
Sonaba la medianoche en los relojes de París cuando entraron por la puerta de Saint-Jacques cuatro jinetes tan seguros de sí mismos como el trote firme de sus caballos. Habían mostrado pasaportes en regla a los soñolientos centinelas de la barrera, y franqueada ésta se internaron por las calles sombrías de la orilla izquierda del Sena, peligrosas a tan menguada hora, para cruzar el río por el puente de Notre-Dame. Dormía en silencio la ciudad, un ápice de luna turca troquelaba negros tejados y chapiteles, y a veces, al pasar junto a alguno de los pocos faroles y hachotes que alumbraban un portal o la boca de un callejón, su débil luz bruñía reflejos en el metal de las armas que los viajeros cargaban al cinto y en los ojos prevenidos, suspicaces, que escudriñaban la oscuridad bajo la ancha falda de los sombreros.
Así los vi doblar la esquina de la rúa o calle de Tirechape y adentrarse despacio, flojas las riendas y uno tras otro, en la pequeña plaza cercana al Louvre. Llevaba desde el atardecer esperando su llegada y bostezaba de sueño, y verlos me alegró el corazón. Dejé el libro que leía junto a la ventana, me ceñí la espada y la daga, cogí el candelabro encendido y fui a la planta baja. Al abrir la puerta los encontré detenidos delante: cuatro bultos negros bajando de los caballos que resoplaban de fatiga. Con sendos puntapiés desperté a dos criados que dormitaban en el zaguán para que se hicieran cargo de los animales y abracé al primero de los viajeros que se adelantó hacia mí. Olía éste a viaje, polvo y cansancio, y hasta casi a oscuras, como estábamos, se le reconocía la forma de cojear.
–Bien venido, don Francisco.
–Bien hallado, Íñigo. Mi querido chico.
Ya no lo era tanto. Tenía de sobra cumplidos los dieciocho, desde hacía seis meses vestía la honrosa casaca negra y amarilla de los correos reales del rey católico, y para entonces había recorrido a uña de caballo, haciendo tal oficio, tres mil leguas de buenos y malos caminos entre la corte de Madrid y Lisboa, Milán, París y Bruselas. Pese a mi corta edad, en aquel año veintiocho del siglo era viajero hecho, jinete plático y mozo bregado tanto en Flandes como en las galeras del Mediterráneo, así como en golpes de mano dados a la sorda, de los que no se fían a boca de pregoneros y requieren buen acero y pocos verbos. Todo eso lo había vivido, al comienzo como mochilero y después como amigo y camarada, siguiendo al segundo jinete que esa noche desmontaba ante la posada Le Cygne d'Or; que en parla gabacha, como sabrán vuestras mercedes, significa El Cisne Dorado, o de oro. Nombre del todo exacto por ser, como era, una de las mejores de la ciudad.
El segundo hombre del que hablo había cogido el portamanteo de la grupa de su caballo, daba las riendas a los criados y se dirigía al portal con tintineo de espuelas y acero. Y al detenerse ante mí, la luz del candelabro que yo sostenía en alto iluminó sus ojos glaucos y tranquilos sobre el espeso mostacho de soldado.
–Íñigo –se limitó a decir.
–Capitán –respondí.
Nos dimos un abrazo por el lado derecho, como solíamos los españoles, por la costumbre de cargar espada en el izquierdo.
–Estás fuerte –comentó al fin, palmeándome los hombros.
–Llevo una vida sana.
–Pues procura que te dure.
Detrás del capitán Alatriste sonó una interjección aragonesa y en ella reconocí de inmediato a Sebastián Copons. Pequeño, recio y callado como siempre, el veterano soldado me dio otro abrazo que casi me troncha las costillas. Como ocurría con el capitán, no había vuelto a verlo desde que a finales del año anterior nos habíamos separado en Milán, tras el fracaso en el intento de asesinar, en interés de España, al dogo de Venecia. Yo había regresado de allí a Madrid, provisto de cartas de recomendación y al amparo de don Francisco de Quevedo, que me acogió en la Corte como a un hijo mientras el capitán y Copons permanecían en el norte de Italia, participando en el asunto de la Valtelina, la invasión del Monferrato y el asedio de Casal con novecientos hombres del tercio de Nápoles.
