1. Ahora

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Ahora

Mientras las puertas de la prisión se cierran a mi espalda, me cuestiono todas las decisiones que he tomado en mi vida.

Este no es el lugar donde quisiera estar. En absoluto. ¿Quién quiere estar en una cárcel de máxima seguridad? Si tuviera que apostar, diría que nadie. Cuando te encuentras entre estos muros, quizá es porque has tomado algunas malas decisiones a lo largo del camino.

Yo lo he hecho, desde luego.

—¿Nombre?

Una mujer con un uniforme azul de funcionaria de prisiones levanta la vista hacia mí desde detrás de una partición de cristal que está justo en la entrada de la prisión. Tiene unos ojos apagados y vidriosos, y todo el aspecto de no querer estar aquí tampoco.

—Brooke Sullivan. —Carraspeo—. Se supone que debo ver a Dorothy Kuntz.

La mujer baja la vista al portapapeles que sujeta delante. Repasa la lista sin aparentar que me ha oído o que tiene alguna idea del motivo por el que me encuentro aquí. Vuelvo la cabeza hacia la pequeña sala de espera. Está casi desierta, salvo por un viejo lleno de arrugas sentado en una de las sillas de plástico, leyendo el periódico como si se hallara en un autobús. Como si no nos rodeara una valla de alambre de espino, provista de enormes torres de vigilancia.

Tras lo que parecen muchos minutos, suena en la sala un zumbido lo bastante fuerte como para que me sobresalte y dé un paso atrás. A mi derecha, una puerta con barrotes verticales rojos se desliza lentamente, dejando a la vista un largo pasillo tenuemente iluminado.

Observo el pasillo; mis pies están paralizados.

—¿Debo… entrar ahí?

La mujer alza hacia mí sus ojos apagados.

—Sí, adelante. Tiene que pasar el control de seguridad que hay al fondo.

Señala con la cabeza el oscuro corredor y a mí me recorre un escalofrío cuando cruzo con cautela la puerta con barrotes, que se vuelve a deslizar y se cierra con un golpe resonante. Nunca había estado aquí. La entrevista de trabajo fue por teléfono, y el director de la prisión estaba tan desesperado por contratarme que ni siquiera sintió la necesidad de conocerme primero: bastó con mi currículum y mis cartas de recomendación. Firmé un contrato de un año y lo envié por fax la semana pasada.

Y aquí estoy ahora. Para pasar el próximo año de mi vida.

«Esto es un error. Jamás debería haber venido aquí».

Miro atrás, a los barrotes metálicos rojos que ya se han cerrado ruidosamente a mi espalda. Aún no es demasiado tarde. Aunque he firmado un contrato, estoy segura de que podría anularlo. Todavía podría dar media vuelta y abandonar este lugar. A diferencia de los reclusos de esta prisión, no estoy obligada a permanecer aquí.

Yo no quería este trabajo. Quería cualquier otro menos este. Pero presenté solicitudes para todos y cada uno de los empleos que quedaran a sesenta minutos de la ciudad de Raker, en el norte del estado de Nueva York, y los únicos que me llamaron para hacer una entrevista fueron los responsables de esta prisión. Era mi última oportunidad, y me sentí afortunada por haberla conseguido.

Así que sigo andando.

En el control de seguridad del fondo del pasillo hay un hombre vigilando una segunda puerta con barrotes. Debe de tener cuarenta y tantos años y lleva el pelo rapado al estilo militar y el mismo uniforme azul impecable que la mujer de ojos mortecinos del mostrador de recepción. Bajo la vista a la tarjeta de identificación prendida en el bolsillo de su pechera: guardia Steven Benton.

—Hola —digo. Me doy cuenta de que me sale una voz algo cantarina, pero no puedo evitarlo—. Me llamo Brooke Sullivan y hoy es mi primer día de trabajo aquí.

Benton no cambia de expresión mientras sus ojos oscuros me repasan de arriba abajo. Me remuevo avergonzada mientras me cuestiono la indumentaria que he escogido esta mañana. Para trabajar en una prisión de máxima seguridad para hombres, he pensado que era mejor no vestir de un modo que pudiera considerarse provocativo. Así que llevo unos pantalones de vestir negros de pata ancha, combinados con una camisa negra de manga larga. Afuera hace casi veintisiete grados, uno de los últimos días de calor del verano, y ahora me estoy arrepintiendo de tanto color negro, pero me ha parecido la mejor forma de no llamar la atención. Llevo mi pelo oscuro recogido en una sencilla cola de caballo. El único maquillaje que me he puesto es un poco de corrector para ocultar las ojeras, y una pizca de pintalabios que es casi de mi color natural.

—La próxima vez —me dice—, nada de tacones.

—¡Ah! —Bajo la mirada hacia mis zapatos negros. Nadie me dio ninguna directriz sobre la indumentaria, y mucho menos sobre el calzado—. Bueno, no son muy altos. Y son gruesos, no de aguja ni nada parecido. Realmente no creo…

Mis protestas se extinguen cuando Benton me mira fijamente. Nada de tacones. Entendido.

Benton pasa mi bolso por un detector de metales y luego cruzo yo misma otro mucho más grande. Hago una broma por puros nervios, comentando que me siento como en un aeropuerto, pero empiezo a percibir que este tipo no está para chistes. La próxima vez, nada de tacones y nada de bromas.

—Se supone que debo ir a ver a Dorothy Kuntz —le digo—. Es una de las enfermeras de la prisión.

—¿Usted también es enfermera? —gruñe Benton.

—Enfermera de práctica avanzada —le corrijo—.Voy a trabajar en la enfermería.

Él alza una ceja.

—Pues buena suerte.

No sé qué quiere decir eso exactamente.

Benton pulsa un botón y, una vez más, suena ese zumbido ensordecedor antes de que la segunda puerta de barrotes se abra. Me indica que el pabellón médico de la prisión queda al fondo de un pasillo. Hay un extraño olor químico en ese pasillo y los fluorescentes del techo no dejan de parpadear. A cada paso que doy, siento con pánico que un preso podría aparecer como salido de la nada y matarme a golpes con uno de mis zapatos de tacón.

