso como consecuencia de su sorprendente contratación, que circuló por todos los mentideros operísticos centroeuropeos, la Ópera de Núremberg le ofreció un contrato por el doble de salario.

—Es una buena oferta, yo no la rechazaría —admitió el maestro Krauss cuando fue a explicarle la situación—. El caso es que nosotros no podemos pagarle más en este momento.

—¡Con las ganas que tenía yo de ponerle en ridículo más veces! ¿Habrá alguien en Núremberg de cuyas barbas pueda reírme a gusto?

—Es muy probable. Se carcajeará usted a gusto mientras cuenta billetes de cien billones de marcos.

Aquellos eran los días de la hiperinflación, en los que el dinero se depreciaba en cuestión de horas, convirtiendo en papel inservible los ahorros de millones de personas.

—Espere, mejor me lo pienso y me quedo, y así tendrá que fastidiarse usted.

—Pues, si se queda, será evidente que no es por el dinero.

Desde entonces no se habían separado. Ambos provenían de matrimonios rotos y decidieron no encorsetar su relación con una denominación oficial. Serían marido y mujer tan solo de palabra dada el uno al otro, sin importarles lo que pensara la sociedad.

Sin embargo, a Clemens se le había quedado la espina clavada de que ella pensara que lo había engañado con facilidad en su primer encuentro. Y era cierto que muchas veces le hacía creer cualquier cosa gracias a su prodigioso don para lo teatral, que la convirtió, en opinión del maestro Richard Strauss, en la intérprete ideal de sus obras.

Sobre esto reflexionaba Krauss durante la transmisión desde la Radio de Ámsterdam, en la que Viorica cantó el aria de las joyas y la del rey de Thulé. A él no le agradaba demasiado este Fausto. Al igual que Strauss, opinaba que Gounod había convertido en pura bisutería el precioso material literario de Goethe. Sin embargo, le conmovió ver los rostros de las hermanas Cook, sentadas a su lado, bañados en llanto.

Oh, wonderful, nice, incredible! —exclamaron, con unos aplausos que, por muy apasionados que fuesen, debieron de sonar ridículos a la audiencia holandesa por provenir de tan reducido público.

Los técnicos de sonido hicieron furiosos aspavientos, pues les habían insistido en que no dijeran nada mientras estuvieran en el aire.

Cuando finalizó, Viorica las abrazó a ellas y a Mitia, a quienes había presentado unos minutos antes en el portal de la radio. También esta hablaba un inglés más que aceptable y simpatizó al instante con las Cook.

—Ha sido el momento más importante de nuestras vidas —les dijeron ya en la estación de tren de Ámsterdam. Habían decidido viajar hasta el puerto de Róterdam y desde allí embarcar hacia Gran Bretaña—. ¿Cómo podremos agradecérselo?

—Habría una manera —les confesó Viorica en el andén, pocos minutos antes de la salida del tren.

—Claro, díganos cómo —rogó Louise, deseosa de satisfacerla de inmediato.

—Esta amiga mía —puso la mano sobre el hombro de Mitia— necesita ir a Londres para… unas pruebas. Ya han visto lo bien que lo hace. De hecho, es la répétiteur oficial del Festival de Salzburgo.

—¡Ah, es usted! —Ida se llevó la mano al pecho, contrita—. Leímos su nombre en los programas y comentamos: «¡Una estirada de esas con apellido doble, que seguro que solo por eso se da muchos aires y en realidad no vale gran cosa!». La hemos prejuzgado y fuimos injustas. Le pido perdón.

—Yo también. Es usted estupenda —añadió Louise. Y la abrazaron como si se tratase de la tercera hermana Cook.

Un pitido avisó a los viajeros de que debían subir ya a los vagones. Viorica deshizo el emotivo abrazo.

—Tendrán tiempo de hablar por el camino. Queridas, no saben cuánto se lo agradezco. —Luego se volvió hacia Mitia y le dijo—: Ahora estarás bien.

—Pero… ¿Y Else? ¿Y mi marido?

Su amiga se llevó el dedo a los labios e hizo un gesto, como diciendo: «Todo se andará». Se despidieron con otro abrazo y lágrimas en los ojos, y las tres se acomodaron en el mismo compartimento.

Cuando se hubo disipado la nube de humo gris en la que el tren dejó envuelto el andén, Viorica se volvió hacia la silueta de su compañero, que la miraba severo, con las manos en los bolsillos.

—¿Qué demonios acaba de pasar aquí? —gruñó.

—¿Es que no lo has visto?

A pesar de estar lejos de Alemania, Clemens le espetó en voz baja:

—¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¡Se ha escapado delante de nuestras narices! ¿Qué voy a decir?

—¿Y qué tendrías que decir? No eres su guardián, ni tenías potestad para retenerla en nombre de nadie.

—Esto es peligroso, Viorica. Dime que no lo habías planeado, que se te ha ocurrido de repente.

No dijo nada. Solo le hizo señas para que salieran de la estación en busca de un taxi que los llevara hasta el hotel en el que estaban alojados.

—Me has mentido —le reprochó en el interior del coche—. Esto ya no es una broma de la señorita Von Richthofen. Es el puñetero mundo real, y creo que, para que esta relación sea considerada como tal, no deberíamos ocultarnos nada más el uno al otro.

—Nada que se refiera a nosotros —respondió ella, tajante—. Esto es algo que atañe en exclusiva a Mitia.

—Pero ¿qué va a hacer ella en Londres?

Una sonrisa traviesa se dibujó en el rostro, siempre regio en escena, de Viorica Ursuleac.

—Pues mira, ya que en Alemania no la dejaban, espero que se vaya al cine y disfrute de una buena película.

V

Viena, 28 de diciembre de 1944

Sin preocupaciones, op. 271, de Josef Strauss

—«Mayer-Lismann» —leyó el Hauptsturmführer Krenn, con la ese estirada de forma un tanto irritante, como un silbido de serpiente.

—¿Cómo dice?

Al maestro Krauss le empezó a cargar el humo de su propio puro. Lo cierto es que prefería los cigarrillos, pero no le quedaban en el camerino. De hecho, los cigarros los reservaba para las bodas y otros festejos, y no le daba la sensación de que, ante aquel capitán de las SS, hubiera nada que celebrar.

—¿No le dice nada ese apellido?

—Pues sí, conozco a varias personas que se llaman así.

—¿Por ejemplo?

Se estiró sobre la silla, aun a riesgo de parecer maleducado. La cuestión era ganar tiempo para articular respuestas convincentes que no le comprometieran más de lo que ya estaba.

—Mitia Mayer-Lismann. Trabajaba de répétiteur en la Ópera de Frankfurt, que yo dirigí de 1924 a 1929, y también en el Festival de Salzburgo. —Como no estaba seguro de que su interlocutor le hubiese comprendido, hizo que tocaba unas teclas imaginarias—. Ya sabe, esos pianistas con los que los cantantes preparan sus partes antes del ensayo general. Así no es necesaria una orquesta en todo momento.

