Seft avanzaba con dificultad por la Gran Llanura cargando a la espalda un cesto de mimbre lleno de sílex para intercambiar. Iba con su padre y sus dos hermanos mayores. Los detestaba a los tres.
La llanura se extendía en todas direcciones hasta el horizonte. La hierba verde del verano estaba salpicada de ranúnculos amarillos y florecillas de trébol rojo que, a lo lejos, se fundían en una bruma anaranjada y verdosa. Grandes manadas de ganado y numerosas ovejas, muchas más de las que era capaz de contar, pastaban contentas. No había ningún camino, pero ellos conocían el trayecto y sabían que tenían tiempo de sobra para llegar antes de que acabara el largo día estival.
El sol caía con fuerza sobre la cabeza de Seft. Casi toda la llanura era plana, aunque también había suaves subidas y bajadas, que no resultaban tan moderadas cuando llevabas una carga pesada a cuestas. Su padre, Cog, mantenía el mismo ritmo a pesar de los cambios en el terreno. «Cuanto antes lleguemos, antes podremos descansar», solía decir. Una obviedad muy idiota que molestaba a Seft. El sílex era la más dura de todas las piedras, y su padre tenía el corazón de sílex. Cog, de pelo canoso y tez cenicienta, no era muy alto pero sí fuerte y, cuando sus hijos lo contrariaban, los castigaba con unos puños como rocas.
Cualquier herramienta que tuviera un filo cortante estaba hecha de sílex, desde las hojas de hacha hasta los cuchillos o las puntas de flecha. Todo el mundo necesitaba sílex, así que siempre podían intercambiarlo por otra cosa que quisieran, como comida, ropa o animales. Algunas personas hacían acopio de él porque sabían que no perdía valor y no se deterioraba nunca.
Seft tenía muchas ganas de ver a Neen. Había pensado en ella todos los días desde la Ceremonia de Primavera. Se habían conocido su última tarde allí, y estuvieron hablando hasta que se hizo de noche. Neen fue tan agradable y simpática con él que estaba seguro de que le había gustado. Durante las semanas siguientes, mientras se deslomaba trabajando en el pozo de sílex, a menudo había recordado su rostro. En sus fantasías, Neen siempre le sonreía y se inclinaba hacia él para decirle algo. Algo bonito. Estaba preciosa cuando sonreía.
Al despedirse, Neen le había dado un beso.
Como Seft trabajaba todo el día metido en un agujero en el suelo, no conocía a muchas chicas, pero las que se había cruzado hasta entonces no lo habían impresionado de esa forma.
Sus hermanos, que lo habían visto con ella, adivinaron que estaba enamorado. Ese día, mientras caminaban, se burlaban de él con comentarios vulgares.
—Esta vez vas a metérsela, ¿eh, Seft? —dijo Olf, grandullón y tonto.
Cam, que siempre le seguía la corriente a Olf, se puso a mover las caderas como si embistiera, y entonces los dos se echaron a reír; casi sonaban como un par de cuervos en un árbol. Se creían ocurrentes. Continuaron un rato con burlas por el estilo, pero no tardaron en quedarse sin pullas. No eran muy imaginativos.
Ellos llevaban los cestos cargándolos con los brazos, sobre los hombros o encima de la cabeza, pero Seft había ideado una forma de atarse el suyo a la espalda con unas correas de cuero. Era complicado ponérselo y quitárselo, pero resultaba muy cómodo una vez estaba fijo en su sitio. Sus hermanos se reían de él y lo llamaban enclenque, pero Seft ya estaba acostumbrado a ese trato. Era el pequeño de la familia y el más inteligente, y le tenían manía por ser tan listo. Su padre nunca intervenía. Incluso parecía disfrutar viendo cómo discutían y se peleaban sus hijos. Cuando sus hermanos se metían con él, el hombre le decía que se curtiera.
A medida que avanzaban, Seft empezó a notar cada vez más el peso de su cesto, por mucho que lo llevara sujeto con su artefacto. Miró a los demás y reparó en que no estaban demasiado cansados. Le pareció extraño, porque él era igual de fuerte que ellos y, en cambio, estaba empapado de sudor.
Por la posición del sol, parecía que ya era mediodía cuando Cog anunció un descanso y pararon debajo de un olmo. Dejaron los cestos y bebieron con sed de las vasijas con tapón que llevaban colgadas con cintas de cuero. La Gran Llanura limitaba con ríos al norte, al este y al sur, pero en su extensión había muy pocos arroyos o charcas, y muchos de ellos se secaban en verano; los viajeros sensatos llevaban su propia agua.
Cog repartió tajadas de cerdo frío y todos comieron. Seft se tumbó entonces boca arriba y contempló las frondosas ramas del olmo mientras disfrutaba del silencio.
Apenas un rato después, su padre anunció que debían seguir camino. Seft se volvió para cargar otra vez su cesto y, al verlo, se extrañó. Los sílex de las vetas subterráneas eran de un negro intenso y brillante, con una suave corteza blanquecina por encima. Al golpearlos con una piedra, se les desprendían lascas, y así se les podía dar forma. Las piedras de sílex del cesto de Seft estaban ya medio trabajadas por su padre, que las había dejado de un tamaño más o menos adecuado para acabar siendo cuchillos, hojas de hacha, raspadores, punzones y demás utensilios. Cuando estaban a medio formar, pesaban algo menos y se transportaban mejor. También tenían más valor para un experto tallador de sílex, que terminaría dándoles su configuración definitiva.
Parecía que en el cesto de Seft había más sílex que cuando habían partido esa mañana. ¿Eran imaginaciones suyas? No, estaba seguro. Miró a sus hermanos.
Olf sonrió de oreja a oreja y a Cam se le escapó una risilla.
Seft comprendió al instante lo que había ocurrido. Mientras caminaban, esos dos habían cogido piedras de sus propios cestos y las habían echado disimuladamente en el suyo. Se acordó entonces de cómo se le habían acercado por detrás para hacerle bromas groseras sobre su amada. Así lo habían distraído, y él no se había dado cuenta de lo que tramaban en realidad.
No era de extrañar que la caminata de esa mañana lo hubiera dejado exhausto.
Los señaló con un dedo.
—Vosotros… —dijo con enfado.
Los dos se echaron a reír, y Cog se les unió también. Era evidente que estaba al tanto de la jugarreta.
—Cerdos asquerosos —les soltó Seft con ira.
—¡Pero si solo era una broma! —repuso Cam.
—Muy gracioso. —Seft se volvió hacia su padre—. ¿Por qué no se lo has impedido?
—No te quejes tanto —contestó este—. A ver si te curtes de una vez.
—Ahora tendrás que llevarlas lo que queda de camino, porque has caído en la trampa —dijo Olf.
—¿Eso es lo que crees? —Seft se arrodilló y volcó el cesto para tirar unos cuantos sílex al suelo, hasta quedarse más o menos con la misma carga que al principio.
—No pienso recogerlos —advirtió Olf.
—Yo tampoco —dijo Cam.
Seft levantó su cesto, que ya pesaba menos, y se lo recolocó alrededor de los hombros antes de echar a andar.
—¡Vuelve aquí! —oyó que exclamaba Olf.
No hizo caso.
—Vale, pues voy a por ti.
Seft dio media vuelta, siguió andando hacia atrás y vio que Olf avanzaba hacia él.
Un año antes, se habría rendido y habría hecho lo que le decía su hermano, pero desde entonces había crecido y se había hecho más fuerte. Olf todavía le daba miedo, pero no pensaba ceder ante ese temor. Alargó una mano hacia atrás por encima del hombro y cogió un sílex del cesto.
—¿Quieres llevar otro más? —preguntó.
Olf soltó un gruñido furioso y arrancó a correr.
Seft le tiró la piedra. Tenía los brazos potentes de un joven que se pasaba todo el día cavando, así que la lanzó con fuerza.
El sílex alcanzó a Olf justo encima de la rodilla y lo dejó aullando de dolor. Aún dio otros dos pasos cojeando, pero cayó al suelo.
—La próxima te abrirá la cabeza, so animal —amenazó Seft, que se volvió hacia su padre y añadió—: ¿Así de curtido te vale?
—Basta de estupideces —advirtió Cog—. Olf y Cam, cargad con vuestros cestos y arreando.
—¿Y las piedras que Seft ha tirado al suelo? —preguntó Cam.
—Recógelas, pedazo de idiota.
Olf se puso de pie como buenamente pudo. Estaba claro que no tenía ninguna herida grave, aparte de la de su orgullo. Cam y él recogieron los sílex y los metieron en sus cestos, luego siguieron a Seft y a Cog, aunque Olf cojeaba.
Cam alcanzó a su hermano pequeño.
—No deberías haber hecho eso —dijo.
—Solo ha sido una broma —repuso Seft.
Su hermano aminoró el paso y él siguió adelante. El corazón le latía deprisa: había pasado miedo, pero la jugada le había salido bien…, de momento.
En el tiempo transcurrido desde la Ceremonia de Primavera, Seft había decidido que abandonaría su familia en cuanto tuviera ocasión, pero todavía no había encontrado la manera de ganarse la vida él solo. En las minas siempre se trabajaba en equipo, nadie excavaba en solitario. Debía planear bien su futuro. Sería demasiado humillante tener que regresar junto a su familia, abatido y hambriento, para suplicarles que le dejaran ocupar su antiguo lugar.
Lo único de lo que estaba seguro era que quería que Neen formara parte de ese plan.
El Monumento estaba rodeado por un alto terraplén. Al círculo se entraba por una abertura orientada hacia el nordeste y, a cierta distancia, había un grupo de casas que pertenecían a las sacerdotisas. Nadie podía pisar el Monumento todavía, ya que la Ceremonia del Solsticio de Verano no se celebraría hasta el día siguiente.
La gente acudía al Monumento para participar en los rituales estacionales, pero la reunión de todas esas personas, venidas tanto de cerca como de lejos, representaba una gran oportunidad, así que normalmente llevaban consigo cosas para intercambiar. Algunos ya estaban colocando sus mercancías allí fuera. Sabían que no debían invadir el círculo sagrado, pero la zona más buscada era alrededor de la entrada, a cierta distancia de las casas de las sacerdotisas.
Mientras Seft y su familia se aproximaban, oyeron el rumor de las conversaciones y notaron el entusiasmo en el ambiente. Llegaba gente desde todos los confines. Había un grupo que siempre se reunía en un poblado situado en lo alto de una colina a cuatro días de camino hacia el nordeste, y desde allí seguía un sendero muy hollado que decían que era un camino ancestral. Más peregrinos se sumaban a ellos en cada poblado por el que pasaban, hasta que, convertidos en una larga columna de personas y animales, llegaban al Monumento.
Cog se detuvo junto a Ev y Fee, una pareja que fabricaba cuerda con tallos de madreselva. Los mineros vaciaron sus cestos y Cog empezó a amontonar los sílex en una pila.
Mientras estaba en ello, lo interrumpió Wun, otro minero, un hombre bajito y con los ojos amarillentos. Seft lo había visto muchas otras veces. Era un tipo sociable, amigo de todo el mundo, y le encantaba charlar, sobre todo con mineros como él. Siempre estaba enterado de lo que pasaba en todas partes. A Seft le parecía un poco entrometido.
Wun le estrechó la mano a Cog con el apretón informal: la mano izquierda con la derecha del otro. El saludo formal era derecha con derecha y transmitía más respeto que amistad. El gesto afectuoso, en cambio, consistía en unir la mano derecha con la izquierda del otro y, al mismo tiempo, la izquierda con la derecha.
Cog se mostró taciturno, como siempre, pero a Wun no parecía importarle.
—Veo que habéis venido los cuatro —comentó—. ¿No se ha quedado nadie a vigilar el pozo?
Cog lo miró con suspicacia.
—Cualquiera que intente quedárselo acabará con la cabeza abierta.
—Así se habla —opinó Wun, fingiendo que aprobaba esa belicosidad. En realidad, no le quitaba el ojo de encima al montón de sílex medio tallados, evaluando su calidad—. Por cierto —dijo entonces—, ha venido un hombre con un cargamento enorme de astas. Una maravilla.
Las astas de ciervo rojo, casi tan duras como la piedra y acabadas en punta, se contaban entre las herramientas más importantes para los mineros porque las usaban como picos.
—Tendremos que ir a ver eso —le dijo Olf a Cam.
