Capítulo 1

1

Si la libertad se pudiera tocar, no tengo ninguna duda de que tendría la forma de una muchacha eufórica que sobrevuela el mar montada a lomos de un dragón.

Cuando Quinn cambia el rumbo y se lanza en picado hacia el oleaje, suelto un grito salvaje. Con dificultad, mi hermano ha replegado las alas y encogido las patas para evitar la fricción del viento y yo me agarro muy fuerte a las escamas rojas de su cuello porque vamos demasiado deprisa. Mi melena se sacude con furia y, cuando casi estamos al nivel del agua, el muy gamberro abre sus enormes alas con un movimiento brusco y se detiene en seco sobre el mar. No debería hacerlo porque le hace daño, pero jugar con el viento le gusta tanto como a mí.

Grito de nuevo y lo último que veo antes de salir expulsada por los aires es que los rayos del sol relucen a través de la membrana translúcida de sus alas. Doy una voltereta para intentar tomar el control de la caída y me zambullo de cabeza en el frío océano.

Al emerger, escucho su bramido ronco y, cuando alzo la vista, me encuentro con la mirada juguetona de Quinn, que ahora bate las alas para tratar de mantenerse estable. Sé que Coralina me diría que son imaginaciones mías, que los dragones no tienen miradas juguetonas ni tampoco traviesas, que sí pueden sentir tristeza, rabia, alegría o incluso amor, pero que nuestros aliados no albergan emociones tan complejas como las de los humanos. Sin embargo, después de vivir tantos años entre ellos, estoy segura de que no me lo invento y que son capaces de sentir mucho más.

—¿Te divierte? —le digo con retintín fingido—. En la ciudad, intentar ahogarme cada vez que salimos a volar se consideraría traición.

No me contesta ni tampoco espero que lo haga. Los dragones son las criaturas más impresionantes que ha creado Drea, pero nuestra diosa no les concedió la capacidad de hablar. Aunque sí les dio la posibilidad de comunicarse con gruñidos, miradas y expresiones. No sé hasta qué punto entienden nuestro idioma, pero sí que, de alguna manera, nos comprenden.

Quinn me mira y tuerce el rostro en un gesto que me parece cómico porque le sobresale un diente grande y torcido. Me río mientras contemplo su magnífica figura y muevo las piernas para no hundirme; su sombra oscura ondula sobre el mar. Él es un dragón errante con las escamas rojizas que no ha crecido tanto como los de su raza. Aun así, me saca una cabeza dracónida.

Aunque lo que realmente lo hace diferente a los demás son sus alas atrofiadas. Como todos los dragones, de su espalda nacen dos extremidades que terminan en un esqueleto con cuatro largos huesos conectados entre ellos por una membrana resistente y flexible; el viento provoca que el tejido se hinche un poco, como si se tratara de una vela. Sin embargo, las suyas tienen un aspecto raquítico, muy falto de la fuerza y la robustez de otros dragones. Quinn nació con una malformación y nunca tendrá la misma capacidad de resistencia que los de su especie. Aprendió a volar, pero a veces tiene dificultades para mantenerse estable, sobre todo cuando llevamos un buen rato volando y está cansado. Por eso no podemos alejarnos demasiado de la costa y, siempre que me subo a su lomo, llevo una cuerda con un cabo atado a mi muñeca y el otro a una de sus patas. Cuando salimos, no es extraño que me caiga al agua más de una vez.

Me impulso con los brazos para salir del mar y subo por la cuerda que pende de una de las garras de mi hermano adoptivo. Quinn intenta suavizar todavía más el vuelo cuando trepo por sus duras escamas y, al acomodarme a su espalda, deja escapar un breve gruñido.

—Venga, tenemos que volver —le digo—. Sé que ya estás cansado.

Quinn emprende el vuelo de regreso a Isla Refugio, aunque esta vez lo hace sobrevolando la superficie del mar con tranquilidad; extiende tanto como puede las alas atrofiadas y las patas surcan las olas dejando tras de sí una estela blanca y espumosa en forma de garra.

Este es el único momento en el que me permito relajarme. Cierro los ojos y levanto las manos, como si yo también extendiera unas alas imaginarias, y dejo que las gotas saladas, el viento y el sol me salpiquen la piel bronceada. Ignoro si esta es la conexión de la que siempre me habla Coralina, pero, durante unos instantes, me siento una con mi hermano.

No estamos muy lejos de la costa de la isla y, a medida que el vuelo de Quinn avanza, el perfil de un acantilado alto, escarpado y con pinos en una de sus laderas se ve más grande; las olas siguen su lucha incansable contra las rocas del precipicio. Allí donde el calado es superficial, el agua toma un precioso color verde turquesa y se torna azul marino a medida que el mar lo engulle todo con su profundidad.

Isla Refugio es una de las islas más pequeñas de nuestro archipiélago. Está situada muy al norte, donde el azote del viento invernal tuerce los troncos de los árboles y puede llegar a suponer un contratiempo para el vuelo de un dragón montaraz adulto, pero la parte sur del islote queda bien protegida por el acantilado y me permite vivir con cierta comodidad.

A veces pienso que Matrisa, mi madre dragona adoptiva, fue muy meticulosa al elegir este lugar para establecer su nido de criaturas abandonadas, pues está muy apartado, tanto de las comunidades humanas como de las dracónidas. No recibimos visitas indeseadas y queda fuera del alcance de los furtivos que, a veces, cazan dragones heridos o extraviados. Aunque es un territorio pequeño, tiene ambientes diversos para que puedan convivir las distintas razas de dragones. Además, atesora la playa de arena blanca más bonita y protegida de toda Maravernia. No sé si alguna vez su instinto de nodriza la llevó a presentir que se tendría que hacer cargo de una cría humana, pero ella y ese trozo de litoral me han mantenido a salvo durante más de catorce años.

—Mierda, Coralina ya ha llegado y todavía no he terminado de hacer el equipaje —murmuro al viento cuando veo que una embarcación con un majestuoso velamen blanco fondea las aguas turquesa más cercanas a la costa.

Algo se agita en mi estómago cuando recuerdo qué día es hoy. No es que lo haya olvidado, no podría. Llevo anhelándolo y temiéndolo desde que cumplí los veintiuno. Aunque una parte de mí siempre se ha resistido a dejar la isla, la otra, la curiosa, la aventurera, la que Coralina ha infundido de ideas excitantes, me decía que regresar a la ciudad después de tantos años y conocer a otros jóvenes de mi edad sería interesante. Sin embargo, ahora que ha llegado el momento, me doy cuenta de que no estoy preparada.

Me inclino más sobre la espalda de Quinn y abrazo como puedo su cuello escamoso. No me imagino viviendo en ningún otro lugar que no sea Isla Refugio. El nido de Matrisa es mi casa, aquí está mi familia. Odio las leyes humanas porque no me dan ninguna otra opción; ya tengo la edad mínima para entrenar en la academia, cumplir mi deber como designada e intentar crear una unión con un dragón. Un dragón desconocido, uno que no será de mi clan. Lo que más me duele es que, tanto si lo consigo como si no, Coralina me ha dicho que es muy difícil que me dejen regresar a Isla Refugio.

Bloqueo la emoción que siento en el pecho porque me cuesta mucho aceptar que ser una designada fue lo que me llevó a los seres que amo y ahora será lo que me los quite.

Al llegar a la costa, diviso una barca de remos amarrada en el pequeño muelle de madera. Distingo dos figuras que caminan por la pasarela en dirección a la playa y me enfado conmigo misma al notar ese burbujeo en la barriga cuando reconozco el andar confiado de Beckett Aladraga. Aunque he tardado un poco en admitirlo, he descubierto que la cercanía del sobrino de mi institutriz me agita más de la cuenta, y eso que tras estas últimas semanas ya debería de haberme acostumbrado al chico, porque me he hartado de tenerlo muy pero que muy cerca. Incluso más que eso. Hemos estado pegados porque, básicamente, nuestros momentos juntos han consistido en estar piel contra piel; lo he tenido arriba, abajo, entre mis brazos y entre mis piernas.

Quinn sigue batiendo las alas con brío y el ruido que hacen al cortar el aire compite con el rugido del mar. Me aferro más a su cuerpo cuando noto que se tambalea y su trayectoria empieza a volverse irregular. Cruzo los dedos para no tener un descenso demasiado humillante; hoy hay espectadores y uno de ellos me pone muy nerviosa. Pero Quinn es Quinn y cuando está cansado nuestros aterrizajes en la playa suelen convertirse en un chiste malo de dragón.

Lo primero en tocar la arena son sus patas; lo segundo, su cabeza. Suelta un gruñido ronco y vuelvo a salir expelida por el aire, aunque esta vez con menos fuerza que antes porque ha sido mi hermano quien ha amortiguado el primer golpe. Ahogo un gemido al rodar por la playa y, al fin, la cuerda que llevo atada a la muñeca frena mi descontrolado revolcón. Sin moverme de mi extraña posición, me doy unos segundos para evaluar los daños y compruebo que estoy entera, eso sí, algo magullada y con la boca llena de arena.

