UNO
Skarstad
Silla Nordvig creía en las pequeñas señales que los antiguos dioses dejaban a los mortales: el cielo rojo que presagiaba sorpresas, la flíta que anunciaba cambios y el halcón negro que auguraba la muerte. Sobre todo, sabía que la mala suerte venía de tres en tres, así que no debería haberla sorprendido que aquellas desdichadas campanas empezaran a sonar. Aun así, se sobresaltó.
Se lavó la masa de pan de las manos y se las secó en la áspera tela de su falda casera. «Cenizas», pensó. La semana le estaba pasando factura.
Todo había empezado a torcerse cuando Olaf el Rojo había pedido el pago del alquiler una semana antes de lo previsto, lo que había tensado al máximo su escaso presupuesto. Después, Silla se había quemado el pulgar mientras sacaba tortas de cebada de las brasas, y se le cayó toda la hornada al fuego. Los cereales eran cada vez más caros; después de tres largos inviernos seguidos, las plantaciones eran escasas y la cosecha iba a ser nefasta. Silla se había ganado una severa reprimenda por su error.
Y ahora, el tercer infortunio de la semana: esas horribles campanas.
Silla se alisó el bordado floral del cinturón de su delantal azul, el mismo que llevaban todas las empleadas domésticas del jarl Gunnell, y salió. El tintineo de las llaves de hierro anunció la llegada de Bera, la esposa del jarl Gunnell y ama de las llaves. Silla se colocó rápidamente en la fila y apretó los dedos mientras Bera las contaba.
—Doce. En marcha, muchachas —les indicó con voz suave—. Esperemos que esto sea rápido. Para todos los afectados.
Una ligera brisa le acarició el rostro a Silla y le sacó varios bucles castaños de la apretada trenza mientras avanzaba por el sendero. Para ser un día gris, hacía un calorcillo agradable; el sol estaba oculto por las nubes. Una avispa se le acercó a la cara zumbando y se la apartó de un manotazo. Los pájaros trinaban en los jardines de la granja. Por un instante, se respiraba paz. Hasta el siguiente tañido de la campana, tan largo y tan fuerte que a Silla le temblaron hasta los dientes.
Acompasó sus pasos a los de las demás, sin perder de vista las faldas azules de la chica que iba delante de ella. Caminaban en fila india por la senda llena de surcos. A Silla no le hizo falta mirar para saber que el jarl Gunnell y sus hombres —guerreros, mozos de cuadra y trabajadores del campo por igual— iban detrás. El conde era uno de los pocos miembros de la nobleza que no utilizaba esclavos traídos de Norvaland, pero si lo hubiera hecho, ellos también lo seguirían. Las campanas eran un gran elemento de igualdad que exigía la presencia de todos los habitantes de Íseldur mayores de diez inviernos, fueran de la clase que fueran.
Silla miró hacia los establos, pero no vio a su padre. Estaría entre los trabajadores del campo, con la túnica gris manchada de tierra.
Estaría limpiándose la suciedad de la cara, preocupado por ella, por ellos, tal vez pensando que llevaban demasiado tiempo en Skarstad. Sería hora de empezar de nuevo. Otra vez.
Caminaron por la senda de tierra y cruzaron un portón en los muros de la aldea, entre casas de madera con tejados de paja. Ante las casas se apilaban ordenadamente pilas de leña y los huertos rebosaban de hierbas y verduras. Skarstad en sí era pequeño y anodino, como la mayoría de los pueblos de las tierras de Sudur. Silla lo sabía bien; había vivido en muchos de ellos. Con una distribución esmerada y rodeado de altas murallas de defensa, el pueblo tenía dos calles principales que se cruzaban en un patio central arbolado. El salón de celebraciones estaba bien cuidado, habían barrido los escalones a conciencia y la plaza estaba teñida de sangre.
Las campanas se oían con más fuerza a medida que se acercaban a la plaza; cada tañido era más amenazador que el anterior. Los sonidos hacían vibrar los huesos de Silla, constriñendo sus entrañas cada vez más con cada paso. Hombres y mujeres, mercaderes y campesinos se les unieron hasta que el camino se llenó de gente. Por fin, doblaron la esquina que daba al patio central. Silla se acercó arrastrando los pies al imponente guerrero klaernar, que estaba plantado junto a una carreta colmada de rocas negras y afiladas, e iba dando una a cada persona que accedía al patio. Silla mantuvo la mirada gacha mientras esperaba, sabedora de lo que vería si levantaba la vista. En la plaza flotaban unas voces apagadas que rogaban. Suplicaban.
«Es en vano», pensó con desazón.
La opresiva presencia del guerrero klaernar que se cernía ante ella sofocaba el ambiente. También llamados Garras del Rey, los klaernar eran físicamente imponentes, y Silla clavó la mirada en las botas del guerrero. Estaban desgastadas y manchadas de tierra, algo que le pareció extrañamente reconfortante; no dejaba de ser una prueba de que era humano. Si alzaba los ojos, Silla vería que llevaba una camisa de cota de malla negra, con unas placas en los hombros de plata brillante y grabadas con un oso de fauces abiertas. Sabía que vería tres marcas de garras tatuadas en la mejilla derecha del hombre.
Había oído rumores de que los segundos hijos de Íseldur no solo cambiaban físicamente al recibir la garra, también lo hacían mentalmente. Algo sucedía cuando sometían su cuerpo al Ritual y se consagraban al rey Ivar y a su dios Oso, Ursir. Por diminuta que fuera su estatura antes del Ritual, regresaban transformados: altos y robustos como montañas, con el ceño fruncido en su rostro recién entintado. Se decía que llevaban la bendición de Ursir en las venas, lo que no hacía sino aumentar el desasosiego de Silla.
Cuando el Garra del Rey le colocó en la palma un trozo de obsidiana en bruto, Silla notó que se le hundía la mano por el peso. Se quedó mirando la superficie plana y brillante. ¿Cómo podía ser algo tan hermoso y tan horrendo a la vez?
Las campanadas clamorosas la sacaron de sus pensamientos; en la plaza eran tan potentes que resultaban casi ensordecedoras. Silla avanzó dando tumbos, con los ojos desorbitados, en busca del azul de las empleadas domésticas del jarl Gunnell. No sabía cómo, pero las había perdido de vista. Silla levantó el rostro, solo un instante, para recobrar la compostura.
Fue un error; lo sabía, pero no pudo evitarlo. Tres grupos de columnas en forma de V se alzaban desde el estrado circular del centro de la plaza, en cuyo corazón había una piedra rúnica a modo de altar. Cada persona condenada estaba inmovilizada en un pilar de madera, con los brazos extendidos y los pies juntos en la base. Unas máscaras de hierro les cubrían la cara y ahogaban sus voces. Lástima que esos artilugios no les ocultaran los ojos; aquellas desafortunadas almas lo veían todo: la multitud, las piedras, la inminencia de la muerte. La espera era parte del castigo, supuso Silla.
Temblorosa, se quedó mirando a la mujer del centro. Tenía la mirada desorbitada por el miedo y le brillaba el blanco de los ojos. A Silla se le cayó el alma a los pies cuando se dio cuenta de que no era una mujer, sino una adolescente. El rostro de la niña se desdibujó, sus ojos marrones se convirtieron en el verde intenso de madre, lo que la obligó a apartar la mirada…
No.
Con una exhalación trémula, se obligó a mirar al suelo. No era el momento de que afloraran esos recuerdos.
—¡Siguiente! —rugió el klaernar, y eso la despertó del trance.
Silla buscó con la mirada a las faldas azules y marrones que había a su derecha y se dirigió rápidamente hacia el grupo.
La niñita rubia estaba con ellas, tan pequeña y fuera de lugar entre las sirvientas del jarl Gunnell. Llevaba el pelo despeinado, pegado al cuello, y tenía la cara sucia. La pequeña la miraba con unos intrigantes ojos azules, que se curvaban por el rabillo exterior, mientras jugueteaba con el dobladillo de su camisón raído y arrugado.
—Deberías prestar más atención —le dijo la chiquilla.
Silla había intentado adivinar la edad de la niña, supuso que tenía entre cinco y seis inviernos.
—Y tú deberías cuidar tus modales —contestó ella como quien no quiere la cosa.
—¿Qué has dicho, Katrin? —preguntó Bera, con voz seria.
Silla miró entonces hacia el rostro severo de la mujer.
—No me refería a ti —murmuró para sí.
—¿A quién te referías si no? ¿Con quién hablabas?
Volvió a mirar hacia donde estaba la niña hacía escasos segundos, pero ahora no había nada más que un espacio vacío. «Ya has dicho bastante», pensó Silla, apretando los labios. «Espabila, Silla Margrét».
—Qué difícil es encontrar buenas sirvientas —murmuró Bera—. O son vagas o están mal de la cabeza.
Silla inhaló profundamente mientras apartaba la mirada. Alcanzó a ver una cabeza rubia entrecana que le resultaba familiar y clavó la mirada en la de su padre. Cuando este la vio, pareció flaquear un instante, como si hubiera estado conteniendo la respiración. A su lado estaba el amable mozo de cuadra que les había proporcionado pieles y algunas provisiones de cocina cuando Silla y su padre llegaron por primera vez a Skarstad; si no le fallaba la memoria, se llamaba Tolvik. Con una sonrisa sombría, Tolvik inclinó la cabeza plateada y ella le devolvió el gesto.
Las nubes se dispersaron y los rayos de sol bajaron del cielo, captando destellos minerales en las losas de la calle y calentándole la espalda a Silla.
Por fortuna, las campanas dejaron de sonar. Pasaron varios minutos y la multitud aumentó hasta llenar la plaza y desbordarse por las calles adyacentes. Las conversaciones en voz baja y una energía agitada invadieron el patio; la tensión era tan densa que se podía cortar con un hacha.
Al fin, el portavoz del dios apareció en el patio. El gothi de Ursir era un hombre alto, cuyo pálido cráneo lampiño resplandecía en aquella plaza soleada. Vestía una vaporosa túnica marrón atada a los hombros, con el dobladillo bordado de brillantes runas doradas. Dos guerreros klaernar de altura considerable flanqueaban al gothi, con sendas pieles de oso alrededor de los hombros que indicaban su rango de capitán. Como todos los Garras del Rey, llevaban la barba larga peinada en dos trenzas idénticas; en las caderas portaban hachas de mano, espadas y dagas.
Uno de los capitanes se hizo con un pergamino y comenzó a leer; su voz resonaba fuerte y clara en el patio.
—Por orden del rey Ivar Corazón de Hierro, del gran linaje de los reyes del mar de Urkan, hijo del rey Harald de Norvaland y gran soberano del reino de Íseldur, hemos traído a Agnes Svrak, Lisbet Kir y Ragna Skuli ante nosotros en nuestro sagrado deber de dictar sentencia. Se las acusa de hacer uso intencionado de la magia. —El capitán miró a la multitud—. ¿Qué decís vosotros, ciudadanos de Skarstad, de estas mujeres que tan flagrantemente desprecian las reglas de nuestro reino? ¿De estas mujeres que no creen en nuestras leyes?
—¡Culpables! —coreó la multitud. Estos juicios eran un ritual de lo más vacío. Nadie pedía jamás la liberación de los condenados.
Una vez emitido el veredicto, el gothi se dirigió a la primera de las condenadas y se sacó una daga sagrada y un cuenco dorado de entre los pliegues de su túnica. La mujer forcejeó contra sus ataduras sin éxito, y sus súplicas ahogadas se tornaron más desesperadas cuando el hombre le cortó la vena de la parte interior del codo y recogió el chorro de sangre en el cuenco dorado.
—Como todos los galdra, están condenadas a pena de muerte por lapidación —bramó el capitán—. Pero antes, con el sacrificio pagarán penitencia al Rey de los Dioses.
Los cuervos graznaron ominosamente desde lo alto del campanario mientras la multitud aguardaba en silencio, y la piedra se hizo insoportablemente pesada en la mano de Silla. Al cabo de un minuto larguísimo, el cuenco se había llenado y el gothi mojó los dedos en la sangre antes de arrastrarlos en una serie de líneas y círculos por la frente de la mujer: el símbolo rúnico que le impedía la entrada al Bosque Sagrado de Ursir en la otra vida. El hombre calvo se acercó a la piedra del altar y entonó un cántico en urkano mientras vertía el resto de la sangre sobre las inscripciones rúnicas.
Cuando el gothi se dirigió a la siguiente condenada, Silla se fijó en el charco carmesí del estrado, la sangre que caía lentamente del codo de la primera mujer. ¿Cuántas veces ocurriría esto? ¿Cuántos hombres y mujeres tendrían que morir para que se saciara el apetito de sangre del dios Oso; para que se aplacara el odio que sentía Ivar Corazón de Hierro hacia los galdra?
Las súplicas ahogadas de las condenadas se volvieron más desesperadas, más urgentes, y Silla se dio cuenta de que el gothi había cumplido su cometido y se había girado hacia la multitud.
