El aumento del latido del Ibrax es el único momento del año en el que los ciudadanos de Teryon se reúnen a las puertas de palacio para celebrar a las fénix. Es un momento de jolgorio que disfrutan los teryanos ante el aumento de magia.
Códice de Teryon, vol. 7,
«Del equilibrio de la magia»
La primera vez que me asesinaron sentí terror. La segunda y la tercera vez, ese miedo lo sentí al saber que después de morir tendría que volver a despertarme. Una y otra vez.
Eso era lo que pasaba por mi cabeza mientras notaba ese cosquilleo tan característico que bajaba desde los hombros hasta la punta de los dedos. Sentí cómo se me erizaba la piel de nuevo y, esta vez, el cosquilleo saltó hacia las piernas, que reaccionaron a él con un espasmo involuntario.
Ni que fuera la primera vez que te mueres, pensé.
Notaba la saliva espesa y la lengua pastosa; una sensación tan familiar como incómoda. Después, el cosquilleo dio paso a un intenso dolor en las articulaciones: cada centímetro de mi cuerpo se convirtió en algo pesado, fatigado. Ahí fue cuando el resto de mis sentidos se fueron activando poco a poco y comprobé que no me rodeaba el silencio; escuchaba, no muy lejos de mí, la respiración nerviosa de varias personas.
—Ya está volviendo. —Una voz dulce habló a mi derecha.
No. No era una voz. Era Seren.
—Le está costando más que las otras veces —continuó ella.
—Cuantas más muertes, más doloroso es resurgir —respondió otra voz. Creo que Gwenna.
Aguardé unos segundos antes de abrir los ojos.
¿Quería abrirlos? ¿Quería volver a vivir lo mismo una y otra vez?
La respuesta siempre era la misma. Y la decisión que debía tomar, también lo era.
Pero resultaba tentador esperar unos instantes más con los ojos cerrados, en paz. Ya lo único que me separaba de volver a la vida era abrirlos y ver a mis hermanas.
Estaba dolorida, notaba mis extremidades, escuchaba lo que ocurría a mi alrededor y estaba plenamente consciente.
Solo faltaba eso: abrir los ojos.
—Erya, estamos aquí. Abre los ojos cuando quieras —susurró Seren, al mismo tiempo que sentí su mano sobre el brazo.
Sabía que ella se había percatado de que ya estaba despierta y que lo único que me separaba del mundo real era la cortina de mis párpados.
Todas y cada una de nosotras luchábamos la misma batalla en el instante exacto en el que las cenizas volvían a formar nuestro cuerpo. Por eso posó la mano con delicadeza en mi brazo, para recordarme que estaba a mi lado y que, aunque estuviera asustada, cuando abriera los ojos, ella iba a estar ahí.
Más manos tocaron mi cuerpo. Eran ellas, mis hermanas.
Aunque el contacto fue repentino, no me sobresalté. Noté un dolor en la garganta: tenía ganas de echarme a llorar como una niña pequeña.
Pero no lloré, nunca lo hacía.
Todavía con los ojos cerrados, tragué saliva para intentar que el nudo de la garganta bajara y se diluyera junto al resto de las emociones que me incapacitaban.
Entonces me atreví a abrir los ojos.
—Hola. —Seren tenía la cabeza justo encima de la mía y me sonrió—. Estamos aquí.
—Lo sé —intenté decir, pero mi voz salió más ronca de lo que esperaba y apenas logré que se me entendiera—. Siempre estáis.
Cuando agudicé la vista, me encontré con más cabezas alrededor de la mesa de piedra donde había despertado que me miraban atentamente, analizaban mi estado tras mi cuarto resurgimiento.
—¿Te duele algo? ¿Qué has sentido esta vez? —preguntó atropelladamente Morgana, mientras se apartaba el flequillo color negro de la frente—. Es tu cuarta vez, ¿no?
—Levántate, Erya. Hay que mirar si has cambiado —dijo Gwenna, antes de que me diera tiempo de responder a Morgana.
«Hay que mirar si has cambiado».
Me incorporé tan rápido que me mareé.
Si había cambiado, si algo era distinto no podría…
—Despacio.
Los brazos de Seren me sujetaban mientras trataba de sentarme sobre la mesa de piedra a toda prisa. Notaba el latido de mi corazón en la sien.
—El uniforme —susurré.
Debía quitármelo, si no, no podría comprobarlo bien.
Eché mis brazos hacia atrás para intentar desabrocharme la parte de arriba de la armadura, pero mis articulaciones seguían doloridas y la brusquedad del movimiento provocó que me temblaran los labios del dolor.
—Yo te lo quito. —Escuché a Morgana detrás de mí, que ya había empezado a desabrochar los broches metálicos.
Apenas noté cómo la armadura de metal se relajaba sobre mi piel, Seren ya había comenzado a tirar de ella hacia delante para quitármela del todo. Hice otro amago de levantar los brazos, pero tenía el cuerpo demasiado dolorido como para lograrlo, así que Seren terminó de desvestirme.
Y mientras ella lo hacía, yo repasé todo mi cuerpo con las manos temblorosas. Comencé por los omóplatos, pero me temblaban tanto las manos y estaba tan nerviosa que, por un segundo, dudé de si lo que estaba palpando eran cicatrices antiguas o eran fruto del resurgimiento. Pero parecía que mi piel tenía las mismas marcas de guerra y no había ningún bulto que indicase la formación de unas alas.
—Miradme la espalda —dije en alto a las hermanas que me observaban. Necesitaba asegurarme—. ¿Algo?
—Nada. —Escuché a Aria decir detrás de mí—. No hay nada nuevo.
—Aquí tampoco. —Exhaló Seren.
Había estado tan ocupada preocupándome de si en mi espalda había alguna marca nueva que no me había dado cuenta de que tanto Seren como Morgana ya habían recorrido con sus manos toda mi extremidad inferior. Aun así, necesitaba comprobarlo con mis propios ojos.
—Nada —dije, mientras doblaba las rodillas y me sentaba con los pies apoyados en la mesa de piedra—. Nada —repetí.
Morgana se acercó a mí con cuidado, y con sus manos callosas sujetó mi rostro. Una mirada bañada de preocupación me recorrió para asegurarse de que ahí todo permanecía igual. Sonreí al reconocer esos ojos llenos de angustia, era la expresión que todas teníamos cada vez que una de nosotras resurgía.
Por muchos años que pasaran, esos minutos nos seguían dando el mismo pavor.
—Estás igual —concluyó Morgana.
Respiré de nuevo al escuchar esas dos palabras.
Mi cuerpo se relajó tanto que, por un momento, tuve el impulso de volver a tumbarme sobre la mesa. Nada había cambiado. Todo seguía igual.
—¿No es tu cuarto resurgimiento? —preguntó Morgana de nuevo.
Observé el rostro de mis hermanas alrededor de la mesa de piedra; cada una tenía una expresión muy distinta. Mientras que Seren y Morgana sonreían ampliamente y me miraban con lágrimas en los ojos, aliviadas; Gwenna y Aria conservaban esa expresión de desasosiego en sus rostros. Las demás se habían alejado de la mesa al comprobar que estaba bien y caminaban nerviosas alrededor del salón.
—Sí. Es la cuarta —respondí. Decirlo en voz alta hizo que mi corazón trastabillara.
De las diez, la única que había tenido una transformación física tras el resurgimiento era Lili. No tuve que buscar mucho para comprobar que estaba mirando a través de los barrotes de metal que nos separaban del exterior, como hacía siempre que una resurgía. Pero mis ojos rápidamente bailaron hacia su espalda, en concreto hacia lo único que la diferenciaba de las demás.
Esos dos apéndices que se marcaban en la zona del omóplato, debajo del uniforme.
Las alas.
Era la única a la que se le habían comenzado a formar tras resurgir, algo con lo que los ondrari nos amenazaban antes de cada una de sus misiones. Por eso todas me miraban con tanto pavor; porque a Lili le salieron en el cuarto resurgimiento.
«Cuantas más muertes, más os acercaréis al origen de vuestra especie».
La frase que los ondrari nos repetían una y otra vez pasó por mi mente de nuevo. Cuantas más muertes, más nos alejaríamos de la parte humana a la que todavía nos aferrábamos; y perder la humanidad supondría perder todo lo que aún me mantenía cuerda.
—Ya vienen —dijo Lili, como si me hubiera leído la mente y supiera en qué estaba pensando—. Se están acercando, oigo los gritos.
