La casa era vieja. La mañana estaba fría. Y las historias se habían contado. Aunque jamás había sido en voz lo suficientemente alta como para llegar a oídos de quien pudiese ayudar.
El hombre se encontraba junto al árbol; un árbol desde el que llevaba más de dos semanas vigilando la casa. Aquella edificación solitaria, rodeada de tierra y niebla, ya era bastante espeluznante por sí sola. Con bosques a su espalda, el río a poco más de un kilómetro y la carretera más cercana a tres, era verdaderamente un nido de pesadillas. Desde fuera se parecía a una que el hombre había conocido en su día, una casa de paredes escuálidas y destartaladas que jamás conseguían silenciar los gritos. La piedra envolvía la podredumbre del interior.
A primera hora de la mañana, el hombre vio al chico junto a la ventana. Los ojos curiosos del chaval intentaban encontrar algo en medio de la densa bruma. El hombre sabía que, si descubrían al niño, este se llevaría un castigo severo. Sin embargo, era valiente, o quizá estaba desesperado. El hombre no sabía cuál de las dos.
Probablemente debería sentirse mal por aprovecharse de él, pero no fue así. Encendió el mechero que tenía en la mano y lo alzó para hacerle una señal. Vio cómo esos pequeños ojos se fijaron en su brazo. El chico se apresuró a mirar hacia atrás para asegurarse de que no venía nadie y, tras haberlo comprobado, asintió dos veces. Dos asentimientos lentos y precisos, por si acaso el hombre no se fijaba en el gesto. Ya con la respuesta que había venido a buscar, el hombre bajó el brazo. Aquel mierdecilla valiente había resultado de más ayuda de lo que había esperado.
El niño se apartó de la ventana y se perdió en el interior de la habitación. El hombre esperaba que no acabase muerto. Que ninguno de ellos muriese antes de que los descubriesen. Sería una lástima.
Dado que ya tenía la respuesta que había esperado, retrocedió, se internó en la bruma de la que había surgido y desapareció de la vista.
No estaban listos.
Ninguno lo estaba.
BRISA
A la mitad del viaje de nuestra vida, me encontré en una selva oscura por haberme apartado del camino recto.
DANTE ALIGHIERI, Infierno
Amara
Diez años
Se estaban besando.
Con ojos desorbitados, Amara contemplaba desde detrás del árbol al hijo del señor Maroni y a la chica guapa del pelo rosa, ambos con las bocas unidas. La chica tenía el pelo rosa. Amara jamás había visto a nadie con el pelo rosa. Ladeó la cabeza e intentó ver qué hacían. Ya había visto cómo se besaban los héroes y las heroínas de las películas, pero jamás lo había presenciado en la vida real. Dado que su padre ya no estaba con su madre y con ella, tampoco los había visto besarse.
«Un momento, ¿se están mordiendo los labios? Puaj».
Con la nariz arrugada, Amara se pasó la lengua por los labios para comprobar qué se sentía. Húmedo. Asqueroso. Puso una mueca y siguió mirando, intentando comprender con su mente ingenua qué era lo que disfrutaban tanto. Tampoco era que hubiese ido a espiarlos. En absoluto. Había estado dando un paseo por los bosques (cosa que no debería haber hecho sola de ninguna de las maneras) y de pronto se topó con un pequeño cobertizo. Por curiosidad, se acercó a mirar, y se escondió tras un árbol tras ver al hijo del señor Maroni y a la chica.
La chica era de fuera del complejo.
Amara era joven, pero conocía las reglas lo suficiente como para saber que no se permitía la entrada al complejo a la gente de fuera. Era una palabra que había aprendido la semana pasada: complejo. «Com-ple-jo». Allí era donde vivían. A ella le permitían estar allí porque su madre trabajaba en la casa grande en lo alto de la colina. Sin embargo, aquella chica de fuera no podía entrar. Amara podría avisarlos. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Quizá tenían permiso. A fin de cuentas estaba con el hijo del señor Maroni. Y se estaban besando otra vez. ¿No se cansaban? Después de los primeros segundos parecía muy aburrido.
Harta del espectáculo, Amara decidió volver a casa, porque ya era bastante tarde. El sol casi se había puesto y el cielo estaba a punto de oscurecerse. Sin luz, los bosques daban miedo. Además, se suponía que no podía deambular por el complejo después de las seis de la tarde. Se iba a meter en problemas. Con eso en mente, empezó a correr a pasos cortos hacia el lugar donde acababan los bosques y empezaban los edificios. El cielo se oscurecía, y Amara jadeaba, cada vez más asustada. No le gustaba la oscuridad. No debería haberse quedado fuera hasta tan tarde. Su pequeño cuerpo empezó a estremecerse al llegar a la linde del bosque. Fue ahí donde tropezó y cayó de bruces.
«Ay, qué dolor».
Amara se miró la rodilla por debajo del dobladillo de la falda. Se había hecho un moretón que le palpitaba. Se encogió. Su madre siempre decía que tenía un umbral del dolor muy bajo. Eso significaba que sentía más dolor de lo normal cada vez que se hacía daño. Umbral también era una palabra nueva para ella. «Um-bral», se repitió para sus adentros. Una gota de sangre le brotó de la rodilla. Sintió náuseas y alzó la cabeza hacia el cielo oscuro para no verla.
—¿Quién anda ahí? —se oyó una voz masculina desde lejos, lo cual le recordó que tenía que volver a toda prisa a casa. No debía estar en los terrenos después del anochecer, sobre todo en aquella parte del complejo.