—Ha dicho que había varias personas con ese apellido en su entorno…

La palabra provocó que Clemens frunciera el ceño. Krenn consultó sus notas, tras lo cual le pidió con suavidad, pero sin opción a resistirse, que las nombrara.

—Paul Mayer-Lismann es el marido de Mitia… O era, pues tengo entendido que falleció. Un hombre de negocios de Frankfurt.

—Ah, es cierto que murió hace unos años. ¿Cómo se enteró usted? Su deceso, según nos consta, tuvo lugar en Londres.

La trampa estaba ante sus ojos, cual pavimento de baldosas negras y blancas. Las primeras cederían con solo pisarlas y lo arrojarían al vacío. Pero resultaba tan evidente que sospechó que no era más que un ardid para que cayera en otro mecanismo de captura oculto a su visión.

—Fue poco después del comienzo de la guerra, si no me equivoco —apuntó—. Y, que yo sepa, existen los teléfonos, los telegramas y las cartas. No recuerdo cómo me llegó la noticia o si me lo dijo alguien que había estado en Inglaterra y se enteró. En todo caso, en aquella época no era ilegal mantener contacto con el extranjero.

—Qué curioso que un director de orquesta, a quien por su profesión se le presupone buena memoria, no recuerde cómo se enteró de la muerte de un amigo.

Cada sonrisa de Erich Krenn se le incrustaba en el ánimo como una hilera de grapas. Estaba acusándole de manera descarada, aunque, como acostumbraba a hacer la Inquisición en tiempos felizmente lejanos, no le decía de qué. Ahora se encontraba a la pata coja entre dos baldosas negras y, aunque el paso siguiente parecía sencillo, dudaba de si sería el último. Lo más prudente era responder a una pregunta con otra.

—¿Por qué les presupone «buena memoria» a los directores de orquesta?

—Herbert von Karajan dirige sin partitura —apuntó su interrogador, orgulloso de poder esgrimir ante él su conocimiento de los músicos más destacados del Reich.

—Y así le va —le respondió cortante.

Krenn no pudo evitar reírse, y Clemens aprovechó su relajación para precisar algo:

—Paul Mayer-Lismann nunca fue mi amigo. Con la que sí tuve una relación estrecha de trabajo fue con su esposa, por los motivos antes citados.

—¿Y qué me dice de la hija del matrimonio, Else?

—¡Ah, sí, Else! Era una muchacha despierta, tendría unos veinte años la última vez que la vi. De aquello hará… ¿Ocho o siete años? Discúlpeme. Por mi profesión he trabajado con muchísimas personas. Entienda que para mí sea mucho más familiar la Quinta de Beethoven que quién era quién, sus relaciones familiares y lo que hacían cuando se marchaban del teatro a sus casas. Y si no le molesta que se lo diga, no soy particularmente chismoso. Eso se lo dejo a las cantantes de ópera.

Clemens forzó una sonrisa para evidenciar que era un chiste, pero Krenn anotó aquello en su libreta como si fuera un dato crucial para su investigación.

—Al menos en este caso se trata de individuos afincados en Frankfurt a los que usted ha conocido. Es lo único de esa lista hallada en el piso de Múnich que tendría sentido, al estar ambas asociadas a su nombre. Aunque no se especifica de quién se trata, si del padre, la madre o la hija… O de los tres.

—Si es por razones profesionales, de la madre, sin duda —se aventuró a puntualizar Clemens, con la naturalidad que se esperaba de alguien libre de toda sospecha.

—¿Y no tiene que decirme nada en particular de esta familia?

Era inútil mentir. Se había referido a ellos como «individuos» y no como «personas». Pero dado que estaban jugando al gato y al ratón, prefirió no dárselo todo masticado. Que hiciera su trabajo, al menos.

—Se marcharon a Londres, donde a Mitia le surgió un trabajo. Ya que aquí no podía…

Ahí estaba el meollo de la cuestión. Pero se ahorraría la palabra maldita en tanto no fuera pronunciada por su interlocutor, que parecía aceptar de forma tácita el reto.

—¿Y cómo llegaron los Mayer-Lismann a Inglaterra? O mejor aún, ¿qué relación tiene usted con el resto de la gente de esa lista?

Llamaron a la puerta. Clemens casi besó en la frente a Willi Boskovsky, quien, sabedor de que aquella no era una visita cualquiera, acusaba cierto nerviosismo.

—Lo lamento profundamente —se excusó—, pero los músicos se preguntan si este descanso se prolongará o pueden irse a sus casas. Puede que vuelva a nevar y no quieren demorarse mucho más.

—No, claro. Estoy seguro de que al Hauptsturmführer Krenn no le importará esperar un poco a que finalicemos el ensayo. O, si acaso, puede volver otro día.

—Le diría que lo escucharé con gusto, pero no le voy a mentir porque es Ravel. —El capitán se levantó y volvió a encajarse la gorra de plato—. Aunque, si no hay más remedio, esperaré.

—También íbamos a ensayar algunas páginas del Concierto de Año Nuevo. Ya sabe que lo hacemos antes por la radio. Quizá eso le resulte más placentero.

—¿Va a cambiar el contenido del ensayo únicamente para tenerme contento? —Krenn endureció el rictus, solo para desbordarlo en una risa de ratón viejo.

Clemens se preguntó cuántas veces habrían escuchado sus interrogados aquel sonido desagradable, tal vez entre profundos estertores de dolor. ¿O era un burócrata de uniforme sin más?

—No, no. Es lo que teníamos previsto. ¿No es así, Boskovsky?

Este asintió con tal desconcierto que más bien parecía estar negándolo. Tampoco los músicos de la Filarmónica objetaron nada cuando ocupó el podio y anunció lo que iban a tocar, aunque intercambiaron entre ellos algunas miradas de confusión. Pero como también parecían sentirse más a gusto con los Strauss que con Ravel, atacaron con extrema limpieza la primera pieza surgida de los papeles del maestro. Irónicamente, resultó ser Sin preocupaciones de Josef Strauss, que incluía el «ha ha ha» que con tanta energía exclamaban los miembros de la orquesta. A Clemens le sonó a una materialización macabra de lo que estaría pensando en aquellos instantes Erich Krenn, mientras seguía con ostensibles cabeceos el ritmo de la polka.

