Capítulo uno

Capítulo uno

Paisley

22. Mandar al cuerno las responsabilidades e ir a la playa.

«Respira hondo y suelta la toalla». Es lo que la gente hacía en la playa, ¿no? Se ponían en bañador, no se escondían tras una toalla gigante. «Venga, que tú puedes». Y, sí, podía ser fiera. Solo tenía que acordarme de cómo se hacía.

Respiré hondo el aire húmedo de Florida y saboreé la sal del océano. El corazón me dio un salto y me sujeté la toalla con más fuerza.

—She was afraid to come out of the locker. She was afraid that somebody would see —canturreó Morgan a mi lado con un acento sureño aún más marcado que el mío.

—Calla, atontada —susurré. Me moría de vergüenza sin necesidad de que montara el número.

—Lo has prometido, Paisley.

Morgan me tiró de la toalla, pero no cedí. Tragué saliva, tenía ganas de vomitar.

—Ya lo sé, enseguida, enseguida. Espera un momento.

Dejó escapar un suspiro teatral que no sirvió para calmarme los nervios.

—Venga, mujer, que solo es un bañador.

—Es un biquini, Morgan. De bañador no tiene nada.

Clavé los dedos de los pies en la arena blanca.

—¡Pero si tienes un tipazo increíble! No sé por qué te parece tan complicado. —Se subió las gafas de sol sobre el puente de la nariz y se echó hacia atrás el pelo color ébano; hacía rato que había sustituido la toalla por una seguridad abrumadora. Yo había accedido a ponerme un biquini, pero era de pantaloncito y tirantes tipo camiseta, y cubría mucho más que los triangulitos de tela de Morgan—. Oye, es el único día que tenemos antes de que empiecen las clases. Y fue idea tuya.

—Ya, ya. —Sí, un día de libertad, sin control, sin ser una Donovan. Además, lo de la playa era lo más fácil de la lista, y solo me quedaban doscientos treinta y un días.

—Paisley, aquí hay cero personas a las que les importe quién eres o qué llevas puesto. No hay más expectativas que las tuyas. No eres más que otra universitaria en la playa. Haz como si no fueras…, ya sabes, tú. —Hizo un ademán indescifrable con la mano—. Venga, quítate la toalla o te la quito yo.

«Haz como si no fueras tú». Sí, no era tan difícil. «Respira hondo». Erguí la espalda como si mi madre me estuviera mirando y solté entonces la toalla. Ojalá hubiera podido soltar también mis inhibiciones. Morgan asintió satisfecha y caminamos hacia un grupo de conocidos de clase.

—¡Eh, gente! —saludó Morgan al tiempo que extendía nuestras toallas junto a las del grupo.

Yo sonreí y saludé con la mano, y rechacé una cerveza que Morgan se apresuró a aceptar. Tenían pinta de llevar ya varias encima. Me tumbé en la toalla mientras me planteaba la posibilidad de envolverme con ella. En casa no me dejaban exhibirme de aquella manera. «¿Qué diría la gente?». La voz de mi madre me llegó a través del sol.

Me pasé un dedo por el esternón. No, pensaba lucir aquella zona de piel ahora que aún era bonita, antes de que los cirujanos le metieran mano. Y la verdad, ¿qué importaba el aspecto de mi cuerpo por fuera, cuando estaba fallando por dentro?

—Te vas a quemar, paliducha —me regañó Morgan al tiempo que me tendía un bote de protector solar 90. Me lo pensé un momento, pero al final me quité el reloj color púrpura y lo guardé antes de untarme la loción por todas partes. No quería que se me manchara.

Vale, no, mentira. Lo que no quería era llevarlo puesto.

—Las rubias os quemáis enseguida —dijo una voz grave detrás de mí.

Estiré el cuello y me bajé las gafas de sol hasta la punta de la nariz. Aquel tío era como cualquier universitario, sin rasgos especiales. A lo mejor me lo parecía porque yo estaba con Will; eso me había vuelto ciega a los demás. El caso era que no sentía ese torrente de hormonas del que tanto hablaba Morgan.

Rayos. Estaba esperando una respuesta. «No avergüences a Morgan». Sonreí, insegura.

—Para eso se inventó el protector solar.

«“¿Para eso se inventó el protector solar?” Mejor muérete ya».

Me lanzó una mirada que sin duda decía: «Vaya, no puedes ser más tonta», aunque lo disimuló con una sonrisa.

—Claro. Eh… ¿Te lo esparzo por la espalda?

—Pues no, gracias —respondí, más cortante de lo que pretendía.

—Vale, vale —dijo, y se retiró a toda prisa.

El suspiro de Morgan me recordó lo mal que se me daba todo lo relativo a la vida social.

—Que sí, que ya sabemos que estás medio casada con Will, pero eso no quiere decir que un tío no pueda ponerte protector solar.

—Llevamos juntos un año, eso no es estar medio casados. Pero no voy a dejar que cualquiera me ponga las manos encima.

Me aplicó la loción en la espalda sin dejarse ni un centímetro de piel.

—Ya, ya, nena. ¿Qué se siente al estar en la misma ciudad que él?

Tardé unos segundos en saber cómo responder.

—Es genial. Aún no me acostumbro a verlo más allá de un par de días cada pocos meses.

—Se os ha dado muy bien lo de la relación a distancia. —Señaló mi Kindle—. Pero no te olvides del mundo real, ¿eh? —Miró en dirección a un grupo de chicos que jugaban con un frisbi en la orilla—. Como ese tío bueno de ahí…

Me volví para ver qué la hacía salivar como un mastín.

—Lo importante de un tío no es el aspecto, mujer. También hay que saber cómo…

Madre del amor hermoso.

Se me cayó el Kindle, junto con la mandíbula. Nunca había visto a un hombre tan guapo, con una energía tan pura, tan… delicioso. Medía bastante más de metro ochenta, así que no le costaba saltar a por el frisbi. El bañador azul tipo short le abrazaba las caderas. Su pecho era magnífico, desnudo, con tatuajes que le llegaban al abdomen, le cubrían un pectoral y le bajaban por un brazo. El sol de Florida le dibujaba los abdominales cincelados y una fina película de sudor hacía que le brillara la piel.

Tenía el pelo rubio corto, aunque no tanto como para que no se le notaran las ondas, que enmarcaba un maravilloso rostro de nariz fuerte, pómulos angulosos, barbilla recia y…, ay, unos hoyuelos en las mejillas cuando sonreía. Parecía nacido para la playa. No me habría extrañado que llevara una etiqueta con la leyenda «míster California». Y parecía tranquilo y relajado hasta para los estándares de Florida.

Se me aceleró el pulso, entreabrí los labios, y me empezaron a picar las manos de las ganas que tenía de tocarlo. Si hasta me extrañó que no se me separaran las piernas como si fueran por libre. ¿De qué color eran sus ojos? Desde aquella distancia no lo veía, y puede que eso me salvara de la humillación de reconocer que me atraía un chico que no era el mío.

Ni me acordaba de la última vez que había mirado a alguien con… deseo. Pero eso era lo que estaba pasando.

Morgan se llevó dos dedos a la boca para lanzar un silbido, y míster California se volvió hacia nosotras.

—¡Morgan! —balbucí.

—Venga, Lee, que le he silbado, no le he bajado los pantalones. Aunque tampoco me importaría.

Se me encendieron las mejillas, y no porque me avergonzara la sugerencia de Morgan, sino porque me imaginé bajándole el bañador por las caderas y… ¡No! ¿Qué me había dado?

«Will. Will. Will». Me obligué a ver su rostro, el pelo castaño muy corto, los ojos dulces, ambarinos. Sí. Will. No el dios dorado de la playa.

—¿Por qué no le dices hola, Lee? —sugirió Morgan—. Nadie se ha muerto por coquetear un poco.

—No, gracias.

Para empezar, no le iba a hacer eso a Will. Y, en segundo lugar, ¿qué podía decirle a un tío como aquel? «Hola, me llamo Paisley. Tengo veinte años y mi corazón es una bomba de relojería. ¿Quieres que seamos amigos?». No me pareció buena idea.

—¡Ahí está Luke! ¿Te vienes con nosotros a las motos de agua? —preguntó Morgan al tiempo que le devolvía el saludo a un chico, cerca de la orilla.

