A primera hora del viernes, Roy Ressler conduce su gran tractor por el camino de grava que rodea sus tierras con la mente puesta en la inminente boda de su hija. Está pensando en lo preciosa que va a estar Ellen de novia. Es casi finales de octubre; el aire es fresco, los árboles están llenos de color y el rocío de la mañana centellea en el suelo. Todo va bien.
Levanta la vista hacia las oscuras figuras que vuelan en círculo en el luminoso cielo azul por delante de él, a la derecha, sobre uno de los campos. Llaman su atención durante un momento por su forma de planear, sirviéndose de las corrientes de aire. Buitres cabecirrojos. Hay más de media docena. Deben de haber encontrado algo. Sigue avanzando por el camino. Su perra, una mezcla de pastor, labrador negro y puede que algo más, da grandes zancadas a su lado, manteniendo la distancia con el tractor. Se detiene y olfatea el aire.
Las aves se están concentrando por encima de uno de los terrenos que tiene delante. Cuando se va acercando, se queda observándolos. Se dirige a la verja abierta del campo sobre el que dan vueltas los buitres. Debe de ser algo grande, puede que un ciervo. Lo despellejarán hasta dejar el esqueleto; no quedará nada. La naturaleza cumpliendo con su deber. Pero hay algo que hace que se detenga. Apaga el tractor un momento a un lado del camino, junto a la verja abierta, y examina el terreno. Es entonces cuando se da cuenta de que algunas de las aves, tres o cuatro, ya están en el suelo, saltando y peleándose por algo. Algún cadáver. Desde aquí no puede ver lo que es, pero adivina algo de un color claro.
Su perra levanta los ojos hacia él, confundida. Roy pone de nuevo en marcha el tractor y atraviesa el campo de heno para echar un vistazo. Los buitres no salen volando cuando él se acerca. Están protegiendo su banquete. Sabe que no le van a atacar porque no son depredadores y solo se alimentan de cuerpos muertos. Siente curiosidad y sigue acercándose a ellos con el tractor con la esperanza de que salgan volando. Son grandes y más feos que un demonio. Con sus plumas de color marrón negruzco y sus caras rojizas y sin pelo, son así porque se alimentan de carroña y clavan sus caras sobre la carne muerta y podrida. Esa es su labor, son el equipo de limpieza. No todo lo que hay en la naturaleza es hermoso, bien que lo sabe Roy, pero cada uno de sus elementos tiene su cometido.
Los matorrales del terreno impiden ver bien sobre qué se han posado. Las aves lanzan graznidos y extienden sus alas, y parecen aún más grandes a medida que se acerca. De repente, una de ellas sale volando con un ruidoso aletear, pero otras dos se quedan. Una de ellas le mira con malevolencia, pero la otra sigue comiendo, con la cabeza agachada, arrancando la carne. La perra se mantiene pegada al tractor.
Cuando Roy está a menos de treinta metros, las dos últimas salen volando rápidamente con un fuerte batir de alas. Aún no puede ver bien qué es lo que se estaban comiendo. Sigue acercándose, con el tractor dando tumbos por el terreno y su cuerpo moviéndose al compás. Se levanta sobre el asiento y ahora lo puede ver. Apaga el tractor y todo queda en un súbito silencio que parece subrayar su conmoción. Al final, no se trata de un ciervo.
Es una muchacha. Está desnuda y tumbada boca arriba. Las aves le han destripado el vientre. Pese a que los buitres le han arrancado los ojos, cree reconocerla. Le entran arcadas y aparta la cabeza.
Roy busca en el bolsillo de su peto. Las manos le tiemblan y casi se le cae el móvil cuando lo agarra. Es bombero voluntario y ha visto cosas espantosas, pero nunca nada como esto.
Y después se queda ahí, encima del tractor, vigilándola, protegiéndola de esos putos pájaros mientras maldice, grita y mueve los brazos hacia ellos cuando bajan en picado y planean sobre su cabeza, hasta que llega la ayuda.
Paula Acosta oye que suena su alarma y se levanta de la cama. Son las 7.30 del viernes. Su marido, Martin, se ha levantado antes que ella. Es muy madrugador. Da clases en la Universidad de Dartmouth, en Hanover, New Hampshire, a casi veinte minutos en coche. Ella tarda menos de cinco minutos en llegar al instituto Fairhill, donde es profesora de Lengua.
Asegura que cada año le resulta más difícil. El COVID parece haberlo empeorado todo, especialmente entre los alumnos de noveno. El nivel de conocimientos de esos niños es más bajo que nunca y su dependencia o adicción a las pantallas y a la tecnología es aún peor. Sus aptitudes sociales parecen más deficientes que antes de la pandemia y su grado de concentración es inferior al que tenían previamente. ¿O es cosa de ella? No lo cree. Todos los profesores lo dicen. A veces, se pregunta si hay algo más que pueda hacer.
Taylor, su hija, pertenece al grupo de esos estudiantes de noveno. Paula sabe que para los chicos no es fácil asistir al mismo instituto donde dan clases sus padres. Sospecha que, a veces, a Taylor le resulta humillante, aunque nunca lo comente. Debe de oír lo que los demás chicos dicen de Paula, de todos los profesores, a sus espaldas. Es el problema de vivir en una comunidad pequeña; su hija no tiene opción de ir a otro instituto. Todos los chicos de este entorno rural asisten al de Fairhill. Al menos, su caso no es como el del director, que tiene tres hijos en ese centro y Paula sabe que no les resulta fácil. Se portan mal para que no los tomen por mojigatos ni piense nadie que reciben un trato especial. Los tres son rebeldes, y la niña es la peor. Siente verdadera lástima por el director Kelly.
