EL BOSQUE DE LA MUERTE
Teutoburgo (Germania), año 9 d. C.
Yo, Lucio Fedro Celer, doy fe de que toda esta historia es cierta. Como antiguo guardia pretoriano de Tiberio, participé en batallas y guerras y maté a decenas de hombres. Pero cuando quise salvar al más importante, no lo logré. En cambio, él nos salvó a todos. Para dar a conocer su historia debo contar antes la mía, y cómo nuestros destinos confluyeron por designios insospechados.
El primer muerto que vi en mi vida fue mi padre. Tenía yo apenas nueve años cuando entendí que aquel cuerpo que yacía delante de mí como un fardo inútil era el hombre al que adoraba. De él heredé el nombre, el físico y el pundonor. Solía yo compararlo con Marte, el dios de la guerra; vestido con coraza, coronado por un casco y armado con lanza, espada y escudo. Sin embargo, en ese momento lo sentí desposeído de toda su valía allí desnudo, cubierto apenas con una sábana y con los pies orientados hacia la entrada de la casa, decorada con ramos de ciprés, mirto y laurel para que todo el mundo supiese que allí se había producido un deceso. Me impresionó tanto verle así que jamás he podido borrar aquel rostro de mi memoria.
Mi madre, Ceres Drusilla Paulina, y las esclavas prepararon el cuerpo de mi padre según la costumbre. Lo lavaron con agua caliente, lo afeitaron y depilaron antes de amortajarlo y perfumarlo. Sus párpados cerrados y huecos permitían entrever la ausencia de los globos oculares garzos, la nariz fina se mantenía firme de milagro sobre su curvado caballete, los labios conservaban las profundas señales de las suturas salvajes. Supe después que durante la terrible batalla en el bosque de Teutoburgo le habían sacado los ojos de las órbitas con la contera de la gladius y cosido la boca a puntada limpia tras seccionarle la lengua.
Lo velamos durante una semana entera, pese al riesgo de la descomposición del cadáver, temerosos de que no estuviese muerto del todo y pudiera volver a la vida en cualquier momento. Era una costumbre muy romana.
En la necrópolis, como hijo del finado, coloqué bajo su lengua cercenada un óbolo como obligado tributo al barquero Caronte para que lo condujera por la laguna Estigia hasta la entrada al Hades. Después, el dessignator dio orden de incinerar el cadáver. No derramé ni una sola lágrima mientras su cuerpo ardía, pero sí cuando Nevio Sutorio Macrón, su jefe en la batalla y amigo, se acercó a mí después del funeral.
Él había sido uno de los que transportó la camilla mortuoria adornada con guirnaldas y coronas de flores desde nuestra casa hasta la necrópolis. Macrón se agachó para estar a mi altura y me tendió la gladius de mi padre, la misma que había empuñado durante más de treinta años, desde su primera campaña con el Cuerpo de Pretorianos contra la temible tribu gala de los Salassi, que habitaban en el valle superior del río Dora Baltea. El amigo de mi padre la había traído desde Germania para entregármela. Hoy esa gladius constituye para mí el único recuerdo que conservo de él, junto a la imagen imborrable de su rostro inerte.
Un año después, mi madre, Ceres, también nos dejó. Se la llevaron unas fiebres indómitas pero yo sé que en realidad murió de tristeza por la ausencia de su esposo. Fue entonces cuando aquel que me había hecho entrega de la gladius me adoptó como su hijo. Nevio Sutorio Macrón y su esposa Ennia ya tenían una hija, Flavia, una criatura que hacía honor a su nombre y que me salvó de ahogarme en la pena. Desde que Macrón se hizo cargo de mí, Flavia y yo fuimos educados en las artes, astronomía, lenguas, matemáticas, poesía y religiones. Mi padre adoptivo era un erudito, ávido siempre de conocimiento. Quería entender el mundo y sus singularidades. Insistía en que, para controlar el cuerpo y la espada, primero había que dominar la mente y el pulso. Eso le convirtió en un gran estratega y guerrero.
Así, entre juegos y lecciones de filosofía, literatura y lecturas de los escritos griegos y hebreos, transcurrió nuestra infancia. Aquella formación intelectual fue clave en mi camino como futuro pretoriano. Pero aún faltaba la última parte, la instrucción militar.
Recién cumplidos los doce años, Macrón, entonces prefecto de vigiles, consideró que había llegado el momento. Me citó en el cuartel general, donde desarrollaba sus labores al servicio del Imperio.
Los vigiles eran los encargados de velar por la seguridad ciudadana en sus peligrosas callejuelas repletas de termas, tabernas y tugurios. Yo ya había sido testigo de su labor a una edad muy temprana.
Recordaba bien que, cuando tenía seis años, un gran incendio había asolado la ciudad de Roma. El propio emperador Augusto se hizo cargo de la organización de los vigiles creando una brigada compuesta por más de tres mil hombres divididos en siete cohortes, bajo el mando militar directo del prefecto Nevio Sutorio Macrón.
Al llegar al cuartel general me llamó la atención el lema inscrito en el frontispicio, ubi dolor, ibi vigiles, «donde hay dolor, están los vigiles». A cualquier chico de mi edad le habría deslumbrado aquella visita. Dos guardias custodiaban la entrada, uniformados con una capa que les cubría la cabeza y una túnica, y armados con espada corta. Nada más pronunciar el nombre de su jefe, me franquearon el paso, y uno de ellos salió a mi encuentro para acompañarme al despacho del prefecto que ya me aguardaba allí. Sentado a la mesa, Macrón lucía a su espalda un hermoso estandarte que captó también mi atención. Al percatarse de mi interés, procedió a explicarme su origen.
—Es el Imago —repuso él volviéndose para verlo—. En Teutoburgo luchamos las tres legiones portando esta misma bandera que ahora contemplas tú. Nos recordaba a todos al emperador por el que nos batíamos a muerte y la voluntad libre del pueblo romano, que juramos preservar a toda costa. Tu padre intentó recuperarlo y eso le costó la vida.
A ambos debió de golpearnos la misma imagen, porque se hizo el silencio.
—La peor derrota de Roma en toda su historia —añadió finalmente—. De nada le sirvió a Augusto que Tiberio conquistase las tierras de la región septentrional y central entre el Rin y el Elba…
En aquella conversación Macrón se sinceró y me contó quién fue mi padre, en la batalla y en la vida. A través de los ojos de su hermano de armas conocí sus anhelos, su amor a la familia y, sobre todo, su lealtad a Roma. Mi padre dio su vida por nosotros y por el pueblo romano y yo la daría también.
Así fue como inicié mi formación como miembro de la guardia pretoriana.
VENGANZA
Entre Roma y Germania, años 15-17 d. C.
Transcurrieron tres años desde aquella conversación con Macrón hasta que me brotó vello en el pecho. Desde entonces había tenido tiempo suficiente para preparar mi ingreso en la guardia pretoriana, y era un muchacho de quince años deseoso de pertenecer al cuerpo más envidiado del ejército de Roma.
Durante ese periodo, Macrón no olvidó la deuda de gratitud que guardaba hacia mi padre. Si bien era su superior, entre ellos se había forjado una amistad inquebrantable. No fueron pocas las veces que su malogrado amigo le había salvado la vida, y eso los mantuvo unidos hasta la muerte. Por ello, Macrón obvió que era el hijo de su subordinado y me asignó con su amigo Lucio Seyo Estrabón, prefecto del Pretorio, cargo que él mismo desempeñaría años después. Gracias a esa intervención, pude finalmente unirme a los pretorianos, no sin antes atravesar un auténtico calvario de obstáculos durante el adiestramiento.
