1
Junior
Había sangre por todas partes: la tenía impregnada en la camiseta, rociada en los pantalones y debajo de las uñas. Por eso siempre voy de negro de la cabeza a los pies. Con cualquier otro color, la sangre resulta demasiado obvia, pero con el negro las manchas húmedas son más sencillas de explicar: que si alguien me ha tirado la copa, que si un coche al pasar por un charco me ha salpicado… He tenido que inventar miles de excusas a lo largo de los años.
Por suerte, esa noche no me iba a hacer falta ninguna, ya que llovía a cántaros. Un rayo cruzó el cielo, pintando de plata y blanco los rascacielos a lo lejos. Tras él, se oyó un trueno que hizo temblar las ventanas de los edificios cercanos. La ciudad parecía Gotham en noches como esa: cruel, peligrosa.
Aparté la mirada de la tormenta y vi tres figuras junto a mí en el borde del río, todas ellas vestidas de negro porque sabían lo mismo que yo sobre las manchas de sangre. Permanecían inmóviles, con la vista al frente y las solapas de la chaqueta ondeando al viento como una especie de alas. Otro rayo atravesó el cielo, tiñéndonos de plata. Parecíamos una bandada de buitres a punto de abalanzarse sobre un cadáver en vez de un grupo de hermanos de celebración.
Cuatro días, llevaba lloviendo cuatro putos días y el río estaba tan crecido que el coche que acabábamos de empujar hacia él se estaba hundiendo con una rapidez alarmante. Quizá tuviéramos suerte y la policía pensara que su dueño había quedado atrapado por la riada y se había ahogado, en lugar de lo que le habíamos hecho en realidad.
De repente, advertí un destello rojo. Al volverme, vi a mi hermano Greg llevarse un cigarrillo a la boca.
—Eso te acabará matando —dije.
Soltó el humo al aire.
—No si algo me mata antes.
Tras decir eso, se dio la vuelta y se alejó, con Stefan tras él.
Alec, mi hermano más cercano a mí en edad, me miró a los ojos desde el otro lado del hueco que habían dejado entre nosotros.
—¿Hemos acabado aquí?
Asentí. Sí, así era. Ya nos habíamos encargado de Tommy Marchetti, como nuestro padre nos había pedido.
Alec se subió las solapas de la chaqueta para cubrirse de la lluvia y siguió a nuestros hermanos menores, dejándome solo mientras contemplaba cómo desaparecía entre las aguas negras como la noche el maletero del BMW de Tommy. Al fin habíamos acabado con aquel cabrón, nos lo habíamos quitado de en medio; no se me ocurría mejor regalo de cumpleaños.
Esperé el tiempo suficiente para asegurarme de que el coche no iba a reflotar inoportunamente y entré en el almacén encajado a la orilla del río. El suelo era de cemento y las paredes de listones de madera eran tan viejas que el viento silbaba a través de las grietas, pero al menos ya no me llovía encima.
Mis hermanos estaban de pie bajo el resplandor de una luz fluorescente, con la mirada fija en una gran mancha roja a sus pies. Alec la señaló.
—¿Qué quieres que hagamos con esto?
—Lejía —respondí.
Se dirigió a un armario situado en la parte trasera.
—Ha sangrado mucho. —Miré a Greg.
Este alzó sus ojos oscuros hacia mí mientras le daba otra calada a su cigarrillo.
—Suele pasar con los muertos.
Aunque me llamasen Junior a mí, de todos nosotros, Greg era el más parecido a nuestro padre, y más entonces, porque el brillo de sus ojos ya había comenzado a desvanecerse y empezaba a tener la misma mirada hastiada que nosotros.
Cuando Alec regresó, los demás nos alejamos mientras echaba lejía sobre la mancha. Una vez hubo terminado, lanzó la botella vacía sobre la basura que estaba amontonada en una esquina. Aquel lugar había pertenecido a un pescadero antes de que se hundiera la industria local. En esos momentos, el propietario era uno de los socios de mi padre, un hombre que hacía la vista gorda al uso que le dábamos de vez en cuando.
—¿Sigues queriendo salir? —dijo Alec volviéndose hacia mí.
Lo miré a los ojos.
—¿Tú qué crees?
—Si tú quieres, me apunto —replicó encogiéndose de hombros.
Stefan dirigió a Alec una mirada de «¿Estás de coña?», aunque este no se dio cuenta. Junto a él estaba Greg observándome, a la espera de que me decidiese. Al ser el mayor, yo era el líder de facto, en quien nuestro padre más confiaba, a quien mis hermanos recurrían en busca de consejo. Por una vez, me hubiera gustado que fuese otro quien tomara la dichosa decisión para no tener que pensar tanto todo el puto rato.
—No, no quiero salir —dije dirigiendo de nuevo la mirada a Alec—. Estoy empapado y cansado y, para cuando nos hayamos duchado y cambiado, serán las dos de la mañana y habrá cerrado todo.
—¿Así que vas a pasar tu último cumpleaños en la veintena triste y solo? —preguntó Alec—. No sabes lo deprimente que suena.
Negué con la cabeza; empezaba a perder la paciencia.
—No lo estoy pasando solo. Hemos cenado en familia y luego hemos hecho esta excursión tan divertida los cuatro. —Mi hermano abrió la boca para rebatirme, pero continué—: Aquí ya hemos acabado y me da igual qué coño hagáis vosotros tres el resto de la noche, pero yo me voy a casa. Decidles a mamá y a papá que vuelvo dentro de unos días.
Sin esperar respuesta alguna, me fui. Quizá fuera deprimente, pero quería estar solo. Quería tranquilidad y la paz de mi hogar, y no había forma de conseguirlo si volvía a casa de nuestros padres con los gilipollas de mis hermanos.
Mi apartamento no estaba lejos del muelle, quizá a unos diez minutos a pie, y ya estaba empapado, así que me importaba una mierda que siguiera lloviendo. De hecho, hasta me sentó bien el frío. El intenso calor del verano se había apoderado de la ciudad y, con tanta agua, el aire se había vuelto denso y pestilente. La tormenta solucionaba el problema, pero sabía que era temporal. Con suerte, habría un par de días más frescos antes de que el mercurio volviese a subir a treinta grados.
La gente pasaba a toda velocidad junto a mí por la calle. La mayoría de ellos iban encogidos, como si eso fuese a protegerlos del aguacero, pero yo iba erguido, esperando que la lluvia se llevara la prueba de mis pecados. Joder, estaba cansado, y no por lo que acababa de hacer. Era un agotamiento profundo que me comía por dentro como un lobo rabioso.
