Anteriormente en…

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Que no, que es broma. Una vez, Logan me puso episodios de una serie en la que, al principio, contaban en tono jocoso lo que había pasado antes y… Bueno, da igual.

¿Sabes esas veces que te relajas tras un día duro, que pones los pies en alto y te parece que la vida es maravillosa? Ya, yo tampoco. Pensaba que la caída de Rashearim había sido el peor momento imaginable. El mundo que conocía saltó en pedazos, mi familia estaba destruida. Las cosas no podían ir peor, ¿verdad? Si lo llego a decir en voz alta, Xavier me habría dado una buena bofetada, pero lo pensé, vaya si lo pensé.

Samkiel, nuestro rey, nuestro leal… Mira, no, ni siquiera puedo decir lo de leal, porque el muy cabrón nos abandonó por… Me estoy adelantando. Da igual. El caso es que crees que conoces a un tío, y luego mira. Nos íbamos juntos de fiesta, peleábamos hombro con hombro…, ¡pero si hasta llegamos a follar en la misma habitación! No pongas esa cara. Después de una batalla hay que soltar presión, y luchamos juntos en muchas guerras. Cuando estés tan desesperado que no te importe si un amigo tuyo está en la misma tienda, vienes y hablamos.

Pues eso, que estuvimos cientos de años con Samkiel antes de la caída de Rashearim. Y luego, él cambió, pero a ver, no nos engañemos, que ya había empezado a cambiar desde antes. Todo empezó cuando cambió Unir. La verdad, yo debería haberme fijado más. En todo.

Tras la destrucción de Rashearim, Samkiel nos dejó tirados. Nos dio instrucciones para el mantenimiento del resto de los mundos y luego desapareció durante siglos. Y luego va el tío y vuelve y se echa una novia superfogosa. A veces en el sentido más literal.

Con Dianna cambió todo, y cuando digo todo quiero decir todo. No solo incendió medio mundo para vengar la muerte de su hermana, sino que además su luz fue tan potente que reveló secretos enterrados en nuestra familia, en nosotros mismos.

Xavier, Imogen y yo estábamos en las ruinas de Rashearim y no teníamos ni idea de que Samkiel había vuelto, y encima estaba trabajando con nuestros archienemigos ig’morruthen. O sea, con la novia fogosa que he dicho antes. Por lo visto, buscaban una reliquia. Pero todo se fue a la mierda y Dianna perdió a la única persona que amaba, y en medio del dolor trató de matarnos a todos. En serio. Hubo un momento en que tuve mis propias tripas entre las manos.

Samkiel, siempre haciéndose el héroe, pudo penetrar en su coraza demente. Hasta reconstruyó su hogar para ocultarla y ponerla a salvo del consejo. Esos cerdos la querían ver muerta. Sí, bueno, igual me estaba acostando con uno de ellos para olvidarme de lo que sentía por mi mejor amigo, pero ¿quién no tiene problemas? Da igual, volvamos al tema.

Dianna, por salvaje y tierna que sea (que no se entere de que lo he dicho), no era lo peor que había en el mundo, ni de lejos. Por lo visto, el tío que la hizo, Kabron… Perdón, que se me ha escapado. Kaden, se llamaba Kaden. Pues Kaden tenía un plan mucho más gordo de lo que nos esperábamos, y ninguno de nosotros sabía que no era él quien estaba al mando.

Pensé que sabía lo que era el dolor. El día en que Xavier me dijo que estaba saliendo con otra persona me dieron ganas de sacarme los ojos, pero, cuando descubrí que nos habían traicionado de la manera más espantosa, fue devastador. Vincent, un tío al que consideraba sangre de mi sangre, trabajaba con Kaden, y eso hizo saltar por los aires mi mundo. Mintió, manipuló, convirtió a mi familia en soldados perfectos, sin mente ni sentimientos.

De nuevo pensé que ya no podía pasar nada peor hasta que Kaden exhibió a Xavier como cebo para atraerme. Me ofrecí a ir con él de manera voluntaria, renunciar a la libertad física y también a la de la mente. Me uniría a ellos siempre que nos dejaran permanecer juntos, pero Kaden tenía otros planes. Éramos tan idiotas que creíamos conocer los secretos que ocultaban los dioses. Pero no estábamos preparados para enfrentarnos a los todopoderosos hijos que había ocultado Unir. Habían estado encerrados durante eras enteras, y por fin se habían liberado y querían sangre, venganza.

Sí, habéis leído bien. Papá Unir no se limitó a tener un hijito. No: había tenido tres. Tres hijos infernales decididos a hacernos pagar a Samkiel y a los demás.

Aunque, técnicamente, aún no se sabe bien cómo fueron creados. No recuerdo que Unir fuera por ahí con diferentes parejas, como sí hacía Samkiel. Recuerdo a su amata, Zasyn. Era un pedazo de mujer, capaz de hacer llorar a Unir con una mirada, y no me parece que fuera de las que dejaban que pasaran estas cosas. Pero bueno, que me voy por las ramas. ¿Por qué me ponen a hacer estas cosas?

Ya lo sé, ya lo sé, todos estáis superpreocupados por mí. Lo pillo. Pues bueno, vais a tener que esperar a ver qué me pasa. Pero lo que sí os puedo adelantar es que ahora todo es diferente. Muy diferente.

Di por hecho que siempre saldríamos victoriosos. Muy arrogante por mi parte, sí. Luchábamos por el bien y por la justicia en el mundo. Y fracasamos, vaya si fracasamos. No solo perdimos, sino que además volvimos a perder nuestro hogar. Aún tengo pesadillas, veo arder lo que queda de Rashearim, veo a Samkiel derrotado, atado al suelo. Ahora su poder, lo único que queda de él, se ha derramado por todo el cielo. Nismera reina sobre los dominios y todos estamos sometidos a ella. Creía que ya habíamos sufrido lo peor, pero estaba equivocado. Vaya si estaba equivocado.

Sé que Dianna sigue libre. Sé que querrá vengarse por la muerte de Samkiel, y una parte de mí espera que le pegue fuego a todo esto, que lo arrase hasta los cimientos. Si tengo que morir a sus manos…, solo espero que sea con mi Xavi.

Cameron

Ilustración de una mancha de tinta con la forma de una pata dentro.

1. Camilla

Golpeé a Vincent en el hombro, forcejeé mientras me arrastraba para cruzar aquel maldito portal. Se cerró a nuestras espaldas con un sonido cortante. Vincent me soltó de un empujón y me precipité hacia delante hasta que pude recuperar el equilibrio. Me quité el pelo de la cara y le lancé una mirada asesina antes de echar un vistazo a mi alrededor. No habíamos llegado a otra mazmorra oscura ni a una cueva, sino a una ciudad luminosa. Entrecerré los ojos para acostumbrarlos al sol que traspasaba la capa de nubes.

La gente siguió a lo suyo entre charlas y risas, sin hacer el menor caso a la aparición repentina de los soldados. Ante nosotros se extendía una ciudad de edificios altos, construidos con piedra clara de diferentes tipos. Los voladizos, los balcones, las barandas y los tejados estaban salpicados de flores colgantes que le daban a todo un alegre toque de color. Las calles de empedrado limpio y pulido se entrecruzaban por la ciudad y todas parecían llevar al centro, amplio y despejado. Unos seres pequeños con cuatro alas volaban por el cielo lleno de una neblina rosada y se llamaban a graznidos. Todo parecía tranquilo y feliz. La ciudad entera estaba en armonía. Por un momento, habría dicho que aquello era el paraíso. Pero el general de gruesa armadura apareció a mi lado y me recordó que no lo era, ni mucho menos.

—Llevadla al palacio. Nismera nos necesita a todos allí para la convergencia.

Volví la cabeza bruscamente hacia Vincent y hacia el general alto, alado y cubierto de plumas que estaba junto a él. El general me lanzó una mirada entre burlona y despectiva antes de emprender el vuelo y los demás echamos a andar en pos de Vincent.

Caminamos, o más bien arrastramos los pies, durante lo que me pareció una eternidad. Traté de recordar todos los callejones, los socavones en las calles, los edificios, porque planeaba dar con la manera de huir. Tenía que encontrar un lugar donde esconderme para luego largarme de aquella puñetera ciudad lo antes posible. Tragué saliva y me pregunté a dónde iría. No sabía nada de aquel reino, de aquel mundo. No tenía amigos ni aliados.

Los pies me resbalaron cuando el empedrado brillante se convirtió en una superficie lisa, pulida. Casi me mareé al ver una fortaleza enorme, asombrosa, que apareció ante nosotros. El palacio tenía un brillo casi blanco bajo el sol, una perla entre las piedras preciosas más brillantes. Tuve que echar la cabeza hacia atrás para ver la cima. Las torres y los chapiteles atravesaban las nubes en su camino hacia el cielo. Cada línea y cada curva, cada ventana hablaba de la riqueza del lugar, pero esos susurros se transformaban en gritos de espanto si sabías lo que se ocultaba tras aquellas puertas tan ilustres.