De los cinco mil aspirantes de aquel año, solo ciento cincuenta conseguimos ingresar en el Cuerpo. Alcancé el grado de tiro o recluta tras cuatro meses de extenuantes pruebas que tenían lugar desde el alba hasta el anochecer. A los elegidos nos marcaron el primer día como a reses; con un hierro candente quedó grabada en la palma de mi mano la señal de los pretorianos: una P mayúscula. Aquella primera jornada fue solo el comienzo de una rutina despiadada.
En mi memoria quedan especialmente impresos los gritos y aspavientos de nuestro entrenador durante las interminables horas que dedicamos a formar y a ensayar el paso militar para ejercitar una férrea disciplina. Cuando alguno de nosotros se desviaba de la fila, aunque solo fuera un poco, ardía Troya. Ese pequeño error nos costaba a todos una hora más de idas y vueltas por el campo de maniobras que miraba a la ciudad de Roma, junto al muro oeste.
Y no era lo único. A diario partíamos de allí para efectuar dos tipos de marchas: una de cinco horas a paso normal y otra de doce horas. Pero la peor de todas era la que nos obligaban a realizar con frecuencia a paso ligero, con todo el pesado equipo reglamentario encima durante un recorrido interminable.
Además de la marcha, se nos exigía agilidad. Saltábamos también como vigorosas langostas. Debíamos estar preparados para sortear cualquier riachuelo u obstáculo montañoso que se nos interpusiera en el campo de batalla, incluidas las zanjas o empalizadas que pergeñara el enemigo. En la academia nos colocaban un potro de salto que intimidaba a muchos por el temor a dañar la integridad de nuestras partes más íntimas, sobre todo cuando nos indicaban que lo abordásemos de un solo brinco a horcajadas con la gladius y el pilum en cada mano. Más de uno se dio media vuelta sin atreverse a saltarlo y fue expulsado ipso facto del Cuerpo.
Pero no todo era agilidad. También nos formaban en el uso letal de nuestras armas. Aprendimos a utilizar la gladius como si fuera una prolongación del brazo. Entrenábamos con espadas de madera de sauce que doblaban en peso a las reales, lo mismo que los escudos, de modo que cuando blandiésemos las armas auténticas, los movimientos fuesen mucho más rápidos y eficaces. Cada vez que hundía la punta de la gladius o arrojaba el pilum contra el tronco grueso fijado al suelo del campo, no podía dejar de pensar en el asesino de mi padre.
Tal vez por eso fui el mejor de mi promoción en el uso de las armas. Formaba parte de la tercera cohorte pretoriana, de las nueve constituidas por Augusto, ahora ampliadas a doce por el prefecto Sejano, cada una de las cuales constaba de cuatrocientos ochenta hombres y un centenar de jinetes. Éramos la élite del ejército romano. No solo se exigía de nosotros una forma física impecable, con ejercicios de fuerza, resistencia y velocidad; también aprendíamos a controlar los nervios y a soportar cualquier tipo de dolor que nos infligiesen. La tensión nos ponía más duros que una tabla de roble. Nuestra misión principal era velar por la seguridad de Tiberio, el nuevo emperador, pero, de vez en cuando, también ejercíamos labores de espionaje.
Aunque pude haberme alistado en la legión, al final me incliné por la singular dureza y pericia de los pretorianos. A fin de cuentas, desde el desastre de Teutoburgo, el emperador Augusto había incorporado pretorianos a la legión, y me bastó una carta de recomendación de Macrón —a la vista de mi brillante expediente en la academia— para unirme sin problemas, como así sucedió.
Por entonces no me asustaba el dolor ni me preocupaba la muerte. Tampoco había matado a nadie, pero era consciente de que muy pronto lo haría. A mi temprana edad, ya había alcanzado un desarrollo corporal considerable: de estatura superior a la media, complexión musculada, cabello largo y crespo negro como el alquitrán, ojos azules, tez morena, nariz ligeramente aguileña y una atractiva sonrisa con hoyuelos que afloraba con facilidad aun en las situaciones más adversas. Mi madre siempre aseguraba que era un calco de mi padre.
Y así, cuando me vi uniformado de pretoriano, de la noche a la mañana, sentí un impacto y un orgullo que no puedo describir. Lucía entonces en la academia uno de los tres uniformes de pretoriano, compuesto por la túnica de lino con mangas cortas y amplia abertura en el cuello para permitir el paso del brazo y dejar al descubierto el hombro cuando era necesario. Sobre la túnica llevaba el sagum. Y por supuesto, portaba la gladius con cingulum.
El momento de poner a prueba todo lo aprendido no tardó en llegar. Cuando el valeroso general germánico Julio César, hijo de Druso el Mayor y sobrino del emperador Tiberio, inició sus campañas militares en Germania para vengar la derrota infligida en el bosque de Teutoburgo, yo estaba listo para tomarme la justicia por mi mano. Las ansias de victoria contra uno de los ejércitos más temidos del mundo envalentonaron a los germanos, que se lanzaron al ataque contra todas las posiciones romanas al este del Rin, incluidas guarniciones, campamentos y ciudades enteras.
Debieron transcurrir nada menos que seis años desde aquella humillación provocada en Teutoburgo para que un ejército romano cruzase de nuevo el Rin. Esta vez, Macrón, por sus responsabilidades en Roma al frente del cuerpo de vigiles, no pudo reparar la muerte de su amigo Lucio Fedro, pero le consoló saber que yo, su hijo, estaría allí para hacerlo también en su nombre. Participé en aquella batalla siete años después de que mi padre perdiera la vida en esas mismas tierras. Fue mi pequeña venganza personal contra los germanos que acabaron con su vida.
A mi regreso de la contienda en Germania, tres años después, Macrón estaba ávido por conocer mi versión de lo acontecido en aquel infierno, tan inquieto como un joven de mi edad. Su cabello, ligeramente encanecido, escondía ya placas alopécicas, y su corpulencia podía considerarse ahora más bien una obesidad burocrática. Puede que su destreza física se hubiera visto mermada, ya que antes montaba a caballo y manejaba las armas como nadie, pero todavía conservaba intacta su excelente memoria y una habilidad especial para las lenguas latina y griega.
Me agasajó a mi llegada con un gran banquete donde pude saborear los guisos más exquisitos y beber los vinos más delicados. Todo le resultaba poco para agradecerme mi servicio a Roma.
No tardó en aparecer Flavia. Escuché las pisadas apresuradas que se acercaban por la galería. Corría hacia mí hasta que se abalanzó sobre mi cuello, como hacía cuando éramos pequeños. La alcé más de dos palmos del suelo y giré con ella en brazos. La había echado de menos más de lo que pude imaginar al partir hacia Germania.
—¡Mi querida Flavia! Cuando me fui dejé a una niña y me encuentro ahora con una hermosa mujer —afirmé mientras la contemplaba maravillado.
—No seas tonto —bromeó ella dándome un golpe en el pecho, duro como una roca—. No te voy a perdonar que me dejaras sola tres años.
—Bueno, bueno… —intervino Macrón—. Ya tendréis tiempo de contaros vuestras batallitas. Ahora necesito quedarme a solas con Lucio.
Acarició el mentón de Flavia y ella le respondió con un beso travieso en la mejilla.
—Tienes que contármelo todo —me advirtió mientras se alejaba por donde había venido.
La seguimos con la mirada, sonrientes, hasta que desapareció tras las columnas.
—Estás muy cambiado, Lucio —me dijo Macrón, ya sentado a la mesa del despacho.
