Me despierto en la casa flotante con un sombrero puesto.
¿Qué?
Miro a mi alrededor, moviéndome con recelo. Hay que tener cuidado con una resaca como esta, por si es de las monumentales. El barco no ha cambiado mucho en los últimos cinco años: el mismo tragaluz rectangular torcido, los mismos armarios de madera empotrados en las paredes inclinadas… Sin embargo, sí debería haber una novedad: Lexi tendría que estar en la cama conmigo. Una chica guapísima, extraordinaria y complicada.
Frunzo el ceño y miro hacia la claraboya, apartándome el sombrero de la frente. ¿Se ha ido ya? Creía que al menos nos tomaríamos un café, pero supongo que ha sido el karma. Por mucho que cambies, el tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio y yo me he escabullido demasiadas veces a la mañana siguiente como para no haberme ganado a pulso que me dejen plantado.
La casa flotante se balancea bajo mi cuerpo. Me agarro a la mesita auxiliar. Alguno de los barcos más grandes del puerto deportivo ha debido de pasar demasiado rápido. Curiosamente, la noche anterior sucedió lo mismo un montón de veces y encima algún idiota borracho lanzó algo contra el casco. Hizo tanto ruido que Lexi se quedó inmóvil debajo de mí, jadeando un par de veces antes de preguntarme si deberíamos ir a ver qué pasaba. Empezamos a levantarnos, luego nos besamos de nuevo y acabamos olvidándonos por completo del tema. Ha merecido la pena saltarme mis propias reglas; fue una noche increíble. Uno de esos polvos que te hacen preguntarte por qué pierdes el tiempo con otras cosas.
Vuelvo a cerrar los ojos. Dios, era guapísima. Es guapísima. Supongo que sigue siéndolo, solo que en otro lugar.
Siento una punzada fría en el estómago que nunca había notado, una especie de tristeza melancólica, y me quedo inmóvil un rato más para averiguar de qué se trata. Es como si… la echara de menos. Lo cual es ridículo. Nos conocimos ayer. Puede que sea eso que todos dicen que pasa cuando «te abres a la posibilidad de encontrar algo verdadero», la parte en la que de repente todo duele. Por ahora, no sé qué opinar al respecto.
Aparto el edredón, me quito el sombrero y busco los calzoncillos. Cuando abro la puerta de la habitación, me encuentro a Lexi de pie junto al fregadero de la minicocina, con el mismo moño enorme y la cara de mala leche que tenía cuando nos conocimos. Sonrío al verla, casi en un acto reflejo, como cuando te sobresaltas al oír un ruido fuerte. Me alegra que siga ahí. Ella no me devuelve la sonrisa.
—Anda —dice—. Te has levantado. Estoy intentando hacer café.
—Hola. Sí, perdona, debería ser yo el que estuviera encargándose de eso —contesto, distrayéndome inmediatamente al verme en el espejo del baño.
La puerta del aseo está justo detrás de Lexi, es plegable y la hizo mi padre. Ahora mismo está recogida del todo y pegada al marco, lo que me permite ver claramente mi pelo desgreñado. Qué vergüenza.
Me doy unas palmaditas perezosas en la cabeza, a pesar de llevar veintitrés años soportando la maldición de este pelo y saber perfectamente que sin espuma no hay manera de arreglarlo. Un rizo sobresale por delante, como un signo de interrogación sobre mi frente. Debería haberme dejado el sombrero puesto.
—No hay hervidor de agua —murmura Lexi, abriendo una por una todas las puertas de los armarios. No debería llevarle mucho tiempo (solo hay cuatro), pero las abre dos veces, en distinto orden, como si no supiera cuál ha sido la última en la que ha mirado.
Supongo que Lexi tampoco tiene muy buen despertar.
—Ya, no —digo, volviendo a aplastarme el pelo—. De todos modos, no creo que el barco esté conectado a la corriente del muelle ahora mismo, y… —Me agacho para abrir el frigorífico que hay debajo de la encimera y hago una mueca. Huele a queso rancio—. Sí, la batería está descargada.
Me quedo pensando mientras cierro la nevera. Qué raro. Está llena de comida. Compré el barco tal y como estaba, con electrodomésticos y muebles incluidos, y la vendedora accedió a dejar también la ropa básica de cama y el menaje esencial de la cocina, porque era una casa de alquiler y en realidad no tenía apego a ninguna de esas cosas. Pero ¿también incluía la comida?
—¿La nevera no funciona? —me pregunta Lexi, agachándose para meter la mano dentro—. Mierda. No me había dado cuenta.
Se frota la frente. Entre las cortinas de la ventana de la cocina se cuela un rayito de sol que se refleja en el delicado anillo de oro que lleva en el dedo meñique. La cocina del barco da directamente a una sala de estar de unos tres metros por dos en la que hay una estufa de leña, dos asientos fijos y un sofá esquinero. Los sillones fijos son nuevos. No es que me encanten…, pero no hay espacio para nada más. Frunzo el ceño al ver que, durante la noche, los cojines del sofá han acabado en el otro extremo del barco. Algo que también me parece… bastante extraño. ¿Lo hicimos nosotros ayer?
—Ahora mismo estoy un poco perdida, pero creo que no puedo ofrecerte un café —dice Lexi, comprobando la temperatura de la leche con el dorso de la mano.
—No tienes por qué hacerlo. ¿Qué te parece si salgo a comprar un par? Puedo pillar unos bollos y dos cafés con leche.
Ella me mira, como aterrizando de repente. Me pregunto si habrá sido la palabra «bollos» lo que ha captado su atención, o lo del café con leche.
Se queda observándome. Recorre con la vista mi pecho desnudo y se fija en mi pelo alborotado. Los ojos de Lexi son muy redondos y de color azul hielo. Como los de un tiburón, pero en bonito. Fueron lo primero que me llamó la atención de ella en el bar. Bueno, lo primero no, lo primero fue aquella frase que le oí decir: «Las sufragistas dieron su vida para acabar con todas esas mierdas». Lo segundo, sus curvas, y luego, sus ojos. Ellos fueron los que me hicieron saltarme mis propias reglas.
—La verdad es que hoy estoy bastante liada… —contesta, mirando hacia otro lado.
Adiós al café, entonces. Vale. Muy bien. Probablemente sea lo mejor.
—¿Puedo acompañarte hasta tu barco?
Vuelve a clavar sus ojos en los míos.
—¿Qué?
—Bueno…, había pensado que, a lo mejor…, podría acompañarte. ¿No?
Me mira como si fuera idiota, aunque la noche anterior me dijo: «Eres un tío listo, ¿verdad? No me refiero a bueno en los estudios, sino a listo de verdad». Me hizo ridículamente feliz. Nunca antes me habían llamado «listo», excepto en alguna frase del tipo: «Te crees muy listo, ¿no, Ezekiel?».
—No hace falta que me acompañes a ningún sitio —contesta—. No pienso moverme de aquí. Voy a quedarme en el barco.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—Que voy a quedarme en el barco —repite lentamente—. Es la casa flotante de mi amiga Penny. Y voy a quedarme aquí una temporada.
