1. Sam

1

Sam

NUEVA YORK

—No te va a despedir.

—Puede que sí.

—No te va a despedir, Sam. Eres poco menos que su protegido. Aparte de uno de los tres únicos hombres heteros que debe de ha­ber en el mundo editorial. No se pueden permitir perder efectivos.

—Muy graciosa.

Me cambio el teléfono de oreja para coger el café que me tiende el ya exhausto barista. No son ni las ocho de la mañana y la hora punta del lunes está en pleno apogeo. Detrás de mí, una manada de tiburones financieros con camisas blancas almidonadas y los cuellos abiertos leen su correo mientras hacen cola para pedir y, por una vez, no desentono tanto entre ellos. Vale, mi camisa no está ni tan almidonada ni es tan blanca como las suyas, pero esta mañana he querido hacer un esfuerzo. Como si renunciar a mi uniforme habitual de vaqueros oscuros y el primer jersey que encuentro fuera a empujar a mi jefe a decir: «He aquí un hombre al que necesito en mi equipo». O por lo menos: «He aquí un hombre que tiene una plancha en casa».

Por intentarlo que no quede.

—Además, te ha pedido que llegaras hoy pronto —añade Liz­zie como si me leyera el pensamiento—. Si quisiera despedirte, te pediría que te quedaras hasta tarde.

—¿Por qué crees eso?

—Porque es lo que haría yo.

—Pero si tú no tienes trabajo.

—¿Perdona? —El tono de voz de mi hermana se afila—. ¿Te parece que cuidar a tres niños de menos de cinco años no es un trabajo?

—Me refiero a un trabajo de oficina —me corrijo, y me pego el portátil al pecho para salir—. Como el que yo estoy a punto de perder.

—¿Quieres no ser tan derrotista? Por lo menos guárdate un poco de autocompasión para cuando llegue el momento.

—¿Cómo que para cuando llegue el momento?

—Por si —se apresura a corregirse—. Por si llega.

—Desde luego, las charlas motivacionales no son lo tuyo.

—Ya lo sé. —Su voz se atenúa con el ruido del tráfico cuando salgo a la calle, y subo el volumen de mi teléfono.

—¿Quieres dar los buenos días a Oliver antes de colgar?

—Tiene tres meses.

—Exacto. Se está desarrollando. Le conviene empezar a reconocer la voz de su tío.

—Te propongo una cosa: cuando esté en el paro, me pasaré el día entero con él. La semana entera.

—No te va a pasar nada. —Su tono es tan compasivo que no la creo—. Y en el peor de los casos, ¿tan malo sería?

—¿Me estás preguntando si quedarme sin trabajo sería malo?

—Lo que quiero decir es que te has estado matando a trabajar y…

—¡Me gusta lo que hago, Liz!

—Vale. Perdona. Luego me cuentas cómo ha ido, ¿eh? Y mientras tanto no tomes ninguna decisión precipitada.

—No te prometo nada —digo, y colgamos mientras miro el correo electrónico que he leído cien veces desde que me llegó anoche.

«Pásate por mi despacho a primera hora».

¿Perdona? Eso puede significar cualquier cosa, desde «Te voy a ascender» hasta «Recoge tus pertenencias». Y eso es lo que Lizzie no entiende. Da igual lo bien que esté haciendo mi trabajo. Está habiendo recortes en todo el sector. El mes pasado mismo despidieron a dos amigos míos. Ese es el panorama ahora en el sector editorial. Más libros. Menos personal. Y los que quedamos tenemos que asumir la carga de trabajo adicional. He perdido la cuenta de las noches que me he pasado trabajando últimamente. Los fines de semana los dedico a currar y los desplazamientos a leer. Y sí, quizá estaba llegando a un punto en el que un mundo en el que mi vida social no dependiera de que mis autores entregaran a tiempo sus borradores empezaba a parecerme concebible. Pero pensaba en ello un poco como piensa alguien en afeitarse la cabeza o en vender todas sus posesiones para dedicarse a viajar. No en serio.

Y desde luego no para ahora mismo.

Doy un sorbo de café y el miedo crece en mi estómago mientras me obligo a cruzar las puertas giratorias de nuestro edificio y a entrar en el ascensor.

Richardson Books ocupa dos plantas de un edificio del Midtown y está casi vacío cuando entro. Tenemos horario flexible, pero solo hay unos pocos madrugadores en su mesa y ninguno se fija en mí hasta que Amy, una de las asistentes, me mira y se echa a reír.

—Ay, Sam —dice mientras finge enjugarse una lágrima—. Sammy Sam Sam. Samuccino.

—¿Qué pasa?

—Bonita camisa, jefe.

—Tengo una reunión hoy y… Mierda. —Bajo la vista y comprendo a qué se refiere cuando veo la mancha marrón de gran tamaño que se extiende por mi pechera.

