
Un jarrón de vino y un tirón de orejas
Hazel
El alterado trío de mujeres vestidas de traje y con cafés expresos triples de al lado de la ventana conspiraba con entusiasmo para cargarse a un tal «Bernard» en las auditorías. O puede que solo pensaran denunciarlo a Recursos Humanos. Era difícil oírlas por encima del bullicio habitual de la cafetería.
Los dos hombres de mi derecha, que lucían sendas alianzas idénticas, discutían apasionadamente sobre el espacio del armario. En el resto del mundo, la mayoría de los divorcios giraban en torno a cuestiones como el dinero, los hijos y la monogamia. En Manhattan, apostaría la cabeza a que el espacio en el armario estaba entre las cinco primeras.
Y la camarera estaba tan aburrida que, como tomara y sirviera pedidos con más desgana, caería en coma.
«¿Coma?», escribí en una página del cuaderno. ¿Una mujer recién despertada de un coma sería una buena candidata para un flechazo? Fruncí el ceño y di unos golpecitos en la mesa con el bolígrafo. De un coma no muy largo, obviamente. Habría que abordar problemas como los pelos en las piernas, la caspa y un aliento atroz.
«Mierda». Me tapé la boca con la mano e intenté olfatear sutilmente si había recordado lavarme los dientes por la mañana. Pues no. Tampoco me había afeitado las piernas… ni duchado… ni peinado… ni me había acordado de comprar desodorante para poder ponérmelo.
La antigua Hazel solo se habría atrevido a salir de casa con esa pinta —y ese olor— si la hubiera pillado el toro con un plazo de entrega. Pero la Hazel actual se movía a hurtadillas entre las sombras del mundo real como un ratoncito desaliñado, la mayoría de las veces.
—Buf. ¿Por qué es tan difícil? —murmuré. La pareja con problemas de armario me miró de reojo—. Jeje. ¿Diría eso ella? —añadí. Las miradas de reojo se convirtieron en expresivas cejas levantadas y en un acuerdo tácito de abandonar inmediatamente la mesa que estaba al lado de la pirada—. Tranquilos. Soy escritora. Se supone que es normal que hable sola en público —les expliqué rápidamente mientras ellos cogían los cafés e iban hacia la puerta, escaqueándose bajo la humedad sofocante de agosto.
Gemí y me llevé las manos a las mejillas, estrujándolas para poner cara de pez. El caballero de la camiseta de tirantes de Lenny Kravitz que se había montado en la mesa su propia tienda de tecnología, levantó la vista por encima de las gafas bifocales.
Aparté las manos de la cara y le dediqué lo que esperaba que fuera una sonrisa humana. Él volvió a centrarse en sus dos móviles y el iPad mientras yo me limpiaba las palmas de las manos en los pantalones cortos. Tenía la piel asquerosa, grasienta y descamada al mismo tiempo, aunque pareciera una combinación imposible. ¿Cuándo había sido la última vez que había completado mi rutina de cuidado facial, en vez de meter la cabeza debajo el grifo y andando? Mejor dicho, ¿cuándo había sido la última vez que había completado algo?
Bueno, la noche anterior me había zampado todo el pad thai que había pedido para llevar. Eso contaba, ¿no?
Eché un vistazo a la cafetería en busca de algún rastro de la inspiración o la motivación que en su día me habían convertido en una adulta productiva, pero no estaba por ninguna parte. Suspirando, escribí «coma», «enemigos acérrimos» y «canoas». Lo último se lo había oído decir a una animada pareja de jubilados irlandeses que parecían recién salidos de una tienda de ropa de montaña. Habían pedido unos tés matcha y unos bollos sin gluten antes de largarse con sus botas de trekking a juego.
Según el reloj de la pared, ya era hora de dejarlo. Llevaba allí tres horas y lo único que había conseguido era un vaso vacío de café con hielo con mi nombre escrito. Estaba segura al ochenta por ciento de que había sido mi subconsciente el que había oído gritar a la camarera: «¡Un café con leche, hielo y vainilla para la fracasada!».
Con uno de esos gemidos que emiten las personas mayores al levantarse de las sillas en casa, me puse en pie. Claramente llevaba demasiado tiempo pudriéndome en mi apartamento si no era capaz de recordar la diferencia entre los sonidos «para la intimidad del hogar» y los «autorizados en presencia de otras personas». Recogí mis bártulos de escritora —cuaderno, bolígrafo, portátil y teléfono— y salí al calor.
Sentí que el tamaño del pelo se me duplicaba antes de llegar al final de la manzana y estaba a punto de levantar las manos para volver a aplastármelo, cuando un tío de metro noventa con un traje de Ralph Lauren a medida me arrolló mientras profería una sarta de insultos por el móvil, a cada cual peor.
Zoey lo habría tachado de financiero casposo y le habría soltado alguna pullita. Me refería a la misma mujer que, definitivamente, iba a matarme cuando descubriera que aún no tenía nada. Ni capítulos ni borrador ni ideas. Estaba viviendo una situación terrible, como la de Atrapado en el tiempo, en el que cada día era igual que el anterior. Solo que, a diferencia de Bill Murray, yo todavía no había encontrado un objetivo.
Cuando llegué a casa, mi vecina, cuyo nombre desconozco, no debió de oírme con los ladridos de los dos yorkshires cuando le pedí que no cerrara la puerta del ascensor. Subí arrastrándome los cuatro pisos hasta mi apartamento y entré.
El estado de mi casa reflejaba el estado de mi cabeza. Para ser exactos, era un vertedero cochambroso. El que en su día había sido un piso «precioso» e «impoluto» de dos dormitorios en el Upper East Side parecía ahora un mercadillo de asquerosidades recién inaugurado por un habitante de los pantanos.
—Confirmado: soy una de esas personas que pierden la cabeza y empiezan a acumular sobrecitos de salsa de soja y correo comercial —me dije a mí misma en voz alta. Había montones sin orden ni concierto de cartas y papeles por todas partes. Los libros estaban desparramados por las estanterías de nogal macizo y tirados por el suelo en pilas desordenadas. La microscópica cocina apenas se veía bajo los ocho pisos de platos sucios y envases vacíos de comida para llevar. En las paredes, recubiertas por un recargado papel que en su día me había parecido monísimo, ahora solo había premios enmarcados y recuerdos de vidas pasadas. Me vengo arriba por un momento—. ¿Y si la protagonista tuviera síndrome de diógenes? Puaj. No. No es nada sexy y mucho menos higiénico.
La antigua Hazel nunca se habría permitido caer tan bajo. Había muchas cosas que la antigua «yo» habría hecho de forma diferente. Pero ella estaba muerta y enterrada. D. E. P., Hazel.
Fui a la habitación para cambiarme los pantalones cortos de «me voy al gimnasio» por los pantalones cortos de «cuántos agujeros en la entrepierna son demasiados». Era hora de volver al trabajo… o al menos de pasar otro rato fustigándome por haberme convertido en la escritora de novela romántica más triste del mundo.
Refunfuñé al oír que llamaban a la puerta.
—¿Qué parte de «entrega sin contacto» no has entendido? —murmuré, levantando el culo del sofá. La puntera de la zapatilla se me enganchó en la pata de la mesa de centro y una cascada de cartas sin abrir cayó al suelo.
Busqué el cinturón del albornoz, pero no lo encontré. Como no llevaba sujetador ni camiseta, me crucé las solapas para taparme las tetas y abrí la puerta.
—Estás hecha un asco.
La mujer de pelo rizado y traje sastre rojo venía a entregar una crítica, no comida china.
Solté el albornoz y me crucé de brazos.
—¿Qué haces aquí, Zoey? Soy una persona muy importante y estoy muy ocupada.
La invitada no deseada entró con decisión sobre sus impresionantes tacones de diez centímetros, envuelta en una tenue nube de perfume caro. Zoey Moody, agente literaria, amante de la moda y mi mejor amiga desde tercero de primaria, sí sabía hacer una entrada triunfal.
Cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella. Solía quedar con Zoey en su casa o en sitios en los que servían alcohol, lo que me permitía tener el piso como una indigente.
—¿Ocupada? ¿Haciendo qué? ¿Pudriéndote? —me soltó, cogiendo una caja de pizza grasienta que estaba en equilibrio perfecto sobre una montaña de platos sin lavar.
Se la quité de las manos e intenté meterla en el cubo de basura de la cocina, pero estaba hasta arriba y rechazó la nueva incorporación.
—No me estoy pudriendo. Estoy… desarrollando la trama —mentí.
—Llevas desarrollando la trama un año.
Me rendí y tiré la caja al suelo, al lado del cubo.
—¿Sabes quién piensa que escribir un libro es fácil? La gente que nunca ha escrito uno.
—Ya lo sé, los escritores son flores delicadas y creativas que necesitan cuidados y riego constantes y todo ese rollo. Pues ¿sabes qué? Que los agentes también necesitamos cosas. Yo, por ejemplo, necesito que mis clientes me contesten al puto teléfono. ¿Sabes siquiera dónde está el tuyo?
—Por ahí —dije, señalando todo el apartamento en general.
Zoey me miró con el ceño fruncido y haciendo un mohín con sus labios rojos.
—¿Cuándo fue la última vez que saliste a cenar? ¿O a tomar el aire? ¿O, no sé, que te duchaste? —Sus rizos rubios rojizos vibraron dentro de la trenza que se había hecho.
Levanté un brazo y me olí el sobaco. Mierda. Se me había vuelto a olvidar pedir el desodorante.
—Me recuerdas a mi madre cuando yo era pequeña, diciéndome que me dejara de tanto libro y saliera a socializar —refunfuñé—. Mi adolescencia le pilló entre los maridos dos y tres, por si estabas haciendo cálculos.
—Yo no soy tu madre. Soy tu agente y a veces tu amiga. Y, como ambas cosas, tengo que decirte que has descendido oficialmente al nivel de soltera deprimida.
—Querrás decir de solterona.
Zoey levantó un calcetín manchado de salsa de soja.
—¿Cuántas solteronas conoces que vivan como si estuvieran en el vestuario masculino de un instituto?
—Vale, tranqui. A ver, tampoco es que haya caído en un pozo de depresión y bloqueo del escritor antisocial para divertirme —le recordé.
Zoey abrió la nevera y se arrepintió de inmediato de la decisión.
—Ahí dentro están creciendo cosas.
—Iba a decírtelo. Me he estado dedicando a la agricultura urbana en mis ratos libres. —Cerré la nevera de golpe.
—Pues vas a tener mucho más tiempo libre, como no te pongas las pilas —me soltó Zoey amenazadoramente.
Pasé por delante de ella y me agaché para meter un brazo en el armario de la diminuta isla de madera. Varios segundos y un tirón en el cuello después, acabé encontrando una botella de vino y la saqué.
—¿Un vinito?
—No pienso consumir nada en este apartamento. No tengo tiempo para una infección por estafilococos. Dime que al menos estás escribiendo algo.
—Sí, claro. Voy por ahí cagando capítulos.
—No caerá esa breva —murmuró Zoey.
—Corta el rollo. ¿Qué haces aquí un jueves a mediodía, Zo?
Mi agente y mejor amiga se acercó a las ventanas del salón y abrió de un tirón las pesadas cortinas. Señaló las luces del edificio de al lado.
—Son las siete de la tarde y es lunes.
Fingí estar sorprendida y añadí un dramático gritito ahogado, solo por diversión.
Ella puso los ojos en blanco al darse cuenta de que la estaba vacilando.
—No se puede ser más petarda.
—Ya, pero me quieres igual. Por cierto, me gustaría recordarte que tengo treinta y cinco años. No necesito que me protejas como si fueras mamá pato. —Hacía tanto que nos conocíamos, que ninguna de las dos recordaba ya desde cuándo. Habíamos pasado juntas por ortodoncias, vestidos de graduación, giras promocionales, listas de libros más vendidos… y todo lo que había venido después.
—Tienes treinta y seis años. —Parpadeé sorprendida y me puse a calcular—. ¿No te acuerdas de tu cumpleaños? Me dijiste que ibas a pasar el fin de semana escribiendo en un Airbnb de Connecticut, y cuando me pasé por aquí para dejarte un ramo de flores y una tarta, te encontré con la misma sudadera de hacía un mes pegándote un atracón de Las chicas de oro y te saqué de casa a rastras para ir a tomar una copa de vino y más tarta.