—Estigmas de guerra —asentí.
Él sonrió con una leve mueca de amargura. Le ofrecí mi mano y la aceptó mientras nos dirigíamos al triclinium.
—Ven, siéntate a mi lado y cuéntame la batalla —me dijo.
Y así lo hice. Le narré los pormenores del combate, incluso exageré en algunos momentos. Merecía la pena solo por verle disfrutar del relato y ser testigo de cómo su satisfacción viajaba unos cuantos años atrás, cuando era él quien guerreaba junto a su amigo Lucio Fedro, mi padre. Cuando se cobraban vidas enemigas y colmaban de gloria a Roma.
La trampa
Capri, 31 d. C.
—¡Alto! ¡Deténgase! —El eco de la voz del centinela retumbó con estrépito en la rocosa cima del monte Tiberio.
El hombre fornido y renqueante se detuvo en seco. Había caminado toda la vía que llevaba el mismo nombre del emperador, desde el centro de Capri, para ascender luego con sumo esfuerzo por los más de doscientos pasos de repechos hasta la cumbre.
—¡Vengo a ver a Tiberio! —gritó jadeante.
—¡Identifíquese! —ordenó el pretoriano.
—Me llamo Palas y me envía Antonia, cuñada del emperador y madre del general Germánico, con un mensaje muy importante para él.
La luz del atardecer comenzaba a rozar las tranquilas aguas de la bahía de Nápoles. Pronto, aquel paisaje imponente y escabroso que circundaba la ciudad formaría con sus sombras las siluetas inquietantes de gigantes y fantasmas.
En medio de esa atmósfera crepuscular, el guardia condujo al extenuado mensajero hasta el ala este del palacio de Villa Jovis, como se conocía al gigantesco complejo residencial que Tiberio había mandado construir sobre el gran acantilado de la isla de Capri. El emperador se había refugiado allí hasta el fin de sus días, presa de un miedo cerval a ser asesinado. Prefería el aislamiento de la bella ínsula italiana antes que el esplendor de la Roma imperial.
Palas aguardó la llegada del emperador en la antecámara. Las varias jornadas de viaje desde Roma lo habían dejado exhausto. Pero había recibido órdenes de entregar el mensaje cuanto antes. Antonia no tuvo más remedio que recurrir a él, su hábil y fiel liberto, para que le hiciera de mensajero, dada la férrea vigilancia de Sejano, prefecto del Pretorio, que cada vez iba adquiriendo más poder. Todos sabían que su red de espionaje intervenía los correos.
Tiberio irrumpió en la estancia acompañado de Macrón.
—¡Ave! —saludó Palas al emperador nada más verle en el umbral del salón de recepciones.
—¿Se puede saber qué quiere ahora Antonia? —interrogó Tiberio, que conocía ya de sobra a la correveidile de su cuñada.
—Tome, mi señor. —Palas le tendió un díptico de madera encerada. Antonia había escrito en él con estilete un texto por ambas caras.
A medida que leía, el gesto del emperador se tornaba sombrío. Paseaba de un lado a otro cabizbajo, con aspecto triste, sobre el valioso mármol pórfido del suelo. Palas y Macrón le seguían expectantes con la mirada. El mensaje parecía largo. Tiberio, de elevada estatura y contorno grueso y robusto, se detenía a veces para alzar la vista del díptico y mostrar las pupilas dilatadas de sus ojos negros tras la lectura de algún párrafo que sin duda debía de desagradarle.
El emperador sujetaba el díptico con su mano izquierda, más desarrollada y ágil que la derecha. Macrón recordaba con claridad cómo, con ese mismo pulgar, Tiberio había llegado a traspasar una manzana o herir a un joven de un solo capirotazo.
Por fin, cuando el emperador terminó de leer, se mesó la larga cabellera que le caía por la espalda, cubriéndole el cuello, y levantó la cabeza mostrando su tez blanca.
—La viuda de mi hermano Druso es la mujer más hermosa de Roma, pero sobre todo es la más intuitiva y astuta de todas —prorrumpió él, orgulloso.
—No le entiendo, señor —terció Macrón, desconcertado.
—Antonia acaba de confirmar lo que yo temía desde hace tiempo —murmuró Tiberio con gravedad.
Sin más palabras, hizo una señal a Palas para que se retirara. Una vez a solas, el César no pudo reprimir su rabia.
—¡Puerco traidor! —exclamó fuera de sí.
—¿Quién, señor?
—Lucio Elio Sejano. ¡Solo un cretino como él puede pensar en proclamarse emperador estando yo vivo!
Macrón dudó por un instante, pero decidió hablar.
—Perdone si me entrometo, señor, pero eso es un secreto a voces: algunos aduladores suyos ya han empezado a darle la espalda.
—¡Aplastaré viva a esa cucaracha! —dijo retorciendo con fuerza contra el suelo su sandalia de cuero atada con cuatro correas rojas.
—No será fácil, señor —insistió Macrón con cautela—. Sejano tiene el apoyo de todas sus cohortes y cuenta con una tupida red de partidarios en la ciudad entre libertos, equites, plebeyos y senadores.
Tiberio paseaba por la estancia como un león enjaulado. Se devanaba la cabeza buscando una solución para frenar la inminente traición de Sejano. ¿A quién enviar? La respuesta la tenía ante sus ojos.
—Te diré lo que vamos a hacer —dijo al fin—. Irás a Roma con una carta mía para el Senado y le dirás a Sejano que en ella le concedo los más altos honores del Imperio, entre ellos el poder tribunicio.
Macrón necesitó unos instantes para asimilar lo que le acababa de proponer Tiberio.
—¿Y cree que se lo tragará? —preguntó intentando mantener un tono natural.
—Caerá en la trampa, te lo aseguro. Y ahora viene lo mejor de todo: mientras Sejano se dirige al Senado creyendo que va a presenciar su propia glorificación, tú correrás al campamento de los pretorianos y les mostrarás otra carta mía destituyéndole como prefecto y nombrándote a ti en su lugar.
—No tiene por qué, señor. —Macrón trató de disimular su ambición.
—Mi deseo es ley.
—Gracias, César. Pero ¿cree de verdad que las cohortes que ahora le apoyan se pondrán de mi parte?
—Querrás decir más bien si se pondrán de la mía, porque soy yo quien da las órdenes en Roma.
—Eso pretendía decir, señor, disculpe mi torpeza.
Tiberio, más sereno, se llevó la mano a la boca, reflexivo.
—El riesgo existe —admitió—, pero confío en que mi autoridad prevalezca al final. Además, seguro que la suma de cien mil sestercios de bronce ablandará el corazón de todos esos pretorianos, ¿no te parece?
—Ya lo creo, señor; y la décima parte de esa cantidad también —asintió Macrón con una mueca cínica.
Tiberio acababa de pronunciar la sentencia de muerte de Sejano, despejando así el camino para que Macrón ascendiera al frente del Pretorio.
ROMA NO PAGA TRAIDORES
Roma, 31 d. C.
Tiberio le había concedido a Macrón poder absoluto. Sabía que él lo utilizaría con sabiduría, y apenas llegó, cumplió todas las órdenes del César a rajatabla. Mientras tanto, yo me había convertido en su hombre de confianza.
Macrón no tardó en actuar: convenció a las cohortes pretorianas para jurar fidelidad al emperador y a su nuevo prefecto. Sejano, confiado, asistió en el Senado a la lectura de la extensa carta de Tiberio en la que este comenzaba elogiándole para luego criticarle y, finalmente, acusarle de alta traición. Pocas veces como entonces se justificó tanto la célebre frase del procónsul Quinto Servilio Cepión, acuñada dos siglos antes: «Roma no paga traidores».