—No, mejor no. Hay bandera roja. —El mar era una gigantesca cuba de muerte que quería engullirme.

—No es una prohibición, es una advertencia. La playa no está cerrada.

—Es que no me gusta el agua.

—Vale, vale. Pero en algún momento tendrás que bañarte, pelma —zanjó, alejándose con una sonrisa.

Miré a hurtadillas a míster California y lo vi rodeado de cuatro chicas en biquini. No me sorprendió. Los chicos así llamaban la atención. Si había atraído la mía, que era feliz con Will…

Suspiré. Mientras lo tuviera a la vista no iba a leer, así que dejé el Kindle, cogí el pareo rosa fucsia y me lo puse a la cintura.

El muelle se adentraba en las aguas de un verde azulado, cristalinas, y lo recorrí mirando al frente, en lugar de fijarme en los jugadores de frisbi. Nunca podría ser como ellos, nunca correría por la playa. Nunca correría como si me fuera la vida en ello. De hecho, me iba la vida en no correr.

Una nueva ola de calor sacudió los tablones de madera del muelle antes de que el viento se la llevara. El pareo ondeó a mi espalda mientras caminaba fascinada por el ritmo de las olas.

A mitad de la desierta pasarela, me apoyé en la barandilla. El pelo me azotaba la cara y se me pegaba al bálsamo labial.

Alguien me dio un toquecito en el hombro desnudo. Me di la vuelta al tiempo que me apartaba un mechón de la cara. Era uno de los chicos del grupo de Morgan, muy corpulento, y me asusté al ver que se tambaleaba, borracho, y estaba a punto de derribarme.

—Eres Lee, ¿no? —farfulló sin poder mantener la vista fija.

—Sí…

—Morgan ha dicho que tienes que bañarte.

Se inclinó y me levantó en volandas. Puaj. Olía como una cervecería. Me puse rígida y lo empujé para intentar quitármelo de encima.

—No, en serio. Quiero irme a leer. Déjame en el suelo, por favor.

Traté de ser educada, pero cuando echó a andar hacia el final del muelle me entró el pánico.

—Ha dicho que dirías cualquier cosa con tal de no ir al agua —dijo entre risas.

—¡No, por favor! —grité, y lo empujé con más fuerza.

—Venga ya, solo es un poco de agua. Ya te peinarás luego cuando salgas. —Se asomó por encima de la barandilla y casi se me saltaron los ojos al ver la caída de seis metros—. Así es más rápido que volver caminando.

—¡No! —grité al tiempo que lanzaba todo el peso de mi poco más de metro y medio contra sus brazos de hormigón—. ¡No! ¡No! ¡No!

Pataleé, forcejeé, pero no había manera. El corazón me latía a toda velocidad. Tenía la garganta bloqueada.

Se rio como si aquello fuera una broma de lo más divertida.

—Anda ya, venga, si te va a encantar. ¡Un buen chapuzón!

Se subió a la barandilla, y tuve que decirlo, porque guardar aquel secreto humillante podría costarme la vida.

—¡Por favor! ¡No sé nadar!

No dejó de reírse y se tambaleó, inseguro, cada vez más cerca del agua.

—¡En serio! ¡No sé!

Dejé de forcejear y me agarré a él. No pensaba soltarme. Claro que no. Esas cosas no pasaban nunca.

Me cogió por la cintura para apartarme de él.

—¡Al agua!

No le costó el menor esfuerzo arrancarme el último vestigio de seguridad que me quedaba y lanzarme al vacío.

Todo se congeló. El corazón dejó de latirme mientras volaba. La caída duró una eternidad y ni siquiera me dio tiempo a parpadear.

Y no paré de gritar.

El agua fría se cerró sobre mí, me engulló. El impacto hizo que se me escapara el aire de los pulmones, y me aferré al poco que me quedaba para reprimir la acuciante necesidad de respirar que sentía. Me hundí muy por debajo de la superficie, sin atreverme a abrir los ojos. Rocé la arena del fondo con los pies y me impulsé hacia arriba con todas mis fuerzas al tiempo que daba zarpazos en el agua. El impulso me llevó a la superficie y, al salir de nuevo, aspiré una bocanada y grité pidiendo socorro.

Una ola ahogó el grito y me sumergió en un abrazo letal, lanzándome en la dirección contraria. El agua salada me abrasaba la nariz. Pataleé hacia la superficie. ¿Dónde estaba la superficie? Otra ola me revolcó. Y otra.

Lejos de la superficie. Lejos del aire. ¿Dónde estaba?

Se me aceleró el pulso, demasiado, demasiado. Si no me ahogaba, me daría un ataque al corazón. «¡Pero aún me quedan doscientos treinta y un días!».

Una ola me devolvió de nuevo a la superficie y saqué la cabeza, desesperada por respirar. Desperdicié un valioso segundo en apartarme el pelo de la boca para respirar hondo el dulce oxígeno, pero no me dio tiempo a gritar antes de hundirme de nuevo mientras tragaba agua salada.

La necesidad de respirar se impuso a cualquier otro pensamiento, pero no podía. Di manotazos en el agua, traté de subir, pero esta vez no llegó una ola para ayudarme. No, vino otra que me hundió todavía más. El pecho me iba a estallar si no liberaba la presión. Sería tan fácil dejarse ir… «Voy a morir aquí».

¿No decían que lo de ahogarse era una muerte tranquila? Aquello no tenía nada de tranquilo. Era aterrador y dolía. Y no me iba a rendir tan fácilmente, no pensaba ahogarme solo porque un tío borracho me hubiese tirado al océano. Mi madre no lo superaría. Peyton habría luchado… si hubiera tenido ocasión.

Su rostro, con aquellos ojos verdes idénticos a los míos, me insufló las fuerzas necesarias para seguir. Pateé con más energía hacia la superficie centelleante. «Más, Paisley, más deprisa. No te rindas. No te rindas». Oí su voz. La falta de oxígeno me estaba oscureciendo el cerebro. Pronto, los reflejos podrían más que yo y perdería el conocimiento o me llenaría los pulmones con medio golfo de México.

Otra ola me golpeó y me robó el poco oxígeno que me quedaba. Ya no tenía… nada… ¿Dónde estaba… la superficie? ¿Dónde estaba… yo? «No respires… No respires…».

Oí la voz de mi madre, pero eso era imposible, ¿no? «Déjate de tonterías, Paisley. Peyton siempre será mayor. Eso no cambiará nunca. Cuanto tengas seis años, ella tendrá ocho. Cuando tengas dieciséis, ella tendrá dieciocho. Seguirá siendo mayor hasta cuando tengas ochenta y dos años».

«No. Para entonces estará muerta».

La ola me lanzó contra el muelle y sentí el impacto en el hombro antes de golpearme la cabeza con la madera.

Y ya no sentí nada.

Capítulo dos

Jagger

Un día de estos no voy a fallar,

y ya verás la sorpresa que te llevas.

Joder. Aquel tío acababa de tirar del muelle a la preciosa chica rubia.

Solté a la pelirroja que tenía en brazos y subí de un salto los dos últimos peldaños de la pasarela de madera. «Deprisa». Corrí dando largas zancadas hacia la baranda por la que la había tirado, moviendo los brazos a toda velocidad. «Más deprisa».

El muy gilipollas la había lanzado al agua, y eso que ella le suplicaba que no lo hiciera. ¿En qué demonios estaba pensando? Se me puso la carne de gallina al oírla gritar. El sonido me siguió desgarrando los tímpanos incluso después de que hubiera desaparecido bajo el agua.

Aparté a un lado al borracho de mierda que estaba allí mirando como si no la hubiera arrojado al océano desde seis metros de altura. El oleaje oscurecía las aguas por lo general cristalinas. Salté al otro lado de la barandilla y escudriñé la superficie. «Vamos, pajarito, ¿dónde estás?».

Ahí.

El pelo rubio salió a la superficie durante un valioso segundo antes de sumergirse de nuevo, pero bastó para que la chica lanzara un grito.

—¡Ve a pedir ayuda! —le grité al imbécil balbuceante, cuya expresión de sorpresa sugería que por fin se daba cuenta de lo que había hecho.

