
Nora
A veces, la vida es como una caja de bombones, y otras veces, la vida es como una caja de bombones que han dejado todo el día al sol.
Resulta que hoy es uno de esos días en los que el chocolate se ha derretido y solo trae decepciones. No solo he pisado un chicle con mis zapatos favoritos de camino al trabajo, sino que, además, he abierto el correo electrónico y me he encontrado algo maravillosamente perturbador.
—Toc, toc —le digo a mi jefa, Nicole Hart, mientras me asomo vacilante a su despacho para hablar sobre ese correo.
La verdad es que siempre me da un poco de reparo entrar en su despacho porque, buf, es una mujer de armas tomar. Por algo es la directora de la agencia. Conmigo es amable (a su manera), pero la seguridad en sí misma que tiene es arrolladora. Necesitas un casco y un lugar seguro donde refugiarte cuando centra su atención en ti.
Como ahora, que está sentada en su escritorio con una falda gris impecable y una blusa de seda, además de unos labios carnosos pintados de rojo y un pelo rubio recogido en una coleta alta y elegante con una curva perfecta en la punta. Pero todos estos atributos superficiales no son más que para despistar. Es en sus ojos donde se ve la verdad. Esa ferocidad gélida, felina y siempre alerta. Su sagacidad es lo que la convierte en la agente más cotizada de este sector y la razón por la que consigue grandes contratos para clientes como Nathan Donelson, el famoso quarterback del equipo de la NFL de nuestra ciudad, Los Angeles Sharks. Esta mujer es todo ingenio y dedicación. Es inspiradora.
—Por favor, dime que solo estás pidiendo entrar y que no es el principio de un chiste.
—Podría, pero estaría mintiendo.
Me fulmina con la mirada y yo sonrío. Lleva trabajando conmigo lo suficiente como para saber que no me voy a mover de aquí hasta que esto acabe.
—¿Quién es? —pregunta como si la estuvieran obligando a hacerse una endodoncia.
—Tapete.
—¿Tapete?
—¿Tapetece que te saque una sonrisita para alegrarte el día? —Esbozo una mientras entro en el despacho.
Levanta la vista del teclado con la postura erguida y sus ojos me repasan de arriba abajo; desde el pelo color caoba hasta las zapatillas amarillas para, finalmente, volver a la cara. A Nicole no se le pasa nada. Es una asesina que acaba de identificar el punto débil de su objetivo. «Dios, quiero ser ella».
Hace caso omiso de mi fantástico chiste.
—¿Cuántos pares tienes de esos zapatos?
Se refiere a mis zapatillas de color amarillo chillón.
—Cuatro. Me he puesto las rojas esta mañana, pero he pisado un chicle y he tenido que cambiármelas. —Levanto el pie y lo meneo con orgullo—. Olían de maravilla, pero iban dejando un rastro pegajoso y asqueroso.
—Doy por hecho que Marty ha soltado algún comentario al verlas. ¿Tengo que cantarle las cuarenta? —Tiene la atención puesta en el teclado, pero, de alguna forma, es capaz de hablar mientras escribe.
Lo que pasa con Nicole es que es perro ladrador… y muy mordedor. Pero solo muerde a los que amenazan a su gente. Y, aunque le gusta fingir que no significo nada para ella, ha dejado claro que soy una de las suyas.
Arrugo la nariz al oír el nombre del hombre más patético de esta oficina. No es que el resto sea gran cosa, y a ninguno parece gustarle que me una a su club de machotes por muchos paquetitos de caramelos Skittles que deje en la sala de descanso, pero Marty es, con diferencia, el peor de todos. El machista número uno.
Me encojo de hombros.
—Solo ha dicho que, inexplicablemente, el amarillo duele aún más a la vista que el rojo y que debería plantearme invertir mi sueldo en comprarme ropa profesional.
—Con lo del color coincido —responde mirándome de reojo—. Pero solo yo puedo criticar tu estilo, no un hombre que no reconocería un buen traje ni aunque se lo tiraran a la cara.
—En ese sentido, tienes toda la razón —digo con alegría—, pero lo cierto es que no he venido para eso.
Cuando empecé a trabajar aquí como becaria de Nicole, hace dos años, no le gustaba nada mi vestimenta desenfadada. Sin embargo, este último año me ascendieron a agente adjunta y he demostrado con creces mis aptitudes, lo cual milagrosamente me ha hecho ganarme su respeto. Ahora nunca me dice lo que tengo que ponerme. En lugar de eso, manda a la mierda a todo el mundo por mí, ya que a mí me cuesta mucho decirle cosas feas a la gente.
Ahora mismo llevo una falda plisada azul celeste, una americana entallada de manga tres cuartos con un estampado de espiga en amarillo y blanco y una camiseta de los Rolling Stones debajo para darle el toque especial, y, aunque estoy segura de que lo detesta, se lo calla. A veces echo de menos los días en los que decía cosas como «Tienes pinta de bibliotecaria que está intentando hacerse la guay». Es un placer recibir pullitas de Nicole.
—Avísame si Marty te dice algo más sobre tu vestimenta. Estaré encantada de meterle esas zapatillas amarillas por el culo.
—Y por eso te temo tanto como te adoro, mi querida diosa guerrera del trabajo. No obstante, creo que prefiero mantener mis zapatos lejos de las partes íntimas de Marty. He venido a verte porque quiero hablar del correo que acabo de recibir.
Nicole por fin deja de teclear y gira la silla hacia mí con un largo suspiro de sufrimiento. Cruza una de sus piernas elegantes (y depiladas, lo sé porque, cuando era becaria, era yo quien se encargaba de concertar las citas con la esteticista) sobre la otra y luego apoya el codo en el escritorio para descansar la barbilla sobre los dedos.
—Creo que debe de ser un error —continúo.
Voy cambiando el peso de una nube a otra (así llamo a estas zapatillas de ensueño) mientras ella entorna cada vez más los ojos.
—Deja de dudar de ti misma, Mac. Estás preparada para dar este paso. Has trabajado mucho para llegar hasta aquí y te mereces el ascenso, no te lo pienses dos veces y acéptalo —me dice con su tono de «déjate de tonterías».
Tiene razón. He trabajado mucho, y no es que no tenga abuela, pero yo también creo que me he ganado este ascenso. De hecho, llevo toda la vida persiguiendo este sueño, desde que iba a visitar a mi padre los fines de semana y me sentaba con él en el sofá a ver cualquier deporte que echaran por la tele en ese momento. Durante esas pocas horas me dejaba formar parte de su vida y me sentía unida a él. La cercanía con mi padre no duró, pero mi sueño de convertirme en representante de deportistas profesionales ha perdurado durante los años de instituto, universidad, máster y prácticas. Por eso ahora trabajo como agente adjunta de Nicole.
No, el ascenso a agente a tiempo completo y sin ruedines no es el problema.
El problema estriba en que me asignan a Derek Pender, ala cerrada de los Sharks.
—No es que me lo esté pensando dos veces —le digo a Nicole—, sino que me lo estoy pensando quince y veinte. Me podrían dar el título de pensadora profesional a estas alturas. ¿Estás convencida de que el señor Pender y yo encajamos bien?
No estoy preguntando lo que en realidad quiero preguntar, pero resulta que no estoy segura de si debería contar toda la verdad o guardármela para mí. Si algo me ha enseñado Nicole es que en esta industria hay que jugar bien tus cartas, y la clave consiste en no enseñarlas antes de tiempo.
Nicole percibe la verdad a medias y da golpecitos con las uñas en el escritorio.
—Desde aquí noto que estás de los nervios. ¿Qué es lo que quieres preguntarme realmente?
—Solo me preocupa que a Derek le hayan dicho que va a reunirse con Mac y no con Nora Mackenzie y que pueda estar esperando a otra persona. —Es la verdad, aunque no toda. Me aprieto las cartas contra el pecho.
—O sea que quieres asegurarte de que no se espera a un hombre, ¿no?