VI

Berlín, verano de 1935

Vida de artista, op. 316, de Johann Strauss hijo

Los días siguientes a la fuga de Mitia, Clemens se refugió en su trabajo en la Ópera de Berlín a fin de que se fuera diluyendo la profunda irritación que lo embargaba. En primer lugar, estaba enfadado con Viorica por haberle engañado con absoluta premeditación, y, desde entonces, apenas le dirigía la palabra. Luego, también estaba furioso con la propia Mitia, por su victimismo, y por su afán de solucionar sus problemas sin importarle las consecuencias que pudiese tener para ellos. Por igual, guardaba resentimiento hacia las hermanas inglesas, por no haber opuesto resistencia al descabellado plan de llevarse consigo a una desconocida. Aunque, para ser sincero, lo que subyacía bajo esta ofuscación era un temor borroso a no sabía muy bien qué.

Además, el cargo de director del teatro Bajo los Tilos, como era conocida la sede de la Ópera de Berlín, en modo alguno estaba resultando como había imaginado. Él no movió un dedo por ocupar ese puesto, sino que se vio envuelto en tejemanejes ajenos en los que su interés personal era lo que menos contaba.

Una vez pasada la efervescencia de su llegada, publicitada por los diarios como un triunfo nacional, se encontró con que, en realidad, su cometido no estaba del todo definido. Al asumir la temporada ya empezada, debía mantener las producciones contratadas y los estrenos previstos. También resultó que los siguientes años estaban cerrados en ese sentido, con la excepción de algunos cantantes judíos, ahora refugiados en el extranjero (bastantes de ellos en Austria), a los reemplazó con sus intérpretes traídos de Viena. Dio por sentado que aquella programación era obra de su antecesor, Wilhelm Furtwängler, pero cuando sugirió algunos cambios, recibió la visita de un secretario del Ministerio de Propaganda llamado Karl Hanke, quien se presentó a él con el uniforme de las SS. Según le explicó, compatibilizaba su labor para el ministro Goebbels con algunas tareas especiales para el Reichsführer-SS Heinrich Himmler.

—Trabajo no es lo que falta precisamente en el Reich —le explicó—, y son bienvenidos todos los brazos que quieran servir al Estado.

—Lo que yo pretendo es precisamente eso, ejercer como director de la Ópera de Berlín —dijo Clemens, encogiéndose de hombros.

Hanke extendió sobre la mesa unos cuantos folios mecanografiados con las sugerencias que Krauss había propuesto de cara a las siguientes temporadas. Todas ellas estaban tachadas sin dramatismo, con una sola raya en tinta roja.

—Lo que aquí ve son decisiones del propio ministerio, no de Furtwängler. O, mejor dicho, a él ya se le expuso que era preciso que esta fuese la programación futura. Cada obra y cada autor tienen su sentido y no deben alterarse. Cualquier cambio modificaría la concepción global con la que se ha diseñado. Y es evidente que una persona con la confianza de la que usted goza no trastocaría estos planes.

Clemens lo entendió. Entre los autores con sentido destacaban unos cuantos cuyo principal aliciente parecía ser su filiación, temprana o no, al partido. Él insistió en sus propuestas, habló de compositores que encontraba de interés, de cantantes a punto de dar el gran salto a los que convenía asegurarse, de directores de escena rompedores (no pudo evitar que el pensamiento se le nublase unos instantes con la imagen de Lothar Wallerstein llamándole «nazi» una y otra vez en fantasmagóricos susurros). A todo ello Hanke respondía con suaves negaciones con la cabeza, o se limitaba a señalar el programa para dar a entender que no precisaba de añadido alguno. Recalcó que, en su momento, lo prioritario fue deshacer los estragos cometidos durante el ignominioso periodo de Berta Geissmar como secretaria de la dirección. Era a ella a quien culpaban de que Furtwängler se hubiera desviado, hasta el punto de programar una obra tan degenerada como Matías el pintor del compositor Hindemith, contra el criterio del Ministerio de Propaganda, además de otras aberraciones culturales. A partir de entonces, el destino de Furtwängler dentro de la institución quedó sellado, a la vez que el de Geissmar, pues obligaron al maestro a deshacerse de ella antes de librarse de él.

—Por fortuna —concluyó Hanke—, esa labor de regeneración de la programación se ha hecho antes de que usted llegase.

—Entonces ¿qué demonios se supone que pinto yo aquí? —exclamó Clemens con hastío, tras acabar de revisar la documentación que debía seguir a rajatabla.

—¿Cómo que qué se supone? ¡Es usted el director de la Ópera de Berlín! ¡Ahora mismo todos los músicos de Alemania y parte del extranjero matarían por su puesto! Aprovéchelo y disfrútelo, herr director.

No logró sacar nada más en claro de aquella reunión. Si bien Viorica trataba de animarlo, y le aseguró que, a no mucho tardar, podría imponer proyectos más personales, la desidia fue apoderándose de él. Ya que todo estaba decidido de antemano, dejó de preocuparse por lo que aconteciera en el teatro.

Esa mañana, sin embargo, se encontraba escribiéndole a un viejo amigo, el director Hans Swarowski, para invitarle a dirigir unos conciertos allí. Pensó que, al menos, reencontrarse con él le depararía unos cuantos días de diversión evocando sus primeros años como profesional. Entonces entró Viorica en su despacho y, al verla, endureció el rictus y maldijo entre dientes por un borrón de tinta en la carta.

Ella meneó la cabeza, por su testarudez, y luego le comunicó a toda velocidad:

—Mitia ha vuelto.

A él le fue imposible comprenderlo hasta unos segundos después.

—¿Cómo? —Se levantó de golpe—. ¿La han deportado?

—No. Me ha llamado por teléfono. Por lo que le he entendido, ha vuelto por su propia voluntad. —Viorica empalideció, acaso por la conciencia de haber cometido un gran error—. Dice que echaba de menos a su familia.

Clemens arañó un puñado de aire y luego se hundió los dedos en el nacimiento del cabello, incapaz de reaccionar. Esa vieja estúpida los había metido en un lío. Aunque la artífice del problema era Viorica. ¿Cómo iba a explicar eso ante las autoridades del Reich? ¿Cuál sería la reacción de Hanke? ¿O, peor aún, la del ministro Göring, por cuyo empeño personal dejó Viena por Berlín? Aunque no se hubiera publicado en las cabeceras más críticas con él, era un secreto a voces que uno de los motivos de la pérdida de favor de Furtwängler fue que protegió a los músicos judíos de la Filarmónica de Berlín, a los que se negó a despedir. Incluso en el caso de Berta Geissmar, se comentaba que la cesó de su puesto por las presiones del Ministerio de Propaganda, pero que siguió trabajando con ella en secreto y le permitió dirigir todo desde la sombra.

—¿Y dónde demonios están? ¿En Frankfurt? —Tomó su chaqueta de la percha, dispuesto a salir para allá, sin tener en cuenta que se encontraba a más de quinientos kilómetros de distancia.

Ella negó con la cabeza.

—La conversación no duró demasiado, pero me pareció entender que se habían citado en el hotel Savoy, en Charlottenburg.

A Clemens le resultó de lo más extraño: era poco probable que la permitieran alojarse allí dada su condición.