—¡Ahora demostraréis vuestra lealtad a Ursir, al rey Ivar Corazón de Hierro, con su sangre!
La multitud vitoreó, aunque algunos simplemente parecían resignados a la sangrienta tarea que tenían entre manos.
Se arrojó la primera piedra, que retumbó en el silencio de la plaza. Durante un breve instante, a Silla se le nubló la vista y los gritos de su madre resonaron en su cabeza. Apretando los dientes, trató de contener los recuerdos. No podía derrumbarse; no aquí, no ahora.
Se arrojaron más piedras. Un ruido sordo precedió a un grito ahogado. Silla siguió cabizbaja y agarró la piedra con fuerza mientras los gritos de los aldeanos y los alaridos de las mujeres se entrelazaban en una melodía espeluznante que le puso la piel de gallina. Cuando se acercó al estrado con el resto de las sirvientas del jarl Gunnell, vio de reojo cómo Bera lanzaba su piedra. Pero ella se quedó inmóvil, con la mirada fija.
La ira brotó en su interior como si la hubiera encendido con un pedernal. Mal. Todo esto estaba mal.
—Tírala —dijo la niña rubia—. Tienes la piel demasiado suave para el poste de los azotes.
Silla inspiró hondo, echó el brazo hacia atrás y lanzó la piedra hacia la tarima. No miró si había dado en el blanco.
Y así siguió, en un torrente interminable de sangre y furia. Los cuervos graznaban en lo alto; la sangre se acumulaba en el estrado mucho después de que los gritos de las mujeres se hubieran desvanecido; mucho después de que sus maltrechas cabezas colgaran inertes. Los klaernar vagaban entre la multitud en busca de piedras sin lanzar, mientras el regusto de la violencia flotaba pesado en el aire.
Se oyó entonces la voz potente del capitán.
—Que esto sirva de advertencia a aquellos que se sienten tentados por la magia. Ursir os impondrá un destino del que no podréis escapar. Pagaréis con sangre.
Y, tras eso, el espectáculo terminó, y la multitud se dio la vuelta para marcharse. Silla estaba hecha un manojo de nervios y los pies le pesaban como el hierro.
«Busca en tu mente pensamientos amables», imaginó que le decía su madre. «El tipo de pensamientos que te abrigan como la luz de la lumbre».
«Focas bebé. Estornudos. El aroma de los libros».
Un grito interrumpió sus pensamientos. Silla miró con el resto de la multitud hacia el cielo, donde una forma se arrastraba lentamente por delante del sol. Se tragó la luz y los dejó en un crepúsculo fantasmal.
—¡Han robado el sol! —gritó una mujer, y Silla comprendió al final que se trataba de un eclipse.
—¡Sunnvald está furioso! —exclamó un hombre con voz desgarrada…, una voz que le era familiar—. ¡No aprueba la matanza!
Con el corazón palpitante, Silla miró a los capitanes klaernar y observó una rápida sucesión de gestos con las manos. Tres klaernar localizaron al culpable entre la multitud, cerca de donde había visto a su padre por última vez. El pánico aumentó en su interior cuando los capitanes arrastraron al hombre hasta el estrado, y ella se fijó en su rostro.
Era Tolvik.
Silla exhaló aliviada y luego se reprendió a sí misma. No era su padre, no, pero Tolvik era un hombre bueno y amable. La bilis le subió a la garganta y no pudo apartar la mirada cuando el más alto de los klaernar cortó las ataduras de una de las condenadas. Su cadáver cayó con un ruido sordo; las extremidades sobresalían en ángulos antinaturales. Con una eficacia despiadada, el capitán empezó a sujetar las muñecas de Tolvik a los pilares.
Sin embargo, parecía que eso no hacía más que darle alas al anciano.
—¡Los antiguos dioses no tolerarán esto! Ya nos castigan con los largos inviernos.
—¡Silencio! —bramó el capitán, y abofeteó a Tolvik con la mano abierta.
Tolvik parpadeó y le brillaron los ojos con determinación.
—¡Limpiarán las tierras con fuego! ¡Ya ha ocurrido antes y volverá a ocurrir!
A Silla se le hizo un nudo en el estómago cuando el segundo capitán se acercó a Tolvik y le abrió la boca de un tirón. Una espada centelleó en el aire, y los gritos de Tolvik se convirtieron en un crescendo estridente antes de apagarse en sollozos ahogados. El capitán se volvió hacia la multitud y algo cayó al suelo con un ruido sordo y húmedo. Entonces el rostro agonizante de Tolvik quedó a la vista —le salía sangre de la boca— y Silla sintió náuseas. La lengua. Le habían cortado la lengua.
—¿Alguien más tiene pensamientos paganos que quiera compartir? —bramó el capitán. La multitud enmudeció, y la sombra se apartó del sol, tiñendo la plaza de un tono dorado luminiscente… mal, todo estaba mal, pues el ambiente sombrío se cernía ahora sobre el patio.
—Hay un único dios verdadero —gritó el gothi, mientras le rebanaba la vena a Tolvik. La sangre cayó del codo al cuenco dorado—. El Rey de los Dioses. El dios Guerrero.
Un silencio sepulcral inundó la plaza mientras el gothi dibujaba el símbolo rúnico en la frente de Tolvik y vertía la sangre sobre la piedra del altar. Un capitán le pasó un guantelete y el gothi se lo enfundó; las garras de acero le brillaban en los nudillos.
—Él es el dios del Colmillo y la Garra. Y se llama Ursir.
Silla se obligó a apartar la mirada, pero no pudo. Ni siquiera cuando le levantaron la túnica a Tolvik y con las garras le rasgaron la suave piel del vientre. Ni siquiera cuando las entrañas del anciano se derramaron como anguilas rosadas y retorcidas. Tolvik gritó con una angustia que Silla sintió en sus propios huesos, en su propia alma.
Seguía vivo cuando la multitud salió de la plaza.
Seguía vivo cuando los cuervos se precipitaron desde lo alto.
Seguía vivo cuando empezaron a devorarlo.
Silla trató de quitarse todo aquello de la cabeza, concentrándose con todas sus fuerzas en las faldas azules de la muchacha que tenía delante, recorriendo la urdimbre, contando los agujeritos ocasionales donde habían aterrizado las chispas de la hoguera. Aturdida, siguió las faldas por el sendero de tierra, a través de los muros de la empalizada y hacia la granja del jarl Gunnell. Era un milagro que se le movieran los pies, ya que el entumecimiento se había apoderado de ella y tenía la mente embotada.
No estaba segura de cuánto había caminado cuando un zumbido sordo le retumbó en los oídos y una criaturita amarilla y negra apareció en su campo de visión. ¿Otra avispa? Parpadeó varias veces cuando le zumbó en la cara y se le posó en la nariz.
—Pero ¿qué…? —empezó a decir, apartándola de un manotazo.
—Viejo tonto —murmuró Bera, lo que la distrajo del insecto.
Sus pensamientos volvieron a la plaza. ¿Qué le había pasado a Tolvik? Había sido inteligente y amable. Hablar de los dioses antiguos, invocar el nombre de Sunnvald en presencia de los klaernar… era pedir la muerte. El padre de Silla le había dejado bien claro que, aunque era su deber honrar a los dioses ancestrales, debía hacerse a puerta cerrada. Y mientras el rey Ivar estuviera sentado en el trono, así debía ser.
¿Se había olvidado Tolvik de aquello?
Volvió a pensar en el eclipse. Ahora no había duda; no había indicación más clara de que había llegado el momento de partir. Si la historia le había enseñado algo, era que el eclipse presagiaba oscuridad y que, inevitablemente, sucederían cosas malas.
Pasaron junto a las dependencias externas y llegaron a la puerta de la casa comunal, donde se detuvieron hasta que Bera introdujo una llave en el candado de hierro. A Silla le parecía que aquella hora había durado una semana entera. Con los músculos doloridos como si se hubiera pasado el día caminando, se sentía como una cáscara vacía.
—Bueno —dijo Bera cuando entraron en la casa—. ¿Quién quiere una taza de róa caliente?
DOS
Silla se apoyó en las gruesas paredes de madera de fresno de los establos, mirando hacia los campos de cebada y centeno mustios en busca de la alta silueta de su padre. Aunque ya había sonado la séptima campanada, con el atardecer de finales de verano la granja seguía bien iluminada.
Tras la agitada mañana, se había instalado la paz, y reinaba el silencio, salvo por el suave relincho de los caballos y las conversaciones en voz baja que provenían de los establos. A pesar de eso, Silla seguía descompuesta por lo que le había ocurrido a Tolvik aquel mismo día. Tal vez fuera una cobarde, pero no se atrevía a entrar en los establos y ver las caras de los que lo conocían bien. Solo quería ver a su padre, oír su voz tranquilizadora y asegurarse de que estaba bien.
Silla se quitó el coletero de piel y se deshizo la trenza que le recorría la columna vertebral. Se le soltaron los rizos por los hombros y se masajeó el cuero cabelludo con los dedos.
Las pesadas puertas de los establos se cerraron con un ruido sordo y dio un respingo.
—No quería asustarte. —Una figura oscura había aparecido de repente; una figura que cambiaba de dirección y se acercaba a ella. Silla entrecerró los ojos en un intento de distinguir su rostro. Cuando la figura salió de las sombras con paso lento y pausado, vio que era el herrador. Rascándose la barba, el hombre le sonrió—. Eres la hija de Hafnar, ¿verdad? ¿Katrin?
Silla se quedó muda un instante, hasta que recordó que Hafnar era el nombre por el que se conocía a Matthias entonces.
—Por las cenizas de los dioses —soltó Silla—. Hoy estoy asustadiza como una ardilla. Sí a las dos preguntas. —Clavó la mirada en sus ojos oscuros y amables, surcados de arrugas de tanto sonreír—. Y tú eres Kiljan, ¿verdad?
Él asintió extendiendo una mano.
—Encantado.
Silla le tendió la mano mientras bajaba la mirada. El hombre tenía unas manos bronceadas, grandes y fuertes; suponía que tenían que ser así por el trabajo que desempeñaba. Kiljan se apoyó en la pared, a su lado, y el leve aroma de los caballos y el polvo del carbón le llegó a la nariz.
—¿Trabajas en los fogones?
—Sí. Me han asignado los panes, algo que no me desagrada nada. ¿Sabías que hay nueve tipos distintos de pan? Entre hogazas, panes planos y panes de molde, ¿quién puede aburrirse? —Al reparar en el rostro inexpresivo de Kiljan, hizo una pausa. «Estás farfullando otra vez», se reprendió a sí misma. «Pregúntale sobre él»—. ¿Y tú trabajas con los caballos?
Él asintió.
Silla sonrió.
—Debe de ser muy bonito. Me encantan los caballos. Espero tener el mío algún día.
—Son muy buena compañía.
Ella se le acercó un poco.
—Esto que quede entre tú y yo: prefiero los caballos a algunas personas. A varias, en realidad.
—Totalmente de acuerdo, Katrin. —Kiljan rio por lo bajo—. ¿Y qué te parece Skarstad?
—Ah, es muy bonito —respondió, y luego frunció el ceño—. Aunque esta semana no lo ha sido tanto. ¿Cómo están los mozos de cuadra después de lo que le ha pasado a Tolvik?
Kiljan miró al suelo.
—Los ánimos están algo lúgubres.
Se abrazó a sí misma.
—Ya me imagino. ¿Lo conocías bien?
—Trabajé con él cinco… no, seis inviernos. Todavía no me lo creo.
Frunció el ceño.
—Es horrible…
—Ha llegado la hora de partir.
Silla levantó la cabeza al oír aquella voz tan conocida y posó su mirada en unos ojos de un azul glacial. Aunque se desenvolvía como un hombre joven, su padre empezaba a manifestar su edad por las canas que poblaban su pelo rubio y su barba, y por las arrugas que se dibujaban en su pálida frente. Se fijó en el resto de su aspecto: llevaba una túnica gris llena de tierra y un jubón de cuero, una hevrít, un hacha de mano y varias dagas enfundadas en el cinturón.
«Este padre mío nunca va desarmado», pensó con sorna. De niña, se preguntaba si dormía con la hevrít y un día tiró de la manta para averiguarlo, pero él le agarró la muñeca y se la retorció con brusquedad. Cuando se despertó del todo, se disculpó profusamente y le aconsejó que no sobresaltara nunca a un hombre dormido. Luego le enseñó la larga espada que guardaba bajo la almohada: su hevrít favorita, la de la empuñadura de hueso.
La tensión que Silla acumulaba en su interior se desvaneció y la muchacha se lanzó a abrazar a su padre. Este la rodeó con sus fuertes brazos y, por un momento, disipó todo lo desagradable de aquella semana. Ella se echó hacia atrás y su padre la tomó del codo para llevarla por el camino hacia su casa, en las afueras de la ciudad. Silla miró a Kiljan, que abrió la boca y luego la cerró.
