UNO
Magnolia
Miro a Henry, apoyado contra el cabecero en el lado de la cama de su hermano. Está mirando un sudoku con el ceño fruncido. No sé por qué le gustan este tipo de pasatiempos, pero siempre le han gustado, incluso de crío. En esa época eran sopas de letras, aunque para cuando llegamos a Varley eran los sudokus. Mordisquea el lápiz y entorna todavía más los ojos.
Le echo un vistazo y señalo uno de los cuadraditos vacíos.
—Siete —le digo antes de que me aparte la mano con una mirada asesina.
—No quiero que me ayudes.
Lo miro con el ceño fruncido.
—Borde.
—Esto sí que es borde —me hace un gesto—. Tu profesado y jodidamente flagrante desinterés por el arte del sudoku…
—Qué va a ser un arte —le suelto, y él me ignora.
—… es borde e irritante —prosigue él—. Porque da hasta rabia lo bien que se te dan.
Pongo los ojo en blanco y paso la página de la Vogue italiana de este mes.
Él refunfuña un poco, dice no sé qué de ser una erudita y de que tendría que haberme empleado más a fondo en mates cuando estudiábamos y lo ignoro.
Le enseño una foto de un vestido que no me convence.
—¡Lo han hecho de sarga! Qué raro.
Henry, sarcástico, pone mala cara.
—Rarísimo.
—Es verano… —Dejo el comentario ahí suspendido, aunque no le provoca el horror que yo esperaba—. Es una tela de invierno —le recuerdo, y él le lanza una mirada a su sudoku en lugar de a mí.
En ese momento, se oye el portazo de la entrada principal y Henry y yo cruzamos las miradas.
—¿Parksy? —me llama BJ.
Me gusta cuando me llama así, me hace sentir como si tuviese quince años. Me llamaba así cuando estábamos en el internado, cuando estábamos juntos. De algún modo volvió a aparecer cuando nos prometimos.
—¡Aquí! —le contesto al tiempo que salto de la cama—. ¡Rápido! —chillo alisando la colcha y haciéndole ademanes como una loca a Henry—. ¡Rápido! ¡Levanta…!
Henry alisa su rincón y arroja el libro de sudokus hacia la otra punta del cuarto… y, desgraciadamente, golpea a su hermano de lleno en la cara en cuanto entra en nuestro cuarto.
Me río con despreocupación y me apoyo como quien no quiere la cosa en nuestra cama Savoir Winston & N.º 4v hecha a medida que mandé forrar de bouclé en color crema.
—¡Hola! —Le lanzo mi sonrisa más radiante.
BJ entrecierra los ojos.
—Hola.
Christian asoma la cabeza por el marco de la puerta y nos mira a Henry y a mí, luego se echa a reír al tiempo que se coloca junto a BJ.
Beej nos señala con la cabeza.
—¿Estabais en la cama?
—No. —Niego categóricamente con la cabeza.
Henry niega también y se encoge de hombros con desdén.
—No. —Sigo negando con la cabeza—. Nos dijiste que paráramos de hacerlo y naturalmente te escuchamos muy fuerte.
Henry sigue asintiendo.
—Y aunque ni que decir tiene que Henry, sin lugar a dudas, no se ha comido un bocadillo en tu lado de la cama porque… —Le lanzo una mirada a Henry y luego añado con los dientes apretados—: eso sería una locura y nos habría delatado de haber habido algo que delatar, que no lo hay, pero si tú, digamos que, hipotéticamente, notaras algo parecido a unas migas de pan, creo que sería, en fin, obra de un ratón o de… esto, un demonio necrófago hambriento o algo así.
BJ se pasa las manos por el pelo y gruñe.
—¿Por qué no os sentáis en el puto salón? —Nos mira a los dos, molesto—. Es la hostia.
Beej lo diseñó y está muy orgulloso.
—Es verdad. —Henry vuelve a asentir.
Y la verdad es que sí, lo es, tiene razón. Es increíble.
Christian se apoya contra el marco de la puerta y nos mira a los tres, divertido.
—AD le dedicó un artículo… —nos recuerda BJ.
Lo cual también es verdad. Architectural Digest grabó un recorrido para YouTube, aunque el momento que escogieron para hacerlo se considera controvertido entre los miembros de la Colección Completa, y al mencionarlo, Christian suelta un gruñidito, molesto y a la defensiva.
Le lanzo una mirada porque no es solo que BJ esté muy orgulloso del salón, sino que hay que admitir que está extraña y excesivamente orgulloso del salón. Siente la clase de orgullo que uno imaginaría que te nace por, no lo sé, ¿dar a luz?
Así que sí, está un pelín demasiado entusiasta, pero no estoy a favor de nadie que se muestre desdeñoso para con ninguno de los esfuerzos de BJ, incluso los que no estoy segura de acabar de comprender.
—Oye, en definitiva —le lanzo a Beej una mirada tranquilizadora mientras floto hacia él y me rodeo a mí misma con sus brazos—. Me encanta. Hiciste un trabajo increíble.
Mi prometido enarca una ceja.
—¿Pero…?
¡Y no digo nada! Presiono los labios con recato porque no quiero destrozar al chico que amo más que a nada en este mundo, porque verdaderamente hizo un trabajo brillante. La pura verdad (y va en serio) es que el salón es precioso. Estilo moderno Mid-Century, cálido y luminoso, es solo que…
Henry hace una mueca.
—Es un poco anguloso, tío. —Mira a su hermano y se encoge de hombros, y Beej pone los ojos en blanco, refunfuñando por lo bajo—. Es que, en fin, cuesta sentarse ahí…
—Eso es cierto… —confirmo.
—¡Es un Hans J. Wegner! —BJ nos mira a ambos, incrédulo—. Ese banco cuesta 37.000 libras.
—Ya… —Christian se encoge de hombros, lo cual no ayuda mucho—. Pero uno no puede ponerle precio a la comodidad, ¿verdad?
—Aunque claramente se le puede poner a la incomodidad, ¿eh, Beej? —Henry le guiña el ojo a su hermano, y BJ me lanza una mirada poco impresionada.
Miro fijamente a BJ con los ojos muy abiertos en señal de disculpa.
—Es que es verdad que… te resbalas. Y tú lo sabes —le digo enarcando las cejas—. Intentamos tener sexo allí ¡y me deslicé! Como un pingüino sobre el hielo.
Él también enarca las cejas.
—Encontramos la manera de que nos funcionara.
Niego un poco con la cabeza.
—No, no la encontramos, lo hicimos en el suelo y listo.
BJ recuerda el momento y luego se le dibuja una sonrisita en el rostro a medida que va rememorando más detalles. Somos los mejores con el sexo, él y yo.
—Ay, sí. —Nos miramos a los ojos y, por detrás, Henry hace una mueca.
Christian asiente y me pega en el brazo antes de acabar de entrar en nuestro cuarto.
—Caray… Sexo en el suelo, no te creía capaz, Parks.
BJ me guiña el ojo discretamente.
Henry estira los brazos por encima de la cabeza y vuelve a sentarse en nuestra cama. Beej recoge los sudokus de Henry y se los devuelve.
—¡Parad de pasar el rato en nuestra cama!
Henry niega con la cabeza.
—Ay, es que no podemos —contesta con voz apenada.
BJ enarca las cejas.
—¿Por qué no?
—Es demasiado cómoda. —Henry hace la croqueta por la cama, solo para cabrearlo—. Que, por cierto, ¿puedo tener una así en mi cuarto?
—¿Cuántas putas veces tengo que decírtelo, tío? —BJ le lanza una mirada a su hermano—. Tú no tienes un cuarto aquí.
—Hombre… —Meneo un poco la cabeza, indecisa.
—Un poco sí —dice Henry.
Christian ya no está tanto en su casa. No sé por qué. Ni siquiera sé si podría llamarlo sinceramente «su casa». Y hubo cierto tiempo en que creo que habría estado bien, que lo habría agradecido incluso, pero ahora Henry, a quien, en general, le encanta estar solo, últimamente le gusta cada vez menos.
Así que aunque Henry «no tenga un cuarto aquí» porque su hermano no quiere vivir con su hermano, la verdad es que un poco sí que tiene un cuarto aquí.
Christian se tumba a su lado y se queda tendido un par de segundos. Luego se incorpora como un resorte y nos mira.
—Caray, tío, ¡es cómoda de cojones!
Vuelvo a instalarme en la cama, me siento justo en el centro.
—¿Verdad que sí? —Los miro radiante.
Christian asiente despacio, gozando de la comodidad.
—Mucho más cómoda que lo que hay ahí fuera…
BJ exhala ruidosamente por la nariz y luego se tumba también en la cama. Coge una revista de mierda y empieza a hojearla.
Sé que no tendría que molestarme en tenerlas, pero es que siempre aparecemos en ellas y me gusta saber qué dice la gente de nosotros.
Paseo la mirada por nuestra habitación: paredes blancas, una cama gigante y blanca como una nube, espaciosa, cortinas blancas y ondulantes… Me encanta tener «nuestra habitación» con él. Nunca la habíamos tenido, no en todos los años que estuvimos juntos.
En el internado, desde luego, teníamos nuestras residencias respectivas y nos colábamos el uno en la del otro todo lo físicamente posible. Pasábamos juntos los fines de semana en casa de los padres del uno o del otro y dormíamos en una de nuestras respectivas habitaciones. Hemos compartido la habitación y la cama del otro infinidad de veces a lo largo del transcurso de nuestras vidas, pero nunca habíamos tenido una que fuera solo nuestra, una cama que nunca hubiéramos compartido con otra persona, una habitación en la que cada noche nos dormimos el uno junto al otro y cada mañana me despierto y lo tengo a mi lado. Nuestra habitación podría ser una caja de cartón y me seguiría encantando si él estuviera allí.
No, no me encantaría, he dicho una mentira y estaba siendo absolutamente hiperbólica, pero ves por dónde voy, ¿verdad?
BJ decoró toda nuestra casa por completo, escogió todos y cada uno de los muebles y de las obras de arte. Yo no tenía… en ese momento no podía, ¿sabes? Fue poco después de que ocurriera y, sencillamente, no podía. Lo único que escogí de todo el piso fue nuestra cama y nuestro colchón, y no es una competición e incluso si lo fuera, querría que la ganara él, pero nuestra cama es sin lugar a dudas el lugar más cómodo de toda nuestra casa.
Me muevo por la gigante nube en la que estamos todos acurrucados y me acerco a mi prometido, ruedo hacia él, le pongo ojitos para volver a caerle bien.
Él hace una mueca con desconfianza.
—No me apuntes con esas cosas.
Me encojo de hombros inocentemente.
—Bueno, apuntaría con ellas a nuestro sofá, pero se caerían al suelo.
BJ ahoga una carcajada y niega con la cabeza mientras pasa la página.
Y entonces lo veo.
«Los tortolitos de Londres» es el título del «artículo» (y lo digo de la manera más relajada posible), que consta de un puñado de fotos nuestras y de gente como nosotros en plan romántico y adorable por todo Londres. Suki Waterhouse y Robert Pattinson. Rachel McAdams y su marido. Jamie Dornan y Amelia.
—Oh, no —ahogo un grito al tiempo que le pego un porrazo con el dedo a la foto de él y de mí que han sacado en la revista.
Es una foto de paparazzi. Yo estoy en su regazo, él apoya el mentón en mi hombro, ambos leemos lo que en realidad es un menú, pero desafortunadamente parece más bien un libro con tapas de cuero.
—¿Qué? —Beej echa un vistazo y aprieta la boca contra mi brazo—. Estamos bien.
—No… —suspiro, desolada—. No, parecemos la clase de pareja que se etiquetan el uno al otro en las biografías de Instagram.
—Joder, sí. —BJ se echa a reír—. Un poco sí.
—¿Y qué hay de malo en eso? —pregunta Henry, echando un vistazo con curiosidad.
Y no puedo evitar sonreír por lo dulce que es. Es tan puro y tierno, y está tan preparado para amar a alguien como es debido (y, por favor, ten por seguro que cuando eso pase le confiscaré el móvil, le impediré acceder a su propio Instagram y me aseguraré de que todas las biografías sigan sin ser repulsivas).
Christian le lanza una mirada despectiva.
—Todo. Lo único peor que mencionar a tu pareja en tu bío es una cuenta conjunta. —Suelta un bufido, es mucho menos puro y mucho menos tierno que Henry porque, supongo, siendo justos, Christian sí ha amado de verdad y como es debido a otra persona, y ¿adónde lo ha llevado eso?
Daisy sigue desaparecida, tres meses ya sin decir una sola palabra. Resulta difícil decir cómo lo está llevando él. No está como estaba, no está compensando lo mucho que la echa de menos con alcohol y otras chicas, pero porque no podría. Porque tampoco tiene siquiera la certeza de que no están juntos. Porque ellos se fueron sin más. Los dos. Se fueron y luego nada. Ni una palabra por parte de ninguno de los dos desde entonces. Ni siquiera cuando…
Niego con la cabeza para mí misma.
No quiero pensar en ello.
A Henry le suena el móvil. Se lo saca del bolsillo y lo mira. Una expresión familiar se instala en sus rasgos (en cierto modo dolida, en cierto modo frustrada), exhala por la nariz y se guarda el móvil.
Taura. Ahora esa es la cara que pone por Taura.
Eso también ha caído en picado.
Taurs acabó escogiendo a Henry, ¿lo sabías? Probablemente no, supongo, no se lo dijo a nadie más que a mí. Me confesó que había escogido a Henry, que era a Henry a quien deseaba, a Henry a quien amaba verdadera y desesperadamente y con el que quería estar… justo antes de que la madre de Jonah se quedara en coma.
Por eso no se lo dijo en aquel momento a Henry, porque sentía que no podía hacerle aquello a Jo, así que la cosa tiró y tiró, como lo había hecho hasta entonces solo que peor porque ella ya había escogido y yo lo sabía. Y ella lo sabía, pero los chicos no lo sabían y ella no sabía cómo decírselo, no sin hacer sufrir a Jonah, que últimamente está sufriendo tanto que ella no podía soportarlo. Por eso no dijo nada, por evitarle el sufrimiento a él, y al final los perdió a los dos.
Vuelvo a echar un vistazo a la foto en la que aparecemos Beej y yo, y suspiro.
—Supongo que debemos emplearnos a fondo para ser menos adorables en público —le digo con bastante firmeza.
—O… —Henry chasquea los dedos delante de mí, esfumado su momento pensativo, toda la tristeza que le he visto hace un segundo está empaquetada y mandada a algún lugar lejano—. Podrías dar gritando en público tu discurso sobre la democratización del lujo y te prometo que todo el mundo dejará de adorarte.
Levanto la nariz.
—Yo no estaría tan segura.
BJ le lanza una mirada a su hermano.
—Yo sí.
—Es un fenómeno muy poco explorado del consumismo moderno, y a mí, sin ir más lejos —me pongo una mano en el pecho—, me tiene tremendamente preocupada.
Christian pone los ojos en blanco y BJ niega con la cabeza, sigue hojeando la revista. Pasa un par de páginas y, de repente, Beej se aparta de mí al tiempo que la cierra.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿Qué acaba de pasar?
—Nada…
—¿Qué has visto?
—Nada, un artículo estúpido. —BJ se encoge de hombros y me aleja la revista.
—¿Sobre qué?
Hace una pausa.
—Sobre mí.
—Oh. —Frunzo los labios—. Bueno, déjame verlo…
BJ hace una mueca y niega con la cabeza.
—Qué va.
BJ le pasa la revista a Christian por encima de mi cabeza.
—¿Qué dice? —pregunto haciendo ademán de agarrar la revista, pero Christian la sujeta fuera de mi alcance.
—Nada. —Christian se encoge de hombros—. Es una tontería.
Luego se la pasa a Henry, lo cual ha sido una estupidez, porque tengo absolutamente cero unidades de escrúpulos para placar a Henry, de modo que me lanzo hacia él y, en ese momento, él le devuelve la revista a BJ, que salta de la cama y se la esconde detrás de la espalda.
Voy corriendo hacia él.
—BJ, esto no tiene ninguna gracia. Déjame verlo.
Él enarca un poco una ceja.
—¿Confías en mí?
—Sí —contesto automáticamente.
Él se encoge un poco de hombros, esperanzado.
—Entonces confía en que no quieres verlo.
Lo miro a él, luego a su hermano y después a su mejor amigo.
—¿Has hecho algo?
Él parpadea nos veces.
—No —contesta, y quizá si no me hubiera puesto como una fiera por todo esto, me habría dado cuenta de que la pregunta le ha dolido un poco, pero no me percato.