Al llegar al fondo del pasillo y girar a la izquierda, me encuentro a una mujer esperándome. Debe de andar por los sesenta, tiene el pelo gris, muy corto, y una complexión robusta. Hay algo familiar en ella, aunque no sabría decir qué es. A diferencia de los guardias, va con un pijama sanitario azul marino. Como el resto de la gente que me he encontrado hasta ahora, no sonríe. Me pregunto si irá contra las normas. Debería revisar el contrato. «Los empleados pueden ser despedidos por sonreír».

—¿Brooke Sullivan? —pregunta con tono cortante y una voz más grave de lo que habría supuesto.

—Así es. ¿Usted es Dorothy?

Igual que el guardia de la entrada, me mira de arriba abajo. E igual que él, parece completamente decepcionada por lo que ve.

—Nada de tacones —me dice.

—Lo sé. Yo…

—Si lo sabía, ¿por qué los lleva?

—Bueno… —Me arde la cara—. Lo sé ahora.

Ella acepta esta respuesta de mala gana y decide no obligarme a recorrer las instalaciones descalza. Me hace un gesto para que la siga y yo troto obedientemente tras ella por el corredor. Todo el exterior del pabellón médico tiene el mismo olor químico que el resto de la prisión, y los mismos fluorescentes parpadeantes. Hay una hilera de sillas de plástico alineadas junto a la pared, pero están vacías. Ella abre la puerta de una de las habitaciones.

—Esta será su sala de exploración —me dice.

Me asomo al interior. La sala tiene más o menos la mitad del tamaño de las que había en la clínica de urgencias donde trabajaba en Queens. Pero, aparte de eso, parece igual. Una mesa de exploración en el centro, un taburete para sentarme y un pequeño escritorio.

—¿Tendré un despacho? —pregunto.

Dorothy menea la cabeza.

—Ahí hay un escritorio. ¿No lo ve?

¿O sea que se supone que debo hacer mis anotaciones mientras los pacientes miran por encima de mi hombro?

—¿Y un ordenador?

—Todas las historias clínicas se hacen en papel.

Me quedo estupefacta al oír eso. No he trabajado en ninguna parte con registros en papel. No sabía que aún estuviera permitido siquiera. Pero supongo que las normas son un poco diferentes en una prisión.

Me señala una habitación situada junto a la sala de exploración.

—Ese es el cuarto de historias clínicas. Podrá acceder con su tarjeta de identificación. Le daremos una antes de que se vaya.

Sostiene su tarjeta frente al escáner de la pared y suena un fuerte clic. Abre la puerta y veo un cuartito polvoriento lleno de archivadores. Montones y montones de archivadores. Esto va a ser un suplicio.

—¿Hay un médico que supervise el trabajo? —pregunto.

Ella vacila un momento.

—El doctor Wittenburg se encarga de media docena de prisiones. No lo verá mucho por aquí, pero está disponible por teléfono.

Esa perspectiva me intranquiliza. En la clínica de urgencias, yo nunca estaba sola. Aunque supongo que los casos allí eran más graves que los que veré aquí. O, al menos, eso espero.

La siguiente parada del tour es el almacén. Es como el de la clínica más o menos, aunque por supuesto más pequeño; y también se accede con la tarjeta de identificación. Hay vendas, material de sutura y diversos recipientes, tubos y productos químicos.

—Solo yo puedo dispensar medicaciones —me dice Dorothy—. Usted escriba la prescripción y yo me encargaré de dársela al paciente. Si falta alguna cosa, podemos pedirla.

Me restriego las manos sudorosas en mis pantalones negros.

—Bien, de acuerdo.

Dorothy me dirige una larga mirada.

—Sé que le inquieta trabajar en una prisión de máxima seguridad, pero debe saber que muchos de estos hombres agradecerán sus cuidados. Mientras mantenga una actitud profesional, no tendrá ningún problema.

—De acuerdo…

—No dé ningún dato personal. —Sus labios forman una línea recta—. No les diga dónde vive. No les cuente nada de su vida. No ponga ninguna foto en el escritorio. ¿Tiene hijos?

—Un niño.

Dorothy me mira con sorpresa. Esperaba que respondiera que no. La mayoría de la gente se lleva una sorpresa cuando digo que tengo un hijo. A pesar de tener veintiocho años, parezco mucho más joven. Aunque yo me siento mucho más vieja.

Doy la impresión de estar aún en la universidad, pero me siento como si tuviera cincuenta. La historia de mi vida.

—Bueno —dice Dorothy—, no hable de su hijo. Mantenga un tono profesional. Siempre. No sé a lo que estaba acostumbrada en su anterior trabajo, pero estos hombres no son amigos suyos. Son criminales que han cometido delitos extremadamente graves, y muchos van a estar aquí de por vida.

—Lo sé.

Vaya si lo sé.

—Y sobre todo… —Dorothy me taladra con sus gélidos ojos azules—. Debe tener presente que, aunque la mayoría de estos hombres acudirán a usted por motivos legítimos, algunos lo harán para conseguir drogas. Tenemos en la farmacia una pequeña cantidad de narcóticos, pero están reservados para casos excepcionales. No deje que esos hombres la embauquen para que les prescriba narcóticos que consumir o vender.

—Desde luego…

—Tampoco acepte nunca —añade— ningún tipo de pago a cambio de narcóticos. Si alguno le hace una propuesta de esa naturaleza, acuda a mí inmediatamente.

Inspiro con consternación.

—Jamás haría algo así.

Dorothy me dirige una mirada penetrante.

—Sí, bueno, eso dijo la última. Ahora va a acabar ella misma en un sitio como este.

Me quedo sin habla un momento. Cuando el director de la prisión me entrevistó, le pregunté por la anterior persona que había trabajado aquí y él me dijo que se había ido por «motivos personales». No mencionó que había sido arrestada por vender drogas a los presos.