—Hasta mañana, Kiljan —dijo su padre, con una voz más ronca de lo habitual.
Silla frunció el ceño. Había sido una despedida brusca y algo grosera.
—¡Encantada, Kiljan! —añadió ella débilmente por encima del hombro y con un pequeño ademán.
Silla se apartó un mechón rebelde de la cara. Habían pasado veinte inviernos y nunca había besado a nadie. Hacía mucho tiempo que no tenía un amigo de verdad. Quería a su padre. Estaba bien y a salvo, y se sentía querida. Las cosas podrían ser peores. Pero también podrían ser mejores.
Ella ansiaba algo. Anhelaba más. Amistad. Enamorarse. Vivir. ¿Cómo podía hacerlo si siempre estaba en alerta, si su padre y ella vagaban por la vida como espectros en la oscuridad? Vivían una vida de supervivencia, haciendo lo que fuera necesario para ganar suficientes sólas para sobrevivir, y nunca permanecían más de tres meses en un mismo lugar. Silla siempre había encontrado trabajo entre fogones, y su padre solía ganarse la vida en granjas. Admiraba la forma en que se integraba a la perfección en cada nuevo trabajo y en cada nuevo pueblo: le recordaba a los zorros árticos, cuyo pelaje cambiaba de color para mimetizarse con el entorno.
Sin embargo, en los últimos tiempos se le notaba un cansancio preocupante, y su propio malestar había ido en aumento. Las largas jornadas de trabajo en el campo le pasaban factura, al igual que los viajes constantes. No podían seguir así eternamente. Lo que necesitaban era seguridad. Algún lugar donde pudieran descansar los pies agotados y quedarse más de tres meses.
—Silla, ¿me has oído?
Ella frunció el ceño.
—Creo que estaba soñando despierta otra vez.
—Guarda los sueños para dormir esta noche, Flor de Luna —dijo burlón—. Te decía que ya es hora de marcharnos de Skarstad.
Silla suspiró mientras giraban para tomar la ruta de Vindur, de regreso a las dependencias de la granja de Olaf, que ahora era su hogar.
Ella ya se había imaginado que partirían pronto, pero ahora que su padre había pronunciado esas palabras, la expectación y el nerviosismo se entremezclaban. Por supuesto, pensaba en un nuevo comienzo, en la promesa de algo nuevo. Aunque también pensaba en los peligros del camino, el estómago vacío, las ampollas en los pies y el agotamiento.
Se quedó mirando el camino de tierra a medida que avanzaban por él.
—Y ahora, ¿adónde nos llevarán nuestras andanzas?
—A Kopa.
Ella giró la cabeza de repente y su padre se rio.
—Muy gracioso, padre.
—No es ninguna broma. He recibido por halcón un mensaje muy esperado invitándonos a Kopa.
Ella analizó su rostro serio; se le había revuelto el estómago.
—¿Kopa? Pero, padre, eso es… un mes de viaje como mínimo, ¿no?
Se mordió el labio. Seguramente no lo decía en serio. Quizá el sol le había nublado el juicio. Pero cuando lo miró a los ojos, los vio brillantes y cristalinos.
—¿Y por qué no Reykfjord? Creo que está a cuatro días a pie. Bera ha dicho que hacen el mejor hidromiel especiado del reino. Podríamos encontrar trabajo con los fabricantes de hidromiel y darnos a la buena vida.
Pero su padre era terco como una mula.
—Kopa sería una aventura.
Silla resopló. Una aventura. Había tenido suficientes aventuras en los últimos diez años.
—En serio, padre… Si quieres aventuras, podríamos pasear por el Pinar Serpentino. Eso colmaría tus ansias de peligro. Podríamos cazar criaturas del bosque sedientas de sangre, como el ciervo vampiro o el lobo gigante. —Guardó silencio un momento—. De entre todos los lugares de Íseldur, ¿por qué Kopa?
Silla ni siquiera sabía dónde ubicarlo en un mapa. Lo único que sabía era que estaba al norte. Muy al norte, aunque no tanto como las tierras de Nordur, que, según recordaba, quedaban tan al norte que solo tenían una hora de luz en los fríos meses de invierno. No había fuerza en este mundo que pudiera arrastrarla hasta allí.
Él se giró hacia ella, con la mirada severa.
—Me han avisado, Silla. Hay casas de acogida para los necesitados. Un refugio seguro donde recobrar el aliento.
Silla se estremeció. Una casa de acogida. ¿Podría ser real?
Abordó el tema con cautela.
—En el supuesto de que decidiéramos ir a Kopa, y, padre, fíjate en que he utilizado la palabra «supuesto», tendríamos que hacerlo por etapas. Se nos acabarían los sólas mucho antes de llegar. Esos caminos… son complicados de recorrer, ¿verdad?
—Mucho —respondió él, con una mirada melancólica—. Yo mismo viajé allí de joven. Recorrimos todo el camino desde Kopa hasta Sunnavík. Tardamos un mes y medio…, pero, Silla, era más bonito de lo que puedas imaginar. Hace tiempo que siento la llamada del norte, y este mensaje me lo confirma. La fortuna nos lleva a Kopa. A la seguridad. —Había un deje de vitalidad en su voz que resultaba contagioso.
Sin pensar, Silla se llevó la mano al frasco que colgaba de un cordón de cuero que llevaba al cuello y acarició el suave metal. Esos mensajes del norte no venían de la nada. ¿Qué hacía enviando halcones y a quién se los enviaba?
—Bueno —dijo ella despacio, respirando el aroma a pino y enebro a medida que el bosque se volvía más denso a ambos lados del camino—. Si crees que ir a Kopa es lo mejor, dirijámonos primero a Reykfjord. Lo hablaremos mientras caminamos.
—Ya te convenceré, ya, Flor de Luna —dijo su padre cariñosamente, rodeándole la cintura con un brazo musculoso y apretándola con fuerza. Le sacaba media cabeza y apoyó la mejilla en su pelo—. Tenemos que partir al amanecer. ¿Has cobrado el sueldo?
Ella asintió y le dio unas palmaditas al monedero de cuero que llevaba al cinto, donde tintineaban los sólas y algunos kressens.
—Bien.
Mientras recorrían el camino, Silla se preguntaba quién sería esta vez. Ya había sido Thordis, Ingunn, Gudrunn y ahora Katrin. Tal vez sería Atta en este nuevo lugar. Sí. Atta sonaba bien.
Las nubes se dispersaron y la luz del sol se posó sobre las húmedas agujas de los pinos y los helechos que cubrían el suelo del bosque. Un pájaro pio desde algún lugar en lo alto de las copas, y Silla estiró el cuello para verlo. Entrecerró los ojos y alcanzó a vislumbrarlo: alas largas y negras, pico curvado y amarillo, y una raya blanca en el plumaje de la cola.
Horrorizada, se dio cuenta de que era un halcón negro. Cuando apoyó una mano en el antebrazo de su padre, se le agudizaron los sentidos hasta un punto alarmante. Entonces captó el crujido discordante de unas ramas y se le puso el vello de punta. El ulular de un búho cercano la sobresaltó y dio un brinco.
—¿Silla? —preguntó su padre, pero ya era demasiado tarde.
De entre las sombras aparecieron unas figuras lobunas, vestidas de negro, ágiles y con afiladas espadas de acero. Se vieron rodeados antes de que Silla y su padre pudieran reaccionar.
A Silla le dio un vuelco el corazón cuando analizó la situación: seis hombres protegidos por camisas de malla negra, armados con hachas y espadas. Llevaban las barbas recogidas en dos trenzas iguales, siguiendo el estilo del rey Ivar y sus compatriotas urkanos.
Su primer pensamiento fue que eran klaernar. ¿Se le había acabado el tiempo? ¿Habrían llegado a sus oídos los susurros de la niña encantada? ¿Las historias de la chica que veía lo invisible? Había sido muy cuidadosa en Skarstad, pero hablar con la niña rubia en la plaza del pueblo había sido un descuido muy estúpido.
Sin embargo, estos hombres no llevaban al oso en las hombreras, ni las marcas de los tatuajes en la cara.
—¿Qué queréis? —preguntó su padre—. Solo tenemos unas pocas monedas, pero vuestras son.
El más alto de los hombres dio un paso al frente, con el pelo castaño y los ojos negros como la noche.
—No queremos vuestras monedas. —Entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa maliciosa—. Sabes bien por qué estamos aquí, Tómas.
Silla arrugó el entrecejo al oír aquel nombre que le era desconocido. Luego se le hizo un nudo en el estómago: los habían confundido a su padre y a ella con otras personas. Aun así, cuando miró a su padre, se le heló la sangre.
Tenía la cara blanca como un cadáver y se balanceaba con inquietud.
—Os equivocáis; soy Hafnar, no Tómas. Y esta es mi hija, Katrin.
El hombre se echó a reír, pero era una risa fría y carente de alegría. Se paseó entre ellos, acariciándose la barba.
—¿Me tomas por tonto? Llevamos muchos años buscándote, Tómas, y hoy se ha acabado tu fortuna. No tienes escapatoria.
A Silla le latía el pulso en los oídos. Era un error. Tenía que serlo. Pero ¿por qué su padre tenía el aspecto de haber visto un fantasma?
Al recordar la daga que llevaba al tobillo, Silla se armó de valor.
—No es Tómas. Os equivocáis de hombre.
—Tómas, Tómas, Tómas —murmuró el líder—. Me decepcionas. ¿No le has contado nada? —Se rio y clavó su negra mirada en Silla—. Olvida tu lealtad a este hombre. Ni siquiera es pariente tuyo, no compartís sangre.
Silla pasó de mirar al desconocido a mirar a su padre. Cuando cruzaron las miradas, lo vio: confirmación, arrepentimiento y, lo más escalofriante, miedo.
El hombre hizo un gesto con la cabeza y dos guerreros se abalanzaron sobre ella y la agarraron sin contemplaciones. Su padre rugió y se lanzó hacia ellos, pero entonces se adelantaron más hombres. Un crujido resonó en la calzada cuando un hombre lo abofeteó con el dorso de la mano y otros guerreros le inmovilizaron los brazos a la espalda.
—¡No! —Silla se revolvió contra los guerreros que la sujetaban, tratando de tocar a su padre, pero la agarraban con mano de hierro.
El líder acercó su rostro al de ella; estaba tan cerca que le olió el aliento acre. Ella cerró los ojos e intentó retroceder, pero alguien detrás de ella la empujó hacia delante.
—Tiene la cicatriz —murmuró. Con el dedo enguantado le tocó la marquita en forma de medialuna al lado del ojo izquierdo—. Es ella.
El hombre la soltó y Silla parpadeó varias veces, inspirando y aspirando con desesperación para calmar su acelerado corazón. ¿Qué rayos estaba pasando?
El líder miraba fijamente a Silla y esbozó una sonrisa cruel.
—La reina Signe te ha estado buscando, muchacha.
Ella pestañeó.
—Te la tendrás que llevar por encima de mi cadáver —soltó su padre.
—No hay problema, Tómas. Hace mucho tiempo que deberías haber muerto —replicó el hombre de ojos negros, volviéndose hacia él.
Sin embargo, su padre ya se había zafado de sus captores, había desenvainado su hevrít y rodaba por el suelo. Con un movimiento suave y fluido, como si ya lo hubiera hecho miles de veces, levantó la espada. El líder escapó de la hoja siseante por un pelo y, con un gesto rápido y ágil, su padre se puso en pie, dirigiendo la hevrít hacia el cuello de otro adversario. El guerrero se contorsionó y esquivó la hoja por muy poco.
Con absoluta incredulidad, Silla observó al hombre que la había criado. Sus movimientos eran dinámicos, enérgicos y experimentados. Mientras blandía la hevrít en acometidas agresivas y esquivaba a sus oponentes sin despeinarse, no lograba distinguir a ese hombre que tenía delante del que tanto conocía, el gentil gigante que labraba los campos y le traía piedras en forma de corazón.
El bosque estalló en gritos y movimientos frenéticos. Uno de los captores le soltó el brazo cuando fue a por su padre. Sin perder un momento, Silla le dio un pisotón al captor que tenía más cerca y se zafó también de él. Se agachó, agarró la daga que llevaba al tobillo y tiró de ella…, pero fue en vano. Con un gruñido de frustración, volvió a tirar de la obstinada empuñadura, pero no cedía.
Con el rabillo del ojo, vio que su padre, con el pelo al viento, luchaba contra cuatro hombres. La hevrít surcaba el aire a mayor velocidad de la que Silla era capaz de seguir. Un ruido nauseabundo atrajo su atención: un hombre caía al suelo. Rápido como un rayo, su padre agarró el hacha de aquel hombre y la lanzó contra un nuevo oponente con tal fuerza que atravesó, sin resistencia, la cota de malla del guerrero. El hombre se desplomó con un gemido desgarrador, y su padre empezó a arrancar la espada de los remaches rotos y a patear a un tercer hombre que arremetía contra él.