La epístola del César concluía con la orden inmediata de arresto. Tras un momento de vacilación, los senadores accedieron a prender a Sejano, enterados de que la guardia pretoriana se había puesto del lado de su rival Macrón.
Así, aquel mismo día, Sejano fue juzgado y condenado a muerte. Su cadáver hecho pedazos se arrastró durante tres días por las calles de Roma para escarmiento de los traidores como él. Tan minucioso fue el descuartizamiento de su cuerpo que el verdugo no halló un solo trozo lo suficientemente grande para exponerlo en las Gemonías, también conocidas como las «Escaleras del luto», un lugar de ejecución localizado en el centro de la ciudad.
Pero la fría venganza de Tiberio no acabó ahí. Era indispensable que la línea sucesoria de Sejano quedase exterminada de la faz de la tierra.
Aquella sería una de mis primeras misiones al servicio de Macrón como parte de una de las centurias del emperador: acudir al domicilio de Sejano y encargarme de su familia. Nuestro centurión, Cecilio, hasta entonces leal a Sejano, no tuvo ningún escrúpulo en cambiar de bando y jurar lealtad al nuevo prefecto con tal de mantener su paga y su estatus. Además, ambicionaba llegar a primus pilus, un puesto de prestigio y bien remunerado.
Cecilio era un hombre de un tamaño descomunal, grasiento y torpe, de ojos pequeños y maliciosos que observaban con desdén a todo el que se le acercaba. Bebía con desmesura y siempre se hacía acompañar por niñas, adolescentes y efebos. Solo con mirarle daban ganas de hacerle daño. Trataba a sus soldados con una crueldad extrema. En más de una ocasión, algún joven había muerto después de alguno de sus entrenamientos. Desde que lo vi por primera vez, supe que era un ser despreciable. Él se dio cuenta de mi antipatía, pero no reaccionó. Me miraba con gesto rijoso, como si esperase el momento oportuno para atacarme. Además, era conocedor del favor que me otorgaba Macrón, el gran prefecto de Tiberio.
Seis días después del ajusticiamiento de Sejano fuimos juntos a la casa del fallecido y ejecutamos sin miramientos a su primogénito, Estrabón, y a su hermano Capito Eliano. La menor, Junilla, de once años, sería encarcelada. Según el Derecho Romano, las vírgenes no podían ser ejecutadas. La pobre criatura preguntaba con ingenuidad adónde la llevaban. Su único delito era ser hija de su padre. Sus ojos pedían clemencia.
Cuando me disponía a cogerla y llevarla a prisión, Cecilio me ordenó buscar a Apicata, la madre. Algo me hizo desconfiar al ver que se dirigía al interior de la estancia donde habíamos dejado a la pequeña, pero le obedecí.
La maldición de Tiberio recayó así sobre la familia entera, incluida la esposa y madre. Entré en el hipocausto y allí estaba ella, flotando en la bañera, el agua teñida de sangre que manaba de sus brazos. Apicata, al conocer la muerte de sus hijos y el destino de su pequeña, se había suicidado.
Salí inmediatamente en busca de ayuda para sacar el cadáver de allí. Fue entonces cuando escuché un grito agudo y desgarrador procedente de una de las habitaciones. Sin duda se trataba de Junilla. Acudí a comprobar qué sucedía. Teníamos órdenes estrictas y la criatura no podía escapar.
Al entrar la escena me encendió, aunque mentiría si dijera que me sorprendió. Montado sobre el pequeño cuerpo de la niña, Cecilio se balanceaba hacia delante y hacia atrás. A ambos lados de su cintura, los piececitos inertes de la criatura se movían sin tensión ni resistencia. Me acerqué un poco más. La cara de ella estaba hinchada y sangraba por la nariz, la boca y los oídos. Se hallaba inconsciente. El muy salvaje la había reventado. No fue un arrebato ni un acto involuntario.
Calculé mis movimientos, la distancia, incluso me acerqué con sigilo hasta que estuve a menos de un palmo de la espalda de Cecilio. Cogí mi pugio y en un movimiento rápido le sujeté la frente con la mano izquierda, le eché la cabeza hacia atrás y con la derecha le rebané el pescuezo con un corte limpio. Su cuerpo gordo y seboso cayó a plomo en el suelo.
Intenté salvar a Junilla, pero su cuello marfileño tenía marcadas las zarpas de aquella fiera, que la había estrangulado como si escurriese un pañuelo de seda. La cogí en brazos y la zarandeé; no reaccionó. Aquel salvaje había acabado con ella.
En ese momento entraron dos soldados más que se detuvieron al ver la escena. Cecilio muerto en el suelo, el puñal ensangrentado aún en mi mano y el cuerpo de Junilla en mis brazos. No iba a poder defenderme de las acusaciones. Matar a un oficial estaba penado con la muerte; violar a una virgen, también. Yo lo sabía y ellos lo sabían. Inmediatamente me prendieron para llevarme preso.
Pero en aquel instante, lo único que me dolía era no haber podido salvar a la niña. Ignoraba que aquella muerte pesaría sobre mi conciencia el resto de mi vida.
LA CÁRCEL
Roma, 31 d. C.
La atmósfera era espesa y la humedad rezumaba por las paredes de piedra de la prisión. El carcelero, un hombre robusto de mirada cruel, condujo a Macrón por el corredor hasta una de las celdas del fondo. Sus pasos resonaban en el pasillo y su túnica blanca, impoluta, parecía evitar el roce con el suelo. El olor a podredumbre penetraba en cada rincón y se mezclaba con los lamentos y jadeos ahogados de los infelices que cumplían sus penas en aquel agujero remoto e inmundo.
El guardia sostenía una antorcha en la mano que alumbraba algunos de los rostros al pasar por su lado. Una vez que alcanzó la celda que buscaba, la mía, iluminó con la llama mi cuerpo desvalido, arrinconado y cubierto de harapos y de suciedad. Unas greñas largas y enmarañadas me ocultaban el rostro. Mi respiración era apenas perceptible.
El carcelero entró y me propinó un puntapié.
—¡Despierta, basura! —gruñó sin piedad—. Tienes visita.
No pude evitar estremecerme y emitir un gemido apagado. Las cadenas que me sujetaban chirriaron en respuesta a mis movimientos cuando traté de incorporarme. Al darme la vuelta, la luz de la antorcha impactó sobre mi rostro demacrado y pálido. Tuve que apartar la vista, deslumbrado por la claridad. Se revelaron entonces mis ojos hundidos y mi gesto extenuado y la barba crecida. La mirada, antes orgullosa, ahora estaba vacía, sumisa. Varias semanas en prisión hacen mella en cualquiera.
Macrón observaba la escena con una mezcla de asco y lástima. Su voz, fría pero firme, rompió el silencio:
—Déjanos solos.
El carcelero asintió y se retiró. Cerró la puerta pero no con llave. Yo no habría podido escapar aunque quisiera.
Macrón se acercó lentamente.
—Lucio —me dijo con ternura y desesperación—. Hijo mío, estoy aquí.
Intenté hablar, pero me sentía confuso. No sabía si se trataba de un sueño o si en realidad había muerto. Macrón me acarició las greñas y la barba.
—Tranquilo, ya pasó, ya pasó —intentó calmarme mi padre adoptivo.
Entonces, se puso en pie y golpeó los barrotes. De inmediato irrumpió allí el guardián.
—Quítale las cadenas —ordenó con voz firme—. Y que le den un baño y comida caliente.