Resulta inquietante pensar que la última persona que ocupó este puesto ahora está encarcelada. He oído decir que, una vez que entras en el sistema penitenciario, resulta difícil salir de él. Quizá también sea cierto para la gente que trabaja en él.

Dorothy ve la cara que he puesto y su expresión se suaviza ligerísimamente.

—No se preocupe —dice—. No es tan terrorífico como cree. En realidad, viene a ser como cualquier otro trabajo médico. Usted ve pacientes, los cura y los devuelve otra vez a su vida normal.

—Ya… —Me froto la nuca—. Estaba preguntándome… ¿Voy a encargarme de ver a todos los presos que hay aquí? O sea, ¿cubriré solo una parte o…?

Sus labios se curvan.

—No, está solo usted, jovencita. Usted verá a todo el mundo. ¿Eso representa un problema?

—No, en absoluto —digo.

Pero es mentira.

El verdadero motivo de que fuera reacia a aceptar este puesto no es que tema que un preso me asesine con mi propio zapato. Es a causa de uno de los reclusos de esta prisión. Alguien que conocí hace mucho tiempo y que no tengo ganas de volver a ver.

Pero eso no puedo contárselo a Dorothy. No puedo revelarle que el hombre que fue mi primer novio es un recluso de la Penitenciaría de Máxima Seguridad de Raker, actualmente con una condena a cadena perpetua sin posibilidad de obtener la condicional.

Ni tampoco le puedo revelar que soy yo quien lo metió aquí.

2

Cuando entro con mi viejo Toyota azul en la calle de mis padres, ya tengo en el bolso una tarjeta de identificación plastificada de la Penitenciaría de Raker. Dorothy me ha advertido con aire siniestro que no permita que esa tarjeta llegue a las manos equivocadas, aunque, a juzgar por los privilegios de acceso que me concede, estoy segura de que lo único que podrían hacer con ella es robar unas tiritas y utilizar el baño de los empleados. Aun así, la conservaré como si me fuera la vida en ello.

Pese a las amargas circunstancias en las que abandoné la ciudad hace una década, me encantó criarme en Raker. Es una población preciosa, con árboles por todas partes, viejas casas pintorescas y unos vecinos que no desvían la mirada automáticamente cuando te los cruzas en la calle, como sucede en Queens. Y cuando observas el cielo de noche, distingues cada constelación, en lugar de unos cuantos puntitos que probablemente no sean más que aviones.

Es el tipo de sitio donde debería crecer un niño. Es justamente lo que necesitaba mi pequeña familia.

Aparco frente al garaje de dos plazas, tal como hacía en los viejos tiempos, cuando mis padres dejaban el coche en el garaje y yo tenía que hacerlo delante o bien en la calle. Las viejas costumbres se resisten a desaparecer. Todavía pienso en esta casa como si fuera la de mis padres, aunque ya no lo es. Ahora es mía, toda mía.

Al fin y al cabo, ambos han muerto.

Al abrir la puerta principal, el sonido de la televisión inunda el vestíbulo, junto con un aroma a carne asada. Cierro los ojos un momento y fantaseo con un mundo paralelo en el cual llego a casa a reunirme con mi familia y mi pareja está en la cocina preparando la cena.

Pero eso no es más que una fantasía, por supuesto. Nunca he tenido una pareja que me haya durado lo suficiente como para que me hiciera la cena. Empiezo a preguntarme si la tendré algún día. El delicioso aroma hay que agradecérselo a la niñera, que ha tenido la bondad de empezar a cocinar.

—¿Hola? —grito—. ¡Ya estoy aquí!

Espero un momento, preguntándome si Josh saldrá a recibirme. En otra época, en cuanto mami entraba en casa sonaban unos pasitos atropellados y un cuerpecito cálido se abrazaba a mis rodillas. Ese tipo de recibimientos se ha vuelto menos frecuente ahora que Josh ha cumplido diez años. Todavía me quiere, entendámonos, pero no de un modo tan rotundo.

Y en efecto, al cabo de unos segundos, descalzo y trastabillando, Josh aparece en el vestíbulo. Esta es la última semana antes de que empiecen las clases, y él ha aprovechado para pasarse el noventa por ciento del tiempo en el sofá. Mirando la tele o jugando a la Nintendo. No debería dejarle, pero pronto tendrá colegio, deberes y actividades deportivas. Lo que más le gusta es la liga infantil de béisbol, que no empieza hasta la primavera, pero, en cuanto se acerquen esas fechas, querrá que lo lleve al parque a practicar.

—¡Hola, mamá!

Abro los brazos y él deja que lo estreche, no del todo a regañadientes.

—Hola, pequeño. ¿Qué tal el día?

—Bien.

—¿Has hecho algo aparte de tumbarte en el sofá?

Él me sonríe.

—¿Por qué debería hacerlo?

Josh se aparta un mechón castaño de los ojos. Necesita un corte de pelo, y, si hemos de guiarnos por los antecedentes, acabaré haciéndolo yo sobre el lavabo del baño. Pero desde luego debe cortárselo antes de que empiecen las clases. Cada día se parece un poco más a su padre, y con el pelo desgreñado de esta manera el parecido me produce una opresión en el pecho.

Suena un temporizador en la cocina y, al dirigirme hacia allí, el aroma a pollo asado se intensifica. Por Dios, cómo echo de menos las comidas caseras. Mi madre solía cocinar casi todas las noches, pero yo no vivía bajo su techo desde mucho tiempo antes de mudarme aquí el mes pasado, después de su muerte.

Entro en la cocina justo cuando Margie está sacando una bandeja del horno. Margie es una abuela de la zona que va a cuidar de Josh mientras yo esté trabajando. Él intentó resistirse diciendo que no necesitaba ninguna niñera, pero a mí no me gusta la idea de que pase tantas horas solo cuando yo estoy a tres cuartos de hora de aquí… en una prisión. Además, Josh solo tiene diez años. Y no es precisamente un niño maduro para su edad.