Me pregunté si mi padre se había sentido alguna vez así, si nuestro «trabajo» le pesaba de la misma manera. A diferencia de mí, él no pertenecía a la mafia al nacer. Se había hecho un nombre entre los esbirros de a pie y, poco a poco, había ido ascendiendo en el escalafón hasta ser el tipo al que los peces gordos recurrían cuando necesitaban que alguien limpiara sus desastres, pero, dado que tenía un alto concepto de sí mismo como para ensuciarse las manos, delegaba la tarea.
Sonreí con desgana. Por supuesto que a mi padre no le pesaba aquel trabajo, pues no era él quien lo hacía, sino yo; bueno, mis hermanos y yo. Nosotros nos llevábamos la peor parte de todo: el riesgo de que nos descubrieran, de que nos hirieran, de no volver a dormir nunca más porque, cada vez que cerrábamos los ojos, veíamos las imágenes de las cosas que habíamos hecho y amenazaban con ahogarnos en las profundidades de nuestros propios recuerdos.
Aunque tal vez eso solo me ocurriese a mí. Tal vez solo fuese un imbécil de mal humor porque, en lugar de pasar mi cumpleaños en la ciudad, como tenía pensado, lo había pasado en los muelles creándome más pesadillas.
Negué con la cabeza y me centré en lo que me rodeaba. Esa parte de la ciudad era antigua, y no en el buen sentido; antigua en el sentido de que estaba olvidada y, hasta el momento, había escapado de la gentrificación que se estaba apoderando de otros barrios. Los edificios tradicionales de ladrillo allí apiñados solo tenían unas cuantas plantas y los charcos se acumulaban en la acera, reflejando el brillo de los letreros de neón de las tiendas cercanas. Había grupitos de gente bajo los toldos, fumando o hablando con amigos mientras esperaban a que dejase de llover. Era un barrio obrero, en su mayoría inmigrantes, y las calles estaban repletas de pruebas de ello. Así pues, era un buen sitio para pasar desapercibido, y por eso alquilé allí un apartamento.
A nuestro padre le gustaba tenernos cerca la mayor parte del tiempo porque era un viejo paranoico, por lo que mis hermanos y yo, a pesar de tener veintitantos años, seguíamos pasando mucho tiempo en nuestros cuartos de la infancia. Sin embargo, evitaba ir en noches como aquella, cuando necesitaba estar a solas, despejarme un rato hasta estar en condiciones de volver a estar con otras personas. Las vistas y los ruidos de la ciudad me recordaban que el mundo seguía girando, que la gente estaba ahí fuera viviendo su vida, felizmente ajena a la oscuridad que bullía justo bajo la superficie. Aquello me daba esperanza, me recordaba que la vida era algo más que muerte y destrucción y la amenaza constante de pasar el resto de mis días entre rejas.
Para cuando llegué a la discreta puerta situada entre una joyería y una panadería, estaba más que dispuesto a resguardarme de la lluvia. Tras subir un estrecho tramo de escaleras, llegué a mi estudio, oscuro y con un aire viciado que denotaba abandono. ¿Cuánto tiempo hacía que no pasaba por allí? ¿Un mes? ¿Dos? La primavera se había ido en un suspiro, inaugurada por un homicidio cometido por la idiota de mi prima, Aly, y su novio. La víctima era un asesino en serie, pero también pertenecía a una familia multimillonaria, por lo que habíamos tenido que dedicar todo nuestro tiempo y recursos a engañar a los federales para que pensaran que Bradley Bluhm seguía vivo y se había dado a la fuga. Durante ese tiempo, la paranoia de mi padre había alcanzado nuevos niveles y apenas dejaba a ninguno de sus hijos fuera de su vista. Probablemente me echaría la bronca por no aparecer justo esa noche, pero necesitaba estar solo.
Le di al interruptor que había junto a la puerta y, al encenderse una lámpara cercana, me sentí aliviado; al menos había recordado pagar las facturas de los suministros. El resplandor iluminaba un espacio reducido que podía describirse como funcional. La cama estaba a la derecha; el sofá, a la izquierda; la cocina, enfrente, y la puerta junto a la nevera daba al baño.
Cogí ropa limpia y me fui a la ducha. Giré el grifo hasta que el agua salió ardiendo. Por el desagüe corrían riachuelos rosas mientras me frotaba la sangre que me quedaba en la piel. No paraba de recrear el momento en que al coche de Tommy lo había engullido la oscura superficie del agua. Sonreí; me alegraba que hubiese desaparecido, porque con eso me libraba de uno de los obstáculos que me separaban de su hija.
Lauren Marchetti.
La chica con la que había crecido en «el viejo barrio», como llamábamos a la Pequeña Italia, antes de que mis padres nos hiciesen mudarnos de la ciudad a un suburbio pijo. Ella iba un curso por detrás de mí y, al final de mi último año, se nos había ido de las manos una situación que nos involucraba a ambos, hasta tal punto que ella había terminado por trasladarse a un instituto fuera del barrio.
Cerré los ojos al rememorar el pasado, y se me desdibujó la sonrisa al recordar los nudillos de Tommy golpeándome en la cara y volver a oír su voz enfurecida diciéndome que, si volvía a mirar a su hija, me mataría. Después de aquello me había marchado a casa, directo a mi habitación, tratando de ocultar la vergüenza por que un viejo me hubiese dado una paliza, pero mi padre me había pillado y, al verme la cara, me había preguntado por lo sucedido.
Negué con la cabeza mientras el agua caía sobre mí, pensando en lo ingenuo que era de joven, e incluso a los dieciocho años, a pesar de toda la mierda que ya había visto y hecho. Mi padre me había obligado a contarle la historia, y me había aterrado la idea de que fuera contra Tommy y lo empeorase todo. Los hombres de la mafia no eran precisamente conocidos por no responder a los desaires contra su familia. Sin embargo, en lugar de tomar represalias, mi padre solo lo había amenazado.
De todos modos, no es que Tommy pudiese hacer ya nada al respecto, y yo ya no le tenía tanto miedo a mi viejo como entonces. Ya estaba harto de andarme con gilipolleces, ya estaba cansado de esperar. Había pasado casi una década manteniendo las distancias con Lauren; que Dios ayudase a cualquiera que intentara interponerse entre nosotros esta vez.