Oigo la voz de Coralina incluso antes de ver, del revés, sus botas de cuero rojo hundirse en la arena.

—Sienna, ¡cuántas veces te he dicho que no vueles con Quinn! —me grita con voz chillona; a su lado, aparece un segundo par de botas y escucho una risa masculina—. El vuelo de este errante no es confiable. Por Drea, ¿es que no eres consciente de que te puedes matar? Y no empieces con tus teorías, no tienes ninguna unión con él y no deberías hacerlo.

Mi institutriz sigue con su reprimenda mientras doy media vuelta y me pongo en una posición más recta y apropiada para soportar un rapapolvo. Escupo los granos de arena que me quedan en la boca e intento quitarme los que se me han pegado cerca de los ojos. Cuando levanto la mirada, es Beckett en quien centro mi atención.

Tiene mi edad y creo que, si hubiera vivido entre humanos, lo clasificaría en la categoría de chico guapo. O quizá en la de chico hermoso, fuerte, musculoso y de sonrisa deslumbrante, si es que existe este nivel tan específico. Estoy bastante convencida de que ha detectado que, a veces, me quedo mirándolo más rato del apropiado y me intriga saber si intuye que me gusta o piensa que soy un bicho raro que se aturde cuando ve un humano.

Supongo que no debería estar tan intrigada, pues ambas cosas son ciertas.

Hoy viste como cualquier joven de ciudad: pantalones marrones estrechos metidos por dentro de unas botas oscuras y altas de caña vuelta, un cinturón del que le cuelga una espada enfundada en una vaina, y una camisa fina blanca que se agita sobre su pecho debido a la ventisca de la playa. Lleva el pelo recogido en una coleta, pero se le escapan mechones castaños que ondean en una caótica danza.

Beckett tuerce una sonrisa divertida cuando nuestros ojos se encuentran y a mí lo único que me sale es escupir los restos de arena que todavía noto en la lengua.

—Por favor, esos modales, Sienna; van a pensar que no te he enseñado nada. En la academia tendrás que comportarte, ¿me oyes? —La voz derrotada de Coralina me saca del ensimismamiento que me ha provocado Beckett.

—No te esperaba hasta más tarde —le digo a mi institutriz, obviando a propósito la regañina.

Me sé de memoria por qué no debería volar con Quinn y ella conoce al detalle los motivos por los que en esto nunca voy a hacerle caso. Pero, para que vea que sí he aprendido los modales humanos que me ha enseñado, me acerco a ella, le doy un fuerte abrazo y dejo que el perfume dulzón de sus rizos castaños me envuelva por completo.

—Buenos días, mi querida señorita Aladraga —le digo al apartarme. Ella sonríe, como siempre cuando trato de ser cortés—. Dame un momento y ahora vuelvo, ¿vale? —Empiezo a dirigirme hacia Quinn mientras me deshago el nudo de la muñeca.

—Encantado de saludarte también, Sienna —dice Beckett con un tono burlón a mi espalda.

—¿Qué ocurre, Aladraga? ¿Te ofende que no te preste atención? —le pincho sin darme la vuelta.

Me muerdo el labio para evitar reírme al escuchar una carcajada grave detrás de mí. Durante las últimas seis semanas, Coralina se ha traído a Beckett para darme lecciones de combate. Ella es una letrada, no tiene ni idea de lucha, y pensó que su sobrino me podría instruir para que no comenzara el curso siendo una ignorante total. Él también es un designado y, como yo, se inscribirá en la academia para intentar unirse a un dragón.

En Maravernia, es el oráculo del Gran Templo de Drea quien sabe cuáles son los niños que nacen con la bendición de nuestra diosa. Se nos señala como los únicos humanos capaces de atarse a un dragón, controlar el poder que da el lazo y luchar junto a ellos para defender nuestro territorio de las hidras y de los adeptos de Zanno. Así que los designados, además de conocer cómo tratar con los dragones, necesitamos saber luchar.

Yo únicamente he recibido seis lecciones, pero estoy aprendiendo rápido. Ya tengo integrados algunos movimientos básicos y también he descubierto que a Beckett le gusta picarme y a mí devolvérsela con una nueva provocación.

Cuando llego junto a Quinn, termino de recoger la cuerda y deshago el nudo de su enorme pata. Compruebo que no se haya hecho daño y mi hermano se deja acariciar con paciencia. Los errantes suelen desprender cierto olor a carbón ahumado y, cuando él está cansado, su aroma todavía se intensifica un poco más.

—Eh, lo hemos hecho bastante bien —le digo cuando baja la cabeza y sitúa la barbilla en mi hombro.

Le planto un fuerte beso en la mejilla cargada de púas y membranas endurecidas. Puede que su boca sea un arma mortal, bien podría arrancarme la cabeza si se lo propusiera, pero, incluso siendo un errante, la raza más agresiva, Quinn es el dragón más buenazo que he conocido.

Entonces, pasan dos cosas al mismo tiempo: escuchamos el batir ruidoso de unas alas que sale del bosque y Coralina suelta un chillido estridente. Yo levanto la cabeza y enseguida cuento más de diez dragones sobrevolando el cielo. Entre ellos está Matrisa, la dragona montaraz a quien considero mi madre adoptiva. Me he pasado toda la semana despidiéndome de ellos y saben que hoy es mi último día.

Coralina me grita que me dé prisa e indica que nos esperará en el muelle. Sonrío con afecto al ver lo rápido que cruza la playa levantando el bajo de su falda. Mi institutriz es una mujer de mediana edad muy inteligente y preparada, capaz de tolerar bien la presencia de un dragón o dos, incluso tres si es el viejo Aran quien se une a la fiesta. Pero permanecer en medio del clan entero la supera. Y lo entiendo. No es algo habitual para un ciudadano de Maravernia verse rodeado de tantos dragones.

—¿Te echo una mano con el equipaje?

Beckett sí se ha quedado y se ha acercado a nosotros. Tampoco parece preocuparle que los dragones empiecen a descender en la playa. Obvio. Es un designado y, aunque no haya vivido con ellos como yo, tiene que estar dispuesto a permanecer cerca de un grupo numeroso.

Asiento con un gesto seco, sin mirarlo, porque la llegada del clan me ha abierto una brecha de dolor en el pecho. Maldita sea. Aprieto los puños y me muerdo el labio con fuerza. No quiero llorar, no voy a llorar porque este no puede ser el final.

Volveré.

Tanto si logro unirme con un dragón como si no, volveré.

Siempre encontraré la manera de regresar a casa.

Con esta firme promesa guío nuestros pasos hasta mi cabaña para terminar de recoger el equipaje. Mientras, la ladera del acantilado se llena del ruido ensordecedor del batir de decenas de alas de dragón.

2

—Mi tía no quiere que te lo pregunte, pero tengo curiosidad —dice Beckett cuando aparto las cortinas de la entrada de mi cabaña—. Te he visto montar dos veces a ese joven errante. ¿Cómo lo has conseguido?

—Quinn, se llama Quinn —le digo, y empiezo a moverme por la habitación para recoger mis últimas pertenencias.

—Ya, pero no debería tener nombre, no es un dragón atado —sigue él—. Aunque supongo que eres tú la que les ha dado nombre a todos, ¿verdad?

Asiento de espaldas a él y separo un par de libros para meterlos en el baúl. ¿Cómo no iban a tener nombre los dragones de mi familia?

—¿Y cómo has conseguido volar con… Quinn? —insiste Beckett.

No respondo, pero me doy la vuelta y lo observo en silencio. Es raro tenerlo en mi cabaña, hasta ahora solo Coralina y el viejo Aran habían estado aquí, ya que ningún otro dragón cabe dentro.

Beckett inspecciona el interior con mucha curiosidad. A mí me encanta mi refugio, aunque comparado con las viviendas de la ciudad resulta simple y tosco. Está mi pequeño catre, la mesa en la que Coralina me da clases y donde yo tallo mis conchas de nácar, los estantes con los libros y mi baúl de ropa. También tengo una mesita con el espejo roto y el cajón con cerradura, una reliquia que encontré en la playa después de un naufragio y donde guardo una porción de jabón y un par de cubos llenos de agua dulce. Mi pequeña cocina se encuentra en el exterior, con algunos utensilios básicos y una estructura para hacer fuego.

Beckett se da cuenta de que lo estoy mirando y se aproxima con pasos lentos mientras examina mi cuerpo de arriba abajo con extrema lentitud. Y ahí está de nuevo esa maldita agitación cada vez que estamos cerca.

Llevo muy poca ropa y nunca me ha incomodado mi forma de vestir, ni tampoco me ha preocupado demasiado mi aspecto. Hasta ahora. Puede que en este momento entienda mejor la insistencia de Coralina en cubrir más mi cuerpo. Ahora sus palabras me parecen sabias y sensatas: «El tejido y el cuero ayudan a proteger la piel de cualquier abrasión exterior, Sienna».