Vincent me agarró con más fuerza e interrumpió mis cavilaciones. Volví la vista hacia él, pero, para variar, no me miraba. Estaba tan concentrado en el palacio como yo, y vi cómo apretaba los dientes con gesto aprensivo. Pese a la armadura, noté que se le contraían los músculos. Me miró y se dio cuenta de que había transmitido más de lo que quería. La expresión se le borró de nuevo de los ojos, sacudió la cabeza y me empujó hacia delante.

—Venga.

La voz de Vincent era un gruñido lleno de ira, como si fuera yo quien lo había detenido. Los generales quizá se lo creyeron, pero yo vi la grieta en la armadura que tan bien había ocultado.

Vincent tenía miedo.

2. Vincent

Una semana más tarde

Me deslicé por la cama revuelta, cogí los pantalones que había en el suelo y me los puse mientras dejaba de correr el agua en el cuarto de baño. El vapor se enfrió y extendió sus tentáculos tratando de escapar de la bestia que acababa de limpiar. Paseé la vista en busca de una distracción y me fijé en la intricada concha que había sobre la cómoda de madera tallada.

Incliné la cabeza hacia un lado.

—¿Conservas esto?

—Claro. Es tuyo, o lo que queda de la primera armadura que te regalé. Ya te dije que te había echado de menos, cachorro —ronroneó Nismera a mis espaldas.

Su piel irradiaba un aroma floral a bombayas, otra manera de intentar ocultar el ser letal que se escondía en su interior. Tal vez no tuviera cuernos, ni escamas, ni colmillos, pero una bestia de luz seguía siendo una bestia.

La vigilé por el rabillo del ojo mientras se pasaba los dedos por las puntas del pelo plateado para separar los mechones enredados.

Cachorro. Siempre su cachorro. Me pregunté si de verdad me veía así, pero ya sabía la respuesta. «Echar de menos» era para ella una manera de hablar. Nismera no amaba como los demás, no quería como lo demás. Utilizaba lo que tenía y, cuando ya no le era útil, lo erradicaba.

Me volví cuando recorrió la estancia para seguir con los ojos su silueta desnuda, de músculos firmes, cuando fue a recoger la ropa del gran sillón con patas en forma de garras. La observé sin rastro de atracción sexual; ya no la deseaba como la había deseado hacía eones. Lo que había hecho allí, con ella en la habitación, era pura supervivencia, mi deber, y tal vez porque creía que me lo merecía. Tal vez me la merecía tras traicionar a mi familia. Tragué la bilis que me subió por la garganta para no dejar traslucir la repugnancia que yo mismo me inspiraba.

—¿Qué tengo que hacer ahora?

Se dio la vuelta al tiempo que se subía la cremallera de la camisa.

—Ocuparás tu puesto como antes. Hectur, el guardia eminente de la legión, será destituido. Solo ha ocupado tu puesto mientras desmantelabas la Mano de Samkiel.

La Mano. Había pronunciado la palabra como si fuera una maldición. La culpa me royó las entrañas y me dio ganas de vomitar, y tragué saliva para hacer desaparecer la aprensión.

—Eso va a provocar un escándalo.

Nismera sonrió mientras se enfundaba los pantalones oscuros ceñidos. Se los abrochó y se sentó en la cama para ponerse las botas de tacón de acero. Me miró a los ojos.

—No habrá ningún escándalo. A quienquiera que no esté de acuerdo lo colgarán de los muros de la ciudad como si fuera una bandera nueva. Y ondeará ahí como advertencia para quien ose desafiarme.

Asentí con la certeza de que lo decía completamente en serio. El aire traía el olor de la carne putrefacta. Me había llegado en el momento en que se cerró el portal.

En un instante, se puso de pie y estuvo a mi lado. Me pasó un dedo por debajo de la barbilla para obligarme a mirarla. Llevaba a los hombros la legendaria capa de tres cráneos y las órbitas oculares vacías se burlaban de mí.

—No te preocupes, cachorrito. Has sido demasiado tiempo el segundo de Samkiel. Tal vez se te ha olvidado que tu lugar está y estará siempre junto a mí.

Negué con la cabeza.

—No se me puede olvidar.

—Bien.

Curvó el dedo que me había puesto bajo la mandíbula y, aunque solo fuera un dígito, sentí el poder que había en su contacto. Supe sin el menor asomo de duda que le bastaba un simple movimiento para arrancarme la cabeza de los hombros y lanzarla al otro lado de la estancia como si tal cosa, como si yo no fuera nada. Y que, para ella, yo no era nada.

—He mandado preparar tu habitación. Estás en el ala este, en la planta superior.

Tragué saliva para ocultar mi satisfacción. El ala este se encontraba lejos de sus estancias aquí, en la oeste. Al menos iba a tener un sitio solo para mí.

—Te encargarás de acompañar a la bruja en la ida y en la vuelta.

Todo rastro de alegría se desvaneció.

—¿Perdón, mi señora? —dije, tratando de disimular la amargura.

Nismera se cerró el broche redondo que le sujetaba la capa corta; en el metal se veían grabados de sus bestias sin patas.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—¿La bruja?

—Camilla es una magnífica fuente de poder, y la única que queda desde que Santiago demostró ser un perfecto inútil. Necesito que repare un artefacto antiguo, pero no me fío de ella. En cambio, me fío de ti. Te encargarás de acompañarla a menos que yo te requiera, en cuyo caso te sustituirán otros guardias. Tu habitación estará frente a la suya. Quiero asegurarme de que siga mis reglas. En cuanto le das demasiada libertad a una bestia, esta da por hecho que puede hacer lo que le plazca.

Su sonrisa era fría y vacía como un abismo.

—Sí, mi señora. —Forcé una sonrisa a juego, aunque aquel plan me parecía abominable.

Bajó la mano y me sonrió.

—Venga, ve a juntarte con los otros generales. Te necesito en buenos términos con tu legión. Debo ocuparme de otras cosas.

Me limité a asentir mientras ella salía de la estancia.

Divisor ilustrativo de un casco

El sonido de mis botas levantó ecos en las baldosas de piedra de colores crema y dorado, y unas chispas diminutas bailaron bajo mis pies mientras caminaba. Era indicio de realeza, cosa que rezumaba toda la ciudad. Ahora, Nismera era rey de los doce dominios, y quería que todo el mundo lo supiera. Salí de su cámara y hacia el vestíbulo inferior, y solo me tropecé con inclinaciones y cabezas gachas. El vestuario que se me había asignado tenía demasiados flecos y cadenas, y no me interesaba lo más mínimo. A Nismera le gustaban las demostraciones de poder. Desde siempre. El poder era lo único que le importaba. Cada mueble y cada columna de cristal estaban hechos a mano y ubicados donde ella quería. Todo era tan llamativo y salvaje como ella.

En el pasillo largo y ancho se oyeron risas y gritos que me recordaron a la familia a la que había condenado. Se me encogió el corazón y me dirigí a su fuente.

Abrí de un empujón unas puertas grandes, gruesas, cinceladas, y la música y las risas cesaron al instante. Todas las miradas se volvieron hacia mí. La sala era casi tan grande como la entrada, con largas mesas de madera contra las paredes. Había sillas escondidas casi en cada rincón, y una escalinata con tapices llenos de piedras preciosas.

Había una mesa larga con un verdadero banquete. Por doquier vi sentados a varios generales, sucios y maltrechos. Unos me miraron con la boca llena de comida que les colgaba; otros, con la copa en los labios, olvidándose de tragar. Me observaron con dos pares de ojos; algunos, con cuatro o más. Unos tenían tentáculos en lugar de brazos y piernas, y otros, alas grandes y gruesas que les brotaban de la espalda. No vi a nadie de la horda reptiliana de Grimlock, pero di por hecho que querían saber por qué su general había partido con Nismera e Isaiah, y no había regresado.

Un trol corpulento con ropas de piel y cuero carraspeó para aclararse la garganta y alzó un vaso tan grande como mi cabeza.

—Bienvenido, Vincent, guardia eminente de la legión.

Apreté los labios ante aquel alboroto estrepitoso. Me pitaron los oídos con los gritos y aclamaciones. El trol que había hablado se me acercó desde el fondo de la sala para ponerme una mano en el hombro y darme la enorme copa.

—Ven a sentarte con nosotros.

—¿Quién eres tú? —Me sacudí la mano de encima.

—Mi nombre es Tedar, comandante de la Octava Legión.

Por lo visto, no todos los presentes en la sala eran generales.

Me llevó hacia una zona con asientos, en un rincón en penumbra. Lo seguí porque no tenía otro lugar a donde ir. El sillón en el que se dejó caer era apto para su tamaño, pero el mío casi me engulló. El líquido de la copa se derramó por un lado y parte me cayó en la mano. Me incliné hacia delante para ponerla en el centro de la mesa y me sequé la mano en los pantalones antes de volver a acomodarme. Las risas y conversaciones se reanudaron, y Tedar se movió para acercarse a mí.

—Ahora eres una leyenda, ¿lo sabías? En todos los dominios se habla en susurros de lo que hiciste, y de que eres el guardia eminente. —Lanzó un silbido entre los gruesos dientes—. Estás por encima de todos los comandantes y generales. No les va a hacer ninguna gracia.

—A ti no te importa.

—Dioses, no. Ahora solo hay seis guardias eminentes, entre ellos los hermanos de Nismera, así que menos responsabilidad para mí. Tu legión y tú iréis ahora en cabeza a la batalla.