Si venían ya, significaba que nos tocaría salir al balcón, así que debía vestirme antes de que llegara uno de los ondraris a por nosotras.
—Todas listas —ordenó Gwenna.
Con la ayuda de Seren, me puse el uniforme de nuevo, esa armadura de metal modulable con la que pasaba la mayoría de mis días. En cuanto pude ponerme de pie, me dirigí hacia los barrotes desde los que Lili miraba al exterior.
—Ya vienen —repitió ella.
Noté sus ojos clavarse en mí mientras echaba un vistazo fuera. Estaba en lo cierto, el murmullo de los ciudadanos se escuchaba desde la lejanía y ya se podía distinguir a la masa de gente que caminaba hacia palacio. Odiaba con todas mis fuerzas cuando esto ocurría; el resurgimiento ya era un martirio más que suficiente como para tener que participar en un espectáculo tan cruel.
Lili no había apartado la mirada de mí, y cuando me encontré con sus ojos, una máscara fría y sombría había cubierto cualquier expresión de preocupación que pudiera tener.
—Me alegra que no hayas comenzado a ser una bestia como yo —musitó con su expresión imperturbable.
—No eres ninguna bestia.
No lo era, ninguna lo éramos.
—Sabes que sí.
Abrí la boca para responder, pero unos gritos desviaron mi atención. Provenían de fuera del salón; estaban cerca.
—Vamos, chicas —insistió Gwenna—. Mejor que nos vean preparadas. Erya. —Al oír mi nombre, aparté la vista del exterior y miré en su dirección—. ¿Estás lista? Puedo comunicarles que esta vez yo…
—No — respondí tajante, colocándome de espaldas a los barrotes—. Iré la primera, como siempre.
Todavía notaba cómo mis hombros y caderas palpitaban de dolor con cada movimiento, pero sabía que las consecuencias de desobedecer el orden divino serían mucho peores y no estaba dispuesta a ver que Gwenna recibía un castigo por mi culpa.
Me giré de nuevo hacia Lili para terminar nuestra conversación, pero ella ya se había colocado en fila detrás de Gwenna y el enorme portón.
El deber nos llamaba.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Seren mientras caminaba hacia la fila y recogía su densa mata de pelo marrón en una coleta—. Si no te sustituye Gwenna, tal vez podría hablar yo con ellos y…
—Estoy bien —respondí a mi amiga—, hoy no habrá latigazos.
—Estamos acostumbradas, lo sabes bien.
—Hace tiempo que eso dejó de consolarme —reconocí.
Me adelanté por la izquierda de la fila para situarme delante de Gwenna, Seren ya se había colocado al final.
Estiré la espalda, eché los hombros hacia atrás, y ladeé el cuello como si estuviera a punto de iniciar una pelea, pero aquello era mucho peor. Me enfrentaría a decenas de necros antes de tener que vivir esto otra vez tras un resurgimiento.
Mirada al frente y la mente en blanco. Mis ojos se clavaron en el portón que no tardaría en abrirse.
—Recordad. —Alcé la voz para que todas me escucharan, sin apartar la mirada del frente—: Nada de desobedecer una orden ondrari, nada de moverse de la fila cuando estemos en el balcón y nada de hablar, salvo que sea estrictamente necesario. ¿De acuerdo? Hacemos lo que nos piden, como siempre, y volvemos a palacio. Solo serán unos minutos.
Pronunciar aquellas palabras en voz alta hacía que me escocieran los ojos. Odiaba ser sumisa, odiaba tener que obedecerles; pero odiaba más tener que escuchar los gritos de mis hermanas mientras les hacían daño una y otra vez.
Escuché unos murmullos a modo de respuesta y una palmadita de Gwenna en la espalda; no me hizo falta girarme para saber que mantenía el mentón alto y la mirada decidida hacia delante. Gwenna era tenaz y también experta en mantener la expresión impasible.
Las puertas se abrieron y los rostros que tanto odiábamos nos esperaban tras ellas.
—Mis chicas.
Morcant jugueteaba con sus dedos, rodeado de guardianes. Había conocido a muchos ondrari durante nuestra larga existencia, pero él tenía el privilegio de ser el único que había conseguido que yo temblara al verlo. Me aterraba su presencia, era cruel, ruin, y su forma de mirarnos era repulsiva.
Su piel azulada estaba más pálida que de costumbre; supuse que había estado entrenando desde que se autoproclamó general supremo de los guardianes de palacio. Lucía con orgullo la casaca blanca repleta, para mi gusto, con demasiados abalorios; pero nada de su aspecto era tan terrorífico como la forma en la que sonreía al mirarnos. Nos trataba como si fuéramos de su propiedad y, en parte, así era.
—Vuestro pueblo ya ha llegado a los jardines. Es hora de que salgáis a saludarles —continuó, rápidamente sus ojos se centraron en los míos—. ¡Espero que su felicidad se os contagie! ¡Es un día espléndido!
Mi turno.
—Le aseguro que mis hermanas y yo estaremos encantadas de saludarles, señor.
La sonrisa de Morcant se abrió aún más al escucharme hablar. Le detestaba. Ojalá poder matarlo, ojalá…
—Erya, cariño —murmuró, mientras avanzaba hacia el interior del salón—. ¿Cómo estás? Supongo que feliz por haber podido brindar a este reino de más magia, ¿no?
No me moví. Me mantuve con el mentón elevado y la espalda firme. Lo único que tuve que controlar fueron mis manos que, apoyadas sobre la parte trasera de mi armadura, temblaron presas de la rabia.
—Feliz y eufórica, señor.
—Señor no, Erya, te lo tengo dicho. —Chistó con la lengua como si me estuviera dando una reprimenda y yo fuera una niña a la que educar—. Soy Morcant, no señor.
Te odio, Morcant.
—Disculpe. Feliz y eufórica, Morcant —repetí.
—Me alegra escucharlo —dijo mientras me guiñaba un ojo y logró que mis ganas de matarlo crecieran a cada segundo que pasaba—. Seguidme.
En cuanto dio la orden, mis hermanas y yo comenzamos a caminar de vuelta a palacio.
Avanzamos escoltadas por los guardianes un largo rato, ignorando las miradas de los teryanos curiosos hasta que llegamos al interior del palacio. Morcant, que caminaba justo por delante de mí, alzó la mano derecha e indicó a los guardianes que se adelantaran. Sabía que, al girar por el pasillo, nos encontraríamos con la escalera oculta que se dirigía hacia el balcón; nunca nos llevaban por las zonas principales de palacio para no encontrarnos con los miembros del Consejo.
Una vez los guardias nos adelantaron, Morcant nos indicó que comenzáramos a subir.
Odiaba con toda mi alma ese recorrido y, a medida que subía la escalera de caracol, escuchaba con más claridad los gritos que nos aguardaban. Ya no llevaba las manos a la espalda, así que, para calmar mi ansiedad, comencé a mover los dedos en un ritmo silencioso, casi mecánico, tocando uno a uno la yema del pulgar.
Índice, mediano, anular, meñique…
Por lo cerca que se escuchaban los gritos, podía saber que solo nos quedaba un tramo de escaleras para llegar al balcón.
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—¡Hermanas Kaol! —Morcant pronunció nuestro apellido, como siempre, con un desprecio que erizaba la piel—. Aquí tenéis a los ciudadanos agradecidos.
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Las escaleras terminaron y me obligué a estirar las manos y centrarme en la puerta color ocre que teníamos delante. Los gritos ya eran perfectamente audibles y no hacía falta afinar el oído para saber que, como siempre, no todas las voces nos gritaban cosas agradables.
—Adelante.
El ondrari abrió la puerta con fuerza y, sin pensarlo mucho más, caminé hacia el exterior del balcón y dejé que los gritos llenaran mis oídos. Sabía que mis hermanas me seguían, pero no podía girarme para mirarlas, escuchaba sus pasos tras de mí.
Me situé en el centro del balcón y ellas se quedaron quietas unos dos pasos detrás, formando una fila horizontal.
—¡Ciudadanos de Teryon! —exclamó Morcant a mi izquierda, silenciando la mayoría de los gritos.
Había más gente que otras veces. ¿Mi muerte había generado más magia? ¿De qué dependía?
—Hoy os recibimos en los jardines del palacio porque la muerte ha vuelto a asolar a las Kaol —continuó. Pude escuchar alguna voz que exclamaba presa de la felicidad—. ¡Llevaba mucho sin ocurrir! Pero el corazón de este reino, el corazón de vuestra magia y de la de todos los ciudadanos de Teryon, ha vuelto a ser alimentado.
