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INTRODUCCIÓN

Las democracias son frágiles. Pueden transformarse en dictaduras. Libertades que parecen firmemente conquistadas pueden desaparecer.

Tras el fin de la Guerra Fría, el conocimiento de los peligros que amenazan a la democracia quedó relegado, al principio, a un segundo plano. La afirmación de Francis Fukuyama sobre el «fin de la historia» se refería exactamente a esto: que en el futuro la democracia liberal ya no había de enfrentar ningún desafío serio. Que se había convertido en la única alternativa. Aunque pocos lo proclamaron de manera tan contundente como Fukuyama, la confianza en la superioridad de la democracia se tornó una marca característica de toda una época. La pregunta era, más bien, cuánto tiempo había de transcurrir hasta que estuviese expandida por todo el mundo y cuán obstinada sería la resistencia de algunas dictaduras contrarias al progreso.

Hoy de esta certeza ya no queda tanto. Las democracias están bajo presión interna y externa en el mundo entero. Estados autoritarios como China y Rusia desafían a las democracias occidentales en la lucha por el poder político y las atacan también desde dentro. En Estados Unidos, la primera presidencia de Donald Trump dio un anticipo de lo que podría provocar una segunda. En casi todos los países europeos están en auge los partidos y movimientos populistas de derecha. Y en la República Federal de Alemania, la Alternative für Deutschland [«Alternativa para Alemania»] (AfD), un partido parcialmente de extrema derecha, goza de un apoyo considerable (en los nuevos estados federados en particular, pero para nada solo en ellos). La preocupación por la democracia ha pasado a ser un rasgo característico de una nueva era histórica.

El fracaso de la República de Weimar condujo al Tercer Reich. La primera democracia alemana terminó con el traspaso del poder a Hitler. Nadie que se ocupe de la cuestión de cómo y por qué mueren las democracias puede pasar Weimar por alto. La República alemana constituye una señal de advertencia y un caso modélico al mismo tiempo, para el mundo entero, aunque sobre todo para la República Federal de Alemania, que desde su fundación se vio en el reflejo de su fracasada predecesora y midió la estabilidad de sus condiciones a partir de la comparación con Weimar.[1] Bonn no es Weimar. El título de este libro del periodista suizo Fritz René Allemann, del año 1956, se convirtió en un símbolo de la convicción reinante de que la historia no había de repetirse y de que la democracia de la República Federal era estable. Sin embargo, esta visión que la República Federal tenía sobre sí misma ha sido puesta en duda una y otra vez a lo largo de su historia. Lo nuevo no es, por tanto, que se hagan advertencias sobre un posible retorno de las «condiciones de Weimar». Lo nuevo es, más bien, la fragilidad global de la democracia, que recuerda al periodo de entreguerras. Motivo suficiente para rememorar una vez más lo que de hecho aconteció en Weimar.

La historia de la República de Weimar hoy en día sigue siendo fascinante. Entre otras cosas, por las sorprendentes contradicciones que se dieron cita en esta época que solo abarcó catorce años. Fue un periodo de surgimientos, de goce con la experimentación y de inclinación a las innovaciones en múltiples ámbitos, un laboratorio de la modernidad con una vibrante escena cultural, en particular —aunque no solo— en la metrópoli de Berlín; un periodo de disolución de los roles tradicionales de género y de un vínculo más libre con la sexualidad. También fue, sin embargo, el periodo de una sucesión casi interminable de convulsiones críticas que llevaría a la hiperinflación de 1923 y a la crisis económica mundial iniciada entre 1929 y 1930; un periodo de inestabilidad política con frecuentes cambios de gobierno y con un alto grado de violencia y actividad militante, hasta llegar a los enfrentamientos, propios de una guerra civil, que se desataron en la agonía de la República.

Se ha exigido, y es de justicia, que la historia de Weimar no sea abordada solo en función de su fin, como una mera prehistoria de la dictadura nacionalsocialista, y que, en cambio, se la tome como una época por derecho propio, con todas sus ambigüedades y contradicciones.[2] A la vista de las consecuencias catastróficas que acarreó el traspaso del poder a Hitler, la pregunta por los motivos del fracaso de la República sigue siendo ineludible. «Nadie puede pensar en la República de Weimar sin pensar al mismo tiempo en su fracaso», señaló Hagen Schulze.[3] Y, debido a la crisis global de la democracia, la pregunta por las causas de 1933 tiene un interés renovado y urgente. Pero justo por ello mismo es importante destacar el carácter abierto que tenía la situación. Pues de otro modo uno no se pregunta por los márgenes de maniobra y las alternativas que existían, y corre el riesgo además de pasar por alto algo que resulta imprescindible para responder a la pregunta.

Intentos de explicación por parte de los historiadores no han faltado. Se señaló la herencia del Estado autoritario y la continuidad de las élites predemocráticas en la industria pesada, en la posesión de grandes extensiones de tierra al este de Elba, en el ejército, la burocracia y la justicia; élites cuyas históricas posiciones de poder permanecieron intactas, en gran medida, bajo las nuevas condiciones democráticas. Se destacaron las cargas que tuvo que asumir la República como consecuencia de la derrota militar en la Primera Guerra Mundial y las duras condiciones del Tratado de Versalles. Se llamó la atención sobre los defectos estructurales de la Constitución de Weimar, que confería al presidente de la Nación prerrogativas de largo alcance al modo de un «emperador sustituto» y le proporcionaba, con el artículo de emergencia número 48, un instrumento que en tiempos de crisis invitaba al abuso. También se ha responsabilizado a los partidos, que permanecieron atrapados en sus trincheras ideológicas carentes de voluntad de conciliación, una de las causas de la debilidad crónica de la democracia parlamentaria. Sin embargo, por pesadas que hayan sido las cargas heredadas (que eran el resultado, sobre todo, de fallas en la fase fundacional de la República), el experimento de la primera democracia alemana no estaba destinado desde el comienzo a la caída. Había alternativas, y hubo razones por las cuales no fueron aprovechadas o lo fueron de un modo insuficiente. El desenlace era más abierto de lo que sugiere una perspectiva centrada en la caída.

No faltaron oportunidades para encauzarse de otro modo y cambiar el rumbo. En la revolución de 1918-1919, los socialdemócratas gobernantes deberían haber promovido cambios sociales mayores y preservado menos elementos del antiguo régimen. La represión del golpe de Estado de Kapp en marzo de 1920 y la gran ola de solidaridad prorrepublicana tras el asesinato del ministro de Asuntos Exteriores de la Nación, Walther Rathenau, en junio de 1922, ofrecían una oportunidad de pasar a la ofensiva contra el campo enemigo de la República. No se aprovechó.

Durante la hiperinflación de 1923, cuando la República estaba literalmente al borde del abismo, quedó claro que la capacidad de autodefensa de los demócratas era más fuerte de lo que muchos creían. La elección del monárquico convencido Paul von Hindenburg como presidente de la Nación en abril de 1925, sin embargo, fue un punto de inflexión. Una elección que podría haberse evitado si los comunistas hubieran superado sus diferencias. También la ruptura de la gran coalición en marzo de 1930, que marcó el fin de la democracia parlamentaria en los hechos, se podría haber impedido si los partidos hubieran mostrado una mayor voluntad de conciliación. En Turingia nadie obligó a los partidos burgueses a incorporar a los nacionalsocialistas al gobierno estatal en 1930. Lo hicieron por su propia voluntad, y con ello dieron a los nacionalsocialistas la oportunidad de mostrar cómo se imaginaban una toma de poder también a nivel nacional. Presionado por sus asesores, Hindenburg despidió sin ninguna necesidad al canciller de la Nación, Heinrich Brüning, a fines de mayo de 1932, clausurando con ello la fase todavía moderada de los gobiernos presidenciales. Con Brüning en el cargo, el golpe de Estado que orquestó en Prusia su sucesor Franz von Papen en julio de 1932 no podría haber ocurrido. Y así fue derribado uno de los últimos baluartes de la República.

Con todo, incluso en enero de 1933 que Hitler triunfara no era todavía algo inevitable: aún había posibilidades de mantenerlo lejos del poder. Forma parte de la amarga ironía de la historia alemana el hecho de que el Führer del NSDAP [Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, el «Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán»] lograra asumir la Cancillería de la Nación, gracias a un oscuro juego de intrigas, en un momento en el que su movimiento estaba en declive y muchas personas inteligentes de la época ya lo habían dado por muerto.

La historia siempre está abierta. Lo único que la ciencia histórica puede decir con certeza sobre el futuro es que será diferente de como se lo imaginan las personas del presente. Todo depende de manera decisiva de cómo actúen determinadas personas en situaciones concretas. Esto era así en la época de la República de Weimar y sigue siendo así hoy. Está en nuestras manos que nuestra democracia fracase o sobreviva. Dejarlo claro es el auténtico objetivo de este libro.

Es preciso, para ello, recordar que la República de Weimar no colapsó de golpe, sino después de un proceso gradual de erosión y a causa del socavamiento paulatino de la Constitución y de los procedimientos democráticos. Precisamente una «muerte silenciosa» de este tipo podría convertirse en un caso modelo para analizar la decadencia, incluso, de democracias occidentales con gran tradición, como Estados Unidos, cuya estabilidad durante mucho tiempo pareció inquebrantable.[4] El fracaso de la República de Weimar es una lección vigente sobre el grado de fragilidad de la democracia y la rapidez con la que puede malograrse la libertad cuando las instituciones democráticas fallan y las fuerzas de la sociedad civil son demasiado débiles para poner coto a los detractores de la democracia.

CAPÍTULO I

Línea negra

El encanto de los inicios.
La revolución de 1918-1919

Fotografía en blanco y negro de la entrada del cuartel de los Ulanos. Un grupo extenso de hombres están parados delante de la puerta principal bloqueando el paso con banderas y pancartas.

9 de noviembre de 1918 en Berlín. En la entrada del cuartel de los Ulanos de la Guardia, los soldados se solidarizan con los trabajadores en huelga [texto del cartel: «¡Hermanos! ¡No disparéis!»]. © akg-images, Berlín.

Capítulo 1

Es el 9 de noviembre de 1918. En Berlín reina una tensión febril. Hace ya días que la capital del país está en vilo a causa de los rumores sobre un levantamiento de marineros en Kiel y la rápida expansión del movimiento revolucionario. «La nerviosidad y la expectativa de que algo inusual va a suceder son altas en todos los círculos», anota el mecenas y diplomático Harry Kessler.[1] El comandante en jefe de las Marcas, el general Alexander von Linsingen, hace interrumpir las líneas de ferrocarril y solicita tropas adicionales para proteger Berlín de los insurrectos. Sin embargo, en poco tiempo todas las medidas preventivas se muestran inútiles.

En la mañana del 9 de noviembre, los trabajadores de las grandes fábricas de Berlín se declaran en huelga general. La tropa de los Naumburger Jäger, que era tenida por particularmente leal, se solidariza con los huelguistas. Desde los suburbios, largas columnas de manifestantes se dirigen al distrito gubernamental de la Wilhelmstraße con soldados y trabajadores armados a la cabeza. Theodor Wolff, el editor en jefe del periódico liberal Berliner Tageblatt, consigna en su diario: «Desde la ventana de la redacción veo que avanzan en columnas por la Leipzigerstraße grandes multitudes con banderas rojas. Mis colegas llegan y cuentan que por todas partes les están arrancando las escarapelas a los oficiales, ya no hay policías, la ciudad ha cambiado por completo de un golpe, el tranvía ha detenido su circulación, la Agencia Telegráfica Wolff está tomada por los revolucionarios y en la Puerta de Brandeburgo ondea la bandera roja».[2]

En incesantes conversaciones telefónicas, el canciller de la Nación, el príncipe Maximiliano de Baden, intenta hasta el último minuto convencer de que abdique al emperador Guillermo II, que se encuentra en el cuartel general belga de Spa, pero no lo logra. Así es que decide actuar bajo su propia responsabilidad. Alrededor de las doce del mediodía hace correr por medio de la Agencia Telegráfica Wolff la noticia de que Guillermo II ha renunciado al trono. Poco tiempo después, transfiere la Cancillería de la Nación al presidente del ala mayoritaria de la socialdemocracia, Friedrich Ebert. Ante la pregunta de si estaba dispuesto a ejercer el cargo «también bajo la Constitución monárquica», Ebert responde con evasivas: «Ayer habría respondido a esta pregunta que sí sin dudarlo; hoy debo consultar primero con mis amigos». Cuando el príncipe Max aborda acto seguido la cuestión de una posible regencia para los Hohenzollern, Ebert responde «Es demasiado tarde», y tras él, el coro de sus compañeros de partido repite: «Demasiado tarde, demasiado tarde».[3]

A las dos de la tarde, el vicepresidente de la Socialdemocracia Mayoritaria, Philipp Scheidemann, pregona el nacimiento de la «República alemana» desde un balcón del Parlamento: «El pueblo alemán triunfó en todos los planos. Se derrumbó lo viejo, lo podrido; ¡se terminó el militarismo! ¡Abdicaron los Hohenzollern!».[4] Apenas dos horas después, Karl Liebknecht anuncia desde el balcón del Palacio Real de Berlín la «República socialista libre de Alemania». El principal líder del Spartakusgruppe [«Grupo Espartaquista»], a quien se le habían abierto las puertas de la prisión de Luckau el 23 de octubre, deja claro en su discurso que la auténtica obra de la transformación revolucionaria está aún por llegar: «Debemos movilizar todas nuestras fuerzas para construir el gobierno de los trabajadores y los soldados y crear un nuevo ordenamiento estatal del proletariado, un ordenamiento de paz, dicha y libertad para nuestros hermanos alemanes y nuestros hermanos del mundo entero».[5]

Esa misma tarde, el historiador Gustav Mayer se dirige hacia el centro de Berlín. «¡Qué imagen tan cambiada se me ofrece! —anota—. Por todas partes soldados sin escarapelas. Personas paradas, paseando, discutiendo (pero ninguna cantando) en Potsdamer Platz. Continuamente llegan camiones y vehículos militares grises llenos (hasta en los techos) de soldados con sus chaquetas desabrochadas y, entre ellos, con su fusil al hombro, numerosos trabajadores y adolescentes. En cada coche hay alguien ondeando la bandera roja».[6] La bandera roja se convierte en el símbolo de la revolución. «Parece que la tela roja es repartida entre los hombres de confianza del movimiento desde algún centro de distribución de modo tal que todos llevan el distintivo del levantamiento, tan mal visto hasta hace poco», señala con asombro el reportero del Deutsche Zeitung, portavoz de la Alldeutsche Verband [«Liga Pangermana»], de orientación nacionalista radical.[7]

Por la noche, Theodor Wolff escribe el editorial que aparecerá a la mañana siguiente. Con palabras emotivas, celebra el levantamiento realizado: «La mayor de todas las revoluciones ha derribado, a la manera de un vendaval que se desata de repente, al régimen imperial con todo lo que incluía en sus niveles más altos y en los más bajos. Se la puede llamar la mayor de todas las revoluciones porque jamás había sido tomada en un único intento una Bastilla construida de manera tan firme y rodeada por muros tan sólidos».[8] El conde Harry Kessler llega a la misma conclusión al evaluar, el 10 de noviembre, los acontecimientos del día anterior: «La revolución comenzó en Berlín hace poco más de veinticuatro horas; y ya no queda nada del antiguo orden ni del ejército. Nunca se había desmantelado la estructura interna de una gran potencia de manera tan completa en tan escaso tiempo».[9]

Sin embargo, la revolución no había estallado tan de repente como muchos creyeron. Y había hecho falta más de un intento para lograr que se precipitara el ordenamiento en apariencia tan firmemente ensamblado de la monarquía de los Hohenzollern. La convulsión de noviembre de 1918 no fue solo consecuencia de la derrota militar y la reacción de conmoción que esta desató en la población alemana. Había ido madurando durante un largo tiempo en el seno de la sociedad guillermina. Detrás del velo de la Burgfrieden [«paz cívica»] que había sido proclamada en agosto de 1914, las tensiones sociales se habían agudizado con muchísima intensidad en el transcurso de la Primera Guerra Mundial. Las condiciones materiales se habían deteriorado de manera drástica no solo para los trabajadores, sino también para los empleados y los funcionarios, mientras que los poderosos de la industria armamentística obtenían ganancias gigantescas.