—No sé más —se encogió de hombros su compañera, con el brillo de la mirada a punto de deshacerse en una lágrima.

—Es tarde para eso —refunfuñó él, y bajaron a la calle.

Allí no pudieron evitar ser requeridos por el chófer que la Ópera había puesto a su disposición. Se trataba de Woldemar Brick, un mocetón de unos veinte años que provenía de Jungholz, un pueblo tirolés perteneciente a Austria, pero, por caprichos de las demarcaciones territoriales, incrustado en pleno territorio alemán. Tal vez por eso, Brick poseía un acento híbrido, con expresiones de ambos territorios. Acaso lo escogieron de forma intencionada, en la creencia de que al nuevo director le halagaría que su chófer fuera austriaco como él. Lejos de eso, Clemens tenía la sospecha de que aquel muchacho estaba allí para informar de sus movimientos. De lo contrario, no se entendía que rondase por todos los rincones del teatro en los que él se encontraba en cada momento, y que siempre apareciera como por arte de magia, con el ofrecimiento de llevarle, apenas ponía un pie en la calle, aunque fuera por la entrada de artistas. Ya le había repetido en muchas ocasiones que vivía cerca y que prefería andar para hacer ejercicio.

—Buenos días, herr director —saludó con un insinuado canturreo tirolés—. No esperaba que saliera a estas horas. ¿Adónde le llevo?

—Al hotel Savoy —indicó Viorica, adelantándose a la negativa de Clemens, quien le dirigió una mirada furibunda.

Ella se encogió de hombros y agitó los pies para indicar que era urgente que llegasen allí. Montaron en el Opel Olympia gris plateado y fueron agasajados con el dulce olor del cuero nuevo de su tapicería y unos destellos de lavanda de un saquito que colgaba del retrovisor central.

—Ah, es un edificio precioso. Y lo levantaron hace pocos años. ¿Saben que fue el primero de Berlín en contar con un baño en cada habitación y un teléfono para comunicarse directamente con las camareras, evitando así bajar a recepción?

Woldemar se pasaba la mayor parte del tiempo enfrascado en la lectura de revistas cuyo contenido no se privaba luego de compartir con ellos en cada trayecto.

—Fascinante —exclamó Clemens—. Podrían instalar algo así en la Ópera, desde nuestros despachos hasta la cantina.

—Todo es plantearlo, herr director. Sin duda que usted merece eso y más.

Y prosiguió su perorata sobre el Savoy y algunos de los hoteles más elegantes de la ciudad, de los que conocía los datos más insignificantes e inútiles. A Clemens le enervaba Brick, aunque prefería dejarle monologar sobre naderías, que no le costaba ignorar, a que le preguntase cosas que no eran de su incumbencia.

—¿Y qué tienen que hacer en el Savoy? —preguntó de repente, como si le hubiera leído el pensamiento.

—Ver a una amiga —repuso Viorica.

Clemens rechinó los dientes. No era conveniente darle un pie como ese a Brick.

—¿Qué amiga? —quiso saber enseguida.

Su impudor, disfrazado de simpatía, parecía estar justificado por la gorra de plato de chófer que nunca se quitaba. Era tan evidente que estaba allí para vigilarlos que, en lugar de disimularlo, daba la sensación de que se divertía a costa de la inquietud provocada por su acuciante curiosidad.

—A una que no esperábamos ver, eso desde luego —atajó Clemens—. Y dígame, Brick, ¿quién es el arquitecto del Savoy?

—¡Ah! —El chófer se sintió tan complacido por tener la respuesta que perdió el interés por la misteriosa amiga—. No es otro que el señor Heinrich Straumer, el responsable de la Torre de la Radio de Berlín.

Por fortuna, los logros del eminente arquitecto eran lo suficientemente extensos como para llenar la media hora que costó llegar desde la Ópera hasta la Fasanenstrasse. Una vez entraron en la recepción, les salió al paso una figura frágil, de taconeo ligero, envuelta en un abrigo cuya elegancia parecía haber decolorado una década de encierro en un armario con humedades. Saltaba a la vista que no era el tipo de vestimenta de los clientes del Savoy.

—Mister Krauss, what a great pleasure to meet you again!

Era una de las hermanas Cook. Aunque Clemens no se había tomado la molestia de identificarlas de forma correcta, ya que en Ámsterdam no veía el momento de quitárselas de encima, le pareció que se trataba de Ida, la más parlanchina de las dos. Y por qué habría vuelto ella también a Alemania era otro cantar. Viorica preguntó, en su titubeante inglés, dónde se encontraba Mitia.

Come with me. She’s safe, with Louise. Is that your car?

Clemens quiso decirle que no era buena idea meterse en su coche, pero no tuvo tiempo. Brick se apresuró a abrirle la puerta a la mujercita inglesa y, cosa que no hacía casi nunca con él, se quitó la gorra de plato en señal de reverencia.

—No es conveniente que… —empezó a susurrarle a Viorica.

Sin embargo, ella se alejó de él en pos de Ida Cook, de forma que no pudo o no quiso escuchar sus objeciones.

Where are we going? —le preguntó en la parte trasera del vehículo a Ida.

—Bergmannstrassele indicó esta a Brick.

El chófer se giró como si no hubiera escuchado bien.

—¿Eso no está en Kreuzberg?

Clemens experimentó una intensa vaharada de rubor, repartido por las mejillas como una inyección de tinta caliente.

—Sí, allí está. Llévenos sin demora, Brick —le ordenó.

¿Era consciente Ida Cook de que se trataba de uno de los barrios más pobres de la ciudad, cuya presencia allí difícilmente podrían justificar ante su chófer de poco fiar? Si era así, poco le importaba.

VII

Berlín, verano de 1935

Mov. 2, Tema y variaciones I-IV, de la Sonata para viola, op. 11, n.º 4, de Paul Hindemith

El trayecto esta vez fue un poco más corto, y no hubo anotaciones pintorescas ya que lo que Brick sabía sobre el lugar era escaso o poco digno de sacarse a colación.

El número indicado correspondía a un portal en cuyas escaleras varios adolescentes con los dedos manchados de grasa de taller compartían un cigarrillo. Al ver el Opel abrieron los ojos con estupefacción. Se apresuraron a rodear el automóvil para no perder detalle de sus espejos, neumáticos y embellecedores. Brick consideró preciso quitárselos de encima de un bocinazo, lo que provocó que un tipo vestido con un traje raído y dos tallas más grande que su cuerpo saliera a terminar de espantarlos.

—¿Tenemos clientes? No solemos recibir visitas tan distinguidas —exclamó a través de la ventanilla, revelando un hueco de una negrura infecta entre sus incisivos superiores. Y se sacó el mondadientes que sujetaba en la comisura para hurgarse con él las uñas.