Beckett me sigue mirando. Primero sube por mis piernas, pasa por mi estómago y continúa más arriba. La piel se me eriza. Creo que él lo detecta porque murmura algo que no entiendo. Ahora mismo, el sostén ancho que me cubre los pechos hasta la mitad de las costillas y los pantalones cortos me parecen insuficientes para protegerme de su intensa mirada. Ni siquiera la protección de cuero en el hombro, que siempre llevo para evitar que la garra de Aran me arañe, o la daga que me regaló Coralina me ayudan a sentirme más segura.

—Oye, trenzas, no me mires así… —dice él con la voz algo ronca.

—¿Así cómo? —pregunto con un tono estrangulado.

Se ha aproximado demasiado y ahora mi corazón late descontrolado. Nunca antes me había ocurrido. Aunque, claro, nunca antes había estado a solas con un chico que me gustase.

—¿En qué estás pensando? —pregunta él sin contestarme, y me examina con una expresión intensa que no termino de comprender.

—En que tu mirada me confunde y también me abrasa —respondo con una sinceridad que hace que abra los ojos por la sorpresa; creo que no se esperaba esta respuesta.

—Vale. —Sigo sin saber interpretar su sonrisa enigmática; estas expresiones nunca las he visto en un dragón—. ¿Y eso te gusta o te molesta?

—Creo que me gusta —susurro todavía más nerviosa que antes.

Él asiente despacio y se acerca tanto que puedo distinguir las motas doradas de sus ojos color avellana. Aguanto la respiración al ver que levanta una mano y enreda sus dedos en torno a una de mis trenzas rubias adornada con cuentas de nácar.

Por Drea, esto sí que no lo esperaba.

Entonces su mirada baja hasta mis labios y yo hago lo mismo, pero resulta ser un movimiento de lo más desacertado, porque fijarme en su boca hace que los latidos se me desboquen igual que si estuviera cayendo en picado con Quinn.

—Sé que has estado muy pocas veces en la ciudad y que apenas te has relacionado con nadie —dice con un tono muy suave—. Me pregunto si…

Su aliento fresco me hace cosquillas en la nariz y no logro recordar cómo hemos terminado tan pegados. Él deja de acariciarme el pelo y, casi como si tuviera miedo de espantarme, desliza con delicadeza las manos hasta posarlas en mi cintura desnuda.

Estoy temblando. Nos hemos tocado muchas veces, pero no así. He hablado del tema con Coralina y también he leído fábulas románticas donde los protagonistas se besan y tienen relaciones íntimas, sin embargo, solo me hago una idea muy pero que muy teórica y académica de lo que supuestamente está ocurriendo.

—Beckett —le susurro—, cuéntame lo que está pasando porque ando un poco perdida.

—¿Ya no soy Aladraga? —pregunta con esa sonrisa enigmática que no logro descifrar.

—Estás demasiado cerca para ser solo Aladraga.

—Joder, tu sinceridad me va a matar… No sé si te conviene ser tan honesta cuando estés en la ciudad.

—¿Por qué no?

Lo miro confusa. Una de las cosas que Coralina me ha inculcado, y con la que no tuve que esforzarme por estar de acuerdo, es que la honestidad es importante. Las mentiras hacen daño y también causan problemas y malentendidos evitables.

—Porque todos ocultamos algo y nadie te va a decir toda la verdad. ¿Tú no escondes nada?

Pienso la pregunta y me doy cuenta de que sí me callo cosas, como que me da miedo marcharme de la isla y no saber vivir con los humanos.

—¿Lo ves? —dice cuando descubre mi expresión culpable—. Todos mentimos u ocultamos parte de la verdad en algún momento, incluso en situaciones en las que no es correcto hacerlo.

—¿Y cuándo se supone que está bien mentir? —le pregunto muy interesada en la respuesta.

—A veces mentimos para proteger a quienes queremos, para no dañarlos. —Beckett mantiene una mueca pensativa, como si él también estuviera tratando de hallar respuestas—. Otras, para protegernos a nosotros mismos, para no sufrir.

Nos quedamos unos instantes en silencio sin dejar de mirarnos a los ojos. No sé lo que estará pensando él, pero yo intento encajar todo esto con lo que he aprendido de Coralina.

—Vaya, mi intención no era debatir algo tan profundo. —Beckett se ríe, pero su expresión cambia a una más intensa cuando presiona sus dedos en mi cintura y me acerca todavía más a su cuerpo—. Yo solo quería… saber cómo es sentirte cerca sin que haya una lucha de por medio.

—Caliente y abrumador —susurro.

—Me alegra no ser el único que lo nota.

Él me sigue mirando con esa expresión extraña, intensa, hambrienta. Eso es. Si tuviera que ponerle un nombre, diría que Beckett me mira como si quisiera abalanzarse sobre mí. Y me doy cuenta de que quiero que lo haga, necesito que lo haga porque mis labios queman y todo mi cuerpo ansía descubrir qué se siente al juntar nuestras bocas.

—¿Vas a besarme? —le pregunto sin poder aguantar más la incertidumbre.

—En realidad, esperaba que lo hicieras tú —dice, y ahora su sonrisa es más bien tímida—. ¿Has besado a alguien alguna vez?

Estoy a punto de responder que sí, porque les doy besos a mi familia y a Coralina. Incluso lo besé a él cuando su tía nos presentó. Pero sé que se refiere al tipo de beso que he leído en las fábulas, así que niego con la cabeza y me pongo de puntillas para llegar a sus labios. El primer contacto es breve y torpe, porque con mi ímpetu le doy un golpe en la nariz. Él sonríe quitándole importancia y entonces nos besamos por segunda vez. Lo siguiente que sucede es que Beckett me abre los labios con los suyos y, cuando me pregunto qué es lo que se supone que debo hacer en esta situación, siento su lengua enredarse con la mía con suavidad.

Oh, vaya.

Esto tampoco lo esperaba.

Pero creo que me gusta.

Todo él sabe a sal y a mar, y nuestras bocas empiezan a moverse a un ritmo pausado, también húmedo y un poco áspero debido a su corta barba. Mantengo los ojos cerrados porque el beso me está haciendo sentir demasiadas cosas que no comprendo. Me tiemblan las piernas y me agarro a sus fuertes brazos para no perder el temple. Cuando creo que me voy a quedar sin aire, Beckett abandona mis labios y se separa unos centímetros.

—Menudo primer beso —dice con un leve jadeo—. Ha sido… increíble.

Increíble. Mareante. Inesperado. Embriagador. Podría intentar describirlo de muchas maneras y jamás encontraría el adjetivo adecuado, y eso que guardo un arsenal de palabras sofisticadas de mis juegos de letras con Coralina.

—¿No vas a decir nada? —me pregunta inseguro.

—¿Puedo besarte otra vez?

Beckett se ríe, pero ahora ya no espera a que yo me aproxime y captura mis labios de nuevo.

Un aleteo ruidoso seguido de un ronco gruñido nos saca del maravilloso, y también algo pegajoso, acto de besarnos. No me hace falta saber quién ha entrado en la cabaña y ruge con enfado, reconocería la voz del viejo Aran en cualquier sitio.

Beckett se separa un poco, pero cuando ve que el cavernoso enano dirige el vuelo hacia él mientras lo apunta con una ganzúa, se agacha de inmediato. Yo endurezco la posición, a la espera de que busque aterrizar en mí. Aran no tarda en clavar su única garra trasera en la protección de mi hombro y siento sus uñas mortales morder el cuero. Él sigue con las alas extendidas sujetando el gancho con las patas delanteras y advierto a tiempo que las escamas oscuras de su garganta toman un color rojizo. De inmediato, inclino la cabeza para que su fuego no me chamusque el pelo. La llamarada se extiende larga y estrecha por encima de mi cabeza hasta que se apaga. Satisfecho con la demostración de poder, pliega las alas y baja el cuello para buscar con la mirada a Beckett, que se levanta cuando ve que el peligro ha pasado.

—¿Qué demonios es esto? Parece un dragón cavernoso, pero nunca había visto uno tan pequeño. ¿Qué tiene? ¿El tamaño de un águila?

—Es una raza enana, quedan muy pocos y apenas se dejan ver —le aclaro—. Este perdió una pata y lo trajeron aquí para evitar que muriera.

—Y no le ha gustado que te estuviera besando… —deduce él.

—Lleva días enfadado, creo que no quiere que me marche.

—¿Y qué sujeta con las patas delanteras?

Superada la primera impresión, Beckett inspecciona al cavernoso enano sin intimidarse por la mirada asesina que él le dedica. Es pequeño, pero muy protector, y sus escamas presentan un color berenjena con motas anaranjadas en los nudos más rugosos. Le cuento que ha aprendido a utilizar un alambre para abrir la cerradura del cajón de la mesita del espejo roto. Es un dragón viejo, con una rutina muy fija, y cuando viene a mi cabaña, le gusta hacer siempre lo mismo: conseguir abrir el candado y ayudarme a tallar conchas con mis herramientas metálicas.