Entra en la cocina. Su hija está sentada en la mesa comiéndose un tazón de cereales, con la cabeza agachada, mirando el teléfono. El fastidio de Paula al ver a Taylor siempre pegada a su teléfono está teñido de angustia. No le gusta que su hija malgaste el tiempo en las redes sociales. Han intentado establecer unos límites, pero con cuidado. Paula ha leído sobre el tema y lo ha visto con sus propios ojos. Sabe lo que las redes sociales provocan en las chicas. Cómo destruye su autoestima con comparaciones imposibles. Cómo les distorsiona su forma de pensar, sus expectativas, sus prioridades. Dedica una parte de sus clases de Lengua a intentar combatirlo, pero cree que está cerrando de un golpe la caja de Pandora demasiado tarde. Todos los males del mundo ya han salido y están a la vista de todos, para participar de ellos, con el simple toque de un dedo. Incluso aquí, en su tranquila, agradable y pequeña ciudad de la zona rural de Vermont. Es una de las razones por las que parece caer mal a los chicos. Les dice que se alejen de sus aparatos, que lean libros, que hablen entre ellos, pero no quieren hacerle caso. Además, es muy exigente y espera que se esfuercen de verdad. Todavía tiene principios.
Se agacha y besa a su hija en su pelo castaño y liso a la vez que intenta entrever la pantalla de su teléfono, pero Taylor lo tapa de inmediato con la mano. Paula se gira y va a por el café que le ha preparado antes su marido y que sigue aún caliente.
—¿Has visto salir a papá? —pregunta.
—Sí.
—¿Vas a hacer algo hoy después de clase? —Paula intenta hablar con un tono despreocupado. No quiere parecer demasiado entrometida, pues su hija está en esa edad tan sensible, pero le preocupa que a Taylor le esté costando encajar este año. Por supuesto, sigue teniendo a sus amigos del colegio; pasaron al mismo instituto que ella. Pero es un nuevo comienzo para todos y las cosas cambian.
Paula tiene este año un curso de alumnos de noveno especialmente revoltosos. Taylor no se encuentra entre ellos, los de la dirección del centro estuvieron atentos. Pero sobre todo se está dedicando a los de los cursos superiores, preparándolos para la universidad. Aun así, sabe cómo hablan los adolescentes.
—No —masculla su hija.
—A lo mejor podrías apuntarte a algún grupo —le sugiere su madre con tono suave. No obtiene respuesta.
Roy no se ha movido de su sitio. Llegan rápido. Ve el coche de la policía avanzando a toda velocidad por el camino de grava y mueve con fuerza el brazo desde lo alto de su tractor. El coche patrulla se detiene a un lado del camino. Salen dos hombres de uniforme y atraviesan rápidamente el terreno en dirección a él. Había llamado al jefe de policía de Fairhill, Mike Hall. Le acompaña el agente Chris Shepherd. Juntos forman todo el cuerpo de policía de la ciudad. Roy ve cómo se acercan y, mientras lo hacen, la perra empieza a correr hacia los policías, pero Roy la llama y la obliga a sentarse. Llegan a donde está el gran tractor.
Hall le mira.
—Roy —le saluda.
Juntos, él y su agente se acercan a la chica muerta. Los dos hombres se detienen a unos metros del cadáver y lo miran con gesto muy serio. Roy baja del tractor y se une a ellos.
—Dios santo —dice Hall frotándose con la mano la parte inferior de la cara.
Shepherd no dice nada y se limita a mirar. Roy se vuelve hacia él y ve que parece estar a punto de vomitar.
—Es la hija de Brewer —dice Hall.
—Hay que taparla —propone Roy a duras penas. Su voz suena temblorosa y se aclara la garganta.
—No. No vamos a tocar nada —responde Hall.
—He visto los pájaros —dice Roy.
Hall asiente. Es mayor que Shepherd y se le da mejor ocultar sus sentimientos, pero Roy conoce bien a Mike Hall y está claramente conmocionado.
—Será mejor que no nos acerquemos más —dice Hall—. Y que mantengas alejada a la perra. Más vale que la escena no se contamine.
Se quedan en silencio. Roy ve por primera vez la magulladura lineal y de fuerte color púrpura alrededor del cuello de la joven. Centra la mirada en eso porque no soporta mirarle la cara y resulta indecente dirigir los ojos a su cuerpo desnudo, tan pálido en contraste con el suelo. Shepherd se ha dado la vuelta y toma fuertes bocanadas de aire, como si estuviese tratando de recomponerse. Tanto Roy como Hall fingen no darse cuenta. Dan espacio al más joven. Roy descubre que tiene ganas de llorar, pero no va a permitirse hacerlo aquí. No hasta más tarde, cuando esté solo, o quizá cuando se lo cuente a su mujer. Piensa en su hija, que está a punto de casarse. Esta joven no llegará nunca hasta el altar. Eso le lleva a pensar en sus padres y en lo que han perdido.
—La han estrangulado —observa Hall. Su voz hace que Shepherd vuelva a prestarles atención. Parece que ya está preparado para afrontarlo.
Pero sus palabras hacen que Roy sienta escalofríos. No recuerda que hayan asesinado nunca a nadie por aquí. Es un lugar seguro. La gente sale sola por la noche. Aquí nunca pasa nada.
—¿Pero con qué? ¿Y dónde está su ropa? —pregunta Shepherd con un tono más enérgico ya.
Es verdad. Está desnuda en mitad del campo y no hay rastro de su ropa ni de nada con lo que hayan podido estrangularla.
Hall asiente.
—Han usado algún tipo de ligadura. Eso no se ha hecho con las manos. —Levanta la vista, apartándola del cadáver, y supervisa el terreno en todas las direcciones. A continuación, mira a Roy—. ¿Has visto algún rastro desde allí arriba cuando venías?
—No —contesta Roy, negando con la cabeza.
Mira hacia atrás y lo único que ve son las huellas que ha dejado su tractor sobre la tierra.
Hall mira en la misma dirección que él. Tampoco hay rastro de su paso; la vegetación ha vuelto a levantarse y se ha tragado las huellas.
—Alguien ha debido de traerla hasta aquí —dice Hall. Se queda un momento en silencio—. A lo mejor no la habríamos encontrado nunca si no te hubieses parado a echar un vistazo, Roy.
Eso no hace que Roy se sienta mejor.
Hall saca su teléfono.
—Será mejor que llame a la policía estatal de Vermont para que traigan a los de la Unidad de Delitos Graves.