Puesto que todos estaban pendientes de Wun, nadie le prestaba atención a Seft. Este, al ver su oportunidad, se alejó sin llamar la atención y desapareció enseguida entre el gentío.
Desde el Monumento había un camino recto que iba hasta el cercano poblado de Aguacurva, y a ambos lados de la pista hollada pastaba el ganado. A Seft no le gustaban las vacas. Cuando lo miraban, no sabía qué estaban pensando.
Salvo por eso, envidiaba al clan de los ganaderos. Lo único que hacían todo el día era sentarse a vigilar a los animales. No tenían que martillear el sílex sin pausa para romper la dura piedra y luego subirla hasta la superficie trepando por un poste. El ganado, las ovejas y los cerdos se reproducían a poco que los ayudaran, y los ganaderos no hacían más que enriquecerse.
Cuando llegó a Aguacurva, se quedó mirando las casas, que eran todas iguales. Consistían en una pared no muy alta, hecha de zarzo y barro —un entramado de ramas finas entretejidas y rebozadas luego con lodo—, y una cubierta consistente en un manto de hierba dispuesto sobre vigas. La entrada la formaban dos postes con un dintel encajado encima. En verano, todo el mundo cocinaba fuera, pero en invierno siempre había un fuego encendido en el hogar que ocupaba el centro de cada casa, y de las vigas colgaba carne, que así se ahumaba. En esos momentos, una pantalla de mimbre que alcanzaba hasta la mitad de la altura de la entrada dejaba pasar el aire fresco y al mismo tiempo mantenía fuera a los perros sin dueño y las alimañas que por las noches merodeaban en busca de alimento. En invierno, la entrada quedaba del todo cerrada con una pantalla más consistente, hecha para que encajara a la perfección.
Había muchos cerdos paseándose por el poblado y las tierras de alrededor. Rebuscaban con el morro cualquier cosa que fuera comestible.
Más o menos la mitad de las casas estaban vacías, ya que las destinaban a los visitantes que acudían cuatro veces al año. Los ganaderos atendían muy bien a los forasteros, pues les suponían una gran riqueza al ir allí a comerciar.
Se celebraban ceremonias en el equinoccio de otoño, el solsticio de invierno, el equinoccio de primavera y, por último, el solsticio de verano, que sería al día siguiente. La labor fundamental de las sacerdotisas consistía en llevar la cuenta de los días del año para poder anunciar, por ejemplo, que faltaban seis días para el equinoccio de otoño.
Seft detuvo a una ganadera y le preguntó cómo se iba a la casa de Neen. Casi todo el mundo la conocía porque su madre era una persona importante, una sabia, así que la mujer le indicó cómo llegar. La encontró enseguida. Estaba limpia, ordenada y vacía. «Aquí viven cuatro personas —pensó—, ¡y todas están fuera de casa!». Aunque, sin duda, tendrían mucho trabajo a causa de la ceremonia.
Seft, impaciente, empezó a buscar a Neen. Se paseó por las demás casas para ver si encontraba su rostro dulce y sonriente y su exuberante melena oscura. Reparó en que muchos visitantes se habían instalado ya en las edificaciones vacías: había personas que viajaban solas, pero también familias con niños, algunos con los ojos muy abiertos a causa de la curiosidad al encontrarse por primera vez en un lugar desconocido.
Nervioso, se preguntó cómo reaccionaría Neen cuando lo viera. Había pasado una estación entera desde aquella noche en que estuvieron hablando. Ella había sido muy acogedora entonces, pero tal vez sus sentimientos se hubieran enfriado. Era tan atractiva y agradable que sin duda habría muchos jóvenes interesados en ella. «Yo no tengo nada de especial», se dijo Seft. Además, Neen le sacaba un par de años. A ella no había parecido importarle, pero él tenía la sensación de que era una joven distinguida.
Llegó a la orilla del río, que siempre estaba muy concurrida. Había gente recogiendo agua fresca corriente arriba para luego ir más abajo a lavarse el cuerpo y la ropa. No vio a Neen, pero le alegró encontrar a su hermana, a quien también había conocido en la última Ceremonia de Primavera. Era una chica muy segura, con un montón de rizos y una barbilla que le otorgaba un gesto decidido. La otra vez debía de tener trece años, así que ahora ya serían catorce. Los habitantes de la Gran Llanura calculaban su edad con el solsticio de verano, de manera que todo el mundo cumpliría un año más al día siguiente.
¿Cómo se llamaba? Enseguida lo recordó: Joia.
Joia iba con dos amigas, y parecían estar lavando zapatos en el río. El calzado era como el de todos los demás: unas piezas planas de cuero duro cortadas a medida y perforadas con unos agujeros por los que se pasaban unos cordones hechos con tendones de vaca, que luego se apretaban hasta quedar tirantes y ajustar bien los zapatos.
Se acercó a ella.
—¿Te acuerdas de mí? —le dijo—. Me llamo Seft.
—Claro que me acuerdo. —Joia lo saludó con formalidad—: Que el dios Sol te sonría.
—Y a ti también. ¿Por qué laváis los zapatos?
Ella soltó una risa.
—Porque no queremos que nos huelan mal los pies.
Seft nunca lo había pensado. Él no lavaba el calzado. ¿Y si Neen le olía los pies? Le dio vergüenza y decidió que se lavaría los zapatos en cuanto tuviera ocasión.
Las dos amigas de Joia susurraron algo entre risitas, como hacían a veces las chicas, a saber por qué. Ella las miró, soltó un suspiro molesto y habló en voz bien alta:
—Supongo que buscas a mi hermana, Neen.
—Por supuesto.
Las dos chicas pusieron una cara que decía: «Ah, conque se trata de eso».
—En vuestra casa no hay nadie —dijo Seft—. ¿Sabes dónde está?
—Ayudando con la fiesta. ¿Quieres que te acompañe allí?
A Seft le pareció muy amable que se ofreciera a dejar a sus amigas para ayudarlo.
—Sí, por favor.
Joia cogió los zapatos mojados y se despidió de las dos chicas con alegría.
—La fiesta la preparan Chack y Melly y toda su familia: hijos, hijas, primos, primas y no sé qué más —explicó Joia, parlanchina—. Tienen muchos parientes, y menos mal, porque el banquete será enorme. En el centro del poblado hay una explanada y lo están montando allí.
Mientras caminaban los dos juntos, Seft pensó que quizá Joia pudiera decirle lo que Neen sentía por él.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
Seft se detuvo, y ella también.
—Contéstame con sinceridad. ¿Tú crees que a Neen le gusto? —preguntó bajando la voz.
Joia tenía unos preciosos ojos color avellana que entonces lo miraron con franqueza.
—Creo que sí, aunque no sabría decirte cuánto.
Esa respuesta no le satisfizo del todo.
—Bueno, ¿alguna vez habla de mí?
La chica asintió, pensativa.
—Sí, te ha mencionado. Creo que en más de una ocasión.
Seft, frustrado, pensó que Joia se mostraba prudente para no desvelar demasiado. Aun así, siguió insistiendo.
—De verdad que me gustaría conocerla mejor. Creo que es… No sé cómo describirla. Adorable.
—Esas cosas deberías decírselas a ella, no a mí. —La joven sonrió para suavizar la reprimenda.
Él volvió a intentarlo.
—Pero ¿se alegrará de oírlas?
—Creo que se alegrará de verte, pero no puedo decirte más que eso. Es mejor que hable ella por sí misma.
Seft era dos solsticios de verano mayor que Joia, pero no logró convencerla para que confiara en él. Comprendió que era una chica de mucho carácter.
—Es que no sé si Neen siente lo mismo que yo —comentó con impotencia.
—Pregúntaselo y lo descubrirás —repuso ella.
Seft percibió un matiz de impaciencia en su tono.
—¿Qué tienes que perder?
—Solo una pregunta más —dijo él—. ¿Hay algún otro que le guste?
—Bueno…
—O sea, que sí.
—A él le gusta ella. Eso, seguro. Pero no sabría decir si a ella también le gusta él. —Joia olfateó el aire—. ¿Hueles eso?
—Carne asada. —A Seft se le hizo la boca agua.
—Sigue tu olfato y encontrarás a Neen.
—Muchas gracias por tus consejos.
—Buena suerte. —Joia dio media vuelta y regresó.
Mientras seguía andando, Seft pensó en lo diferentes que eran las dos hermanas. Joia resultaba enérgica y segura; Neen era dulce y sabia. Ambas eran muy atractivas, pero él amaba a Neen.
El olor a carne asada se hizo más intenso y entonces Seft llegó a la explanada, donde se estaban asando varios bueyes en espetones. El banquete no se celebraría hasta la tarde del día siguiente, pero supuso que se tardaba mucho en cocinar animales tan grandes. Los más pequeños, las ovejas y los cerdos, seguramente no los pondrían al fuego hasta un día después.
Una veintena de hombres, mujeres y niños andaban atareados ocupándose de las hogueras y dando vueltas a los espetones. Un momento después, Seft localizó a Neen, que estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la cabeza gacha, concentrada en alguna labor.
Le pareció diferente a como la recordaba, pero más guapa todavía. El sol del verano la había bronceado y su melena oscura tenía algunos mechones más claros. Observaba su trabajo frunciendo el ceño, un gesto con el que estaba encantadora a más no poder.
Neen utilizaba un raspador de sílex para limpiar la parte interior de una piel, sin duda de una de las bestias que se estaban asando. Seft recordó que su madre era curtidora. La intensidad de su concentración lo cautivó tanto que casi se le saltaron las lágrimas.
Daba igual, de todos modos pensaba interrumpirla.
Mientras cruzaba la explanada, notó que se ponía más nervioso a cada paso. «¿Por qué me preocupo tanto? —se dijo—. Debería estar contento, pero también estoy muerto de miedo».
Se detuvo ante ella sonriendo, y Neen tardó un momento en apartar los ojos de la piel. Entonces levantó la mirada y lo vio; su rostro se iluminó con una sonrisa tan adorable que Seft creyó que se le paraba el corazón.
—Eres tú… —dijo Neen un instante después.
—Sí —repuso él con alegría—. Soy yo.
Neen dejó el raspador y la piel para levantarse.
—Ya terminaré eso después —anunció. Lo agarró del brazo y, tras apartar a un cerdo de en medio, añadió—: Vamos a algún sitio más tranquilo.
Caminaron hacia el oeste, alejándose del río por un terreno que ascendía en pendiente, como solía ocurrir en las riberas. Seft quería hablar con ella, pero no sabía por dónde empezar.
—Me alegro mucho de volver a verte —dijo tras pensarlo un poco.
Neen sonrió.
—A mí me pasa igual.
A Seft le pareció un buen comienzo.
Llegaron a una construcción extraña: unos círculos concéntricos hechos con troncos de árboles. Era evidente que se trataba de un lugar sagrado. Lo rodearon.
—La gente viene aquí solo para estar en silencio y reflexionar —explicó Neen—. También para hablar, como nosotros. Y es donde se reúne el consejo de sabios.
—Recuerdo que me contaste que tu madre es una sabia.
—Sí. Se le dan muy bien las discusiones. Hace que la gente se calme y piense de una forma lógica.
—Mi madre también era así. Conseguía que mi padre fuera razonable, a veces.
—Me dijiste que murió cuando tú tenías diez solsticios de verano, ¿verdad?
—Sí. Concibió a un hijo siendo muy mayor, y murieron los dos.
—Debes de añorarla mucho.
—Ni te lo imaginas. Antes de que muriera, mi padre no se acercaba a sus tres hijos. Puede que le diera miedo coger en brazos a un niño tan pequeño o algo así. Nunca nos tocaba, ni siquiera hablaba con nosotros. Cuando mi madre murió, de repente tuvo que hacerse cargo de los tres. Creo que detestaba cuidar de unos niños, y nos detestó a nosotros por obligarlo a hacerlo.
—Qué horror… —dijo Neen en voz baja.
—Aun ahora, solo nos toca cuando quiere castigarnos.
—¿Te pega?
—Sí. Y a mis hermanos.
—¿Tu madre no tenía a nadie de su clan que pudiera protegeros?
Seft sabía que esa era una parte importante del problema. Se suponía que los padres, los hermanos y los primos de una mujer se encargaban de sus hijos cuando esta moría, pero a su madre no le quedaban parientes con vida.
—No —contestó—. Mi madre no tenía clan.