Una vez que salí de la ducha, metí en una bolsa mi ropa sucia y la tiré a un contenedor de basura a la vuelta de la esquina. Eran los lugares ideales para deshacerse de las pruebas. Para cuando la policía empezaba a sospechar, la basura ya estaba en el vertedero, y buena suerte para encontrar algo en el montón. Incluso aunque acabaran dando con mi ropa, el hecho de haberla dejado a la intemperie rodeada de desechos la contaminaría lo suficiente como para que cualquier muestra resultara inútil en un juicio.
Me quité los zapatos al entrar de vuelta al piso y me tiré en el maltrecho sofá. Y, luego, hice lo que hacía todas las noches sin falta: me saqué el móvil del bolsillo, abrí mi aplicación favorita de redes sociales y fui directo al perfil de Lauren. Su página estaba llena de fotos de ella con muy poca ropa, todas con poses artísticas y una iluminación perfecta.
Entre esas imágenes se intercalaban escenas de la vida cotidiana: lo que había comido, ella abrazando a su enorme perro, ella con un cartel en una manifestación… En la de ese día, aparecía en una oficina con un traje negro dándole la mano a una mujer blanca mayor que ella. Sonreí al verla. La concejala Marion Blackwell había sido un hueso duro de roer y Lauren se había pasado meses intentando reunirse con ella con la esperanza de contar con su voto para una nueva ordenanza municipal destinada a hacer más seguro el trabajo sexual. Blackwell, más conservadora, había pasado un tiempo evitando a Lauren, pero una ligera investigación había sacado a la luz el problema del «polvo blanco» de su hijo, y todo lo que hizo falta fue amenazarla con filtrar fotos de él esnifando en la parte trasera de un club de striptease para que cambiara de opinión y aceptara reunirse con ella.
Habría hecho cosas peores con tal de ver esa foto de Lauren tan triunfal. Esa discreta estudiante de matrícula de honor con gafas y un montón de libros bajo el brazo había llegado muy lejos. La diosa curvilínea de la imagen ya apenas se parecía a ella, pero las pruebas eran irrefutables: los enormes ojos marrones, la nariz respingona, ese ligero hueco entre los dientes delanteros y, lo más delatador de todo, el lunar justo debajo del ojo izquierdo.
Volví a la parte superior de su perfil, hice clic en el enlace de su biografía y abrí la aplicación Me4U. Lauren estaba tan decidida a conseguir derechos para las trabajadoras sexuales porque pertenecía al colectivo.
Y yo era su fan número uno.
Justo debajo de su perfil de creadora de contenido, había un pequeño botón que permitía solicitarle un vídeo personalizado. Lo toqué y envié una nueva petición junto con un mensaje:
Buen trabajo con Blackwell hoy.
Estoy orgulloso de ti.
Ahora muéstrame lo orgullosa que estás de ti misma, Lauren.
2
Lauren
Me asomé por encima del hombro de mi compañere de piso, que veía un vídeo mío a cámara lenta en su ordenador en el que me masturbaba metiéndome los dedos. La habitación de Ryan estaba más oscura que una cueva, porque las cortinas opacas cumplían su función y evitaban que pasara la brillante luz del final de la tarde. En la pantalla, se me veía impresionante: desnuda, abandonada a la pasión; una auténtica diosa del sexo. Justo hasta el momento en el que soltaba un grito inaudible (Ryan tenía el vídeo en silencio) y me caía de la cama.
Ryan retrocedió unos fotogramas y pausó el vídeo.
—Aquí —dijo señalando el software de edición en la parte inferior de la pantalla—. Si lo cortamos aquí y luego hacemos una transición a la cámara lateral, parecerá una grabación continua y que cambiaste la posición de la cámara para que resultase más artístico.
Arqueé una ceja.
—¿Y no como si hubiera tenido que parar en medio de la grabación porque alguien pulsó la alarma de incendios otra vez?
Ryan se recogió tras la oreja un mechón de su largo cabello rubio, y se puso de ese espectacular color rojizo que solo la gente muy pálida es capaz de adoptar.
—No quise encender el extractor demasiado alto por si lo captaba tu micrófono.
—Ajá —dije—. Seguro que fue eso.
Ryan se sonrojó aún más. Chincharle era tan fácil como divertido.
Abrí la boca para ver si podía hacer que se ruborizara hasta los dedos de los pies, pero la puerta se abrió de golpe a nuestra espalda y nos volvimos, entornando los ojos por el súbito resplandor que causó al entrar nuestra compañera de piso, Taylor. Al principio, solo vi su silueta; sin embargo, en cuanto mis ojos se adaptaron a la luz, me fijé en que se había hecho ondas en el pelo de color lavanda y que llevaba una bata de seda de flores que le marcaba las curvas. Iba muy maquillada, con la piel resplandeciente, y unas pestañas postizas le enmarcaban los ojos almendrados, lo que me dio a entender que o bien se estaba preparando para grabar o acababa de terminar.
Se detuvo a unos metros de distancia y levantó las manos; en cada una, sostenía una pequeña caja mientras pasaba la vista entre Ryan y yo.
—Un suscriptor acaba de enviarme una solicitud de vídeo de un primer plano de mi culo. —Su sonrisa se volvió provocadora—. ¿Quién quiere ayudarme a blanqueármelo y depilarlo?
Me volví hacia Ryan, que ya se había llevado un dedo al puente de la nariz para librarse.
—Yo paso —dijo—. Ya voy a tener que verlo todo el tiempo que esté grabando y editando. No tengo por qué prepararlo también.
Dejé caer los hombros, exagerando mi derrota, y me dirigí a Taylor:
—Vale, yo lo hago.
Hizo un bailecito de satisfacción. Su suscriptor debía de haberle ofrecido un montón de dinero por la toma. Puede que las dos nos ganáramos la vida con vídeos eróticos para nuestros suscriptores, pero ambas sentíamos que los primeros planos eran mucho más íntimos y requerían un nivel de vulnerabilidad con el que no solíamos sentirnos cómodas.
Desvió la mirada a la pantalla del ordenador.
—¿Es esa la toma que Ryan jorobó cuando quemó la cena anoche?
Ryan dio media vuelta hacia el monitor con las mejillas todavía sonrosadas.
—No la jorobé. Lauren pudo terminar de grabar.