—Eso huele de maravilla, Margie —digo.

Ella me dirige una amplia sonrisa y se remete un mechón de pelo gris detrás de la oreja.

—Ah, no es nada especial. Solo unos trozos de pollo asado con salsa de ajo y mantequilla. Y, por supuesto, acompañados de arroz y espárragos. No puedes comer pollo solamente.

Hum, ¿de veras? Porque, durante los últimos diez años, Josh y yo no hemos comido más que pollo muchísimas noches. Un pollo que viene en un cubo de plástico, con un coronel sonriente en un lado.

Aunque eso era antes. Ahora las cosas van a cambiar. Esto es un nuevo comienzo para ambos.

Josh olfatea el aire de un modo exagerado.

—Huele a demasiada salsa.

Yo le miro fijamente.

—¿Eso qué significa? ¿Cómo vas a oler si hay poca o mucha salsa?

Margie me hace un guiño.

—Creo que lo que huele es la mantequilla de ajo.

Él arruga la nariz.

—A mí el ajo no me gusta. ¿No podemos ir a McDonald’s?

No acabo de entender cómo puedes querer tanto a alguien y, al mismo tiempo, desear estrangularlo tan a menudo.

—En primer lugar —digo—, no hay un McDonald’s en Raker; así que no, no podemos ir a McDonald’s. Y, en segundo lugar, Margie nos ha preparado una deliciosa cena casera. Si no te gusta, puedes prepararte tu propia cena.

Margie se echa a reír.

—Hablas como mi hija.

Confío en que sea un cumplido.

—Muchas gracias por venir hoy, Margie. ¿Estarás aquí el lunes cuando Josh llegue del colegio? Se supone que el autobús escolar pasa hacia las tres.

—Sin falta —me confirma.

La acompaño a la puerta, aunque ella tiene su propia llave. Justo antes de que nos despidamos, Margie titubea un momento y entre sus cejas grises se dibuja una arruga.

—Oye, Brooke…

Si me dice que renuncia al puesto, me acurrucaré y me echaré a llorar. Era la única niñera disponible dentro de mis posibilidades económicas, y aun así apenas puedo permitirme este gasto.

—¿Sí…?

—Josh parece muy nervioso por el comienzo de las clases —dice—. Ya sé que es duro llegar a una nueva ciudad y demás, sobre todo a esta edad. Pero me ha parecido más angustiado de lo que yo habría supuesto.

—Ah…

—No quiero preocuparte, querida —añade—. Solo quería avisarte.

Se me encoge el corazón por mi hijo de diez años. No puedo culparle por echar de menos el McDonald’s. Es un sitio familiar para él. Raker no lo es, ni tampoco esta casa. Durante toda su vida, mis padres nunca dejaron que viniéramos de visita; eran ellos los que iban siempre a vernos, hasta que les dije que no lo hicieran más. Esta ciudad es un hogar para mí; pero para Josh es un lugar lleno de desconocidos.

Y, después de lo que sucedió en Queens, se me ocurren otras razones por las que podría asustarle el comienzo de las clases.

—Me ocuparé de ello —digo—. Gracias otra vez, Margie.

Vuelvo a entrar en la cocina, donde Josh está sentado a la mesa jugando con el salero y el pimentero. Está haciendo un montoncito de sal y pimienta, cosa que le he dicho una y otra vez que no haga, pero en este momento no me enfado. Me siento frente a él.

—Ey, colega —digo—. ¿Estás bien?

Josh traza su inicial, la «J», en el montoncito de especias de la mesa.

—Sí.

—¿Nervioso por el nuevo colegio?

Él alza uno de sus hombros flacuchos.

—He oído que los niños aquí son muy simpáticos —digo—. No será como en Queens.

Josh alza sus ojos castaños.

—¿Cómo puedes saber eso?

Me encojo, sintiendo su dolor como si fuera mío. El año pasado, Josh sufrió acoso en el colegio. A lo bestia. Yo ni siquiera sabía lo que estaba pasando porque él nunca hablaba de ello en casa. Simplemente empezó a estar cada vez más callado. No entendí el motivo hasta que llegó un día a casa con un ojo morado.

Aun así, Josh intentó negar que pasara algo. Le avergonzaba mucho contarme por qué los demás niños lo acosaban. Yo no tenía ni idea. Mi hijo es un poquito callado, pero no tiene nada que llame la atención, así que no se me ocurría qué podía convertirlo en objeto de burla. Hasta que descubrí cómo le llamaban los otros niños.

«Bastardo».

Me sentí como si me clavaran un cuchillo en el corazón cuando supe que lo estaban acosando por mí. Por mi historia, por el hecho de que él nunca haya tenido un padre. Me vinieron algunas ideas sombrías después de aquello, la verdad.

El colegio tenía una política de tolerancia cero con el acoso escolar, pero, por lo visto, eso solo lo decían para aparentar que hacían lo correcto. En la práctica, nadie parecía sentir la obligación de hacer algo para ayudar a mi hijo. Y tampoco ayudó mucho que el director me mirase como juzgándome cuando comentó que los demás niños simplemente estaban señalando una desgraciada realidad sobre mi «situación».

Cuando eres una madre soltera que apenas puede con su alma, resulta muy duro vérselas con un colegio que finge que no pasa nada. Y con un montón de padres que tienen veinte años más que tú y mucho más dinero. Incluso consulté a un abogado, que se pulió la mayor parte de mi cuenta corriente y, al final, me recomendó que cambiara a Josh a otro colegio.

Así pues, tras la muerte de mis padres en un accidente de tráfico al final del curso escolar, decidí no vender la casa en la que me había criado. Era el nuevo comienzo que Josh y yo necesitábamos.

—Seguro que harás amigos —le digo.

—Quizá —contesta él.

—Ya verás —insisto—. Te lo prometo.

El problema de que tu hijo se haga mayor es que él sabe que hay cosas que no puedes prometer.