En particular avivaba el descontento el suministro por completo insuficiente de alimentos. «Todo se reserva para los ricos, para los propietarios. Tan pronto como llega el momento de compartir las privaciones, los señores dejan de querer seguir siendo hermanos y hermanas de la clase trabajadora. Los hermosos discursos sobre el “resistir” valen solo para la clase trabajadora: la clase dominante ya se encuentra bien provista con su bolsa de dinero», se lamentaba una trabajadora de Hamburgo en el invierno de 1916-1917, el cual entró en los libros de historia como el «invierno de los nabos».[10]

Lo que resultaba más provocador y un motivo de amargura mayor incluso que la escasez en sí misma era la injusta distribución. El malestar contenido se expresó, a partir de 1916, en innumerables huelgas y disturbios a causa del hambre. Cuanto más duraba la guerra, tanto más unían fuerzas la indignación por la penuria económica y el anhelo de paz. En este punto resultó inspirador el ejemplo de la Revolución rusa de febrero de 1917. «Es solo cuestión de que hagamos como en Rusia y así pronto las cosas serán diferentes»: manifestaciones de este tipo en boca de mujeres desesperadas eran captadas por los informantes de la Policía Política, que se metían en las colas de los mercados.[11] El Unabhängige Sozialdemokratische Partei Deutschlands [«Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania»] (USPD), que se formó en abril de 1917 como una fuerza opositora, se convirtió en el crisol de las protestas contra la guerra, mientras que la corriente mayoritaria de la socialdemocracia, el Mehrheitssozialdemokratische Partei Deutschlands [«Partido Socialdemócrata Mayoritario de Alemania»] (MSPD), seguía apoyando igual que antes los esfuerzos bélicos de la Alemania imperial.

A fines de enero de 1918, cientos de miles de trabajadores de la industria armamentística se declararon en huelga en Berlín y otras ciudades para manifestarse pidiendo «paz, libertad y pan». Si bien las autoridades civiles y militares lograron una vez más abatir el movimiento, se tornó evidente cuán quebradizos eran los cimientos del sistema de gobierno guillermino. «Eran las primeras llamas oscilantes del fuego en ciernes», según el balance hecho por una socialdemócrata de Hamburgo.[12]

En los frentes también se iba acumulando mucho combustible social. «No voy a seguir arriesgando el pellejo por los malditos prusianos y los grandes capitalistas», escribió en agosto de 1917 un soldado de Múnich en una carta desde el frente.[13] No era una voz aislada. «Lo mismo de paga, lo mismo de tragar, ¡y haría tiempo que la guerra podríamos olvidar!» era una consigna popular en las trincheras.[14] En la primavera de 1918, tras el fracaso de la última gran ofensiva alemana en el oeste, empezaron a amontonarse los informes sobre infracciones disciplinarias y desobediencia a las órdenes. Cada vez más soldados intentaban librarse del servicio en el frente, bien fingiendo estar enfermos, bien ocultándose en la retaguardia, bien pasándose al enemigo. «Tres cuartos de las tropas aquí quieren que esto se acabe. Les da lo mismo de qué modo», decía alguien en una carta desde el frente en agosto de 1918.[15]

Los últimos días de septiembre de 1918, el Mando Supremo del Ejército, a cargo de Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, se vio forzado a reconocer que la guerra estaba perdida. Presionaron para que se decidiese de inmediato el cese de hostilidades y, en paralelo, una «parlamentarización» de la Constitución Nacional. Es decir, que, a la vista de la derrota, los hombres clave en la conducción del Imperio estaban dispuestos a conceder lo que hasta entonces habían rechazado de manera terminante: la formación de un gobierno que dependiera ya no de la confianza del monarca sino de una mayoría parlamentaria de la que, teniendo en cuenta las circunstancias, también habrían de formar parte los socialdemócratas, el partido más fuerte del Parlamento desde 1912. El 26 de octubre, el Parlamento aprobó las leyes que sellaron la transición hacia una monarquía parlamentaria. El artículo 15 de la Constitución Nacional fue ampliado con la disposición siguiente: «El canciller de la Nación precisa, para el ejercicio de su cargo, la confianza del Parlamento». Además, el poder de mando imperial quedó sujeto al control parlamentario. De este modo se suprimía la posición especial del ejército, una pieza central del diseño constitucional bismarckiano.[16] La reforma «desde arriba» tenía que anticiparse a la revolución «desde abajo»: esa era la idea fundamental del giro introducido en octubre de 1918.

Pero esta maniobra llegó demasiado tarde. La pérdida de autoridad de los gobernantes empezó a acelerarse a un ritmo verdaderamente vertiginoso. El deseo de poner fin a toda costa y lo más rápido posible a una guerra que había perdido por completo el sentido se difundió, más allá de la clase trabajadora, en amplios sectores de la población. Sin embargo, las respuestas del presidente estadounidense Woodrow Wilson a la oferta de cese de hostilidades del nuevo gobierno de apoyo parlamentario del príncipe Maximiliano de Baden dejaron claro de inmediato que no iba a existir la paz sin la abdicación de Guillermo II. Aun así, al káiser ni le pasaba por la cabeza renunciar al trono por propia voluntad. «Un sucesor de Federico el Grande no abdica», declaró con jactancia, y el 29 de octubre viajó al cuartel general de Spa, en cuya atmósfera de casino se hallaba más a gusto que en la situación cada vez más insegura de la capital de la Nación.[17] Así fue como el movimiento de masas se dirigió por fin también contra el portador de la corona. «Aquí en Berlín los ánimos están mal por encima de toda medida: las masas populares casi no hablan de otra cosa que de la necesaria abdicación del emperador y del príncipe heredero y están entregadas a un frenesí pacifista total», informaba el historiador Friedrich Thimme.[18]

Que prendiera la chispa revolucionaria en los grandes buques de guerra de la Marina imperial no fue ninguna casualidad, puesto que allí, donde las tripulaciones y los oficiales convivían en un espacio reducidísimo, la desigualdad social y la arbitrariedad militar habían alcanzado dimensiones particularmente indignantes. A fines de octubre de 1918, cuando el mando naval dio a la flota de altamar la orden de zarpar para un último combate contra Inglaterra, los marineros se negaron a obedecer.[19] En Kiel, la rebelión se extendió a tierra firme a principios de noviembre y, desde allí, se propagó durante los días siguientes por Alemania entera. Siguiendo el modelo de Kiel, se formaron por todas partes consejos de obreros y soldados. El antiguo orden colapsó casi sin ofrecer resistencia. «Comienza a perfilarse la fisonomía de la revolución —anotó el conde Harry Kessler el 7 de noviembre—. Es una ocupación progresiva, como una mancha de aceite, que parte de los marineros amotinados y avanza desde la costa. Están aislando Berlín, que pronto ya será solo una isla. Al contrario de Francia, la provincia revoluciona a la capital, el mar a la tierra. Estrategia vikinga».[20]

Los principales representantes del MSPD aún creían que podían conservar la monarquía si el emperador abdicaba de inmediato. En caso contrario, como reconoció Friedrich Ebert en una conversación con el canciller de la Nación, entonces era del todo «inevitable la revolución social». Y él en realidad no la deseaba; más bien la odiaba tanto «como al pecado».[21] Es motivo de discusión si Ebert se expresó de veras de un modo tan abierto como lo plasmó el príncipe Max en sus memorias. Lo que sí es seguro, en cambio, es que los deseos del presidente del MSPD ya se veían cumplidos con la transición a una monarquía parlamentaria y que una revolución le resultaba, en esencia, superflua. Al mismo tiempo, no se podía negar que las reformas constitucionales de fines de octubre eran más una promesa que una realidad política. El poder de las fuerzas armadas seguía siendo omnipresente. Hacía falta la acción conjunta de los marineros revolucionarios, los obreros y los soldados para hacer irreversible el cambio de sistema.

El 8 de noviembre aún fracasaron todos los intentos de inducir al emperador a que renunciara de forma voluntaria al trono. Es más, Guillermo II amenazó directamente al canciller de la Nación con ocupar militarmente la capital: «Si no cambian de opinión en Berlín, iré hacia allí con mis tropas después del cese de hostilidades, y, si hace falta, destruiré la ciudad a tiros».[22] Y así, el 9 de noviembre todo aconteció en la capital según se ha relatado.

Los líderes de la Socialdemocracia Mayoritaria se encontraban en una situación difícil. No habían abogado por la revolución (es más: habían hecho lo posible por evitarla), pero después de concretado el levantamiento no podían mantenerse al margen si no querían perder toda incidencia sobre el curso de los acontecimientos. En la tarde del 9 de noviembre, Ebert dio un giro abrupto. Ofreció al USPD formar juntos un gobierno revolucionario integrado, en partes iguales, por representantes de ambos partidos. Y lo hizo sin imponer condiciones personales. A solicitud del diputado del USPD Oskar Cohn, se mostró dispuesto, incluso, a aceptar a Karl Liebknecht, su adversario más acérrimo, si los independientes querían incorporarlo.[23] El USPD planteó sus requisitos para unirse al gobierno. El primer punto, «Alemania debe ser una república social», fue aceptado por la dirección del MSPD aunque con la reserva de que ello debía «decidirlo el pueblo a través de la asamblea constituyente». En cambio, objetaron la segunda demanda —que el conjunto del poder ejecutivo, legislativo y judicial estuviera «exclusivamente en manos de representantes electos de toda la población trabajadora y los soldados»—: «Si con esta exigencia se está planteando la dictadura de una parte de una clase, la cual no está respaldada por la mayoría popular, debemos rechazar la demanda, puesto que contradice nuestros principios democráticos».[24]

Fotografía compuesta por seis retratos colocados tres a la derecha y tres a la izquierda flanqueando la imagen  de la entrada de un edificio con personas alzando las manos.

Miembros del gobierno de los Comisarios del Pueblo. A la izquierda, de arriba abajo: Hugo Haase, Otto Landsberg, Wilhelm Dittmann. A la derecha, de arriba abajo: Friedrich Ebert, Philipp Scheidemann, Emil Barth. En el centro: Scheidemann proclama la república el 9 de noviembre. © akg-images, Berlín.

Al mediodía del 10 de noviembre, el acuerdo de coalición estaba cerrado. Un Consejo de Comisarios del Pueblo, como se llamó el nuevo gabinete, se reunió en su sesión constituyente. Estaba formado por tres miembros de los socialdemócratas mayoritarios y tres de los independientes. Friedrich Ebert, Philipp Scheidemann y el abogado y diputado Otto Landsberg representaban al MSPD. El USPD envió al presidente del partido y del bloque parlamentario, Hugo Haase; al secretario del partido, Wilhelm Dittmann, quien había sido condenado a cinco años de prisión por participar en la huelga de enero de 1918; y a Emil Barth, un hombre de confianza de los Revolutionäre Obleute [«Cabecillas Revolucionarios»], quienes tenían una fuerte influencia en las grandes fábricas de Berlín. Karl Liebknecht había rechazado incorporarse al gobierno revolucionario porque no quería colaborar con los líderes de la Socialdemocracia Mayoritaria, a quienes consideraba comprometidos por su postura durante la guerra. Sobre el papel, Ebert y Haase compartían la presidencia; en realidad, sin embargo, Ebert, que el 9 de noviembre se había instalado en el escritorio del canciller de la Nación, asumió desde un primer momento el papel de auténtico jefe de gobierno.[25]

El hecho de que el MSPD y el USPD se hubieran reunido en una coalición no era en absoluto algo que se diera por supuesto: desde la división de la socialdemocracia en la primavera de 1917 se habían intensificado no solo las diferencias concretas sino también las mutuas animosidades personales. Que los camaradas enfrentados se volvieran a reunir hay que atribuirlo más que nada a la presión desde abajo. Tras la caída del régimen de los Hohenzollern se impuso con una fuerza en verdad incontenible el deseo de poner fin a la «lucha fratricida». Esto se evidenció ya en una asamblea que la tarde del 10 de noviembre reunió a cerca de tres mil delegados de los consejos de obreros y soldados de Berlín en el circo Busch. Cuando Karl Liebknecht, la figura simbólica de la resistencia contra la guerra, subió al púlpito y, señalando a los socialdemócratas mayoritarios, advirtió contra quienes «hoy apoyan la revolución y anteayer aún eran enemigos de la revolución», fue interrumpido por gritos tumultuosos: «¡Unidad, unidad!».[26] Esto fue una dura derrota personal para Liebknecht, que a todas luces había sobrevalorado su influencia en las masas.