El funcionario reaccionó incrédulo. ¿Quién era aquel desgraciado al que había estado vigilando durante las últimas semanas? Debía de tratarse de alguien importante para que el mismísimo prefecto del emperador viniera a visitarle.
Antes de desaparecer, Macrón le observó amenazante. El carcelero sabía que aquella mirada era una advertencia. Si me pasara algo, él sería el principal responsable.
MISIÓN COLUMBA
Sede de la guardia pretoriana, 31 d. C.
Tardé varios días en recuperarme. Me puse en forma, me alimenté bien y volví a ser prácticamente el mismo que antes de mi infausto ingreso en prisión. A pesar de que Macrón era el segundo hombre más influyente de Roma, también era una persona que cuidaba las apariencias, ecuánime y justo a su modo. Así que tuve que cumplir semanas interminables de cárcel, pero me libré de la pena de muerte por asesinar a sangre fría a un oficial de Roma.
Me reincorporé a la guardia pretoriana, aunque no como soldado, el rango que tenía antes. Para mi sorpresa, entré a formar parte del cuerpo de speculatores, un grupo especial dentro de los pretorianos encargado de tareas de inteligencia. La orden vino directamente de Macrón y yo no osé contradecirle. Me había sacado de la cárcel y devuelto a la vida. Haría cualquier cosa que me ordenase.
Siempre que debía confiarme algo importante, Macrón solía citarme en su despacho de la moderna edificación fortificada donde se cobijaba el campamento pretoriano. Pero si se trataba de un asunto más íntimo y familiar, entonces él y yo nos reuníamos en otro lugar mucho más apacible y proclive a las confesiones, como sin duda era la residencia imperial, que Tiberio había puesto a disposición del prefecto del Pretorio tras retirarse a Capri.
Paradojas del destino, Sejano había promovido la construcción de toda aquella enorme ciudadela militar, donde se agrupaban las cohortes pretorianas en barracones junto a la Muralla Serviana que custodiaba Roma. Antiguamente, los ciudadanos acogían a los soldados a regañadientes en sus casas particulares hasta que Sejano, con el beneplácito de Tiberio, congregó en ese nuevo emplazamiento fuera de la metrópoli, entre las vías Nomentana y Collatina, muy cerca del perímetro amurallado, a todas las cohortes dispersas durante el reinado de Augusto. Agrupar así a las fuerzas pretorianas de Roma en un solo campamento reforzó la presión que Sejano podía ejercer a conveniencia, además de granjearle agradecimientos y lealtades ante un hipotético golpe de Estado.
—Pasa, Lucio —me indicó Macrón aquella mañana lluviosa que había enfangado las arterias principales del campamento.
A juzgar por su rostro risueño y recién afeitado, presentí su entusiasmo por lo que iba a contarme.
—Te queda bien —advirtió complacido señalando mi barba—. Tienes un aspecto fiero.
—Me he acostumbrado a ella y ahora me sentiría desnudo si me afeitase —afirmé mientras me acariciaba el cabello y la melena.
Comentarios triviales como aquellos precedían siempre a los asuntos importantes, y la conversación se alargaba más de lo normal. Eso significaba que la información que iba a darme era trascendental. Macrón y yo nos conocíamos bien, como padre e hijo adoptivo, y temía por tanto que él pudiese arrojar en cualquier momento su pilum verbal contra mí con algún encargo comprometido, arriesgado y hasta desagradable.
—Te he llamado para una misión secreta —afirmó al fin.
—Lo suponía —ratifiqué. He ahí el motivo de mi ingreso en los speculatores—. Está bien, tú dirás.
—Viajarás a Galilea —dijo sin rodeos—. He recibido información de una posible revuelta. Hay un agitador, un revolucionario que está dando muchos problemas a los miembros del Sanedrín judío.
—¿Tan peligroso es ese hombre que no pueden ocuparse de él nuestras tropas allí? —Sentía curiosidad a la vez que me resultaba extraña la misión. La presencia romana en aquellas tierras era importante y tenían potestad para actuar sin rendir cuentas a nadie.
—Al parecer se ha convertido también en una amenaza para Roma —afirmó Macrón—. Las autoridades judías ya eran susceptibles a las predicaciones del tal Bautista. Y ahora este profeta revolucionario encabeza una sedición que amenaza la estabilidad de nuestras provincias de Judea, Samaría y Galilea. Insiste en que el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Los judíos piden que intervengan las autoridades romanas. Por eso es una misión tan importante. Tiberio está muy preocupado y me ha pedido que envíe al mejor espía del Imperio.
—¿Y ese espía soy yo?
—Sabia deducción.
—Quid pro quo?
—Así es, Lucio, tu libertad a cambio de la misión.
—¿Y por qué un espía? —pregunté intrigado.
—Los males hay que cortarlos de raíz, conocer su origen y atajarlos desde dentro —aseguró convencido—. Tu cometido será infiltrarte en el grupo de seguidores de ese revolucionario y disolverlo.
—¿Crees de verdad que alguien como yo, acostumbrado a la guerra, será capaz de introducirse entre los partidarios de ese impostor?
—Tiberio y yo estamos seguros de ello.
—Explícame cómo…
—Déjame decirte antes que me agrada mucho que te tomes esto como una propuesta, y no como una orden.
—¿Acaso tengo otra alternativa?
Macrón sonrió divertido.
—Te embarcarás como polizón en un barco que zarpará en breve rumbo a Cesarea Marítima.
Abrió el cajón de la mesa y extrajo un medallón de latón con una paloma grabada en el centro.
—¿Qué objeto es ese? —inquirí yo atónito.
—Te proporcionará la coartada que necesitas. Ese grupo utiliza este símbolo para identificarse entre ellos.
—Venga, padre, ¿tú crees que alguien será tan ingenuo de tragarse que un tribuno del Pretorio es un seguidor confeso de ese profeta?
—Aún no he terminado.
Macrón era un maestro del desconcierto y disfrutaba sembrando la intriga para mantenerme en vilo. Ya hubiese querido Cayo Albucio Silo seducir con su retórica al auditorio, o Plauto y Terencio cautivar a los lectores con sus enredos amorosos, como Macrón sabía hacer conmigo. No exagero. Presentía que iba a decirme algo desagradable, y esta vez tampoco me equivoqué.
—Cuando tu barco atraque en el puerto de Cesarea Marítima serás detenido y puesto a disposición judicial en Jerusalén.
Sacudí la cabeza de aturdimiento.
—¿Apresado…? ¿Juzgado…? ¡Qué estás diciendo! —exclamé.
—Embarcar como polizón en una nave está penado por las leyes. Y para que nadie sospeche, serás flagelado en la plaza pública.
Por mi expresión de asombro, Macrón intuyó enseguida el seísmo interior que me convulsionaba. Guardé silencio un instante con la esperanza vana de que no hablase en serio, pero pronto me devolvió a la cruda realidad con el talante conciliador que reservaba siempre para las situaciones difíciles y comprometidas.
—Lucio, entiendo que te cueste digerirlo, pero créeme: Tiberio y yo estamos convencidos de que no existe un plan mejor y de que tú lo ejecutarás a la perfección.
Podría haberse ahorrado la galantería. A fin de cuentas, estaba obligado a obedecer si no quería morir decapitado tras reingresar en aquella cárcel inmunda.
—Está bien —añadí resignado—. Al parecer no tengo otra salida.
—Prestarás un servicio impagable a Roma y al César. Ese revolucionario y falso profeta empieza a causarnos serios problemas. Herodes Antipas nos ha informado sobre algunas locuras cometidas por ese agitador de masas.