—Te queda muy sexy —dice mientras dejo mi café en la mesa.

—¿Cómo narices ha pasado?

—El vaso gotea —señala Deborah casi sin apartar la vista de su ordenador. Trabaja enfrente de mí y me gusta pensar que disfruta secretamente de mi compañía, aunque todos los días me deja muy claro que no es así—. Deberías haber apretado la tapa.

—¿No lo notabas? —Amy me apunta con su teléfono.

—Evidentemente no.

—Yo lo habría notado.

—Por eso yo no tomo café —añade Deborah.

Amy sonríe.

—Tienes el síndrome del lunes —me dice—. Si llevaras tacones, se te habrían roto.

—Pues gracias a Dios que no los llevo —murmuro mientras me desabrocho los botones y compruebo que el café me ha manchado también la camiseta, lo que provoca nuevas risas de Amy, y es en ese momento cuando la otra directora editorial, Laura, entra en la oficina dando sorbos a un iced latte tamaño extragrande que no gotea.

—¿Por qué está haciendo un estriptis Sam?

—Vamos a lanzar un sello de novela romántica —bromea Amy mientras me quito la primera capa de ropa.

—Estoy segura de que los lectores del género tienen mejor gusto que eso —dice Laura haciendo caso omiso de mi mirada dolida y dándome una de las muchas mantas que guarda debajo de su mesa.

—No le hagas ni caso —dice Amy—. Estás buenísimo. Si yo fuera poliamo…

—Estamos en un entorno de trabajo —interrumpe Deborah.

Laura le da una patada a la silla de Amy.

—¿Estás haciendo fotos?

—Solo de los brazos.

—Bórralas —advierte Laura—. Inmediatamente.

—Pero es que necesita atraer a mujeres online.

—De eso nada.

Amy espera a que Laura se dé la vuelta para hacerme un gesto de que me acerque y veo una foto mía en su pantalla en la que no salgo nada mal.

Tiene razón. Necesito atraer a mujeres.

—Mándamela primero a mí.

Amy asiente con la cabeza, completamente seria.

—Si te quitas otra vez la camisa, puedo hacerte un plano buenísimo de…

—Samuel.

A la vez, nos volvemos hacia donde alguien ha gritado mi nombre en la habitación contigua.

Vale, llegó el momento.

Amy resopla de risa cuando me envuelvo con la manta en un intento por taparme.

—Te reclaman —dice Deborah.

—¿En serio nadie tiene una camiseta para dejarme? ¿La semana pasada ayudé a preparar tres bolsas de regalos promocionales para blogueros y no queda ni una sola camiseta de marca?

Amy me mira pestañeando muy deprisa.

—Yo tengo un vestidito negro en mi cajón.

—Hoy te vas a pasar tres horas imprimiendo —le digo, y me dirijo con toda la dignidad de que soy capaz al pequeño despacho contiguo.

Laura me alcanza cuando estoy a medio camino.

—Qué temprano has llegado hoy —dice en un tono tan de­se­nfa­da­do que me echo a reír.

—Quiere una reunión.

—¿Qué clase de reunión?

—Aún no lo sé. —Me paro y la miro—. Y tú, ¿por qué has llegado tan temprano?

—Porque soy una persona con iniciativa —responde con su cara inocente de siempre—. ¿Quieres que esté contigo?

—Pues no.

Nos miramos y da un sorbo a su latte.

Laura es mi enemiga. Solo en un sentido profesional. Se unió a la compañía hace unos años, se saltó un nivel entero del escalafón y ahora trabajamos codo con codo coordinando el departamento editorial. Es buenísima en su trabajo, lo que es genial para Richardson Books pero fatal para mí, porque yo también soy muy bueno en su trabajo y hasta el momento eso no suponía ningún problema. Pero ahora resulta que los dos aspiramos al mismo ascenso.

Mayor razón para librarse de uno de nosotros.

—Me pones muy nervioso cuando haces eso de no parpadear —le digo cuando no se mueve.

—Ya lo sé.

—¡Samuel!

Mierda. Me cierro más la manta.

—Voy a llegar tarde por culpa de tus paranoias.

—Es parte del plan —susurra teatralmente y retrocede mientras yo asomo la cabeza por la puerta y veo a mi jefe sentado a su mesa.

Casey Richardson se describe a sí mismo como una «reliquia del mundo editorial». Se hizo un nombre en él antes incluso de que yo naciera y su ojo para el talento es legendario. Sus autores lo adoran. Sus empleados también, y por ese motivo muchos lo siguieron cuando montó su propia editorial hace treinta años para dedicarse a llevar los mejores títulos de ciencia ficción y fantasía a las librerías de todo el mundo. Hoy, a sus setenta y tres años, no da muestras de ir a bajar el ritmo. No conozco a nadie que lea más que él. Sigue viniendo a la oficina cada día y suele ser el primero en llegar y el último en irse. Me contrató como asistente editorial hace diez años y no me imagino trabajando en ningún otro sitio. Ni quiero.