Genial. Ahora me olvidaba de mis cumpleaños.
—Hablando de vino…
—Abrí el armario que estaba junto a la nevera, pero no había ni una triste copa. Rebusqué sin ganas entre los platos que había dentro del fregadero y alrededor de él. ¿Qué era aquella cosa azul que crecía en los laterales de aquel cuenco?
Entonces vi un jarrón chato, ancho y, lo más importante, limpio, y desenrosqué el tapón para echar el vino en él.
—Llevas puesto un albornoz con manchas de salsa marinara en un apartamento oscuro y sucio y estás bebiendo vino con tapón de rosca en un jarrón —dijo Zoey.
—Una buena editora diría que eso es explicar, no narrar. —Bebí un trago exagerado de vino.
—Yo no soy tu editora. Soy tu agente y necesito que espabiles.
Se trataba de una versión más agresiva del mensaje que Zoey me había estado transmitiendo durante los últimos meses. Eso despertó mis sospechas.
—¿Qué problema hay ahora?
—Vengo de una reunión.
—De ahí el traje de «no me toques el coño».
—Que no tiene nada que ver con el vestido de «por favor, tócame el coño». Me he reunido con tu editora Mikayla, de Royal Press, y me ha trasladado algunas preocupaciones muy preocupantes —dijo, metiendo la mano bajo el fregadero de la cocina para sacar una bolsa de basura nueva. La abrió con un violento chasquido.
—No te ofendas, pero menos mal que la escritora soy yo y no tú. Además, ¿quién narices es Mikayla? Mi editora se llama Jennifer.
Zoey metió en la bolsa un envase medio vacío de arroz frito pasado.
—Despidieron a Jennifer y a la mitad del departamento hace seis meses. Mikayla era más joven y, por lo tanto, más barata.
—¿Al menos lee novela romántica?
—Es más de ficción femenina y thriller psicológico.
—Ah, entonces fijo que nos entiende fenomenal a mí y a mis romances ambientados en pueblos pequeños.
—Pues a lo mejor lo haría, si por fin le entregaras un manuscrito —replicó Zoey.
—Perdona, ¿qué ha sido de la fase «tómate tu tiempo, has pasado por algo muy traumático»?
—Esa fase caducó hace como seis meses y desde entonces estás viviendo del cuento. En pocas palabras, Granjera Último Modelo urbana: como no cumplas el siguiente plazo, Royal Press te va a cancelar el contrato.
Me reí y empecé a meter bolsas de comida para llevar en otra bolsa de basura.
—Muy bueno. Como si pudieran hacer eso.
—Pueden hacerlo y no se lo pensarán dos veces. Me han hablado del contrato, lo que significa que ya han hecho que el Departamento Legal lo revise. Has incumplido el plazo de entrega ampliado. Otra vez.
—Me estoy recuperando. No pueden esperar que…
—Hazel, firmaste en la línea de puntos hace doce meses —me dijo Zoey con dulzura—. Tu editora ha tenido el detalle de retrasar los plazos de entrega tres veces. Y esta última ni siquiera te has molestado en inventarte alguna mentira para tranquilizarlos. Simplemente no les has entregado nada. Y ¿sabes qué impresión nos da eso a los que trabajamos en el mundillo editorial?
—No, pero seguro que me lo vas a decir.
—Nos da la impresión de que estás acabada. Que eres otra autora quemada que no da para más. Una de esas personas que hablan de que antes escribía libros.
—Qué dramática eres. ¿Y qué van a hacer? ¿Despedirme? Los lectores los odiarán por rematarme cuando he tocado fondo.
Zoey metió una bolsa de plástico entera en la basura.
—¿Qué lectores, Haze?
—Mis lectores. —Le di una sonora sacudida a la bolsa.
—¿Los lectores a los que has ignorado? ¿Los lectores a los que no te has molestado en responder? ¿Los lectores que han pasado a leer a autores que siguen publicando?
Le arrebaté la bolsa llena de aquellas manos innecesariamente dramáticas y le hice un nudo.
—En serio, ¿qué mosca te ha picado hoy?
Zoey me miró fijamente.
—Hazel, antes eras una de las autoras de comedia romántica más vendidas.
—¿Antes? Ese traje te hace ser malísima.
—Hasta que dejaste que alguien te comiera la cabeza. Y mírate ahora.
La verdad es que no tenía ningunas ganas de hacerlo.
—Haze, como falles esta vez, olvídate —dijo Zoey.
Metí en la bolsa un montón de folletos de comida para llevar que había usado para limpiar algo que se me había caído, mientras fingía que no se me helaba la sangre.
—No pueden hacerlo. Ni de coña. He escrito nueve libros para su editorial. Siete de ellos éxitos de ventas. He hecho un montón de giras promocionales. Los lectores siguen escribiéndome correos electrónicos pidiéndome más libros. —O al menos lo hacían, la última vez que consulté mi cuenta de correo de trabajo.
—Ya, bueno, pues justo eso es lo que te está pidiendo tu editora. La novela de Spring Gate que estás obligada a escribir por contrato. Sabes tan bien como yo que, para un editor, un autor vale tanto como su próximo libro. Y tú no tienes ninguno.
Zoey sacó otra bolsa de basura, abrió de nuevo la nevera y contuvo la respiración mientras la llenaba de ensaladas de bolsa podridas y salsas caducadas.
No sabía cómo decirle que Spring Gate estaba muerto para mí. Que el mero hecho de pensar en volver a esa serie que antes adoraba y que había hecho despegar mi carrera hacía que se me revolviera el estómago.
¡Uy! ¿Y si la heroína trabajaba de limpiadora y el héroe la contrataba para vaciar la granja de un pariente que acababa de morir? Sería menos desagradable si la guarra fuera otra persona, ¿no? Además, así podría meter por el medio una renovación total de la casa para reforzar la evolución del personaje. Ya podía imaginármela llevando cosas al contenedor con un pañuelo ideal en la cabeza y las mejillas manchadas de mugre.
—No puedo controlar el proceso creativo, ¿vale? —dije, cogiendo el cuaderno más cercano. «Limpiadora». «Contenedor de basura». «Cara sucia». Este libro prácticamente se estaba escribiendo solo.
Zoey me miró por encima de la puerta de la nevera.
—Si lo dices en serio y de verdad no piensas cumplir el plazo de entrega, tendrás que empezar a pensar en el Plan B.
—¿Y cuál es ese Plan B, exactamente? —le pregunté.
—Empezar a preparar un currículum.
Abrí los brazos, retando a Zoey a que se fijara en mis pantalones cortos llenos de agujeros, mis calcetines desparejados y mis zapatillas de conejos rabiosos.
—¿Te parece que tengo pinta de buena empleada?
—Para nada.
Apreté los puños a los costados.
—Bueno. Escribiré, ¿vale?
Ella cerró la nevera y me miró fijamente con sus ojos verde bosque.
—Hace meses que no te oigo reír. ¿Al menos recuerdas cómo ser graciosa?
—Si soy divertidísima. Hoy mismo se me ha enganchado el albornoz en la puerta del ascensor y la señora Horowitz me ha visto en pelotas. —En realidad, el suceso se había producido hacía más de una semana, porque había sido la última vez que había sacado la basura. Pero ser divertida no consistía en ser precisa. Consistía en saber elegir el momento oportuno.
—¿Son importantes? —Zoey levantó un taco enorme de hojas con la marca del culo de una taza de café en la primera página.
Se las quité de las manos.
—No —mentí, dejándolas encima de la nevera.
—También estoy oyendo cosas en la oficina —dijo ella, cambiando de tema.
—A lo mejor está embrujada.
¿Qué tal una comedia romántica en un pueblito con un toque paranormal? ¿Y si el héroe viera fantasmas? ¿O si la heroína que limpiaba la casa descubriera un zombi? Un momento. Eso no era paranormal.
—Les preocupa la relevancia. —Eso me hizo volver a la realidad.
Fingí una buena arcada.
—Sabes que odio esa palabra.
—Ya, bueno, pues ya puedes ir convirtiéndola en tu mantra, porque no quiero que me obliguen a largarte.
—¿Quieres dejarme tirada? ¡Zoey! ¿Después de todo lo que hemos vivido juntas? ¿Después de que Zack Black nos invitara a las dos al baile del instituto? ¿Después de la gastroenteritis de Vancouver? ¿Después de que perdiéramos el vuelo a Bruselas, hiciéramos autostop, acabáramos en el autobús de un grupo punk de Ámsterdam que estaba de gira y escribieran una canción sobre nosotras?
Zoey levantó una mano.
—¡Yo no quiero dejarte tirada! ¡Quiero ser tu agente y ganar mucho dinero contigo, pero ahora mismo no me lo estás poniendo nada fácil!
—Ya lo sé —dije con voz lastimera.
—Mira, Haze. No quiero ser hija de puta, pero nunca habías vendido menos desde que empezaste a escribir. Hace siglos que los lectores no saben nada de ti. Hace más de un año que no envías una newsletter. Tu última actividad en las redes sociales fue cuando te hackearon la cuenta y la Hazel falsa empezó a enviar mensajes a tus seguidores pidiendo «ayuda económica para un trasplante de riñón de última generación».
—¿Eres así de arpía con todos tus clientes?
—Contigo el tacto no funciona. Necesitas mano dura. O al menos antes era así.
—Madre mía. ¿Cómo puedes ser tan dramática? Venga, vale. Iré a la cosa esa.
Zoey dejó la bolsa de basura llena encima de la otra bolsa de basura llena que estaba encima del cubo de basura lleno.
—¿A qué cosa?
Levanté el jarrón de vino.
—A esa firma a la que había dicho que no.
Zoey tamborileó con las brillantes uñas rojas sobre la isla de madera y se me quedó mirando.
—Algo es algo, pero ya te digo que no va a ser suficiente.
Metió la mano en su elegante maletín y sacó dos carpetas gordísimas, que puso sobre la encimera ya casi vacía con un golpe seco.
—Échale un vistazo a esto.
Exhalé un suspiro.
—Ahora que has acabado de ponerme las pilas, ¿te apetece un jarrón de vino?
—No ingeriría nada en este piso aunque apareciera Pedro Pascal y se ofreciera a dármelo con cuchara.

Los pantalones que hacen culazo
Hazel
—¿Bolígrafos?
—Sí —dijo Zoey, dándole una palmada a la maleta de ruedas mientras íbamos a toda prisa hacia el Salón B del hotel Hoight.
Mi desastroso intento de peinarme yo misma nos había retrasado. Odiaba llegar tarde, sobre todo cuando ya estaba nerviosa. Era mi primer evento con otros autores y me preocupaba que mi sistema digestivo se rebelara.
Esquivamos a un grupo de mujeres emocionadísimas con acreditaciones colgadas del cuello y camisetas hechas en casa en las que profesaban su amor por diversos galanes literarios. Ninguna reparó en nosotras al pasar.
—Un momento. ¿Unos bolígrafos cualesquiera, o mis bolígrafos especiales? —le pregunté.
—Una vez. Una única vez aparecí con un paquete de rotuladores y sigues echándomelo en cara.
—No has respondido a mi pregunta.
—Sí. He traído tus bolígrafos especiales, esnob de los artículos de escritura —replicó Zoey.
—Ah…, vale. ¿Cuántos asistentes se esperan? —pregunté, devanándome los sesos en busca de información relacionada con la firma.
—Seiscientos.
Me detuve en seco y mi coleta de emergencia se sacudió.
—¿Seiscientos? ¿Como quinientos, pero con cien más?
—Una vez había estado en una firma con doscientos cincuenta lectores, pero había sido en la presentación del cuarto libro de Spring Gate, que había resultado ser el punto culminante de mi carrera… y de mi autoestima. Era una pena que el universo no te avisara cuando estabas en los mejores años de tu vida.
Zoey me agarró del brazo y tiró de mí hacia adelante.
—Qué bien se te dan las matemáticas. Estás muy sexy cuando haces cuentas. Relájate. No han venido todos a verte a ti. Este sitio está petado de autores jóvenes y relevantes que sí están publicando libros.
—Qué bien. Veo que hoy te has vuelto a poner los pantalones de arpía.
—En realidad son los pantalones que hacen culazo. —Se dio la vuelta y señaló su trasero. No se equivocaba.
—Pues los pantalones que hacen culazo también te hacen ser una arpía —le informé—. Tenemos los libros, ¿no?