—¿Qué? ¡De eso nada! Esta casa flotante es mía —replico, apoyando una mano en la encimera mientras el suelo se mueve bajo mis pies—. La compré el miércoles.
Los ojos de Lexi se vuelven todavía más grandes.
—¿Me estás vacilando o qué? —me pregunta, estirándose al máximo de su metro cincuenta y cinco de altura, metro sesenta y uno si contamos el moño, como ella misma me dijo en el bar.
—No —contesto, intentando centrarme. Necesito agua, algo de fritanga y uno de esos cafés tan fuertes que te erosionan el paladar al beberlos—. Era de mi padre. Vivía aquí cuando yo era pequeño. Hace unos años murió y la vendí, pero luego decidí… eso. Volver aquí para comprarla otra vez. ¿No hablamos del tema ayer por la noche?
Lexi sigue con cara de póquer.
—Ayer por la noche hablamos de que te habías comprado una casa flotante, sí —dice—. Pero no esta en concreto. Porque esta es de Penny.
Creo que… me estoy perdiendo algo.
—¿Estás de coña? —le pregunto.
Lexi se mete la mano en el bolsillo trasero de los vaqueros y saca el teléfono móvil frunciendo el ceño, pero luego vuelve a guardarlo.
—Vale, no tengo cobertura, pero, si la tuviera, te lo demostraría: está en alquiler en Houseboat Getaway Rentals.
—Estaba en alquiler en Houseboat Getaway Rentals —le confirmo—. Antes de que yo la comprara. ¿Por casualidad esa tal Penny se llama Penelope Manley? —Lexi se queda inmóvil.
—Sí —responde en voz baja, con desconfianza.
—Vale —digo aliviado—. Pues acaba de venderme este barco.
—No puede ser —replica, tras una pequeña pausa—. Es imposible. Si hubiese puesto en venta el barco, me lo habría dicho. Además, ya no aparecería en Houseboat Getaway, ¿no? Eso es… No. —Frunce el ceño, con los hombros tensos. Está empezando a enfadarse—. ¿Por eso volviste conmigo a casa desde el pub? ¿Para poder subirte al barco y reclamar tus derechos como okupa o algo así?
—¿Qué? ¡No! Si ni siquiera… —Me froto los ojos con fuerza—. Anoche… —Intento reconstruir lo que pasó—. Te traje al puerto. Hablamos con Paige, la ayudaste a solucionar lo de la cuerda y luego… entramos. ¿Cómo no te diste cuenta de que esta casa flotante era mía?
—Fuiste tú el que la ayudó con lo de la cuerda. Y fui yo quien te trajo al puerto.
Eso me parecen minucias semánticas sin importancia, como diría mi hermana Lyra.
—¿No te pareció raro que Paige dijera que era mi barco?
—Es que no lo dijo —replica Lexi, mirándome fijamente—. Dijo… —Se lleva la mano a la frente—. No lo recuerdo bien, pero, si lo hubiera dicho, me acordaría. Esto es absurdo. Penny no vendería la casa flotante sin avisarme. La llave seguía en el cajetín y todo está igual que siempre…
—Ayer recogí las llaves en la empresa que gestiona el alquiler del barco —le aclaro. Aunque la verdad es que no comprobé que no hubiera ninguna copia en el cajetín, así que supongo que podría estar diciendo la verdad.
—Esto no tiene ningún sentido.
Lexi mira a su alrededor, observando las cortinas de color mostaza que cubren las ventanas, los aburridos cuadros de marinas y el reloj kitsch con forma de perrito corgi que está atornillado a la pared, en el estrecho espacio que hay entre el marco de la puerta del dormitorio y los armarios de la cocina. La imito y me fijo en la hora. Las doce y media. Siempre he sido bastante dormilón, pero esto es tarde incluso para mí. Cuando me giro hacia Lexi la veo un poco hecha polvo, como si alguien acabara de darle una noticia malísima, y de repente me siento fatal, porque creo que ese alguien puedo haber sido yo.
—¿Vamos a tomar un café y lo hablamos tranquilamente? —le propongo. Ella vuelve a mirar el móvil con el ceño fruncido—. ¿Lexi?
—No —dice, levantando por fin la vista—. No pienso salir de esta casa flotante. No me parece lo más sensato, dadas las circunstancias. —Me dedica una de sus escasas sonrisas que, dicho sea de paso, resulta totalmente falsa—. Pero tú puedes largarte, si quieres.
Ya.
—¿Nos sentamos, al menos?
—Como mínimo podrías ponerte unos pantalones, si vas a sentarte en el sofá de Penny.
—No es…
Me lo pienso mejor. Ahora no. Primero un chute de cafeína.
—Voy a vestirme —digo, dando media vuelta para entrar en la habitación.
Mi bolsa está encajada al lado de la cama, en un charco de luz solar. Allá afuera debe de hacer un día de julio perfecto, porque por la claraboya se ve un rectángulo de cielo azul intenso.
Mientras me pongo los pantalones de ayer por la noche y la única camiseta limpia que he metido en la bolsa, intento aclararme las ideas. Ya es bastante raro haber vuelto a la antigua casa flotante de mi padre, como para añadir a la ecuación una mujer guapísima que no me deja sentarme en el sofá.
Cuando salgo de la habitación, veo a Lexi mirando fijamente la pequeña estufa de leña, como ensimismada. Tiene un aspecto un poco intimidante, entre la chaqueta de cuero, el ceño fruncido y las piernas separadas, como si esperara que alguien fuera a hacerle perder el equilibrio. Me entran ganas de conocerla mejor, cosa a la que no tengo derecho. Solo ha sido un rollo de una noche, aunque se haya alargado un poco más. Fue muy clara al respecto y…
—Quiero que te vayas —me suelta.
… definitivamente, no ha cambiado de opinión.
—Lo de anoche fue…, bueno, tú ya lo sabes, estabas allí —dice—. Pero teníamos un acuerdo, así que nada. Gracias y adiós.
Ahora soy yo el que la observa fijamente. Puede que quiera hacerse la dura, pero está evitando mirarme a los ojos. Me viene a la mente el recuerdo de ambos besándonos contra la valla del muelle, ayer por la noche. «¿Qué coño me estás haciendo, Zeke? —me dijo—. Estoy temblando, literalmente».
—No pienso largarme. Este barco es mío. —Saco el móvil. No tengo cobertura. Ya sé que Gilmouth no es precisamente una gran urbe de Northumberland, pero ¿cómo es posible que aún no hayan solucionado lo de la pésima cobertura telefónica?—. Seguro que puedo encontrar algo en los correos electrónicos que demuestre que lo he comprado. —Busco entre los mensajes descargados, intentando no cabrearme. La gente suele tomarme por un blandengue; tal vez sea por la ropa, o por mi «propensión a soñar despierto», como dice siempre mi madre. Pero sé defenderme cuando es necesario—. Vamos a algún sitio donde haya cobertura —propongo, olvidándome de los correos electrónicos. Parece que solo hay descargadas newsletters de marcas contándome lo ecológicas que son.