—¿Me llamabas? —pregunto dando un golpecito al marco de la puerta.

—En realidad gritaba. —Levanta la vista del teléfono y me mira por encima de sus gafas de montura fina—. No llevas camisa.

—No.

—Vale. Cierra la puerta.

Vacilo, pero enseguida me dice:

—No te voy a despedir.

Buf, qué alivio.

—Podrías haberlo mencionado en el correo.

—Mis disculpas.

Me señala la butaca delante de su mesa y cierro la puerta an­tes de apartar con cuidado a Melville. No le caigo bien al gato de Casey, pero es que no le cae bien nadie (es como la Deborah del mundo felino), de manera que no me ofendo cuando me bufa.

—¿Qué pasa? —pregunto, más tranquilo ahora que sé que no ha llegado el apocalipsis.

Casey deja su teléfono y se inclina hacia delante con los dedos de las manos entrelazados.

—Ciara Sheridan.

Espero un largo instante. Casey no añade nada.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Qué sabes de ella?

—¿De la hija de Frank Sheridan? Sé que es la hija de Frank Sheridan.

Me mira con elocuencia.

—No hace falta que disimules, Sam. Sé que eres fan. Por eso te contraté.

Vale. Ciara Sheridan.

—Es hija única —digo—. Tendrá cerca de treinta años. Su color preferido es el azul.

Casey levanta las cejas.

—Lo dijo él en una entrevista para New Yorker.

—Entiendo —dice—. Me refería a profesionalmente.

Ah, vale, eso tiene más sentido.

—Es escritora de novela policiaca. O al menos lo era. Publicó una colección bajo seudónimo.

—Así es. De tres libros. Tres buenos libros, de hecho. Pero le entró pánico escénico cuando se divulgó su nombre y no ha vuelto a publicar nada.

—He oído que se fue a vivir a Francia.

—No me digas. ¿Y dónde lo has oído?

—En Reddit. Por ahí.

—Era Londres —dice Casey ajustándose las gafas mientras se vuelve hacia su ordenador—. Pero volvió a Irlanda justo antes de morir Frank. Ahora vive allí.

—¿En la casa de él?

—En la casa de él.

Dejo escapar un pequeño silbido. La casa de Frank es famosa. Casi tan famosa como sus libros. La compró después de vender su primer millón de ejemplares y se convirtió en un lugar de peregrinaje mítico para sus lectores. Estaba en un lugar remoto y sus paisanos no soltaban prenda, pero eso no impidió que la gente cruzara medio mundo para intentar encontrarla. Yo mismo me planteé hacer la excursión después de la universidad, pero cuando conseguí el trabajo aquí decidí que acosar a uno de nuestros autores no sería bien visto. Sobre todo a uno como él.

Incluso después de muerto, Frank Sheridan es nuestro autor estrella. Sus libros sobre Ravian, una saga de fantasía épica en nueve volúmenes, ha vendido decenas de millones de ejemplares, a lo que ha ayudado una trilogía cinematográfica de lo más exitosa. Todo lo remotamente relacionado con él se convierte en oro, de manera que si Casey está hablando de su hija…

—¿Está escribiendo algo más? ¿Firmado con su nombre?

Solo pensarlo me hace sentarme más recto. El plan de marketing se hace solo.

Pero Casey se muestra reservado.

—Sí.

—¿Fantasía?

—Esa es la idea.

—Así que por fin sigue los pasos de su padre.

—Supongo que podría decirse así. Está escribiendo La última montaña.

Me río, como haría cualquiera cuando su jefe le cuenta un chiste. Pero Casey no añade nada. Se limita a seguir tecleando despacio y deliberadamente, esperando a que yo asimile sus palabras.

Tardo un poco.

La última montaña.

—Sí.

—La novela de…

—Sí.

—¿Ciara Sheridan está escribiendo La última montaña?

Casey mira hacia la puerta y yo cierro la boca.

—Perdón —digo bajando la voz—. Pero… ¿cómo has dicho?

La serie de Ravian no iba a estar formada por nueve libros. Se suponía que iban a ser diez. Y, durante años, La última montaña fue la culminación prometida a casi dos décadas de aventuras. La conclusión. Igual que todos los demás, cuando Frank murió yo me resigné a quedarme sin saber qué sería de los personajes con los que había crecido, del mundo que había amado. Así pues: ¿cómo ha dicho?

—Frank tomaba muchísimas notas —continúa Casey.

—Especificó que no quería que lo escribiera nadie.

—Nadie excepto ella, aunque no lo dijo en público. Sabía la presión a la que se enfrentaría.