—La editora los ha enviado esta mañana.
—¿Cuántos?
Zoey vaciló solo medio segundo de más, pero cuando alguien se conocía tan bien como nosotras, medio segundo era suficiente. Me puse delante de ella de un salto y chocó contra mí.
—¡Ay! ¿Cuántos, Zoey?
—Cincuenta.
Sentí que mis cejas salían volando. Mierda. Mis cejas. Debería habérmelas repasado con las pinzas, pero ya era demasiado tarde.
—¿Cincuenta? ¿Cinco cero?
Zoey sacudió la cabeza y sus rizos rebotaron irritados.
—Sabía que ibas a flipar.
—No estoy flipando —declaré, con una vocecita de teleñeco aguda y asustada.
Ella me esquivó y continuó andando. Empecé a trotar para seguirla y me quedé sin aliento en tres metros. Mierda. ¿Cuándo había sido la última vez que había ido al gimnasio?
—¿Tengo que recordarte que te apuntaste in extremis? —me dijo, mirando hacia atrás.
—¡Ya, pero aquí hay seiscientas personas! ¿Y si nos quedamos sin ejemplares en una hora?
—Pues empiezas a firmar partes del cuerpo y niños pequeños. —Zoey usó su culazo para abrir una puerta en la que ponía «Solo para empleados».
—No quiero decepcionar a ningún lector. —Tampoco quería pensar en lo que significaba que la editora solo pudiera conseguirme cincuenta ejemplares. Zoey me lanzó una mirada siniestra—. Vale. No quiero decepcionar a los lectores más de lo que ya lo he hecho.
—Esa es la actitud.
La firma era en el Salón B, una sala de hotel normal y corriente con moqueta estampada con flores de lis doradas y paredes de paneles móviles. Las mesas de los autores se encontraban alrededor de la sala y por el centro, en dos hileras rectas.
—Caray. Esto es enorme —dije, echando un vistazo al espacio mientras seguía a Zoey.
Nos abrimos paso entre la multitud de autores y asistentes que daban los últimos retoques a sus mesas. Todo el mundo iba de punta en blanco, lo que hizo que me sintiera todavía más desaliñada de lo que me había sentido delante del espejo aquella mañana, con los vaqueros, las zapatillas de deporte y el jersey holgado. Había paredes de globos, serpentinas y pancartas enrollables con frases en colores llamativos del tipo «apasionantes héroes alfa» y «tan ardiente que hará que te derritas».
—¿Desde cuándo a todo el mundo se le da tan bien el marketing? —pregunté.
—Aquí hay un montón de autores independientes. Se les da de lujo lo de la imagen de marca. Y el resto hay que agradecérselo a las redes sociales. El Scroll Life ha revolucionado la forma de vender libros —dijo Zoey, saludando a uno de los vendedores de libros al pasar por delante de su stand.
—¿Qué narices es el Scroll Life?
Ella suspiró.
—A veces no sé qué voy a hacer contigo.
Me sentía como Rip van Winkle abriendo los ojos tras una larga hibernación. Busqué caras conocidas en la sala, pero no encontré ninguna. Todo el mundo parecía… jovencísimo. Y lleno de energía. ¿Es que yo era la única escritora cansada y avinagrada que había allí?
—¿Y esos que van sin camiseta? —le pregunté a Zoey al pasar por delante de un puesto no con uno, sino con dos tíos supercachas.
—Modelos de cubiertas —me explicó ella, dejando la maleta delante de una mesa encajonada entre una escritora de novelas románticas oscuras y góticas con una melena impresionante a lo Morticia y una joven autora de comedia romántica disfrazada de ardilla. La ardilla me saludó. Yo le devolví el saludo.
—Qué fuerte. No puedo creer que haya estado perdiéndome esto durante tantos años.
—Otra cosa de la que podemos culpar a Jim —dijo Zoey, dejando la maleta delante de la mesa vacía. Me quedé inmóvil, con el aire atascado en los pulmones. Ella puso cara de circunstancias—. Perdona, que me he despistado. Quiero decir «al que no debe ser nombrado».
Negué con la cabeza mientras se me secaba la boca y se me cerraba la garganta. ¿Se podía ser alérgica al sonido del nombre de alguien?
—No pasa nada. Venga, manos a la obra. —Fingiría que tenía la energía y el entusiasmo que me faltaban.
En cuestión de minutos teníamos el libro y los productos promocionales a punto, los bolígrafos organizados, la pancarta enrollable de una «yo» más joven y menos hecha polvo desplegada, y el café y la Pepsi Wild Cherry en el estómago.
«Cinco minutos para la apertura de puertas», dijo una voz incorpórea por el altavoz.
El pánico fue instantáneo.
—Ay, Dios. No sé si podré hacerlo. Él siempre decía que estos eventos eran como estampidas humanas —murmuré, aferrándome a la mesa con ambas manos.
—Ya, bueno, también decía que las novelas románticas eran «obscenidades baratas para complacer al populacho». ¡Ay, mierda! —gritó Zoey, tirando el cúter. Se agarró la mano izquierda por la muñeca mientras empezaba a salir sangre de un corte superficial que se había hecho en el dedo corazón.
—Eres la agente más propensa a los accidentes de la historia de los agentes —refunfuñé. Rebusqué en el bolso y saqué el minibotiquín de primeros auxilios que siempre llevaba para cuando Zoey se ponía en plan Zoey y empezaba a sangrar.
—¡Ay! —se quejó ella mientras le pasaba una gasa con alcohol por el corte.
—No seas quejica —le dije cariñosamente, poniéndole una tirita—. Al menos nos hemos quitado de encima el primer derramamiento de sangre antes de tener una cola de lectores. ¿Te acuerdas en Beaver Creek, cuando manchaste de sangre toda aquella caja de encargos?
—Voy a ignorar ese recuerdo para recordarte que, aunque puede que ahora no te sientas así, eres Hazel Hart. Has escrito nueve libros que los lectores adoraron…
—Eso se llama optimismo. —Mis tres últimos lanzamientos no habían arrasado en las listas de ventas, precisamente.
—Cállate. Tú no estás viendo lo que yo veo.
Exhalé un suspiro.
—¿Y qué ves?
—Veo a la heroína de su propia historia. Vale, has tocado fondo. Pero eso solo significa que estás a un capítulo de tener el coraje de levantarte. Tú puedes, Haze. Estás preparada para volver.
Me encantaban las heroínas con coraje y mala suerte. Pero no me sentía como una de ellas.
Solté un gruñido.
—Sí, vale. Lo que tú digas.
No hacía tanto tiempo era yo la que le daba las charlas a Zoey para subirle la moral después de las discusiones con sus padres, las facturas de la luz que olvidaba pagar y las rupturas desagradables. Sin embargo, habían cambiado las tornas y ahora era yo la que necesitaba que me recordaran constantemente que seguía siendo una adulta funcional.
—No es exactamente la actitud que buscaba, pero tendrá que valer. Venga, siéntate y deja que te ponga un poco de esparadrapo para que no te destroces los tendones rotulianos firmando cincuenta libros y decenas de frentes de niños —dijo Zoey alegremente.
—Tu falta de conocimientos anatómicos resulta inquietante.
—Menos mal que soy agente, no médico de manos —replicó Zoey, cortando con los dientes una tira de esparadrapo azul.
—Por si surge alguna vez el tema en una cita o en un concurso de la tele, que sepas que la rótula es el hueso de la rodilla.
—Está bien saberlo —dijo ella, antes de acabar de vendarme con eficiencia la muñeca derecha.
Volvieron a hablar por el altavoz.
«Muy bien, damas y caballeros. Agárrense, que vienen curvas. Abriendo puertas en tres, dos, uno… ¡cero!».
Me tomé los ibuprofenos de rigor, eché los hombros hacia atrás y me limpié las palmas de las manos húmedas en los vaqueros, mientras mis nervios cobraban vida y revoloteaban por mis intestinos.
—Prepárate para el caos —dijo Zoey, levantándose y esbozando una sonrisa de lo más falsa.
—¿Echamos otra al tres en raya? —preguntó Zoey.
—Estoy demasiado ocupada limpiándome las gafas —refunfuñé mientras frotaba agresivamente los cristales con el jersey.
No se había producido ninguna estampida. Y tampoco había necesitado el alijo de barritas de proteínas. De hecho, habíamos adelantado la hora de la comida porque habíamos dado por finalizada la sesión de la mañana antes de tiempo. Había firmado trece libros. Tres de ellos para un trío de jóvenes lectores de buen corazón que se habían apiadado de mí al ver que no tenía cola y se habían acercado para presentarse.
La ardilla tenía una docena de lectores esperando la oportunidad de estrecharle la pata. La autora gótica que estaba a mi otro lado tenía cordones de terciopelo para controlar una cola larguísima.
Me sentía expuesta e invisible al mismo tiempo.
—Como sigas dándoles así de fuerte, te vas a cargar los cristales —dijo Zoey.
—Venga, suéltalo. Sé que te está quemando la punta de la lengua.
—En primer lugar, eso es muy borde y me recuerda a aquella vez que me quemé las papilas gustativas con el queso de la pizza, en la fiesta de pijamas.
—Te dije que la dejaras enfriar —le recordé.
—Y en segundo lugar, no pienso rematar a una clienta que está de bajón con un «te lo dije».
Dejé las gafas en la mesa.
—No ha pasado tanto tiempo. ¿Cómo he podido pasar de estar en la lista de superventas del New York Times a esto en solo un año? Cece McCombie publica un libro cada dieciocho meses y sus lectores siguen apoyándola.
Zoey invadió mi espacio vital. La empujé hacia atrás poniéndole con firmeza una mano en la frente.
—¿Qué haces?
—Intentar averiguar si prefieres la verdad o la mentira piadosa.
Emití un gruñido.
—Uf. Vale. Suéltalo.
—Para empezar, no ha pasado un año. Han pasado dos desde la última vez que publicaste un libro.
Yo resoplé.
—No puede ser verdad.
—Firmaste los papeles hace un año. Pero antes te tiraste otro peleando en los tribunales.
Me quedé pasmada. ¿De verdad acababa de «traspapelar» dos años enteros de mi vida?
—Cece McCombie es muy activa en internet. Envía una newsletter todos los meses. Habla con sus lectores todos los días en las redes sociales. Y no es una esnob con los eventos a los que asiste entre publicación y publicación.
—¿Qué me quieres decir con eso? —protesté.
—A aquella pequeña librería independiente de Wisconsin le gustó tanto tu serie que organizó un club de lectura de un fin de semana sobre ella y tú te negaste a participar a través de Zoom, aunque te avisaron con ocho meses de antelación.
—¡Eso no es cierto! —exclamé indignada. Las librerías y las bibliotecas eran los sitios donde más segura me sentía de niña. Y me encantaba devolverles ese apoyo. Al menos antes.
—Pues Jim me dijo que te habías cerrado en banda y que no pensabas molestarte en participar en ningún evento con menos de… —Zoey dejó la frase a medias mientras ambas nos dábamos cuenta de la realidad.
—Así que fue cosa de Jim —dije, felicitándome por no haberme atragantado con su nombre.
—Mierda. Lo siento, Haze. Debería haberme dado cuenta…
—Tranquila, no pasa nada. Soy yo la que debería haberse dado cuenta —repliqué, intentando volver a meter en la caja todas aquellas emociones peliagudas. Sabía cómo gestionar las emociones una a una, pero cuando estaban enredadas en un nudo gigante, como las luces de Navidad, no sabía qué hacer.
Había un montón de direcciones en las que señalar si quería culpar a los demás por mi carrera profesional, pero en el fondo sabía que la culpa era toda mía.
—Y además tiene un contrato cinematográfico —añadió por último Zoey.
—¿Quién?
—McCombie.
—¡Qué…! —Varios pares de ojos se posaron sobre nosotras—. ¡… maravilla de evento! —grité con falso entusiasmo, como si siempre hubiera pretendido que fuera una frase completa. Zoey y yo sonreímos como locas hasta que todos volvieron a sus asuntos—. ¿Un contrato para una peli? ¿Con poder de decisión y elección de reparto, o solo ha vendido los derechos? —susurré.
—El protagonista va a ser ese tío bueno de la serie de policías que tanto te gusta.
—Me alegro por ella —mentí entre dientes.
—Sí, ya lo veo —contestó Zoey.