La asamblea eligió un Consejo Ejecutivo de los consejos de obreros y soldados del Gran Berlín, que se reunió al día siguiente bajo la presidencia de Richard Müller, el portavoz de los Cabecillas Revolucionarios. Estaba compuesto por catorce representantes de los soldados y catorce representantes de los obreros, una vez más de manera pareja, con siete miembros del MSPD y siete del USPD. La tarea del Consejo Ejecutivo debía ser controlar el trabajo del Consejo de Comisarios del Pueblo. Sin embargo, sus competencias no habían sido definidas con claridad, de modo tal que el gobierno podía aspirar a prevalecer, en caso de conflicto, incluso en contra de su voto.[27] Los líderes de la Socialdemocracia Mayoritaria podían estar contentos con el curso de los dos primeros días de la revolución: habían conseguido amoldarse al movimiento revolucionario y ahora se preparaban de manera decidida para expandir, paso a paso, su poder. Jugaba a su favor el hecho de que la mayoría de los consejos de soldados se adherían a sus posiciones y que también entre los consejos de obreros prevalecían opiniones más bien moderadas.

El 12 de noviembre de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo se dirigió al público con una proclamación que ha sido designada con razón la Carta Magna de la revolución.[28] La oración introductoria decía: «El gobierno surgido de la revolución, cuya dirección política es puramente socialista, se propone la tarea de llevar a la práctica el programa socialista». Se quitaron de un plumazo todos los residuos del estado autoritario de la época de guerra: se levantaron el estado de sitio, las restricciones a los derechos de agrupación y reunión y la censura; se garantizaron la libertad de expresión y la libertad de culto, se les dio amnistía a los presos políticos y la ley del Servicio de Ayuda Patriótica de 1916 fue dejada sin efecto. Además, el gobierno prometió introducir la jornada laboral de ocho horas a partir del primero de enero de 1919 y hacer que todas las elecciones parlamentarias fueran llevadas a cabo, de ahí en adelante, con igual derecho de voto secreto, directo y universal para todos, incorporando a las mujeres a partir de los veinte años de edad. Con ello se satisfacían dos exigencias centrales de la vieja socialdemocracia. Según el nuevo modelo de derecho electoral también debería ser electa la Asamblea Nacional Constituyente, cuya convocatoria se previó para un futuro no muy lejano. De la socialización de los medios de producción no se dijo nada. El gobierno se comprometió, en cambio, a procurar «conservar la producción ordenada» y proteger «la propiedad contra intromisiones».[29] El periódico del MSPD, Vorwärts, manifestó su satisfacción: «El programa es sobresaliente; mostrará al mundo que el nuevo poder en Alemania aspira a un ordenamiento basado en la libertad y no a un régimen autoritario ni a la anarquía y el caos».[30] El ejemplo del curso de la Revolución rusa funcionó para el MSPD como una advertencia.

Tras la formación del Consejo de Comisarios del Pueblo y la elección del Consejo Ejecutivo de los consejos de obreros y soldados del Gran Berlín se produjo una cierta calma. El levantamiento había transcurrido en general de modo pacífico. Había dejado apenas unas pocas víctimas. El cese de hostilidades fue firmado por el político líder del Partido del Centro, Matthias Erzberger, el 11 de noviembre en el bosque de Compiègne. El nuevo gobierno parecía decidido a mantener el orden y proteger la propiedad. El Berliner Volkszeitung ya había afirmado el 10 de noviembre que no había ocurrido nada de lo que en términos generales se asocia con la palabra «revolución». «Quien no haya temido dar un paseo por las calles en plena nevada habrá vuelto a casa con la impresión de que no se necesitaba para nada la intervención de los agentes verdes de la policía de seguridad para evitar enfrentamientos o disturbios. A los asistentes a las reuniones, armados con paraguas y envueltos en gruesos mantos de lana y pulcros trajes de domingo de invierno, no se les veía que tuvieran ninguna inclinación hacia las granadas de mano o los rifles de infantería».[31] Durante un paseo dominical por el Grunewald el 10 de noviembre, el teólogo y filósofo Ernst Troeltsch advirtió que, si bien el ambiente estaba un poco «apagado», uno también se sentía «tranquilo y cómodo» porque «todo había salido tan bien»: «En todos los rostros se podía leer “los salarios se seguirán pagando”».[32] El escritor Thomas Mann hizo una observación similar en Múnich, donde la revolución ya había triunfado el 7 de noviembre bajo el liderazgo del político de la USPD Kurt Eisner: «Estoy satisfecho con la relativa calma y orden con que, al menos por el momento, todo está aconteciendo. La revolución alemana es precisamente eso, alemana, y no un ebrio éxtasis comunista ruso».[33]

La vida en Berlín volvió a la normalidad con una rapidez sorprendente. Los tranvías pronto circularon de nuevo con regularidad; el teléfono funcionaba, al igual que el suministro de gas, agua y electricidad. Las tiendas permanecieron abiertas y los teatros siguieron ofreciendo sus funciones. El día a día parecía haber sido rozado apenas por los eventos revolucionarios. «La revolución no provocó nunca más que pequeños remolinos en la vida cotidiana de la ciudad, la cual fluía tranquila por los cauces acostumbrados dejándolos a un costado —anotó el conde Harry Kessler el 12 de noviembre—. La monstruosa conmoción explosiva se escabulló en medio de la vida diaria de Berlín de manera apenas diferente de como ocurriría en una película de detectives».[34] Esto era aún más cierto en las regiones rurales. «Aquí la vida sigue su curso habitual, a pesar de la tremenda erupción volcánica que ha tenido lugar», escribió el 19 de noviembre a sus padres, que vivían en Sudáfrica, Dorothy von Moltke, la esposa del terrateniente de Kreisau en Silesia.[35]

La burguesía, una vez que consiguió recuperarse del shock inicial, demostró tener una asombrosa capacidad de adaptación. En poco tiempo, las agrupaciones burguesas adoptaron la forma de organización proletaria de los consejos. «Por todas partes las personas se superan las unas a las otras en la creación de consejos de todo tipo: consejos de agricultores, consejos de ciudadanos, consejos de intelectuales, consejos de artistas, consejos teatrales. El asociacionismo compulsivo alemán fue a buscar amparo en los brazos de la revolución», sostuvo con sarcasmo Karl Hampe, historiador medievalista de Heidelberg, a mediados de noviembre. Para él, como para unos cuantos representantes de la burguesía conservadora leal al emperador, el 9 de noviembre de 1918 fue el «día más desgraciado» de su vida.[36]

¿Cómo había que continuar la historia tras el prometedor comienzo de los primeros días? Los representantes de la Socialdemocracia Mayoritaria seguían una agenda definida con claridad. Para ellos se trataba sobre todo de lidiar con los problemas cotidianos más urgentes: la garantía del suministro de alimentos, el paso de la economía de guerra a la economía de paz, la desmovilización de las tropas, la implementación del cese de hostilidades y los preparativos de las negociaciones de paz. «Nuestras próximas tareas deben ser la rápida gestión de la paz y asegurar nuestra vida económica», declaró Ebert en la Conferencia Nacional del gobierno de los Comisarios del Pueblo con los representantes de los estados el 25 de noviembre.[37] Los consejos de obreros y soldados, a su manera de ver, eran más bien factores de desestabilización, o en el mejor de los casos, recursos de urgencia para un periodo de transición; debían dejar paso lo antes posible a una Asamblea Nacional legitimada por vías democráticas. Todas las decisiones más relevantes sobre el futuro político y social debían permanecer sujetas al arbitrio de este parlamento elegido libremente.

En el USPD no había una posición única en cuanto al futuro nuevo orden. El ala derecha, si bien no tenía nada que objetar a la convocatoria de una Asamblea Nacional, quería posponer la fecha de las elecciones lo más posible para ir construyendo, mientras tanto, una base firme para la democracia parlamentaria a través de reformas sociales estructurales. «La democracia debe estar tan anclada que sea imposible una reacción», reclamaba a mediados de noviembre Rudolf Hilferding, el teórico principal del partido.[38]

Los representantes del ala izquierda del partido, por el contrario, rechazaron la Asamblea Nacional y se pronunciaron en favor de la introducción de un sistema de consejos. En una asamblea plenaria de los consejos de obreros del Gran Berlín en el circo Busch el 19 de noviembre, Richard Müller, el presidente del Consejo Ejecutivo, advirtió que «la Asamblea Nacional es el camino hacia el dominio de la burguesía […]; el camino hacia la Asamblea Nacional pasa por sobre mi cadáver».[39] Esta expresión le granjearía el apodo de Leichenmüller [«Müller el cadáver»]. Con su riguroso rechazo de la Asamblea Nacional, los independientes de izquierda se acercaron a la Spartakusbund [«Liga Espartaquista»] (así se llamaba el Grupo Espartaquista desde el 11 de noviembre), que formalmente todavía pertenecía al USPD pero que en la práctica llevaba a cabo una política independiente. Bajo la consigna «¡Todo el poder a los consejos!», la Liga desplegó una propaganda activa en pro de la continuación de la revolución. «Scheidemann y Ebert son el gobierno a cargo de la revolución alemana en su estadio actual —escribió Rosa Luxemburgo a mediados de noviembre en Die Rote Fahne, cuya dirección editorial había asumido tras ser liberada de la prisión de Breslau y regresar a Berlín el 10 de noviembre—. Pero las revoluciones no se detienen. Su ley vital es un movimiento acelerado hacia adelante, la superación de sí mismas». Quien aboga por la Asamblea Nacional, según ella, retrotrae la revolución «de manera consciente o inconsciente al estadio histórico de las revoluciones burguesas». La alternativa que la historia puso en el orden del día es: «o democracia burguesa o democracia socialista».[40]

Sin embargo, el alcance de la influencia de la Liga Espartaquista era muy limitado. Sus miembros no eran tan numerosos y la organización se encontraba en proceso de gestación. Liebknecht y Luxemburgo «saben muy bien que con los pocos medios de los que se dispone en este momento es imposible construir una república verdaderamente socialista», le comentó a mediados de noviembre el escritor Eduard Fuchs (que se había unido a la Liga Espartaquista) al historiador Gustav Mayer.[41] La izquierda radical no ejercía una influencia decisiva en los consejos de obreros y soldados. En cambio, los representantes del MSPD y del ala moderada del USPD sí tenían allí un peso abrumador. En el otoño de 1918 Alemania estaba muy lejos de una dictadura de consejos según el modelo bolchevique. No obstante, en los círculos burgueses se amplificaba a conciencia el riesgo de que ello sucediera. «Espartaco» se convirtió en una consigna equiparada con «bolchevismo». Eso permitía alimentar el miedo al caos, el terror y la guerra civil.[42]

El grado de eficacia de esta atmósfera de terror se evidencia en el hecho de que incluso un observador tan agudo como Theodor Wolff estuviera convencido, ya el 12 de noviembre, de «que están armados los espartaquistas y mucha gentuza al acecho de una oportunidad para dar un golpe de Estado, y ya no existe una fuerza de protección organizada de manera suficiente».[43] Los temores y los sentimientos de odio se concentraban sobre todo en la persona de Karl Liebknecht. Gustav Mayer tenía la impresión, según lo que anotó el 11 de noviembre, de que el líder espartaquista, «en su ambición monomaniaca», estaba procurando «convertirse en el Lenin de la revolución alemana». Y once días más tarde afirmó en su diario que «solo se oyen voces pesimistas: en Berlín, la victoria del bolchevismo es ya imposible de detener; Liebknecht les paga diez marcos diarios a los soldados que lo siguen».[44] A principios de diciembre de 1918 aparecieron pegados en las columnas de anuncios de Berlín carteles con la exhortación a asesinar a los portavoces de la Liga Espartaquista: «¡Maten a sus líderes! ¡Maten a Liebknecht! Entonces sí tendrán paz, trabajo y pan».[45]

También los líderes de la Socialdemocracia Mayoritaria habían interiorizado en buena medida la imagen antibolchevique del enemigo y no vacilaban a la hora de instrumentalizar los temores asociados a su amenaza en las disputas políticas internas. Para ello podían remitir al lenguaje en extremo agresivo que Die Rote Fahne utilizaba para informar, el cual generaba la sensación de que Liebknecht y Luxemburgo promovían una toma violenta del poder. En Ebert y Scheidemann se combinaba una preocupación exagerada por la «situación rusa» con una marcada aversión hacia el desorden y la anarquía. Este «reflejo anti-caos» lo compartían con amplios sectores de la burguesía y, sobre todo, con la cúpula militar. Para esta, los dos líderes del MSPD encarnaban «la dirección que todas las personas sensatas deben apoyar con total convicción», como señaló el coronel Ernst van den Bergh, un oficial del Ministerio de Guerra prusiano.[46]

El 10 de noviembre, Wilhelm Groener, el sucesor de Ludendorff en el Mando Supremo del Ejército, había ofrecido a Ebert, en una conversación telefónica, la posibilidad de colaboración afirmando que el cuerpo de oficiales exigía del gobierno el combate del bolchevismo y estaba dispuesto a intervenir para ello. «Ebert aceptó mi propuesta de alianza —informa Groener en sus memorias—, y desde entonces discutimos a diario por las noches sobre las medidas que había que tomar usando una línea secreta entre la Cancillería de la Nación y el Mando Supremo del Ejército. La alianza cumplió su cometido».[47] En realidad, aún no se había sellado una «alianza» formal, pero sí se había acordado una cooperación que había de ser de gran importancia para el desarrollo posterior de la revolución.

El 11 de noviembre, el Consejo de Comisarios del Pueblo, accediendo a una petición de Hindenburg, solicitó en un telegrama al Mando Supremo del Ejército «ordenar a todo el ejército de campaña que mantenga bajo cualquier circunstancia la disciplina militar, la calma y el orden estricto en el ejército». Las órdenes de los superiores había que «obedecerlas sin condiciones» hasta el momento de la desmovilización. Además, los oficiales tendrían permitido conservar sus armas y sus insignias de rango. A los consejos de soldados se les asignó la tarea de apoyar sin reservas a los oficiales en el «sostenimiento de la disciplina y el orden».[48] Con ello quedaba restituida, en lo esencial, la autoridad de mando del cuerpo de oficiales; de manera inesperada, los consejos de soldados se vieron relegados a un papel subordinado.