A pesar del pánico, la conmoción y el martilleo en los oídos, Silla oyó el eco de las palabras de su padre.
«Prométemelo, Flor de Luna. Si nos atacan, huirás. No intentes luchar. No dejes que te atrapen».
Silla miró hacia las sombras de los pinares, luego se incorporó y echó a correr hacia los árboles.
Dio dos pasos.
Un brazo que apareció de la nada le rodeó la garganta y apretó con fuerza. Gracias al impulso, pudo levantar los pies del suelo mientras el hombre la estrechaba con el brazo contra su pecho duro.
—¿Adónde crees que vas? —rugió una voz, la del líder. A Silla se le heló la sangre en las venas—. No te preocupes. La reina no te matará. Al menos, no de inmediato.
A Silla se le desorbitaron los ojos y boqueó para respirar mejor, arañando sin tregua el brazo que tenía alrededor del cuello y también la cara de detrás. Hincó bien las uñas y arrastró los dedos. El hombre maldijo, pero le apretó la garganta con más fuerza, y un segundo brazo le rodeó la cintura y le inmovilizó las manos. Ella pataleó, se agitó, como un animal desesperado por escapar, pero no conseguía que la soltara.
Los ruidos de la batalla se desvanecieron. El tiempo dejó de tener sentido. Todo su mundo se concentró en el dolor del cuello, en la frenética necesidad de respirar. Las estrellas fugaces danzaban ante ella y menguaba su visión; la oscuridad cada vez más cerca.
Estaba cayendo.
Todo se tornó rojo.
Y la envolvió la oscuridad.

EL OLOR A TIERRA. Un gusto a metal en la boca. Un peso enorme encima. Sonidos entrecortados y jadeantes.
Recuperó la conciencia de repente, como una tormenta de verano. Esos sonidos los hacía ella. Aspiró desesperada, casi sin aliento, mientras las luces aparecían en su campo de visión. Tenía el cuello y la cara enrojecidos y palpitantes.
Silla evaluó la situación. Estaba dentro de una zanja, atrapada bajo algo pesado. Al girar la cabeza, sintió un nudo en el estómago: ojos negros, abiertos y sin vida. Se retorció y vio el hacha de su padre… clavada en el cráneo del hombre. Se quedó muy quieta. ¿No la habían visto los demás? ¿La daban por muerta? Sin embargo, el entrechocar de las espadas, los gruñidos y los gritos se habían disipado. Ahora solo había un silencio sobrenatural.
Un silencio tan fuerte que le dolían los oídos.
—Padre —balbuceó. Un frenético estallido de energía la obligó a moverse. Se contorsionó hasta que se quitó de encima a aquel hombre.
Ya en pie, Silla contempló la escena de la ruta de Vindur.
Muerte. Muerte por todas partes.
Era una pesadilla, una horrible pesadilla de la que no podía despertar. Había cadáveres desperdigados por el camino, los cuervos los devoraban enteros y el zumbido de las moscas carroñeras hacía vibrar el aire. Pisó una mano cortada de tal forma que provocó la furiosa estampida de los pájaros… y pasó junto a un hombre con una hevrít enterrada hasta la mitad del cuello. Un ruido como de asfixia le llamó la atención, y echó a correr hacia el centro de aquella matanza, donde una figura conocida yacía inmóvil.
Un rojo herrumbroso supuraba de, al menos, cuatro heridas en el torso de su padre. Lo rodeaban varios cadáveres, uno de ellos tendido sobre sus piernas, empalado en una espada que le sobresalía de la espalda.
La embargó el alivio cuando se percató de la cadencia en el pecho de su padre; la sangre brotaba de sus heridas con cada respiración.
–¡Padre! —exclamó, intentando apartar al hombre de él, pero aquel cuerpo no se movía.
Se arrodilló junto a su padre y le puso una mano en la mejilla. Aquel hombre no se parecía en nada a su padre. Tenía la cara manchada de sangre y el pelo enmarañado y rojo. Su padre era un gigante pacífico y amable. ¿Cómo había ocurrido todo aquello? Las lágrimas empezaron a brotar y le dejaron regueros húmedos en las mejillas.
—¡Padre! —susurró apremiante.
Su padre abrió los párpados.
—Silla —balbuceó. Su voz no era su voz…, estaba mal, todo estaba mal.
—Padre —sollozó ella—. Padre. ¡Estás vivo! Te pondrás bien. Encontraré una curandera y te la traeré.
—Flor de Luna —dijo su padre—. No. Mi sino está decidido.
Un sollozo se agolpó en la garganta de Silla.
—No, padre, no digas…
Su padre le llevó un dedo manchado de carmesí a los labios y ella se obligó a callar.
—Mi hevrít —murmuró él, y ella paseó la mirada de cadáver en cadáver hasta que la encontró; la empuñadura de hueso pulido con la que le había rebanado el cuello a aquel hombre. Le hicieron falta varios intentos hasta que pudo desprenderla y, al soltarse, hizo un ruido húmedo y repugnante. Sin embargo, contuvo las arcadas y corrió hacia su padre. La sal de las lágrimas le escocía en la lengua mientras apretaba las manos de su padre en torno a la empuñadura de marfil, un arma que lo protegería cuando viajara al más allá y se acomodara entre las estrellas.
—Quiero que lo sepas —susurró—. Te he querido como si fueras de mi sangre.
Silla se estremeció al oír su confesión. Su padre tosió y la sangre caliente le salpicó la mejilla.
—Colchón… —El hombre pestañeaba débilmente y respiraba con dificultad—. La cama… ve a Kopa. —Le costaba tomar aire—. No dejes que se te lleve la reina. Eres… una superviviente.
Se le escapó un estertor húmedo que la hizo estremecer y le desgarró las entrañas. Silla observó horrorizada cómo se le apagaba la vida en los ojos.
—¡No! —Se acercó la cabeza a su regazo y le apartó el pelo de la cara. Un sollozo silencioso brotó de su pecho mientras abrazaba a la única persona que tenía en el mundo. Las lágrimas cayeron sobre su rostro ensangrentado y fueron dejándole surcos en las mejillas.
El crujido de una rama hizo que Silla mirara hacia los árboles. Debía de ser un animal o un espíritu travieso del bosque, pero no podía arriesgarse. Y aunque deseaba abrazar y llorar a su padre, darle un entierro apropiado…, había una urgencia.
«Tienes que huir».
Una parte primitiva de su mente tomó el control. Sacó las monedas de los bolsillos de su padre y se incorporó.
Y, después, echó a correr.
TRES
Cuando la puerta de las dependencias se estampó contra la pared, a Silla le fallaron las piernas y cayó al suelo de tierra compacta. La energía que fluía por su sangre se había apagado, y ahora tenía los sentidos amortiguados y embotados, como si estuviera bajo el agua.
La cabaña, situada en la linde de la propiedad de Olaf el Rojo, era pequeña y antiguamente se había utilizado para alojar a los siervos del campo hasta que se construyeron dependencias nuevas para ellos. Era de una sola habitación, con un hogar rectangular central sobre el que colgaba una cacerola de hierro. El resto de la habitación era bastante exiguo: a un lado, un baúl y colchones de paja amontonados con pieles y algunas mantas de lana; al otro, una mesa de caballete flanqueada por bancos y estantes con provisiones por encima. El estante superior era su altar improvisado. Había velas encendidas delante de cuscurros de pan y dos tazas de hidromiel: una para los dioses y otra para los espíritus. Silla observó la habitación con desesperanza. Había corrientes de aire y era muy simple, pero era suya…, había sido suya durante unos pocos meses.
Se palpó la cara y el cuello con los dedos. Un dolor intenso bajo el ojo y a lo largo de la piel hinchada de la garganta le indicaba que le iba a salir un buen moratón. Se permitió unos minutos para ordenar los pensamientos y dejar que lo sucedido calara en sus huesos. Sabía que su padre había muerto: había visto cómo su pecho subía y bajaba una última vez, había visto cómo la vida se apagaba en su mirada. A pesar de eso, escuchó con atención. En cualquier momento oiría el ruido sordo de sus botas en el rellano. Él la estrecharía entre sus brazos y todo se arreglaría.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, que luego se derramaron por sus mejillas, y se las enjugó frenéticamente. «Tienes que irte de aquí», se recordó a sí misma, pero sus pensamientos eran tan confusos que apenas podía pensar.
—No has podido desenvainar tu daga —dijo la niña desde un rincón de la habitación, lo que sacó a Silla de sus pensamientos. Lanzó una mirada irritada a la chiquilla y luego se miró las manos temblorosas a la tenue luz de la cabaña. Consternada, vio que estaban manchadas con la sangre de su padre.
«La reina no te matará. No de inmediato». Las palabras del guerrero retumbaron en su cabeza y cerró los ojos con fuerza.
—¿Por qué desea la reina tu muerte, Silla? —preguntó la niña rubia.
La sola idea hizo que a Silla se le encogiera el corazón.
—Basta —gruñó—. Tengo que concentrarme. Tengo que actuar con rapidez.
Se acercó a un cubo de agua que había cerca de la chimenea y se limpió la sangre de las manos y la cara. Se secó las mejillas con un trozo de lino que encontró por ahí y luego se lo quedó mirando, aturdida. Había secado los cuencos de la comida con ese trapo esa misma mañana, y allí seguía.
En aquella rústica cabaña todo estaba igual, tal como lo habían dejado por la mañana. La túnica azul de su padre estaba extendida sobre su cama, sus guantes de piel de lobo estaban colgados en la mesa para que se secaran y la piedra con forma de corazón que le había traído del campo estaba junto a la cama de Silla. ¿Cómo podían permanecer intactos esos detalles cuando todo lo demás en su vida se había desmoronado?
Recogió los trapos y los tiró a un lado…, pero no había tiempo para la rabia.
—El colchón —dijo la niña, señalando las camas.
Silla se mordió el labio.
—¿Hay algo… escondido bajo el colchón?
—Ay, ¡me encantan las adivinanzas! —exclamó la niña.
Silla se acercó a las camas, ahora con curiosidad. Retiró las pieles del camastro de su padre y las dejó a un lado. Palpó bajo el colchón de paja, en busca de algo extraño en el jergón, pero no encontró nada. Después de buscar en vano debajo del suyo, empezó a preguntarse si las palabras no serían meras divagaciones de un hombre moribundo.
—¿Y dentro del colchón? —preguntó la niña rubia.
Silla tiró de la daga que llevaba en la bota y le entraron todos los males cuando la hoja se soltó con facilidad.
—¡Maldita seas! —murmuró ella, mirándola con desprecio.
Pasó la hoja por el borde del colchón de su padre y luego introdujo la mano en el lecho de paja. Casi de inmediato, tocó algo y sacó una bolsita de tela áspera.
Cruzó la estancia y la vació sobre la mesa. Sólas y kressens salieron despedidos y, al volver a enderezar la bolsita, vio algo en el fondo: un pergamino doblado en un pequeño cuadrado. Lo desplegó con cuidado y leyó las palabras en voz alta:
Tómas:
El puesto de comunicaciones de Mossarokk lleva tiempo abandonado, y los jinetes de las patrullas se toparon con tus cartas…; por suerte, eran aliados. En las tierras de Eystri hay muchos refugios para los necesitados. Ven a Kopa antes de que llegue el invierno, y os alojaremos a ti y a tu hija en una casa de acogida.
Pregunta por Skeggagrim en la casa con los postigos azules, junto a la posada de la Guarida del Dragón, en Kopa, Eystri.
Mucha suerte en vuestro viaje.
Tu amigo
—¿Skeggagrim? —preguntó la niña rubia, agarrándose al borde de la mesa junto al codo de Silla—. Suena a personaje de un cuento escáldico. A trol, tal vez.
Silla dio la vuelta al pergamino por si había algo más por detrás, pero estaba en blanco. Por más que le desagradara la idea de recorrer una distancia tan larga, la idea de estar a salvo la atraía. Bueno, más que atraerla… era lo que más anhelaba en la vida, escrito con tinta.
—Supongo que toca ir a Kopa.
—¿Nos vamos a Kopa? —exclamó la chiquilla—. Una aventura, ¡qué divertido!
«Kopa sería una aventura», le había dicho antes su padre. Las lágrimas comenzaron a brotar una vez más, y Silla se obligó a moverse.
Volvió a doblar el pergamino y lo metió en la bolsita con las monedas de la mesa y las que llevaba en el monedero. Se metió la bolsita por debajo de la ropa interior de lino, buscando con los dedos el bolsillo que había cosido en el interior, junto a la cadera. Había recorrido muchas veces los caminos de Sudur y sabía que era necesario guardar los objetos de valor y llevarlos bien escondidos.
Se acercó de nuevo a la cama de su padre, acarició la lana áspera de su túnica y no pudo resistirse. Se la llevó a la nariz y aspiró su aroma antes de estrecharla contra su pecho. Esta túnica contenía lo último que quedaba de él. Era una necedad y tenía poco espacio, pero, aun así, metió la túnica en su zurrón de cáñamo.