—¿Y por qué no abandonas a tu padre?
—Lo haré, un día, pronto. Pero antes tengo que encontrar la forma de ganarme la vida yo solo. Se tarda mucho en cavar un pozo, y me moriría de hambre antes de encontrar ni un solo sílex que intercambiar.
—¿Por qué no recoges sílex de los ríos o los campos?
—Es una clase de sílex diferente. Esas piedras tienen defectos ocultos que hacen que se rompan a menudo, ya sea cuando les das forma o cuando los usas como herramienta. Nosotros extraemos piedra del lecho de la veta, que no se rompe. Se puede usar incluso para fabricar las grandes hachas que se necesitan para talar árboles.
—¿Y cómo lo hacéis? ¿Cavando un hoyo?
Seft se sentó y Neen siguió su ejemplo. Entonces él dio unas palmadas en la hierba, a su lado.
—Aquí, la tierra no tiene mucha profundidad. Al excavar, enseguida se llega a una capa de piedra blanca que se llama caliza, y extraemos la caliza con picos hechos con astas de ciervo rojo.
—Parece un trabajo muy duro.
—Todo lo relacionado con el sílex es duro. Nos embadurnamos las palmas de las manos con arcilla para que no nos salgan ampollas. Seguimos cavando a través de la caliza. Pueden tardarse semanas hasta que al final, a veces, se alcanza el lecho de la veta de sílex.
—¿Y a veces no?
—Exacto.
—Entonces ¿todo ese trabajo no habrá servido de nada?
—No, y tenemos que volver a empezar en otro sitio y excavar un nuevo pozo.
—Nunca se me había ocurrido pensar cómo se consigue el sílex.
Seft podría haberle explicado mucho más, pero no quería hablar de minería.
—¿Cómo era tu padre? —preguntó.
Neen ya le había contado que su padre estaba muerto.
—Encantador. Guapo, cariñoso y listo. Pero no fue con cuidado y lo aplastó una vaca enloquecida.
—¿Las vacas son peligrosas? —Seft no le dijo que le daban miedo.
—Pueden serlo, sobre todo cuando tienen terneros. Lo mejor es ir con cuidado cuando están cerca, y mi padre no era nada cuidadoso.
Seft no sabía qué decir.
—Me quedé destrozada —continuó explicando Neen—. Estuve llorando una semana entera.
—Qué triste…
Ella asintió y Seft supo que había dicho lo correcto.
—Todavía me entristece —repuso Neen—. Aun después de tantos años.
—¿Y el resto de tu familia?
—Tienes que conocerlos. ¿Quieres venir a casa conmigo?
—Me encantaría.
Dejaron el lugar sagrado y regresaron al poblado. Seft había aceptado la invitación con entusiasmo porque era una señal de que a Neen le gustaba de verdad, pero le inquietaba no causar buena impresión en su familia. Eran distinguidos habitantes de un poblado… ¡Si hasta se lavaban los zapatos! Él, en cambio, llevaba una vida ruda con muy poco contacto social. Su familia nunca se quedaba mucho tiempo en un mismo sitio: construían una casa cerca del pozo que estuvieran excavando y la abandonaban cuando seguían camino. De pronto, tendría que hablar con la madre de Neen, que sin duda era una mujer elegante y, además, querría valorarlo como posible padre de sus nietos. ¿Qué iba a decirle?
Frente a la casa de la familia de Neen, en las brasas de un fuego había una olla que desprendía un delicioso aroma a carne de vaca y hierbas. La mujer que le daba vueltas al guiso era una versión mayor de la propia Neen, con arrugas alrededor de los ojos y algún cabello gris en la melena negra. La sonrisa con que saludó a Seft era igual que la de su hija, solo que más madura.
—Mamá, te presento a mi amigo Seft. Es minero de sílex.
—Que el dios Sol te sonría —dijo Seft.
—Y a ti también —contestó la mujer—. Yo soy Ani.
—Y este es mi hermano pequeño, Han —dijo Neen.
Seft vio a un niño rubio de ocho o nueve solsticios de verano, sentado en el suelo junto a un cachorro dormido.
—Que te sonría —dijo Seft, usando la forma abreviada del saludo.
—Y a ti también —repuso Han con educación.
Había otros dos niños: una niña y un niño pequeño. La niña estaba con Han, acariciando al cachorro.
—Esa es Pia, una amiga de mi hermano.
Seft no sabía qué decirle a la pequeña, pero, mientras se lo pensaba, ella se puso a hablar, y resultó tener un don de gentes propio de una persona adulta.
—Mi familia es agricultora —dijo—. Vivo en Los Cultivos, pero he venido para la ceremonia. —Calló un instante y luego, como en confidencia, añadió—: Mi padre no me deja jugar con niños ganaderos, pero hoy no está. —Era más bajita que su amigo Han, pero su seguridad hacía que pareciera mayor—. Estoy cuidando de mi primo Stam, que tiene casi cuatro solsticios de verano.
Stam, con cara de estar enfurruñado, no dijo nada.
—Oye, Pia, ¿cómo es que tu padre no ha venido a la ceremonia esta vez? —se interesó Ani—. No suele faltar.
—Ha tenido que quedarse en casa. Como todos los hombres.
—Me pregunto por qué… —comentó Ani, pensativa.
Era evidente que en ese detalle intuía algo relevante, pero a Seft se le escapaba el qué.
Entonces Han lo miró con una mezcla de asombro y curiosidad, y lo distrajo preguntándole por otra cosa.
—¿Cualquiera puede ser minero de sílex? —quiso saber.
—La verdad es que no —dijo Seft—. Suele ser cosa de familia. A los jóvenes les enseñan sus padres. Hay mucho que aprender.
Han se quedó abatido.
—O sea, que tendré que ser ganadero.
No parecía que le hiciera mucha ilusión. Seft supuso que querría marcharse de allí y ver un poco de mundo, pero seguramente se le pasaría con la edad.
—¿Cómo se llama tu cachorro? —le preguntó.
—Es una perrita. Todavía no tiene nombre.
—Creo que deberíamos llamarla Bonita —propuso Pia.
—Qué buen nombre —opinó Seft.
Sin despertarse, el animal lanzó una fuerte ventosidad. Han estalló en carcajadas y Pia soltó una risita.
—Pues parece que a ella no le gusta —dijo Ani sonriendo—. Ven, Seft, siéntate. Ponte cómodo.
Seft y Neen se sentaron en el suelo. Él pensó que el encuentro iba bastante bien. Había charlado con la madre de Neen y con su hermano pequeño, y todavía no se había puesto en ridículo. Tenía la sensación de haberles caído bien. Igual que ellos a él.
La hermana pequeña de Neen, Joia, apareció entonces con sus zapatos.
—Veo que has encontrado a Neen —le dijo a Seft.
Dejó el calzado cerca del fuego para que se secara.
—Sí. Gracias por ayudarme.
—¿Te gusta ser minero?
Era una pregunta directa, así que Seft decidió dar una respuesta directa.
—No, y tampoco trabajar para mi padre. Me marcharé en cuanto consiga encontrar la forma de ganarme la vida solo.
—Eso es interesante, Seft —opinó Ani—. ¿Qué te gustaría hacer, en lugar de excavar?
—Ahí está el problema, que no lo sé. Soy buen carpintero, así que podría fabricar palas, martillos o arcos. ¿Creéis que me los cambiarían por comida?
—Sin duda —repuso Ani—. Sobre todo si son mejores que los que se fabrica la gente en su casa.
—Huy, eso desde luego —dijo Seft.
—Estás muy seguro —señaló Joia.
Seft reparó en que era una joven desafiante, pero también sabía mostrarse amable. Las personas podían ser ambas cosas.
—¿No es importante saber lo que se te da bien y lo que se te da mal? —dijo, dando que pensar.
Joia reaccionó con picardía:
—¿Y a ti qué se te da mal, Seft?
—¡Es injusto preguntarle eso! —protestó Neen.
—Se me dan mal las conversaciones —reconoció él—. En el pozo, apenas decimos nada en todo el día.
—Pues hablas muy bien —aseguró Neen—. No le hagas caso a mi hermana pequeña. Está siendo mala.
—La cena ya está lista —anunció Ani, con lo que evitó una riña entre hermanas—. Joia, ve a por escudillas y cucharas.
La luz del día se fue apagando mientras comían. En el aire se notaba un frescor agradable y el cielo adoptó la suave tonalidad gris del crepúsculo. Sería una noche cálida.
La cena estaba buenísima. Habían hervido carne con raíces silvestres. Seft notó la argentina, la bardana y la castañuela, que se habían reblandecido y habían absorbido el sabor de la carne.
Entonces pensó en la enorme diferencia que había entre esa familia y la suya. En la de Neen, todos se trataban bien. Allí no había hostilidad. Joia era combativa, pero nada grave. Estaba seguro de que nunca se pegaban.
Se preguntó qué pasaría cuando anocheciera. ¿Tendría que regresar con su padre y sus hermanos? ¿O le permitirían dormir allí, quizá al lado de Neen? Esperaba que, de algún modo, Neen y él pudieran pasar la noche juntos.
Cuando acabaron de cenar, Ani le pidió a su hija mayor que se llevara las escudillas y las cucharas al río para lavarlas, y Seft la acompañó con naturalidad.
—Creo que Bonita es muy buen nombre para una perrita —dijo Neen mientras metían los cacharros en el agua.
—Yo nunca he tenido perro —repuso Seft—. Aunque de pequeño soñaba con uno, y quería llamarlo Trueno.
Neen rio entre dientes.
—La nuestra es demasiado adorable para llamarla así.
—Han podría decir que es por los pedos que se tira.
Neen rio otra vez.
—¡Es perfecto! Los pedos le parecen divertidísimos… Está en esa edad.
—Ya lo sé. Yo también fui como él, y aún me acuerdo.
En el camino de vuelta, Seft oyó una voz masculina detrás de ellos.
—Hola, Neen. —Su tono era afectuoso.
Seft se giró y vio a un hombre alto, de unos veinte solsticios de verano.
Ella se volvió y le sonrió. Seft se sintió obligado a detenerse también, aunque a regañadientes.
—Hola, Enwood —saludó Neen—. ¿Ya lo tienes todo listo para la ceremonia?
—Sí. Te veré allí.
Eso molestó a Seft. ¿Quién era ese tal Enwood para prometer que la vería?
—He pensado llegar temprano para buscar un buen sitio —siguió explicando Enwood—. Podrías hacer lo mismo.
El joven buscaba un encuentro con ella.
—Si me levanto con tiempo suficiente —repuso Neen.
Eso no era ni un sí ni un no. De todos modos, a Seft le molestó la intimidad que detectó en la voz de ambos.
Se produjo un silencio.
—Seft me ha ayudado a lavar los cacharros de la cena —explicó Neen entonces.
Enwood le dirigió una mirada fría a Seft.
—Qué bien —dijo—. Hasta mañana.
Y se alejó.
Seft se quedó inquieto.
—¿Quién era ese? —preguntó cuando echaron a andar de nuevo.
—Solo un amigo.
Él sospechaba que Enwood era el hombre al que se había referido Joia cuando le había dicho aquello de: «A él le gusta ella. Eso, seguro. Pero no sabría decir si a ella también le gusta él».
—Es apuesto —señaló.
—No tanto como tú.
Seft se sorprendió. No creía que fuera apuesto, aunque en realidad no lo sabía y le importaba más bien poco. No recordaba la última vez que había mirado su reflejo en una charca.
Ya estaba oscuro y habían salido las estrellas, pero Seft percibía que Enwood había estropeado el momento de intimidad con Neen.
—Bueno —dijo—, ¿y ahora qué hacemos? —Su pregunta sonó más brusca de lo que pretendía.
Ella fingió no darse cuenta.
—¿Qué te gustaría hacer?
Enseguida se le ocurrió algo.
—No hace frío. Querría sentarme contigo bajo las estrellas. Los dos solos. ¿Te apetece?
—Sí.
Seft sonrió. «Todo vuelve a ir bien», pensó.
Llegaron a la casa. Han estaba dentro, atando a la perra para la noche. Pia y Stam habían regresado con su familia y Joia ya dormía. Ani se estaba descalzando.
—Esta noche dormiremos fuera —le dijo Neen a su madre.
—Espero que no haga frío —señaló esta.
—Estaremos bien.
—Seguro que sí.