Para los comisarios del pueblo del MSPD, la consideración determinante en el momento de ofrecer su colaboración al OHL (Mando Supremo del Ejército) fue la de que sin la cooperación de la antigua dirigencia militar sería poco menos que imposible lograr una desmovilización ordenada de los ocho millones de soldados. Confiaban en que el Mando Supremo del Ejército se ubicaría en el contexto de los hechos consumados y se comportaría de forma leal con el gobierno revolucionario. Cuando, el 20 de noviembre, Emil Barth reclamó en el gabinete que se despidiera a Hindenburg para refutar la afirmación de la Entente respecto de la «persistencia del militarismo alemán», Ebert respondió que Hindenburg había «asegurado bajo palabra de honor que apoyaba al nuevo gobierno». Por lo tanto, no había «ningún motivo fundado para perturbar la posición de Hindenburg».[49] La consecuencia de este acto de credulidad fue que el OHL pudo volver a establecerse como un factor de poder en la política interna. Los oficiales empezaron pronto a exhibir incluso en público una confianza renovada. A mediados de diciembre, cuando fueron recibidas de modo festivo las tropas de guardia que regresaban a Berlín, el conde Harry Kessler observó: «Es notable que ya no se deja ver ninguna bandera roja. Todo es negro, blanco y rojo, o negro y blanco, o, en alguna ocasión, negro, rojo y dorado. La mayor parte de las tropas y los oficiales llevan de nuevo las escarapelas y las charreteras. La diferencia con mediados de noviembre es grande».[50] El escritor Gerhart Hauptmann, por su parte, se mostró encantado: «Cascos de asalto, ametralladoras, cocinas de campaña, banderines. Todo en perfecto orden militar. La arraigada popularidad del ejército se hizo visible una vez más. Tropas espléndidas. Ninguna insignia roja. […] Grité: “¡Bravo!”».[51]

Fotografía en blanco y negro de una manifestación con miles personas en la puerta de Brandemburgo.

Recepción festiva: el 10 de diciembre de 1918 Friedrich Ebert saluda en la Puerta de Brandeburgo a las tropas de guardia que regresan. © akg-images, Berlín.

En lo que respecta a la administración civil, los comisarios del pueblo también evitaban intervenir con rigor porque creían que no podían arreglárselas sin el conocimiento especializado del antiguo cuerpo de funcionarios. Ya en sus primeras convocatorias hicieron un llamamiento a los funcionarios para que se pusieran a su servicio. El 11 de noviembre, Gustav Mayer celebró como un «síntoma tranquilizador» «el hecho de que una gran parte del funcionariado no esté deseando retirarse a llorar por los rincones y que los nuevos hombres estén dispuestos a aceptar de buena gana la colaboración “técnica” de las fuerzas con más experiencia».[52] Los secretarios de Estado en las instituciones gubernamentales nacionales conservaron sus funciones. Si bien se les asignaron dos «asistentes» del MSPD y USPD, el control que podían ejercer estos últimos eran más bien escaso, dado que dependían de la disposición de la burocracia ministerial para proporcionarles las informaciones importantes.[53] También algunos altos funcionarios, como los jefes de distrito de Prusia, permanecieron en sus puestos, aunque no eran ningún secreto sus simpatías por el estado autoritario caído ni su aversión hacia el nuevo orden. No fue despedido un solo alto funcionario del antiguo sistema. En la Conferencia Imperial con los representantes de los distintos estados alemanes, el 25 de noviembre, Ebert justificó de la manera siguiente la falta de renovaciones en el personal: «Tuvimos que ocuparnos, después de haber tomado el poder político, de que la máquina imperial no se derrumbara […]. No podíamos hacerlo nosotros seis por nuestra cuenta; para ello nos hacía falta la colaboración experimentada de los especialistas».[54]

Los Comisarios del Pueblo del MSPD también mostraron poco arrojo en lo referido a la cuestión de las relaciones de propiedad económica. No se produjo ninguna reforma agraria radical, entre otras cosas por el temor de que pudiera poner en peligro el suministro de alimentos, ya de por sí en una situación difícil. El 11 de noviembre, el Consejo de Comisarios del Pueblo les dio a las partes interesadas del sector agrícola la seguridad de «que el gobierno nacional los protegerá de manera decidida contra cualquier interferencia de personas no autorizadas en sus relaciones de propiedad y de producción».[55] Esta declaración se dirigía sobre todo a los propietarios de señoríos al este de Elba, que ya estaban inquietos sobremanera por la abolición del sufragio prusiano de tres clases y, por lo tanto, por la pérdida de su preponderancia política en el estado federado más grande de Alemania. En la mayoría de los consejos campesinos, cuya creación fue promovida por el Consejo de Comisarios del Pueblo el 21 de noviembre, dominaban los intereses de los grandes terratenientes; dichos consejos desempeñaban un rol más estabilizador que democratizador o revolucionario en el ámbito rural. Se podía considerar un avance el hecho de que con la Ordenanza Provisional del Trabajo Agrícola del 24 de enero de 1919 quedaran sin efecto las regulaciones excepcionales de la época del Imperio para los trabajadores agrícolas, lo cual les permitió organizarse en sindicatos. Sin embargo, pesó más que permaneciera intacto el poder económico de los Junker y, con él, un elemento esencial del poderío agrícola conservador de Prusia.[56]

Además de los terratenientes al este de Elba, los empresarios de la industria pesada de Renania-Westfalia eran parte de las élites que, antes de 1918, se habían declarado con la mayor vehemencia en contra de cualquier democratización del sistema y a favor de anexiones territoriales de gran alcance. Tras el levantamiento de noviembre, también ellos temieron la pérdida de la posición de poder que habían tenido hasta entonces, dado que la demanda de socialización de las industrias clave era uno de los puntos centrales del programa socialdemócrata. En el Consejo de Comisarios del Pueblo, los representantes del USPD presionaron para llevar esta demanda a la práctica lo más rápido posible. Sus colegas del MSPD, en cambio, se inclinaban a posponer la cuestión de la socialización para no poner en peligro, con experimentos precipitados, la reconstrucción económica tras la guerra. La resolución adoptada por el gabinete el 18 de noviembre asumía un compromiso: «Las ramas de la industria que, por el desarrollo alcanzado, estén maduras para la socialización», debían «ser socializadas de inmediato». Sin embargo, es evidente que el gobierno no tenía demasiada prisa a la hora de implementar esta resolución, puesto que para hacerlo decidió al mismo tiempo formar «una comisión de economistas de renombre», a la que también se incorporarían «profesionales de las filas de los obreros y empresarios».[57] La comisión no se reunió hasta el 5 de diciembre (bajo la presidencia de Karl Kautsky, el teórico más destacado del SPD antes de 1914, quien durante la guerra se había pasado al USPD), y sus discusiones se extendieron a lo largo de semanas enteras sin arrojar resultados.

De todos modos, ya se había tomado antes una importante decisión preliminar. El 15 de noviembre, empresarios y sindicatos habían firmado un compromiso formal, el Acuerdo Stinnes-Legien, así llamado por los dos hombres que llevaron a cabo las negociaciones: Hugo Stinnes, industrial de la región del Ruhr, y Carl Legien, presidente de la Comisión General de Sindicatos. El acuerdo reconocía los sindicatos como los «representantes designados de la clase trabajadora» y declaraba inadmisible cualquier limitación de la libertad de asociación. La patronal admitió el derecho de los trabajadores que regresaban de la guerra a recuperar su antiguo puesto de trabajo y se manifestó también de acuerdo en fijar la jornada laboral diaria en un máximo de ocho horas con el mismo sueldo. Además, se acordó la regulación de las condiciones laborales mediante convenios colectivos y la formación de comités de trabajadores en todas las empresas con más de cincuenta empleados, así como la implementación de instancias de arbitraje paritarias. La encargada de llevarlo a la práctica fue una «Zentralarbeitsgemeinschaft der industriellen und gewerblichen Arbeitgeber- und Arbeitnehmerverbände Deutschlands» [«Comunidad Central de Trabajo de las Asociaciones de Empresarios y Trabajadores Industriales y Comerciales de Alemania»] (ZAG).

Los sindicatos celebraron el acuerdo como un gran éxito, y, en efecto, implicaba un significativo avance sociopolítico en comparación con su situación durante el Imperio. Sin embargo, el mayor beneficio caía del lado de los empresarios, puesto que, al comprometerse los líderes sindicales a mantener el orden económico existente, incluyendo el hecho de que la administración de los medios de producción quedara en manos privadas, se frenó considerablemente la demanda de socialización de las industrias clave. En una circular del 18 de noviembre dirigida a sus miembros, la Verein Deutscher Arbeitgeberverbände [«Asociación de Organizaciones Empresariales Alemanas»] justificó las concesiones a los sindicatos argumentando que aún existía «un gran peligro» de que el gobierno pudiera tomar decisiones destinadas a la socialización de los medios de producción. Razón por la cual «la posición de los sindicatos, que en la actualidad representan al ala moderada del gobierno», debía «ser fortalecida por todos los medios».[58]

Del 16 al 21 de diciembre se celebró en Berlín el Primer Congreso General de Consejos de Obreros y Soldados de toda Alemania, que había sido convocado por el Consejo Ejecutivo el 17 de noviembre. El congreso debía, por un lado, definir la opción entre la Asamblea Nacional y el sistema de consejos, y, por el otro, elegir un Consejo Central como nuevo órgano ejecutivo supremo.[59] Los comisarios del pueblo del MSPD podían estar satisfechos con el resultado de la elección de los delegados. De los 514 delegados que se reunieron en la Casa de Representantes de Prusia durante la mañana del 16 de diciembre, alrededor de trescientos pertenecían al MSPD y apenas unos cien al USPD; de los demás —personas independientes de los partidos y burgueses de izquierda—, un número mínimo representaba a la Liga Espartaquista. Una moción para admitir en calidad de «invitados con voz consultiva» a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, «que han rendido un servicio extraordinario a la revolución», fue rechazada de inmediato.[60] Dada la composición del congreso, estaba claro desde el principio cuál iba a ser la decisión respecto de la cuestión más importante: con una amplia mayoría, los participantes desestimaron el «sistema de consejos como base de la constitución de la República socialista» y otorgar a los consejos de obreros y soldados el poder legislativo y ejecutivo de mayor jerarquía. En cambio, se decidió que las elecciones para la Asamblea Nacional se celebraran el 19 de enero de 1919.[61] Era una fecha anterior incluso a la del 16 de febrero que el Consejo de Comisarios del Pueblo había finalmente acordado.

Para el portavoz del ala izquierdista del USPD, Ernst Däumig, la «aprobación entusiasta de la Asamblea Nacional» significaba lo mismo que una «sentencia de muerte» para el sistema de consejos, y acusó a los delegados de haberse convertido en un «club político de suicidas».[62] Sin embargo, la implementación de un sistema de consejos «puro», como se lo imaginaban los independientes de izquierda y los seguidores de la Liga Espartaquista, era una quimera desde el principio, dado que la mayoría de los consejos de obreros y soldados locales no se veían a sí mismos como una alternativa a un Parlamento libremente elegido, sino como órganos provisorios de corta duración que querían contribuir a velar por un estado de cosas ordenado durante el periodo de transición hasta que se convocara la Asamblea Nacional.

En la elección del Consejo Central, los delegados del USPD no fueron leales a la ejecutiva de su partido. El 19 de diciembre presentaron una moción: «El Consejo Central tiene el pleno derecho de aprobar o rechazar leyes antes de su promulgación». Con ello, iban más allá de lo que había propuesto Haase, quien solo había hablado de consulta general para los casos de proyectos de ley importantes. Después de que Ebert se pronunciara de forma enérgica en contra de restringir la libertad de acción del gobierno de una manera tan marcada, la moción del USPD fue rechazada. Los representantes del USPD declararon, a raíz de ello, que no deseaban participar en la elección del Consejo Central. En consecuencia, la comisión de 27 miembros se compuso exclusivamente con representantes de la Socialdemocracia Mayoritaria. El USPD había renunciado por propia voluntad a una parte importante del poder que había conquistado a principios de noviembre.[63]

La satisfacción de Ebert y sus compañeros por el desarrollo del Congreso de Consejos, sin embargo, no era total, puesto que los delegados adoptaron dos resoluciones que no eran para nada compatibles con sus ideas: por un lado, se instó al gobierno a «comenzar de inmediato con la socialización de todas las industrias que estén maduras para ello, en particular la minería».[64] Por el otro, se exigió una reforma militar radical, basada en los «siete puntos» acordados por el Consejo de Soldados de Hamburgo a principios de diciembre: la autoridad superior de comando debía ser ejercida por los comisarios del pueblo bajo el control del Consejo Ejecutivo; todas las insignias de rango debían ser dejadas de lado —«como símbolo de la destrucción del militarismo y de la abolición de la obediencia ciega»—; y los oficiales debían ser elegidos por los soldados.[65]

Ambas resoluciones mostraron que el deseo de reformas estructurales sociales también estaba vivo entre los delegados orientados hacia la Socialdemocracia Mayoritaria. Al mismo tiempo, implicaban una crítica manifiesta al Consejo de Comisarios del Pueblo, que hasta ese momento no había tomado ninguna medida decisiva en esa dirección. La cuestión de la socialización, para empezar, había sido pospuesta de manera indefinida con la creación de una comisión. Y, en lo referido a la política militar, Ebert había apostado desde el primer momento por la colaboración con el Mando Supremo del Ejército.

La protesta de los jefes militares no tardaría en llegar. El 20 de diciembre, en una reunión conjunta del gabinete y el Consejo Central recién electo, Groener advirtió sobre los «graves peligros» que podían derivar de las resoluciones del Congreso de Consejos. Se rompería el vínculo entre las tropas y los oficiales, los oficiales «no querrían involucrarse más» y el resultado sería una «desintegración completa del ejército»: «Veo una época dificilísima para nuestro pueblo en lo sucesivo». Ebert compartía estas preocupaciones: en todo el asunto se había «procedido de un modo algo precipitado y apresurado». Propuso que la resolución del congreso rigiera solo para el ejército en territorio nacional y no para el ejército de campaña, y que antes de implementarla se promulgaran unas «disposiciones de aplicación».[66] Una vez más, los líderes del MSPD rehuyeron un enfrentamiento abierto con el antiguo cuerpo de oficiales aplazando la decisión. En las «disposiciones de aplicación» de los Puntos de Hamburgo emitidas por el Ministerio de Guerra prusiano el 19 de enero de 1919, los dos asuntos más importantes, la cuestión de la autoridad de mando y la de la elección de oficiales, ya no figurarían.