Mi rivalidad con aquella escritora de best sellers, que en realidad era una de las personas más agradables del mundo, era unilateral y en su día me había motivado para que cada uno de mis libros fuera mejor que el anterior. Pero ahora solo me apetecía meterme debajo de la mesa y mimetizarme con la moqueta del salón.
—¡Qué sorpresa! ¡Cuánto me alegro de que sigas por aquí!
Una mujer de mediana edad y su hija adolescente, a juzgar por los rizos marcados y el encantador prognatismo que compartían, se acercaron corriendo a la mesa, con las mejillas encendidas y unas sonrisas radiantes. Llevaban una de esas cajas con ruedas que había visto que arrastraban los asistentes más experimentados. Estaba llena de libros nuevos.
—Hemos estado en la cola de Maryanne Norton y luego no he podido evitar hacerme una foto con el modelo de la cubierta de Reva McDowell, que está cañón, y a mi madre le preocupaba no poder verte —anunció la hija.
—Soy tu mayor admiradora. Aunque seguro que no paran de decírtelo —dijo la madre, descargando sobre la mesa una docena de libros de otros autores.
—Te sorprenderías —dije, esbozando lo que me pareció un grotesco facsímil de sonrisa.
—¡Ajá! Aquí están. —Desenterró triunfalmente dos libros de bolsillo gastadísimos escritos por una servidora—. Tus libros de Spring Gate me ayudaron a superar un año de cuidados y la muerte de mi madre. Cuando estaba en paliativos, leímos juntas toda la serie. Incluso las partes más picantes. Era justo el tipo de evasión que necesitábamos y dio lugar a algunas de las conversaciones más importantes que tuvimos de madre a hija.
—Eso es… maravilloso. Gracias —conseguí articular. Alivio. Gratitud. Empatía. Esperanza. Todos se peleaban en mi garganta.
—Fue muy importante para mí —declaró.
—Cuando mi madre se enteró de que me gustaban las novelas románticas, me hizo leer todos tus libros —dijo la hija. Llevaba un piercing en la nariz que brillaba justo por debajo de la montura de sus gafas—. La verdad es que me sorprendió descubrir que en las novelas que devoraba los fines de semana salían tantas pollas.
—Bueno, me gusta escribir sobre ellas —dije con torpeza. Necesitaba urgentemente practicar el arte de la conversación.
Zoey me dio un codazo e intervino con elegancia.
—Soy Zoey, la agente de Hazel. Me alegro mucho de conoceros. ¿Queréis que os firme los libros?
La madre sonrió.
—¡Sería genial! ¿Podrías dedicárselos a Andrea?
La hija se quedó boquiabierta.
—Mamá, si son tuyos.
—Pero son los que dan pie a viajes como este. Y me encanta poder estar aquí contigo. —La madre posó una mano sobre las novelas mientras yo destapaba el bolígrafo—. ¿Podrías poner «para Andrea y Jenny»? —me pidió—. Así serán de las dos.
—Por supuesto —contesté.
Madre e hija se pegaron a la mesa para verme firmar.
—¿Cuándo sale tu próximo libro? —me preguntó Andrea.
—Llevas un tiempo muy callada. Debes de estar trabajando en algo importante —añadió Jenny, con cara de emoción—. ¿Va a ser una nueva entrega de Spring Gate? ¿O estás escribiendo algo totalmente distinto?
—Y ¿cómo puedes escribir novelas románticas ambientadas en pueblos pequeños, si vives en una ciudad? —quiso saber Andrea.
—Bueno…, suelo documentarme.
—¿Spring Gate está basado en un pueblo real? —dijo Jenny—. Porque entonces tenemos que ir a visitarlo antes de que Andrea se vaya a la universidad el año que viene.
—¡Venga, que os hago una foto con Hazel! —exclamó Zoey.
—Buena idea —dije, desesperada.

Desalojen el recinto
Hazel
El teléfono de Zoey no paraba de sonar. Pero como no lo encontraba, para variar, nos centramos en recoger. Oficialmente, la firma había acabado, aunque todavía quedaban tres o cuatro autores con largas colas de lectores nerviosos.
—Nunca me había sentido más venida a menos que hoy.
Zoey asintió con ímpetu.
—Genial.
—¿Genial?
Se apartó un rizo de la cara.
—Pues sí, porque te conozco, mi querida Hazel Hart. Te conozco desde tercero de primaria. Y en cuanto oyes un «eso es imposible», reaccionas con un «sujétame el cubata» y te pones en plan Rocky Balboa.
Fue una sonrisa bastante patética, pero al menos sonreí.
—Eres rarísima.
—Por eso me quieres. Y ahora escúchame bien. Solo hace falta un buen libro para convertir a todos esos maravillosos lectores en Jennys y Andreas. Eres una escritora acojonante con historias increíbles que contar. Y quién sabe, a lo mejor acabas encontrando tu propio final feliz.
Suspiré entre dientes. Ese era el problema. Ya había tenido la oportunidad de conseguir mi propio FF y me había explotado en la cara. Si algo tenía claro era que en el amor no había oportunidades ilimitadas. Por algo lo llamaban «el elegido», en singular.
Zoey abrió la cremallera del bolsillo delantero de la maleta y metió dentro el puñado de bolígrafos que yo apenas había usado.
—¡Anda! Por fin te encuentro, trasto electrónico escurridizo —dijo, sacando el móvil del bolsillo.
Sacudí la cabeza.
—Eres un desastre con patas.
—Pero me quieres igual. Venga, vamos a tomar una copa.
—¿Qué tal un par? —propuse.
—Mejor aún.
Nos dirigimos a la puerta, disculpándonos al cruzar una de las largas colas. Levanté la vista y me fijé en la cara de pánico de la atractiva escritora al ver tal cantidad de cuerpos.
El teléfono de Zoey volvió a sonar.
—Uf, es mi jefe. Tengo que contestar.
—Dame la maleta, o empezarás a dar vueltas por ahí y te la dejarás en algún sitio —le dije, arrebatándosela.
—Solo fue una vez. Bueno, vale, cuatro.
La ahuyenté para que se largara.
—Lawrence, ¿a qué debo el honor un sábado? —dijo Zoey, contestando al teléfono de camino a la puerta.
Me detuve de nuevo y me quedé mirando a la escritora. Todavía tenía cincuenta personas en la cola y parecía agotada. Me lo pensé durante casi un minuto entero antes de ponerme a rebuscar en la maleta y encontrar lo que buscaba. Me acerqué a la mesa y la asistente que organizaba la cola levantó las palmas de las manos, agobiada.
—Lo siento, pero tendrá que esperar su turno, como el resto de los lectores.
—Soy escritora y tengo una cosa para… —Miré hacia los carteles—. Stormi Garza.
—Dese prisa. Ya vamos a estar aquí hasta las mil, a no ser que la menopausia me tumbe antes de un sofoco —dijo, pasándose el antebrazo por la frente.
—Esto es para ti. —Le di a la mujer una barrita de proteínas y una bebida isotónica.
—¡Uf! Eres un puñetero ángel —susurró, antes de rasgar el envoltorio de la barrita con una violencia desesperada.
Pedí disculpas a los lectores que estaban al principio de la fila y me colé detrás de la mesa.
—Hola. Soy Hazel —le dije a Stormi—. Me ha parecido que te vendría bien un descanso para rehidratarte. —Saqué otra botella de bebida isotónica y la dejé en la mesa delante de ella.
Stormi la miró como si fuera a llorar. Era guapa, voluptuosa y muy joven, con una gran mata de pelo negro ondulado.
—Gracias —murmuró.
—Bebe —le ordené—. Lo estás haciendo muy bien. Ya te falta poco para acabar y están todos encantados de verte.
—Me duele la cara de sonreír y tengo la sensación de que se me va a caer la mano —reconoció.
—También tengo algo para eso —le dije, poniendo la neverita portátil sobre el bonito mantel morado con su logotipo.
—¿Es alcohol? Por favor, dime que es alcohol —suplicó Stormi.
—Aún mejor —le aseguré—. Es un guante de hielo para después de la firma. Solo tienes que ponértelo en la mano y te ayudará con la inflamación. Además te mantendrá la copa fría mientras la sujetas.
—Eres mi heroína —declaró.
Me despedí de ella torpemente con la mano y salí de detrás de la mesa con la maleta.
Fue como si le traspasara simbólicamente la antorcha. Como si la atleta vieja y cascada le cediera el brazalete de capitana a alguien con los músculos más jóvenes y frescos. Me alegré de poder ayudarla. Aunque había una parte de mí que me costaba reconocer. Una parte que no estaba preparada para rendirse sin más.
Encontré a Zoey en el espacio central del hotel, apoyada en la barandilla de cristal y mirando fijamente hacia la fuente del vestíbulo de la planta baja, con el teléfono en la mano.
—Necesito una copa. ¿Y tú? —le dije.
—También —respondió ella, con una voz inusualmente ronca.
—¿Qué pasa? ¿Ha entrado una paloma? —El miedo de Zoey a los pájaros era una fuente inagotable de entretenimiento para mí.
Cuando por fin me miró, sus ojos verdes estaban llenos de lágrimas.
—No. Me acaban de despedir.
—Al parecer, hoy era el día en el que me había ofrecido a hacer de canguro de Earl Wiggens —dijo Zoey, mirando fijamente su copa. Le había pedido al camarero el cóctel que llevara más alcohol y él le había traído un tanque de té helado Long Island.
—¿El escritor de novelas de terror medio misógino que siempre mete la pata en las entrevistas en directo? —le pregunté, revolviendo el vodka con soda con el gajo de lima.
—El mismo. Es uno de los clientes más importantes de la agencia. Tenía una entrevista programada con The New Yorker, pero su agente está en una feria del libro en Alemania. Creía que era el próximo fin de semana. Lo apunté mal en la agenda.
—Ay, Zo… —Los patinazos de esa mujer con las agendas eran legendarios.
—Así que ha ido solo a la entrevista y ha soltado alguna barbaridad —añadió.
—No pueden despedirte por algo que ha hecho el autor de otro agente —dije, indignada.
Zoey cruzó los brazos sobre la barra y apoyó en ellos la barbilla.
—Pues ya ves que sí. Lawrence me ha dicho que ha sido la gota que ha colmado el vaso.
Extendí la mano y le despeiné los rizos con cariño.
—¿Y qué piensas a hacer?
—Beber. Mucho —le dijo a la barra.
—Permíteme que te apoye en este momento tan duro. —Le pedí por señas al camarero que nos trajera otra ronda.
—Trabajo muchísimo, pero no paro de cagarla. El resto de adultos del planeta saben usar las agendas electrónicas. Pero yo no. Ahora la agencia está intentando controlar los daños colaterales y… ¡mierda! Tengo una cláusula de no competencia —se lamentó—. No puedo llevarme a ninguno de mis clientes, aunque estuvieran dispuestos a pasar por alto mi tremenda negligencia.
«Uf, mierda».
Sabía que se había comido varios marrones de trabajo durante mi divorcio, pero estaba demasiado ocupada regodeándome en mi propia tristeza como para pensar mucho en nadie más. Zoey había sido la única que me había apoyado y animado. Y ahora había perdido el trabajo por ayudarme cuando la necesitaba.
La agarré de la mano.
—Sé que ahora mismo no sirve de mucho, pero me tienes a mí. Y el hecho de que no haya escrito un libro en no sé cuánto tiempo no significa que esté dispuesta a que me manden a pastar al prado, o a donde sea que llevan a los caballos viejos.
—A la fábrica de pegamento.
—Qué horror. Pues no pienso ir a la fábrica de pegamento sin pelear. Y tú tampoco. Vamos a superar esto juntas. Y luego vamos a restregarles nuestro éxito en las narices a esos gilipollas estirados.
Zoey me dedicó una sonrisa llorosa que no era ni remotamente convincente. No me creía. Normal, ni siquiera yo sabía si me creía a mí misma.
—Gracias, Haze. Te lo agradezco —dijo, antes de buscar la pajita con la boca y sorber hasta que el hielo tintineó en el vaso.
Me desplomé contra la pared del ascensor de mi edificio. No habían sido los cuatro vodkas con soda que se habían apoderado de mi organismo los que me habían robado la capacidad de mantenerme en pie. Había sido la realidad.