Había un cuarto jinete, y a la luz del candelabro comprobé que me era desconocido. Se había destocado para sacudir el polvo del chapeo y advertí su aspecto flaco y ajado del camino. El cabello rubio, largo, recogido en la nuca con una coleta, y la barbita rala del mismo color contrastaban de modo notable en su rostro moreno, agitanado. Tenía ojos oscuros y desconfiados y un par de marcas en la cara de las que salta a la vista que no son de nacimiento. Yo estaba asaz acuchillado para reconocer gente peligrosa al primer vistazo, y aquél era pura flor de chanfaina: a tiro de arcabuz olía a soldado o bravonel de estocada, tal vez ambas cosas a la vez o una tras otra; y la mano que estrechó la mía al hacer las presentaciones se notaba firme pero cauta, acostumbrada a desnudar la toledana.
–Juan Tronera –lo nombró el capitán, y de momento eso fue todo.
Un rato después estábamos en una habitación del piso alto con los jubones desabrochados y refrescándose los viajeros con unas botellas de vino de Borgoña mientras se nos ponía al corriente de lo que nos congregaba en tal día, hora y lugar. Pues la cita en París, cuidadosamente preparada en esferas superiores –pronto íbamos a averiguar por quiénes y para qué–, era semejante a una jugada de ajedrez que combinase varios movimientos: el viaje desde Madrid de don Francisco de Quevedo, escoltado por Juan Tronera, y el hecho desde la fortaleza española de Milán por el capitán Alatriste y Sebastián Copons, unos por Burdeos y la orilla del Loira y otros por Turín, Lyon y Nevers, hasta encontrarse todos en Orleans y seguir desde allí, juntos, camino a la capital de Francia. En cuanto a mí, órdenes terminantes me retenían en París después de haber entregado, días atrás, unos despachos secretos a Álvaro de la Marca, conde de Guadalmedina, a la sazón embajador temporal extraordinario ante la corte del rey Luis XIII de Francia y su poderoso ministro el cardenal Richelieu. Esperar a los viajeros tras disponerles acomodo eran mis instrucciones; y una vez llegados, unirme a ellos y escuchar lo que don Francisco debía confiarnos. Así que en eso estábamos. Encaminados, como pronto comprobaríamos a nuestra costa, a nuevas aventuras y peligros.
–Francia se juega su futuro en estos tiempos –dijo don Francisco–. Y España tiene un papel difícil en eso… Muy delicado.
En pocas palabras, con el tono claro y preciso que gastaba, nuestro viejo amigo nos ponía al corriente de la situación. Después de las guerras civiles que por la religión habían agitado Francia, los protestantes de allí, llamados hugonotes, habían conservado territorios cuya obediencia escapaba al monarca –Luis XIII era apellidado rey cristianísimo, como nuestro Felipe IV era conocido como rey católico–. Hartos de rebeliones, resueltos a conseguir a toda costa la unidad política y religiosa, el rey y el cardenal habían puesto sitio militar a La Rochela, enclave maestro de la resistencia rebelde, socorrido por una Inglaterra siempre dispuesta a incomodar a Francia como lo hacía con España. Eso acercaba entre sí los intereses de las cortes de Madrid y París, haciéndoles aplazar los graves asuntos pendientes entre ellas.
–Hay en marcha algo que hasta hoy no convenía contar a vuestras mercedes –prosiguió Quevedo mientras se ajustaba los anteojos–, y ni siquiera yo penetro el fondo último del asunto… Baste, de momento, con decir que han sido enviados para una función especial relacionada con la presencia en París del conde de Guadalmedina.
–¿Por qué nosotros? –quiso saber el capitán Alatriste.
Hizo Quevedo un ademán evasivo.
–Es Álvaro de la Marca quien responderá a eso, porque él los requirió. Para ser exactos, exigió vuestro concurso personal, señor capitán, y el de otro hombre de vuestra confianza que conociese un poco la parla francesa… Vos mismo incorporasteis a vuestro amigo Copons a la partida, y lo de Íñigo se nos ocurrió al conocer sus idas y venidas como correo real –miró Quevedo al otro viajero–. En cuanto al señor Tronera, nos fue recomendado en Madrid: se maneja con la lengua, es hombre prudente y tiene experiencia en lances de estocada.
–¿Habrá estocadas? –quise confirmar.
–Puede haberlas.
–¿Y cuándo no las hubo, rediós? –sonrió Copons.
El capitán Alatriste escuchaba atento, pero de vez en cuando dirigía intensas miradas al llamado Juan Tronera, que se las sostenía con mucha calma.
–Desde que nos juntamos en Orleans –acabó por decir el capitán– llevo pensando que conozco de algo a este señor camarada.
–Y no os engañáis –repuso el otro con el mismo sosiego–. Aunque han pasado los años.
–¿Andaluz?
