Una multitud de revoluciones
El cómico Robin Williams hablaba a veces de política en sus monólogos. Empezaba recordando el origen de la palabra: «política», explicaba, viene de poli, la palabra latina para «muchos», y tics, que significa «criaturas chupasangre».[1] Siempre arrancaba unas buenas carcajadas. En realidad, la palabra deriva del griego antiguo, de polites, que significa «ciudadano» y que a su vez proviene de polis, que significa «ciudad» o «comunidad». La Política de Aristóteles, escrita en el siglo IV a. C., es un libro sobre las formas de gobernar las comunidades, y en ella se abordan todos los aspectos de la política que hoy nos resultarían familiares: la naturaleza del poder, los tipos de sistemas políticos, las causas de las revoluciones, etcétera. La política es una de esas raras empresas humanas que no ha cambiado mucho a lo largo de los milenios. Sus formas externas han mutado, pero su preocupación central sigue siendo la misma: la lucha por el poder y qué hacer con él. En el año 64 a. C., el mayor orador de Roma, Cicerón, se presentó como candidato a cónsul. Su hermano menor decidió escribirle una especie de guía para ganar las elecciones, un conjunto de lecciones prácticas para el, a veces, demasiado idealista Cicerón. Entre sus sugerencias: prometerle todo a todo el mundo, aparecer siempre en público rodeado de sus partidarios acérrimos y recordar a los votantes los escándalos sexuales de sus oponentes. Más de dos mil años después, los asesores políticos cobran elevados sueldos por dar los mismos consejos.
A pesar de estas constantes, en los últimos siglos la política ha adoptado una forma ideológica particular que habría resultado totalmente ajena a quienes vivían en el mundo antiguo o medieval. La política moderna alrededor del mundo se ha caracterizado por ser una contienda entre la izquierda y la derecha. La mera demarcación de izquierda y derecha ha dicho tradicionalmente mucho sobre la posición de cada uno, ya sea en Brasil, Estados Unidos, Alemania o la India: a la izquierda, un Estado más fuerte, con más regulación económica y redistribución; a la derecha, un mercado más libre, con menos intervención gubernamental. Esta división izquierda-derecha ha dominado durante mucho tiempo el panorama político mundial y ha definido elecciones, debates públicos y políticas, e incluso ha provocado violencia y revoluciones. Pero, en la actualidad, esta partición ideológica fundamental se ha roto.
Pensemos en Donald Trump y su candidatura a la presidencia en 2016. Trump supuso una ruptura con el pasado en muchos aspectos: su personalidad excéntrica, su desconocimiento de las políticas públicas y su desprecio por las normas democráticas. Pero quizá el aspecto más significativo en el que Trump difería del resto era el ideológico. Durante décadas, el Partido Republicano había abrazado una serie de ideas que podrían describirse como la fórmula Reagan. Ronald Reagan se convirtió en un republicano extraordinariamente popular al abogar por un Gobierno limitado, impuestos bajos, recortes del gasto público, un ejército fuerte y la promoción de la democracia en el extranjero. También se presentó con una plataforma socialmente conservadora —a favor de prohibir el aborto, por ejemplo—, pero a menudo restó importancia a estos puntos del programa, sobre todo una vez en el cargo. Para sus numerosos admiradores, Reagan era una figura optimista y alegre que celebraba el libre mercado, la apertura comercial y las generosas políticas de inmigración estadounidenses, y que quería extender su modelo democrático al resto del mundo.
Trump se mostró contrario a la mayoría de los elementos de la fórmula Reagan. Aunque defendió algunos de ellos —impuestos bajos y limitación del aborto—, dedicó la mayor parte de su tiempo y energía a una agenda política muy diferente. Los discursos de campaña de Trump, de una hora de duración, podían resumirse en cuatro líneas: «Los chinos os quitan las fábricas. Los mexicanos os quitan el trabajo. Los musulmanes intentan mataros. Los derrotaré a todos y volveré a hacer que América sea grande otra vez». Era un mensaje de nacionalismo, chovinismo, proteccionismo y aislacionismo. Trump rompió con muchos elementos básicos de la ortodoxia económica republicana. Por ejemplo, prometió no recortar derechos como la Seguridad Social o Medicare,(1) lo que revertía décadas de conservadurismo fiscal republicano. Denunció las intervenciones militares de George W. Bush en Afganistán e Irak y condenó su proyecto geopolítico de extender la democracia. De hecho, Trump se ensañó con casi todos los líderes republicanos icónicos de la memoria reciente, y todos los presidentes vivos del partido y casi todos los candidatos vivos lo rechazaron.[2] Y, aunque mostraba veneración por el mito de Reagan, Trump no podía ser más diferente: una figura enfadada y pesimista que advertía de que Estados Unidos estaba amenazado y prometía el regreso de un pasado mítico.
Trump no es el único hombre de derechas que ha roto con la ideología tradicional de este espectro. De hecho, forma parte de una tendencia mundial. En Gran Bretaña, el Partido Conservador de Boris Johnson abrazó abiertamente una política de gran gasto. Él y otros defensores del Brexit ignoraron a los economistas conservadores que insistían en que el Reino Unido sufriría si perdía el libre comercio con la Unión Europea. El líder populista de Hungría, Viktor Orbán, mezcla libremente grandes programas gubernamentales con ataques a los inmigrantes y las minorías. La líder de la derecha italiana, Giorgia Meloni, denuncia el consumismo y el capitalismo de mercado a la vez que construye un nuevo movimiento nacionalista basado en la identidad: étnica, religiosa y cultural. Fuera de Europa, Narendra Modi promueve en la India el crecimiento económico y el reformismo, pero él y su partido también han perseguido con celo una agenda de nacionalismo hindú a expensas de musulmanes, cristianos y otras minorías. En Brasil, el partido de derechas de Jair Bolsonaro describió su proyecto como el regreso del país a su pasado cristiano, del que había sido desviado por cosmopolitas, izquierdistas y minorías. También han surgido movimientos de izquierda que comparten con sus homólogos de derechas el desprecio por el establishment y el deseo de acabar con el orden establecido. Figuras como Bernie Sanders en Estados Unidos y Jeremy Corbyn en el Reino Unido no han conseguido llegar al poder, pero populistas de izquierdas han ganado el Gobierno de países latinoamericanos donde los partidos conservadores habían dominado durante mucho tiempo, como Chile, Colombia o México.