No eran ni las seis de la tarde del sábado y ya estaba deseando pasarme en la cama las próximas veinte horas. Me pesaban las extremidades y estaba aturdida. ¿Por qué la vida tenía que ser tan dura y exigir tanta energía?
Pulsé el botón de mi piso y saqué el móvil. Necesitaba algo que me anestesiara y me distrajera del fracaso estrepitoso de mi carrera y de la culpa que sentía por el despido de Zoey.
¿Dónde estaban los vídeos de hombres de mediana edad a los que sorprendían con cachorritos cuando los necesitabas?
Me fijé en las notificaciones rojas de las llamadas perdidas y los mensajes en el contestador, y resoplé frunciendo los labios. Total, el día no podía ir peor. Escuché el último mensaje.
«Señora Hart, soy Rachel Larson, abogada de Brown & Hardwick. Necesito ponerme en contacto con usted para hablar de los términos de su acuerdo de divorcio. En concreto, de la cláusula de desalojar el piso de mi cliente, que usted aceptó en su día. Me consta que le entregaron los papeles el mes pasado. Tengo que hablar con usted…».
La voz correctísima de la abogada Rachel Larson se interrumpió bruscamente cuando paré el mensaje, dudando de que fuera capaz de sobrevivir al resto de la frase.
Las puertas del ascensor se abrieron en mi planta y salí desorientada al pasillo, en su día sofisticado y ahora más bien anticuado. Recordaba vagamente haber recibido algún paquete que había tenido que firmar. Pero había sido una botella de vino para un maratón de Cougar Town.
Se oían música y risas dos puertas más allá. No recordaba cómo se llamaban, pero era en casa de una pareja de unos cincuenta años que organizaba una cena cada mes. Llevaba tres años viviendo allí cuando me enteré de que los asistentes eran el resto de los vecinos de la planta. A nosotros nunca nos habían invitado.
Jim decía que era porque aquellos ordinarios no reconocerían un cabernet añejo aunque les diera un puñetazo en el paladar.
Me atreví a aventurar que eran opiniones como aquella las que nos hacían seguir en la lista de los excluidos.
Después de sacar las llaves del bolso, abrí la puerta del piso con el hombro y entré a toda velocidad. Dejé mis cosas en el suelo del salón y rebusqué rápidamente a lo loco entre los papeles de la mesita de centro. Encontré el sobre con el logotipo de Brown & Hardwick y lo abrí.
—Mierda. —Hojeé la primera página del grueso documento legal—. Mierda. Mierda. Mierda.
No es que hubiera olvidado que, en un acto supremo de evasión de conflictos, había prometido mudarme doce meses después de haber firmado la demanda de divorcio. Era más bien que había optado por ignorarlo, confiando temporalmente en que saldría del pozo con tiempo suficiente para ocuparme de aquel marrón antes de que fuera demasiado tarde.
… debe desalojar el inmueble antes del 15 de agosto.
—¿El 15 de agosto? ¿Dentro de cinco días? No, no, no. ¡Esto no puede estar pasando!
Me abalancé sobre el bolso, volví a sacar el teléfono y pulsé el botón de llamada.
—Sí, siento molestarle en fin de semana, pero necesito hablar con Rachel… no sé qué. Soy Hazel Hart —dije, haciendo todo lo posible por no vomitar mi pánico y mi frustración sobre el servicio de atención de fin de semana.
—Me han dado instrucciones para que le pase directamente con la señora Larson. Por cierto, mi madre es una gran admiradora suya, señorita Hart. Siempre estaba leyendo sus libros —dijo alegremente, como si su bufete no estuviera empeñado en dejarme sin hogar.
—Gracias —dije con frialdad.
Empecé a dar vueltas y a mordisquearme la uña del pulgar al ritmo del jazz con el que me dejaron en espera.
—Señorita Hart, me alegro de que me haya devuelto la llamada. —A juzgar por el ruido, Rachel Larson, «la levantahogares», debía de estar en algún tipo de evento deportivo de interior.
—¿Le pagan un plus por el sarcasmo? —le pregunté.
—Señorita Hart —dijo con la infinita paciencia de quien tenía el culo pelado de tratar con chalados como yo—. Entiendo que son momentos difíciles para usted, pero mi cliente y mi bufete le han proporcionado tiempo más que suficiente para organizarse.
—¿Organizarme para qué? ¿Para que me echen de mi casa?
—En teoría es la casa de su exmarido.
Sacudí la cabeza violentamente.
—No. ¡No! Puso la escritura a mi nombre cuando nos casamos.
—Una vez más, señorita Hart: en nuestros papeles consta que lo que puso a su nombre fue la hipoteca, no la escritura.
—¿Y cuál es la diferencia? —le pregunté, tropezando con una pila de libros de la biblioteca con el plazo vencido.
—Que le otorga la mitad de la propiedad de la deuda en lugar de la del activo.
—¿Por qué? ¿Por qué? Es decir, ¿por qué una persona que supuestamente está enamorada de otra iba a hacer algo así?
—No es mi trabajo cuestionar las motivaciones de los clientes. —Al otro extremo de la línea se oyó claramente un silbido y el abucheo del público.
—He visto La clave del éxito tres veces enterita y para ellos la motivación parece algo bastante importante —repliqué.
—Señorita Hart, el momento de pelear por esto ya ha pasado. Si quiere, puede hablarlo con su abogado, pero llegados a este punto va a tener que hacerlo desde otro apartamento.
—Por el último ápice de cordura que me queda, llámeme «Hazel». ¿Y si la compro?
—Hazel, sin duda esa es una opción factible —dijo—, aunque desconozco su situación financiera. Le aconsejo que consulte a su abogado. Pero aunque decida ir por ese camino, tendrá que desalojar igualmente el inmueble antes del jueves a última hora.
—¿Y adónde voy a ir? —grité.
—Seguro que tiene amigos o parientes que estarán encantados de acogerla hasta que decida qué hacer. O puede que haya llegado el momento de empezar de cero en otro sitio —dijo Rachel, con un deje de condescendencia propio de una persona muy importante con cosas muy importantes que hacer. Mi resoplido podría haber echado abajo una de las casas de los tres cerditos. ¿Empezar de cero? ¿Me estaba tomando el pelo? Yo era una neoyorquina de pura cepa. Nunca había vivido en otro lugar. Ni siquiera en Long Island. Era la típica habitante de Manhattan que ponía los ojos en blanco cada vez que algún conocido anunciaba que se iba de la ciudad a una casa con jardín. ¿Quién quería tener que cortar la hierba, cuando caminando una manzana en cualquier dirección podías disfrutar de tiendas de lujo o de comida etíope galardonada con estrellas Michelin? Nueva York era mi hogar. El único que conocía. Había nacido allí y, hasta hacía siete minutos, había dado por hecho que moriría allí.
—Me alegro de que por fin hayamos podido hablar. Espero que esto se resuelva de forma pacífica. No dude en llamar al bufete si tiene más preguntas sobre el acuerdo —dijo Rachel antes de colgar.
—¿Hola? ¿Hola? —grité con dramatismo, pero ya no había nadie al otro lado de la línea.
Dejé el teléfono encima de los papeles y me puse a caminar de aquí para allá. Le pagaba a una abogada por sus servicios, pero tenía más experiencia en contratos editoriales que en solucionar líos personales. Y a la abogada del divorcio le había horrorizado tanto mi deseo patológico de rendirme, que dudaba que quisiera volver a hablar conmigo. Debería haberle hecho caso. Debería haber peleado más. ¿En qué estaba pensando? Siempre siendo una niña buena. Siempre sin querer hacer ruido. Como mínimo debería haberme tragado mi orgullo, haber llamado a mi madre y haberle pedido su consejo de experta. Pero en vez de eso había claudicado, me había hecho la muerta y me había salido caro.
—Se suponía que eras el elegido —mascullé en voz alta, por si el espíritu de los exmaridos pasados rondaba por allí.
Me pasé las manos por la cara y seguí caminando. Ninguno de mis héroes les habría hecho eso a mis heroínas. Pero ni Jim era un héroe ni yo una intrépida heroína. Era un desastre de treinta y cinco años, divorciada y deprimida, y necesitaba una solución. Hacía mucho tiempo que no tenía que pensar en soluciones creativas para un problema, real o ficticio. Me sentía como si estuviera vadeando mentalmente un río de pegamento Elmer’s. Madre mía. ¿El pegamento Elmer’s estaba hecho de caballos viejos? ¿El primer caballo que habían convertido en pegamento se llamaba Elmer? Intenté no pensar en eso.
—Concéntrate, Hazel. Piensa. ¿Qué es lo que resuelve todos los problemas? —¿El vino? No. ¿La familia? Definitivamente tampoco. Me detuve en seco—. El dinero.
Desenterré el portátil y me lo llevé a la encimera de la cocina, demasiado nerviosa como para sentarme. Tuve que hacer tres intentos, pero al final recordé la contraseña de mi cuenta corriente e inicié sesión.
—Vale. No es terrible, pero tampoco como para comprarse un piso en Manhattan —dije, al ver el saldo.
Entre el pago automático de las facturas, los ingresos irregulares y mi crisis múltiple de tristeza, vergüenza y letargo, yo había estado pasando de todo…, incluso de controlar mi situación financiera. No había recibido ningún adelanto por el supuesto libro nuevo porque me había pasado por el forro los plazos de entrega. Y, al parecer, los derechos de autor habían bajado. Mucho.
Menos mal que tenía experiencia en sacar adelante a personajes de ficción que habían tocado fondo. Solo necesitaba pensar como una heroína.

La burgesa durmiente abandona la ciudad
Hazel
Dos horas después me desplomé sobre la alfombra del salón. Tenía los ojos secos como el desierto del Sáhara. El ánimo por los suelos. Y la espalda como si Maurice, el burro de la serie Spring Gate, me hubiera dado una patada en los riñones.
Llamé a tres bufetes de abogados, pero como era sábado por la noche no contestó ninguno. Así que me puse a investigar el mercado inmobiliario y descubrí que dos viviendas de mi edificio se habían vendido el año anterior por casi el triple del saldo de mi cuenta. Cuando iba por el tercer simulador de hipotecas, empecé a asimilarlo.
A no ser que al día siguiente conociera a un apuesto multimillonario que se enamorara perdidamente de mí, era imposible que me quedara en aquel piso.
Levanté la mano para buscar a tientas el móvil en la mesita de centro, pero acabé tirando unos cuantos papeles que cayeron revoloteando y aterrizaron en mi cara.
—¡Si intentas asfixiarme, universo, vas a necesitar más papel! —les grité a las fuerzas cósmicas que, obviamente, estaban conspirando en mi contra.
Oí unas carcajadas en el pasillo y un coro de despedidas que anunciaban el final de la cena.
¿Se sentirían mal mis vecinos si acababa ahogada por kilos de papeleo a solo unos metros de sus apartamentos de una y dos habitaciones? Me planteé quedarme allí tumbada hasta el amanecer, hasta que recordé el miedo que me daba cortarme en el ojo con un papel.
Con cuidado, me quité las hojas de la cara y me incorporé. Eran de una de las carpetas que Zoey me había dejado.
La abrí y me encontré con varias copias de algunas noticias y páginas de cuadernos. Era mi carpeta de ideas, cuya existencia había olvidado.
Hubo un tiempo en el que me encantaba intercambiar ideas con Zoey mientras bebíamos vino en copas de verdad.
Hubo un tiempo en el que me reía y me duchaba con asiduidad. Bueno, vale, lo de la ducha quizá no tanto. Los escritores llevábamos una vida un tanto disoluta que nos permitía concentrar toda nuestra energía mental en gente ficticia con mejor olor corporal.
Hojeé los primeros papeles. Había varias noticias antiguas sobre donantes de órganos, adopciones y bebés con implantes cocleares que oían por primera vez la voz de sus padres. Encontré notas manuscritas con joyitas como «a la heroína le entra el hipo cada vez que miente», o «el héroe es diseñador de muebles y construye una cama para tirarse a la protagonista».
Tamborileé con los dedos y esperé, pero no ocurrió nada. Ni el más mínimo destello creativo en mi cerebro. Ni el menor rastro de inspiración.
—Menuda mierda —dije en voz alta, aunque el apartamento estaba vacío.
Investigué más a fondo y encontré un viejo artículo de un periódico de Pennsylvania.
