PRÓLOGO
Conocí a Carlos Cenalmor cuando le hice una entrevista sobre burnout para el pódcast del Slow Medicine Institute.
Iba a ser solo una entrevista al uso, como tantas y tantas que he realizado. Sin embargo, acabó siendo mucho más, pues me hizo darme cuenta de que yo misma tenía burnout desde hacía mucho, muchísimo tiempo. En ese momento me sentí un poco tonta, culpable incluso. Yo, que divulgo sobre salud y autocuidado, había caído en el síndrome del trabajador quemado. Antes de la entrevista, pensaba que simplemente estaba sobrecargada con el trabajo y que necesitaba aprender a gestionar mejor mis actividades como autónoma.
Gracias a Carlos descubrí que el burnout es mucho más que «estar un poco sobrecargado de trabajo», «sentir estrés», o, en mi caso, «estar siempre ocupada» y tener una pila de correos y mensajes por contestar. Entendí por qué me había dado un ataque de pánico en un tobogán acuático cuando estaba de vacaciones y supuestamente relajada.
Este libro es muy necesario. Su enfoque global es especialmente de agradecer, porque va mucho más allá de «aprender a gestionar el estrés», algo que suena muy bien, pero que es un brindis al sol cuando se trata de burnout.
El trabajo es mucho más que nuestra forma de ganarnos la vida. Ocupa una gran parte del tiempo que pasamos despiertos. Puede ser la vía para dar salida a nuestra vocación y creatividad. Es el ámbito en el que generamos muchas de nuestras relaciones personales. Pasamos mucho tiempo trabajando. Clásicamente se decía que, de las veinticuatro horas del día, ocho eran para dormir, ocho para trabajar y las otras ocho para el ocio, la familia, el autocuidado... La realidad es que en la sociedad del cansancio y de la autoexplotación a menudo acabamos por dedicarle muchas más horas. En cuanto a energía mental y corporal, a veces el trabajo consume toda la que tenemos disponible.
Pero no es una cuestión solo de horas y de energía. El burnout tiene unas causas profundas que, como nos cuenta el doctor Cenalmor, van mucho más allá de «no saber gestionar el estrés». La personalidad, la autoexigencia, nuestra desconexión del cuerpo y de la naturaleza y otros factores sistémicos y sociales hacen que el burnout sea muy frecuente; tanto que en la población trabajadora es el principal problema de salud. Sin embargo, no se suele diagnosticar.
La falta de diagnóstico puede deberse, en parte, al hecho de que las manifestaciones del burnout sean tan diversas. Desde dolores de cabeza, cuello o espalda, hasta ansiedad y depresión pasando por problemas digestivos, incluidos el SIBO (sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado) o el síndrome del intestino irritable pueden tener su origen en el burnout. La persona afectada irá vagando de una consulta a otra y recibiendo parches para cada uno de esos problemas sin que nunca se llegue al origen de sus males.
Para solucionar el burnout en lo individual o incluso en el ámbito social, lo primero es conocerlo, saber por qué se produce y ser conscientes del enorme problemón que tenemos entre manos. Una vez hayamos tomado conciencia de la magnitud del burnout como problema silencioso y no reconocido, podremos plantear soluciones. Las descubrirás en este libro. Estas necesariamente pasan por otorgar herramientas a la persona quemada, pero no es suficiente. Proponer soluciones simplistas únicas como meditar o hacer ejercicio se queda muy corto para conseguir la sanación del burnout. Es más, incluso puede hacer que la persona quemada se sienta culpable: «Si me estoy cuidando, ¿por qué sigo mal?».
Esto sucede porque, de la misma manera que un probiótico por sí mismo no solucionará una disbiosis cuyas causas son unos hábitos inadecuados, o que un antidepresivo no resolverá los verdaderos motivos de una depresión, tampoco un parche para «manejar mejor el estrés» actuará sobre las causas profundas del burnout.
Por supuesto que meditar o hacer ejercicio ayudarán al bienestar integral de la persona, pero se debe ir mucho más allá. Porque, como dice Carlos Cenalmor en este libro, estamos desconectados. De nosotros mismos, de los demás, de la vida, de la naturaleza, de nuestro propósito.
Te doy las gracias, Carlos, por escribir este libro. Ojalá que muchas personas lo lean y descubran lo que les pasa, y que recorran de tu mano el camino para conectarse de nuevo a la vida, al verano eterno, a la felicidad y al bienestar.
SARI ARPONEN
TEST DE BURNOUT
y mi e-mail diario
Cada día, envío un e-mail gratuito a mi comunidad. Es un mensaje breve —3 minutos de lectura— en el que te voy transmitiendo herramientas, reflexiones e historias inspiradoras, para ayudarte a vivir con más equilibrio entre la vida personal y profesional. Al escribir estas palabras hay ya más de 10.000 personas recibiendo este correo diario.
Y tú puedes ser una más simplemente abriendo este QR o copiando el enlace que hay debajo en tu navegador.
Además, cuando te suscribes te envío mi test de burnout para que puedas saber cómo están tus niveles de estrés laboral o de riesgo de burnout.
Puede ser un gran punto de partida para leer este libro.

https://carloscenalmor.com/test-libro
1
El verano eterno
¿Recuerdas cómo te sentías en tus veranos de la infancia? Esa sensación de paz, de ligereza, ese disfrutar del juego y de la vida sin preocupaciones... De niños, esos tres meses nos parecían toda una vida, una eternidad.