–Mucho… Soy cordobés.
–¿Soldado?
Asomó a los labios del tal Tronera una mueca fría.
–Lo fui largo tiempo, y supongo que se nota.
–¿Flandes?
–No, Italia. Nápoles, por más señas.
–¿Amigos comunes?
–Uno con voacé… Pascual Angulo.
Vi que palidecía el capitán, cosa extraña en él. A la luz de las velas que iluminaban la habitación, el verde de sus ojos se había tornado metálico. Pero no dijo nada. Tras un momento se limitó a asentir despacio, se pasó dos dedos por el mostacho y volvió a mirar a Quevedo.
–¿Y vuestra merced, don Francisco? –lo interrogó muy tranquilo–. ¿Qué chifle toca en esta galera?
Encogió los hombros el poeta. Sus anteojos habían resbalado y colgaban del cordón sobre la cruz de Santiago que llevaba bordada en el lado izquierdo del pecho. Había sacado su tabaquera y disponía una pulgarada de tabaco molido.
–Mi posición cerca del conde-duque de Olivares no es mala en los últimos tiempos, como sabéis –hizo una pausa para aspirar el polvo por la nariz–. Además, el rey me ve con buenos ojos y soy del agrado de la reina. Esa privanza, quizá sólo temporal, me trae satisfacciones y también compromisos a los que no puedo sustraerme. Éste es uno de ellos.
–¿No podéis precisar más?
Sonrió Quevedo, estornudó y volvió a sonreír.
–Digamos que ayudo a engrasar los goznes –repuso tras sonarse en un pañizuelo–. También hablo la lengua de aquí, y la reina Ana de Austria, que como sabéis es española y hermana de nuestro Cuarto Felipe, me tiene afecto desde que era princesita soltera y leía mis versos. Así que alguien pensó que mi presencia sería útil durante los primeros días.
–¿Y qué va a ocurrir en los segundos? –intervine yo.
Tras decir eso fui objeto de una larga y reflexiva ojeada por parte del poeta. Se había encajado de nuevo los lentes y me miraba de arriba abajo, cual si apreciase los cambios en mi aspecto –ya me afeitaba en serio y era buen mozo– y la seguridad de mis palabras. Has crecido, decían sus ojos. Mucho.
–Todo se contará a vuestras mercedes según acomode –dijo al fin–. Pero si de algo pueden estar seguros es de que no se aburrirán en Francia.
A las ocho y cuarto de la mañana, la residencia –el hotel, llamaban allí a eso– del señor de Tréville, situada en la calle o rúa del Vieux Colombier, era un ir y venir de gente de aspecto marcial. Una treintena de hombres armados ocupaban la puerta, el patio y las amplias escaleras que conducían al interior, conversando en ruidosos grupos o mirando las musarañas, y casi todos llevaban una casaca de paño azul o una cruz de ese color cosida en la ropilla o el herreruelo.
–Mosqueteros del rey –dijo Quevedo.
–Pues no veo ningún mosquete –comentó Diego Alatriste.
–Es una forma de llamarlos. Solamente los llevan cuando salen a campaña.
–Ah, pardiez… Será eso.
Cruzaron el patio sintiendo numerosas miradas fijarse en ellos. El austero vestido negro de Quevedo, con el lagarto rojo bordado al pecho, delataba nación hispana a tiro de escopeta. Y por contraste con los concurrentes del lugar, que como franceses alindaban la ropa con encajes, cintas y prendas de color, la sobria vestimenta de Alatriste, botas altas, calzón gregüesco y ropilla de paño gris con la única nota frívola en la pluma roja del sombrero, así como el fiero mostacho, la espada que cargaba al cinto y la daga atravesada en los riñones lo identificaban como español, y no de los que consentían les alzasen la voz. Por eso los hombres del patio y la escalera, aquellos azulones mosqueteros sin mosquete, cesaban en sus conversaciones para mirar a Quevedo con curiosidad y a su acompañante con recelo.
Un ujier los hizo esperar en lo alto de la escalera, desde donde Alatriste observó de nuevo el patio y a quienes lo ocupaban. No le gustaban los franceses, a los que –lo mismo le ocurría con los ingleses– consideraba enemigos naturales como español y soldado viejo que era. No había en ello encono personal, sino simple prevención ecuánime y hostilidad técnica. Desde muy mozo, primero como mochilero y luego con plaza sentada en los tercios de infantería, se había batido contra ellos en Francia misma, en Flandes y en Italia, y conocía sus virtudes y defectos: corajudos, vociferantes y animosos en el ataque, aunque de escaso fuelle en empresas prolongadas. Desprovistos, en fin, de la tenacidad silenciosa, impávida, que hacía a los españoles tan temibles en la defensa como implacables en el asalto, a la manera que había contado el poeta Fernando de Herrera:
Esos bravos que al turco en cruda guerra,
al moro, al anglo y al escoto airado,
derrotan al tudesco y al dudado
francés, y al belga en su brumosa tierra.