Bueno, sí pero no. Todo el mundo en la oficina me llama «Mac» por mi apellido. No es que me apasione, pero ya me he acostumbrado. La triste realidad es que, en nuestro sector, la gente con la que intercambiamos correos suele decir que sí más a menudo cuando cree que soy un tío. Los hombres más misóginos están vinculados al mundo del deporte (ejem, Marty) y las mujeres tienen que trabajar el doble que ellos para ganarse el mismo respeto. Es jodido.
—Supongo que solo quiero saber si podrías decirme con exactitud qué es lo que le comentaste a Derek, digo, al señor Pender sobre mí. Es que… parece demasiado bueno para ser verdad que esté dispuesto a firmar con una agente novata y quiero asegurarme de que está al corriente de todo.
Ella agita una mano para quitarle importancia.
—No te preocupes. Hablé usando pronombres femeninos y le dije que eras nueva, pero que fui yo quien te formó y que, por tanto, puede estar tranquilo porque has aprendido de la mejor. —«La confianza que tiene esta mujer es fascinante»—. También que, si fuera listo, se quedaría contigo antes de que tuvieras la opción de ir a catapultar la carrera de otro.
Mi corazón salta de alegría. ¿De verdad le dijo todo eso? ¿Y en serio? Nicole no va soltando cumplidos así como así, por lo que hasta ahora no tenía ni idea de que pensaba eso de mí.
—Anda, gracias.
Intento no emocionarme, pero no termino de conseguirlo. Aprieto los labios y ella se da cuenta. Arruga la nariz con desagrado.
—¿Vas a ponerte a llorar?
Mantengo los labios sellados y niego con la cabeza a pesar de que los ojos se me empiezan a llenar de agua. Ay, no, las lágrimas están llegando a las pestañas. ¡Policía, tenemos a una posible fugitiva!
Ella suelta un quejido y gira la cara hacia el portátil.
—Nada de emociones en mi despacho, ya lo sabes. Creo en ti y no me importa impulsarte hacia el éxito, Mac. —Vuelve a teclear mientras habla. ¿Cómo lo hace?—. Derek Pender va a tener muchos obstáculos que afrontar en los próximos meses. Su carrera está en la cuerda floja y es posible que te enfrentes a un traspaso o a una renegociación del contrato. Tendrás que controlar los malos rumores que los medios de comunicación sin duda tratarán de difundir a medida que se acerque la temporada. ¿Estás preparada?
Vaya por Dios, ahora me están entrando ganas de reírme como una loca, y es que la respuesta es no; no estoy preparada. Pero no porque no me sienta capaz de afrontar esas cosas que ha dicho. De hecho, la idea de enfrentarme a obstáculos importantes al principio de mi carrera me llena el estómago de mariposillas alegres. Es por la anticipación. Me encantan los retos. Y dado que Derek Pender —el ala cerrada más legendario del fútbol americano de nuestra generación— regresa esta temporada tras sufrir una lesión de tobillo que debería haber acabado con su carrera, esta es la madre de todos los retos.
No, el problema radica en que no estoy preparada para enfrentarme a ese hombre. El hombre con el que sigo soñando a veces a pesar de que no debería.
Parpadeo para contener las lágrimas.
—Gracias, Nicole. Me hace mucha ilusión tener esta oportunidad. Te debo mi amistad y mi amor eterno. —Me avergüenza admitir lo mucho que desearía que me correspondiera en lo de la amistad.
En vez de eso, contesta:
—Ahórrate la amistad y el amor, por favor. No te estoy haciendo un favor; te lo has ganado. ¿Sabes que en la historia de esta empresa nunca hemos tenido una adjunta que cerrara tantos acuerdos como tú? Y, desde luego, eres la primera que ha conseguido un nuevo cliente para mi cartera por mérito propio.
Eso último técnicamente fue un accidente. Me encontré con un jugador de baloncesto universitario en el supermercado y le dije que llevaba unas deportivas muy chulas y que había estado genial en el partido de la semana anterior. Una cosa llevó a la otra y el lunes por la mañana estaba en el despacho de Nicole firmando un contrato. Un chaval muy agradable, la verdad. Al salir se dio un golpe en la cabeza con el marco de la puerta.
—Pero ahora —continúa Nicole— veremos de verdad qué pie calzas. Vas a estar sola en el despiadado mundo de la representación de atletas profesionales, y aquí no hay lugar para meter la pata.
«Menuda premisa. Qué poco me gusta».
—Vale, no me estás haciendo un favor, pero quieres que seamos mejores amigas. Entendido —añado mientras me despido con un saludo militar.
Luego doy gracias de que estuviera mirando el ordenador y no viera ese gesto, porque solo habría conseguido incordiarla aún más. Y lo cierto es que sí que quiero caerle bien a Nicole. Porque, aunque me encanta que mi madre sea mi mejor amiga (es la persona más guay que conozco), empiezo a pensar que va siendo hora de hacer más amigos.
Bueno, para ser sincera, hacer amigos es fácil. Lo difícil es conservarlos.
Salgo del despacho de Nicole y, de forma milagrosa, llego a mi despacho (si es que se le puede llamar así, ya que más bien parece un cuarto de la limpieza con una ventana tamaño ojo de buey) sin que Marty y sus secuaces me increpen. Una vez allí, como siempre, pego la espalda contra la pared para pasar por el lateral del escritorio y llegar a la silla.
Decidida a transformar este día en el que el chocolate se ha derretido en una deliciosa taza de chocolate caliente, empiezo a reorganizar mi mesa, y es que nada me levanta más el ánimo que poner las cosas en orden y clasificarlas por colores. Cuando logro tener la sensación de que mi mundo es un poco más estable, abro la bandeja de entrada y vuelvo a leer «el correo». Sigo convencida de que es un error. Una alucinación. Una pesadilla.
En cualquier momento, yo, Nora Mackenzie, me despertaré y mis zapatillas rojas preferidas no tendrán un chicle pegado a la suela ni mi gran oportunidad laboral dependerá de él.
Mac:
Fantásticas noticias. Nicole y yo estamos muy impresionados con tu trabajo últimamente (sobre todo con el acuerdo que has conseguido para Nicole mientras ella estaba enferma) y creemos que estás más que preparada para pasar a ser agente a tiempo completo.
Derek Pender, el ala cerrada de los Sharks, necesita un nuevo representante. Seguro que ya sabes que es cliente nuestro, pero Bill Hodge, que es quien lo ha representado durante los siete años que lleva en la NFL, por desgracia está teniendo ciertos problemas de salud, en cuyos detalles no vamos a entrar, y ha dimitido con efecto inmediato. Necesitamos asignarle un nuevo agente al señor Pender lo antes posible. Nicole no puede aceptar más clientes, pero le ha transmitido su confianza en ti y él está dispuesto a reunirse contigo para ver si encajáis bien. Vendrá hoy a la una. Aunque todos somos conscientes de los obstáculos a los que se va a enfrentar cuando empiece la temporada, sigue siendo un excelente atleta para estrenarte. ¡Enhorabuena!
JOSEPH NEWMAN
Propietario y director,
Sports Representation Inc.
El correo electrónico en sí es maravilloso, alentador y un fantástico resumen de aquello con lo que siempre había soñado que podría ocurrir en mi carrera. El problema es que estoy convencida de que el señor Pender no sabe con quién tiene que reunirse más tarde. Si lo supiera, no habría aceptado.
Porque la última vez que vi a Derek, mi novio de cuando iba a la universidad, fue el día que rompí con él.

Derek
Entro en la casa, dejo el recipiente de sopa para llevar en la encimera, veo por el rabillo del ojo la pizarra blanca situada en la esquina de la habitación y me doy la vuelta al instante.
—¡Nop! —digo, camino de la puerta.
«Enfermo, mis cojones». Mi amigo y compañero de equipo, Nathan, me había enviado un mensaje esta mañana diciéndome que tanto él como su esposa, Bree, se encontraban fatal, y preguntándome si podía llevarles un poco de sopa; sabe que, por mi forma de ser, siempre acudo cuando alguien me necesita. Sin embargo, lo veo ahí plantado junto a la pizarra con mis otros tres amigos y tiene pinta de estar más sano que un roble, además de tener una sonrisa de chulo repelente pintada en la cara.