Taylor y yo nos miramos con socarronería. Como parte de la distribución de tareas, nos turnábamos para cocinar. Algunas noches eso significaba macarrones con queso mezclados con trozos de salchicha (Taylor), comida típica italiana (yo) y platos cada vez más elaborados de todo el mundo que o bien eran increíbles o bien acababan por todo el suelo de la cocina (Ryan). En su defensa, estaba intentando mejorar sus habilidades culinarias, y lo estaba consiguiendo. Solo cuando probaba a hacer alguna receta nueva complicada, como la noche anterior, se nos llenaba la casa de humo.
—Me debes un cazo —dije—. Creo que la salsa tandoori se ha fusionado con el que usaste anoche.
Ryan se ofendió.
—Como sigas burlándote de mí, le enseño a Taylor el vídeo que te he hecho cayéndote una y otra vez.
—No puede ser —respondí horrorizada ahogando un grito.
Con un clic, Ryan abrió otra pestaña en su software de edición y ahí estaba yo, cayéndome de la cama a cámara lenta, y luego volviendo a ella, y al suelo de nuevo, y otra vez a la cama. Eran planos muy poco favorecedores para mis pechos, que parecían huir en direcciones opuestas. Además, tenía el pelo electrificado y el horror que reflejaba mi rostro hacía pensar que estaba a punto de matarme un asesino en serie.
—Quizá nunca me recupere de verme así —dije.
Ryan soltó una carcajada y, a mi lado, Taylor se reía con tanta intensidad que ya ni se la oía. Mi venganza por semejante traición iba a salir en todos los titulares.
Me costó cinco minutos de amenazas físicas cada vez más violentas hasta que Ryan cerró la pestaña y prometió que borraría el vídeo.
Pasaron varios minutos más antes de que Taylor pudiera hablar.
—¿Para quién es el vídeo?
—Para mi suscriptor preferido —le dije.
Ella miró en mi dirección mientras se secaba las lágrimas de los ojos.
—¿NT95?
Asentí. Aunque llevaba años haciendo aquello, todavía me ponía nerviosa a la hora de grabar ciertos vídeos, sobre todo los de precio elevado, porque quería que salieran perfectos y que mis suscriptores se quedaran con ganas de más. NT95 se había suscrito el primer día; de hecho, fue el primero. Se había registrado nada más anunciar mi página Me4U en redes. Nos habíamos pasado infinidad de horas enviándonos mensajes subidos de tono. Yo sabía lo horrible que era su padre y la presión constante a la que estaba sometido en el trabajo y él me felicitaba cada vez que me ganaba a un político y me pedía que tuviera cuidado cuando asistiera a mítines públicos. Ya no era solo un suscriptor anónimo, se había vuelto importante para mí. Por eso estaba rondando a Ryan en lugar de dejar que trabajase en paz.
—¿Qué te ha pedido? —quiso saber Taylor.
—Un striptease seguido de un solitario —le dije—. A elección de la creadora.
—¿Crees que le gustaría el montaje exclusivo de Ryan? —Me miró con picardía.
—Te voy a matar por meterle esa idea en la cabeza.
Ryan resopló, pero permaneció sospechosamente en silencio mientras terminaba de montar el vídeo. Tendría que estar pendiente de elle los próximos días. Una vez terminado, empezó a corregir el color del metraje sin editar. Los tres éramos la combinación perfecta: Taylor y yo éramos las que aparecíamos en la pantalla y Ryan era quien hacía la magia, editando nuestros vídeos e incluso ayudando a filmar tomas complicadas, como aquella para la que yo había aceptado preparar a Taylor.
—Dios —dijo ella—. La luz en tu habitación es preciosa durante la puesta de sol.
Estaba a punto de responder cuando un resoplido me llamó la atención. Al volvernos hacia la puerta, Taylor y yo vimos a Walter, nuestro enorme perro pastor Shiloh, entrar en la habitación meneándose todo contento, con las orejas hacia atrás y los ojos entreabiertos de felicidad perruna. Llevaba en la boca lo que al principio pensé que era un juguete, pero, viéndolo más de cerca, se parecía mucho a…
—¡Mi látigo favorito! —grité abalanzándome sobre él. Mierda, iba a destrozarlo.
Ladró y se alejó danzando con la cabeza gacha, listo para jugar. Me detuve en seco e intenté poner un tono serio.
—Eso no es un juguete, Walter. Suéltalo.
—Bueno, técnicamente…
Señalé con el dedo en dirección a Ryan sin apartar la mirada de Walter, por si se daba cuenta de que estaba distraída y se largaba.
—Ya estás en mi lista negra. No empeores las cosas poniéndote del lado del perro.
Detrás de mí, Taylor empezó a reírse y Walter, interpretando eso como una señal de que sin duda era hora de jugar, agarró bien el mango del látigo y empezó a acercarse a mí sacudiendo la cabeza de un lado a otro, como diciendo «Tengo un juguete y no puedes quitármelo». Por desgracia, eso hizo que las cinco tiras de cuero que tenía se agitaran en el aire hacia nosotros.
—¡Joder! —gritó Taylor esquivándolas.
Ryan saltó de la silla, evitando por poco que le golpeasen en el brazo.
Walter ladró como pudo sin soltar el mango y se abalanzó hacia nosotros con lo que solo podía describirse como euforia. Salimos corriendo de la habitación y bajamos las escaleras a toda velocidad, tropezándonos unos con otros en nuestro afán por escapar.
Yo me caí justo al llegar abajo, Ryan giró a toda prisa a la izquierda y Taylor saltó por encima del sofá del salón.
—¡Ve a por Ryan! —le pedí a Walter—. ¡Véngame!
—¡Eh! —gritó Ryan corriendo para salvar el pellejo, con el zumbado de nuestro perro pisándole los talones.
Por suerte, la nuestra era una casa típica adosada de ladrillo de tres pisos, así que no había vecinos debajo que fueran a quejarse del súbito caos. La habíamos elegido por su excelente aislamiento, ya que ayudaba a insonorizarla, y nuestro trabajo implicaba muchos ruidos intensos. La ventaja era que solían pasar desapercibidos los ocasionales estallidos de ladridos, gritos y huidas de un can que sacaba el látigo.
Como el juguete era mío, probablemente fuera mi responsabilidad poner fin al asunto, a pesar de lo mucho que me divertía ver a Walter torturar a mis compis de piso. Había una cosa con la que siempre podíamos contar para que se comportara, así que mientras Taylor y Ryan lo entretenían (es decir, huyendo de él aterrorizados), me dirigí hacia el tarro de galletas que teníamos en la encimera de la cocina. En cuanto lo abrí, oí sus uñas golpear el parquet y supe que venía hacia mí.