Las plataformas varían de un país a otro, entre populistas de derechas y populistas de izquierdas, pero todos comparten una actitud desdeñosa hacia normas y prácticas como la libertad de expresión, los procedimientos parlamentarios y las instituciones independientes. La democracia liberal consiste en normas, no en resultados. Defendemos la libertad de expresión en lugar de favorecer discursos específicos. Queremos que las elecciones sean libres y justas en lugar de favorecer a un candidato. Legislamos por consenso y compromiso, no por decreto. Pero cada vez son más los que —frustrados por el proceso, seguros de su virtud y con verdadero odio hacia el otro bando— quieren prohibir lo que consideran discursos «nocivos», hacer política por decreto o incluso manipular el proceso democrático. El fin justifica los medios. Este peligroso «iliberalismo» es más frecuente en la derecha, pero hay ejemplos a ambos lados: Andrés Manuel López Obrador en México es un clásico populista iliberal de la izquierda.
El primer ministro británico Tony Blair observó con clarividencia en 2006 que el siglo XXI estaba siendo testigo del desvanecimiento de las «tradicionales divisiones entre izquierda y derecha». En su lugar, la gran división estaba mutando a «abierto frente a cerrado».[3] Los que celebran los mercados, el comercio, la inmigración, la diversidad y la tecnología abierta y libre están a un lado, mientras que los que ven todas estas fuerzas con cierto recelo y quieren acotarlas, frenarlas o clausurarlas están al otro. Esta división no se corresponde fácilmente con la antigua izquierda-derecha. Un signo de una era revolucionaria es que la política se desordena a lo largo de nuevas líneas.
ORÍGENES DE LAS REVOLUCIONES
En una ocasión, estaba con Steve Bannon en el Campo de’ Fiori, una de las plazas más antiguas de Roma, cuando señaló emocionado la estatua que se erguía en el centro. Era junio de 2018 y Bannon había viajado a la capital italiana para alentar una coalición de dos partidos populistas muy diferentes que habían sumado la mitad de los votos en las recientes elecciones italianas. Su mensaje era que ambos grupos, aunque quizá parecieran muy alejados en el espectro político tradicional, eran aliados en el nuevo panorama político. Ambos abrazaban políticas «cerradas» respecto al comercio, la inmigración y la Unión Europea, y se oponían a los partidos establecidos tanto de izquierdas como de derechas que habían dominado Italia durante décadas y que, con ligeras variaciones, habían apoyado las reformas de libre mercado, la apertura del comercio, la integración europea y el multiculturalismo. Bannon es un personaje pintoresco, controvertido y volátil que duró solo unos meses como jefe de estrategia de Donald Trump en la Casa Blanca. Su estrella se apagó hace tiempo, y, aunque nunca tuvo mucho impacto directo en las políticas (ni muchos límites morales), sí tuvo buenas ideas acerca del populismo que se expande por el mundo. Ignorando a la multitud de vendedores de todo tipo de productos, desde aceite de oliva hasta camisetas, Bannon comenzó a elogiar la figura oscura y melancólica del monumento, representada con túnica vaporosa y una capucha que le cubría casi por completo el rostro: Giordano Bruno, el monje filósofo que fue ajusticiado en ese mismo lugar en 1600. Bannon estaba tan interesado en Bruno que años antes había empezado a rodar un documental sobre su figura que nunca llegó a terminar.
Bannon venera a Bruno porque fue un radical que desafió abiertamente el establishment de su tiempo, la Iglesia católica. Bruno disentía de los dogmas más importantes de la Iglesia, al insistir en que la Tierra no estaba en el centro del mundo y que el universo era, de hecho, infinito. «Galileo, que es hoy nuestro héroe, en realidad se retractó», dijo Bannon, refiriéndose al famoso astrónomo italiano que también defendía que las estrellas no giraban alrededor de la Tierra. «Bruno fue quemado en la hoguera hace quinientos años porque se negó a retractarse». (Las oficinas de la Inquisición pontificia, creadas para reprimir el libre pensamiento y la herejía, se alzaban en el Campo de’ Fiori).
Le señalé a Bannon que había una diferencia importante entre su héroe italiano y su patrón estadounidense. Bruno era progresista. Se enfrentaba a los conservadores y tradicionalistas y defendió ideas que más tarde se convertirían en parte fundamental de la Ilustración. Mis palabras no parecieron hacer dudar a Bannon. Para él, Bruno era un librepensador audaz que desafió las estructuras de poder existentes. En el fondo, Bannon es un revolucionario que quiere derribar el establishment, atacándolo desde cualquier flanco posible. Admira a Lenin por sus tácticas revolucionarias. Admitió que se sintió atraído por Bruno porque creía que, en tiempos de agitación, la única opción es el radicalismo sin ambages. «George Soros dijo el otro día, respecto a las elecciones italianas, que vivimos tiempos revolucionarios», dijo Bannon. «Yo también lo creo. Creo que estamos asistiendo a una reestructuración fundamental».
Es extraño que utilicemos la palabra «revolución» para describir un cambio radical, abrupto y a veces violento en la sociedad. En ciencia, donde se utilizó por primera vez, significa algo totalmente distinto. «Revolución», en su definición original, es el movimiento constante de un cuerpo alrededor de un eje fijo, a menudo la órbita regular de un planeta o una estrella. Esto sugiere orden, estabilidad, un patrón fijo, un movimiento que siempre devuelve el objeto a su posición original. La Tierra gira alrededor del Sol de una manera establecida y predecible. El segundo significado de «revolución», que empezó a utilizarse poco después del primero y que es ahora el más común, es un «cambio repentino, radical o completo», un «cambio fundamental» o un «derrocamiento», un movimiento que lleva a la gente lejos del punto donde estaba.[4] La Revolución francesa es el arquetipo del uso de la palabra en este sentido.