Los presentes estallaron en vítores. Yo trataba de mantener la vista al frente, como una soldado firme que no agachaba la cabeza para no romper su formación; no como una mujer asustada porque tantas personas se alegraran de su muerte.
—¡El ciclo divino ha ocurrido de nuevo y es un ciclo inquebrantable! —Morcant gritaba con tal emoción en su voz que por un segundo me sacó del ensimismamiento—. ¡Y el Ibrax hoy ha sido beneficiado gracias a su líder! —De reojo vi a Morcant extender su mano izquierda hacia mí, yo se la tendí—. Erya, ¿tienes algo que decir al pueblo de Teryon?
Se hizo el silencio.
Me temían tanto que ni siquiera se atrevían a abuchearme y eso era lo único de esta situación que disfrutaba. Volví a respirar hondo y, aunque lo que tenía que decir distaba mucho de la realidad de mis pensamientos, comencé a hablar:
—El ciclo divino me llevó a la muerte una vez más y no puedo sentirme más agradecida —exclamé. Ni siquiera me temblaba la voz; sabía cuál era mi papel, lo que tenía que hacer—. ¡Espero que el Ibrax os recompense con más magia tras mi muerte!
Cuando los vítores comenzaron, me permití dirigir la mirada hacia el origen de todos ellos. Las pieles azuladas eran las que más gritaban con diferencia; siempre ocurría igual, porque los ondrari nos detestaban con toda su alma. Busqué algún resquicio de piel con tonos rojizos, pero no vi ninguno. Nunca venían. Los inferis no celebraban nuestras muertes.
—¡Calmaos, calmaos! —Morcant reía, estaba feliz. Era asqueroso—. Las Kaol deben retirarse a entrenar. ¡Alimentaos del Ibrax cuando lo necesitéis, ciudadanos! El dios Nerón así lo querría. —Me miró un instante, sonrió de nuevo y volvió hacia su público—. ¡No las temáis! Las mujeres fénix están controladas. No son una amenaza para Teryon.
«Las mujeres fénix están controladas».
Eso éramos nosotras. Mujeres fénix creadas por y para el sufrimiento.
Siempre decía lo mismo y me estremecía de igual forma. ¿Por qué seguía reaccionando así, si conozco el motivo de mi existencia desde hace siglos?
Fuimos creadas para hacer daño. Eso es todo lo que somos.
La mano de Morcant se apoyó en mi espalda mientras escuchábamos cómo los vítores continuaban, provocándome un escalofrío cuando se acercó a mi oído para susurrarme:
—Quiero examinar yo mismo si has cambiado. Dirígete tú sola a mis aposentos, cariño.
Todo mi cuerpo se tensó. Hacía mucho que no me obligaba a ir a su habitación y pasar tiempo con él.
Quería ver si había cambiado, si algo de mi cuerpo era distinto y eso significaba…
—Vamos —insistió él, interrumpiendo mis pensamientos.
Tenía la cabeza embotada y no lograba concentrarme en ninguna emoción más que en el odio intenso que sentía hacia él. La última vez que me resistí a ir a su habitación apaleó a Lili durante una hora y me juré que esa situación jamás se repetiría.
Por eso me giré de espaldas a los gritos de los ciudadanos que habían disfrutado de mi muerte y no me atreví a mirar a mis hermanas cuando, en un susurro, le respondí:
—Estaré encantada de acudir.
Índice, mediano, anular, meñique…
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Ignath es el centro mágico, político y militar absoluto del reino de Teryon. Este, a su vez, está subdividido en tres anillos; anillo interno, anillo medio y anillo externo, siendo el primero de estos la zona más protegida del reino debido a la cantidad de magia que abarca.
Tratado de las tierras de Teryon
Mis pisadas sonaban seguras cada vez que me dirigía a los aposentos de Morcant. Cuando quería intimidad conmigo, yo acudía obediente, sumisa, y con una tranquilidad que distaba mucho de lo que realmente sentía.
Siempre he confiado en que, si finjo seguridad a la hora de hacer algún sacrificio, acabaré por sentirla.
—Has estado exquisita, Erya.
La voz tenebrosa y grave de Morcant me distrajo de los pensamientos oscuros en los que me había sumido; tanto, que ni siquiera me había dado cuenta de que el portón de madera de su despacho se alzaba frente a mí. Antes de que me diera tiempo a responder, abrió la puerta y me indicó con la mano que pasara.
Toda esa seguridad y valor se disolvieron en el preciso instante en el que la energía del despacho me rodeó, el olor rancio y denso que flotaba en él hizo que se me secara la boca y me fallaran las rodillas por un segundo.
Tenía miedo. Quería huir. No quería volver a pasar por esto.
—¿Me has escuchado?
Morcant permaneció junto a la puerta. Yo, sin embargo, me encontraba en mitad del despacho como si mi capacidad para moverme se hubiera esfumado.
—Sí, perdón. —Negué con la cabeza—. Gracias, Morcant.
Él me dedicó una sonrisa de suficiencia mientras, a paso lento, se dirigía hacia la vitrina transparente que tan bien conocía. Con su gracia característica, deslizó los dedos sobre las distintas botellas de licores de colores; a mí, en cambio, se me revolvió el estómago solo de mirarlo.
—¿Sabes? A veces, cuando sé que habéis vuelto a morir, algo dentro de mí se entristece. —Tamborileó con los dedos sobre una botella de líquido turquesa—. Os he cogido cariño.
Sus ojos no se apartaron del licor turquesa, que ya vertía en un vaso de cristal que sujetaba con delicadeza. Noté cómo un nudo en el estómago se me formaba mientras pensaba qué podría responder a aquello.
—Lo puedo comprender.
—No. No lo entiendes. —La mirada azul gélido me fulminó desde la vitrina—. No sabes lo que es tener que cuidar, proteger… Tener que mantener al símbolo más importante de este reino. Tener que… —Negó con la cabeza—. Quiero asegurarme de que ninguno de esos vándalos os lastime… Es difícil.
No era la primera vez que hacía aquello. Siempre que reflexionaba acerca de su trabajo y de nuestro papel en el reino, hablaba de nosotras como si fuéramos unos cachorros de los que tenía que cuidar y proteger frente a un reino que nos consideraba hostiles. Más de la mitad de Teryon nos temía tanto que ni siquiera se atrevían a acercarse a palacio cuando alguna de nosotras resurgía y él parecía sufrir con aquello.
Pero yo nunca me creí ni una sola palabra de ese discurso. Jamás. Todo eran mentiras, patrañas que nos decía para disimular la aterradora apatía que dominaba su alma, si es que tenía. Éramos las armas de Teryon, y a él no le dolía lo más mínimo que lo fuéramos.
—Tiene que ser difícil gestionar algo así. —Era mi turno, me tocaba hacer bien el papel para el que había nacido—. No puedo imaginarme lo terrible que tiene que ser.
—Siempre has sido mi favorita. —Mientras pronunciaba aquella frase, caminaba por el despacho, despacio. Yo no me había dado cuenta de que había retrocedido hasta que mi trasero chocó con la mesa de color ocre sobre la que se amontonaban decenas de papeles—. Tu pelo rojo me llamó la atención desde el primer día en el que mis ojos se posaron en ti. Tan rebelde.
Quería matarlo. Acabar con él para siempre.
—Tan rebelde y hermosa. Tienes una belleza… —De nuevo el olor rancio y empalagoso me inundó la nariz cuando Morcant acortó la distancia entre nosotros. Yo era cientos de años mayor que él, pero, por la diferencia de especie, parecía ser al revés. Sus arrugas profundas y marcadas enmarcaban orgullosas su frente—. Letal, podría decirse. Es una lástima.
—¿Una lástima? —respondí. No sabía qué hacer. No podía moverme. Alzó la mano derecha hacia mi barbilla, levantándola con sutileza.
Índice, mediano, anular, meñique…
Índice, mediano, anular, meñique…
—Una lástima que algo tan hermoso sea la antítesis de lo divino. Una sombra en nuestra historia. Un diseño infernal creado para sufrir, para servir… De nada sirve tu hermosa cara si tu propósito es este, ¿verdad? —Dejó escapar una cruel risa de sus labios. Yo no me moví mientras su dedo pulgar rozaba mi labio inferior con desprecio; sabía lo que venía a continuación porque no era la primera vez que me decía palabras similares—. Te tengo cariño y me duele, porque sé que tu existencia eterna es repulsiva, y odio saber que así va a ser siempre.
