Al recordarla ahora, no cambiaría gran cosa de la noche de mi muerte. Exceptuando el final, algo que, evidentemente, no puedo hacer, fue una velada bastante fantástica. Si uno se enterara con antelación de que va a exhalar su último suspiro, es probable que echara a correr y a gritar «Quiero vivir» al dios con el que creyera que tendría más probabilidades de ser escuchado, desperdiciando así sus últimos y preciados momentos. Yo me alegro de no haberlo sabido, porque así me pasé la velada bebiendo champán como si fuera agua y recibiendo tal cantidad de alabanzas que podría haber pasado por el dictador de un pequeño pero próspero país. De arrepentirme de algo, sería de los ocho preciados minutos de mi última noche en la tierra que dediqué a Mary Chambers y a su empeño en contarme todos los detalles de su nuevo proyecto filantrópico.
Se suponía que no tenían que dejarla acercarse a mí. Decidí saludarla brevemente y después dejar que alguien más importante me reclamara, y casi todo el mundo era más importante que Mary Chambers. Aquella mujer insufrible me llamaba a la oficina varias veces a la semana, siempre sin éxito. Yo no le devolví ni una sola llamada, claro que ella tampoco pilló jamás la indirecta tamaño asteroide. Su marido le había dejado una fortuna devastadoramente inmensa cuando murió el año pasado. Se cayó de su yate en plena noche cerca de Portofino. Os aseguro que la noticia levantó muchas cejas. Sobre todo las de su hija de un matrimonio anterior, que montó en cólera al enterarse de que su nombre no figuraba en el testamento y demandó sin éxito a Mary por su parte de herencia. Yo sabía lo desesperada que estaba por invertir conmigo, y la mera magnitud de su fortuna me tentó en más de una ocasión, pero siempre terminé diciendo no. Era una mujer demasiado cotilla, demasiado preguntona. Yo necesitaba inversores que no anduvieran husmeando, y husmear era la razón de ser de alguien como Mary. Si Mary Chambers había tenido algo que ver en la muerte de su marido, tal y como insistía en proclamar a los cuatro vientos la hija de él, me habría resultado mucho más interesante, pero le faltaba visión de futuro para hacer algo así. La verdad de los hechos es que John Chambers era un borracho sin remisión al que le pesaba tanto la barriga que perdió el equilibrio y se cayó por la borda.
Aburrido, pero nada siniestro. No, Mary no tenía la capacidad de hacer algo así. En lo único que sobresalía esa mujer era en parlotear. Y aun así la invitamos a la fiesta. Por algún motivo, mi mujer pensó que era importante que asistiera. «¡Está en el consejo de la Fundación Lamcusi!», me informó, como si eso lo explicara todo.
Mi gran error fue drogarme antes de la cena. Hacerlo después era algo que se esperaba, se fomentaba incluso. Pero ¿antes? Me hizo bajar la guardia. En mi defensa, he de decir que había estado sometido a un estrés máximo y estaba loco por desparramar un poco. Miré los jardines, centelleantes y ridículamente hermosos, y noté el subidón. Olivia había tirado la casa por la ventana y, aunque los meses de preparativos habían sido una pesadez, la casa estaba espectacular. Habíamos empezado la fiesta junto al lago, decorado como el escenario de un cuento de hadas en una noche de verano. Había cientos de farolillos redondos entreverados en las ramas de los árboles que rodeaban el agua. «Quiero una iluminación suave», le había susurrado furiosa mi mujer antes a uno de los organizadores cuando cometió el error de poner unas bombillas demasiado fuertes. El muelle, encerado esa misma mañana, estaba adornado con farolillos más pequeños. Y había otros más colgados de estacas en las orillas del lago. Pero la joya de la corona era un enorme globo iluminado que diez tipos fornidos habían hundido hasta el fondo del lago esa misma mañana. Mi mujer había querido «agua iluminada desde arriba y también desde abajo» y, con el dineral que le pagábamos al organizador, no estaba dispuesta a aceptar un no por respuesta. El globo estaba hecho a mano en Italia y, mientras lo desembalaban y empujaban colina abajo hasta su puesto, estuvo dos veces a punto de romperse. Pero mereció la pena; las bocas abiertas de los invitados al cruzar los grandes arcos y ver el resultado final bastaron para convencerme de que mi fiesta de cumpleaños pasaría a la historia. Y así fue, aunque quizá no por las razones que imaginé entonces.
Después de los aperitivos, fuimos guiados a las carpas por jóvenes mujeres sonrientes enfundadas en vestidos negros agradablemente ceñidos. Mientras mis amigos pasaban de la primera y bonita sala decorada por un ejército de subalternos contratado por Olivia a la segunda, donde se serviría la cena, empecé a sentirme, por primera vez en meses, casi relajado. Te crees que los problemas no tienen solución y entonces un camarero te ofrece una copa de un vino excepcional. Luego te sirve varias más y, cuando quieres darte cuenta, estás en el cuarto de baño con George metiéndote una raya o dos de su mejor nieve y temporalmente liberado de ese peso del tamaño de un puto elefante que tenías alojado en el pecho. A veces un pequeño remedio recreativo puede ser una gran idea; no soporto la sociedad puritana en que nos hemos convertido, donde la obsesión por la salud y la longevidad priman sobre cualquier idea de diversión. Claro que yo a los sesenta ya estaba muerto, así que quizá no sea el más adecuado para dar consejos.
De camino a mi mesa, los hombres me interceptaban para darme la mano y una palmada en la espalda, las mujeres me besaban en la mejilla y se demoraban un segundo con sus dedos en los míos. Todas querían una oportunidad con Wistern; en ese momento podría haber elegido a la que quisiera. Menudo subidón para un hombre al borde del abismo. Igual no pasa nada, empezó a pensar mi cerebro. Había allí cientos de personas y eso que solo estaba invitada la flor y nata. Olivia había pasado semanas lidiando con llamadas de quienes no habían cumplido los requisitos suplicando que los dejaran venir a rendir pleitesía. Sin duda alguno se pondría de mi parte. Un hombre en mi situación no puede perderlo todo de un plumazo. Tanta seguridad era fruto de las drogas, ahora me doy cuenta. A veces me paso de seguridad en mí mismo, pero no suelo perder de vista la realidad. Aun así, me alegro de haber sentido durante un rato de mi última noche en la tierra algo parecido a la esperanza. Lo necesitaba. Pero eso también quiere decir que no estaba atento a quién estaba dónde y al cruzar el comedor me topé con Mary Chambers agitando la mano como si yo fuera un taxi y quisiera pararme.
Nunca he sido de perder los estribos. Pagaba miles de libras a una colección de expertos en artes marciales para que se pelearan conmigo en gimnasios de todo el mundo con el fin de dar salida a mi agresividad. Un tipo que entrena a atletas de artes marciales me dijo una vez que mi gancho de derecha estaba a la altura de los mejores, pero que necesitaba controlarlo. Son muchos los hombres que se meten en finanzas pensando que la clave del éxito es rezumar testosterona. Existe una frontera muy delgada entre intimidar con inteligencia y asustar, y yo siempre me he cuidado de no traspasarla. Pero al ver a Mary Chambers esperando a saltarme al cuello, tuve ganas de pegar un puñetazo a un camarero que estaba a mi derecha. Di media vuelta rápidamente, con la esperanza de encontrar a alguien, quien fuera, que me rescatara. Pero era demasiado tarde. Mary me había cogido el brazo y estaba tan pegada a mí que le olía el aliento. Entonces ocurrió algo muy curioso. La desesperación que había mantenido a raya durante semanas, meses incluso, me cayó en la cabeza igual que un globo desinflado. Las cosas no iban a salir bien. Mary Chambers se puso a hablarme con vehemencia de gatos en zonas de guerra y yo asentí con la cabeza sintiéndome de pronto igual que uno de ellos. No tenía escapatoria; lo supe mientras miraba la cara de aquella petarda que me decía no sé qué de «vivir con su propia inmundicia». Era probable que fuera a la cárcel, pensé, e intenté imaginar cómo sería. ¿Tendría que vivir con mi propia inmundicia? Desde luego Mary Chambers no me defendería con el mismo entusiasmo con el que abogaba por aquellos dichosos animales. Al igual que todos los demás, murmuraría sobre mis malas acciones, le haría el vacío a mi mujer en las fiestas, siempre tan santurrona ella, lo mismo que el resto de los invitados que había allí. Prácticamente ninguno de los que estaban en aquella carpa tenía verdaderos principios morales; mirara donde mirara, solo veía pecados. Rohan, fraude fiscal. Jeremy, extorsionador inmobiliario. Chuck, que le dio una paliza a alguien en la puerta de un club privado por rozarlo al pasar. Y Alice Begby. Una mujer cuyo linaje se remontaba a la época Tudor, pero que en un momento de su vida había tenido tal adicción a robar en las tiendas que le habían prohibido la entrada en Harrods. Claro que ninguno de ellos hacía daño a los suyos, sus transgresiones iban dirigidas a personas con las que nunca tendrían que confraternizar. Ahí era donde yo la había cagado.