Les dieron paso, por fin, a través de pasillos adornados con pinturas, tapices y cortinas de terciopelo. No era aquélla la casa de un soldado, observó Alatriste, sino la de alguien que gozaba del favor del rey, así como de la fortuna que eso proporcionaba. El señor conde de Tréville, le había contado Quevedo cuando los dos venían de camino, era amigo de juventud del rey Luis XIII, con quien jugaba de vez en cuando al piquete, y sus mosqueteros constituían una especie de guardia personal del monarca, del mismo modo que el ministro Richelieu tenía la suya propia.
No era Alatriste de los hombres que hacen preguntas; y en aquel viaje, obediente a las órdenes como acostumbraba, había hecho muy pocas. Pero al entrar detrás de Quevedo en el despacho del señor de Tréville sabía lo suficiente para que no le sorprendiera encontrar allí, en conversación con el ilustre capitán francés, a su viejo conocido Álvaro Luis Gonzaga de la Marca y Álvarez de Sidonia, conde de Guadalmedina.
El mundo en general y París en particular, pensó mientras se inclinaba destocado y con el sombrero en la mano, eran un concurrido pañuelo.
Se desempeñaba Alatriste lo suficiente con la parla francesa, como con la italiana –treinta y dos años acuchillando a media Europa daban mucho de sí–, para comprender lo que allí se hablaba y para responder a las preguntas que de momento nadie le hacía. Así que se mantuvo descubierto, prudente y sin meterse en baraja. Guadalmedina, que había respondido a su saludo con un escueto alzar de cejas, presentó Quevedo a Tréville como poeta ilustre y hombre cercano a la casa real de España, y luego mencionó a Alatriste con el breve título de escolta y acompañante; aunque no pasó inadvertido a éste que al decir su nombre Guadalmedina había sumado el título de capitán, pretendiendo sin duda darle una categoría que justificase su presencia. Le dirigió Tréville –que vestía una elegante bata doméstica y era alto y fuerte, pintando ya algunas canas en el bigote y en el cabello cortado en media melena– una ojeada rápida y experta, de las que saben calibrar a los hombres en un solo golpe; y tras detenerse brevemente en los arañazos y marcas de la cazoleta de su espada retornó a la conversación con el conde y el poeta.
–Todo, pues, según lo previsto –dijo.
–Todo –confirmó Quevedo, palmeando la cartera de cuero que traía bajo un brazo.
–¿Y lo necesario?
–A disposición de vuestra excelencia. Y hay en París quien se ocupa del resto.
–En cuanto al embajador español…
Intervino Guadalmedina. Lucía, como era su estilo, bigote y perilla finamente cincelados. Calculó Alatriste que frisaba ya los cuarenta, que llevaban dos años sin verse y que el aristócrata no había perdido un adarme de apostura ni arrogancia. En ese momento apoyaba, negligente, un puño en la cadera, sobre un hermoso vestido de raso verde con cabos de plata.
–El marqués de Mirabel sigue ajeno al negocio y prefiere mantenerse así –sonrió con elegante desdén–. Soy yo, con mi embajada extraordinaria, quien lo dispone todo.
Asentía el señor de Tréville, tranquilizado en apariencia. Quevedo le pasó la cartera al francés y éste empezó a abrir los documentos rompiendo el lacre de los sellos. Se veía satisfecho, y aún más después de desliar un paquete que contenía cuatro gruesos cartuchos de piezas de oro.
–Ningún recelo por parte de nadie, entonces –comentó complacido.
–Ninguno, como veis.
Así que era eso, comprendió Alatriste a medida que advertía la tramoya. En el triángulo de intereses y rivalidad entre Francia, España e Inglaterra, todos tallaban fuerte sobre el tapete; y Felipe IV y su ministro Olivares no se quedaban atrás. En aquel tiempo a menudo venal, las dádivas o regalos no eran inusuales. Si se veía corriente que una dama escotase su bolsa –o la del marido– al hombre que la encandilaba, también era común cortejar con pródiga mano la indulgencia y favor de los poderosos, incluso ministros y monarcas, y nadie se avergonzaba de encajar dinero cuando no implicaba traición a la patria o al rey. Con oro español se fraguaban por toda Europa cimientos de innumerables palacios, se abrían puertas y propiciaban aficiones. Gracias a las minas de México y Perú –y también a los banqueros genoveses que adelantaban caudales–, España practicaba sin disimulo esa forma de atraer voluntades, tan comentada por el propio Quevedo en algunos de sus famosos versos:
¿Quién hace de piedras pan
sin ser el Dios verdadero?