UN PEQUEÑO PUEBLO SE UNE PARA SALVAR LA CASA DE UNA ANCIANA
En Story Lake, un tranquilo pueblo de la Pennsylvania rural, late el corazón de una verdadera comunidad. Cuando Dorothea Wilkes descubrió una fuga de aguas residuales en el sótano de su vivienda histórica de cuarenta años de antigüedad, se dio cuenta de que no tenía presupuesto para hacer las reparaciones necesarias.
Desde que perdió a su esposa hace cinco años, Wilkes, ingeniera jubilada de noventa y tres años, dice que han sido tiempos difíciles. El mantenimiento de Heart House, una mansión del Segundo Imperio construida en la década de 1860, era cada vez más caro. Cuando se puso en contacto con unos contratistas locales para que evaluaran los daños y le dieran un presupuesto, les advirtió de que sus fondos eran limitados.
Pero a la empresa de construcción Bishop Brothers el dinero le daba igual. Los hermanos echaron un vistazo a la propiedad de Wilkes y decidieron que harían todo el trabajo… completamente gratis.
«Aquí somos así. Fin de la historia», dijo escuetamente Campbell Bishop, en una entrevista telefónica, antes de dejar que sus hermanos respondieran al resto de las preguntas.
Había una fotografía borrosa de Dorothea Wilkes, sonriente y encantada, de pie en el porche de su majestuosa casa. Los Bishop salían más abajo, en el jardín. Según el pie de foto, Campbell Bishop era el hombre musculoso y con pinta de estar buenísimo que fruncía el ceño mientras todos los demás sonreían.
Puse la espalda recta.
Un protagonista gruñón y bienintencionado que vivía en un pueblo y se enfadaba cada vez que alguien se atrevía a darle las gracias por su ayuda. Aquello era Hazel Hart en estado puro. De la anterior a Jim.
Estupendo. Ahora solo necesitaba una heroína, una razón por la que no pudieran estar juntos y una historia para hilarlo todo. Ah, y uno de esos finales felices en los que ya no creía. Y escribirlo todo en menos de cinco días.
—Pan comido. —Mmm, pan. Me pregunté si en la panadería de la calle Veintiocho que abría hasta tarde les quedarían pastelitos de piña—. Deja de pensar en los pasteles y empieza a pensar en opciones para mudarte —me dije a mí misma, antes de volver al artículo.
«Los vecinos salvaron mi casa», declaró Wilkes.
Me vino una escena a la cabeza. Una heroína parecida a mí, paseando por una calle principal supercursi, saludando con la mano a personas que me llamaban por mi nombre. Aire fresco. Ferias populares. Espacio en el armario. Gente paseando a sus propios perros y yendo a tomar un helado después del partido de fútbol del instituto.
Y allí estaba Campbell Bishop, con el ceño fruncido, haciendo algo varonil en una casa enorme, rodeado de serrín y con un cinturón de herramientas, mientras yo lo observaba desde la puerta. Se dio la vuelta y se secó la frente con el bajo de la camiseta, proporcionándome un primer plano de sus viriles abdominales.
Una chica de la gran ciudad empieza de cero en un pueblo pequeño. Donde, además de encontrar inspiración, acaba encontrándose a sí misma.
Abrí los ojos de par en par, como si me hubiera bajado dos litros de Pepsi Wild Cherry. Mis dedos entraron en calor y se curvaron como si quisieran teclear algo. ¡Palabras!
El cinturón de herramientas se deslizó sobre sus viejos vaqueros mientras sacaba un martillo. Sus botas de trabajo llenas de rozaduras golpearon con fuerza y decisión los tablones de madera mientras se acercaba. Ella no estaba preparada para la proximidad de semejante alarde de testosterona.
Me abalancé sobre el portátil, tirando más papeles al suelo por el camino. Eso era algo muy propio de mí que siempre exasperaba a Jim. Cuando tenía alguna escena en la cabeza, nada más importaba.
Me olvidé por completo de que estaba a punto de quedarme sin casa, sin trabajo y sin agente, mientras volcaba aleatoriamente las palabras (las puñeteras palabras, aleluya) en la pantalla, creando un tosco esbozo de notas e interrogantes.
¿Qué hay a medio camino entre un cuerpo fofisano y el cuerpazo de un dios?
¿Hay que tener cuidado con las astillas si se practica sexo en una obra?
¿Tiene gracia que se te clave una astilla en una zona erógena?
¿Debería llevar un vestido de verano para ponérselo más fácil, o unos pantalones cortos para que la química arda a fuego lento?
«Gracias por tu ayuda», dijo la heroína en mi mente, con confianza y sensualidad.
«Aquí somos así», replicó él con rudeza.
Cuando mis dedos dejaron de moverse, repasé con inseguridad el documento. Enderecé la espalda. Aquello no era una mierda. Aquello era… la leche.
Bajé la vista hacia el artículo que estaba en el suelo y me di unos golpecitos con los dedos en los labios. Si un viejo artículo de prensa podía hacerme esbozar el principio de un borrador, aunque fuera bastante esquemático, ¿qué podría conseguir si me inspiraba en la vida real?
—«Cuatro dormitorios, cuatro cuartos de baño, espectacular biblioteca/estudio, jardín vallado, maravillosa y amplia cocina, garaje para dos coches, lavadero espacioso, grandes armarios» —leí en el anuncio—. «En la calle principal, a una manzana de la plaza del pueblo».
Me estaba metiendo en un fregado. En el fregado inmobiliario de Story Lake, para ser exactos. Me autoconvencí de que solo me estaba documentando, hasta que me di cuenta de que el anuncio de internet era de Heart House, la casa del artículo. Eché un vistazo a la galería de fotos por novena vez.
—¡Qué pasada! Podría poner un escritorio en la torre y convertir la biblioteca en mi despacho —dije.
Estaba completamente a oscuras, salvo por la luz del resplandor de la pantalla. Eran las tantas de la madrugada. No sentía las piernas porque llevaba sentada con ellas cruzadas como un indio horas y horas. Pero estaba muy despierta… y sabía exactamente a qué distancia quedaba Story Lake del que pronto sería mi exapartamento de Manhattan. Como también sabía que había una tienda de ultramarinos y un bar a poca distancia de aquella casa trasnochada del Segundo Imperio situada en una parcela en esquina con paisajismo profesional.
—La propiedad incluye un puesto intransferible en el consejo municipal —leí en voz baja.
Yo nunca me había involucrado. Toda la vida había adoptado el papel de observadora, lo cual había sido estupendo para mi carrera de escritora y un jarro de agua fría cuando toda mi vida se había ido al traste.
«Compra inmediata».
El gran botón rojo de la subasta me llamaba a gritos desde la parte inferior del anuncio.
No era la primera vez que se me ocurría una idea completamente disparatada mientras escribía un libro. Como cuando de repente dejé de escribir y me fui a hacer paracaidismo para documentarme. O cuando había acompañado a una policía de un pueblito de New Jersey y acabé pagando la fianza de la persona a la que había detenido porque parecía un buen tipo al que habían metido en un embolado.
Pero esto…, esto tenía potencial para convertirse en el mayor de mis despropósitos. Puse el ratón sobre el gran botón rojo para ver si el universo me enviaba alguna señal clara, como un apagón o un aneurisma repentino. Quedaban pocas horas de subasta. El tiempo corría en mi contra.
¿Quién vendía un inmueble en una subasta por internet? ¿Y quién compraba un inmueble, sin verlo siquiera, en una subasta por internet?
¿Y por qué había cotejado el precio de «compra inmediata» con el saldo en efectivo de mi cuenta corriente cuatro veces en la última hora?
Exhalé un ruidoso suspiro que hizo vibrar mis labios.
Hubo un tiempo en mi vida en el que me caracterizaba por ser impulsiva. Había cambiado la carrera de Empresariales por la de Escritura Creativa después de un trabajo de Literatura en la universidad. Había convencido a Zoey para que se convirtiera en agente literaria y había firmado un contrato escrito en una servilleta de un bar una noche de borrachera a los veintipocos años, antes de haber escrito una sola palabra. Me había ido a vivir con Jim cuando solo llevaba dos meses saliendo con él.
Ahora que lo pensaba, esa había sido la última decisión precipitada que había tomado.
Era mayor que yo, algo que suponía que también querría decir más sabio. Bien educado, encantador. Me hizo desear ser el tipo de mujer que él quería. Sus metas se convirtieron en las mías.
Desvié la mirada hacia la puerta de su despacho y recordé la última vez que había entrado en aquella habitación. Todavía podía sentir aquel sabor amargo en la lengua mientras me decía «algún día lo entenderás», como si yo siguiera siendo aquella chiquilla de veinticuatro años deslumbrada por él.
¿Por qué seguía aferrándome a esos recuerdos? A ese espacio. Siempre había sido suyo. Mi ropa estaba guardada en un armarito del dormitorio y en un colgador con ruedas detrás de la mesa del comedor, porque la suya estaba en el vestidor. Mis libros estaban amontonados detrás de la cómoda y debajo de la cama porque «no pegaban» con su colección de ejemplares encuadernados en piel y las cubiertas literarias minimalistas de los libros de sus clientes.
Empezó a hervirme en el pecho aquella mezcla familiar de rabia y pánico, pero la reprimí.
Ahora ya no tenía hacia dónde canalizarla. La única persona allí que podía asumir la responsabilidad era yo.
Miré fijamente la pantalla y el reloj de la subasta, que seguía corriendo.
La gente cometía errores constantemente. Cambiaba de opinión sobre matrimonios y transacciones inmobiliarias, no era ninguna desgracia. Podía irme, escribir el mejor libro de mi carrera y luego volver a la ciudad… o mudarme a París, a Ámsterdam o a la playa. A donde me llevara la inspiración. Solo tenía que dar ese primer salto.
El gran botón rojo empezó a brillar con más intensidad a medida que acercaba el ratón.
Puede que fuera el vino que me había tomado después de los vodkas con soda. Puede que fuera la adrenalina. Puede que fuera el hecho de que eran las tres de la mañana y estaba eufórica de agotamiento.
Fuera cual fuera la «motivación del personaje», lo había hecho. Había comprado por internet una puñetera casa de un pueblito de Pennsylvania en el que nunca había estado. Pero me sentía bien. Sentía que era lo correcto.
Necesitaba contárselo a alguien. Hacía demasiado tiempo que no tenía una buena noticia que compartir. Y ahora que tenía una, no había nadie con quien compartirla. Seguramente Zoey estaría durmiendo la mona. Mi madre… nunca había sido una opción. Todos los amigos que tenía de casada se habían esfumado, bien espantados por mi prolongado regodeo en mi propia miseria, o porque conocían de antes a Jim y, por lo tanto, la lealtad les obligaba a ponerse de su parte.
—Esta es la razón por la que debería tener un gato —dije.
A los gatos les daba igual que los despertaras en plena noche para hablar. Fruncí los labios y tamborileé con los dedos sobre el teclado. Mmm. Siempre quedaba la opción de los desconocidos de internet. Para eso estaban, ¿no? Para compartir con ellos tus intimidades y que te pusieran a caer de un burro en los comentarios, probablemente. Fui a mi perfil de Facebook profesional, inicié sesión y resoplé.
Zoey tenía razón. Parecía un pueblo fantasma. Había abandonado mi perfil en la red y a los lectores que me seguían, cuando la cosa se habían puesto demasiado fea.
Bueno, ese día ya había hecho una locura. ¿Por qué no hacer dos?
Bajé por la pantalla hacia el botón y, antes de plantearme si era una buena idea o una pésima, me puse a grabar un directo.
—Uy, creo que debería haberme mirado al espejo antes —dije, peinándome con los dedos al verme en la pantalla. Era como si una familia de pájaros hubiera intentado construir un edificio de apartamentos para aves en mi pelo. Tenía el rímel corrido y la luz a aquellas horas de la madrugada era muy poco favorecedora—. Seguro que te estarás preguntando dónde he estado y puede que también por qué estoy haciendo un directo a las tres de la mañana. —Eché un vistazo al contador de gente que lo estaba viendo de la esquina superior derecha. Cero patatero—. O a lo mejor no te lo estás preguntando porque no estás ahí, sino durmiendo, como cualquier adulto sensato que no se encuentre en medio de una crisis existencial. —El cero cambió a tres—. Sé que algunos autores piensan que no les deben nada a los lectores. Pero, sinceramente, yo creo que se lo debo todo. Empezando por una explicación. Así que, si alguien está viendo esto, mi nombre es Hazel Hart y en su día era escritora de novelas románticas…
—Por mí como si el edificio está ardiendo. Tengo resaca y estoy en paro. Que me devoren las llamas —gimió Zoey, a través de la rendija de la puerta, el lunes por la mañana.