Tres golpes firmes en la puerta me salvaron.
Los dos giramos las cabezas hacia el sonido, todavía con su mano colocada en mi mentón.
—¡Señor! —gritó alguien al otro lado de la puerta—. ¡Hay una emergencia en el anillo externo de Ignath!
¿Emergencia en el anillo externo? Esas criaturas solo tenían que preocuparse de ir a entrenar todas las mañanas o de vigilar las fronteras de la capital por si algún ciudadano hambriento pretendía cruzar. No se me ocurría qué tipo de emergencia podía asolar sus calles.
Pero sabía que, fuera lo que fuera que ocurriese, la palabra emergencia terminaba por derivar en una de nosotras. Una Kaol.
—¿Qué tipo de emergencia? —preguntó Morcant.
El guardia permaneció en silencio unos cinco segundos antes de responder:
—Necros, señor.
Morcant se apartó de mí en cuanto la palabra necros salió de la boca del guarda.
¿Necros? No tenía la menor idea de cómo habían llegado hasta allí, apenas dos días antes habíamos revisado el perímetro de la ciudad y no encontramos rastro de ninguno.
—Vamos. Convoca a las Kaol y que se preparen en la armería.
Tan pronto como el ondrari le dio la orden al guarda, escuché unos pasos corretear y alejarse del despacho. La mirada gélida de Morcant me recorrió de arriba abajo por última vez antes de susurrar:
—Una pena que no hayamos tenido tiempo. Ya lo tendremos. —Asentí—. Dirígete a la armería con tus hermanas —me ordenó.
—De acuerdo.
—Erya.
Me giré antes de salir del despacho, con la mano derecha apoyada en el pomo.
—No falléis. No quiero que tengamos necros en la capital al menos por un tiempo.
Asentí. Yo nunca fallo.
Por algo éramos el arma de este reino, creadas para el sufrimiento y para proteger a los ciudadanos de Teryon. Lo odiaba, me odiaba, pero sabía que nunca fallaría en una misión. Jamás.
—Cuenta con ello.
Los necros surgieron por un error desconocido en el proceso mágico de la creación del Ibrax. Desde entonces, estas criaturas han sido la mayor amenaza que ha asolado el reino de Teryon.
Códice de Teryon, vol. 7,
«Del equilibrio de la magia»
—Escuchad.
Mi orden llenó la armería, por lo general, silenciosa, pero ahora sumida en un caos controlado. Todas conocíamos nuestro deber y nos preparábamos para la misión siguiendo uno a uno los pasos de una coreografía, practicada a lo largo de muchos años, donde incluso el orden en el que cogíamos las armas se había automatizado.
—Te escuchamos, Erya —dijo Seren, terminando de colocar su espada en la vaina.
Pasé los ojos por todas ellas antes de hablar. Se dispusieron en fila, cubriendo el espacio cuadrado con sus espaldas mirando hacia la pared. Revisé las espadas, dagas y sables, que colgaban de unos apliques; los arcos y ballestas, que descansaban sobre una de las largas mesas de madera; también las armas más especiales como…
—¿Quién ha cogido los discos metálicos? —pregunté curiosa.
Morgana alzó las armas, divertida, mientras jugueteaba con ellas con ambas manos.
—Quiero innovar, no puede ser que todavía no haya probado a matar con estos dos juguetitos. —Sonrió mientras alrededor de su dedo índice los dos discos daban vueltas—. ¿Me tenéis envidia?
—Mucha —afirmó Aria entre risas—. Sobre todo, cuando te cortes y tengamos que sacarte de allí antes de que te maten.
—Envidia —repitió Morgana—. Voy a matar más necros que…
—Chicas, escuchemos a Erya. —Gwenna alzó la voz por encima de las dos hermanas. Su tono siempre era responsable y formal, pero jamás cruel con ninguna de nosotras. Eso era lo que nos representaba al final del día: por encima de todo y de todos, nos queríamos y respetábamos. Éramos una sola alma dividida en diez cuerpos y nuestra relación era lo más valioso que teníamos.
Sonreí ante la forma en la que Morgana guardó los discos metálicos y asintió antes de centrar sus ojos color ónix en mí.
—Bien. —Tocaba dar las instrucciones, como siempre—. Me confirman que hay necros cerca del perímetro central del reino.
—Hace siglos que no limpiamos esa zona. ¿Cómo han entrado? —inquirió Aria.
—Es cierto, yo tampoco entiendo cómo han podido avanzar tan rápido.
Que hubiera necros en la capital implicaba que las barreras de defensa de las ciudades que hacían frontera también habían fallado. ¿Cómo podían los necros moverse tan rápido y sigilosos? No es que fueran poco llamativos precisamente.
—Son una maldita plaga —añadió Seren, las demás murmuraron y asintieron.
—Lo son, pero tenemos que volver a controlar la zona.
—¿Hasta cuándo? Se acercarán al centro de nuevo. —Lili habló por primera vez—. Es absurdo, vamos a tener que repetir lo mismo infinitamente. Nunca acaban.
Tardé unos segundos en responder, porque objetivamente tenía razón. Entendía su frustración y entendía que resultara absurdo tener que matar las mismas bestias una y otra vez cuando parecían reproducirse más rápido de lo que nosotras tardábamos en acabar con ellas.
Era injusto y lo odiaba. Pero era lo que teníamos que hacer.
—Sabes que es lo que hay que hacer —dije entre dientes. Lili se limitó a asentir y apoyó su mano en la espada que asomaba por la funda negra que tenía atada en su cinturón—. ¿Estáis todas armadas y listas?
—¿No hay más información al respecto? —preguntó Dwua, mientras terminaba de recogerse el pelo en una trenza.
—Al parecer, los necros han llegado a la zona norte de Ignath. Los guardias dieron la orden hace media hora, así que lo más probable es que ya hayan avanzado.
—¿Número de necros?
—No me han comunicado estimación —respondí a Gwenna.
—¿Vamos solas o esta vez se unirán los guardias a la misión? —preguntó Aria, a lo que varias de las hermanas giraron sus cabezas a mirarla—. ¿Qué? Hace unos meses vinieron con nosotras.
—Eso fue porque peligraba el culito de uno de los ondrari líder y, claro, como son unos…
—Vamos solas, Aria —terminé por decir, interrumpiendo a Morgana, no porque no estuviera de acuerdo con ella, sino porque hacía unos instantes que había percibido las pisadas de alguien al otro lado de la puerta de la armería. Nos escuchaban.
Mientras indicaba a mis hermanas que revisaran su equipamiento y que comenzaran a salir por la puerta de la armería hacia donde nos esperaban los caballos, comprobé que mis armas estaban en su sitio.
Las empuñaduras de mis cuatro dagas asomaban por las fundas que tenía en los costados y en la parte superior del muslo. En más de ochocientos años de existencia es lo único que ha permanecido a mi lado, además de mis hermanas, siempre han estado y siempre estarán.
Todo ser con alma puede morir. Si careces de alma, te conviertes en algo eterno.
Las palabras que Morcant nos había dicho más de una vez resonaron en mi cabeza mientras trenzaba a toda velocidad mi pelo. Mis dagas tampoco tenían alma, como yo. Solo éramos tipos distintas de herramientas destinadas a ser empuñadas por otras personas.
Todas esperaban montadas en sus respectivos caballos cuando salí de la armería. Y, como siempre, algo había cambiado en sus miradas. La jovialidad que antes bañaba la armería se había transformado en una mirada letal que asustaría a cualquiera en todas y cada una de mis hermanas. Ni siquiera tuve que pararme a reflexionar si, en mi caso, esa actitud también se había apoderado de mí porque notaba la rabia burbujeante llenar cada centímetro de mi cuerpo.
Usaba la rabia para luchar, para ser letal y peligrosa en el campo de batalla. Aunque no la hubieran originado aquellos a quienes debíamos asesinar.
Me acomodé en el lomo de mi caballo con un salto ágil. Su lomo cálido y familiar me reconfortó durante unos instantes hasta que alcé la vista y comprobé que el cielo de Teryon estaba tan encapotado y grisáceo como de costumbre. Las nubes parecían querer transmitir una advertencia constante. No me molestaba, nunca en mi existencia había visto la luz de los soles del reino llenar los cielos. Había quien decía que, antes de la creación de los primoris, el cielo estaba despejado y los soles bañaban el reino en su plenitud, dándole un aspecto al territorio muy distinto al que tiene ahora.