Dio la vuelta a la isla e intentó reducir la velocidad, pero iba tan deprisa que salió disparado. Lo que pasa cuando mides metro y medio y eres más bien flaca es que, si tu perro es la mitad que tú y pesa casi lo mismo, no tienes ninguna posibilidad contra él. Walter pareció darse cuenta de que estábamos al filo de la catástrofe al mismo tiempo que yo, pero no había nada que pudiéramos hacer para evitarlo.
Cruzamos una mirada con una expresión de «Ah, joder» que trascendió cualquier frontera entre especies justo antes de que me derribase. Ahogué un grito y aterricé con fuerza en el suelo de baldosas, golpeándome en el codo y el hombro para evitar aplastar al idiota de mi perro.
—Dios mío —resopló Taylor—. ¿Estás bien?
Al levantar la vista, vi a mis compis de piso de pie junto a mí: Ryan tapándose la boca para aguantarse la risa y Taylor doblada riéndose a carcajadas.
Me di la vuelta y me quedé tumbada bocarriba.
—Eso creo.
La humedad me cubría la mano izquierda. Al mirar de reojo, vi a Walter coger con delicadeza la galleta de mis dedos y luego escabullirse como si esperara que nadie lo hubiera visto.
Al menos había soltado el látigo.
Una hora después, el apartamento estaba recogido y el culo de Taylor preparado para la cámara, así que ella y Ryan se pusieron manos a la obra en su habitación.
Esa noche me tocaba cocinar a mí, por lo que, mientras mis compis de piso grababan, me puse a trabajar en la cocina con el portátil abierto en la encimera para poder ver la barra de progreso mientras subía el vídeo semanal a mi página de Me4U, en el que aparecía bailando en la barra de pole dance que teníamos en nuestra habitación de invitados, convertida en templo fetichista.
Esperaba que a mis suscriptores les gustara. Había mejorado mucho en la barra desde mis primeros vídeos gracias a las clases semanales a las que asistía, pero no era en absoluto una experta. Lo hacía porque me resultaba divertido, generaba mucho contenido y era un entrenamiento sorprendentemente bueno: el colmo de la multitarea.
Cada creador de Me4U era diferente y su nivel de actividad variaba, pero, como era mi trabajo a tiempo completo, publicaba una foto provocativa en mi página al menos una vez al día y un vídeo largo todos los miércoles sin falta para mis suscriptores de pago. Por lo general, programaba las publicaciones, pero la semana pasada había sido muy ajetreada, así que iba con el tiempo justo, algo que no me gustaba nada. Para mí, aquello no era solo un trabajo y mis suscriptores no eran gente cualquiera: eran mi comunidad.
A lo largo de los años, había recibido innumerables mensajes de suscriptores agradeciéndome publicaciones porque habían tenido un día malo o estaban pasando por un momento difícil. Mis vídeos les hacían sentir bien, los ayudaban a olvidarse durante un rato de todas las cosas desagradables. Muchos habían llegado a depender de mí y de mi estricto horario. Les daba algo que esperar, y la idea de decepcionar a alguno llegando tarde me agobiaba mucho.
Un silbido me hizo levantar la vista y advertí que la olla con agua empezaba a burbujear. Si echaba a perder la cena justo después de haberle recriminado a Ryan lo mismo, nunca me dejaría olvidarlo.
Pasé por encima de Walter, que estaba tirado en medio del suelo de la cocina (seguro que tramando su próximo ataque) y bajé el fuego. Añadí poco a poco la pasta a la olla y, tras remover, puse un temporizador y empecé a preparar la salsa: mantequilla, chalotas, ajo y vino blanco, e incorporé una pequeña lata de almejas al final.
El vino estaba empezando a reducirse cuando sonó una notificación en mi teléfono. Al cogerlo, vi un mensaje de NT95 en la aplicación Me4U.
Emocionado por ver lo que nos tienes preparado esta noche.
Sonreí y le respondí.
Tengo la sensación de que te va a gustar.
Le envié una captura de pantalla del vídeo en el que aparecía sin sujetador mordiéndome el labio mientras miraba a la cámara. Ryan siempre guardaba varios fotogramas de cada vídeo que Taylor y yo grabábamos para que pudiésemos usarlos a fin de provocar a nuestros seguidores mientras esperaban a que se publicaran.
Apareció otra notificación. NT95 me había dado cincuenta dólares de propina.
Ya verás cuando veas TU vídeo…

No puedo esperar.
Que pases una buena noche, Lauren, y felicidades de nuevo por la gran victoria de ayer.
Gracias!!!
Todavía estaba en una nube por haber convencido a la concejala Blackwell para que se pasara a nuestro bando. Con su voto garantizado, la ley tenía muchas posibilidades de aprobarse, así que los trabajadores sexuales de la ciudad pronto podrían denunciar cualquier agresión que se cometiera contra ellos sin necesidad de enfrentarse a un delito por prostitución. Sería un gran logro por el que llevábamos años luchando y, aunque había sido un camino arduo, estábamos a punto de conseguirlo. Me daba esperanzas de que, con esfuerzo suficiente, podríamos llevar esta ciudad obrera a la era moderna.
A NT95 le gustó mi último mensaje, así que dejé el teléfono con una sonrisa. Era curioso pensar en lo que habíamos compartido y en todo lo que había cambiado desde que se había suscrito. Yo había acabado añadiendo un menú en mi página de Me4U para que los suscriptores hicieran peticiones. Cuando empecé, calculaba precios personalizados para cada solicitud, pero, como mi cuenta no paraba de crecer, no daba abasto, así que pasé a cobrar una tarifa plana de veinticinco dólares por minuto en cámara, con un mínimo de tres. Había tarifas extra para vídeos con juguetes y fetiches, así como por decir ciertos nombres o frases. NT95 había solicitado un vídeo de setecientos dólares hace unos días y enseguida me había puesto a grabarlo.
Ensanché la sonrisa al echar un vistazo a la pasta. Me había sacado quince mil esa semana. Había tantas cosas buenas que podía hacer con tal cantidad de dinero que hasta me daba vértigo. Me había llevado dos años enteros de publicaciones llegar a ese punto, pero ya ganaba tanto que solo me iba a hacer falta trabajar unos pocos más para poder vivir el resto de mis días cómodamente haciendo lo que me diera la puta gana.