Este recuerdo ha marcado los últimos años de mi vida, en los que muchas veces me he hecho esta pregunta: ¿Por qué no podemos volver a sentir aquello? No hablo de dejar atrás nuestras responsabilidades o los retos del día a día de manera radical, no creo que sea necesario. La cuestión es otra. Si lo piensas, ahora somos adultos libres y tenemos el control sobre nuestra vida. Entonces, ¿por qué nos esforzamos tanto en construir vidas llenas de agobio, tensión y estrés? ¿Por qué vamos con la lengua fuera a todos lados en una carrera que nunca acaba? ¿Y por qué la propia sociedad o nuestros entornos laborales nos llevan a la hiperactividad, al cansancio y a la desconexión de nuestros hábitos más naturales? A pesar de llevar toda una vida dedicada a entender la mente humana, no tengo una respuesta clara para estas preguntas. Pero sí creo haber encontrado algo importante: el camino de vuelta al «verano eterno», a una vida en la que puedas volver a sentirte conectado, en paz y libre a diario. Y eso es lo que quiero compartir en este libro.
Te invito a traer a tu memoria esas imágenes de los veranos de cuando eras un niño, esa sensación de libertad, amplitud y conexión. Volveremos a ellas pronto.
Ahora piensa en cómo es tu vida en este momento. Si tienes este libro entre las manos, probablemente el estrés está presente en ella. Seguramente el trabajo te absorbe y se lleva lo mejor de ti, hasta el punto de que apenas te deja tiempo o energías para nada más. Y, sin embargo, es muy probable que lo que haces te encante o incluso que sea tu vocación. O te encantaba... hasta que el nivel de estrés empezó a ser tan alto que perdiste la conexión y el disfrute por tu trabajo, y los resultados que antes eran muy importantes para ti, poco a poco han empezado a darte igual.
Sientes que algo no encaja, que tu cuerpo y tu mente están sufriendo. Te despiertas una o varias veces en mitad de la noche dándole vueltas a la cabeza. El agotamiento va ganando terreno. Te cuesta concentrarte como antes e incluso tienes fallos de memoria que te extrañan. Todos estos factores han provocado que seas menos eficaz en el trabajo y que tengas que esforzarte más aún. Pero, a pesar de ese esfuerzo extra, dudas más que nunca de ti mismo, de tus capacidades y de tu valor en la empresa o en tu negocio. Nunca te ha costado tanto tomar decisiones e incluso te planteas que no eres tan bueno como la gente piensa, que todo ha sido cuestión de suerte.
En estas circunstancias, es posible que tu vida personal también se esté resintiendo. Llegas a casa más cansado e irritado y el estrés acaba descargándose contra quienes más quieres y menos se lo merecen. Tus hijos te echan de menos, extrañan al padre o a la madre que antes eras y que ya apenas está en casa, ya sea física o mentalmente. Las responsabilidades externas al trabajo se acumulan y cargas con ellas como una losa pesadísima que no sabes cuándo vas a poder gestionar. Tu cuerpo ha empezado a sufrir achaques que el paso de los años no es capaz de explicar: problemas de digestión, lesiones o contracturas musculares, un sistema inmune debilitado, que te lleva a ser presa de la gripe más leve, picores y erupciones de la piel, problemas de tiroides, autoinmunes...
Quizá identifiques algunas de estas situaciones, o todas... Si las puedo describir con detalle no es tan solo por haberlas estudiado mucho, sino porque yo mismo las he vivido. Se trata del síndrome de burnout, la pandemia silenciosa del siglo XXI, y es la consecuencia que tiene en nosotros el estrés excesivo que soportamos día a día, y que finalmente nos acaba llevando a la enfermedad. Y a cosas peores que la enfermedad. El burnout (también llamado síndrome de desgaste profesional o síndrome del trabajador quemado) se relaciona sobre todo con el estrés laboral; sin embargo, mi experiencia me ha mostrado que cualquier tipo de estrés por exceso de actividad puede quemarte. Hablaremos de esto con más calma en otros capítulos.
Un porcentaje importante de la gente sufre burnout, aunque pocos saben lo que les pasa. Incluso si conoces el término, seguramente no entiendas la gravedad y la profundidad que tiene. Aunque ya ha pasado casi medio siglo desde que Herbert Freudenberger y Christina Maslach definieron el burnout, la realidad es que, durante mucho tiempo, se le ha dado poca importancia, considerándolo como una reacción inusual al estrés laboral más que como una enfermedad con todas las letras. Sin embargo, eso está cambiando. Mientras los estudios y las estadísticas alarmantes aumentan, también la OMS (Organización Mundial de la Salud) lo reconoce como un problema de salud.
No es fácil saber qué tanto por ciento de la población en edad laboral sufre burnout de forma más o menos grave, porque los datos varían bastante por países y según los estudios, pero un porcentaje bastante sensato —incluso conservador— sería un 30 por ciento. En medicina, estos números relacionados con cualquier problema de salud son una auténtica barbaridad, y lo seguirían siendo aunque fueran la mitad o un tercio de la cifra mencionada. Pero es que, además, el problema empeora cada año: en 2023, España batió su récord en bajas laborales vinculadas a problemas de salud mental, un 13,6 por ciento más que el año anterior y el doble que siete años antes. Por otro lado, se sabe que los problemas de salud mental cuestan a la economía mundial entre el 1 y el 3 por ciento del producto interior bruto, una cantidad ingente de dinero, suficiente para resolver muchos problemas de nuestro mundo, de la que se estima que una parte muy significativa se deriva a cuestiones relacionadas con el estrés laboral (podría estar cerca de la mitad).