—En la academia no será así, lo sabes, ¿verdad? Los dragones que quieran formar una unión nunca han estado con humanos. —Su tono condescendiente me molesta—. En el fondo, ellos son bestias. No te confundas cuando estemos allí, tú no eres como ellos.

—Sé muy bien quién soy —le digo con cierta dureza—. Una chica abandonada que encontró aquí su familia.

Sé que soy humana, pero también que tengo alma de dragón. Que ellos sean animales no significa que no sean capaces de sentir, comunicarse o incluso amarse. Con Matrisa, mi madre dragona, he aprendido que no importan las diferencias de raza y que aquí todos nos ayudamos, nos protegemos y nos queremos. No puedo olvidar que soy diferente al resto de los humanos y que es muy posible que ni Beckett ni mis otros compañeros puedan llegar a entenderme. Él me observa en silencio durante unos largos segundos y luego asiente.

—Deberíamos terminar de preparar tu equipaje —me recuerda—. ¿Necesitas que te ayude en algo?

Termino de recoger mis cosas con un extraño sentimiento de apatía. Por un lado, siento que vaciar mi cabaña es como arrancar todo lo que he construido durante tantos años. Tengo la sensación de estar borrando mi existencia de un lugar que amo profundamente. ¿Me recordarán? ¿Cuánto perdura alguien en la memoria de un dragón?

Miro a Beckett que, a pesar de estar en silencio, no deja de observarme. A mí y también a Aran, que sigue vigilante sobre mi hombro. Su distancia también me deja una sensación desagradable en el estómago, me ha gustado mucho lo que he sentido con el beso y desconozco si esto es bueno o malo. Creo que el mundo de los humanos me es más ajeno de lo que me atrevo a aceptar.

Antes de salir, recojo la caja de madera en la que guardo las conchas talladas con el nombre de los miembros de mi familia. Será lo único que podré llevarme de ellos.

Beckett me ayuda a cargar con el baúl mientras dejamos atrás el bosque de pinos y cruzamos las primeras dunas. Al llegar al muelle, el corazón se me encoge. El clan entero me espera en la playa. Están todos, los once dragones que viven en Isla Refugio, sin contar a Aran, que sigue empeñado en no abandonar mi hombro. Montaraces, errantes y cavernosos de distintos tamaños y colores, todos ellos alineados junto a la curva de la orilla, como si estuvieran en formación. Es lo más hermoso y temible que he visto nunca.

—Sienna, querida, despídete —me dice Coralina con suavidad, aunque no me pasa desapercibido el ligero temblor en su voz—. Te esperamos en la barca.

No puedo moverme y me muerdo el labio inferior para aguantarme las terribles ganas de llorar que siento.

—Ve con ellos —murmura Beckett, y me propina un pequeño empujón que me impulsa a dar el primer paso. Y después de este vienen los siguientes.

No sé quién es la chica que se aferra a patas gigantescas, cabezas llenas de púas y cuernos mortales y da besos a mandíbulas con dientes capaces de destriparme en segundos. Mi vista se emborrona por las lágrimas, que ya no me esfuerzo en retener. El gruñido ronco y estrangulado de Quinn resuena por el acantilado y el corazón se me parte en dos. Él era una cría cuando lo trajeron a Isla Refugio, cuatro años después de mi llegada, y siempre ha estado conmigo. Ahora tenemos que separarnos. Mi hermano me empuja con fuerza con el hocico después de abrazarlo, y no puedo hacer nada más que pegarme otra vez a su cuerpo hasta que el rugido grave de Matrisa nos avisa de que es suficiente.

Cuando al fin llego junto a ella, mi madre adoptiva baja la cabeza hasta situarla a mi altura. Es una montaraz enorme y corpulenta, de tonos verdosos y con la larga pechera amarilla, pero, incluso con sus cientos de púas en la cabeza, su rostro tiene unos rasgos más bien suaves. Me mira con ternura. Sí, lo sé, Coralina diría que me lo invento, pero yo estoy segura de que no es así. Sus pupilas negras se agrandan cuando me lanzo contra ella y dejo que me arrulle con ese extraño murmullo grave como cuando era más pequeña y buscaba estar cerca de su calidez. Luego me empuja para que me aparte y, con una precisión que me sorprende, le da un golpe a Aran para que salga volando de mi hombro. El cavernoso enano se marcha enfadado, lanzando gruñidos y llamaradas, y lo pierdo de vista cuando busca refugio en un saliente del acantilado. El corazón se me hace pedazos al comprender que no va a dejar que me despida de él.

Me mantengo en silencio cuando subo a la barca; mi vista sigue fija en la playa. Tampoco hablo cuando llegamos al navío ni cuando la embarcación leva el ancla y empieza a alejarse de la costa. El casco deja una estela espumosa en el mar mientras nos distanciamos de Isla Refugio, y es entonces cuando obtengo mi última despedida. Siento que me ahogo al ver decenas de preciosas llamaradas de fuego que sobrevuelan el mar y el acantilado y rompo a llorar cuando ninguna de ellas traspasa el límite de la costa.

Nadie me contó que era tan desgarrador decir adiós.

3

Puerto Alianza.

Recuerdo el número exacto de veces que he visitado la capital de Maravernia desde que murió mi abuela y me dejaron a cargo de Matrisa: quince, una por cada año que he pasado en la isla, y otra más. Esa vez fue debido a la fea herida que me hice en la espalda y por la que tuve que pasar cinco días en una enfermería. A pesar de mis visitas anuales y de que conservo muchos recuerdos de cuando era niña, el primer contacto con el mundo civilizado siempre me abruma. No estoy acostumbrada a la gente, tampoco al ajetreo constante de una ciudad.

Desembarcamos en la dársena y allí nos espera un carruaje elegante tirado por un par de caballos; el escudo del astillero Aladraga con el símbolo de un barco junto a un cincel adorna las puertas de madera.

Ayudo a Beckett a guardar mi equipaje en el baúl trasero; sus pertenencias también están ahí. He pasado la primera parte del viaje sumida en un llanto silencioso mientras veía cómo Isla Refugio se convertía en una mota de polvo en el horizonte, intentando asimilar que, a partir de ahora, mi vida será otra. Por más que lo hubiera hablado con Coralina y me hubiera esforzado en hacerme a la idea, no esperaba que partir me causara tanto dolor.

No sé cuándo se han detenido las lágrimas, creo que en el momento en que la diminuta mancha se diluyó en el azul del océano y nos adentramos en la bahía de Drea, con sus islas llenas de actividad, pueblos costeros y buques mercantes. A lo lejos, he vislumbrado dragones volar libres por el cielo. Suele ser habitual verlos en el golfo porque en las Islas Errantes hay muchos nidos.

—No tardaremos mucho en llegar —me informa Coralina cuando el carruaje se pone en marcha.

Asiento y me dispongo a mirar por la ventana para distraer la mente; mi institutriz ya sabe que estar demasiado tiempo encerrada en un lugar pequeño me pone nerviosa. Aunque mis dos acompañantes se pasan el camino hablando de la celebración de hoy y del inicio del curso académico, noto que de soslayo no dejan de echarme ojeadas.

¿Es contradictorio que Puerto Alianza me fascine y me intimide al mismo tiempo? Todo me parece nuevo, aunque no sea la primera vez que lo vea: las calles empedradas, que provocan un traqueteo suave en el asiento del carruaje y acentúan el resonar metálico de los cascos de los caballos; las casetas de los comerciantes; las tabernas y los talleres artesanos con paredes de piedra y faroles en la fachada, y las coronas de flores de colores vivos que adornan la mayoría de las entradas y hacen evidente que la celebración de hoy es importante.

Y la gente.

No puedo olvidarme de la gente, porque todo está lleno de gente.

La mayoría son personas que andan ajetreadas con sus trabajos, atendiendo a sus críos o intentando que los animales de carga no se desvíen del camino, pero también distingo a muchos ciudadanos que han salido a celebrar la fiesta de La Alianza y que visten sus mejores galas para asistir a los templos y llevar sus ofrendas.

—Hacia el atardecer todos salen a la calle para homenajear a la diosa y ver volar a los dragones que este año quieren someterse a la unión —me cuenta Coralina cuando advierte que observo el cesto que porta una familia repleto de flores, carbón, ramas secas y un par de vasijas de colores brillantes.

Asiento. Me lo ha contado muchas veces, aunque es la primera que participo en la celebración. Hoy, durante la fiesta de La Alianza, además de los honores y los rituales, también se formalizan las inscripciones para entrar en la Academia Fortaleza del Fuego. Todos los jóvenes de Maravernia de entre veintiún y veintitrés años, sin importar la procedencia ni el estatus social, tenemos tres posibilidades para conseguir una plaza de aprendiz. Después de inscribirse, los aspirantes tienen tres meses para demostrar que son los mejores en la disciplina elegida. Se puede escoger entre Letras, Alquimia, Ingeniería, Sanación o Combate, sin embargo, los que somos designados debemos inscribirnos obligatoriamente a la disciplina de Dracónidos. Quien consigue una plaza se queda el curso entero. Los rechazados pueden intentarlo al año siguiente, a menos que hayan agotado las tres oportunidades o ya sean demasiado mayores.