Es temprano, el rocío sigue centelleando en la hierba. Los campos están preciosos, dispuestos en cuadrículas, con árboles a lo largo de las vallas. No sé bien qué hago aquí, pero siento curiosidad. Veo a un agricultor con un peto vaquero bajar de su viejo tractor rojo y unirse a otros dos hombres que están en el terreno. Llevan uniformes de la policía. Los reconozco: son el jefe de policía Mike Hall y el agente Shepherd, el que da las charlas en el instituto sobre los peligros de conducir borracho. Me pregunto qué hacen aquí, qué estarán mirando. La perra está nerviosa por algo, pero el agricultor la tiene sujeta.
Hay algo en este campo y quiero saber qué es. Me acerco. Estoy encima de ellos, mirándolos desde arriba. Veo lo que están mirando y no entiendo nada. La chica que está en el suelo está desnuda y siento vergüenza por ella, con estos tres hombres mirándola fijamente y ella completamente en cueros. Me fijo con desinterés en que tiene el vientre abierto, con los intestinos saliéndose por fuera, relucientes. No sufre dolor porque es evidente que está muerta. Miro a donde antes tenía los ojos y siento una débil mezcla de asco y pena. Pero siento que algo me atrae más hacia ella, porque, a pesar de la mutilación, reconozco su rostro sin ninguna duda.
Soy yo.
Pero soy yo muerta y profanada. Estos tres hombres parecen muy preocupados.
Es un sueño muy extraño. Quiero despertarme ya.
Riley vuelve a probar y envía otro mensaje a Diana.
Estás?
Normalmente intentan verse en la cafetería del instituto antes de las clases. Debe de haberse retrasado, pero no es propio de Diana no hacer caso a los mensajes; le preocuparía mucho ofender a alguna amiga. A Diana no le gusta herir los sentimientos de la gente. Prácticamente, es un ángel.
Riley sale de la cafetería y se dirige al baño de chicas de la primera planta. Se mira en el espejo. No está mal. Su madre le dice que es guapa, pero lo cierto es que Riley no lo tiene claro. Su madre pone el listón muy bajo. No conoce los gustos de ahora. Riley tuvo que pelearse con uñas y dientes para que su madre dejara que una profesional le arreglara las cejas, pero, sin duda, mereció la pena. Es afortunada de tener una buena piel y un pelo y unos dientes perfectos, pero ¿es guapa? No lo cree, ni siquiera en sus mejores días. No es guapa como Diana. Su madre siempre dice: «Todas las jóvenes sois guapas, lo que pasa es que no sois conscientes de ello hasta que ya es demasiado tarde». Su madre le dice también que debe centrarse en la inteligencia, lo cual cabrea mucho a Riley porque no suele sacar precisamente sobresalientes. Pero cuesta saber qué es ser guapa. No resulta difícil saber qué es feo. Todo el mundo está de acuerdo en lo que es feo. Si eres fea en el instituto, no tienes dónde esconderte. Gracias a Dios, ella no es fea.
Vuelve a mirar el móvil, pero no hay ningún mensaje de Diana. Se guarda el teléfono en el bolsillo y va hacia su primera clase: Lengua. A la señora Acosta no le va a gustar que Diana llegue tarde.
Riley ocupa su asiento y, a continuación, saluda con la mano y con una sonrisa a su amigo Evan, que está sentado detrás de ella. La clase se llena rápidamente con el sonido del ajetreo, el arrastrar de sillas y los golpes de las mochilas contra el suelo mientras todos hablan. Llega la señora Acosta, les sonríe y les dedica un «Buenos días» con una voz alegre y luminosa, como hace siempre.
La profesora desliza la mirada por la clase para observar a cada uno de los alumnos, a la vez que toma nota de su asistencia. La señora Acosta es una buena profesora y Riley la respeta. Igual que todos los buenos estudiantes. Los que no la respetan es porque prefieren un profesor que les permita holgazanear y ya está. Riley no quiere holgazanear; quiere aprender. Tiene un cerebro y la firme intención de usarlo. Vuelve a girar la cabeza hacia Evan, que está en el rincón de atrás. Diana no ha llegado todavía. Riley se pregunta si estará enferma. Ayer se encontraba bien. Pero, aun estando enferma, respondería a sus mensajes, piensa con inquietud.
La señora Acosta mira por encima de sus gafas hacia el pupitre vacío de Diana en la fila de en medio. Pasea la mirada por la clase.
—¿Alguno ha visto a Diana esta mañana?
—No, señora —contesta Riley. Otros niegan con la cabeza.
La profesora hace una marca en el papel y, después, lo aparta. Pero, antes de que empiecen, llaman a la puerta abierta de la clase y aparece en ella el señor Kelly, el director, que tiene una expresión rara, como si estuviese alterado. Desde su pupitre, Riley puede ver también a un policía de uniforme en el pasillo y siente un pellizco de alarma. El señor Kelly hace una señal a la señora Acosta para que salga con ellos. Riley vuelve a mirar a Evan y él le devuelve una mirada de incertidumbre. Riley se gira para ver qué ocurre en el pasillo, pero, de repente, la puerta se cierra desde fuera. Hay un segundo de absoluto silencio y, a continuación, todos empiezan a hablar. «¿Qué está pasando? ¿Habéis visto a la policía ahí fuera?».
Riley siente un nudo en el estómago. De repente, teme que sea por Diana. No ha respondido a sus mensajes desde anoche. Desde que iba a salir para ver a su novio, Cameron.
Brenda Brewer trabaja de enfermera en el turno de noche del hospital de Windsor, Vermont. No hay ningún hospital en Fairhill, porque es una ciudad demasiado pequeña. La mayoría de las veces no le importa el trayecto de treinta y cinco minutos tanto de ida como de vuelta al trabajo. Le gusta vivir en Fairhill, donde todo el mundo se conoce. Hay un supermercado, una tienda de alimentación, un establecimiento de la cadena de bricolaje Home Depot, una calle principal con muchas tiendas, algunos restaurantes y un cine. Hay un parque pequeño, un par de iglesias, un campo de hockey y una biblioteca. Los chicos que residen en las granjas acuden en autobús a los colegios de la ciudad. Le gusta vivir aquí; es suficiente para ella. Pero no cree que lo sea para su hija. Quiere algo más para Diana.