—¿Están seguros de que es aquí donde querían venir? —preguntó Brick al ver que por distintas esquinas de la calle asomaban otras cabezas de arrapiezos, atraídos por la irrupción del automóvil.

Ida asintió y bajaron. Clemens, dubitativo, decidió seguirlas.

—Quizá sea buena idea que dé una vuelta por ahí —le dijo a Brick.

—No hay problema —replicó abriendo la guantera, de la que extrajo una reluciente Luger 9 milímetros—. Hagan eso que tienen que hacer sin prisa.

Desde luego, si buscaba tranquilizarle, había logrado el efecto contrario. Clemens se introdujo en la casa sin saber si le preocupaba más lo que Brick pudiera informar a quienquiera que le hubiese ordenado espiarle, o lo que le aguardaba en el interior del siniestro edificio. En las escaleras se cruzaron con varias señoritas que apestaban a flores mustias de la mano de individuos de mirada inyectada en sangre. Llegaron al tercer piso y entraron en una habitación donde tan solo había una cama con un colchón sin sábanas sobre el que estaban sentados Mitia Mayer-Lismann, su marido Paul y su hija Else. De pie, Louise Cook no dejaba de mirar por la ventana.

—¿Qué sitio es este? —preguntó Clemens mientras se llevaba un pañuelo a la boca para no respirar un olor rancio que le aterrorizó identificar.

—Es el único lugar donde podíamos alquilar una habitación —contestó Mitia—. Aunque sea por horas, aquí no nos piden los certificados arios.

—¡No, aquí veo que no piden ni los de sanidad!

—Pero ¿qué locura es esta? —Viorica abrazó a madre e hija, al borde del llanto—. ¿Cómo se te ha ocurrido volver?

En lugar de mostrarse apenada o arrepentida, como hubiera sido lo esperable, al menos para Clemens, Mitia esgrimió una sonrisa cómplice que compartieron las Cook.

—Es que no es tan difícil salir. Y no iba a dejar a Else y a Paul a su suerte en Frankfurt.

—¡Pero ahora no te dejarán volver a intentarlo! —se desesperó Viorica.

Las hermanas negaron con la cabeza y Louise abrió su bolso, del que extrajo varios pliegos sellados. Clemens los examinó con detenimiento y le quedó claro que eran contratos de trabajo a nombre de los tres integrantes de la familia.

—Son legales. A mí me han contratado en el Covent Garden y he conseguido que a Else la admitan de cocinera en un pequeño restaurante de la estación Victoria. Es lo único que nos ha surgido. Ojalá le hubieran salido unas clases en la Royal Academy of Music. En cuanto a Paul… No ha sido fácil, pero…

He will be working in a grocery shop owned by some friends of ours in Soho.

—¿Una tienda de comestibles? —se extrañó Clemens. Aquello parecía una broma de mal gusto.

Paul, en cambio, asintió entusiasmado.

—Será como comenzar de nuevo. Así estaba yo a los trece años, y cinco después establecí mi primer negocio.

Krauss miró a su compañera, que inclinaba la cabeza con una sonrisa de desconcierto ante lo que estaba escuchando. No podían estar hablando en serio.

—No va a ser tan fácil. Se lo impedirán en la aduana —se pronunció Clemens.

Para su sorpresa, escuchó por vez primera a Louise expresarse en alemán:

—No problema… Contratos legales… Servirán.

—¿Y si les piden una garantía?

Ahí, tanto las Cook como Mitia, e incluso la tímida Else, alzaron las cejas en una súplica nada sutil. Al parecer, si alguien reconocido por su probidad, un buen alemán, se responsabilizaba de ellos, podrían salir del país sin problemas. Clemens abrió mucho los ojos y estuvo sin parpadear durante un buen rato. ¿De modo que esa era la encerrona? Llevarle a un burdel para ponerlo entre la espada y la pared. Empezó a preguntarse si Viorica estaba tan sorprendida como él o si formaba parte de una pantomima aún mayor.

—Me comprometería demasiado —dijo, con los contratos entre las manos, sin poder amagar un creciente temblor—. Mi propio chófer sin duda informará de cualquier movimiento extraño al Ministerio de Propaganda. Y las autoridades aduaneras comunicarán que estoy ayudando a…

—Judíos —asintió Mitia, y luego se quitó las gafas y lo recorrió de arriba abajo con su mirada de ángel de piel morena y cabellos encanecidos—. Tiene razón. Yo no me atrevería a pedirle tanto. Quizá tengamos suerte y con los contratos nos dejen marchar. Su carta solo sería una constatación de que nunca hemos dado problemas, por lo que no los daremos en el extranjero.

Como si eso último fuera a importarles a las autoridades del Reich.

—En todo caso, está usted contribuyendo a que unos apestados como nosotros abandonemos Alemania. ¿Qué mejor acción de cara a los nazis? —apostilló Paul, quien recibió de su esposa un suave codazo de reproche, tras el cual no volvió a hablar.

Clemens reflexionó unos instantes. Luego cayó en la cuenta de algo en absoluto baladí.

—¿Piensan llevarse con ustedes dinero y joyas? Porque eso sí que no se lo van a permitir. Lo retendrán todo en la aduana, y me temo que, si llegan a Londres, lo hagan sin un céntimo en el bolsillo.

Para eso también tenían respuesta las Cook. Sacaron de debajo de la cama varias maletas que contenían abrigos de pieles; también varios objetos de oro, entre anillos, pendientes y relojes. Igualmente, un joyero con piedras preciosas engastadas en distintas alhajas. Los ahorros de toda una vida de los Mayer-Lismann.

—Nosotras llevaremos esto —afirmó Louise—. Como nuestro… Como millonarias inglesas.

Se hubiera echado a reír de no parecerle todo tan patético. Estaba claro que iban a interceptarlas y que serían sometidas a un intenso interrogatorio en el que, casi con total seguridad, se derrumbarían. Y si eso pasaba, las pesquisas los llevarían hasta Viorica y él. Volvió a pensar en la frágil posición en la que quedó Furtwängler y se preguntó si era plausible poner en riesgo todo lo logrado hasta ese momento por la quimera de unas británicas chifladas y una familia que no le importaba lo más mínimo.

—Si no es Clemens, yo puedo firmarles la carta de recomendación —dijo Viorica, traicionándolo de nuevo—. También tengo un nombre y soy cantante en la Ópera de Berlín.

—¡Herr director! —se escuchó entonces desde la calle.

Clemens se asomó a la ventana y vio a Brick de pie junto al coche, todavía con la pistola en la mano, acompañado por un cabo primero de las SA.

—¡Oh, mierda! —Se giró hacia los ocupantes de la habitación y meneó la cabeza con gesto de censura—. Nos han descubierto. Esta locura no podía acabar de otra forma.