Se puso en pie, aunque notaba débil la rodilla herida y fue a la carrera hasta el edificio donde vivía con su madre. Al bajar la ladera que llevaba hasta su casa, sin dejar de notar la palpitación en la pierna, Amara sintió que odiaba los terrenos de los Maroni. ¿Por qué tenía que ser tan grande aquel lugar? ¿Por qué tenía que estar en una montaña? Era difícil subir y bajar una ladera.
—¿Otra vez escabulléndote a hurtadillas, Mara? —la voz de un chico, que sonó a su espalda, la sobresaltó.
Amara casi volvió a caerse de culo. Apenas consiguió mantener el equilibrio y frenó en seco para saludar a Vin. Era su mejor amigo. Su único amigo, de hecho. Y, por algún motivo, también era incapaz de pronunciar bien su nombre. Siempre la había llamado «Mara».
—¡Vinnie! ¿Qué haces espiando? —preguntó. Vin solo era un año mayor que ella, cosa que él siempre le recordaba. También deambulaba por ahí, aunque se suponía que no debía hacerlo.
Vin se acercó a ella. Era apenas dos centímetros más bajo. A Amara le gustaba chincharlo por su estatura, pero entonces Vin le recordaba que crecería mucho en los próximos años y ella seguiría siendo bajita. Uf, cómo la enfadaba.
—Estaba entrenando —dijo él en tono quedo. La agarró del brazo para ayudarla y echó a andar colina abajo.
Bueno, cuando se portaba bien no era tan molesto.
—¿Y cómo entrenas? —le preguntó por centésima vez, con una curiosidad genuina.
Vin había empezado a «entrenar», o lo que fuera, hacía apenas una semana, el día después de su undécimo cumpleaños. Amara sabía que eso de los entrenamientos tenía que ver con los pistolones que había visto que llevaban los guardias, pero nada más. Y, por más veces que le había preguntado a su amigo en qué consistían, este se había negado a contárselo.
Él se encogió de hombros y lanzó una mirada de soslayo hacia el oscurecido edificio de entrenamientos, de donde había salido. Amara lo vio en la lejanía. Otro chaval bajaba cojeando la ladera, pero en dirección opuesta, hacia el lago. El chico nuevo. Aunque llevaba allí desde que Amara podía recordar, todos lo llamaban «chico nuevo». Jamás habían cruzado una palabra, pero dado el modo en que los demás hablaban de él, Amara sabía que era peligroso.
—¿Has hablado con el chico nuevo? —no pudo evitar preguntar.
—Lleva aquí cinco años, Mara —le recordó Vin—. Ya no es nuevo.
—Ya lo sé. —Pasó por encima de una piedra. Casi habían llegado a casa—. Es que todo el mundo lo llama así.
La luz del edificio iluminó el cabello oscuro y lacio de Vin, así como sus ojos oscuros y sus paletas ligeramente torcidas.
—El nuevo no habla con nadie. Los chicos no entrenan con él.
—Él también es un chico —señaló Amara al tiempo que subía las escaleras frontales.
Vin negó con la cabeza. Le osciló el flequillo que le caía sobre la frente.
—No es como nosotros. No te acerques a él, ¿de acuerdo?
Amara contempló el lago en la lejanía. Jamás había estado en aquella parte del complejo. Si pensaba en el chico malhumorado que vivía allí, se le quitaban las ganas de ir. Ya en el descansillo del enorme edificio donde vivían tanto ella como Vin, ella en la planta baja y Vin en el tercer piso, lo detuvo, emocionada por compartir con él el descubrimiento que había hecho aquel día.
—Hoy he encontrado un cobertizo en los bosques —le dijo, intentando mantener la voz baja para que nadie la oyese.
Vin, que había estado contemplando las estrellas, la miró con ojos desorbitados.
—¿Has ido sola? ¿Estás loca?
—¡Calla! —Miró en derredor, con miedo a que algún mayor le oyese. Si su madre se enteraba, la iba a castigar. Odiaba quedarse en casa castigada. Tras un segundo, dado que no vino nadie, se relajó un poco.
—Los bosques son peligrosos —le recordó Vin con voz suave. Era algo que los adultos les decían a todos los niños: «No vayas a los bosques».
Amara puso los ojos en blanco.
—No me he adentrado mucho.
—Pero…
—¡Ay! —exclamó Amara, enojada, y le dio un puñetazo en el brazo para que se callase—. No estaba sola. El hijo del señor Maroni estaba también por allí. Con una chica —susurró al recordar la emoción de entrar en los bosques y toparse con los dos adolescentes.
Vin parpadeó y sus ojos se agrandaron de entusiasmo.
—¿Con una chica? ¿De fuera?
Amara asintió y esbozó una sonrisa. Vin soltó un silbido. O lo intentó. Practicaba a diario.
—Estaban besándose —le informó Amara con voz aún más baja—. ¡Besándose! ¿Te lo imaginas? ¡Besándose con una chica de fuera!
Vin se tironeó del cuello de la camiseta y miró a la puerta de entrada con aspecto incómodo.
—Qué guay.
Amara sonrió.
—¿Te estás sonrojando?
La cara rechoncha de Vin se ruborizó aún más.
—Claro que no.
Amara se echó a reír, le dio un leve codazo y fue cojeando hasta la puerta. Ma siempre le decía que no pusiese incómoda a la gente. Aunque Vin era su mejor amigo, se veía que lo estaba, así que Amara lo dejó estar.
—No vuelvas a ir sola a los bosques, ¿vale? —le dijo, y entró en el edificio tras ella.
Amara fue derecha a su puerta y le sonrió.