Salté al vacío y con los brazos por delante para atenuar el impacto. Cogí aire y entré en el agua con una fuerza brutal.

Miré en todas direcciones sin resultado, antes de tener que subir de nuevo a la superficie para respirar. Al cabo de un instante, una ola me arrastró hacia la playa, alejándome de donde la había visto aparecer. Y un cuerno. No iba a salir sin ella.

El agua salada me arañó los ojos cuando me sumergí y me propulsé hacia abajo. ¡Ahí estaba! Inerte, con los brazos ligeramente alzados y el pelo flotando, formando un sutil halo dorado que reflejaba la luz del sol incluso a través del agua. Mierda. No era demasiado tarde. No iba a fallar. En esto, no iba a fallar.

Nadé hasta ella, le rodeé la cintura con el brazo y me di impulso hacia la superficie, con los pulmones en llamas. Con unos patines y sobre el hielo, podía con quien fuera, pero en el agua no pasaba de mediocre. Y eso de la mediocridad no lo llevaba nada bien.

Salimos a la superficie. Me puse de espaldas, le sujeté la cabeza sobre mi pecho y me di impulso con los pies hacia la orilla. Una ola nos pasó por encima y me llenó la nariz de agua, pero salimos de nuevo a la superficie. La sujeté con la fuerza de una tenaza. No respiraba, pero tampoco estaba demasiado azul.

Se me enredaron los pies en la tela de su falda y desaté el nudo para que las olas se la llevaran. Una docena de patadas más tarde, llegamos a la zona donde las olas ya no luchaban contra nosotros, sino que nos empujaban hacia la orilla. Estaba seguro de que la chica podría resistir un minuto más.

Sentí un alivio inmenso al tocar la arena con los pies. La cogí en brazos, procurando mantenerle la cabeza en equilibrio contra mi hombro. Seguía sin respirar.

Me abrí camino a través del agua.

—¿Está bien, tío? —preguntó el borracho desde la orilla.

Por suerte para él, en ese momento tenía las manos ocupadas.

—Quita de en medio, gilipollas —le espeté al pasar junto a él.

Llegué a la playa, la deposité sobre la arena y comprobé que seguía sin respirar.

Apoyé la oreja en su pecho. Oí el débil latido de su corazón.

Si creyera en Dios, le habría dado las gracias.

Le eché la cabeza hacia atrás y, por primera vez en mi vida, no me fijé en la belleza de la mujer a la que iba a unir mis labios. Le tapé la nariz con los dedos, le bajé la mandíbula y encajé mi boca en la suya. Respiré por los dos. Conté las inspiraciones y le puse la mano en el pecho para comprobar de nuevo el valioso latido.

—Vamos, vamos, pajarito.

Los segundos se ralentizaron, se convirtieron en pequeños tramos de infinito, antes de que tosiera y empezara a escupir agua. La puse de costado para que expulsara toda el agua entre arcadas, espasmos y convulsiones.

Se me acabó de golpe la adrenalina, y ahora solo me quedaba el agotamiento. No había muerto. Estaba viva. No había fallado. Cuando dejó de toser, la volví a tumbar de espaldas y observé cómo su pecho subía y bajaba, aunque parecía que aquel movimiento fuera a cesar en cualquier momento. Me incliné sobre ella, que seguía jadeando, con la respiración entrecortada.

Joder, de cerca era tan perfecta como me había parecido. Rasgos menudos, delicados, sobre unos labios entreabiertos color ciruela. La había visto mientras jugaba en la playa, pero me había imaginado que sería una Monet: bonita de lejos, un horror vista de cerca, como la mayoría de las chicas. Pues no.

Era preciosa, pero su belleza no resultaba falsa, artificial.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Gracias —susurró con un dulce acento sureño al tiempo que abría los ojos. Me quedé sin palabras. Verdes. La leche, tenía unos ojos enormes, del verde más claro que había visto en mi vida, con una orla más intensa en la parte exterior. Se me paró el corazón un instante, y a continuación empezó a latirme a toda prisa. Me toqué los dientes con el piercing de la lengua, sin palabras por primera vez desde… siempre, y me tuve que recordar a mí mismo que no creía en el amor a primera vista, ni en esa voz demente que me hablaba por dentro y me decía con toda claridad: «Ha de ser mía». Abrió mucho los ojos.

—¿Míster California?

«¿Qué?». Se me dibujó una gran sonrisa en los labios.

—No exactamente. Soy de Colorado. Por suerte, allí también enseñan a hacer el boca a boca.

Lanzó una exclamación y se incorporó levemente, apoyándose en los codos.

—¿El boca a…? ¡Tengo novio!

Parecía indignada. ¿Se había ofendido?

—¿Y le parecerá mal que te haya salvado la vida?

Parpadeó y entreabrió los labios. «Deja de pensar en sus labios».

—N-n-no. Pero no le hará gracia que alguien haya puesto su boca encima de la mía.

Su pecho seguía subiendo y bajando cuando se incorporó con la mirada algo vidriosa.

Me agencié la toalla que había más cerca, sin importarme que fuera la de Masters —por cierto, a saber dónde se habría metido—, envolví con ella a la chica y le alcé el rostro con la mano, en un extraño gesto de ternura. Yo no era tierno. Más bien todo lo contrario. Era del tipo «ve a por las fáciles, tíratelas, y olvídate de ellas al día siguiente».

—Vale, pues la próxima vez, antes le pediré permiso.

Asintió y flexionó las rodillas contra el pecho.

—Me has salvado.

—Te estabas ahogando.

Una sombra cayó sobre nosotros. El idiota seguía allí.

—Joder, tío, ha sido genial cómo la has…

Me di la vuelta, me puse en pie y le asesté un puñetazo en la barbilla. Parpadeó y retrocedió antes de caer de culo en la arena.

—¡No le pasa nada! —gritó al grupito que se había congregado a nuestro alrededor.

—Imbécil —murmuró ella.

Hizo una mueca y se llevó la mano a la nuca.

—¿Estás bien?

Arrugó la nariz.

—Creo que me he dado un golpe contra el muelle.

Le aparté la mano y el pelo para examinar la hinchazón.

—Eso lo tiene que ver un médico. Vamos, te llevo.

Negó con la cabeza y se puso la mano en el pecho.

—No, no, nada de médicos.

Susurró algo y me pareció entender algo como: «Mis padres me van a matar». Parecía demasiado mayor para preocuparse de lo que dijeran sus padres, pero, con aquel acento sureño dulce como la miel, seguro que había recibido una educación clásica, a la antigua. Al contrario que la mía, que había sido en plan «apáñatelas como puedas».

—¿Quieres llamar a tu novio?

Hizo una mueca.

—Will no lo comprendería. Dios, cómo se me ha ocurrido venir aquí.

—¿Has venido sola?

—No, con mi amiga Morgan, pero ha salido con una moto de agua…

Escudriñamos el horizonte, pero no vimos a nadie.

Se encogió aún más, si es que eso era posible. Ya era menuda, diminuta, le sacaba una cabeza, pero redondeada en todos los lugares que yo adoraba en una mujer. Tenía… Ufff. Tenía el cuerpo tan perfecto como la cara.

Volvió a toser, y al hacerlo alejó mi mente calenturienta de sus bragas. ¿Estaba loco o qué? La chica había estado a punto de ahogarse.

—Pues te tiene que ver un médico. He oído hablar demasiadas veces de gente que se ha ahogado horas más tarde por el líquido que tenían en los pulmones.

Se puso una mano en el pecho y frunció el ceño como si estuviera pensando, y luego asintió.

—Vale. Voy a por las llaves de Morgan, iré a urgencias.

Me quedé boquiabierto.

—No puedes conducir. Yo te llevaré… —Intenté un truco mental jedi para averiguar su nombre.

—Paisley —respondió. «Premio»—. Y no pienso meterme en el coche con un desconocido.

Sonreí.

—Yo soy Jagger, y acabo de tener la boca pegada a la tuya, así que no somos desconocidos. —Se ruborizó, y eso la hizo aún más bonita. Era encantadora. «¿Encantadora? ¿Y ahora qué, tío, te vas a poner a escribir poesía?».