Josh no levanta la vista del montoncito de sal y pimienta. Esta vez traza en él una «S», que corresponde a su apellido.

—Mamá…

—¿Sí, cariño?

—Ahora que vivimos aquí, ¿voy a conocer a mi padre?

Casi me atraganto con mi propia saliva. Guau, no sabía que esa idea le rondaba por la cabeza. Aunque me he esforzado todo lo que he podido para ser un padre y una madre para este crío, ha habido momentos en su vida en los que parecía obsesionado con la identidad de su padre. Cuando tenía cinco años, no había forma de que dejara de hablar de ello. Cada día llegaba a casa con un nuevo dibujo de su padre tal como se lo imaginaba. Un astronauta. Un policía. Un veterinario. Pero ahora hacía bastante tiempo que no hablaba de su padre.

—Josh… —empiezo.

—Porque él vive aquí… —dice, alzando la mirada—. ¿Verdad?

Cada palabra se me clava como un diminuto puñal en el corazón. Debería haberle dicho simplemente que su padre estaba muerto. Las cosas habrían sido mucho más fáciles así. Podría haberme inventado una maravillosa historia que presentara a su padre como un héroe que murió, qué sé yo, tratando de salvar a un cachorro en un incendio. Él se habría sentido satisfecho con eso. Quizá si le hubiera contado la historia del cachorro y el incendio, los niños no lo habrían acosado en el colegio.

—Cariño —digo—, tu padre vivía aquí antes, pero ahora no. Ya no.

No consigo descifrar la expresión que tiene en la cara. El otro problema de que tu hijo se haga mayor es que percibe cuándo estás mintiendo.

3

El hombre sentado frente a mí no tiene más que un diente.

Bueno, eso no es del todo cierto. El señor Henderson tiene también un par de muelas que están negras y requerirían un serio tratamiento; pero lo único que veo cuando sonríe es ese diente amarillento en la parte superior de la boca.

—Es usted mi salvación, doctora —dice, mostrándome ese viejo diente solitario una vez más. Ya le he dicho dos veces que no soy médica, pero por lo visto le gusta llamarme así—. No puedo expresarle cuánto le agradezco esto.

—Encantada de ayudarle —respondo.

Prácticamente no le he hecho nada al señor Henderson. Me he limitado a darle una receta para un nuevo inhalador para su enfisema, que parece haber empeorado en los últimos meses. Los presos deben rellenar un formulario para venir a verme, salvo que se trate de una visita regular programada, y el que rellenó el señor Henderson dice simplemente: «No puedo respirar».

Todos los pacientes que he visto en mi primer día han sido como él. Ignoro qué hicieron para acabar en una prisión de máxima seguridad, pero todos son increíblemente educados y muestran una enorme gratitud por mis cuidados. No sé qué crimen terrible habrá cometido este hombre de sesenta y tres años, y no quiero saberlo. Pero, ahora mismo, me cae bien.

—No he parado de toser y resollar desde que se fue la otra chica —me dice. Y, como para demostrarlo, suelta una tos perruna, ruidosa y húmeda. Me gustaría hacerle una radiografía de tórax, pero el técnico no está hoy, así que tendré que esperar hasta mañana.

La dotación de personal aquí es pésima. Basta con un día de trabajo para que salte penosamente a la vista. Antes de que yo ocupara este puesto, el doctor Wittenburg pasaba por aquí de vez en cuando; aparte de eso, enviaban a los presos a urgencias o a un dispensario para que recibieran cuidados básicos, con un coste económico enorme para la prisión. No es de extrañar que parecieran tan desesperados por contratarme.

Lo bastante desesperados como para que se les pasara por alto mi íntima conexión con uno de los reclusos.

—¿Y qué hay de Dorothy? —pregunto—. ¿No le habló a ella de sus problemas respiratorios?

El señor Henderson desecha la idea con un gesto.

—Ella solo te dice que dejes de portarte como un crío.

Aunque todos se comportan educadamente, ya he escuchado hoy bastantes quejas sobre Dorothy. A ninguno parece caerle muy bien.

—Pero usted es fantástica, doctora —dice el señor Henderson.

—Gracias. —Le sonrío—. ¿Alguna otra pregunta o inquietud?

—Sí, una pregunta. —Se rasca el barullo de pelo gris que tiene en la cabeza—. ¿Está casada?

Aún resuena en mis oídos la advertencia de Dorothy de que no debo dar datos personales a ninguno de los pacientes. Pero esta pregunta parece más bien inofensiva. Y el hombre puede ver perfectamente que no llevo alianza.

—No —digo—. No lo estoy.

—Bueno, seguro que encontrará pronto a alguien, doctora —dice—. Es usted joven y guapa. No debe preocuparse.

Fantástico.

El señor Henderson salta de la mesa de exploración y yo lo acompaño a la puerta, haciendo unas anotaciones rápidas en su historia clínica. Las normas de documentación, por lo que he visto, son bastante escasas aquí. La última enfermera, Elise, se limitaba a tomar unas notas con su letra grande y redondeada después de cada visita. Más allá de cuáles fueran sus delitos, agradezco que tuviera buena letra.

El guardia Marcus Hunt está esperando fuera. Hunt es el funcionario asignado a la unidad médica, lo cual significa que trae a los pacientes a la sala de espera (es decir, a las sillas de plástico alineadas frente a la sala de exploración) y permanece en posición de firmes frente a la puerta mientras yo estoy atendiéndolos.

Hunt es un tipo alto y, aunque no sea exactamente robusto, parece bastante fuerte bajo su uniforme azul. De poco más de treinta años, tiene el cráneo afeitado y una sombra de barba de unos días. No hay ventanas en las puertas, así que resulta reconfortante dejar abierta la de la sala de exploración y saber que Hunt está ahí mismo. He observado que a veces deja la puerta completamente abierta, y otras, como en el caso del señor Henderson, la deja entornada. Supongo que sabe mucho más que yo sobre los reclusos, así que me amoldo a su criterio.

