4 de septiembre
Querido diario:
Ser detective nunca entró en mis planes. Es más, de no haber sido por mi amigo Carlos, jamás se me habría ocurrido dedicarme a los misterios.
Es como si los propios enigmas me buscasen.
Bueno, no solo a mí. He formado parte de un equipo de investigadores que ha resuelto siete casos hasta la fecha, pero no podría hacer nada sin Carlos mi mejor amigo para siempre y Frank El mejor hermano del mundo.
Papá y mamá, sin embargo, creen que puedo apañármelas sola. Tras el séptimo caso resuelto por nuestro equipo, me hicieron las pruebas para saber si tengo altas capacidades y…, por lo visto, resulta que sí.
No sé por qué no se las hicieron a Frank, pero tal vez fuera por lo de la albóndiga que se puso en la nariz (como si fuera un payaso) la mañana de las pruebas.
Después del test de detección de altas capacidades, todo pasó muy rápido.
Un canal de noticias de la tele hizo un reportaje sobre mí y, entonces…, alguien llamó a la puerta.
Era un hombre alto, de aspecto misterioso y perspicaz, que llevaba gabardina como los detectives de las novelas de misterio. Sentí que sus ojos avellana podían atravesarme. Lo que más me gustó de su aspecto fue su sombrero de fieltro sobre el poco pelo gris que le quedaba. Mantenía los labios apretados y se atusaba tanto el bigote que empezó a ponerme nerviosa.
—Señores Thompson —dijo el señor—, he venido por su hija Eliza. Ahí todos alucinamos
—¿Y usted quién es? —preguntó mamá, recelosa.
El hombre se caló el sombrero.
—Todo a su debido tiempo. Digamos que traigo un regalo.
Frank miró fijamente al misterioso recién llegado.
—¡Pues yo no veo ningún regalo! ¡Y tú no te pareces en nada a Papá Noel! —Empezó a palpar los bolsillos del desconocido—. ¡Vacíate los bolsillos! ¡Suelta los regalos!
—¡Frank! —exclamé, avergonzada—. ¡Para!
—¡Compórtate! —le pidió mamá.
Frank sonrió de oreja a oreja.
—¿Dónde está el regalo?
El hombre esbozó una sonrisa paciente.
—Mi obsequio no es nada material, sino abstracto. Mi obsequio es una oportunidad.
—¡Vaya rollo! —se quejó Frank, y le di un codazo. ¡Estaba siendo muy maleducado!
—Por favor —rogó el hombre—, ¿puedo entrar?
Mamá asintió y todos seguimos al señor hasta el salón.
—¿Por qué no se sientan? —dijo el hombre.
No era una pregunta. Era una orden.
—¿Y usted quién es? —volvió a preguntar mamá mientras se sentaba en el sofá y se apretujaba entre papá y yo. Frank, por supuesto, estaba cabeza abajo en el sillón.
—Sin preámbulos, ¿eh? Pues bien, soy el director Machaca, de la Academia Enigma. Y he venido a ofrecerle a Eliza Thompson una plaza en mi centro.
El corazón empezó a latirme a una velocidad de mil pulsaciones por minuto. Y mi reacción instintiva fue decir «no». No, no podía ir a la escuela de ese hombre tan raro. No, no podía dejar a Carlos: este curso íbamos a estar en la misma clase otra vez. No, no podía dejar a Frank, porque mi hermano me necesitaba para hacerle entrar en razón cuando se pasaba de la raya con sus payasadas.
No, no podía dejar la agencia de detectives Las Pistas.
No, no, no…
−¡No! —dije en voz alta sin darme cuenta. Fue casi como la erupción de un volcán. Como si no pudiera controlarme.
El director Machaca asintió con la cabeza.
—Comprendo tu reacción visceral, pero, cuando termine de contároslo todo, es probable que hayas cambiado de opinión.
Papá me miró con empatía. A veces creo que me lee el pensamiento.
—Escuchémoslo, Eliza —dijo, y entonces se volvió hacia el director Machaca—. ¿Qué es la Academia Enigma? Es la primera vez que oigo hablar de ella.