—Bueno, si quisieras matarme habrías dejado que me ahogara en vez de traerme a la orilla. —Un brillo travieso le iluminó los ojos—. Pero me has besado sin mi permiso.

Maldita sea. Otra vez esa sonrisa arrebatadora.

—Te lo prometo, Paisley… —Pronuncié su nombre solo para notar cómo se deslizaba por mi lengua—. Si te vuelvo a besar, no te quedarán dudas. —Su sonrisa vaciló un momento y algo intangible se interpuso entre nosotros. Carraspeé para aclararme la garganta—. Vamos, te llevo al médico.

—Vale.

Me puse de pie y la ayudé a levantarse. Se arrebujó en la toalla.

—¿Dónde está mi pareo?

—Te lo he tenido que soltar para traerte a la orilla.

—Ah. Claro. —Suspiró y me llevó hasta su toalla; una vez allí, se puso unos pantalones cortos y una camiseta que cubrió sus bonitas curvas. Una verdadera pena. Y por último cogió el bolso—. Lista.

Atravesamos la playa sin hablar, nos lavamos los pies en la ducha de la plataforma octogonal de madera y fuimos hacia el aparcamiento.

Abrí la puerta del pasajero de mi Defender para que subiera. Paisley echó el bolso dentro, se mordió el labio inferior y me miró.

—No puedo subir.

¿Qué?

—Tiene que verte un médico.

Se echó a reír, y de inmediato quise escuchar aquel sonido de nuevo.

—No, en serio. Físicamente. Si no hay una escalera, no puedo subir.

—Tranquila.

La cogí por la cintura y la ayudé a entrar. «No pienses en sexo. No pienses en sexo».

Demasiado tarde.

Cerré la puerta, entré por mi lado y busqué en el GPS el centro de urgencias más cercano.

—Vamos, Lucy.

—¿Tu coche tiene nombre?

Hice girar la llave y el motor ronroneó.

—No te quepa la menor duda. Es la mujer más constante de mi vida.

Lucy había sido el último regalo de mi madre; el kit de elevación me lo había regalado yo mismo, como recompensa por largarme.

Solo tardamos cinco minutos y un semáforo. Firmó los impresos y nos sentamos en unas incómodas sillas de plástico de la sala de espera. Al menos me había acordado de ponerme una camiseta, pero el bañador me seguía chorreando por las piernas y se formó un charco en el linóleo del suelo.

—¿Por qué te quieren matar tus padres?

—Ah, no, seguro que no les importa —respondió, toqueteando el cuero del bolso.

—Mira, vamos a hacer un trato: durante estos pocos minutos en los que nuestras vidas coincidirán, no nos mintamos. No te preocupes por lo que yo pueda pensar, di la verdad.

El rubor volvió a ascenderle por el cuello y le tiñó la piel de rosa.

—Son un poco sobreprotectores. No les gusta no saber lo que hago.

—¿No saben que estabas en la playa?

Se recogió un mechón de pelo húmedo detrás de la oreja, y este cayó con delicadeza sobre su clavícula.

—Creen que estoy deshaciendo las maletas en mi nuevo apartamento. Llevo la tarjeta de débito, así que, si pago en efectivo y no lo incluyo en el seguro, no sabrán que me ha pasado algo. Esto me ocurre por mentir, ¿no? —Suspiró—. Las clases empiezan la semana que viene, así que era el mejor momento para una escapada. Aún no hay deberes y tengo la semana libre en el trabajo, por lo que… Vaya, estoy divagando.

Se obligó a esbozar una sonrisa y se miró las rodillas.

—Me gustan las divagaciones. —Mierda. Era verdad, me gustaban las de ella—. ¿Qué estás estudiando?

—Te vas a reír. —Me miró de reojo, y aquellos ojos verdes me devoraron.

—No, en serio.

—Venga, adivina. Lo más aburrido que te puedas imaginar. Y que a mí me parece fascinante, claro. —Parpadeó y me miró con una seriedad excesiva.

—Pedicura submarina.

Se echó a reír y la puñetera palabra volvió a resonarme en la mente. «Encantadora».

—No. Prueba otra vez.

—¿Cestería en gravedad cero?

—Eres un caso.

«Yo seré un caso, pero tú estás sonriendo».

—Venga, dímelo.

Entrecerró los ojos como si me estuviera sopesando y al final decidió que era digno de su secreto.

—Vale. Biblioteconomía.

—Para ser bibliotecaria. —Me vinieron a la mente imágenes de su cuerpo menudo contra las pilas de libros. Mierda.

—Ya, te parece un aburrimiento.

—La palabra «aburrimiento» ni se me ha pasado por la cabeza, te lo juro.

Volvió a sonreír, esta vez con una sonrisa auténtica, y me costó buscar algo que decir que no me dejara como un imbécil.

Sacó el teléfono y envió un mensaje de texto.

—Morgan se va a preocupar cuando vuelva y no me vea.

—Deberías llamar también a tu novio. Seguro que quiere saber lo que ha pasado.

El momento en que la encontré se me había grabado en el cerebro. Pálida, sin respirar, inerte en el fondo del océano.

—No, no. Will no querrá saber nada. Se va a enfadar un montón.

—¿Se va a enfadar porque has ido a la playa?

Se apretó el esternón con los dedos.

—Porque que he ido a la playa, porque ya no vivo con mis padres sino en un apartamento, porque tengo un trabajo de seis meses del que no le he hablado… Digamos que la conversación será interesante.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —«¿Y a ti qué demonios te importa?».

—Casi un año.

—¿Estás enamorada de él?

Volvió la cabeza hacia mí bruscamente y entrecerró los ojos.

—Eso no es asunto tuyo.

Ah, parecía que había fuego bajo aquella superficie de miel.

—Mira, no sé si eres muy reservada o no, pero mentir se te da fatal, y habíamos quedado en no mentirnos, así que…

Se cruzó de brazos. Qué bien se me daba eso de descubrir lo que provocaba a los demás y apretar el botón. Y que conste que no había sido mi intención. Mierda.

—Lo siento. No te lo tendría que haber preguntado.

Relajó los hombros y se le suavizó la expresión.

—No, es que hemos estado separados mucho tiempo, mientras él estaba en…

—¿Paisley? —llamó la enfermera.

—Soy yo. —Alzó la mano y se puso de pie—. ¿Te importa esperarme? —preguntó. ¿Había cierto miedo en su rostro?

Como si me fuera a marchar.

—Sí, claro. Sin problema. Te espero.

Cogí la revista más cercana y fingí leer mientras la veía alejarse. Me habría pasado el día mirándola.

Tardó una hora entera y, para cuando salió, yo ya había convencido a la recepcionista de que me cobrara a mí y le dijera a Paisley que era una clínica gratuita. Tampoco es que fuera mi dinero.

—¡Todo perfecto! —dijo con una sonrisa, aunque volvía a estar muy pálida.

Me obligué a sonreír mientras le abría la puerta, lo cual hacía siempre por la fuerza de la costumbre, aunque en el caso de Paisley me apetecía hacerlo.

La humedad de Florida nos envolvió cuando salimos de la clínica.

—¿Morgan? —dijo Paisley cuando vio a una chica que se acercaba corriendo por el aparcamiento, todo piernas y escote bajo una melena negra, mi tipo habitual. «¿Habitual? ¿Cuándo he empezado a pensar así?».

—¡Ay, Dios! —Arrastraba las palabras con un acento aún más marcado—. ¡No se me ocurrió que fuera a hacerlo! —Le echó los brazos al cuello a Paisley y empezó a llorar—. ¡Lo siento mucho!

Paisley le dio unas palmaditas en la espalda, pero no lloró. Ni una sola lágrima.

—No pasa nada, Morgan. Estoy bien.

Su amiga se apartó y le dio un manotazo en el hombro.

—¡Tienes que aprender a nadar!

—Vale —la contuvo Paisley. Se volvió hacia mí con una sonrisa tímida—. Además, me ha salvado míster California, así que al final ha salido todo bien.

—Eso es un insulto para alguien de Colorado, por si no lo sabías. Jagger, me llamo Jagger.

Morgan me recorrió con la mirada, cosa a la que estaba acostumbrado, pero que me molestó, en lugar de provocarme la habitual respuesta de apuntar y follar.