Un tercio aproximado de los pacientes de hoy han venido con las muñecas esposadas. Un par de ellos, con grilletes en los tobillos también. Yo no pregunto cómo deciden quién viene esposado y quién no.

Conduzco al señor Henderson hacia donde está Hunt, que me dirige una inclinación inexpresiva. Al igual que Dorothy, no sonríe mucho, o más bien nada. Los únicos que me han sonreído desde que he llegado han sido los presos.

—Voy a llevarlo a su celda —dice el guardia.

Echo un vistazo a la hilera de sillas de plástico.

—¿No hay nadie más esperando?

—No. Tiene un descanso.

Miro cómo desaparecen los dos por el fondo del pasillo, dejándome sola. No es que no me alegre de tener un descanso, pero no hay gran cosa que hacer por aquí. La señal de wifi es casi inexistente, y no hay nadie con quien hablar. Debería traerme un libro para leer en los ratos libres.

El cuarto de historias clínicas está a la izquierda. He entrado hoy un par de veces para buscar los documentos, porque no hay nadie que lo haga por mí. Echo un vistazo a mi reloj; todavía falta otra hora para salir. Luego miro a uno y otro lado del pasillo.

No hay nadie, aparte de mí.

Me acerco con sigilo al cuarto y utilizo mi tarjeta de identificación para abrir la puerta. Es una habitación tremendamente claustrofóbica, ocupada por tantos archivadores como han podido encajar en un espacio tan exiguo e iluminada con una sola bombilla desnuda colgada del techo. Hay, además, un montón de carpetas tiradas en un rincón, con las páginas asomando de­sor­de­nadamente. Dorothy me ha dicho que esas corresponden a reclusos que ya no están aquí. Como la mayoría de estos hombres cumplen condenas a cadena perpetua, deduzco que eso quiere decir que están muertos.

No tengo mucho tiempo antes de que vuelva Hunt. Por suerte, sé perfectamente lo que estoy buscando.

Me voy directa al cajón marcado con la «N» y lo abro. En su interior hay un gran montón de carpetas apretujadas. Voy pasando nombres. Nash. Nabb. Napier. Neil.

Nelson.

Saco la carpeta. Las manos me tiemblan ligeramente. El nombre garabateado en la etiqueta es Shane Nelson. Es él. Aún está aquí. No debería sorprenderme, porque la última vez que lo vi estaban sentenciándolo a pasar el resto de su vida en esta prisión.

Cierro los ojos y todavía soy capaz de ver su rostro apuesto y rudo. Sus ojos clavados en los míos. «Te quiero, Brooke».

Eso me dijo solamente unas horas antes de intentar matarme.

Y eso ni siquiera fue lo peor que hizo.

Miro la carpeta, deseando abrirla y examinar lo que hay dentro, pero sabiendo que no debo hacerlo. Moralmente, desde luego, no debería. Legalmente…, no está claro. Técnicamente hablando, como preso de esta institución, es uno de mis pacientes. Pero si abro esta carpeta, no la examinaré como enfermera.

Solo llevo aquí un día. Es un poco pronto para infringir las normas.

Cuando presenté la solicitud, no creí que fuera a conseguir este puesto, dada mi conexión con uno de los reclusos. Pero yo era una menor cuando Shane fue juzgado, y mis padres se esforzaron mucho para mantener mi nombre fuera de cualquier registro público. Aun así, pensaba que una comprobación de antecedentes me acabaría delatando. Pero me equivocaba.

O quizá el director conocía la conexión, pero estaba tan de­ses­pe­ra­do por contratar a alguien que la ignoró.

Suena un clic, y me doy cuenta de que alguien ha pasado su tarjeta de identificación para entrar aquí. Llena de pánico, vuelvo a embutir la carpeta en el montón y cierro de golpe el archivador justo cuando se abre la puerta. Es Hunt; su alta silueta llena el umbral completamente.

—Tenemos otro paciente para usted. —Bajo la tenue luz del cuartito, sus ojos parecen dos cuencas oscuras—. ¿Qué hace aquí dentro?

—Eh… —Me vuelvo hacia el archivador—. Es que quería anotar una observación que se me ha ocurrido sobre un paciente de esta mañana.

Tengo todo el derecho del mundo a estar aquí. Y es imposible que él sepa que lo que estaba haciendo distaba de ser lícito, aunque me temo que el rubor de mis mejillas me está delatando.

Hunt me mira entornando los ojos.

—He sacado todas las historias clínicas para las visitas programadas. Si necesita otras, puedo llevárselas.

—¡Ah! —Le dirijo una sonrisa forzada—. Bueno, pues gracias. Se lo agradezco.

Él no me devuelve la sonrisa.

Fantástico. Llevo aquí menos de un día y el guardia ya desconfía de mí. Aunque da la impresión de que ellos me necesitan más de lo que yo los necesito a ellos, o sea que mi empleo está a salvo. Al menos, por ahora.

Mientras Shane Nelson no necesite que lo examinen en el pabellón médico.

4

Once años antes

Mis padres me matarían si supieran lo que estoy haciendo ahora.

Ellos creen que estoy estudiando después del colegio con Chelsea, que es mi mejor amiga. Creen que ella me llevará luego a casa para recoger una muda de ropa y pasar la noche en la suya.

Si supieran que ahora mismo estoy en un coche, a una manzana de casa, con Shane Nelson, ya sería grave. Y, si supieran que en realidad será en casa de Shane donde pasaré la noche…, bueno, no puedo ni imaginarme lo que harían. Para empezar, me castigarían. Pero no con un castigo normal, prohibiéndome jugar a videojuegos o privándome de una ración extra de postre. No, me sacarían del instituto, seguramente me harían continuar mi educación desde casa, y no permitirían que volviera a salir de mi habitación nunca más. A ese tipo de castigo me refiero.