Yo nunca creí esas leyendas.
—Vamos, Haze. —Me agaché sobre el lomo de mi caballo para besarle la crin antes de partir—. ¡¡¡Seguidme!!! —Alcé la voz—. Se supone que están a lo largo de toda la zona norte de Ignath, así que dejaremos los caballos en la entrada y seguiremos a pie. ¿De acuerdo?
—Sí —respondieron todas al unísono.
El primer golpe del casco del caballo sobre el terreno sonó como un trueno. El resto de mis hermanas nos siguieron al galope como una sombra, mientras bordeábamos los exteriores del muro del palacio para llegar al puente que nos separaba del resto de la ciudad.
No pude controlarme y, como siempre hacía cuando bordeaba la fortaleza al galope, estiré la cabeza para ver el precipicio que se extendía a apenas un metro de Haze y de mí. La muralla que rodeaba el palacio se alzaba sobre una montaña inmensa que destacaba por encima del territorio llano de la ciudad principal de Teryon, Ignath. Tan solo nos separaba un puente en la parte delantera del palacio, el resto del palacio estaba rodeado de un precipicio de metros y metros de profundidad con un fondo bañado de piedras afiladas que asustarían a cualquiera.
A cualquiera, menos a nosotras. Cada día teníamos que rodear ese precipicio para cumplir nuestras misiones y había llegado a resultarme atractivo. Era peligroso y eso me gustaba.
Cuando nuestros caballos habían llegado al famoso puente que delimitaba el anillo interior del medio de Ignath, pegué mi cuerpo al cuello de Haze, dejando que la velocidad despeinara los mechones sueltos de mi trenza y que la luz de las antorchas bañara mi rostro y el de mis hermanas.
—Ya tenemos público.
El grito de Morgana llenó el silencio de la noche, nos advertía de las siluetas que se asomaban por las ventanas de las casas más cercanas al puente. Miradas curiosas que querían vernos actuar, como siempre.
El resto de las calles pasaron como un destello alrededor de nosotras mientras cabalgábamos en dirección al anillo externo. No quise mirar a las personas que se asomaban al escuchar los cascos de nuestros caballos, no necesitaba constatar que seguían analizándonos entre comentarios de miedo, odio y, en algunos casos muy contados, admiración.
Pero hice frenar mi caballo cuando avisté el primer edificio de color oscuro a menos de cien metros. El anillo externo de Ignath, habitado, en su mayoría, por inferis guerreros y druvaris de bajo rango, estaba más silencioso que de costumbre.
—¿Estarán escondidos en sus casas? —comentó Aria al bajar de su caballo.
Tal y como habíamos previsto, dejamos los caballos atados en fila, mientras nosotras comenzamos a sacar nuestras armas y a deslizarnos por las callejuelas en casi completo silencio. Aquella era la única zona de la ciudad que tenía casas e infraestructuras con colores más allá del gris o del marrón, y sus edificios eran de mayor altura y tenían varias plantas, donde los druvaris e inferis entrenaban de cara a posibles catástrofes que pudieran asolar Ignath. Era una región de entrenamiento y vigilancia, destinada a que los soldados de menor rango acudieran a trabajar. No era una zona problemática gracias a la frontera que separaba Ignath del resto de Teryon y que mantenía alejados a los necros. O así había sido hasta entonces.
Nuestras misiones nunca eran dentro de los anillos de Ignath, las áreas circundantes eran las más asoladas por aquellas bestias. Tampoco habíamos recibido ningún aviso de Rhyen acerca de la aparición de estas criaturas… ¿Habrían entrado por Vahdris? Era imposible, no debían de saber nadar… ¿Y por Kaoral? Imposible también, esa zona no estaba habitada y probablemente expulsaría a cualquiera carente de magia, un necro ni siquiera podría acercarse…
—No me gusta esto. —Gwenna se colocó a mi lado, sacándome de mis pensamientos.
—A mí tampoco —respondí sin mirarla, mi vista fija en lo que nos rodeaba.
Las antorchas, normalmente encendidas, aunque fuera de día por la escasa luz que nos aportaba el cielo, estaban apagadas. Eso no podía indicar nada bueno.
—Si se supone que han entrado por la zona norte, deberían estar al caer, es raro que no escuchemos nada —continué hablando. Notaba los pasos ágiles de mis hermanas a mi alrededor, colocadas en la formación habitual conmigo liderando el equipo y Gwenna cubriéndome las espaldas.
Debía de ser un grupo numeroso de necros o los druvaris e inferis del anillo no se habrían retirado con tanta rapidez. A no ser, claro, que hubieran recibido una orden directa de que lo hicieran al saber que veníamos nosotras.
No me sorprendería, todos son unos malditos cobardes.
El aire parecía volverse más pegajoso mientras oteábamos las callejuelas intentando no alterar el silencio que bañaba el barrio. Hasta que lo vi.
Un hombre con la piel como las brasas, un inferi, me miraba a través de una de las ventanas del edificio que tenía a mi derecha. Se llevó un dedo a la boca, indicándome que guardara silencio.
—¿Dónde están? —vocalicé, sin emitir sonido.
Pasaron unos segundos hasta que el inferi fue capaz de abrir la boca a través de ese ventanal y pude leer en sus labios:
—En todas partes.
Fuera casualidad o destino, en cuanto el inferi pronunció aquellas palabras, escuché los pasos acelerados de una de mis hermanas a mi derecha.
—He visto uno —gritó Aria. No me dio tiempo a ver a dónde se dirigía.
—¡No rompas formación! —exclamé, dejando la mirada del inferi atrás y siguiendo la voz de Aria.
—Esta vez creo que están desperdigados —me dijo Seren, apoyando su brazo sobre el mío—. Debemos separarnos.
Si nos separábamos, podríamos cubrir más terreno, pero los necros no se movían en solitario jamás y si ella se encontraba con un grupo entero…
Los vi. A todos. Eran decenas, al final de la calle.
Decenas de siluetas oscuras y sigilosas que se movían como si volaran por encima del suelo. Sus brazos alargados y huesudos listos para arrancar la magia de todo aquel que se cruzara en su camino.
Ellos también nos vieron, siempre lo hacían. Parecían detectarnos antes que a cualquier otra criatura. Sus rostros deformes y casi fantasmagóricos se dirigían siempre hacia nosotras, aunque estuvieran enfrentándose a un ejército de guardianes.
Mejor, así tardaría menos en matarlos.
—¿Cómo han llegado tantos? ¿De dónde coño salen? —Escuché a Lili colocarse a mi lado mientras observábamos la masa oscura de necros que nos vigilaba a apenas unos cincuenta metros.
—No nos tiene que importar eso. Debemos matarlos y volver. Cuanto antes.
Quería saberlo, quería que alguien me diera un motivo de peso para explicar por qué, centenares de años después de la creación del Ibrax, seguían surgiendo necros de la nada. Pero sabía que no debía pensarlo y tampoco me correspondía averiguarlo; ni a mí, ni a ninguna de mis hermanas. Matamos sin preguntar, y ya. No podíamos escapar del rol que nos habían asignado al nacer.
—Diez minutos —continué—. Todas en diez minutos donde los caballos, ¿de acuerdo?
—Son muchos.
—Lo sé, Seren. —Alcé la cabeza mientras jugueteaba con las dagas—. Pero podemos hacerlo en diez minutos.
No iba a perder más tiempo con esas criaturas de nuevo. Los mataríamos y volveríamos al palacio. Ya está.
—Serán ocho —añadió Gwenna.
Y corrimos hacia ellos.
Los necros flotaban, reptaban, eran un humo espeso que parecían absorber la poca luz que quedaba. No tenían rostros. No tenían cuerpos definidos. Solo bocas abiertas en un grito perpetuo sin sonido, y extremidades que mutaban a placer, como tentáculos de humo negro.
Se habían dispuesto en una pequeña plaza, manchando todas las paredes oscuras del barrio a su paso con esos restos negros tan característicos. Joder, eran muchos, tal vez…
—Quince minutos —grité mientras corría hacia las bestias, que se movían de un lado a otro, a la espera de nuestro ataque.
—No están donde dijeron —escuché decir a Gwenna.
—¡No importa! Hora de la limpieza —canturreó Morgana, saludándome con sus discos metálicos mientras corría a una velocidad imparable.