Cogió la piedra con forma de corazón que guardaba junto a la cama y acarició su superficie lisa. Y también acabó en el zurrón. Del baúl que había junto a su cama sacó una túnica interior y un delantal de lana gruesa, un peine tallado en asta y su capa roja. Con los dedos alisó la capucha ribeteada de piel. El rojo no era un color que pasara desapercibido precisamente, pero la tela era gruesa e iba forrada, y adonde iba, necesitaría calor.
Se dirigió a los estantes de la cocina, cogió un odre para el agua y envolvió el pan ennegrecido en un trozo de paño. Luego, introdujo en el zurrón manzanas y zanahorias, queso duro y alce ahumado. Al contemplar las ofrendas de su altar improvisado, se quedó pensativa. «Pues no han servido de mucho», pensó, y luego frunció el ceño.
«Los dioses no obran como esperamos, Flor de Luna», le decía su padre.
Con la respiración agitada, tiró los cuscurros de pan al suelo y llevó las velas al estante de las provisiones, para borrar cualquier indicio de que veneraban a los viejos dioses.
Cogió la pequeña caja de madera que había junto a una pila de cuencos desgastados. La bajó, levantó la tapa y miró en su interior. Se fijó en las hojas verdes, retorcidas y amontonadas unas sobre otras. Levantó el frasco de donde reposaba contra sus clavículas, quitó el tapón y metió dentro tantas hojas como pudo, luego se guardó la caja en el zurrón.
—Podrías tomar una ahora mismo —sugirió la chiquilla, y Silla notó el fluir del ansia en las venas.
—Pronto —susurró ella, observando la habitación. La estancia estaba tranquila y en silencio, y la tenue luz del atardecer se filtraba por la puerta abierta.
Se oyó un fuerte crujido en el exterior. Silla dejó caer el zurrón, se metió debajo de un banco y se tapó con una piel de oveja. Una manzana cayó al suelo y el corazón empezó a latirle como un tambor de guerra.
Contó las respiraciones mientras aguardaba.
«Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco».
Nada. El edificio estaba en silencio. No había sido nada. Se obligó a respirar y salió de debajo del banco.
Pensó en los animales de la ruta de Vindur, los lobos gigantes, cuyos aullidos había oído durante las últimas lunas llenas, y los osos, que dejaban la corteza de los árboles arañada por todo el camino. Peor aún, en aquellas criaturas que, según decían, rondaban los bosques y eran propias de las pesadillas. Los ciervos vampiro, que cazaban en manadas y chupaban la sangre de sus víctimas. Las arañas lobo y otras cuyos nombres no quería aprender siquiera.
—Necesitas un arma —dijo la niña con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre su sucio camisón.
Silla se miró el tobillo, donde volvía a llevar la daga.
—Es un trasto inútil y asqueroso —murmuró Silla con amargura. No tenía sentido llevar una daga si no podía desenvainarla en caso de necesidad. Era una mera ilusión de protección, una falsa sensación de seguridad. Se echó el zurrón al hombro y dio un último vistazo al edificio. La desesperación y la congoja empezaban a treparle por la garganta, pero las contuvo.
Al cruzar la puerta abierta, miró de derecha a izquierda, y luego echó un vistazo al sendero de tierra que desembocaba en la ruta de Vindur.
El cielo se había oscurecido, pero las nubes se habían despejado y el sol poniente derramaba su luz dorada sobre el sendero. Silla giró a la izquierda, rodeando la parte trasera de la cabaña, donde su padre guardaba las herramientas que le había facilitado Olaf. Pasó los dedos por las tenazas de hierro, el hacha y la sierra. Después por el martillo, notando la suave curva de la madera, calibrando su peso. No era demasiado pesado, pero sí lo suficiente para hacer daño.
—Perfecto —la animó la chica—. Y más vale ponerse en marcha.
Dando la vuelta hacia la parte delantera de la estructura, Silla respiró por última vez en los escalones de la cabaña, en este umbral entre la comodidad y la familiaridad de su antigua vida y lo peligroso y desconocido de la nueva. Luego, se alejó de ella. Bajó por el sendero luminoso y llegó a la ruta de Vindur, huyendo de Skarstad, de su padre y de su vida ahora hecha añicos.
CUATRO
El Pinar Serpentino
Silla caminaba con rapidez y determinación por el bosque. El miedo arrinconó su pena y se concentró con todas sus fuerzas en distanciarse lo máximo posible de aquellos guerreros muertos. Durante largas horas, caminó con paso firme, con el martillo en una mano y agarrando la correa del zurrón en la otra.
El bosque ya era de por sí espeluznante durante el día, pero por la noche era un mundo muy distinto, una tierra de sombras y formas que cambiaban constantemente por el rabillo del ojo. No perdía de vista el camino, decidida a no permitir que los traviesos espíritus del bosque se salieran con la suya. Su madre le había contado historias de espíritus malévolos que cambiaban los senderos y reorganizaban el bosque hasta que la gente se perdía sin remedio. Pero también le había contado que había espíritus bondadosos que, si se los trataba con respeto, concedían favores y bendiciones a los humanos que transitaban por sus tierras.
En la oscuridad de la noche, reinaba un silencio inusitado, casi como si el bosque contuviera la respiración. Aun así, Silla siguió adelante entre los troncos nudosos del Pinar Serpentino. Esta parte del bosque se había ganado el nombre por la distorsión en los troncos de los pinos, que estaban torcidos y adoptaban formas amenazadoras. ¿Era obra de espíritus malignos? No lo sabía, pero, fuera como fuere, le provocaba una sensación tan escalofriante que la hacía caminar deprisa.
En su fuero interno, sabía que no era seguro que una chica viajara sola por ese camino. No solo era peligroso, sino que las enseñanzas de Ursir dictaban que las mujeres debían ir acompañadas por su marido, hermano o padre al caer la noche.
—Pues tú no tienes nada de eso —dijo la chiquilla, golpeando una mata de helechos con un palo.
Silla resopló.
—Debemos darnos prisa —repuso. El camino tenía sus propias leyes y estaba plagado de ladrones, bandas de guerreros que controlaban el paso por varios tramos y otros hombres peligrosos y desesperados. Su única esperanza era su sigilo y pasar desapercibida—. Lo mejor es no salir del pinar; viajaremos de noche y dormiremos de día —murmuró.
—¿Cuánto queda? ¿Queda mucho? —gimoteó la muchacha.
Silla resopló.
—Más o menos cuatro noches.
Cuatro largas noches y llegaría a Reykfjord. Entonces podría respirar, barajar sus opciones y decidir qué hacer. Parecía una tarea enorme e imposible si se la planteaba en su conjunto. La tristeza empezó a introducirse en las grietas cada vez más profundas de su alma, y tuvo que esforzarse por concentrarse en los pasos y seguir adelante. No podía hacer nada más.
A Silla nunca le había hecho mucha gracia la oscuridad, por lo que se alegró cuando las lunas hermanas se alzaron poco después de la puesta de sol: Malla, grande, intrépida y brillante, y Marra, pequeña pero tranquila e imperturbable. Bajo el resplandor blanquecino, se desplegaban abanicos de liquen blanco, que exhibían sus bordes ondulados a la luz de las lunas, y los grupos de setas liberaban esporas luminiscentes, como diminutas estrellas que brillaban en el bosque. Silla ya lo había visto antes —no era la primera vez que recorría el bosque al anochecer—, pero su belleza la hizo sentir un poco menos sola.
Ahí mismo, en pleno viaje, se veía incapaz de detener el flujo de revelaciones que se filtraban en su mente.
«Te he querido como si fueras de mi sangre».
Las palabras de su padre resonaban en sus oídos una y otra vez; se le hizo un nudo en el pecho y el dolor apareció con mayor intensidad. Sentía pena, sí, pero también rabia: ¿cómo había podido ocultarle algo así?
«Si Matthias no es mi padre biológico, ¿quién lo es?», se preguntó. «¿Cómo acabó con mi custodia? ¿Me robó? ¿Estarán vivos mis padres de verdad y me habrán buscado?».
—Parece muy poco probable —dijo Silla en voz alta. No podía ni imaginárselo: su bondadoso padre robando una criatura. Siempre habían sido ellos dos contra el mundo, pero ahora ella buscaba sin cesar un nuevo sentido a la vida que habían vivido juntos estando a la fuga.
«La reina Signe te ha estado buscando, muchacha».
Otras palabras que no se podía quitar de encima. La reina la quería, la había estado buscando. Pero seguro que se equivocaba de persona. Tenía que ser un malentendido.
«Tiene la cicatriz. Es ella».
Con los dedos se tocó la diminuta cicatriz en forma de medialuna que tenía en el rabillo del ojo izquierdo. Siempre le habían dicho que se había dado un golpe con la esquina de una mesa. ¿Era otra mentira, igual que el nombre de Matthias? ¿Igual que el hecho de no ser de la misma sangre?
—He oído que la reina Signe es como la reina de un cuento escáldico —musitó la niña.
Silla repasó lo que sabía de la reina Signe. Sabía que la reina había sido princesa de Norvaland, que tenía el cabello blanco y dorado, tan codiciado en aquel reino. Sabía que, de sus siete hermanos, los urkanos solo la salvaron a ella tras la invasión. Apreciada por su belleza, se la llevaron para ser la esposa de Ivar.
Tal vez la reina pudiera influir en su marido, pero, que Silla supiera, Signe no participaba en la gobernanza del reino. Los klaernar, la administración de la tierra, las leyes y el gobierno correspondían al rey Ivar y a los jarls que le servían. Sin embargo, los guerreros del camino habían dejado muy claro que era la reina quien la buscaba, no el rey.
¿Para qué la querría?
—Para matarte —respondió la chiquilla—. Aunque no de inmediato.
—No me estás tranquilizando mucho —susurró Silla.
Un batir de alas rompió la quietud del bosque. De forma instintiva, Silla se adentró en el bosque, se escabulló entre los tallos retorcidos y se ocultó tras un enebro tupido. Se mantuvo tensa, con el martillo preparado, mientras examinaba la ruta de Vindur.
«Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco».
Nada.
Nunca era nada. Pero una de estas veces podría ser algo. Un lobo gigante, un oso, un ciervo vampiro o, peor aún, un hombre. Tras varios minutos de tensión, salió de detrás de los matorrales y siguió por el camino sin apartarse de aquel bosque sombrío. Las lunas estaban ya bajas en el cielo cuando por fin se resignó a dormir.
Se adentró en el bosque unos ochocientos metros, marcando los árboles con un rasguño superficial del cuchillo para que los espíritus traicioneros no pudieran atraparla en las profundidades. Encontró el ancho tronco de un serbal, con el suelo alfombrado de musgo, y dejó el zurrón. Arrancó una rama muerta y quebradiza de la base del árbol y la arrastró por el suelo para formar un círculo alrededor del árbol y del lugar donde dormiría.
—Sunnvald, protégeme —murmuró—. Malla, concédeme valor. Marra, bendíceme con sabiduría. Stjarna, ilumina mi camino. —Su fe flaqueaba y las palabras se le antojaban vacías. Si los dioses eran reales, ¿cómo habían permitido que ocurriera algo así?
Silla entró en el círculo y gimió aliviada al sentarse sobre el musgo mullido. Apoyó la espalda en el tronco, sacó la piedra en forma de corazón y la acarició con los dedos. Tenerla entre las manos, sujetar ese regalo de su padre, era extrañamente tranquilizador. Se sentía confundida y desorientada. ¿Cómo era posible que su padre ya no estuviera, si unas horas antes se habían despertado los dos como cada mañana? ¿Cómo podía haberse ido si su túnica todavía conservaba su olor?
Un crujido por encima de ella hizo que se pusiera en pie de un salto, aferrando el martillo como si le fuera la vida en ello. Clavó la mirada en una oscuridad tenebrosa. Hubo un atisbo de movimiento; luego, un batir de alas y apareció una lechuza. Blandiendo el martillo y preparada para atacar, vio unos ojos negros en un rostro blanco y fantasmal. Entonces soltó una carcajada, una carcajada aguda y nerviosa, al darse cuenta de lo cómico de la situación.
—Recobra la cordura, Silla Margrét —se dijo a sí misma.
—Estás loca de atar —le espetó la chiquilla.
Silla sacudió la cabeza y volvió a sentarse.
—¿Qué predice una lechuza? —caviló mientras mordisqueaba un poco de pan y una manzana.
—Sueño —dijo la niña rubia con un bostezo, acurrucándose a su lado—. Una lechuza predice el sueño.
Silla dejó el corazón de la manzana y la parte más dura del pan como ofrenda a los espíritus. Hasta entonces no le habían impedido avanzar, y esperaba seguir contando con su benevolencia. Sin embargo, mientras cerraba el zurrón, notó un vacío en el estómago. Tenía que administrarse las raciones con prudencia si quería sobrevivir al viaje a Reykfjord. Además, si quería llegar a Kopa, tendría que ser astuta. No le hacía falta contar las monedas que llevaba en el bolsillo para saber que no eran suficientes para llegar al norte.