¿Por qué una misma palabra tiene dos definiciones casi opuestas? La palabra procede del latín revolvere, que significa «retroceder». De ahí surgió no solo «revolver», sino también «revuelta», que parte de la idea de «retirar» la lealtad a un rey o a una institución. Quizá haya alguna extraña afinidad entre estos dos significados. Vemos ese dualismo desde el principio, en el uso inicial más famoso de la palabra en la ciencia, por el astrónomo Nicolás Copérnico. En 1543, Copérnico publicó su tratado Sobre las revoluciones de los orbes celestes, que utilizaba la palabra en su primera acepción científica. Pero, mientras que Copérnico usaba «revolución» en su sentido habitual, proponía una tesis que reordenaba radicalmente nuestra comprensión del cosmos, desplazando la Tierra del centro del universo a la periferia. Por la forma en que trastocó tanto la astronomía como la teología, el cambio que puso en marcha pasó a conocerse como la Revolución Copernicana. La suya fue una teoría «revolucionaria» en ambos sentidos de la palabra.
Nuestra época es revolucionaria en el sentido más común del término. Se mire donde se mire, pueden verse cambios drásticos y radicales. Un sistema internacional que parecía estable y conocido está cambiando rápidamente, con los desafíos de una China en ascenso y una Rusia vengativa. Dentro de las naciones, asistimos a la ruptura total del viejo orden político, a medida que ganan terreno nuevos movimientos que trascienden la tradicional división izquierda-derecha. En economía, el consenso que surgió tras la caída del comunismo en torno al libre mercado y al libre comercio ha sido derrocado, y existe una profunda incertidumbre sobre cómo las sociedades y las economías deben navegar por estas aguas inexploradas. En el trasfondo de todo está el florecimiento de la revolución digital y la llegada de la inteligencia artificial, con consecuencias nuevas e inquietantes.
De hecho, este momento, aparentemente sin precedentes, también constituye una revolución en el otro sentido de la palabra, un deseo nostálgico de volver al punto de partida. Al avance radical le sigue una reacción violenta y la nostalgia por una edad de oro imaginada como sencilla, ordenada y pura. Es una pauta que se repite a lo largo de toda la historia: aristócratas que añoraban la caballería incluso en los albores de la era de la pólvora; luditas que destrozaban máquinas para intentar frenar el futuro industrial; y ahora políticos que pregonan los valores familiares y prometen hacer retroceder el reloj para que sus países vuelvan a ser grandes.
La historia moderna ha sido testigo de varias rupturas fundamentales con el pasado. Algunas de ellas fueron intelectuales, como la Ilustración, mientras que otras fueron tecnológicas y económicas. De hecho, el mundo ha pasado por tantas revoluciones industriales que tenemos que enumerarlas: la Primera, la Segunda, la Tercera y ahora la Cuarta. Y ha habido incluso más revoluciones políticas y sociales, que también están ocurriendo hoy en día.
Llevamos décadas asistiendo a un mundo en plena ebullición, con cambios tecnológicos y económicos acelerados, concepciones fluctuantes de identidad y una geopolítica en rápida transformación. La Guerra Fría dio paso a un nuevo orden que empezó a resquebrajarse apenas unas décadas después de su constitución. Muchos han celebrado el ritmo y la naturaleza de estos cambios; otros los han condenado. Pero, por encima de todo, necesitamos comprender lo perturbadores que han sido, física y psicológicamente, ya que esta era de aceleración ha provocado una serie de reacciones. Debemos comprenderlas y poder afrontarlas.
Consideremos el epígrafe de este libro: «Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo sagrado es profanado y los hombres se ven finalmente obligados a contemplar su posición en la vida, sus relaciones mutuas, con ojos fríos». Estas líneas podrían haber sido escritas perfectamente hoy, tal vez por un intelectual de derechas que lamenta el desmoronamiento de la sociedad tradicional y añora el retorno a tiempos más sencillos. Pero en realidad se publicaron en 1848, en una época igualmente revolucionaria, cuando el viejo mundo agrícola estaba siendo rápidamente sustituido por uno industrial; cuando la política, la cultura, la identidad y la geopolítica estaban siendo sacudidas por vientos huracanados de cambio estructural. Y no las escribieron conservadores, sino Karl Marx y Friedrich Engels en El manifiesto comunista. Marx comprendió de forma brillante los efectos disruptivos del capitalismo y la tecnología y los problemas que causaban, aunque sus soluciones a esos problemas resultaron desastrosas donde y cuando se intentaron. El hecho de que esta afirmación pudiera provenir hoy de la derecha demuestra claramente que nos estamos adentrando en una nueva era política, una que pone patas arriba las divisiones del pasado.
UNA REVOLUCIÓN ENTRE NACIONES
Estas revoluciones dentro de las naciones se producen al mismo tiempo que una revolución entre naciones: una reordenación fundamental de la política mundial. Desde 1945 en adelante, durante más de tres cuartos de siglo, el mundo se ha mantenido notablemente estable. Primero, durante casi medio siglo de Guerra Fría, las dos superpotencias nucleares se disuadieron mutuamente. Su intensa competencia se tradujo a menudo en conflictos sangrientos en lugares como Corea y Vietnam, pero entre los estados más poderosos —los que podían iniciar una tercera guerra mundial— se alcanzó un punto muerto. Entonces, después de 1991, cuando la Unión Soviética se derrumbó, entramos en algo extraordinariamente raro en la historia, al menos desde la caída de Roma: una era en la que solo había una superpotencia.