El caso era que ese trabajo era lo que me gustaba hacer. Me encantaba, y el hecho de que me pagaran tanto por ello seguía pareciéndome surrealista. Periodistas, terapeutas, políticos y troles de internet se esforzaban por analizar el trabajo sexual y por qué la gente se dedicaba a ello; tenían derecho a hacerlo porque era un tema amplio y muy complejo con muchos elementos problemáticos y peligrosos, aunque para mí no era tan complicado.
Encontraba aquel trabajo tan liberador como curativo. Me habían criado como católica en un barrio italiano sumamente patriarcal donde la vergüenza era una parte importante de la cultura, donde a cualquier mujer que no cumpliera el estricto código de normas no escritas se la condenaba al ostracismo. De adolescente, el peso del juicio de los demás había sido tan aplastante que había estado a punto de acabar conmigo. Me había llevado años curar esas heridas invisibles, pero ya me gustaba el sexo, me gustaba grabarme desnuda, me gustaba hacer que otros se corrieran.
Así de simple.
Durante la última década, recuperé mi autonomía, mi poder, y viví mi vida abiertamente, para que todos la vieran, aceptando mi sexualidad, animando a otros a hacer lo mismo, luchando por aquellos a los que aún les daba vergüenza, aquellos que aún se veían empujados a los márgenes de la sociedad porque mucha gente se negaba a ver que el trabajo sexual era un empleo válido y debía contar con las mismas protecciones que cualquier otra profesión.
Mi victoria con la concejala Blackwell había supuesto un gran paso, pero aún quedaban muchos otros políticos por convencer; no solo en nuestra ciudad, sino en el resto del estado y del país. Me encantaba grabarme, pero mi verdadera pasión era defender los derechos de los demás. Si todos mis seguidores de Me4U hubieran desaparecido de la noche a la mañana, me habría pasado el resto de mi vida haciendo que el sexo fuese más seguro para quienes llegaran después.
Una puerta se abrió en el piso de arriba, sacándome de mis pensamientos.
—¿Cómo ha ido? —pregunté.
—¡Bien! —gritó Ryan, y el cierre de otra puerta me indicó que se había ido a su habitación.
Taylor bajó con elegancia las escaleras un minuto después atándose la bata de flores y vino a la cocina conmigo. Su olfato la llevó directamente a la cacerola hirviendo.
—Huele genial.
—Gracias. El vino para acompañarlo está enfriándose —dije señalando la nevera con la cuchara de madera.
Captó la indirecta y se dio la vuelta para servir tres copas. Brindamos, tomamos un sorbo y luego ella se fue a llevar la tercera a Ryan a su cueva de edición. Mientras tanto, mi vídeo terminó de subirse y me apresuré a publicarlo antes de que sonara el temporizador de la pasta.
Taylor regresó justo a tiempo de ayudarme a servir los platos.
—¡Ven a cenar con nosotras, zorra antisocial! —le chillé a Ryan.
Bajó las escaleras con cierta expresión de malhumor y ocupó su sitio habitual en la mesa del comedor. Taylor y yo nos sentamos una a cada lado y empezamos a cenar mientras Walter dormía a nuestros pies. Comimos, reímos y bebimos hasta que los platos quedaron vacíos y nuestra barriga, llena. Fue una velada perfecta. Estaba feliz y agradecida por la vida que me había creado.
Y entonces sonó el móvil.
3
Junior
Eran las tres de la mañana del viernes cuando volví a mi mugroso apartamento. Esa vez, la mitad de la sangre que empapaba mi camisa era mía.
Me despegué la tela en el baño e hice una mueca de dolor al verme el estómago en el espejo. A causa de un cuchillo que no había podido esquivar, tenía un corte de ocho centímetros en el costado izquierdo. Puta guerra de bandas de mierda… ¿Por qué coño nos habíamos visto involucrados? No tenía nada que ver con lo que solíamos hacer para los jefes. Mi viejo debía de deberle un favor a alguien o algo así.
«Su puta madre», pensé rememorando la noche. Si hubiera tardado un poco más en apartarme, me habría perforado el pulmón. Desvié la vista a las cicatrices que me cubrían el resto del torso; un duro recordatorio de los sustos que me había llevado a lo largo de los años, de cómo un breve despiste podría haberme hecho acabar en el hospital, o en un sitio peor.
Me agaché, con un gesto de sufrimiento, y cogí el botiquín de primeros auxilios de debajo del lavabo. Después de ducharme, me vendé la herida. Se me había acabado dando bien lo de coserme a mí mismo, aunque por suerte esa noche no me hicieron falta puntos ya que el corte era bastante superficial.
En cuanto hube acabado de vendarme, me puse el último vídeo de Lauren como recompensa. Con un toque en la pantalla, empezó a reproducirse y ese dormitorio que tan bien conocía cobró vida ante mí. Una luz dorada iluminaba la habitación, tiñendo su cama con dosel de rayos ambarinos. Estaba arrodillada en mitad del edredón, vestida con un conjunto color crema de pantalones cortos y camiseta sin mangas.
Jugueteaba con el dobladillo de la camiseta mientras le dirigía a la cámara una sonrisa seductora. Lo pausé justo cuando empezaba a quitársela por la cabeza y lo puse desde el principio. Acerqué el teléfono, hice zoom en su rostro, me concentré en sus ojos y analicé su expresión. Habían pasado varios días desde que mis hermanos y yo habíamos hundido el coche de su padre en el río, tiempo suficiente para que denunciaran la desaparición de Tommy, pero no percibí dolor en la mirada de Lauren, ni tampoco preocupación.
¿Acaso no se había enterado? ¿O es que no le importaba? De ser así, tampoco la culpaba, pero el no saber si se había corrido la voz sobre lo de Tommy empezaba a ponerme de los nervios, así que decidí que era hora de hacer de tripas corazón.
Busqué el contacto de mi padre y dejé el dedo sobre el botón de llamada. Habíamos tenido diferencias en muchas cosas últimamente, y uno de los motivos por los que me había quedado en la ciudad era para evitarlo. Parecía que cada conversación se convertía en una discusión, y vivir bajo su yugo durante todo el desastre de Bradley Bluhm nos había llevado al límite. Necesitaba estar un tiempo lejos de él, pero la necesidad de saber más sobre Lauren era mayor, así que, respirando hondo, lo llamé. Contestó al primer tono.
—¿Dónde coño estabas?