Neen tomó a Seft del brazo y se marcharon.
—¿Adónde vamos? —preguntó él.
—Conozco un sitio.
Bajaron al río, luego torcieron y recorrieron la orilla hasta dejar atrás las casas. Por fin llegaron a un bosquecillo protegido por árboles frondosos.
—¿Qué te parece? —dijo Neen.
—Fantástico.
Se sentaron cerca de un matorral.
—Tu vida es perfecta —comentó Seft—. Toda tu familia te quiere. Os sobra la comida. Los ganaderos tenéis tantos animales que nadie es capaz ni de contarlos. Vivís como los dioses.
—Tienes razón —repuso Neen—. El dios Sol nos sonríe.
Se tumbó. Parecía una invitación, así que Seft se inclinó sobre ella y le dio un beso.
No había besado mucho y no sabía muy bien cómo se hacía, pero ella lo guio. Le tomó la cabeza con las manos y lo besó en los labios y las mejillas, también en el cuello, mientras al mismo tiempo le acariciaba el pelo. Era lo más delicioso que le había ocurrido nunca.
Desesperado por tocar su cuerpo, Seft le puso una mano en la rodilla y la deslizó pierna arriba, despacio.
Había visto a mujeres desnudas, normalmente cuando se bañaban en el río. No les importaba que las vieran, pero se consideraba de mala educación quedarse mirando. Aun así, por mucho que él tuviera una idea bastante clara de cómo era una mujer sin túnica, nunca había tocado a ninguna. Era su primera vez.
—Suave —pidió Neen—. Acarícialo con suavidad.
Ella lo besó mientras él la tocaba y, al cabo de un rato, notó que empezaba a jadear.
—No puedo esperar más —anunció Neen entonces.
Lo tumbó boca arriba, le levantó los faldones de la túnica y se sentó a horcajadas sobre él.
—¡Oh! ¡Qué gusto! —dijo Seft cuando ella descendió deslizándose sobre él.
—Sí, cuando es con la persona adecuada —repuso Neen.
Y, después de eso, ninguno de los dos dijo nada coherente durante un buen rato.
Todavía estaba oscuro cuando Seft despertó. No se oía el canto de los pájaros porque aún era muy temprano, pero sí percibió el chapoteo del río cercano. Notó a Neen junto a él, su cuerpo suave y cálido apretado contra el suyo, con una pierna y un brazo echados por encima. Tenía frío, pero no le importaba. La abrazó.
Neen se movió un poco y abrió los ojos. Al ver a Seft, le acarició la mejilla.
—Mi hermana dice que eres como la diosa Luna —susurró.
Él sonrió.
—¿Y cómo es la diosa Luna?
—Pálida y bella, con una boca hecha para el amor. —Le dio un beso en los labios.
—Supongo que nos hemos emparejado, ¿no? —dijo Seft.
Ella se incorporó.
—¿Qué quieres decir?
—Que viviremos juntos y criaremos a nuestros hijos.
—Espera un momento —apuntó ella con una risita.
Él frunció el ceño, desconcertado.
—Pero, después de lo de anoche…
—Lo de anoche fue maravilloso —dijo Neen—. Me encantas y quiero que repitamos esta noche, pero no nos precipitemos pensando en el futuro.
Él no lo entendía.
—¡Podrías estar embarazada!
—No es muy probable, después de solo una vez. De todas formas, eso está en manos de la diosa Luna, que gobierna todo lo relacionado con las mujeres. Si quiere que tengamos hijos, que así sea.
—Pero… —Seft estaba confuso—. ¿Tiene algo que ver con ese Enwood?
Ella se levantó.
—Escucha. ¿Oyes lo mismo que yo?
Seft se quedó quieto y percibió el sonido lejano de una muchedumbre que charlaba y avanzaba.
—Ya se están levantando todos —dijo Neen—. Se dirigen al Monumento.
Seft estaba desconcertado, pero no sabía qué decir ni cómo conseguir que ella le resolviera el misterio. Siguió a Neen, que lo condujo hacia el río, donde bebieron agua fresca y se lavaron deprisa. Después regresaron al poblado y se unieron al gentío que se dirigía hacia el oeste. Todo el mundo conversaba con entusiasmo, impacientes por que empezara el gran acontecimiento.
La casa de Neen estaba vacía: su familia ya había partido. Ella entró y salió con dos trozos de carne de oveja fría. Le dio uno a Seft y los dos masticaron mientras caminaban.
Él se consoló pensando que Neen había afirmado que pasarían otra noche juntos. Eso significaba que iba en serio, y tal vez hablarían un poco más sobre lo de ser compañeros. Así, él empezaría a entender cómo pensaba.
Fuera del poblado, todos seguían el camino recto hacia el sudoeste. El ganado se apartaba a desgana cuando la muchedumbre se salía de los límites de la pista hollada. La gente hablaba en voz baja y pisaba con cuidado, como si temiera despertar a un dios dormido. Sin embargo, el sonido que producían al avanzar todos juntos era como el de un río precipitándose por una cascada rocosa.
El camino llevaba directo a la entrada del Monumento. Ya había gente dentro, sentada de cara a la abertura, la dirección desde la que habían llegado, que era el punto por donde salía el sol en esa época del año. Una sacerdotisa espantaba a los cerdos.
El círculo iba llenándose. Seft y Neen no lograron encontrar a Ani, Joia y Han entre la multitud, así que ella le propuso ir al lado contrario y sentarse en lo alto del terraplén, desde donde podrían verlo todo.
El Monumento tenía unos cien pasos de ancho. Justo en el borde interior del terraplén había un anillo de piedras dispuestas en vertical y separadas por distancias más o menos regulares, todas ellas algo más altas que un hombre de buena estatura. Había demasiadas para que Seft pudiera contarlas. No tenían la superficie tallada ni pulida. En el color de la roca se veían matices azulados, y Neen le dijo que por eso las llamaban piedras azules.
Dentro se levantaba un círculo de madera, y ese era muy diferente. Seft lo miró con atención y comprendió que era un anillo hecho con troncos de árboles más altos que las piedras azules. Los postes de madera estaban unidos en lo alto por dinteles, o travesaños, que formaban un círculo continuo perfectamente nivelado. A diferencia de las piedras azules, esas estructuras de madera estaban cortadas a la medida exacta y les habían frotado la superficie para dejarlas muy suaves. El carpintero que Seft llevaba dentro admiró el trabajo, pero se preguntó si serían lo bastante robustas. Si una vaca enloquecida cargaba contra uno de esos troncos, ¿cuánta parte del círculo caería? Aunque todo el mundo tenía mucho cuidado de que ninguna vaca entrara en el lugar sagrado, sin duda.
Dentro de ese segundo círculo, Seft distinguió otro más, un anillo más pequeño, un óvalo compuesto por parejas de postes diferenciadas. Cada par de troncos estaba unido por un travesaño pero separado de los demás. Estaban trabajados con la misma delicadeza que los del círculo exterior, pero eran aún más altos.
De inmediato supo que lo importante eran los anillos de madera. En comparación, el círculo de piedras resultaba irregular y tosco. Seft se preguntó si sería más antiguo y lo habría erigido un pueblo menos hábil.
La multitud, que sentía la santidad del lugar, guardaba un silencio sobrecogedor. Seft percibía la tensa expectación que flotaba en el ambiente. Ya había estado antes allí y había visto a las sacerdotisas oficiar la Ceremonia de Primavera, pero resultaba evidente que esta ocasión era más importante y contaba con mayor cantidad de asistentes. El solsticio de verano marcaba el final del año viejo y el comienzo del nuevo. Todo el mundo sería un solsticio mayor.
La gente sabía que todo lo que los mantenía con vida procedía del sol, así que lo veneraban.
Casi todos los reunidos eran ganaderos —la mayor parte de la población de la Gran Llanura lo era—, pero también había algunos agricultores que trabajaban el suelo fértil de los valles con ríos, y a esos se los identificaba por sus tatuajes. Las mujeres solían llevarlos en forma de brazalete en las muñecas y los hombres se tatuaban el cuello. Sin embargo, Seft no vio a ningún agricultor varón y recordó entonces la conversación de Ani con Pia de la noche anterior, y que Ani había parecido inquieta por la ausencia de agricultores.
Tampoco había ningún habitante de los bosques, pero Seft sabía por qué. Habían partido en su peregrinaje anual, siguiendo a los ciervos hacia las colinas del Noroeste, donde había hierba nueva en verano.
La gente seguía llegando cuando el amanecer se anunció por el cielo oriental. No había nubes y, a medida que la luz plateada ganaba intensidad, parecía bendecir las cabezas de la multitud.
Por fin aparecieron las sacerdotisas, una treintena de ellas, bailando de dos en dos y vestidas con sus túnicas de cuero, iguales a las de los demás pero más largas, hasta los tobillos. Iban descalzas.
Una llevaba un tambor, un tronco vaciado que golpeaba con un palo siguiendo un ritmo y que producía un sonido sorprendentemente fuerte y claro.
Todas realizaban los mismos movimientos, balanceándose hacia los lados y hacia atrás, como la hierba alta mecida por el viento. Seft estaba fascinado. Nunca había visto a nadie bailar así, moviéndose al unísono como un banco de peces.
Además de bailar, también cantaban. Una con el pelo blanco, quizá la suma sacerdotisa, entonaba un verso que sonaba a pregunta, y las demás respondían todas a la vez. Entraban y salían del círculo de madera exterior, serpenteando por entre los postes, tejiendo su camino como juncos en las manos de un cestero. Parecían interpelar a los postes de uno en uno, como si cada uno de ellos significara algo diferente. A Seft le dio la sensación de que, mientras cantaban, contaban, pero las palabras que usaban no le decían nada.
No era una danza seductora. Bueno, no demasiado. A Seft, las mujeres siempre le parecían atractivas, pero el propósito de aquel baile no era ese.
El círculo exterior de piedras azules, el que quedaba junto al borde interior del terraplén, no tenía ningún papel en la ceremonia, que se desarrollaba en torno a los dos anillos de madera: el círculo y, dentro de este, el óvalo discontinuo. Las sacerdotisas recorrieron todo el círculo y luego hicieron lo mismo con el óvalo, una de cuyas partes abiertas quedaba justo frente a la entrada, orientada también hacia el nordeste. Ahí fue donde terminó la danza, en esa abertura.
Las sacerdotisas se agacharon en el suelo y, todavía formando una larga hilera de dos en dos, empezaron a cantar a mayor volumen cuando el borde superior del sol asomó por el horizonte. Seft, que casi estaba alineado con el amanecer, vio que el orbe solar ascendía exactamente entre dos postes de madera del círculo. Era evidente que se había puesto muchísimo cuidado para diseñar el Monumento de esa forma. Los postes y el travesaño formaban un marco, y Seft, con una sensación de respeto reverencial, comprendió que se trataba del umbral por el que el dios Sol entraba en el mundo.
La muchedumbre se quedó más callada todavía mientras las sacerdotisas cantaban más y más alto a medida que el disco rojo ascendía por el cielo. Aunque salía todos los días, en esos momentos su aparición era recibida como un acontecimiento especial, y la multitud lo contemplaba en un trance sagrado.
El sol casi había salido por completo y el cántico de las sacerdotisas era ya ensordecedor. El borde inferior de la curva solar pareció aferrarse al horizonte, como si no quisiera perder el contacto con este, y entonces, por fin, se liberó y entre la tierra y el sol apareció un resquicio de luz. El cántico alcanzó su clímax, y luego las voces y el tambor callaron de repente. La muchedumbre estalló en un rugido triunfal, tan fuerte que podría haberse oído desde el borde del mundo.
Ya se había terminado. Las sacerdotisas salieron por la abertura del terraplén marchando de dos en dos y desaparecieron en dirección a sus casas. La gente empezó a levantarse, a estirar las piernas y a charlar mientras la tensión se diluía.
Seft y Neen siguieron sentados en la hierba. Él la miró.
—Me siento… como si me hubieran tumbado de un golpe —dijo.
Ella asintió.
—Impresiona mucho. Sobre todo la primera vez.
Seft miró a la gente que se arremolinaba en torno a la salida.
—Será mejor que regrese con mi familia. Pero nos veremos otra vez, ¿verdad?
—Eso espero —dijo ella sonriendo.
—¿Dónde nos encontraremos?
—¿Te gustaría cenar con nosotros?