El dinero.
De tal modo, con gesto ostentoso o discreto según el caso, los embajadores del rey católico sembraban de doblones las cortes de Europa en procura de buena cosecha, incluso aquellas con las que España se encontraba en guerra o se iba a encontrar. En el caso de Francia, a nadie escapaba que, resuelto el asunto de La Rochela, la guerra sería estocada de conclusión. Ya lo era aunque a la sorda en el norte de Italia, en el famoso Camino Español que iba de Milán a Flandes, donde Diego Alatriste había estado bregando hasta unas semanas atrás. Lo que no dejaba de tener su siniestra gracia, pensó. A unos les adeudaban medio año en pagas –ni Sebastián Copons ni él habían visto un maravedí desde enero– y a otros les metían doblones hasta por las orejas. Que mejor le iría a la austríaca monarquía, con el oro y plata derrochados –hasta en afirmar la inmaculada concepción de María se gastaba en Roma dinero–, pagar mejor a los soldados y armar galeones.
–Demasiados gabachos –dijo Copons, mirando en torno.
Me eché a reír al escuchar eso.
–Estamos en la capital de Francia, Sebastián… Es natural que los haya.
–Demasiados, digo –insistió el aragonés, que apuntaba codicia de soldado–. Nada que no solucionen unos tercios españoles y un saqueo en regla. Porque ciudad rica sí parece.
–Lo es –repliqué divertido–. Capital de un país fértil, abundante en ríos y campos benditos por Dios.
Movía la cabeza el veterano, admirado de cuanto veía. Paseábamos por la isla situada entre los dos brazos del Sena. Yo le mostraba lo que conocía de la ciudad, su grandiosa edificación y aquella multitud de gentes, artes y oficios que la afamaban como una de las urbes más admirables de Europa.
–En eso tienen suerte –dijo Copons–. No como la infeliz España, donde cada mendrugo hay que pelearlo.
–De ahí los buenos soldados que nos salen –concluí.
–No nos queda otra: lobos somos, y el lobo come de lo que hurta… En mala hora íbamos a andar acuchillando el mundo por cuatro maravedís, si tuviéramos una parra que nos diera sombra, un buen guiso humeando en la cocina y un mazo de naipes de Orihuela para entretener el ocio.
–O un buen libro, Sebastián –reí.
–Bueno, sí. También un libro, claro… Para el que lea.
–De todas formas –añadí tras pensarlo un poco más–, tampoco España está tan mal: encuentra el pícaro ocasiones, recurre el sosegado a los hábitos y a los corazones valientes no faltan campañas. Nadie se muere de hambre aunque el hambre quiera matarnos a todos.
–Pues sí… Es una forma de verlo.
Le hice volverse hacia nuestra izquierda, donde se alzaban las dos grandes torres de la catedral.
–Mira qué iglesia, anda. ¿Qué te parece?
–Pues como la iglesia mayor de Huesca, ¿no? –arrugaba el entrecejo con arrogancia española–. Sólo que un poco más grande.
Indiqué un lugar al otro lado del río.
–Allí está la plaza que llaman de la Grève, donde ajustician a los condenados a muerte.
Advertí que se tocaba instintivamente las medallas de santos que llevaba al cuello, parrilla de San Lorenzo incluida.
–Pues que nunca nos veamos en ella, ¿no?
–Amén –coincidí.
De vez en cuando mi camarada se volvía a observarme con admiración.
–Conoces bien París. ¿Cuántas veces has venido?
–Ésta es la tercera.
–Cagüenla –miró el cuerno y la corona que yo llevaba bordados en el hombro derecho–. Eso de los correos reales te hace viajar, por lo que veo.
–Mucho.
–Es bueno ver mundo, y no siempre entre zurrear de arcabuces.
Sonreí evocador. Cinco años con el capitán Alatriste daban de sí.
–Algo he visto de las dos maneras –dije.
–¿Y cómo fue que entraste en el cuerpo?