Brenda llega normalmente a casa a tiempo para ver a Diana antes de que salga para el instituto. Ahora que su hija es mayor, Brenda se ha pasado al turno de noche, que es más fácil y menos ajetreado que el turno de día. Ha sido madre soltera desde que el padre de Diana se marchó hace seis años, cuando Diana tenía once. Envía algún que otro cheque; no todo lo que debería, pero lo suficiente para no verse obligada a ir tras él a pedirle lo que le debe en realidad. Lee tiene ahora una familia nueva, con una mujer más joven y unos gemelos que parecen consumir todo su tiempo y la mayor parte de su dinero. En fin, ¿qué se esperaba? En las pocas ocasiones que lo ve, parece menos contento y más estresado de lo que estaba cuando vivían juntos. Brenda cree que está arrepentido. Lo tiene merecido.
Sin embargo, Brenda es bastante feliz. Estar soltera le sienta bien. Sobre todo, ahora que Diana es mayor y la maternidad no requiere tanto tiempo y energía como antes. Ha superado que su marido la abandonara y le gusta no tener que estar pendiente de él ni de su desorden. Está orgullosa de cómo ha crecido Diana. Su hija es fuerte, lista y buena. Eso es lo más importante. También es guapa y popular, pero Brenda nunca se ha fijado mucho en esas cosas. Tampoco su hija. Tiene la cabeza muy bien amueblada. Quiere hacer algo bueno por el mundo. Brenda ha sido afortunada. Algunos padres lo pasan mal con sus hijos, pero no ha sido su caso. Diana y ella se llevan bien. Su hija es de trato fácil y servicial. Nunca le ha dado problemas, pero Brenda se pregunta si eso estará a punto de cambiar.
Está pensando en Diana mientras vuelve a casa con el coche desde el hospital, pasando junto a los campos y las granjas por el camino de siempre. No puede evitar que sus pensamientos se dirijan a Cameron, el chico con el que está saliendo Diana. Su hija lo conoce desde hace años; han sido amigos durante mucho tiempo. Siempre ha estado ahí, en la sombra. Pero este mismo otoño se hicieron pareja. Parece que, de una forma muy repentina, la relación se ha vuelto muy intensa. A Brenda le ha cogido por sorpresa e incluso ha hecho que se sienta un poco inquieta. Cameron le gusta bastante, pero no quiere que su hija se conforme. No cree que Cameron sea lo suficientemente listo, ambicioso ni bueno para su hija. No quiere que Diana termine emparejándose con su novio del instituto, igual que hizo ella. Hay todo un mundo ahí fuera, más allá de Fairhill, Vermont. Pero, cuanto menos hable sobre este asunto, mejor. No conviene buscar un problema cuando a lo mejor ni siquiera lo hay. Diana va a irse a la universidad el año que viene. Eso pondrá punto final al asunto.
Brenda se ha retrasado esta mañana porque ha tenido que quedarse más rato para cubrir una baja en el personal, así que son casi las nueve cuando entra en su calle. Le encanta ser enfermera, pero es un trabajo duro y ahora le duelen los pies y la espalda y lo único que quiere es meterse en la cama. Lamenta no haber estado en casa esta mañana a tiempo de ver a Diana salir para el instituto, pero se pondrán al día más tarde.
El cansancio le desaparece cuando ve el coche patrulla de la policía aparcado en la calle delante de su casa. Brenda mete el coche en el camino de entrada a la vez que un agente uniformado se gira y la ve desde el escalón de su puerta. Lo reconoce: es el jefe de policía, Mike Hall. De repente, siente que el corazón le late con fuerza y las manos le empiezan a temblar cuando apaga el motor. Intenta no ceder a su repentino temor. ¿Qué está haciendo aquí? No puede ser nada relacionado con Diana. Su hija está en clase.
Sale del coche y mira al jefe de policía, que se ha acercado a ella.
—¿Señora Brewer? —pregunta con voz suave.
—Sí —consigue responder ella—. ¿Qué pasa?
—¿Podemos entrar para hablar?
A Brenda no le gusta la expresión de su rostro. Siente que pierde el equilibrio, una debilidad le invade todo el cuerpo.
—¿Qué ha ocurrido?
—Entremos, por favor —responde él agarrándola del brazo.
Ella se deja llevar hasta la puerta de la casa, que abre con manos temblorosas. Él le va a contar algo que no quiere oír. Debe estar preparada. Pero no quiere prepararse, quiere echarlo de allí. Está enfadada con él por haber venido.
Y entonces, sin saber cómo, están sentados en su sala de estar y él le está diciendo que su hija está muerta. Su preciosa, perfecta y única hija. Todo parece estar muy lejos y resonar con mucho eco, como si él le hablara desde otra habitación, pero puede verle la cara enfocándose y desenfocándose, y parece preocupado. En fin, debería estarlo por tener que venir aquí a decir semejante disparate.
—No —contesta ella con firmeza—. Diana está en el instituto. Creo que debe usted marcharse. —Se levanta y se dispone a acompañarlo a la puerta, pero las piernas ceden bajo su cuerpo. Él la agarra justo a tiempo y la ayuda a sentarse de nuevo en el sofá.
—Lo siento mucho —dice él, con la voz entrecortada.
Ella empieza a gemir.
Cameron tiene libre la primera hora del viernes. Duerme más rato y, después, se levanta, se ducha y se pone unos vaqueros, una camiseta y una sudadera. A continuación, baja a desayunar. Sus padres están ya en el trabajo. Le gusta tener la casa para él solo. Es una casa vieja, a las afueras de la ciudad, con un porche delantero acristalado y unos suelos que crujen. Se sirve unos cereales, saca la leche del frigorífico y está a punto de sentarse en la mesa de la cocina y mirar su móvil cuando llaman a la puerta. Se pone en tensión y mira en esa dirección. Deja la leche en la mesa. Vuelven a llamar a la puerta, esta vez con más fuerza.