—Vaya, todo un héroe —dijo con un tono de voz acariciador que seguro que le solía funcionar de maravilla. Se volvió hacia mí y me pasó un dedo por el pecho—. ¿Cómo puedo darte las gracias por salvar a mi mejor amiga?

Paisley, que estaba junto a Morgan, se puso rígida, y yo me aparté.

—Pues ya que lo dices, enseñándola a nadar. Porque ha faltado poco. —«Demasiado poco».

—¡Eso seguro! —Volvió a abrazar a Paisley—. Vamos a casa a deshacer las maletas.

Echó a andar por el asfalto hacia un sedán blanco.

Paisley asintió y se acercó a mí muy despacio, con los ojos clavados en el suelo, como si no supiera qué decir. Solo me miró cuando estuvimos a dos palmos de distancia. Nos observamos durante unos segundos, en medio de un silencio electrizante, y de pronto me saltó encima.

Cogí al vuelo su cuerpo menudo sin el menor esfuerzo cuando me echó los brazos al cuello y apoyó la cabeza en mi hombro, con los pies colgando.

—Gracias por salvarme. Por verme.

La estreché con fuerza y saboreé la única ocasión en que iba a sentir a aquella chica entre mis brazos. Olía a agua salada y al sol de Florida.

—Te vi mucho antes de que te tiraran al agua, Paisley. Te diría que de nada, pero ha sido una suerte conocerte.

Se soltó y la dejé en el suelo. Al hacerlo sentí un dolor casi físico.

Ella se fue hacia el coche sin dejar de mirarme a los ojos. Tuve que contenerme para no pedirle su número de teléfono, su dirección, cualquier medio de volver a verla. Había ido a la playa a evadirse, no a que la acosara.

Entonces se detuvo con la mano puesta en la puerta del vehículo.

—Estoy enamorada de Will. Es mi mejor amigo, es parte de mi familia y… Y sabe lo que necesito. Es lo que me conviene. —Me dedicó una sonrisa que estuvo a punto de hacerme caer de rodillas—. Yo también me alegro de haberte conocido, Jagger.

Abrió la puerta y se dispuso a entrar.

—¡Paisley! —grité sin poder contenerme.

Volvió la cabeza y arqueó las cejas.

—Es un cabrón con suerte. Espero que lo sepa.

Capítulo tres

Paisley

8. Tener algo parecido a la paz en mi vida.

Aparqué delante de la casa de mis padres en Fort Rucker. ¿Eso era el…? Pues sí. Menudo se iba a poner papá cuando lo viera, si no lo había visto aún. «Igual sería mejor saltarme el desayuno esta mañana».

La estatua del oso polar de cinco metros del museo estaba ahora en el patio delantero de mi padre, envuelto en docenas de cinturones reflectantes de entrenamiento. Debía de pesar como setecientos kilos. Me quitaba el sombrero ante quien lo hubiera llevado hasta allí.

Al menos no me iba a aburrir.

Cogí el bolso y me dirigí hacia la casa. Como broma de la academia de vuelo era de las mejores que había visto. La nueva promoción acababa de empezar y ya estaban en plena forma.

Bravo por ellos.

Oí a papá en su despacho antes siquiera de cerrar la puerta.

—¡No me importa lo que diga su puñetera agenda! ¡Quiero que me quiten eso del césped! ¡Y encárguese de dar con los responsables!

Su voz retumbó en el vestíbulo, pero Layla y Clapton, nuestros golden retrievers, siguieron tumbados y se limitaron a menear el rabo golpeándolo contra el suelo al verme.

—Qué buenos perros guardianes. —Me incliné para darles unas palmaditas.

—No quiero verlo ahí a mediodía, mayor. Puñetero oso polar. —Colgó el teléfono con estrépito y un segundo después se abrieron las puertas correderas—. ¡Lee-Lee! —Papá me abrazó con delicadeza. Yo echaba de manos los abrazos de verdad, aquellos tan apretados que casi me rompían las costillas—. ¿Lista para desayunar?

—Muerta de hambre —bromeé al tiempo que me daba unas palmaditas en el vientre.

—Las chicas siempre os estáis preocupando por mantener la línea. A los hombres les gustan las curvas, niña. —Me rodeó los hombros con el brazo y atravesamos la sala de estar en dirección a la cocina, donde mi madre estaba terminando de preparar la salsa.

—¡Ah, Lee, has venido! —sonrió—. ¿Te importa sacar las galletas?

—Ya te dije que vendría, mamá. Es lo que acordamos, una vez a la semana. —Cogí la primera manopla que vi, saqué la bandeja de galletas del horno y la deposité sobre el salvamanteles plateado—. Perfectas, como siempre.

—Aduladora. Venga, coge un plato, faltan quince minutos para que tu padre se dé cuenta de que no va con una hora de antelación y se acabe el mundo.

—Ja, ja. —Papá le dio un beso en la mejilla. La camiseta marrón hacía juego con el vestido camisero de mamá y el delantal con las palabras «esposa de militar» estampadas. Había sido nuestro regalo de Navidad cuando yo tenía diez años, y todavía se lo ponía religiosamente.

—¿Va a venir Will? —preguntó mientras ponía cuatro cubiertos en la mesa.

—Ha dicho que llegaría a las siete y cuarto —respondí, y saqué los vasos para el zumo de naranja.

—Mierda, me lo voy a perder —masculló mi padre.

—¡Richard! ¡Esa boca! —Mamá le dio una palmada en el trasero pensando que no la veía—. No somos tus soldados.

Él se echó a reír y le guiñó un ojo.

—Ah, mis pobres y delicadas bellezas del sur, ¿te ofenden mis modales de yanqui?

—Querrás decir tu falta de modales. —Suspiró y lo apartó con una sonrisa—. Coge el plato.

El sonido del timbre hizo ladrar a los perros.

—Dile al chaval que no hace falta que llame. Es de la familia —me ordenó papá.

Abrí la puerta, encantada de ver a Will en la entrada. Estaba muy guapo, pero no me acostumbraba a verlo con el uniforme de calle.

—Buenos días, Lee-Lee. —Se inclinó para darme un beso en la mejilla—. ¿Cómo estás?

Hice caso omiso de la pregunta y presioné los labios contra los suyos con delicadeza.

—Ayer te eché de menos.

Me atrajo contra él y me dio un abrazo fraternal.

—Lo siento, nena. La clase acabó tarde.

—No sabrás nada del oso polar que tenemos en el patio, ¿verdad?

Me apretó los hombros, se apartó de mí y fue hacia la mesa.

—Sí, voy a tener que hablar de eso con tu padre antes de irme a clase.

—¡Will! —exclamó mamá mientras ponía la comida en la mesa—. Me alegro de verte.

—Lo mismo digo, señora —saludó a su vez, y apartó la silla para que me sentara entre papá y él.

—Vamos, puedes llamarme «mamá».

Le sirvió una ración enorme, y a mí me dio un vuelco el corazón. ¿Le había dicho eso mi madre porque era mi novio o porque había sido el mejor amigo de Peyton?

—Sí, señora.

Will sonrió y sus ojos ambarinos se iluminaron. No eran de un azul cristalino como los de Jagger… «¡Para ya!». Corté el pensamiento de raíz. Había pasado una semana y media desde que míster California, perdón, Colorado, me rescató del océano, pero no dejaba de ver su rostro, de sentir que invadía la paz de mis sueños al dormir.

Me había salvado la vida. Era lógico que pensara en él, ¿verdad? Bueno, quizá no tanto. ¿Dónde estaba? ¿Había vuelto a Colorado, como sugería su matrícula? ¿Estaba en la universidad? ¿Qué se sentía cuando te besaba un tío con un piercing en la lengua?

—¡Lee! —me despertó mi madre de mi ensoñación.

Descubrí que estaba apretando una galleta con el puño cuando oí el sonido que procedía de la cocina.

—¿Qué?

—Es tu alarma —dijo señalando la encimera donde había dejado el bolso.

Asentí y aproveché para tirar a la basura la galleta triturada. Saqué el teléfono del bolso y detuve el recordatorio. Volví a guardar el teléfono porque mi madre no quiere ni verlos en la mesa, y me senté de nuevo.