Por eso, cuando Shane me lleva a casa, aparca siempre a una manzana o dos de distancia. Incluso así es arriesgado, pero, cuando se trata de Shane, continuamente estoy asumiendo riesgos estúpidos. Siempre he sido una buena chica: sobresalientes, sociedad honorífica, club de debate. Nunca hasta ahora había conocido a un chico que me impulsara a saltarme todas las normas. Y, cuando Shane me mira desde el asiento del conductor de su Chevy, me doy cuenta de que hay pocas cosas que no haría por él.

—Estoy deseando que llegue esta noche —le digo con un tono que espero que parezca maduro y sexy, aunque es más probable que suene chillón y nervioso. No puedo evitarlo: nunca he pasado la noche en casa de un chico.

—Yo también. —Con el dedo traza la curva del collar de oro del que pende un copo de nieve que siempre llevo alrededor del cuello—. Muchísimo.

Sus intensos ojos castaños se encuentran con los míos. Conozco a Shane desde la primaria y juro que se vuelve más atractivo cada año que pasa. El pelo oscuro y enmarañado, una sonrisa peligrosa, y ahora todos estos músculos increíbles. Cuando teníamos doce años, era solo un gamberro que no podía dejar de meterse en líos en el colegio. Luego, en el instituto, se apuntó al equipo de fútbol americano y se convirtió en el quarterback estrella. Yo lo miro todos los días, mientras animo al equipo con Chelsea desde la grada, y la verdad es que tiene mucho talento. Pero aun así no es lo bastante bueno para mis padres.

—¿Sabes? —dice Shane—, podríamos estar solo nosotros dos en casa esta noche. No tienes más que decirlo…

Cuando Chelsea se enteró de que la madre de Shane iba a irse este fin de semana para visitar a la abuela, tuvo la brillante idea de montar una fiestecita en casa de Shane. Ella misma se invitó de inmediato, junto con su propia estrella de fútbol, Brandon, que es su novio. Brandon tiene una habilidad especial para presentarse en cualquier fiesta con una botella de alcohol.

—No creo que sea buena idea —contesto—. Si Chelsea no puede venir, se chivará a mis padres.

Shane hace una mueca.

—Es tu mejor amiga. ¿En serio crees que haría algo así?

Uy, por supuesto que sí. Puede que Chelsea sea mi mejor amiga, pero piensa siempre en sus propios intereses. Aunque, por una vez, casi me alegro. Shane y yo llevamos tres meses juntos, y a mí me pone nerviosa la idea de quedarme sola con él. No creo que sepa siquiera que aún soy virgen. Él no lo es; nunca me lo ha dicho, pero estoy segura. Es imposible que lo sea.

—Está bien así —digo—. Será divertido pasar un rato con Chelsea y Brandon.

Shane no protesta porque Brandon es uno de sus mejores amigos. Pero a él no le pone nervioso estar solo conmigo. Siempre parece entusiasmado ante cualquier oportunidad de que estemos juntos. Resulta halagador lo mucho que parezco gustarle. He salido con algunos chicos antes, pero Shane es mi primer novio de verdad. Y a él no parece importarle que tengamos que quedar a escondidas porque mis padres no lo ven con buenos ojos.

Echo un vistazo a mi reloj; le he dicho a mi madre que estaría en casa sobre las cinco.

—Será mejor que me vaya.

—¿Cinco minutos más?

—Mejor que no.

No quiero darles a mis padres ninguna excusa para que me prohíban salir esta noche. Solo recientemente han suavizado las restricciones impuestas desde el verano, cuando una adolescente llamada Tracy Gifford, de una población vecina, apareció asesinada en el bosque. Durante un mes, todo el mundo estuvo absolutamente aterrorizado. Pero ahora ya han pasado cuatro meses y es casi como si no hubiera ocurrido. Lo de Tracy Gifford fue todo un drama, pero ahora parece como si nunca hubiera existido.

—Está bien, de acuerdo. —Shane me coge del hombro y me atrae hacia sí. Le beso. Es un beso profundo y hambriento, como si estuviéramos en un concurso para ver quién se traga primero a quién. Parece como si nunca tuviéramos suficiente el uno del otro—. Nos vemos esta noche.

—Hasta luego.

Estoy abriendo la puerta del coche, pero vuelvo a notar que me pone la mano en el hombro.

—¿Brooke?

Me vuelvo hacia él.

—¿Sí?

—Brooke, te quielo.

No puedo evitar sonreírle. Es un chiste privado entre los dos. Una vez vimos a un crío que no paraba de decirle a su madre: «¡Quielo un helado! ¡Quielo un helado!». La cosa se convirtió en una broma recurrente: «¡Quielo un helado! ¡Quielo patatas fritas! ¡Quielo un masaje en los pies!». Y luego, al cabo de unas semanas, Shane lo soltó:

«Te quielo, Brooke».

Él no me quiere, obviamente. O sea, solo tenemos diecisiete años y no llevamos juntos más que tres meses. Pero me quiele. Y eso es casi mejor.

—Yo también te quielo —digo.

Shane se echa a reír, y me suelta el hombro para dejarme bajar. Cuando cierro la puerta de golpe, el Chevy entero se estremece. El coche de Shane es un trozo de chatarra. Literalmente. Lo sacó de una chatarrería y recurrió a los conocimientos que había adquirido en las clases de mecánica para arreglar el motor y conseguir que el maldito trasto funcionara. También lo pintó, y ahora parece medio decente, pero siempre me inquieta un poco que vaya a quedarse parado en mitad de la carretera, obligándome a volver a pie a la civilización con unos zapatos que, infaliblemente, serán de lo más incómodos, porque yo suelo tener esa mala suerte.

Pero Shane no puede permitirse un coche nuevo. Ni siquiera uno usado. Aunque trabaja cada fin de semana en una pizzería, el único coche que puede permitirse es el que compró en la chatarrería.

Y ahora ya resultará fácil entender por qué mis padres no lo ven con buenos ojos. Porque, según ellos, Shane, igual que su coche, es «basura».