—La Academia Enigma es un centro de alto rendimiento donde formamos a las mentes más brillantes de cada generación. Está repleto de todo tipo de jóvenes extraordinarios que terminan convirtiéndose en grandes figuras de cualquier ámbito que escojan. Mantenemos la máxima exigencia, tenemos a los mejores profesores y —entonces clavó la mirada en mí— un sinfín de enigmas. He oído que te gustan los enigmas.
—No le gustan —dijo Frank—. ¡Le encaaaaaantan!
Asentí.
—La escuela está repleta de enigmas. Para una gran detective como tú, sería el paraíso.
El director Machaca entregó a mis padres un dosier que contenía un folleto, datos, estadísticas y fotografías. Todo tenía una pinta increíble. Los estudiantes se enfrentaban a nuevos retos todos los días.
Me pregunté cómo sería sacarle todo el jugo a mi mente como si afilara un lápiz: no perder nunca el interés y no aburrirme nunca en clase, como suele ocurrirme.
Estaba ante una oportunidad increíble que me permitía alcanzar mi gran sueño: convertirme en la mejor detective del mundo.
Giré una página y vi cómo era el plan de estudios. No iba a tener tiempo para nada más que para estudiar asignaturas alucinantes.
Pero al llegar al final del dosier, todos nos dimos cuenta de que, sí, era muy bonito para ser cierto.
El gran problema iba a ser la matrícula. Tenía un precio exorbitante.
—¡¡Mira cuántos ceros hay detrás de ese cinco!! —exclamó Frank con una sonrisa.
A mamá le cambió la cara al momento.
—No nos lo podemos permitir —susurró.
Cerró el paquete en silencio y se lo devolvió al director. Mi padre le tomó las manos para consolarla. Sus esperanzas (bueno, nuestras esperanzas) se acababan de convertir en cenizas.
Y mis padres… no podían pagar eso.
—No pasa nada —dijo el director Machaca inclinando la cabeza—. A Eliza no le ofrecemos solamente una plaza, sino también una beca.
Miré al hombre, esperanzada.
—¿Una beca? ¿Para mí? Pero ¿por qué?
—¿De verdad no puedes deducirlo? Eres una detective de prestigio internacional, ¿no es así?
Sonreí. Se me volvió a acelerar el corazón, pero de otra manera: me latía con entusiasmo, ambición y ganas.
Y, desde luego, un poco de miedo. Pero, sobre todo, ilusión.
En ese momento supe que no había ningún motivo para rechazar una oportunidad como aquella. Lo único que me echaba para atrás eran las emociones, lo que sentía por Carlos y Frank. Pero desde el punto de vista lógico era un movimiento inteligente.
En realidad, era el único movimiento posible.
—Acepto la beca —le respondí al director Machaca, cuyos ojos brillaron.
—¡Yo también quiero ir! —protestó Frank.
El director Machaca sonrió.
—Aún eres demasiado pequeño. Sigue entrenando tu mente y tal vez volvamos a vernos dentro de unos años. Cuando hayas bordado el test de altas capacidades, por supuesto.
—Por favor —replicó Frank—, podría hacerlo mientras duermo. —Se dejó caer al suelo e imitó un ronquido.

Aunque todo el mundo ya estaba en la academia y había empezado las clases, yo iba a incorporarme una semana más tarde por culpa del papeleo de la beca, el traslado de expediente y esas cosas burocráticas que no le gustan a ningún adulto, así que tuve que decírselo a Carlos enseguida, sobre todo porque no podía mentirle.
Se me da muy pero que muy mal mentir.
Carlos se dio cuenta de inmediato de que le ocultaba algo, porque siempre se da cuenta de esas cosas, aunque intente esconderlas. Así que acabé contándole la visita sorpresa del director Machaca de un tirón y casi sin respirar.
—Lo siento —dije después, mientras notaba que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Qué? ¿Por qué lo sientes? —preguntó Carlos—. Pero ¡si es estupendo para ti!
—¿No estás enfadado porque me voy?
Vaciló.
—No estoy enfadado, solo triste. Te echaré mucho de menos —reconoció Carlos—. Pero ¡seguiremos viéndonos! Volverás a casa en las vacaciones de otoño, las de Acción de Gracias, las de invierno, las de primavera, las de verano… Y me aseguraré de que siempre tengamos misterios que resolver cuando estés aquí. Volveremos a reunirnos pronto.