Durante los días de Navidad, la situación en Berlín se agravó. El telón de fondo era el conflicto, latente desde hacía tiempo, entre el comandante de la ciudad, que era el político del MSPD Otto Wels, y la División Naval Popular, una tropa de mil ochocientos marineros con tendencias radicales de izquierda que se había acuartelado en el palacio y las caballerizas de Berlín. Supuestamente, en esas instalaciones se habían llegado a producir saqueos. Wels exigió al líder de la División Naval Popular, Heinrich Dorrenbach, que desalojara el palacio y redujera su tropa a seiscientos hombres. Para presionarlo retuvo los pagos de los sueldos, aunque estos ya habían sido aprobados por el Consejo de Comisarios del Pueblo, lo cual provocó el resentimiento de los marineros. El 23 de diciembre, una unidad armada de la División Naval Popular ocupó de manera transitoria la Cancillería de la Nación y cortó las líneas telefónicas. Otro grupo, al mando del comandante Dorrenbach, se dirigió al palacio de la ciudad y arrestó a Wels.

En la noche del 24 de diciembre, los comisarios del pueblo del MSPD se alarmaron con la noticia de que Wels estaba siendo maltratado y su vida corría peligro. En consecuencia, Ebert solicitó ayuda militar al Ministerio de Guerra prusiano. Esa misma noche se dio la orden al comando Lequis de asaltar el palacio y las caballerizas. La situación estaba ya «madura para una gran decisión», anotó el conde Harry Kessler. «Si el gobierno tiene energía, la usará para expulsar de Berlín a la del todo radicalizada División Naval Popular».[67] Sin embargo, el ataque fracasó porque los marineros recibieron apoyo de las fuerzas de seguridad del presidente de la policía de Berlín, Emil Eichhorn, y de obreros armados. El comando Lequis tuvo que retirarse y al gobierno no le quedó más remedio que resolver el conflicto con la División Naval Popular mediante negociaciones. En total, en los combates por el palacio murieron 11 marineros y 56 soldados del comando Lequis. La culpa del baño de sangre se la atribuyeron las fuerzas radicales de la clase trabajadora de Berlín a los comisarios del pueblo del MSPD. En el entierro de los marineros caídos, los manifestantes llevaban carteles con la inscripción: «Del asesinato de los marineros acusamos a Ebert, a Landsberg y a Scheidemann».[68] El funeral, según lo que observó el conde Harry Kessler, fue «grandioso por encima de toda expectativa». «Hasta donde se podía ver, una multitud inmensa […]. Al frente, en siete vehículos imperiales conducidos por cocheros de las caballerizas, los siete ataúdes negros y plateados, todos iguales, cada uno con coronas de flores rojas y blancas. […] Detrás, coronas y flores, todas rojas o rojas mezcladas con blancas, llevadas por delegaciones en una abundancia que nunca había visto».[69]

La consecuencia inmediata de los combates navideños en Berlín fue la ruptura de la coalición gubernamental. Lo que más indignó a los comisarios del pueblo del USPD fue que su par en la coalición ni siquiera les había informado de la decisión de dirigir el ejército contra los marineros. En su opinión, los líderes del MSPD se habían sometido al Mando Supremo del Ejército de manera definitiva. Los acontecimientos mostraban, según la crítica que expresó Wilhelm Dittmann en la reunión del gabinete y el Consejo Central del 28 de diciembre, «lo peligroso que es querer trabajar con un poder militar montado sobre el antiguo generalato y el antiguo ejército». Y Emil Barth preguntó: «¿Puede un gobierno socialista basarse en el poder de las bayonetas? ¿No debe basarse en la confianza del pueblo?».[70] Después de que el Consejo Central contestara de manera afirmativa a la pregunta de los independientes acerca de si respaldaba la instrucción de los tres comisarios del pueblo del MSPD al ministro de Guerra, Haase, Dittmann y Barth anunciaron su retirada del gobierno el 29 de diciembre.

La ejecutiva del MSPD tenía ahora vía libre para imponer sus ideas políticas. «La paralizante duplicidad ha sido superada», decía un comunicado del gobierno, emitido el mismo día.[71] Sustituyeron a los tres comisarios del pueblo del USPD salientes dos representantes del MSPD: el secretario sindical Rudolf Wissell, encargado de Política Social y Económica, y el experto militar Gustav Noske, que asumió el Departamento de Ejército y Marina. Noske había sido enviado a Kiel en los primeros días de noviembre, y allí había trabajado con gran energía para encauzar la revolución hacia aguas más tranquilas. El nuevo hombre debía «tener una piel como la de un rinoceronte», declaró Scheidemann en la reunión nocturna del gabinete y el Consejo Central celebrada entre el 28 y el 29 de diciembre.[72] Noske poseía a todas luces, para sus colegas del MSPD, el perfil deseado.

«El aire como cargado de electricidad; una tensión política sin igual. El suelo de Berlín ardiente. Así terminó el año pasado: en afiebrada exaltación». De este modo describió el corresponsal del Berliner Tageblatt los ánimos en la capital del país la noche de Año Nuevo. Sin embargo, también le asombró advertir brotes de un desenfrenado deseo de diversión. «Pero ya el confeti de despreocupados hermanos de Nochevieja forma sus serpentinas, y bailan en el Año Nuevo hombres y mujeres sedientos de vida. La música suena en cientos de locales. Bailes y más bailes, vals, foxtrot, one-step, two-step, y las piernas se mueven como hechizadas por el salón, vuelan las faldas, se acelera el aliento, salen disparados los corchos de champaña […]. Nunca se ha bailado tanto ni con tanto frenesí en Berlín».[73]

La fiebre del baile se extendió a la provincia. «Las grandes mayorías tienen poquísima sensibilidad para lo que estamos viviendo. Se empieza a bailar toda la noche, como si nada hubiera pasado», se quejaba Karl Hampe, y, en su diario, la entrada de la noche de Año Nuevo concluía: «Nunca se ha recibido el cambio de año con un ánimo tan sombrío».[74] «Último día de este año terrible —anotó el conde Harry Kessler—. 1918 será probablemente para siempre el año más horroroso de la historia alemana».[75] De igual modo se sentían muchos representantes de la burguesía culta, que no podían aceptar que el viejo estado autoritario monárquico hubiera colapsado tan rápido y sin resistencia, y que aún miraban con escepticismo el nuevo ordenamiento democrático. «Frente a esta inmensa transformación, me siento mitad aturdido, mitad asqueado; no me siento ni remotamente democrático», resumió como balance de fin de año el romanista Victor Klemperer, profesor en Múnich (y a partir de 1920 en Dresde).[76] Similar fue la conclusión del historiador Gustav Mayer, cercano a la Socialdemocracia Mayoritaria: «Este colapso no es para nada solo el colapso de una clase dominante o de un sistema político; es también el colapso moral de todo un pueblo, cuando se tambalean todas sus normas, se sacuden todos sus valores, se ponen en duda todas sus relaciones morales, todas sus obligaciones; vivimos el día después de un terremoto sin precedentes y sin saber si el último golpe fue el más fuerte, si tiene sentido abocarse a la reconstrucción desde las ruinas».[77] Hedwig Pringsheim, la suegra de Thomas Mann, terminaba la anotación de la noche de Año Nuevo de 1918 en su diario: «Entramos en el nuevo año con todos los fundamentos de nuestra existencia sacudidos, inseguros y sin rumbo: después de la guerra perdida, el caos».[78] Del encanto de los inicios había quedado poco.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht estaban preparados para volver a empezar. El 30 de diciembre comenzó en el salón de actos de la Cámara de Diputados prusiana el congreso fundacional del Kommunistische Partei Deutschlands [«Partido Comunista de Alemania», KPD]. Se reunieron 127 delegados de 56 lugares del país, de los cuales más de un tercio eran miembros de la Liga Espartaquista y casi un tercio eran miembros de los Internationale Kommunisten Deutschlands [«Comunistas Internacionalistas de Alemania», IKD], que habían surgido del grupo de radicales de izquierda de Hamburgo y Bremen durante la Primera Guerra Mundial.[79] El conjunto de los delegados era bastante heterogéneo. Junto a antiguos funcionarios que provenían de la tradición socialdemócrata de antes de la guerra se sentaban obreros y obreras jóvenes, así como intelectuales que con la experiencia de la guerra y la revolución se habían radicalizado. No les faltaba entusiasmo revolucionario, pero sí una evaluación realista de las posibilidades políticas, que se manifestó ya en la cuestión de si los comunistas habían de participar o no en las elecciones para la Asamblea Nacional el 19 de enero. El ambiente en la asamblea estaba claramente a favor de la no participación.

Rosa Luxemburgo opuso resistencia con toda su autoridad. «Tengo la convicción —les dijo a los delegados— de que ustedes quieren tornar su radicalismo un poco cómodo y rápido». Las masas debían ser educadas antes de que se pudiera pensar en la victoria del socialismo. «Eso hemos de lograrlo a través del parlamentarismo».[80] Su compañera de lucha, Käte Duncker, la apoyó: también debía tenerse en cuenta que la mitad de los votantes eran mujeres que podrían ejercer su derecho al voto por primera vez. «¿Creen ustedes que las mujeres, después de que se les ha dicho durante décadas que deben luchar por este derecho, nos seguirán ahora cuando les digamos que no lo usen?».[81] No sirvió de nada: al final, el congreso decidió, con 62 votos contra 23, rechazar la recomendación de la ejecutiva espartaquista y boicotear las elecciones para la Asamblea Nacional. Su amiga Clara Zetkin, que se mostró horrorizada por la decisión, tranquilizó a Rosa Luxemburgo: «Nuestra “derrota” fue solo el triunfo de un radicalismo algo infantil, inmaduro y lineal. […] No olvides que los “espartaquistas” son en gran medida una generación nueva, libre de las tradiciones estupidizadas del partido “viejo y conocido”, y eso debe ser aceptado, con sus luces y sus sombras».[82]

Karl Liebknecht había dicho de modo premonitorio en el congreso del partido que los días siguientes podían «traer sorpresas» y que los acontecimientos podían «pasar por el costado de los así llamados líderes».[83] Esto fue justo lo que ocurrió con los disturbios de enero de 1919 en Berlín, que han entrado en los libros de historia con el erróneo nombre de Levantamiento Espartaquista.[84] El desencadenante fue la destitución del presidente de la policía de Berlín, Emil Eichhorn, el 4 de enero. Eichhorn pertenecía al ala de izquierda del USPD y ocupaba uno de los últimos puestos que la ejecutiva del MSPD aún no había tomado bajo su control. Se le reprochaba en particular el haber utilizado su fuerza de seguridad para apoyar a la División Naval Popular durante los combates navideños por el palacio de la ciudad. Las fuerzas radicales de la clase trabajadora de Berlín vieron el despido de Eichhorn como una provocación. Juntos, la dirección del USPD, los Delegados Revolucionarios y la ejecutiva del KPD convocaron una manifestación de protesta para el 5 de enero. Asistió más gente de la esperada por los organizadores. Die Rote Fahne habló de «la mayor aglomeración de masas que el proletariado berlinés haya logrado movilizar hasta ahora».[85]

Sin embargo, durante la manifestación, los acontecimientos se descontrolaron. Varios grupos de revolucionarios armados ocuparon las imprentas del Vorwärts y el Berliner Tageblatt, así como las casas editoriales de Mosse, Scherl y Ullstein en el «barrio de la prensa» de Berlín. A esta acción no planificada siguió, por la noche, la formación improvisada de un Comité Revolucionario, cuya presidencia asumieron Georg Ledebour por la izquierda del USPD, Karl Liebknecht por el KPD y Georg Scholze por los Delegados Revolucionarios. Imbuida por el ánimo de este ambiente agitado, una mayoría de los trabajadores de Berlín decidió llamar a una huelga general y avanzar con la lucha hasta derrocar al gobierno. No obstante, respecto de cómo implementar esta decisión reinaba la más absoluta ausencia de claridad. Toda la empresa era una aventura peligrosa, cuyo fracaso se percibía desde un comienzo como indudable. Incluso Rosa Luxemburgo, que en principio rechazaba las acciones golpistas, se dejó arrastrar por la euforia y promovió emprender acciones más enérgicas.[86]

Fotografía en blanco y negro de una trinchera con aproximadamente una docena de hombres apuntando a la izquierda con fusiles. Algunos van vestidos de militar pero otros con traje y sobrero de calle.

Disturbios de enero de 1919 en Berlín: los insurgentes se atrincheran en el «barrio de la prensa» detrás de barricadas hechas con rollos de papel y paquetes de periódicos. © akg-images, Berlín.

El 6 de enero había aún más gente en las calles. Sin embargo, ese día el gobierno había movilizado a sus seguidores, que salieron a manifestarse de forma masiva. Por la noche, cuando se reunió el Comité Revolucionario, el ánimo eufórico del día anterior ya se había desvanecido. Incluso la División Naval Popular había retirado su apoyo. La mayoría de los instigadores del levantamiento ya solo procuraban salir del asunto de manera más o menos indemnes, sin tener que atravesar una confrontación violenta.

Aun así, el gobierno estaba decidido a aceptar el desafío y enfrentarlo con dureza. Esta vez se debía dar un escarmiento y restaurar la «paz y el orden» en Berlín con todos los medios militares a disposición. «¡Por mí, de acuerdo! Alguien debe convertirse en el perro de caza y yo no temo a la responsabilidad»: con estas palabras, Noske asumió la comandancia en jefe de las tropas del gobierno en Berlín y sus alrededores.[87] Estableció su cuartel general en un internado de chicas desocupado en Berlín-Dahlem y allí reunió formaciones de voluntarios, los llamados Freikorps, cuya gestación había comenzado el 3 de enero, es decir, antes del inicio del levantamiento. «Estamos creando las fuerzas que basten para el establecimiento del orden», le hizo saber Ebert al gabinete el 7 de enero.[88] El mismo día, algunas personalidades destacadas del USPD, como Karl Kautsky, realizaron un intento de mediación, que fracasó debido a la condición impuesta por los comisarios del pueblo del MSPD, según la cual, antes de cualquier negociación, debían ser desalojadas las casas de prensa ocupadas.