Mary Chambers me miraba con preocupación y fui consciente de que me bajaba sudor por la nuca y tenía el cuello de la camisa pegado a la piel. Cogí otra copa de champán de la bandeja de un camarero y rechacé su ofrecimiento de traerme una silla con un gesto de la mano. Después de un nuevo y vehemente discurso de Mary sobre el sufrimiento de los niños esclavos, sentí por fin la mano de mi mujer en el brazo diciéndome que era hora de cenar. Mientras me guiaba a la cabecera de la mesa, me susurró: «Qué pesadez de mujer, por Dios. Cuando la he visto, ya era demasiado tarde». Yo me sentía indispuesto e irritable, también injustamente furioso con Olivia por no hacer mejor su trabajo.
—Joder, Liv, es intolerable tener que soportar a gente así. Ya te dije que esto era una equivocación. —Frunció los labios y pareció ir a regañarme, pero no le di ocasión—. Ahórratelo, por favor. No estoy de humor para uno de tus interminables sermones.
Me solté de su brazo y me senté justo cuando el ridículo maestro de ceremonias vestido de frac que Olivia se había empeñado en contratar anunció que la cena estaba servida. Había conseguido evitar una discusión cansina con mi mujer, pero una hora más tarde estaba muerto. Unas veces se gana y otras se pierde.
La noche se había pasado en un suspiro. Aperitivo a las siete, cena a las nueve y, entre medias, discursos. El de los chicos fue apropiadamente efusivo sobre lo buen padre que era Anthony. Desde luego sonó sincero, lo que es normal si has pagado lo suficiente a un buen escritor de discursos. Su madre le dedicó un homenaje breve, menos mal, en el que se notó mucho que lo estaba confundiendo con su hermano mayor porque no dejaba de llamarlo Andrew. No habría tenido tanta importancia de no ser porque Andrew murió a los ocho años, algo que tuvo traumatizado a Anthony mucho tiempo, y no voy a negar que empañó un poco la alegría. El resto de la velada transcurrió a la perfección, y yo me relajé una barbaridad en cuanto los invitados pasaron a la segunda carpa.
Cada vez que el papel de anfitriona encantadora se me hacía insoportable, me salía a fumar un pitillo, y antes de la cena incluso bajé hasta el lago para enseñarle las luces a Allegra, que había llegado escandalosamente tarde y por tanto se había perdido el espectáculo. Vi a mi marido en la orilla contraria fumando un puro e intercambiando confidencias con Giles. Nos saludamos con la cabeza, pero eso fue todo lo que interactuamos en toda la fiesta. Y sin duda la razón de que me lo pasara tan bien.
Era más de medianoche cuando me informaron de lo que ocurría en el lago, con la orquesta en su momento álgido y casi todos los invitados bailando. Yo no bailo jamás. Me horroriza la gente borracha y sin sentido del ridículo y me pongo enferma cada vez que veo a personas a las que normalmente respeto dar saltos en una pista de baile. Así que me había hecho fuerte en la zona de asientos junto al piano de cola y estaba concentrada en no estremecerme cada vez que Alex Lawson pasaba a mi lado. Aquella mujer era una de las abogadas de la Corona más reputadas de Londres y allí estaba, tratando de convencer a Roger Simons, quien daba la casualidad de que era magistrado del tribunal superior de justicia, de que bailara el limbo. Le susurré: «¡Un poco de dignidad!», cuando pasó a mi lado, pero estaba demasiado poseída para prestarme la menor atención.
Yo estaba charlando con mi querida amiga Lou Molton sobre lo bien que había salido la fiesta. Lou es una interiorista de mucho talento a la que se le da fatal conservar el dinero y los maridos, y, aunque lo disimula mejor que la mayoría, me consta que me tiene envidia, cosa lógica, por otro lado. Me estaba diciendo lo bonita que había quedado la carpa, cuando apareció Lyra abriéndose paso entre la gente. No había visto el pelo a mis hijos desde la cena. Ninguno se había mostrado especialmente entusiasta sobre la fiesta, pero yo no les había dado elección. Les había dicho que tenían que hacer un esfuerzo y aguantar hasta después de los discursos con la promesa de que después serían libres de hacer lo que quisieran.
Como siempre me ocurre con Lyra, mi tercera hija, lo primero que sentí al verla fue irritación. Desoyendo mis súplicas, se había plantado un vestido negro corto con zapatillas de deporte y una sombra de ojos que le daba aspecto de oso panda. El atuendo es una cuestión de respeto y Lyra siempre se viste como si se burlara de ti. O quizá solo de mí.
—Algo ha pasado… Fred y Giles están en el lago. Papá no está bien.
Lo dijo en voz alta, haciéndose oír por encima de la música, y varias personas se giraron. Le chisté un poco para darle a entender que estaba dando la nota, pero como de costumbre hizo caso omiso y me tiró del brazo hasta que no me quedó otra opción que seguirla. Lou me pisaba los talones, atenta como siempre a cualquier situación potencialmente dramática, y, para cuando enfilamos el sendero del lago, se nos habían unido varias personas más. Me volví y vi a Hamish McWhirter, seguido de varias mujeres a las que conocía solo de vista y no de nombre, del club de segundas esposas y novias. El lago está a pocos minutos, pero se me hicieron eternos porque los tacones se me hundían todo el rato en el dichoso camino de grava que Fred se había empeñado en hacer. Yo había querido arenisca, pero él había puesto mala cara y dicho que era un material demasiado violento para un jardín, signifique eso lo que signifique. A aquellas alturas de la velada no estaba previsto que hubiera nadie en el lago. Tenía preparado un espectáculo precioso de fuegos artificiales en la explanada de césped delante de la casa como fin de fiesta y no quería que la gente se dispersara y echara a perder mi cuidadoso planning. Los fuegos iluminarían el capricho del jardín de una forma absolutamente espectacular. En los Cotswolds puede haber unas casas maravillosas, pero mi capricho es la envidia de todos.
Siempre supe que Anthony terminaría por estropear la noche, era incapaz de tomarse nada en serio. Yo le organizaba una fiesta para celebrar nuestra familia y nuestro éxito y él se iba a hacer el gilipollas al lago. Intenté reprimir mi irritación cuando vi la cantidad de curiosos que corrían a ver qué había armado mi marido esta vez, pero la rabia se había apoderado de mí y no conseguía quitarme el rictus. Con lo que envejece un rictus.
Alguien a mi espalda dio un respingo. «¡Está en el lago!». El lago de marras. Los chicos querían una piscina, habían suplicado, implorado una piscina, pero me resultan demasiado espantosas. Las piscinas son para las villas en el sur de Francia, no los Cotswolds, donde llueve mucho y no hace verdadero calor hasta julio. Así que hice que dragaran el lago, lo llenaran con agua dulce y un día a la semana lo limpiaba el guardabosques. Si tantas ganas tenían de nadar, les dije, que nadaran allí. Mi hijo, tengo que reconocerlo, aceptó el desafío y se metía cada mañana, pero los demás ni se acercaban al agua. En cuanto a Anthony, era un auténtico gallina en lo referido al agua fría y solo se metió dos veces en su vida. Deseé haber seguido adelante con mi plan original, que había sido encargar un laberinto. Siempre pensé que un laberinto quedaría muy chic, pero Anthony dijo no sé qué sobre que, cuando quisiera pasarse un fin de semana perdido, se iría a Ibiza, y no se habló más del tema.