—Pero ¿ya ha empezado a escribirlo?

—Sí.

—Pero está… —Niego con la cabeza—. Pero si él no…

—¿Sam?

—Creo que necesito sentarme.

—Estás sentado.

Ah.

Casey me acerca un vaso de agua.

—Frank se puso en contacto conmigo hace unos años —me explica mientras doy un trago—. Me dijo que había empezado a escribir el libro, pero yo no pensé en ningún momento que fuera a terminarlo. Sabía que estaba enfermo y supuse que le había entrado nostalgia. Pero, después de su muerte, su administración sucesoria me envió unas cartas de despedida y algunas cosas que Frank quería que yo tuviera. Entre ellas había unas instrucciones explícitas relativas a su último manuscrito. Fundamentalmente, quería que Ciara lo terminara. Esperé unos meses para no agobiarla y después me puse en contacto con ella. Cuando le pregunté si lo iba a escribir, me dijo que sí.

Dijo que sí.

Ciara Sheridan dijo que sí.

El equipo se va a poner como loco.

Aunque tampoco tendremos que rompernos la cabeza. Podríamos cobrar el ejemplar a cincuenta dólares y la gente lo compraría. Edición en tapa dura. En rústica. Edición especial. Edición exclusiva. Material adicional. Estuche con la colección completa. Se acabó hablar de recortes. Probablemente necesitaremos duplicar el personal solo para gestionarlo todo.

El corazón se me acelera únicamente de pensarlo. El último libro de Frank Sheridan. ¡El último libro de Frank Sheridan! Por fin ha llegado. El momento que me compensa por todas las noches de trabajo, por cada correo interminable. El momento de…

Casey cambia de sitio unos papeles.

—Me temo que no va a ser capaz.

Y juro que en mi cabeza suena una aguja rayando un disco.

—¿Qué quieres decir?

—Los primeros capítulos eran buenos —explica—. Tan buenos que consideré contártelo todo hace varias semanas, pero quería tener el libro encima de mi mesa antes de anunciarlo. No podemos permitirnos ningún paso en falso.

—Entendido —digo despacio—. Entonces, ¿cuál es el problema?

—Que no ha escrito ningún capítulo más. Lleva cinco semanas sin mandarme nada. Y dos casi sin responder a mis correos.

—Igual es que está reconcentrada —sugiero—. Trabajando.

—Igual —dice Casey—. Pero igual no.

—¿Crees que nos va a dejar tirados?

—Creo que está teniendo dificultades. De hecho, me lo daba a entender en su último mensaje.

Me apoyo en el respaldo, confuso.

—Pues contratamos a alguien para que lo escriba. Y ella que ponga el nombre. Lo importante es acertar con la historia.

Casey frunce el ceño, pero yo no veo dónde está el problema.

—O decimos que colaboró en la escritura —insisto—. Que nos reunimos con ella por Zoom. Que se inventó los nombres de los personajes. Es lo que haría un famoso cualquiera.

—Pero este no es un libro cualquiera. Y Frank dejó muy claro que quería que lo escribiera ella y solo ella. Cuando me dijo que sí tan rápido tuve la esperanza de que pudiera conseguirlo, pero ahora creo que va a necesitar apoyo moral.

—¿Quieres que venga a Nueva York?

—Se lo he propuesto, pero no quiere. Dice que tiene demasiado que hacer en casa.

—¿Y entonces?

—Por eso quería hablar contigo —señala mientras Melville salta de un montón de papeles a otro—. Para pedirte que vayas a Irlanda en mi lugar.

—¿Que vaya a…? —Me interrumpo con una mueca de dolor cuando el gato aterriza en mi regazo y me clava las uñas en los muslos—. ¿Perdón?

—A Irlanda —repite Casey mientras yo animo a Melville a que se vaya.

—¿A hacer qué?

—Algo tan importante como esto no puede solucionarse con unos cuantos correos electrónicos. Quiero que te sientes con ella y reviséis las notas de Frank. No espero que sea capaz de darle forma a todo ella sola, y nadie conoce esos personajes mejor que tú.

—¿Es tu manera de decirme que soy un friki como una casa?

—Es mi manera de decirte que es la solución que se me ocurre para publicar el libro más importante de toda mi carrera.

—Paul está a punto de entregar su borrador —le recuerdo.

Paul es mi autor más difícil, pero escribe libros de lo más comercial. Bueno, cuando quiere.

—Vamos a ver cómo lo organizamos. Seguro que Amy está deseando ocuparse de algunos títulos.

—Y se lo merece, pero….

—Sam. —Casey me interrumpe y cierro la boca—. Te estoy preguntando si quieres editar el libro que cierra una de las sagas más populares de todos los tiempos. Una que tú creciste leyendo y que, si se publica bien, probablemente marcará tu carrera profesional. ¿Crees que puede interesarte?