Y esto es solo la punta del iceberg, porque el estrés laboral y el burnout provocan muchas otras enfermedades cuando se agravan. Sobre todo, hace que perdamos calidad de vida y nos incapacita para disfrutar de nuestro día a día y para conectar con todo lo que vivimos.
Insisto: estamos ante una pandemia de proporciones enormes y aún no nos lo tomamos lo suficientemente en serio. En gran parte es así porque normalizamos vivir estresados y sin tener tiempo para nada. Asumimos que no hay otro estilo de vida posible y pensamos que quejarse por ello es de vagos o débiles. Ya sea que el estrés te lo cause el trabajo u otras tareas no remuneradas (tu cuerpo y tu mente no distinguen de dónde viene el estrés), cuando estás en tensión demasiado tiempo, acabas sufriendo burnout. Y este libro pretende ayudarte a evitarlo, en el trabajo principalmente, pero también en los demás ámbitos de tu vida.
Otra manera frecuente de menospreciar el problema es pensar: «Mi problema es mi jefe/mi empresa/mi sector... En cuanto cambie de trabajo, dejaré de tener burnout». Aunque esto sea una posibilidad, he visto a muchas personas ir saltando de empresa en empresa, de jefe en jefe o incluso de sector en sector, y sufrir burnout tras cada cambio. Porque, muchas veces, el problema lo llevamos con nosotros. De hecho, tan solo una de cada diez personas a las que he ayudado a salir del burnout han necesitado cambiar de trabajo.
A lo largo del libro, iré explicándote todo esto poco a poco y dándote mis mejores herramientas para solucionarlo. Para empezar, poniendo el listón bien alto, te voy a contar cómo fue mi historia con el burnout, quizá así evites repetir los mismos errores que yo cometí.
Burnout en la pandemia
En el año 2020, el COVID-19 y mis propias decisiones equivocadas, me llevaron a sufrir todos y cada uno de los síntomas de los que te hablado más arriba. Aunque es cierto que no eran del todo desconocidos para mí. Por si aún no me tienes bien ubicado, mi nombre es Carlos Cenalmor y soy médico, psiquiatra y psicoterapeuta. Es decir, soy médico especialista en la mente, en concreto, en ayudar a las personas a salir del estrés laboral y del burnout. Aunque soy psiquiatra, mi enfoque es que los problemas de salud mental no se solucionan solo con pastillas. De hecho, intento recurrir a la medicación lo menos posible y siempre busco resolver los problemas desde un punto de vista integral: cuerpo, mente y espíritu. Las tres dimensiones de la vida de las personas y las tres dimensiones a las que afecta el burnout.
Pero retomando el relato, la pandemia me llevó a mi tercera y última crisis. En aquella época, como buen madrileño soltero de treinta años, compartía piso con unos amigos cerca del centro de Madrid. Tenía mi propia consulta, donde ejercía mi profesión, y las cosas me empezaban a ir muy bien. Tan bien que el exceso de trabajo comenzó a arrollarme. No sabía gestionar la cantidad de pacientes que me llegaban, ni organizar mis tiempos para mantener unos hábitos saludables; tampoco valoraba lo suficiente lo que hacía. Por no mencionar las cuestiones legales y administrativas extra que tenemos que gestionar los autónomos. Había estado trabajando hasta hacía poco en un gran hospital, donde ya había sufrido el burnout propio de los trabajos en grandes organizaciones: sobrecarga de tareas, frustración por la falta de tiempo o de recursos, conflictos con el equipo y con los jefes, guardias de veinticuatro horas sin dormir... y muchas otras cosas... Por ello, había decidido salir de allí y empezar a trabajar en el sector privado, para conseguir una mejor calidad de vida y disponer de la libertad de ayudar a mis pacientes con el tiempo y el mimo que consideraba necesarios.
Al principio, mi aventura como psiquiatra autónomo estuvo llena de ilusión y ganas, pero el trabajo empezó a aumentar. Entonces llegó el confinamiento y, como el resto de los mortales, acabé encerrado en mi casa. Como no conocía bien el funcionamiento de mi cuerpo, pensaba que estar metido en casa me iba a generar, como mucho, algo de agobio, pero nada más, así que tomé una decisión muy equivocada: dedicarme más intensamente que nunca al trabajo. «Total —pensé— no tengo mucho más que hacer». Pero el estrés que arrastraba de mi etapa en la sanidad pública, unido al que estaba sintiendo como autónomo, que empeoró con esa decisión, acabó dando la cara.
Empecé a sentirme cada vez más cansado. La agilidad mental que me caracterizaba se esfumó y me costaba mantener la atención en mis pacientes cuando tenía sesiones online con ellos. A pesar del agotamiento, dormía peor: me costaba dormirme porque le daba vueltas a la cabeza y me ponía cada vez más nervioso; y, cuando al fin lo conseguía, me despertaba a las cuatro o cinco horas pensando en las cosas que tenía que hacer. A veces me autorrecetaba pastillas para el sueño, para lograr alguna noche de descanso más prolongado. Pese a todas estas señales y pese a ser psiquiatra, no me daba cuenta de que el problema lo estaba generando yo mismo, porque me había marcado unas metas de trabajo que no eran realistas y no estaba dispuesto a escuchar lo que mi cuerpo y mi mente me estaban diciendo. Finalmente, llegó la verdadera crisis.