La escena casi parecía sacada de una pintura renacentista. Giles y Freddy estaban dentro del lago, moviendo las manos como si dirigieran una orquesta invisible. Y entre los dos estaba mi marido. En una postura imposible, casi suspendido encima del agua. Tenía la cara sumergida, los brazos colgando igual que un niño al que están desnudando. Y las piernas…, las piernas apuntaban hacia arriba. «¡Lo han empalado!», gritó una mujer con un vestido rojo que no dejaba demasiado espacio a la imaginación. Hamish la hizo callar, pero la señora tenía razón. Mi marido estaba ensartado en una de las estacas que sujetaban los bonitos globos repartidos por el lago. Espetado como una sardina.
Me acerqué más y me fijé en el reloj de pulsera de mi marido, que le había regalado justo el día anterior. El vendedor había insistido muchísimo en que se podía bucear a hasta treinta metros de profundidad con él puesto, pero un lago en los Cotswolds no tiene nada que ver con las aguas claras del Mediterráneo. Era muy propio de Anthony tratarlo con tan poco cuidado. A aquellas alturas, varias personas habían empezado a gritar, así que me volví y las fulminé con la mirada.
—Está muerto —dijo Fred, como si el palo ensangrentado no fuera prueba suficiente. Siempre está diciendo obviedades. Tiene un cerebro de lo más literal, desde luego no el que habría querido para un hijo mío, pero tampoco es que sus hermanas sean unas lumbreras. Yo no podía quitar los ojos del globo, que centelleaba debajo del agua iluminando la sangre. La verdad es que esa fue la peor parte. Lo lógico habría sido que lo peor fuera ver a Anthony colgado igual que un muñeco diabólico de un poste de metal, pero, por algún motivo, el agua color rojo oscuro resultaba mucho más inquietante. Quiero iluminación suave, había insistido yo a los organizadores. Pues ya la tenía.
Hamish se había puesto a consolar al club de segundas esposas con entusiasmo excesivo, dicho sea de paso. Lyra corrió hacia su hermano, pero cayó de rodillas al llegar a la orilla. Siempre tan pragmático, Giles se había esforzado por mantener a los curiosos lejos del cuerpo, pero tampoco es que tuviera que hacer demasiado esfuerzo. Nadie tenía prisa por acercarse a aquel espanto. Los globos ensangrentados iluminaban la escena a la perfección, casi parecía una coreografía.
Lou dio media vuelta y echó a andar hacia la carpa gritando que iba a pedir ayuda. La muy cobarde. Y yo ¿qué hice? Pues no me moví. Ni un milímetro. En mis peores momentos de enfado, había deseado la muerte a mi marido. Incluso había imaginado las maneras en que esa muerte podía ocurrir, había construido meditados escenarios en los que una ola furiosa lo arrastraba mar adentro, o terminaba igual que un churrasco en un atroz accidente de helicóptero. Pero no eran más que fantasías en las que nos refugiamos las mujeres durante los muchos momentos de crisis que hay en los matrimonios largos. Después de demasiados martinis, la gran amiga de mi madre, Jessica De Palmer, me contó una vez que se consolaba pensando que era probable que su marido muriera de un infarto fulminante igual que los demás hombres de su familia. Me dijo riendo que se aseguraba siempre de que la empleada doméstica cocinaba platos lo menos sanos posibles para acelerar el proceso. Luego resultó que William De Palmer sobrevivió a su esposa y ahora está casado con una mujer mucho más joven que lo obliga a llevar una vida saludable y no le deja beber alcohol. Sospecho que preferiría estar muerto.
Yo puedo ser muy práctica si la situación lo requiere. Algunos lo llaman ser «fría» y más de un periódico se ha referido a mí como «gélida», pero es útil ser capaz de suprimir emociones innecesarias cuando amenazan con interferir con tus obligaciones. En aquel momento me pasaron dos cosas por la cabeza. La primera fue que no tenía que llorar ni lamentarme delante de aquellas plañideras. Sabía de buena tinta que a las segundas mujeres les encanta chismorrear sobre sus predecesoras, y que las que estaban allí disfrutarían comentando mi desmoronamiento si demostraba la más mínima emoción. En segundo lugar, afloró mi instinto maternal. Puede que se haga esperar más que el de otras mujeres, nunca he sido de obsesionarme con mis hijos como hacen otras —después de todo, la genética no garantiza el carisma—, pero está en algún rincón de mi interior.
Venid aquí, grité a Lyra y Freddy con voz tan seria que, a pesar de su conmoción, enseguida se pusieron de pie y echaron a andar. Vamos a la casa, vamos a la casa, dije cogiéndolos de la mano. Nos abrimos camino entre las segundas esposas y novias, muchas de las cuales ya habían empezado a llorar, supongo que lamentando la oportunidad perdida, y enfilamos el camino de grava. Recuerdo ver las luces parpadeantes de las carpas y oír la orquesta tocar «Oh, What a Night» a medida que nos acercábamos. Desde luego el título no podía ser más apropiado: menuda nochecita.
—Por aquí no —suplicó Lyra.
Yo la entendía, la idea de enfrentarse a cientos de personas, la mayoría borrachas, era casi inconcebible. Pero no pensaba permitir que Clara y Jemima se enteraran de lo ocurrido por un conocido, o, peor aún, por un camarero. Las facturas de psicoterapia para mis hijos que había pagado ya eran un abuso. ¿Para qué echar más leña al fuego?
Cruzamos la pista de baile a toda velocidad, tropezando con personas de juerga. Freddy seguía cubierto de barro, gran parte del cual había transferido a Lyra, que por tanto tenía más aspecto aún de pordiosera. Yo trataba de sonreír, como si así fuera a tranquilizar de alguna manera a mis invitados. La asistente personal de Anthony estaba bailando con un hombre que no reconocí. Meneaba las caderas de una forma levemente obscena. Me vio al pasar y vi cómo su expresión cambiaba de la seducción a la sorpresa. Dejé de sonreír. Detestaba profundamente a Lainey y lo último que quería era que nos siguiera, que nos ofreciera su ayuda con esa voz siempre un poco jadeante que me disparaba la tensión arterial. Le dije que no con la cabeza y se concentró de nuevo en el hombre que tenía delante. Este parecía de lo más absorto, le miraba el escote con una concentración que a mí me habría dado migraña.
Por fin encontramos a Clara. Al ser la hija pequeña, estaba sentada en el bar con su amiga Willa, aburrida ya de la fiesta y aprovechando la oportunidad para emborracharse lo más deprisa posible. Tenemos que irnos, le dije obligándola a bajar del taburete y sin hacer caso de sus airadas protestas. Por fin Lyra, que se había perdido por el camino, reapareció a mi lado. Traía a Will, con pinta de estar más aturullado de lo habitual. Reprimí mi irritación. Era el marido de Jemima y, como tal, había que considerarlo familia cercana, algo que me costaba aceptar. Era un insulso y me repateaba que la gente lo considerara un Wistern, algo que él se ocupaba de fomentar, estaba segura.
No sabía dónde estaba su mujer, farfulló, y lo miré con tal cara de fastidio que se encogió un poco. En cualquier otro momento eso me habría producido satisfacción, pero por desgracia aquella noche no pude disfrutarlo.