El análogo más cercano sería el Imperio británico en su apogeo, aunque en el escenario geopolítico más importante, Europa, la Gran Bretaña del siglo XIX siempre fue una gran potencia entre muchas otras, todas en constante pugna por llevar la delantera. Pero, a partir de 1991, Estados Unidos se elevó por encima de todas las demás naciones en todas partes, y esto produjo algo tan inédito como un mundo unipolar: la ausencia de competencia entre grandes potencias. Durante la mayor parte de la historia, las luchas políticas y militares entre las naciones más ricas y poderosas habían definido el panorama internacional y lo habían hecho intrínsecamente tenso e inestable. Pero de repente, después de 1991, se instauró una calma nacida de la ausencia de competencia. ¿Cómo iba a haber rivales? China seguía siendo un país en desarrollo empobrecido, que representaba menos del 2% del PIB mundial. Rusia se tambaleaba tras la caída del comunismo. Su PIB se redujo en un 50% durante la década de 1990, incluso más que durante la Segunda Guerra Mundial. Competidores económicos como Japón y Alemania tampoco estaban realmente en la pugna. Japón había entrado en un largo periodo de estancamiento, y Alemania se encontraba consumida por la integración de su mitad oriental en el país recién reunificado.
Washington, en su fase unipolar, estaba decidido a modelar el mundo a su imagen y semejanza. Cometió errores, a veces por exceso de cautela, otras por extralimitarse enormemente. Pero hubo dos efectos cruciales. En primer lugar, la unipolaridad creó una era de estabilidad mundial, sin importantes luchas geopolíticas, carreras armamentísticas ni guerras entre grandes potencias. En segundo lugar, las ideas estadounidenses se hicieron globales. Estados Unidos animó al resto del mundo a globalizarse, liberalizarse y democratizarse. Los mercados, las sociedades y los sistemas políticos se abrieron y la tecnología conectó a personas de todo el planeta a través de vastas plataformas abiertas. Todo esto parecía natural e inevitable, la expresión de deseos humanos innatos. Al menos así lo creían los estadounidenses.
Había una sensación de que la política importaba menos que en el pasado. La economía había triunfado. Recuerdo que un alto mandatario indio me dijo en los años noventa que, aunque su partido perdiera, la oposición promulgaría políticas muy similares, porque el otro bando también reconocía que necesitaba encontrar formas de atraer inversiones, mejorar la eficiencia y crecer. Como dijo Margaret Thatcher al tratar de justificar sus políticas de laissez-faire en Gran Bretaña una década antes: «No hay alternativa». Y los años noventa y principios de los dos mil —una época de estabilidad, baja inflación, cooperación mundial y progreso tecnológico— parecían encarnar la idea de que la liberalización económica era inevitable. Pero eso no era del todo cierto. De hecho, estas fuerzas estaban respaldadas por el abrumador poder militar y económico de Estados Unidos como ancla mundial unipolar. También lo estaba la proliferación de democracias liberales en todo el mundo.
Una aclaración importante: cuando uso «liberal» a lo largo de este libro, generalmente no me refiero a su connotación estadounidense moderna, donde se usa indistintamente con «de izquierdas». Más bien me refiero al liberalismo clásico, la ideología que surgió de la Ilustración en oposición a la autoridad monárquica y religiosa. Aunque se trata de un término controvertido por el que se pelean hoy la derecha y la izquierda, normalmente se entiende que significa derechos y libertades individuales en casa, libertad religiosa, comercio abierto y economía de mercado, y cooperación internacional dentro de un orden basado en normas. Ronald Reagan y Bill Clinton eran, en este sentido, liberales clásicos, con Reagan haciendo hincapié en la libertad económica y Clinton en la igualdad de oportunidades (para poder ejercer la propia libertad). Los nuevos populistas, tanto de derechas como de izquierdas, atacan el proyecto liberal por completo. Desconfían de procedimientos neutrales como la libertad de expresión, pues consideran vital castigar el discurso que aborrecen. El presidente republicano de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, ha criticado abiertamente uno de los pilares de la fundación de Estados Unidos, la separación entre Iglesia y Estado. En su forma más extrema, estos populistas iliberales están dispuestos a dejar caer las reglas de la democracia electoral para lograr un objetivo superior, la elección de un candidato o la aprobación de las políticas que apoyan. De hecho, Mike Johnson fue uno de los artífices de la estrategia para invalidar la elección de Joe Biden como presidente en 2020.