Arqueé las cejas.

—¿A la batalla? No creo. Supongo que nos limitaremos a obedecer órdenes.

—Dirás lo que quieras, pero el cielo está teñido de sangre plateada. El Destructor de Mundos ha muerto y la Mano de Rashearim camina a ciegas, obedeciendo órdenes como perritos apaleados. Cuando el jugador más importante sale de la partida, siempre hay y siempre habrá quien dé un paso adelante. Y adivina quién lo acaba de hacer.

Tragué saliva. Me ardía la garganta. Se mostraba tan contento, tan insensible por lo que yo había hecho… Yo, en cambio, me sentía más sucio que una bota llena de barro. Me recordé que no había tenido elección. Él no sabía que mi voluntad era la voluntad de Nismera. Sacudí la cabeza, pero Tedar siguió hablando.

—… la verdad, es un alivio. Nadie se imaginaba que pudiera morir. Debe de ser increíble para ti. Tú lo lograste. Contribuiste a ello.

Tenía las tripas revueltas. Había tratado de no mirar al cielo desde entonces, y menos de noche, cuando el poder de Samkiel parecía burlarse de mí y me suplicaba respuestas. Sentí una presión en el pecho y de pronto el aire se volvió demasiado denso.

—Ahora sirvo a mi rey tal como ella desee. No hay nada en el mundo con un poder capaz de rivalizar con el de Nismera —repetí.

Tedar se inclinó hacia mí y un colmillo grande, mellado, le centelleó al hablar.

—Por lo que he oído, sí.

Fruncí el ceño y paseé la vista por la estancia. Unos cuantos generales nos estaban mirando mientras hablaban en voz baja.

—¿Qué has oído?

Tedar se acercó aún más para hablar en susurros.

—Oye, aquí todo el mundo habla, y las noticias corrieron después de limpiar tras la masacre del este.

Mi rostro reflejó la confusión. No sabía nada de aquello.

—¿Del este? ¿Qué ha pasado en el este?

—El Destructor de Mundos tenía una amante, y no ocasional, como antes. Dicen que es una bestia hecha de fuego y odio, y que os ha seguido. Su bestia. Una ig’morruthen.

Dianna. Se refería a Dianna.

Asentí y me incorporé para sentarme más erguido mientras él seguía hablando y los sonidos de la estancia se mezclaban de fondo.

El poder irradió desde la entrada; era igual que el de su padre, y no tuve que darme la vuelta para saber que Samkiel estaba apoyado en el marco. Me froté la muñeca y sacudí la cabeza.

—Para ya.

—¿Esa es manera de hablar a tu futuro rey?

Oí la preocupación en su voz.

—Futuro. Aún tienes que superar a tu padre.

Las pesadas botas resonaron cuando entró enfundado en la armadura de combate, con la puñetera capa de emblemas ondeando a la espalda. Era la misma que llevaba su padre en cada reunión del consejo.

—¿Por qué permites que ella te…?

Me di la vuelta para mirarlo.

—No permito que ella nada —lo interrumpí.

Abrió un poco más los ojos y me miró con cautela.

—Puedes venir con Logan y conmigo. Mi padre quiere que tenga mi propia guardia real, aunque no le darás ese nombre.

Solté un bufido de desprecio. Las cortinas se agitaron ante la ventana abierta.

—No, gracias, futuro rey.

—¿Por qué no me permites que te ayude?

Miré hacia la puerta como si ella pudiera verme.

—Vincent.

Su voz me hizo salir del trance en el que había caído.

—¿Por qué estás siempre ayudando a todo el mundo? —pregunté—. ¿Qué ganas con eso? Estás predestinado a gobernar este dominio y a todos los que habitan en él. No te hace falta fingir benevolencia. Hagas lo que hagas, te lamerán el barro de las botas.

Samkiel se encogió de hombros. El pelo le caía sobre las hombreras de la armadura.

—Solo quiero un dominio mejor, un mundo mejor. Este es una mierda, y estoy harto de dioses ególatras.

—Con todo el respeto, el tuyo me parece un espejo.

Esbozó una sonrisa.

—El mío es soportable.

Lo creí. Creí que quería algo más, algo mejor, aunque el mundo que viera fuera solo un sueño de fantasía tejido por los oráculos.

—Aunque tomara parte y ganara, ella no me dejaría marchar. Tiene las garras muy clavadas en mí, mi príncipe.

Sus ojos cambiaron; el brillo plateado era como el de Unir, el de Nismera.

—Yo me ocuparé de ella. Tú solo tienes que venir, intentarlo, juntarte con los demás. Eso no te hará ningún daño.

Daño. Samkiel no lo entendía. Nadie lo entendía, pero, contra todo pronóstico, asentí. No dijo más y se dio la vuelta para marcharse, y me quedé mirando el vacío de la puerta. Intentarlo. Bien, lo iba a intentar.

El recuerdo se desvaneció y los gritos y risas volvieron junto con el estrépito de las copas al chocar entre ellas y contra las mesas. Los generales de todo el cosmos, crueles y salvajes, celebraban su muerte. Todos sabían que lo siguiente que haría ella sería liberar los dominios. Se había quedado con los más crueles y mortíferos, los había convertido para su gobierno, y ahora nada la podía detener. Nada la habría podido detener nunca, así que nunca tuve elección.

Samkiel era luz. Había prometido paz y cambio, y yo contribuí a acabar con eso. Una parte de mí casi deseaba arder en Iassulyn durante toda la eternidad. Otra parte sabía que Dianna me daría caza, nos daría caza a todos como había hecho por su hermana. Y mentiría si dijera que no recibía con agrado la idea.

3. Kaden

–Jamás te diremos nada —dijo, y escupió a los pies de Nismera.

Ella sonrió mientras se sacudía la saliva de la puntera de la bota de la armadura.

—Me parece bien.

Mostraba una sonrisa gélida cuando alzó una mano. La energía le brotó de la palma y rasgó el cielo. Un relámpago puro, cegador, volvió hacia ella al crear y controlar las chispas de energía y dirigirlas hacia abajo. Las runas se iluminaron con su poder de plata y el suelo giró bajo nuestros pies. Me aparté a un lado de un salto. Isaiah, que estaba junto a mí, ni se movió, como si para él todo aquello fuera normal. El suelo se abrió en un gigantesco vórtice espiral y el agua salada llegó al techo con un rugido. Las hileras de hombres encadenados la miraron mientras la estancia dejaba de temblar. Nismera caminó tras ellos, uno por uno, y el miedo impregnó el aire.

—Ya sé que no vais a hablar, y no me hace falta. Los métodos del Ojo no cambian nunca. De lo contrario, ¿por qué iban a enviarme a sus títeres insignificantes? Sé que también se esconde de mí.

—El Ojo no se esconde de nadie —replicó un soldado más viejo, canoso, desde el final de la hilera—. Aguardamos la oportunidad perfecta…

Nismera soltó una risotada desagradable.

—La oportunidad. Ah, sir Molten, qué ganas tenía de ponerte la mano encima. No has hecho más que darme problemas.

—Tu hora se acerca. —Se irguió más. No emanaba miedo, o no un miedo que yo pudiera oler.

—¿Cuándo llegará, exactamente? Porque hace mucho tiempo que intentáis acabar conmigo. La verdad, empiezo a aburrirme. —Se inclinó hacia el soldado que tenía más cerca; este se echó a temblar—. Pero tengo una bestia hambrienta, y le voy a dar de comer unos cuantos traidores. Creo que lo que más le gusta es el sabor del miedo.

Nismera empujó al soldado al vórtice, y el grito del hombre quedó cortado por un crujido estrepitoso. El caos estalló cuando los demás vieron lo que le había pasado a su compañero y trataron de hacerse a un lado para escapar. Uno a uno, el ejército dorado y negro de Nismera empujó a los rebeldes que quedaban, y uno a uno gritaron antes de desaparecer en las profundidades. El último soldado, el más viejo con diferencia, que tenía la barba gris recogida en la punta, ni siquiera parpadeó cuando se acercó a él.

—¿Y tú vas a suplicar, sir Molten? —Clavó las uñas en los hombros de la armadura y el material se agrietó.

El hombre no se inmutó. Alzó la barbilla. Las arrugas se le acentuaron en el rostro cuando la miró con gesto despectivo, en un último acto de desafío.

—Espero que la prisión donde están quede cerrada durante eones.

La mano de Nismera se movió a la velocidad de la luz y le cortó la cabeza. La sangre le salpicó la pechera y la cara. Parpadeó para librarse de la rabia repentina que se le había reflejado en el rostro.

¿«La prisión donde están»? La pregunta me agitó, pero desapareció al rodar hacia mí la cabeza por el suelo de piedra. Alcé la bota y la pisé para detenerla. Los ojos ciegos me devolvieron la mirada. Tenía el pelo muy corto, con las marcas rapadas a un lado: las marcas de los rebeldes.

—Cuatrocientos setenta y dos rebeldes. Cuatrocientas setenta y dos cabezas. —Nismera se limpió la mano. Se adelantó, y se hizo un silencio mortal en la estancia—. Llevad la cabeza de sir Molten a Severn. —Hizo un ademán hacia un enorme guardia con armadura que había a mi izquierda—. Quiero hacer llegar un mensaje a los rebeldes que crean que es el momento de atacar. Tenemos mucho que hacer, demasiado.