—Es nada menos que el sueño de mi vida —reconozco, y juro que le tiemblan los labios.

—Entonces, está decidido. ¿Tienes tu pasaporte en regla?

—Creo que sí. —Me remuevo en la silla mientras Melville se despereza y se acomoda en el alféizar—. ¿Lo sabe alguien más?

—Nadie. Vamos a guardar el secreto a petición de Ciara. No le gusta la publicidad.

—Por favor, dime que no es una ermitaña.

Me vienen a la cabeza imágenes de una mujer hostil espiando por la mirilla, pero Casey niega con la cabeza.

—Lo que pasa es que no quiere la presión de ser el centro de atención.

—Pues entonces se ha equivocado de libro —murmuro.

Mi jefe me mira con elocuencia.

—Puedo pedírselo a Laura si tú no…

—No —me apresuro a decir—. Perdón. Es que son muchas cosas que asimilar.

—Ya lo sé. Y sé que estoy desbaratando toda la programación, pero te quiero en esto, Sam. Confío en ti para llevarlo a buen puerto.

—Pero ¿cómo voy a…?

—Te mando un correo con toda la información.

Que, en el lenguaje de Casey, equivale a decir: «Ponte a trabajar».

—Vale, muy bien —contesto justo cuando le suena otra vez el teléfono—. Pues voy a empezar con el traspaso.

—Perfecto. Y una cosa, Sam.

—¿Sí?

—Ponte una camisa, haz el favor.

2

Ciara

CONDADO DE KERRY, IRLANDA

Tres semanas más tarde

Hoy la playa está llena. Supongo que lleva llena desde abril, cuando empezó a hacer buen tiempo, pero hoy lo está especialmente. Deben de haber terminado temprano los colegios. O está todo el mundo haciendo pellas.

Si es así, no los culpo. Mi padre decía que no hay lugar más bonito que Irlanda con sol. Probablemente porque no lo tenemos a menudo. Y menos en la costa oeste, donde llueve la mitad de los días del año. Aquí estamos acostumbrados a las nubes. A que un gris apagado y mortecino coloree nuestro mundo. Así que, cuando las nubes se despejan, cuando esa gran bola de fuego brilla, somos un poco como Dorothy entrando en Oz. La hierba parece más verde, los ríos centellean y todos van por ahí con cara de perplejidad comentando que el otro día durante dos horas hizo más calor que en Sevilla.

«Ahí lo tienes —dicen triunfales—. ¿Dónde se ha visto nada igual?».

Precioso. Al menos durante un día o dos. Porque la cosa es que, cuando no estás acostumbrado a mucho más, cuando vives en edificios diseñados para conservar el calor dentro y todo tu ecosistema húmedo-compatible se ha desarrollado alrededor de esa lluvia de la que tanto te quejas, llega un momento en que empiezas a añorar un poco de brisa. Una prenda de vestir que no esté completamente sudada. Y, mientras atiendo la diminuta camioneta de batidos de frutas en esta tórrida tarde de mayo y miro a una madre solícita embadurnar a su niño pequeño de protección solar de la cabeza a los pies, me pregunto cuánto tiempo más mis paisanos, estas gentes insulares, gentes de «espera un momento que cojo una chaqueta», van a seguir fingiendo que disfrutan de esto.

—¿Se puede saber qué haces?

La voz de Maddie atraviesa el estrecho espacio de la gastroneta y suena tan furiosa que bajo la vista para asegurarme de que aún estoy pelando plátanos y no asesinando a un niño, por ejemplo.

—¡Ciara!

—¿Qué? —exclamo mientras entra hecha una furia—. No me grites, que estoy con la regla.

—De eso nada. Estamos sincronizadas. ¿Dónde está Natalie?

—La he dejado irse pronto.

—No puedes hacer eso. No trabajas aquí.

—Y al parecer ella no lo sabe.

Maddie me quita la piel de plátano de las manos y la tira a una bolsa de basura antes de fulminarme con la mirada.

—Se supone que tienes que quedarte en casa. Escribiendo.

—Estoy tomándome un descanso.

—Estás procrastinando.

—Y de paso proporcionándote mano de obra gratuita. Estoy haciendo batidos —añado cuando se dispone a llevarme la contraria—. No me he ido a trabajar a la mina. Además, tienes aire acondicionado. —Cojo el ventiladorcito portátil del estante y me lo acerco a la cara—. Estamos en plena ola de calor.

—Vamos a estar un par de días a veintitantos grados. No puede decirse que sea una ola de calor.

—Dicen que vamos a seguir así todo del verano. Las tiendas se han quedado sin crema con factor de protección 50.

—De eso nada.

—El asfalto de las calles se está derritiendo.

—Sal de mi camioneta.