Guardó la comida en el zurrón, sacó la capa roja y la extendió como una manta. Se quedó mirando el dosel oscuro del bosque. El olor a tierra y musgo y el robusto árbol que había detrás de ella le evocaron un recuerdo. Otra noche fría que había pasado en el suelo del bosque; otra noche apoyada contra un árbol.
—Sé que tienes frío, Flor de Luna. Coge mis calcetines y póntelos en las manos. Están limpios, no te preocupes. Mañana estaremos en Holt, y nos calentaremos los dedos de los pies junto al fuego, bebiendo una tacita caliente de róa.
Silla se secó las lágrimas de las mejillas y se puso los calcetines de lana en las manos y por encima de las mangas del vestido. Eso ayudó un poquitín. Se arrebujó bajo la capa. La tristeza la había rondado durante todo el día. Le dolían los pies. Y estaba tan cansada que le palpitaban hasta los párpados.
—Recuerda que somos supervivientes, Silla. Podemos hacer cosas difíciles. Hacemos lo que debemos para seguir con vida. En Holt estaremos a salvo.
—Pero ¿por qué nos hemos tenido que ir de Geirborg, padre? Me gustaba.
Su padre se pasó una mano por el pelo rubio. Lo llevaba cada vez más largo y descuidado desde que su madre no estaba para cortárselo. Silla se dio cuenta de que habían empezado a salirle vetas grises y de que tenía el rostro más curtido que meses atrás.
—Porque sí, Flor de Luna. Si la gente se da cuenta de que ves cosas que no existen, los klaernar vendrán a por ti.
Su aliento hacía nubecillas de vapor en el aire. El frío era tan intenso, tan penetrante en aquel bosque, que era imposible librarse de él cuando se te metía dentro.
—Pero no sé hacer magia. No soy galdra. Solo es una amiga espiritual.
—Lo sé, Silla, lo sé, y no es justo. Pero a ellos les da igual.
—Echo de menos a mamá. —Dioses, cuánto la echaba de menos. Silla tenía doce años, había perdido a su madre dos años antes. La estabilidad que había conocido toda su vida se había desvanecido en un instante. Atrás quedaban su hogar en Hildar, su columpio en el árbol, sus gallinas.
Su padre soltó un largo suspiro.
—Yo también la echo de menos, Flor de Luna. Yo también.
Se tumbó en el suelo junto a ella, la atrajo hacia sí y extendió una manta de lana sobre los dos. Al cabo de un momento, su calor se posó sobre ella.
Silla cerró los ojos. Estaba con su padre. Estaba a salvo. Lo superarían juntos. Los dos contra el mundo.
Respiró hondo y su preocupación se disolvió al exhalar.
Silla notó el escozor de las lágrimas al recordarlo. La cabeza le latía con la fuerza de un martillazo. Le dolía todo el cuerpo.
Y, entonces, bajó la guardia.
El miedo había arrinconado su dolor durante todo el día, pero ahora quería dejarlo entrar. Fluyó hacia ella como una marea de desesperación y la inundó de tal manera que pensó que iba a ahogarse. Las lágrimas corrían desbocadas por su rostro y toda ella temblaba con cada sollozo. Pensó en su padre, en lo que le había confesado, en cómo la había abandonado.
Porque la había abandonado.
Era un tanto egoísta, pero lo maldecía. Lo maldecía por dejarla sola en este mundo, con un sinfín de preguntas sin respuesta y una tarea monumental. Kopa. En Kopa estaría a salvo, pero ¿cómo iba a llegar?
—Yo no te dejaré —susurró la niña, colocándose el pelo revuelto detrás de las orejas—. Me quedaré contigo, a tu lado.
Silla la miró, agradecida por su presencia, fuera real o no.
Una punzada de dolor le atravesó el cráneo. Con un respingo, Silla cerró los ojos y la capeó como una tormenta. Se había pasado la vida temiendo esos dolores de cabeza; se había pasado la vida evitándolos a toda costa. Pero en aquel momento el dolor era tan exquisito, tan absorbente y apremiante, que consiguió apartar la pena. Aquel dolor era reconfortante: era un dolor que podía controlar, que podía borrar con una sola hoja nudosa de skjöld.
Debería haberse tomado la dosis de skjöld antes de salir de casa, pero tenía la cabeza embotada y los pensamientos lentos, sumidos en la bruma del dolor. Su cuerpo se lo recordó, como siempre. Se le oscureció la vista y sintió como si le clavaran cuchillos en el cráneo.
—Tómate el skjöld, Silla —le instó la chiquilla—. Te sentirás mejor.
Cuando recuperó la vista, Silla inspiró una bocanada de aire. Agarró el frasquito que llevaba al cuello. Le quitó el tapón y arrancó una hojita verde retorcida con dedos temblorosos. Era evidente que no se podría preparar un té en las entrañas del Pinar Serpentino, así que se metió la hoja por dentro de la mejilla. Era terrosa y amarga, y la masticó cuanto pudo antes de tragársela con una mueca.
Se quedó mirando el frasco. Durante los últimos diez años, su ración había sido una hoja al día. Pero esta noche era distinta. Todo había cambiado. Dudó, sacó una segunda hojita y se la llevó a la boca. Ya no quería pensar, no quería sentir. Quería matar sus sentimientos, como los guerreros del camino habían matado a su padre.
Con dos hojas bastaría.
Silla volvió a tapar el frasquito y se lo metió bajo la ropa. Miró fijamente hacia la oscuridad. El calor brotó en su estómago, le subió en espiral por la columna y volvió a bajar, extendiéndose brillante hasta la punta de los dedos de las manos y los pies. Captó unas ráfagas de luz, unas espirales luminosas de color rosa, azul y amarillo, y entonces se le relajó el pecho y su respiración se volvió más profunda.
Se había desprendido de su piel, había dejado atrás la carga que llevaba sobre los hombros y, por el momento, Silla se limitó a ser.
CINCO
Algo estaba siguiendo a Silla.
Dos horas antes, se había torcido el pie al pisar una raíz y el dolor le estalló en el tobillo. Se agachó, se apoyó en el tronco retorcido de un pino y se aflojó la bota. Para su alivio, tras liberar el pie del calzado que lo encerraba, lo encontró dolorido, pero no muy herido.
«Puede que a los espíritus les haya parecido escasa tu ofrenda», había comentado la niña rubia.
Con un suspiro, Silla había seguido adelante, pero la marcha había sido lenta por el borde del bosque.
La niebla se enroscaba alrededor de los troncos nudosos y oscurecía aquel terreno irregular. El cielo estaba cubierto por nubes densas, y tanto los líquenes blancos como las setas dormitaban en ausencia de la luz de las lunas. Ahora el bosque era una sucesión de sombras.
Tropezar había sido inevitable.
—Me duelen los pies —se quejaba la chiquilla una y otra vez, y Silla le dio la razón: a ella le dolía todo.
—El dolor significa que estamos vivas —dijo Silla en voz baja, aunque no sirvió de mucho para animarla.
Mientras se masajeaba el tobillo, Silla notó un temblor en las venas; era la sensación certera de que la estaban observando. Sin embargo, cuando miró alrededor, no distinguió nada entre aquellas sombras grises y negras.
—Algo nos sigue —dijo la niña rubia, lanzando una mirada por encima del hombro.
—Ya, yo también lo noto —murmuró Silla.
En cuanto empezó a caminar por la noche, Silla intentó no detenerse. Cada vez que se detenía, la embargaba la pena. Y en su cabeza volvió a reproducirse aquel momento que le cambió la vida en el camino: el choque de metales al cruzarse las espadas y las dagas, el pánico abrumador cuando le oprimieron el cuello, el olor a tierra y hierro cuando volvió en sí, el cuerpo de un guerrero muerto que la inmovilizaba.
...Y aquellas palabras que le habían destrozado la vida. «Ni siquiera es de tu sangre».
Era más fácil seguir caminando, seguir avanzando. Y así lo hizo.
La sensación de que la estaban observando se aferró a ella durante horas. El bosque bullía de energía y se le erizó el vello de los brazos. Con unos músculos incapaces de relajarse, había acelerado el paso, y se movía sobre el suelo irregular con una urgencia implacable. Pero no podía seguir así, no con los días que aún quedaban para llegar a Reykfjord.
La negrura de la noche se había difuminado hasta convertirse en el más oscuro de los grises, y el sotobosque era cada vez más fácil de ver. Y, entonces, lo oyó: el estruendo de cascos y voces de hombres, un ruido estremecedor en la quietud del bosque.
Con el corazón en un puño, Silla se tiró al suelo y maldijo por lo bajo. ¿Por qué había escogido el rojo de entre todas las capas disponibles? Un bonito color neutro, como el gris o el verde oscuro, le habría ido mejor en esa situación. Pero el rojo era tan alegre y festivo y la había hecho sonreír…
Estaba al menos a veinte pasos de los jinetes y, con la oscuridad agarrada a los árboles, rezó para que no la vieran.
Unos hombres de oscuro cabalgaban junto a un carro que traqueteaba tras ellas. A sus oídos llegaron retazos de la conversación.
—A medio día a caballo de Reykfjord —dijo una voz.
—Será una visita breve —comentó otra— si los Hachas Sanguinarias nos esperan. Tengo una oferta a la que no se podrán resistir.
El ruido de los cascos eclipsó el resto de la conversación y pronto el bosque volvió a sumirse en el silencio.
—Deberíamos descansar —dijo la chiquilla con un bostezo—. Y tengo que hacer mis necesidades…
Silla estaba agotada. Había caminado al menos diez horas y su cuerpo le pedía a gritos un descanso. Aun así, se levantó y se adentró en el bosque, marcando los árboles a su paso. Cuando encontró un bosque aislado de abedules para acampar, el cielo se había aclarado unos tonos más de gris.
Como era una persona de costumbres, Silla trazó un círculo, dirigió unas palabras a los antiguos dioses y se acomodó en el mullido suelo del bosque. Luego, acarició con la mano la piedra en forma de corazón, en busca de consuelo. Sentía como si a los árboles les hubieran salido ojos. El desasosiego la invadió y se le agolpó en el estómago. La parte racional de su mente le decía que necesitaba descansar, que tenía que comer y beber, que no podía continuar a ese ritmo. La irracional le decía que alguna criatura estaba esperando a que se durmiera para atacarla con sus colmillos y garras.
«Sola», pensó. Estaba completamente sola.
Era plenamente consciente de eso. Y no sola en el bosque, no, sino en el mundo. Si le ocurría algo, ¿quién la ayudaría? Si moría, ¿quién la lloraría? ¿Quién sabría que había transitado por este mundo?
—Yo estoy aquí —dijo la niña, acomodándose a su lado.
—Pero no eres real —susurró Silla. Echaba de menos a su padre con todos y cada uno de los latidos de su corazón, con cada aliento que llenaba sus pulmones.
Le resbaló una lágrima caliente por la mejilla.
Se estremeció al oír el batir de unas alas y levantó la cabeza. Vio entonces unos ojos oscuros y espeluznantes en un rostro blanco como el hueso, y la tensión que habitaba su cuerpo se atenuó.
—¡Plumas! —susurró a la lechuza—. Me has asustado. ¿No tienes ningún ratoncito al que perseguir? —La lechuza parpadeó, y luego se acomodó más en la rama, contemplándolas desde arriba.
—Ese bicho me mira de un modo muy raro —se quejó la chiquilla—. Dile que pare.
—¿Eras tú quien nos ha seguido esta noche? —susurró Silla—. ¿Te han enviado los espíritus para guiarnos? Si es así, ¿puedo pedirte que mañana vueles por delante y no por detrás? Así no parecerá que nos está acechando una bestia.
—También podrías ulular —sugirió la niña—. En este bosque hay demasiado silencio.
Silla revisó las provisiones mientras mordisqueaba el pan. Con desgana, partió su mejor manzana y colocó la mitad fuera del círculo protector con un poco de su preciado queso, con la esperanza de que los espíritus apreciaran la ofrenda. Mientras se comía la otra mitad de la manzana, se quedó mirando el par de hojitas de skjöld que tenía en la palma de la mano. Tras un buen rato de cavilación, se metió ambas hojas en la boca y miró a la lechuza.
Tal vez se lo estuviera imaginando, pero percibió cierta desaprobación en la dura mirada de la criatura. La lechuza parpadeó y cerró los ojos.
—Buenas noches, Plumas —susurró. Arrellanándose de costado, Silla se quedó mirando la piedra en forma de corazón, pensando en los ojos azules y la presencia tranquilizadora de su padre. Se imaginó que, al igual que la lechuza, velaba por ella. Sin su padre a su lado, se sentía vacía…, incompleta. ¿Quién era ella sin él? Las lágrimas le escocían en los ojos mientras esperaba que la dicha y la calidez la invadieran, y ahuyentaran la tristeza. No quería sentir. No podía soportarlo más.