—Vale. Tú primero —contesta ella, señalando la puerta con la cabeza.
—¿En serio? —Lexi se limita a parpadear—. ¿Quieres que salga yo antes? ¿Para qué? ¿Para poder… echarme de mi propio barco?
—No tengo ninguna evidencia de que seas el dueño de este barco.
—¿Y la llave? —digo, palpándome los bolsillos. Pero resulta que no tengo ni idea de dónde está. ¿En la mesilla de noche? ¿En la bolsa?—. A ver, si quieres podemos salir los dos a la vez.
Ambos nos giramos hacia la puerta baja y estrecha que da a la cubierta.
—Esto es absurdo —declara Lexi.
—Y tanto.
Nos quedamos callados, observando la puerta. Ella me mira para ver si me muevo. Yo le devuelvo educadamente la mirada, pero sin intención de ir a ninguna parte.
—Vale, ya salgo yo primero —dice Lexi.
Abre la puerta de un tirón pero se queda inmóvil, enmarcada por el cielo.
Me permito admirarla. Su silueta de reloj de arena, el moño agitándose en lo alto de su cabeza mientras el agua nos mece de un lado a otro, y sus grandes botas negras apoyadas en el escalón inferior. Nunca había conocido a nadie como Lexi. De repente, siento otra punzada fría en el estómago. No quiero que salga por esa puerta.
—Espera —le pido, justo cuando se gira para mirarme.
Me sobresalto. Su expresión ha cambiado por completo. Parece… horrorizada.
—Zeke —dice, mientras sube tambaleándose por los escalones para salir a la pequeña cubierta.
Estoy justo detrás de ella. Asomo la cabeza por la puerta. Lo primero que me choca es el olor, no lo que veo: huele a fresco, como a sol y a salitre.
Enderezo la espalda, mirando fijamente el mar.
Agua. Solo hay agua. Mar y cielo, mar y cielo, mar y cielo. Ni rastro de ningún barco. Ni de ningún puerto.
Ni de tierra.
—Joder —dice Lexi, aferrándose a la barandilla—. Zeke, ¿estamos en mar abierto?
Me desplomo sobre la barra de The Anchor, extendiendo una mano hacia la copa de vino tinto que está sirviéndome Marissa. Me la ha dejado un poco lejos, así que empiezo a buscarla a tientas y acabo levantando la cabeza para encontrarla. Frunzo el ceño y ella sonríe.
—¿Todo preparado en la casa flotante?
—Bueno, la he llenado hasta los topes de carbohidratos, queso y alcohol, si te refieres a eso.
—Lo esencial. Siento mucho lo de la habitación —dice.
Bebo un trago de vino y vuelvo a inclinarme hacia delante para apoyar la mejilla en la superficie pegajosa de la barra. El olor del pub me resulta superfamiliar: huele a lúpulo y aceite para freír, y también hay un vago tufillo a moqueta sucia recién aspirada. Es el aroma de mi infancia. De mi vida, en realidad. Aquí me crie y aquí sigo.
—Tranquila. No es culpa tuya que me haya dado por ponerme melodramática justo esta semana —contesto, sonriendo con cinismo al pescador que me mira desde la otra punta de la barra.
Los pescadores son fáciles de distinguir, por los pantalones impermeables y las arrugas. De pequeña, siempre eran los peores con las muestras de afecto. «¡Qué niña tan bonita! —le decían a Penny cuando a los cinco años empezó a pasar tiempo en el pub—. Linda como una ratoncita». Pero a mí, que tenía el pelo cortado a tazón, los hombros cuadrados y rasgos masculinos, siempre me decían: «¡Hola, chaval!». Este pescador en concreto parece intimidado por mi sonrisa falsa y vuelve a concentrarse en su pinta de cerveza.
—Bueno, aun así, siento haber programado la obra precisamente para la semana en la que has decidido volverte loca —dice Marissa, dándome una palmadita en la mano.
Ahora Marissa es la propietaria de The Anchor; se lo vendimos cuando estábamos tan al borde de la quiebra como para poder permitirnos el lujo de renunciar definitivamente al sueño de nuestra madre. Sigo formando parte de la dirección, pero ahora es Marissa la que me paga a mí en vez de al revés. A todo el mundo le dio pena que Penny y yo tuviéramos que vender el pub y mudarnos a uno de los pisos nuevos de la zona, pero para mí fue un alivio.
Marissa está redecorando las habitaciones de arriba, así que no puedo quedarme aquí. Es una faena, teniendo en cuenta que acabo de largarme de casa con la mitad de mis pertenencias en una bolsa de lona y no tengo ningún otro sitio a donde ir.
Menos mal que la casa flotante está libre esta semana. Tuve que intentarlo cinco veces antes de acertar la combinación del cajetín de las llaves, pero al final lo conseguí.
—Necesitas más amigos —dice Marissa. Seguramente está en lo cierto. Pero no soy de las que tienen un montón de conocidos. Tengo a mi gente, a la que quiero con locura y que se ha ganado a pulso un sitio en mi vida. Tengo a mi familia. Y eso es todo. Debería intentar hacer nuevos amigos, la verdad, pero para eso hay que salir al mundo exterior y, lo peor de todo, esperar a ver si sigues cayéndole bien a la gente—. Y un novio —añade.
—¿Qué estamos, en los años cincuenta? No necesito ningún novio. Las sufragistas dieron su vida para acabar con todas esas mierdas, Marissa.
—Pues algo necesitas —replica esta, limpiando el grifo de Stella—. Aparte de tu trabajo. Que ni siquiera te gusta, por cierto.
—¡Claro que me gusta! —protesto, todavía con la cara apoyada sobre la barra en la que trabajo.
—Solo lo dices porque te pago.
—Antes tenía a Mae —digo, avergonzándome al notar que se me quiebra la voz al pronunciar su nombre—. No necesitaba nada más.
—Todavía tienes a Mae, Lexi —murmura Marissa—. Solo que puede que ya no a todas horas.
Levanto la cabeza y me revuelvo en el asiento, con el corazón encogido. No puedo pensar en eso. En dejar de ver a Mae despertándose con las trenzas torcidas cada mañana. En no poder verla bajando las escaleras sujetando al conejito Harvey con el interior del codo cuando no puede dormir. En no poder presenciar todos esos instantes triviales de su día a día, esos que hacen que mi vida tenga sentido.
Bebo unos cuantos tragos más de vino. Marissa me observa muy seria y se pone las gafas en lo alto de la cabeza, haciendo que un mechón de pelo castaño claro se le quede de punta por detrás. No me molesto en decírselo porque sé que le da igual.
—Creo que lo que de verdad necesitas es una distracción —opina, girándose para echar un vistazo al bar—. Ese —dice—. El hombre de la ventana, el del libro.
—Seguro que es un estirado —digo, sin molestarme en mirar.
—Eso es un prejuicio enorme hasta para mí —replica Marissa, volviendo a ponerse las gafas en la nariz—. Aunque puede que no estés tan equivocada. Va vestido como para una sesión de fotos de una revista. Pero está leyendo un libro de autoayuda. Y está tomándose una pinta de cerveza bitter. No sé cómo hacer encajar todo eso. ¿Lleva unos pantalones de terciopelo?