Decidió bajar para afrontar el problema sin demora. Trataron de disuadirle de que fuera solo, y hasta Paul y Mitia se ofrecieron a entregarse y negar que le conocían, a fin de no arruinar su carrera. Se negó.

—Que pase lo que tenga que pasar.

En la calle, sin embargo, el cabo de las SA lo contempló entre divertido y receloso.

—¿De veras es usted el director de la Ópera de Berlín?

Clemens miró a Brick, tenía las manos a la espalda y no sabía si habría guardado el arma. También él sonreía, como si los tres fueran amigos de toda la vida. Después miró al cabo y asintió.

Entonces, el tipo se le acercó y le susurró al oído, con una lascivia que pretendía ser cómplice, sin dejar de mirar al tercer piso:

—Mire, no voy a meterme en sus debilidades, que todo el mundo las tenemos. Pero, siendo quien es, ¿no podría usted permitirse algo mejor?

Clemens dudó y luego se revolvió los cabellos con la mano, incapaz de ocultar su sonrojo:

—En realidad…, he venido a visitar a una vieja amiga.

En ese instante, Viorica se asomó con expresión inquieta por la ventana. El SA prorrumpió en carcajadas:

—¡Eh, monada! ¡Espero que el maestro te haya hecho cantar como a las valquirias!

Viorica, atónita, se retiró enseguida de la ventana. Clemens se llevó la mano al bolsillo y puso en la del tipo un par de billetes, que este contempló con recelo.

—¿Esto es algún tipo de soborno?

—No. Es mi agradecimiento por su presencia. Estoy seguro de que ha disuadido a aquellos golfos de allí de hacerle algo a mi coche. Tómese una copa a mi salud.

Una vena serpenteó por la frente del cabo, que endureció el tono de su voz como si respondiera a las consignas de una parada militar:

—Yo no bebo, herr director. Pero me ocuparé de esos golfos. ¡Y usted cuídese de las golfas! —añadió con la boca hinchada de risa.

Al menos se alejó de allí para obligar a los jovenzuelos, que contemplaban curiosos la escena, a despejar la calle.

Clemens subió de dos en dos las escaleras y apremió a todos para que recogieran el equipaje:

—Es una inconsciencia que permanezcan aquí. Hay que… Pero ¿qué hace?

Louise Cook había puesto una pinza a uno de los pendientes de ámbar de las Mayer-Lismann y trató de engancharlo en su lóbulo izquierdo, lo que le provocó un evidente dolor.

—No tenemos agujeros… en orejas —aclaró en su borroso alemán—. Hay que… sujetar de otra forma.

¿Y esas eran las dos respetables damas que pretendían hacerse pasar por dos millonarias excéntricas de turismo por el Tercer Reich? Milagro sería que no los detuvieran a todos antes siquiera de tomar un taxi al aeropuerto. De momento prefirió que se buscasen uno que los condujese a la casa en la que vivían Viorica y él.

—Nuestro chófer nos llevará ahora mismo y les aguardaremos allí. Si el portero les pregunta, le dicen que son unos familiares de Viorica de visita desde Austria… Bueno, ustedes dos es mejor que no hablen nada —reconvino a las hermanas.

Volvieron al coche, donde Brick trataba de matar con la culata de la pistola a una mosca inoportuna en la parte trasera del habitáculo.

—Ah, herr Krauss. Me estaba inquietando. ¿Puedo preguntarle para qué han ido ustedes a esa casa tan… sórdida? ¿Y dónde está la señora inglesa? ¿No se viene de vuelta?

—Es una historia terrible —improvisó Clemens mientras tomaba asiento—. Ha ido a buscar a su hermana.

—¿Y qué le sucede a su hermana?

—Es muy triste —intervino entonces Viorica, sin haber sido requerida—. Llevaba una mala vida en Londres, y un joven berlinés de buena familia se hizo cargo de ella. Se iban a casar.

—¿En serio? —exclamaron a la vez tanto Clemens como Brick, lo que provocó que Viorica mirara de soslayo a su compañero.

—Sí, pero entonces el padre del chico se opuso… Porque esa unión implicaría que la hermana de él no podría casarse con un joven de alta alcurnia… De Frankfurt. Así que el padre habló con la inglesa a la que hemos ido a ver y le pidió que se alejara de su hijo. Ella rompió el compromiso, sin decirle a su amado el motivo… Él se puso furioso y le dijo de todo, y ella ha enfermado del disgusto.

Brick lanzó un elocuente silbido.

—Caray, y, por lo que veo, ha vuelto a la mala vida —comentó—. Ahora entiendo por qué me han hecho traerles a este barrio. Lo lamento por la amiga de ustedes. Ojalá encuentre el buen camino.

Clemens miró perplejo a Viorica y a punto estuvo de estallar en carcajadas. ¡Acababa de contar tal cual el argumento de La traviata! Pero como Brick podía vislumbrar sus rostros por el retrovisor central, hizo lo posible por mantener la compostura. Sin embargo, no tuvo que esforzarse mucho porque, al salir de Kreuzberg, divisaron infinidad de comercios y portales con enormes estrellas de David blancas pintadas en los cristales, y la advertencia, junto a una calavera, en letras mayúsculas: ¡CUIDADO, JUDÍOS!

Una vez en casa de Krauss y Ursuleac, repasaron el plan. Los billetes de avión a Londres ya estaban comprados y lo que tenían que hacer, según las Cook, era muy sencillo. Ocuparían asientos distintos a los Mayer-Lismann, a fin de que los aduaneros no pudieran establecer que los objetos preciados que transportaban las hermanas, como si fueran sus efectos personales, en realidad pertenecían a la familia de Frankfurt. Con eso, y los trabajos que les habían conseguido, era probable que empezar de cero no resultase tan duro. A regañadientes, e instado por Viorica, Clemens accedió a escribir una carta en la que explicaba los motivos del viaje y el comportamiento honesto de sus amigos. Precisó que solo la utilizaran si alguien les ponía algún impedimento para viajar. Luego trató de darle largas al asunto, hasta que una vez acabada la cena, durante las copas, su compañera tuvo la gentileza de traerle papel y pluma para que cumpliera con lo prometido.

Después, Mitia, Paul y Else se acomodaron en los divanes del apartamento, y Clemens se dispuso a acompañar a las Cook hasta la parada del tranvía.

Encontraron las calles aledañas a la Französische Strasse, que era donde residían, inquietantemente desiertas. Al otro lado de la manzana, de algún balcón lejano les llegó lo que parecía una discusión conyugal.

—Queremos ayudar —retomó Ida en inglés, pues, a diferencia de su hermana, no hablaba nada de alemán—. Ustedes no nos dijeron que Mitia era judía. Nos enteramos por casualidad, a los dos días de llegar a Londres, cuando la invitamos a acompañarnos a misa. Comprendimos entonces por qué nos pidieron que la ayudáramos a salir.