Se lo conté en pocas palabras. Don Francisco de Quevedo me había recomendado en la Corte después de lo de Venecia; y como el conde de Guadalmedina tenía comprado el cargo de correo mayor del reino desde la muerte del conde de Villamediana –sólo por revender los cargos subalternos se embolsaba diez mil escudos por año–, todo pudo hacerse con facilidad.
–¿Y estás a gusto?
–Lo estoy.
–Debe de ser agradable viajar con privilegio real, prioridad en las postas y todo eso –me guiñó un ojo–. Seguro que las mozas de las ventas gotean agua de limón cuando bajas del caballo, y que no te es ajena la coplilla:
Las blancas y las morenas,
todas me parecen buenas;
pero ninguna mejor
que las mujeres ajenas…
Canturreó por lo bajini, amagando palmas. Sonreí, desengañándolo.
–No hay tiempo para eso. Ir de Madrid a Bruselas o Milán en dos semanas deja pocos ratos libres. Y llegas con los huesos molidos, buscando una cama donde tumbarte.
–Pues como la iglesia mayor de Huesca, ¿no?
–¿A solas?
Reí, divertido.
–Casi siempre.
–¿Cuántas postas haces por jornada cuando llevas despachos?
–Unas treinta leguas en veinticuatro horas.
–Rediós… ¿Lo pagan bien?
–Cinco reales por legua.
–Nada mal, entonces.
Sonreí escéptico.
–Eso cuando cumplen, que no es siempre. A los que tienen el cordón de la bolsa les cuesta soltar uno de a ocho más que a un turco un avemaría.
–Conozco la música, chico. A mí me lo vas a contar.
–Pues calcula los atrasos que tengo pendientes… Por menos es capaz de amotinarse un tercio de infantería.
–¿Y no topas con salteadores de caminos y otra gente bellaca?
–Procuro evitarlos. En zonas malas me escoltan, y siempre llevo dos pistolas, espada y daga. Nunca tuve malos encuentros hasta ahora.
Movía Copons la cabeza, impresionado.
–Te admiro, zagalico.
–Pero os echo de menos, Sebastián –admití–. A ti, al capitán y a los otros camaradas.
–Tonterías… Como simple soldado acabarías en carne de cañón igual que Alatriste y este que ves. Ahora tienes un futuro… Lope Balboa, que en gloria ande, estaría orgulloso de ti.
Sonreí agradecido por el recuerdo de mi padre, muerto combatiendo en Jülich.
–Hago cuanto puedo porque así sea.
–Habla un buen hijo –aprobó satisfecho Copons–. Bendita la rama que al tronco sale.
Llegábamos a la obra magnífica que los franceses llamaban Pont Neuf, o Puente Nuevo. La estatua ecuestre de Enrique IV, llamado el Bearnés, padre del rey Luis de Francia, estaba en su parte media, rodeada de una verja para mantenerla apartada de los vendedores de libros allí apostados y del gentío que llenaba el lugar, embotellado de carruajes. Corriente abajo se alzaban las dos torres que vigilaban el río: la de Nesle en la orilla izquierda y la del Louvre en la derecha. Había embarcaciones por todas partes y los rayos del sol centelleaban en las innumerables ventanas del palacio real.
–Ese rey fue protestante antes de ser católico, ¿no? –se interesó Copons.
–Sí –confirmé–. Le era obligado para acceder al trono, así que cambió de caballo en mitad de la carrera… París bien vale una misa, dijo.
–Nada tonto, el mozo.
–No lo era. Acabó siendo popular, aunque no para todos. Un fanático llamado Ravaillac le dio de puñaladas.
–Mala suerte, oye. Pero a fin de cuentas era un rey francés. Que se joda.
–Sí –sonreí–. Es una forma de verlo.
–¿Y qué fue del asesino?
–Lo descuartizaron ahí donde te dije, en la Grève.
Miró Copons en torno, suspicaz, y bajó mucho la voz.
–Lo mismo habrían hecho con nosotros en Venecia si hubiéramos conseguido despachar al dogo. ¿Te acuerdas?
–Sin duda –confirmé–. ¿Cómo olvidarlo?… Por cierto, ¿qué tal anda el moro Gurriato?
–Bien, que yo sepa. En Casal lo dejamos bueno de salud con el tercio de Nápoles, degollando a mantuanos y calvinistas… Lo único que lo incomoda es el frío que hace allí.
–Gran personaje.
–Sí que lo es –Copons pareció recordar algo–. Y ya que hablamos de viejos conocidos… ¿Tienes noticias de Gualterio Malatesta?
Se me oscureció el ánimo al recordar al sicario italiano.