Vale: ha hecho que me pique la curiosidad. Me giro en el taburete para mirar al tío que está sentado en el sillón de cachemira de al lado de la ventana, el que tiene las mejores vistas del muelle.
Su pinta es lo primero que me llama la atención: chaleco de traje gris de seda, sin nada por debajo, y tres cadenas finas de plata sobre el pecho desnudo. Lleva unos pantalones de terciopelo negro metidos por dentro de las botas y tiene las piernas extendidas relajadamente debajo de la mesa. Normalmente, los únicos hombres que se ven en The Anchor con los pantalones metidos por dentro de las botas son senderistas, y no tienen ese aspecto.
La guinda del pastel es una maraña de rizos de color marrón oscuro divididos por una raya al medio. Es mucho más joven de lo que he imaginado cuando Marissa ha dicho «el hombre del libro». Debe de rondar la veintena. Pero tiene pinta de ser un alma vieja. Me lo imagino sentado en un pub en los años veinte, con unos tirantes, o tal vez incluso antes; puede que encajara más apoyado lánguidamente en la chimenea del salón de baile de los Bridgerton.
Trago saliva. No quiero estar con un tío así. Si tengo que distraerme, prefiero a alguien con quien me sienta cómoda. A alguien normal y corriente.
—Si es casi un adolescente —señalo, girándome hacia Marissa.
Ella lo mira con los ojos entornados.
—Sí, es un poco joven. Los bíceps me han despistado.
Muy a mi pesar, miro hacia atrás por encima del hombro. El tío se ha movido y ahora puedo ver la portada del libro. Casi me da un ataque de risa. Cómo sobrevivir al amor moderno. Es una guía para ligar que ahora mismo está en boca de todos. Penny lleva semanas intentando que lo lea. Está dirigido a mujeres desesperadas que creen que su reloj biológico ha empezado la cuenta atrás, es decir, a mí, no a veinteañeros con pinta de liderar un grupo de pop-rock de cierto éxito. Si es que el pop-rock todavía existe.
El chico levanta la vista y me mira a los ojos. Un escalofrío me recorre de arriba abajo, como un pájaro sobrevolando la superficie del agua. Luego levanta las comisuras de los labios, sonriendo con curiosidad, y se le forma un pequeño hoyuelo en la mejilla.
Vuelvo a girarme hacia Marissa. De repente, tengo el corazón a mil.
—Creo que acabo de presenciar un flechazo —murmura esta—. Con cruce de miradas, chispas saltando y todo.
—Lo que acabas de presenciar es a un tío preguntándose por qué las dos únicas mujeres que hay en el pub le están mirando tan descaradamente los pantalones.
—Ese chico está acostumbrado a que lo miren —dice Marissa, dándole otro repaso visual por encima de las gafas—. Uno no se viste así para encajar. Espera, está llamándome Penny —dice, mirando el móvil.
—No contestes.
Marissa me fulmina con la mirada.
—Tendrás que mentirle cuando te pregunte si estoy bien. Y tú odias mentir.
Pone los ojos en blanco, pero deja que el móvil siga sonando mientras lo mira con el ceño fruncido.
—Porras —dice. La «palabrota» favorita de Marissa. Antes juraba como un carretero, pero, como ahora Mae está aquí a todas horas, no le queda otra que adaptarse—. ¿Puedes ocuparte de la barra? Tengo que llamar a un proveedor.
Evalúo mi tasa de embriaguez. Nivel medio. Más que aceptable aquí, en The Anchor.
—Claro —contesto, bajándome del taburete.
Mientras me meto detrás de la barra, cojo el delantal y me lo ato a la cintura, el veinteañero lector de los pantalones de terciopelo se acerca. Fulmino con la mirada a Marissa, que mira hacia atrás por encima del hombro y me sonríe con suficiencia yendo hacia la puerta. Una coordinación perfecta. «¿Llamar a un proveedor?». Y una mierda. Ha visto que el tío iba a pedir otra ronda y quería que yo estuviera detrás de los grifos antes de que llegara a la barra.
—¡Creía que odiabas mentir! —le grito mientras abre la puerta.
—¡Eso no quiere decir que se me dé mal! —grita a su vez Marissa en respuesta.
Y, de repente, ahí está él, justo delante de mí.
—Hola, ¿quieres tomar algo? —me pregunta, ladeando la cabeza.
Es más alto de lo que me parecía en la mesa y habla en voz muy baja. Apoya los antebrazos en la barra mientras me mira. Tiene las cejas bastante pobladas, casi demasiado para la delicadeza de sus rasgos, y esa belleza que solo funciona en ciertos momentos pero que, cuando lo hace, es despampanante.
—Creo que esa es mi frase —replico.
Él guarda silencio, pensativo.
—Ah —dice finalmente, mirando hacia el sillón de cachemira—. Es que cuando estaba allí sentado pensando en qué decir… no eras la camarera.
Aprieto los labios para reprimir una sonrisa. Espero que no se dé cuenta de cuánto me ha sorprendido. Sé que debería tener la seguridad suficiente como para pensar que un hombre así podría acercarse para invitarme a una copa, pero no la tengo. Ya no. Soy demasiado consciente de que se me ven las raíces sin teñir y de que llevo puesta una chaqueta de cuero que debo de tener desde primaria.
Por no hablar de esta angustia persistente que siento en el pecho. De esta sensación de pérdida. Puede que el problema no sea que tengo treinta y un años, sino que me siento como si tuviera cien.
—Bueno, las cosas cambian —digo—. ¿Qué te pongo?
—Ah. ¿Un gin-tonic doble?
Cojo un vaso limpio. Él me observa con el entrecejo ligeramente fruncido. Marissa tiene razón: hay algo en él que no encaja. Diría que es el típico artista solitario, un poco melancólico, un poco perdido. Un emo buenorro que ha nacido en la década equivocada. Pero eso no pega nada con el flamante libro de autoayuda que tiene en la mano.
Me pilla mirándolo.
—¿Lo has leído? —me pregunta.
—No. ¿Está bien?
—Al parecer, muchos creen que sí —dice, dándole la vuelta para mirar la contraportada—. Según lo que pone aquí, «es la respuesta a todas nuestras plegarias: una guía para encontrar una relación auténtica a pesar de los artificios restrictivos de la modernidad».
Levanto las cejas.
—Y tú ¿qué opinas?
Se toma su tiempo para pensar la respuesta, inclinando la cabeza hacia el otro lado. Sus ojos tienen un aire un tanto soñador, casi somnoliento; curiosamente, eso me resulta sexy, como si estuviera viéndolo recién despertado.
—Que es una sarta de gilipolleces —contesta tranquilamente.
Me veo obligada a contener otra sonrisa.
—Nueve cincuenta —le digo, pasándole el gin-tonic con lima.
Si no me hubiera dado cuenta por el acento de que era del sur, lo habría hecho por la cara que acaba de poner: se queda un poco pasmado al ver que le cobro menos de diez libras por una copa doble.