Atraviesa el vestíbulo y abre la puerta de la calle. Hay dos agentes vestidos con los uniformes marrón y verde oliva de la policía estatal de Vermont en el porche delantero, una mujer de aspecto corpulento y un hombre más joven y alto. No los reconoce; no son de por aquí. Siente de inmediato una oleada de miedo.
—¿Sí? —dice.
—¿Cameron Farrell? —pregunta la agente.
—Sí, soy yo.
—¿Están tus padres en casa? —pregunta ella.
—No, están trabajando. —Ve que los dos agentes se miran.
Ella se presenta a sí misma y a su compañero, pero sus nombres pasan de largo por su cabeza.
—¿Podemos pasar?
—¿Por qué? ¿De qué se trata?
Como no responden, les hace un gesto para que pasen. Entran en la sala de estar, a la derecha. Es una habitación chapada a la antigua, con muebles algo pasados de moda y algunas antigüedades que sus padres han ido comprando a lo largo de los años. No se sienta, así que ellos tampoco. Se cruza de brazos con gesto nervioso y espera a que digan algo.
—¿Conoces a una chica llamada Diana Brewer?
—Sí. Es mi novia.
—Quizá sea mejor que te sientes —le aconseja la agente.
Cameron se deja caer pesadamente en el sillón que tiene detrás. No dice nada.
—Lo siento mucho, pero me temo que Diana ha muerto —añade ella con tono suave y mirándolo con atención.
—¿Qué? —pregunta él.
—Han encontrado su cuerpo hace un rato en un terreno de una granja. No muy lejos de aquí.
Puede oír la sangre golpeándole los oídos. Niega con la cabeza.
—Es imposible. La vi justo… —Se interrumpe de repente.
—¿Cuándo la has visto por última vez? —pregunta la agente.
Cameron traga saliva.
—Anoche.
—¿Anoche a qué hora? —pregunta ella.
—No sé exactamente. Tengo que pensar.
La agente espera a que diga algo más, pero está asustado.
—¿Qué le ha pasado? —pregunta Cameron con la voz temblorosa.
Los agentes no hacen caso a su pregunta.
—¿Dónde la viste anoche?
Los ojos de Cameron se llenan de lágrimas.
—La recogí con la camioneta de mi padre —responde—. Estuvimos dando una vuelta. —Se aclara la garganta—. Nos enrollamos. —Mira nervioso a los dos agentes—. Luego la volví a dejar en su casa y me vine a la mía. Sería poco después de las once.
La agente le responde asintiendo.
—Mi más sentido pésame —le dice con suavidad. Y después añade—: Nos gustaría que vinieras a la comisaría para hablar con nosotros, si te parece bien.
—Vale —contesta Cameron. Su cuerpo empieza a temblar.
—Tienes que llamar a tus padres.
A Paula Acosta le cuesta asimilarlo. ¿Diana Brewer está muerta? Mira de nuevo al agente de policía que está en el pasillo frente a su clase y que le resulta tan familiar.
—¿Qué?
—Han encontrado su cuerpo hace un rato en un campo a las afueras de la ciudad —responde el agente, Chris Shepherd—. Los de Delitos Graves están ahora allí.
Paula mira al director Kelly. Parece abrumado, como si no supiera el modo con que afrontar la situación.
—¿Quiere decir… que la han asesinado? —pregunta Paula con incredulidad.
—Eso parece.
—Dios santo. —Paula toma aire y se lleva involuntariamente la mano derecha al corazón—. Una chica tan encantadora. —Piensa en su propia hija, Taylor. Después piensa en la madre de Diana, a la que ha visto en numerosas ocasiones en las reuniones de padres y profesores. Su vida destrozada en un momento. Siente la repentina necesidad de sentarse, pero no hay sillas en el pasillo.
—Unos agentes de la policía estatal están en el despacho del director. Quieren hablar con los alumnos que la conocían —le informa Shepherd—. Y están viniendo más agentes e inspectores de la Unidad de Delitos Graves para ocuparse de la investigación. —Mira a Kelly—. El director nos ha dicho que dos de sus mejores amigos van a su clase: Riley Mead y Evan Carr. ¿Están aquí?
—Sí.
—Queremos causar el menor sufrimiento y trastorno posibles, pero la noticia va a salir publicada muy rápido y va a llegar a los móviles de los chicos —continúa Shepherd—. Deberíamos adelantarnos y contárselo nosotros ya.
—Tiene un novio, Cameron Farrell —comenta Paula sin pensar.
Shepherd asiente.
—Unos agentes están hablando ya con él. ¿Vamos? —pregunta extendiendo la mano hacia la puerta de la clase.
Riley ve asustada cómo se abre la puerta. El corazón le late a toda velocidad y tiene un espantoso presentimiento de lo que va a pasar a continuación. La señora Acosta es la primera en entrar, afligida y pálida, muy distinta a la actitud alegre que mostró apenas unos minutos antes. El director Kelly tiene una expresión aún peor y va acompañado del agente de policía, al que ahora sí reconoce. Se trata de Chris Shepherd, que normalmente tiene un gesto animado cuando se le ve por la ciudad y ahora luce un ademán solemne. «Ha muerto alguien», piensa Riley. Siente que está a punto de desmayarse.
El director Kelly se aclara la garganta antes de hablar.
—Me temo que traigo una terrible y trágica noticia. —La clase se ha quedado en completo silencio y toda la energía juvenil se ha apaciguado—. Vuestra compañera Diana Brewer ha fallecido.
Riley ahoga un grito de una forma tan audible que los demás se giran hacia ella. Ve que Kelly también la mira.
—Lo siento mucho —dice dirigiéndose directamente a ella.
Riley se da cuenta de que la voz se le ha quebrado al decirlo. Ella empieza a respirar demasiado rápido, con bocanadas cortas y los ojos empañados por las lágrimas.