—¿Locuras…? ¿Qué locuras?
—El tetrarca está indignado porque dicen que ese hombre curó al hijo de un funcionario de su corte llamado Cusa. Enterado de que el sujeto había llegado a Caná de Galilea, el intendente fue a verle allí para implorarle que sanase a su hijo.
—Solo dime que lo resucitó… —Dejé escapar una risita.
—Y hay más… «milagros». Tu misión es ir allí y desenmascarar a ese praestigiator.
—Menudo disparate.
—Pero lo grave no es que lo sea, sino que la fama de ese embaucador al que llaman «maestro» se ha extendido ya por toda la comarca ribereña.
Suspiré con resignación.
—¿Y puedo saber el nombre de ese revolucionario o también es secreto? —pregunté ya mentalizado de mi duro cometido.
—Se hace llamar Jesús de Nazaret.
LAS TERMAS
Palacio de Tiberio, Roma, 31 d. C.
Al día siguiente, Macrón me invitó a tomar un baño relajante en la terma del palacio de Tiberio. Sabía que lo necesitaba y él jamás daba puntada sin hilo.
Atravesamos un ancho vestíbulo decorado con hermosos frescos de vivos colores que representaban a las bacantes o sacerdotisas de Baco, el dios del vino, danzando semidesnudas con frenesí, y llegamos a un amplio vestuario. Mientras nos desvestíamos, acostumbrados al natural desparpajo en las duchas de los cuarteles, dejamos nuestras togas y túnicas en las alacenas de la pared, a la altura de nuestras cabezas, y nos sentamos en un gran banco de mampostería alineado por todo el recinto. Los sirvientes quedaron al cuidado de la ropa.
Apenas entramos en el caldario con la toalla al hombro, percibimos el calor. Allí la temperatura se mantenía elevada gracias a las bañeras y depósitos de agua calentada tres horas antes junto a los hornos de leña. Era la estancia más luminosa y adornada de todas, con mosaicos que mostraban a la rubia Tetis de argénteos pies, la diosa griega del mar, en compañía de su hijo Aquiles, el héroe de la Ilíada. A su lado, galopando sobre las olas a lomos de un caballo blanco, tridente en mano, el dios Neptuno.
La terma contaba también con dos piscinas climatizadas para nadar y, bajando por unas escaleras de mármol, se podían tomar baños en recipientes de pórfido más reducidos. Pero nosotros nos decidimos por una sala de temperatura agradable, donde el aire caliente procedente de las calderas discurría por conductos bajo el suelo y tuberías empotradas en las paredes.
—Sentémonos aquí —indicó Macrón.
Nos acomodamos en una especie de solios con respaldo, abiertos en la zona del asiento y rodeados de agua caliente, con el vapor envolviéndonos por todas partes. Conté más de doscientos tronos como los nuestros repartidos por la inmensa sala. A Tiberio le encantaba organizar orgías en aquella estancia adornada con frescos que representaban a los dioses cohabitando con las diosas en las posturas más variadas, donde las direcciones se indicaban con dibujos de penes, al igual que en los lupanares de Pompeya.
—Te quiero como a un hijo, Lucio, y lamento haber cargado sobre tus espaldas los grandes sacrificios que conlleva la Misión Columba. —Así habían llamado a la operación encomendada en alusión a la paloma o «columba», en latín, reproducida en el medallón que Macrón me había entregado como coartada—. Pero créeme, es muy importante para el destino de Roma que tu cometido tenga éxito. No podemos correr riesgos con embaucadores tan peligrosos como ese Jesús de Nazaret, que juegan a competir con nuestros dioses y cuestionan el culto al emperador.
—No te preocupes, padre —dije para tranquilizarle—. Roma estará siempre por encima de todo, y si tengo que soportar los peores castigos y humillaciones con tal de servirla, no dudes que lo haré.
—Lo sé, hijo. Llevas la herencia del Imperio en la sangre: tu padre derramó la suya por el mismo ideal que ahora te mueve a ti. Y tu madre, Ceres, como la diosa de los cultivos a la que debía su nombre, sembró en ti desde niño el amor a Roma y a los dioses. Y tan arraigada semilla solo podrá marchitarse con tu muerte.
Macrón sabía que yo no temía a la muerte, pues concedía a la vida muy escaso valor. Tampoco me preocupaba en exceso el tremendo dolor de los latigazos, sino más bien la vergüenza y el ultraje de ser azotado para escarnio público por algo que yo no era: un traidor a Roma. Pensar en esa falsa acusación me afligía, pero había comprendido finalmente que, si de verdad amaba al Imperio y al César, debía estar dispuesto a sacrificarme por ellos hasta el punto de perder mi propia reputación. Roma valía más que la sangre de todos los hombres, empezando por la mía.
—¿Qué noticias tienes de Flavia? —dije cambiando de tema.
—Está en Séforis, en Galilea —afirmó Macrón de pronto.
—¿Cómo? ¿Flavia en Galilea? —inquirí, visiblemente asombrado.
No la había visto desde antes de entrar en prisión. Tampoco pregunté por ella. No quería que contemplase mi aspecto demacrado. A tenor de la actitud de Macrón, nadie le había informado de mi encarcelamiento.
—Va a casarse con Benicio Quinto Celso, jefe de la guardia de Herodes, antes de cumplir los veintitrés años.
—Le conozco. Servimos juntos en Germania —afirmé recordando mis días de batalla.
—De ella, precisamente, quería hablarte —añadió su padre.
—¿Sucede algo?
—Nada, pero tal vez mi hija suponga un obstáculo para la misión.
—Dudo que Flavia llegue a creerse que yo he traicionado a Roma —objeté.
—Tranquilo, la conozco mejor que tú y sé que la condena del magistrado y el castigo ejemplar en la plaza pública la convencerán de ello. Apuesto a que ya no querrá verte más, por muy hermano suyo que te considere.
—Me consta que es una mujer de principios y de una lealtad inquebrantable a Roma —manifesté.
—Lo lleva en la sangre, como tú. Su madre y yo nos desvivimos para que así fuera desde que nació. Y además es bella, ¿verdad? Cada vez que Ennia pasaba por delante del templo dedicado a Venus, dirigía una oración a la diosa para que nuestra hija fuese hermosa de mayor. En cierta ocasión, incluso le hizo una promesa que nunca me reveló, pero que debió de cumplir a rajatabla viéndola crecer tan preciosa.
—Y que lo digas.
—¿Te gusta ella, Lucio? —añadió sospechando algo.
—Solo un ciego sería incapaz de apreciar sus encantos.
Su intuición era tan precisa como la de una mujer, y mucho más que la certeza de un hombre. Antes del compromiso con Benicio Quinto Celso, Macrón nos repetía a Flavia y a mí que formábamos una atractiva pareja, y yo también presentía que a él le habría gustado vernos juntos para siempre, aunque ambos supiésemos que eso era ya imposible.
—La echo de menos, si te refieres a eso —admití evasivo.
—Flavia era un primor bordando mis prendas de vestir, como su madre —evocó—. Jamás he usado más vestimentas que las hiladas y tejidas por sus finas manos.
—Tocaba la cítara como un ángel, y danzaba con la elegancia acompasada de un cisne —agregué añorando las tardes juveniles en el escenario improvisado de nuestro hogar.
—Aún no había cumplido los catorce y ya tenía la sabiduría de la vejez y la dignidad de una mujer. Como buena romana, ha crecido acostumbrada a considerarse miembro de una familia y de un Estado, sin pensar en su propio bienestar. Y así se comportará ella contigo, Lucio, cuando crea que has traicionado a Roma.