—Buenas noches, Vinnie.
Él negó con la cabeza y se dirigió a las escaleras. La conocía lo bastante bien como para saber que volvería a escabullirse. Amara lo vio de espaldas bajo las luces del pasillo y captó el moratón que tenía en la pierna bajo los pantalones cortos. Ya se le estaba poniendo de un color desagradable, pero Vin no cojeaba. No sabía en qué consistían los entrenamientos, pero no le gustaban. Ni un poquito.
Enojada ante la idea de que algo le hiciese daño a su amigo, abrió la puerta del apartamento y entró en el comedor tenuemente iluminado. Era tarde, y seguro que su madre ya estaba dormida, cansada por todo el trabajo que hacía durante el día. Era la jefa de empleados domésticos de la gran mansión. Había empezado como cocinera, pero a lo largo de los años había ascendido en el escalafón. Ahora gestionaba todo el personal de cocina, así como el de limpieza y jardinería. Y de este último había mucho, porque los terrenos eran enormes. Era uno de los puestos más altos entre los empleados; por eso tenía un apartamento encantador con tres grandes dormitorios, aunque fuera solo para su madre y ella. Su padre las había abandonado hacía años.
Amara lo recordaba a veces, pero siempre había querido más a su madre. Siempre que la tuviese sería feliz. Se dirigió al cuarto de baño junto al salón, donde estaba el botiquín de primeros auxilios, y encendió la luz.
—¿Dónde estabas, señorita?
Amara alzó la vista y miró a su madre, que era apenas unos centímetros más alta que ella. El cabello ondulado le caía sobre un hombro. La gente decía que se le parecía: los mismos ojos verde oscuro, el mismo pelo negro como la tinta, la misma piel bronceada.
—Estaba dando un paseo con Vin. —Amara le dijo aquella verdad a medias, a sabiendas de que su madre confiaba en él.
Ella negó con la cabeza y soltó un suspiro. Entonces sus ojos se posaron sobre la rodilla de Amara.
—Ay, Mumu, ¿qué te ha pasado? —preguntó, empleando aquel apodo que adoraba.
—Solo me he caído, mamá.
Se sentó en el asiento cerrado del inodoro, sabiendo ya que su madre se encargaría de limpiar la herida. Tal y como había supuesto, esta se apresuró a sacar el botiquín y se puso de rodillas. Se colocó los pies de Amara en el regazo.
—¿Te duele, Mumu? —preguntó en tono quedo.
Sí que le dolía, pero Amara negó con la cabeza. Después de que su padre las abandonase, ella se había convertido en el mundo entero de su madre, que sentía todos sus dolores, toda su felicidad, todo lo que ella misma experimentaba. Era su otra mejor amiga.
—¿Mamá? —Amara rompió el silencio mientras su madre le ponía una pomada sobre la herida. Se preguntaba si debería formular la pregunta que tenía en la cabeza.
—¿Hum? —Su madre empezó a dejar a un lado el botiquín.
—¿Conoces al hijo del señor Maroni? —preguntó al fin, mientras sentía un extraño calor en el rostro.
Su madre, con esos ojos tan parecidos a los suyos, centró la mirada en ella.
—¿El pequeño Damien?
Amara negó con la cabeza.
—No, al mayor.
—¿Dante?
Amara asintió, con el corazón al galope. Bajó de un salto del asiento y fue a su dormitorio. Su madre la siguió y fue apagando las luces tras ella. Amara se acercó a su armario y sacó el camisón de dormir. No le gustaba ponerse pantalones, ni cortos ni largos. Incluso para la escuela prefería llevar faldas y vestidos holgados.
—Claro que lo conozco —dijo su madre—. ¿Por qué?
Tomó asiento en la cama al tiempo que Amara se quedaba en ropa interior, unas bragas con bonitas flores azules, para luego ponerse el sencillo camisón de algodón.
—Nada, es que lo he visto hoy. —Intentó sonar despreocupada. Se metió en la cama y se sentó delante de ella—. Nunca hablas de él.
Sintió las manos de su madre en su largo cabello y echó la cabeza hacia atrás para que esta le hiciese las trenzas de por la noche. Trenzarse el pelo antes de dormir, le decía siempre su madre, dejaba el pelo bonito y saludable por la mañana. Que Amara recordase, su madre le había hecho trenzas todas las noches y a la mañana siguiente, su cabello siempre estaba bonito y ondulado.
—Es un buen chico —le dijo mientras trabajaba con las manos.
Amara solo lo había visto de lejos. Siempre había estado allí, pero nunca se había fijado en lo suave que parecía su cabello ni en lo alto que era ya. Sintió un aleteo en la barriga y se la restregó para espantarlo.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó, tironeándose del dobladillo del camisón.
—Quince —dijo su madre—. El pobre perdió a su madre siendo muy pequeño. Desde entonces se ha ocupado de su hermano. Y el señor Maroni es un hombre… muy estricto.
Amara contempló la cómoda al otro lado del cuarto e imaginó cómo sería no tener madre. Supuso que no sería una sensación agradable. Los niños deberían tener siempre una, igual que la tenía ella. Bueno, Amara podía compartir la suya.
—Deberías prepararle algo dulce, mamá —comentó, paladeando la sabiduría de aquella idea—. Galletas. Las de chocolate. Sí, creo que algo así le gustaría.
Una vez hubo terminado con el cabello, su madre se apartó de la cama y dejó que Amara se acomodase. La tapó con las mantas y se las ajustó a los costados, tal y como a ella le gustaba. Esbozó una dulce sonrisa que le marcó un hoyuelo en la mejilla. Cómo le gustaría a Amara tener ese mismo hoyuelo. Vin le había dicho que le saldría uno si se clavaba el dedo en la mejilla. Hasta el momento no había funcionado.