—Las clases quedan hoy suspendidas —informa Kelly—. Pero, por favor, no salgáis del instituto todavía. Enseguida vendrán unos terapeutas por si alguien quiere hablar con ellos. Os animo a todos a que lo hagáis. Además, están unos agentes de la policía estatal en mi despacho y quieren hablar con todos los que conocían a Diana para que les ayuden en su investigación.
—¿Investigación? —pregunta una voz desde el fondo de la clase.
El director Kelly parece haberse quedado sin palabras y Shepherd sale al paso.
—No resulta fácil decir esto. —Mira con expresión seria a los alumnos de la clase—. A Diana la han asesinado. Vamos a necesitar vuestra ayuda.
Edward Farrell llega a la comisaría de Fairhill a la vez que su mujer, con su camioneta detrás del coche de ella. Los dos han salido del trabajo para acompañar a su hijo, Cameron. Es espantoso. Han asesinado a su novia. Cuesta mucho hacerse a la idea. Una chica tan encantadora. Su hijo va a necesitar todo su apoyo en estos momentos.
En el aparcamiento, Edward abraza con fuerza a su mujer, Shelby. Ha estado llorando. Tiene un pañuelo apretado en la mano y el maquillaje se le ha corrido. Su cabello rubio está despeinado.
—No me lo puedo creer —le dice ella cuando por fin se aparta de sus brazos, con una expresión de estupor en el rostro.
—Yo tampoco —responde él.
—Y Cameron… ¿cómo va a superar esto? —pregunta ella, angustiada.
—No lo sé.
Por fin, se preparan y se giran hacia la entrada de la pequeña comisaría. Su hijo está ahí dentro. Los necesita.
En el interior del edificio de ladrillo rojo, los acompañan rápidamente hasta una sala de interrogatorios, donde su hijo está encorvado sobre una silla. Al verle, a Edward casi se le parte en dos el corazón.
Cameron se levanta de un salto cuando los ve, se lanza a los brazos de su madre y llora. Edward traga saliva mientras los observa. Le cuesta no romperse también, pero quiere mantenerse fuerte por su hijo. Sabe que Cameron iba en serio con Diana. El primer amor. Menuda forma de terminar.
La puerta se abre detrás de ellos y aparecen dos personas. Edward desvía la mirada de su hijo y su mujer. Entra un hombre alto y de constitución fuerte que aparenta tener unos cuarenta y tantos años y va vestido con un traje y una camisa blanca con el cuello desabrochado y sin corbata. Su cabello castaño y corto empieza a volverse gris. Va bien afeitado. Se mueve con una actitud de serena autoridad.
—Soy el inspector Stone, de la Unidad de Delitos Graves de la policía estatal de Vermont. Y esta es la inspectora Godfrey —dice presentando a la otra policía. Es bajita, de pelo corto y moreno y lleva un traje azul marino—. Mi más sentido pésame —añade el inspector Stone dirigiéndose a los tres. Parece sincero y respetuoso—. Por favor, tomen asiento.
Todos obedecen.
—Queremos hablar con su hijo sobre Diana, a ver si nos puede ayudar a averiguar quién ha hecho esto —les explica Stone—. Pero, como es menor de edad, al menos uno de los padres debe estar presente. Pueden quedarse los dos.
Edward asiente.
—De acuerdo. —Mira a su mujer.
Stone se dirige a Cameron.
—Esto es absolutamente voluntario, muchacho. No estás obligado a responder a nuestras preguntas, pero nos pueden ser de utilidad. Y cuanto antes hablemos, mejor.
Edward ve que Cameron asiente. Su guapo y atlético hijo está inusualmente pálido, con la cara surcada por las lágrimas, pero ya se ha tranquilizado bastante después de su ataque de llanto. Parece aliviado por la presencia de sus padres.
—Mis agentes me han informado de que viste anoche a Diana. ¿Puedes volver a contárnoslo?
Cameron mira brevemente a su madre antes de responder.
—Vale. Fui hasta su casa a eso de las diez. Suelo ir a verla sobre esa hora. Su madre se va a trabajar poco antes de las diez. Es enfermera en el turno de noche del hospital de Windsor.
—¿Con qué coche fuiste?
Edward advierte que Cameron parece sorprendido ante la pregunta. También él se ha quedado un poco atónito. ¿Qué narices importa en qué coche fue?
—En la camioneta de mi padre —responde Cameron—. Siempre me la deja cuando no la necesita y él ya no iba a salir de casa en toda la noche. —Edward asiente—. Así que me acerqué a su casa, la recogí y fuimos a dar una vuelta.
—¿Por qué fuisteis a dar una vuelta? —le pregunta Stone con tono despreocupado.
Edward ve que su hijo se pone colorado y entiende el motivo.
—A veces nos vamos por ahí, aparcamos en algún sitio y… —No termina la frase, como si no quisiera decirlo en voz alta.
—Entiendo. ¿Te acostaste con ella anoche? —pregunta Stone. Y añade—: Lo siento, pero tengo que preguntarlo.
Cameron evita mirar a sus padres y, en su lugar, dirige la vista a la mesa.
—Sí.
—De acuerdo. ¿Usasteis condón?
—Sí.
—Si me permites la pregunta, ¿por qué no os quedasteis en la casa?
Al oírlo, Cameron levanta los ojos de la mesa para mirar al inspector.
—¿Qué?
—La casa estaba vacía. La madre de Diana estaba trabajando. No vive nadie más allí.
Edward ve cómo su hijo se sonroja y dirige de nuevo la mirada a la mesa.
—A Diana no le gustaba hacerlo en su casa —masculla Cameron—. Le parecía una falta de respeto hacia su madre.
Stone asiente, como si lo entendiera perfectamente, pero Edward está molesto con el inspector. Está siendo maleducado e insensible. Su hijo acaba de perder a una persona a la que quería mucho. Y ahora está pasando una vergüenza innecesaria delante de sus padres.
—¿Qué llevaba ella puesto? —pregunta Stone a continuación.
—Eh…, vaqueros, una camisa de cuadros y su chaqueta de pana beis.
—¿Y de ropa interior?
Cameron se vuelve a sonrojar.