Isaiah respondió con un sonido gutural y se marchó. Las botas de las armaduras levantaron ecos contra las paredes de piedra tallada cuando los guardias obedecieron la orden y salieron. Nismera dio una patada al cadáver para echárselo a la bestia del agua antes de sellar el suelo de nuevo.

Isaiah dejó escapar un silbido.

—Estás muy tensa, Mera. Han pasado semanas. ¿Por qué no estás más contenta? Tu hermano mayor ha vuelto a casa y ahora todos los dominios son tuyos.

Una sonrisa cálida le iluminó la cara. Miró hacia atrás para asegurarse de que todos los guardias se habían marchado, como si no quisiera que la supiesen capaz de albergar emociones. Me miró con el genio controlado a duras penas.

—Estoy contenta, pero por lo visto el Ojo cree que ahora, nada menos que ahora, es el momento de atacar.

—Llamarlo atacar es excesivo —dije, y señalé al suelo que se había cerrado tras ella—. Implica que en algún momento han tenido la menor posibilidad de ganar.

Se encogió de hombros y pasó de largo hacia la ostentosa entrada principal de su deslumbrante fortaleza blanca. Onuna me había cambiado la manera de ver la arquitectura. Se me había olvidado lo gigantescos que eran casi todos los palacios, y a Mera le gustaba lo bueno. En la parte superior de todas las entradas había cortinajes que envolvían los poderosos rifores retorcidos, sin patas. Los flecos largos de sus estandartes de guerra rozaban el suelo por doquier.

No dimos la vuelta para seguir a Nismera. Isaiah me echó un brazo al hombro para darme un apretón.

—Estás muy callado desde que volviste, hermano. Pensaba que te alegrarías más de verme.

Tragué saliva para disolver el nudo que sentía en la garganta. Me alegraba de verlo, y me alegraba de salir de la condenada Onuna, pero algo me devoraba por dentro. Una cosa que no podía o no quería olvidar.

—Eres un monstruo —dijo ella.

—Detuve planes por ti, busqué ese maldito libro con la esperanza de que fuera otra forma de retenerte. —Le acaricié la barbilla y ella, con asco, se apartó de mí.

Recorrimos los salones de tonos dorados y crema, cuyos techos se reflejaban en los brillantes suelos oscuros, inmaculados pese a los guardias que arrastraban los pies. Nismera subió por la enorme escalinata sin dejar de charlar, pero mi mente estaba muy lejos; llevaba lejos semanas enteras. No hacía otra cosa que pensar en ella, en cómo recuperarla. Solo que, esta vez, tenía un plan. Samkiel estaba muerto. No le quedaba nadie en los dominios; solo yo.

Los guardias abrieron las grandes puertas y todas las conversaciones se interrumpieron dentro de la habitación. Se hizo el silencio en la inmensa sala de guerra con muros de piedra. La Orden se encontraba en torno a la mesa rectangular elevada, cubierta de mapas y pergaminos. Entre los papeles se veían también varios objetos pequeños con forma de tótem. Los guardias de Nismera la siguieron y ocuparon sus puestos en las cuatro esquinas mientras ella se dirigía al fondo de la estancia. Hizo un movimiento con la mano y los cortinajes de guerra se apartaron a un lado.

La luz del sol bañó la estancia para transmitir una sensación de paz cálida, aunque yo sabía demasiado bien que la diosa que controlaba aquel dominio podía aniquilarnos con solo un gesto si en algún momento lo consideraba necesario. Unir y Samkiel ya no eran más que polvo, y ni Isaiah ni yo éramos rivales para su poder. No había ser vivo que lo fuera.

—Buen amanecer.

Nismera inclinó la cabeza cuando un guardia le sacó el asiento. Se echó la banda de tejido sobre un hombro y se sentó. A continuación, Isaiah y yo ocupamos nuestro lugar, uno a su izquierda y el otro a la derecha, y todos los presentes nos imitaron.

—Buen amanecer —respondieron cuando puso las manos sobre la mesa.

—Esto es una pequeña parte de las reliquias y pergaminos que cogimos de las ruinas de Rashearim —dijo Jiraiya.

Jiraiya era el consejero que, al igual que los demás, había fingido trabajar para Samkiel, cuando lo cierto era que la Orden estaba al servicio de Nismera desde la Guerra de los Dioses. Ella los había situado de uno en uno, cada uno en su puesto, hasta que su facción tuvo todo el poder. Era una maestra de la estrategia. Y me había enseñado bien.

Jiraiya le pasó los informes, y Nismera los estudió. El consejero tenía la frente perlada de sudor, y me llegó el olor del miedo de todos los que rodeaban la mesa. Chicos listos.

—¿Por qué no para de mirar a la rubia? —me preguntó Isaiah al tiempo que hacía un ademán en dirección a Jiraiya.

Seguí la dirección de su mirada y lo observé. Hablaba con Nismera, pero se le iban los ojos hacia Imogen. Me encogí de hombros.

—Tengo entendido que, cuando ella aún tenía cerebro, estuvieron follando.

Isaiah dejó escapar una exclamación de repugnancia.

Imogen era la única de la Mano que quedaba allí. Nismera había mandado a los demás para que los vendieran al mejor postor, para combates o para lo que fuera. Estaba rígida, con la vista fija al frente, junto a uno de los generales orcos. Isaiah me había dicho que se llamaba Nivene y era uno de los nuevos favoritos de Nismera, pero a mí me daba igual. A media mesa de distancia, el olor me confirmaba que no era más que otro animal que había ascendido a base de matar y masacrar.

Imogen tenía la mirada perdida; los ojos azules, muertos, inexpresivos hasta cuando alguien del consejo alzaba la voz. Llevaba la misma armadura maldición de dragón que todos los soldados de alto rango de Nismera. Tenía las manos entrelazadas a la espalda y estaba muy erguida, con la larga trenza sobre un hombro.

No me hizo falta verle los dedos para saber que no llevaba nada. Nismera había hecho fundir los anillos de plata en cuanto tuvo ocasión. Detestaba aquel color y lo que nos recordaba a todos. En cambio, ahora llevaba dos espadas desoladas a la espalda. Me sorprendió que permitiera que conservara siquiera aquello, pero sabía que mi conjuro le había aprisionado el cerebro. No tenía libre albedrío ni capacidad alguna para el pensamiento independiente.

Nismera se levantó y paseó alrededor de la mesa para inclinarse sobre un pergamino, acompañada por un general que le explicó lo que habían descubierto y lo que habían traído de Onuna.

—Es patético. —Isaiah suspiró, a mi lado—. Seguro que no fue placentero.

Miré a Isaiah. Estudiaba a Jiraiya con intensidad depredadora, y luego volvió a clavar la mirada en Imogen.

—¿Qué más te da?

—Nada. Curiosidad. —Se encogió de hombros.

Me apoyé en la mesa y puse las manos sobre la superficie.

—Esa curiosidad hará enfadar a Veruka.

—Ah, así que Mera te lo ha contado. —Isaiah hizo un ademán desdeñoso—. Es una diversión, nada más. Y las cosas que hace cuando le tiras de la cola son muy placenteras.

Le clavé la mirada.

—Es una guardia eminente. Te he dicho que no cagues donde comes.

—Y lo dice el que se tiraba a la pareja de Samkiel.

Se me dilataron las aletas de la nariz, lo que hizo que se riera. De haber podido darle un puñetazo sin cabrear a Nismera lo habría hecho.

Elianna se levantó y miró hacia el otro lado de la mesa, en dirección a nosotros. Luego, carraspeó para aclararse la garganta y abrió el diario manoseado que llevaba siempre encima. Todos volvieron las miradas hacia ella para escuchar con atención.

—Ya que hablamos de rubios, ¿dónde está tu celestial? —preguntó Isaiah, a quien no le importaba una mierda lo que fuera a decir Elianna.

—Cameron sigue en los niveles bajos. —Me crucé de brazos y me acomodé contra el respaldo para al menos fingir que prestaba atención.

—¿En los combates de base?

Asentí.

—Tiene que desarrollar sus nuevos poderes y no lo va a hacer follando, así que solo le queda pelear y comer.

—Revuelcos —bufó Isaiah.

Lo llamábamos «revuelcos» porque, en algunos momentos, lo único que hacían era revolcarse cuando el cuerpo se sobrecalentaba. Era lo que experimentaban los que podían transformarse en ig’morruthens. Le había pasado a Dianna. Durante las primeras semanas, la tuve encadenada, igual que había tenido a Cameron cuando llegó. El primer delirio de sangre, cuando el cuerpo se desprendía de las entrañas para hacer sitio a las nuevas, era siempre el más poderoso. La energía los atravesaba, reemplazaba lo que habían sido. Si sobrevivían y no se convertían en bestias, eran como nosotros. Pero los revuelcos podían durar semanas, a veces hasta meses. El ansia de sangre casi los convertía en animales. Si no se los vigilaba bien, eran capaces de arrasar una aldea. Los impulsos incontrolables eran tan poderosos que bien podían destrozar a sus víctimas. La primera vez que Dianna cambió, solo dejó jirones de tejidos a su paso, otra de las muchas razones que explicaban su sanguinario nombre.