Extiendo la mano a la espera de que me entregue la revista.
Él se lame el labio inferior y lanza un gran suspiro al tiempo que me la deposita en las manos.
«LA VIDA SECRETA DE BRIDGET PARKS» es lo que dice la página, con letras enormes y en negrita.
Me quedo boquiabierta y se me cae el alma a los pies.
Bridget les traía sin cuidado cuando estaba viva, es la horrible realidad. Porque así lo quería ella. Llevaba una vida tan espectacularmente modesta y tan estable, que las únicas veces que la veías aparecer en la prensa era cuando estaba conmigo o con nuestros padres. Ella odia la fama. La odiaba, vaya. Ella podría haber sido como yo de haber querido, podría haber sido lo que le hubiera dado la gana. Lo que pasa es que nada de aquello le parecía gratificante. Y nada de aquello lo es, todo carece de significado. Durante toda su vida estuvo por encima de ello y lo evitó y, luego, una vez muerta, fueron a por ella de todos modos.
Lo fulmino con la mirada y me hierve la sangre. Es un conjunto de fotos de mi hermana de distintos momentos de su vida, que van desde cuando estaba en Varley hasta hace poco. Son todas raras y están sacadas de contexto.
Hay una en la que está tumbada fingiendo que ha perdido el conocimiento rodeada por un montón de botellas. Es de su Instagram. Estaba completamente sobria, el pie de foto decía: «¿Quién soy? ¿@jonahhemmes?». Hay otra foto, también de su Instagram, en la que aparece inclinada, apoyando la barbilla en la mano, en el banco de nuestra cocina de Holland Park, BJ sale riendo a su lado con rayas que parecen cocaína delante de ella, pero la foto está cortada. En la vida real, invisible en la foto mostrada, también estaba Marsaili, poniendo los ojos en blanco. Tampoco se ven los ingredientes de repostería esparcidos por toda la encimera que, en realidad, Bridget estaba usando para preparar unos postres. Ese día BJ y yo entramos en la cocina y, no sé cómo, hablamos de la cocaína y Bridget le preguntó si te dolía la nariz al esnifar, y él le pintó unas rayas con azúcar glas y las hicieron juntos.
Hay una foto de ella y un chico besándose en un rincón, no recuerdo cómo se llamaba, pero sí me acuerdo de esa noche. No fue algo secreto. Ella no lo escondía de nadie. Hay un par más así, son todo imágenes que eran momentos de una vida completamente normal que ahora alguien está intentando pervertir para crear una historia y odio a esa persona por ello.
El Instagram de Bridget, por cierto, es y siempre ha sido privado. Solo tiene unos trescientos seguidores. De modo que alguien que ella quiere y en quien confía está traicionando esa confianza que ella le dio para sacar tajada.
Trago el nudo que siento que se me sube por la garganta e ignoro las miradas de preocupación que se posan en mí, provenientes de todos los chicos a los que amo.
—Estoy bien —les digo lanzándoles una sonrisa fugaz, aunque ninguno de ellos ha preguntado.
Henry asiente con énfasis como si no me creyera, y BJ me toca la cara.
—¿Quieres salir a cenar?
—Me muero de hambre —dice Christian, intentando dejar atrás ese momento.
Asiento enseguida y me pongo de pie.
—Esto… Dadme un minuto. —Otra sonrisa fugaz por mi parte antes de levantarme de nuestra cama y cruzar nuestro gigantesco vestidor para llegar al baño en suite.
Me quedo de pie ante el tocador, lo agarro con fuerza al tiempo que siento que se me retuerce el corazón. Exhalo por la nariz con tanta calma como puedo y miro fijamente mi reflejo, esperando a que ella llegue.
Tarda cerca de un minuto, pero entonces la veo. Siempre va vestida como la noche en que la vi por última vez. El cárdigan de rayas con apliques de pedrería Rainbow de Miu Miu y las mallas cortas de punto de canalé de Rag & Bone con las sandalias Oh Yeah de UGG.
—¿Una cena? —diría mi hermana—. ¿En serio?
Y yo la ignoraría, me colocaría el pelo detrás de las orejas, levantaría un poco el mentón. Miraría fijamente sus ojos marrones, desafiante, como hice la mayor parte de los días de nuestras vidas hasta que ella se fue.
—¿Volvemos a las andadas? —preguntaría ella, y yo pondría los ojos en blanco porque ella no puede hacerlo y lo echo de menos.
—Estoy bien —contestaría yo, aunque eso no es lo que ella me habría preguntado y entonces me habría lanzado una mirada.
—Estás en un baño hablándole a tu hermana muerta —me diría ella, y yo la miraría fijamente con ojos dolidos porque Bridget es archiconocida por no morderse la lengua y, en ocasiones, pasarse un poco de la raya, y creo que todos estamos de acuerdo en que morírseme fue ir un pelín demasiado lejos.
Aunque a ella no le habría importado.
—¿Qué? —Se habría encogido de hombros, se habría echado el pelo hacia atrás por encima de los hombros y se habría cruzado de brazos—. Es verdad.
—¿Estás bien? —pregunta Beej, de pie en el umbral de la puerta del baño, observándome con ojos cautelosos.
—Sí —asiento al instante—. Estupendamente.
—¿Lista para salir?
Me miro. Llevo el minivestido de algodón tejido con ganchillo con piezas de piel combinadas de Chloé con el cárdigan de cachemira de punto trenzado de Allude.
—¿Voy bien?
Él se me acerca y me coloca la mano en la cintura.
—Siempre.
Vuelvo a mirarme, me toco el acromion y me presiono el labio superior con la lengua.
—¿Conducim…? —Me encorvo un poco. Trago saliva—. ¿Vamos en coche o…?
—Andando, Parks —me dice con dulzura mientras se pone detrás de mí y me rodea la cintura con los brazos, mirándome a través del espejo.
Asiento deprisa. No puedo decir que me entusiasmen los coches últimamente. Son inevitables, desde luego, en ciertas ocasiones. Y en dichas ocasiones, tengo a un chófer. La verdad es que, estos días, más o menos, tengo dos. Un chófer al uso y Daniela. Ella técnicamente no es una chófer, pero sí que conduce mucho. Es una asistente personal. Jonah me dijo que yo no daba pie con bola, de modo que le pagó el sueldo durante un año como «regalo de cumpleaños adelantado», eso es lo que le decimos a la gente públicamente, pero la verdad es que me dijo que era un «regalo por tu hermana muerta». Hay que reconocer que los dos Ballentine pensaron que era un hito extraño que bautizar con un regalo, pero a mí me pareció bien porque lo entiendo. Jonah y Christian son, desde hace ya mucho tiempo, miembros de un terrible club exclusivo; uno al que me he unido hace poco (en contra de mi voluntad).
Fue muy considerado por su parte, ¿no te parece? Es brasileña. Es bastante callada y no te diría que sea exageradamente organizada, pero me lleva en coche a todas partes y, de algún modo, siempre parece estar por allí para ayudarme si me hace falta, lo cual se agradece.
—¿Hay muchos abajo? —le pregunto a BJ en voz baja.
—No más de lo normal. —Se encoge de hombros—. Dani ha dicho que hay cinco o seis por aquí de momento.
Asiento antes de mirarme en el espejo por enésima vez.
La fascinación por BJ y por mí está por las nubes desde el compromiso y luego por lo de Bridget. A veces resulta bastante invasivo.
BJ me da un codazo suave.
—No es más que una cena conmigo y los chicos.
Miro mi reflejo con los ojos entornados.
—No quiero que vuelvan a decir que voy desconjuntada.
Él ladea la cabeza.
—Eso fue solo una semana después de morir tu hermana, Parks. Eso lo escribió un monstruo… —Una mirada oscura se apodera de sus rasgos—. Ningún humano habría podido hacerlo.
Me coge la mano y me saca del baño, me lleva hasta el vestidor y me sienta en uno de los bancos de madera tallada y tapizados del siglo XIX francés que escogió él mismo (divide mi lado del armario del suyo) y luego, se va hacia el estante de mis zapatos.
Las botas altas Mallo de color marrón de Chloé es lo que me trae. Buena elección.
Le lanzo una sonrisa cansada y él me la devuelve.
Se arrodilla y me calza ambos pies, luego se queda ahí arrodillado para que nuestros ojos estén al mismo nivel.
Coloca la nariz contra la mía.
—Podemos quedarnos en casa —me dice.
Me encojo de hombros.
—Lo que te apetezca.
Asiente.
—Salgamos a cenar, entonces.
Me roza los labios con los suyos y se pone de pie, levantándome con él.
Henry y Christian nos están esperando junto al portal cuando salimos.
Mi mejor amigo me sonríe de una manera que considero que pretende hacerme sentir valiente, pero creo que, en realidad, lo único que hace es ponerme triste. Últimamente todo el mundo se mueve a mi alrededor como si estuviera hecha de cristal. Como si una mirada inapropiada pudiera hacerme pedazos. No tienen ni idea de que es demasiado tarde. Estoy total y absolutamente hecha pedazos.
Soy un mosaico de esquirlas y agonía.
Henry me alcanza mis gafas de sol esmaltadas de la colección de 1969 de Christian Dior.
Entramos en el ascensor.
—Gafas —dice BJ, y todos nos las ponemos.
Me mira.
—¿Lista?
Asiento, más o menos. Me da la mano y, ¡ding!, las puertas se abren.
En cuanto salimos al vestíbulo, los flashes de las cámaras empiezan a dispararse desde el exterior.
Los chicos forman un pequeño triángulo a mi alrededor: BJ en cabeza, Henry a mi derecha, Christian a mi izquierda.
Chillan nuestros nombres, especialmente el mío.
—¡¿Cuándo es la boda?!
—¿Quién te diseñará el vestido?
—¿Has hablado con Paili Blythe?
—¿Le rendirás algún homenaje a tu hermana en la boda…? —empieza a preguntar uno, pero Christian rompe la formación para agarrarlo por la pechera de la camisa y estamparlo contra la pared que tiene detrás.
—Vete a la mierda —le escupe mi viejo amigo al reportero antes de volver corriendo con nosotros y recuperar su puesto en el triángulo.
Le lanzo una diminuta sonrisa de agradecimiento y él me hace un pequeño gesto con el mentón.
Nos siguen durante todo el camino hasta Zuaya, que está en Kensington High Street, y es un ejemplo bastante certero de cómo se me antoja estar viva hoy por hoy.
Siento que todo el mundo me chilla y me observa, me invade y jamás me deja sola, pero de algún modo, a la vez, siento que estoy completa y total y absolutamente sola.
Lo cual no es un comentario sobre BJ ni Henry ni Taura, ni sobre nadie en realidad, es solo una nueva frontera extraña en la que me encuentro. Es donde habito ahora.
Enteramente sola en mi cabeza, caminando perdida cada vez más hacia la oscuridad que es su ausencia.
11.23
Bushka 
Me tras um té
Qué?
Té
Dónde estás?
Csss
Qué?
Soy en casa
Yo no estoy en tu casa
Dondw estás
Notting Hill.
Muy cerca. Traet té
Lamento haberte comprado un iPhone…
Yo no. Señora indeoendente
Sabes qué significa “independiente”?
Espabila
Quieres algo de comer?
Ok
Qué?
Ok sí
BJ viene?
Sí

DOS
BJ
Tengo un puñado de recuerdos de Parks que viven en un pedestal en mi mente. Su rostro, hermoso, ¿verdad? Pero no se trata de eso. Veo su rostro y despierta un viejo dolor en mí… Me transporta a otro lugar: la veo en mi jardín cuando yo tenía seis años, con toda esa luz que la iluminaba desde atrás y que ya no sé si era real o si emanaba de ella. El día que llegué a San Bartolomé y ella llevaba ese biquini amarillo. Ella con ese biquini lila en ese barco también, la verdad. Cuando le regalé el anillo con el sello de mi familia cuando íbamos al internado. Cuando volví a regalárselo siendo ya adultos.
Hay otras veces que también recuerdo esa mirada en sus ojos, aquello visceral y que es casi como un puñetazo que siento a veces como un fantasma.
Como cuando le dije que le había sido infiel. O cuando perdimos a Billie. Cuando ella se enteró de que fue Paili, la noche que ella se acostó con Tom, Bridget…
No creo que vaya a ser capaz de quitármelo de la cabeza, la chica que amo postrada de rodillas junto a la cama de su hermana, sujetándole la mano a su hermana muerta, llorando en silencio.
Por alguna razón se me antojó peor que fuera un llanto mudo.
Es más fácil consolarla cuando se pone intensa.
Recuerdo estar ahí de pie con Hen, esperando a que llegara la ambulancia, y ambos nos limitamos a no apartar la mirada de Parks, encorvada junto al cuerpo sin vida de su hermana.
La ambulancia llegó y Henry les abrió la puerta.
Ella no se apartó de Bridge por sí misma, tuve que separarla yo. La rodeé con mis brazos, la atraje hacia mí.
Recuerdo sentirme agradecido por poder abrazar a Parks entonces, porque hay algo en el hecho de perder a alguien como estábamos perdiendo a Bridge en ese momento que te hace sentir que lo necesitas. Como si de no haberlo hecho, tal vez también la habría perdido a ella.
Intentaron reanimar a Bridge allí mismo, pero fue imposible.
—Tenemos que llevarla al hospital —nos dijo la chica de la ambulancia.
Magnolia se puso de pie.
—Iré con ella.
La técnico de emergencias me miró, sus ojos me comunicaron algo.
—Quizá es mejor que te quedes conmigo, Parks. —Le hice un gesto con la cabeza.
Ella negó.
—Tengo que estar con Bridge.
—Y lo estarás. —Le sonreí con dulzura—. Iremos justo detrás.
Magnolia negó de nuevo con la cabeza.
—Es que no debería estar sola…
—Y no lo estará —le dije al tiempo que señalaba con la cabeza a la técnico de emergencias que teníamos al lado.
—Yo estaré con ella. —La técnico de emergencias le dedicó una sonrisa cansada a Magnolia—. Me llamo Amy y estaré con ella todo el rato.
Henry es increíble en situaciones como esta. Nos preparó una mochila. Sudaderas, carteras, agua. Cosas en las que no pensarías nunca, como cargadores del móvil.
Nos metimos en el coche. Ni siquiera recuerdo cómo.
Conducía Henry. Yo me senté detrás con Parks.
Ella se puso en medio. Me colocó la cabeza en el regazo, cerró los ojos.
Me parece que fue entonces cuando su estrés postraumático con los coches empezó a asomar la cabecita y a rondar por aquí.
Hace un par de años intenté hacerla andar desde Selfridges en Oxford hasta tan solo Saint Laurent en Old Bond y casi me arranca la puta cabeza de cuajo. Por si no eres de Londres, se tarda alrededor de quince minutos. Menos, con unas piernas tan largas como las suyas. Tardarías más si te subieras a un puto taxi, y lo hicimos.
Sin embargo, ahora ella se iría andando a todas partes con tal de evitar subirse a un coche. Antes ella no era así.
No recuerdo mucho de ese trayecto, solo que le acariciaba el pelo con los dedos y que Henry no puso nada en la radio mientras seguíamos a la ambulancia por Chelsea y Westminster. El silencio era suficientemente atronador. Los ruidos del bullicioso Londres a nuestro alrededor mientras lo recorríamos a toda velocidad, y esa extraña sensación de saberlo…
Yo no albergaba muchas esperanzas de que Bridget fuera a estar bien, no sé por qué. Me siento mal al respecto. Como si de haberlas tenido ella quizá seguiría aquí, pero es que tuve una corazonada, ¿sabes? En cuanto llegamos al hospital, el presentimiento empeoró. Jamás en mi vida había querido tantísimo equivocarme.
Todo pasó bastante rápido una vez allí. Nos llevaron a una habitación donde empezaron a intentar reanimarla y, luego, al cabo de un minuto más o menos nos mandaron al pasillo. Me pareció una mala señal.
Henry también lo sabía, se lo noté. Creo que es posible que Parks también, porque en cuanto salimos al pasillo, se echó a temblar. Todo su cuerpecito temblaba como una hoja, incluso le castañeaban los dientes.
Llamé a sus padres. No recuerdo qué hora era. Tenían que enterarse por ella o por mí, y ella no podía hilar dos palabras, así que lo hice yo.
—¿Qué? —es como Harley respondió al teléfono.
Ya era tarde. Yo no le llamo nunca simplemente para charlar, por eso no sé por qué le pareció posible que yo le llamara por cualquier cosa aparte de por una emergencia.