Lawrence se interpone en mi camino cuando intento retroceder, y eso me ayuda a hacerme una idea de lo que supone enfrentarse a él —nuestro placador izquierdo— en el campo.
—Escúchanos, Derek.
—Y una mierda. He venido hasta aquí engañado, no para lo que sea que pretendáis con esa intervención —digo mientras señalo la pizarra que tengo a la espalda.
—Venga, tío. Ha llegado el momento. —A Jamal le encanta escucharse hablar—. Además, después de lo que encontramos en tu mesita de noche, no puedes negar que es lo que quieres.
—No ha llegado el momento y no es lo que quiero.
Me acerco a Jamal con aire amenazante para arrebatarle el rotulador borrable de las manos. A continuación borro agresivamente las palabras «Buscarle una esposa a Derek» de la parte superior de la pizarra. La pizarra que, desde hace dos años, cuando la utilizamos para ayudar a Nathan a salir de la «zona de amigos» con su mejor amiga y ahora esposa, Bree, se ha convertido en un elemento básico en todas las sesiones importantes de planificación vital de nuestro grupo de amigos. Y, oye, yo encantado de pasarme el día tirado en el sofá con estos tíos mientras trazamos estrategias detalladas para todos sus empalagosos planes de vida amorosa, pero, si intentan usarla conmigo, la quemaré hasta reducirla a cenizas.
—No quiero casarme. Y esta es la última vez que te advierto que no saques el tema de mi mesilla de noche antes de que haya consecuencias reales, como que tu cara tenga un aspecto un poco menos atractivo al inicio de la temporada.
No tendría que haberles dado a estos tíos una llave de mi casa mientras estaba fuera de la ciudad, aunque necesitara que me regaran las plantas. Claro que iban a fisgar. Llevan en la sangre lo de saltarse los límites.
Pero esta mierda de la pizarra es demasiado. Sé por qué lo hacen, esas sonrisas nerviosas de lástima que me lanzan no me engañan. Últimamente me he aislado demasiado, he rechazo una invitación a una cena tras otra, no salgo nunca de noche con ellos y, desde luego, no tengo citas. En pocas palabras, soy el extremo opuesto de lo que solía ser y consideran que una relación me sacaría del pozo. Y puede que sus temores sean válidos. Ya no saben quién soy ni cómo manejarme. Yo tampoco sé quién soy.
No me sentía tan inseguro de mí mismo desde que era un chaval torpe y desgarbado al que volvía a irle fatal en el colegio, al que le costaba hacer amigos que no se rieran de él sin piedad después de oírle leer en voz alta y que solo vivía a la sombra de su hermana mayor, Ginny, que era la favorita de todo el mundo. Sacaba sobresalientes sin tener que esforzarse, y supongo que por eso ahora es médica. Donde ella se crecía, yo tenía que batallar el doble. Me peleaba a todas horas con mis padres por culpa de las notas y oía más veces de las que era capaz de contar: «¿Por qué no te aplicas de una vez y dejas de hacer el tonto, Derek?».
No fue hasta hace unos meses cuando por fin me diagnosticaron ese supuesto «hacer el tonto»: dislexia. Una noche, mientras estaba tumbado en la cama echando un vistazo a las redes sociales, me topé con un vídeo en el que un chico describía cómo era para él vivir con dislexia. Me quedé de piedra, porque todo lo que contaba eran experiencias que yo también había vivido. Me puse en contacto enseguida con una especialista en aprendizaje y, tras las pruebas, se confirmó: soy disléxico.
Por eso me resultaba tan difícil leer y escribir y tardaba el doble que otros alumnos. Por eso me costaba procesar ciertas palabras. Por eso me quedaba rezagado. Durante la adolescencia no me hicieron pruebas porque provengo de una familia con la firme creencia de que «solo tiene que esforzarse más». Pero, en realidad, era el que más trabajaba. Jamás logré entender por qué no bastaba con eso. Por qué no comprendía lo que leía en los libros de texto como todos los demás. Y esa brecha entre mis padres y yo continuó creciendo hasta que llegué a odiar cualquier forma de aprendizaje.
Sin embargo, en el instituto encontré el fútbol americano. Entré en el campo y fue como si todas las piezas del puzle encajaran de golpe. Era muy bueno. Tenía un don innato. Y con los años no hice más que mejorar. Crecí hasta alcanzar el metro noventa y cinco y mis músculos se desarrollaron de una manera distinta a la del resto de los chicos que me rodeaban. De repente tenía mucho éxito con las chicas. Los profesores me daban más cancha. Mis padres estaban orgullosos porque, al igual que Ginny, me estaba forjando un nombre. Tenían un nuevo motivo por el que presumir ante sus amigos. A nadie le importaba demasiado que mis notas fueran pésimas o que tuviera problemas académicos, porque estaba claro que iba a jugar al fútbol en la universidad y que luego pasaría a la NFL, así que ¿qué más daba?
Y eso fue lo que ocurrió.
Me gradué en el instituto por los pelos, pero machaqué todos los récords escolares como ala cerrada. En las clases de la universidad, mis profesores me echaron más manos de las que me gustaría reconocer, pero logré graduarme y luego me seleccionaron en la primera ronda del draft. He jugado dos Super Bowls y me han nombrado MVP. He salido con estrellas de cine, les he comprado una casa nueva a mis padres y, como regalo de graduación, le pagué a mi hermana el préstamo que había pedido para poder pagarse la carrera de Medicina.
Mi identidad no cambió hasta que me rompí el tobillo en el campo al final de la temporada pasada y tuvieron que someterme a una operación. Hace tanto tiempo que dependo de mi carrera profesional para sentirme seguro y aceptado que no sé quién coño sería sin ella. ¿Qué pensará toda esta gente de mí cuando ya no sea capaz de hacer lo único que se me da bien? «Inútil».
Este sería el peor momento para intentar iniciar una relación. Sobre todo teniendo en cuenta que Collin Abbot —el novato suplente que me sustituyó durante los dos últimos partidos de la temporada pasada— los dejó a todos boquiabiertos. Ahora los rumores me rodean como pirañas. Va a ocupar mi puesto esta temporada. Tengo todo que perder y nada permanente que ofrecer.
—Derek, deja de hacer el gilipollas y permite que te ayudemos a encontrar el amor y la felicidad —dice Nathan.
—No es el momento —contesto, en lugar de soltarle que, en mi cabeza, «amor» y «felicidad» no son sinónimos y que puede meterse sus opiniones por el culo.
Solo me he planteado la idea del matrimonio con una mujer. La única que he sentido que me quería de verdad por lo que era fuera del campo de fútbol. Fue antes de conocer a estos cuatro bufones a los que llamo compañeros de equipo —menos cariñosamente conocidos como «amigos»—, y digamos que la degustación de saber qué es que te quieran y te abandonen me llenó lo suficiente como para no querer repetir jamás. Nunca les he hablado a mis amigos de ella. No tienen ni idea de que esa mujer es la razón de que ahora me repela la idea de mantener una relación duradera.
—¿Por qué no?
Nathan Donelson es el quarterback de nuestro equipo, Los Angeles Sharks, y le hemos puesto el apodo cariñoso de Papá en honor a su liderazgo y sabiduría. Y justo por eso, después de que hace dos años se casara con su mejor amiga, Bree, el resto de los chicos se apresuraron a seguir su ejemplo. Jamal se casó con Tamara, y Lawrence, con Cora, y ambas parejas llegaron incluso a contraer matrimonio en Las Vegas sin avisar a nadie, como Nathan y Bree, porque estos habían conseguido que pareciera un puñetero cuento de hadas. Pero, para mí, el matrimonio es el punto en el que dejo de seguirlo como una oveja.
Soy el último sin anillo de casado en nuestra pandilla de cinco hombres, y así voy a continuar.
—Pender solo está asustado —interviene Jamal Mericks, el corredor de nuestro equipo y mi grano-en-el-culo-autoproclamado.