—Fue Viorica quien se lo pidió —aclaró Clemens—, no fue algo que saliera de mí.

—Pero ahora ha contribuido a que esa familia vuelva a estar junta.

—Ha sido una coyuntura muy concreta —insistió, tratando de sonar frío y con un ligero enojo—. Hemos corrido un gran riesgo. Mejor dicho, aún lo corremos. El ámbito operístico es el más intrigante de todos los que se puedan ustedes imaginar. Y no me cabe duda de que habrá quien me pregunte quién era usted y qué relación nos une.

—¡Pues vaya pregunta más tonta! —exclamó Louise, que se había mantenido al margen hasta ese momento—. Somos amantes de la ópera y nos contamos entre sus muchas admiradoras. ¿Tan raro es eso?

—Supongo que no. Pero una vez aclarada esta cuestión, cuando hayan llegado a Londres y podamos afirmar que este embrollo ha tenido un final feliz, tal vez lo mejor sea que no volvamos a encontrarnos.

Ida guardó silencio unos instantes y luego utilizó una expresión con su hermana que él no entendió. ¿Sería algún exabrupto?

—Díselo —repuso Louise entonces.

Ida asintió.

—Maestro Krauss, sabemos que en Alemania hay más gente en la situación de los Mayer-Lismann. Queremos ayudar.

—¿Cómo?

Lo explicó lo mejor que pudo. A la prensa londinense llegaban noticias terribles que, sin embargo, muchos admiradores de Hitler en el Reino Unido tildaban de patrañas. Pero, tanto por lo que Mitia les había relatado como por lo poco que pudieron ver en Berlín, ellas estaban convencidas de que era cierto. Además, por la propia Mitia conocían muchas historias de personas del ámbito de la música que se hallaban en situaciones similares.

—Podríamos hacer lo mismo con ellas.

—¿A qué se está refiriendo?

—Sacarlas del país. Vendríamos a entrevistarnos con las que estén viviendo unas circunstancias particularmente desesperadas. Podríamos intentar conseguirles permisos de trabajo… O lo que sea, ya se nos ocurrirá. Y también nos haríamos pasar por las propietarias de sus pertenencias a fin de que no se las requisen en la aduana.

¿Se estaban riendo de él? ¿Qué pensaban, que aquello era una de esas disparatadas historias de espías como las que publicaban por entregas en las revistas que leía Woldemar Brick?

—No saben lo que dicen. Esto no es un juego.

—Pero usted ha accedido a ayudar a los Mayer-Lismann —puntualizó Louise—. Eso quiere decir que no está de acuerdo con lo que les están haciendo.

—Repito que fue iniciativa de Viorica. En lo que a mí respecta, yo no hubiera movido un dedo. Tengo mis propias preocupaciones. Además, estoy seguro de que es un delito.

¿Era delito facilitar que alguien tuviera una vida mejor en un país extranjero, lejos de donde no lo querían?

—Al contrario, el Reich debería estar agradecido de que usted le ayude a librarse de… personas indeseables.

—Es mucho más complejo que eso —aseguró Clemens—. Como británicas, ustedes no pueden comprenderlo.

—¿Lo puede comprender usted?

—Ahí viene su tranvía. No lo pierdan porque es el último. Les dejará en la puerta del hotel Savoy.

Fue inútil que Ida insistiera en que tenía fe en que su novela, cuando fuera publicada, pudiera proporcionarle algunos ingresos con los que llevar a cabo aquella misión de salvamento en la que él no tendría que poner un céntimo, solo darles cobertura, como ahora. Confió en que ninguno de los cuatro pasajeros medio soñolientos que ocupaban el vagón en el que se sentaron comprendiera una palabra de inglés. Y se despidió con un elocuente:

—¡Adiós, y espero que lleguen sanas y salvas a su país!

Después se encaminó hacia su casa, sin ninguna prisa por abrir la puerta del piso y encontrarse en los divanes de su salón a aquella familia cuyo destino tendría que importarle un comino, y, sin embargo, no dejaba de traerle a la memoria el rostro odiado y magullado de Berta Geissmar.

VIII

Viena, 28 de diciembre de 1944

Pizzicato Polka, op. 234, de Johann Strauss hijo y Josef Strauss

—¿Le gusta a usted el cine?

—¿Por qué me pregunta eso?

El ensayo de las piezas del Concierto de Año Nuevo había concluido. Fue inútil que repitiera varias de ellas, aparentemente insatisfecho con algunos tempi o con el color de las maderas en Cuentos de los bosques de Viena, que hasta ese día le habían parecido adecuados. Al final, los profesores de la orquesta tuvieron que levantarse para regresar a sus casas, en la tesitura de sortear la nieve que ya cubría Viena entera, como en un cuento de hadas nórdico. Krenn volvió a requerirle para reanudar el interrogatorio, aunque pretendiera disfrazarlo de charla informal. Wilhelm Jerger se asomó a la Sala Dorada y, al ver que Krauss seguía en tan inquietante compañía, desapareció sin hacer preguntas, con evidente preocupación.

—Porque me recuerda usted a ese actor tan famoso, Emil Jannings —apuntó el Hauptsturmführer.

Clemens opinaba que no se parecían en absoluto. En cuanto a Krenn, no le encontraba parecido con nadie.

Reinstalados en el camerino, el capitán volvió a repasar sus notas.

—Sigue usted sin dirigir El bello Danubio azul —le dijo como de pasada.

—Pero si ya le he dicho que no está entre las piezas programadas este año.

—Pensé que quizá cambiaría de opinión.

Krenn no se había quitado la gorra de plato y la sombra de la visera le ocultaba la mirada, de forma que no pudo apreciar si le lanzaba alguna ojeada.

—¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por la charla que he tenido con usted?

—La gente inteligente cambia de opinión cuando le conviene. Por ejemplo, usted ha negado antes tener relación con los Mayer-Lismann.

—Eso no es exacto. He precisado que tuve una relación de trabajo con ella, pero no con él, ni con la hija. Y quedamos en que la familia emigró a Londres.

El capitán de las SS asintió y realizó varios tachones en sus papeles.

—Cierto. Solo quería comprobar si tiene tan mala memoria como dice.

—Yo no recuerdo haber dicho nada semejante. Es más, creo que ha sido una elucubración suya respecto a los de mi profesión. Lo único que he afirmado es que no recordaba cómo me enteré de la muerte de Paul Mayer-Lismann. Creo que no es lo mismo.

Krenn sonrió mostrando todos los dientes, de una blancura digna del mármol de algún palacio de la antigua Roma. Tuvo entonces la visión de todas aquellas piezas hundiéndose en la carne de alguien y desgarrándola de un mordisco sin perder su sonrisa.

—¿Sabe? Esa frase: «No recuerdo haber dicho que tenga mala memoria», podría haberla afirmado alguien que, en efecto, la tuviese. ¿No le parece curioso?