—Estamos en el hospital, algo va mal —dije con tanta claridad como pude; no por ser un capullo, sino porque necesitaba que él escuchara bien los hechos—. Bridget está inconsciente. No sabemos qué ha pasado.
Pausa.
—¿Pero está bien? —preguntó su padre.
Pausa.
—No lo sé, tío.
No me contestó nada.
—¿Llamo a Arrie? —pregunté. La voz me salió rara. Extrañamente tranquila. Transmitía menos miedo del que sentía.
—No —me dijo. También tranquilo—. Yo lo haré.
—Vale.
—¿Qué hospital? —preguntó.
Se lo dije. Le mandé la ubicación para que pudiera encontrarnos más fácilmente.
Luego llamé a Jo; Jo, después a Christian y después a Taurs.
No tardaron mucho en llegar, nos quedamos los seis en ese pasillo.
Llegaron antes que sus padres.
Magnolia los miró a todos con la mirada perdida. Christian le dio un beso en la cabeza, me apretó el hombro antes de sentarse en el suelo delante de nosotros.
Taurs se pone muy nerviosa en las emergencias. Va de aquí para allá, atareada e inquieta. Nos trajo algo de comer y agua a todos, intentó que Parks diera un sorbo, pero ella se negó.
Creo que Jo lo supo. Tiene un don para estas cosas. Me miró un segundo con expresión apesadumbrada; no dijo nada, pero algo en su mirada me hizo saber que lo sabía.
El recuerdo de esa serie de acontecimientos se me antoja raro, fracturado, como si fueran partes de un sueño.
Me acuerdo de Henry paseando de aquí para allá en la sala de espera, Parks en mi regazo sin quitarme los ojos de encima. Tenía los ojos grandes y redondos como los tuvo en nuestro otro peor día.
Quise ser capaz de decirle que todo iría bien, aunque no encontré las fuerzas para pronunciar esas palabras. Creo que sabía que no iba a ir bien. No quise mentirle. De algún modo me parecía peor.
Estaban pasando muchas cosas a nuestro alrededor, incluso en ese pasillo entrada ya la noche. Y es Parksy, ¿verdad? Le encantan las distracciones. Le encanta evitar lo incómodo, hace todo lo que puede cada puto día de su vida para ignorarlo, pero no miró a su alrededor, mantuvo sus ojos fijos en mí.
Podría haberlo sentido, creo, de haber sabido verlo, el manto protector que tenía Bridget y que me estaba cediendo a mí.
Porque Magnolia mira a su hermana cuando las cosas se van a la mierda, siempre lo ha hecho. Quizá me habría mirado a mí de no haber sido yo lo que generalmente se iba a la mierda. Ella jamás ha mirado a su padre, ¿por qué iba a hacerlo? A veces Hen se llevaba un vistazo, pero por mí, creo que ella sentía que estaba poniendo a Hen en una posición de mierda.
¿Sabes que las bailarinas miran un punto cuando hacen una pirueta para no marearse?
Bridget era el punto en la pared de Magnolia.
Cuando sus padres llegaron, aparecieron primero Harley y Mars.
Irrumpieron por las puertas, nos miraron fijamente. Él se apretó la boca con la mano cuando vio a Magnolia y luego apartó la mirada.
Se volvió hacia una enfermera. Le hizo una pregunta que no oí.
Mars vino corriendo, levantó a Magnolia de mi regazo y la abrazó.
Parks no le devolvió el abrazo, pero no creo que fuera por nada en particular, es que estaba como ausente.
Recuerdo que miré a su padre, me fijé en que no se acercó a ella.
—Se pondrá bien, Magnolia —le dijo Mars al tiempo que se separaba de ella y asentía vigorosamente.
Me disgusta que la gente diga cosas que en realidad no piensa.
Parks apenas le devolvió el asentimiento, pero consiguió mostrar un leve sí antes de retroceder hacia mí. Se hizo una bolita en mi regazo.
Arrie apareció poco después.
Arrie el Ciclón. Con una gabardina enorme, una especie de negligé, unos tacones y unas gafas de sol enormes.
El tipo ese, Nathan, llegó con ella y se quedó junto a la puerta, nervioso. Costaba distinguir si le tenía miedo a Harley o si estaba ensimismado en sus putas cosas.
—¿Dónde está? —preguntó Arrie con voz fuerte.
Harley habló con ella en voz baja y no pude oírlo.
Mars se acercó a ellos, le colocó una mano en el brazo a Arrie.
Henry y yo cruzamos una mirada.
A ambos nos pareció raro que ni su padre ni su madre se acercaran a ver cómo estaba su otra hija.
Pensé en llamar a mi madre, pero al final no lo hice. Ya éramos suficiente gente y esa habitacioncita estaba abarrotada.
El tiempo transcurre de un modo extraño en lugares como los hospitales, ¿no crees?
Desde el momento en que llegaron sus padres hasta que un médico salió para hablar con nosotros, no tengo ni idea de cuánto rato pasó. ¿Horas? ¿Minutos?
Lo único que recuerdo de verdad es que le sujetaba la mano a Parks y le apretaba contra la piel el anillo con el sello de mi familia.
Todavía no se había acostumbrado a llevar los diamantes.
Ahora lleva el sello colgado en el cuello como había hecho siempre y los diamantes en el dedo. De todos modos, el anillo del sello nunca le fue bien. Tenía que ponerse otro anillito para frenarlo porque se le caía todo el rato.
Yo estaba haciendo girar el anillo alrededor de su dedo, intentaba pensar en cualquier cosa que no fuera en cómo sería la vida si lo que me daba miedo que estuviera pasando ocurría en realidad y Magnolia tenía la cabeza apoyada en mi pecho cuando la puerta se abrió y apareció un médico.
Magnolia se puso de pie trastabillando, con ojos desesperados. Yo me levanté también, miré fijamente al doctor, nervioso.
No creo que se le diera muy bien jugar al póquer. No hizo falta que dijera nada, aunque lo hizo igualmente.
—Lo lamento —nos dijo con solemnidad—. Hemos hecho todo lo que hemos podido.
Arrie soltó un alarido que nos sorprendió a todos, creo. Gutural.
La siguiente sorpresa que nos aguardaba era que Harley le dio la espalda a Marsaili y abrazó a su exmujer.
Lo menos sorprendente de todo fue que ni el uno ni la otra se fijaron en Magnolia.
Pero que les den porque a ella no le hacen ninguna falta sus padres; nunca le han hecho falta, aunque ella piense que sí. No le hacen falta. Nos tiene a nosotros.
Se volvió para mirarme, los ojos vidriosos. No dijo nada, no dije nada, me limité a atraerla hacia mí y a abrazarla con fuerza.
No lloró. No entonces, al menos.
Se lo guardó todo para soltarlo esa misma noche pero más tarde, en mi viejo cuarto de casa de mi madre.
En el hospital, la pequeña familia que ella misma se había buscado se congregó a su alrededor, la abrazó con fuerza y no la soltó. No nos movimos hasta que, finalmente, Harley se nos acercó y nos dijo que era hora de irnos.
Parks lo miró con fijeza, probablemente con los ojos más desafiantes que le he visto en mi vida y, joder, los he visto muy desafiantes…
—No voy a dejarla —le soltó a su padre.
Él tragó saliva con esfuerzo, me miró en busca de ayuda.
No le ofrecí más que un gesto con el mentón.
—Estamos bien aquí —le dije.
Señaló sutilmente con la cabeza a Magnolia. Ella no lo vio. Me pidió sin palabras que la cuidara. Como si no llevara haciéndolo toda mi vida, como si hiciera falta que me incitaran a hacerlo.
Él siempre ha sido un poco así. La señala con el mentón cuando ella no mira. Se preocupa más de lo que ella cree, y se lo he dicho. Ella dice que si él se preocupara de verdad, la señalaría menos con el mentón y la cuidaría más él mismo.
Resulta difícil discutírselo.
Henry se sentó contra la pared del hospital y dio una única palmada en el suelo a su lado.
Magnolia se acercó y se sentó junto a él sin decir nada. Christian se sentó al otro lado de ella, no dijo nada, no la miró, se limitó a clavar la vista al frente con una expresión difícil de ubicar. Él también perdió a una hermana. No era una mueca, no era una sonrisa. Lo sentía por ella. Sabía que no había nada que decir.
Antes de que se fueran sus padres, Marsaili intentó convencer a Parks para que se fuera a casa con ellos, pero ella no quiso moverse.
—Te haré un té en casa, cielo. Vamos —le dijo Mars con una sonrisa amable.
Magnolia arrastró los ojos hasta su madrastra, la miró fijamente, parpadeó dos veces y luego me miró a mí.
Mars siguió su gesto, exhaló cansada cuando cruzamos la mirada.
Hice todo lo que pude por asentir y tranquilizarla.
—Me encargo de ella.
Marsaili se me acercó y me acarició la cara.
—Sí, y doy gracias.
Quizá es lo más fuerte que me han dicho en toda mi vida, la verdad.
Después de aquello, no sé cuánto rato nos quedamos. El tiempo se escurre y se arrastra en momentos como ese. Era muy tarde, eso seguro. Parks no se movía, encajonada entre mi hermano y Christian, lo único que hacía era cambiar de hombro en el que apoyar la cabeza, mirándome siempre.
Me senté delante de ella. Me apoyé contra la pared opuesta, me tomé un minuto para pensar en mí mismo.
Enterré todo lo que sentía. Intenté desterrar la certeza de que yo también había perdido a alguien. Una persona que bien podría haber sido mi propia hermana, una persona que le ha dado forma a mi vida y a cómo la vivo ahora tanto si no más que cualquier otra, tal vez, exceptuando a Parks. ¿Quizá incluso más que Parks?
Tausie y Jo fueron a por un McDonald’s cerca de las dos de la madrugada. Magnolia no probó bocado. En ese momento no se me pasó por la cabeza lo que eso podría estar indicando. Henry metió una pajita en una botella de agua y se la acercó a los labios. Ella dio unos sorbitos, se frotó esos ojos suyos tan cansados. Aun así, no apartó la vista de mí.
—¿Estás bien? —me preguntó Jo mientras se sentaba a mi lado.
Negué ligeramente con la cabeza, no quise que ella lo viera.
—No puedo tener esta conversación ahora mismo… —Apenas lo miré a los ojos—. Tengo que estar…
Jo asintió y me lanzó una mirada solemne.
—Lo sé.
Me rodeó con el brazo y después no dijo nada más.
Al cabo de un par de horas, cuando en lugar de parpadear Magnolia empezó a arrastrar los párpados, una Taura muy valiente le preguntó si, tal vez, era hora de que nos fuéramos a casa.
Magnolia la fulminó con la mirada, negó con la cabeza.
Christian le dio un codazo.
—¿Qué necesitas, Parks?
Ella lo miró fijamente un par de segundos.
—Verla.
Christian me miró a mí y asintió una vez.
Se puso de pie y yo lo seguí hasta el mostrador donde había una chica. Le lanzó una sonrisa tensa mientras señalaba hacia Parks.
—Necesita ver a su hermana.
La chica negó con la cabeza.
—Es que las cosas no funcionan as…
Él la cortó:
—Te haré una transferencia de 10.000 libras aquí y ahora mismo si dejas que entre a verla.
A la enfermera le cambió la cara.
Christian se encogió de hombros.
—Son las cuatro de la madrugada. Aquí no hay nadie. Nosotros no se lo contaremos a nadie. Nadie va a entrar con ella aparte de él. —Me señaló con un gesto—. Ella no piensa irse a casa hasta que la vea… —Se inclinó más hacia la mujer y añadió con voz grave y cansada—: Y te juro por Dios que me muero de ganas de irme a mi casa.
La mujer asintió una vez.
Me acerqué a Parks y le tendí la mano. Ella la tomó sin pensarlo y la ayudé a levantarse.
—Vamos a verla.
Ella abrió mucho los ojos y puso cara de nervios.
Le apreté la mano para hacerla sentir un poco más segura en un mundo que hacía un par de horas acababa de convertirse en un lugar innegablemente menos seguro para todos nosotros.
La enfermera nos llevó hasta la habitación.
Parks se quedó de pie delante de mí, sin soltarme la mano.
Fue peor de lo que podrías imaginar. Y ni siquiera era gore ni había sangre ni daba miedo.
Solo había una chica a la que queremos todos, tumbada jodidamente quieta en una mesa.
Magnolia soltó un gritito ahogado, casi mudo, que creo que oiré en bucle para siempre. Lo odié. Me dio ganas de morir. No quiero volver a oírla hacer ese ruidito nunca más.
Después me apretó la mano con fuerza. Me clavó las uñas tan hondo que más tarde me descubrí los cortes.
Bridge estaba normal, en realidad. Quizá tenía los labios un pelín más pálidos.
Como si estuviera durmiendo.
Magnolia alargó una mano temblorosa y le tocó la cara a su hermana.
Apenas la hubo rozado cuando apartó la mano como si se hubiera quemado, como si la muerte fuera algo que pueda contagiarse.
Le rodeé la cintura con los brazos, le apreté los labios contra la coronilla, intenté calmarla sin tener que mentir.
«Todo va bien» era una mentira, de modo que no se la dije.
No iba bien. No veía cómo iba a ir bien en un futuro cercano o siquiera volver a ir bien en general, si te soy sincero.
—¿Volveré a verla? —preguntó Parks con un hilo de voz.
—No estoy seguro —le contesté, pero mi voz quedó ahogada contra su pelo.
—Entonces no quiero irme —me dijo.
Exhalé y le di un beso en la cabeza.
—Podemos quedarnos todo el tiempo que quieras, Parksy…
Ella asintió al instante y yo seguí hablando al tiempo que señalaba con la cabeza el cuerpo que había encima de la mesa.
—Pero ella ya no vive en él.
Se dio la vuelta entre mis brazos y me miró, cansada.
Parpadeó un par de veces, arrastró los párpados por los ojos como si estuvieran hechos de papel de lija.
—Tengo miedo, Beej —me dijo, con ojos de cristal.
No dijo de qué. No hizo falta.
Cuando saliéramos de esa habitación, sería real. Todo cambiaría para siempre. Ambos lo sabíamos, en cuanto saliéramos de esa habitación, viviríamos en un mundo donde Bridget Parks estaba muerta. No «podría estar muerta», no «quizá está muriendo en alguna habitación de hospital» con la posibilidad de que la revivieran, sino que estaría muerta de verdad, sin vida, con un cuerpo frío y una quietud extraña que jamás seríamos capaces de olvidar.
—Yo también tengo miedo —le dije a Magnolia mientras le daba un beso en la cabeza.
Volvió a girarse hacia el cuerpo de su hermana, se agachó para acercarse a su oreja.
—Por favor, vuelve —le susurró, y se le rompió la voz—. Por favor.
Esperó un par de segundos que parecieron décadas y no pasó nada. Desde luego que no pasó nada. Bridge ya se había ido muy lejos llegado ese punto. En realidad, creo que ya se había ido cuando todavía estaba en el piso.
Magnolia se llevó las manos a la cara y la ocultó. En público, intenta mantener la compostura.
Es un hábito, no fue algo consciente.
Se liberó de entre mis brazos y salió corriendo de la habitación, y yo sabía que tenía que ir tras ella, sabía que ese entonces no era el momento ni el lugar para que yo sintiera nada, pero ¿sabes qué?, que yo también la quería.
Me sequé la cara, ahuyenté las lágrimas, y luego me incliné, me temblaba el mentón. Me parece muy probable que Parks y yo encontráramos la forma de volver a estar juntos únicamente por su hermana. Creo que si estoy limpio también es por ella.
Le di un beso en la cabeza a la persona más honesta que conoceré nunca.
No sabría decirte si me pareció raro y como de cera porque estaba muerta o porque los cuerpos verdaderamente tienen un tacto distinto cuando la vida los abandona.
Dejé de lado las ganas de vomitar que sentí y salí corriendo tras Parks. La encontré entre los brazos de mi hermano.
Hen señaló con la cabeza hacia la puerta.
Aparcamos enfrente del piso de las chicas en Grosvenor Street. Magnolia tenía la cabeza en mi regazo; Henry y yo tardamos sus buenos cinco segundos en darnos cuenta de que de ninguna puta manera tendríamos que haber llevado a Parks de vuelta al lugar donde había encontrado a su hermana muerta en la cama.
Hen arrancó a toda velocidad y se dirigió al lugar más seguro que conocemos.
Mis padres han vivido en la misma casa toda mi vida. Cadogan Place en Belgravia. Siempre que alguien estaba demasiado drogado, demasiado borracho, demasiado triste, lo que fuera, acudía allí.