Un sistema internacional dominado por una hegemonía liberal —como Gran Bretaña en épocas anteriores y ahora Estados Unidos— fomenta la difusión de los valores liberales. Pero la relación también puede funcionar a la inversa. Cuando el dominio estadounidense empezó a erosionarse, la apertura y el liberalismo se vieron sometidos a presión. Estados Unidos sigue siendo extraordinariamente fuerte, pero ya no es el coloso que fue durante el momento unipolar. El primer desafío a la hegemonía estadounidense fue la primera gran reacción violenta: el 11-S, un ataque despiadado desde una parte del mundo donde el liberalismo aún no se había asentado y donde el fundamentalismo islámico se oponía violentamente a los valores de la Ilustración. Sin embargo, el mayor daño no provino de los propios atacantes —una banda terrorista que carecía del poder para cambiar el mundo—, sino de la exagerada reacción estadounidense. Pero, sobre todo, Estados Unidos se debilitó al decidir ocupar Afganistán y luego invadir Irak. El fracaso de esas intervenciones rompió la mística de su poderío militar. Peor aún, la invasión demostró que Estados Unidos violaba el orden basado en normas que había defendido durante tanto tiempo. Después vino la crisis financiera mundial de 2008, que disipó el aura de su poderío económico. En la década de 1990, la economía de Estados Unidos parecía ser un modelo para el mundo, especialmente su dinámico y eficiente sistema financiero. Los países en vías de desarrollo solían copiar con envidia aspectos de su sistema, con la esperanza de replicar su éxito. Pero, cuando se produjo el crac, ese sistema financiero se reveló plagado de riesgos ocultos y catastróficos, lo que convenció a muchos de que no merecía la pena emularlo. Como dijo uno de los principales dirigentes chinos, Wang Qishan, al secretario del Tesoro, Hank Paulson, en plena crisis: «Usted fue mi maestro, pero […] mire su sistema, Hank. Ya no estamos seguros de que debamos aprender de ustedes».[5]
Todo esto sucedía mientras la estabilidad política estadounidense también se resquebrajaba. El Congreso había perdido la capacidad de desempeñar algunas de sus funciones más básicas, como aprobar un presupuesto. Las amenazas de cierre del Gobierno se convirtieron en rutina. Las antiguas normas y prácticas de Washington se vieron erosionadas, incluso destruidas. La obstrucción parlamentaria al trámite de las leyes se convirtió en rutina, y los nombramientos que antes se aprobaban con rapidez se volvieron cada vez más lentos, echando arena en los engranajes del Gobierno. Aumentar el techo de la deuda acabó siendo una batalla partidista existencial con riesgo de impago nacional. La polarización política alcanzó niveles que no se veían desde el final de la Guerra Civil.[6]
Y aquí no había culpas repartidas. Uno de los dos grandes partidos estadounidenses, el Partido Republicano, había caído en manos de un poder populista que se preocupa menos por las normas de la democracia liberal y más por mantener un radicalismo revolucionario. El presidente Trump cuestionó o revirtió políticas consagradas en el país y en el extranjero, lo que dejó a muchos aliados preocupados por la fiabilidad de Estados Unidos. Y luego, en un prolongado esfuerzo que culminó en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, Trump intentó anular su derrota electoral y mantenerse en el poder, algo que ningún presidente estadounidense había hecho jamás en la historia del país. Siguiendo su ejemplo, en otro movimiento sin precedentes, la mayoría de los republicanos de la Cámara de Representantes votaron en contra de certificar la elección de Joe Biden como presidente, a pesar de que decenas de sentencias judiciales habían desestimado todas las acusaciones de fraude. La ciudad brillante sobre una colina ya no deslumbraba.
La erosión de la posición de Estados Unidos significaría mucho menos si el país no se enfrentara a nuevos desafíos. En las últimas tres décadas, la ascendente ola de crecimiento en todo el mundo ha dado lugar a un fenómeno que he denominado «el ascenso del resto»: países como China, India, Brasil y Turquía han ganado fuerza y confianza. Por supuesto, las dos fuerzas más perturbadoras con diferencia han sido el ascenso de China y el regreso de Rusia, que han traído nuevas e importantes tensiones en el ámbito internacional. Tras treinta años de «vacaciones de la historia»,[7] volvemos a vivir en un mundo marcado por la competencia y el conflicto entre grandes potencias. Esta hostilidad ha saboteado las fuerzas que parecían unirnos a todos —el comercio, los viajes y la tecnología— y cada día surgen nuevas barreras. La COVID-19 aceleró la tendencia hacia el proteccionismo y el nacionalismo a medida que los países buscaban formas de ser más autosuficientes. Luego está la guerra de Ucrania, que nos ha devuelto a una era de conflictos geopolíticos del tipo más antiguo, por el territorio. Hemos sido testigos de la forma de guerra que muchos creíamos relegada a los libros de historia y a los documentales en blanco y negro de la Segunda Guerra Mundial: ciudades europeas desmoronándose bajo bombardeos despiadados, millones de civiles huyendo de sus hogares, tanques rodando sobre las ruinas humeantes. A medida que el poder estadounidense ha ido retrocediendo en Oriente Próximo, las potencias regionales han tratado de llenar ese vacío, con tensiones crecientes y numerosos e intensos conflictos locales, desde Siria hasta Yemen y Gaza. Asia ha asistido al retorno de la clásica política de equilibrio de poder, mientras China persigue una mayor influencia y muchos de sus vecinos buscan la ayuda de Estados Unidos para equilibrarse frente al creciente gigante asiático. El lenguaje de la cooperación ha dado paso al nacionalismo, la competencia y el conflicto.
Incluso allí donde no se cierne el peligro de guerra, se ha implantado una nueva atmósfera. Después de tres décadas de liberalización, democratización y apertura, estamos asistiendo a una fuerte reacción. Desde la crisis financiera, la economía de mercado ha ido perdiendo su vigor. Hoy, miremos donde miremos, la política triunfa sobre la economía. Con el Brexit, el Reino Unido optó por romper sus lazos comerciales preferenciales con su mayor mercado, la Unión Europea, por razones que solo pueden describirse como políticas. En China, Xi Jinping abandonó el enfoque basado en el mercado que había catapultado a su país al podio de las naciones y en su lugar aumentó el control estatal. Donald Trump no consiguió construir su muro fronterizo, pero impuso aranceles más elevados a los productos extranjeros que los que ningún presidente estadounidense había aplicado desde que Herbert Hoover firmara la Ley Arancelaria Smoot-Hawley en 1930. El sucesor de Trump, Joe Biden, ha insistido en que muchos de sus planes de gasto están anclados en disposiciones de «Buy America».(2) Otros países han intentado seguir su ejemplo. En todo el mundo, los gobiernos ponen por encima la resistencia, la autosuficiencia y la seguridad nacional al crecimiento y la eficiencia. La inmigración, antes celebrada y fomentada, se ha convertido en una palabra horrible, y los países ven a los inmigrantes con malos ojos. Cambios culturales que parecían incuestionables —como el derecho de la mujer a abortar— se han revertido.
«¿Vamos a aceptar el reto de sociedades más abiertas o vamos a construir sistemas defensivos en su contra?», se preguntaba Tony Blair en 2006. Cada vez más líderes han elegido el camino que conduce al cierre. De nuevo, creen que en esta ocasión no hay alternativa.