Sabía que no podíamos quedarnos mucho más en la carpa. Por el rabillo del ojo vi a Richard Price viniendo hacia mí, claramente decidido a que, pasara lo que pasara, contáramos con él. Lo saludé con la mano y empujé a mi familia fuera de la carpa. Los últimos metros hasta la casa los hicimos casi corriendo. Fred pasó un brazo por los hombros de cada una de sus hermanas, Will me tendió una mano, pero la retiró en cuanto vio que yo no pensaba aceptarla. Cuando llegamos a las puertas acristaladas del salón, apareció Jemima en albornoz y con el pelo envuelto en una toalla. Nos miró sorprendida y justo en ese momento oímos sirenas de la policía en el camino de entrada.
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La noche en que ocurrió todo, yo estaba a menos de cinco kilómetros y a todo un mundo de distancia en mi dormitorio infantil. Cuando me fui a la universidad, estaba tan convencida de que no volvería que tiré casi todas mis cosas. ¿De qué me iban a servir en una vida adulta y emocionante en Londres? Ahora lo lamentaba amargamente, sobre todo porque mi madre había convertido mi habitación en su cuarto de tejer y forrado las paredes con un papel chillón. Conchitas con inconfundible aspecto de penes a los que se te iba la vista automáticamente. Era tarde y estaba sentada en mi escritorio viendo en el portátil un documental sobre un asesino en Crawley que mataba a sus víctimas cubriéndoles la cabeza con un globo hasta asfixiarlas. El documental tenía el original título de La bestia del globo y, si soy sincera, no era demasiado apasionante. Tampoco sé si un globo es la manera más eficaz de matar a alguien; este señor había fallado en tres ocasiones y necesitado un cuchillo para rematar la faena. Debería haberse llamado directamente El asesino del cuchillo, pero, claro, ese título tiene mucho menos tirón.
El portátil tenía una grieta que atravesaba toda la pantalla de cuando lo estrellé contra el suelo seis meses antes. Lo hice en un ataque de ira y con la vista nublada después de que el moderador trepa de Sabuesos al Acecho me baneara por publicar demasiados posts. Lo de la vista nublada es literal. Cuando me enfado, me aparece una bola en llamas brillante delante de los ojos. ¿Cómo se puede reprochar a alguien que haga demasiadas preguntas? ¿No estamos aquí para escarbar más profundo que los demás? ¿No es esa nuestra razón de ser? El moderador dijo que era spam, que estaba publicando demasiado a menudo sin dar la oportunidad de intervenir a otros. Al parecer, también en los foros sobre true crime hay siempre un líder autoproclamado decidido a silenciar a las masas cuando van a contracorriente. Incluso si es el usuario más activo, alguien a quien recurren otros para informarse de un caso nuevo.
Después de una noche de sueño reparador, había llegado a la conclusión de que, en cualquier caso, el foro últimamente era un rollo, con excesivo protagonismo de los asesinos en serie norteamericanos de siempre. Todos se apuntaban al tren de lo gore, no tenían verdadero interés en la injusticia, solo en entretenerse a la hora de la comida con algo que les hiciera sentir mejor sobre sus propias vidas. Si no valoraban mi trabajo, me iría con la música a otra parte.
Debería haber puesto en marcha un pódcast; aún me doy de tortas por no haberlo hecho antes de que se volvieran tan populares y todo quisque lanzara uno. El puto Viciosas del crimen tiene millones de seguidores y gana dinero a espuertas cuando lo único que aporta son refritos de artículos de Wikipedia sobre asesinos de hace mil años.
Lo que yo hice fue crear un canal de YouTube y aprender a usar TikTok. Al principio mi número de seguidores no era muy prometedor, pero poco a poco fui atrayendo a más, personas que querían de verdad ayudar a resolver asesinatos y no solo plantar el culo en una silla y ver documentales casposos para pasar un poco de miedo. Pero yo no me conformaba con seguir los casos que seguían todos los demás. Yo quería hacerme oír de verdad. Y para eso necesitaba contar mi propia historia. Una que, por casualidades de la vida, le estaba ocurriendo en ese preciso momento, bajando por la carretera de mi casa, a un hombre al que yo conocía demasiado bien.
La verdad es que es rarísimo estar vivo y, al minuto siguiente, muerto. Aquí no te dan tiempo suficiente para hacerte a la idea y creedme que, cuando descubres que estás en un centro de procesamiento, lo necesitas. Siempre me he considerado un hombre capaz de enfrentarse a cualquier situación, pero, a falta de una explicación sobre lo que me estaba pasando, creí que me estaba volviendo loco. Eso o que los colegas me habían dado una farlopa de mala calidad. ¿Cómo podía estar en una fiesta por todo lo alto en mi honor y al minuto siguiente en un cuarto beis y sin ventanas?
Al principio no fui consciente de haberme muerto. Tardé varias horas en serlo. Inicialmente pensé que estaba en la cárcel, aquellos interiores tan desolados me recordaban a un drama carcelario de bajo presupuesto, y me preparé para la inevitable imputación. Pero no había guardas y yo no estaba esposado. Sentado en la sala de espera, reparé en grandes letreros plastificados con frases como: «Estás a salvo. Por favor, mantén la calma y espera a las explicaciones del personal». Y: «No molestes a nuestros voluntarios, están muy ocupados y te llamarán por tu número en cuanto puedan». Me miré las manos y, oh sorpresa, tenía una papeleta con el número 69. Mi favorito, bromeé en voz alta, aunque nadie se rio. La señora sentada a mi lado lloraba a moco tendido, cosa que me estaba poniendo de los nervios, y luego había un tipo con gabardina tirado en el suelo igual que un borracho. Tal vez las drogas me habían sentado mal, quizá todo aquello no era más que una alucinación rara y solo necesitaba aguantar el tirón. Cada vez que me acercaba a la recepción a preguntar qué pasaba, una chica joven de pelo estropajoso se limitaba a menear la cabeza y a decirme que esperara mi turno.
Cuando por fin dijeron mi número, una mujer con conjunto de suéter y chaqueta me llevó a otra habitación sin ventanas donde, cosa rara, oí el sonido tenue de la canción «Come on Eileen» procedente de alguna parte. La subdirectora de admisiones (pues eso decía su identificador plastificado) puso cara de fastidio al oírla y pidió a la recepcionista que pusiera algo más apropiado («Necesitan tranquilizarse, Cathy, esto no es una fiesta») antes de cerrar la puerta.
Ruido de papeles, ausencia deliberada de sonrisa. Su discurso fue breve e impreciso.
—Bienvenido al centro de procesamiento, soy Susan. Siento mucho que esté con nosotros e imagino que lo que me dispongo a decirle será un shock, pero recibirá las explicaciones necesarias cuando haga falta.
A continuación esperó tres segundos exactos antes de anunciarme que estaba muerto y en la delicada morada que separa la vida del más allá. Como podéis imaginar, yo tenía muchas preguntas. También era mala suerte que mi alucinación incluyera aquella mujer insulsa diciéndome que estaba muerto y negándose a darme más detalles. Me había esperado elefantes rosa y por lo menos una orgía de esas que no son factibles estando sobrio. Pero, incluso mientras me aferraba a esta idea, una parte de mí sabía que no estaba soñando. Resultaba todo desoladoramente real, desde el suelo de linóleo barato hasta las esquinas curvadas del cartel de la pared, de un amanecer en un mar sin identificar y con las palabras: «Dónde vayas después de muerto dependerá de dónde hayas ido mientras estabas vivo». En mi caso, eso equivalía a decir a cualquier parte. Capri, Saint-Tropez, la isla que está al lado de la de Richard Branson, Necker, que todo el mundo reconoce secretamente que es mucho más bonita que su roca regordeta. Pero desde luego aquí no. A un sitio donde ponen música de los Dexys Midnight Runners, no.
Después de un tenso tira y afloja durante el cual la mujer me dijo que tenía que recordar cómo había muerto antes de pasar a la «etapa siguiente», yo le pedí varias veces que dejara de decir tonterías y ella se impacientó bastante y me soltó que más me valía aceptar mi muerte cuanto antes, me levanté y me acerqué a la mesa en busca del teléfono. Mis abogados solucionarían esto, no pago miles de libras la hora a un bufete apodado «las hienas» para tener que perder tiempo en el despacho de un subalterno con una señora así. No tenían teléfono. La mujer suspiró y se puso de pie.