—En cuanto atienda a este caballero.

Aparto a Maddie y sonrío al hombre que se acerca al mostrador. Es mono. Tiene un aire surfero. Debe de ser un turista. Se distinguen porque son de las pocas personas que no tienen pinta de estar muriéndose de un golpe de calor.

—Muy buenas —me dice con una sonrisa—. ¿Qué tal llevas la tarde?

—Bueno, las ha habido peores. ¿Qué te apetece?

Pide lo primero que hay en la carta y casi sin mirar.

—Ponme un banana crush.

—Excelente elección. Por suerte, ya casi lo tengo preparado —le digo a Maddie, que resopla mientras empieza a servir hielo—. ¿Lo quieres con miel?

—Me encantaría… —Escudriña mi placa identificativa—. Ziara.

—Se pronuncia Kiira. Con K.

—Es chulo.

—Son cuatro cincuenta.

Maddie aparece a mi lado con el lector de tarjetas y el hombre traslada su atención a ella. No deja de sonreír.

—Y tú, ¿cómo te…?

—No. Pague usted. Gracias.

Vaya, no está de buen humor. «No es por ti», quiero decirle a don Coqueteo, pero entonces veo que me está mirando las tetas y guardo silencio.

—Tu don de gentes es la clave del éxito de tu negocio —le digo a Maddie cuando el hombre se va.

No me hace ni caso.

—¿Has dormido bien? —me pregunta.

—Sí.

—¿Seguro?

—No sé, Mads. Estaba dormida.

Al menos durante una o dos horas.

Esta mañana me he despertado con un nudo de angustia en el estómago tan apretado que tuve que quedarme tumbada hasta que las ganas de hacer pis me obligaron a levantarme. Y después lo intenté. Me duché, me vestí, encendí el ordenador y abrí todas las cosas que tenía que abrir, pero en la habitación hacía demasiado calor y tenía la mente demasiado en blanco, y cuando bajé a la cocina me encontré con que el fregadero goteaba, el congelador no congelaba y una de las fotografías que había colgado la semana pasada se había caído al suelo y había diseminado cristales por todas las baldosas. Y, por si todo eso fuera poco, John, mi cartero, se presentó en casa con el fajo habitual de siete cartas de admiradores dirigidas a mi padre y tuve que buscar una caja nueva donde meterlas porque las otras ya estaban llenas.

Me cae bien John, pero siempre me trae siete cartas, un número tan exacto que empiezo a pensar que me miente. Como si tuviera muchas más pero pensara: «Siete son suficientes. Siete podrá gestionarlas».

Bueno, pues lo lleva claro.

Porque no puedo gestionar nada.

Y, por cómo me está mirando Maddie ahora mismo, creo que lo sabe.

—No he mandado a Natalie a casa —digo—. Está haciendo un descanso. Vuelve en cinco minutos.

Ella se limita a menear la cabeza.

Últimamente lo hace mucho, pero lo entiendo. Su exasperación es fruto de la preocupación, la cual es fruto del cariño porque es mi mejor amiga desde que éramos pequeñas, lo que significa que no puede librarse de mí. Y desde que volví aquí para cuidar de papá viene por casa un día sí y otro no para ver cómo estoy. En plan «estaba aquí al lado» cuando vive a una hora en dirección contraria. Pero sigue haciéndolo. Porque ella es así. Estuvo a mi lado durante toda la enfermedad de mi padre y después en su funeral. Me dejó hacer duelo y llorar y pasarme días en la cama, y ahora, a paso lento pero seguro, está haciendo lo posible por asegurarse de que no me quedo así para siempre.

Que es la razón por la que no estoy enteramente convencida de que uno de estos días no me vaya a despertar encadenada a mi portátil.

—¿Dónde andabas, por cierto? —pregunto—. He estado aquí veinte minutos enteros sin supervisión.

—He ido a ver el café —dice comprobando las reservas de fresas—. Uno de los tablones que tapian la ventana se ha aflojado y he descubierto que puedo ver el interior si guiño mucho los ojos.

—Eso es… —Meneo la cabeza—. Tienes un problema, ¿lo sabes?

Su expresión se vuelve soñadora.

—Lo sé.

Maddie es la orgullosa propietaria de este foodtruck de smoo­thies, pero no es exactamente su sueño. Su sueño es un edificio abandonado y en ruinas desde hace tiempo que está a diez minutos subiendo por la carretera. Quiere abrir un café allí algún día, pero para eso hace falta mucho dinero y los bancos no están precisamente haciendo cola para conceder créditos a negocios de temporada que están cerrando por todas partes.

Aun así, Maddie trabaja y ahorra y mantiene viva su ilusión, así que le viene bien cualquier ayuda gratis.

Le sonrío esperanzada.

—¿Quieres que me encargue de la máquina de helados?