—Nismera querrá que fabriques más.

Miré a Isaiah.

—No es tan fácil.

—Quiero ver cómo le dices eso a ella.

—Cameron es el único que he hecho después de ella, en mil años. Y lo he intentado. Pero solo salen bestias.

Isaiah asintió y se dispuso a decir algo, pero Nismera no le dio ocasión.

—¿Queríais comentar algo, vosotros dos? —preguntó.

Nos volvimos hacia ella y negamos con la cabeza. Isaiah hizo un ademán con la mano para que siguiera hablando.

—Bien —respondió—. Entonces, si no es mucha molestia, prestad atención.

Su sonrisa era cualquier cosa menos dulce o amable. Nunca lo era. A veces me preguntaba de qué la había hecho Unir. Siempre partí de la base de que había sido a partir de una estrella fría, moribunda. Esa era la impresión que daba incluso cuando hablaba con voz suave o hacía una broma. Estaba vacía por dentro. La única emoción no fingida que exhibía era la ira, que nunca se apagaba en sus ojos.

Nismera se cruzó de brazos y se volvió hacia Elianna.

—¿Por qué se ha incrementado el incentivo?

Elianna le acercó un mapa y se inclinó sobre la mesa para señalar una zona más allá de las estrellas.

—Parece que el Ojo está más decidido que nunca tras la masacre del este, señora.

Todas las miradas se clavaron en mí. Levanté la mano.

—Yo no he estado en el este.

—No —dijo Nismera con toda calma; la voz rezumaba odio—. Tengo informes de un ataque contra unos oficiales de la legión que estaban de servicio en el oriente de Tarr. Envié soldados para ver qué podían averiguar, y ninguno regresó. Pero ¿sabéis lo que se ha visto por allí? Según algunos testigos, un ig’morruthen grande, oscuro, con escamas, sobrevoló el cielo antes de posarse para despedazar a mis leales soldados y desparramar sus restos por toda la zona a modo de advertencia.

Tragué saliva. Tenía un nudo en la garganta, pero también sentí una chispa de diversión y una llamita de orgullo al ver lo que ella era capaz de hacer todavía.

Nismera entrelazó las manos e inclinó la cabeza hacia Elianna.

—Repíteme lo que dejó escrito con los cadáveres. El mensaje que me mandó.

Por su aspecto, Elianna habría preferido estar en cualquier lugar menos allí, pero entrelazó los dedos.

—Zorra.

Miró a Nismera con miedo a que la redujera a cenizas como si hubiera sido ella quien la había llamado así. Nadie dijo ni palabra en la estancia. Todas las miradas se clavaron en mí. Vi la expresión conmocionada en el rostro de Isaiah. Nadie le hablaba así a Nismera y vivía tanto tiempo.

—Si eso es cierto, puedo encargarme de ella —dije.

—¿Encargarte? —Nismera sonrió y tamborileó con los dedos sobre la mesa. Nadie se movió, nadie se atrevió ni a respirar—. La compañera de Samkiel sigue con vida. Irá a la guerra en nombre de él, aunque esté muerto. —Hizo una pausa. Se le tensó la mandíbula al apretar los dientes—. ¿Sabes lo que le pasa a la mente de un amata cuando matan al otro? No, claro, porque no lo has tenido.

Apreté los puños sobre los muslos y di golpecitos en el suelo con el pie. Era un golpe bajo, pero sabía cómo hablaba Mera en aquellas reuniones en la cámara. Sabía de su deber de demostrar que no había favoritismos, aunque se tratara de los de su propia sangre. Para ella, y para todos, yo no era más que un guardia eminente que había desobedecido órdenes.

—Pueden enloquecer de dolor hasta el punto de extinguirse o pueden montar en cólera y arrasar mundos; parece que esta ha optado por lo segundo —siguió Nismera—. Por eso quería verla muerta al mismo tiempo que él, o mejor aún, mucho antes. ¿Ves lo que ha pasado, Kaden? Tu deseo de conservarla va a provocar un alzamiento.

Los demás generales y comandantes no se volvieron hacia mí, pero percibí el cambio en la habitación. La incomodidad era evidente en el sonido de los pies que se arrastraban y las manos escamosas que se apretaban. Los que tenían tentáculos, los enroscaron en torno a sus cuerpos como para protegerse.

—Me dijiste que le diera forma, que la hiciera, y te obedecí. Ahora es un problema. Querías una asesina y yo la creé.

—La llaman «la muerte alada». Y ya sabes cómo corren los nombres. Crecen, cobran fuerza, alimentan la imaginación. No quiero que el Ojo piense que tienen alguna posibilidad sobre mí o sobre mi reino.

—Tengo un plan. —Mi voz retumbó en el silencio y todos me miraron.

—Compártelo con nosotros. —La petición, casi un desafío, vino de un miembro de la Orden. Lo conocía de cara, pero no me había molestado en recordar su nombre, como los de la mayoría de los allí presentes.

—No. —Le dediqué una amplia sonrisa, asegurándome de que me viera las puntas de los colmillos—. Es información reservada para los oficiales de alto rango. La Orden y tú no estáis a ese nivel, por decirlo de manera delicada.

La tensión creció en la sala.

Nismera suspiró y sacudió la cabeza.

—Ahora mismo, el principal objetivo es la captura de la bahía de Harwork. Del resto de las amenazas se hablará con los oficiales de rango más alto, como tan delicadamente ha sugerido mi hermano.

Nadie le llevó la contraria a Nismera, como de costumbre, porque eso equivalía a jugarse la vida. Todos se volvieron hacia ella y la conversación sobre asedio y guerra siguió su curso.

Divisor ilustrativo de un motivo tribal en forma de sol

En cuanto los comandantes, los generales y todos los miembros de la Orden salieron de la cámara, Nismera se volvió hacia nosotros. Sus guardias esperaban fuera. Se quitó la capa con una mano y la colgó de la silla antes de dirigirse hacia un camarín. Volvió con dos botellas y unas copas, y se dejó caer en el asiento.

—Preferiría que no me respondieras así en las reuniones, Kaden. No están acostumbrados a que nadie me lleve la contraria, y no eres un lacayo al que me interese o quiera corregir.

Sirvió el líquido ambarino burbujeante en su copa y deslizó la otra botella y dos copas más hacia Isaiah y hacia mí. Isaiah se encargó de abrir la botella con una sola mano. El olor dulzón a cobre de la sangre impregnó el aire, y me dio miedo preguntar de dónde la había sacado. Isaiah se sirvió y me pasó la botella.

—Lo siento mucho, rey. —La última palabra la dije en tono burlón—. ¿Por qué te empeñas en ese título?

—Porque es al que aspiraban todos. ¿Por qué voy a cambiarlo ahora? —Nismera se encogió de hombros—. Y me encanta ver cómo aprietan los dientes los señores cuando lo oyen. Como tengo coño, habrían preferido una reina, pero es bien sabido que, en nuestro mundo, el título de rey alberga mayor poder.

—Cierto —convine con un bufido.

Nismera sonrió con la copa contra los labios.

—Además, aquí no hace falta que me llames así. No hay soldados ni guardias, ni esos puñeteros miembros del consejo, siempre pidiendo ayuda. No soy nuestro padre. No exijo respeto, ni que me llames por mi título a cada momento. Además, te he echado de menos.

Isaiah carraspeó para aclararse la garganta y Nismera puso los ojos en blanco.

—Hemos —corrigió—. Te hemos echado de menos.

—Técnicamente, yo, sobre todo —añadió Isaiah al tiempo que le lanzaba una mirada a Nismera—. Ella ha estado muy ocupada. Desde que se cerró ese condenado portal, he preguntado cada día cuándo ibas a volver. Hasta hice una marca en el lugar donde se cerró, porque fue donde te vi por última vez.

Algo me brilló dentro del pecho. Era como si se hubiera encendido una lucecita en una habitación oscura y polvorienta. Qué raro me resultaba oírle decir a alguien que me había extrañado. Sobre todo, considerando el tiempo que había estado ausente, y recordando la gente que me había rodeado. Ya hacía muchos años de la última muestra de afecto que vi. Con Dianna. A aquellas alturas, las emociones me resultaban, como mínimo, extrañas. Me incomodaban porque nunca me parecían reales. Cualquier acto de afecto o de bondad podía desaparecer en un instante, evaporarse como la neblina que se lleva el viento. Había estado tanto tiempo atrapado en Yejedin que tal vez allí había muerto y se había podrido la parte de mí que creía en esas cosas.

—Idiota sentimental —me burlé, y Nismera se echó a reír.

Pero me lo imaginaba. Isaiah se había labrado toda una reputación sanguinaria mucho antes de que se cerraran los dominios, y según Nismera, tras mi partida todo había ido a peor. Utilizaba su poder siempre que tenía ocasión, daba forma a la sangre a voluntad, lo perfeccionaba. Por lo visto ya ni siquiera necesitaba tocar a alguien para hacer que la sangre le hirviera, o peor aún, que le estallara. Era una bestia en todos los sentidos de la palabra, igual que yo. Otro motivo para haber estado encerrados tanto tiempo.