Lo abracé tan fuerte que se le escapó un grito.
—Pero te han dicho que la academia está llena de enigmas y secretos, ¿eh? —Mi amigo Carlos me dio un codazo en broma—. ¡Ni se te ocurra resolver un misterio sin mí!
—¡Lo mismo te digo! —bromeé a mi vez—. Y no te preocupes: escribiré todo lo que me pase para poder contártelo después.
Y eso es lo que estoy haciendo. Apuntarlo todo. Y he aquí lo que he observado hasta ahora:
1) Al llegar a la academia, me ha impresionado su altura, así como sus gruesas piedras grises y su aire gótico. Y que su interior es como un laberinto de pasillos. Me pregunto si está hecho adrede. Seguro que sí.
2) En mi dosier de bienvenida ponía que compartiré habitación con alguien que se llama Yara Habib. Aún no nos conocemos, y eso que ahora estoy en nuestra habitación, sentada en mi cama, mientras escribo esta entrada en mi diario.
3) En mi horario hay clases con muchos profesores distintos y resulta que conozco a uno de ellos. La asignatura de Historia y Cultura Clásicas la imparte el profesor Phineas Alistair Worthington, que fue uno de los sospechosos cuando Carlos, Frank y yo investigamos quién había robado piezas arqueológicas en una excavación de Grecia. ¡Me pregunto cómo ha terminado dando clases aquí!
4) En el vestíbulo había un lema esculpido en piedra en la pared:
Ver, saber, entender:
abre tu corazón para descender.
No he visto que nadie le prestara ninguna atención, pero yo lo he mirado fijamente un buen rato porque tiene algo que me desconcierta. Hay algo que… No todo es lo que parece.
¡Un momento! El pomo de la puerta está girando… ¡Luego te cuento!
5 de septiembre
Querido diario:
No he tenido tiempo de escribir antes, pero ¡ahora que ya todo se ha calmado es el momento perfecto para ponerte al día!
Si tuve que dejar de escribir tan deprisa fue nada más y nada menos que por la llegada de mi compañera de habitación: Yara Habib.
Será muy fácil vivir con ella después de haber convivido con Frank.
Entró casi sin hacer ni una pizca de ruido, dejó su mochila encima de la cama y me miró unos minutos sin decir nada, por eso me atreví a dar el primer paso:
—¡Hola! Soy Eliza, creo que vamos a ser compañeras de habitación.
Yara se limitó a sonreír y asentir. No sé, acostumbrada a Frank y Carlos, creo que es demasiado tranquila para mí. O quizá oculte algo.
Llevo pensando toooooodo el día en lo que puede ocultar:
Fotocopias de los exámenes para revenderlos en los pasillos a los alumnos que van peor.
Un secreto familiar que no quiere que nadie descubra.
Y, si mi hermano Frank estuviese aquí, diría que esconde una maleta llena de dulces que no va a querer compartir conmigo. Esta es la más probable
Intenté quitarme esas tonterías de la cabeza porque, a ver, las dos empezamos un nuevo curso en la Academia Enigma, seguro que estaba nerviosa y luego se le pasaba.
Fuimos juntas hasta nuestra primera clase. En efecto, la asignatura del profesor Phineas Alistair Worthington.
Y aunque me tranquilizaba pensar que ya conocía a alguien y podríamos sentarnos juntas, resulta que en este colegio cada alumno tiene un asiento asignado por orden alfabético, por eso no me pude sentar al lado de Yara. En su lugar, acabé junto a Chloe Taylor, que es… ¡todo lo contrario a Yara!
No es un problema, porque estaba tan callada que empezaba a preocuparme.
En cuanto me senté, me sonrió de oreja a oreja y se presentó:
—Soy Chloe Taylor, encantada.
—Yo, Eliza Thompson.
—¡No me digas! ¿Eres la detective? —me dijo tapándose la boca con las manos.
—¿Has oído hablar de mí?
—Sí. Bueno… No. En realidad, no. Es que soy espía, ¿sabes? Superespía, para serte sincera. Y antes de empezar el curso investigué a todos los que iban a estar conmigo en clase.