El 11 de enero, las tropas del gobierno comenzaron el asalto al edificio de Vorwärts. Cinco de los ocupantes, que quisieron actuar como negociadores para discutir las condiciones de una retirada, fueron arrestados y, junto con otros dos prisioneros, ejecutados (la primera en una serie de atrocidades que quedarían impunes).[89] Ese mismo día, Noske marchó a la cabeza de tres mil soldados por el centro de la ciudad hacia la Wilhelmstraße para demostrar que el gobierno tenía la situación en sus manos. El 12 de enero se recuperaron los restantes edificios ocupados. El levantamiento, iniciado de manera chapucera y llevado a cabo sin tanta convicción, tuvo un sangriento final. «Esta mañana, la Potsdamer Platz parece la de un domingo pacífico —observó el conde Harry Kessler—. No hay ni indicios de una revolución. Berlín despierta de una fiebre agitada e ingresa en la realidad, que es triste».[90]

Después de la represión del levantamiento, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo temían por su vida. Tuvieron que cambiar una y otra vez de escondite para evitar que los capturasen. El 13 de enero encontraron refugio en casa de una familia amiga, en Berlín-Wilmersdorf. Allí, Rosa Luxemburgo escribió su último artículo, «El orden reina en Berlín», cuyas palabras finales retomaban el himno a la revolución de 1848 de Ferdinand Freiligrath: «¡Esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución mañana ya se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: “¡Fui, soy y seré!”».[91]

La noche del 15 de enero, unos miembros de la milicia ciudadana de Wilmersdorf descubrieron el escondite. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron arrestados y llevados al hotel Eden, en la Kurfürstendamm, donde se habían establecido el capitán Waldemar Pabst y su División de Fusileros de Caballería de la Guardia. Si Pabst llamó a Noske, como afirmó en la década de los sesenta, para que le indicara qué debía hacerse con los detenidos, no hay manera de comprobarlo de manera definitiva. Sí es seguro, en cambio, que Noske no dio una orden de asesinato y que, al mismo tiempo, tampoco hizo nada para contener a la soldadesca sanguinaria. Pabst pudo dar por sentado que el asesinato de los dos prominentes líderes del KPD había de contar con la tolerancia de Noske o hasta incluso con su tácita aprobación.[92] Tras haber padecido brutales maltratos, Karl Liebknecht fue el primero en ser llevado al Tiergarten, donde lo asesinaron disparándole por la espalda. Después, Rosa Luxemburgo fue abatida a golpes mientras la sacaban del hotel, la arrastraron hasta un automóvil y la ejecutaron con un disparo en la cabeza. Los asesinos arrojaron su cuerpo al canal Landwehr. «La vieja cerda ya está flotando», dijeron una vez cometido el crimen. Al día siguiente, el BZ am Mittag publicó la noticia con el título «Liebknecht asesinado de un tiro mientras huía, Rosa Luxemburgo muerta a manos de la multitud». Muchos periódicos reprodujeron sin verificarla esta información falsa, que provenía directamente del comunicado de prensa de la tropa de Pabst.[93]

Fotografía en blanco y negro representando la siguiente obra

Karl Liebknecht en su lecho de muerte. Dibujo de Käthe Kollwitz. © Museo de Bellas Artes, Leipzig - n.º de inventario: 883: Erich Lessing / akg-images, Berlín.

La noticia del asesinato de Liebknecht y Luxemburgo provocó en Ebert gran conmoción. «Rara vez lo he visto tan alterado como en aquella mañana del 16 de enero», escribiría Hermann Müller, futuro canciller de la Nación, en sus memorias.[94] Al horror por el crimen se sumó la preocupación de que los dos asesinados, como mártires de su movimiento, pudieran volverse más peligrosos para el gobierno de lo que lo habían sido en vida. El gobierno y el Consejo Central prometieron realizar una «investigación exhaustiva» y aplicar el «castigo más severo» a los culpables.[95] Pero no cumplieron la promesa. El juicio, que se llevó a cabo ante un tribunal militar, terminó en mayo de 1919 con la absolución de algunos de los principales implicados. Dos de los acusados, figuras más bien secundarias, fueron condenados a penas de prisión de una levedad ridícula. El capitán Pabst, personaje clave del complot de asesinato, quedó por completo impune.[96]

Karl Liebknecht fue enterrado, junto con sus compañeros caídos en los combates de enero, en el cementerio central de Friedrichsfelde el 25 de enero de 1919, con gran afluencia de la clase obrera de Berlín. Antes, la pintora y escultora Käthe Kollwitz tuvo ocasión de retratarlo en su cama mortuoria: «Flores rojas colocadas alrededor de su frente destrozada a tiros, el rostro orgulloso, la boca un poco abierta y dolorosamente torcida. Una expresión algo asombrada en el rostro. Las manos descansaban la una junto a la otra en su regazo, y había algunas flores rojas sobre la camisa blanca».[97] El cadáver de Rosa Luxemburgo, ya en avanzado estado de descomposición, fue arrastrado hasta una esclusa del canal Landwehr el 31 de mayo. El 13 de junio la enterraron al lado de Karl Liebknecht.

Rudolf Hilferding calificó los acontecimientos de enero de 1919 como la «batalla del Marne de la revolución alemana».[98] De hecho, significaron un punto de inflexión, puesto que tornaron insalvable la grieta que se había abierto durante la Primera Guerra Mundial entre las fuerzas moderadas y las radicales dentro del movimiento obrero. Para los seguidores del USPD y del KPD estaba claro que la ejecutiva de la Socialdemocracia Mayoritaria (aunque no se pudiera probar su implicación directa) cargaba con la responsabilidad política del asesinato de Luxemburgo y Liebknecht. Lo cual devino una hipoteca difícil de soportar.

El 19 de enero de 1919, las elecciones para la Asamblea Nacional pudieron celebrarse conforme a lo planeado. Frente a los centros electorales se formaron extensas colas. Muchas personas tuvieron que resignarse a largos ratos de espera. También en Berlín las elecciones transcurrieron en buena medida sin interrupciones. «Todo tranquilo y gris sobre gris; ni excitación ni entusiasmo —observó el conde Harry Kessler—. Los repartidores de papeletas de los distintos partidos se ubican a los lados y las pasan a la gente sin mediar palabra. Cocineras, enfermeras, ancianas, familias con padre, madre y sirvienta, incluso con niños pequeños, van llegando y poniéndose en la fila. Todo carente de teatralidad, como un acontecimiento natural, como una llovizna continua».[99] Puesto que se había reducido la edad mínima para votar de veinticinco a veinte años y las mujeres podían votar por primera vez, el electorado se había más que duplicado. En comparación con las últimas elecciones al Parlamento antes de la guerra, en las que habían participado 14,4 millones de personas, el 19 de enero de 1919 votaron 37,4 millones: una expansión de la participación política en verdad revolucionaria.[100]

El claro ganador de las elecciones fue el MSPD, que obtuvo el 37,9 por ciento de los votos. Con respecto a 1912, cuando se convirtió en el partido más fuerte en el Parlamento, esto representaba un nuevo incremento de más de tres puntos porcentuales. Los comisarios del pueblo del MSPD pudieron ver en este voto una validación del curso que habían estado siguiendo hasta el momento. La sangrienta represión del levantamiento de enero, por lo visto, no había dañado su prestigio. Por otro lado, el USPD tuvo que darse por satisfecho con un decepcionante 7,6 por ciento. Entre los partidos burgueses, los dos partidos católicos —el Zentrumspartei [«Partido de Centro»] y el Bayerische Volkspartei [«Partido Popular Bávaro»] (BVP)—, obtuvieron entre ambos el 19,7 por ciento, mientras que el Deutsche Demokratische Partei [«Partido Democrático Alemán»] (DDP), que retomaba la tradición del liberalismo de izquierda del Imperio, no pasó del 18,5 por ciento. Su competencia liberal de derecha, el Deutsche Volkspartei [«Partido Popular Alemán», DVP], que recogía el legado del Nationalliberale Partei [«Partido Nacional Liberal»], llegó, por su parte, apenas al 4,4 por ciento. El partido de la derecha política, el Deutschnationale Volkspartei [«Partido Nacional del Pueblo Alemán»] (DNVP), alcanzó solo el 10,3 por ciento. Era un descenso considerable respecto de los votos que los partidos conservadores y antisemitas habían movilizado antes de 1914. En conjunto, la votación representó un pronunciamiento claro de los electores en favor de la democracia parlamentaria.[101]

El 6 de febrero, la Asamblea Nacional se reunió en el Teatro Nacional de Weimar. Ebert, sobre todo, había promovido que fuera esta ciudad de Turingia la sede del evento, en parte porque las condiciones en Berlín aún se consideraban demasiado inseguras tras los disturbios de enero y en parte porque la ciudad de Goethe y Schiller parecía particularmente adecuada para la constatación del nuevo comienzo político. Será «percibido con agrado en todo el mundo que se asocie el espíritu de Weimar con la construcción de la nueva nación alemana», manifestó en la reunión del gabinete del 14 de enero.[102] En su discurso de apertura, Ebert pidió comprensión por las dificultades con las que habían tenido que lidiar los comisarios del pueblo. Según él, habían sido, «en el más estricto sentido de la palabra, administradores de la quiebra del antiguo régimen», y habían tenido que hacer todo lo necesario «para volver a poner en marcha la vida económica»: «Si el éxito no correspondió a nuestros deseos, deben ser tenidas en cuenta de manera justa las circunstancias que lo impidieron».[103]

En este «día histórico» nada recordaba, según Theodor Wolff, «al brillo exterior del régimen colapsado». Pero fue justo en esa «sencillez» donde residió el encanto del que la ceremonia no estuvo privada. «No resultó muy imponente; fue un poco como un retorno a las costumbres simples y las aspiraciones modestas, pero provocó […] la impresión que despierta la honradez popular».[104] El conde Harry Kessler, quien por lo general no escatimaba comentarios mordaces, encontró el discurso de Ebert «hermoso y digno».[105]

Dado que el MSPD no había logrado la mayoría absoluta y que el USPD ya estaba descartado como socio tras las experiencias de los meses anteriores, era lógico formar una coalición con los liberales de izquierda y el Partido de Centro, es decir, los partidos con los que los socialdemócratas mayoritarios ya habían colaborado desde julio de 1917 en el Comité Interpartidario del Parlamento y en octubre de 1918 en el gabinete del príncipe Maximiliano de Baden. El primero de febrero, Ebert y sus compañeros de partido ya habían iniciado conversaciones con el DDP. El 7 de febrero, también el Partido de Centro se manifestó dispuesto a participar en un posible gobierno. De este modo se despejó el camino para la formación de la Coalición de Weimar. En conjunto, los tres partidos contaban con una imponente mayoría de tres cuartas partes. El 11 de febrero, Friedrich Ebert fue elegido el primer presidente de la Nación en la República. Nada podría haber demostrado con más claridad que se estaba ante un nuevo comienzo que el hecho de que un antiguo aprendiz de talabartero, que solo había asistido a la escuela primaria, ocupaba el cargo más elevado del Estado. Lo cual, para las élites sociales que habían conducido el Imperio hasta ese momento, no podía ser sino un motivo de escándalo.[106]

Philipp Scheidemann pasó a ser primer ministro de la Nación (con la Constitución de Weimar se retomó la denominación de «canciller de la Nación»). Además de él, del gobierno de los comisarios del pueblo también fueron incorporados Landsberg (Justicia), Noske (Defensa) y Wissell (Economía). A ellos se sumaron los socialdemócratas mayoritarios Gustav Bauer (Trabajo), Robert Schmidt (Educación) y Eduard David (sin cartera). El Partido de Centro y el DDP aportaron cada uno tres ministros. El Ministerio de Asuntos Exteriores fue asumido por Ulrich Graf von Brockdorff-Rantzau, un diplomático de carrera sin partido que había sido enviado alemán en Copenhague. El presidente de la Nación y el gobierno nacional tuvieron que actuar en un primer momento en el marco de una legislación de carácter provisorio a modo de constitución, la Ley sobre el Poder Temporal en la Nación, del 10 de febrero, que permaneció en vigor hasta la promulgación de la Constitución Nacional en agosto de 1919. La evolución de los hechos parecía entrar ahora en aguas más calmas. «En cualquier caso, se ha dado un enorme paso hacia adelante», comentó el coronel Van den Bergh.[107]

En realidad, sin embargo, la primavera de 1919 señaló el comienzo de una segunda fase, más radical, de la revolución. Fase que, a diferencia de la primera, estuvo marcada por una multitud de revueltas locales, por grandes movimientos huelguistas (en particular en los centros industriales del Rin y el Ruhr y en Alemania central), por experimentos de repúblicas de consejos y por enfrentamientos similares a una guerra civil. Esta nueva ola revolucionaria ya no se enfrentaba, como en noviembre de 1918, al estado monárquico autoritario, sino a la coalición formada para preservar el orden entre la Socialdemocracia Mayoritaria y la burguesía, con el apoyo de los militares. Y por todas partes, los Freikorps comandados por Noske se preparaban para imponer el orden con mano de hierro.[108]

En marzo de 1919 se produjeron una vez más enfrentamientos armados en Berlín tras una huelga general. «Fue un crescendo de violencia que, en términos de derramamiento de sangre, superó todo lo que había sucedido antes en cualquier ciudad pequeña o grande de Alemania desde el comienzo de la Modernidad», escribe el historiador inglés Mark Jones.[109] Las tropas del gobierno emplearon artillería pesada, morteros, ametralladoras y hasta aviones militares. En algunos barrios del centro y el oeste de Berlín estaba librándose, sin duda, una guerra civil.

El 9 de marzo, el BZ am Mittag difundió la noticia de que, en Berlín-Lichtenberg, los espartaquistas habían asesinado a sangre fría a sesenta policías detenidos. Los grandes periódicos liberales líderes de opinión, como el Berliner Tageblatt y el Vossische Zeitung recogieron la noticia, y también el socialdemócrata Vorwärts se plegó al clamor de horror: «La pluma se resiste a describir una vez más los actos aterradores que han sido cometidos aquí por las hordas espartaquistas contra prisioneros indefensos».[110]

Sin embargo, se trataba otra vez de una noticia falsa que había lanzado el capitán Pabst. Necesitó esta mentira descarada sobre el «asesinato de prisioneros en Lichtenberg» para persuadir a Noske de que firmara, el mismo día, una orden con graves consecuencias: «La creciente crueldad y bestialidad de los espartaquistas que luchan contra nosotros me obligan a ordenar lo siguiente: toda persona que sea encontrada luchando arma en mano contra las tropas del gobierno ha de ser fusilada en el acto».[111] Esta «orden de disparar» equivalía de hecho a una licencia para matar, y la soldadesca desatada de Noske hizo uso de ella para perpetrar auténticas masacres en la capital.