—Quiero que te vayas a casa y te pongas a escribir —dice—. O por lo menos duermas un poco. Tienes cara de agotada.

—Gracias por el cumplido.

—Es la verdad. ¿Has leído el artículo sobre el insomnio que te mandé?

La última vez que comprobé mi bandeja de correos recibidos había mil doce sin leer, así que… no.

—Voy a estar fenomenal —le digo mientras intento atraer la atención de dos chicas adolescentes que pasan.

Pero parece que lo que les apetece es comida rápida, así que van a directas a la camioneta de hamburguesas aparcada a nuestro lado. Nuestros vecinos tienen un poco amargada a Maddie, porque se suponía que su foodtruck iba a ser la única este verano, y hace una mueca de desagrado cuando ve a las chicas.

—No hacen más que llegarme sus pedidos.

—¿Qué pedidos?

—Los de Shane —dice, como si solo el nombre bastara para ponerla de mal humor.

—¿Los de Burger Boy’s?

—Nunca pone su nombre en el albarán, así que me lo dejan todo a mí porque soy la única que está por las mañanas. Lo que significa que tengo que revisarlos y luego ir a entregárselos.

—Y desplazarte tres metros a la izquierda.

—Es una cuestión de principios —dice acercándose una botella de agua fría a la mejilla.

—Ve a hablar con él. Dile que vas a dejar de ocuparte de sus cosas.

—¡Lo he intentado! Pero nunca está. Lo más probable es que gestione el negocio desde algún ático de lujo. ¿Qué te apuestas a que tiene un puesto en cada playa del país?

Asiento con la cabeza, aunque he oído esta cantinela unas cien veces ya. Lo entiendo. A Maddie le preocupa la competencia. Pero tampoco es que vayan a faltarle clientes en los próximos meses. Este sol ha venido para quedarse.

—Igual deberíamos empezar a servir en mesas —digo—. Podríamos preparar batidos en tandas.

—¿No te he dicho que te fueras?

—Y buscar una bandeja para…

—Ciara. —Maddie me pone las manos en los hombros y su mirada es tan franca que casi me pone nerviosa—. Eres la amiga más guapa, con más talento y más maravillosa que podría tener. Te quiero con todo mi corazón y doy las gracias todos los días al universo porque creciéramos las dos en el mismo sitio y al mismo tiempo, pero, si no te vas a casa en los próximos cinco minutos, ten por seguro que te voy a volcar un cartón de yogur en la cabeza.

—Eso es desperdiciar comida.

—Sal de mi camioneta.

Y, cogiéndome con firmeza del hombro, me saca de allí.

Treinta minutos más tarde, apago la radio y aparco en la puerta de mi casa, echando ya de menos la distracción de la presencia de otras personas. El aire acondicionado de mi coche es más bien flojo y noto que empieza a dolerme la cabeza, un latido sordo en el arranque de la nuca que lleva amenazándome todo el día. Últimamente tengo muchos dolores de cabeza, pero supongo que no dormir más de tres o cuatro horas cada noche es lo que tiene. No hace falta que me lo diga un médico.

Aunque este parece especialmente fuerte, así que cojo el bolso del asiento del pasajero y busco un analgésico justo cuando mi teléfono se enciende con un mensaje de texto de Maddie.

Probablemente no debería haberle contado lo del ofrecimiento de la editorial para escribir La última montaña. Si soy sincera, lo hice con la esperanza de que me disuadiera. Pero no. Le pareció que el libro era una gran idea. Que escribirlo me transportaría en alguna clase de viaje mágico a través del duelo del que saldría recuperada. Ahora entiendo que debería habérselo ocultado, como he hecho con todos los demás, pero a Maddie se lo cuento todo y así me va.

Me manda un link a otro artículo más.

Creo que deberías echarle un vistazo. Es sobre el bloqueo de escritor.

Me tengo que reír.

Bloqueo de escritor.

Yo no tengo bloqueo de escritor. Tengo un padre muerto y un montón de facturas que pagar. Tengo bloqueo vital.

Además, a papá nunca se le hubiera ni pasado por la cabeza tener algo así. Siempre decía que le faltaba tiempo. Basta echar un vistazo a su bibliografía para entender por qué. Escribió veinticuatro novelas a lo largo de su vida. Veinticuatro novelas, once relatos y toda una biblioteca de borradores, apuntes y pensamientos. Estuvo años siendo profesor de día y contando historias de noche, y todo mientras me criaba a mí como padre soltero. Y, de no haberse inventado el mundo de Ravian, así habría seguido.

Yo tenía siete años cuando ocurrió. Cuando su sueño se hizo realidad. El primer libro de una colección nueva se publicó y recibió un puñado de críticas entusiastas. Por entonces pocos títulos de literatura fantástica llegaban al gran público. Estaban relegados a los estantes del fondo de las librerías, escondidos. Pero este continuó vendiéndose gracias a un boca a boca potente y apasionado, y para cuando salió el segundo, dieciocho meses después, fue recibido como la novela más esperada de la década.