A mamá se le da muy bien esto. No te juzga. Lo único que quiere es ayudarte.
Supongo que Henry la llamó en algún momento, porque mientras ayudaba a Magnolia a subir las escaleras hasta la puerta principal, el portal se abrió de par en par antes de que llegáramos arriba y apareció mi madre. Rodeó con los brazos al amor de mi vida y se echó a llorar por ella.
Magnolia dejó que mamá la abrazara. Sin embargo, no lloró.
Aquello me puso nervioso.
Mamá me miró con unos ojos colmados de tristeza y pesar por nosotros. Por Parks. Por mi hermana.
—Allie no lo sabe —articuló mamá en silencio por encima del hombro de Parks.
Yo asentí.
Se apartó para mirar a Magnolia.
—Deberías dormir un poco, tesoro —le dijo mamá.
Magnolia negó con la cabeza.
—No puedo —le contestó a mamá, mirando más allá de ella de un modo distante.
Mamá frunció el ceño, preocupada.
—¿Y eso?
—Necesita ducharse —le dije a mamá bajito.
Mamá le cogió la muñeca.
—Es tardísimo, cielo. Quizá podrías ducharte por la ma…
—No puede, mamá —insistí con más firmeza.
Magnolia me observó por encima del hombro y me miró a los ojos como si me agradeciera algo.
A mamá le cambió la cara.
—¿Por qué?
—Muertos —contestamos Parks y yo a la vez.
—Gérmenes —añadí tocándome sutilmente la sien.
Mamá tragó saliva y asintió una vez, pareció que le daba vergüenza, como si tuviera que haberlo sabido de antemano. Claro que no es necesariamente el tipo de cosa en la que piense a la primera de cambio alguien que no vive con una maniaca que nota los gérmenes en su mente, no solo en su cuerpo.
—El cuarto está listo. Las toallas están encima de la cama. ¿Puedo prepararte algo para comer?
Magnolia negó con la cabeza.
—¿Un té?
Ella volvió a negar con la cabeza.
—Un poco de agua, mamá —le pidió Henry, señalando con la cabeza hacia la cocina.
—Vamos. —Volví a cogerla de la mano y la llevé hacia las escaleras.
La guie por la casa en la que ambos crecimos hasta llegar a mi vieja habitación, donde entraba con ella a hurtadillas cada puta vez que podía, y luego fuimos al baño.
Encendí la ducha y el cuarto se empañó enseguida porque supongo que el mundo se volvió más frío en cuanto Bridget lo abandonó.
Parks me miró fijamente con unos ojos tan tristes que ni siquiera supe cómo sostenerle la mirada.
Todavía llevaba el vestido blanco que se había puesto para la cena. Durante las pocas semanas desde que nos prometimos hasta ese momento en el tiempo en el que todo cambió, Magnolia aprovechó todas y cada una de las oportunidades que se le presentaron para vestir de blanco como una novia.
Me coloqué detrás de ella, le bajé la cremallera del vestido. Monique nosequé. Muy de novia. Se cayó al suelo.
Me agaché, le levanté un tobillo y le quité el zapato de tacón. Le levanté el otro tobillo, le quité el otro tacón.
No pude creer que hubiera aguantado toda la noche con tacones. Ni siquiera me había fijado.
Estaba ahí de pie, quieta, mirándose fijamente en el espejo.
Llevaba un sujetador sin tirantes de Fleur du Mal. Ese lo conocía. Lo escogí yo mismo. Con las braguitas a conjunto.
Me quité la camiseta por la cabeza. Me deshice de los vaqueros y me quité las zapatillas de una patada.
Alargué la mano hacia su espalda para desabrocharle el sujetador, no bajé la mirada, ni siquiera la miré de reojo. Le sostuve la mirada y pude ver por primera vez desde que salimos de su casa que había una lágrima posada en la punta de sus pestañas.
La llevé hasta la ducha.
La lavé entera. No me dejé ni un centímetro de su cuerpo porque para ella es algo mental. Resulta difícil verbalizarlo, pero creo que le preocupa que lo exterior pueda meterse dentro. Una vez estábamos en la calle y un pirado le gritó, se le acercó tanto que casi le tocó la cara, se alzó ante ella como una torre durante un par de segundos antes de que yo llegara hasta ella. Nos duchamos unas cinco veces esa noche. No estábamos juntos en ese entonces, bueno, sí lo estábamos. ¿A quién quiero a engañar? Pero me permitió meterme en la ducha esa noche.
La froté a conciencia. Intenté lavarla hasta quitarle esa sensación.
Aunque no sabía cómo iba a quitársela.
Cualquier otra noche habría sido jodidamente picante. Ella no despegaba sus ojos de mí, estaba completamente desnuda, la chica más preciosa del mundo entero… quizá ahora también la más rota.
Me lavé yo también muy rápido. Yo también llevaba la muerte encima.
Cerré el agua, le envolví una toalla alrededor de los hombros y yo me puse otra alrededor de la cintura antes de secarla como uno secaría a una cría pequeña.
Encontré una camiseta mía y se la pasé por la cabeza. Yo me puse un chándal y luego la acompañé hasta la cama.
Me puse nervioso porque sabía lo que se venía.
La cama era donde ella sentiría que estábamos solos y yo sabía que sería allí donde ocurriría.
Primero me tumbé yo, la atraje hacia mí. Ella se dobló como un sobre contra mi pecho y conté hasta tres mentalmente, pero ella apenas llegó al dos antes de romperse como un dique y llorar como no se lo había permitido en toda la noche.
Le besé la cabeza unas mil veces, la abracé tan fuerte como pude.
—Lo siento muchísimo, Parks —le dije como si sirviera para algo—. Lo siento muchísimo.
23.42
Bridge

Te he comprado un libro sobre la etimología de 30.000 palabras británicas de uso habitual porque eres una fracasada y he pensado que te gustaría.
Llegará mañana.
De nada.
…
TRES
Magnolia
Voy corriendo hasta el baño de nuestro dormitorio principal para encontrar el color específico de pintalabios que estoy buscando y me encuentro a BJ y al encargado de la reforma, ambos con los brazos en jarras, mirando la gigantesca pieza de mármol, que tendría que estar colgando sobre la bañera, hecha añicos y rota en la bañera, que ahora también está rota.
—Hemos tenido un percance. —Beej hace una mueca.
—Ya veo. —Asiento mientras echo un vistazo.
El encargado de la reforma me lanza una sonrisa de disculpa.
—Lo siento.
—No… —Niego con la cabeza—. No pasa absolutamente nada. La verdad es que no somos una casa muy partidaria de las bañeras…
BJ ahoga una sonrisa, pero el encargado me mira boquiabierto.
—¿No te gustan las bañeras?
Se me pone una cara de tristeza y le lanzo una sonrisa fugaz.
Me aclaro la garganta.
—¿No lees los periódicos?
BJ se inclina hacia mí y susurra:
—No creo que la prensa tenga todos los detalles.
Le lanzo una mirada.
—Qué suerte la suya.
Beej exhala, casi cansado. Como si estuviera agotado, o si le hubiera hecho daño. ¿Quizá lo he hecho? Niego muy rápido con la cabeza.
—¡Es broma! —Le doy un beso en la mejilla. Le doy otro beso por si acaso.
No es broma.
Creo que, en general, llevo todo aquello mucho mejor. No tengo esa fascinación morbosa por ellos. No me meto en el Instagram de Paili por las noches y no me quedo mirando fotos antiguas de todos nosotros buscando pistas. Y lo hice, lo admito, durante una temporada.
No es que yo sea una persona desconfiada por naturaleza, tal vez es porque no lo soy que pasó lo que pasó entonces. Quizá de haber sido más suspicaz o astuta o de haber estudiado la forma en que Paili miraba a BJ con unos ojos que no estuvieran tan envueltos en el hecho de amarlo y creer en él a toda costa, habría visto el potencial de todo lo terrible ante nosotros, al menos en ella. Él me ha dicho infinidad de veces que no fue planeado, que no tuvo nada que ver con ella, que podría haber sido cualquiera, solo que fue ella quien lo siguió cuando él bajó las escaleras. Y me parece que le creo, pero cuando tu hermana está muerta y todos tus amigos están transitando sus propias y variadas crisis y, en realidad, no hay nadie con quien descifrar algo que ocurrió hace cinco años porque todo el mundo está harto de hablar de ello, pero para ti sigue siendo un temazo enorme aunque no lo sea y todo esté bien… A veces la mente divaga, ¿sabes?
A raíz de nuestra historia, BJ y yo tenemos un acuerdo de vía libre con los móviles. Yo sé su contraseña, él sabe la mía, si quiero leer sus mensajes puedo hacerlo y lo hago. También los mensajes directos. Honestamente, los que él manda están bien, quizá son hasta aburridos, la verdad.
Sin embargo, sus mensajes directos… son una locura. Los que recibe (para dejarlo claro). Las chicas son pequeñas cretinas sedientas y majaras con una horrible desconsideración para con la sacralidad de una relación.
—Qué manera tan curiosa de confiar en él —diría mi hermana de seguir en este planeta cada vez que yo hacía eso.
Miraría por encima de mi hombro y fijaría los ojos en el móvil de mi prometido mientras yo leo tan rápido como puedo un millar de cosas que le dice la gente y que me llevan a querer morir un poco.
Van desde cosas suavecitas como «
», hasta otras ligeramente más agresivas como «Cuando sea, donde sea, avísame y voy», pasando por chicas con las que él estuvo en el pasado que le mandan mensajes del tipo «te acuerdas cuando…» y cosas directamente absurdas como: «Estamos predestinados a estar juntos, yo lo sé».
Y en favor de BJ diré que jamás responde. Los deja ahí en las solicitudes.
—Sí que confío en él —contestaría yo.
Y ella me lanzaría una mirada elocuente.
—Ya lo veo. —Me miraría con unos ojos como platos, y no hay nada que yo adore más que demostrar que mi hermana se equivoca, de modo que con el tiempo dejé de revisarle el móvil y ahora digamos que me limito a ahuyentar mi curiosidad y paranoia a porrazos con el bate de beisbol que vive en mi mente y que uso para mantener a salvo lo nuestro.
—Serán un par de meses de espera para el mármol. —El encargado de la reforma hace una mueca en nuestro baño.
—¿Meses? —suspira BJ.
—Mármol statuario. —El encargado se encoge de hombros—. ¿En blanco? Y de este tamaño… —Hace un gesto hacia la pieza que ahora está destrozada y esparcida por nuestra bañera por estrenar, que ahora también está rota—. Meses, fácil.
—No pasa nada… —Hago un gesto con la mano y le digo con la mirada a BJ que lo deje estar—. ¿Qué problema hay? ¿Cuándo íbamos a usarla de todos modos?
Beej me pone una mano en la cintura y me guía hasta salir del baño.
—¿Cómo vas a ir a la cena? —Me sonríe con paciencia.
Me encojo de hombros.
—Andando.
Pone mala cara.
—Es cerca de una hora a pie.
—¿Y? —Vuelvo a encogerme de hombros.
—Te llevo en coche.
Niego con la cabeza.
—Dani te llevará en coche —vuelve a intentarlo.
—¡Encantada! —exclama Daniela desde la otra habitación.
La verdad es que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba aquí. Es sigilosa y silenciosa como una sombra.
—¿Vamos juntos en metro? —aventura Beej, y yo le lanzo una mirada afilada.
—¿Disculpa?
—Harry Styles va en metro —contesta.
Niego con la cabeza mientras me agarro la garganta.
—También canta que ahoga a la gente con unas vistas al mar.
Beej se encoge de hombros y exhala un poco por la boca.
—¿Supongo que es mejor que ahogar a alguien con unas vistas al jardín?
Le lanzo una mirada.
—Meu Deus! —suspira Daniela para sí mientras aparece por la puerta—. Conduzco yo.
—¿Quieres que vaya contigo en el coche? —propone porque es así de perfecto.
Me planteo decirle que sí porque ahora odio los coches y la conducción, y él logra que las cosas malas sean un poco mejor, pero quiero que piense que soy más funcional de lo que realmente pienso que soy.
—¡Estaré bien! —le digo y le dedico mi más brillante sonrisa.
Estoy callada y con los nudillos blancos los doce minutos que dura el trayecto en coche hasta St James; Taura me está esperando en la puerta del Sofitel. Cenamos en Wild Honey, solo ella y yo. Sigo viéndola un par de veces por semana, pero últimamente ha sido más difícil.
Bueno, más difícil no, difícil conlleva el sentimiento erróneo, lo que pasa es que tenemos que hacer un esfuerzo más consciente para vernos después de todo lo que ha pasado entre ella y los chicos estos últimos meses. Antes estábamos siempre todos juntos, ahora… no tanto.
Taura me dedica una gran sonrisa y me rodea con un brazo.
—Me encanta. —Señala la ropa que llevo: una minifalda rosa y roja con estampado de pata de gallo de Versace; un top cortito de algodón blanco de canalé y sin mangas con el logo bordado de Loewe; el abrigo de tusón con cinturón y capucha en verde Bottega (que obviamente) es de ellos y el bolsito de mano con tonos plateados y de pedrería «Brick Phone Text Me» de Judith Leiber Couture—. Dios, estás guapísima… ¡Daniela! —Le sonríe radiante—. ¡Hola! ¿Te vas a sentar con noso…?
—No —responde Daniela antes de guiarnos hacia el interior del restaurante.
Siempre anda cerca Daniela, la verdad.
Al principio pensé que era raro, que ella se limitara a ser un poco como una sombra, pero luego le vi la utilidad, supongo. Conduce y ahuyenta los fotógrafos. Y ya me conoces, no soy de los que trae personas nuevas a casa, pero cuando empezó a trabajar para mí, por pura educación y un miedo a sentirme paralizadoramente extraña de no hacerlo, la invitaba a sentarse con nosotros y ella no lo hacía nunca. Jamás. Lo cual inicialmente se me antojó desagradable y confuso porque: ¿quién no querría sentarse con nosotros? Pero Christian me dijo que no le diera muchas vueltas, y también que puedo ser muy pesada a veces y que si le diera la opción de no sentarse conmigo de vez en cuando, seguramente él también la escogería.
Daniela nos lleva con el maître d’ y luego se va a sentarse a la barra, desde donde escruta su alrededor con ojos afilados y observadores.
Hay que admitir que es bastante rara. Pero me cae bien. Rubia natural, esbelta, bastante alta, ojos brillantes.
Taura la señala con la cabeza.
—Lo que llega a gustarle mirar a la gente.
—Sí… —Frunzo un poco el ceño—. Le gusta mucho, ¿verdad?
—Es un poco raro.
—Hay gente que observa aves… ¿no? —replico con un encogimiento de hombros.
Taura niega con la cabeza.
—No creo que ambas cosas estén necesariamente relacionadas —me contesta, luego pide una botella de vino naranja antes de acomodarse en su asiento—. ¿Qué tal está Beej?
—Bien —le sonrío con calidez—. Tiene una sesión de fotos bastante importante mañana con Versace, por eso se acostará pronto.
—¿Y Christian?
—Gruñón y un poco taciturno y bastante pesado, así que ¿como siempre? —Me encojo de hombros—. Bien —acabo añadiendo—. Echa de menos a Daisy —digo al fin, que supongo que es la respuesta real y la única que importa.
Taura va asintiendo, ansiosa por llegar a la pregunta que quiere hacer en realidad.
—¿Y los chicos?
Miro fijamente a mi amiga. Hago un verdadero esfuerzo por no suspirar en voz alta.
—Están bien, Taurs.
Exhala y pone cara de angustia.
No lo soporto, es lo peor. Sonrío, incómoda.
—¿Y él cómo está? —pregunta muy rápido, llena de esperanza.
Ahora sí suspiro.
—Taura…
—Lo siento. —Niega con la cabeza al instante—. ¡Lo siento! Lo sé, sé que no me ha…
—No es que no te hable —la interrumpo—. Es que necesita un poco de…
—Espacio —acaba la frase por mí, asintiendo deprisa.
Y me parece que intenta no echarse a llorar.
No soporto que esté triste. Y ya no solo triste, también agobiada. ¿Conoces esa sensación? ¿Cuando te gusta una persona y tú le gustas también y luego algo cambia para esa persona, pero no para ti y te quedas ahí colgada preguntándote qué ha pasado y qué ha cambiado?
La verdad es que a mí no me ha pasado nunca. Quizá brevemente esa vez que Julian me dejó delante de mi piso de antes porque no le hizo gracia que le preguntara si tenía TEPT, y si eso es lo mismo que esto, entonces puedo confirmarlo: no es la mejor sensación del mundo.