–Ninguna –repuse–. Desde la isla de los Esqueletos parece habérselo tragado la tierra… Alguien dijo haberlo visto en Madrid o Sevilla, pero nada más.
–Espero que lo que nos trae a París no sea como lo de Venecia… Me fastidiaría acabar hecho cuartos para jolgorio de los gabachos.
Habíamos dejado la estatua ecuestre a la espalda, y tras admirar el ingenio de agua y el reloj de la Samaritana, que los franceses decían único en el mundo, nos internamos en la plaza Dauphine, donde estaban los comercios elegantes de la ciudad, joyeros, sederos, tapiceros y otros oficios de mucho momento: un ambiente parecido a la calle Mayor y la puerta de Guadalajara de Madrid, pero más espacioso y concurrido. Había carruajes haciendo la rúa o detenidos ante las tiendas, con damas y gentilhombres de calidad entrando y saliendo de ellas. A diferencia de las ciudades de España, donde hasta los barberos ceñían espada y todos se daban aires de hidalgo, pocos parisinos iban armados.
Copons lo miraba todo con avidez. Deslumbrada, a contrapelo, su sencillez de rudo soldado.
–Ridiela, vaya ciudad –admitió al fin con un suspiro–. Ni Madrid, ni Bruselas, ni Milán… Sólo Nápoles se puede comparar, y aun así queda lejos.
Se volvió a señalar la estatua del caballo.
–¿La rebelión de los herejes calvinistas tiene que ver con que estemos aquí?
–Eso insinúa don Francisco. Pero no sé más que tú.
Chascó el aragonés la lengua, receloso.
–Sea lo que sea, huele a danza de temerarias. Y en eso tengo el rabo pelado. No traen a gente como nosotros para bailar la zarabanda, o lo que diablos bailen en Francia… Ni va a ser sebo de cabrito ni miel de Leganés.
–Pronto lo sabremos.
Dejamos atrás la plaza y salimos de la isla por el puente de Saint-Michel, tan bordeado de casas y tenderetes que impedían ver el río.
–Ese Juan Tronera… –comenté, preocupado.
Se sorprendió Copons de mi tono. Habíamos dejado a nuestro compañero de viaje en la covacha de un boticario próxima a la posada, en procura de remedio para un dolor de muelas que, según dijo, parecía partirle el alma.
–¿Qué pasa con él?
Moví la cabeza, dubitativo.
–Tuvo algo en Nápoles relacionado con el capitán Alatriste, o eso parece.
–Ya lo oí, pero no recuerdo al fulano.
–Ni yo tampoco.
Dimos unos pasos en silencio, rumiando el asunto.
–En cualquier caso –concluyó Copons–, se barrunta hombre de hígados.
–Lo es –repuse–. Y eso puede ser bueno, pero también puede ser malo.
Guardó el señor de Tréville oro y documentos en un cofre con cerradura, se metió la llave en un bolsillo y pasó a una plática más ligera, interesado en conocer noticias de la corte de Madrid. Su tono con Guadalmedina seguía siendo amistoso, casi familiar; y supo de ese modo Alatriste que el padre del señor de Tréville y el del conde español, el viejo don Fernando Gonzaga de la Marca, habían trabado amistad en la batalla de Ligny, durante las guerras de la Liga Católica del pasado siglo, cuando el francés fue hecho prisionero por el español y éste se condujo con hidalguía haciendo curar sus heridas y facilitándole un pronto rescate.
Durante la charla entre Tréville, Guadalmedina y Quevedo, el primero había estado dirigiendo miradas a Alatriste, que permanecía de pie en un ángulo del despacho y sin despegar los labios. Al fin expresó su curiosidad por él; y Guadalmedina, por primera vez desde que el capitán había hecho acto de presencia, pareció dedicar a éste su atención.
–Le cuida las espaldas al señor de Quevedo en este viaje –dijo fríamente–. Es hombre conocido por nosotros, serio y de fiar.
–Muy de fiar –apostilló rotundo Quevedo, con más entusiasmo.
Al oírse nombrar, el silencioso Alatriste había posado sus ojos tranquilos en Guadalmedina, advirtiendo que esa mirada incomodaba al aristócrata. Llevaban sin verse desde que se desbarató la conjura contra el rey Felipe IV en El Escorial, y era obvio que al amigo y favorito del monarca español no le complacía recordar ese mal trago. Sin embargo, pese a la despareja posición de cada cual, el conde no era insensible a ciertos puntos de honor; y tras un momento de reflexión pareció arrepentirse de su propia sequedad.