Aria, sin embargo, fue la primera en atacar. Vi su espada atravesar el pecho de uno de los necros justo en el punto exacto en el que sabíamos que sería letal. No tenían corazón, alma o magia, pero, al atravesar justo el centro de sus pechos, los necros desaparecían.
Yo me lancé contra un grupo que trataba de reorganizarse en una masa compacta. Corte tras corte, mi fuego se abría paso como una aguja precisa. Las criaturas estallaban al contacto, y desaparecían en un suspiro de brasas. Sentía sus cuerpos deshacerse bajo mis movimientos, como humo arrancado por el viento.
Detrás de mí, escuché la explosión controlada de los discos de Morgana cuando impactaban. El eco metálico de su risa llegó justo después.
—Siete —dijo satisfecha.
—Seis y medio. Uno solo estaba medio formado —objetó Seren, lanzando una flecha que atravesó dos necros con un solo impacto.
Así avanzamos por el barrio ejecutivo, asesinamos a todas y cada una de las criaturas que se cruzaban en nuestro camino sin despeinarnos más de la cuenta. Cada una cubría a la otra sin necesidad de hablar. Cuando una retrocedía, había una hoja preparada para sustituirla.
No éramos caóticas ni violentas. Éramos inevitables.
Un necro más grande, con tentáculos de humo inmensos, se lanzó hacia mí desde una cornisa. La advertencia de Seren me permitió lanzar mis dagas a su pecho en apenas unos segundos.
Pero su cuerpo de humo me rodeó como si no hubiera atinado en el objetivo.
Era imposible.
No me gustaba recurrir a la magia frente a ellos porque su simple presencia los excitaba, pero su cuerpo sobre el mío me asfixiaba.
Alcé la mano y descargué una llamarada de fuego sobre su cuerpo.
—Ya los has puesto nerviosos —escuché objetar a Lili, mientras el necro que, hasta hacía unos segundos, me estaba incordiando se reducía a cenizas.
El fuego de una fénix.
—Perdonad —dije en voz alta mientras corría a recuperar mis dagas—. Estaba durando más de la cuenta.
Pasaron apenas otros cinco minutos antes de que las calles volvieran a sumirse en el silencio previo a encontrarnos con los necros. El barrio, antes cubierto de sombras, ahora tenía los restos de sus cuerpos manchando las paredes.
—Le va a costar limpiar esto a los ondrari —comentó Aria, limpiándose algo de sangre necro de su rostro pálido—. ¿Cuánto hasta que vuelvan?
—No lo sé. A este ritmo, un día, tal vez dos. —Comencé a caminar hacia los caballos. No me gustaba quedarme más tiempo del necesario en ninguna región que acabásemos de limpiar. Los curiosos no tardarían en aparecer—. Vamos, hay que volver.
—No les importa morir por conseguir un poco de magia.
La frase de Gwenna me taladró el corazón. A mí tampoco me importaba morir, a ninguna de nosotras, por eso estábamos ahí.
—Y tenías razón, Erya.
—¿En qué? —respondí a Seren, que había apoyado su brazo alrededor de mi cuello con familiaridad.
—Estoy bastante segura de que no hemos tardado ni diez minutos.
Todas las criaturas existentes en el reino de Teryon surgieron a partir de cada uno de los tres dioses originales. Los druvaris son hijos de la diosa Yara; los ondrari, hijos del dios Nerón; y los inferis, hijos de la diosa Kaol.
Códice de Teryon, vol. 3,
«De los primoris y las bestias de dioses»
Volver a palacio siempre me hacía lidiar con sentimientos contradictorios que detestaba.
Por una parte, ansiaba con todas mis fuerzas que mi querido Haze cabalgase más rápido que nunca para poder aislarnos de las miradas incómodas de la gente que se paraba a nuestro paso. Quería huir de sus comentarios, de su forma de analizarnos como si no fuéramos más que bestias a las que temer. La dualidad de la población de Teryon era terrorífica: todos sabían que vivíamos por y para protegerlos, pero eso no impedía que nuestro origen les aterrara hasta el punto de repudiarnos.
Pero, por otro lado, algo dentro de mí también odiaba volver a aquella cárcel con forma de fortaleza en la que llevábamos sobreviviendo cientos de años.
—¿Qué os apetece hacer cuando volvamos?
La angelical voz de Seren me desconcertó de primeras, estaba demasiado ensimismada observando la fortaleza.
—Yo creo que me iré a dormir. Esos necros me han cansado más de lo que esperaba.
—No digas tonterías, Aria. Todavía nos queda más de un cuarto del libro —respondió Morgana.
—Libro que hemos leído unas… ¿seis? ¿Siete veces?
La respuesta de Aria no ilusionó demasiado a Morgana, que bufó de mala gana y se adelantó con su caballo, no sin antes dedicarle una mueca burlona.
Eso también me volvía loca. Había devorado todos y cada uno de los libros a los que teníamos acceso. Podía recitar de memoria más de la mitad de las historias que estaban en nuestra estantería por la cantidad de veces que me había sumergido en ellas. Y no era precisamente porque me apasionaran. Adoraba esas historias, pero sabíamos que existían otras bibliotecas mucho más grandes en palacio habitadas por cientos de miles de historias por descubrir a las que no teníamos acceso.
Según todos y cada uno de los ondraris que habían ostentado el poder estos años, el conocimiento que escondían esos libros nos distraería de nuestra verdadera labor:
Matar. Obedecer.
—¿Erya?
—¿Sí? —Giré la cabeza hacia Gwenna, que cabalgaba tras de mí por el filo de la fortaleza.
—¿Hay algo que te preocupe?
—Infinidad de cosas, las de siempre —me limité a responder—. Por ejemplo…
—No. —Negó rotundamente y parece ser que su yegua Lya también, a juzgar por el bufido que soltó—. No me refiero a las de siempre. Me refiero a… no sé, algo distinto. Te noto distinta.
Distinta.
Yo también me notaba distinta. No sabía muy bien por qué, qué era exactamente lo que me hacía desvelarme por las noches o acudir a las misiones de peor gana que los últimos años. Había asumido que solo se trataba de una mala época, de un cansancio acumulado por todo el trabajo que tenía a las espaldas.
Pero notaba mi corazón palpitar con más fuerza cada vez que mis pies tocaban las afueras del palacio, cada vez que se pasaba por mi mente una idea tan peligrosa como imposible.
La idea de la libertad.
Hacía más de doscientos años que nos prohibimos a nosotras mismas plantearnos la posibilidad de escapar. De ser libres. Era absurdo, porque nuestro origen estaba atado a la magia de este reino. Nuestra existencia estaba condenada a la esclavitud, aunque no lo quisiéramos. Por ello, llegamos a la conclusión de que la palabra libertad nos causaba más problemas que asumir nuestro destino atado a Teryon. Si intentábamos ser felices aun estando cautivas, tal vez todo mejoraría en algún momento.
¿Pero por qué nada mejoraba? ¿Por qué ese nudo de ansiedad no desaparecía?
—Estoy bien —dije en cambio.
—Erya…
—Gwenna —interrumpí lo que sabía que iba a convertirse en una charla motivadora de las suyas—. No hay solución para nada de lo que se me pase por la cabeza. Si existiera una solución…, lo hablaríamos, ¿vale?
Pasaron unos segundos antes de que Gwenna respondiera, me sirvió para acariciar el lomo de Haze mientras recorría el borde del precipicio con destreza. Inhalé hondo al ser consciente del nudo de ansiedad que se me formaba en el pecho.
No había salida. Estábamos condenadas.
—Si algún día encuentras una solución o simplemente quieres quejarte, estaré… estaremos —corrigió— a tu lado.
Asentí con el nudo aún en la garganta, que tardó unos segundos en disiparse cuando observé las puertas de la armería a apenas diez metros de nosotras. De nada me servía llorar o quejarme por la que llevaba siendo nuestra vida cientos de años.
—Gracias.
Así terminó una misión más.
Algunas más calladas que otras. Aria y Morgana comenzaron a discutir sobre si realmente los discos metálicos habían sido útiles o, según aseguraba Aria, «solo habían servido para alimentar el ego de Morgana».
Dejamos nuestras armas en su sitio y comenzamos a despojarnos de la armadura que llevábamos día a día para sustituirla por un atuendo más apropiado para el descanso; era de color negro, como casi toda nuestra ropa.
—¿Os vais a dormir directamente? —Dwua jugueteó con sus pies sentada en la litera.