—¿Hoy también? ¿Seguro que a tu madre no le importará?
—Seguro. A los ganaderos nos gusta compartir. Las comidas son más divertidas así.
—Entonces acepto. La cena de ayer fue maravillosa. Quiero decir que la comida estaba buenísima, pero lo que más me gustó fue que… —Vaciló, no sabía cómo expresar lo que sentía—. Me gustó que todos os queráis tanto.
—Es lo normal en las familias.
Él negó con la cabeza.
—No en todas.
—Lo siento. Escápate y ven otra vez con nosotros esta noche.
—Gracias.
Se levantaron.
—Será mejor que me dé prisa —dijo Seft con poco entusiasmo.
—Venga, vete ya.
Él dio media vuelta y se alejó.
No sabía si alegrarse o no. Había hecho el amor con la chica de sus sueños y había sido maravilloso, pero luego ella le había dicho que no estaba segura de querer pasar el resto de su vida con él. Peor aún, por lo visto tenía un rival, un hombre alto y decidido que se llamaba Enwood y que era mayor que Neen, mientras que él era más joven.
Al día siguiente, Seft tendría que partir de nuevo con su familia y no volvería a verla hasta el equinoccio de otoño. Enwood, en cambio, dispondría de toda una estación para cortejarla sin ningún competidor a la vista.
Aun así, esa noche Neen estaría con él, no con Enwood. Todavía tenía otra oportunidad de conseguir que fuera para siempre.
En el exterior del Monumento, la gente ya estaba comerciando. Cada cual ofrecía su mercancía y a cambio pedía algo que necesitara, discutía sobre el valor relativo de hachas y cuchillos de sílex, martillos de piedra, ollas, pieles, cuerdas, toros, carneros, arcos y flechas.
Seft encontró a su familia. Ya daba por sentado que Olf y Cam se reirían de él imaginando dónde había pasado la noche, haciendo insinuaciones obscenas e intentando convertir su encuentro amoroso en algo sórdido, pero sus hermanos estaban sentados en el suelo, el uno junto al otro, y lo miraron como si esperaran que pasara algo.
Eso era mala señal.
Su padre estaba vuelto de espaldas, hablando con Ev y Fee, los cordeleros, así que Seft aguardó a que acabara la conversación.
Unos instantes después, Cog dio media vuelta.
—¿Dónde estuviste anoche? —preguntó.
—Ya habíamos acabado todo el trabajo cuando me marché, ¿verdad?
—Sí, pero de todas formas podría haberte necesitado.
—Me alegro de que no fuera así.
—Da igual. Me preocupa haber dejado el pozo desatendido. No me fío de ese Wun.
Seft presintió que aquello eran malas noticias.
—¿Qué imaginas que va a hacer Wun? Si está aquí.
—Tiene una familia grande y seguramente ha dejado a gente en casa.
—¿Y qué van a hacer? ¿Robarnos las palas?
—No me vengas con chanzas o te arranco esa cabeza de bobo que tienes.
Cam soltó una carcajada, como si fuera lo más divertido que había oído nunca.
—Solo me pregunto qué peligro hay —dijo Seft.
—El peligro es que alguien del clan de Wun se pase tres días sacando sílex de un pozo que no ha tenido que excavar porque ya lo hicimos nosotros. —Señaló a Seft con un dedo—. Ahí lo tienes, listillo. Eso no se te había ocurrido, ¿verdad?
—Cierto. —Seft pensó que la idea de su padre era poco probable, pero de nada servía discutir con él.
—Por eso vas a volverte para vigilar el pozo —anunció el hombre, triunfal.
—¿Cuándo?
—Hoy. Ahora mismo. Y ya puedes limpiar bien antes de que regresemos. El suelo de ese pozo está hecho un asco.
Seft retrocedió un paso y luego se detuvo.
—No —dijo.
—No te atrevas a decirme que no, muchacho.
—He conocido a alguien…
Cam y Olf lo abuchearon.
—Esta noche iré a su casa y su madre nos preparará la cena. No pienso perdérmelo.
—Ya lo creo que sí.
—Envía a Olf. Él no tiene a nadie aquí, ni en ninguna otra parte, y se le dará mejor que a mí echar del pozo a los parientes de Wun.
—Te envío a ti.
—¿Por qué?
—Porque soy el cabeza de familia y tomo las decisiones.
—Y te niegas a recapacitar, aunque sea una decisión estúpida.
Su padre le dio un puñetazo en la cara.
Los puños de Cog eran duros y sus puñetazos dolían. Seft se tambaleó hacia atrás con una mano en la mejilla. El golpe le había dado junto al ojo izquierdo. Tenía la visión borrosa.
Olf y Cam lo jalearon y aplaudieron.
Seft estaba conmocionado. Aunque ya le había ocurrido otras veces, siempre le sorprendía que su propio padre fuera tan cruel.
El hombre volvió a coger impulso con el puño, pero en esta ocasión Seft estaba preparado y esquivó el golpe. Se sintió alentado; su padre no era omnipotente. Seft contraatacó deprisa y con violencia, y consiguió darle a Cog en la nariz.
Era la primera vez que pegaba a su padre.
A Cog le sangraba la nariz.
—¿Cómo te atreves a atacarme, muchacho? —rugió con indignación, y se abalanzó sobre él.
Esta vez, Seft no consiguió esquivar el puñetazo, que le dio en un costado de la cabeza y lo tumbó en el suelo.
Estuvo aturdido unos momentos. Cuando volvió en sí, vio que se encontraba junto a un pequeño montón de sílex. Solo reparó a medias en el grupito de curiosos que se había reunido para contemplar la pelea.
Se levantó y agarró una piedra con la que defenderse.
—Quieres darme con un sílex, ¿eh, perro desobediente? —dijo Cog, y volvió a correr hacia Seft.
Este levantó la mano derecha con la piedra en ella…
Pero algo detuvo el golpe antes de que pudiera asestarlo. Seft notó que le habían agarrado la muñeca con fuerza desde atrás y dejó caer la piedra. Entonces lo soltaron y le aferraron ambos brazos de forma que no podía moverse, y comprendió que Olf lo había retenido. Intentó zafarse, pero no lo consiguió; su hermano era demasiado grande y fuerte.
Mientras se revolvía con impotencia, Cog siguió dándole puñetazos, lleno de rabia. Primero en la cara, después en el estómago, luego en la cara otra vez. Seft gritaba y le rogaba a su padre que parara, pero el rostro del hombre se le acercó con una sonrisa retorcida que delataba el placer que obtenía de esa salvajada.
—¿Volverás al pozo? —le dijo.
—¡Sí, sí, lo que sea!
Olf lo soltó y Seft cayó al suelo.
Oyó a Ev, el cordelero, que le advertía a su padre:
—Te estás buscando problemas.
Cog seguía furioso.
—¿Problemas? ¿Yo? —dijo con agresividad—. ¿Con quién? ¿Contigo?
Ev no se dejó intimidar.
—Con gente mucho más importante que yo.
Cog soltó un soplido de desdén.
Seft estaba llorando. Le dolía todo el cuerpo, pero consiguió ponerse a gatas y alejarse como pudo. La gente seguía mirando, lo cual le hizo sentirse peor.
Intentó levantarse. Un desconocido lo ayudó y él, que logró mantenerse erguido, se marchó tambaleándose.
Después de la ceremonia y antes de que empezara la fiesta de esa noche, la principal ocupación del día consistía en intercambiar animales. Los ganaderos conocían los peligros de la endogamia y siempre estaban dispuestos a introducir sangre nueva. En todas las ceremonias adquirían animales nuevos, sobre todo toros, carneros y verracos, que generalmente intercambiaban por algún otro que tuvieran ya. Los de más lejos regresarían a sus hogares con machos de la Gran Llanura para mejorar sus ganaderías.
Ani se paseaba por allí con otros dos sabios, Keff y Scagga, en busca de señales de discordia. Las negociaciones solían realizarse con ánimo amistoso, pero podían ponerse feas, y era cometido de los sabios mantener la paz.
El concepto de «sabio» tenía una definición muy amplia, y muchos se unían al grupo o lo dejaban sin demasiado ritual. A Keff lo consideraban el jefe, y ostentaba el título de Guardián del Sílex, pues estaba al cargo de la reserva de riqueza del clan de los ganaderos, un acopio de piedras de sílex a medio tallar que guardaban protegidas en un almacén en el centro de Aguacurva. Scagga pertenecía al grupo porque era el jefe de una gran familia y tenía un carácter muy fuerte. A veces demasiado, para el gusto de Ani. De la propia Ani solían decir que era una mujer de gran sabiduría, aunque ella lo habría descrito más bien como sensatez. Tenía hermanos, hermanas, primos y primas, todos más jóvenes, parientes que también podrían unirse a los sabios cuando ella muriera.
Los sabios gobernaban la comunidad de los ganaderos con delicadeza. No tenían forma de obligar a nada, pero sabían que, si una persona los desafiaba, se enfrentaría a la desaprobación generalizada de los demás, y eso podía hacer la vida muy difícil, así que sus decisiones solían aceptarse.
Ani creía que la felicidad de sus hijos, y de sus posibles nietos, dependía de la prosperidad y el buen funcionamiento de la comunidad, y por eso consideraba que su labor como sabia formaba parte de su deber para con su familia.
Ya estaba embarazada de Han cuando su marido, el intrépido Olin, fue arrollado por la vaca que lo mató, con lo que ella se quedó sola criando a tres hijos. Todos dieron por sentado que encontraría a otro hombre con quien compartir la carga y el lecho; todavía era joven y bastante atractiva, y tenía buenas relaciones por toda la Gran Llanura. Nunca faltaban hombres solos de mediana edad, porque muchas mujeres morían al dar a luz, pero Ani rechazó a todos sus pretendientes. Después de Olin, no fue capaz de volver a amar. Todavía lo veía en su recuerdo, recorriendo la llanura a grandes zancadas con su poblada barba rubia, y esa visión hacía que se le saltaran las lágrimas. «Soy mujer de un solo hombre —decía a veces—. Para mí, solo hay un amor verdadero».
La relación entre Neen y Seft la complacía. El chico parecía decente, de buen corazón, algo rudo pero lo bastante listo para aprender deprisa. Y era guapo a rabiar, con esos pómulos altos, los ojos oscuros y el pelo liso, casi negro. «Estaré encantada si estos dos me dan un nieto», pensó.
Con Joia no estaba tan tranquila. Por fuera, su hija parecía contenta con su familia y sus amigos, y siempre era amable con los demás, pero en su interior se debatían la inquietud y la insatisfacción. Parecía buscar algo, aunque no sabía el qué. Tal vez fuera solo la adolescencia.
Han era un niño alegre, y más aún desde que tenía a la perra. Pia le gustaba, pero todavía eran muy pequeños para que hubiera nada romántico entre ellos, claro. A veces las amistades de la infancia se convertían en amores adultos, pero no sucedía a menudo, y Ani esperaba que no fuera así en ese caso: Pia provenía de una familia agricultora, y las relaciones entre cultivadores y ganaderos solían ser fuente de problemas.
Al mirar alrededor, volvió a reparar en la ausencia de agricultores con el cuello tatuado. ¿Por qué se habían quedado en casa? ¿Qué estarían tramando? Había preguntado a varias agricultoras sin darle demasiada importancia, solo como por charlar de algo, pero ellas no parecían saber nada.
Aparte de animales, las mercancías que solían intercambiarse eran alimentos, herramientas de sílex, cuero, vasijas, cuerdas y arcos y flechas.
Los ganaderos contaban con la ventaja de ser los anfitriones. Todos los demás tenían que transportar sus artículos, a menudo en largos trayectos. En gratitud por ese privilegio, los ganaderos organizaban un banquete al final del día.
Ani vio a la pequeña Pia ofreciendo queso de cabra, tanto del tierno como del más duro, el que se conservaba más tiempo. A su lado tenía a una mujer que debía de ser su madre. Saludó a la niña y luego habló con la mujer.
—Soy Ani, la madre de Han. Que el dios Sol te sonría.
—Y a ti también —respondió la mujer—. Yo me llamo Yana. Gracias por dar de comer a Pia y a Stam ayer.
—Han lo pasa muy bien jugando con Pia. —Ani no dijo nada de Stam, que había estado todo el rato de mal humor.
—Pia está enamorada de él.
La niña puso cara de vergüenza.