EL CAMBIO Y EL MALESTAR
¿Qué hace que una época sea revolucionaria? ¿Existen consecuencias previsibles de una época revolucionaria? ¿Y cómo acaba todo? Estas son algunas de las preguntas que intento responder en este libro. Lo hago retrocediendo en el tiempo para tratar de comprender épocas anteriores de revolución —sus orígenes y sus secuelas— y examinando después nuestra época actual.
Comienzo con los albores de la era moderna, la primera revolución liberal, que —desafiando siglos de monarquía— creó la forma republicana de gobierno que hoy domina el mundo. Tuvo lugar en los Países Bajos a finales del siglo XVI y principios del XVII, pero, si algunos de sus elementos no se hubieran extendido a Gran Bretaña en 1688, podría no haber cambiado el mundo. Este último episodio fue descrito en 1689 como la Revolución Gloriosa por uno de sus partidarios, y dio lugar a la supremacía del Parlamento. A largo plazo, puso a Gran Bretaña en el camino de convertirse en la primera potencia industrial del mundo, que difundió sus ideales y prácticas liberales por todas partes, ideas que han sobrevivido al Imperio británico. A continuación, analizo dos revoluciones, una que fracasó estrepitosamente, la Revolución francesa, y otra que tuvo un éxito increíble, la Revolución Industrial. Ambas han dado forma, de maneras muy diferentes, al mundo en que vivimos. Y, por último, dedico la segunda mitad del libro a tratar de comprender nuestra época actual, que, como muchas épocas anteriores, es un periodo en el que el cambio revolucionario ha avanzado en múltiples ámbitos a la vez: la economía, la tecnología, la identidad y la geopolítica. Dedico un capítulo a cada una de estas revoluciones actuales.
Aunque los ejemplos que estudio presentan muchas variaciones, hay un patrón básico que predomina. En primer lugar, asistimos a amplios cambios estructurales: enormes avances tecnológicos, aceleración de la actividad económica y la globalización. Estas perturbaciones desencadenan otro cambio significativo: el de la identidad. A medida que las personas se enfrentan a nuevas oportunidades y retos, empiezan a definirse a sí mismas de forma diferente. Tal vez piensen que estoy describiendo nuestra era actual de políticas identitarias, pero pensemos en el final del siglo XVI: el auge económico de los Países Bajos y las nuevas tecnologías, como la imprenta, dieron lugar a un nuevo sentimiento de identidad entre sus habitantes. Entonces empezaron a verse a sí mismos como protestantes, holandeses y, lo que fue más importante, independientes del Imperio de los Habsburgo, sus señores católicos.
Una transformación similar tuvo lugar cuando Europa y Estados Unidos se industrializaron, y el papel de la nobleza terrateniente cambió y se forjó una nueva categoría de personas: la «clase obrera». Antes, ser conservador significaba ser un aristócrata terrateniente, profundamente receloso de los mercados, los comerciantes y los fabricantes —cuyos intereses promovían entonces los liberales—. Pero esas identidades cambiaron rápidamente cuando la industrialización creó toda una nueva élite en Occidente, identificada por el dinero y no por el linaje. El conservadurismo se convirtió en una defensa de la nueva élite comercial, y los liberales pasaron a solidarizarse con la clase obrera. Más recientemente, la era postindustrial —marcada por los rápidos saltos tecnológicos y la globalización a toda velocidad— ha producido su propia revolución identitaria: ha situado la cultura en el centro del escenario y ha desplazado a los trabajadores que antes eran de izquierdas a la derecha. A veces, esta revolución de la identidad es una afirmación positiva, que infunde un sentimiento de orgullo por el origen propio. Otras veces es negativa, y aviva las injusticas y la hostilidad hacia los demás. En cualquier caso, es poderosa y tiene consecuencias.
Estas tres fuerzas juntas —tecnología, economía, identidad— casi siempre generan fuertes reacciones que dan lugar a una nueva política. Los seres humanos no pueden absorber tantos cambios tan rápidamente. La vieja política, heredada de una época anterior, a menudo no puede seguir el ritmo. Los políticos se apresuran a adaptarse: modifican sus puntos de vista y encuentran nuevas coaliciones. El resultado es la reforma y la modernización o la represión y la revuelta, y a menudo una combinación combustible de ambas.
En la actualidad, las transformaciones dentro de las naciones también han producido una revolución geopolítica, con varios países que desafían el orden liberal liderado por Estados Unidos, especialmente una China ambiciosa y una Rusia agresiva. China debe su ascenso a las revoluciones económica y tecnológica que han catapultado al país al grupo de las grandes potencias, mientras que la Rusia de Vladimir Putin ha aprovechado la política de identidad y el patrioterismo como respuesta al declive estructural de su nación.