Nismera me había dicho que lo llamaban «Escarnio Sangriento», y que a él le gustaba. A título personal, pensaba que lo disfrutaba porque servía para demostrar que ahora éramos fuertes. Ya no éramos los adolescentes desgarbados con poderes sin pulir que se habían creído todas las mentiras de Unir. Qué inocentes habíamos sido por aquel entonces. Pero todo parecía un recuerdo lejano. Habíamos crecido en palacios de plata, entre belleza y flores, pero lo que nos dio nuestra forma fue Yejedin, con su humo y sus llamas.

Así que entendía que se aferrara a aquel nombre, o a mí. Yo lo había protegido y le había prometido que lo protegería siempre, así que me reí ante la imagen que se me pasó por la cabeza, el corpulento y musculosos guardia eminente de la Muerte, empapado de sangre, con la armadura puesta, esperando ante un portal que ya no se reabriría. Un idiota sentimental, sin duda.

—Como quieras, pero me alegro de que hayas vuelto. Ahora podrás tener tanta sangre y tantos coños como quieras.

Por poco me atraganto con la bebida. Nismera suspiró y puso los pies embutidos en la armadura sobre la mesa.

—Hablando de lo cual, cuéntame tu plan, Kaden. ¿Para qué quiero otro ig’morruthen, cuando ya has tenido la amabilidad de traerme al rubio?

Miré a Isaiah y me sequé las comisuras de los labios antes de volverme de nuevo a Nismera.

—El poder de Dianna no tiene rival. Sería de gran valor.

—¿Para quién? —Dio vueltas a la bebida en la copa—. ¿Para ti o para mí?

No hice el menor esfuerzo por ocultar mis sentimientos. Hasta ese momento, solo había servido para que mi vida cambiase a peor. Me limité a asentir.

—He hablado contigo todos los días. Sabes lo que siento, y eso no ha cambiado.

—Pero lo que siente ella, sí. Por todas partes proliferan los rebeldes que se creen invencibles. Ella es quien les ha dado esperanzas.

Di unos golpecitos en la copa con el dedo. Isaiah nos miró sin decir nada.

—Razón de más para que nos convenga tenerla aquí. Servirá de ejemplo para que pierdan toda esperanza. Demostrará que puedes domesticar a los más indómitos. Te dará aún más poder. Nadie se atreverá a cuestionarte.

Nismera estuvo a punto de esbozar una sonrisa.

—¿Y cómo piensas hacer que se quede aquí, bajo nuestro mando? Matamos a su hermana. Matamos a su pareja. ¿No te parece que ya es hora de renunciar a ese sueño inútil?

—Tengo un arma —dije; Isaiah se irguió en el asiento—. Con runas grabadas a ambos lados de la hoja. Como las palabras de Ezalan, pero más. Tiene poder para borrarle los recuerdos y sustituirlos por otros. No querrá otra cosa que servirte, te lo juro. Dianna es el arma que he hecho, y es la mejor. Mató a Tobias y a Alistair sin el menor esfuerzo. La necesitamos.

«Yo la necesito». Pero eso no lo dije en voz alta.

Nismera me miró.

—Quería que la mantuvieras alejada de él, y fracasaste. ¿Qué te hace pensar que esta vez lo conseguirás?

Se me erizó el vello y el poder se me agitó bajo la piel como reacción defensiva a sus palabras. Pero era Nismera. La única para la que valíamos algo. Solo por eso me controlé. No me había dado cuenta de que la oscuridad había invadido la estancia hasta que me calmé, y entonces retrocedió.

Respiré hondo para sosegarme.

—Unir los encerró en el mismo dominio, no fui yo. Los he mantenido separados mil años.

Solo con mencionar su nombre era como si me corriera hielo por las venas y el aire en la habitación se hiciera más denso. Pero Nismera se limitó a seguir hablando.

—Ahora, su muerte hará que se convierta en un obstáculo para nuestra liberación.

—Hice todo lo que me dijiste que hiciera para que se detestaran. Todo. Le arrebaté a su falsa hermana tal como querías. Tú tienes tanta culpa como yo.

—Solo que yo no estoy enamorado de ella.

Aquello hizo que se me acelerara el pulso, aunque sabía que lo iban a oír. Nismera entrecerró los ojos, pero no podía mentirle, ni engañarme a mí mismo. Ya no. Miré mi copa. El líquido rojo era más oscuro que la sangre de Onuna.

—No puedo evitar sentir lo que siento.

—Por menos que esto he despellejado a traidores y he colgado su carne de pértigas para que ondearan al viento. ¿Quieres que te haga eso a ti, hermano? Nuestro acuerdo de que te la quedarías quedó zanjado tras los sucesos de las ruinas de Rashearim, ¿no te parece? He perdido un general y un buen puñado de soldados. Tiene que haber repercusiones. —Se le dibujó una sonrisa artera en el rostro.

—¿Y vas a dar ejemplo conmigo?

Tamborileó contra la mesa con las uñas afiladas.

—No, pero tus bestias serán sacrificadas en la sala principal. Convocaré una reunión. Y, mientras, te pasarás una temporada en la mazmorra.

La miré a los ojos. No había rastro de humor en sus labios, y estaba rígida, como si lo hubiera dicho completamente en serio.

—No me mires con esa cara. Hay que dar ejemplo contigo, por mucho que seas mi hermano. Mis soldados y mi legión pensarán que soy una blanda si no te impongo aunque sea un castigo por tu traición. Lo entiendes, ¿no?

Se me cerró la garganta, pero me negué a que viera el miedo que sentía. Hacía eones que había aprendido a ocultarlo, a disimular todas mis emociones. Y, sobre todo, delante de Isaiah. Pero que me encerraran bajo el palacio… ¿Hasta qué profundidad llegaba ahora? ¿Cómo era la oscuridad?

—Por supuesto —respondí con la esperanza de que la voz no me temblara ni se me quebrara.

Nismera bebió otro sorbo de la copa y la dejó sobre la mesa, y el sonido me retumbó en la cabeza a medida que la ansiedad crecía dentro de mí.

—Solo es una semana en la celda. Has sucumbido mucho más tiempo a la oscuridad.

Me sentí como si faltara el aire en aquella estancia, y el corazón se me aceleró. Era verdad, y también era verdad que había detestado cada segundo. Todos daban por supuesto que me gustaba la oscuridad porque era parte de mí, pero en realidad era lo que más temía. Había crecido entre luz; Unir y Zasyn eran el epítome de lo luminoso. Luego nos encerró en Yejedin, donde solo había oscuridad, el sonido de las uñas contra la piedra, y las llamas, llamas ardientes, abrasadoras. El colmo de la ironía para mí. El niño que tenía miedo de los monstruos que poblaban la oscuridad se había convertido en lo que tanto temía.

—Por supuesto —repetí con una sonrisa helada, antes de llevarme la copa a los labios.

La sangre no me calmó el estómago revuelto. Una semana. Una semana la podría soportar…, a menos que Nismera se olvidara de mí y me dejara allí para que me pudriera, igual que había hecho él.

—Le he dicho que una semana era suficiente. —La voz de Isaiah cortó el hilo de mis pensamientos—. Los demás habrían pedido una sentencia más dura, un mes, pero es demasiado cruel para el que mató al Destructor de Mundos.

Bien. Isaiah no se olvidaría. Podía contar con mi hermano. Él también estaba allí. Solté el aliento contenido y erguí la espalda.

—He dicho que de acuerdo. —Las palabras me salieron con toda la tristeza que sentía.

—No te pongas así —dijo Nismera—. Isaiah ha dicho la verdad, te echaba de menos. Y te necesito para lo que va a pasar. Ahora que has vuelto con nosotros, quiero que tengas una existencia normal, y si esto es lo que hace falta para conseguirlo, adelante.

Isaiah se relajó al oír la respuesta. Lo vi sonreír.

—Gracias.

Era poco, pero no conseguí decir más. Tal vez había estado demasiado tiempo lejos de ellos, pero la bestia que habitaba bajo mi piel se negaba a calmarse.

—¿Tienes esa arma? —preguntó Nismera mientras se servía otra copa.

Obligué a calmarse al ig’morruthen que llevaba dentro y alcé la mano. La energía centelleó y la hoja de oscuridad se formó en la palma de mi mano. La cogí por el puño. El relámpago rasgó el aire sobre la mesa y se reflejó en la curva de afilado acero.

—Le ordené a Azrael que la hiciera antes de su inoportuna defunción. Tenía planeado utilizarla después de matar a Samkiel, pero Dianna se liberó y se marchó con el cadáver —dije.

Nismera apretó los labios.

—Mandé a mis soldados a buscar a Azrael. Allí no quedaban más que piedras caídas y muros calcinados. Hasta el libro había desaparecido. Me imagino que lo mató ella al liberarse.

Asentí. Yo había dado por hecho eso mismo, máxime si se tenía en cuenta lo que le había ordenado hacer.

Nismera suspiró, nada satisfecha ante lo sucedido, pero se inclinó hacia delante para examinar el arma.

—¿Y esto puede funcionar? ¿Hará que nos sirva a nosotros, como dices?

—Sí.

Clavó la mirada en la mía.

—¿Es lo único que quieres tras tu regreso? ¿No más poder?

—Lo preguntas como si dudaras de mí.