—¡Mamá! —exclamó—. No estoy enamorada de Han. Soy demasiado joven para amores.
—Por supuesto —repuso Yana.
Ani sonrió.
—Prueba mi queso —ofreció la mujer—. Sin compromiso.
Le acercó a Ani un trozo del más tierno sobre una hoja.
—Gracias.
La gente de la Gran Llanura no ordeñaba las vacas porque su leche los hacía enfermar. Los agricultores, sin embargo, sabían convertir la leche de las cabras en queso, y era una exquisitez. Ani lo probó.
—Está buenísimo —dijo—. ¿Querrías dos piezas de cuero lo bastante grandes para hacer zapatos?
—Sí. Y tú, a cambio, te llevas un queso de los grandes.
—Enviaré a alguien con el cuero.
—Muy bien.
Un pequeño recadero llegó buscando a los tres sabios para que mediaran en una disputa y los llevó hasta donde un alfarero ofrecía sus vasijas. Había un hombre descontento con un gran recipiente de cuyo fondo goteaba agua.
Cuando el alfarero vio a los tres sabios, reaccionó de inmediato:
—Hemos hecho un trueque. ¡Ahora no puede devolverlo!
—¡Pero esta vasija gotea! —protestó el hombre.
—Irá muy bien para guardar grano o nabos silvestres. Yo no he dicho que fuera para agua.
—¿Qué te ha dado a cambio de la vasija? —preguntó Ani.
—Tres flechas.
El alfarero le enseñó tres flechas con lascas cortantes de sílex aferradas en los extremos.
—Están perfectas —dijo el flechero.
Ani reparó en que el alfarero era un hombre bajo y orondo, y el flechero, alto y delgado. Se parecían a los objetos que fabricaban, y tuvo que reprimir una sonrisa.
Se volvió hacia el alfarero.
—¿Le has explicado que la vasija no servía para contener agua?
El hombre puso cara de culpabilidad.
—Puede. No lo recuerdo.
—No me lo has dicho —replicó el flechero—. De ser así, jamás te habría dado tres buenas flechas por ella.
Ani se llevó a Keff y a Scagga a un lado para consultar con ellos.
—Ese alfarero es un embaucador —opinó Scagga—. Intentaba quitarse de encima una pieza defectuosa. No es honrado.
—Nos da mala reputación que la gente intercambie artículos estropeados y se vaya sin ningún castigo —señaló Keff.
Ani estaba de acuerdo.
Se volvió hacia el alfarero y tomó la palabra.
—Tienes que devolverle las flechas, y él te devolverá la vasija.
—¿Y si me niego?
—Entonces, más vale que recojas tus cosas y te vuelvas a casa, porque nadie intercambiará nada contigo si desafías nuestra decisión. La gente pensará que no eres honrado.
—¡Y tendrá razón! —apuntilló Scagga.
—Está bien —cedió el alfarero, que entregó las flechas y aceptó la devolución.
—Si quieres hacer trueque con esa vasija —dijo Ani—, dile a la gente que no es para nada líquido y que, por tanto, la pueden conseguir más barata.
El hombre gruñó algo a regañadientes para darse por enterado.
A Ani le sorprendió ver llegar entonces a Joia, que parecía alterada.
—Mamá, tienes que venir —pidió—. Y también Keff y Scagga. Seguidme, por favor, es urgente.
Los tres fueron tras ella.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Ani.
—Ha habido una pelea.
A menudo estallaban disputas en las ceremonias, pero los sabios hacían todo lo posible por evitar la violencia.
Joia los llevó a donde había una media docena de personas reunidas junto a un montón de sílex a medio tallar, como si esperaran a ver qué ocurría a continuación. Ani tuvo un mal presentimiento al pensar que podía estar relacionado con el joven Seft.
—Este es Cog, el padre de Seft —explicó Joia—. Hace un rato me he encontrado a Seft, que se volvía a su pozo. Tenía una herida en la cara, iba lleno de magulladuras y caminaba medio encorvado a causa de un puñetazo en la tripa. Me ha dicho que su padre le ha pegado una paliza.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Ani.
—Se ha marchado. Le daba vergüenza hablar con la gente.
—¡No es asunto de nadie cómo decido disciplinar a un hijo desobediente! —exclamó Cog con indignación—. Además, el chico me ha pegado. Mira la nariz que llevo. —Le sangraba y la tenía torcida—. La pelea ha sido cosa de los dos —dijo, desafiante.
Unos cordeleros a quienes Ani conocía estaban por allí, y entonces la mujer, Fee, soltó una risa desdeñosa.
—¿Cosa de los dos? —espetó—. Ese grandullón estúpido ha sujetado al chico mientras el padre le daba una tunda. Estaba como un toro enloquecido. ¡El muchacho se ha alejado arrastrándose a cuatro patas!
Cog, furioso, avanzó hacia Fee con un puño levantado.
—¡Como vuelvas a llamarme toro enloquecido, te arranco esa fea cabeza que tienes!
Fee miró a Ani.
—Creo que esto me da la razón, ¿no? —dijo.
Ani se interpuso entre Cog y Fee y le habló al hombre.
—El espíritu del Monumento abomina de la violencia.
—A mí qué me importa el espíritu de nada…
—Eso ya se ve —señaló ella—. Pero no puedes venir aquí y no respetar a los espíritus del lugar.
—Pues yo digo que sí.
Ani negó con la cabeza.
—Tienes que irte a otra parte. Y no vuelvas nunca.
—No puedes obligarme —repuso Cog con desdén.
—Sí que puedo —insistió ella, y se volvió para hablar en voz baja con Keff y Scagga—. Si los dos os adelantáis y dais la voz, yo me quedaré aquí cerca para asegurarme de que se vaya.
Los dos hombres se marcharon y Ani se desplazó a un lugar cercano desde donde podía vigilar a Cog. Se sentó con Venn y Nomi, dos ancianos que fabricaban agujas y alfileres de hueso.
Nomi estaba disgustada.
—He visto la pelea —explicó—. Ha sido cruel. ¿Le has dicho a la gente que no intercambie nada con ese horrible minero?
—Keff y Scagga están en ello ahora mismo.
Charlaron un poco. Al cabo de un buen rato, un hombre con una túnica de cuero echada sobre el brazo se acercó a Cog.
—Pues ese no se ha enterado —dijo Nomi.
—Enseguida lo hará —repuso Ani.
En efecto, un fabricante de bolsas que había frente a Cog llamó al de la túnica, le dijo algo en un aparte y luego se alejó.
Nadie más se acercó a hacer trueque con Cog.
Tras una larga espera, sus dos hijos mayores y él empezaron a recoger los sílex y a meterlos en los cestos. Poco después, ya se habían marchado.
—Bien hecho —le dijo Nomi a Ani.
A Joia le encantaba la fiesta de la noche. Le gustaban los poetas, que cantaban sobre los albores del mundo, cuando los primeros hombres llegaron a la Gran Llanura, y lo que hacían los dioses cuando intervenían en asuntos humanos. Esas historias la transportaban del mundo cotidiano al universo de los dioses y los espíritus, donde podía suceder cualquier cosa.
—En el principio —declamaba un poeta— no había sol.
Joia ya había oído ese relato antes, aunque contado por otro poeta. La historia siempre era la misma, pero cada cual la narraba de una forma algo diferente. Aun así, todos utilizaban ciertas frases que se repetían.
—La única luz era la de la pálida luna y las titilantes estrellas, así que las personas dormían durante el largo y oscuro día, buscaban comida durante la noche y veneraban a la pálida diosa Luna. La vida era dura porque no veían lo bastante para cazar animales ni recolectar frutos.
Joia se tumbó boca arriba y cerró los ojos, porque así podía imaginar mejor el mundo de antaño.
—Un día, la pálida diosa Luna le habló a un hombre valiente que se llamaba Resk.
Todo el mundo sabía que eso traería problemas. Los dioses podían ser benévolos, pero se ofendían con facilidad. Un poco como los habitantes de los bosques.
—El valiente Resk le contó a la pálida diosa Luna lo difícil que era la vida y le dijo que las personas necesitaban más luz. La pálida diosa Luna se ofendió y montó en cólera porque las personas decían que era demasiado débil.
»Cosas extrañas empezaron a ocurrir en el cielo.
»La pálida luna se hizo más y más pequeña cada noche, hasta que llegó a desaparecer y la única luz fue las de las titilantes estrellas. La gente se lamentó y lloró. Pero, entonces, la pálida luna regresó en forma de fina hoz y empezó a crecer más y más cada noche, hasta que volvió a ser redonda, y todos se alegraron. Sin embargo, a partir de ese día creció y decreció siempre así, como castigo hacia las personas, que habían dicho que la luz de la pálida diosa Luna era débil.
»El valiente Resk viajó por todo el mundo buscando una solución.
Ahí se introducía el largo relato de las aventuras de Resk en tres tierras extrañas: un lugar donde nunca llovía, un lugar donde nunca dejaba de llover y uno donde siempre había nieve.
—Entonces llegó al borde del mundo.
El público guardó silencio. El borde del mundo era una idea que daba mucho miedo.
—Sabía que era peligroso, pero no pensaba dar media vuelta.
»Como estaba oscuro, se cayó por él.
Se produjeron varios suspiros de asombro.
—¡Oh, no! —exclamó alguien.
—Pero un búho pasó volando por debajo y lo atrapó, y entonces el valiente Resk vio una luz brillante que resplandecía bajo el mundo. Al principio no sabía qué era esa luz tan brillante.
—¡El benévolo dios Sol! —señaló mucha gente.
—Sí, ahí era donde vivía el benévolo dios Sol.
»El benévolo dios Sol habló con el valiente Resk y le preguntó por qué había ido hasta el borde del mundo. El valiente Resk le contó que las personas estaban ciegas durante el largo y oscuro día, y le pidió al benévolo dios Sol que subiera a la tierra y brillara sobre ella.
»“Pero la pálida diosa Luna es mi hermana. No quiero eclipsarla”, repuso el benévolo dios Sol.
»“Entonces, ven solo durante el día e ilumina nuestra oscuridad. Así, podremos cazar y recolectar frutos mientras estás con nosotros, y dormiremos cuando te vayas”, pidió el valiente Resk.
»El benévolo dios Sol accedió a eso.
»“Pero vendrás todos los días, ¿verdad?”, preguntó el valiente Resk.
»“Supongo que sí”, contestó el benévolo dios Sol.
»Y las personas tuvieron que contentarse con eso.
Hasta que oyó esa historia, Joia se había preguntado por qué la luna crecía y decrecía, y por qué el sol se iba por la noche y regresaba por la mañana. Le fascinaba la idea de que el mundo se acabara en algún lugar. Porque en algún sitio tenía que acabarse, suponía…
La oscuridad había caído mientras el poeta declamaba su historia. Los niños ya se iban a dormir, y también algunos adultos, aunque no todos. Había llegado el momento del festejo.
Todo el mundo sabía que lo ideal era que a un niño lo criaran una madre y un padre, y las parejas que tenían descendencia solían evitar relaciones amorosas con otras personas. Sin embargo, la endogamia era tan peligrosa en los humanos como en el ganado. Incluso los agricultores, entre quienes la mujer estaba sometida al hombre, comprendían el beneficio que suponía la sangre nueva. Por eso, la noche del Solsticio de Verano muchas parejas se separaban, aunque fuera solo durante un rato. Resultaba especialmente bueno engendrar a un niño con alguien de muy lejos. Cuando sucedía algo así, tanto las parejas locales como las forasteras criaban a la descendencia resultante como si fuera de los suyos.
Por eso el festejo era una atracción mayúscula, y no tardó en empezar.
Joia suponía que algunas personas ya habían acordado de antemano con quién se irían, porque se emparejaron deprisa y salieron del poblado con entusiasmo. Otras paseaban por allí esperando despertar el interés de alguien. Los hombres mayores no se fijaban en ella y sus amigas; el sexo entre jóvenes y adultos era tabú.
Joia estaba con su prima Vee y su amiga Roni, que hablaban muy emocionadas sobre los chicos que les gustaban y se reían de los que no les parecían atractivos. Las dos estaban de acuerdo en que no querían engendrar hijos todavía, pero comentaban qué caricias sí les permitirían a los chicos, en cambio.