Antes de arrancar, baja la ventanilla del lado del copiloto.

—¡Nos vemos esta noche, Brooke! ¡Siete y media!

—Siete y media —repito obedientemente.

Confirmada la cita, sale zumbando con el coche, haciendo mucho más ruido del que debería, ya que el tubo de escape también es de la chatarrería. Me quedo mirando el Chevy hasta que desaparece por la esquina. Hasta ese punto estoy colada. Hasta el punto de tener que seguirle con la mirada cuando se aleja. Es espeluznante, lo sé.

—¿Qué vas a hacer a las siete y media, Brooke?

Me caigo de la nube de golpe al oír esa voz a mi espalda. No me había dado cuenta de que Shane ha aparcado peligrosamente cerca de la casa de los Reese, cosa que suele evitar casi siempre. Tim Reese está en el jardín de delante, rastrillando las últimas hojas del otoño.

Tim. Maldita sea.

—Nada —digo.

Tim arquea una ceja cuando alzo la mirada hacia él. Aún no me he acostumbrado a tener que levantar la mirada cuando me lo encuentro. Lo conozco desde que ambos íbamos en pañales. Todavía recuerdo la época en que lo llamaban Timmy y tenía el rostro cubierto de pecas, como si le hubiera explotado una bomba en la cara. Él siempre había sido cinco centímetros más bajo que yo y, de repente, hace cosa de un año, dio un gran estirón. Aún no me he acostumbrado al cambio.

—¿Has quedado con Shane a las siete y media? —insiste.

Desvío la mirada. Puede que Chelsea sea mi mejor amiga, pero Tim me conoce mejor que nadie.

—Quizá…

Sus ojos azules se ensombrecen.

—No puedo creer que sigas saliendo con ese cretino.

Mis padres odian a Shane, pero Tim lo odia aún más. Lo odia con una pasión extraña que no acabo de entender. Él no es de esa clase de chicos que juzgan a alguien por que tenga un coche de tercera mano y viva en una vieja granja a la que poco le falta para ser declarada en ruina. Hay otros motivos por los que odia a Shane.

—Basta, Tim —mascullo.

Se frota la barbilla. Las pecas han desaparecido en gran parte en los últimos años, entre otras cosas porque procura evitar el sol. Pero echo de menos sus pecas. Eran adorables. Sin ellas, y ahora sacándome media cabeza, se ha vuelto guapo, pero ya no resulta adorable. Además, parece una persona diferente. Un chico distinto de aquel con el que yo pasaba los veranos, correteando y dando gritos entre los aspersores de su patio trasero.

—Shane es un cretino —repite.

—Ay, venga ya…

—Lo es —dice Tim—. Él y sus amigotes del equipo de fútbol son una panda de matones. No entiendo cómo no lo ves, Brooke.

Desplazo mi peso de un pie a otro en el jardín de Tim, que está un poco embarrado por la humedad de la atmósfera. El aire es pesado y húmedo, y noto que se me empieza a rizar el pelo. La previsión anunciaba fuertes lluvias y tormenta para esta noche, y Chelsea y yo queremos llegar a la granja antes de que empiece el temporal. Así que debería ponerme en marcha. Pero no soporto la severa expresión que tiene Tim en la cara y estoy deseando demostrarle que se equivoca. No conoce a Shane como yo. Incluso a mí me parecía antes que Shane era un cretino, pero no lo es. Es un buen chico, y me gusta mucho. Le quielo. Tim no es capaz de verlo. Ojalá pudiera.

—Si llegaras a conocerle —digo—, estoy segura de que te caería bien.

Tim suelta un bufido y menea la cabeza.

—Oye —le digo—, deberías venirte esta noche.

Él entorna los ojos.

—¿A dónde?

Las palabras me salen antes de que pueda pensármelo dos veces.

—Hemos quedado en casa de Shane. Su madre va a salir de la ciudad. Estaremos Shane, yo, Chelsea y Brandon. —Alzo una ceja, esperanzada—. ¿Te apuntas?

—Lo siento, pero voy a pasar.

—¡Venga, será divertido! Tú diles a tus padres que has ido a casa de Jordan; tampoco lo comprobarán. Pasaremos la noche allí.

Tim ladea la cabeza, considerando la idea. Solía poner la misma expresión cuando éramos pequeños. Las cosas resultaban muy fáciles entonces. Yo venía a casa de Tim y no hablábamos de novios, ni de matones ni de nada parecido. Venía aquí y jugábamos, sencillamente. Y en esa época pensaba que las cosas siempre serían así. Que Tim y yo siempre seríamos amigos.

Fue él quien me compró el collar con el copo de nieve que nunca me quito. Me lo regaló cuando cumplí diez años, porque una de nuestras diversiones preferidas era jugar en la nieve: deslizándonos en trineo, haciendo muñecos de nieve, lanzándonos bolas de nieve. Siempre que nevaba, me ponía las botas y el traje para la nieve y me venía a casa de Tim. Ese collar fue la primera joya de verdad que me ha regalado nadie en mi vida. Teniendo en cuenta que lo he llevado todos los días desde entonces y que nunca se me ha puesto el cuello verde, sospecho que debió de costarle una fortuna. Probablemente estuvo ahorrando todo el año para poder comprarlo.

—De acuerdo —responde—. ¿Por qué no?

Me doy cuenta vagamente de que Tim nunca me dice que no. Pero procuro no pensarlo demasiado. Hay ciertos aspectos de mi relación con mi vecino que prefiero no analizar muy a fondo.

—¡Genial! —digo, aplaudiendo—. Chelsea me recogerá a las siete menos cuarto. Después pasaremos a buscarte.

Tim no podría parecer menos entusiasmado.

—De acuerdo.

Él piensa que todo este plan es un error, pero se equivoca. Se lo va a pasar genial esta noche, y yo le demostraré que Shane es un buen chico. Y le diré a Chelsea que traiga también a una chica para él. A fin de cuentas, quizá pueda ayudarle a pasar un buen rato.