Ahora es él quien me arrebata el rotulador borrable de la mano y lo utiliza para dibujar un bebé enorme con un chupete en la pizarra. Por si quedaba alguna duda de a quién se suponía que representaba la criatura, escribe mi nombre con una gran flecha apuntando hacia ella.
Le hago una peineta.
—Muy maduro. Lo único que has hecho es dejar claro que llevo razón.
Le da unos golpecitos con el rotulador al dibujo del bebé.
—Basta de discusiones por hoy —dice Lawrence.
Sin duda es el más bonachón del grupo, pero también el más agresivo en el campo; viendo cómo se pone cuando nos peleamos, sería imposible adivinarlo. También es el único de los presentes que me hace parecer bajito. Mido un metro noventa y cinco y Lawrence me saca una cabeza.
Pasa a empujones entre nosotros y borra la pizarra de nuevo.
—Jamal, es un milagro que con ese ego tan enorme hayas conseguido pescar una esposa. Y, Derek, empiezo a dudar de que fueras capaz de encontrar una aunque lo intentaras.
—Qué grosero —decimos Jamal y yo al unísono, y luego nos volvemos para intercambiar una mirada especular.
Lo nuestro es una relación de amor-odio. Vamos, que más que nada amo odiarlo.
—¿Y si, en lugar de intentar forzar a Derek a tragarse vuestras ideas románticas, hacéis algo constructivo y venís a ayudarme? —grita Price desde el salón, donde está despatarrado en el suelo con un millón de piececitas de plástico de todos los colores del arcoíris tiradas a su alrededor.
Creo que al final se supone que tienen que parecer una especie de andador-mesa-de-juego-para-bebés.
Jayon Price es nuestro malhumorado receptor. Nos dejó a todos a cuadros al convertirse en el primero del grupo en anunciar un embarazo. Yo apostaba por Nathan, pero no. Hope, la mujer de Price, está en el último trimestre, y nunca había visto a mi amigo tan feliz.
Bueno, en este momento no parece muy feliz. Está intentando meter una cosa elástica de plástico en otra pieza de plástico, pero no encajan. Tiene el bíceps a punto de estallar de la fuerza que está haciendo.
—¿Por qué coño no venden estos chismes ya montados?
Lanza la pieza culpable al otro lado de la habitación y me agacho justo a tiempo para esquivar el impacto de un abejorro de plástico en la cara.
—Hay una pregunta aún mejor —dice Jamal, que se acerca a mirar la caja en la que venían las piezas—. ¿Por qué te has puesto a montar esto ahora?
Price se queda boquiabierto.
—¿Por qué no? Hope sale de cuentas dentro de más o menos dos meses.
Se me escapa una carcajada que parece un gruñido.
—Tío, esa cosa es para bebés más mayores. —Señalo la caja—. En la parte de atrás pone que es para fortalecer las piernas y la espalda del bebé para que empiece a andar.
Price deja caer las instrucciones y nos mira uno por uno con una expresión que no augura nada bueno en la cara.
—Si le contáis esto a Hope, estáis todos muertos. Ya está atacada porque no tenemos ni idea de lo que hacemos, así que no quiero que se agobie aún más cuando descubra que me ha pedido que monte un juguete para una criatura de ocho meses.
La verdad es que adoro poder pasar por todas estas etapas de la vida con mis amigos. Por eso tengo que reaparecer en el campo completamente recuperado. Porque a una parte de mí le preocupa que si me echan… Da igual. Ahora no quiero pensar en eso.
Nathan asiente.
—Te ayudaremos a montarlo, más que nada porque tu esposa embarazada me hizo pasar verdadero miedo la semana pasada cuando me amenazó con clavarme las púas del tenedor en la mano si cogía el último brownie. Si esa mujer quiere que le montemos el andador de su bebé varios meses antes de tiempo, se lo montamos. —Se vuelve de nuevo hacia mí—. Pero… todavía no hemos terminado de hablar de tu estado sentimental.
—Uy, sí, hemos terminado hace rato —digo mientras retrocedo hacia la cocina y cojo las llaves que he dejado en la encimera—. Déjanos en paz a mi soltería y a mí y cómete la sopa, capullo mentiroso. Me largo de aquí.
—¡Nadie va a ir a ninguna parte! —dice una voz femenina desde el umbral de la cocina. Levanto la vista y veo que Bree, la mujer de Nathan, ha aparecido como por arte de magia y pretende utilizar su cuerpo a modo de barrera humana: ha estirado los brazos y se ha agarrado al marco de la puerta para impedirme salir. Debe de acabar de volver de su estudio de danza, porque lleva una malla negra y un pantalón de chándal gris. Su uniforme habitual—. ¿Le habéis hablado ya del plan?
Nathan grita desde el salón:
—Sí, no quiere casarse.
Bree se queda boquiabierta.
—¿Nunca?
Parece personalmente ofendida por mi decisión. No es que tenga nada en contra del matrimonio para otras personas, es solo… que no es para mí. Al menos, ya no.
Me encojo de hombros y le doy vueltas a las llaves con un dedo mientras miro a la mujer a la que ahora veo como mi hermana pequeña.
—Lo siento, Quesito Bree, pero no es para mí.
—Bueno, vale… —Hace un gesto con la mano para restarle importancia al asunto—. Si no quieres casarte, no pasa nada. Pero al menos deja que te emparejemos con alguien.
—Gracias, pero no. Ya estoy servido en ese frente.
Aunque me encamino hacia ella, no se aparta del umbral.
—¡No, no es cierto! Derek Pender, no creas que no nos hemos dado cuenta de que no has tenido ni una sola cita desde que te lesionaste. Puede que todos estos niños grandes que nos espían desde detrás de la esquina sean demasiado gallinas para decírtelo, pero que ya no salgas de noche es preocupante. Y que no tengas citas, ¡ni siquiera un rollito!
Suelta toda esa retahíla como si mi nombre tuviera que ser sinónimo de esas cosas. Y…, bueno, supongo que antes lo era.
Vuelvo la cabeza y, en efecto, todos están pendientes de lo que decimos. Sin embargo, retroceden un poco cuando los miro.
—No tenéis por qué preocuparos, chicos. Es solo que ahora mismo estoy totalmente centrado en la rehabilitación.
—Sí, pero ¿a qué precio? —pregunta Bree, y se le hunden un poco los hombros.
La miro a los ojos.
—Deja de darle vueltas. Estoy bien, te lo juro.
Ella baja los brazos y pone cara de hartura.
—Eres insoportable, eso es lo que eres. Pero supongo que, aun así, dejaré que te salgas con la tuya.
Mete la mano en el bolso que lleva colgado del hombro, y enseguida sé lo que viene a continuación: una «breegatela». Bree demuestra su afecto haciendo regalitos esporádicos que le recuerdan a sus amigos. Todos tenemos unos cuantos. Yo conservo una taza de café con forma de calavera que, según ella, se parece al tatuaje que me hice en el antebrazo, y un imán con el número 82 —el que llevo en la camiseta— que les robó a sus sobrinas del juego magnético para aprender los números que tienen en la nevera.
Hoy saca algo que me deja de piedra, aunque es imposible que sepa por qué ese objeto en concreto me produce tal impacto.
Bree me pone en la palma de la mano un llavero, y lo único que consigo hacer durante tres respiraciones enteras es mirar el pequeño bol de helado cubierto con trocitos de cereales. La piel de la cara se me calienta como si me hubieran pillado con las manos en la masa.
—¿Por qué me regalas esto?
Mi tono es acusador. Como si hubiera estado husmeando en mi cerebro sin permiso. Como si supiera todos mis secretos y esto formara parte de la intervención.
—Porque… —Su sonrisa se vuelve inquisitiva—. ¿Te acuerdas de cuando en el banquete de la boda de Lawrence te emborrachaste y diste aquel discurso tan gracioso? Dijiste que lo único que querías comer durante el resto de tu vida era helado con cereales y que te ponía muy triste pensar que no podías hacerlo. El otro día vi en internet una tienda que hace llaveros de resina con forma de helado y los personaliza, así que les encargué que te hicieran este con cereales por encima.
Claro. Por el discurso. El alivio me relaja un poco los hombros cuando me doy cuenta de que no sabe nada de ella, de Nora.