Y entonces mi padre hizo una cosa mágica.

Lo consiguió otra vez.

Y otra y otra y otra más.

Yo al principio no lo entendí. Estaba acostumbrada a ver su cara en el periódico local. Me resultaba lógico. Éramos de un pueblo pequeño. Por supuesto que todos conocían a mi padre. Todos conocían a todos.

Hasta que no me hice mayor y empecé a viajar no comprendí la verdadera dimensión de lo que ocurría. Alemania en un viaje con el colegio. Francia en un intercambio de verano. Versiones traducidas con cubiertas raras en paradas de autobús en España. Una mujer leyendo un ejemplar en un avión con el lomo tan gastado que me sorprendió que no se le desintegrara cada vez que pasaba de página.

Pero, a pesar de esta recién estrenada fama, nuestra vida no cambió. A papá no le interesaba demasiado el dinero. De hecho, se pasó casi toda su carrera profesional regalándolo. Bolsas de estudios, becas, premios. No hay una sola universidad en Irlanda que no tenga una placa con su nombre. Y su generosidad no se limitaba al mundo literario. Albergues para perros, refugios para gatos. Un desconocido que necesitaba atención médica. Patrocinaba las camisetas del equipo de fútbol local. El dinero era para gastarlo y la vida para vivirla. No era irresponsable. Simplemente no creía en guardárselo para él.

Aunque sí hizo una compra para nosotros dos. Una compra muy grande y desaconsejada, de esas que todos deberían hacer al menos una vez si su vida y su suerte cambian drásticamente y para bien.

Compró la casa frente a la que estoy sentada ahora mismo.

Una hectárea y media de terreno, tres plantas, dos habitaciones escondidas detrás de librerías y ningún estilo arquitectónico identificable.

Estaba obsesionado con ella. Lo mismo que sus lectores. Quizá porque mi padre solo les enseñaba fragmentos de ella. Atisbos de fondo en las fotografías de las solapas. Breves descripciones en artículos que escribía.

Creo que le tenía más cariño a esta casa que a sus libros.

Y cuando murió me la dejó en herencia.

Y me está arruinando la vida.

El problema de las casas grandes es que necesitas una cantidad de dinero igualmente grande para mantenerlas. Sobre todo si se caen a trozos. Y, aunque no se caigan a trozos, están el impuesto sobre los bienes inmobiliarios, sobre la propiedad inmobiliaria y un millón de otras maneras más de gastar un dinero que no tengo.

Sé qué sería lo inteligente. Lo más fácil. Venderla por una pequeña fortuna y liberarme. Compradores no faltarían.

Pero no puedo venderla.

No quiero.

Papá quería que yo tuviera esta casa porque era su sitio preferido del mundo. No quería que fuera de nadie más. Y en mi fuero interno y siendo egoísta, sé que renunciar a ella sería como despedirme definitivamente de él. Y todavía no estoy preparada.

Así que, cuando hace unos meses me llegó un correo de su editor, le contesté. Y después de unos días de conversaciones, cuando Casey Richardson me ofreció dinero suficiente para solucionar todos mis problemas, dije que sí.

Solo tenía que hacer lo imposible. Escribir el último libro de la saga de Ravian.

En su momento pensé: «¿Por qué no? Ya he escrito libros antes». Y lo que me decía Casey en aquel primer correo era verdad. Nadie conoce ese mundo mejor que yo. No podrían aunque quisieran. Por mucho que debatan en foros, que escriban fan fiction y hayan crecido enamorados de esos libros, no tienen ni de lejos la información a la que tengo acceso yo. Los cuadernos llenos de la pulcra letra de mi padre. Los mapas esbozados en servilletas. Todas las ideas para las historias que no le dio tiempo de desarrollar.

Me documenté y escribí los primeros capítulos como en un trance, sin pensar en nada que no fuera el dinero. Pero en cuanto Casey me dio el visto bueno, en cuanto esto se convirtió en una realidad, fue como si hubiera caído un telón en mi cerebro y todo se detuvo.

Desde entonces estoy atascada.

Me llega otro mensaje de Maddie, otro vínculo a otro artículo, y me meto en la boca las pastillas para el dolor de cabeza y me las trago sin beber nada mientras reclino el respaldo de mi asiento.

Como si acabara de dar permiso a mi cuerpo, el agotamiento se adueña de mí y, a tientas, enciendo la radio y dejo que las sosegadas voces que hablan del tiempo tan caluroso que hace acallen todo lo demás.

Descansar.

Aunque sea unos minutos.

Solo unos minutos y luego ya lo solucionaré todo.