—Es que es muchísimo espacio. —Taura se cubre la cara con las manos—. Dios. ¿La he jodido?
—No —respondo débilmente mientras me tiro nerviosa del collar de la seta rosa de oro de 16 quilates, seda, esmalte y diamantes de Marie Lichtenberg.
Ella entrecierra los ojos.
—Mientes —me dice.
Y yo frunzo los labios.
Miento, me temo que sí. No sé si es el consenso oficial, pero estoy bastante segura de que acabará siendo el resultado final. Sobre todo, después de esa noche, joder, niego con la cabeza al recordarla. Fue un desastre increíble.
Me pellizco el labio inferior distraídamente.
—Bueno, es que me preguntaba si, tal vez, lo alargasteis demasiado tiempo.
Ella suelta una especie de bufido y me hace un gesto con la mano.
—Tú y Beej estuvisteis que sí que no durante años…
—Sí, pero… —Niego con la cabeza—. Henry no es BJ. Él es mucho más pragmático y, Dios, ¡Taura! —Pongo los ojos en blanco—. Por favor, no nos tomes nunca como referencia, no es lo mismo…
Ella niega con la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque literalmente no es lo mismo. —Alargo la mano y le aprieto la suya—. Para muy muy bien o para mal, entre tú y Henry no hay todo el drama y la mierda que nos ha puesto las cosas imposibles y nos ha atado a Beej y a mí…
—Ya, pero…
—¡Y da gracias a Dios por ello, Tausie! —añado enseguida—. Porque esos años fueron un infierno.
—Pero ahora estáis…
—Taura. —Le lanzo una larga mirada—. BJ y yo no somos una guía en materia de relaciones. Doy gracias por estar donde estamos y lo quiero y no cambiaría nada…
Me callo de golpe e intercambiamos miradas, ambas sabemos que, en realidad, sí hay muchas, muchísimas cosas que cambiaría.
Niego con la cabeza y reformulo.
—No hay nadie en todo el planeta con quien preferiría estar. Y sí, a nosotros nos acabó saliendo bien, pero no puedes usarnos de guía, nadie debería hacerlo, casi morimos en el intento.
Se pellizca el dedo, nerviosa.
—Entonces ¿me estás diciendo que crees que se ha acabado?
Suspiro y desearía poder ofrecerle más que el encogimiento de hombros que le doy.
—No lo sé —respondo, pero creo que sí lo sé. Creo que ella también, porque esos dos llegaron a las manos.
Yo nunca había visto a Henry y Jonah enzarzarse en una pelea, no el uno contra el otro. Me dio bastante miedo. BJ y Christian se han pegado a menudo (ups, lo siento) y he visto a Hen y a Jo meterse en peleas con otra gente unas cuantas veces a lo largo de nuestras vidas, pero nunca los había visto solos el uno contra el otro.
Henry normalmente es muy tranquilo y Jonah muy bobo, casi siempre, pero es orgulloso. El orgullo es bastante peligroso, ¿lo sabías? Y esto llevaba un tiempo cociéndose. Su relación colectiva se había convertido en la torre de Jenga más tambaleante del mundo y todos nosotros estábamos arrodillados alrededor de una mesa, conteniendo la respiración, esperando a que alguien tirara del ladrillo equivocado y llegara el colapso inminente.
Hace unas semanas estábamos cenando en Blacklock, el de Soho. El asado de los domingos favorito de BJ es el de allí, aparte del que cocina Lily, y estábamos él y yo, Christian y Henry. Y quizá fue culpa mía, porque durante los últimos meses antes de lo de Bridget yo coordinaba la defensa. Siempre intentaba descubrir dónde estaría Taura para que el otro no lo viera, pero después de lo de Bridge, supongo que me volví descuidada. Olvidadiza o algo parecido.
Tendría que haber preguntado; sabía que «le tocaba» a Jonah, incluso pensé en preguntar, pero cuando salimos del piso había muchísima gente abajo esperándonos, chillándome esas preguntas terribles sobre la vida privada de mi hermana. Fue más o menos entonces cuando el chico con el que perdió la virginidad en el internado vendió la historia a la prensa amarilla, de ahí todas las preguntas que me gritaba la gente, no sé, se me olvidó.
En fin, que «le tocaba» a Jonah, porque aunque ella sabía que había escogido a Henry, y yo sabía que ella había escogido a Henry, lo que no sabía era cómo dejarlo con Jonah estando su madre todavía en el hospital, de modo que las cosas entre ellos siguieron funcionando como lo habían hecho antes de que ella tomara la decisión. En fin, que estábamos en la cena solo nosotros cuatro y luego ¿quién sino el resto de nuestra pequeña Colección Completa iba a aparecer por las escaleras? Ambos estaban borrachos, pero Jonah estaba peor que Taura.
Yo fui la primera que los vio y le pegué una patada a Christian por debajo de la mesa porque, francamente, me parece menos raro ponerlo a él entre Jonah y Henry que a BJ, pero Beej se percató de todos modos.
Ladeó la cabeza, me miró con gesto confundido, y yo los señalé con las cejas, manteniendo la cabeza tan quieta como pude. Él también los vio y puso mala cara.
Me volví al instante hacia Henry.
—¿Me acompañas al baño?
—¿Qué? —Hizo una mueca—. No.
—Pero… —Tragué saliva—. Voy a vomitar.
Christian contenía la respiración.
—Vale —asintió Henry—. Sigo diciendo que no…
Henry me lanzó una sonrisa fugaz y yo le puse ojitos suplicantes. Dejó caer la cabeza hacia atrás y señaló a Beej.
—Que te acompañe tu prometido.
BJ se rascó la nuca y se encogió de hombros.
—Qué va… —dijo, pero la voz le salió un poco aguda—. Prefiero no ponerme enfermo.
Henry miró fijamente a su hermano, molesto.
—¡Yo prefiero no ponerme enfermo!
Hice un ruido gutural.
—Bueno, no todo gira a tu alrededor, Henr… —empecé a decir, pero me cortó Tausie, que nos vio con ojos adormilados desde entre los brazos del mayor de los Hemmes.
—Oh, hola… —Se quedó paralizada.
Cuando rememoro ese momento, lo que recuerdo, la parte que destaca más en mi memoria, es la manera en que Henry tomó aire.
Lo oí. Fue una aspiración rápida, dos inspiraciones cortas y ahogadas. Y, luego, silencio.
Jonah tenía las manos muy abajo en el cuerpo de Taura. Abajo al nivel del culo, vaya, y Henry se fijó inmediatamente en la ubicación.
Apretó la mandíbula. No dijo nada.
—Hola, Hen —dijo Jonah perezosamente, mirándolo con cierto aire de superioridad porque a veces se pone un poco beligerante cuando va bebido.
—Hola. —Beej se puso de pie de un salto y le lanzó una sonrisa desarmadora a su mejor amigo. Se interpuso en la línea de visión entre Jonah y Henry y miró a Jonah a los ojos—. ¿Por qué no os vais a Bill’s? La cosa está un poco rara por aquí…
—¿Por qué va a estar rara? —preguntó Jonah con el mentón adelantado, y creo que fue entonces cuando tuve el presentimiento de que la noche se iba a torcer.
Jonah y BJ son el susurrador de caballos el uno para el otro. Si alguien puede calmar una situación, es uno de los dos con el otro. Menos cuando Jonah no quiso que lo relajaran, quería un lugar donde apuntar lo dolido que se sentía porque Taura todavía no se había decidido y lo asustado que estaba por su madre, y el lugar que escogió fue Henry.
—Esto… —Christian me señaló con el pulgar—. Magnolia está vomitando.
Jonah puso los ojos en blanco.
—Bueno, ¿alguna otra novedad?
Me tensé un poco y les dije a mis sentimientos heridos que estaba borracho y triste, que supongo que lo estaba. BJ le dio un golpecito con dos dedos en el pecho de su mejor amigo.
—No. —Le lanzó una mirada severa a Jonah, pero para entonces Henry ya se había puesto de pie.
—Eh, retíralo y pírate de aquí. —Henry señaló hacia la salida con la cabeza.
Jonah se señaló a sí mismo.
—¿Me lo dices a mí?
Taura se tensó.
—¿A qué otra puta persona voy a decírselo? —preguntó Henry con una ceja enarcada.
—¡No pasa nada, Hen! —Me puse de pie y sonreí con tanta sinceridad como pude—. Está de mal humor…
—No, Hen. —Jonah apenas sonrió—. Estoy de muy buen humor.
Y entonces soltó una carcajada ebria y cavernosa, y desde atrás se hundió en el hueco del cuello de Taura y empezó a besarla. Ella se revolvió, incómoda.
—Para… —le pidió en voz baja.
—¿Que pare? —contestó Jonah, apartándose. Parecía enfadado, pero era una máscara muy fina que ocultaba el dolor.
—Sí, Jo —dijo Henry con calma. Pero no con una calma buena, sino con la mala—. Quiere que pares.
Jonah miró a Henry y le lanzó una sonrisa tensa, el preludio de una carcajada… y luego se abalanzó a por él.
Lo placó contra el suelo y le pegó un puñetazo.
Mandaron al suelo a un pobre camarero en el proceso y Taura corrió a ayudarle al tiempo que Henry encajó un golpe. Un puñetazo duro en el ojo derecho justo antes de poder pegarle un codazo a Jo en el labio.
BJ y Christian se lanzaron sobre ellos, Christian apartó a Henry a rastras, Beej agarró a Jonah, que se revolvió entre sus brazos e hizo todo lo que pudo para pegarle una patada a Henry.
Yo fui inútil (que viene a ser lo normal en mí últimamente) y me quedé ahí parada, mirando a mis dos viejos amigos y a la chica por la que se peleaban.
Taura seguía ayudando al camarero a levantarse, se disculpaba profusamente. Tenía los ojos llenos de lágrimas, el silencio reinaba en el restaurante, aparecieron un puñado de móviles porque éramos nosotros.
—¿Qué cojones estáis mirando? —gritó Jonah, fulminando a todo el mundo con la mirada.
Así que, naturalmente, aparecieron todavía más teléfonos.
—Venga… —dijo Beej, empujándolo hacia las escaleras. Me miró a los ojos con una mirada apesadumbrada—. Me lo llevo a su casa.
Asentí.
Beej me señaló con la cabeza.
—Llévala a casa —le pidió a Christian.
Christian suspiró, miró alrededor, luego le dijo que sí muy rápido a BJ con los ojos antes de quitarle el móvil de un manotazo a alguien.
—Vete a la mierda —le gruñó al tipo joven, veintipocos, que estaba disfrutando con el drama.
El tipo puso cara de ofendido y de arrepentido a la vez.
Yo cogí un poco de hielo que había en el cubo del vino y lo envolví con una servilleta, y luego lo apliqué con suavidad sobre el corte que Henry tenía encima del ojo.
Se me quitó de encima, no le gusta que le cuiden. Nunca le ha gustado. Me quitó la servilleta de la mano y se la colocó él mismo.
—¿Estás bien? —le preguntó Taura con cautela mientras se acercaba.
Christian y yo nos quedamos ahí de pie, incómodos, medio paralizados, sin saber si debíamos irnos o quedarnos, medio congelados como un par de idiotas. Y nos retrataron como a un par de idiotas; además, The Sun publicó lo sucedido al día siguiente y las fotos en las que aparecíamos Christian y yo ahí de pie parecían sacadas de las gemelas de El resplandor, tan rígidos y raros.
Henry fijó en Taura unos ojos tan llenos de pesar como sé que estaba su corazón.
—No puedo seguir con esto, Taurs —le dijo.
Ella negó con la cabeza al instante.
Los flashes de un par de cámaras se dispararon a nuestro alrededor.
—Henry… —Alargó la mano hacia él, pero él rechazó el contacto.
—Quizá no deberíamos hablarlo aquí… —intervine con dulzura, mirando alrededor del restaurante, que estaba en silencio absoluto.
Henry negó con la cabeza.
—Me da igual quién lo vea, Parks. Me he hartado.
Taura exhaló, apenas pudo mantener la compostura.
—Hen…
—He dicho que me he hartado. —Levantó ambas manos en señal de rendición y su cara confirmaba lo que decía.
Lo decía en serio.
Más o menos.
Al día siguiente estaba tumbado con la cara contra nuestra cama, gritando que había cometido un gravísimo error y que la había cagado. Aquello duró más o menos un día y medio, después lo arrastramos a cenar fuera, lo cual resultó ser un poco un papelón por nuestra parte, porque luego Henry se emborrachó y nos obligó a ir a un bar de copas, donde procedió a liarse con una chica cualquiera.
La verdad es que resultó muy agobiante. No solo porque me hizo sentir como si yo de algún modo le estuviera siendo infiel a Taura, sino porque además fue algo bastante impropio de Henry.
Incluso antes de lo de Taura, Henry era el que ligaba menos de todos nuestros chicos, lo cual no significa que nunca lo hiciera, o que no fuera capaz de hacerlo, lo que pasa es que él, en realidad, no es así.
Sin embargo, ahí estaba él, con la lengua hasta la campanilla de esa rubia que honestamente (al César lo que es del César) era verdaderamente preciosa, tocándola por todas partes, acariciándole el pelo y, la verdad, seamos francos, Henry besa muy bien. Nos hemos besado un par de veces por juegos estúpidos y, ante todo: puaj. Pero, después, nada de puaj porque la verdad es que se le da muy bien. Las chicas se deshacen por él igual que por BJ, solo que de algún modo Henry es menos accesible.
Quizá te sorprenderá saberlo, pero la verdad es que BJ es bastante accesible. Es cercano con todo el mundo, sonríe mucho. Es cálido, como un pícnic en mitad del parque en un día soleado. Ha sacado los emparedados, ha servido el té y todo el mundo está invitado. Se alegra de charlar un rato, se alegra de verte.
Henry es el hombre que lee sentado en el banco del parque. La verdad es que no te acercas a hablar con él a no ser que él te hable a ti.
BJ y yo nos quedamos allí de pie, parpadeando ante lo que se estaba desarrollando delante de nosotros. Henry y esa chica y lo que fuera que estuviera a punto de pasar después.
—Oh. —Le cogí la mano—. Me parece que esto podría convertirse en un dolor de cabeza.
—Pues sí. —Beej asintió con las cejas muy fruncidas, preocupado por su hermano. Luego señaló hacia la puerta con la cabeza—. Dejémosle a lo suyo.
Y sí, le dejamos a lo suyo. Esa noche Henry procedió a hacerlo con esa chica. ¿Sabes cómo lo sé? ¡Porque lo hizo con ella en nuestra casa! En nuestro cuarto de invitados, que, para empezar, ¡qué asco!, y para seguir: ni hablar y nunca jamás, muchísimas gracias, Henry Austin. Casi se me cayeron los ojos de la puta cabeza cuando la muchacha cruzó discretamente nuestro salón para irse de casa a la mañana siguiente.
Henry salió al cabo de unos de minutos, solo llevaba un pantalón de chándal, frotándose la nuca como si tuviera una contractura. Nos sonrió adormilado y yo lo miré con los ojos abiertos como platos, horrorizada.
—Eh… —Beej señaló con el mentón hacia el cuarto de invitados—. Oye, de hombre a hombre… Nunca más.
—Venga, no me jodas. —Henry puso los ojos en blanco—. ¿Cuánta gente te has tirado en mi casa?
Me volví hacia BJ como un resorte y levanté un dedo para silenciarlo.
—No respondas esa pregunta. —Y luego me giré de nuevo hacia su hermano, señalándolo—. Y tú, eso ha sido muy desagradable… —Lo fulminé con la mirada—. En tu vida, Henry. —Negué con la cabeza—. Tienes una tarjeta Coutts y una herencia gigantesca. Vete a un puto hotel.
Henry me miró y puso los ojos en blanco.
—¡Qué descaro! —Lo fulminé con la mirada antes de señalar hacia la puerta de entrada—. Vete inmediatamente a comprarme un juego de sábanas nuevo…
Volvió a poner los ojos en blanco.
—Magnoli…
—¡INMEDIATAMENTE! —chillé—. Tamaño extragrande, algodón egipcio, de 1.200 hilos como mínimo. Que esté en algún punto de la rueda de color entre el blanco lino y el madreperla.
Henry gruñó por lo bajo.
—¡Y pienso contárselo a tu madre! —le grité mientras volvía a encaminarse hacia el cuarto de invitados.
—¡No! —Se volvió como un resorte, mirándome con ojos desesperados.