Un día me desperté con un dolor en la espalda desconocido para mí que me bajaba por la pierna izquierda. A los pocos días, apenas podía caminar: resultó ser una hernia lumbar que me dejó paralizado justo cuando podíamos empezar a salir a la calle o al campo, y cuando lo necesitaba más que nunca. Mi estado de ánimo tampoco era bueno y la sensación de sentido y de propósito que siempre había caracterizado mi vida había desaparecido. No te diré que el trabajo me dejó de llenar, pero sí que lo hacía mucho menos que antes. Tenía una incómoda sensación de desilusión y vacío que no sabía cómo solucionar. De hecho, hubo momentos en los que me planteé si la vida tenía sentido, si merecía la pena..., pues vivir me exigía demasiado esfuerzo y me devolvía demasiado poco. Una parte de mí sabía que todo aquello tenía que ser pasajero, pero otra no lo tenía tan claro. Mucha gente con burnout acaba teniendo este tipo de ideas, incluso hay quien llega a desear la muerte.
Renacer
Yo había hecho mucho trabajo personal de psicoterapia y de aprendizaje en mi vida y aun así nada me libró de esa crisis. Y ahora solo puedo sentir gratitud por ello. Tenía que llegar al fondo de ese pozo para aprender cosas que ni el mejor psicoterapeuta me hubiese podido enseñar. Y también tenía que aprender lo que era el burnout para ponerle nombre y ayudar a otras personas con este problema; al principio, a profesionales sanitarios quemados tras la pandemia, y luego, a todo tipo de personas.
Debido a mi lesión, comencé a hacer más deporte y a entrenar fuerza, algo que nunca había hecho antes, y entendí los beneficios que tiene de una forma mucho más personal que lo que había leído en los libros de medicina. También volví a conectar más con mi cuerpo, a escuchar su lenguaje: me di cuenta de que, si me pasaba trabajando, el estrés me hablaba en un idioma característico que podía identificar antes de encontrarme peor. Esto resultó ser una habilidad fundamental para no recaer. Por otro lado, y sospecho que fruto de esa mayor conexión conmigo mismo, empecé a valorar más y más el contacto con la naturaleza, especialmente con la montaña, algo que siempre había estado en mi vida y que en ese momento se transformó en una necesidad. Fue entonces cuando me planteé seriamente que quizá Madrid ya no era mi lugar. No soportaba el exceso de ruido y la contaminación, la oscuridad plana del asfalto o la obligación de vivir hacinados en pequeños pisos, como si no hubiera espacio de sobra en el mundo que nos rodea. Además, la saturación mental y social constantes ataban mi vida y sabía que me estaban impidiendo evolucionar. Cada vez que salía de Madrid y veía otros entornos, más incómodo y enfadado me sentía con la ciudad.
Finalmente, cuando ya había dejado bien atrás el burnout, decidí dar el paso y mudarme. Lo había ido preparando todo durante meses, transicionando mi consulta a un servicio online, así que sabía que podía irme a donde yo quisiera. Mi pensamiento entonces fue: «¿Cuál es el lugar de mis sueños?», y la verdad es que no tenía la respuesta. Tuve que salir en su búsqueda, hasta que finalmente encontré un sitio que tenía muchas papeletas (o quizá él me encontró a mí, no lo sé): el valle de Benasque, en los Pirineos aragoneses, donde están los picos más altos y salvajes de la cordillera más imponente de España. Desde ahí escribo ahora estas líneas.
Pasé de vivir en el centro económico, político y social de mi país a vivir en un pueblo de montaña en medio de un valle aislado. Tanto que la carretera de acceso, que daba miedo, era célebre por sus curvas cerradas y su estrechez. Mucha gente pensó que me había vuelto loco: era evidente que en la ciudad me iba bien y parecía que me iba a ir cada vez mejor. Pero para mí eso no significaba nada. Yo me veía atrapado en una vida que, simplemente, no era la que yo quería.
Así que acabé en un lugar al que solo vienen a vivir los fanáticos de la montaña y los guías que trabajan en ella, y algunos teletrabajadores locos, como fue mi caso. Me instalé en un piso con terraza, vistas a la montaña y chimenea que me costaba lo mismo que mi habitación en Madrid. Un espacio en el que me sentía realmente cómodo y seguro para dar los siguientes pasos en mi vida. Y lo más importante: pasé de la saturación de estímulos y de gente al espacio mental y a la sencillez. De la ciudad a la naturaleza.
Pero no te voy a engañar: no siempre ha sido fácil estar aquí. Aunque no lo parezca, soy una persona muy sociable y la soledad me ha acompañado mucho estos años. Pero eso me ha servido para valorar mucho más los contactos con mis seres queridos, que ahora son menos frecuentes, pero de más calidad. En lo que respecta al trabajo, tampoco fue fácil. Pese a haberlo preparado todo, a los pocos meses de llegar aquí estaba casi en números rojos, tenía poco dinero..., pero me sentía más libre que nunca, con un paraíso entero de montañas y naturaleza para mí. Y tenía tiempo para disfrutarlo. Curiosamente, de ese espacio vital y mental, de ese paso atrás y ese aire nuevo, salió mi proyecto online en torno al burnout laboral que me ha llevado en poco tiempo a crecer más en lo profesional de lo que había imaginado.