Las diez dormíamos en una habitación bastante amplia en el palacio, en literas. No teníamos grandes lujos ni muebles caros; tampoco pasábamos en la habitación más tiempo del necesario.
—Mañana a las seis nos tenemos que despertar, entran nuevos guardianes y hay que revisar su entrenamiento.
—¿Nuevos guardianes? Por Kaol, qué pesadez.
La habitación se sumió en un silencio sepulcral en cuanto Morgana pronunció aquellas palabras. Lo que nos alarmó a todas no fue el desdén con el que habló de los nuevos guardianes ni la forma en la que se había cruzado de brazos y había maldecido en alto tener que madrugar por su culpa.
Lo que hizo que me moviera con rapidez a las ventanas para comprobar si alguien nos espiaba era el haber escuchado una sola palabra salir de sus labios.
Kaol.
La mitad de mis hermanas me miraban a mí, que pendiente de lo que ocurría en el exterior de la fortaleza pude confirmar que nada ni nadie nos escuchaba. La otra mitad observaba a Morgana como si acabara de cometer un sacrilegio.
¿Y lo había cometido?
—Perdón. Se me ha…
—Que no vuelva a ocurrir.
Fue Lili la que se atrevió a hablar. Sabía que ella tenía un conflicto especial con esa palabra.
—Ha sido sin querer. Lo siento.
Kaol, diosa del renacimiento y del fuego, madre de las criaturas más poderosas que jamás hayan existido. Mujer que estuvo a punto de destruir el mundo en el que vivimos. Y que, para conseguirlo, nos creó a nosotras.
Como si mis pensamientos me guiaran, noté el pulso del Ibrax bajo mis pies justo en ese momento; la magia era sabia, latía con más fuerza debajo de nosotras cuando pensábamos en ello. La magia y su corazón; eso era el Ibrax, el corazón de la diosa Kaol utilizado como fuente de alimentación mágica del reino.
Parecía contradictorio que Teryon necesitara su corazón para poseer magia y aun así pronunciar su nombre se considerara delito, pero precisamente el Ibrax era el vestigio de lo que tuvo que hacer el dios Nerón para salvarnos a todos: matarla.
Solo con pensar en ello se me erizaba la piel. Kaol fue una mujer extremadamente ambiciosa y con un deseo de poder incontrolable, tan incontrolable que supo que haría lo que fuera para hacerse con Teryon al completo.
Incluso crear a unas bestias inmortales, que obedecieran sus órdenes y estuvieran dispuestas a morir tantas veces como fuera necesario.
—No pasa nada, Morgana —alcé la voz, negando con la cabeza y luchando por que la historia de nuestra antecesora se disipara de mi cabeza.
—¿Por qué has mencionado su nombre?
La pregunta de Lili salió de su boca con un desprecio que hacía años que no escuchaba en ella. No era desprecio hacia nuestra hermana ni mucho menos, sino hacia Kaol.
Entendía tanto lo que sentía solo con ver cómo sus ojos se apagaban al escuchar ese nombre; algo dentro de mí ardió con fuerza. ¿Rabia, ira o acaso era algo de tristeza lo que se apoderó de mi corazón? Supuse que las tres.
Morgana se llevó las manos a la boca mientras cerraba los ojos, como si no encontrara justificación a por qué de repente maldecir en nombre de la criatura que nos había condenado para siempre le había parecido buena idea.
—Me ha salido solo —exhaló, alzando los hombros nerviosa—. No volverá a pasar, perdón.
Seren se acercó a Morgana para consolarla, igual que Aria. Pero por mucho que todas entendiéramos el desliz que había tenido, la mirada de Lili no llegó a iluminarse de nuevo en las siguientes horas. Ni la mía tampoco.
—¿Te has enfadado conmigo?
Miraba la ventana con atención cuando Morgana apareció por detrás y dejó caer sus manos sobre mis hombros. No me fijaba en nada en especial, más que algún que otro cuervo que revoloteaba alrededor de las torres de la fortaleza.
—¿Por qué iba a enfadarme? —respondí, apartando la mirada por un instante del exterior. Necesitaba salir. No como guerrera, no como parte de una misión. Necesitaba salir siendo nadie.
—Lo de Kaol —susurró—. No sé por qué lo he dicho. No pienso en ella, te lo juro, Erya, yo…
—Morgana, tranquila. —Apoyé mi mano sobre la suya para que se tranquilizara—. No me tienes que dar explicaciones.
Y lo decía en serio. Claro que todas odiábamos nuestros orígenes y detestábamos la razón de nuestra existencia, pero ¿no era injusto añadirnos más peso de culpa sobre los hombros cuando ya sufríamos tanto a diario? ¿No era injusto martirizarnos por existir?
Yo lo hacía constantemente. Por eso sabía la agonía que suponía y no quería que ellas también convivieran con ese dolor.
Era la líder. La fénix a cargo de las otras fénix.
Poco importaba que nunca hubiese entendido por qué me había tocado ese papel. Me lo asignaron al nacer por razones que ignoraba, pero ahora era mía. Yo era su protectora. La única que tenían.
—Estoy preocupada, Erya. —Morgana bajó el tono de voz como si estuviera a punto de contarme un secreto, yo le indiqué con la mano que se sentara a mi lado en el alféizar de la ventana—. Ver a Lili así me ha dado mucha pena, muchísima. Sé que es el resultado de llevar demasiadas muertes a las espaldas y sé que en algún momento todas estaremos así. —Tragó saliva—. Las muertes nos quitan el alma y…
—No tenemos alma, Morgana.
Cuanto antes lo aceptáramos todas, mejor.
—Vale, alma no, pero… nuestra personalidad, nuestra identidad, Erya. Esta inmortalidad nos quita todo y a Lili ya se lo ha quitado, entonces…
—¿Cuándo me lo quitará a mí? —Me giré para mirar sus ojos oscuros que se cerraron despacio, asintiendo a la pregunta que acababa de hacerle—. No lo sé, Morgana. Pero no tienes que estar preocupada por eso.
—Es solo que, al tener la conversación de antes, me he planteado por qué a ella le ofendía tantísimo pronunciar su nombre. Lo he entendido, me he disculpado y no he podido evitar pensar en que tú serás la siguiente de nosotras en sufrir tanto por esta… maldición. —Su mirada emanaba una pena que hacía años que no veía en Morgana—. ¿Por qué tuvo que condenarnos a esto?
Luché por tragarme las lágrimas y respirar hondo. No lo sabía. Era injusto, lo odiaba, y la rabia que ardía en mi pecho quemaría bosques enteros si la liberara.
Por eso no respondí.
En lugar de eso, volví a mirar a los cuervos que volaban sin valorar que no había verjas que los reprimiera ni que cortaran sus alas.
Nunca sería como ellos. Jamás.
Miré de reojo la casaca negra que descansaba al lado de mi cama.
Nunca lo sería, pero, por unas horas, podría fingirlo.
La zona más cercana al anillo externo de Ignath se denomina Rhyen. Es una zona de conflicto y tensiones, donde los druvaris guardianes entrenan para prevenir posibles ataques de necros. Además, hay gran movimiento mercantil y empresarial.
Tratado de las tierras de Teryon
Entrar en Rhyen podría ser misión imposible para muchos.
Para mí no.
Mis centenares de años de vida me habían demostrado que en Teryon solo necesitas una cosa para poder pasar desapercibido: tener engatusados a los guardias druvari que hacen guardia en la frontera entre Ignath y Rhyen.
Eso y poseer una buena túnica oscura con la que ocultar mi melena roja que, según Morcant me había repetido en numerosas ocasiones, era el símbolo más evidente de nuestro vínculo con Kaol. Nadie más tenía este color en su pelo; nadie que yo hubiera conocido, al menos.
Por eso, mientras me deslizaba por los muros de la frontera en silencio, me preocupé por ocultar todos los mechones bajo la capucha. Seguí con el mismo cuidado hasta el momento en el que conseguí cruzar el puente montada sobre Haze, que ya se había dormido cuando decidí montarla para huir de la fortaleza.
Cruzar el anillo externo de Ignath tampoco fue una misión complicada; ninguno de los teryanos que habitaban el terreno se atrevían a mirar a los ojos de una figura encapuchada que recorría la capital a esa velocidad. Menos mal, no quería tener que matar a nadie.
No sería la primera vez que mato a alguien a sangre fría. Me daba igual. La muerte me parecía algo casi bonito, admirable. Algo que la gente mortal no valoraba de la misma forma que lo valorábamos nosotras las fénix. Eso era lo que pensaba cuando acababa con la vida de alguien para usarlo en mi beneficio; tal vez les estaba haciendo un favor. Tal vez me lo agradecerían si pudieran hablar por última vez antes de que su corazón dejara de latir.