—Muy considerado por tu parte, Mumu. —Le acarició la mejilla con suavidad—. Mañana se las haré.
Amara sonrió y agarró la mano derecha de su madre. Era áspera y delgada, no muy grande. Le encantaba.
—Haz unas pocas para mí también.
Con una risita entre dientes, su madre le plantó un beso en la frente.
—No permitas nunca que se te endurezca el corazón, cariño mío.
Amara no comprendió qué quería decir. ¿Cómo se iba a endurecer un corazón? ¿No se moriría una persona si se le quedaba el corazón duro? Qué cosa tan rara. Pero, aun así, sonrió mientras su madre salía de la habitación. Se sentía feliz, segura, amada.
Contempló el techo y parpadeó mientras recordaba el beso que había visto. Había parecido muy pegajoso, pero quizá era más divertido hacerlo que verlo. Quizá por eso lo hacían sin parar. ¿Por qué iba a besarse la gente si era aburrido, no? Amara debía de haberse perdido algo.
La habitación estaba en silencio. Lo único que se oía era la suave melodía de la lámpara de noche a su lado. Amara se reacomodó y cerró los ojos. Decidió que iba a leer más sobre besar para comprender por qué lo disfrutaba la gente. Y luego, quizá algún día, cuando creciese y fuese muy hermosa, podría pedirle al hijo del señor Maroni que le diese un beso. Era muy guapo. Quizá la besaría, una vez que se hubiese vuelto tan guapa como él mismo.
También tenía un nombre guapo. ¿Podían ser guapos los nombres? En la quietud de la habitación, en la oscuridad de la noche, Amara soltó una risita entre dientes ante la idea. Paladeó su nombre por primera vez en los labios.
Sí, decidió. Aquel chico sería su primer beso.
Dante
Dieciséis años
Joder, cómo odiaba a aquel puto gilipollas.
Dante se crujió la mandíbula sin apartar los ojos cargados de rencor de aquel chico de catorce años. Mantuvo deliberadamente una media sonrisa en la cara, aunque le dolía la mejilla magullada. Echó el puño hacia atrás y golpeó al otro en el costado. Este apenas soltó un gruñido y se giró con un movimiento fluido que su cuerpo, más bajo, no podría haber llevado a cabo sin un entrenamiento intensivo. Estrelló el codo con fuerza contra la espalda de Dante.
«Joder».
Eso le había dolido de verdad, pero lo que Dante hizo fue soltar una risita.
—Vamos, chaval —dijo para provocarlo a propósito.
Dios, ¿era mucho pedir que reaccionase? Llevaba más de un año intentando minarle las defensas, y lo único que conseguía sacarle eran miradas huecas y pasividad en sus ojos azules. Por más que lo cabrease, a Dante le gustaba aquel chico, sobre todo porque eso jodía a su viejo. Todo lo que jodiese a Maroni el Sabueso era oro puro para Dante.
El puñetazo en la mandíbula salió de la nada, seguido de un golpe rápido a la nariz.
«Hijo de mil putas».
Dante oyó el crujido antes de notar el dolor lacerante en el cráneo. Se agarró la nariz y sintió el chorro de sangre que le salía. Se le escapó la risa y tuvo que parpadear para espantar las estrellas que veía ante los ojos. Por Dios, aquel chico era bueno. Le estaba bien empleado por chincharlo. Sacó el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo, un hábito que le había taladrado en el cerebro su hermosa madre, aunque siguiese llevando esos vaqueros raídos que probablemente la habrían hecho revolverse en su tumba. Se lo llevó a la nariz para contener la hemorragia.
—Sabes que no me voy a ninguna parte, ¿verdad? —murmuró Dante bajo la tela que le cubría la boca.
Y por fin, tras un año entero de chincharlo, el chaval habló:
—Que te pires.
Bingo. Dante se había llevado el premio gordo. Sonrió tras el pañuelo.
—Encantado de conocerte, Tristan. Ahora eres amigo mío.
Tristan entrecerró levemente aquellos ojos azules. Acto seguido salió del centro de entrenamiento. O más bien del centro de tortura, como Dante solía llamarlo. Maroni el Sabueso había construido dentro de su propiedad toda una estructura dedicada a entrenar a sus soldados y a los hijos de estos. El entrenamiento consistía en autodefensa, armas y tortura, tanto darla como recibirla. El edificio tenía tres plantas: la planta baja, dedicada al combate cuerpo a cuerpo y al entrenamiento en armas; el primer piso, dedicado al entrenamiento en resistencia al dolor; y un sótano para los interrogatorios. Y aunque no solía permitirse la entrada a los menores de edad, pues solía haber enemigos del exterior allí encerrados, Dante sí que había bajado en numerosas ocasiones. Ventajas de ser de la familia Maroni.
Satisfecho por haber conseguido aquel progreso con Tristan, aunque apenas hubiese avanzado un centímetro, Dante salió del centro de entrenamiento y les hizo un gesto de cabeza a los dos guardias apostados en el exterior, cuya única misión era asegurarse de que no entrase nadie sin permiso. Ambos respondieron con cabeceos en señal de respeto.