—Sí —le dije, con la nariz levantada, desafiante.
En el restaurante, Taura me mira parpadeando con tristeza antes de apurar la copa de vino de un trago.
—Lo siento —le digo.
Ella asiente muy rápido, va desviando la mirada sin parar, incapaz de fijarla en un lugar de la estancia.
—¿Está follándose a cualquiera? —pregunta sin mirarme, temiendo la respuesta, creo.
La miro fijamente, o quizá la fulmino con la mirada, si soy del todo sincera. No me gusta la posición en la que me encuentro.
—¿Por favor? —pregunta con un hilo de voz.
Exhalo por la nariz y me lamo el labio inferior.
—No se ha puesto Beej total.
—Ya, pero… —Se encoge de hombros—. Nadie se pone Beej total como Beej.
Le lanzo una mirada.
—Lo siento. —Fija la mirada en su plato a medio comer.
—Tiene citas —le digo.
—Oh. —Pone cara de tristeza.
—No siempre con la misma persona… —Niego con la cabeza muy rápido, queriendo hacerla sentir mejor—. Pero va teniendo citas.
—Vale. —Asiente reflexionándolo—. ¿Pregunta por mí?
—Bueno, a ver… es una persona de principios. —Pongo cara de tristeza cuando veo que la respuesta vuelve a hacerle daño—. Hace todo lo que puede por no preguntar.
—Vale —repite antes de sacudir la cabeza y fijarse en mi plato lleno de comida—. ¿No te gusta?
—¿Mmm? —Parpadeo y bajo la mirada hacia el plato—. No, me encanta. Es que he comido muy tarde. —Le lanzo una sonrisa fugaz.
Llego a casa cerca de las once de la noche y Daniela me acompaña hasta dentro y me dice que limpiará un poco antes de irse a casa. Le doy las gracias por haberme llevado en coche antes de dirigirme hacia la habitación más cómoda y menos angulosa de toda la casa.
Y ahí está él, sentado en la cama, sin camiseta, como a mí me gusta, con El principito en la mano. Baja el libro cuando me ve, sonriendo cansado y guapísimo.
—Hola.
—Hola. —Me arrastro hasta él.
Me acaricia la cara.
—¿Qué tal la cena?
—Bien.
—¿Te has divertido?
Asiento.
—¿Qué has pedido?
—¿Para cenar? —Parpadeo y me encojo de hombros—. El fletán.
Me atrae hacia él y me sube a su regazo, me da un beso en el hombro.
Me vuelvo para mirarlo.
—¿Qué haces levantado? Se suponía que tenías que acostarte pronto.
Niega con la cabeza.
—Nunca me duermo hasta que estás en casa.
—¿Jamás?
—No.
—¿Y durante nuestros años perdidos? —pregunto volviéndome para mirarlo.
—En nuestros años perdidos… —Me rodea la cintura con los brazos—, seguíamos compartiendo nuestras ubicaciones. Miraba y esperaba a que llegaras a casa.
—¡Dios mío! —Me río sentándome a horcajadas encima de él—. Qué agotador… ¡Es prácticamente un trabajo a jornada completa!
—¡Joder, y que lo digas! —Pone los ojos en blanco—. ¿Puedes decírselo a mi padre?
Ladeo la cabeza al tiempo que le acaricio la mejilla. Lo ha dicho en broma, pero entraña cierta verdad.
—¿Sigue presionándote?
Deja caer la cabeza un poco hacia atrás y exhala, encogiéndose de hombros como si no le importara, solo que sí le importa.
—Bueno, la mierda de siempre de «¿qué estás haciendo con tu vida?».
Me mira fijamente con una melancolía extraña, me pasa las manos por el pelo, y yo percibo una lucha interior en él que no sé cómo arrastrar hasta la superficie. No sé qué está haciendo con su vida, si te soy absolutamente sincera. Creo que antes era yo lo que estaba haciendo con su vida. Recuperarme era su razón de ser y ahora ya me tiene ¿y luego qué? No creo que él lo sepa.
Niega con la cabeza.
—Ya me las arreglaré. —Me dedica una sonrisa fugaz, pero perfecta. Aunque sí parece un poco triste.
Le acaricio los labios con los míos.
—Me voy a la ducha.
—¿Quieres que me una? —me propone, por los viejos tiempos.
Niego con la cabeza.
—Tienes que levantarte temprano —le recuerdo antes de besarlo de nuevo.
Me tomo mi tiempo en la ducha y luego tardo siglos en completar mi rutina skincare porque necesito que esté dormido antes de meterme en la cama.
He tenido que añadir como cuatro pasos adicionales a mi rutina de antes de irme a la cama para que se aburra de esperarme, se rinda y se vaya a dormir. No porque esté evitando el sexo con él, por Dios, ¡no digas tonterías! Míralo, si es una obra de arte. Siempre lo ha sido, siempre lo será.
No, necesito que esté dormido para que pueda empezar mi segunda rutina nocturna.
Vuelvo de puntillas a nuestro cuarto y me meto en nuestra cama junto a él.
Al percibir mi movimiento, se mueve un poco en sueños, hace un ruidito que es tan adorable que me entran ganas de morirme y me recorre entera una oleada de amor hacia él. Quererlo tantísimo se me antoja casi como si me ahogara de amor.
Rueda hacia mí y yo lo miro fijamente, el gran amor de mi vida.
Siempre fue él. Lo supe, incluso entonces, incluso cuando intenté llenar con otras personas el espacio que él dejó, era y siempre será él.
Poso una mano en su pecho y trago saliva con esfuerzo.
Adoro su cuerpo.
Creo que lo conozco mejor que el mío.
Las dos pecas que tiene justo a la izquierda del centro de su pecho.
El modo en que su abdomen se desliza hacia abajo, abajo, abajo, como si estuviera hecho con un molde, como si en realidad no fuera de verdad. Las curvas de su pecho están grabadas a fuego en mi mente de la misma manera que no olvidarías nunca el mejor día de tu vida. Él es el mejor día de mi vida.
Recuerdo con tanta viveza la primera vez que lo desnudé.
Fue extraño porque ya lo había visto casi desnudo, lo contrario habría resultado difícil habiendo crecido el uno junto al otro, pero no lo había visto nunca completamente desnudo.
Fue en el internado, en mi cuarto de la residencia.
Solo llevábamos un mes o dos juntos, dependiendo de la fecha sin determinar en la que empezó lo nuestro. Él dice que empezamos a estar juntos desde las vacaciones, pero pasó una semana en la que no me habló casi (Christian le dijo que se hiciera el duro) y esa semana fue una absoluta tortura. Yo, personalmente, no cuento que empezáramos a estar juntos hasta que me besó delante de toda mi residencia.
Fuimos muy rápido después de aquello, iniciamos una batalla campal para amarnos el uno al otro.
Al cabo de un mes, él estaba en mi cuarto de la residencia, me tenía apretada contra uno de los postes de mi cama, me había metido la mano debajo de la falda del uniforme y al cabo de un segundo yo le estaba desabrochando la camisa.
Me sentí tan adulta. Éramos tan pequeños.
De vuelta en nuestra cama esta noche, recorro la onda que dibuja el perfil de su bíceps y bajo delicadamente por su brazo, trazo las venas que recorren su mano y llegan hasta su muñeca, donde dejo reposar mis dedos, en busca de su pulso.
Creo que la muerte roza prácticamente a todo el mundo en un momento u otro, pero conmigo ha llegado a bailar de verdad. Me ha agarrado de la mano, me ha balanceado, me ha hecho girar, me ha hecho caer… me ha enseñado a bailar un vals. Yo conocía la vida a través del prisma de la pérdida, primero en secreto, pero ahora ha teñido mi mundo completo con sus colores. Ahora mismo estamos en verano, pero me aterra el otoño porque entonces la muerte está en todas partes. Y se pone una máscara de colores brillantes, pero sigue siendo una estación de muerte. Y yo tendré que caminar por las calles bajo los árboles de liquidámbar que se alinean en nuestra calle y la muerte me lloverá encima dorada y naranja, y será inescapable e inevitable… Todas las maneras en las que podría morir, o peor: todas las maneras en las que él podría morir y yo le perdería también a él.
65.000.000 personas mueren cada año, ¿lo sabías?
Bridget ahora forma parte de esa estadística. Una de los 65 millones que murieron este año.
Y supongo que, claro, estadísticamente, 32.500.000 de esas muertes es probable que sean por la vejez. Pero ¿qué me dices de la otra mitad de esas muertes?
Si 65.000.000 personas mueren cada año, eso significa que son 178.000 cada día. lo cual son 7.425 cada hora, y fíjate en esto: suponen 120 personas muriendo cada minuto. Dos por segundo.
24.000 personas mueren cada año porque las alcanza un rayo. ¿Cómo crees que sería? Supongo que te cuece un poco, ¿no? ¿De dentro hacia fuera? ¿Ves la luz cuando te alcanza?
Al menos 270 personas mueren en un incendio cada día, lo cual creo que puede ser una mala forma de irse, ¿no crees? Supongo que en un incendio lo sabes, que si estás atrapado, vas a morir. Pero las llamas te lamen la piel y no acaban de ser suficientemente rápidas. Creo que es muy probable que te enteres de todo.
Yo una vez salí ardiendo en una discoteca. Llevaba un top ancho y me acerqué demasiado a una vela. Tuve una quemadura de tercer grado en la espalda del tamaño de mi mano; BJ y yo tuvimos que pasar la noche en el hospital. Odié ese olor. Me pregunto si puedes oler tu piel quemándose cuando estás en un incendio.
La cifra de los ahogamientos es también una cantidad parecida. Alrededor de 100.000 al año. He leído que es una manera agradable de morir. En cuanto pasa el impacto inicial, después de que tus pulmones dejen de intentar respirar, al parecer una especie de euforia te alcanza y experimentas una sensación de sueño y de cansancio, un poco como cuando te quedas dormido.
Más de 21.917 personas mueren cada día por fumar y por temas relacionados con el tabaco, y una parte de mí se pone en plan: «¿Sabéis qué?, habéis invitado a la muerte a la mesa por fumar, pedazo de idiotas», pero bueno, la verdad es que ¿sabías que más del 10 por ciento de esas 21.917 personas (que son más de 2.190) que mueren cada día por culpa del tabaco, mueren porque otra persona se fumó el cigarrillo? Eso no es justo.
Aunque supongo que poco de lo relacionado con la muerte lo es.
500.000 personas son asesinadas cada año, lo cual tampoco es justo. Además de horrible, y de aterrador, y del hecho que habla de una oscuridad que forma parte de nuestro mundo que es tan catastróficamente insoportable e incontenible y si hay 500.000 personas que mueren asesinadas, sería justo inferir que, por lo tanto, hay aproximadamente 500.000 asesinos, entonces ¿qué detiene al tipo cualquiera con el que te cruzas por la calle de darse la vuelta y pegarte una cuchillada en la cabeza porque le da la gana? Las cabezas son importantes.
Más de 1.000 personas cada semana morirán por algún tipo de lesión craneal, como una caída. Las aceras son irregulares. Hay bordillos y muros y techos bajos. BJ es alto y él siempre va hablando por el móvil, podría haber una cañería que cuelgue un poco baja en alguna parte, y entonces ¿qué?
Y, por supuesto, luego está la C mayúscula.
Que mata montones de gente, ¿verdad? 4.342 cada día. ¿Acaso les sorprende, me pregunto? ¿O a ti te parece que siempre sabes que te estás muriendo de cáncer antes de que ocurra? Creo que las muertes inesperadas son las peores.
¿En algún momento te da por pensarlo? ¿Que amas a una persona que mayoritariamente está hecha de huesos? Porque ahora yo es en lo único que pienso. Que lo que protege el corazón por el que haría cualquier cosa (por el que moriría), lo único que lo protege es un pobre costillar hecho de colágeno, calcio fosfato y calcio carbonato. Y ya.
Y un puñado de músculos.
Eso es lo que conforma a Baxter James Ballentine. Huesos y tendones.
Y ya le he visto romperse huesos. Un millón de veces durante el transcurso de nuestras vidas hasta la fecha. Dedos de manos y pies y muñecas. Le he visto partirse un brazo de una manera en que un poquitín de hueso perforó la piel. Los cuerpos se rompen con exagerada facilidad.
Y esa mente suya. Adoro su cerebro. Adoro cómo ve el mundo, como si todas las personas fueran buenas y todo fuera divertido y emocionante y dulce; ese chico tiene la disposición más adorable y alegre porque su mente es buena y pura, pero ¿sabes lo fácil que es sufrir una lesión cerebral?
Un mal golpe en la sien y se te puede hinchar el cerebro y entonces ¡puf! Se acabó.
BJ tampoco mastica demasiado bien. Tiende a tragarse las cosas casi enteras. Siempre lo ha hecho. ¿Sabías que 3.000 adultos mueren cada año porque se atragantan con la comida? Y yo no sé hacerte la maniobra de Heimlich. ¿Qué haría yo si él empezara a atragantarse?
Es que nunca mastica como es debido. Siempre tiene hambre y por eso siempre come demasiado deprisa, se supone que tienes que masticar cada bocado treinta y cinco veces o algo así, lo cual es… ¡venga ya, ni queriendo! Es una locura total y absoluta, es que no creo que él mastique tres veces antes de tragar, lo cual significa que está masticando una onceava parte de las veces que debería, y no me hacen ninguna gracia esos números.
Además, se le dan fatal los cinturones de seguridad. No sé si piensa que es el puto James Dean, pero nunca se lo pone, a pesar de que 3.287 personas mueren cada día en accidentes de coche, lo cual es más de lo que sería ideal, porque los coches son de lo más normales y la gente los usa todo el rato. Nosotros ahora no tanto porque últimamente no me gustan mucho los coches después de… en fin, ya sabes después de qué, pero por eso puedo decir que tengo bastante claro que un accidente de coche es una mala manera de morir. Ahora que he tenido uno y todo eso. Porque tu piel es muy fina, y debajo no hay nada que pueda ayudarte contra una tonelada de metal deformable y afilado que lo único que pretende es separarte de cuajo la carne de los huesos. El metal te envuelve e intenta fusionaros, como si fuera un momento íntimo entre vosotros, y quizá es porque la muerte no es más que eso.
Un momento íntimo que viene a por ti, y que se te llevará estés listo o no. No hace preguntas y no deja respuestas.
Yo necesito respuestas.
Alargo la mano hacia el cajón de la mesilla de noche y saco en silencio un par de cosas.
—Esto es el colmo de la disfuncionalidad —me parece oír a Bridget susurrándome.
—Chitón —le digo, aunque no quiero que se calle nunca.
El termómetro de infrarrojos…
—Al menos es sin contacto —me diría mi hermana.
El pequeño oxímetro que le coloco en el dedo…
—¿Oximetría, Magnolia? ¿En serio?
Y la libretita donde escribo sus constantes vitales para llevar un seguimiento.
—¿Ahora resulta que sabes de constantes vitales? —me diría ella, y yo levanto la nariz para mosquearla como si todavía estuviera en el planeta para verme hacerlo.
37,2 ºC hoy. 97-SpO2 %; 63 lpm.
Mmm. Frunzo los labios.
—Está bien —me diría ella, pero ¿para qué iba a creerla a ella, pedazo de traidora?
Ayer él estaba a 98-SpO2 %; 63 lpm. Esas cifras me gustan más.
Aun así, lo anoto todo y luego guardo de nuevo todas mis herramientas secretas de doctora en el cajón.
—¡Bueno, ahora no se morirá nunca jamás! —me diría ella con una mirada provocadora, y yo me mosquearía con ella por el comentario aunque ella no está aquí para hacerlo en la vida real, y mi corazón da un vuelco y aterriza en un solar vacío en Highgate porque sus cenizas están aquí a los pies de nuestra cama.
Me acurruco contra Beej, me envuelvo a mí misma con sus brazos y luego apoyo la cabeza en su pecho.
Así es como duermo ahora.
Al ritmo de lo vivo que está.
CUATRO
BJ
En toda mi vida me he arrepentido de tres cosas. Bueno, probablemente, de alguna más. Pero si hay algún genio por ahí repartiendo deseos, cambiaría esas tres cosas.
La primera ya la sabes: Paili y la bañera. Lo que daría para retroceder en el tiempo y salir por la puerta de casa en lugar de bajar esas escaleras. Iría derechito a Parks, se lo contaría todo, nos ahorraría todo el dolor que nos infligimos el uno al otro entre ese momento y el presente.
De la segunda no quiero hablar, pero la tercera… Supongo que no es difícil de adivinar.