—No hay ningún incendio —le aseguré—. ¿Es la resaca del sábado por la noche, o seguiste bebiendo todo el fin de semana?
Zoey frunció el ceño.
—¿Qué día es hoy?
—Lunes.
—Pues entonces seguí bebiendo.
—Genial. Voy a necesitar que hagas la maleta —le dije, tendiéndole un café mientras entraba por la fuerza en su apartamento. A diferencia del mío, era alegre y luminoso, y estaba casi impecable—. Pensándolo bien, ¿por qué no dejas que te la haga yo? A ti se te da fatal. ¿Recuerdas aquella vez en St. Charles que creías que habías metido unos vaqueros, pero en realidad eran tres minifaldas vaqueras pegadas?
Zoey se quedó allí plantada, todavía mirando hacia al pasillo. Tenía un antifaz enredado en los rizos. Llevaba puestos un camisón de satén y un solo calcetín.
—¡Voy a entrar ahí, Burguesa Durmiente! —le grité mientras iba hacia su dormitorio.
Ella gimió.
—¿Qué está pasando?
—Te han despedido, ¿no?
—Vaya, gracias por recordármelo —replicó, quitándole la tapa al café.
Puse su maleta sobre la cama y abrí la cremallera.
—Tengo que escribir un libro, ¿cierto?
—¿Cuántas Pepsis Wild Cherry te has tomado esta mañana?
—Tres. —Abrí los cajones de la cómoda y me encontré con un revoltijo indómito de tela vaquera—. ¿Estos son los vaqueros de estar de pie, o sentada?
—Uf. De pie —dijo, sentándose en el colchón al lado de la maleta. Volví a meterlos en el cajón y saqué otro par, antes de asaltar el de la ropa interior—. ¿Por qué me estás haciendo la maleta?
Fui hacia el armario y abrí la puerta de un tirón.
Era el típico guardarropa de Manhattan. El diminuto ropero estaba lleno hasta los topes de modelitos de diseño. Zoey ni siquiera necesitaba perchas, porque todas las cosas estaban amontonadas unas encima de otras.
Cogí unas cuantas camisas y, como conocía a mi elegante amiga, añadí un traje de pantalón y dos vestidos que seguramente eran demasiado atrevidos para un pueblo tan pequeño.
—Cada vez que el universo le da con la puerta en las narices metafóricamente a una de mis heroínas, la hago empezar de cero —expliqué, agitando un par de botas hasta la rodilla de cuero vegano para sacar de ellas una camiseta y una bufanda de cachemira.
—Mmm. —Era evidente que Zoey me estaba ignorando mientras se bajaba el café con leche.
—Así que vamos a empezar de cero.
Ella dejó de beber y me miró por encima del vaso para llevar.
—Te juegas mucho con la siguiente frase. ¿Vamos a empezar de cero… en una playa tropical del Caribe?
—Habrá agua —dije, añadiendo unas cuantas camisetas de tirantes y pantalones de deporte al creciente montón.
—Sabes que me encanta la Hazel desquiciada y alocada. La echaba de menos —dijo, haciéndome un gesto con la mano—. Pero ahora mismo no puedo irme de vacaciones. Necesito buscar otro trabajo y tiene que ser en una agencia que me permita contratarte. Y, sin ánimo de ofender, la única de la ecuación que trae aún más lastre que yo eres tú.
—Pues sí me has ofendido. Por cierto, he estado escribiendo.
Zoey se puso alerta y se quitó el antifaz del pelo.
—¿Te refieres a palabras de verdad?
—Palabras de verdad organizadas de forma bastante legible, para una escena con una heroína de la gran ciudad cuya vida acaba de implosionar y se ha quedado sin ningún sito a donde ir, y un héroe de clase obrera que no puede evitar ayudarla.
Zoey se puso de rodillas y gateó hacia mí.
—Dime que son completamente opuestos, que él tiene un trabajo muy físico y que ella solo puede pensar en que la acaricie con sus manos enormes y ásperas.
—Lleva un cinturón de herramientas y arregla cosas, entre ellas la casa de una vecina anciana que no podía permitirse pagarle.
—¿Tiene algún hermano? —me preguntó Zoey, esperanzada.
Bajé de golpe la tapa de la maleta.
—Dos.
Mi amiga cerró los ojos y se retorció de emoción sobre el colchón.
—¡Eso significa tres libros más de Spring Gate!
—Significa tres libros de Story Lake —la corregí.
Zoey abrió los ojos de repente antes de entornarlos.
—Espera. Se suponía que ibas a escribir la siguiente entrega de Spring Gate.
Dejé de hacer la maleta un momento.
—No puedo, Zo. No puedo seguir con una serie que me robaron. Necesito hacer algo nuevo, en un sitio nuevo. Y antes de que intentes disuadirme, ya he apretado el gatillo y no hay marcha atrás. Por eso te estoy arrastrando. Te necesito para seguir adelante. Cuatrocientas palabras son mejor que nada, pero no son un libro.
—¡Cuatrocientas palabras son una maravilla, Haze! Ya nos preocuparemos luego del resto.
—Genial. Entonces te apuntas. Pues nos mudamos a Story Lake y puedes ayudarme a espiar a los hermanos Bishop.
Zoey se atragantó con el café.
—¿Cómo dices?
Gracias a la resaca y a la incapacidad general de mi amiga para ser operativa por las mañanas, me costó convencerla menos de lo previsto, así que en una hora estábamos en la acera con una Zoey duchada y su legión de maletas.
—Solo quiero recordarte que no puedes basar un personaje en una persona de la vida real sin que te demanden —me advirtió mientras hacíamos malabares para poner todo el equipaje en la acera.
—Ese artículo ha sido lo primero que me ha inspirado en casi dos años. Tengo un buen presentimiento.
—Nunca has vivido en otro sitio que no sea Nueva York. Ya sé que las películas de Navidad de Hallmark hacen que la transición de la gran ciudad a un pueblo pequeño parezca fácil, pero ¿has pensado en el hambre que vas a pasar cuando sea sábado por la noche y no puedan llevarte tarta a domicilio?
—Necesito un cambio. Además, ya me he comprometido.
Zoey me miró por encima de las gafas de sol con los ojos rojos.
—¿Cómo que ya te has comprometido?
—He comprado una casa en Story Lake a las cuatro de la mañana en una subasta de internet. Así que esto tiene que funcionar. Ya sabes que siempre escribo mejor cuando hay mucho en juego.
Zoey gimió.
—Creo que voy a volver a potar.
—Ni se te ocurra vomitar en el coche de alquiler —le advertí, llevándola hacia el descapotable azul que estaba aparcado a cuarenta y cinco grados de la acera. Había renunciado a aparcarlo en paralelo después del cuarto intento.
—No te ofendas, pero ¿tú sabes conducir?
—Tengo carnet —dije, pulsando el botón del llavero.
—No me digas. Y yo fui a clase de Biología y eso no significa que sepa operar de apendicitis.

El caballero de la brillante gasolinera
Hazel
—No puedo creer que estemos haciendo esto —dije, pulsando botones al azar en la pantalla táctil del coche, intentando encontrar una emisora que no fuera deportiva.
—No puedo creer que te esté dejando conducir —dijo Zoey inexpresivamente desde el asiento del copiloto, aferrándose al asa de la puerta y a la consola central.
—No seas tan dramática. Solo ha sido un bordillo.
—Un bordillo, un autobús urbano y cuatro conos de tráfico. Por no mencionar los treinta y siete baches con los que me has machacado el bazo.
Su crítica resacosa de mi forma de conducir no iba a empañar mi alegría de vivir recién estrenada.
—Eso ha sido en la ciudad. No cuenta —señalé con decisión.
Hacía muchísimo tiempo que no conducía. Años. Ni siquiera había tenido nunca coche. Pero mi tercer padrastro, Bob, me había enseñado a conducir en aparcamientos vacíos y pueblitos de Connecticut, al cumplir los dieciséis. Más allá de algún que otro momento puntual desde entonces, el curso de conducción de Bob había supuesto la experiencia al volante más dilatada que había tenido.
Pero ahora estaba oficialmente en el modo «Hazel aventurera», lo que implicaba asumir ciertos riesgos…, como conducir y comprar casas por internet. Y era una pasada. Me sentía viva y no simplemente un punto por encima del coma.
Los neumáticos traquetearon cuando desvié el coche hacia el arcén de la autopista.
—Uy —dije, corrigiendo demasiado la trayectoria y pisando la línea discontinua.
Zoey me dio un manotazo para que dejara en paz la radio.
—Madre mía, chica. Si te busco una lista de reproducción adecuada, ¿harás el favor de prometerme que mantendrás las dos manos en el volante y los dos ojos en la carretera?
—Solo si es buena. Nada de mierdas emo deprimentes.
Zoey metió la cabeza en el bolso gigante y salió a la superficie al cabo de un rato con el móvil y el cable del cargador. Estuvo investigando el salpicadero hasta que encontró el puerto adecuado y conectó el teléfono.
«Coja la próxima salida», berreó el GPS a través de los altavoces, sobresaltándome.
—¡Hazel!
—¿Qué? —pregunté con inocencia—. Solo ha sido un pequeño volantazo. Ni siquiera me he salido de las líneas.
«Another One Bites the Dust», de Queen, empezó a sonar mientras me dirigía a la salida.
—Muy graciosa.
Los labios de Zoey se curvaron por debajo de las gafas de sol de las resacas.
La Pennsylvania rural en agosto tenía un aspecto luminoso, bonito y ligeramente tostado. Los árboles y las colinas se extendían ante nosotros. El tráfico era mínimo. Y no había visto a una sola persona orinando contra un edificio desde que habíamos salido de la ciudad.
Estábamos a unos minutos de nuestro destino cuando se encendió la luz de la reserva de combustible. Me desvié hacia una gasolinera oportunamente ubicada. Zoey se bajó y fue dando tumbos hacia la tienda (un Wawa), murmurando algo sobre bocadillos y vómitos.
Cuando salí del coche, me di cuenta de que el surtidor de gasolina estaba en el lado del pasajero y la manguera no llegaba. Así que me puse de nuevo al volante y rodeé los surtidores. Pero me abrí demasiado en la curva y me quedé en medio de la zona de paso del aparcamiento.
—Mierda.
Intenté dar marcha atrás y enderezar el coche, pero giré el volante en sentido contrario y acabé dejándolo aún más torcido. Una camioneta del tamaño de un autobús turístico entró rugiendo en el segundo surtidor y se detuvo con el parachoques pegado al mío. El conductor se bajó y me lanzó una mirada burlona. Era un tío de aspecto curtido, como el hombre de Marlboro, pero con mono de trabajo.
—Putos conductores de ciudad —refunfuñó antes de escupir en mi dirección algo que supuse que era tabaco y coger con destreza el surtidor.
Me aclaré la garganta y agarré el volante con más fuerza. No pensaba permitir que un lugareño que conducía un puñetero tanque y escupía tabaco le arruinara el día a la Hazel aventurera.
Puse la marcha atrás y giré el volante en dirección opuesta, pero un bocinazo agresivo me informó de que un turismo me había cerrado el paso por la parte trasera.
—Joder —murmuré, volviendo a meter primera.
Pisé el acelerador, pero no pasó nada. Así que lo pisé con más fuerza. El motor aceleró ruidosamente, pero el coche se quedó donde estaba.
—Creo que estás en punto muerto —comentó alguien amablemente.
Levanté la vista y vi a un hombre al lado del coche. El sol lo iluminaba desde atrás, haciendo que pareciera una estrella de cine en la gran pantalla. Era alto, de hombros anchos y llevaba puestos unos vaqueros y una camiseta bastante ceñida. Tenía el pelo de color castaño claro ondulado de tal forma que le daba un aspecto irresistible.
Desvié la mirada y bajé la vista hacia la palanca de cambios. Efectivamente, estaba en punto muerto.
Madre mía, qué vergüenza.