Nismera ni siquiera parpadeó.

—Debe de ser cosa de los viejos traumas, pero sí. El Ojo se ha agitado, sigue creciendo por muchos que yo mate o por muchos lugares que someta a asedio. La traición es la norma ahora.

—Por mí no tienes que preocuparte, lo sabes muy bien. El trono es todo tuyo, Mera. No lo quiero para nada, y nunca lo he querido. Pero concédeme esto.

Se hizo un silencio ensordecedor mientras me miraba, y comprendí que valoraba todas las opciones. Mi única esperanza era que se inclinaran a mi favor. Por fin, esbozó una sonrisa.

—La pareja de tu hermano muerto y un arma adicional para esta horrenda rebelión. De algo servirá. Si alguien que ha luchado contra nosotros de manera tan notoria pasa a servirnos, los rebeldes perderán las pocas esperanzas que les quedan. De acuerdo. Quédate con tu juguete. Les tendrás que explicar a los dos reyes de Yejedin que quedan por qué traes aquí a la que mató a los suyos.

Isaiah soltó una risita y se puso de pie.

—Hablando de lo cual, ¿dónde andan esos dos?

Nismera se encogió de hombros sin dejar de mirar la hoja.

—Ocupados. Les he encargado una cosa.

No añadió más. Seguimos hablando, pero ya no de la guerra o de planes de asedio, sino de lo que había ocurrido durante el tiempo que habíamos estado separados. Sonaron risas en la sala de guerra hasta que Nismera bostezó y se despidió.

Isaiah silbó entre dientes, se recostó contra el respaldo y puso los pies sobre la mesa.

—La verdad, nunca te había visto tan interesado.

No respondí. Me metí la mano en el bolsillo y saqué la moneda manchada de sangre. Le di vueltas entre los dedos. Había estado mil años con Dianna, y esa puñetera parte de mí que aún albergaba esperanzas deseaba que hubieran sido más. Que hubiera sido toda la eternidad.

—No debería haber sucedido —le susurré a Isaiah—. No tendrían que haberse conocido.

—¿Cómo sucedió? Mera no llegó a contármelo. Solo lanzó una mesa contra la pared y aplastó a unos cuantos guardias cuando se lo comunicaste. No me pareció oportuno presionarla.

Fruncí los labios y lo miré a los ojos.

—La verdad, debió de ser el destino. El plan consistía en que Samkiel volviera cuando el arma estuviese lista. Dianna me ayudaría a matarlo antes de sentir la atracción de saber lo que era para ella. Pero me equivoqué. Tal vez estuviera buscando ya esa conexión. Mató a Zekiel, lo que provocó el regreso de Samkiel. Fue odio a primera vista y, para cuando comprendí que se habían unido y estaban buscando el libro, ya era demasiado tarde. Desde entonces fueron inseparables.

Isaiah miró la moneda que tenía en la mano. Luego, me miró a los ojos.

—¿Cómo es? Lo de amar, digo.

Tragué saliva y apreté la moneda. Isaiah siempre me pedía orientación, como si yo fuera el mayor y él el pequeño. Solo nos habíamos tenido el uno al otro. Habíamos pasado eones atrapados en Yejedin, encerrados por la persona que habría debido amarnos de manera incondicional. Para nosotros, el amor era letal y poderoso, y hacía mucho daño.

—Con Dianna fue la primera vez que sentí algo que no fuera rabia, odio o ansia de sangre. Para nosotros… —Lo miré a los ojos—. El amor es espantoso, es cruel.

Isaiah apuró la copa de un largo trago y la dejó sobre la mesa.

—De acuerdo. ¿Cómo la vamos a encontrar?

—Tengo una idea.

4. Cameron

Una semana más tarde

Un puño hecho de hueso afilado me golpeó en la sien con tanta fuerza que caí de bruces al suelo. Sentí brotar la sangre del corte antes de notar el cosquilleo en la piel al curarse.

Sonaron gritos y aclamaciones, y un millar de voces rugieron cuando la bestia monstruosa caminó a mi alrededor. Alzó los brazos gigantescos al aire, los cuatro, para animar al público. Las bandas que llevaba en torno a los bíceps estaban adornadas con fragmentos de huesos de sus últimas víctimas.

—Basura celestial —rugió al tiempo que se volvía hacia mí.

Escupí a sus pies y me puse de pie. Me dolían todos los músculos del cuerpo. El suelo se estremeció cuando caminó hacia mí. Los gritos de la gente se multiplicaron por diez: hilera tras hilera de bestias embutidas en armaduras, de seres de todo tipo. Unos parecían estar relajándose, con cigarros en la boca y lanzando bocanadas de humo. Otros hacían chocar jarras de un líquido burbujeante y brindaban mientras veían las peleas. Unos pocos se movían por la periferia y trataban de pasar desapercibidos. Pero todos estaban allí para ver sangre.

—Ahora, los restos de tu querido Destructor de Mundos flotan entre las estrellas.

Me dio una patada en la cabeza, tan fuerte que lo vi todo borroso. Me pasaron ante los ojos imágenes de Rashearim. Nos vi a todos sentados, riéndonos, y la cara de Samkiel era la más feliz.

—¡Os creíais mejores que nosotros, más fuertes! —rugió.

Otra patada me lanzó disparado y caí de espaldas contra la valla oxidada que rodeaba la arena. El golpe contra el suelo hizo que me crujieran las costillas. Demoré un poco la curación de las heridas para notar el dolor.

—Se compusieron canciones sobre ti y sobre los tuyos. Pues mírate ahora. Eres patético.

Me dio una patada en la espalda con tanta fuerza que el suelo se agrietó a mis pies. Ni siquiera el dolor pudo apartar los recuerdos de aquella maldita sala del consejo. Volví a ver los símbolos grabados en el suelo, las cadenas capaces de retener al dios al que yo sabía que apenas le quedaba vida, y todo por mi culpa. Una sola mirada bastó para que me odiara a mí mismo cuando me di la vuelta y seguí a Xavier, aun siendo muy consciente de las consecuencias.

—Así que dile adiós al protector. —Otra patada en la cara; la gente quería cada vez más sangre.

Tenía razón. Ya no había nadie capaz de protegerme, ni a mí ni a ellos. Estaban en Iassulyn.

Traté de incorporarme.

—Cuando acabe contigo, iré a por el resto de tus amigos de la Mano y acabaré también con ellos.

Dejé escapar una carcajada ronca cuando se arrodilló, me agarró por el pelo y me echó la cabeza hacia atrás.

—Y voy a empezar por el moreno. ¿Cómo se llama? ¿Xavier?

Solo tardé un segundo en ponerme en pie. Las exclamaciones dejaron paso a gritos de asombro cuando le clavé bajo la mandíbula las garras serradas en las que se habían convertido mis uñas. En sus ojos se reflejó un odio puro, al que siguió un dolor lacerante. Lo levanté, le atravesé el tejido carnoso de la lengua. Me miró con odio y me agarró una muñeca con las dos manos, mientras que trataba de golpearme con las otras.

—Hablas demasiado. —Los dientes dejaron paso a los colmillos cuando lo acerqué a mí—. Eso lo vamos a solucionar.

Se le aceleró el pulso, errático. El hambre me desgarró por dentro. Le clavé los colmillos en la carne dura del cuello y la sangre manó, espesa, densa. Me alimenté de ella. Se me soldaron los huesos de la nariz y las costillas, las laceraciones, los arañazos, las magulladuras. Bebí con ansia el líquido viscoso, que me corrió por la barbilla mientras desaparecían todas las heridas. Los latidos del corazón se le ralentizaron y el cuerpo tuvo un estremecimiento final con el último, y el silencio que se hizo destruyó otra parte de mí. Me incliné hacia delante y respiré hondo, y luego lo tiré al suelo. Cayó con un golpe sordo. Lo miré, asqueado, al tiempo que me limpiaba la cara con el dorso de la mano.

El silencio asombrado se prolongó unos momentos, pero luego la multitud estalló en gritos aún más altos que antes. Las aclamaciones siguieron mientras una voz se imponía a todas, pero no me quedé para escuchar el anuncio.

Fui hacia la puerta de la verja y los guardias se apartaron, sin la menor intención de detenerme. Cogí la camisa que había tirado al suelo y me la puse sin siquiera aminorar el paso hacia la salida. La gente siguió discutiendo y gritando, y el dinero siguió pasando de mano en mano a mi alrededor.

Más que oírlo, lo sentí. Me di la vuelta y esquivé la mano extendida. Tenía un cuerno curvo en la cabeza y vestía la puñetera armadura dorada y negra de Nismera. Era el comandante de cualquier legión de mierda. Había presenciado la pelea entera mientras su soldado favorito me daba una paliza.

—Joder, me debes un soldado —me ladró.

Solté un bufido.

—No te debo una mierda.

La multitud volvió a gritar cuando dos nuevos adversarios se quitaron la armadura y salieron a la arena. El sonido de los puños contra la carne se escuchó sobre el rugido. El comandante Cabecicuerno, o comoquiera que se llamara, se adelantó un paso más hacia mí y me ocultó el espectáculo.

—Tendrás que darme un soldado o me quedaré contigo.