Dante pasó por el césped bien cuidado y subió la colina en dirección a la mansión. Era toda una monstruosidad en lo alto del verdor de la cima, pero a Dante le encantaba. La había construido su tatarabuelo. Había sido comerciante de vidrios, un miembro muy respetado de la comunidad, y todo un solitario. Por eso había comprado aquella colina entera, un poco apartada de la ciudad, para que su esposa y su familia pudieran vivir bajo el mismo techo. Poco a poco, a medida que pasaban los años, se habían añadido más construcciones a la propiedad. Sin embargo, Dante adoraba aquella mansión, por toda la historia que tenía y el amor con el que había sido construida. Ojalá hubiese alguna manera de tirar por la ladera a la mitad del nido de víboras que la habitaba en la actualidad.
Mientras caminaba, los hombres que patrullaban el terreno le fueron haciendo señas respetuosas. Era de esperar. Dante era el hijo mayor de Lorenzo Maroni, «el Sabueso», y nieto de Antonio Maroni, «el Hombre de Hielo», que había sido fundador de la Organización Tenebrae, así como uno de los líderes principales de los bajos fondos. Dante era el heredero de su imperio. Se esperaba que continuase el legado que llevaba en la sangre. Y él no soportaba la idea, hostia.
Tenía más apego por su madre que por su padre. No comprendía cómo alguien como su madre había podido estar con alguien como su padre. No sabía cómo se habían conocido; ella jamás lo había mencionado. Dante lo recordaba todo sobre ella.
«Eres mi obra de arte más preciada, mi pequeño camorrista, mi Dante».
Así lo llamaba. Era su protector en el infierno en el que había intentado sobrevivir, capaz de enfrentarse a él y salir victorioso. Sí, sabía bien por qué su madre lo había llamado así. Era por el poeta que había atravesado los siete círculos del infierno y había conseguido salir. Suerte tendría Dante si llegaba a sobrevivir al primero.
Su madre había sido pintora. Tenía el cabello revuelto de rizos castaños, tristes ojos marrones y una amplia sonrisa amable. Siempre con manchas de pintura en la mejilla y un poema a flor de labios. Solía recitar poesía o tararear alguna canción mientras Dante jugaba con la arcilla que ella le compraba y su hermano pequeño hacía aquello a lo que se dedicaban los hermanos pequeños. Su madre había alimentado su lado artístico. A veces se acercaba para guiar sus pequeñas manos mientras Dante moldeaba la arcilla blanda.
Se había reservado una habitación para ella sola en la última planta de la mansión. Desde allí se veían las puestas de sol más hermosas, eso decía su madre. De niño, a Dante le encantaba pasar horas con ella mientras trabajaba en sus cuadros y él le hacía pequeñas esculturas de arcilla.
Aquella también era la habitación en la que Dante la había encontrado con las venas abiertas sobre un charco rojo y el lienzo caído de lado en el suelo, empapado de sangre. Su última obra maestra.
Dante apartó esos pensamientos y subió los breves escalones que daban a la parte trasera de la mansión. Caminó hasta el lateral, desde donde se veía el lago, y se quitó el pañuelo, que ahora tenía una mancha carmesí. El verdor se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y apenas se veía erradicado por algún edificio esporádico. Dios, por más que desease librarse de la mitad de la gente que vivía allí, Dante adoraba aquella puta colina.
Movió los músculos faciales para comprobar la gravedad del golpe. Aquel pequeño cabroncete le había dado bien. Dolía, pero Dante sobreviviría.
Algo se estrelló contra él de lado, justo donde Tristan le había dado el codazo. Dante apretó los dientes y le dedicó una mirada a la chica que había chocado con él y que acababa de caer al suelo de culo.
—Mira por dónde vas, poquita cosa —le dijo en tono absorto.
La había llamado igual que a su hermano pequeño. Joder, necesitaba un cigarrillo. No era lo que se dice un fumador empedernido, pero de vez en cuando se echaba uno. Sacó un cigarrillo, accionó el encendedor de metal y dio una honda calada. El humo se arremolinó en sus pulmones y le concedió un descanso momentáneo del resto de sus sensaciones. Al menos hasta que oyó una tos femenina a su lado. Con una risa entre dientes, le echó un buen vistazo a la chica, que ya se había vuelto a poner en pie. Llevaba un sencillo vestido azul y el cabello recogido en una cola. Centraba en él unos grandes ojos verdes. Dante los había visto en alguna parte.
—¿Se te permite estar por esta zona? —preguntó, y dio otra breve calada.
La chica arrugó aquella naricilla tan mona.
—Me estoy escondiendo de mi amigo —le dijo, y bajó la vista al suelo—. Creo que debería irme. Adiós.
Sorprendido por aquel volantazo, Dante tiró el pitillo al suelo.
—Eh, eh, eh. Aguanta un momento, poquita cosa.
Ella dio media vuelta y la cola le golpeó contra el pecho. Sus ojos ardían con más fuego del que podía contener su pequeño cuerpo.
—¡Deja de llamarme así!
Dante, divertido, inclinó levemente la cabeza, como haría con una dama.
—Disculpadme, mi reina. —Eso le gustó a la chica—. ¿Cuántos años tienes? —preguntó, curioso, intentando ubicarla.
—¿Cuántos tienes tú? —replicó ella.
Dante sonrió.
—Dieciséis.
—Y yo once —anunció en tono orgulloso—. El mes pasado fue mi cumpleaños. Le dije a mi madre que te mandase un trozo de mi tarta.
Dante comprendió quién era: la hija de la criada principal. Tenían los mismos ojos verdes. No sabía el nombre de la criada, pero había empezado a llamarla Zia, «tía» en italiano, cuando esta empezó a darle galletas caseras. Aunque no hablaba mucho con ella, le encantaban aquellas galletas. Su madre tampoco había cocinado nunca, así que los postres de Zia se habían convertido en un bien muy preciado para Dante. Siempre se moría de ganas por probar uno. Además, era una mujer muy agradable. A Dante le gustaba.