—Veo que voy a tener que hacerle una demostración, señor Wistern —dijo y me metió la mano en el estómago. Sentí frío, como si me hubiera echado agua en el abdomen, y bajé la vista, desconcertado. La mano de la mujer me atravesaba el estómago y solo se veía su muñeca sobresaliendo del ombligo.
—Agresión —dije retrocediendo—. Eso es agresión. No pienso tolerarlo. No sé qué chanchullo es este, pero conmigo no cuela. Quiero hablar con su superior.
En lugar de disculparse o de parecer asustada por mi arrebato, la muy tonta se limitó a sonreír con suficiencia.
—Pensé que eso lo convencería. Le he atravesado el estómago con la mano, señor Wistern. Puesto que nuestros seres corpóreos ya no existen, no le he hecho daño. Imagino que ahora entiende que no está usted vivo.
—Llame a su superior —dije con firmeza, lo que la hizo sonreír de nuevo.
—No hay nadie en dirección ahora mismo, pero me ocuparé de transmitir su petición. Y ahora me temo que tengo que hacer el ingreso de la persona siguiente, hoy estamos muy ocupados. Un ordenanza lo acompañará a su habitación.
Me guio hasta a la puerta sin que yo dejara de insultarla y una mujer vestida con mono de albañil me llevó a mi nuevo dormitorio.
—Con un poco de suerte, no estará mucho aquí —me dijo dándome una bolsa de plástico con ropa y zapatos nuevos—. En cuanto sepamos los detalles de su muerte, irá a otro sitio. Pero primero tiene que entender lo que ha pasado.
Cuando le pregunté qué quería decir con eso, se limitó a guiñarme un ojo y a salir.
Me senté en una cama individual de lo más incómoda y me miré la tripa. No tenía una sola marca. Entonces comprendí lo que pasaba y fue un puto shock. Así que eso era estar muerto. No lo que siempre había imaginado, un agujero negro de absoluta nada, sino algo parecido a alojarte en un hostal de mala muerte. Si al final resultaba que el cielo estaba gestionado por un colectivo hippy de alguna clase, no me interesaba lo más mínimo ir.
Cogí el folleto que me había dado la ordenanza. «Procesa tu fallecimiento». La primera página tenía un dibujo tosco de una persona agitando el puño en dirección al cielo, con las palabras: «Por qué es tan importante aceptar que has muerto». Estaba escrito en un lenguaje que parecía pensado para un niño de ocho años. «Cuando sepas que has muerto estarás triste, ¡pero eso no es malo! En los últimos momentos de vida, el cerebro se apaga, y es para protegerte: la muerte puede ser muy dolorosa. ¡Buen trabajo, cerebro! Como resultado, normalmente hay una laguna en tu memoria de unos treinta minutos y tendrás que convertirte en detective y aprender a recuperar los recuerdos. La mayoría de las personas mueren de enfermedad, así que quizá es la primera opción que debas explorar. O tal vez has muerto en un accidente de tráfico. ¡Ay! Las sesiones de meditación que proporcionamos serán vitales para desenterrar esos recuerdos; son optativas, pero muy importantes». ¿Por qué tenía que averiguar cómo había muerto? «Somos conscientes de que puede parecer una tontería querer recordar algo así, pero miles de años de experiencia nos dicen que las personas que pasan a la fase siguiente del más allá a menudo experimentan ansiedad e ira si no lo hacen, ¡y eso repercute luego en la comunidad entera! Saber cómo has muerto equivale, en cierto sentido, a saber cómo has vivido. Esperamos que entiendas que esta información, por dolorosa que resulte, te ayudará a vivir la mejor muerte posible». En la parte de atrás había una lista de instrucciones mucho más directas. «El recuerdo debe ser pleno y completo, no se aceptan recuerdos vagos o parciales. Puedes escribir la respuesta tantas veces como quieras, pero solo se aceptará una descripción precisa y detallada. Si tu muerte fue traumática, tendrás asesoramiento psicológico, pero debes saber que la lista de espera ahora mismo es muy larga. No pidas ayuda a otras personas».
Tiré el folleto al suelo, asqueado.
Pero entonces me salió la vena competitiva. Incluso si aquella era la cosa más tonta que había oído en mi vida, pensaba ganar. El éxito estaba en mi naturaleza. Hice memoria de la fiesta. Una fiesta para celebrar mi sesenta cumpleaños, pensada para alardear de mi estatus, mi éxito y mi poder. Menudo momento para irse al otro barrio. Aunque, si el estatus, el éxito y el poder estaban a punto de esfumarse, quizá había tenido un nuevo golpe de suerte. Y otra cosa: considerando la cantidad de gente que no me podía ni ver, lo mismo me habían asesinado. Eso sí que sería emocionante.
Me acompañó a la sala de visionado Vince, otro «interno» como se refirió a sí mismo, y, a juzgar por su aspecto, alguien quien sin duda había estado en la sombra y sabía de qué hablaba. Cubículos separados por paredes delgadas y mesas espartanas en las que solo había monitores y ratones. «Puedes verlos a todos desde aquí —me explicó Vince—. Ver qué tal se las arreglan ahora que estás finado». Lo miré sin entender y sonrió. «Finado, muerto. Era una broma para animarte, colega. Pero ten cuidado, a veces los pillas haciendo cosas que te gustaría no haber visto. Yo estuve casado treinta años y no tenía ni idea de los pedos que se tiraba mi mujer hasta ayer».
Simuló estremecerse y se fue.
En el monitor se reproducía un vídeo. De mi familia. Se me hizo muy raro verlos a todos sentados en el salón, mi aturdida mujer y mis desconcertados hijos, sabiendo que trescientos de nuestros amigos cercanos estaban a solo unos metros, en las carpas, pimplando vino y bailando. Sabiendo que mi cadáver andaba por alguna parte. Me vino a la cabeza una imagen del lago; ¿me había ahogado? Por lo menos quería ver alguna lágrima, quizá incluso un amago de rasgarse las vestiduras. Todos parecían demasiado cómodos con la situación para mi gusto. Oí música lejana y me concentré en identificar la canción para ahuyentar la irritación. «What a way to make a living», «Menuda forma de ganarse la vida»… ¡Dolly Parton! El DJ había contravenido expresamente mis deseos, se había salido de la lista de reproducción que yo le había encargado a mi maravilloso amigo Johnny. Un músico que llenaba teatros de todo el mundo jamás habría elegido una canción tan chabacana. Era el sesenta cumpleaños de un triunfador, no una despedida de soltera en Southend.
Mis hijos estaban repartidos por la habitación en asientos varios. Lyra, blanca como el papel, tenía los pies encima de una mesa, casi como si buscara la reprobación de su madre. Siempre ha sido mi favorita, en parte porque ha hecho un arte de cabrear a Liv. Clara estaba con la cabeza gacha y sollozando de forma muy exagerada, Fred junto a las puertas acristaladas, como si quisiera estar lejos del resto, y Jemima, en el sofá y con una toalla al lado que estaba empapando la tapicería. Olivia miraba furiosa a nuestra hija mayor, la cual, o no se daba cuenta, o le daba igual.
Will, que había estado hablando con un agente de policía en el pasillo, entró justo cuando por fin cesó la música.
—Están explicándoles qué ha pasado —dijo secándose la frente como si llegara de hacer trabajos forzados—. Bueno, no se lo dirán exactamente, pero es obvio que los invitados tienen que sospechar que algo pasa.
Entonces Clara levantó la vista, furiosa.
—¿Cómo que algo pasa? Papá está muerto, Will. ¿Podrías no decirlo como si fuera un puto contratiempo sin importancia?
Will se puso rojo como un tomate y procedió a disculparse. Mi yerno nunca ha tenido personalidad, pero verlo claudicar ante una adolescente histérica me pareció especialmente lamentable. Quedó claro que Jemima pensaba lo mismo, pues, mientras su marido hablaba, hizo una mueca.