—No circula mercancía hacia Rhyen a estas horas. —Un druvari de bajo rango, por lo que pude deducir de su insignia con forma circular, me miró de arriba abajo con esos ojos color avellana característicos de su especie. Se encontraba de pie, desarmado, entre las dos casetas de vigilancia que cubrían la entrada y la salida de la frontera de la capital.
—No voy a pasar mercancía. Busco a Alastor.
Alastor era un druvari con el que había hecho algún trato en más de una ocasión. Él quería poseer alguno de los lujos que habitaban en palacio, y yo quería tener la libertad de salir de Ignath siempre que quisiera. Un intercambio más que justo.
Eché un vistazo a mi alrededor antes de que aquel druvari con aspecto de ser nuevo en su puesto me respondiera. La caseta de vigilancia que había en la frontera parecía haber sufrido alguna que otra reforma reciente; ya no parecía estar a punto de derrumbarse en cualquier momento. Pero esa no era la frontera real que separaba Ignath y Rhyen, el límite como tal no era físico.
Era mágico.
Lo formaba un reflejo de color azul apenas perceptible para las criaturas de bajo poder, pero que para mí era más que evidente. Un reflejo provocado por el hechizo de protección más poderoso de todo el reino. Por eso, los druvari que custodiaban el límite se encargaban de dar un talismán que anulaba el hechizo de protección y te permitía pasar por aquella barrera mágica.
Hechizo digno de un heredero de Nerón, por supuesto. Solo un vínculo con el dios de la sabiduría podría realizar hechizos de protección de ese calibre, claro está. Pero debió ser un ondrari de gran poder pues en la actualidad casi ninguna criatura de palacio es capaz de forjar hechizos como este.
Algo dentro de mí me decía que la magia de una fénix podría destruirlo, pero nunca lo había intentado. Moverse a base de tratos de favor había sido eficaz hasta ahora.
—Alastor hoy no está. —Aquel druvari miraba mi figura sobre el caballo como si fuera un fantasma, parecía estar muy asustado. Más lo iba a estar si sabía que yo era una de las Kaol.
A veces disfrutaba de ese miedo. Podría usarlo a mi favor si Alastor no podía ayudarme hoy.
—Necesito ir a Rhyen —me limité a decir—. Necesito que me des el talismán.
—Es más de medianoche, ni siquiera dejaría pasar ahora a alguien que tuviera mercancía y tú… —Miró mi caballo de reojo, como si buscara algún paquete escondido—. ¿No llevas nada?
—No.
—¿Nada ilegal?
Este druvari era idiota. Si llevara algo ilegal, evidentemente no se lo diría.
—Claro que no. Jamás se me ocurriría. —Algo de sarcasmo salió de mis labios sin pretenderlo. No podía con la estupidez, y mucho menos si venía de un hombre.
—No hagas bromas, extraña. No te voy a dejar pasar. —Echó su pecho hacia delante como si eso le infundiera más valor, pero el temblor de sus labios al terminar la frase le delató—. Vuelve por donde has venido.
¿Qué podía hacer para asustarlo sin que tampoco me delatara?
Antes de tomar ninguna decisión, levanté un poco la cabeza para observar bien las casetas de vigilancia y comprobar que no había nadie más allí. Era extraño que estuviera uno solo.
¿Estarían escondidos? Lo dudaba, a los druvaris de ese rango no solían mandarlos a misiones en el exterior. Tal vez simplemente asumieron que no había riesgo y dejaron a aquel novato solo.
Pobrecito.
—Te cuento lo que vamos a hacer —susurré, mientras observaba cómo un mechón de mi cabello se escapaba a través de la capucha negra; no me molesté en retirarlo—. Vas a entrar en tu caseta, vas a coger un talismán y me lo vas a colocar sobre el cuello tanto a mí como a mi caballo. Luego, te vas a meter de vuelta en la caseta y vas a ignorar que estoy cruzando la frontera. Negarás que has visto a nadie pasar hoy por aquí.
El druvari tardó unos segundos en responder.
—Pero ¿tú quién te crees? —espetó nervioso—. No pienso ha…
Me quité la capucha de un movimiento rápido y mi melena pelirroja revoloteó al viento. Mis dos manos se dirigieron hacia mis dagas, que en un movimiento fugaz sin moverme del caballo acabaron a escasos dos centímetros de los pies del druvari.
No gritó. Solo exhaló aire como si sus pulmones hubieran perdido la capacidad de respirar.
—Tú… tú eres una… ¡Te vi esta mañana en palacio! ¡Eres su hija! —La mirada del druvari se fue a sus pies o, más bien, a mis dagas—. ¡Agredir a un guardián puede acabar en pena de muerte!
No pude evitar reírme.
Pena de muerte, decía.
—No te he agredido. Todavía.
—Voy a llamar a mis compañeros y…
—¡Vamos! Llama a tus amigos, no te creerán cuando les digas que una de las fénix está intentando cruzar la frontera. —Reí—. En caso de que te crean y vengan… tendré que cargar con más muertes a mis espaldas. No me importa arriesgarme a nada, porque no voy a morir jamás. —Cuando dije aquello, él abrió los ojos de golpe, como si acabara de acordarse de nuestra inmortalidad—. En cambio, tú… le temes a la muerte. No arriesgues tu vida por impedirme cruzar una simple frontera.
Al ver que no obtenía respuesta, apoyé la mano sobre la otra daga que descansaba sobre mi muslo. Preferiría no tener que matarlo, era demasiado nuevo. Demasiado inocente.
Pero necesitaba cruzar.
Sujeté la empuñadura, la deslicé entre mis dedos y…
—No me mates, por favor. No me maldigas. He sido bueno con Teryon, he cumplido mi deber y jamás he abusado de la magia del Ibrax, he sido buena persona, yo…
No era la primera vez que al interactuar con alguna de nosotras se ponían a recitar una especie de plegaria, como si fuéramos la antítesis de lo divino y fuéramos a enviarlos directos al infierno. Otra sonrisa se me escapó; siempre igual, los pobres druvaris que habían crecido creyéndose todas las leyendas que los ondrari contaban de nosotras.
Una vez, uno me preguntó si era cierto que nos comíamos a los druvaris que incumplían su deber. O que mirarnos a los ojos les envenenaba con una especie de hechizo mortal. Eran historias dignas de los libros de humor que Morgana tanto disfrutaba.
—No te mataré, pero debes dejarme pasar —me limité a decir. Tampoco iba a desmentir las patrañas que me beneficiaban, ¿no?
—No me envíes al infierno de Kaol, por favor. —Su cuerpo tembló de miedo al decir aquella frase. Se remangó las mangas del uniforme verde oscuro como si de pronto todo le molestara—. No me maldigas. No he hecho nada malo, yo…
—Déjame pasar —insistí.
Sus piernas temblorosas lo llevaron al interior de la caseta de vigilancia para, después de apenas diez segundos, aparecer con dos piedras color negro sujetas con una cuerda.
Turmalina negra, también llamada el escudo del viajero. Usada por los descendientes de la diosa Yara desde tiempos inmemorables para protegerse de otras energías; usado en el presente para poder cruzar la frontera.
Me tendió los amuletos antes casi de que me diera tiempo de extender la mano. Parecía que apreciaba su vida.
—Gracias. ¿Cuándo vuelven tus compañeros?
—Al amanecer —respondió sin pensárselo. Apenas pestañeaba.
—Volveré antes de que salga el sol. ¿Cómo te llamas?
Ahí dudó en responderme. Tal vez también pensaba que si sabía su nombre podría maldecirle.
—No voy a decirte mi nombre, hija de Kaol.
Asentí. Eso podía respetarlo, yo tampoco le decía mi nombre a todo el mundo.
—Vale, druvari sin nombre, volveré y te daré el talismán.
Me coloqué la capucha de nuevo y escondí los mechones de pelo rojos que la luna había tenido el placer de iluminar por unos minutos. No volvería a ocurrir si quería pasar desapercibida en Rhyen.
Eso quería ser. No quería ser nadie.
Pero cuando crucé con el talismán y dejé al sin nombre atrás, no me imaginaba que aquella noche en Rhyen estaba a punto de cambiarlo todo. Que ser nadie iba a cambiar el rumbo de mi existencia para siempre.