Mi día a día aquí no es tan diferente del tuyo: sigo siendo un trabajador más de la era digital, con su portátil, su móvil y su lista de tareas infinita que nunca acaba. Sigo teniendo momentos puntuales de estrés por exceso de trabajo que no puedo evitar cuando se me acumulan demasiadas cosas. Pero lo que ha cambiado es cómo me conozco a mí mismo, cómo trato mi cuerpo y cómo tengo de claro que la vida va primero, antes que el trabajo. Porque este es una parte de mi vida, no al revés. Y esto lo digo sabiendo que mi trabajo es una de mis grandes pasiones, a veces hasta la principal. Pero eso no ha hecho que deje de cuidarme de diferentes maneras ni de vivir ni una sola semana de mi vida desde que estoy aquí.
Lo que me han enseñado estos valles es parte de lo que te quiero contar en este libro unido a mi propia experiencia, a mis conocimientos sobre la mente y a lo aprendido de las cientos de personas a las que he atendido y escuchado en su camino para dejar atrás el estrés laboral y el burnout. Sé que todo lo que yo he aplicado a mi vida lo puedes aplicar tú a la tuya, y sin necesidad de mudarte a las montañas o de cambiar dramáticamente de vida. Porque lo importante está en el día a día.
Uno de los frutos de todos esos aprendizajes fue la creación de mi método CIMA para salir del burnout y del estrés. Lo llamo así porque es un camino de ascenso a la mejor etapa de tu vida, tengas la edad que tengas. Este método me ha permitido ayudar a muchas personas de manera sistemática y a la vez personalizada. Muchos de los que han realizado el programa habían probado ya la medicación, la psicoterapia tradicional y el coaching, habían leído libros de autoayuda y probado terapias alternativas..., pero solo esto consiguió ayudarles. ¿Por qué? Porque es un método integral, que atiende a todas las dimensiones de la vida de la persona y se centra de forma específica en el estrés laboral y el burnout. Nadie ha creado, hasta la fecha, nada parecido.
Es imposible transmitir en un libro todas las vivencias y conocimientos que ofrezco en un programa de tres meses de duración como CIMA, pero trataré de compartir en estas páginas la esencia de este método. Guárdalo como un tesoro y ponlo en práctica lo antes posible para beneficiarte ya mismo de él.
A la caza del verano eterno
Uno de los seguimientos científicos más fascinantes que se han realizado nunca es el «Estudio sobre el Desarrollo Adulto» de la Universidad de Harvard, que comenzó en 1938. Ese año entrevistaron a un grupo grande de adolescentes de diferentes clases sociales, a los que fueron reevaluando durante más de ochenta años. Este estudio nos ha regalado una información muy valiosa sobre los factores que contribuyen a una vida plena y feliz.
Hace poco, se reveló uno de los datos más impactantes: que la mayor causa de arrepentimiento de los hombres en sus últimos años de vida era haber dedicado demasiado tiempo al trabajo. Eso los había llevado a perder conexión con otras áreas de su vida, especialmente con sus seres queridos.
En cuanto a las mujeres, su principal motivo de arrepentimiento era no haber sido fieles a sí mismas y haber tomado sus decisiones pensando demasiado en lo que los demás iban a opinar sobre ellas, incluidas sus familias. Hay que tener en cuenta que vivieron en una época en la que la mujer apenas trabajaba fuera del hogar. No me sorprendería que, si el estudio se repite con las generaciones actuales, los patrones de arrepentimiento entre hombres y mujeres se parecieran mucho más.
Alguien a quien estaba ayudando a salir del burnout a través de mi programa me dijo estas palabras: «Me doy cuenta de que he dejado pasar los años sin disfrutar de la vida y del mundo. Quiero volver a viajar. Antes me encantaba. El mundo está ahí y no me lo quiero perder». Si hay algo doloroso en el burnout es justo eso: que te hace perderte la vida. No solo porque el trabajo absorba tu tiempo o tu energía, sino porque el estrés nos lleva neurológica y espiritualmente a vivir desconectados de lo que nos rodea. He conocido a muchas personas con mucho dinero, pero totalmente incapacitadas para disfrutarlo. Porque su mente y su cuerpo estaban quemados y, por tanto, perdida su capacidad de disfrute.
Por otro lado, tampoco tiene mucho sentido que dediquemos casi un tercio de nuestra vida a trabajar y que no disfrutemos de ello. El otro día, un amigo que había estado de baja tres meses por una operación de rodilla me soltó la siguiente frase: «No puede ser que estar lisiado en tu casa sin poder moverte sea mejor que ir a trabajar. Algo estamos haciendo mal como sociedad».
Para mí, vivir en ese verano eterno del que te hablaba en las primeras líneas es volver a vivir conectados. Con todos los aspectos de nuestra vida, lo cual incluye el trabajo. Es recuperar el equilibrio que permite que esas sensaciones de conexión, de paz y de disfrute de nuestra infancia, esas que sentíamos en los veranos que no parecían acabar nunca, se reactiven dentro de nosotros. Y para lograrlo es fundamental volver a escuchar la naturaleza de nuestra especie, algo que hemos dejado de hacer, especialmente en el último siglo.
Esa conexión está dentro de ti. El verano eterno está a tan solo un paso de distancia.
A tan solo unas páginas.
Comencemos la aventura.
Me fui a los bosques porque quería vivir de verdad. Desde lo más esencial de la vida, y ver si podía aprender lo que ella me tenía que enseñar. Quise vivir intensamente y abandonar todo lo que no era vida… para no darme cuenta, en el momento de mi muerte, que no había vivido.
H. D. THOREAU, Walden
2
¿Qué es burnout?
«Me dedico a ayudar a las personas a salir del burnout». «Ah ¿y eso qué es? No lo había escuchado nunca».
Si me dieran un euro por cada vez que he tenido esta conversación, podría comprarme mi propia montaña.