—Y Lainey está fuera. Muy afectada. ¿Le digo que entre? Creo que no tiene coche…
Calló cuando vio la cara de su mujer. Jemima había heredado de su madre el don de reducir a un hombre a papilla con solo una mirada.
—Sí, claro, Will. Y, ya de paso, ¿por qué no invitas a los del catering?
Olivia ni se dignó a contestar y mi yerno pilló la indirecta.
—¿Qué coño ha pasado? —Lyra bajó las piernas de la mesa y se inclinó hacia delante. Me fijé en que le temblaban las manos—. ¿Cómo ha terminado papá ensartado en un poste? Es… de locos. Parece una comedia negra. Anthony Wistern empalado, joder.
Meneó la cabeza y yo tuve ganas de vomitar. Ay, Dios mío, me habían empalado. Recordé caer, ver la superficie del lago acercarse y después una puñalada debajo de las costillas. El recuerdo se desvanecía, pero el horror persistía. ¿Cómo coño había pasado algo así? ¿Cómo termina alguien empalado a estas alturas del siglo XXI?
—¿Lo dices en serio? —Era Will otra vez con un tono extrañamente agudo—. Yo lo encuentro algo muy propio de Anthony. Irse llamando al máximo la atención. Supongo que morir en su cama de viejo le resultaba demasiado anodino.
Cualquiera supondría que es imposible dejar de pensar en que has muerto empalado una vez te lo recuerdan, pero el caso es que de pronto me vino otra imagen a la cabeza. De Will acercándoseme con sonrisa culpable en el jardín cuando me estaba fumando un Montecristo con Rufus Lowe. Como sabía lo que quería y muy a mi pesar, me disculpé con mi amigo y me perdí el final de una historia buenísima que me estaba contando sobre que acababa de comprar un colegio con problemas de solvencia con la promesa de salvarlo. «¡Esos niños estudian en una propiedad en pleno centro de Londres, solo el salón de actos da para un apartamento de tres habitaciones!».
Mientras bajaba con Will por el césped, me susurró: «¿Podemos hablar un momento de cuándo voy a cobrar? Ya sé que últimamente has estado muy ocupado, pero me temo que es bastante urgente».
Debería haberle menospreciado, hecho sentir un estúpido por pedir algo así. Pero no siempre lograba disimular lo mucho que me irritaba mi yerno y tampoco era capaz de enmascarar mi arrepentimiento por haberle dejado invertir. En un momento de debilidad después de una larga comida de Pascua, ablandado por una botella de un excelente Château Ausone y un sueñecito al sol, había sucumbido por fin a sus súplicas. Ese día se mostró servilmente agradecido, pero oyéndolo ahora fui consciente de que estaba lleno de resentimiento. Mi cerebro, satisfecho por haber logrado evocar el recuerdo, volvió a concentrarse en lo de acabar ensartado en una estaca. Se me puso otra vez mal cuerpo.
—¿Te crees que me he pasado meses organizando esta fiesta para que mi marido tuviera una muerte emocionante? Estaba borracho, salta a la vista que se cayó del embarcadero, William. —Olivia lo miró con fría furia y Will se encogió y murmuró algo sobre seguir en shock. —No le pasaba nada, salvo que había bebido grandes cantidades de alcohol.
—Eso, William —dijo Lyra, encantada de echar más leña al fuego—. Me parece un escándalo que insinúes que pudo suicidarse. Estaba tan feliz como siempre.
Olivia asintió con la cabeza al oír aquello, pero sabía que no era verdad. El mes antes de mi muerte discutimos más que en todo nuestro matrimonio. Ella estaba muy fría conmigo, yo supuse que pensaba que había otra mujer y le dije que estaba siendo irracional, lo cual no le impidió husmear en mis cosas. Una noche me la encontré en mi despacho cuando me creía dormido mirando mi portátil; el resplandor de la pantalla le iluminaba las facciones. Allí no iba a encontrar prueba alguna. Yo no era tan tonto como para guardar comunicaciones extramaritales en mi ordenador. Un segundo móvil es lo que usan los hombres inteligentes. A veces incluso un tercero, si quieres tenerlo todo verdaderamente controlado.
—Joder. ¡Joder! —dijo Jemima meciéndose un poco de atrás adelante—. Fred, ¿tú estabas ahí? —preguntó casi demasiado deprisa—. Aún no nos has dicho lo que viste.
Todos los ojos se volvieron a la figura junto a la puerta acristalada, pero Fred no se giró y se tomó un momento para contestar.
—Oí gritar a Giles, así que bajé corriendo desde los árboles a ver qué pasaba. Se había metido en el lago; al principio no entendí por qué, hasta que lo vi agarrar algo. Un brazo…
Mi hijo no terminó la frase y exhaló sonoramente, como si fuera un motor de combustión. Luego tiró del picaporte y salió al jardín antes de que pudieran detenerlo.
—Ya se va con sus amigos arbóreos —comentó Lyra antes de añadir—: En realidad sus únicos amigos.
Will fue detrás de él, siempre haciéndose el imprescindible.
Clara estaba tecleando alguna cosa en su teléfono y alargué la cabeza para verlo. «DEP papá», había escrito encima de un selfi suyo con la cara llena de lágrimas. Nuestra hija pequeña era adicta a ser el centro de atención —una vez consiguió que cerraran un telearrastre por intentar hacerse una foto colgada de la silla—, pero lo de usar mi muerte para crear contenido me pareció de lo más bajo.
—Igual lo han asesinado —propuso, sin molestarse en levantar la vista.
Asesinado. ¡Pues claro! ¡Eso ha sido! Clara puede ser una ególatra, pero de tonta no tiene un pelo. ¿Quién coño se ha creído con derecho a asesinarme? Me sentí de lo más indignado y empecé a notar también ardor de estómago. Tener ardor de estómago estando muerto me pareció una broma de lo más cruel. Qué feo matar a un hombre en su fiesta de cumpleaños. Lo único que pido yo siempre es una pelea justa.
—Mira que decís tonterías. —Sola con las chicas, mi mujer habló con los ojos cerrados, como si no quisiera verlas. El ambiente se había vuelto aún más venenoso. Nada como tener tres hijas para coger cariño a los hijos, incluso si son tan raritos como Fred—. No lo han asesinado, no estamos en una película.
¿Por qué se esforzaba tanto Olivia en negar lo evidente? La obsesión de aquella mujer por no montar un número estaba afectando a su capacidad de razonamiento. Me habían empalado, Livvy querida.
—Eh… ¿Estás de broma? ¿Crees que tropezó y cayó en una estaca? ¿Es que no has visto ningún documental de true crime?
Clara había vuelto a la conversación y miraba a su madre como si la creyera idiota.
—Ya está bien de tu obsesión con el true crime. Esto no es obra de un autostopista en un pueblo de mierda de Nebraska. Puede haber sido un accidente perfectamente —contestó Jemima—. En las noticias salen muchísimos accidentes raros, de gente que muere aplastada o atrapada en maquinaria de fábricas.
—Sí, pero esas personas no son papá, Jem. —Lyra estaba sirviéndose una copa de vino y me dio una envidia horrorosa—. Esas personas trabajan en condiciones peligrosas de verdad. Papá trabaja con un teléfono móvil. A veces incluso dos.
Siempre dispuesta a sembrar discordia, Lyra miró deliberadamente a su madre.
—A ver, en su trabajo ha tenido que hacer enemigos —dijo Clara, quien estaba repasándose la raya del ojo con gestos ascendentes de la mano—. Ganó mucho dinero, es la razón número uno de que te maten. Y hacerlo en su fiesta de cumpleaños es un clásico. A los psicópatas les encanta presumir, eso lo sabe todo el mundo. Esa mujer que mató a su marido el año pasado en Bristol también lo envenenó el día que cumplía años. Le puso matarratas en un espresso martini. —Lyra movió la cabeza con cara de desaprobación—. Los espresso martinis son una horterada. Imaginaos morir así.
Mi mujer soltó un grito de exasperación que le he oído muchas veces.