La chica, su hija, estaba muy lejos de las habitaciones del servicio. Si su padre, o peor aún, su tío, la veían por ahí, se iba a buscar problemas.
—Deberías irte. —Señaló con la cabeza al lugar por el que había venido la chica. No quería que ni ella ni su madre se metiesen en un lío con nadie de la mansión.
La chica parpadeó una única vez. A continuación le ofreció una pequeña sonrisa casi tímida.
—Tienes unos ojos muy bonitos —le dijo.
Antes de que él pudiese responder, la chica dio media vuelta y echó a correr colina abajo, en dirección al ala del servicio.
«Tienes los ojos más bonitos del mundo, Dante. Ten cuidado con ellos».
Las palabras de su madre volvieron a él. Era la única persona, aparte de aquella chica, que le había dicho algo así. Los ojos marrones de su madre, hermosos pero tristes, llenaron los recuerdos de Dante. Se pasó la mano por el cabello, se agachó para recoger el cigarrillo, se lo llevó a los labios y lo encendió otra vez. Soltar el humo por la nariz rota dolía un cojón, pero él abrazó el dolor y contempló el lago y el cobertizo que había al lado.
Jamás habría imaginado que encontraría a una persona en el planeta Tierra que odiase a su padre más que él mismo… hasta que conoció a Tristan. Aunque apenas tenía catorce años, algún día aquel chico le pegaría un tiro al viejo, y Dante estaría encantado de darle la pistola con la que hacerlo. Solo tenía que ganar tiempo hasta que estuviese listo…, hasta que el mundo entero estuviese listo.
—Mañana tienes que ir a la ciudad.
Hablando del diablo. Dante le ignoró.
De pronto, su padre se plantó ante él y dijo con voz alterada:
—¿De dónde ha salido toda esta sangre? ¿Te ha pegado alguien?
Dante ni siquiera se dio la vuelta. La voz de su padre retumbó por todo el terreno al pronunciar la última palabra. Había dado comienzo el espectáculo de dejar claro quién mandaba allí. Su padre solía ladrar para recordarle a todo el mundo quién tenía la autoridad, en caso de que a alguien se le olvidase aquel hecho asfixiante, y todo el mundo volvía a su puesto un poco más amedrentado por Lorenzo Maroni.
Dante echó la ceniza a un lado, pero se mantuvo en silencio. Siguió fumando.
—No te atrevas a ignorarme, chico. ¿Te ha pegado alguien?
—No es nada —afirmó Dante.
Pero daba igual. Su padre no le oía. Lorenzo Maroni llamó a voz en grito a Al, su mano derecha, y ordenó a todo el mundo del complejo que se reuniesen en los terrenos.
Dante apretó los dientes. Intentó contemplar la bellísima puesta de sol mientras los minutos iban pasando y la gente se reunía, nerviosa, callada pero apestando a miedo. Así mandaba su padre: con temor. Y el único modo de cabrearlo era no reaccionar a ese miedo.
Dante acabó por tirar el cigarrillo al suelo y a aplastarlo con el zapato. Paseó la vista por la multitud. Vio a Zia, que abrazaba a su hija, la chiquilla de los ojos verdes que acababa de decirle que tenía unos ojos bonitos. No miraba a su padre, sino a él. Dante le guiñó el ojo, y ella se ruborizó y se apresuró a apartar la mirada. Él tuvo ganas de echarse a reír en medio de aquel embolado. Sus ojos sobrevolaron al grupo y vio a Tristan en el otro extremo de la multitud, algo apartado de los demás, con expresión vacía. Si creía que Dante se iba a chivar, se llevaría una sorpresa.
—¿Quién le ha pegado a mi hijo? —rugió su padre. Hizo una pausa teatral y paseó la vista por todos los allí reunidos. Como nadie respondía ni parecía adecuadamente asustado, su padre prosiguió—: ¿Quién ha golpeado a mi heredero? ¡A un Maroni! Decídmelo ahora mismo o seréis castigados. Decidme quién lo ha hecho. Atacar a un Maroni en este complejo es el mayor insulto que podéis hacerme.
Todos cruzaron miradas nerviosas y algunos cuchichearon a media voz. El sol se ponía lentamente.
—Estáis en mis terrenos e insultáis a mi sangre —siguió su padre—. O me lo decís ahora mismo o las consecuencias para todos serán severas.
Un movimiento en un lateral atrajo la mirada de todo el mundo. Dante contempló, sorprendido, que Tristan se apartaba de la multitud con los ojos fijos en el Sabueso.
—Tú —balbuceó su padre, y echó a andar hacia él—. ¿Has sido tú? Cabroncete desgraciado. Eres mío. Yo controlo todo lo que haces aquí. No puedes…
Con un reguero de adrenalina por todo el cuerpo, Dante vio que el chico, pocos centímetros más bajo que su padre, se detenía justo ante este, cara a cara. Tenía la expresión vacía. Murmuró las primeras palabras que se le habían oído en público:
—Como intentes ponerme una puta correa, te estrangularé con ella.
Si los ángeles hubieran podido cantar, en ese momento Dante habría oído todo un puñetero coro de criaturas celestiales.
Alguien en la multitud ahogó un grito, pero Dante mantuvo los ojos fijos en Tristan. No se había equivocado al confiar en lo que le decían las tripas con respecto al chico, que contempló con desdén a su padre durante un segundo. Acto seguido giró sobre sus talones y se alejó sin pronunciar más palabra. Atrás quedó un Lorenzo Maroni atónito, echando humo.