Me echó la mano al cuello para agarrarme, pero se detuvo a escasa distancia. Otra mano enorme, en un guantelete negro, lo agarró por la muñeca. La oscuridad había invadido cada rincón de aquel lugar. Los gritos de la gente se convirtieron en susurros antes de cesar por completo, y supe por qué.

—¿Con quién dices que te vas a quedar? —La voz de Kaden era suave. Tal vez era mi nuevo sentido agudizado del oído lo que hacía que me pareciera más amenazadora—. Repítemelo.

Las ranuras que eran los ojos del comandante se abrieron mucho al darse cuenta de quién lo había agarrado. Kaden era medio metro más alto que él, y a su izquierda se alzaba su hermano, su sombra. Eran gigantescos, poderosos, no dejaban de atrapar la atención de cualquiera con quien compartieran el espacio. De repente, todo era más denso, como si el aire mismo hubiera huido, aterrado.

No entendía cómo no había reparado antes en lo mucho que se parecían a Samkiel. Eran idénticos, demasiado poder en un solo cuerpo. Bastaba una mirada suya, un simple movimiento, para que hasta los más fuertes huyeran con el rabo entre las piernas. La única diferencia era que tanto Kaden como Isaiah carecían de la chispa de luz que tenía Samkiel. No sonreían, su presencia no relajaba a nadie. No había alegría en ellos. Eran monstruos capaces de despojar todos los dominios hasta de la menor esperanza, y yo los había ayudado.

Cómo me despreciaba a mí mismo.

En medio de una algarabía, todos los presentes recogieron la armadura y sus pertenencias y salieron de la arena. No supe si era por la llegada de Kaden e Isaiah o porque Nismera nunca andaba lejos de ellos. En cualquier caso, a todos se les habían quitado las ganas de seguir allí.

—Perdóname, guardia eminente. Solo quería una compensación.

—¿Una compensación?

Kaden se echó a reír y miró a su hermano. La sonrisa de Isaiah parecía salida de una pesadilla.

Le apretó la muñeca al comandante hasta que este apretó los dientes y cayó de rodillas. Kaden no lo soltó hasta que gritó. Se sujetó la muñeca con la otra mano.

—Yo creo que estás compensado, ¿no te parece?

El comandante asintió, se puso en pie de un salto y salió a la carrera, abriéndose paso entre la gente que se alejaba. Kaden ni se molestó en mirarlo dos veces.

—Creo que se ha meado en los pantalones —se burló Isaiah, y se volvió hacia mí.

—Vaya, vaya, vaya. —Kaden me miró como un depredador mira a un cervatillo nervioso—. El pequeño cazador ha crecido e incluso gana algún que otro combate de base.

—Y devora bersérkers. —Isaiah silbó y se agarró la gola de la armadura—. Impresionante.

—Muchas gracias, pero prefiero no hablar con vosotros. Nunca.

Me di media vuelta y conseguí alejarme dos pasos antes de que mi cuerpo se paralizara. Se me tensaron todos los músculos y me quedé por completo inmóvil, incapaz de moverme o de hacer el menor gesto. Solo parecían reaccionar los pulmones y los ojos. Mierda.

Kaden e Isaiah se situaron delante de mí. Los ojos de Isaiah brillaban con un fulgor rojo. Era el que me había hecho aquello. Dioses.

—Suéltalo —dijo Kaden.

Isaiah sonrió y estuve a punto de caer de bruces antes de acostumbrarme a volver a tener control sobre mi cuerpo.

—¿Qué leches has…?

—Eso ahora carece de importancia, pequeño cazador. —Kaden sonrió—. Lo importante es que necesito algo de ti.

—¿De verdad? Pues que te den mucho por…

Se me doblaron las rodillas y caí al suelo. Lancé un gruñido y miré con odio a Isaiah.

—¿Cómo cojones lo haces? ¿Control mental?

—No —respondió Isaiah con una sonrisa.

Kaden se arrodilló a mi lado. Apreté los puños para tratar de resistirme al control de Isaiah.

—Puede que lo que quiero de ti te guste. Tienes que ir en busca de Dianna.

Eché la cabeza atrás de golpe.

—¿Qué?

—Exacto. Eras el rastreador favorito de Samkiel, y ahora tu poder está amplificado. Seguro que la encuentras antes de que lo haga una legión entera.

Apreté los labios para no reírme al comprenderlo, pero no sirvió de nada. Se me escapó como un bufido antes de transformarse en una carcajada.

—¿Quieres que busque a tu zorra? Vete a la mierda. Me has transformado, me has maldecido con un hambre insaciable, has permitido que la cabrona de tu hermana se llevara a Xavi.

Isaiah lanzó un gruñido y se acercó un paso. Kaden alzó una mano.

—Déjate de lloriqueos. Estás alimentado, y Xavi no es tuyo, no te lo puedes quedar. Si eso era lo que querías, deberías haber hecho algo al respecto cuando tuviste ocasión.

—¿Quién es ese tal Xavi? —le preguntó Isaiah a Kaden.

Este hizo un ademán despectivo.

—El de las dos espadas. Nismera le rapó la cabeza y lo vendió.

Se me encogió el corazón al recordar cómo habían tenido que sacarme a rastras de la habitación cuando supe lo que iba a hacer. Cómo Kaden me había tenido encadenado una semana porque el ig’morruthen que habitaba ahora en mí se había rebelado hasta tal punto que mató a dos guardias. Nismera hizo que me dieran una paliza como si eso fuera un castigo peor. No, el castigo había sido no poder siquiera despedirme. Para cuando recuperé el conocimiento y se me curaron las heridas, Xavier ya no estaba, y nadie quiso decirme a dónde lo habían llevado.

—Ah, vale —dijo Isaiah, despectivo—. Conozco a cuatro hombres que se le parecen. Le traeremos un sustituto.

Kaden hizo una mueca burlona.

—No hay sustituto que valga. El pequeño cazador está enamorado.

A Isaiah se le borró la sonrisa. Inclinó la cabeza a un lado para mirarme.

—Me lo he pensado mejor —dije, todavía incapaz de moverme—. Podéis iros a la mierda los dos.

—No es una petición. —Kaden me agarró por la nuca—. Me vas a ayudar a dar con Dianna, pequeño cazador. No es un debate, ni una pregunta.

—A ver si te entiendo bien. Mataste a su hermana, destripaste a su pareja, y ahora la quieres encontrar para… ¿para qué? ¿Para que vuelva a amarte? —Me llegó el turno de sonreír—. Y te burlas de mí por estar enamorado.

Isaiah dejó escapar un suspiro.

—Ya te dije que era una idea idiota.

—Cállate —replicó Kaden. Isaiah se limitó a poner los ojos en blanco.

—Estás como una puta cabra, Kaden. —Negué con la cabeza—. Me lo decían, pero no me lo creía. ¿De verdad crees que te servirá de algo dar con ella? ¿No sabes que te odia?

Isaiah me miró con los ojos refulgentes llenos de poder. Se me arqueó la espalda y apreté los dientes de dolor mientras la sangre me hervía y el cuerpo se me sacudía con los estertores. Al final, me soltó, y caí de bruces, con las palmas contra el suelo. Traté de recuperar el aliento. Los dos se irguieron, y yo me incorporé un poco, jadeante.

—No te estoy pidiendo tu opinión.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Chivarte a tu hermana? Esa que te acaba de tener encerrado una semana. Por cierto, ¿qué tal ha ido? Siento decirlo, pero cuando supe lo que os había pasado a ti y a los monstruos que creaste fue la primera vez que sentí alguna pequeña alegría en las semanas que llevo aquí. Eso explica que seas el cabrón que eres. No le importas ni a tu hermana.

El puñetazo me acertó en un pómulo. Volví a caer al suelo mientras la sangre me corría por la mejilla.

Me lamí el labio partido y me levanté. Sentí un cosquilleo en los dedos de los pies al recuperar el movimiento.

—No, no te voy a ayudar. Los dos sabemos que buscas la muerte. Y con lo que has hecho, con lo que he… —Hice una pausa para sentir el dolor de los músculos de la mandíbula al curarse—. Todos estamos muertos ya. Si no lo sabes, eres idiota.

Pensé que me iba a golpear de nuevo, que me iba a dar una patada cuando estuviera en el suelo, pero se limitó a mirarme.

—¿Quieres encontrar a Xavier o no?

Entrecerré los ojos, y sonrió. Sabía que me tenía cogido por los huevos. Habría preferido la patada.

—Eso es —siguió—. Si das con ella, te diré dónde está Xavier. Si no, me encargaré de que no averigües nunca a qué puesto avanzado lo mandó. Sé que lo has buscado, que has hecho preguntas.

Me mordisqueé el labio, pero al final suspiré.

—No hará falta que busque a Dianna, te lo digo yo. —Logré incorporarme—. Con lo que has hecho. Con lo que habéis hecho.

—Y a lo que tú contribuiste, si mal no recuerdo —replicó Isaiah, en defensa de su infernal hermano.

—Lo haré, pero ya os digo que no os va a gustar —respondí—. La muerte de Samkiel la habrá destrozado. Ya vimos lo que le pasó cuando murió Gabby. Dianna nos encontrará y nos lo hará pagar. Seguro que ya se está abriendo camino a masacres por todos los dominios.