—Llevaba un sujetador y unas bragas, pero no sé de qué color. Estaba oscuro. Calcetines y zapatillas. ¿Por qué me pregunta esto?
Stone no le responde.
—¿A qué hora la llevaste a casa?
—No estoy muy seguro, pero sobre las once. Y, luego, me fui a la mía.
—¿La acompañaste dentro o la dejaste en la puerta?
—Detuve la camioneta delante de su casa y la vi entrar. Se despidió con la mano, cerró la puerta por dentro y, después, me fui.
—¿Dio vuelta a la llave para abrir la puerta al entrar?
Cameron hace una pausa.
—No me fijé. —Y añade—: Pero creo que no cerró con llave cuando salimos.
—De acuerdo —responde Stone—. ¿Te mencionó alguna vez Diana que estuviese preocupada por alguien? ¿Que la hubiesen estado molestando?
—No. Todo el mundo la quería —contesta Cameron.
Shelby ve cómo su hijo se viene abajo cuando dice: «Todo el mundo la quería». Siente que le tiembla el labio inferior y extiende el brazo hacia él, que está sentado a su lado, para abrazarlo a la vez que le acaricia su suave pelo castaño. Nota al estrecharlo que su cuerpo vuelve a agitarse debido a los sollozos. Es verdad, todo el mundo quería a Diana. Casi costaba creer que fuera tan buena. Se alegraron mucho cuando su hijo empezó a salir con ella. También ellos se habían enamorado un poco de Diana. Todo esto es demasiado duro y espera que su destrozado hijo logre recuperarse.
Le cuesta pensar en Brenda, la madre de Diana. Ahora se va a quedar completamente sola y Diana lo era todo para ella. Qué lúgubre va a ser su vida, así de repente. Cameron es también hijo único y Shelby no soporta la idea de lo que sería su existencia si también lo perdiera. Qué frágil es la vida, piensa mientras abraza a su lloroso hijo. No hay que dar nada por sentado. Todavía considera a su hijo como un niño; todavía le parece demasiado joven. No le gusta imaginarlo teniendo sexo con Diana en su camioneta.
¿Quién ha podido hacer algo tan espantoso? No es ninguna ingenua y, a juzgar por las preguntas tan directas que acaba de hacer el inspector, da por hecho que a Diana la violaron además de asesinarla. Todo ello hace que sienta náuseas.
¿Cómo ha podido ocurrir? Cameron la dejó sana y salva en su casa. Esta es una ciudad pequeña en la que todo el mundo se conoce. Aquí no hay asesinatos. Esa pregunta de la puerta… ¿Cree la policía que anoche podría haber alguien dentro de la casa esperándola? Supone que es una posibilidad si Diana no había echado la llave. La gente de por aquí no suele hacerlo. Le espanta pensarlo, imaginar que su hijo podría haber dejado a Diana con su asesino sin saberlo. ¿Cómo si no iba a ocurrir? No es muy probable que ella hubiera vuelto a salir a esas horas. Quizá llamó alguien después a su puerta o entró por la fuerza más tarde. Diana estaba completamente sola anoche en esa casa. Shelby desea con todas sus fuerzas que cacen a ese cabrón. La pena de muerte le estaría bien empleada. Es tremendamente espantoso que su hijo haya perdido de esta forma a su primera novia formal.
Y, sin embargo, Cameron les ha contado a los inspectores una pequeña mentira. Intenta no darle muchas vueltas, pero, después del interrogatorio, que parecía no acabar nunca, mientras vuelve a su casa sola en su coche y Cameron va en la camioneta con su padre, Shelby sí que le da vueltas. Sabe una cosa que su marido desconoce. ¿Debería decirle algo? ¿Plantarle cara a su hijo? Porque, anoche, ella se levantó cuando Edward roncaba a todo volumen a su lado. Tenía que hacer pis. Mientras recorría el pasillo de camino al baño, se asomó a la habitación de Cameron porque su puerta estaba ligeramente abierta. Por lo general, permanece cerrada. No había nadie en la cama. Acabó en el baño, volvió a su habitación y miró la hora en el reloj digital de su mesita de noche. Era casi la una de la noche. Iba a tener que hablar con Cameron por la mañana, pensó. Se suponía que entre semana tenía que estar en casa a las 23.30. Normalmente, Edward y ella se acostaban antes, así que no sabían cuándo volvía. No lo controlaban. Sencillamente, daban por sentado que él llegaba a su hora.
Mientras estaba tumbada, preocupada, con los tapones quitados, le oyó llegar a hurtadillas. Miró la hora: la 1.11 de la noche. Pensó en salir a su encuentro en las escaleras, pero decidió que podría esperar a la mañana. Una vez tranquila por que hubiese regresado sano y salvo, volvió a quedarse dormida.
Pero ahora, mientras vuelve a casa en su coche, sabe que él ha mentido a la policía. No volvió a casa poco después de las once. Fue mucho después. ¿Dejó a Diana sana y salva en su casa a las once y se fue a hacer alguna otra cosa y estaba mintiendo porque tiene establecida una hora límite de llegada? ¿O dejó a Diana mucho después de lo que decía?
Brenda Brewer está en la comisaría, en una de las dos salas de interrogatorios. Está sentada con una agente que le lleva café y pañuelos y le habla con una voz suave. No sabe a dónde ha ido el jefe de policía. Querían sacarla de su casa mientras la revisaban como posible escenario de un crimen. Consideran que trasladaron el cuerpo de Diana al terreno, que la han matado estrangulándola con alguna especie de ligadura en otro lugar. La casa es una posibilidad. Le deja estupefacta pensar que a Diana pudieron haberla matado en el interior de su casa mientras ella estaba trabajando.
Un hombre de traje oscuro entra en silencio en la habitación, acompañado de una mujer también vestida de civil, y la agente de uniforme se retira. Él se presenta como el inspector Stone y la mujer como la inspectora Godfrey, de la Unidad de Delitos Graves de la policía estatal de Vermont. También ellos le hablan con un tono suave. El exmarido de Brenda viene de camino, pero vive a más de dos horas en coche. Es el único que va a lamentar esta pérdida casi tanto como ella, piensa, aunque tiene otra familia, tiene otros hijos. Ella no tiene a nadie.