Uno de los peores actos de asesinato se cometió el 11 de marzo en el número 32 de la Französische Straße, en la oficina de pagos de la División Naval Popular, que entretanto había sido disuelta. Aquí, el teniente Otto Marloh hizo arrestar a veintinueve miembros de la División Naval Popular y los mandó ejecutar al momento. En el juicio militar en que compareció, Marloh resultó absuelto.[112] Tampoco se procesó al detective de la policía Ernst Tamschick, quien el 10 de marzo mató de un disparo en la nuca a Leo Jogiches, compañero de Rosa Luxemburgo durante muchos años, cuando este ingresaba en la prisión preventiva de Moabit. Dos meses después, Tamschick asesinó de la misma manera a Heinrich Dorrenbach, excomandante de la División Naval Popular.[113] En total, según estimaciones moderadas, perdieron la vida mil doscientas personas, en su gran mayoría civiles, en los combates de marzo en Berlín. Las tropas del gobierno contaron setenta y cinco muertos. «El ejército se siente fuerte y vuelve a alzarse; la población debe saberlo —fue el balance del conde Harry Kessler—. Poco a poco se fortalece un núcleo de poder militar, en torno al cual pueden congregarse las clases potentadas y las desprotegidas. El gobierno se está quedando cada vez más atrás frente a este poder».[114]

A comienzos de mayo de 1919, Múnich también se convirtió en escenario de unos excesos de violencia nunca vistos. El 21 de febrero, el conde Anton Graf Arco auf Valley, un joven teniente, asesinó a Kurt Eisner, primer ministro bávaro del USPD, en plena calle. Eisner se había convertido en el blanco de intensos ataques antisemitas desde que el 7 de noviembre de 1918 derrocó a la dinastía de los Wittelsbach y proclamó el Estado Libre de Baviera. Había sentado mal sobre todo que hubiera publicado documentos del archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores bávaro que probaban el papel decisivo que la dirigencia del Estado alemán había tenido en el estallido de la Primera Guerra Mundial.[115]

Después del atentado contra Eisner se radicalizó el movimiento revolucionario en Múnich. La noche del 6 al 7 de abril se declaró disuelto el Parlamento estatal y se proclamó una primera República de Consejos, que luego sería reemplazada por una segunda, cuya conducción quedaría a cargo de los comunistas de Múnich. Los miembros del gobierno dirigido por el primer ministro Johannes Hoffmann, del MSPD, huyeron a Bamberg. Tras fracasar en su intento de recuperar el poder mediante una Guardia Republicana de Soldados bajo su mando, a mediados de abril el gobierno de Berlín ordenó, contra la República de Consejos, una «intervención federal». Se puso al frente de las operaciones militares el teniente general prusiano Ernst von Oven, a quien se unieron unidades de Freikorps bajo el mando del coronel bávaro Franz Ritter von Epp. Contra las tropas del gobierno, que contaban con treinta mil hombres, los defensores, con las unidades del Ejército Rojo montadas a toda prisa, no tenían nada que hacer.

A fines de abril, el cerco alrededor de Múnich se había cerrado. Los intentos de última hora de evitar el derramamiento de sangre fracasaron. El 30 de abril, diez rehenes que se encontraban retenidos en el patio del colegio Luitpold (entre ellos, varios miembros de la sociedad Thule, de extrema derecha) fueron asesinados por seguidores de la República de Consejos como represalia por la ejecución de hombres del Ejército Rojo a manos de soldados del gobierno en las afueras de Múnich. Este «asesinato de rehenes», que provocó espanto a la burguesía, sirvió de pretexto a las tropas invasoras para cometer entonces ellos mismos numerosas atrocidades.[116]

El 2 de mayo, Victor Klemperer informó de que el júbilo con el que los ciudadanos de Múnich habían recibido a los soldados en un primer momento se había ido aguando. «Porque desde la tarde y a lo largo de toda la noche […] se desata sin interrupción el combate más amargo, y, casi sin pausa, los impactos de minas y granadas sacuden y ahogan el salvaje traqueteo de las ametralladoras y el estallido de los disparos. Corre muchísima sangre en el centro de la ciudad, donde los espartaquistas resisten en estado de desesperación, ya que no pueden contar, pareciera, con ninguna esperanza de rendición».[117] En total, durante esos días de terror perdieron la vida más de seiscientas personas, entre las que había, una vez más, numerosos civiles.

Después de su entrada en la ciudad, los esbirros se lanzaron a la caza de los principales representantes de la primera y la segunda República de Consejos. El escritor Gustav Landauer, socialista sin partido, fue asesinado de un modo brutal por unos soldados de los Freikorps el 2 de mayo, cuando lo llevaban a la prisión de Stadelheim. Un día después, el comandante en jefe del Ejército Rojo, el marinero Rudolf Egelhofer, fue ejecutado en el patio interior de la Residencia. El comunista Eugen Leviné fue arrestado el 13 de mayo, condenado a muerte tras una breve farsa judicial y ejecutado el 5 de junio. El escritor Ernst Toller, que había desempeñado un papel destacado en la primera República de Consejos, logró permanecer oculto hasta el 4 de junio, lo cual le salvó la vida; fue condenado a cinco años de prisión. El 7 de mayo, el anarquista muniqués Erich Mühsam, que había sido condenado a quince años de prisión, escribió en su celda: «Uno mira alrededor con la mente: puros muertos, puros asesinados […]. Esta es la revolución que defendía a gritos. Pasado medio año es un charco de sangre: me aterroriza».[118] Múnich se convirtió en lo sucesivo en un bastión de la contrarrevolución. No es casual que comenzara su carrera en esta ciudad el desconocido cabo de la Primera Guerra Mundial Adolf Hitler.

El 7 de mayo de 1919, en Versalles, las potencias vencedoras aliadas presentaron sus condiciones de paz a la delegación alemana. Con ello terminaba, como escribió Ernst Troeltsch un tiempo después, «el mundo de sueños del periodo del armisticio, donde cada uno podía imaginarse el futuro (de manera fantástica, pesimista o heroica) sin tener en cuenta las condiciones y consecuencias materiales concretas de la inminente paz».[119] Amplios sectores de la población alemana se habían dejado llevar por la ilusión de que iban a poder escapar de la situación con una «paz de Wilson», es decir, con un acuerdo de paz inspirado en el espíritu de entendimiento y conciliación que el presidente estadounidense Woodrow Wilson había infundido a sus Catorce Puntos en enero de 1918. Lo que se dio a conocer, en cambio, golpeó como un mazazo al gobierno, a los partidos y al público en general. Con la firma del tratado, la nación alemana pasaría a ser una «colonia explotada de manera brutal», se lamentaba el historiador de Heidelberg Gerhard Ritter, que había ido a la guerra como voluntario en 1914.[120] En el Berliner Tageblatt, Theodor Wolff criticó el borrador del tratado calificándolo de «un documento de la más inveterada política de subyugación, por completo ajena a toda idea de una sociedad de naciones, no rozada siquiera apenas por un espíritu nuevo, una política que sustituye el derecho por la fuerza. […] Si lo que queda es algo así o similar, como pareciera ser hoy el caso, solo se puede decir una palabra: ¡No!».[121]

Las disposiciones territoriales le hicieron perder a Alemania una octava parte de su territorio estatal y una décima parte de su población. Alsacia-Lorena, anexionada en 1871, debía ser devuelta a Francia. La Alta Silesia y grandes extensiones de las provincias prusianas de Posen y Prusia Occidental tenían que cederse a Polonia. Dánzig debía convertirse en una «ciudad libre» bajo el mandato de la recién creada Sociedad de Naciones, y la región de Memel sería administrada por los Aliados. El futuro del Sarre había de ser decidido por medio de un plebiscito una vez transcurridos quince años. Para los territorios a la izquierda del Rin, el tratado estableció una ocupación escalonada en tres zonas, con una duración máxima de quince años. Alemania tuvo que renunciar a todas sus colonias, y se le prohibió de manera expresa unirse con la Austria alemana. El ejército nacional debía limitarse a cien mil hombres. Además, Alemania tuvo que comprometerse a pagar reparaciones por todos los daños y pérdidas de guerra. Esto se justificó con el artículo 231, el cual establecía que Alemania y sus aliados habían sido los causantes de la guerra.[122]

Este «parágrafo sobre la culpabilidad de la guerra» provocó una gran indignación. Significaba pagar el precio de que el gobierno revolucionario no hubiera explicado a la población de manera contundente la fatal política de riesgos alemana en la crisis de julio de 1914. Aunque el Consejo de Comisarios del Pueblo había decidido en noviembre de 1918 hacer públicos los documentos más importantes sobre el estallido de la guerra, tarea que encargó a Karl Kautsky, en abril de 1919 el gabinete de Scheidemann decidió no dar a conocer los documentos porque estos, como los publicados por Eisner, dejaban claro que la dirigencia del Estado alemán había presionado a Austria-Hungría para que declarara la guerra a Serbia, de modo que cargaba con una responsabilidad fundamental por el estallido de la guerra. Se temía que la divulgación de este hallazgo debilitara la posición alemana en la conferencia de paz.[123]

Poco después del anuncio de las condiciones de la paz se formó un amplio frente de resistencia. El 12 de mayo, en una sesión de la Asamblea Nacional que se había trasladado al aula magna de la Universidad de Berlín, el primer ministro de la nación, Philipp Scheidemann, declaró que el tratado era inaceptable: «¿Qué mano no se secaría al momento de ponerse y ponernos estas cadenas?». Todos los partidos, desde los nacionalistas alemanes hasta el MSPD, estaban de acuerdo en posicionarse contra el borrador del tratado. Incluso el portavoz del USPD, Hugo Haase, pronunció unas duras palabras de crítica, aunque admitió que al final tendrían que firmar de todos modos.[124] Tampoco el presidente de la Nación, Ebert, mantuvo en secreto su rechazo. «Seríamos deshonrosos y despreciables si no empleáramos todas nuestras fuerzas contra la humillación con la que se nos amenaza», exclamó en una asamblea de protesta en Berlín el 18 de mayo.[125]

La indignación pública era una cosa; otra cosa era la pregunta de cómo había que proceder si los Aliados mantenían su dura posición. En caso de rechazar la propuesta, se debía dar por sentado el fin del armisticio y la reanudación de las hostilidades. El general Groener hizo saber al gobierno que el ejército alemán apenas podría oponer resistencia a un ataque y que la población tampoco manifestaba ninguna inclinación a continuar la guerra.[126] Entretanto, la delegación alemana en Versalles procuraba envolver a los Aliados en una auténtica «guerra de notas», con una avalancha de memorandos, para ganar tiempo y quizá lograr aún, a pesar de todo, algunas mejoras puntuales. En particular se concentraba en hacer caer el artículo 231.[127]

Sin embargo, los estadistas aliados no se dejaron impresionar. Al contrario, el tono altanero con el que el ministro Brockdorff-Rantzau, de Asuntos Exteriores, negó cualquier culpabilidad en la guerra les hizo endurecer sus posiciones. El 16 de junio, el secretario de la conferencia de paz entregó a la delegación alemana el texto final del tratado. Excepto por unas pocas concesiones —por ejemplo, en la Alta Silesia se decidiría entre el dominio de Alemania o de Polonia mediante un plebiscito—, las propuestas alemanas fueron rechazadas. Se les dio a los alemanes un plazo de cinco días para firmar, que luego se extendió otros dos días. La delegación alemana regresó a Weimar la noche del 16 de junio. «Todo esto parece una nueva guerra —anotó el conde Harry Kessler—. Es como 1914. Y con un tiempo de calor y sol tan opresivo como el de ese entonces, a fines de julio».[128]

Siguió una semana de deliberaciones frenéticas en el gobierno y las distintas facciones. Bajo la impresión del ultimátum comenzó a resquebrajarse el frente de los partidarios de rechazar el tratado. El 18 de junio se votó en el gabinete, con el resultado de siete ministros a favor de aceptarlo y siete en contra, entre ellos Scheidemann. A pesar de la amenaza del jefe de gobierno de dimitir si la facción le negaba su apoyo, el 19 de junio, 75 diputados del MSPD votaron a favor de la firma y solo 39 en contra. La facción del DDP ya se había decidido antes por el rechazo; la facción del Partido de Centro, por su parte, decidió el 19 de junio aprobar también el tratado «bajo ciertas condiciones y bajo protesta». Así, a Scheidemann, que se había pronunciado por un no, no le quedó más remedio que presentar su dimisión. Brockdorff-Rantzau siguió su ejemplo. El 21 de junio, Ebert nombró como sucesor de Scheidemann a Gustav Bauer, quien había sido hasta entonces ministro de Trabajo. El Ministerio de Asuntos Exteriores lo asumió Hermann Müller, elegido presidente del MSPD unos días antes. El ministro de Finanzas pasó a ser Matthias Erzberger, quien, de los miembros de su Partido de Centro, había sido el que con mayor vehemencia se había pronunciado en favor de la aceptación del tratado.[129]

El 22 de junio, la Asamblea Nacional aprobó la firma del tratado con 237 votos a favor y 138 en contra (además de cinco abstenciones y un voto nulo), aunque con la salvedad de que Alemania no se consideraba «causante de la guerra» ni se veía obligada a entregar «criminales de guerra». Los Aliados rechazaron de inmediato esta reserva e insistieron en la aceptación incondicional del tratado dentro del plazo establecido. Al final, después de otras febriles deliberaciones, la tarde del 23 de junio, la Asamblea Nacional, «con una gran mayoría», autorizó al gobierno a firmar el tratado de paz. El 28 de junio, en el quinto aniversario del atentado de Sarajevo, el ministro de Asuntos Exteriores, Hermann Müller, y el ministro de Transportes, Johannes Bell (Partido de Centro), firmaron el tratado en el Salón de los Espejos de Versalles.[130]