No tardamos mucho en dejar atrás el centro de la ciudad. Seguimos un camino que transcurre entre cultivos y, ante nosotros, enseguida aparece la muralla que rodea la ciudadela de la Fortaleza del Fuego. Es la fortificación defensiva más antigua de Maravernia y donde se halla actualmente la sede del gobierno y la academia.

—Ya hemos llegado —dice Coralina cuando notamos que el carruaje se detiene—. Adelántate, Beckett, y ve descargando el equipaje.

Su sobrino me mira de reojo, pero hace lo que le pide sin pronunciar palabra.

—Ha llegado el momento. Todos estos años… —empieza mi institutriz—. Soy consciente de que estarás en desventaja en algunas materias, pero no olvides que eres inteligente y muy capaz, Sienna, aprendes rápido.

Asiento. Le debo tanto… Ella ha sido mi ancla con el mundo civilizado. No solo ha sido mi profesora, durante todos estos años hemos pasado largas horas hablando de la ciudad, de los humanos y de cómo se vive en nuestra sociedad. También me ha traído montañas de libros para que pudiera comprender mejor la naturaleza humana y su comportamiento. Le estoy muy agradecida porque con ella he aprendido todo lo que podía aprender viviendo en una isla remota llena de dragones.

De forma distraída se lleva la mano al colgante de nácar que le regalé hace unos años y que adorna el escote de su blusa. Recuerdo muy bien ese día porque se le llenaron los ojos de lágrimas cuando se lo di. Llevaba tiempo modelando los de mi familia, y creo que se sintió halagada de que también hiciera uno para ella.

—Recuerda, aquí todo será diferente y tendrás que esforzarte para comportarte más como… una humana. Beckett me ha prometido que te ayudará a integrarte.

Pero yo apenas he vuelto a hablar con su sobrino y ahora mismo me siento demasiado sobrepasada como para pensar con claridad sobre lo sucedido en la isla.

—Dentro de tres meses deberás enfrentarte a la prueba de El Desafío para poder unirte a un dragón —me recuerda una vez más—. La lucha es tu debilidad, pero estas semanas ya hemos visto que se te puede dar bien. Y estoy segura de que serás la mejor en la disciplina de Dracónidos.

—Pero aun así no tengo asegurada la unión. Nadie la tiene —murmuro.

Todos estos años me he preparado para cumplir con mi función de designada, pero esto no significa que vaya a lograrlo.

—Así es, querida. —Coralina hace una larga pausa y me mira con esos ojos meticulosos que tantas veces he sentido que me evaluaban—. Si este año no lo consigues, lo intentarás al siguiente. Y, si no, todavía te quedará una tercera oportunidad.

Aunque ambas sabemos que también existe la posibilidad de que muera en el intento, nunca lo comentamos.

—Pero no podré regresar a Isla Refugio —digo con un deje de pesadez en la voz—. Quiero saber por qué.

Coralina me sigue examinando y no sé qué es lo que ve que hace que por fin responda a esa pregunta que todas las otras veces ha rehuido.

—Porque temen que, si tuvieras la opción de regresar, no pondrías todo tu empeño en ello —contesta con dureza.

Abro los ojos como platos.

—¿Quiénes? ¿Y qué sabrá nadie de mí?

Cuando quise saber por qué me enviaron al nido de Matrisa, ella me contó que, al ser una designada huérfana y sin parientes cercanos, algo muy infrecuente porque la mayoría nacían en familias de linaje ancestral, el gobierno decidió que me quedara en la guarida de los abandonados para poder aprender de los dragones y tener opciones de cumplir con mi destino. He estado allí catorce años sola, únicamente con la visita semanal de Coralina. ¿Por qué ahora le importo a alguien?

—Es el momento. Prométeme que cumplirás las normas —me pide sin responder a mi pregunta—. Esto ya no es Isla Refugio. Hay leyes que debes obedecer.

—Lo sé, Coralina. Te prometo que me comportaré.

—Venga. —Hace un gesto con la cabeza hacia el exterior—. Beckett te aguarda.

Al mirar por la ventana, lo veo esperando, recostado sobre nuestros baúles, con la mirada perdida y los mechones sueltos al viento. Coralina me sorprende cuando se incorpora del asiento y me envuelve en un abrazo que correspondo sin dudar.

—Ha sido un placer, querida, aunque tuviera que tomar durante años un preparado especial para los nervios. No sabes lo que he sufrido con tus dragones.

—Te echaré de menos —susurro.

Me río cuando se separa de mí e intenta meterme los faldones de la camisa dentro del pantalón. Me he cambiado de ropa en el barco, pero todavía no me he habituado a las prendas apretadas.

Coralina no se baja del carruaje y, justo cuando yo me apeo y cierro la puerta, ella da un par de golpes en la madera para que el conductor arranque.

—No le gustan las despedidas. Y a ti te ha cogido mucho cariño —me explica Beckett mientras observamos su partida—. ¿Estás lista, trenzas?

—Nunca he estado menos preparada —le contesto, aunque trato de sonreír—. Los designados de linaje ancestral primero. —Y le indico con la mano que avance.

Beckett se ríe y me guiña un ojo antes de empezar a cargar con el equipaje; y ese simple gesto hace que la incomodidad de antes desaparezca un poco y vuelva a sentirme mejor a su lado. En realidad, nos ayudamos mutuamente con los baúles y los morrales, y depositamos nuestras pertenencias donde nos indican unos guardias, en un rincón de la entrada en el que hay acumulados otros arcones.

Agradezco el aire fresco que nos da el pórtico de la ciudadela y, tras avanzar unos metros por debajo de la muralla, salimos al exterior y contemplamos por primera vez el recinto que será nuestra casa durante los próximos tres meses como mínimo, porque, si consigo unirme a un dragón, pasaré aquí el año entero.

La muralla se extiende a ambos lados y no consigo ver dónde termina, pero sí distingo que hay más de un portal de acceso y que varios aspirantes ya se encuentran formalizando su registro con los centinelas. En nuestro pórtico, el hombre fornido que lleva el registro tiene el rostro sudado y parece bastante fastidiado; tengo la sensación de que trata de quitarse de encima a dos aspirantes que no dejan de parlotear con él.

El patio que se despliega ante nosotros es amplio y terroso y está lleno de oliveras añejas con las ramas cargadas de aceitunas negras. En medio de la plantación hay un pozo de gran tamaño que ocupa casi la mitad del cuerpo de un montaraz y un camino rodeado de arriates de flores que lleva a la entrada de la torre principal. La atalaya es alta y ancha y sobresale por encima del resto de la fortificación.

—Por fin un Aladraga designado en la academia —dice alguien a nuestra espalda cuando nos dirigimos hacia el guardia.

Se trata de un hombre que viste muy elegante y parece haber salido de debajo del pasaje de la muralla.

—Han pasado décadas desde la última vez —añade—. Tu padre debe de estar emocionado.

—Buenas tardes, señor. La verdad es que hace años que me prepara para este momento —le cuenta Beckett—. Voy a hacer lo que haga falta para honrar el linaje de mi familia.

No parece que Beckett tenga prisa y ambos siguen hablando de la familia Aladraga y el inicio del curso. El intercambio se alarga demasiado y decido avanzar sin él porque estoy nerviosa y no sé muy bien lo que debo hacer.

—Vamos, no te hagas de rogar. ¿Cuántos vamos a ser este año? —oigo que pregunta el chico que está con el guardia—. Quiero saber qué opciones tengo de conseguir una plaza como aprendiz de letrado.

—A ver, Garry, si nos basamos en tu estadística: cero —ríe la chica menuda y pelirroja que se encuentra a su lado; tiene una voz dulce y melodiosa, unos ojos verdes muy bonitos y viste un conjunto de falda larga y blusa vaporosa ceñida con un cinturón ancho de piel.

—Cloe, por favor, así no ayudas —se queja el muchacho.

El chico tiene el pelo oscuro y corto, peinado con los mechones desordenados y un poco en punta. Es bastante alto, pero más bien delgado y, aunque su indumentaria resulta parecida a la de Beckett, los colores que luce son mucho más llamativos. Ninguno tiene aspecto de guerrero y, por lo que antes he oído, él parece haberse inscrito en la disciplina de Letras.

—Tener amigos para esto —añade el chico llamado Garry con fingida exasperación.

Advierto que el guardia detecta mi presencia y la expresión de alivio le invade el rostro.

—Avanzad, que tengo trabajo —ordena.

Pero ellos, en lugar de marcharse, se quedan a su lado y me examinan con curiosidad.

—¿Cuántos años tienes? —me pregunta el guardia, resignado a su compañía.

—Cumplí los veintiuno hace un par de meses.