Acerca el teléfono al lector de tarjetas, antes de empujar el vaso hacia mí.
—Es para ti —dice—. ¿Qué tal lo he hecho?
Me quedo pensando. Me gusta el gin-tonic.
—No está mal —respondo, aceptándolo.
Por primera vez esboza una sonrisa como es debido. Tiene los incisivos un poco torcidos, uno encima de otro, como si fueran dos dedos cruzados. Pero la reprime antes de que acabe de formarse del todo.
—¿Puedo preguntarte cómo te llamas? —dice.
Desvío la mirada para echar un vistazo al pub y veo a los clientes habituales: Barney, Hazzer y la mujer que siempre pide un whisky doble. No soy capaz de decidir si quiero que vengan a salvarme de esta conversación o que se queden donde están.
—Lexi —respondo finalmente, porque no se me ocurre ninguna buena razón para no contestar.
—Zeke. Ezekiel Ravenhill. Te doy el nombre completo por si quieres investigarme en internet. —Le da unos golpecitos con el dedo a Cómo sobrevivir al amor moderno—. Aquí pone que, antes de «avanzar con un individuo», hay que investigarse mutuamente en todas las redes sociales posibles. Está en el capítulo de las ventajas de la vida moderna.
Miro el libro horrorizada.
—No jodas, ¿en serio? —Dirijo la mirada a Zeke—. ¿La gente hace esas cosas? —Contengo a duras penas el «hoy en día», evitando por los pelos parecer una vieja de ochenta y cinco años.
—Bueno, yo no —contesta él—. No tengo redes sociales.
—¿En serio? ¿No usas ninguna?
Me parece inconcebible: yo soy totalmente adicta a Instagram. A veces ni me doy cuenta de que he abierto la aplicación, simplemente estoy ahí, haciendo scroll en las vidas de los demás, entristeciéndome progresiva y previsiblemente.
—No son lo mío. —Se encoge de hombros, sentándose en un taburete—. Este libro dice que tienes que aceptarlas si quieres sobrevivir, así que… supongo que soy una especie en extinción.
Lo dice con una tristeza que parece real, lo cual me sorprende bastante; me cuesta creer que un hombre así necesite los consejos de un libro de autoayuda. Por ejemplo, me mira con mucha seguridad, con mucha calma. Hasta cuando no estoy dirigiendo la vista hacia él puedo sentir su mirada suave y cálida.
No suele gustarme que me observen. Cuando estoy con Mae es más fácil, porque nadie se fija en ti cuando vas con un niño. Es como si pasaras a otra categoría de personas en la que siempre eres la actriz secundaria. Cuando eres camarera sucede lo mismo, en realidad: te conviertes en parte del decorado. Y me parece perfecto.
Los ojos de Zeke se alejan de mí mientras echa un vistazo al bar. Y, para mi sorpresa, descubro que quiero que vuelvan.
—Perdona —dice—. Estoy teniendo una sensación de déjà vu muy rara. ¿Antes este sitio tenía la moqueta azul?
—Pues sí. —La cambiamos cuando murió mi madre. Una gran reforma que todavía no nos habíamos dado cuenta de que no podíamos permitirnos—. ¿Habías estado aquí antes?
—Hace tiempo, sí. Mi padre vivía en una casa flotante en el puerto deportivo, así que de niño venía mucho a Gilmouth. Pero solo he vuelto una vez desde los trece, para vender su barco cuando murió.
—Vaya —digo un poco impactada—. Lo siento.
—No pasa nada. Volví a comprarlo ayer.
—Ah, vale —replico, intentando recuperarme.
—Por eso he venido. Para volver a comprar el antiguo barco de mi padre, cinco años después de su muerte. Tengo dos días libres en el trabajo y un gran plan para olvidar el pasado y… aclararme las ideas. —Sacude los rizos, como si intentara sacarse el agua de los oídos, sonriéndome con tristeza—. Según mi hermano, todo forma parte de la crisis del cuarto de siglo.
Recuerdo que acabo de mudarme a escondidas a la casa flotante de mi mejor amiga, con una maleta y dos bolsas de comida de Tesco, y me pregunto si Zeke y yo tendremos más cosas en común de lo que creía.
—¿Así que ya conocías The Anchor? —le pregunto.
Sus ojos cansados vuelven a posarse en los míos. Son de color marrón claro, casi ambarino.
—Mi padre nunca me trajo aquí de niño —dice—. Pero puede que estuviera cuando vine a vender el barco. Este pub me suena mucho. Pero tú no y creo… que me acordaría de ti. ¿Trabajabas aquí en…? —Mira hacia un lado mientras intenta recordar la fecha—. ¿En el verano de 2019?
Intento recordarlo. La verdad es que no. Pasé aquel verano en una caravana en Devon con Theo, un hombre con cara de niño que esperaba que fuera el amor de mi vida. Se hizo un tatuaje que ponía «eternamente Lexi» en la parte superior del brazo paliducho, un extraño acto de rebeldía que no le pegaba nada; creo que fue porque su ex le había dicho que le gustaban los hombres con tatuajes. Aun así, tuve el sentido común de no tatuarme «eternamente Theo»; me acusó de tener fobia al compromiso, pero resultó ser una buena decisión. Cuando le dije que pensaba volver a casa para ayudar a mi mejor amiga a criar a su hija, se largó tan rápido que hasta se dejó su querida Nintendo Switch.
—No —contesto—. Fue uno de los pocos veranos que tuve libres.
Mi único verano libre, en realidad.
—Lo sabía —replica Zeke—. Eres demasiado guapa como para olvidarte. —No puedo evitar soltar una carcajada—. ¿Crees que lo digo de coña?
—Creo que no es la primera vez que usas esa frase tan cursi.
—Lo digo en serio. Eres guapísima.
—No es verdad, pero gracias.
Zeke se queda callado; tengo la sensación de que está un poco perdido.
—Perdona, pero ¿cómo que «no es verdad, pero gracias»?
Estoy un poco aturdida por el vino y siento la necesidad de alejarme físicamente de sus cumplidos… No soporto cómo me hacen sentir. Remuevo con la pala los hielos de la cubitera para despegarlos.
—Bueno, Zeke Ravenhill, el de las frases con gancho —digo, apuñalando con saña un pegote de hielo especialmente grande—. ¿Cómo voy a saber que no eres un gilipollas integral si no puedo investigarte en las redes sociales?
Vuelve a bajar la vista hacia su ejemplar de Cómo sobrevivir al amor moderno. Creo que está sopesando si va a permitirme cambiar de tema.
—Tampoco creo que me pusiera a pregonar mis defectos en Instagram si lo tuviera —dice finalmente, acariciando la cubierta del libro—. Pero es una buena pregunta. Si quieres, podemos llamar a mi madre.
Vuelvo a meter la pala en la cubitera e intento quedarme quieta, cruzándome de brazos. Estoy un poco nerviosa. Hacía mucho tiempo que no me sentía así con un hombre; había olvidado lo excitante y emocionante que es tontear con alguien.