Ah, aquello iba a estar bien. Tristan acababa de sellar su destino. Dante esbozó una sonrisa. Ellos dos iban a ser amigos, aunque le costase la vida.
Amara
Trece años
Amara tenía un problema, y el nombre de este problema era Dante Maroni. Era así, ya era oficial.
Y se sentía absolutamente fatal. ¿Por qué? Pues porque, aunque Dante era vagamente consciente de su existencia, Amara no estaba para nada, pero para nada, en su punto de mira. Y ella, en cambio, tenía con él un encaprichamiento del tamaño de la Antártida, solo que más caliente. Muchísimo más caliente. Y eso que había intentado parar. De verdad. Sin embargo, cuando se trataba de Dante, su corazón era como una goma elástica. Cuanto más se alejaba mentalmente, con más fuerza quería volver al punto de partida.
Todo aquello estaba muy mal. Él ya había cumplido los dieciocho, un dato que sabía toda la ciudad, todo el país, todos los bajos fondos. Que llegase a la mayoría de edad era todo un tema para mucha gente; había quien quería apoyarlo y quien quería acabar con él. Dante ya tenía enemigos. ¿Y cómo podía ser que Amara supiese ya todo aquello? Pues porque prestaba atención. Resulta asombroso lo mucho que la gente tendía a hablar delante del servicio sin darse cuenta de que no se trataba de muebles en movimiento, sino de personas con oídos.
En realidad, Amara no era empleada de los Maroni, pero le gustaba echarle una mano a su madre después del colegio y los fines de semana. Solía pasar ese tiempo con Vin, aunque desde que este había empezado los entrenamientos, los horarios de los dos ya no eran compatibles. Sin embargo, aún se seguían viendo cada par de días para ponerse al tanto de lo que hacía cada uno. Hacía poco que Vin había dado un buen estirón, mientras que Amara apenas había crecido un par de centímetros. Ella lo miró, sentada con la espalda apoyada en un árbol y una novela abierta en el regazo. Clavaba los ojos en Vin, que entrenaba con un Dante ya algo mayor. Se encontraban para ello más o menos una vez cada dos semanas, porque según se comentaba, había dos chicos en los entrenamientos a los que se les daba increíblemente bien la lucha a cuchillo: Vin y Tristan, el chico nuevo a quien Amara había empezado a llamar por su nombre después del «incidente». Aún recordaba la conmoción que la había recorrido cuando Tristan había dejado al señor Maroni con un palmo de narices sin mostrar el menor miedo. Aquella noche, su madre le había dicho que aquel chico estaba buscando que lo matasen, y Amara estuvo de acuerdo.
Sin embargo, Dante entrenaba con Vin en lugar de con Tristan, primero, porque Vin era más jovial; y segundo, porque era menos probable que lo asesinase por un mero enfado. Les gustaba entrenar al aire libre, en un pequeño claro justo delante de la cabaña de Tristan frente al lago. Cada dos semanas, Amara venía con un libro y con su amigo, y se plantaba tranquilamente delante de un árbol a contemplar el espectáculo.
Si a Dante le parecía extraño, jamás hizo comentario alguno al respecto. De hecho, rara vez le había dicho una palabra desde aquella primera ocasión en que se chocó con él. Aunque, tampoco era que la ignorase. Simplemente, Amara estaba ahí. Algunos días le dedicaba un pequeño cabeceo, y a ella le aleteaba el corazón como un colibrí sobreexcitado. Otros días, Dante la miraba y sonreía, y a Amara se le llenaba el estómago de mariposas. Y había días, los que menos, en los que le soltaba algún «eh» en tono cordial. En esas ocasiones, Amara atesoraba su voz en la memoria y chillaba por dentro mientras se pensaba los nombres que les pondrían a sus hijos.
Uf, era un caso perdido.
Su madre no sabía lo que hacía cuando iba a ver entrenar a los chicos. Pensaba que Amara se limitaba a salir a leer al sol durante las vacaciones de verano. Y Amara jamás se lo explicaba. No era que su madre fuese a prohibirle ir, es que ella aún no estaba lista para compartir aquello con nadie. Fuera lo que fuese aquello, hacía tiempo que le había parecido un capricho y nada más. Además, estaba segura al noventa y nueve por ciento de que Dante ni siquiera se sabía su nombre.
El repiqueteo del metal contra el metal la sacó de su ensoñación. Se centró con todo su corazón adolescente en el hombre que era objeto de sus fantasías. Contempló su silueta alta, muy alta, moverse con agilidad mientras Vin, más bajo y joven, lo atacaba.
Dante Maroni era toda una obra de arte… una obra de arte de excelente factura, exquisita. Cada vez que Amara lo veía le daban ganas de hacer el gesto típico de un chef y besarse las puntas de los dedos. Sí, así de bien estaba. Aquel pelo oscuro y rebelde, quizá demasiado largo, que enmarcaba un rostro absolutamente sensacional… Uno que parecía más y más esculpido en piedra cuanto más crecía. Y aquella mandíbula que Amara recorría con los dedos en ensoñaciones diurnas. Pasando por esos ojos profundos color chocolate que le seguían pareciendo los más hermosos del mundo, o esos brazos en los que se flexionaban los músculos al moverse…
Sí, Amara era un caso perdido. Resultaba patético.
Enfadada consigo misma, miró el libro que había sacado de la biblioteca de la escuela.