—¿No se te olvida nada? —inquirió arqueando una ceja.

—Ahora me las tomo, cuando desayune. Me sientan mal con el estómago vacío. —Cogí otra galleta y la partí por la mitad antes de ponerla en el plato.

—Sería mejor que…

—Nena, ve a por ellas y…

—Magnolia, Will, dejadla en paz. Ya se las tomará cuando coma. —La voz de papá interrumpió las quejas y le di las gracias con una sonrisa. Asintió, pero no parecía satisfecho cuando volvió a concentrarse en el desayuno.

Cogí la salsera mientras se me hacía la boca agua.

—Ay, Lee, para ti he preparado una macedonia de fruta.

Mamá me acercó el cuenco de cristal. Me serví la fruta, aunque se me seguían yendo los ojos hacia la salsa.

—Gracias.

—¿Le has dicho ya lo que has decidido al doctor Larondy? —me preguntó mientras miraba mi plato y contaba hasta la última caloría que no podría quemar con ejercicio.

Me detuve a medio bocado. Will me apretó la rodilla por debajo de la mesa en un silencioso gesto de apoyo. Aunque no supe por qué lo hizo. Tragué despacio mientras pensaba la respuesta.

—No, porque…

—No puedes seguir aplazando esto, Lee. —Alzó la voz.

—… porque aún no he tomado la decisión.

No bastó para hacerla callar. Dejó caer el tenedor sobre el plato.

—Habíamos decidido que lo mejor era…

—Lo habías decidido tú, mamá —repliqué, procurando que el tono de mi voz sonara lo más suave y respetuoso posible—. No he tenido síntomas desde que empecé con los betabloqueantes. Respeto tu decisión y tus deseos, pero…

—No, no los respetas. —«Ay, Dios, ya empezamos»—. Si estás dispuesta a arriesgar así la vida es que no nos respetas ni nos quieres. Cada día que lo demoras es un riesgo. Resulta imperdonable que nos sometas a esto otra vez a tu padre y a mí, Lee. ¡Se trata de tu vida!

—Magnolia, ya vale. —La voz de papá sonó dulce pero firme—. No viene a desayunar para que la presiones.

Me tragué la respuesta porque sabía que mamá hablaba dominada por el miedo y el pesar. Tal vez tenía razón. Tal vez fuera una egoísta por querer tomar la decisión yo sola, cuando en realidad nos afectaba a todos.

No solo era prisionera de mi enfermedad, el engrosamiento del tejido cardiaco. La miocardiopatía hipertrófica me limitaba, pero la jaula en la que vivía estaba reforzada por las expectativas de mis padres, cerrada con la llave de su dolor por la pérdida de Peyton, y adornada por mi propia necesidad de mitigar esa pena hasta donde me fuera posible.

Lo correcto sería asentir, aceptar la vida limitada a la que me condenaría el marcapasos, hacer feliz a todo el mundo. Era lo que Will quería, aunque dijera que me apoyaría fuera cual fuese mi decisión.

Pero lo correcto me parecía insoportable. Todos mis instintos se rebelaban cada vez que sopesaba la posibilidad del marcapasos. No me iba a salvar, y no sabía explicar por qué, pero estaba segura. Y estaba harta. No corras. No comas grasas. No bebas. No te olvides de las pastillas. No disgustes a tu madre y, por lo que más quieras, que no se te acelere el corazón. No vivas. Existe, y nada más.

Las ganas de salir huyendo eran abrumadoras. Pero me controlé. Ahora tenía un apartamento, con su permiso, y hasta una clase en la Universidad de Troy. Una dosis de culpa para desayunar una vez a la semana resultaba tolerable. Le apreté la mano a Will, y me entendió.

—Hoy le ha quedado fantástica la salsa, señora.

Mamá aceptó el cumplido con una sonrisa. Yo respiré hondo y me concentré en respirar.

—¿Cómo van las clases, cariño? —preguntó mi padre.

—Bien. Me encanta este semestre, sobre todo la clase que tengo en Troy. El semestre que viene creo que me irá bien para cursar allí el resto de las clases.

Frunció el ceño.

—Yo prefiero que las hagas aquí.

«Modo apaciguamiento activado».

—Ya lo sé, papá, pero aquí no tienen todas las asignaturas que me interesan. Y estoy a solo cuarenta y cinco minutos, no me importa.

El viaje era un pequeño precio con tal de fingir que mi vida era normal una vez por semana. Esa batalla estaba dispuesta a darla.

—A mí, sí —masculló, comiendo tan deprisa que habría jurado que lo estaban cronometrando.

Se hizo un silencio incómodo. No se me ocurrió nada que decir que no fuera a acabar mal, así que me quedé callada.

—¿Cómo te ha ido esta primera semana, Will? —preguntó mamá.

Will apartó la mano de mi rodilla, como si mi madre pudiera verlo a través de la mesa.

—Muy bien, señora. No es West Point, pero es agradable tener un poco de libertad. —Exhibió de nuevo aquella sonrisa que me había conquistado, y respondí con otra cuando se volvió hacia mí—. Además, la compañía es mucho más grata. Me encanta estar cerca de Lee.

Mamá se llevó una mano al pecho y suspiró.

—Es maravilloso veros juntos en persona, y no a través de la pantalla. Tal para cual.

Will me dio un beso en los nudillos.

—Estoy de acuerdo.

—¿Has pensado ya qué aparato vas a elegir? —preguntó papá.

—Sí, señor. Me gustaría pilotar el AH-64.

A mi padre se le iluminaron los ojos y arqueó las cejas.

—Ah, el Apache, buena elección. Vas a tener que quedar muy arriba en la LOM.

—La lista del orden de mérito —explicó Will al tiempo que papá se levantaba.

—Will tendrá que terminar el primero de su clase en esta fase de la academia de vuelo si quiere pilotar ese helicóptero, Paisley. Solo hay unas pocas plazas por promoción.

Le di un codazo a Will, como si estuviéramos de nuevo en el instituto.

—Confío en él.

—¿Qué tal los demás tenientes de tu clase? ¿Sois muchos? —siguió preguntando papá mientras llevaba el plato al fregadero.

—Cinco tenientes y veinte suboficiales. —Se puso colorado y apretó los dientes—. Pero solo debería haber cuatro tenientes.

—¿Qué pasa? —pregunté. No era fácil ver enfadado a Will.

—Nada que deba preocuparte, Lee-Lee.

Me guiñó un ojo y yo me contuve de decirle que no soportaba que me llamara así. Lee-Lee tenía doce años, era larguirucha y torpe. Y ya no, ¿verdad?

—Vale. —Asentí con una sonrisa forzada.

—En cuanto a lo del oso polar que hay en el patio con cinturones reflectantes… —dijo mi padre, subiéndose la cremallera de la chaqueta del uniforme de combate.

—Sí, señor. Quiero hablar de eso con usted.

«¿Sabe quién ha sido?». Papá flexionó las manos sobre la encimera.

—¿Tienes idea de quién es el autor, Will?

—Puede que haya sido una broma de clase que ha ido demasiado lejos.

Ah, sí. Se había ruborizado. Era la señal que lo delataba.

—¿De tu clase?

De pronto, la voz de mi padre sonaba peligrosamente baja. Nunca gritaba cuando estaba superenfadado. No le hacía falta.

—Sí, señor.

Miré a Will, luego a papá, y se me aceleró un poco el corazón.

—Will, ¿has sido tú? ¿Has puesto el oso en el patio? —pregunté sin poder contenerme, igual que no podía contener la esperanza de que hubiera roto una regla, solo una, aunque fuera una vez.

Apartó los ojos de mi padre y los clavó en los míos.

—No. —Me cogió por la barbilla—. Yo no hago esas cosas. —Se volvió a mi padre de nuevo—. Pero sé quién las hace.

Se me revolvió el estómago. Mi padre asintió.

—Mejor seguimos la conversación en el despacho para no molestar a las chicas.

—Sí, señor.

Will recogió el plato y lo llevó al fregadero junto con el mío. Fui tras él y vi cómo los metía en el lavavajillas.

—¿Sabes quién lo hizo?

—Sí.

—¿Y piensas delatar a tu compañero? —No me parecía nada leal por su parte.