—¿Adónde quiere usted llegar?

—A su amiga. —Arrancó una hoja de la libreta y le mostró dos fechas, ambas de 1935—. ¿Sabe que dejó Alemania hace nueve años y ya no regresó? Uno de los últimos lugares donde se la vio en público fue en el Festival de Salzburgo, donde usted dirigía. Por fuerza tuvo que verla allí.

Clemens se encogió de hombros.

—Un día la vi, al siguiente ya no. Fue al término de los conciertos. Pensé que había regresado a Frankfurt.

Krenn negó torciendo el labio, lo que deshizo la mitad de su sonrisa.

—No. Esa persona… Esa gente se marchó a Londres.

—Ya se lo dije antes. Encontró trabajo allí y…

La otra mitad de la sonrisa del SS también se esfumó, y ahora una chispa de fiereza asomó a sus ojos verde uva.

—No me refiero a ese segundo viaje. Mayer-Lismann desapareció a finales de aquel verano, se le perdió la pista en Salzburgo, Austria. Y de repente, dos semanas después, regresa a Alemania en avión desde Londres. ¿No le parece de lo más llamativo?

—No veo nada llamativo en eso. —Clemens no estaba dispuesto a que aquel tipo siniestro percibiera su miedo por si le hacía una pregunta que ya no pudiera eludir con evasivas—. Se fue, volvió, y luego se marchó de nuevo.

—Todo esto suena a que hizo una primera escapada para comprobar si era capaz de llevar a cabo su plan. Y luego, una vez asegurado el terreno, regresó para llevarse consigo a su esposo y a su hija.

—Usted mismo se lo dice. No sé para qué me lo pregunta.

Krenn volvió a sonreír.

—Le diré lo que pienso. Es una teoría curiosa, pero, de momento, es la única explicación que encuentro a por qué sale su nombre en esa lista junto al de esa mujer y los restantes…

—Mire, yo no…

—¿Va a negarme su relación con ellos, cuando ni siquiera le he dicho quiénes son? Curioso. Eso indica más bien que es justo lo contrario.

Krauss se contuvo.

—En realidad, no tengo tiempo para perderlo con acertijos. Si persiste la nevada, tal vez nos sea imposible salir del Musikverein y nos veremos obligados a hacer noche aquí.

—Mejor para mí, no tengo ninguna prisa, señor Krauss. La verdad siempre es paciente a la hora de salir a la luz. ¿Conoce la poesía japonesa?

Negó con la cabeza. Fue a citar los poemas chinos de La canción de la tierra, pues era el único ejemplo de lírica oriental que le venía a la mente, pero se calló al caer en la cuenta de que era una obra de Gustav Mahler.

—Pues el gran autor de haikus, Bashō, dice:

Ea, caracol,

asciende al Fuji Yama,

pero despacio.

—Entiendo. En ese caso, permítame que me sirva una copa. Supongo que usted está de servicio.

—Lo supone bien. De todos modos, tampoco bebo.

«¿Ni siquiera una taza de sangre fresca?», se dijo Clemens, y tuvo la tentación de decirle, en correspondencia por lo de Emil Jannings, que de repente él le recordaba a Max Schreck, el conde Orlok de Nosferatu. No tenía coñac en el camerino, solo un licor de hierbas de la Baja Sajonia que no le entusiasmaba, un regalo de un aficionado de esas tierras. Lo encontró muy fuerte, pero quizá era lo que mejor convenía al momento. Erich Krenn continuó con su exposición de los hechos:

—Tengo la teoría de que en su primera escapada, pues no fue otra cosa, ya que no estaba autorizada a ir a otro país que no fuese Austria, Mitia Mayer-Lismann viajó a Holanda. Desde allí es probable que tomase algún barco al Reino Unido.

El licor de hierbas le provocó un ataque de tos y hasta lágrimas. Krenn se vio obligado a darle unos golpecitos en la espalda, un tanto sorprendido. Al cabo de un par de minutos, y viendo que Clemens se encontraba mejor, prosiguió:

—Quizá le parezca una teoría peregrina. Pero es lo único que se me ocurre después de comprobar que acompañó a su esposa…

—No estamos casados —matizó Clemens, todavía con los ojos vidriosos y la voz velada.

—¡Eso ya lo sé! —exclamó ofendido Krenn—. ¿Se piensa que un dato como ese se me iba a escapar? Pero ¿qué prefería que dijera? ¿Su concubina? ¿Su amante? ¿O esa soprano con la que duerme usted desde hace cerca de veinte años? Ha sido por ahorrarle cualquiera de esos términos. Debería estar contento de que tenga delicadeza.

—Gracias… por la delicadeza.

—Bien. Pues es lo único que cuadra, teniendo en cuenta que ella acompañó a la señora Ursuleac al piano en la Radio de Ámsterdam.

La cabeza le daba vueltas. Estaba a punto de caerse de la silla. Era una trampa, estaba claro. Pero recordó que ese cambio se produjo sobre la marcha, al rogárselo Viorica en Salzburgo. O sea que en todas partes, al menos en la prensa holandesa, esa actuación se anunció con él como pianista.

—Era yo —se aventuró—, yo la iba a acompañar. Y la acompañé, de hecho.

—¿Está seguro?

¿Cómo no? Le citó las dos arias del Fausto de Gounod: la de las joyas y la del rey de Thulé. Y si lo deseaba, podían ir a la sala del piano del Musikverein y las tocaría para él. Solo la parte instrumental, claro estaba.

—Ya le he dicho que le perdí la pista a Mitia al final del festival. De haber tocado ella en Ámsterdam, eso querría decir que le he mentido. Y estoy seguro de haber sido sincero.

—Qué extraño —dijo Krenn, revisando sus notas—, no es eso lo que me consta. Quizá haya un fallo. En fin, habrá que repasar la grabación.

¿Grabación? Se pellizcó el brazo izquierdo. Aquello se estaba convirtiendo en una pesadilla interminable de la que resultaba imposible salir, como si de cruzar una puerta giratoria a toda velocidad se tratara.

—Sí. La Radio Holandesa grabó esa actuación. Es cierto que estos días no son los más propicios para pedir nada, pero creo que podríamos conseguirla y comprobarlo.

¿No se colaron las voces de las hermanas Cook en ella? Estaba perdido, sin remisión. O eso, o quizá pudiese rebatir una por una todas sus afirmaciones. Tal vez no existiera la grabación. Después de todo, el capitán estaba intentando todo el tiempo poner en su boca cosas que él no había dicho. Quería atraparle, y era posible que lo lograra si persistía y encontraba contradicciones en su testimonio. La única opción que tenía era aguantar a base de imaginación y resistencia física. Miró por la ventana. Pronto Viena entera quedaría sepultada de blanco. Iba a ser una noche muy larga.