Todavía hoy, el grupo sigue riéndose de aquel «discursito tan gracioso» que pronuncié en el banquete. Pensaron que estaba tan increíblemente borracho que no hacía más que soltar tonterías lamentables. Y, es verdad, estaba borracho. Pero solo porque no pude quitarme de la cabeza a Nora, la mujer con la que quise casarme desde el día en el que la conocí, durante toda la ceremonia. No podía dejar de pensar en dónde estaría ahora ni de preguntarme por enésima vez por qué no fui suficiente para ella. Sí, éramos polos opuestos. Ella era muy inteligente y, además, estaba muy motivada y centrada en lo académico; yo, por el contrario, era un deportista con un trastorno del aprendizaje no diagnosticado al que se le daba muy bien salir de fiesta.
Pero también éramos compatibles en muchos aspectos. Nos encantaba competir, lo convertíamos todo en un juego divertido y sin sentido y disfrutábamos con ello. Teníamos una química que no he vuelto a sentir con nadie más. De esas que se te cuelan en el torrente sanguíneo y te alteran. Y, por si fuera poco, a ambos nos encantaban los deportes. De hecho, ella aspiraba a convertirse en agente. ¿Lo habrá conseguido?
Y la merienda favorita de Nora: helado con cereales.
Por lo visto, en ningún momento dejé entrever que el discurso iba dirigido a mi corazón roto o a la mujer que me lo había destrozado. Simplemente dieron por sentado que aquella noche padecía un caso agudo de antojo de dulces. He dejado que sigan creyéndolo porque prefiero que mi pasado con Nora permanezca enterrado.
Cierro la mano alrededor del llavero y fuerzo una sonrisa.
—Es verdad, se me había olvidado por completo. Gracias, qué divertido.
Bree frunce el ceño, y estoy seguro de que habría hecho algún comentario acerca de la poca gracia que parece que me ha hecho si Nathan no hubiera aparecido por la esquina para rodearle la cintura con los brazos por detrás. Estos dos son capaces de hacerte vomitar. Son demasiado tiernos para su propio bien.
—Vamos a salir todos a comer, ¿te apuntas? —me pregunta Nathan, aún aferrado a Bree.
—No puedo, tengo una reunión a la una. Bill ha tenido que jubilarse por un problema de salud del que no ha querido hablar, así que he quedado con alguien nuevo que me ha recomendado Nicole.
Y esa es otra. Cuando tu agencia intenta encasquetarte al último mono, sabes que ya no cree mucho en tu carrera. Imagínate ser el mejor ala cerrada del fútbol americano profesional y que te hagan un placaje que te rompe el tobillo como si fuera una rama; que la fractura requiera una operación para repararlo y que ahora tengas que conformarte con la novata de la agencia, que no ha tenido un cliente en su vida. Las únicas razones por las que no rechacé la idea al instante son: primero que yo tampoco tengo ya muy clara mi valía, y segundo que Nicole, que lleva siendo la agente de Nathan desde el principio de su carrera y tiene fama de ser la mejor en su campo, me la ha recomendado.
—Nicole no te aconsejaría mal. Si te dice que firmes con él, hazlo —dice Nathan, que sigue abrazado a Bree como si se tratara de una cuerda salvavidas y él fuera a hundirse si se rompiera el contacto físico.
«Me dan envidia».
—Con ella —corrijo, y aparto la mirada de la feliz pareja para volver a darles vueltas a las llaves alrededor del dedo—. La agente es una mujer.
—¡Ay, a lo mejor es guapísima y soltera y os enamoráis perdidamente! —exclama Bree como si tuviera corazones en los ojos.
Niego con la cabeza.
—En serio, chicos, necesito que dejéis el tema. No quiero una relación.
—Ya, eso piensas ahora. Pero ¿y después de conocer a la mujer más increíble del mundo?
Miro a Nathan.
—Por favor, ¿puedes pedirle a Cupido que se aparte para que pueda marcharme?

Nora
Pongo la mano en el pomo de la puerta de la sala de reuniones y mi estómago da diez vuelcos seguidos. Y, mientras no deja de dar vuelcos, entro en un portal del continuo espacio-tiempo donde voy dando volteretas sin que eso logre aliviar lo más mínimo mi sufrimiento. Pero no porque no me sienta preparada para hacer mi trabajo; es porque no me siento preparada para volver a estar cara a cara con Derek Pender.
En pocas palabras: Derek para mí era todo lo que nunca debió ser. Yo tenía la vida organizada según un plan trazado al detalle. Un plan que todavía sigo a rajatabla. Conocer a un jugador de fútbol americano salvaje, divertido y sexy y enamorarme locamente de él durante mi último año de universidad no formaba parte de ese plan. Ambos habíamos estudiado en la Universidad Southern California durante tres años sin cruzarnos.
Y, de repente, como una onda gravitacional en medio del universo, allí estaba él, en la misma fiesta que yo, con unos ojos tan azules como las llamas de alta temperatura. Por alguna razón que desconozco, se sintió tan atraído por mí como yo por él. Me vio sola en un rincón apartado de la fiesta, lo cual no era porque fuera tímida o introvertida, sino porque no quería estar allí. Me estaba impidiendo terminar una presentación en la que tenía muchas ganas de trabajar, pero mi compañera de habitación me había obligado a ir. Según ella, llevaba varios días sin siquiera pestañear. Fue entonces cuando Derek se acercó a hablar conmigo.
Un rato después me sacó a la pista de baile y al final de la noche me dolían las mejillas de tanto reír. También me emborraché muchísimo y, como mi compañera de habitación se había ido con un chico y estábamos fuera del campus, no tenía quien me llevara. Derek (que estaba mucho más sobrio que yo) llamó a un Uber y se aseguró de que llegara sana y salva a mi cama. Luego durmió toda la noche en el suelo para asegurarse de que no me atragantara con mi propio vómito.
A la mañana siguiente me sentía fatal porque se hubiera tomado tantas molestias por mí, así que le hice un vale por escrito que podía canjear cuando quisiera. Sin embargo, nunca llegó a usarlo y no tardamos en enamorarnos. Tampoco tardé en perder el norte y sustituir mis metas y sueños por la adicción a su sonrisa, su tacto y la forma en que me miraba, como si yo fuera lo mejor del mundo. Nos entendíamos como nadie. Incluso compartíamos la necesidad de competir constantemente. Era normal en nosotros hacer una carrera para ver quién llegaba antes a cualquier sitio. O quién podía mantener durante más tiempo el equilibrio con una taza sobre la cabeza. También jugábamos a «el suelo es lava». Era una competición ridícula tras otra a todas horas.
Vivimos ese amor juvenil tan bonito como desgarrador que solo puede existir si te adentras en una burbuja donde faltas a clase, te quedas despierto toda la noche para ver el amanecer mientras comes dónuts e ignoras los libros de texto en favor de ir a ver cómo la otra persona entrena o juega un partido.
Hasta que me di cuenta de que Derek no entendía una de las partes más importantes de quién era yo. Así que justo antes de graduarnos y de que lo reclutaran para la NFL, rompí con él. Fui abrupta y fría como el hielo. Nunca he dejado de lamentar esa parte.
Sin embargo, cuando vuelva a ver a mi ex, lo más probable es que Derek me mire, esboce lentamente una sonrisa y me dé un abrazo amistoso. Puede que incluso me llame por mi antiguo apodo por los viejos tiempos. Galletita de jengibre. Porque ahora los dos somos adultos. Porque, aunque romper con Derek casi acaba conmigo, él lo superó en cuestión de una semana. Y, a juzgar por lo que dice la prensa, si hay algo que mi ex no ha hecho durante todos estos años, es quedarse sentado esperándome. Pensar en eso solía ponerme de mal rollo, pero hoy me reconforta. Si pasó página tan rápido, es posible que yo apenas sea un recuerdo lejano para él.