–Conozco al capitán Alatriste desde hace quince años… –dudó un momento antes de proseguir–. Me salvó la vida siendo yo mozo, en las Querquenes.
–Soldado viejo, entonces –confirmó Tréville.
–Y de los buenos –apostilló Quevedo.
Una rápida sonrisa cruzó los labios del capitán de los mosqueteros de Luis XIII.
–Mordieu… Se habrá batido contra franceses, imagino.
Todos miraban a Alatriste, así que éste no tuvo otra que hablar por primera vez.
–Así es, excelencia.
–¿Muchas veces?
–Desde el año noventa y seis he tenido el honor de hallarme en casi todas las funciones.
–¿La última?
–Hace cuatro semanas aún estaba en Casal, con las tropas de don Gonzalo Fernández de Córdoba.
Frunció Tréville el ceño. En la guerra todavía no declarada que se libraba en el norte de Italia y los pasos alpinos, las tropas francesas socorrían a la guarnición de la plaza cercada por los españoles; aunque de modo oficial ni unos ni otros hicieran semblante de saber nada.
–¿Y cómo veis aquello –se interesó–, pues de allí venís?
–Difícil, excelencia. Incierto tanto para los vuestros como para los míos.
–¿Creéis que acabará habiendo guerra abierta entre Francia y España?
Miró Alatriste de soslayo a Quevedo y Guadalmedina.
–Hacer pronósticos no es mi oficio –repuso, cauto–. Como soldado, me limito a combatir cuando me lo ordenan.
Volviose Tréville a Guadalmedina con aire satisfecho.
–Es hombre discreto el vuestro –opinó–. Y su condición de veterano salta a la vista… Debe de manejar bien la tizona que lleva al cinto.
–Absolutamente –confirmó el conde–. De eso doy fe.
Movía Tréville la cabeza, pensativo, cruzadas las manos a la espalda sin apartar los ojos de Alatriste.
–¿Realmente es tan diestro como decís? –inquirió al fin.
–Y aún mejor –intervino Quevedo.
Emitió el francés una risa queda.
–Me gustaría verlo tirar con alguno de los míos… Con espadas negras, por supuesto.
–Me cuadra –dijo Guadalmedina con sonrisa de lobo.
–Podemos apostar cincuenta pistolas a los tres primeros botonazos –se animaba Tréville–. Para el que venza, naturalmente.
–Me sigue cuadrando –volviose el conde hacia Alatriste–. ¿Qué opinas tú, capitán?
Atendía éste impasible, sin mover un músculo de la cara. No asamos y ya pringamos, pensaba sombrío.
–No soy un mono de feria, excelencia.
–Cincuenta doblones no es ninguna tontería. Tu bolsa…
–En mi bolsa, aunque esté vacía, mando yo.
Las últimas frases las habían intercambiado con rapidez, en español, y Tréville, aunque no hablaba la lengua, advertía el tono. Moduló una mueca orgullosa, casi despectiva.
–No importa, olvidémoslo… Quizá hace bien vuestro hombre en no aceptar el desafío.
Fue la sonrisa lo que picó a Alatriste. La mirada reprobadora de Quevedo y el despecho de Guadalmedina se le daban un ardite, pues ambos lo conocían de sobra; pero el sarcasmo del gabacho era flor de otra maceta. Sintió subirle un golpe de calor a la cara y un hormigueo familiar en la punta de los dedos. De no ser de tan diferente condición, le habría gustado invitar al propio Tréville a verse ambos en un prado discreto, cuya hierba estuviera pidiendo a gritos que alguien se tumbara en ella. Pero cada uno era cada cual, lo alto arriba y lo demás abajo, y nada podía hacerse con eso.
–En tal caso… –empezó a decir Guadalmedina.
Se pasaba Alatriste dos dedos por el mostacho, pensativo, y al cabo sacudió la cabeza. Al diablo todo, se dijo. Bien venga el mal si viene solo.
–Nada de espadas negras –dijo apoyando la mano izquierda en la empuñadura de la suya–. Si hay que batirse, yo lo hago con ésta.
Pestañeó Guadalmedina, cogido a contrapelo, y se alarmó Quevedo. Eran conscientes de que Alatriste y su espada estaban en París para asuntos de otra índole, pero ya era imposible volverse atrás. Por su parte, el francés se mostraba
complacido. Todavía escrutó a Alatriste un momento, con sorprendida fijeza. Después hizo sonar una campanilla, moviose la cortina de entrada y apareció un secretario.
–Buscadme a Athos –ordenó Tréville.