Poca gente sabe lo que es el burnout o síndrome del trabajador quemado. La mayoría lo confunde con estar estresado o saturado. Hay quien ni siquiera ha escuchado nunca el término. Incluso si crees que sabes lo que es..., créeme: no lo sabes.
Padecer burnout no significa simplemente pasar por una etapa de estrés alto y de cansancio o estar harto de tu trabajo. Supone la destrucción de tu cuerpo, de tu mente y de tu espíritu. Una destrucción lenta... pero firme. Una destrucción que deberías intentar evitar a toda costa. Y si ya estás dentro, deberías poner toda tu energía para salir de ahí.
Por suerte, estás a punto de dar los primeros pasos en la dirección correcta.
Lo que dice la OMS
Lo primero que conviene destacar es que el burnout está incluido en la undécima edición de la Clasificación Internacional de las Enfermedades (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud. Aunque lleva ya muchos años en la lista, fue hace muy poco, en el 2022, cuando realmente se le prestó verdadera atención. Esto explica que, incluso entre los profesionales de la salud, se conozca y se entienda tan poco. Sin embargo, estamos viendo un aumento cada vez más rápido de la presencia de este término tanto en las políticas de prevención de riesgos laborales de empresas y gobiernos como en las búsquedas de Google y redes sociales. A la gente le preocupa y le interesa. Sienten que hay algo importante detrás de esa palabra. Y, sin duda, así es.
Porque —y aquí llega lo segundo a destacar— la principal causa del burnout es el estrés crónico, algo que la población mundial está padeciendo cada vez más. Básicamente, cuanto más estresado estés, tanto en intensidad como en tiempo, más riesgo tienes de sufrir burnout. Pero vayamos con calma.
La OMS define el burnout o síndrome de desgaste profesional como «el resultado del estrés crónico en el lugar de trabajo que no se ha manejado con éxito».
Según esta definición, el burnout es una consecuencia del estrés crónico, es decir, el burnout no es el estrés en sí mismo. Es algo diferente y muy peligroso.
Por otro lado, afirma que el origen de ese estrés crónico es el trabajo. El trabajo ocupa una parte muy importante de nuestra vida, en torno al 25 por ciento del tiempo que pasamos despiertos; de algunos, bastante más. Además, no es raro que sigamos pensando en él terminada la jornada laboral. Por este motivo, sabemos que es una de las principales causas de estrés en la humanidad. Además, nuestra mente relaciona el trabajo con la supervivencia de forma directa —conseguir dinero, comida, un techo y el respeto de nuestros semejantes—, lo que intensifica aún más la ansiedad que nos genera.
Pero te diré algo: a nuestra mente no le importa el origen de nuestro estrés. Hay actividades que estresan igual que el trabajo, pero que no están consideradas como tal por una cuestión cultural. Por ejemplo, el cuidado del hogar, de los hijos, de personas mayores, colaborar en una ONG... Si has sido padre o madre, no hace falta que te explique la carga extra que esto supone. De hecho, muchas personas que me piden ayuda para salir del burnout lo hacen poco tiempo después de haber tenido su primer o segundo hijo. La suma de todos los estreses de tu vida es la que te lleva al burnout, aunque es cierto que lo más habitual es que el trabajo sea la principal fuente.
Por último, la OMS nos dice que el burnout se da porque el estrés no ha sido manejado con éxito. Ojo. Esta parte de la definición es la que me parece más errónea, o, más bien, peligrosa, pues asume que el problema es de la persona al cien por cien, que no ha sabido gestionar bien ese estrés crónico que ha aparecido por arte de magia. Es decir que, si trabajas en un ambiente tóxico, con mucha presión y acabas con burnout... el problema es que tú no tenías las herramientas o la madurez suficiente para gestionarlo. Este pensamiento provoca que muchas de las personas con las que trabajo, además de burnout, carguen con el peso de la culpa y la vergüenza por creer que no han sido lo suficientemente fuertes y que por eso han acabado quemadas. Sienten que ellas son el problema y que son bichos raros. Por eso, una de las herramientas que utilizamos en mi equipo para ayudar a la gente con burnout es ponerla en contacto con otras personas en la misma situación: así les hacemos ver que lo que les pasa no es tan raro, y empieza la recuperación.
Con esta parte de su definición, la OMS quita el foco de lo externo, de lo ambiental, cuando la realidad es que hay ambientes o ritmos de trabajo que son imposibles de sobrellevar. No hay manera de gestionar con éxito el estrés crónico. La única forma sana de hacerlo es evitarlo. Punto.
Así que el primer mensaje que te quiero enviar es que, si sufres síntomas de burnout, no pienses que eres raro o que estás enferma. Simplemente, tu cuerpo está reaccionando de una manera muy lógica a un estilo de vida y a un modo de trabajar que no es nada lógico, sino antinatural.
¿Qué siente alguien con burnout? Los síntomas
Te voy a explicar ahora cómo vive alguien con burnout, lo que experimentan las personas que lo tienen. Quizá tú. Para ello, me apoyaré en lo que los investigadores han descrito sobre el burnout hasta la fecha, pero centrándome en lo que sé que es más importante y frecuente tras haber tratado a cientos de personas con este problema. No encontrarás estas descripciones en ningún otro sitio.