—Sois todos unos polluelos —dice Garry, y me sonríe, pero yo solo puedo prestar atención a su camisa, de un color naranja chillón que nunca he visto.

—¡Como si tú fueras tan mayor! Eres un borrico —suelta la muchacha llamada Cloe entre risas.

El tipo los ignora y escribe mi edad en una hoja amarillenta con la punta de un carboncillo.

—¿Eres designada o vas a inscribirte en alguna disciplina técnica?

—Designada.

El hombre asiente sin cambiar su expresión de indiferencia, al contrario de lo que pasa con la pareja de entrometidos, que parecen todavía más interesados que antes.

—¿Nombre y familia?

—Sienna, de Isla Refugio de Dragones.

El silencio se extiende tras mi respuesta y los tres se me quedan mirando con sorpresa.

—Así que es cierto —murmura Cloe.

—Pero ¿cuál es el apellido de tu familia? —insiste el hombre después de recuperarse de la primera impresión.

Aprieto los puños y repito que quiero inscribirme como Sienna de Isla Refugio. Pero él sigue obstinado en que este no es el nombre de una familia. Mentira. El tipo no entiende que justo este es el nombre de la mía. Entonces, alega que para entrar en la academia tiene que saber mi apellido original, para comprobar en los registros oficiales que realmente soy la designada que afirmo ser. Al final Garry interviene para moderar la discusión:

—¿Y si buscamos un punto medio? Tu apellido siempre puede ser doble e ir acompañado de tu procedencia.

—Supongo que esto sí puedo hacerlo —murmuro, y mi voz suena derrotada cuando digo—: Sienna Kerr de Isla Refugio de Dragones.

El guardia se queja de que esto tampoco es posible, pero, Garry, con un movimiento que nadie espera, le quita el carboncillo y el papel y me inscribe con este nombre; me fijo en que en su pulgar brilla un grueso anillo de plata. Él le devuelve lo robado con una sonrisa de falsa inocencia y de inmediato nos empuja a las dos para alejarnos de la entrada.

—¡Ahí te viene más trabajo! —le grita al guardia, y señala a un grupo de jóvenes que están descargando sus baúles; al lado, veo que Beckett mira en nuestra dirección y se percata de que ya no estoy con ellos.

—Gracias por la ayuda —le digo a Garry; Coralina estaría muy orgullosa de ver que no he olvidado las formalidades a la primera de cambio.

—Oh, no, no me las des. Ha sido un acto de completo egoísmo —dice él mientras tomamos el sendero y lo miro con el ceño fruncido—. Hay leyendas marineras que hablan de ti, de esa misteriosa chica que vive entre dragones apartada del mundo y que solo se deja ver una vez al mes, cuando la luna alcanza su plenitud. Si te soy sincero, yo apostaba a que esto no era más que un cuento. Pero resulta que eres de carne y hueso y, ahora, además, nuestra amiga. ¡Este curso mejora por momentos!

Vaya, qué rumores más extraños corren sobre mí.

—No le hagas caso —dice Cloe mientras niega con la cabeza y sus ondas pelirrojas se mecen—. Es un bocazas que no siempre piensa lo que dice, pero su corazón es más grande que sus tonterías.

—Ahí te equivocas —la corrige él—, yo siempre…

No termina la frase porque escuchamos un fuerte aleteo sobre nuestras cabezas. Sorprendidos, los tres levantamos la mirada para contemplar el vuelo bajo de varios dragones. Un joven montaraz acompañado por dos adultos sobrevuela en círculo la academia. También distinguimos a un cavernoso que planea junto al que supongo que es uno de sus progenitores; estos son más pequeños que los montaraces, pero igual de impresionantes.

—Algunos llegaron hace días y los he visto sobrevolar la ciudad —dice Garry—. Pero hoy están muy cerca.

Nadie sabe cuántos vástagos de dragón se quedarán en la academia para participar en El Desafío y atarse a un humano. El número cambia cada año. Según he leído en los tratados de dracónidos de Coralina, se cree que entre ellos también hay elegidos por nuestra diosa y estos son los que sienten la llamada del lazo. Existe la teoría de que la cantidad final está relacionada con el equilibrio de fuerzas entre Drea y Zanno: cuando las huestes de demonios de agua crecen, también lo hacen el número de dragones que buscan la unión.

—Tengo que aguantar, tengo que aguantar, tengo que aguantar —musita Cloe.

El murmullo repetitivo y asustado de la chica me sorprende porque quienes se inscriben en la academia, tanto si son designados como si no, saben que tendrán que estar cerca de los dragones.

Sin embargo, no le puedo preguntar qué le ocurre. Un sonido que nunca antes he oído me hiela la sangre. Tardo unos segundos en comprender lo que sucede porque mi mente no concibe lo que ven mis ojos. Con un ruido cortante y una velocidad vertiginosa, el cuerpo del cavernoso adulto que antes planeaba con su cría cae a plomo hacia la entrada de la ciudadela; su figura desmadejada se mantiene fija en una extraña posición. Entonces dejo de pensar y actúo. Doy un fuerte empujón a mis compañeros e intento arrastrarlos lejos de la trayectoria final del cuerpo. Escuchamos los crujidos de algunas ramas al partirse, el golpe fuerte y seco del impacto y gritos de horror por todo el patio.

Tiemblo de pies a cabeza cuando me doy la vuelta y veo que el cuerpo del dragón yace a pocos pasos de nosotros, en medio del sendero. Aunque ha aplastado un par de olivos, no ha causado ningún daño humano. En ese instante se oye un rugido grave y lastimoso y la cría de cavernoso se lanza en picado hacia el cuerpo de su progenitor. Sortea con habilidad los árboles y, cuando aterriza a su lado, empieza a empujar la cabeza inmóvil del adulto con las patas. Nadie se mueve mientras observamos sus intentos de reanimar a su familiar. Incluso los gritos humanos de terror se han convertido en un silencio sepulcral.

Se me humedecen los ojos y los pies se me mueven solos para acercarme a ellos. Me sorprende ver que muchas de las escamas negras del cuerpo inerte del dragón están descoloridas y que su piel se halla plagada de manchas blancas. Tiene los cuernos ramificados y sé que es una hembra; en cambio, la cría es un macho porque los tiene más cortos y robustos.

Es su madre.

¿Está muerta?

No lo sé.

Intento acercarme un poco más, pero el joven cavernoso suelta un bramido estremecedor. Tiene las escamas de color azul noche y, cuando sus ojos dorados se encuentran con los míos, veo miedo y rabia en ellos.

—¡Al suelo! —grito al detectar un destello rojo en su garganta, y acto seguido me tiro y me cubro la cabeza con los brazos.

La llamarada ardiente me pasa por encima y escucho más gritos espantados de quienes contemplan la escena; solo espero que los que podrían llegar a ser mis nuevos amigos se hayan librado del fuego y no se hayan convertido en figuras carbonizadas.

—Sienna, ¡¿estás bien?!

No respondo al grito de pavor de Beckett porque no quiero volver a asustar al joven cavernoso. Cuando Drea nos bendijo con la unión con los dragones, nos dio a ambas especies la necesidad de protegernos mutuamente. No es habitual que un dragón ataque a un humano por diversión, pero sí se pueden dar casos de agresión cuando el instinto les dicta que están en peligro y han de defenderse.

Levanto la cabeza y lo primero que veo son los ojos dorados y enfurecidos del joven dragón; su pupila negra se alarga en una fina rendija. Su piel azul noche está punteada de dorado allí donde los nudos escamosos son más rugosos y tiene púas endurecidas alrededor de los ojos y los cuernos. Quiero ayudarlo, pero no puedo. Algo sale disparado y se le clava en la parte más delicada de la piel del cuello; apenas unos segundos después, la cría también cae inerte al suelo.

4

Me levanto de un salto para ver lo que ha pasado todavía conmocionada. ¿Quién ha matado al joven cavernoso? ¿Y cómo una simple flecha ha logrado abatirlo?

No sé de dónde ha salido tanta gente, pero ahora el patio está atestado de humanos que intentan entenderse entre ellos entre exclamaciones y frases apresuradas. Veo que alguien se acerca al joven dragón y le inyecta con una jeringa un líquido azulado en el cuello. Me fijo mejor y advierto que el dardo que tiene encastrado en las escamas de la garganta, entre las púas más tiernas, también alberga un depósito con restos azules.

—¡Sienna! —Beckett llega a mi lado y me abraza—. ¡Por Drea, me has asustado! Creía que ibas a morir.

—Estoy bien —murmuro y me separo para ver la verdad en sus ojos—. ¿Han matado a la cría? No es su culpa, él solo quería protegerse…

—Le hemos inyectado un elixir sedante, sería la más alta traición matar a un joven dragón dispuesto a someterse a la unión. —La respuesta me la da el hombre que antes hablaba con Beckett, que también se ha acercado y ahora examina el cuerpo de la dragona.

—¿Y la madre? —pregunto.

—Está muerta.