—¡Ya está bien! Ha sido un accidente y punto. Un accidente horrible e inoportuno. —Calló un momento y miró a nuestras hijas como si las viera por primera vez. Entonces dijo algo tan ridículo que casi me caigo de la silla—. ¿Quién sabe? Igual Will tiene razón por primera vez en su mediocre vida. Vuestro padre estaba deprimido por cumplir sesenta años, algunos hombres llevan lo de envejecer peor que las mujeres. Nosotras nos hacemos irrelevantes mucho antes, para ellos es como despeñarse por un barranco.
Por la expresión de mi mujer, supe que no se creía lo que estaba diciendo; después de todo, a los sesenta los hombres están en su mejor momento. Así que ¿por qué se empeñaba en soltar esas chorradas?
—Desde luego estaba más irascible de lo habitual —contestó Lyra con la copa de vino casi vacía—. Cuando vine el mes pasado, fui por su oficina y Judy me hizo pasar directamente. Estaba susurrando por teléfono con alguien de una manera muy rara. Como si quisiera gritar pero no pudiera, y, cuando me vio, colgó y me gritó, ahora sí, por no llamar a la puerta.
Me acuerdo de eso. Lyra venía a pedirme dinero, claro, jamás venía a la oficina solo para verme. La eché con cajas destempladas, incapaz de calmarme y sintiéndome utilizado por todos. Judy se había marchado pronto ese día, otra mujer cuyos sentimientos al parecer yo tenía que considerar a la hora de tomar cualquier decisión. «¡Pero ninguna de esas cosas empujaría a vuestro padre a tirarse encima de un poste de metal!», les grité en vano. Mi familia calló un minuto, absortos cada uno en sus pensamientos, hasta que una explosión rompió el silencio. Al otro lado de las puertas acristaladas, el cielo se llenó de llamas rojo intenso. Clara y Lyra gritaron como posesas y Jemima se tiró al suelo y fue a cuatro patas a esconderse debajo de la mesa. Solo mi mujer siguió impertérrita mientras los disparos reverberaban en toda la casa.
—Es una rueda de Catalina. Se nos ha olvidado avisar a los de los fuegos artificiales —dijo casi con indiferencia. Otro zambombazo y los números seis y cero se iluminaron en rojo brillante en el cielo antes de temblar y desaparecer—. Quedan diez minutos, igual deberíamos verlo.
Jemima salió de debajo de la mesa y volvió al sofá, visiblemente más tranquila. Cogió la toalla y siguió secándose el pelo. De pronto caí en la cuenta de lo raro que era que hubiera estado dándose una ducha en plena fiesta y quise que Olivia espabilara de una vez y le preguntara qué había estado haciendo. Pero entonces se abrió la puerta y entraron dos agentes de policía.
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Esta mañana temprano, mientras recogía los platos del desayuno de mamá y le cambiaba las sábanas por tercera vez esta semana, me puse a pensar en mi vida. Había conseguido arañar tres cortos años en la universidad antes de tener que volver a casa a cuidar de mi madre. Había imaginado que la vida se abriría ante mí y me brindaría todo, y, sin embargo, lo más emocionante que me había pasado últimamente era que un ciclista se había caído de la bicicleta en nuestro jardín delantero y arrancado un ala a una de las hadas decorativas de mi madre. Hasta lo invité a una taza de té y luego caí en la cuenta de que era la única persona, aparte de mamá, con la que había hablado en tres días. El ciclista rechazó educadamente la invitación. Igual pensó que estaba coqueteando con él, pero, por muy desesperada que esté, un hombre vestido de licra no es mi tipo. Con todo y con eso, los dos días siguientes en casa no se habló de otra cosa, para que veáis lo aburrida que puede llegar a ser la vida en Chipping Marston.
Pasar tanto tiempo en internet tampoco ayuda, pero es lo único que se puede hacer. Mis amigos no paran de publicar fotografías de la clase de vida que yo pensaba que iba a tener y me repatea, pero no puedo evitar mirarlas. Mañana será distinto, es el mantra al que me aferro con desesperación. Cualquier día de estos, ocurrirá algo. Lo había murmurado aquella misma mañana mientras vaciaba los cubos de basura, asiéndome al pensamiento positivo igual que a un clavo ardiendo. Y, mira por dónde, una hora más tarde algo ocurrió.
Me enteré por un chat grupal a las nueve de la mañana, cuando alguien llamado Ojoabierto822 publicó que alguien había muerto en una fiesta en una casa de Oxfordshire. El grupo es totalmente anónimo, tiene más de mil quinientos miembros, lo que a veces resulta agobiante. Los pirados publican mensajes constantemente, por lo general obsesionados con casos sin ningún interés. Señora asesinada por su pareja…, triste pero común. Son casos que la policía resuelve enseguida y tampoco podemos investigar cada asesinato, me parece a mí. A veces pongo el chat en silencio, pero aquella mañana mamá había vuelto a dormirse y yo ya estaba aburridísima de pensar en el día que tenía por delante, así que volví a la cama y me puse a leer mensajes. Ese me llamó la atención y además me pillaba al lado. Era un poco como que te toque el gordo de la lotería. Solo cuatro meses antes, un usuario que se hacía llamar InspectorChiflado se enteró de que había aparecido el cuerpo de una mujer en el canal de al lado de su casa y terminó entrevistado en las noticias por encontrar debajo de un puente un manojo de llaves que la policía había pasado por alto. Al anochecer, había salido en el kayak de un amigo y lo había grabado todo. Como resultado, InspectorChiflado (o Darren English, como lo llamaban en la televisión) se había convertido un poco en el héroe del chat, pero yo no soportaba los aires que se daba desde entonces. Desde que no necesitaba el anonimato, se dedicaba a mandar fotos de sí mismo «patrullando», y hasta compartió una imagen del artículo que le había dedicado un periódico local, enmarcado y colgado encima de la chimenea de su casa.
Pedí que me dieran detalles. La respuesta llegó minutos después, diciendo que era una mansión a pocos kilómetros de mi casa, y que la policía ya estaba allí. «Esto es confidencial, ahora mismo no puedo contar más». Irritante, pero comprensible si estaba involucrado en el caso. Veinte minutos después, alguien puso un mensaje diciendo que la noticia estaba en Twitter y Ojoabierto no volvió a escribir. Nos habíamos quedado sin información privilegiada. Alguien había publicado una foto de la carretera hasta arriba de coches patrulla y casi de inmediato vi que se trataba de un lugar al que todos llaman «manzana de los millonarios». Todas las casas antiguas bonitas que había a las afueras del pueblo, originalmente construidas para industriales y burguesía terrateniente, las han comprado londinenses que les añaden extensiones acristaladas, pistas de tenis y enormes verjas para tapar la vista desde la carretera. Podía acercarme en bicicleta tranquilamente.
Quizá no fuera nada, pero me pillaba demasiado cerca para dejarlo pasar; podía ser una rica heredera empujada por un balcón o un adolescente que había perdido los estribos y matado a su madre durante una bronca. Son cosas que pasan. Cuando ves suficientes documentales sobre crímenes, te das cuenta de lo delgada que es la línea que separa la civilización de la barbarie.
Eché un vistazo a mamá, que seguía como un tronco, y después fui en bicicleta hasta la casa. Conocía bien la carretera: la había recorrido un millón de veces para ir al vivero preferido de mi padre. En cuanto cruzábamos las puertas, hacía el mismo aburrido comentario sobre que la subida de los precios estaba quitando poder adquisitivo a los habitantes del pueblo.
Y tenía razón, pero el pobre no sabía hasta qué punto iban a empeorar las cosas. Cuando yo era pequeña, aquí solo venían de vacaciones personas de clase media: escritores, artistas, médicos. Ahora son los ultrarricos, de esos que tienen casas en varios sitios que visitan cuatro días al año antes de largarse a las putas Seychelles o similar. Empezó con un aumento de tiendas de productos bío y ha terminado con el salón de té de toda la vida convertido en «tienda de autor» donde puedes elegir entre comprar velas a cincuenta libras o colchas por ochocientas, nada entre medias.