Joia pensaba que Roni atraería a cualquier chico sin ningún problema. Era la más guapa de las tres, con una piel suave y morena, y los ojos grandes. Vee podía resultar algo intimidante: su pose y su forma de andar tenían un aire desafiante, como si siempre estuviera dispuesta a pelear. Eso podía desanimar a los pretendientes.
Ella no estaba demasiado entusiasmada. Suponía que acabaría besándose con algún chico, pero no conseguía que la idea la emocionara. A veces era diferente de las demás.
A Joia le fascinaban el sol, la luna y las estrellas, así como las formas diferentes que tenían de moverse por el cielo. Pensaba mucho en los espíritus que vivían en los ríos, en las piedras y en las criaturas salvajes, espíritus que podían ser benévolos o traviesos, o directamente malignos. Le gustaban los números. «Tu primera palabra fue “mamá”, pero la segunda fue “dos”», recordaba que le contó su madre una vez.
En ocasiones, Joia pensaba que le pasaba algo malo.
Las tres amigas se pasearon por las afueras del poblado en el cálido aire nocturno, con cuidado de no pisar a nadie que estuviera disfrutando de la libertad de esa noche especial, ya fuera en pareja, en trío o en cuarteto, algunos solo de hombres o solo de mujeres, otros mixtos. Estaba demasiado oscuro para ver exactamente qué hacía la gente, pero proferían sonidos apasionados, suspiros, gemidos y exclamaciones repentinas.
Joia buscaba a su hermana, Neen. Tenía curiosidad por saber si se habría ido con Enwood ahora que Seft se había marchado, pero no los vio ni a ella ni a él.
Vee y Roni estaban impacientes, aunque al mismo tiempo sentían cierta aprensión, y Joia notó que el tono de sus voces había subido un poco. No tardaron mucho en cruzarse con un grupo de chicos, entre ellos el hermano de Vee, Cass, que tenía dieciséis solsticios de verano. Hablaron un rato y estuvieron tomándose el pelo hasta que el más guapo de todos, Robbo, amigo de Cass, rodeó a Roni con un brazo.
«Qué fácil», pensó Joia.
La jugada de Robbo fue la señal para Moke, un chico más bien del montón que se acercó a Vee. Joia esperaba que ella lo rechazara; Vee había repetido hasta la saciedad que solo besaría a chicos guapos de verdad. Sin embargo, parecía haberlo olvidado todo, porque besó a Moke sin que nadie se lo pidiera.
Solo quedaba Joia.
Tras un momento de incertidumbre, Cass le sonrió. A ella le caía bien, era simpático e inteligente.
—Supongo que te ha gustado el poema sobre la diosa Luna y el dios Sol —le dijo él entonces, porque sabía que esas cosas le interesaban.
Aun así, y por mucho que pensara que debía besarlo, a Joia no le apetecía.
También Cass parecía vacilar, de modo que Joia se dijo: «Acabemos ya con esto». Le puso una mano en el hombro, inclinó la cabeza y le dio un beso.
Sin embargo, no sabía qué más hacer después, y por lo visto él tampoco. Se quedaron un buen rato así, con los labios del uno sobre los del otro. A Joia, la boca de Cass no la excitaba. No le decía nada. Ni le gustaba ni le desagradaba. Aquello parecía inútil y sin sentido, de modo que se apartó de él.
El chico lo notó.
—No te ha hecho sentir nada agradable, ¿verdad? —dijo. Su tono fue amable, no se había enfadado.
—No, la verdad es que no —repuso ella—. Lo siento.
—¿Qué te haría sentir algo? ¿Lo sabes?
—No tengo ni idea.
—Bueno… Espero que lo descubras pronto.
Le dio otro beso, muy corto, y se marchó.
Vee y Roni seguían besuqueándose con Moke y Robbo. Joia, sin embargo, estaba triste, se sentía algo perdida. Dejó al grupo y siguió andando por las afueras del poblado. Pero ¿qué le pasaba? Estaba rodeada de personas entregadas a toda clase de actos sexuales que parecían disfrutar muchísimo, y a ella le era indiferente.
Entonces vio a la madre de Vee, Kae, que venía de la dirección opuesta e iba del brazo con Inka, una de las sacerdotisas. Kae pertenecía a su clan: era la viuda del difunto hermano de Ani. A Joia le caía bien porque era una mujer cálida y generosa, con una sonrisa fácil. Siguiendo un impulso, se acercó a ella y la besó.
Aquello era otra cosa. Joia notó los labios de Kae, carnosos y cálidos, contra los suyos. La mujer le rodeó los hombros con un brazo y la estrechó. Sus labios se movieron un poco, como si exploraran los de Joia, que entonces notó la punta de la lengua de Kae.
Joia podría haber estado muchísimo tiempo así, pero la mujer interrumpió el abrazo con un suspiro.
—Eres un encanto, Joia —dijo—. Pero creo que deberías aprender todas estas cosas con alguien de tu edad.
Ella se sintió rechazada, y debió de notársele, porque Kae añadió:
—Lo siento. —Le acarició la melena rizada—. Pero no es bueno que alguien mayor enseñe a alguien joven.
—Los amantes deben ser iguales —dijo Inka, su compañera.
—Está bien —repuso Joia—. Aun así, el beso me ha gustado.
—Buena suerte —le deseó Kae, y se marchó con Inka.
Joia se sentía desbordada. Necesitaba paz y tranquilidad para reflexionar, así que se fue a casa.
Allí encontró a su madre y también a Neen. Se habían tumbado, pero seguían despiertas, hablando.
—¿No has ido al festejo? —le preguntó a su hermana.
—No.
—Pensaba que estarías con Enwood.
Neen suspiró.
—No consigo decidirme. Quería estar con Enwood esta noche. Luego apareció Seft, y no dejaba de pensar en él, pero ahora se ha marchado.
—Seft cree que eres una diosa.
—Mientras que Enwood tiene veinte solsticios y es demasiado mayor para venerar a una simple humana.
—Alguno de los dos te gustará más que el otro… —expuso Joia, a modo de argumentación.
—Seft es más agradable, pero Enwood está aquí.
Ani cambió de tema.
—Pareces alterada, Joia. Es evidente que no te lo has pasado bien en el festejo. ¿Qué ha ocurrido?
Ella se tumbó junto a las dos.
—Bueno —dijo—. Primero, Roni se ha ido con Robbo.
—Los dos más guapos —opinó Neen.
—Suele ser así —repuso Ani.
—Y Vee se ha ido con Moke. Parecía tener muchas ganas.
—Me alegro por ella. Pero ¿y tú?
—He besado a Cass, el hermano de Vee.
—¿Y…?
—Nada. —Joia se encogió de hombros—. No he sentido nada. Solo la boca de un chico.
—¿Se ha molestado?
—No, ha reaccionado muy bien, pero ha sido una pérdida de tiempo.
—¿Y entonces has venido a casa?
—No. —Joia dudó, pero decidió contarles la verdad—. Luego he besado a la madre de Vee.
—¡A una mujer! —exclamó Neen—. Menuda sorpresa. ¿Y qué tal ha sido?
—Muy agradable, pero me ha dicho que debería besar a alguien de mi edad.
—Y tiene razón —añadió Ani con vehemencia.
—Solo que ahora ya no sé lo que quiero… Si es que quiero algo.
—Bueno —dijo su madre—, has descubierto que te atraen las mujeres, no los hombres.
—No sé. No me imagino besando a Vee ni a Roni, ni a ninguna de las demás chicas.
—No te preocupes. Si no te atrae el sexo, acéptalo así. No es obligatorio, y tal vez cambies con el tiempo.
—¿Tú crees?
—A algunos les pasa. Cuando yo tenía tu edad, conocía a un chico que siempre iba con otros chicos y nunca se interesó por las chicas. Luego, de mayor, se enamoró de una mujer. Todavía están juntos y tienen hijos. Aunque me parece que, en el festejo, él sigue yéndose con hombres.
—No me gusta ser diferente de los demás —dijo Joia con tristeza—. Esta noche he sentido que soy una decepción.
—Eres diferente. Siempre lo he sabido. Pero no eres ninguna decepción… Más bien lo contrario. Eres especial. Créeme, vivirás una vida interesante.
—¿De verdad?
—Ya lo creo que sí —le dijo Ani en confidencia—. Espera y verás.
Seft despertó en la casa que había junto al pozo. Le dolía todo el cuerpo. El vientre, la cabeza… Cuando se tocó la cara, notó una hinchazón sensible al tacto cerca del ojo izquierdo.
No obstante, le escocía mucho más la vergüenza.
Toda esa gente había visto cómo lo apaleaban igual que a un perro y huía a cuatro patas. Tras ponerse en pie, había mantenido la cabeza gacha y se había escabullido entre la multitud tratando de no llamar la atención, pero no había tenido suerte y se había topado con Joia. A esas alturas, Neen estaría enterada de su humillación. ¿Cómo iba a respetarlo después de lo que había ocurrido?
Qué deprisa había pasado de la felicidad a la desdicha…
Se levantó y fue al manantial que había cerca de allí, donde bebió y sumergió la cabeza en el agua fresca. Cuando volvió a la casa, encontró algo de cerdo frío en una saca de cuero y comió una tajada para desayunar, lo que contribuyó a que se sintiera un poco mejor.
Luego fue a echarle un vistazo al pozo. Menudo desastre. El suelo estaba repleto de fragmentos de caliza, esquirlas de sílex, restos de huesos de las comidas, picos de asta de ciervo que ya no servían, palas rotas y calzado desgastado. Su padre le había dicho que lo limpiara. «Deberíamos hacerlo a diario —pensó—. Así no nos pasaríamos la vida revolcándonos en la porquería».
Decidió que era mejor ponerse cuanto antes. Se trataba de una de esas tareas necesarias, tampoco tenía nada más que hacer y se metería en líos si desobedecía órdenes.
Volvió a la casa a buscar un cesto, pero, cuando la miró, vio que estaba a punto de venirse abajo. La entrada se componía de dos postes y un dintel atado a estos con correas de cuero. Mientras ellos estaban fuera, las correas se habían roto y el dintel se había desplazado. Un extremo se apoyaba aún en uno de los maderos, pero el otro colgaba en el aire. La noche anterior, Seft se encontraba en tal estado que ni se había fijado.
Las vigas que descansaban en el dintel habían perdido su soporte; tarde o temprano se desplomarían y se llevarían consigo parte de la cubierta, si no toda. Había que repararlo de inmediato.
La manera más sencilla era atando de nuevo el dintel a los postes con otras correas. Sin embargo, no tenía. Y, además, tampoco le parecía una solución satisfactoria, ya que al final volverían a pudrirse.
Quería examinar mejor el dintel, pero estaba muy alto. Reunió varios fragmentos de caliza que rescató del montón de escombros y los apiló en la entrada para formar una pequeña plataforma. Subido a ella, podría echarle un buen vistazo.
Era un tronco del grosor aproximado de su muslo y tan largo como su brazo. Comprobó que también estaba podrido por la humedad y que no habría tardado en desplomarse si las correas no se hubieran descompuesto antes. En definitiva, había que cambiarlo.
En el interior de la casa tenían un escondite, un hoyo oculto bajo una tapa de madera y una capa de tierra sobre la que estaban dispuestas las pieles con las que cubrían el suelo. Lo retiró todo y extrajo un hacha de sílex. Luego volvió a disimular el agujero.
Buscó cerca del pozo y finalmente encontró un árbol joven que más o menos tenía el tamaño adecuado. Talarlo y cortarlo con el hacha de sílex para dejarlo de la longitud correcta le llevó el resto de la mañana y tuvo que afilar la herramienta varias veces.
A mediodía, comió un poco más de cerdo frío, bebió del manantial y se echó a descansar un rato. Seguía doliéndole todo, pero el trabajo había hecho que olvidara las molestias durante un rato.
Retiró el dintel antiguo y lo sustituyó por el nuevo, pero aún tenía que solucionar el problema de la estabilidad y no disponía de correas, de manera que se preguntó si habría otra manera de sujetarlo a los postes.
Tal vez podía usar un punzón hecho de sílex para abrir un agujero en cada extremo del dintel, luego practicar sendas entalladuras en la parte superior de los postes y hacer pasar una espiga larga por cada agujero del dintel para encajarla en la entalladura. La solución no le gustaba demasiado; era mucho trabajo para realizarlo con un punzón, y las espigas podían romperse.
Lo pensó un poco más y se le ocurrió algo mejor.