Así que me armo de valor y giro el pomo de la puerta para entrar a la sala de reuniones con paso decidido, irradiando poder y aplomo. Es broma. Alguien abre la puerta desde dentro mientras mi mano sigue en el picaporte y me arrastra hacia el interior. Entro tambaleándome y esquivando al becario que la ha abierto. Sin querer, lanzo hacia la mesa de la sala el bolígrafo que tengo encima de los contratos. Aterriza justo en el centro y Nicole (uf, qué bien, parece que Nicole también va a asistir a esta reunión) se queda atónita.
Me enderezo y me recoloco la americana con la dignidad propia de una reina. O de una niña que se ha disfrazado de reina para jugar, pero el caso es que la dignidad está ahí.
—Hola. ¡Ya estoy aquí! —Rezo para que mi voz salga firme.
—Sí, ya lo veo. —Menos mal que Nicole ha sido la única que ha visto mi torpe entrada, porque Derek (madre mía, ahí está Derek) sigue de espaldas a mí, de cara a la mesa—. Empecemos con las presentaciones, ¿os parece?
Ay, no. Aquí es donde todo se va a la mierda. Y encima Nicole va a presenciarlo. Debería haberle dicho la verdad cuando he ido a verla al despacho. La verdad es siempre la opción correcta. Siempre. Lo sé porque soy la capitana del Club de los Amantes de las Reglas. Y, sin embargo…
Derek se inclina y coge el bolígrafo del centro de la mesa. Con él en la mano, empuja la silla hacia atrás y se levanta. Se me llena el estómago de mariposas al verle la espalda. Es… enorme. No recuerdo que antes hubiera tanto espacio entre hombro y hombro. Los músculos son tan obscenos que se marcan por debajo de la camiseta. Esa pobre camiseta de algodón se esfuerza al máximo por esconderlos, pero no tiene ninguna posibilidad. Entonces se da la vuelta y se me cae el mundo encima.
Unos ojos penetrantes de color azul aciano se cruzan con los míos. Son tan bonitos que resultan casi crueles. Siento que hay un destello. En ese instante un pensamiento se apodera de mí antes de que pueda descartarlo. «No lo he superado y tengo miedo de no superarlo nunca».
Su pelo castaño aclarado por el sol le cuelga por las sienes y la nuca, resaltando esa estructura facial tan de «písame la cara por favor». A decir verdad, con este cuerpazo y esta mandíbula, él y el quarterback del equipo, Nathan Donelson, parecen hermanos. Pero Derek es el homólogo más mundano de Nathan. La cara de Derek es intensa y fascinantemente atractiva.
Mi mirada va de aquí para allá, nerviosa, porque no se decide a quedarse fija en ninguna parte de su cuerpo. Ya era grande y fuerte en la universidad, pero es que ahora… Santo cielo, resulta abrumador. Parece nacido en una época en la que la gente necesitaba tener guerreros para garantizar su seguridad. Y todos esos pequeños tatuajes que tiene repartidos por los brazos sin llegar a conectar entre ellos también son nuevos para mí. Los he visto en la televisión, en algún partido televisado, pero verlos en persona sobre su piel intensifica la experiencia.
Cuando vuelvo a mirarlo a la cara, no parece alegrarse de verme. Nicole se aclara la garganta.
—Derek, esta es…
—Nora Mackenzie —digo a la vez que él para ocultar su voz. Extiendo la mano con una sonrisa deslumbrante y suplicante y me resisto a desmayarme por mi repentino pico de adrenalina—. Encantada de conocerte, Derek.
Nicole no me ve. El enorme cuerpo de Derek se lo impide. Él posa su fría mirada en mi mano extendida y frunce aún más el ceño. Le ruego en silencio que me la estreche. Que me siga el rollo hasta que Nicole se vaya. Pero me da que no lo va a hacer.
Justo cuando despega los labios para decir algo, la puerta de la sala de reuniones se abre y nuestra recepcionista asoma la cabeza.
—Nicole, siento interrumpirte, pero tienes una llamada urgente. La he transferido a tu despacho y está en espera.
Nicole se levanta y rodea la mesa. Se queda mirando la cara de tormento de Derek y mi expresión animada y sonriente para compensar la de él.
—Si me disculpáis —dice con un tono dubitativo—. Vuelvo enseguida.
«Claro. ¡Tómese su tiempo, señora! ¡Todo el día si lo necesita!».
Sale de la habitación y cierra la puerta con cuidado. Me quedo a solas mirando los escalofriantes ojos de Derek. No pierde el tiempo, niega con la cabeza y se aparta de mí para coger las llaves de la mesa.
—No. Ni hablar.
«Espera, ¿qué?».
Estoy estupefacta. Atónita. Me he quedado parpadeando como si alguien me hubiera iluminado los ojos con un foco brillante. Después de tantos años sin vernos, ¿eso es todo lo que tiene que decir?
—¡Derek, espera! —Paso por su lado para interponerme en su camino antes de que llegue a la puerta.
Me mira con la mandíbula tensa.
—Me dijeron que te llamabas Mac. —Suelta una risa seca y se le llenan los ojos de desprecio—. Felicidades. Si tu objetivo era quedarte conmigo, lo has conseguido. Toma tu pin de premio.
Incluso su voz ha cambiado. Ahora es más grave.
Me cuesta encontrar las palabras porque he subestimado lo que sentiría al volver a estar cara a cara con él. Cada célula de mi cuerpo tiembla como si estuviera regresando a la vida. Mentiría si dijera que no me había imaginado cómo sería encontrármelo. Siempre supe que Derek era cliente de Bill, pero no pensé que llegaríamos a vernos porque Bill solo se reunía con él fuera de la agencia. Y no se me ocurría ningún motivo que me llevara a coincidir con él para informarle de que también trabajaba ahí.
Aun así, me lo imaginaba. Imaginaba encontrármelo en el pasillo una tarde cualquiera y que se me quedara mirando. En mis fantasías, la cosa siempre empezaba con una sonrisa lenta y traviesa que se iba extendiendo por su boca y terminaba con nosotros besándonos en el cuarto de la limpieza.
Pero la reacción que acaba de tener está justificada. Le hice daño y tengo que disculparme. Aunque este no es para nada el momento.
—No, por favor, escúchame. No era mi intención quedarme contigo. De hecho, cuando me enteré de que Nicole te había propuesto la idea, me dio miedo que no supieras quién era. En la oficina todo el mundo me llama Mac. Es la abreviatura de…
—Mackenzie —dice de mala hostia, como si no pudiera creer que haya tenido la osadía de insinuar que no lo había adivinado ya—. Sí, lo recuerdo perfectamente, Nora. —Y entonces suelta una carcajada cargada de desdén—. También recuerdo con qué facilidad dejas tiradas a las personas sin previo aviso, por eso no pienso contratarte. Prefiero que mi agente sea alguien dedicado y en quien pueda confiar.
«Uf, esa ha dolido».
Derek pasa por mi lado asegurándose de no tocarme para que no le contagie los piojos y sale por la puerta sin mirar atrás.
—Genial, todo lo que podía ir mal ha ido mal —les digo a las sillas vacías.
Resulta que Derek sí me recuerda. Y me odia. Algo por lo que no puedo culparlo, aunque me resulte confuso.
Así que tengo dos opciones: 1) Contarle a Nicole que ya he perdido a mi primer cliente; cliente que prácticamente me había servido en bandeja. Bochornoso. 2) Arrancarme este cuchillo del pecho y utilizarlo como dardo para hacer diana con mis objetivos profesionales.
Me decanto por la opción 2, lo que significa que es hora de aclarar las cosas con mi exnovio.

Derek
—¡Derek! ¡Derek! ¡Espera!
Esto no puede estar pasando. Estoy en la acera, ya fuera de la agencia, e intento alejarme de este lugar y de esa mujer lo más deprisa posible. «Mac». Tendría que haber pedido más detalles. Pero ¿cómo iba a saber que mi exnovia había conseguido un trabajo en la agencia de deportes que me representa? Dios…, ¿cuánto tiempo llevará trabajando aquí? ¿Desde cuándo sabe que siempre ha habido un solo grado de separación entre ambos y, aun así, ha decidido no informarme nunca al respecto?
Ni de coña voy a permitir que me represente.