Sin duda, el Tratado de Versalles fue una paz impuesta. Pero no era un tratado duro en exceso, al menos en comparación con lo que un Imperio alemán victorioso habría exigido a sus enemigos. Una muestra de ello ya la había brindado en marzo de 1918 la paz de Brest-Litovsk que Alemania le había impuesto a la Rusia revolucionaria. Sin embargo, la mayoría de los alemanes percibieron el tratado como una enorme indignidad, como una «humillación» nacional a la que había que oponer resistencia. La idea de revancha permaneció muy viva como un motivo fundamental en los círculos nacionalistas y militares. La «mentira sobre la inocencia en el origen de la guerra» se combinó con la «leyenda de la puñalada por la espalda» —es decir, la afirmación de que el ejército alemán había sido traicionado y privado de su victoria por la labor subversiva de la izquierda y los judíos—, formando una mezcla perniciosa que envenenó durante mucho tiempo la atmósfera política. No obstante, el tratado contenía sin duda puntos de contacto de los que Alemania, con una política exterior paciente y orientada hacia el entendimiento, podía sacar provecho. «Para liberar nuestros hombros de lo que el día de hoy nos trae —advertía Theodor Wolff el 28 de junio— debemos llevar a cabo una política que pueda granjearnos confianza y amistades».[131] Y Hedwig Pringsheim anotó el 30 de junio: «“Paz vergonzosa” o no, dura y cruel desde luego que sí, pero ¡es la paz! Y, a pesar de todo, se nos abre una leve posibilidad y esperanza de tiempos mejores».[132]

Cuando el 24 de febrero de 1919 la Asamblea Nacional de Weimar inició las deliberaciones en torno a la Constitución, ya habían sido tomadas importantes decisiones preliminares. La dirigencia de la Socialdemocracia Mayoritaria nunca había dejado lugar a dudas de que apuntaba a una democracia parlamentaria representativa. Con la reforma de octubre de 1918, la proclamación de la República el 9 de noviembre y la promulgación del sufragio universal e igualitario el 12 de noviembre, se habían establecido las bases para ello. Otro paso en esta dirección había sido el nombramiento del jurista Hugo Preuß como secretario de Estado del Interior el 15 de noviembre de 1918, con el encargo explícito de elaborar un borrador de la Constitución. Este intelectual liberal de izquierda defendía un programa de cooperación entre las partes de disposición democrática de la burguesía y las fuerzas moderadas del movimiento obrero, y justo por ello era, según Ebert, alguien particularmente adecuado para la nueva tarea.[133]

Preuß se puso manos a la obra en el acto. Del 9 al 12 de diciembre de 1918, se convocó una conferencia en el Ministerio del Interior en la que, además de representantes del gobierno y oradores de los ministerios, participaron algunos académicos, entre ellos el economista político y sociólogo Max Weber. El 3 de enero, Preuß resumió el resultado en un primer borrador que contenía 68 artículos. El punto de partida era el reconocimiento del principio de soberanía popular. Sin embargo, debía añadirse a modo de «contrapeso» indispensable, junto a la fuerte posición que tendría la representación popular del Parlamento, un presidente de la Nación dotado de amplias competencias. El orden federal existente hasta entonces en el país debía ser modificado en una dirección unitaria.[134]

El 14 de enero de 1919 se discutió el borrador de la Constitución en el Consejo de Comisarios del Pueblo, que lo aprobó en líneas generales, aunque con dos restricciones. Por un lado exigió —Ebert lo hizo con especial firmeza— que se incluyeran los derechos fundamentales en la Constitución. Por otro lado, se eliminaron las propuestas concretas para la nueva división de los estados; en su lugar, se redactó una cláusula general que no descartaba un cambio posterior en la estructura federativa del país.[135] El 21 de febrero, el borrador de la Constitución fue presentado a la Asamblea Nacional y, tras una primera lectura entre el 24 de febrero y el 3 de marzo, se remitió a un comité de 28 miembros en el que estaban representadas todas las facciones. La presidencia la cedieron los socialdemócratas mayoritarios a Conrad Haußmann, diputado del DDP de Wurtemberg.[136]

En un primer momento, las deliberaciones se concentraron en la relación entre la Nación y los estados. Aunque Preuß se había encontrado con una fuerte resistencia a su concepción unitaria, esperaba ahora que el comité pusiera freno a las ambiciones de los estados individuales. De hecho, se logró ampliar las competencias de la Nación en las áreas de la administración financiera, el ejército, el correo y el transporte. El Reichsrat [«Consejo Nacional»], como fue llamado a partir de entonces el consejo destinado a la representación de los estados, recibió una posición mucho más débil que la que tenía el Bundesrat [«Consejo Federal»] del Imperio. El artículo 18 contemplaba la posibilidad de una nueva división de los estados, pero no se aplicó en ningún momento. Así, permaneció sin resolver un problema central, a saber, el predominio de Prusia, el estado más grande, con gran diferencia, donde vivían tres quintas partes de la población.[137]

La cuestión de la posición y la función del presidente de la Nación fue aún más controvertida. Crear un cargo de presidente dotado de bastante poder, la configuración favorecida por Hugo Preuß y Max Weber, fue la postura más aceptada entre los partidos burgueses, ya que pensaban que así al menos se podría frenar el «absolutismo parlamentario» y sobre todo el peligro de una mayoría socialista en el Parlamento. En la facción del MSPD, en cambio, la propuesta despertó oposición. Durante la primera lectura del 28 de febrero, el portavoz del MSPD, Richard Fischer, hizo esta advertencia: «Debemos tener presente el hecho de que algún día podría ocupar este puesto un hombre de otro partido, tal vez de un partido reaccionario y deseoso de dar un golpe de Estado. Debemos prevenirnos contra tales casos».[138]

Sin embargo, con los combates casi de guerra civil de la primavera de 1919 como telón de fondo, también en el MSPD crecía la disposición a ceder en esta cuestión, sobre todo considerando que uno de los suyos, Friedrich Ebert, ostentaba el cargo más alto del Estado. Aunque el Parlamento, elegido cada cuatro años por representación proporcional, seguía siendo el órgano constitucional más importante —le correspondía la legislación, decidía sobre la guerra y la paz, el gobierno dependía de su confianza y podía destituir al canciller de la nación mediante un voto de desconfianza—, la Constitución también dejaba establecida la posición destacada del presidente de la nación. Era elegido por el pueblo para un plazo de siete años, nombraba y destituía a los miembros del gobierno nacional, podía disolver el Parlamento, tenía la comandancia en jefe militar. Con todo, lo más importante era que el artículo 48 le otorgaba facultades extraordinarias al habilitarlo para tomar «las medidas necesarias» en caso de que «la seguridad y el orden públicos sean perturbados o puestos en peligro de manera considerable», es decir, para dejar sin efecto de manera provisoria determinados derechos fundamentales y, llegado el caso, intervenir con medios militares. Gracias a la combinación de este «artículo de decretos de emergencia» con la elección popular, el largo periodo de mandato y el derecho a disolver el Parlamento, el presidente de la nación poseía un poder considerable, que podía usar en tiempos de crisis para proteger el orden constitucional. Con este espíritu, Paul Löbe, el vicepresidente de la Asamblea Nacional, del MSPD, justificaba el apoyo de su partido al artículo 48 en tanto en cuanto se trataba, para él, de «un arma para la defensa de la República democrática y de sus ciudadanos contra ataques violentos».[139]

Por otro lado, se mantuvieron largas discusiones en torno a cuál debía ser el canon de derechos fundamentales. A instancias de los Comisarios del Pueblo, Preuß había incluido en su borrador disposiciones inspiradas en los clásicos derechos fundamentales liberales de la Constitución de Frankfurt de 1848. En la comisión constitucional, el gran veterano liberal Friedrich Naumann, diputado del DDP, propuso ampliar este catálogo con «derechos fundamentales populares» que darían cuenta de las cambiantes condiciones económicas y sociales. Esto impulsó a los diversos grupos y partidos a presentar sus propias demandas e intereses particulares. Así, el Partido de Centro consiguió incorporar artículos sobre la iglesia y la escuela, mientras que, por otro lado, se buscaba satisfacer a la clase obrera recogiendo en la Constitución la posibilidad de una transferencia «a propiedad pública de empresas económicas privadas que fueran adecuadas para ello» y el establecimiento de consejos empresariales (artículo 165).[140]

Por último, también generó disputas la «cuestión de la bandera». Los socialdemócratas mayoritarios, en consonancia con la tradición de la Revolución de 1848-1849, se decantaban por que los colores nacionales fueran una combinación de negro, rojo y dorado. «Para Alemania, negro, rojo y dorado son los colores por los que la democracia ha luchado desde siempre», declaró el diputado Hermann Molkenbuhr, del MSPD, en la Asamblea Nacional. Los partidos de derecha, en cambio, al igual que una mayoría del DDP y una minoría del Partido de Centro, querían los antiguos colores del Imperio: negro, blanco y rojo. Al final se llegó a un acuerdo cuestionable: además de la serie negro, rojo y dorado como bandera nacional, la marina mercante adoptaría los colores negro, blanco y rojo con un cantón negro, rojo y dorado en la esquina superior del lado del mástil.[141]

El 31 de julio de 1919, la Asamblea Nacional aprobó la Constitución con 262 votos a favor y 75 en contra. Para el Vorwärts, fue un día de la «mayor relevancia histórica», dado que a partir de entonces «toda la vida de la nación alemana» se había establecido «sobre una base nueva y por fin segura». Y el Frankfurter Zeitung celebró las palabras de Eduard David, el ministro del Interior por la Socialdemocracia Mayoritaria, quien veía en la Constitución la concreción de «la democracia más democrática del mundo».[142]

El 11 de agosto, Ebert firmó la Constitución en Schwarzburg, Turingia, la sede de sus vacaciones. Este acto memorable se realizó sin ningún ceremonial, con la actitud rutinaria de un trámite. Lo mismo ocurrió el 21 de agosto con el juramento de Ebert sobre la Constitución en el Teatro Nacional de Weimar. «Todo muy decente, pero sin entusiasmo, como en una confirmación en una buena casa burguesa —observó el conde Harry Kessler—. La República debía proceder sin ceremonias; esta forma de gobierno no se adecua a ellas».[143] El comienzo poco espectacular no le quitaba valor a lo que los creadores de la Constitución habían logrado en Weimar con su tenaz trabajo en las más adversas condiciones internas y externas. A pesar de sus concesiones y a pesar de sus debilidades, en particular las referidas a la distribución de poderes entre el Parlamento y el presidente de la nación, la Constitución presentaba un conjunto de reglas que, puesto en las manos adecuadas, podía contribuir a la consolidación y la expansión de la democracia de Weimar. Lo decisivo fue cómo se usaron sus instrucciones y sus posibilidades. Porque, según señaló Hugo Preuß pocos años más tarde, ni siquiera «la mejor constitución» sirve para algo «si es llevada a la práctica por sus ejecutantes de manera falsa o chapucera».[144]

En las memorias que escribió en el exilio después de 1933, Wilhelm Dittmann, uno de los tres comisarios del pueblo del USPD, consideraba noviembre de 1918 un «momento histórico excepcionalmente favorable para impulsar con gran fuerza el desarrollo político, económico y social».[145] La socialización de la minería carbonera; una reforma agraria en la Elbia oriental; la destitución de altos funcionarios imperiales junto con una democratización de la administración; la creación de una fuerza armada leal a la República: todo ello habría sido posible en las primeras semanas después del 9 de noviembre, cuando las antiguas élites funcionales imperiales aún no habían recobrado sus fuerzas. Sin embargo, los líderes de la Socialdemocracia Mayoritaria se tenían más por administradores de la bancarrota del Imperio que por decididos renovadores. Se arredraban ante las reformas estructurales. Su principal preocupación era la legitimación democrática de las nuevas condiciones, es decir, la convocatoria de una Asamblea Nacional y la aprobación de una constitución. La consideración de que la democracia que se estaba buscando también requería cambios sociales para estar provista de un fundamento sólido cumplía, en comparación, un rol secundario en el mejor de los casos. Incluso si se concede que los márgenes de maniobra de los comisarios del pueblo eran limitados, teniendo en cuenta las difíciles condiciones con las que tenían que lidiar, sigue conservando toda su validez el juicio del historiador Heinrich August Winkler: «Con una mayor vocación de transformación, los socialdemócratas mayoritarios habrían podido cambiar más y habrían tenido que preservar menos».[146] Sin embargo, muchos enemigos de la democracia permanecieron en posiciones de poder desde las cuales podían presentar un contraataque contra el nuevo orden.

No obstante, no deberían caer en el olvido los resultados y los logros de la revolución. Hizo irreversible el cambio de sistema de la monarquía a la república y estableció por primera vez en la historia alemana un orden estatal creado de manera democrática. «Este proceso extraordinario en la historia de la democracia otorga a la Revolución de Noviembre el rango de hecho histórico», según el balance del historiador Alexander Gallus.[147] Las conquistas más importantes ya habían sido anunciadas con la proclamación del Consejo de Comisarios del Pueblo del 12 de noviembre: la garantía de la libertad de expresión y de reunión, la abolición de la censura y de la ordenanza de servidumbre, el sufragio universal también para las mujeres y la introducción de la jornada laboral de ocho horas. La Constitución de agosto de 1919 fijaba los derechos de libertad de la tradición burguesa liberal y los fundamentos de un estado social moderno. Asimismo, entre los logros de los comisarios del pueblo se cuenta, sin duda, el haber conseguido en poco tiempo volver a integrar en el proceso productivo a una gran parte de los soldados y el haber puesto en marcha con éxito la transición de la economía de guerra a la economía de paz.

A pesar de todas sus deficiencias e inconvenientes, la revolución de 1918-1919 no había decidido todavía el fracaso de la democracia de Weimar. La cuestión de si el fundamento sobre el cual esta se había erigido sería resistente estaba aún abierta. Resultaría determinante cómo se desarrollase en el futuro la alianza entre el ala moderada del movimiento obrero y los sectores de orientación democrática de la burguesía, la cual era de gran significación para el funcionamiento de la democracia parlamentaria. También era importante saber si el nuevo orden estatal lograría conquistar de manera duradera a la mayoría de la población. Y si se podría mantener a raya a los detractores de la democracia.

En el primer aniversario de la Revolución de Noviembre, a la que había saludado con tanto entusiasmo, Theodor Wolff tuvo que admitir que en la República de Weimar se había conservado «todavía gran parte del espíritu del estado monárquico»: «Pero quien haya creído que un pueblo adiestrado en una larga tradición monárquica, que apenas si es consciente de su independencia y está abarrotado de conceptos petrificados, podría transformarse en un solo día de revolución, como se transforma un oso en el novio en un cuento de hadas, tiene una visión histórica peculiar y no sabe nada de la psicología de los pueblos». La República alemana había de perdurar si lograba «convertir a las escuelas y universidades en sus pregoneras y educar a las generaciones por venir en el sentimiento democrático. No es hoy, sino dentro de veinte años, cuando debería hacerse la pregunta de si todavía queda mucho en pie del antiguo espíritu».[148] Tanto tiempo, sin embargo, no había de serle concedido a la República de Weimar.