Estuve a punto de colgarle. Aquel hombre nunca ponía las cosas fáciles. Tenía que convertir cada puta conversación en una contienda.
—Ocupado.
—¡Vaya con el ocupado de los cojones! —gruñó mi padre—. Han pasado días, Junior.
—Y he hecho todo lo que me pediste —respondí—. No es que esté aquí haciendo el gilipollas. No me he rajado las costillas esta noche por quedarme en mi apartamento de brazos cruzados.
Respiró hondo.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —mascullé. Me negaba a dejar que la preocupación de su tono me ablandara. No estaba preocupado por mi integridad, en realidad no; conociendo a mi padre, lo que le preocupaba era cómo le afectaría mi muerte—. ¿Puedo preguntarte algo o quieres seguir echándome la bronca?
Mi padre cerró la boca tan rápido que oí el chasquido de sus dientes. No me hacía falta verlo para saber que estaba apretando la mandíbula con suficiente fuerza como para partirse una muela. Me invadió una virulenta sensación de triunfo al saber que lo había cabreado.
Siempre sacábamos lo peor el uno del otro.
—Pregunta —gruñó.
—¿Ya se sabe lo de Tommy?
Mi padre guardó silencio durante tanto tiempo que no pensé que fuese a responderme.
—¿Por qué quieres saberlo?
Joder, debería habérselo preguntado a otra persona. Pensé que había pasado suficiente tiempo y que lo había ocultado lo bastante bien como para que mi padre se hubiera olvidado de lo de Lauren, pero, por la sospecha que percibí en su tono, me di cuenta de que me equivocaba.
—Por saber —dije.
—¿No será por la puta de su hija?
La rabia me quemaba la sangre. Los hombres como mi padre eran la razón por la que el parricidio existía. Respiré hondo y me contuve, esforzándome por usar un tono impasible que me había llevado años perfeccionar.
—No. ¿Ya se ha denunciado la desaparición de Tommy o no?
—Ayer. ¿Cuándo vuelves a casa? Tu madre está preocupada.
Ah, el chantaje emocional. Por supuesto que iba a recurrir a eso cuando la presión no funcionaba.
—Dentro de unos días. Tengo que investigar una cosa en la ciudad.
Me colgó.
Cuando dejé el teléfono, me temblaban las manos. Un día, mi maldito genio me iba a hacer estallar y arrasaría con todos los que me rodeaban. Tantos años de resentimiento sin resolver pesaban entre mi padre y yo, y la mayor parte era tan espantoso que me lo había guardado en lo más profundo de mi ser. Lo de Lauren ocupaba el primer lugar en la lista. Nunca olvidaría sus palabras la noche en que Tommy me había dado una paliza: «Mejor que suceda ahora, así, a que Lauren salga herida de verdad».
Tal y como lo había dicho, hubiera podido parecer que se preocupaba por ella, pero su siniestro tono lo había convertido en una amenaza, dando a entender que, si no me mantenía alejado de Lauren, iba a ser él mismo quien le hiciese daño.
Sí, Tommy era agua pasada, pero mi viejo seguía siendo un problema, uno con el que tendría que vérmelas, y a no mucho tardar. Llevábamos años gestando una pelea, y no una con gritos normales y corrientes, sino una de las grandes. Una en la que le diría que no quería seguir así, que no quería acabar como él y que, si continuaba por el mismo camino, era justo hacia donde me dirigía.
Como necesitaba distraerme de aquellos pensamientos, deslicé el dedo por el móvil y abrí el vídeo de Lauren, que seguía en pausa y con el zoom en su rostro. Joder, era preciosa. Pulsé el play y dejé que el vídeo siguiera avanzando: Lauren se quitó la camiseta por la cabeza y la lanzó fuera de plano. Se me puso dura al ver sus pezones oscuros, ya erizados a causa del roce del aire. Tenía la cintura estrecha, el vientre plano y las caderas anchas. Había engordado un poco en la última década y las curvas le sentaban muy bien.
La observé acariciarse el estómago hacia arriba y agarrarse las tetas. Unas tetas perfectas. Echó la cabeza hacia atrás mientras jugueteaba con sus pezones. No parecía que estuviera actuando, parecía que se estaba divirtiendo, y por eso era tan adictivo verla, por eso había visto casi todos los vídeos de su página Me4U a lo largo de los años. Cobraba vida en la pantalla, se desinhibía por completo, se entregaba enteramente al placer. Sin embargo, lo que más me gustaba era cuando dejaba entrever su personalidad cada vez que se reía o emitía ese gemidito de frustración que insinuaba que estaba cerca de correrse, pero que le faltaba un poco más.
Me sabía de memoria todos los ruidos que hacía, había estudiado la forma en que conseguía llegar al clímax. Quizá pareciese obsesivo, pero no lo era; era estratégico. Un día, usaría todo lo que había aprendido para hacer que se corriera más deprisa que nadie; la convencería de que mis manos, mi lengua y mi polla estaban hechas para su placer. Quería que me deseara, que me necesitara.
¿Era un acto manipulador? ¿Una locura? Sin duda alguna, y me importaba una mierda.
En pantalla, Lauren abrió sus enormes ojos oscuros y miró directamente a la cámara.
—Esto es lo que me gustaría que me hicieras. —Al verla pellizcarse los pezones con suavidad, tuve claro que los cien dólares extra que había pagado por las palabras guarras valían la pena—. Te haría empezar por aquí, primero con las manos y luego con la boca, hasta que estuviera bien mojada.
Me desabroché los vaqueros y me metí la mano en los calzoncillos para agarrarme la polla.
—¿Qué más? —dije con la voz grave por el deseo.
Deslizó la mano por su estómago y se la metió dentro de los pantaloncitos.
—Y luego te pediría que me acariciases aquí, pero no el clítoris ni el coño —dijo, poniéndomela más dura que una piedra al oír palabras tan obscenas saliendo de lo que antaño había sido una boca muy dulce—. Quiero que me toques cerca, pero no donde más te necesito.
No perdí detalle del movimiento de su mano bajo la finísima tela de los pantalones cortos. Estaba haciendo justo lo que había pedido: tocarse acercando los dedos cada vez más al centro.
—¿Quieres verlo? —preguntó.
—Sí, enséñamelo —dije con voz ronca mientras me frotaba la polla.
Por eso Lauren tenía tantos suscriptores. Era buena en su trabajo, hacía que pareciera que lo estábamos haciendo juntos, y no que me estaba pajeando con un vídeo.