Si tenemos en cuenta la multitud de cambios drásticos que se están produciendo en el mundo actual, veremos que vivimos en una de las épocas más revolucionarias de la historia. Estos cambios no siempre se producen simultáneamente, y no todas las revoluciones se desarrollan de la misma manera. He descrito una serie de fuerzas que a menudo coinciden, pero sería imposible separar limpiamente causa y efecto en todos los casos. Cada revolución es diferente. Pero todos estos cambios parecen interactuar y reforzarse mutuamente, y suelen provocar algún tipo de reacción. Los ejemplos del pasado muestran cómo la buena gestión de los cambios conduce a resultados estables y satisfactorios, mientras que los cambios mal gestionados se encaminan hacia un fracaso estrepitoso. A lo largo de la historia se han producido avances significativos hacia una mayor prosperidad colectiva y una mayor autonomía y dignidad individuales. También ha habido reacciones viscerales, ya que los que se han quedado atrás se aferran desesperadamente al pasado y luchan con tenaz determinación. Pero a la larga, como le dice el rey Arturo a sir Bedivere, el último de los caballeros de la Mesa Redonda, en el poema de Tennyson: «El viejo orden cambia y cede su lugar al nuevo».[8]
No puedo abarcar todas las revoluciones, y no lo hago. A los lectores estadounidenses quizá les sorprenda que la Revolución americana solo desempeñe un papel secundario en este libro, ya que, a pesar de su audacia política, no transformó inmediatamente las estructuras más profundas de la sociedad. (Es mejor considerarla como una guerra de independencia; muchos colonos trataban inicialmente de mantener sus derechos como ingleses que consideraban que el Gobierno británico les había «usurpado»). Aquí se hablará poco también de muchas otras revoluciones que han dado forma a nuestro mundo. Sin duda, las tomas del poder comunistas y los levantamientos islamistas han tenido profundas consecuencias. A menudo han sido el resultado de la agitación económica y tecnológica y de la formación de nuevas identidades, y en ese sentido están relacionadas con revoluciones anteriores en Occidente. Pensemos en la forma en que la rápida modernización desestabilizó Irán, empujó a la población hacia el islam fundamentalista y acabó con el derrocamiento del sha en la Revolución iraní. Algunas revoluciones se inspiraron directamente en las revoluciones de las que hablo; la Revolución rusa de Lenin se inspiró conscientemente en la Revolución francesa, al igual que la Revolución china de Mao, con efectos devastadores. Pero, en lugar de detenerme en cada una de las revoluciones de todo el mundo, he optado por quedarme con la principal línea argumental occidental, que es una especie de metanarrativa que ha proyectado una larga sombra sobre la política en todas partes.
La historia que cuento es más profunda y significativa que un debate sobre si los mercados funcionan mejor que el Estado. Se trata del tira y afloja entre el pasado y el futuro. Desde el siglo XVI, los cambios tecnológicos y económicos han producido enormes avances, pero también enormes conflictos. Los conflictos y la distribución desigual de sus beneficios alimentan una enorme ansiedad. El cambio y la ansiedad, a su vez, conducen a una revolución de la identidad, en la que la gente busca nuevos significados y una nueva comunidad. Y todas estas fuerzas producen después una revolución política. A lo largo de esta historia, veremos dos líneas argumentales enfrentadas: el liberalismo, que significa progreso, crecimiento, disrupción, revolución en el sentido de avance radical, y el iliberalismo, que representa regresión, restricción, nostalgia, revolución en el sentido de vuelta al pasado. Este doble significado de revolución perdura hasta nuestros días. Donald Trump se considera a sí mismo un revolucionario, pero un revolucionario que quiere recuperar el mundo de los años cincuenta.
No soy un observador imparcial de estas tendencias. Creo que el crecimiento económico, la innovación tecnológica y la apertura cultural han ayudado a la inmensa mayoría de las personas a vivir mejor, con un mayor control sobre sus propios destinos. Respeto y comprendo las preocupaciones que han despertado a lo largo de los tiempos los cambios rápidos y la creciente libertad y autonomía de los individuos, pero no tengo ningún deseo de volver a las comodidades de un pasado imaginado. Para muchas personas, la «edad de oro» que recuerdan tan vagamente no fue tan dorada, con amplias franjas de la sociedad excluidas en gran medida del poder y la prosperidad. Crecí en una India en la que el sentido de «comunidad» a menudo iba de la mano del conformismo social, la represión y el patriarcado. Creo que a veces es necesario ralentizar el ritmo del cambio, que las élites deben tener cuidado y no imponer nociones radicales y abstractas de progreso a la sociedad, y que los que se quedan atrás merecen más ayuda de la que están recibiendo. Es importante apreciar la naturaleza orgánica de la sociedad, que solo puede absorber una cantidad limitada de trastornos sin acabar destrozada. Pero, al fin y al cabo, solo hay un camino plausible a largo plazo: hacia adelante.
No podemos predecir con certeza qué forma tomará nuestra era revolucionaria, si el progreso o el retroceso dominarán los próximos años. El futuro no es un hecho establecido que podamos adivinar. Dependerá de las acciones e interacciones humanas en los años y décadas por venir. La reacción a veces suena como un retroceso temporal, una fase en el camino del progreso. Pero las sociedades pueden pasar décadas bajo un régimen reaccionario, como en Irán. También nos enfrentamos a retos nuevos y en algunos casos sin precedentes, como el cambio climático, en sí mismo una reacción medioambiental desencadenada por la acción humana. Si no se aborda, podría ser la revolución que arrolle a todas las demás, y que sin duda transformará la política junto con tantas otras cosas. Hay muchos futuros posibles; tenemos que trabajar para conseguir el que deseamos.
LOS ORÍGENES DE LA OPOSICIÓN ENTRE IZQUIERDA Y DERECHA
Antes de pasar a la nueva política y cultura, con su división entre apertura y cierre, conviene entender primero el viejo orden que se está sustituyendo: la división tradicional izquierda-derecha. ¿De dónde viene esta división? ¿Cómo llegamos a considerar a la gente de izquierdas y de derechas? La terminología comienza en una época revolucionaria: Francia, a finales del siglo XVIII. Y podría decirse que es obra de un hombre: un arquitecto llamado Pierre-Adrien Pâris.
Pâris no era considerado un gran talento. Sin embargo, era competente en la ejecución, y a menudo se le encargaban ampliaciones o renovaciones, especialmente de patios y jardines. Trabajó en proyectos de este estilo en la Ópera de París e incluso en el Palacio del Elíseo. En 1789, Pâris fue invitado a diseñar una gran sala en Versalles, sede de la monarquía francesa, donde se reunirían los Estados Generales, una especie de Parlamento que asesoraba al rey. Nadie lo sabía entonces, pero ese periodo de la política francesa iba a estar lleno de dramatismo y cambios históricos mundiales: la Revolución francesa. Ese ambiente de agitación produjo la oposición entre izquierda y derecha.
Cuando los Estados se reunieron por primera vez, su distribución de asientos reflejaba la estructura de poder del Estado francés desde la época medieval. El rey o su representante se situaba en el centro, a su derecha se sentaba el clero, a su izquierda la nobleza y al fondo de la sala, mirando directamente al rey, el pueblo. Pero los plebeyos no tardaron en obligar a los tres estamentos medievales a fusionarse en un solo órgano unificado con verdadero poder legislativo: la Asamblea Nacional.