Aquel pensamiento me helaba la sangre; era un alto precio a pagar por salvaguardar la grandeza de Roma. Macrón abordó conmigo a continuación algunos detalles de la Misión Columba.
—Cuando llegues a Jerusalén, confía solo en el centurión Casio —me previno—. Nadie más que él, aparte de Herodes y de Pilato, prefecto de Judea, están al corriente de la misión. Herodes mantiene contacto directo con Tiberio, razón por la cual está enfrentado con Pilato, sobre todo porque el tetrarca se ha tomado la libertad de informar al emperador de todo cuanto sucede en las provincias romanas de la región donde él no gobierna, incluida Judea. Y eso ha levantado recelos en Pilato.
Acto seguido, Macrón me explicó que Herodes Antipas había recibido como herencia de su padre, Herodes el Grande, la Alta y Baja Galilea junto con la fosa del Jordán y de Genesaret en sus riberas occidentales. Y me alertó para que tuviese cuidado con su carácter débil e inconsistente pero violento y cruel, proclive a cierta religiosidad que en el fondo era mera superstición. Voluble e impresionable, Herodes se mostraba también a la vez, según Macrón, locuaz, vanidoso, fanfarrón, taimado y vengativo.
Sobre Pilato, me indicó que no era el hombre titubeante y débil que algunos pensaban, sino un sujeto inflexible, terco y cruel cuyo mandato se caracterizaba por la corrupción: desde sobornos y robos hasta atropellos y ejecuciones sin juicio previo.
—Tendré mucho cuidado con ambos —prometí.
—El éxito de la operación depende de ello —me advirtió—. Y ahora, si te parece, vamos a pedir que nos den un buen masaje. Nos lo merecemos, ¿no crees?
—Desde luego.
Condecorado en la batalla, Tiberio tenía ahora otro argumento más de peso para confiar en mí. En cierto modo yo le recordaba a mi padre, uno de los soldados más fieles que habían combatido a sus órdenes en multitud de campañas. Fue él quien sugirió que yo entrase a formar parte de los speculatores. Sin duda era una forma elegante de librarme de la cárcel.
Macrón había llevado consigo a dos masajistas que nos aguardaban en la sala contigua. Antes de nada, los unctores nos limpiaron el cuerpo con un estrígilo y, tras abrir el oleotesium para extraer los aceites de oliva perfumados y las pomadas más exquisitas, nos hicieron tumbar sobre dos mesas de mármol para masajearnos vigorosamente. Friccionaron cada parte del cuerpo con un aceite aromatizado distinto: para el pecho y la espalda, emplearon el perfume de Fenicia, y para las piernas, el de Egipto; las friegas en los brazos las efectuaron con menta, y en las mejillas, con melisa.
Mientras saboreábamos finalmente un licor exquisito, Macrón me tenía reservada otra de sus sorpresas.
—Ahora voy a revelarte por fin mi secreto más íntimo.
SUPERSTICIÓN
Palacio de Tiberio, Roma, 31 d. C.
Una esclava joven entró con una bandeja con fruta y vino. Era realmente bella. O quizá mi cautiverio había agudizado mi interés por las mujeres atractivas. Macrón se percató de ello, pero se limitó a asentir. Al fin y al cabo, la presencia de aquella criada le servía de pretexto para lo que pretendía descubrirme.
—Siempre estaré en deuda con tu padre por regalarme a Adara —me confesó—. Fue una forma más de mostrarme su lealtad, aunque no tenía necesidad de hacerlo.
Adara era griega. Su nombre significaba bella, hermosa, y realmente lo era. Llegó a la casa de Macrón con veinte años. Inteligente y gran conocedora de la tradición y cultura de su pueblo heleno, enseguida se ganó la admiración de Macrón. Le hablaba de las artes adivinatorias de Beroso el Caldeo tras comentarle él que su esposa Ennia era nieta del célebre astrólogo Trasilo de Mendes, que acompañaba a Tiberio en Capri.
Debo reconocer que yo no era supersticioso, como Sócrates, cohibido ante el mal de ojo; ni como Aristóteles, que creía en la quiromancia practicada por Augusto; ni como Julio César, a quien el simple canto del gallo hacía temblar. Tampoco sentía una pasión enfermiza por las mariposas, como el poeta Virgilio. Mi lealtad se limitaba a Marte, al César y a Roma. No creía en magos ni adivinos, y mucho menos en astrólogos, pero me dejé llevar por la conversación, como hacía de pequeño cuando él compartía sus conocimientos con Flavia y conmigo. A Macrón le fascinaba todo ese mundo tenebroso e incierto.
—Adara me contó que Beroso, el gran sacerdote del templo, nacido bajo el reinado de Alejandro Magno, aludía en sus libros a un misterioso personaje llamado Oannes, un monstruo mitad pez, mitad hombre que explicó el origen del mundo a los primeros pobladores de Mesopotamia —dijo maravillado.
—¿Tú crees en esas cosas?
—No siempre necesitas ver para creer, Lucio. ¿Acaso tú has visto a Marte alguna vez?
—Nunca.
—Y eso no te impide adorarle, ¿verdad?
—Desde luego.
—Pues con Beroso el Caldeo sucede algo parecido. Adara me introdujo en los secretos de los caldeos sobre la adivinación y la astrología. Y luego está la profecía de Trasilo de Mendes…
—¿Qué profecía?
—Trasilo predijo el nacimiento de Flavia.
—¡Cómo…!
Flavia era la hermana que el destino me negó. Se parecía físicamente a su padre, pero en la forma de ser era igualita que su madre. Morena y con unos ojos de lago más profundos e insondables que los míos, de mirada soñolienta y párpados casi siempre entornados, su figura grácil y su escasa estatura no le impedían mostrarse decidida ni amedrentarse ante nada ni nadie. Era una mujer dulce y adorable, pero tan recia y disciplinada como un legionario.
—Tras consultar a los astros —me explicó Macrón—, Trasilo nos dijo a Ennia y a mí que tendríamos una hija. Y al cabo de nueve meses nació Flavia. Predijo también que ella vendría al mundo con el beneplácito de los dioses y con las estrellas a su favor. De hecho, Venus y Júpiter brillaron en el momento del parto mientras la luna y el sol se hallaban en el lugar adecuado. El día del alumbramiento fue así luminoso y alegre. Una jornada «dorada», razón por la cual decidimos llamarla Flavia.
Macrón me contó cómo Trasilo apartaba a los demonios que acechaban a la recién nacida Flavia, y cómo conjuraba la lluvia, el granizo, las nubes y hasta convertía en estériles los campos.
De Etruria llegaron a Roma adivinos, hechiceros y echadores de suertes perseguidos durante siglos. Los ritos extranjeros penetraron con más fuerza desde la segunda guerra púnica, pero aun estando prohibidos por las leyes no faltaron emperadores que consultaban a los magos. Tiberio prescindió de sus servicios con la única excepción de Trasilo y de sus discípulos, a quienes llevó consigo a su retiro de Capri, concediéndole a este la ciudadanía romana con el rimbombante nombre de Tiberius Claudius Thrasyllus.
—Volviendo a Adara —prosiguió Macrón—, le agradeceré siempre que me inculcase el amor por la cultura helenística. A ella le debo también mi rendida admiración por el filósofo Heráclito, en especial cuando escribe «La guerra es padre y rey de todos, ha creado dioses y hombres; a algunos los hace esclavos, a otros dioses».
—Pues a la pobre Adara la convirtió en esclava —lamenté.