Don Observador se agachó un poco. Caray. Era guapísimo. Y me sonaba de algo. ¿Lo habría visto en las páginas de una revista de moda, o en algún anuncio de colonia? ¿Sería un modelo que acababa de terminar una sesión de fotos al aire libre en las montañas de Pocono? De pronto me vino a la cabeza el vago recuerdo de una Hazel adolescente babeando ante los hombres barbudos con camisas de leñador y canoas del catálogo de L. L. Bean. A aquel caballero le faltaban la barba, la camisa de leñador y la canoa, pero eso no lo hacía menos atractivo.
—¿Necesitas ayuda? —me preguntó.
—No. Todo controlado —contesté, intentando hablar como alguien que conducía coches habitualmente.
Metí primera y pisé el acelerador. Por desgracia, me pasé un poco de la raya y me estampé de lleno contra el reluciente parachoques de la camioneta.
—¿Pero tú de qué coño vas? —protestó el conductor, tan colorado que me preocupó que se hubiera tragado el tabaco.
—Relájate, Willis —dijo mi héroe de la ventanilla—. Seguro que ni siquiera ha rayado el cromado.
—¿Dónde has aprendido a conducir? ¿En los putos coches de choque? —me preguntó el tal Willis mientras me disponía a bajarme del coche.
—Igual es mejor que pongas el freno de mano —me sugirió el desconocido, guiñándome un ojo.
La Hazel aventurera no tenía muy claro si caerse de culo o arrugarse como una pasa. Puse el freno de mano y salí, entornando los ojos para protegerme de la luz del sol. Los tres analizamos la situación. El desconocido sexy guiñador de ojos era alto y musculoso, mientras que el conductor de la camioneta era un palmo más bajo que yo, incluso con las botas de cowboy. El parachoques de la camioneta seguía impecable. A mi coche de alquiler no le había ido tan bien. La rejilla de plástico tenía una grieta en el centro.
—Parece que has salido bien parado, Willis —comentó el tío bueno—. No era muy partidario de ese kit de elevación, pero tiene pinta de que ya lo has amortizado.
Willis refunfuñó.
No tenía ni idea de lo que era un «kit de elevación», pero Willis parecía un poco menos cabreado, así que yo también le di las gracias.
El turismo que estaba detrás volvió a tocar el claxon.
—Será mejor que dé la vuelta, señora Patsy —dijo el apuesto desconocido, haciéndole un gesto con la mano a la conductora.
Ella bajó la ventanilla.
—Ese es mi surtidor de la suerte. Casi siempre me saco algo en el rasca y gana cuando echo la gasolina en el número cuatro —se quejó una mujer blanca con un peinado que parecía una colmena y unas gafas de sol envolventes sobre las gafas normales.
—Si se cambia al número uno, le compro otro rasca —le prometió mi héroe, tranquilamente.
Nos encontrábamos en medio de la nada y los tres clientes de la gasolinera se conocían por su nombre. Definitivamente, ya no estaba en Nueva York.
—Espero que sea de los de cinco dólares. No me conformo con cualquier cosa —le advirtió Patsy, antes de girar el volante y maniobrar con pericia hacia el otro surtidor.
Willis gruñó y volvió a escupir.
—Supongo que no merece la pena llamar a la compañía de seguros.
—¿Qué te parece si esta mujer tan guapa te invita a un Mountain Dew y quedamos en paz? —le propuso mi héroe.
Willis me miró frunciendo el ceño por última vez y luego asintió.
—Si es de dos litros, cerramos el trato, abogado.
—Hecho —me apresuré a decir. Volví rápidamente al coche y rebusqué en el bolso la cartera antes de que le diera tiempo a cambiar de opinión—. Solo tengo un billete de veinte. Si tuviera cambio…
Willis me lo arrebató de la mano.
—Un placer hacer negocios contigo —dijo, yendo hacia la tienda.
—No le hagas caso a Willis —dijo mi héroe—. Odia todo lo que hay sobre la faz de la tierra.
—Soy de Nueva York. Es de los míos —bromeé.
—¿Y qué te trae por la Pennsylvania rural, chica de ciudad? —preguntó.
—Una crisis existencial. Supongo que tú eres de por aquí.
—No, es que se me da muy bien adivinar nombres —se burló.
Noté que mi cara hacía algo raro. Estaba sonriendo. Sonriéndole a un hombre. Esperaba que pareciera una sonrisa de verdad y no una de esas muecas babeantes después de una visita al dentista.
—Bueno, pues gracias por la mediación —dije.
—Un placer. Y nada me alegraría más el día que me dejaras mover tu coche.
Abrí la boca para protestar, pero levantó una mano.
—Reconozco a una mujer inteligente, fuerte e independiente en cuanto la veo. Y no es para nada mi intención emitir ningún tipo de juicio sobre la destreza al volante de las personas de cualquier género. Pero mi gran capacidad de observación me hace pensar que tal vez no tengas tanta experiencia con el coche como yo. Además, pareces alguien que aprecia la eficiencia y tener el menor número posible de problemas legales.
Era bueno. Muy bueno. Podía imaginármelo perfectamente cabalgando al rescate de la heroína sobre el papel.
Me quedé mirándolo.
—Puede que no vayas muy desencaminado —reconocí.
—Hay un momento y un lugar para aprender a maniobrar en una gasolinera. Y, por desgracia para ti, esto no es ni lo uno ni lo otro.
—Tú lo que quieres es que me largue y deje de atropellar a tus vecinos. —¿De verdad estaba usando un homicidio en potencia con un coche para ligar? No es que estuviera oxidada, es que me estaba pudriendo en el desguace del ligoteo.
—Eso también —reconoció con otra sonrisa afable.
—Vale. Pero que conste que podría haberlo conseguido sola. —«Tarde o temprano», añadí para mis adentros.
—No lo dudo. Pero piensa en el favor que me estás haciendo. No me he subido al caballo para socorrer a una bella desconocida en toda la semana.
—Caray. ¿Esa frase te suele funcionar?
—Ya me lo dirás cuando te impresione con mi maña al volante.
—Por supuesto —repliqué, estirando un brazo para señalar el coche de alquiler.
Tuvo que echar el asiento hasta atrás de todo para poder encajar aquellas largas piernas recubiertas de tela vaquera. Le llevó menos de quince segundos y dos eficaces volantazos poner el coche recto al lado del surtidor y abrir la tapa del depósito de combustible con un botón que estaba debajo del salpicadero y que yo no habría encontrado en la vida.
Antes de bajarse, mi héroe miró hacia el sol y volvió a bajar la vista hacia el salpicadero. Pulsó otro botón y la capota se abrió.
—Hace un día demasiado bueno para ir con el techo puesto. Mejor disfrutar del sol mientras podamos.
Mmm, atrevido, pero acertado.
Apagó el motor y se bajó.
—¿Qué tal?
—Confirmado. La frase combinada con la habilidad al volante funciona. Si quisiera ligarme a un abogado de pueblo, tú serías el primero de la lista —le aseguré.
—Mi madre me ha convertido en un hombre demasiado educado y caballeroso como para contestarte con un «te lo dije» —replicó él, entregándome las llaves.
—Siempre me ha gustado eso de ti.
Su sonrisa me llegó directamente al corazón.
—Bueno, ¿quieres que te ayude a repostar, o te ves capaz de hacerlo tú misma sin causar ninguna explosión?
—Creo que ahora ya puedo arreglármelas sola —dije.
—Muy bien. Pues voy a comprarle el rasca a la señora Patsy. No uses el surtidor del mango verde. Es diésel. Acabarás sentada al lado de la carretera.
—No se me ocurriría —repliqué.
—Encantado de conocerte, chica de ciudad.
—Encantada de conocerte, héroe de pueblo.
Esperé a que entrara en la tienda para ver un vídeo de YouTube sobre cómo repostar. Al final conseguí hacerlo y estaba apoyada con el aire más despreocupado posible en el guardabarros cuando Willis volvió a salir con una botella de dos litros de Mountain Dew y una bolsa de cosas para picar.
Ni siquiera se molestó en mirar hacia donde yo estaba, antes de alejarse marcha atrás del surtidor y salir rugiendo del aparcamiento.
—¡Tranquilo, quédate con el cambio! —le grité a la camioneta.
La típica humedad de mediados de agosto impregnaba el ambiente y actuaba sobre mi pelo, multiplicando milagrosamente su tamaño. Pero al menos no apestaba a alcantarilla, como en Manhattan. Aquel sitio no se parecía a Nueva York en absoluto. Al otro lado de la calle, enfrente de la gasolinera, no había una manzana de edificios, sino un campo de maíz con hojas verdes brillantes y sedosos mechones rubios que se extendía en hileras ordenadas sobre una suave colina. Más allá había un bosque. La naturaleza no estaba encerrada o enjaulada en áticos y rascacielos. Se extendía hasta el infinito…, bueno, al menos hasta el infinito que mis ojos alcanzaban a ver.
La puerta de la tienda se abrió de golpe y Zoey salió levantando una mano para protegerse del sol.
—¿Has potado? —le pregunté.
Ella asintió, muy pálida.
—Creo que ahora ya lo he echado todo.
El surtidor se apagó y volví a dejar la boquilla de la manguera en el soporte.
—Mírala a ella, repostando como una conductora de verdad —se burló.
—Está tirado —mentí.
Volvimos al coche y puse rumbo a Story Lake.
—¿Qué le ha pasado al techo? —me preguntó Zoey, a los dos minutos de viaje.
—Se ha caído —bromeé.
—Ja, ja. Me gusta. El aire me hace sentir menos saturada de alcohol.
El viento me alborotaba la melena extragrande a la espalda mientras avanzábamos por la soleada carretera hacia mi nuevo futuro.
—Esto empieza a parecerme cada vez menos descabellado. Como si tal vez estuviéramos yendo por el buen camino —dije, con el ruido del viento de fondo.
—¿En serio? ¡Yo estaba pensando que me recordaba al final de Thelma y Louise! —respondió Zoey a gritos.
—Ja, ja, muy simpática. Vamos hacia nuestro futuro, no hacia un precipicio.
Un trozo de plástico negro de la rejilla semidestrozada eligió ese preciso instante para chocar contra el parabrisas, sobresaltándonos a ambas.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Zoey.
—Nada. Un bicho —respondí, intentando activar los limpiaparabrisas para quitar el trozo de rejilla del cristal. Encontré las luces largas, los calentadores de los asientos y los intermitentes antes de que los limpiaparabrisas cobraran vida.
—A la cuarta va la vencida —murmuró mi compañera de resaca desde el asiento del copiloto.
—Perdona, pero creo que lo estoy haciendo bastante bien. Mira, he conseguido que lleguemos hasta aquí —dije, señalando un cartel en el que ponía «Bienvenidos a Story Lake». Faltaban algunas letras y algún graciosillo había modificado otras con un espray rojo, convirtiéndolo en «Venid a Soy Fake». A la izquierda, pudimos ver por primera vez las brillantes aguas del lago—. Y sin ninguna catástrofe. Tal y como te prometí.
Debería haber cerrado la boca. Porque justo en ese momento una sombra del tamaño de un pterodáctilo se cernió sobre nosotras.
—¿Qué co…? —La pregunta de Zoey se vio interrumpida por un golpe húmedo.
Algo brillante, plateado y viscoso me golpeó en la cara y Zoey empezó a gritar.
Di un volantazo a ciegas y pisé el freno. Los neumáticos derraparon sobre la gravilla y una fuerte ráfaga de aire me sacudió el pelo al tiempo que algo frío y resbaladizo me caía por la frente.
Plof.
El cinturón de seguridad se bloqueó y salí propulsada hacia adelante y luego hacia atrás mientras el coche se detenía de forma brusca e inesperada.
Por un instante se hizo el silencio conforme una nube de polvo se levantaba a nuestro alrededor.
—¿Cómo has podido chocar contra un puto pez? —chilló Zoey.
Tenía algo húmedo y rojo en el ojo. Intenté limpiármelo, pero solo conseguí mancharme el pelo.
—¿Estoy sangrando? —pregunté.
—¡Tengo un pez en el regazo! ¡Quítamelo! —aulló Zoey.
Intenté mirar hacia abajo, pero entre la cosa roja, el pelo enmarañado y el polvo, era imposible ver nada.
Un silbido inquietante y agudo se abrió paso entre los gritos y la nube de polvo.
—¿Qué coño es eso? —pregunté tosiendo mientras miraba hacia atrás a través de la polvareda y me encontraba con una aparición diabólica.