En Google Earth se puede ver cómo, detrás de las altas verjas y los setos de un metro y medio de alto, los caminos de acceso discurren entre piscinas, pistas de tenis y pulcros jardines antes de llegar a las casas. Una de ellas tenía incluso carritos de golf para transportar a los residentes por la propiedad, de tan grande que era.
No me costó mucho localizar el sitio exacto; había policía en la puerta, además de tres furgones de prensa y unos cuantos curiosos. Por un momento me sentí un poco tonta por presentarme en bicicleta y consideré pasar de largo. Pero entonces vi a Mike Grenson y frené justo detrás de los furgones. El puto Mike Grenson, un tipo al que solo he visto una vez, pero que es ubicuo online. Cada vez que se comete un asesinato en Inglaterra, ahí está él haciendo retransmisiones en vivo para sus grenlins, que es como llama a sus suscriptores. La policía siempre lo echa, incluso lo detuvo una vez cuando se pasó de la raya e intentó colarse en el lugar del crimen. Pero eso solo lo hace más popular, porque la gente lo toma por un rebelde con causa…, aunque la única causa de Mike Grenson es su ego. Apuntaba con el teléfono al agente que vigilaba en la entrada principal. Estaba haciendo un directo desde una escena del crimen que, en justicia, me pertenecía a mí. Hasta donde yo sabía, Grenson ni siquiera vivía por allí. Existen unos códigos de conducta que hay que respetar, y que Mike Grenson se los saltara me daba una razón más para odiarlo.
Cuando por fin dejó de hablar, se volvió y me sonrió.
—Qué raro verte en primera línea, tú eres más bien de trinchera virtual, ¿no? ¿Sabes algo?
Vacilé, no quería darle ninguna información, pero me preocupaba que pensara que no tenía nada.
—He oído que era un tipo rico —dije de mala gana, arriesgándome.
Grenson puso los ojos en blanco y fingió una carcajada.
—Sí, guapa, eso ya lo sabemos. Es más, lo debe de saber hasta tu abuela. Me refiero a info de verdad, no al dato obvio. Aunque no creo que la cosa dé mucho de sí, tiene pinta de accidente improbable por borrachera. Te vendrá bien como entrenamiento, ¿no?
Sonrió y fue hacia el agente de la puerta.
Yo me alejé y me quedé cerca de un reportero que se preparaba para grabar. Estaba tan ocupado en aplicarse polvos bronceadores a su ya morenísima cara que no reparó en mí, así que lo oí quejarse a la operadora de cámara por que lo hubieran llamado en domingo.
—Sarah me ha avisado a mí porque sabe que paso los fines de semana cerca. Mi mujer se ha puesto furiosa, se suponía que íbamos a comer con sus padres. Aunque, puestos a elegir, creo que he salido ganando. —Terminó de aplicarse el maquillaje, que le había dejado la cara de un color inquietante, y volvió a la noticia que iba a dar—. Todavía no han dicho quién es, ¿verdad? A ver, ya sé que lo sabemos, me ha dicho mi jefa que se lo ha confirmado la directora general, que estaba en la fiesta. Cosa que me sorprende, porque se pasa la vida diciendo que odia a los ultrarricos. Qué putada no poder dar el nombre. Seguro que ya está en internet, así que quedaremos de inútiles, como siempre. Menuda farsa.
¡La prensa compinchada con la policía y ocultando información al público! Menuda novedad.
—Morirte el día de tu fiesta de cumpleaños, qué fuerte —decía el presentador cuando la operadora de cámara me vio por fin y me apremió a salir del plano—. Un tío de mi mujer se atragantó con un trozo de cordero en su noventa cumpleaños y murió delante de toda su familia. Le hicieron la maniobra de Heimlich, pero fue demasiado tarde. El trozo de cordero salió volando y le dio a su mujer en la frente justo cuando exhalaba su último suspiro. Desde entonces los cumpleaños no me hacen demasiada ilusión. El cordero tampoco, ahora que lo pienso.
Se ajustó la corbata y miró a cámara. Su cara era una máscara de profesionalidad imparcial.
Volví hacia donde estaba Mike, quien se había puesto a acosar a una agente de policía.
—Dime solo si fue asesinato. Siempre estáis con lo de que no es muerte sospechosa y luego resulta que al hombre le han abierto la cabeza con un ladrillo o le han apuñalado en el abdomen con un machete.
La agente lo escuchaba como quien oye llover y, a los pocos minutos, Grenson desistió y dijo a su teléfono que volvería más tarde con más noticias, «si es que las altas instancias se dignan por fin a informar a la ciudadanía». Miró furioso a la agente, la cual ni se enteró, y dejó escapar un suspiro de asco.
—A ver, empollona —me dijo como si fuéramos compinches y no rivales—. Es Wistern —dijo malinterpretando la expresión de mi cara—. Por Dios. No tienes ni idea de qué va la cosa, ¿verdad? Para ti enterito, guapa, yo me voy al pub, los ancianos muertos no me ponen.
Cosa que confirmó la mirada libidinosa que me dedicó antes de irse. Aparte de un deseo repentino de darle una patada en el culo, aquello me animó. Si Mike Grenson pensaba que allí no había nada que rascar, entonces es que era tan tonto como siempre lo había considerado yo. Un hombre poderoso que la palma en la fiesta de su sesenta cumpleaños disparaba todas mis alarmas. Allí había gato encerrado, no tenía ninguna duda. Y si a Mike y a sus grenlins no les interesaba, entonces por fin tendría un caso para mí sola.
Anthony Wistern, CEO de Wismere Holdings, una especie de megacompañía financiera. Uno de los «londinenses más influyentes», según el Evening Standard. Si metías su nombre en internet, te salían fotos y más fotos de él con su mujer en fiestas, él bronceado y relajado, ella como contraída y distante. Por supuesto, también había fotos de los dos con sus hijos, cuatro niños inmaculadamente vestidos con expresiones algo impenetrables pero desenvueltas. La clase de niños que pasaban delante de nuestra casa en autobús escolar de camino al colegio privado de North Marston. De esos que crecen aprendiendo a tratar a las personas como si no fueran nadie, porque, si no viven como ellos, es que no lo son.
No daba crédito a que fuera él el muerto. Sabía que vivía en esa calle, claro, lo sabía todo el mundo, pero esas verjas estaban pensadas para dejar fuera a personas como yo. Para el caso, era como si viviera en Marte.
La primera persona que mataban a la puerta de mi casa, y resultaba que era Anthony Wistern. Yo conocía la tasa de crimen en la zona, y, aunque hubo mucho revuelo cuando una mujer llamada Margaret Lemming murió en el parque hace unos meses, se disipó en cuanto la policía descubrió que el asesino no había sido algún loco suelto, sino su propio perro. Encontraron imágenes de cámaras de seguridad del momento en que el labrador, ansioso por que le tirara un palo, la empujaba hasta empotrarla en la parte afilada de un tobogán infantil. Adiós investigación.
Tenía intención de irme y así lo hice. Pero, al pasar con la bicicleta delante del reportero, lo oí cotillear con la operadora.
—Tenía fama de auténtico cerdo, una vez le entró a la CEO de Readell y, cuando le dio calabazas, se dedicó a decir por ahí que era una alcohólica. Estuvo bastantes años jodida profesionalmente. Esta noche seguro que descorcha una botella de champán. —Hizo una pausa—. Aunque un gesto así puede dar lugar a rumores.
«Lo que sucede conviene». Era uno de los dichos preferidos de mi madre. Las circunstancias no prometían demasiado, pero, si quería que me tomaran en serio en la profesión, no podía huir del primer caso importante que caía en mis manos. Y Anthony Wistern era muchísimo mejor que la heredera o el adolescente anodinos que me había esperado. Wistern era alguien, un «CDI», como los llamábamos. Cadáver de interés. Y ahora era «mi» cadáver de interés. No iba a dejarlo pasar solo porque hubiera odiado a ese hombre.