—Cierto, Lucio. —Torció el gesto—. Ella me contagió también su afición por el arte musical que nosotros tomamos de sus compatriotas griegos. Toda la poesía lírica se declama ahora acompañada de instrumentos como la lira: desde las odas de Anacreonte y Safo, hasta las de Alceo y Horacio. Igual que los endecasílabos de Plinio el Joven se cantan con lira y cítara, también los de Catulo. Gracias a Adara tuve conocimiento asimismo del célebre citaredo griego Anaxenor, agraciado por el triunviro Marco Antonio con la recaudación de tributos de cuatro ciudades enteras, mientras que el cantante y flautista Tigelio, de Cerdeña, se erigió en huésped de lujo en la corte de Augusto. Todo eso Adara lo llevaba en la sangre y supo transmitírmelo con devoción. Y después, yo intenté inculcaros a Flavia y a ti todo ese conocimiento.
—Pero si tan maravillosa dices que era, ¿por qué la expulsaste de tu casa?
Macrón guardó un extraño silencio con la mirada extraviada.
FLAVIA
Palacio de Tiberio, Roma, 31 d. C.
Las frotaciones sobre la columna vertebral de Macrón sumieron a este en un estado de laxitud. Aquella tarde acabó sincerándose conmigo como si yo fuese un flamen consagrado a una deidad. Si Cicerón no concebía la vida sin amigos, Macrón necesitaba entonces un consejero como yo para desahogarse y, a ser posible, absolverlo de sus ofensas y secretos.
En otras circunstancias, tal vez él hubiese mantenido su sigilo, y razones no le faltaban, pues en cuanto me lo reveló sentí cómo una ráfaga helada me recorría la espalda de un extremo a otro pese al cálido ambiente que reinaba en aquellas termas.
—¡Debiste contármelo antes! —le increpé.
Me sentía traicionado. Flavia se convirtió en la luz brillante que me salvó cuando yo estaba en las tinieblas tras la muerte de mi madre. Macrón me llevó con él, me adoptó y a partir de ese momento fui uno más, parte de su vida.
—Lo sé, lo sé…, pero no tuve el valor —afirmó pesaroso—. Ennia nunca pudo tener hijos. Venus la privó de la fertilidad desde que nació y, por más que imploramos a la diosa durante siete largos años, y luego a Afrodita, ella fue incapaz de engendrar a criatura alguna.
—¡Le fuiste infiel a tu mujer!
—Fue una decisión consensuada entre los tres.
—¿Un triángulo…?
—Ennia, Adara y yo. Mi esposa no soportó privarme de la paternidad y me propuso concebir un hijo con Adara.
—¿Seguro que no la violaste?
—¡Jamás te mentiría! —replicó Macrón ofendido.
—¿Adara accedió?
—Te digo que sí —añadió enojado.
—Está bien, te creo, aunque siendo esclava tampoco tenía otra alternativa.
—Cierto, pero lo hicimos con su aprobación.
—Me parece increíble.
—Y lo entiendo; no he conocido a una mujer más generosa que Ennia.
—Ni que Adara…
—Por supuesto. Al principio me resistí a copular con Adara, pero luego comprendí que Ennia solo sería feliz si veía que yo también lo era como padre. Espero, Lucio, que puedas perdonarme por no habértelo contado hasta ahora.
—¿Perdonarte dices…? Me pides ahora un imposible. ¿Cómo has podido ocultármelo durante todos estos años? —dije percibiendo los rudos golpes de mi corazón acelerado por la sorpresa y la indignación—. ¿Flavia también lo sabe…?
—No.
—¿Tampoco se lo has dicho a ella? —le reconvine.
—¿Acaso crees que Benicio Quinto Celso se casaría con Flavia si supiese que su futura esposa es hija de una esclava griega?
—Comprendo que es un asunto delicado.
—Mucho más que eso: es un impedimento insalvable.
—Puede que sí.
—Daría al traste con la boda, te lo aseguro. Conozco muy bien a Benicio, pero mejor aún a su padre, con quien compartí muchas campañas entre el Rin y el Elba, y puedo afirmar que jamás consentiría que su nuera fuese hija de una esclava. Además, ¿te has preguntado qué pensarían Tiberio y toda Roma si el asunto trascendiese?
En ese momento comprendí que, además de la Misión Columba, Macrón tenía motivos personales para enviarme a Galilea. No se fiaba del futuro marido de su hija. Pretendía que yo estuviera cerca en caso de que necesitase protección.
—Ahora entiendo por qué te deshiciste de Adara.
—No tuve más remedio que hacerlo.
—Podrías haberla dejado vivir en tu casa.
—¿Y arriesgarme de ese modo a que Flavia, tarde o temprano, se diese cuenta de quién era su madre?
—No tienes entrañas —añadí con una mueca de decepción.
—Me costó dar el paso más de lo que te imaginas, Lucio. Adara era una mujer buena y culta, a la que yo admiraba mucho y con la que viví momentos inolvidables.
—¿Sabes algo de ella?
—Sigo ocupándome de que no le falte de nada en Britania.
—Eso te honra al menos.
—Comprendo tu desengaño, pero Flavia y tú sois los hijos que me han regalado los dioses y daría mi vida por vosotros.
—¿Aunque traicionase a Roma? —dije intentando pasar página.
—Está bien, aunque traicionases a Roma —añadió él con una sonrisa condescendiente.
Tardaría tiempo aún en perdonar a Macrón su grave omisión. Un sentimiento de tristeza me embargó al pensar que Flavia recibió engañada la lúnula al octavo día de nacer, cuando se le impuso también su nombre como digna hija de sus padres. Ahora, a punto de casarse, Flavia llevaría ese medallón como símbolo de fortuna y fertilidad, convertido en amuleto contra los hechizos y males causados por las maldiciones y las envidias ajenas.
Me imaginaba a su vez a Ennia cantándole nanas a Flavia, o pasándole por las encías un diente de caballo para suavizarlas durante la insufrible dentición. No dudaba que Ennia debió de ejercer de madre modélica, enseñándole a balbucear sus primeras sílabas, guiándola en sus primeros pasos cuando la niña ya se mantenía en pie, vacilante, o introduciéndola en uno de esos carritos cuadrados con ruedas para que la criatura, apoyándose en sus bracitos, pudiera hacerlo rodar por sí misma.
Macrón me contó cómo se las ingeniaron para que Adara alumbrase a Flavia sin que nadie ajeno a la casa se enterase. Durante el embarazo, Adara paseaba a diario con Ennia al ocultarse el sol, de modo que fuese más difícil reconocerlas por la calle.
El día del parto, Ennia hizo las veces de matrona experimentada. Solo una ciudadana romana como ella, casada con un ciudadano romano como Macrón, podía serlo entonces. Ennia había aprendido mucho de Escribonia, la segunda esposa del emperador Augusto. Flavia se puso enseguida bajo la advocación de la diosa Levana, que presidía la legitimación y el reconocimiento de los recién nacidos y, desnuda en el suelo, Macrón la levantó para abrazarla con inmensa ternura.
Quise cerciorarme, por último, de que el secreto de Macrón solo lo compartíamos en el mundo tres personas, además de él, pero su respuesta me conturbó al principio.
—Alguien más lo sabe —admitió—, pero no debes preocuparte.
—¿Quién…? —pregunté con inquietud.
A juzgar por su sonrisa, pensé que era otra de sus bromas pesadas.
—Rufus.
Suspiré aliviado. Rufus, cuyo nombre significaba «pelirrojo» como el color de su cabello, era el criado eunuco de Macrón a quien este había ordenado cortar la lengua para que nunca pudiese hablar.