Agarró el martillo mientras las hojitas empezaban a surtir efecto; el placer fluía por fin por sus venas, las luces brillaban ante sus ojos como las esporas luminiscentes de las setas a la luz de la luna.
La piedra en forma de corazón fue lo último que vio antes de sumirse en un sueño agitado.

SILLA SE DESPERTÓ CON UN CRUJIDO SECO.
Tenía la lengua pegada al paladar y le tembló un músculo del brazo como si la instara a moverse. Abrió los ojos a la luz del día; en su sangre todavía quedaban restos de aquella segunda hojita de skjöld, aunque la felicidad que le corría por las venas era ahora una sensación amortiguada, un eco.
—Es demasiado pronto —murmuró, tapándose los ojos con un brazo—. Y hay demasiada luz. —Intentó, en vano, volver a sumirse en el olvido del sueño.
—Vaya, vaya… Pero ¿qué tenemos aquí?
Se sobresaltó y su memoria se activó de repente. Había voces. No debería haber voces.
Se enderezó, se le nubló la vista un instante y luego se recuperó. Agarró el martillo y vio frente a ella unos fríos ojos marrones. Con la mente aletargada, parpadeó para despejar el sueño y el skjöld, reuniendo toda la información que pudo. Era de día. Cielo gris. Varios hombres…, cuatro. La estaban mirando.
Silla se maldijo por haber consumido la segunda hojita. Había sido una imprudencia por su parte porque tenía que estar alerta. Le palpitaba el cráneo con reminiscencias del skjöld; necesitaba agua. Necesitaba dormir mucho más. Y necesitaba otra hoja.
Uno de los hombres se acercó y Silla no pudo sino devolverle la mirada. La dura vida del hombre se reflejaba en los profundos surcos y cicatrices esculpidos en su rostro rubicundo, y en el aire salvaje de su barba enjuta y su larga cabellera. Detrás de él había tres hombres más, cada uno con una lanza y un escudo de madera en la mano.
—Quizá sean hombres buenos —dijo la niña, entornando los ojos para mirarlos—. Puede que los espíritus los hayan enviado para ayudarte.
Silla echó un vistazo al lugar donde había dejado la ofrenda: no quedaba ni rastro de ella. Pero cuando volvió a mirar a los hombres que tenía delante y advirtió la dureza de sus ojos, se esfumó su esperanza de que aquellos hombres fueran a ayudarla. El escudo que llevaban en la mano estaba pintado con un sello descolorido: una corona de zarzas espinosas con espadas cruzadas detrás. Un escalofrío se instaló en sus huesos. Aquellos hombres pertenecían al Batallón de las Espinas, una banda que merodeaba por aquellos parajes.
El hombre se pasó una mano por la barba negra y desaliñada.
—Parece que tenemos un problema. No has pagado por cruzar estos bosques. —Tenía una mirada impasible, pero sus ojos albergaban una frialdad aterradora—. ¿Y bien? ¿Qué vas a hacer al respecto, mujer?
Silla no conseguía encontrar las palabras.
—Voy a darte un consejo. La próxima vez que invadas la tierra del Batallón de las Espinas, intenta ocultar tu rastro. —Los hombres que estaban detrás del líder rieron entre dientes—. A algunos nos gusta la emoción de una buena persecución.
La mirada del líder bajó por su cuello, y luego más abajo. Se pasó la lengua por los dientes superiores.
—¿Y cómo es que andas sola? ¿Dónde está tu carabina? —Volvió a clavar la vista en la de ella, y le dirigió una mirada que no entendía del todo. Pero la sensación de hormigueo bajo la piel le indicó que más valía no saberlo.
—Ahí está su morral, jefe. —Un guerrero calvo y muy musculoso señaló su zurrón. Tenía los brazos, gruesos como troncos de árbol, cruzados sobre el pecho.
Silla agarró su zurrón; era su vida entera. Sin él, estaría muerta.
Los ojos oscuros del jefe se desviaron hacia su mano y luego volvieron a su rostro.
—No me hagas enfadar, mujer, te lo advierto. Dámelo.
Pero ella lo apretó más fuerte todavía.
El guerrero fue a por el zurrón y Silla no se lo pensó…, solo actuó. Todo ocurrió a cámara lenta. El martillo se arqueó hacia abajo y aterrizó justo en medio de la mano del líder. Silla oyó el inconfundible crujido de los huesos al romperse. El hombre, de rostro antes estoico, se retorció del dolor y soltó un aullido animal al tiempo que apartaba la mano.
El dolor estalló en su mejilla y se le llenó la vista de ráfagas de luz. De repente, todo parecía borroso y ralentizado. Le costó un momento darse cuenta de que le habían dado un manotazo, le habían quitado el martillo y la habían puesto en pie de un tirón.
—Acabas de sentenciar tu destino, mujer —gruñó el jefe, apretándose la mano. Su expresión aburrida estaba ahora desdibujada por la rabia, y Silla parpadeó rápidamente, tratando de despejarse.
El guerrero calvo le retorció los brazos por detrás y la estrechó contra su pecho.
—No deberías haber hecho eso. —Una combinación repugnante de queso podrido y whisky ardiente rancio se le metió por las fosas nasales.
A Silla se le aceleró el corazón y se le nubló la vista cuando la banda se amontonó alrededor de su bolsa. Tragó saliva frenéticamente; necesitaba recuperar algo de control. Le tiraron la ropa al suelo y empezaron a repartirse la comida. Cuando por fin llegaron al final, arrojaron el zurrón al suelo, y se giraron hacia ella. Notaba el peso de la bolsita de monedas en la cadera, y deseó con todas sus fuerzas que no la descubrieran.
El líder se acercó poco a poco a ella.
—¿No tienes monedas? Sabemos que no andarías por el camino sin sólas encima.
Sus ojos eran negros, como los de un depredador que acecha a su presa.
—Veamos…, ¿dónde podrías esconderlos? —Bajó la mirada hasta los pies de ella y la volvió a subir—. Creo que nos encantará buscarlos.
—Déjame en paz —dijo Silla con voz ronca, mientras se le ocurría una idea—. Mi padre está por allí, más allá del bosquecillo. Como grite, vendrá corriendo y te clavará el hacha en el cráneo.
Los hombres escudriñaron el bosque, pero no quedaron muy convencidos, y entonces cayó en la cuenta: había esperado demasiado para utilizar esa treta. Malditas fueran las hojas, su escaso juicio y su espantosa suerte.
—Adelante, pues —dijo el jefe, sosteniéndole la mirada en señal de desafío.
—Tiene gran fama en la batalla —mintió ella—. Pero lo hará despacio y te dejará para el final. Solo te doy una oportunidad. Vete ahora o serás carne para los cuervos.
—Eres muy deslenguada —dijo el jefe riendo por lo bajo. Ahora estaba cerca de ella y, con la mano que no estaba herida, le apartó un mechón de pelo de la cara—. Eso me gusta. Encontraremos tus sólas y luego nos cobraremos un tributo adicional.
Con los dedos manchados de mugre, le acarició la cara, la curva del cuello y la sensible piel de la clavícula. Luego bajó la mano y trató de desabrocharle el vestido. Silla sintió pánico y cerró los ojos. ¿Había escapado del ataque en la ruta de Vindur, dejando atrás todo lo que conocía… por esto? En su garganta se formó un grito, a pesar de que no había padre alguno que fuera a rescatarla, a pesar de que estaba a un kilómetro de la carretera, en las profundidades del bosque.
Nadie podía oírla.
Pero Silla no pudo emitir el grito porque cayó de lado y la cabeza le rebotó en un lecho de musgo blando. Parpadeó un par de veces. El tufo del pelaje mojado se mezcló con el olor ferroso de la sangre. El corazón le palpitó con fuerza una vez, luego otra. En el bosque estalló un gruñido tan estremecedor que los pájaros en los árboles se echaron a volar, asustados. Silla giró lentamente la cabeza hacia la izquierda, temerosa de lo que pudiera ver. Un lobo gigante. El más grande que había visto nunca.
—¿Esto es real? —se preguntó. Unas luces se encendieron en su visión y una oleada de energía fluyó por sus venas. Aun así, tenía la cabeza sorprendentemente despejada.
El lobo gigante tenía el tamaño de un caballo pequeño y unas patas grandes como platos.
Plantado sobre el guerrero calvo, que ahora yacía en el suelo, le hincó las garras de cinco centímetros y le atravesó el pecho. Un aullido agudo resonó en el claro, y comprendió horrorizada que procedía del hombre. Este se retorció de desesperación, pero ella sabía que era en vano. Lo sentía en el corazón. Lo podía saborear en el aire.
El lobo gigante bajó la cabeza y le arrancó la garganta con un movimiento certero y brutal.
Los guerreros que estaban detrás de ella gritaron y, azotando con los brazos las ramas que los rodeaban, se replegaron frenéticamente hacia el bosque, y la dejaron ahí, en el claro, junto a la bestia.
El lobo gigante levantó la cabeza y de sus fauces brotaron vísceras enmarañadas. Al retraer los labios, ese amasijo de carne ensangrentada cayó al suelo, y le vio unos colmillos puntiagudos y relucientes. La bestia dio un paso hacia Silla, que se esforzó por controlar la respiración. Aquella criatura era pura fuerza, era el amo y señor de los bosques. Podía acabar con ella con solo pensarlo; podía romperle los huesos y desgarrarle la garganta tan rápido como había hecho con el hombre que estaba en el suelo.
Silla se quedó inmóvil, ya fuera por miedo o por instinto. El animal la examinaba con sus brillantes ojos amarillos como si tratara de decidir qué desgarrarle primero: ¿el vientre? ¿La garganta? ¿Las partes blandas de los muslos? Levantó el morro, resoplando, y Silla se quedó tan quieta que no se atrevió a respirar siquiera. Los ojos de la bestia se fijaron en algo que había detrás de ella.
El lobo se agachó y luego saltó hacia delante. Lo único que vio fue un destello de pelaje plateado cuando este pasó por encima de ella con un movimiento enérgico y fluido. La bestia aterrizó silenciosamente en el musgo más allá y soltó un gruñido mientras se adentraba en el bosque.
Silla se encontraba de nuevo a solas con la muerte. ¿Los espíritu habían enviado al lobo… o había actuado por voluntad propia? No podía permitirse pensar en eso ahora.
—Nunca había visto nada igual —dijo la niña rubia, agachándose para inspeccionar la garganta destrozada del hombre.
El terror en los ojos vacíos del hombre era evidente; la sangre brotaba a borbotones alrededor de los músculos y tendones desgarrados de su cuello masacrado. La chiquilla cogió un palo y hurgó en un trozo de carne colgante; Silla se llevó el dorso de la mano a la boca para contener las náuseas. Obligándose a darse la vuelta, agarró el zurrón y empezó a guardar en él la piedra, la túnica de Matthias y la ropa que habían dejado desperdigada. Apretó con fuerza la empuñadura del martillo en un gesto tranquilizador.
Se giró y echó a correr tan rápido como le permitían los pies. El bosque era un revoltijo de follaje verde y fantasmales troncos retorcidos. No paró ni siquiera cuando una rama le azotó la cara. Saltó por encima de rocas, raíces y plantas nudosas, pisando árboles caídos y lechos secos de los arroyos. Huyó de los gritos y gruñidos ahogados que oía a sus espaldas. Corrió hacia la nada, hacia más del mismo cielo gris ceniciento, los mismos árboles y el mismo musgo. Movida por un miedo ciego, corrió hasta que le fallaron las piernas y se dobló sobre un tronco caído cubierto de líquenes.
Y, entonces, se echó a reír.
No era su risa habitual, melódica y despreocupada. Esta risa era áspera y salvaje, y atravesaba el silencio del bosque como una hevrít recién afilada. Se dio la vuelta y se apoyó en el tronco.
—Te estás volviendo loca —dijo la niña con sorna, con los brazos cruzados sobre el camisón raído mientras se apoyaba en un abedul.
¿Estaba Silla lo bastante lejos del lobo gigante? ¿Se daría por satisfecho con los cuatro hombres que seguramente ya habría matado y la dejaría en paz? Se evaluó a sí misma. Su carrera por el bosque parecía haber eliminado el skjöld de su sangre. Le escocía un poco la mejilla, pero estaba ilesa. Tenía el zurrón y las monedas.
—Se han llevado tu comida, tus reservas de hojas de skjöld y tu odre —dijo la chiquilla, echando un vistazo a la bolsa.
Silla se llevó una mano al puente de la nariz y se lo apretó.
—Será difícil —dijo sin aliento—. Casi imposible. —Las lágrimas le ardían en los ojos—. Pensamientos que abrigan como la luz de la lumbre… —se dijo a sí misma, parpadeando rápidamente—. Relámpagos. Panecillos dulces. Calcetas limpias.
Inspiró hondo.
Retuvo la respiración.
Y la soltó lentamente.