—Sé que esto resultará tremendamente duro, pero queremos averiguar quién lo ha hecho —dice el inspector Stone empleando un tono quedo—. ¿Cree que podrá responder a algunas preguntas?
Ella asiente. Hará lo que pueda. Pero lo único que desea es que alguien la drogue para dejarla dormida y no despertar jamás.
—Sabemos que Diana tenía una relación con Cameron Farrell —empieza Stone—. ¿Pero alguna vez habló de alguna otra persona que estuviera interesada en ella?
Brenda intenta pensar, abrirse camino entre la niebla del impacto, la pena y la incredulidad.
—No que yo recuerde.
—¿No le habló Diana de alguien que la estuviese molestando y que quizá mostrara un interés por ella que no fuera recíproco?
Brenda hace una pausa y recuerda.
—Sí que mencionó en una ocasión que había un cliente donde ella trabajaba que le daba repelús.
—¿Dónde trabajaba?
—En el Home Depot. Trabajó allí durante el verano y, después, cuando empezaron las clases, siguió haciendo de vez en cuando algún turno por la noche y los fines de semana —responde de forma automática; le sorprende la lucidez con la que habla.
—¿Qué le contó de ese cliente que le daba repelús?
—Poca cosa. —Brenda baja la mirada a los pañuelos que tiene apretados en las manos—. No me gustaba que trabajara por las noches, así que me alegré de que fuera en el Home Depot porque siempre hay mucha gente alrededor. Es un sitio grande, no como una tienda de barrio pequeña donde habría estado sola. Yo no habría permitido que trabajara ahí. Y le hice prometerme que siempre le pediría a alguien que la acompañara hasta el coche al terminar su turno. Siempre lo hizo. En ese aspecto se portaban bien. —Y, en ese momento, cae en la cuenta de que nada de eso ha servido, que su hija está muerta de todos modos, y se vuelve a derrumbar.
Dejan que llore todo lo que necesita. Godfrey sale discretamente y regresa con una botella de agua que no desea. Stone sigue esperando con paciencia; no ha terminado. Ella también quiere saber quién ha asesinado a su hija. Quiere despedazarlo con sus propias manos. Se recompone todo lo que puede.
—Háblenos de su novio, de Cameron —dice el inspector Stone.
Ella le mira.
—¿Qué quiere que le diga?
—¿Cómo es? —pregunta Stone.
—Es un buen chico —responde Brenda—. Han sido amigos desde el colegio, pero empezaron a salir y se hicieron pareja a finales de verano, poco antes de que comenzaran de nuevo las clases. Fue bastante repentino y muy intenso.
—¿Intenso en qué sentido?
—Me refiero a que eran…, ya sabe…, parecía que estaban enamorados. Pasaban juntos todo el tiempo que podían. Él siempre venía a casa. No la soltaba en ningún momento, abrazándola, besándola, como si no se hartara. —Se le debe de haber notado su desaprobación.
—¿Aprobaba usted esa relación?
Ella le mira directamente.
—A decir verdad, no tengo nada en contra de él, pero no me gustaba que Diana fuera tan en serio con alguien con tanta rapidez, y tan joven. Era su primer novio de verdad. Me alegró saber que planeaba marcharse a la universidad el año que viene. —De repente, se detiene para reprimir otro sollozo y, después, añade un comentario que ahora ya carece de sentido—: Quería ser veterinaria. Le encantaban los animales.
—¿Sabía usted que mantenían relaciones sexuales? —pregunta Stone.
Brenda suelta un largo suspiro.
—Diana no me lo contó, pero yo lo suponía. ¿Se lo ha contado Cameron? ¿Han hablado ya con él?
—Sí. Comprenderá que teníamos que preguntarle.
Ella asiente y toma aire.
—¿La han…? ¿La han violado?
—Todavía estamos esperando una respuesta para eso —contesta—. ¿Alguna vez han entrado a robar en su casa?
Niega con la cabeza.
—No.
—¿Alguna vez ha visto a alguien merodeando por delante de su casa, algún coche aparcado que no conociera?
—No.
—¿Cierra con llave la puerta de su casa?
Traga saliva.
—Normalmente lo hacemos de noche, antes de acostarnos, pero no siempre de día. Fairhill no es del tipo de sitios donde se echa la llave a la puerta. —Hace una pausa porque ahora sabe que eso no es verdad. Antes, Brenda cerraba con llave por la noche, pero ahora se va a trabajar y deja que sea su hija quien lo haga. Nunca se le había ocurrido que no estuvieran seguras. Ahora sí que lo sabe. Ahora que es demasiado tarde—. La puerta estaba cerrada con llave cuando llegué a casa esta mañana.
Stone asiente.
—Cameron dice que vio anoche a su hija, que la llevó a casa a eso de las once, que vio cómo entraba y que, después, se fue a su casa. ¿Recuerda usted qué llevaba puesto su hija cuando se fue anoche a trabajar poco antes de las diez?
Brenda intenta concentrarse.
—Vaqueros y una camisa de cuadros, como de colores rojo y crema.
El inspector asiente.
—¿Se le ocurre alguna razón por la que su hija pudo volver a salir de casa por propia voluntad?
—No. ¿Han mirado su teléfono móvil?
—No lo hemos encontrado —responde Stone—. Ella no lo tenía y tampoco lo hemos visto en la casa. Por ahora, al menos. —Y añade—: Y la ropa que tanto Cameron como usted han descrito y que llevaba anoche también ha desaparecido. La chaqueta de pana y las zapatillas las han encontrado en la casa. Pero esta información no la vamos a hacer pública, así que, por favor, no lo cuente. Es muy posible que se tratara de alguna persona que ella conociera.
—Quiero irme a casa —dice Brenda con una sensación de mareo.
—Todavía están registrándola —le contesta Stone con tono suave.
—Quiero irme a casa —solloza ella—. Por favor, solo quiero irme a casa.