«Apenas te vi, mi corazón fue volando a tu servicio…».
Bueno, tenía que buscarse algo de poesía que no fuese romántica, porque desde luego Shakespeare no estaba siendo de ayuda. Incapaz de centrarse, Amara volvió a alzar la vista. Los chicos estaban dando por concluida la sesión. Siempre acababan igual: Dante le daba a Vin alguna que otra indicación. Vin, su amigo regordete que en realidad ya de regordete no tenía nada, siempre escuchaba con seriedad. Amara estaba bastante segura de que Vin también estaba colgado de Dante, aunque como hombre. Pero ¿cómo no estarlo?
Aunque, con toda sinceridad, Amara ya no sabía si lo que sentía era un capricho. Se suponía que estos fallecían de muerte natural a los pocos meses. Al menos eso era lo que había oído comentar a las chicas del colegio. En realidad, no era amiga íntima de ninguna de ellas, ni de nadie en el colegio. Los niños de fuera trataban de forma muy rara a los del complejo. Y todos los demás hijos del complejo eran o bien mucho más jóvenes o mucho mayores que la propia Amara. Solo Vin y ella tenían una edad parecida. Por eso se habían juntado en cuanto aprendieron a andar.
Vin asintió a Dante y se acercó a ella. Llevaba el pelo oscuro mucho más corto. Se dejó caer a su lado y dio un sorbo de agua de la botella que Amara le había tendido. Ambos contemplaron a Dante, que subió los escalones hacia la cabaña de Tristan y entró sin llamar.
—Maldita sea. —Vin, a su lado, soltó un silbido. Por fin había aprendido a silbar en condiciones—. Pelotas no le faltan.
Uf. Amara no quería pensar en Dante ni en sus pelotas proverbiales. En aquel momento sentía por él un amor puro y aséptico.
—No me hacía falta tener esa imagen en la cabeza.
Puso una mueca de desagrado. El año pasado habían estudiado en el colegio los sistemas reproductivos masculinos y femeninos. La clase había sido bastante clínica, pero el taller aparte que le habían impartido a todo su curso el mes pasado, y que trataba sobre enfermedades sexuales, prevención y anticoncepción, había tenido mucha materia que digerir. Amara sabía que había que introducir X dentro de Y, pero prefería no imaginar nada más al respecto de momento.
Vin soltó una risita.
—Cuesta creerlo, en vista de cómo lo miras.
Ella se quedó de piedra.
—¿De qué hablas? —preguntó con tono estridente al tiempo que se le aceleraban los latidos. Ay, tenía que modular mejor la voz. Su profesor de música en el colegio no dejaba de decirle que tenía una voz excelente, pero completamente fuera de tono.
Vin se encogió de hombros.
—Lo miras como si fuese la mejor remesa de galletas de Zia y llevases un mes muerta de hambre. Como si acabaran de sacarlo del horno y estuvieses esperando a que se enfriase para comértelo.
Aquella vívida imagen le provocó un rugido en el estómago.
Bueno, la cosa iba mal. Iba francamente mal. Se suponía que nadie lo sabía. Amara tragó saliva.
—¿Crees que se ha dado cuenta?
—Es difícil no darse cuenta —señaló Vin, claramente divertido—. Vienes aquí cada vez que quedamos, y no es para leer tu libro.
Amara gimoteó.
—¿Vinnie?
—¿Hum?
—Mátame, por favor.
Su amigo soltó una risa entre dientes.
—No seas teatrera. No es tan grave. Además, no es más que una fase. Ya se te pasará.
Amara negó.
—No puedo evitarlo. Hazme caso, lo he intentado. Mis ojos son unos traidores.
Vin soltó una risa en forma de resoplido, alzó las rodillas y apoyó en ellas las manos.
—Está bien que te guste. Vamos, es hasta natural. Pero que no pase de ahí.
Amara se volvió hacia él, contempló su silueta mientras él miraba la cabaña, sintiendo el sol en la piel.
—¿Por qué? —preguntó en tono suave.
—Porque es Dante Maroni, Mara —replicó Vin en tono igualmente suave—. Ahora somos jóvenes y no lo parece, pero Dante va a ser el rey. Tendrá enemigos. Coño, ya los tiene. Será pura oscuridad, y a ti la oscuridad te da miedo, ¿recuerdas? Tú no perteneces a ese mundo. Te mereces algo mejor.
El nudo que tenía en la garganta era firme. Aunque Amara no se había hecho ilusiones, sabía que Vin tenía razón. Dante Maroni estaba destinado a mandar en los bajos fondos. Y ella era como un tipo de mueble que la gente como él acababa olvidando.
Soltó el aire por la boca y apoyó la cabeza en el hombro de Vin. Qué consuelo saber que su amigo la conocía y la amaba tanto como ella a él.
—¿Tú también serás pura oscuridad, Vinnie? —le dijo en tono quedo. Se preguntaba si el destino de Vin ya se lo estaba llevando. Si aquellos entrenamientos y la vida de su padre serían un ejemplo para él. Si no acabaría mal.
—No lo sé. —Suspiró—. Pero para ti nunca seré oscuro.
Amara esbozó una leve sonrisa.
—Sea como sea, siempre te querré.
—Sí, yo también. —Vin asintió—. Pero no te me vayas a poner sensiblera, ¿eh?
Con una risa, Amara le dio un leve golpe con el libro. Ambos vieron que Dante volvía a salir de la cabaña. Les hizo un gesto con la cabeza y ascendió hacia su castillo, un rey a punto de serlo. Amara se quedó ahí abajo, en el suelo.