La nueva legislatura pasó de tratar asuntos fiscales menores a abordar cuestiones mucho más amplias sobre el poder de la Iglesia y el futuro de la monarquía. A medida que los debates se intensificaban, la división de los asientos por clases y regiones dio paso a una disposición más espontánea, en la que las personas se sentaban junto a aquellas con las que estaban de acuerdo: los grupos ideológicos. El 29 de agosto de 1789, el conservador barón de Gauville anotó en su diario: «Empezamos a reconocernos; los que eran leales a su religión y al rey tomaron posiciones a la derecha de la silla para evitar los gritos, discursos e indecencias del bando contrario».[9] Así comenzó en Francia la división entre los de derechas, que querían conservar el orden existente, y los de izquierdas, que querían impulsar el poder del pueblo. Esa división, forjada en el fuego de la Revolución francesa, es la razón por la que, más de dos siglos después, seguimos hablando de izquierda y derecha.
A medida que el ala izquierda ganaba impulso y conseguía que Luis XVI compartiera el poder con el pueblo, la sede del Gobierno se trasladó de Versalles a París. Para Luis XVI, esto fue fácil, ya que tenía una segunda residencia en la ciudad: el Louvre. La Asamblea Nacional, sin embargo, necesitaba una sede urbana, y Pierre-Adrien Pâris fue contratado de nuevo, esta vez para transformar el picadero interior del Palacio de las Tullerías en una cámara legislativa.
No parece que saliera demasiado bien. El nuevo espacio era una sala larga y estrecha con escasa ventilación. Más importante aún, debido a la forma de la sala, la disposición oval anterior dio paso a una estrictamente rectangular: un asiento para el presidente flanqueado por largas filas a su derecha e izquierda. Esta nueva geometría exacerbó las tendencias que ya se habían desarrollado en la antigua cámara. Tal como escribe el historiador Timothy Tackett, «la estructura de la sala obligaba a todo el mundo a sentarse a la izquierda o a la derecha: una realidad física que contribuía invariablemente a la polarización de la Asamblea».[10]
Unos años más tarde, la división izquierda-derecha estaba profundamente arraigada en la política francesa y todos la consideraban perjudicial para la cooperación y la política sensata. Así que la Asamblea decidió reconstruir las cámaras con los asientos dispuestos de forma semicircular, sin pasillo que separara la izquierda de la derecha, de modo que algunas personas podían sentarse en el centro. Pero la división más significativa, la de la orientación política, ya se había establecido.
De hecho, esta división pronto se extendió mucho más allá de Francia. En Gran Bretaña, cuyo Gobierno era profundamente hostil a la Revolución francesa, surgieron grupos de apoyo a los revolucionarios y causas afines que fueron rápidamente reducidos. Pero las reivindicaciones de los reformistas británicos de finales del siglo XIX sonaban familiares a los oídos franceses. Un grupo llamado los cartistas, por ejemplo, pedía el sufragio universal masculino, la eliminación de los requisitos de propiedad para los miembros del Parlamento y elecciones generales anuales con voto secreto. En la Cámara de los Comunes, los partidarios de los cartistas eran descritos a veces como la «izquierda parlamentaria». En Italia, los liberales también se hicieron eco de los temas relativos a las elecciones, los límites al poder monárquico y los derechos individuales, bajo la bandera de «la izquierda» (la sinistra). El debate alemán fue posterior y ligeramente diferente —con un mayor respeto por el poder del Estado y una menor atención a los derechos individuales—, pero allí también había «izquierdistas» que eran demócratas.
Décadas después de la Revolución francesa, en 1848, la mayor parte de Europa se vio convulsionada por un movimiento para destruir el viejo orden e instaurar uno nuevo, más democrático, liderado por personas a menudo descritas como izquierdistas o radicales de izquierda. A corto plazo, las revoluciones de 1848 fracasaron. Pero en los años siguientes, muchas de las ideas de los revolucionarios fueron adoptadas discretamente en un país tras otro. Evidentemente, estas presiones de la izquierda causaron una respuesta de la derecha, un movimiento conservador que se oponía a la disrupción izquierdista y cuyo objetivo era preservar el orden existente. Los conservadores idealizaban a menudo las sólidas monarquías de Rusia y Austria-Hungría, del mismo modo que los liberales las denunciaban. Las divisiones entre liberales y monárquicos se reflejaron en la política internacional, donde las monarquías absolutistas se aliaron para aplastar los levantamientos democráticos y derrotar a los luchadores por la libertad, unidas por un deseo común de suprimir el cambio político. Así, el debate izquierda-derecha se convirtió en un debate global, en el que el viejo orden monárquico y aristocrático se enfrentaba a las nuevas fuerzas más democráticas que presionaban por el cambio. En el siglo XX, la división se reinterpretó en clave económica. Continuó durante las guerras mundiales y la Guerra Fría. Pero ha seguido su curso y hoy asistimos a una nueva serie de divisiones.
Aunque la Revolución francesa fue una encarnizada lucha entre el viejo y el nuevo orden, Francia no fue en realidad la inventora de la política moderna. El fracaso de la Revolución francesa así lo demuestra. La primera constitución promulgada durante la revolución fue rápidamente impugnada y dio paso a otras. Desde que se firmó aquel documento original, Francia ha adoptado quince constituciones más y ha sido gobernada por tres monarquías, dos imperios, cinco repúblicas, una comuna socialista y un régimen casi fascista.
El establecimiento de la política moderna de forma exitosa se produjo en otro sitio, mediante una revolución menos tumultuosa, en un lugar que ha tenido desde entonces un Gobierno constitucional operativo y una economía próspera: un pequeño país anegado del norte de Europa, que abrió el camino a las grandes potencias del futuro.
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