Ahogo una exclamación.

—¿Qué le ha ocurrido? —insisto.

—No lo sabemos…

El hombre se levanta y me mira con una expresión entre curiosa y agotada. Tiene una barba oscura bien recortada y viste una casaca negra y larga con botones plateados. Esta vez me fijo en el bordado del pecho e identifico enseguida lo que significan las dos «B» cruzadas por un hueso, el emblema de la familia Blackbone, uno de los linajes ancestrales más poderosos de Maravernia.

Oh, esto quiere decir que este hombre es…

—Tú debes de ser la muchacha de la isla, ¿me equivoco? —dice él—. Me llegó un informe de que este año vendrías a la academia. Has estado muy rápida. Muchos guerreros se hubieran visto atrapados por las llamas.

—Sienna, te presento al gobernador Orson Blackbone. No lo conoces, ¿verdad? —interviene Beckett.

—Me gustaría hablar algún día contigo con tranquilidad —añade el hombre—. Y, ahora, será mejor que os marchéis de aquí.

El gobernador Blackbone empieza a dar órdenes, la mayoría de ellas destinadas a vaciar el patio de curiosos. Varios guardias y trabajadores de la academia lo ayudan a que cumplamos la petición.

De repente, me sobresalto al acordarme de mis nuevos amigos y siento un alivio inmenso al comprobar que también han logrado evitar las llamas. Cloe tiene tierra en su bonita melena rojiza y sigue murmurando algo, pero ambos están enteros.

—Nos has salvado —dice Garry cuando me aproximo a ellos—. ¡Por todos los demonios de Zanno! La chica de la isla nos ha salvado.

En silencio, los cuatro nos unimos al grupo que abandona el patio. Seguimos a una mujer que nos lleva hasta un extenso solar ajardinado en el que hay varias edificaciones. Garry nos explica que es El Bastión, una de las principales zonas exteriores de instrucción. Los jardines están muy cuidados con parterres de flores y plantas aromáticas y, al lado de los senderos, hay higueras repletas de frutos maduros, encinas, pinos y almendros a medio recolectar.

Observo con interés los edificios, porque cada uno de ellos es muy diferente a los otros. La que más destaca es una construcción circular en forma de templo, con altas columnas esculpidas de piedra blanca. Si no fuera por el cartel de madera que cuelga en la entrada pensaría que es un santuario dedicado a Drea, pero aloja la enfermería de la ciudadela.

Pasamos al lado de otro bloque de piedra más largo que ancho, con ventanas muy estrechas, en el que podemos leer LA BOTICA y donde supongo que guardan los componentes alquímicos y los remedios. También hay una palestra con el área de combate delimitada por líneas pintadas con yeso blanco y dos grandes encinas que proporcionan sombra. Más lejos, cerca del recodo del río, distingo lo que intuyo que es una forja de herrero y el edificio de la armería.

No llegamos a cruzar todo El Bastión, sino que nos desviamos por una puerta lateral de la fortificación y entramos a un ancho comedor con mesas y sillas distribuidas por toda su superficie. Las paredes siguen siendo de piedra y el techo se sostiene por gruesas vigas de madera. Parece un mesón que esté listo para los preparativos de una gran celebración, porque todas las mesas están dispuestas con cerámica, cubiertos elegantes y cristalería brillante.

—Todo está a punto para la cena de esta noche —nos cuenta la mujer que nos ha conducido hasta aquí—. Pero no importa. Sentaos y enseguida vendrá alguien con infusiones para calmar los nervios.

—Que lleven melisa, azahar y hierbaluisa —interviene Cloe, quien, aunque sigue temblando y sin color en el rostro, parece tener muy claro lo que quiere—. Y que le pongan una onza de hojas de tilo, que…

La mujer la interrumpe e insiste en que nos sentemos. Después se marcha y tomamos asiento en una mesa cualquiera de seis comensales; Beckett se coloca a mi lado, muy cerca, y mis nuevos amigos usan las sillas situadas enfrente. Cloe practica algunas respiraciones profundas para calmarse. Garry se recuesta en la silla y se pasa las manos por los mechones oscuros y en punta; el color de su camisa me sigue pareciendo irreal, pero supongo que puedo soportarlo.

—Necesito la infusión ya —murmura Cloe—. Esta noche voy a tener pesadillas.

—Vale, ¿qué os parece si nos damos un respiro? —propone Garry, y deja escapar una fuerte exhalación—. Podríamos buscar un tema de conversación que no tenga nada que ver con los dragones, así Cloe se calmará antes.

Todos asentimos y esperamos a que siga. Él nos examina a Beckett y a mí con sus ojos marrones oscuros y, entonces, los entrecierra y tuerce una sonrisa pícara.

—Creo que ya lo tengo. Cuéntanos, Sienna, ¿cómo has hecho para ligarte a semejante ejemplar viviendo en una isla remota? —pregunta, y con un gesto de cabeza señala a Beckett—. Soy un tipo humilde y siempre estoy dispuesto a aprender nuevos trucos para seducir guerreros.

Siento calor en las mejillas, porque no entiendo cómo ha sabido tan rápido que ha pasado algo entre nosotros, en cambio, mi supuesto ligue suelta una carcajada relajada.

—Pues vaya tema más interesante —ríe él—. Mira, para empezar, tendrías que ser mujer.

—No te ofendas, Aladraga, estás bueno y tal, pero no pensaba en ti en concreto —sigue Garry—. Más bien quiero conocer su estrategia de flirteo.

—Yo no he hecho nada, creo que no sabría ni cómo empezar —le digo, porque, en realidad, ignoro cómo llegamos a ese beso.

—No le hagas caso, no tiene remedio —interviene Cloe—. Es un cotilla y no tienes por qué responder a sus preguntas…

La pelirroja no termina la frase porque se queda inmóvil con la vista fija en el centro del comedor. Las mejillas y las pecas de su nariz se le tiñen de rojo vivo, casi como si estuviera a punto de abrir la boca para expulsar una llamarada.

—Ha llegado el momento, mi preciosa Cloe. —Garry parece ser el único que sabe lo que le ocurre.

—No lo hagas. Por favor, no lo hagas. Todavía no estoy recuperada de lo del dragón.

Pero él la ignora y se levanta de la silla.

—¡Marv Blackbone! ¡Estoy esperando tu saludo!

Garry le está gritando a un chico atlético vestido con prendas de guerrero que habla con otro muchacho que se le parece mucho. No son idénticos, pero por semejanza deben de ser hermanos. Marv sonríe al verlo y le hace un gesto a su acompañante para que lo siga. Cuando llegan junto a nosotros, las mejillas de Cloe se han convertido en una guindilla picante.

—Garry Sanguinar, el único Sanguinar del que bebería una copa de vino sin comprobar que no está envenenada —ríe Marv mientras se dan un apretón de manos.

—El único también que te reconocerá que con este traje de combate enciendes chispas.

Entonces Garry alarga la mano para saludar al otro chico.

—Aksel —dice después del apretón—. Chicos, os presento a Marv y Aksel Blackbone, los hijos gemelos del gobernador.

Vaya. Los dos son muy guapos, atléticos, de musculatura firme y ojos grises. Tienen el cabello castaño, pero el de Marv es largo y está recogido en un moño, y el de Aksel es mucho más corto.

Toman asiento con nosotros y durante un rato Garry lleva el peso de la conversación. Nos cuenta que los gemelos tienen veintiún años y son designados, como Beckett y yo. Cloe también tiene nuestra edad y Garry es el mayor del grupo. Él ya ha cumplido los veintitrés y, con tono despreocupado, nos explica que esta es su última oportunidad para entrar en la academia.

Garry y Marv parecen los únicos que disfrutan de la charla porque son los que hablan y ríen más. La relación de Beckett con los gemelos es más bien distante. Aksel permanece recostado en la silla, con los fuertes brazos cruzados y una clara actitud de estar aguantando algo que lo fastidia. Y es evidente que a Cloe le pone nerviosa estar cerca de Marv y creo que son unos nervios todavía más incómodos que los míos con Beckett.

Cuanto más comparo a los hermanos, más parecido les encuentro y, al mismo tiempo, tienen algo que los hace distintos por completo. Ambos son muy atractivos, pero la expresión de Aksel es más áspera y el gemelo callado tiene una cicatriz que le parte en dos una ceja. Lleva el cabello corto con mechones más largos y ondulados que le caen desordenados sobre la frente. Solo he cruzado un par de miradas con él, pero sus ojos grises esconden más intensidad que los de su hermano y me hacen sentir como si estuviera ante un dragón al acecho.

Al final, inevitablemente, la charla se desvía a lo sucedido esta tarde y ahora todos intervenimos; incluso Aksel murmura alguna frase corta. Sin embargo, nadie sabe lo que le ha ocurrido a la dragona. Dicen que se la han llevado a la Bóveda Profunda, donde se encuentran las cámaras soterradas de la fortaleza, para examinar el cadáver.