—¿Qué diría? —le pregunto.
Zeke esboza una pequeña sonrisa.
—Seguramente que soy un rompecabezas. Es lo que suele decir. «Bueno, Ezekiel es un poco rarito. Pero tiene buen fondo y, cuando se dé cuenta de su potencial, seguramente llegará muy lejos», etcétera. El tipo de cosas que se dicen del hijo con menos éxito.
Me apoyo en el mostrador que tengo detrás. Me pregunto si se habrá dado cuenta de lo revelador que resulta eso y de que me atrae mucho más que las típicas frases para ligar. Siempre he tenido debilidad por las personas un poco atormentadas. Vuelvo a pensar en el consejo de Marissa de que necesito una distracción y veo de nuevo por un momento a la mujer que era antes, a aquella mujer que nunca consideraba que un tío era demasiado bueno para ella.
—¿Y es verdad? ¿Tienes buen fondo? —le pregunto.
—Tengo muchas cosas buenas —bromea él con cara inexpresiva.
Normalmente, cuando un tío intenta ligar conmigo, la conversación es un poco tensa, como si las expectativas fueran aumentando con cada palabra que se pronuncia, pero me da la impresión de que Zeke simplemente está… jugando. Me confunde.
—¿Estás tonteando conmigo para echar un polvo? —le pregunto, mirándolo a los ojos.
Soy incapaz de interpretar su reacción. Esperaba que se sorprendiera, pero se limita a bajar la mirada un instante, como para recuperar la compostura, o puede que para pensárselo.
—Estoy tonteando contigo porque me pareces muy interesante y guapa —responde tranquilamente, volviendo a mirarme—. Y puede que también porque tienes pinta de estar un poco… —«No digas triste. No digas sola»—. ¿Aburrida? —Parpadeo—. Pero ¿es eso lo que tú quieres, Lexi? —Baja un poco la voz y siento un nudo en el estómago—. ¿Es eso lo que buscas?
Abro la boca para decir que sí, pero en el último momento le suelto:
—Tengo treinta y un años.
—Vale. Y yo soy Piscis —dice Zeke tan tranquilo—. ¿No estamos intercambiando datos sobre nosotros mismos? ¿El juego no va de eso? —pregunta, al ver mi cara de indiferencia.
Resoplo.
—Tú debes de andar por los veinte. Sería muy raro. Eres demasiado joven.
—Tengo veintitrés. No soy demasiado joven. Solo lo justo —dice mientras otra sonrisa pícara hace aparecer un hoyuelo en su mejilla izquierda.
La idea de pasar la noche con un desconocido ocho años más joven que yo me parece decadente y prohibida, pero ahora ya no tengo que preocuparme por levantarme temprano. No tengo ninguna personita por la que volver a casa. Mae está con Penny y Ryan. Ya tiene toda la gente que necesita.
—Solo una noche —me sorprendo diciendo—. Una noche loca, desenfrenada y divertida. Quiero emborracharme y pasármelo bien.
Él inclina la cabeza hacia un lado.
—Puedo dártela. —El calor se despliega en mi vientre como una cuerda serpenteante—. ¿A qué hora sales? —me pregunta con voz firme—. Tómate una copa conmigo. Una como es debido —dice, mirando el gin-tonic que apenas he tocado mientras me entretenía detrás de la barra.
—En realidad no estoy trabajando oficialmente. Así que… volveré a estar libre en cuanto Marissa entre de nuevo por esa puerta.
Desvío la mirada hacia la entrada del bar. Él se gira excesivamente despacio, para poder ver también la puerta. De vez en cuando, me mira por encima del hombro con picardía. Esperamos. Un leve latido me recorre todo el cuerpo. No recuerdo la última vez que hice algo así. Algo irresponsable. Algo espontáneo.
La puerta se abre. Me llevo inmediatamente la mano al delantal para desatar las cintas, con los dedos un poco temblorosos.
—¿Adónde vamos? —me pregunta Zeke mientras rodeo la barra para acercarme a él.
—A ninguna parte —contesto—. Esto es Gilmouth. Si quieres tomar algo, no hay otro sitio a donde ir.
Adiós a lo de «comprometerse a largo plazo, tanto en la teoría como en la práctica». Adiós a lo de «poner todo el empeño en buscar una relación auténtica». Dejo mi ejemplar de Cómo sobrevivir al amor moderno en la barra, mientras Lexi y yo vamos hacia los sillones de al lado de la ventana: el mero hecho de verlo me hace sentir culpable. De todos modos, es el libro más absurdo de este tipo que he leído hasta ahora. ¿Qué narices son los «artificios de la modernidad»?
La verdad es que llevaba mucho tiempo sin hacer esto y creo que lo echaba de menos. Este tira y afloja con alguien que en realidad solo quiere una cosa de mí, algo que sé que puedo darle. Eso supone infringir mis propias reglas, pero… ¿qué importa un polvo más o menos? ¿Qué daño puede hacer?
En la calle, las farolas se han encendido y se recortan doradas y resplandecientes sobre las siluetas de los mástiles del puerto deportivo. Lexi apoya los pies sobre el radiador antiguo que hay bajo la ventana y yo la imito acercando mis botas negras a las suyas. Estamos casi tocándonos, pero sin hacerlo.
En el ambiente se respira una promesa silenciosa de lo que nos depara la noche. Me dejo llevar por su ritmo. Por la forma en la que nuestras miradas se cruzan, se alejan y vuelven a encontrarse, y por cómo nuestros cuerpos se acercan el uno al otro. No dejo de darle vueltas a lo que ha dicho Lexi —«solo una noche»— y a la forma en la que lo ha hecho, como si verbalizar su deseo bastara para excitarla.
—¿Llevamos las mismas botas? —me pregunta, mirándolas por encima del vaso.
Le doy un golpecito suave en el pie con el mío.
—¿Algún problema?
—Que a ti te quedan mejor. —Me río. Ella permanece imperturbable; apenas ha esbozado una sonrisa desde que hemos empezado a hablar. Incluso recostada en el asiento y con los pies en alto, mantiene un brazo cruzado sobre el cuerpo, a modo de escudo. La actitud de Lexi es así: un poco retraída y taciturna, como si alguien le hubiera bajado el volumen. Se nota que es complicada. Y yo no puedo resistirme a lo complicado—. Me parece increíble que hayamos decidido pasar la noche juntos sin habernos besado siquiera —dice, mirándome—. Esto no es nada propio de mí, que lo sepas.
—¿Eso es para ti besar? ¿Una especie de casting? —le pregunto, riéndome. Me mira como diciendo: «Obviamente. ¿Qué iba a ser, si no?». Y pienso que entonces es que nunca la han besado como se merece—. Ven aquí —le digo, bajando la barbilla. Ella levanta las cejas.