Difícil, pero no imposible. Le quedaban las hojitas de skjöld en el frasco que llevaba al cuello. Había arroyos de los que beber y tal vez pudiera encontrar algo de comer en el bosque. Su madre le había enseñado sobre hierbas y plantas. Aún era posible.
Cuando se giró, observando el bosque y el cielo cubierto de nubes, se le cayó el alma a los pies. Todos los árboles parecían iguales…, y había estado corriendo sin marcar el camino.
—Los espíritus te han engañado —dijo la niña, mirándola con aquellos inquietantes ojos azules—. Y ahora estás perdida.
«Piensa», se dijo Silla, dándose la vuelta en el bosque. «Piensa, piensa, piensa».
Todo parecía igual. Las mismas rocas cubiertas de musgo y zarzas con pinchos y tallos de abedul blanquecinos. El cielo estaba cargado de nubes; era primera hora de la tarde. Imposible distinguir la posición del sol.
Había corrido una gran distancia desde la aparición del lobo gigante; al menos veinte minutos. Si elegía la dirección equivocada, si seguía el camino equivocado, corría el riesgo de desviarse por completo, de acabar engullida por la inmensidad agreste del Pinar Serpentino.
Al norte estaban los Dragones Durmientes, la desolada y peligrosa cordillera de volcanes inactivos. Al este estaba Reykfjord, pero también las Lágrimas del Gigante, un profundo desfiladero con un río salvaje e impracticable, y varias cascadas. El oeste la llevaría de vuelta a Skarstad. Hacia el sur; necesitaba volver a la ruta de Vindur para poder cruzar el puente sobre el desfiladero y colarse entre los muros de empalizada de Reykfjord.
Una vez en Reykfjord, podría fundirse en la oscuridad de la ciudad, mezclarse con los demás rostros anónimos y organizarse. Pero, por el momento, el plan se le antojaba inalcanzable. Estaba sola en el Pinar Serpentino, sin comida ni bebida, y se había desorientado por completo. No pensaba decir la palabra que había pronunciado la muchacha. No quiso dar voz al pánico que ahora la invadía.
—¿Qué haría papá? —se preguntó.
—Para empezar, nunca se habría metido en este lío —dijo la niña, con las manos en las caderas.
—Ay, dioses. —Las lágrimas amenazaron con salir, pero Silla las contuvo—. Silla Margrét, puedes hacerlo. Eres una superviviente. Eres inteligente cuando es necesario, ¿no? Puedes resolverlo. Piensa. Piensa.
Silla miró al cielo, deseando que estuviera oscuro y despejado. Las viejas historias decían que las estrellas eran los antepasados inmortalizados en forma de luz, guiados por la más brillante de todas —la Estrella Madre—, que se encontraba al norte. Si pudiera encontrar la Estrella Madre, podría volver a ubicarse…
—Lástima de nubes —suspiró la chiquilla.
Un movimiento en el cielo llamó la atención de Silla: una bandada de pájaros que volaban en formación de uve. Mientras parpadeaba observando las formas oscuras que aleteaban tan alto sobre ella, el nombre de ganso gris surgió de algún lugar entre los ecos de la voz de su madre.
«Viven en el norte y regresan al sur en pleno verano».
El corazón le dio un vuelco. Los gansos volaban a su derecha.
Colgándose el zurrón al hombro, emprendió la marcha hacia donde habían volado los pájaros. Era la mejor oportunidad que tenía.
Llegó a la ruta de Vindur casi una hora después; sus huesos cansados mascullaron aliviados. No se había atrevido a apartar la vista de la dirección en la que volaban las aves, temerosa de volver a desorientarse. Cuando por fin los árboles se abrieron al árido corte de la ruta de Vindur, permitió que se le cerraran los ojos.
Silla cayó derrotada al borde del camino, doblada sobre sus propias rodillas. No estaba acostumbrada a aquello: la energía surcando su sangre, el miedo, la inquietud. El ciclo del terror y el alivio agotándose sin fin.
Había olvidado cómo era sentirse a salvo, se preguntaba cómo se había tomado tan a la ligera la seguridad, cómo había dado a su padre por sentado. Cómo se había lamentado cuando en el mercado no encontraba el tomillo ártico que buscaba o cuando la patrona de la casa había sido brusca con ella. Ahora todo parecía tan insignificante, tan trivial… Lo que daría por volver a todo eso, por cambiar su nueva realidad por aquellas nimiedades.
—No puedo recorrer así todo el camino hasta Kopa —susurró—. Tengo que encontrar otro modo.
La chiquilla se abrazó las rodillas junto a Silla en señal de apoyo. Levantándose sobre sus cansados pies, Silla se adentró veinte pasos en el bosque.
—Otra noche en el bosque podría ser nuestro fin. No dejaremos de caminar hasta que lleguemos a Reykfjord.
SEIS
Reykfjord
Skraeda Holf llevaba casi una hora observando a su presa. Sentada al otro extremo de la larga mesa, mantenía la mirada fija en el fuego que crepitaba en un hogar cercano, observando al guerrero de reojo. El salón comunal de Reykfjord se había llenado de gente a medida que transcurría la hora, los huecos en los bancos se iban llenando conforme los parroquianos tomaban asiento y bebían un cuerno de cerveza tras otro.
—¿Dónde están tus compañeros, guerrero? —se preguntó Skraeda, sorbiendo de su copa de barro. El sabor meloso del hidromiel se extendió por su lengua y ayudó a aplacar su creciente impaciencia. Llevaba un mes vigilando al guerrero y a sus amigos, un mes que había planeado para hoy. Las esposas de hindrio le pesaban un quintal en el bolsillo y, con un movimiento de la mano, los hombres situados en todas las esquinas del salón se abalanzarían sobre el guerrero y sus amigos.
Girando ligeramente la cabeza, Skraeda contempló al hombre entre las trenzas cobrizas que le caían por el hombro. Era un tipo corpulento, y la capa de piel de foca que le envolvía no hacía sino realzar su corpulencia. Con el pelo negro recogido en la coronilla, el hombre se apoyaba en la larga mesa y miraba con desprecio su copa de cerveza. Por fuera, era un guerrero temible. Pero ella percibía un halo de angustia que brotaba constantemente del aura del hombre.
—¿Por qué estás nervioso, guerrero? —preguntó Skraeda con voz queda. Tanteó sus emociones como si fueran las cuerdas de un arpa, tirando suavemente, muy suavemente, del hilo de su angustia. Incluso desde la distancia, alcanzaba a verle el sudor en la frente. El guerrero echó una mirada por encima del hombro sin dejar de darse tironcitos a la barba negra. «Alguien está preocupado», pensó Skraeda, y una lenta sonrisa se dibujó en sus labios.
Ella ya le habría atrapado si no fuera por esos mismos tres hombres con los que se reunía semanalmente, cada uno de los cuales arrastraba hilos similares de angustia trémula. Incluso sin su intuición de Solaz, Skraeda habría sabido que aquellos hombres ocultaban algo. Los demás en el salón comunal tenían el tipo de camaradería que surge de compartir muchas noches de borrachera, pero aquellos cuatro guerreros eran las ovejas negras de la familia y solo se relacionaban entre sí.
«Porque ocultas tu verdadera naturaleza», pensó. Los galdra tenían una firma emocional: angustia mezclada con miedo y un toque de entusiasmo. Pero la prueba de fuego era cuando pasaba un guerrero klaernar: entonces, el miedo se volvía más brillante y se entretejía con el asco. «¿Dónde están tus amigos? ¿Cuándo se reunirán con nosotros?».
Mirando hacia la puerta del salón, la crispación de Skraeda fue en aumento y se le fue apagando el don. Metió la mano en el bolsillo, acariciando con el pulgar los suaves mechones de la trenza de Ilka. El nudo que sentía en el pecho se le aflojó un poquito.
«Paciencia, hermana», imaginó que le susurraba Ilka al oído. «El conejo va fácilmente al lobo astuto que sabe esperar». Ilka había sido la gemela paciente. Skraeda, en cambio, era la ambiciosa, la atrevida. La que tomaba sin miedo lo que quería.
Y cuando vio a los cuatro guerreros aquella primera vez, Skraeda decidió que su hermana tenía razón. Si preparaba bien la trampa y era paciente, cuatro conejos bien hermosos vendrían directamente a ella. Y, entonces, tal vez podría marcharse de Reykfjord y volver a la comodidad de Sunnavík. La sola idea era como un rayo de sol que le templaba las entrañas.
Llevaba tres meses en Reykfjord, con su hedor a pescado y sus vendavales salados. Aquí había pescado, pescado y más pescado. Y cuando no era pescado fresco, eran filetes de ballena o arenques ahumados o bacalao seco. Había comido tanto pescado que hasta se lo olía en la piel. Tenía ganas de comer cordero, conejo y jabalí asado con salsa de enebro…, cualquier cosa que no fuera ese dichoso pescado.
Las bisagras de hierro crujieron cuando la puerta del salón comunal se abrió de un empujón, y cuatro klaernar entraron dando zancadas.
Skraeda maldijo en voz baja al percibir un intenso estallido de miedo en el guerrero galdra al que observaba, un miedo que se mezclaba con repulsión. Sus sospechas se confirmaron: el hombre era galdra, sí, pero esos miserables klaernar se asegurarían de que sus amigos no se le unieran. Y si Skraeda no podía atraer a los cuatro, tendría que hacer que los hombres que había contratado regresaran otro día. Eso, por supuesto, si los klaernar no espantaban definitivamente al grupo de guerreros.
Las botas de los Garras del Rey repiquetearon contra el suelo de madera cuando rodearon la larga mesa y fueron directos al hombre.
—Por las cenizas sagradas de los dioses —soltó Skraeda en voz baja. Los klaernar le iban a fastidiar todo el trabajo.
El miedo del guerrero era ahora una cuerda brillante que se agitaba salvajemente. Skraeda lo atrajo hacia su mente, lo extrajo del corazón de su galdur y le añadió su toque calmante. El guerrero dejó de apretar la copa y soltó una larga exhalación.
Skraeda frunció el ceño cuando los Garras del Rey pasaron junto al hombre, sin siquiera mirar en su dirección. La mirada del líder klaernar se posó en ella, y de repente Skraeda se sintió la presa.
Oponiéndose al antiguo impulso de huir, se obligó a mirar los ojos fríos y oscuros del hombre. Se le erizó la piel ante la oscuridad de sus emociones. Todos los klaernar eran así: fríos e insensibles en comparación con la población normal. Sospechaba que no era por accidente, sino a propósito: el polvo de berskio, que tomaban durante el Rito y en dosis mensuales después, no solo aumentaba su fuerza física, sino que alteraba una parte de su mente. Sus emociones parecían atenuadas durante el día a día, pero Skraeda había observado que esto cambiaba durante los momentos de batalla y violencia: su rabia y entusiasmo aumentaban; el miedo y la empatía se apagaban.
—Skraeda Lengua Astuta —dijo el Garra del Rey líder, acercándose.
Todas las miradas se clavaron en ella y se fastidió su tapadera.
Skraeda se pasó una mano por la cara con una fuerte exhalación, y luego fulminó al klaernar con la mirada.
—Acabas de echar a perder el trabajo de un mes.
Detrás del klaernar, el guerrero de pelo negro se levantó y se dirigió hacia la puerta. Skraeda dejó caer de golpe su copa sobre la mesa y derramó el hidromiel por todas partes. No solo había asustado a su objetivo, sino que había pronunciado el nombre que ella se había ganado entre los klaernar en voz lo bastante alta como para que la oyeran todos en aquel lugar. Ya no podría volver.
Sin inmutarse, el klaernar líder se sacó de la capa un pergamino enrollado y se lo entregó a Skraeda.
—Tienes una nueva misión. Ha llegado correspondencia de Su Alteza.
Skraeda le arrebató el pergamino al hombre, rasgó el sello estampado con una marca de avispa y leyó ávidamente las palabras que contenía.
Skraeda:
Se nos ha escapado un objetivo. Buscamos a una mujer de veinte inviernos, de pelo castaño rizado y una pequeña cicatriz en el rabillo del ojo. Quizá esté viajando por Reykfjord. Reúnete con los hombres del comandante Thord en el puente. Hay que detenerla a toda costa. Sé que no me defraudarás.
Tuya,
Signe
La frustración burbujeaba en sus entrañas. Un cambio… Después de tantas semanas de planificación, todo su esfuerzo se había ido al traste, sin más.
Sin embargo, aquella misiva de caligrafía pulcra la hizo reflexionar.
«Hay que detenerla a toda costa».
«Más información en breve».
Aquello era nuevo. Había algo especial ahí, algo fuera de lo común. Y Su Alteza recurría a ella, a Skraeda. Era una oportunidad que no podía desaprovechar. Además, no pensaba defraudar a la soberana: las consecuencias de un fracaso eran demasiado nefastas.
Tras beberse lo que le quedaba de hidromiel, Skraeda se puso en pie.
—Llévame ante Thord.