—¡Derek! Por favor… ¡Uf! ¿Puedes frenar un poco? Madre mía, ahora tienes unas piernas enormes. Eres como uno de esos árboles gigantes de El Señor de los Anillos.
Corre detrás de mí gritando esas cosas para que las oiga toda la ciudad. Mi todoterreno está justo a la vuelta de la esquina, en el aparcamiento privado, y pienso llegar hasta él antes de que ella me alcance. ¿Estoy siendo cruel? Sí. ¿Me importa? Ni lo más mínimo.
—No eres mi agente y nunca lo serás, así que deja de perseguirme —le digo volviendo la cabeza por encima del hombro.
Capto un atisbo de sus mejillas sonrosadas y del pelo de color caoba oscuro que le ondea alrededor de la cara mientras esprinta para alcanzarme. El viento no hace más que levantarle la falda y mostrar más centímetros de pierna de los que le gustaría, a juzgar por el hecho de que intenta mantener una mano pegada a la parte delantera, como en un póster de Marilyn Monroe. Parece que por fin tengo la respuesta a mi pregunta: sí logró convertirse en agente deportiva.
Me adelanta a toda velocidad y hace una pequeña pirueta de salto-y-vuelta para poder caminar hacia atrás mientras me mira a la cara.
—¿Me das solo un segundo para explicártelo?
—Poste.
—¿Eh?
—Que hay un poste —le digo, y la agarro del brazo y tiro lo justo para que lo esquive sin problema.
La suelto al instante. «Tendría que haber dejado que se lo tragara». Sin embargo, un segundo después vuelve a estar a mi lado.
—¡Derek, por favor! Quiero hablar de esto. Y disculparme.
—No quiero que te disculpes. De hecho, no quiero nada tuyo.
Y es cierto. Puede que hace un tiempo hubiera dado cualquier cosa por tenerla así, suplicándome una oportunidad de explicarse y disculparse, pero ya no. Tengo el corazón helado para siempre. Es evidente que no fui suficiente para ella, así que no hay nada más que decir.
Mantengo la mirada clavada en el frente e intento no hacerle caso mientras continúa caminando de espaldas.
—Deja de seguirme. Y mira por dónde andas, que te vas a tropezar.
—¿Ves? ¡Ya soy una agente tan entregada que arriesgaría cualquier cosa por ti!
Ese comentario me despierta una furia irracional. Se dedica a bromear como si fuéramos viejos amigos y no ex con un pasado tan complicado que, cuando la miro, lo veo todo rojo.
—No eres mi agente y nunca lo serás. Esta conversación ha acabado.
Quiero cerrar los ojos. Quiero suprimirla y fingir que no está aquí, justo a mi lado, porque este momento me va a hacer retroceder de nuevo. El mero hecho de verla me abre viejas heridas que al principio creí que nunca sanarían. Me vienen a la cabeza recuerdos de Nora dándome golpecitos en la mejilla para obligarme a sonreír. De sus ojos grandes y nerviosos mientras nos colábamos a deshoras en el polideportivo de la universidad para bañarnos desnudos en la piscina. De su suave sonrisa cuando estaba sentada a mi lado en clase, tomando apuntes como una loca, y yo le dibujaba un corazón invisible en la parte superior del muslo una y otra vez.
Cuando entro en el aparcamiento y aprieto el mando a distancia de mi todoterreno eléctrico, los faros parpadean y las manillas de las puertas saltan. Nora se fija en cuál es mi coche y se adelanta para pegar la espalda a la puerta, con la respiración agitada. ¿Por qué leches tiene que seguir siendo tan guapa?
—No pienso moverme hasta que me escuches.
—O te mueves tú o te muevo yo. Último aviso.
«No la mires a los ojos».
Arquea las cejas.
—No es por ofender, pero creo que es posible que estés subestimando mi impresionante metro setenta de estatura y mi absoluta determinación de permanecer inmóvil hasta que…
Le pongo las manos en la cintura y, negándome a reconocer que huele igual que un dulce cóctel tropical de color rosa, la levanto del suelo para apartarla de la puerta. «Obstáculo eliminado».
Ahoga un grito de indignación.
—Te lo advertí.
Abro la puerta y el audiolibro que estaba escuchando comienza a reproducirse a todo volumen. Es algo que la logopeda me sugirió que probara; al parecer, a mi cerebro le resulta más fácil comprender la información escuchando. Se me ocurrió intentarlo con una saga de fantasía que en el instituto le encantaba a todo el mundo y que yo odiaba porque era muy difícil de leer. Quería enterarme de qué me había perdido. Pero, ahora, al oírla retumbar por el altavoz con Nora justo a mi lado, me siento como si estuviera desnudo en el centro de un huracán.
Estiro la mano a toda prisa y aprieto el mando del volante para bajar el volumen al máximo. Cuando vuelve a reinar el silencio, la voz de Nora perfora mi nube de ira.
—Derek…, por favor.
Su tono es suave y suplicante. No quiero sentir nada por ella. Ni compasión. Ni vuelcos de corazón. Nada.
Pero, joder, lo siento todo. Porque esta es Nora. Mi Nora. Por eso me he dicho que no debo mirarla a los ojos, porque entonces veré reflejado en ellos todo lo que una vez fuimos. Veré que está más devastadoramente guapa que nunca, y da igual a qué se dedique o adónde vaya; en mi corazón siempre será mía. Y la odio por ello.
Cierro de nuevo la puerta del coche y me vuelvo del todo hacia ella, me cruzo de brazos y pienso que ojalá tuviera un escudo de verdad para cubrirme. Baja la vista un instante hacia mis tatuajes y los estudia. Supongo que le sorprende verme con ellos, puesto que cuando la conocí no tenía ni uno. He cambiado en muchos aspectos desde la época en que estábamos juntos.
Levanta la mirada hacia la mía y un destello de determinación le ilumina los ojos.
—No sé muy bien… O sea… Quiero… —Se humedece los labios y permito que pase un mal rato. Merece ahogarse en la incomodidad—. Hace tiempo que no nos vemos.
—¿De verdad? Porque parece que fue ayer cuando me dijiste que ya no me querías en tu vida.
Esboza una mueca de dolor.
—¿Quieres hablar de lo que ocurrió entonces?
Es lo que menos quiero del mundo.
—Si quieres hablar, preferiría enterarme de cuánto tiempo hace que lo sabes.
—¿Lo de la cigüeña de París? Mi madre me dio la charla cuando tenía…
Cierro los ojos y se queda callada. Recurrir al humor para desviar la atención es tan típico de Nora que me hace daño.
—¿Hace ocho años que no hablamos y te pones a hacer chistes?
Se le borra la sonrisa.
—Tienes razón —dice en un tono distinto, más razonable y auténtico—. Se acabaron las retartalillas. ¿Te refieres a desde cuándo sé que trabajo para la misma agencia que te representa?
Asiento con un gesto brusco.
—Bueno…, lo sé desde que empecé en la empresa, hace unos dos años. Pero no me enteré hasta que ya me habían contratado, cuando asistí a una reunión en la que los agentes comentaban la situación de sus atletas. Salió tu nombre y, desde entonces, he oído hablar de ti de vez en cuando, pero nunca con mucho detalle.
Me hierve la sangre.
—¿Y no te pareció conveniente avisarme? ¿Te pareció que sería más divertido sorprenderme un día al azar? ¿Y qué narices significa «retartalillas»?
No me apetece nada hacer esta última pregunta, pero, si no la hago, me carcomerá por dentro.
Me da la sensación de que Nora se muestra demasiado impaciente por contestar.
—Significa «palabrería, abundancia de palabras vanas y ociosas». Mi madre me regaló un calendario con una palabra rara para cada día y «retartalillas» es la de hoy. No creí que fuera a tener la oportunidad de usarla, pero…
Cuando me doy la vuelta de nuevo hacia el todoterreno, Nora abre los ojos como platos, atacada.