—Ven tú. —Sonrío. La verdad es que está poniéndome un poco nervioso, tanto que hasta siento mariposas en el estómago. Esta noche tiene algo diferente a las noches anteriores. Quizá sea yo, que estoy cambiando. Eso espero. Acerco el sillón al de Lexi, poniéndolos brazo con brazo, y luego me giro en el asiento para mirarla de frente. Ella me observa, tensa y algo desafiante, casi como si estuviera retándome a hacerlo. Me quedo callado, limitándome a esperar mientras la observo a un par de centímetros de distancia. Quiero que se relaje antes de dar el paso y tocarla. Bebe un trago de vino, sin dejar de mirarme a los ojos. Su respiración se ha acelerado un poco y noto que mi cuerpo responde tensándose—. Venga —me dice.
Me limito a ladear la cabeza, mientras sigo mirándola. Recorriendo sus facciones. Esos ojos de color azul hielo tan extraordinarios y la firmeza de su mandíbula. Veo cómo entreabre los labios, noto que sus ojos se posan en mi boca y sigo esperando.
Ella resopla.
—Vale —dice, acercándose para besarme.
Por la forma en la que lo hace, me doy cuenta de que cree que soy un niñato que no sabe por dónde empezar, que va a tener que enseñarme cómo hacerlo. No tardo mucho en solucionarlo. Atraigo su boca hacia la mía antes de retroceder un poco y me doy cuenta de que le gusta. Sorprendida, deja escapar una cálida exhalación cuando rozo suavemente su lengua con la mía, así que repito la operación y sonrío sobre sus labios mientras las yemas de sus dedos se tensan sobre mi antebrazo.
—Uf —dice jadeando, cuando me aparto un poco. La forma en la que estaba mirándome ha cambiado. Trago saliva y echo un vistazo a la barra—. Hazlo otra vez —me pide, extendiendo la mano para girarme la cara hacia ella.
La acerco a mí. Cuando llevo unos minutos besándola, siento la impaciencia en su cuerpo, su ansia contenida.
—Vámonos —susurra.
Niego con la cabeza.
—Tenemos toda la noche —digo, echando hacia atrás un mechón de cabello que se le ha soltado—. Te he prometido una noche loca, desenfrenada y divertida. Así que…
La miro levantando las cejas, como diciendo: «¿Qué sería para ti algo loco, desenfrenado y divertido?».
Los ojos de Lexi adquieren un poco más de brillo.
—Vale —dice—. Vamos a tomarnos unos chupitos.
Al final nos largamos de The Anchor cuando un montón de borrachos que está haciendo una ruta de pubs llega en autobús desde Newcastle, justo antes de cerrar. Al salir, robo un sombrero marrón que está encima de una mesa y Lexi me mira con reproche, aunque solo es un accesorio cutre y los de los disfraces van demasiado perjudicados como para enterarse.
—Robar está mal —declara, apoyándose en mí.
—No es robar, es darle un hogar nuevo —replico—. Seguro que no le ha costado más de dos libras.
Lexi entorna esos ojos tan redondos y me mira.
—¿Pretendes llevarme por el mal camino, jovencito? ¿O es que el mal camino eres tú?
Ignoro la punzada que siento en el pecho, sonrío y vuelvo a besarla, mientras poso las manos en el hueco en el que se hunde su chaqueta de cuero. Nos alejamos del pub a trompicones, negándonos a despegarnos el uno del otro, hasta que llegamos a la valla del puerto deportivo y nos apretujamos contra ella; primero soy yo el que pega la espalda contra la alambrada y luego Lexi. Hasta el último centímetro de nuestros cuerpos está en contacto. El mero hecho de tocarla hace que me muera de deseo, sobre todo después de que hayamos estado besándonos en el pub toda la noche, como dos adolescentes.
Hacía tiempo que no me gustaba nadie, pero esta mujer me gusta y mucho.
Cuando por fin nos separamos, vemos que estamos dentro de una nube.
Se trata de un banco de niebla marina. Una bruma repentina que viene del mar. Recuerdo haber visto uno al venir a visitar a mi padre de niño. Es como si alguien hubiera borrado el resto del mundo y solo nos hubiera dejado a nosotros.
Lexi se aparta y la valla rebota un poco bajo nuestro peso.
—¿Estoy más borracha de lo que creía, o…?
—No es cosa tuya. Es que el mundo ha desaparecido.
—Ah, vale. Pues no voy a echarlo de menos —declara, agarrándome por el chaleco para tirar de mí y volver a besarme mientras la niebla se mueve humeante a nuestro alrededor.
Los labios me arden y siento una opresión en el pecho, como si algo hubiera estado apretándomelo y estuviera empezando a recuperar el aliento. Es como si el resto de las cosas que me importan —el trabajo, esos libros, todas las movidas con mi familia…— se hubieran desvanecido y esta noche solo existiera Lexi.
Me encanta esta sensación. Nada te vacía más la mente que este tipo de deseo.
—¿Qué coño me estás haciendo, Zeke? —susurra ella—. Estoy temblando, literalmente.
—¿Vamos a mi barco? —le pregunto, mirando hacia la puerta del puerto mientras busco a tientas el llavero en el bolsillo. Es la primera vez que lo llamo «mi barco». Me resulta un poco raro. No soy muy de barcos. Mi padre era muy de barcos y yo era muy de intentar no ser como mi padre.
Lexi se acerca a mí.
—Mejor al mío.
—Vale, venga.
En cuanto vuelvo a posar mis labios sobre los suyos, deja escapar un gemido que me recorre todo el cuerpo y me pone cachondo al instante. Nos separamos al llegar a la puerta. Ella tropieza con la verja mientras yo intento abrirla. Me da la impresión de que no he acertado con el sensor, pero la puerta se abre igualmente y entramos dando tumbos envueltos en la niebla, otra vez abrazados.
—Espera —dice Lexi, deteniéndose un momento para buscar algo en la oscuridad con los ojos fruncidos.
Acabamos justo al lado de la casa flotante de mi padre, de «mi» casa flotante. La niebla difumina su pintura azul. No se ve gran cosa: la silueta de una bici antigua atada al tejado, la estrecha chimenea metálica de la estufa de leña y «El Lirón Feliz» escrito con pintura blanca en la proa. Recuerdo a mi madre retocando con cuidado las letras con un pincel, cuando el barco era el lugar de vacaciones de la familia, antes del divorcio. Antes de que se convirtiera en la casa de mi padre y en un sitio en el que mi madre nunca fue bienvenida. Ahora que lo pienso, me sorprende que no le cambiara el nombre.
—Vamos a… —dice Lexi, yendo hacia el barco.
La sigo, hasta que recuerdo que prefería ir a su casa.
—¿Estás segura? —le pregunto.
Me mira con el ceño fruncido.
—Sí. Estoy segura.
—¡Se os ha roto el cabo de popa! —grita una mujer desde el muelle.
Paige No-sé-cuántos. No puedo creer que siga por el puerto deportivo. Su casa flotante siempre ha estado amarrada al lado de El Lirón Feliz. Es un poco… pesadita. Solía colarse en las veladas familiares en la cubierta, apareciendo de repente con una infusión en la mano, y se quedaba hasta que casi resultaba incómodo. Era la típica persona que nunca se da por aludida. Su hermano había muerto y ella «nunca había vuelto a ser la misma», como decía mi padre. Era una de esas frases sin sentido que soltaba constantemente, como su favorita sobre la ruptura con mi madre: «Hay cosas que están demasiado rotas para arreglarlas».