Yo no dejo de preguntarme si el joven cavernoso habrá despertado y qué hará cuando vea que ya no tiene a su madre al lado. ¿Alguien le explicará lo que ha pasado? Aunque no hablan, sí nos escuchan y entienden lo que les queremos transmitir.

Me siento un poco incómoda cuando yo y mi vida en Isla Refugio pasamos a ser el tema central. Todos parecen sorprendidos de mi existencia, y también muy interesados. Ni siquiera los hijos del gobernador conocen mi historia. Sin embargo, resumir mi vida es algo que he practicado con mi institutriz y me siento bastante satisfecha de cómo me desenvuelvo. Además, Beckett me ayuda con aportaciones sobre sus últimas semanas entrenando conmigo. No sé si los humanos van a comprender la lealtad y el amor que siento por mi familia adoptiva, así que esto me lo salto y me limito a contar un poco mi día a día sin exponer mis verdaderos sentimientos.

Me he fijado en que Garry lanza ojeadas a Cloe que, desde que se ha bebido la infusión, ya no tiembla. Es posible que empiece a conocer a mi nuevo amigo, porque no me sorprende cuando interrumpe la conversación con su gracia habitual:

—Después de lo ocurrido esta tarde, los demonios de Zanno me están comiendo el cerebro. Puede que fuera un pésimo aspirante a guerrero y uno muy vago para la alquimia, pero creo que sí tengo madera de letrado. Así que, Cloe, por favor —su ruego suena divertido y exagerado—, necesito de tu sabiduría para que me quede algo de seso si no quiero que me expulsen por tercera vez. ¿Qué tónico me recomendarías?

Ella le ríe la broma y, cuando empieza a hablar de ingredientes y pócimas, se transforma en una chica resuelta y decidida que encandila al público con sus explicaciones.

—¿Sabéis que Cloe es la hija mayor de los Silvercrest? Y se va a convertir en la mejor alquimista de la historia de Maravernia.

Mi nueva amiga murmura algo de que Garry siempre está con bobadas, pero los ojos le brillan de emoción.

—Tengo muchas ganas de aprender con nuestro gran alquimista —nos cuenta—. Admiro al maestro Bellaflama. Él logró mejorar el antídoto contra el veneno de hidra que ahora salva tantas vidas en la frontera y sería un sueño conseguir una plaza para ser su aprendiz.

—Tú no lo sabes, Sienna, pero su familia regenta la botica mejor surtida de Puerto Alianza. Bueno, en realidad creo que es la mejor de todo el archipiélago —rectifica él—. Allí fue donde nos conocimos. Me ayudó mucho el año que intenté entrar en Alquimia. ¿Habéis estado en su tienda?

—Claro, ¿quién no? Solo por ver a esta preciosidad trabajando ya vale la pena hacer cola. ¿Sabes que me he fijado muchas veces en ti? —añade Marv dirigiéndose solo a ella con un tono suave y lento.

El chico ensancha una sonrisa engreída al comprobar que Cloe se sonroja y se remueve inquieta en la silla. Pero mi nueva amiga toma aire y no se deja intimidar.

—No, no lo sabía. ¿Y en qué te fijabas exactamente?

La pregunta sorprende a Marv y provoca la risa de Garry; supongo que ninguno de los dos esperaba que fuera tan directa.

—¿De verdad quieres que conteste delante de todos? —dice el gemelo con la voz todavía más melosa.

Me interesa mucho esta conversación porque diría que estos dos están coqueteando. Trato de recordar lo que sucedió con Beckett en mi cabaña, para analizar si esto también es lo que hicimos nosotros, pero la intervención de Garry me distrae.

—¿Sabes, Marv? A Cloe le encantaría visitar la botica de la academia. Tú que tienes privilegios, ¿podrías acompañarla?

—Ya estamos tardando —dice con una sonrisa satisfecha—. ¿Nos vamos, señorita Silvercrest?

El gemelo simpático se levanta y le tiende un brazo a Cloe. Sin despedirse, absortos en su propio mundo, se marchan.

—¡Y así es como se hace! —Garry me guiña un ojo y luego se dirige a Aksel—. Oye, hazme un favor y dile a tu hermano que no se pase de la raya con Cloe.

—Díselo tú, que eres quien la ha puesto frente al lobo —le suelta él con dureza, y entonces se levanta y se va.

—Y así es como no se hace —ríe Garry tratando de convertir en una broma la partida brusca de Aksel, sin embargo, creo que no le ha gustado la respuesta que le ha dado.

—Siendo un Sanguinar, ¿cómo es que eres tan amigo de un Blackbone? —le pregunta Beckett.

—Soy un tipo encantador e irresistible —contesta él—. Irresistible para todos menos para Aksel. —Se ríe otra vez, aunque luego añade con una mueca desagradable—: Bueno, tampoco mi familia me considera encantador, para ellos más bien soy un mierda cobarde, debilucho y demasiado charlatán. Supongo que esto explica que no tenga problemas para tratar con los Blackbone, ni ellos conmigo.

En Maravernia existen seis familias de linaje antiguo que fueron bendecidas por Drea con la aparición de los primeros designados. Todas siguen teniendo mucho poder e influencia y en muchas de ellas siguen naciendo la mayoría de los designados, aunque también aparecen en otras familias, como es mi caso.

Los Blackbone y los Sanguinar son dos de estos linajes y, desde hace muchos años, son rivales que se disputan las posiciones de poder. Su enemistad es casi legendaria. Pero también están los Aladraga, aunque Coralina me contó que su dinastía parece debilitada, porque Beckett es el único designado que ha nacido desde hace mucho tiempo. Luego tenemos la estirpe de los Bellaflama, los Fenrouge y los Portobrillo. Todos con cargos y actividades comerciales destacadas en la sociedad de Maravernia.

—Si te sirve, a mí me has parecido irresistible —le digo a Garry con una sonrisa. Nadie debería sentirse excluido de su familia por ser diferente. ¿Qué habría pasado si Matrisa me hubiera rechazado? Ahora estaría muerta—. Empiezo a sentirme muy agobiada por estar encerrada. ¿Nos vamos a dar una vuelta?

Mañana empieza el curso y esta tarde solo tenemos que instalarnos y participar en las celebraciones para honrar La Alianza, así que me paso el resto de la tarde explorando la ciudadela con Beckett y Garry. Es el tercer año que mi nuevo amigo intenta obtener una plaza en la academia y conoce bien el recinto. Nos hace de guía por las estancias de la fortaleza y los dormitorios comunes y también visitamos el perímetro exterior. Siento un poco de nostalgia al comprobar que, aunque estamos muy cerca del mar, la muralla que rodea la ciudadela no nos deja ver el océano.

Al atardecer, Cloe se reúne con nosotros; su sonrisa revela que lo ha pasado bien con Marv. Entre suspiros y risas divertidas, nos cuenta que han estado hablando todo el rato, que al final se han besado y que mañana han vuelto a quedar.

Como el resto de los aspirantes, los cuatro nos sentamos en las gradas de La Arena para contemplar el vuelo de los dragones que hoy dejarán sus familias para quedarse aquí, en la Guarida de los Sin Nido, el bosque y las cuevas que hay junto a la academia. Contamos hasta ocho jóvenes dragones: cinco montaraces y tres errantes. No son muchos y eso debería significar que la fuerza de Drea y de nuestros dragones sigue siendo fuerte para poder hacer frente a las hidras.

Todavía no sé cuántos designados nos hemos inscrito, pero en cada curso suele haber más bendecidos que dragones disponibles porque los humanos somos más frágiles y podemos morir en la prueba, y así hay más opciones para crear el lazo y asegurarse de que todas las criaturas de Drea consiguen una unión.

No hemos visto ningún cavernoso y esto me provoca una punzada de pena. ¿Cómo estará ese dragón?

Cuando por fin me meto en la cama, no puedo dormir. Mi cabeza es un enjambre de abejas que no dejan de zumbar mientras las imágenes y las conversaciones del día se repiten en bucle. Creo que incluso estoy temblando por dentro, sobreexcitada por todo lo vivido. Siempre me ocurre esto el día que visito la ciudad, tantos estímulos me sobrepasan. El problema es que ya no voy a regresar a mi isla ni a recuperar mi tranquilidad.

Me incorporo y miro el dormitorio en penumbra; la luz de un candil crea sombras entre las camas. ¡Somos tantos aquí dentro! Cerca de mi camastro están Cloe, Garry y también Beckett. Desconozco cuántos aspirantes nos hemos inscrito entre todas las disciplinas, pero no me equivocaría mucho si apostara a que entre ochenta o noventa jóvenes. Estos tres primeros meses somos tantos que tenemos que compartir espacio en los dormitorios comunes. En el nuestro hay más de treinta lechos y tratar de dormir junto a tantas personas tampoco me ayuda.

Saco la ropa de cama y con presteza me hago un nido en el suelo, debajo de mi catre. Y así, medio oculta por la madera y escuchando los ronquidos de mis nuevos compañeros, al fin, logro dormirme.