Podía adelgazar la parte superior de los postes con un cincel de sílex hasta dejar una punta en el medio, como una espiga. Después practicaría unos agujeros correspondientes en el dintel. Tendría que poner mucha atención en las medidas para que, al colocar el travesaño sobre los dos maderos verticales, las espigas encajaran a la perfección y con firmeza en las entalladuras del dintel.
No veía ningún motivo por el que no fuera a funcionar.
Destinó la tarde a poner su idea en práctica y a pensar en Neen.
Recordar los ratos que habían compartido lo animó. Durante la noche que habían pasado juntos, ella le había enseñado cosas con las que él ni siquiera había soñado. Sonrió evocándolas. En sus fantasías, Neen se convertía en una madre sabia y bondadosa como Ani. Neen y él serían unos padres atentos y cariñosos, y jamás harían daño a sus hijos, que crecerían felices.
Sin embargo, ella se había negado a hablar de un futuro juntos, lo que significaba —y cuantas más vueltas le daba, más convencido estaba— que Neen seguía pensando en Enwood.
Cuánto deseaba volver a hablar con ella, pero ¿cuándo la vería? ¿Tenía suficientes agallas para desafiar a su padre una vez más y huir de allí? Era una posibilidad que ni siquiera podía plantearse mientras continuara doliéndole todo de esa manera. Además, ¿qué diría Neen cuando se presentara ante su casa?
Las espigas encajaron en los agujeros a la primera y Seft volvió a apoyar las vigas sueltas sobre el dintel. Su peso afianzaría cada ensamblaje de entalladura y espiga.
Oyó un ruido y, al volverse, vio que su familia había llegado a casa. Cog, Olf y Cam estaban en el borde del pozo y miraban abajo. Seft comprobó con secreta satisfacción que Cog tenía la nariz roja e hinchada.
—¡No lo has limpiado! —exclamó su padre.
—Está lleno de basura —dijo Olf.
—¡Maldito vago! —se lamentó Cam.
—Eso no importa, he impedido que la casa se cayera —se defendió Seft, bajando de la plataforma.
—A mí no me digas lo que importa o lo que no importa —repuso Cog de mal humor—. Te he ordenado que limpiaras el suelo del pozo y no lo has hecho.
A Seft se le cayó el alma a los pies. ¿De verdad insistía en que no había hecho nada útil? ¿Cómo podía ser tan cretino?
—El dintel estaba podrido y se había salido de un poste. La casa estaba a punto de caerse, pero he hecho uno nuevo.
Cog no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
—Menudo desastre, si ni siquiera lo has atado a los maderos… Has estado escaqueándote de trabajar, muchacho. Tendrías que haber seguido mis órdenes. Ponte a limpiar de una vez.
—¿Ni siquiera vas a mirar cómo lo he hecho? —protestó Seft.
—Pues claro que no, lo que voy a hacer es cocinar la carne de vaca que traigo de Rioalto.
A Seft le sorprendió oír lo de Rioalto. Su padre y sus hermanos debían de haber dejado el Monumento muy temprano y haber ido hasta allí a intercambiar sus sílex, aunque ignoraba por qué. Tal vez se habían metido en líos por culpa de la pelea.
Eso esperaba.
—Y no cenarás hasta que el pozo esté limpio —añadió Cog.
Aquello era indignante.
—Tengo el mismo derecho que vosotros a esa carne. He extraído el sílex por el que la has cambiado. ¿Ahora vas a robármela, como un ladrón cualquiera?
—No, si acabas de limpiar el pozo.
Dicho eso, Cog se apartó del borde y sus hijos lo siguieron.
Seft sintió ganas de echarse a llorar, pero cogió el cesto y bajó por el tronco con muescas talladas a los lados a fin de que sirvieran de apoyo para las manos y los pies. Recogió basura hasta llenar el cesto, luego regresó a la superficie subiendo por el tronco y lo arrojó todo a la pila de escombros.
Cog, Olf y Cam se habían echado en el suelo a descansar, frente a la casa. Habían encendido un fuego y Seft olió a carne asada. Volvió a bajar al pozo y siguió recogiendo basura.
En el siguiente viaje, vio que Wun, el minero entrometido, estaba allí. Era un hombre menudo, de movimientos rápidos y mente despierta, y le preguntaba a Cog qué tal le había ido en Rioalto.
—Muy bien —se apresuró a contestar este—. No me ha quedado ni un sílex para intercambiar.
—Me alegro —dijo Wun.
—No volveré al Monumento, no vale la pena.
—De todas maneras, creo que tampoco te dejarían —repuso Wun—. Estaban bastante enfadados.
Seft vio que Cog torcía el gesto y supo que el comentario lo había contrariado, pero Wun no se dejó intimidar. No le tenía miedo a su padre, y le caía bien por eso.
—Esa carne parece que está a punto. Y huele de maravilla —dijo Wun.
—¿Ah, sí? —Cog no tenía la menor intención de invitarlo.
Seft vació el cesto y regresó al borde del pozo.
—Aquí está la causa de todos los problemas —bromeó Wun al reparar en él—. Supongo que te habrás pasado el día holgazaneando, muchacho.
Seft deseaba que alguien reconociera el mérito de sus esfuerzos.
—Si quieres saber en qué he empleado el día, Wun, échale un vistazo al dintel de la puerta. Se había caído y la casa estaba a punto de desmoronarse.
—Pero no lo has atado —repuso el hombre.
—Y aun así parece firme, ¿no crees? Dale un empujón, a ver si se mueve.
Wun lo hizo y el dintel aguantó.
—¿Cómo lo has hecho?
—Lo he encajado en los maderos con unas espigas.
El hombre estaba fascinado.
—¿Quién te lo ha enseñado?
—Nadie. Estaba pensando en el problema, aquí solo, y he probado una idea nueva.
Wun se lo quedó mirando con sus ojos amarillentos.
—¿De verdad?
Al joven le irritó su escepticismo.
—¡Nadie más sabe hacerlo! —protestó, indignado—. Es idea mía.
—Bien hecho.
La admiración que Seft descubrió en la expresión de Wun compensó en cierta medida el rechazo de su padre.
—Debes de estar satisfecho —dijo el hombre dirigiéndose a Cog.
El interpelado ni siquiera alzó la vista.
—Le había ordenado que limpiara el suelo del pozo.
Wun se echó a reír y sacudió la cabeza, incrédulo.
—El viejo Cog de siempre. —Se quedó pensativo y, al cabo, añadió—: Me cae bien tu chico y me gustaría darle trabajo. ¿Dejarías que se fuera?
—No, gracias.
—¿De verdad? —Wun lo miró sorprendido—. Por cómo lo tratas, creía que estarías encantado de deshacerte de él.
—Eso es asunto mío.
—Claro, Cog, por supuesto que es asunto tuyo, pero te lo compensaría con creces.
—La respuesta es no —insistió Cog con obstinación—. Y no voy a cambiar de opinión.
—Está bien. —Wun aceptó la decisión—. Enhorabuena de todas formas, Seft. —Paseó la mirada por el grupo—. Buen provecho. Que el dios Sol os sonría.
—Y a ti también —contestó Seft, aunque los demás permanecieron callados.
Lo siguió con la mirada mientras el hombre se alejaba.
—¿Qué haces ahí parado? Ese pozo aún no está limpio.
Seft bajó de nuevo por el tronco.
Seft prosiguió incluso después de que anocheciera, trabajando a la luz de las estrellas. Cuando por fin terminó, todos se habían retirado y habían ajustado la puerta de la casa, la típica pantalla hecha de mimbre. La levantó sin hacer ruido, entró y volvió a colocarla en su sitio.
Todos dormían y Olf roncaba.
Seft estaba muerto de hambre. Buscó su trozo de carne, pero solo habían dejado los huesos.
Hirvió de rabia. Aún empuñaba el hacha de sílex. La aferró con fuerza; podría matarlos a todos en ese mismo momento, pero relajó la mano y se tumbó. «No soy de esos, está claro», pensó, y cerró los ojos.
Estaba agotado, pero seguía dándole vueltas a la cabeza y no podía dormir. Wun lo había cambiado todo. Cog había rechazado su propuesta, pero Seft no. Llevaba ya un tiempo preguntándose cómo se ganaría la vida si huyera, y ese día Wun le había dado la respuesta.
Sintió que lo invadía una oleada de esperanza, aunque había algunas pegas. ¿Permitiría Wun que Seft se incorporara a su grupo en contra de la voluntad de Cog? Lo creía posible. Wun no se dejaba amilanar con facilidad y no parecía temer a Cog. Tenía hijos que lo protegerían, y también más parientes. No le costaba imaginarlo plantándole cara a su padre.
¿Cómo se las apañaría para irse sin alertar a la familia? Tenían el estómago lleno, estaban profundamente dormidos y él procuraría no hacer ruido, pero ¿y si alguno de ellos se despertaba? Murmuraría algo como que tenía que salir a mear.
Aun así, era muy probable que su padre fuera tras él; por lo tanto, lo más sensato sería desaparecer durante uno o dos días. Que perdieran el tiempo buscándolo hasta que se hartaran. Luego, iría al pozo de Wun.
En cualquier caso, después de haber visto la libertad al alcance de la mano, no podía renunciar a ella.
Se imaginó contándoselo a Neen. «Me levanté y me fui sin más», le diría.
«Se acabó lo de soñar, voy a hacerlo», pensó, y se puso de pie.
Olf gruñó, se dio la vuelta y dejó de roncar. Seft se quedó completamente inmóvil. Su hermano no abrió los ojos y, poco después, roncaba de nuevo.
Seft se dirigió a la salida y agarró la pantalla de la entrada.
—¿Qué haces? —preguntó su padre.
El joven se volvió y lo miró. Cog aún seguía medio dormido, pero había abierto los ojos.
—¿Dónde está mi cena? —preguntó Seft con voz airada, dejándose llevar por la inspiración.
—No ha quedado nada —contestó su padre, tras lo que cerró los ojos y se dio la vuelta.
Seft levantó la pantalla sin hacer ruido, salió y la colocó de nuevo en su sitio. Si era necesario, echaría a correr.
No oyó ni una palabra más.
Se alejó de la casa. Hacía una noche cálida y la luna brillaba en el firmamento. Se dirigió hacia el norte. Una vez se hubo alejado lo suficiente como para que no oyeran sus pasos desde la casa, se volvió y echó un vistazo.
Todo continuaba en silencio.
—Adiós, cerdos asquerosos —susurró.
Y emprendió la huida.
Continuó hacia el norte. Dejó la llanura, se adentró en las colinas y siguió caminando; no pensaba dejar nada al azar.
Conocía bien esa zona. Su padre observaba la semana de doce días, con dos de descanso, y a Seft le gustaba apartarse de su familia y explorar por su cuenta. Llegó a un valle que recordaba de una de esas aventuras en solitario. Se le había quedado grabado en la memoria porque allí había visto un uro, una especie de res de gran tamaño y cuernos amplios y puntiagudos. No abundaban; de hecho, no había visto ninguno ni antes ni después de ese. Seft se había asustado y trepó a un árbol hasta que el animal se marchó.
Esta vez se echó en el suelo con la esperanza de que el uro no siguiera merodeando por allí. Oyó ulular a una lechuza y se quedó dormido.
Despertó al alba. El lugar le resultaba familiar. Unas cuantas ovejas pacían entre los árboles. Miró en derredor y vio centenares de piedras planas que cubrían el terreno, como si los dioses las hubieran dispuesto de esa manera. Algunas eran enormes, tan largas como cuatro hombres tumbados uno a continuación de otro. Él lo llamaba el valle de las Piedras. Por allí cerca vivía un pastor, el único habitante de la zona.
Comió unas cuantas frambuesas y luego volvió al sur, a una colina desde la que se veían el pozo y la casa a lo lejos. Oculto bajo la sombra de un árbol, estuvo observando cómo su familia se levantaba y desayunaba. Cuando acabaron, los tres pusieron rumbo hacia el oeste, sin duda en dirección al pozo de Wun.
Seft permaneció todo el día en ese punto elevado, hasta que vio que Cog, Olf y Cam volvían con aspecto derrotado y cansados por la larga caminata. Habían encontrado el pozo de Wun y Seft no estaba allí.
Esa noche dormiría de nuevo en el valle de las Piedras. Quizá el pastor le diera algo de comer.
Y por la mañana iría al pozo de Wun.