—Un cadete no miente, no engaña, no roba ni tolera que otros lo hagan. —Tensó la mandíbula, y ese gesto indicaba que había tomado una decisión.

—Ya no estás en la academia, Will. ¿Seguro que es lo mejor? Vas a pasarte dos años en la academia de vuelo con esos tipos. ¿No tendríais que protegeros los unos a los otros?

—¿A ti te parece que quiero a gente así a mi lado? Estar en el servicio activo no cambia nada, lo que está mal está mal. Intenté detenerlos, pero Bateman no me hizo caso. Ese oso es parte de la historia de Fort Rucker.

«Es un oso».

—Nadie ha resultado herido y no han causado ningún daño. Ha sido una travesura inocente. ¿Sabes lo que va a hacer papá? Puedes provocar que los expulsen por un estúpido oso polar con unos cinturones. Y, además, sabrán quién los delató.

—¿William? —lo llamó mi padre.

Will se irguió, como si la voz hubiera tensado un hilo invisible.

—Sabía que no lo entenderías, Lee-Lee. —Se inclinó hacia mí y me rozó la mejilla con los labios—. Vete a clase. No sé cuánto voy a tardar con tu padre.

—Luego trabajo, acuérdate. ¿Te veo esta noche?

Tenía que borrar el recuerdo de unos ojos azules que se negaban a desaparecer. También tenía que volver a enviar el papeleo para que autorizasen unas obras menores en la biblioteca. Clase, trabajo, luego Will. El plan perfecto.

Hizo una mueca.

—Ya sé que me lo dijiste la semana pasada, pero sigue sin gustarme que trabajes. ¿Y si es demasiado?

—Es el trabajo más considerado para el corazón que te puedas imaginar. Venga, ¿esta noche?

—Haré lo que pueda.

Sonrió de un modo que me hizo olvidar el enfado que acababa de provocarme por lo que estaba a punto de hacer, y le devolví el beso, sabiendo que no había manera de ir más lejos con mi madre plantada a tres metros de nosotros. Me dejó allí, en la cocina.

—Es un hombre del que cualquier mujer estaría orgullosa, Lee. —Mamá pasó el plato bajo el agua del grifo—. Has tenido suerte. No todo el mundo tiene unos valores morales tan elevados.

Mensaje recibido: «Déjalo correr».

—Me voy a clase, mamá. Gracias por el desayuno. Hasta la semana que viene.

Apretó los labios.

—¿Una semana entera?

—Es lo que acordamos: me quedo aquí para ir a clase y alquilo el apartamento en la ciudad, pero me tienes que dejar un poco de aire. Tengo casi veintiún años.

No levanté la voz en ningún momento. Cualquier muestra de emoción solo serviría para que arqueara una ceja y me dijese que yo no estaba preparada para vivir como una adulta.

Se le fueron los ojos hacia la foto familiar enmarcada que había a mi espalda, como siempre que pensaba en ella.

—Vale, una semana.

La abracé y no me solté hasta recibir las tradicionales palmaditas en la espalda.

—Te quiero, mamá.

Me colgué el bolso del brazo, me detuve ante la foto de la entrada y la acaricié con las yemas de los dedos. Peyton estaba en el centro, con su cara de duendecillo radiante de emoción, vestida igual que Will, a su izquierda, con el uniforme gris de West Point, y yo la abrazaba, a su derecha. Sus brazos nos conectaban, quería pensar que aprobando lo que habíamos llegado a ser.

—¿Qué habrías hecho tú, Peyton? —susurré—. Quedan doscientos veinte días. ¿Qué habrías hecho?

La echaba mucho de menos. Desde el día que murió, se me había abierto un agujero negro en el pecho que se tragaba el aire que respiraba, y era como si todos los días siguiera viendo cómo la enterraban. Ella habría sabido qué hacer, pero no tuvo que tomar la decisión. Era libre, indómita, sin inhibiciones, y lo pagó con su vida antes de que nadie le dijera cuál era el precio. Sentí un aguijonazo de envidia, pero un sentimiento de culpa lo barrió enseguida. Peyton ya no estaba. Yo, sí. Respiré hondo un par de veces y enterré el dolor donde correspondía, en el pasado.

Casi había llegado a la puerta cuando me detuvo la voz de mi madre.

—¡Lee! ¡Tómate la medicación ahora mismo!

—Sí, mamá.

Capítulo cuatro

Jagger

Me estás ahogando, me asfixias bajo el peso de tus expectativas imposibles.

Me vinieron a la cabeza todos los tacos que había oído en mi vida cuando los instructores abandonaron el barco. Literalmente. Noté los latidos del corazón en las orejas y, durante una fracción de segundo, sentí un deseo loco de largarme, igual que ellos. A la mierda. Pero este era mi sueño, lo había sido desde que vi unos rotores contra el cielo azul hacía ya trece años. Podía con todo.

El entrenamiento para casos de caída al agua del aparato era un infierno.

Los émbolos se soltaron y el falso helicóptero se hundió. El agua me entró en las botas, me llegó hasta las rodillas, hasta el regazo, hasta el pecho. «No, espera. Espera. Todavía no».

El agua de la piscina me alcanzaba hasta las clavículas y cogí todo el aire que pude. Me agarré al asiento, clavé los dedos mientras el agua me subía por encima de la nariz, de la cabeza. En ese momento, sacudieron mi mundo, el aparato se volcó, quedé cabeza abajo. El agua me entró por la nariz. Vaya mierda.

El movimiento cesó. Ahora empezaba todo. Luché contra el pánico, que amenazaba con hacerme soltar el aire, y me concentré en el arnés. Los dedos me resbalaron. Mierda. «Cálmate».

Unos cuantos movimientos, concentración, y conseguí desengancharlo. Estaba libre del asiento. Me di la vuelta, llegué hasta la ventanilla y rompí el sello. Mis pulmones aullaban y dejé escapar un poco de aire para aliviar la presión. Me di impulso para salir por la ventanilla sacando primero el enorme casco. Me aparté del exterior del helicóptero y me impulsé con los pies para salir a la superficie mientras soltaba el aire por la nariz.

Al menos, esta vez me estaba jugando mi vida, no la de ella.

Ya en la superficie, respiré con ansia. Lo había conseguido.

—¡Bateman! ¡Esa no era la técnica! —me gritó el instructor.

Nadé hasta el borde de la piscina y me impulsé de nuevo para sentarme con las piernas en el agua.

—Bueno —respondí mientras me quitaba el casco lleno de agua—, considerando que estamos teniendo esta conversación, es obvio que no estoy muerto, así que el resultado ha sido satisfactorio pese a no haber utilizado la técnica oficial.

—Esa actitud puede costarte la vida si caes al agua.

Abrí la boca para hablar antes de pensar.

—Claro, y si…

—¿Jagger Bateman? —gritó un capitán cerca de la piscina.

—¡Señor!

El brillo acerado de sus ojos me indicó que aquello no era una visita de cortesía.

—El mayor Davidson quiere hablar con usted en su despacho.

Asentí.

—Terminamos en media hora.

Negó con la cabeza.

—Ya ha terminado, séquese. Quiere verlo ahora mismo.

Aguardé ante el despacho del mayor Davidson con la gorra en el regazo. Solo había un motivo posible para aquella llamada: cierto teniente segundo que llevaba en la clase menos de dos semanas. Seguro que se había enterado.

El muy imbécil tenía contactos. Repasé mentalmente los posibles resultados. Lo que me iban a pedir. A qué tenía que acceder. La inevitable llamada de teléfono que podía mantener a raya mi vida familiar de mierda.

Yo solo quería volar. Nada más. Nunca había querido otra cosa. Pero una llamada de mi padre podría ponerle fin a todo, o, peor aún, lo ensuciaría todo con su ayuda. Yo había llegado a donde estaba por mis propios méritos y había tenido la suerte de conseguirlo con mi mejor amigo, y no iba a permitir que me arrebataran aquello.

Una sargento muy bonita me miró de reojo al pasar, pero no me interesó lo más mínimo. Para empezar, conocía bien la política de confraternización, y no iba a arriesgar nada por un poco de acción. Y, además, había renunciado a las mujeres en general. ¿De qué me iba a servir matarme a trabajar para luego permitir que me distrajeran?