—¿Lo del cabo roto será grave? —me pregunta Lexi, despegándose de mí para echar un vistazo.
—Este barco siempre ha sido demasiado largo para este atracadero. Pero no pasa nada, podéis convertir el cabo de proa en dos amarras —dice Paige, apareciendo de repente entre la niebla—. Con eso bastará para pasar la noche. Si tu colega ata el centro del cabo alrededor de la cornamusa del atracadero, yo puedo ir rápido a proa y a popa, mientras tú sujetas el barco. Ahora mismo no hay marea, así que lo haremos en un periquete.
—Gracias —decimos Lexi y yo al unísono.
La verdad es que estoy perdidísimo. Mi padre no era muy especialista en jerga náutica y nunca nos enseñó ese tipo de cosas.
—Volveré a pasarme por aquí por la mañana con cabos de repuesto para que podamos amarrar el barco como es debido —dice Paige—. Pero, de momento, esto debería bastar, ¿vale?
Esboza una sonrisa. En realidad, seguro que es muy maja. Probablemente se colaba en nuestras veladas porque se sentía sola. Ahora que no tengo diez años, lo entiendo.
—Es muy amable. Gracias por su ayuda —dice Lexi.
Sujeto el lateral del barco mientras Lexi se dispone a seguir las instrucciones recibidas y Paige se pone manos a la obra. Esto ya lo he hecho muchas veces. Jeremy y yo éramos especialistas en sujetarle el barco a mi padre cuando éramos pequeños. Lyra no tanto. Siempre ha sido difícil conseguir que mi hermana haga algo tan servicial como ayudar.
Todo me da vueltas: puede que me haya tomado uno o dos chupitos de más. Respiro hondo, sintiendo el sabor de la niebla y con el cuerpo ardiendo de deseo. Ni siquiera puedo ver a Lexi —ahora mismo la bruma es tan densa que no se ve más allá de un metro de distancia—y la extraña sensación de pérdida que siento me sorprende un poco.
—¡Ya casi está! —grita Paige alegremente en medio de la niebla.
Casi todo lo que recuerdo sobre El Lirón Feliz es de la época posterior al divorcio de mis padres; yo solo tenía cuatro años cuando mi padre se vino a vivir aquí definitivamente. Por un momento, es como si pudiera oírlo tocando aquel ukelele cutre casero, tarareando en la cocina, o intentando resolver un sudoku con Lyra y Jeremy. Recuerdo estar sentado en la cubierta con los dos y con nuestro padre detrás de nosotros, enseñándonos a pescar. Incluso a esa edad notaba las ganas que tenía de que lo disfrutáramos, y tanta presión me hacía sudar, porque, cómo no, a mí se me daba fatal pescar y los demás pescaban tantos peces que teníamos que congelar algunos.
—Al parecer, Paige ya ha terminado —dice una voz cálida y gutural detrás de mí.
Me giro y veo aparecer a Lexi entre la niebla, con los labios hinchados y las mejillas sonrojadas. Se tambalea un poco, su cuerpo choca con el mío y, de repente, volvemos a besarnos. En cuestión de segundos, mi mente está centrada en ella al cien por cien. Esta mujer… tiene algo. No sé. Me da la sensación de que es diferente. Pero luego me digo que eso es imposible, porque solo quiere un rollo de una noche.
—¡Dormid bien! —grita Paige a lo lejos, en la oscuridad. La bruma se arremolina como si fuera humo, silenciando el resto de los sonidos del puerto deportivo.
—Muchas gracias por ayudarnos —digo, con las manos todavía en la cintura de Lexi.
Me propongo llevarle a Paige una botella de vino al día siguiente para agradecérselo, aunque sé que se me va a olvidar. No se me dan bien esas cosas ni estando sobrio. Las buenas intenciones se me van de la cabeza, siempre he sido así.
—Bueno —suspira Lexi, apartándose un poco—. ¿A la cama?
Estira el cuello para mirar por las ventanitas del barco.
—Por supuesto.
La ayudo a subir a cubierta. Acciona la manilla de la puerta mientras busco la llave en el bolsillo, pero está abierta. Me la habré dejado así antes; supongo que por costumbre, porque mi padre nunca la cerraba. Bajamos dando tumbos por las escaleras hasta el salón. Cuando hoy he vuelto a entrar por primera vez en la casa, me ha sorprendido lo diminuta que es, quizá porque yo era mucho más pequeño cuando me quedaba aquí, o tal vez porque en realidad sí es pequeña: tiene doce metros de largo, el techo bajo y está llena de cosas. La sensación del suelo moviéndose bajo mis pies me da náuseas y tengo que agarrarme a la pared mientras entro en la habitación. Vuelvo a tener otro déjà vu. Me giro hacia Lexi y alejo los pensamientos sobre el pasado.
Una vez en la cama, ya no hay peligro de que nada me separe de ella. Es una puñetera belleza. Percibo su inseguridad cuando me echo hacia atrás para admirar su cuerpo bajo las sábanas, en la penumbra; hemos intentado encender la luz, pero no funciona, así que solo contamos con las farolas brumosas del puerto deportivo y la luna llena que brilla en el centro del tragaluz, sobre nuestras cabezas.
—Eres impresionante —le digo, dibujando con la mano una preciosa línea ondulada desde su pecho hasta el muslo, pasando por la cintura y la cadera—. ¿Lo sabías?
Está deseando pegarse a mí, más que nada para que deje de analizarla, seguramente. Me mira a los ojos con pasión y ferocidad, pero no he olvidado su respuesta cuando le dije que era muy guapa: «No es verdad, pero gracias». Una noche no es suficiente para deshacer el efecto de lo que la haya hecho sentirse así. Pero sí puedo darle lo que me ha pedido: una noche loca. Una noche para evadirse del mundo real.
Mientras le beso la clavícula, empiezo a tranquilizarme. Permito que mi mente vuelva a centrarse. Ella gime y, al oírla, mi cuerpo se calienta. Saboreo su piel, la acaricio, intento demostrarle lo que quiero decir con que es impresionante. Nuestros cuerpos se mueven al unísono y sé perfectamente cómo complacerla, cómo elegir el camino más lento, provocador y sinuoso para llegar a donde queremos. Le beso el vientre con lujuria y siento cómo se retuerce.
Pero entonces levanto la vista. Tiene el cabello despeinado y la boca entreabierta. Me fijo en esos ojos inteligentes y azules como el hielo. Nuestras miradas se cruzan y siento una especie de descarga eléctrica. Es como si me hubiera chamuscado. Pierdo el ritmo. Oigo mi propia respiración entrecortada.
No soy capaz de dejarme llevar.
«Esto no es lo que sueles sentir», me dice mi mente, pero bajo la cabeza y beso la fina piel de la parte superior de su muslo, ignorándola. «Solo una noche, solo una noche, solo una noche». Desde luego, si en algo soy experto es en eso.