—Espera, Derek. Perdona. Estoy gestionando fatal esta situación. No sabía qué hacer ni si te importaría. Por lo que decían, Bill y tú ibais a vivir felices para siempre durante el resto de vuestra vida juntos. ¡No descartaba que os hicierais tatuajes a juego! Y hasta esta mañana no tenía ni idea de que iban a emparejarme contigo; te prometo que te habría avisado si me hubieran avisado a mí. En la agencia nadie conoce nuestro pasado, te lo juro. Esto no es una broma pesada que haya decidido gastarte.
La creo. Me parece que eso es lo que más me fastidia: que no me cabe la menor duda de que le pareciera que nuestra proximidad importaba una mierda. Me viene a la memoria el lacerante recuerdo de la última vez que la vi, plantada en el descansillo de mi apartamento, devolviéndome de buenas a primeras una caja con mis cosas. «Lo siento mucho, Derek. Creía que podría seguir adelante contigo, pero no es así. Quiero romper. Tú vas por un camino y… yo no puedo acompañarte. Lo nuestro no debería haber pasado nunca. Fue un error». La frialdad con la que me miró, con los ojos y el corazón cerrados… Hubiese preferido una puñalada de las otras.
Quería pasar mi vida con Nora, y resulta que para ella no era más que una breve distracción.
Todos estos años tratando de olvidarla, intentando superarla y no comparar a todas las mujeres que conozco con ella, y aquí está…, pidiendo ser mi agente. Pidiendo volver de golpe a mi vida, como si no hubiera pasado nada importante.
—No puedo, Nora. No saldría bien.
Alza los ojos de un verde dorado hacia mí.
—Yo, en cambio, estoy decidida a hacer que funcione. Lo único que pasa es que aún no me has dado la oportunidad de demostrar que puedo ser la mejor agente que hayas tenido. Y sé que compartimos un pasado, pero…
—Te desvirgué —le espeto sin rodeos, y observo las manchas rojas que le brotan en los pómulos—. En tu dormitorio de la residencia, encima de tu edredón rosa. Después lloraste y me dijiste que acostarte conmigo iba a ser tu nuevo pasatiempo favorito. —Abre la boca, pero la cierra cuando continúo—: Sé que en la nalga derecha tienes un patrón de lunares que se parece a la Osa Mayor. Y que haces un ruidito suave justo antes de…
—Vale, ya lo pillo —me interrumpe con la cara del color de una fresa madura.
Niego con firmeza y me acerco un poco más a ella para intimidarla. Bajo la voz.
—No, Nora. No creo que lo pilles. Porque lo que intento decirte es que hay cosas que no pueden perdonarse ni olvidarse, y no parece que me estés escuchando.
Cosas como que quería casarme con ella porque estaba tan enamorado que me dolía, pero que no tuve la oportunidad de hacerlo porque rompió conmigo antes. Eso no puedo olvidarlo, no puedo perdonarlo. Y menos ahora que mi carrera está a punto de derrumbarse. Nora sería la manifestación física de todo lo que he perdido y de todo lo que podría perder al mismo tiempo.
—Créeme, todo eso ya lo sé —me dice, y pone la mano en la puerta del coche para impedir que abra. Capto en su voz una determinación fiera que no estaba ahí hace un instante. Es la antítesis total de su esmalte de uñas de color rosa sandía, pero también un breve destello de la Nora enormemente competitiva que conocía y quería—. Pero estoy dispuesta a dejarlo atrás. En realidad, ya lo he dejado por completo atrás porque pasó hace años. Y sé que tú también, a juzgar por todas las…
La frase permanece flotando en el aire y no se molesta en terminarla. Quiero que lo haga. Necesito saber qué iba a decir y por qué se cree con derecho a decirme lo que he dejado atrás y lo que no.
«No sabes nada de todo eso, Nora».
Palabras no pronunciadas y antiguas frustraciones reprimidas me ruegan que las libere aquí mismo, en este aparcamiento. Pensé que no volvería a ver a esta mujer en mi vida. Jamás se me ocurrió pensar que tendría la oportunidad de decirle lo hundido que me dejó. Pero, aquí está, rogándome que le permita ser mi agente, como si nuestro tiempo juntos me hubiera afectado menos que si me hubiera hecho un corte con un papel.
Mantengo los brazos cruzados con firmeza sobre el pecho y la miro a los ojos.
Mi expresión de rabia no la acobarda.
—Puede que contarte algunas de mis ideas para contribuir a desarrollar tu imagen durante el próximo año te ayude a tomar una decisión.
—No.
Frunce la nariz.
—¿Y si te digo que creo que podrías estar firmando contratos publicitarios más importantes?
—No.
—¿Un chiste, entonces? ¿Una canción y un baile? ¿Necesitas que te laven y te limpien el todoterreno?
Antes de que acabe, ya estoy poniendo los ojos en blanco y abriendo la puerta del coche, porque no pienso pasar por esto. Ha llegado el momento de que me vaya. Pero, cuando siento que unos dedos cálidos se cierran en torno a mi bíceps, me paralizo. Poso la vista en las uñas rosas que se agarran con delicadeza a mi brazo. Siento que me queman.
Cuando ve que no dejo de mirar nuestro punto de contacto, aparta la mano.
—No te vayas aún —dice en voz baja—. Te estoy pidiendo una oportunidad que sé que no merezco, Derek. Por favor. Entiendo que no quieras que seamos amigos, y me parece bien. Solo te pido que me permitas demostrarte que soy una buena agente. Que para ti podría ser incluso una gran agente, porque en los próximos meses te esperan un montón de obstáculos y estoy convencida de que los superarás todos con facilidad. Creo en ti y te estoy pidiendo que tú también creas en mí.
«Qué discurso tan conmovedor. A la mierda con él».
Ahora mi enfado se está transformando en algo palpable. Sus palabras no me han conmovido. Me han hecho pasar de la rabia directamente a las ganas de venganza, porque no tiene ni idea del daño que me hizo.
Me apetece amargarle la vida tanto como ella me la amargó a mí, para que al fin lo entienda. Después de que me dejara, pasé semanas sin poder comer, sin poder dormir, sin poder concentrarme. La única persona que creía que me quería por lo que era y no por el deporte que practicaba o por la fama que se suponía que me esperaba rompió conmigo un martes cualquiera, sin avisar y sin inventarse siquiera una excusa. Fue una tortura, y acabo de decidir que va a probar un poquito de su propia medicina.
Me inclino sobre ella con una expresión que debería servirle de advertencia sobre lo que le espera.
—Vale —digo, y doy otro paso pequeño hacia ella. Nora no flaquea ni retrocede—. ¿Quieres una oportunidad, novata? Te daré una oportunidad. Pero será la única. No dudaré en anular el contrato en cualquier momento si no estoy satisfecho con tu representación. Y como que me llamo Derek que esa cláusula se añadirá al contrato.
—¿En serio? —Le brillan los ojos, rebosantes de ingenua esperanza. Los mismos ojos en los que solía perderme. Me niego a que eso vuelva a suceder—. Genial. Perfecto. ¡Gracias! No te arrepentirás, Derek.
Tiene razón. No me arrepentiré ni lo más mínimo. Pero ella seguro que sí, porque planeo convertir el trabajo de Nora en una puñetera pesadilla hasta que dimita o hasta que la despida, lo que sea que ocurra antes.
—¿Quieres que volvamos a la agencia y firmemos ya los papeles? —pregunta.
—Hoy no me va bien. Podemos vernos mañana —contesto por la única razón de que me apetece ser un capullo—. Si vamos a trabajar juntos, primero tenemos que establecer algunas reglas. Porque, lo hayamos superado o no, compartimos un pasado. Un pasado físico. Y quiero parámetros claros acerca de cómo podemos y cómo no podemos comportarnos en una relación laboral.
Cierra los ojos y, al principio, creo que es porque he herido sus sentimientos. Pero luego me acuerdo de con quién estoy hablando y me doy cuenta de que solo está respirando para contener la oleada de entusiasmo que la recorre por dentro. Cuando vuelve a abrirlos, tiene las pupilas dilatadas.
—Derek, después de esto, dejaré de pedirte cosas, pero, por favor, te lo ruego…, ¿me dejas colorear el reglamento?