«No, ni hablar». Ninguna mujer iba a poner en peligro mi sueño.

Bueno, tal vez… «No, ni siquiera esa».

Volví a ver aquellos ojos verdes. ¿Dónde estaría? Tendría que haberle preguntado dónde estudiaba. Tendría que haber averiguado su apellido. «Sí, claro, como si estuvieras a la altura de una chica así».

Traté de borrarme de la cabeza la voz de mi padre. Tampoco importaba. No había manera de dar con Paisley.

—¿Teniente Bateman?

«Allá vamos».

—Mayor Davidson. Señor. —Me levanté listo para hacerle frente al destino.

—A mi despacho, teniente. —Dio media vuelta, entró en el despacho y lo seguí.

La estancia era austera, pero estaba bien ordenada. Ojeó un informe que tenía sobre el escritorio, mientras con la mano libre me indicaba que me sentara en la silla que había al otro lado. Obedecí. El uniforme crujió contra el cuero sintético del asiento cuando me acomodé.

Él respiró hondo, y yo contuve el aliento.

—¿Quiere hablar de lo que pasó anoche?

«¿Anoche?».

—¿Señor?

—Solo tiene una oportunidad para hablar, Bateman. Luego, se acabó. El general no tolera mentirosos, del mismo modo que no tolera que le decoren el césped.

Un momento, ¿todo aquello era por el oso polar? Dejé escapar el aire que estaba reteniendo y estuve a punto de suspirar de alivio.

—¿Qué quiere saber, señor?

Se acomodó en la silla.

—Quiero saber cómo ha llegado un oso polar de cinco metros y setecientos kilos al jardín del general.

—¿Setecientos kilos? Vaya. Parecía menos. —Aquel trasto era gigantesco.

El mayor entreabrió los labios, pero se interrumpió un instante.

—Entonces ¿reconoce haberse llevado al sargento Ted E. Bear?

Contraje todos los músculos del cuerpo. «No te rías. En serio, no te rías».

—¿Se llama así? —pregunté, esforzándome en mantener el rostro inexpresivo.

Movió la mandíbula.

—Ese oso polar es parte de la tradición de Fort Rucker, teniente. Una tradición por la que usted ha demostrado una increíble falta de respeto.

Mantuve la boca cerrada. Sí, me gustaba remover las cosas y ver qué pasaba, pero cuando mi carrera estaba en juego sabía cómo hacerme el inocente.

—¿Vandalizó usted el oso?

—Técnicamente, no le ha pasado nada. Está montando guardia. —«Con unos veintitrés cinturones reflectantes de entrenamiento».

El mayor Davidson inspiró profundamente.

—Última oportunidad.

Mierda. No podía mentir. En el pasillo no había nadie más, sabían que había sido yo. Pero ¿cómo? Un momento… ¡En el pasillo no había nadie más! «No saben nada de Josh ni de Grayson».

—Sí. Trasladé al sargento Ted E. Bear desde su puesto hasta el jardín del general. —«Bum». Me había abalanzado sobre la granada. Ojalá no hiciera saltar en pedazos mi futuro.

—¿Cómo? —El mayor tenía los ojos muy abiertos… ¿De sorpresa al verme decir la verdad? Sí, para mí también era un concepto novedoso.

—Con mi camioneta.

—¿Me está diciendo que arrastró seis kilómetros una estatua de setecientos kilos con una camioneta?

—Cinco.

—¿Cómo dice? —Se inclinó hacia delante en la silla.

—Son cinco kilómetros, no seis. —Se hicieron eternos arrastrando la puñetera estatua.

—Entiendo. Y lo hizo con su camioneta.

—Tiene un motor muy potente, señor. Es increíble lo que se puede hacer con un cabrestante y un remolque.

—¿Por qué? —Por el tono de su voz se notaba que sentía curiosidad.

—Nunca he podido decir que no a un desafío, señor. Es uno de mis defectos.

—¿Un desafío? ¿Lo ha hecho por un desafío?

No pude disimular la sonrisa.

—En efecto.

—¿Y los cinturones reflectantes? —Arqueó una ceja con gesto sarcástico.

Pasé el pulgar por la etiqueta con mi apellido en la parte trasera de la gorra.

—Una crítica a la nueva política de uniformes.

Casi sonrió, pero se contuvo a tiempo.

—Un desafío. Entendido. ¿Quién lo ayudó?

La famosa pregunta. No aparté la vista. Apreté los dientes una vez, dos. No, no los delataría. Eso nunca. Pero tampoco podía mentir.

—No me hizo falta ayuda.

Se echó a reír.

—No es posible que lo hicieras solo, hijo. Dígame los nombres de los demás y puede, solo puede, que sigas en la academia.

Y por treinta monedas de plata…

—Yo fui quien enganchó el oso al cabrestante. Yo lo remolqué cinco kilómetros.

Apoyó las palmas de las manos sobre los papeles de mi ficha.

—Y usted, sin ayuda de nadie, levantó una estatua de setecientos kilos en el césped.

Cara de póquer.

—Tengo mucha fuerza, señor.

—Hijo, admiro su lealtad, pero va a tener que empezar a escupir nombres, o las cosas se pondrán muy feas.

—Mi nombre es el único que pienso decir, y no he mentido ni una sola vez.

Así era. Yo enganché el oso, yo desenganché el oso. Yo conduje el Defender. Los demás no hicieron nada en todo ese tiempo. Cerró la carpeta dando un manotazo que hizo saltar en añicos mis sueños.

—Tiene hasta el final del turno para cambiar de idea.

Cuatro años en el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva, la licencia de piloto, las noches interminables estudiando para el examen de aptitud de vuelo, y estaban a punto de expulsarme de la academia por culpa de un puto oso polar. Vale, sí, había sido una tontería, pero, vamos…, ¿por una estatua?

El sol caía de pleno sobre mi uniforme mientras esperaba ante el cuartel a que transcurrieran los cinco últimos minutos antes de presentarme ante el mayor Davidson. Mierda, cuánto deseaba aquellas alas en el pecho. Quería subir a un avión, volar hacia el combate, defender algo más grande que yo. Pero tendría que hacer las maletas antes del fin de semana.

Por primera vez en mi vida me había sentido capaz de algo, de escapar y conseguir mi objetivo. Pero, como siempre, la había cagado. Al fin y al cabo, era mi especialidad.

Se había acabado el tiempo. Saboreé el paseo hasta su despacho y disfruté por última vez de la posibilidad de lo que habría podido ser. Llamé a la puerta.

—Adelante.

Abrí la puerta, decidido. «¿Qué demonios…?». Las sillas del despacho ya estaban ocupadas. «Mierda. No».

—¿Walker? ¿Masters?

Josh hizo un gesto a medio camino entre una sonrisa y una mueca.

—No pensarías que íbamos a dejar que cargaras con todo, ¿verdad?

—Ni hablar. Estamos juntos —añadió Masters. Tenía los nudillos blancos de agarrar la gorra con tanta fuerza.

—¿Cómo lo habéis sabido?

La respuesta la dio el mayor Davidson.

—Sus amigos se presentaron hace una hora. —Nos dio la espalda y se puso a mirar por la ventana—. ¿Qué voy a hacer con ustedes?

Nos quedamos en silencio mientras él pensaba en voz alta.

—Ha faltado al respeto y ha vandalizado una pieza importante de la tradición de Fort Rucker, pero también ha mostrado una gran lealtad hacia sus compañeros. Y ellos se han presentado por voluntad propia, lo cual demuestra una enorme integridad por su parte. ¿Qué voy a hacer?

Se me ocurrieron un millar de respuestas graciosas, pero me contuve. No era el momento de abrir el pico.

El mayor inclinó la cabeza hacia un lado.

—¿Tienen experiencia en trabajo manual, muchachos?

—Sí, señor. Yo me crie construyendo barcos —respondió Masters.

—Sí, señor —dijo Josh.

—Sí, señor —añadí yo.

Si contaba las horas que había invertido en el Defender, en arreglar el palo de hockey o en montar los muebles de Ikea de mi dormitorio, pues sí, tenía experiencia.

—Perfecto. Expiarán su ofensa trabajando.