• Agotamiento físico. El estrés empieza a minar tu cuerpo. Te despiertas cada vez más cansado, con menos fuerza para afrontar el día, lleno de trabajo y de responsabilidades. Tu estado de ánimo va a peor y tu motivación, también. Va pasando el tiempo, el estrés continúa y comienzan a aflorar diferentes problemas de salud. Llegados a este punto, he visto de todo: problemas digestivos, desde digestiones pesadas con alteración de la microbiota hasta enfermedades digestivas autoinmunes pasando por colon irritable; infecciones recurrentes; las lesiones deportivas y físicas se hacen más frecuentes, como ciáticas o hernias lumbares (esto me pasó a mí); contracturas musculares; dolores de cabeza inexplicables, vértigos; caída del pelo y calvas; eccemas y problemas en la piel que van y vienen; enfermedades autoinmunes, como la psoriasis; mayor riesgo de cáncer; aumento de la tensión arterial, problemas de corazón, infartos...
Como ya he dicho, he visto muchos casos así. Más adelante entenderás que el burnout va destruyendo poco a poco todos los sistemas de nuestro cuerpo.
Cuando yo era residente de psiquiatría, el antiguo jefe de mi madre falleció por un burnout grave y los consecuentes problemas físicos asociados. Llevaba toda la vida trabajando muy duro, estresado e irritado, pero con la mente puesta en la jubilación, para la que tenía ingentes cantidades de dinero ahorradas. Pero dos o tres años antes de jubilarse falleció de un infarto, consecuencia de un proceso de burnout crónico. Como ves, el burnout no es ninguna broma.
• Agotamiento mental. No solo tu cuerpo se va erosionando..., tu cerebro también. Las personas con burnout son conscientes de cómo van perdiendo su capacidad de atención y de focalización, de cómo tareas que antes hacían rápido y sin mucho esfuerzo, les suponen un enorme desgaste de energía por lo difícil que les resulta concentrarse. Esto las lleva además a procrastinar y a posponer el trabajo, que se va acumulando sin piedad. También se suelen asociar al burnout la pérdida de memoria, los lapsus mentales frecuentes y, en general, una sensación de procesamiento mental lento, que, aunque al principio se da en las últimas horas del día, con el tiempo va colonizando toda la jornada. He llegado a tratar a personas con pérdidas de memoria de meses, poca broma.
La calidad del sueño también empeora y aparece el insomnio. Te despiertas de madrugada, o antes de tiempo, o simplemente no duermes profundamente. Entras entonces en una espiral de agotamiento: estás agotado mental y físicamente durante el día, pero por la noche no recuperas, por lo que al día siguiente tampoco eres eficaz y terminas más estresado aún por no haber cumplido tus objetivos. Te acuestas entonces con ese estrés extra y duermes peor aún. De esta manera, vas descendiendo poco a poco al fondo del pozo.
Finalmente, nuestro estado de ánimo se va resintiendo: estamos tristes, apagados, desmotivados y no es raro que aparezca la ansiedad o incluso que se desencadene una depresión. Por supuesto, es muy común que haya nerviosismo y sensación de estrés, pero hay personas que, por algún motivo, no presentan este síntoma, por eso lo he dejado para el final.
Mi mayor crisis de burnout se dio durante la pandemia de COVID, como ya he mencionado en el primer capítulo, cuando decidí dedicar al trabajo más tiempo del que era razonable. Acabé con claros síntomas depresivos. Estaba agotado mentalmente, desmotivado, y la vida se me hacía muy pesada. Estaba tan exhausto que atender a mis pacientes por la tarde sin dormirme resultaba todo un reto. Durante las vacaciones, pasé unos días en Galicia con mis padres y mi madre me decía que me veía muy apagado. Y lo estaba, sin duda alguna, mucho más de lo que yo quería admitir. Esos días en la costa fueron muy sanadores y supusieron el inicio de mi cambio definitivo.
• Desconexión emocional o despersonalización. Este es uno de los síntomas más específicos del burnout. En medicina decimos que un síntoma es específico cuando te ayuda a distinguir una enfermedad de otras muy parecidas. Y eso es lo que sucede con la desconexión emocional del trabajo. Dejas de sentir interés por lo que haces, por esas tareas que antes te suponían un reto motivador, por los resultados. De pronto, te dan igual. En lenguaje coloquial, estás quemado, has perdido la motivación. Dejas de arrimar el hombro y de creer en los valores o en la empresa y caes en el cinismo. Este término se usa para describir la actitud de aquellas personas que sienten que están de vuelta de todo y que se ríen de la ilusión y la entrega de los novatos. Cuando dices para tus adentros: «qué iluso, ya escarmentará este y verá las cosas como yo». Han perdido cualquier ápice de idealismo o ilusión y aquellos a quienes antes deseaban ayudar —clientes, pacientes, alumnos— se convierten en su peor enemigo. Su mayor problema. Así, su objetivo es que les molesten lo menos posible y no es raro que se muestren irritables con ellos. Puede incluso que se lleven esa irritabilidad a casa y la vuelquen contra los suyos. Este era el principal problema de un directivo con burnout al que ayudamos hace poco.
Es importante que sepas que la desconexión emocional no solo afecta a la vida laboral, sino también a otros ámbitos. Tal vez empieces a sentir que las cosas de las que antes disfrutabas ahora no te saben a nada. No eres capaz de conectar. Ni con tu serie favorita, ni con tus ratos de relax (que se ven invadidos por rumiaciones sobre el trabajo), ni con tus seres queridos. De hecho, dejas de generar recuerdos de momentos que quizá son importantes. Uno de los primeros usuarios de mi programa para el burnout, un comercial de alto nivel, me contó sorprendido que estaba disfrutando de una serie que ya había visto en su etapa de mayor estrés... y de la que no recordaba prácticamente de nada.