Mostró una tímida sonrisa cuando se sacó la mano de los pantalones cortos y recorrió la cinturilla con los dedos.
—Pídelo por favor.
Negué con la cabeza. Nunca había suplicado en mi puta vida, y no iba a hacer una excepción, ni siquiera por ella.
—Bájatelos, Lauren. Quiero ver lo mojada que estás por mí.
Ensanchó la sonrisa, como si mi respuesta la hubiera complacido, y empezó a quitárselos poco a poco. Asomó un pequeño triángulo de vello bien cuidado y después los pantalones cortos siguieron el camino de su camiseta. Se quedó completamente desnuda.
Se llevó las manos de nuevo a las tetas, rodeándoselas, agarrándoselas, acariciándoselas. La recorrí con la mirada. Con tanta piel a la vista, no sabía dónde posar los ojos. Quería memorizar su imagen, y no solo la forma en que se acariciaba, sino los pequeños detalles que me demostraban cuánto le gustaba jugar con sus pezones, así como la manera en que contraía el estómago o el modo en que se le entrecortaba la respiración cuando se pellizcaba.
Cerró los ojos y, al ver sus párpados temblorosos, supe que tenía ganas de más. Sin embargo, se quedó justo donde estaba, tocándose cada vez con más fuerza hasta que se vio obligada a sentarse sobre los talones porque los muslos le temblaban. No dejó de hablar en ningún momento; me decía lo que le gustaba no solo con su cuerpo, sino con sus palabras: «Aquí, justo aquí», «Así», «Suave y luego duro».
Me pregunté si sabía cuánto me revelaba, cuánta munición había acumulado yo a lo largo de los años. No iba a tener ninguna posibilidad contra mí cuando por fin la tuviera a mi merced. En lugar de prolongar la situación como lo estaba haciendo ella, iría directamente al grano.
—Deja de provocarnos a los dos —gruñí moviendo la mano más rápido.
No estaba acostumbrado a esperar por las cosas que quería. Me estaba poniendo de los nervios y empezaba a perder la paciencia.
Como si hubiera oído mi petición, se metió una almohada entre los muslos y empezó a deslizar los dedos poco a poco hacia abajo hasta tenerlos entre ella y la almohada.
—Estoy chorreando —dijo con un gemido más que con palabras.
—No me extraña —le dije—. Te has tomado tu tiempo para traernos aquí, Lo.
Abrió un poco los ojos y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro.
—Qué gruñón.
Dejé la mano quieta sobre mi polla y pulsé el botón de pausa para comprobar si se trataba de un vídeo y no había aceptado sin querer una invitación a una sesión en directo o algo así. Al ver que Lauren se quedaba inmóvil en la pantalla, puse una mueca de decepción. Probablemente había notado mi impaciencia al mandarnos mensajes y lo estaba usando en mi contra. Ya encontraría la manera de vengarme una vez fuera mía.
Le di al play, notando el pulso en mis oídos, y Lauren comenzó a moverse. Yo también me moví, frotándome de arriba abajo mientras la observaba. Había visto demasiados vídeos de esa mujer como para contarlos, pero siempre había preferido los personalizados porque eran solo para mí.
Entonces el ángulo de la cámara cambió levemente, ofreciéndome una vista más lateral. Eso me hizo preguntarme si había alguien en la habitación con ella ayudándola a grabar, pero al oír el primer gemido salir de sus labios dejó de importarme todo salvo Lauren.
Su postura y la almohada tapaban la mayor parte de lo que estaba sucediendo, pero supe el momento exacto en que se metió el dedo (o los dedos) porque soltó un jadeo aún más fuerte y giró la cabeza para mirar directamente a la cámara.
—Dios, me encantas —dijo cerrando de nuevo los ojos, como si me estuviera imaginando allí con ella.
Me dejé llevar por la fantasía. Imaginé que me arrodillaba detrás de ella en la cama y le apartaba la mano para sustituirla por la mía. Que ella se acariciaba un pecho mientras yo me encargaba del otro. Que le pellizcaba el pezón y se lo acariciaba, y no dejaba de hacerlo ni cuando hundía los dedos en su interior apretado y húmedo.
—¿Te gusta lo mojada que me pones? —preguntó.
—Sí —acerté a decir—, pero te quiero más mojada aún.
Ella movía las caderas hacia delante, frotando su clítoris contra mi palma, follándose mis dedos con entrega total. Estaba gloriosa, salvaje, perfecta.
—Quiero ver cómo te corres —dije.
—Voy a correrme —dijo, como si me hubiera oído—. Vas a hacer que me corra muy fuerte.
—Estoy ahí contigo —le dije, notando que mis huevos empezaban a tensarse.
Un instante después, nos corrimos juntos. Los dos temblábamos y respirábamos con dificultad. Se me nubló la vista. Joder, había sido increíble. Ella era increíble.
La vi dejarse caer de lado sobre la cama riéndose de una manera que me causó dolor en el pecho. Se la veía tan libre, tan feliz. Habría matado, literalmente, por sentirme igual de vivo aunque fuese una vez. Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que me había reído.
Buscó mi mirada desde el otro lado de la cámara.
—Joder, ha estado genial. ¿A ti también te lo ha parecido?
Cogí un montón de pañuelos de papel y me limpié con ellos.
—Creo que ha llegado hasta el techo, así que diría que sí.
De nuevo, esa risa contagiosa.
—Voy a dormir muy bien esta noche —dijo tumbándose en la cama, indolente, con los brazos por encima de la cabeza y los dedos de los pies estirados.
Quería ponerme encima de ella y hacer que se corriera otra vez, y otra, hasta que estuviera tan agotada que apenas pudiera mantener los ojos abiertos. Solo entonces la dejaría dormir, y nada más que unas horas antes de despertarla para seguir.
—Oye —dijo, atrayendo mi mirada de nuevo hacia su cuerpo. Su expresión era franca, íntima, y le brillaban los ojos a causa del placer—. Gracias por hacer esto conmigo.
—No me des las gracias, Lo —le dije—. No me des las gracias nunca.
Bloqueé el teléfono y terminé de limpiarme. Cuando el placer se disipó, empecé a darle vueltas a la cabeza. No, todavía no había descubierto cómo liberarme del control de mi padre, pero necesitaba encontrar la manera de hacerlo, y rápido, porque era hora de empezar un nuevo capítulo de mi vida.
Estaba harto de hacer el gilipollas en internet como un bicho raro; necesitaba ver a Lauren en persona.