Cuando recuerdo ese día en el hospital, Magnolia hecha polvo y magullada en la cama, todavía inconsciente. Esa es la imagen que grita en mi memoria. Lo jodidísimo que me dejó verla herida de esa manera, me resultó casi imposible, en ese momento, ver más allá de ella. Sin embargo, si lo hago, si cierro una cortina para ocultarla, le digo a mi mente que no le pasa nada, que no le pasa absolutamente nada, que se recuperará, que ella está bien y nosotros estamos bien. Si le digo todo eso a mi yo del pasado, vuelvo la vista atrás entre mis recuerdos, me permito ver otras cosas…
Bridget sentada en esa silla, todavía vestida con la ropa del accidente.
Un cortecito en el labio. El brazo sangrando. Un leve rasguño en la frente.
Parecía que estaba bien. Cansada, pero bien.
Y yo le dije que se marchara, joder.
Claire y yo hemos hablado de eso. De que los médicos ya le habían dado el alta y que yo no soy médico, que ¿cómo iba a saber nada yo? Buena pregunta, supongo, pero siento que tendría que haberlo sabido igualmente.
Porque la conozco. La conozco de toda la vida, por eso tendría que haberme dado cuenta. Se me antoja la clase de cosa que tendría que haberle notado.
Yo fui su primer beso, ¿lo sabías? El de Bridget, digo.
Es gracioso.
Magnolia y yo llevábamos unos pocos meses juntos para entonces, era un domingo por la noche y al día siguiente tendríamos que volver a Varley.
Parks y yo estábamos tumbados en su cama, viendo la tele, cuando su hermana pasó ante la puerta del cuarto.
—Bridget —la llamó ella, y Bridge asomó la cabeza por la puerta.
—¿Qué? —preguntó Bridge, que ya puso los ojos en blanco porque siempre han sido como siempre han sido. Incluso con trece y quince. Incluso con tres y cinco.
Magnolia se sentó con la espalda erguida y los ojos entornados.
—En la fiesta de anoche, ¿jugaste a siete minutos en el cielo con Dean Vinograd, que podría decirse que es la persona que está más buena de tu curso… —Magnolia dejó de mirar a Bridge para mirarme a mí y recalcar sus palabras— solo para no besarlo ni una sola vez en todo el rato?
Yo solté una carcajada y luego Bridge cruzo los brazos incómoda.
—¿Y qué si lo hice?
Magnolia la miró con suspicacia.
—Bueno, ¿por qué no lo hiciste? Solo es un beso.
Bridget trasladó el peso del cuerpo de un pie al otro.
—¿Verdad? —Magnolia la miró parpadeando.
Bridget la fulminó con la mirada, empezó a respirar más rápido y puso mala cara.
—Nunca he besado a nadie —dijo Bridget, con la nariz levantada igual que hace su hermana.
—¡¿Qué?! —chilló Magnolia, muy dramática, antes de dejarse caer de espaldas en la cama. Joder, como si ella tuviera tantísima experiencia. Todavía no habíamos hecho mucho. Un poco sí porque tiene las manos largas, pero no mucho.
Bridget puso cara de vergüenza y entró a toda velocidad en el cuarto para defenderse.
—Es que… No he… —Tomó aire—. Y ahora me da…
No lo dijo, pero pude vérselo en la cara.
Miedo.
—No pasa nada —le dije negando con la cabeza.
Parpadeó ella.
—Ah, ¿no?
Asentí.
—No.
—Sí que pasa. —Magnolia hizo un puchero—. Es raro.
Bridget volvió a resoplar, exhaló por la nariz e hizo un puchero ella también.
—Es que no sé cómo hacerlo… No quiero quedar como una estúpida.
—Es imposible —le dije.
—Es más que posible —rebatió Magnolia de forma realista, y yo le lancé una mirada.
—¡No pude besar a Dean anoche! —gritó Bridget de repente—. ¿Y si lo hubiera hecho mal y a él no le hubiera gustado y entonces se lo habría contado a todo el mundo y yo sería una fracasada total?
Magnolia compuso una mueca.
—¿Y si tuviste la oportunidad de besar al chico que está más bueno de tu curso, no lo hiciste y entonces él se lo cuenta a todo el mundo y eres una fracasada total? Ay, espera… —Le lanzó una mirada a su hermana.
—¡No sabía qué hacer! —chilló Bridget.
—Voy a darte un beso —le dije.
Bridget parpadeó dos veces.
—¿Qué?
—Eso. —Magnolia me miró con fijeza—. ¿Qué?
—Pues que le daré un beso y listo. —Miré de reojo a Parks y me encogí de hombros antes de volver a mirar a Bridge—. Así ya estará hecho y tú ya lo habrás hecho, y no tendrás miedo la próxima vez que se te presente la oportunidad.
Bridget me miró de hito en hito, indignada.
—Yo no he dicho que tuviera miedo.
—No lo has dicho —concedí—. Pero ¿lo tenías?
Se pellizcó la punta del dedo.
—Tal vez.
—¡Un momento! —exclamó Magnolia, sentándose de nuevo, con las cejas enarcadas—. ¿Vas a darle un beso?
Asentí.
—Sí, si ella quiere.
—¿A mi hermana? —aclaró Magnolia, completamente horrorizada.
Me incliné hacia ella y la miré a los ojos. Le lancé la mirada que le lanzaría infinidad de veces a lo largo de nuestra vida juntos y que hace que se derrita.
—Solo es un beso —le susurré encogiéndome de hombros.
Se le suavizó la expresión y yo me puse de pie, me volví hacia su hermana.
—¿Lista?
Bridget asintió, tragó saliva con esfuerzo.
—No es nada. —Volví a encogerme de hombros—. Solo un beso.
Ella volvió a asentir y luego le pasé una mano por la nuca y le pegué un buen morreo.
No tengo nada poético que decir al respecto, ninguna metáfora náutica ni cielos estallando, nada de fuegos artificiales… ¿Te imaginas? Vaya puto desastre… Aunque besaba bien la chiquilla.
Llevábamos unos dos segundos de beso de prácticas cuando Harley pasó por delante de la puerta abierta y berreó:
—¿Qué cojones?
Magnolia pegó un chillido de los buenos, Bridget un alarido, y se apartó de mí de un salto, y Harley cargó contra mí para apartarme de un empujón de su hija de catorce años. Lo cual, seamos sinceros, era justo.
—¡No, no! —Magnolia se interpuso entre nosotros.
—¿Se puede saber qué cojones está pasando aquí? —Miró a Magnolia y luego a mí, la sangre le hervía visiblemente en la cara.
Teniendo yo dieciséis años, me dio bastante miedo, no te voy a mentir.
—¡Nada! —empezó a decir Magnolia, negando con la cabeza como una loca—. Que Bridget es una fracasada total, ¡eso es todo!
Harley, que respiraba con dificultad, fulminó a su primogénita con la mirada.
—¿Qué?
—¡Por culpa de Dean Vinograd! —Bridget vino corriendo hacia nosotros, asintiendo.
Harley puso mala cara.
—¿Quién?
—¿En el armario? —asintió Magnolia con los ojos como platos.
Harley hizo una mueca.
—¿Qué?
—Qué embarazoso… —Magnolia aprovechó la oportunidad para lanzarle una mirada envenenada a su hermana—. Solo habló…
—¿Quién habló?
Yo señalé a Bridge.
—Ella.
Magnolia volvió a negar con la cabeza.
—¡Mancilló mi buena reputación! —Le lanzó a su padre un asentimiento cortés—. Y la tuya también, supongo, Harley.
El hombre se señaló a sí mismo.
—¿Mi buena reputación?
Sus dos hijas asintieron muy rápido con los ojos muy abiertos.
—Mancilladísima —le dijo Magnolia con serenidad.
—Mmm —secundó Bridget.
Y cuando ahora lo recuerdo, me parece tan adorable que las dos crearan una pequeña barrera entre su padre y yo. Joder, como si yo hubiera tenido alguna oportunidad si él hubiera querido hacerme daño.
¿Sabes que hay hombres que se hacen mejores cuando tienen hijas? Obama, Kobe Bryant, la Roca… Todo el rollo de ser padre de chicas, ¿sabes? Mi padre es uno de esos, le encanta tener hijas.
Harley no es padre de chicas. No lo ha sido. No creo que lo sea nunca.
La cara que ponía en ese momento estaba en las profundidades de la incomprensión, no captaba una sola cosa de las que chillaban desesperadas las chicas, exceptuando quizá la única que ellas no querían que él captara.
Harley señaló a Parks con la cabeza.
—¿Tú tienes buena reputación por besar a gente dentro de armarios?
Bridget formó una pequeña «o» con los labios y Magnolia se quedó boquiabierta.
—Ejem. —Se aclaró la garganta y luego negó muy rápido con la cabeza—. ¿No?
Solo que ese «no» le salió muy agudo.
A Harley se le ensombreció el rostro.
—Sí, no… —intervine yo, abriéndome paso entre las dos, teniendo la sensación de que debía tomar el relevo—. No. Vamos a ver, nosotros… La verdad es que… En realidad casi ni nos besamos…
Su padre enarcó las cejas.
—Ajá.
Me encogí de hombros.
—Es una puritana que flipas, vamos, que no hemos hecho nada…
—¡No lo soy! —me cortó Magnolia, de modo que yo seguí hablando más alto por encima de ella.
—No, a ver, de hombre a hombre… —Negué con la cabeza—. No hemos hecho nada…
Magnolia puso tal cara de enfado, hasta apretó los puñitos.
Logró soltar un:
—Algo sí hacem…
Antes de que Bridget le cerrara con una mano la bocaza a su hermana mayor, que siempre (hasta la fecha) ha sido extrañamente propensa a confesar cosas que no hace ninguna falta que confiese.
Harley nos miró a los tres con los ojos entrecerrados.
—Odio todo esto. —Exhaló ruidosamente.
Yo le lancé una gran sonrisa desesperada y me encogí de hombros desanimado.
—Ya, y yo.
Tras ese intercambio, se fue y nosotros tres caímos en la cama de Parks entre carcajadas.
Pero no fue un «ya, y yo». No lo odié. Nunca lo he hecho. Ni lo haré.
Me encanta ese recuerdo.
Para cuando Parks y yo nos prometimos, hasta Harley se reía de ello.
Joder, la echo de menos.
Así que sí… La tercera cosa de la que más me arrepiento en esta vida es de que Bridget está muerta y yo me preguntaré para siempre si de habernos dado cuenta, quizá no lo estaría.
14.19
Parksy
Hola
Qué te pondrás?
Qué sexy!
Pero divertido.
Me apunto.
Qué quieres que me ponga?
… para nuestra boda.
Ah.
Menos sexy
Vamos a ver…
Dios.
Espero que no?
Jaja
…
No te lo voy a decir
Por favor?
Que no


No seas borde

Me parece algo racista

CINCO
Magnolia
Han cerrado pronto Saint Laurent de Old Bond para mí, para que a última hora de la tarde pudiera llevar a Henry y a Christian a comprarse un traje sin tener que lidiar con gente loca y preguntas crueles.
Por lo que respecta a la boda (en términos estilísticos), no me cabe duda de que ya te lo imaginas: estoy gobernando con mano de hierro.
Quizá te resultará algo sorprendente (porque todos sabemos que me encantan los colores y que siento aversión hacia lo aburrido), pero la paleta de color para nuestra boda comprende el negro, el blanco y los tonos neutros.
Eso, desde luego, no es la paleta de color dominante del día entero (no tengo depresión), pero a no ser que BJ y yo fuéramos a renunciar a la tradición y a llevar un traje y un vestido coloridos, que el resto lleve colores da un poco aspecto de circo.
—¿Sabes? —Henry me mira a través de una hilera de ropa—. Somos capaces de vestirnos solos.
Pivoto sobre mis sandalias de satén con apliques de pedrería carmín y rosa de Magda Butrym, con las cejas enarcadas.
—¿Y tú cuándo lo has hecho?
—Esta mañana —me contesta Henry con aire desafiante.
Lo miro de hito en hito.
—¿Y qué llevas puesto?
—Una ropa que he escogido yo mismo… —responde Henry con petulancia— del armario cápsula que me entregaste al inicio de la temporada —añade al final, un pelín más avergonzado.
—A mí me gusta no vestirme yo —anuncia Christian.
Lo miro encogiéndome de hombros alegremente.
—Y a mí me gusta tener a chicos monos para vestirlos como si fueran muñecas.
Arruga la nariz al oírlo.
—Ahora me gusta un poco menos.
—Oh, no. —Bostezo mientras reviso un perchero de camisas de traje.
Christian gruñe por lo bajo antes de preguntar:
—¿Vas a vestir a Beej para la boda?
—Pues no —bufo mirándolo con los brazos cruzados—. Pero sí sé que llevará unos Oxford de Saint Laurent y un Gucci hecho a medida.
—Dirás Tom Ford —me corrige Henry.
Le lanzo una sonrisa ladina.
—¡Magnolia! —gime Henry—. Joder, tía, me va a matar…
Le sonrío, petulante.
—Eres demasiado fácil.
—Parks… —Henry, con mal humor, saca del perchero una camisa que le gusta.
—Te has metido tú solito, tío… —Christian niega con la cabeza mirando a su mejor amigo—. Eso ha sido Parks vintage, te lo sonsaca jodidamente todo.
Me abro paso apartándolo a codazos con agresividad, más que nada para pegarle un codazo, pero lo disfrazo para que parezca que estoy intentando llegar al perchero de ropa que tiene detrás.
—¡Disculpa! Yo no sonsaco…
—Qué va. —Christian pone los ojos en blanco—. Tienes razón, todo es siempre al pie de la letra contigo.
Lo fulmino con la mirada y le tiendo una combinación de americana, camisa y pantalón. Él observa la ropa un par de segundos y luego me la quita de las manos con brusquedad, poniendo los ojos en blanco de nuevo.
Henry pasa a mi lado todavía mosqueado.
—Capulla —me llama, y yo voy tras él enseguida, le rodeo la cintura con los brazos y le doy un achuchón, poniéndole ojitos.
Él me rodea a regañadientes con el brazo y me da un beso en la coronilla.
—No le digas que lo sabes.
Me cierro la boca con cremallera.
Christian reaparece y procede a mirarse fijamente en el espejo.
Americana de esmoquin de solapa sencilla en Grain de Poudre por encima de la camisa blanca de corte estrecho de algodón de popelina con cuello Yves, remetida por los pantalones de traje de gabardina Saint Laurent.
Entorna los ojos, finge que intenta decidir si le gusta o no, pero yo le noto que sí.
Le tiendo la pajarita de satén de seda negra Yves, y él empieza a colocársela mientras yo me pongo de pie delante de él y le ajusto la americana.
Apuesto como siempre. Claro que nunca no está apuesto, supongo que es una virtud suya. Especialmente cuando lleva esmoquin.
Le cojo los brazos y le ajusto las mangas. Percibo su mirada penetrante, me observa.
Levanto los ojos para mirarlo.
—¿Qué?
Pone cara de sentirse incómodo.
—Lo siento si es una pregunta de mierda, pero… ¿Quiénes son tus damas de honor ahora?
Exhalo ante la pregunta y no permito que se me vea en la cara que me ha sentado como una puñalada en el corazón. Doy una bocanada de aire, acaricio con los dedos el tejido de mi minivestido de lentejuelas de tul embellecido con pedrería de Valentino Garavani.
La ausencia de Bridget (si así es como vamos a llamarla) ha puesto de relieve muchísimas cosas, pero una en particular son las pocas amigas que tengo en realidad.
¿A quién pondría de pie a mi lado para reemplazarla a ella?
No hay quien pueda reemplazarla.
Nadie siquiera se acerca. En realidad no. Exceptuando quizá…
—Yo —dice Henry, apareciendo a mi lado con una gran sonrisa. Vuelve a rodearme con un brazo—. Soy su damo de honor.
Le lanzo a Christian una mirada muy sufrida.
—Se le ocurrió a él solito.
Christian suelta una risita.
—No me digas.
—Soy tu damo de honor —me dice Henry, orgulloso.
—Eres mi d… —Cierro la boca con fuerza y niego con la cabeza—. Ocupas una posición de honor en mi vida.
Henry me señala con el pulgar.
—No le gusta la palabra que empieza por D.
—¿La palabra que empieza por D? —parpadea Christian—. ¿Damo?
—Dios, eres ridícula —me diría mi hermana, y yo la ignoraría.
Niego con la cabeza, desanimada.
—Detestable.