Con la desconexión emocional perdemos uno de los bienes más valiosos de nuestra vida, aunque no seamos conscientes de ello: la capacidad de experimentar de verdad lo que vivimos.
Los mejores ejemplos que he visto de despersonalización se han dado sin duda en mi propio sector, el sanitario. Cuando trabajaba en un gran hospital en Madrid y era un médico joven deseoso de cambiar la vida de las personas, observaba a mis mayores y veía en ellos una irritación constante, una gran habilidad para escaquearse e incluso un trato agresivo o una manera despectiva de hablar a los pacientes. Entonces me preguntaba si yo acabaría así. Como ya te he contado, unos años después dejé la sanidad pública. Empecé a sentir parte de todo aquello que había jurado evitar y me dio miedo. Pero las emociones no se deciden..., llegan para avisarnos. Así que irme fue el único camino que encontré para, efectivamente, no acabar siendo un cínico dentro de un sistema que nos maltrataba cada día de mil maneras distintas.
• Desconexión espiritual. Finalmente llegamos al nivel más profundo del burnout: su capacidad de enfermar hasta nuestra propia esencia. Con el burnout olvidamos el sentido de lo que hacemos y hasta de nuestra vida. Dejamos de autorrealizarnos a través del trabajo, que es probablemente lo más bonito y poderoso que este puede ofrecernos, y nos sentimos vacíos. Esto es especialmente doloroso para aquellas personas que se dedican a algo por vocación o para aquellas a las que esta las encontró trabajando. El burnout les deja un enorme vacío. Acaban desorientadas porque ya no saben dónde buscar esa felicidad y esa plenitud que antes sentían. Hay una frase que dice: «Haz de tu pasión tu trabajo y no volverás a trabajar». Pero me temo que no funciona así. Por mucha vocación que tengas, si te pasas, te vas a quemar igual. Y, de regalo, vas a perder esa inspiración. Sin duda, la vocación ayuda a evitar el burnout, pero esa protección tiene un límite.
Hace poco daba una formación sobre burnout a un grupo de abogados. Cuando acabé de hablar, una mujer levantó la mano y me dijo llorando: «Me acabo de dar cuenta de que estoy enferma». La abogacía es una de esas profesiones en las que la vocación y la consciencia profesional se utilizan para justificar unos niveles de estrés absurdos y antinaturales que, con frecuencia, llevan a quien la ejerce a sentir un gran vacío vital, que algunos solo consiguen llenar con drogas o con una mayor carga de trabajo.
Algo importante
Como has visto, el burnout es un problema integral, pues afecta a las tres dimensiones del ser humano: cuerpo, mente y espíritu. Por lo tanto, la solución a este problema debe enfocarse en estos tres niveles. Para que los resultados sean reales y duraderos, la solución también debe ser integral y es siempre mi manera de trabajar.
También es importante que sepas que no todo el mundo que sufre burnout muestra todos los síntomas que he expuesto. Me he encontrado casos muy variados y curiosos, de personas que «resisten» mucho el estrés. Por ejemplo, hace poco hablaba con Fran Collado, gran emprendedor y gran persona (en mi canal de YouTube puedes ver la entrevista que le hice). En su caso, a pesar de tener burnout, no se sentía «desbordado, ni estresado». Tampoco tenía insomnio ni estaba triste. Pero el nivel de estrés que soportó durante años por intentar mantener su empresa a flote activó en él una enfermedad autoinmune: la psoriasis. Al principio, los médicos no sabían qué le pasaba, hasta que finalmente aparecieron otros síntomas de burnout.
Efectivamente, hay gente que resiste mucho. Hay quien llega a los cincuenta habiendo trabajado de más toda su vida y entonces enferma gravemente. Hay quien sigue al pie del cañón, luchando por su empresa o su institución, cuando su cuerpo ya está haciendo aguas. Pero no lo olvides: el estrés se acumula y acaba emergiendo. Cualquier resistencia al burnout es un arma de doble filo, pues este es una respuesta natural de tu cuerpo a un nivel de estrés agresivo y dañino. Es como tener fiebre cuando hay una bacteria infectándote: si no la tuvieras, quizá no te podrías defender a tiempo.
Lo importante es que entiendas que ningún método de trabajo que te lleve al burnout merece la pena. Lo pagarás con tu salud, con tu felicidad y con la de quienes te rodean. Quizá pienses que en tu empresa o en tu sector no hay otra manera de hacer las cosas. Es posible que te equivoques y que sí que haya otra manera de enfrentar el trabajo donde estás. Y si no te equivocas tú, entonces es tu sector el que está equivocado.
Puntos de resumen:
• El burnout está incluido en la Clasificación Internacional de las Enfermedades de la OMS y cada vez tiene más relevancia en las instituciones y en la sociedad.
• Es un problema integral, afecta a la mente, al cuerpo y al espíritu; por tanto, hay que buscar soluciones integrales, si queremos verdaderas soluciones.
• Si tienes burnout, no pienses que eres débil o inferior. Tu cuerpo simplemente está expresando de forma natural el exceso de estrés que ha estado soportando.
• Si tú trabajo no se puede hacer sin acabar en burnout, seguramente te estás equivocando de método. O puede que todo tu sector lo esté haciendo.
• Si quieres revisar tus niveles de burnout de forma sencilla, te recuerdo que lo puedes hacer aquí a través de mi test:

https://carloscenalmor.com/test-libro