No me lo podía, creer: ¡era una superespía! A Carlos y Frank les habría encantado conocer a una superespía. Seguro que Frank le habría preguntado si tenía artilugios especiales, pero Carlos… Carlos habría adivinado lo que iba a pasar antes de que me lo dijera:
—¡Es broma! ¡Tendrías que haberte visto la cara cuando te lo he dicho! No, no, tranquila. No soy superespía. Solo curiosa. Leí una noticia que hablaba de la agencia Las Pistas y aparecía tu foto.
—Te pega mucho ser espía.
Chloe se atusó la melena rojiza y parpadeó un par de veces, halagada.
—Mi padre dice que soy una gran mentirosa. Yo le doy las gracias siempre, porque llevo practicando desde que aprendí a hablar.
Estaba tan metida en la conversación que casi no me entero de que el profesor Phineas Alistair Worthington había entrado en la clase y se había colocado frente a la pizarra electrónica. Dio un par de toquecitos sobre la superficie de esta y apareció una inmensa presentación. Lo más guay es que el profesor solo tenía que dar órdenes como «Muéstrame la historia de los enigmas», «Ve a la página cinco» o «Lee en voz alta la lección» para que la pizarra hiciera todo lo que le pidiera.
Para ser una clase de Historia y Cultura Clásicas, la verdad es que fue bastante interesante. Descubrí que:
Phineas Alistair Worthington está dando clases como profesor invitado durante este primer semestre, por lo que no lo tendré todo el año. ¡Por suerte!
Hay compañeros que no soportan no llevar la razón. Y uno de ellos es Alejandro de la Vega, que se sienta un par de filas por detrás de mí.
¿Cómo descubrí esto último? Pues porque cuando el profesor lanzó una pregunta acerca de qué civilización fue la primera en mostrar signos de escritura, Alejandro respondió que fue en Mesopotamia, a lo que yo tuve que responder:
—Pero no fue la única. También se dieron en Egipto y China.
El profesor asintió, satisfecho. Alejandro, sin embargo, parecía más enfadado de lo normal. A ver, ¿por qué te ibas a enfadar por una tontería así? ¡Pues para él fue un mundo! Sobre todo cuando el profe dijo:
—Es agradable ver a los dos únicos estudiantes becados tan motivados por aprender.
Yara, que se sentaba en la fila de delante, se dio la vuelta con la boca abierta y me miró alucinada mientras susurraba:
—¿Tienes una beca?
Y a lo mejor parece una tontería, pero para mí conseguir una beca para entrar en esta academia es un orgullo. ¡He entrado por mi inteligencia! ¡Por mi inteligencia! Pero cuando Yara dijo aquello, todas las miradas se posaron en mí. Me agaché sobre el asiento y, aunque no era verdad, me los imaginé a todos susurrando cosas como «bicho raro», «tendrá que demostrar lo que vale» y «si no está a la altura, la expulsarán».
Menos mal que en ese momento el timbre de clase sonó y el tema de mi beca pasó a un segundo plano. Porque aún no me había puesto de pie cuando Alejandro se acercó hasta mí con la cara más roja que un tomate para decirme:
—¿De qué vas? ¡No eres mejor que yo!
Pestañeé un par de veces y me quedé con la boca abierta.
Tendría que haber dicho algo, no sé qué, pero algo.
Chloe bufó al aire y puso los ojos en blanco antes de decirme:
—No le hagas ni caso. Parece ser que sus padres viven en un circo y él vino a la Academia Enigma para huir de ese mundo…
—¿De verdad? —pregunté.
Chloe soltó una carcajada.
—¿Te lo imaginas? Anda, vamos a la cafetería, que estoy muerta de hambre.
Cada vez que me acuerdo, me parto de risa. Chloe es muy divertida, aunque nunca sé cuándo me está diciendo la verdad. Nos fuimos juntas a la cafetería y… ¡jamás adivinarías a quién vi allí!
Uaaaaaah, pero ahora estoy demasiado cansada y Yara lleva un buen rato dormida, así que creo que debería apagar la luz.
Mañana te cuento.