—¿Qué? —Hace una mueca con toda la cara—. Ni siquiera es una palabrota. A ver, entiendo por qué no necesariamente te gusta la palabra co…
Y entonces suelto un grito para silenciarlo al tiempo que le cierro la boca de un manotazo.
—¡Jamás! —Niego con la cabeza, mirándolo. Henry me mira y pone los ojos en blanco, pero yo lo ignoro porque nosotros no decimos la palabra que empieza por C—. ¡Dios! ¿Te has resbalado y te has caído en una clase socioeconómica inferior en la que sería aceptable decir esa palabra, tal vez, en un momento límite de un día terrible?
Christian pone los ojos en blanco también.
—Absolutamente jamás… —Sigo negando con la cabeza, con la nariz levantada—. Es muy vulgar.
—Vaya idiota. —Mi hermana negaría con la cabeza.
—Vale. —Christian hace otra mueca—. ¿Pero «damo»?
—Es que se me antoja raro, eso es todo. —Me encojo de hombros—. No puedo decirlo bien.
—Pero hay un montón de palabras que no puedes decir bien, no me vas a decir que es culpa de la palabra en sí, ¿no? —se metería Bridget y ese comentario me cabrearía.
—¿Por qué? —pregunta Christian, exasperado.
—Porque no soy pobre. —Le lanzo una sonrisa seca—. Y tú tampoco, hay que decirlo.
Christian me ignora y mira a Henry.
—Bueno, entonces estarás ahí plantado en un altar junto a tu ex. ¿Cómo nos sentimos al respecto?
Henry adelanta un poco el mentón y traga saliva.
—Bien.
—¿Sí? —Christian ladea la cabeza, no se lo cree—. ¿Te ves plantándote en algún altar junto a ella así en un futuro cercano?
—Pues no —contesta Henry, fingiendo que está mirando unas joyas. Y luego levanta la vista y le lanza una mirada lúgubre a Christian—. ¿Has sabido algo de Daisy?
Christian no dice nada, se limita a volver al probador.
Le lanzo una mirada a Henry, porque sí, Christian estaba siendo un pesado y rozaba la crueldad, pero lo suyo ha sido mucho más borde.
Me acerco al probador y pregunto a través de la puerta con espejo.
—¿Nada?
—Pues no —contesta con voz ronca.
—¿Nada en absoluto?
—No, Magnolia.
—¿Has hablado con J…?
La puerta se abre de golpe y Christian me planta la ropa en las manos.
—No he hablado con ningún Haites desde el día que se fueron.
Asiento una vez, tengo el mismo pesar en el corazón que le veo a él en los ojos.
La verdad es que me sorprendió, tal vez hasta me hirió los sentimientos solo un poco, el no saber nada en absoluto de Julian. Ni cuando tuve el accidente, ni siquiera cuando Bridget m…
Bueno, ya sabes lo que hizo Bridge.
—Vale. —Me tiro de la oreja sin fijarme y luego niego con la cabeza—. Bueno. Ahora zapatos.
22.37
Gus W 
Te echo de menos
Y yo
Comemos pronto?
Claro. El viernes?
Sí!
Me muero de ganas!
Pero… todo bien?
Estás bien?
Estoy brillante.
Acabo de comprarme el bolso de mano Cherry Lunch Box de Gucci y Judith Leiber, y sinceramente es perfecto.
Me muero por verlo el viernes 
SEIS
BJ
Quería una hamburguesa. Llevaba semanas pensándolo.
Últimamente no como muchas hamburguesas. Magnolia está un poco rara con ellas. Está un poco rara con muchas cosas, la verdad.
Ha tenido que trabajar hasta tarde hoy y yo me he alegrado bastante de tener la noche para los chicos. Una comida más de Farmacy y me explotará la puta cabeza. La comida no está mal, está bastante bien, de hecho. Es que es lo único que come por ahora. Supongo que tendría que alegrarme de que esté comiendo en general dadas las circunstancias.
Me apetecía algo grasiento, así que aquí estoy. Patty&Bun en James Street porque son indiscutiblemente las mejores. No ha sido algo grande ni planeado.
He llamado a Hen, que estaba con Christian, que ha llamado a Jo, que estaba con Banksy, y ahora aquí estamos.
¿Qué tal van las cosas entre Hen y Jo, te preguntas?
Bien.
Raro, lo sé, pero bueno, Christian y yo estuvimos así durante años. Enterramos la mierda, la ignoramos.
Solo que, no lo sé, Henry es raro con estas cosas. Puede apagar su mente como si fuera una válvula.
Dijo que se había hartado de Taus, ha seguido harto desde entonces.
Lo cual, que yo lo sé, te lleva a preguntarte: ¿acaso la amó de verdad?
Pues sí.
Él y yo no nos parecemos tanto. Él es demasiado pragmático. Cómo fueron las cosas entre Parks y yo… a él lo habría vuelto loco.
De hecho, no puedo creer que aguantara tanto tiempo de esa manera con Taura. Por eso sé que la quería, porque si no, no habría intentado durante tanto tiempo encontrar la manera de hacer que funcionara.
Creo que ahí está la cosa. De la misma manera que los familiares de los enfermos de cáncer lloran la muerte de su ser querido antes de que fallezca de verdad, y luego cuando finalmente fallecen, suelen ser capaces de seguir adelante un poco más rápido que, digamos, cuando tu hermana se muere de repente porque tenía un aneurisma en el cerebro y nadie lo sabía.
Creo que Henry sintió que estaba perdiendo a Taura desde un buen principio.
Apagó la válvula.
¿Y Jo? Está pasando mucho tiempo con Bianca Harrington últimamente. Más de lo habitual. Interesante, lo sé. Él sigue erre que erre con que no le gusta, pero es pura mierda, yo sé que es pura mierda. Porque Banksy tiene un novio nuevo (que, de hecho, quizá podría ser el de siempre, no lo sé, me pierdo) y Jo está muy jodido al respecto.
Es gracioso observarlos cuando están juntos.
Me recuerdan un poco a Parks y a mí en cierta época.
Amigos, pero más que eso. Él rodea la silla de ella con el brazo. Ella se come las patatas fritas de él. Como que se inclina hacia él sin llegar a inclinarse del todo hacia él. Ni siquiera sé si son conscientes de que lo hacen. Pero yo sé que lo hacen, y los estoy observando con los ojos entornados y una sonrisa de diversión.
—¿Qué? —articula Jo con los labios, frunciendo el ceño.
Suelto una risita y niego con la cabeza, y justo entonces me suena el móvil.
Parks.
Contesto.
—Hola.
—Hola —saluda la mejor voz del mundo entero—. ¿Dónde estás?
—Pues he salido a cenar con los chicos y Banks.
—Oh, ¡qué bien! —me dice. Y lo dice en serio—. ¿Adónde?
—Um. —Hago una pausa. No merece la pena el drama de decirle que me estoy comiendo una hamburguesa. Perderá la cabeza, me obligará a hacer una limpieza a base de zumo restaurador para compensar el caos que la comida frita me está causando en el intestino. De modo que miento—: En Malibu Kitchen.
Y todos los que están sentados conmigo en la mesa fruncen el ceño, confundidos.
—Oh, ¡qué bien! —exclama Magnolia por teléfono, apaciguada—. Me encanta ese restaurante.
Henry articula con los labios:
—¿Qué?
Y yo lo miro y niego con la cabeza, me pongo de pie y me alejo un poco de la mesa.
—Sí, y a mí —le digo a ella—. ¿Te ha ido bien el día?
—Ajá… —contesta ella distraída—. Sí, he tenido esa reunión con…
—Ay, claro —me froto la nuca—. ¿Qué tal está Rich?
—Bien —me responde.
—¿Contento con todo?
—Sí.
Asiento, muy feliz por ella.
—Sabía que lo estaría.
—¿Llegarás muy tarde a casa? —me pregunta.
—No, no mucho… —le digo, volviendo la vista hacia la mesa, desde la que me están mirando todos—. Acabaremos pronto por aquí. Iré directo a casa después.
—No hace falta —me dice al instante porque no le gusta necesitarme cuando me necesita de verdad.
Se ha pasado los últimos cinco años siendo dependiente y demandante de cojones sin ninguna razón en absoluto, y ahora que tiene todo el derecho a serlo, no le da la gana.
—Quiero hacerlo —le digo.
Una pausa.
—Vale —me dice, pero oigo el alivio filtrándose en su voz.
Le digo que la quiero y cuelgo.
Christian me señala con la barbilla mientras me siento.
—¿Acabas de mentirle?
—¿Qué? —Parpadeo mecánicamente—. No… No del todo.
—¿Por qué le has dicho que estábamos en otro sitio? —Jo frunce el ceño.
Los miro y pongo los ojos en blanco.
—Últimamente está un poco rara con la comida, ¿verdad, Hen?
Mi hermano me lanza una larga mirada, frunce un poco el ceño, pero luego asiente a regañadientes.
—Un poco, sí.
Y entonces la conversación avanza hacia qué haremos para su cumpleaños, porque es dentro de poco. Se me antoja raro por varias razones.
La primera, es que estamos juntos.
Estos últimos años he tenido que celebrar todos sus cumpleaños a medio gas o no he podido celebrarlos en absoluto. El año pasado estaba en Nueva York sin mí. Le envié un regalo, me dijo que se lo había guardado, pero que no lo había abierto. Lo abrió después de volver a estar juntos.
Una primera edición de El principito, con todas las partes que me recuerdan a ella subrayadas. Un poco una broma, porque todo el libro me recuerda a ella. Ella es la rosa, lo que me domesticó.
«Desde luego que te quiero. Es culpa mía que no lo hayas sabido todo este tiempo», es lo que le escribí al principio.
Le encantó como yo sabía que le encantaría. De hecho, lloró.
Tiene muchas expectativas para su cumpleaños. Le encantan los acontecimientos.
Hemos tenido muchos muy buenos… Un par de malos también.
Su decimoctavo cumpleaños fue lo nunca visto. La llevé de acampada.
No, lo sé, cállate, no hace falta que lo digas, no sé en qué cojones estaría pensando. Se lo tomó tan bien como te estás imaginando.
—¿Tienes alguna idea para mi cumpleaños este año? —me preguntó con desparpajo.
Estábamos sentados en mi cama a finales de verano.
Ya había pasado mucho tiempo de lo de Billie y quedaba muchísimo tiempo hasta la mierda con Paili. Estábamos bastante unidos en aquel entonces. Ahora me hace reír, joder, pensar que ella accediera a hacerlo siquiera.
—Pues sí. —Asentí, orgulloso de mí mismo por alguna razón.
Ella enarcó las cejas, con una expectativa esperanzada.
Otras cosas que habría podido hacer para su cumpleaños: llevarla a París; llevarla a navegar por la Polinesia francesa; haberle organizado una fiesta de cumpleaños normal; haberla llevado a un puto Nando’s.
Ella habría preferido cualquiera de estas cosas antes de lo que planeé de verdad.
—Ir de acampada —le dije con una gran sonrisa.
Parpadeó unas veinticinco veces.
—Disculpa, ¿qué?
—¡Vamos de acampada! —insistí—. Tú y yo. Y los chicos —añadí a modo de advertencia.
Hizo una mueca con toda la cara.
—¡Será divertido! —exclamé con una carcajada, empujándole la cabeza con la mía.
Ella se apartó un poco, me miró con muchísima cautela, luego tragó saliva y me acarició la mano con dulzura.
—BJ —se aclaró la garganta antes de decir con delicadeza—: ¿Marcha bien el negocio familiar?
—¿Qué? —me reí—. Claro. ¿Por qué?
Me miró dubitativa.
—Es que me suena a algo que podría proponer una persona pobre…
Puse los ojos en blanco.
—Pensé que sería divertido.
Ella me miró fijamente un par de segundos y luego negó con la cabeza.
—Si estás pasando una mala racha, Beej, te prometo que no cambiará nada entre nosotros, pero… si ese es el caso, te quiero y, por favor, déjame organizarme el cumpleaños yo misma.
—No soy pobre. —La miré con el ceño fruncido—. Creo que te gustará.
Entrecerró los ojos.
—¿Te has dado un golpe en la cabeza?
—Parksy —Me eché a reír—. Piénsalo… tú y yo… —Enarqué las cejas en un intento de convencerla—. En una tienda de campaña…
—No. —Negó con la cabeza.
—Bajo las estrellas más brillantes que hayas visto en tu vida… —Le pegué un codazo juguetón y lo de las estrellas le llegó un poco porque nosotros estamos escritos en ellas. Su expresión empezó a suavizarse—. En un saco de dormir…
—Disculpa, ¿en un qué? —me interrumpió.
Hice una mueca.
—En un saco de dormir.
Me miró con suspicacia.
—¿Qué es eso?
—Es una especie de bolsa en la que te metes para dormir cuando te vas de acampada.
Aquello le llamó la atención. Por mí que entendió «bolso», porque le encantan. A decir verdad, a mí también. Bueno, ya no tanto, y en cualquier caso ella se estaba imaginando lo que no era.
—¿De qué está hecho? —preguntó, con un interés creciente.
—Pues, ¿es como si fuera una colcha con cremallera o algo así?
—Mmm. —Frunció el ceño, planteándoselo todo—. Interesante.
Me incliné hacia ella y empecé a darle besos por el cuello.
—¿Sabes?, el material de acampada puede ser bastante caro…
Ella me miró con los ojos abiertos como platos tal y como ha hecho un millón de veces a lo largo del transcurso de nuestras vidas.
—También puede serlo un viaje a la Costa Amalfitana, lo cual imagino que disfrutaría mucho más, y aun así, aquí estamos.
Aquello me hizo reír.
Ojalá no me pareciera graciosa cuando actúa como una niña consentida, pero sigue pareciéndomelo. La he convertido en un monstruo. Aunque no cambiaría nada.
Al final sí nos fuimos de acampada. A Suiza. No salió muy bien.
Duramos treinta y dos horas antes de que ella y Paili lloraran tanto que tuvimos que buscar un motel por allí cerca.
Lo del motel tampoco salió muy bien, se echó a llorar allí también.
Fue al baño una sola vez durante esas treinta y dos horas. Volvió a casa con una infección de orina, así que todos pagamos el precio ese fin de semana.
La segunda razón por la que este cumpleaños va a ser distinto es la obvia.
Bridge no está. Y el hecho de que Bridget no esté, le ha quitado la gracia para ella. Como si ahora no pudiera celebrarlo, como si quizá no estuviera bien hacerlo.
Y eso se está manifestando de maneras raras.
Le pregunté qué quería, no me dijo nada.
Y le solté:
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Magnolia Parks?
Y ella me sonrió débilmente antes de echarse a llorar. Joder, mátame. Me destrozó porque no puedo arreglar esta mierda.
Es el primer cumpleaños que estamos juntos de verdad en… ¿qué? ¿Cinco? ¿Seis años? Eso debería ser razón suficiente para hacer un desfile, pero todo es una mierda igualmente porque es el primer cumpleaños sin Bridge y lo sentimos en todo.
Deseo tanto ser capaz de arreglar todo esto por Parks, pero no puedo. Es una bajada en picado en una montaña rusa y ya nos hemos puesto el cinturón. El trayecto ya ha comenzado.
Después de cenar, Henry y yo volvemos andando a casa.
Ahora es un hábito. A ella no le van los coches, de modo que a mí tampoco.
Está callado los primeros quince minutos.
Intentar hablar es como pedir peras al olmo.
—¿Estás bien? —acabo preguntándole, dándole un codazo.
Hen niega un poco con la cabeza.
—No vuelvas a hacerlo.
Pongo mala cara.
—¿El qué?
—Ponerme contra ella. —Aprieta los dientes—. Obligarme a mentir por ti.
Niego con la cabeza.
—Hermano, ha vuelto a ponerse como una loca con la comida, tú mismo lo dijiste…
—Vale. —Asiente con impaciencia—. ¿Y qué vamos a hacer al respecto?
—Esto… —Me quedo boquiabierto y por alguna razón, su modo de hablar de ello me sienta como un puñetazo. Joder. Vuelvo a negar con la cabeza. Espero que no se me vea tan desesperado como me siento—. No estoy listo…
Henry pone mala cara.
—¿Qué?
—Nada. —Me adelanto un par de pasos. No puedo meterme en esto ahora mismo—. No pasa nada. —Vuelvo a mirarlo para asegurarme de que se lo cree—. Estoy bien. No volveré a mentirle, ¿vale?
Solo que hasta eso era mentira.
Le estoy mintiendo, activamente.
Cada día hoy por hoy.
Todo está hecho una mierda.
No tienes ni idea.