
Al apoyarme en las manos para levantarme, el vidrio me perforó la piel. Se oían gritos por todas partes. Jadeante, me recosté contra la barra del bar. Un olor acre y rancio me quemaba la nariz. Los guardias se habían dispersado, supongo que para arramblar con todo lo que pudieran para Nismera. Un chorro de ácido atravesó el aire, seguido de más gritos. Cogí una bandeja para taparme la cabeza y me agaché junto a la barra del bar. Por lo visto, mi amiguito peludo estaba desatando el caos. Con la bandeja como escudo, me levanté poco a poco y pude ver que una pequeña bestia cornuda lanzaba gente a un lado y al otro mientras se abría paso hacia la puerta. La pared de detrás del escenario tenía un enorme agujero por donde se había escapado el puñetero bicho.
Una mujer cruzó la habitación mientras me miraba de reojo. Faye tenía el rostro cubierto de sangre. Me fijé en la espada que blandía; era la misma hoja encantada que me había llamado la atención un rato antes. Faye no había venido solo a vender, sino también a robar. Me dirigió una sonrisa fugaz y salió corriendo.
¿Y si era una de las guardias de Nismera? Tenía que averiguarlo. En el techo parpadeaban unas luces que guiaban hacia el interior del edificio. Estudié la puerta principal y la muchedumbre que intentaba huir. Samkiel no llegaría a tiempo, y Faye se iba a largar por la parte trasera con la espada dorada.
Joder.
Me llevé la mano al auricular para subir el volumen, pero solo se oían gritos de gente que huía presa del pánico.
—Chicos, no sé si me oís, pero me dirijo hacia el fondo.
Más gritos. Me quité el puto auricular del oído, lo tiré y corrí tras Faye.

Las luces parpadeaban sobre las paredes pintadas de tonos pastel. Un reguero de sangre señalaba el camino. Supuse que alguna bestia había escapado con alguien a rastras. Avancé con cautela, concentrada en que mis tacones hiciesen el menor ruido posible. Dejé atrás varias salas que parecían celdas, y que me helaron la sangre. ¿Cuántos seres tenía aquí, y cuántos se habían escapado? Me llegó otra cacofonía de gritos. Me volví para asegurarme de que nadie me seguía.
Noté que el aire se movía y, de modo inconsciente, me agaché para esquivar el ataque antes de verlo. Con un crujido, Faye clavó la antigua espada maldita en la pared, donde un momento antes estaba mi cabeza.
—No te lo tomes a mal, guapa, pero, si trabajas para ella, estás muerta.
Me incorporé.
—¿Si trabajo para quién? ¿Para Nismera?
Faye arrancó la hoja de la pared y, con un grito, trató de asestarme otro espadazo. Di un salto atrás para esquivarla y traté de evitar sus mandobles mientras ambas bailábamos en el pequeño pasillo. Cada golpe de la espada abría una nueva grieta en la pared. La siguiente vez que se le quedó atrapada, mientras se esforzaba por liberarla, le encajé un puñetazo en la cara. Chilló y retrocedió tambaleándose, mientras se secaba la sangre de la nariz.
—Joder, sí que pegas duro.
Me encogí de hombros y arranqué la espada de la pared.
—Pues ni te imaginas las patadas que doy.
—No puedo dejar que se la lleves. —Faye metió las manos bajo el vestido y sacó dos nuevas armas.
Hice rotar la espada para calentar la muñeca y de paso comprobar el peso y el equilibrio.
—¿Esta antigualla? ¿Por qué no?
Faye se lanzó otra vez a por mí, más veloz que antes. La esquivé y, aprovechando que tenía la espada, bloqueé sus armas. Sin duda, era muy rápida y estaba muy bien entrenada; eso por descontado. Se dejó caer al suelo y me lanzó una patada hacia las piernas. Salté en el aire y le descargué la espada sobre la cabeza. Bloqueó el golpe con ambos aceros y se incorporó de inmediato para empujarme contra la pared.
—No trabajo para Nismera —expliqué.
Faye apretó los dientes.
—Claro, solo has venido a pasar un rato entretenido.
—Bueno, en realidad —de un empujón la hice volar por la sala— quería saber qué diablos le interesaba tanto, y creo que, gracia a ti, ahora lo sé.
Impactó con la pared, lo que provocó un pequeño derrumbe. Con una sonrisita, se puso de pie y volvió a rebuscar bajo su vestido. ¿Llevaba un arsenal escondido, o qué? Sacó un pequeño disco negro y lo tiró al suelo entre ambas. Del dispositivo brotó una nube de humo que hizo que me ardieran los ojos. Mientras tosía, un puño se estrelló contra mi cara. Me quitó la espada de un tirón y la oí correr pasillo abajo.
Tosí y parpadeé para intentar aclarar la visión. Cuando el humo se estaba disipando, oí otras pisadas que venían por el pasillo. El corazón me retumbaba; la sala cambió ante mis ojos y me vi en el cementerio de huesos. Con ojos llorosos e irritados, vi una figura que se acercaba con pasos poderosos y resonantes. Se agachó y extendió la mano hacia mí; el gesto hizo desplazarse las placas de la armadura de sus hombros. Lo ataqué.
La sala que me rodeaba recuperó su aspecto anterior: un pasillo con luces parpadeantes.
Orym me estaba sujetando el puño.
—Dianna, soy yo —dijo—. No pasa nada.
Asentí y me ayudó a levantarme. Me froté de nuevo los ojos para aclararlos.
—¿Dónde está Sami?
—El salón es un absoluto caos. Venía de camino, pero se ha parado para ayudar a alguna gente a la que habían pisoteado, y para detener a ese ser que escupe ácido.
Tosí otra vez y asentí.
—En ese caso, tenemos que seguirla.
—¿Seguir a quién?
Me volví y eché a correr por el pasillo, indicándole a Orym por señas que me siguiera.
—Por aquí. Lleva una espada antigua imbuida de alguna clase de poder. No puedo explicar qué es, pero lo siento. No sé para qué la quiere, pero tenemos que recuperarla.
Recorrimos a la carrera el elegante pasillo, dejando atrás más celdas vacías. En el suelo, frente a cada una, habían tallado encantamientos de protección, desactivados y del color del carbón. No vi a ningún guardia. Debían de haber huido con lo que hubiesen podido coger.
—Puedo sentirte, antigua —llamó una voz desde el fondo del pasillo.
Me volví para ver si Orym también lo había oído. Frunció el ceño y desenfundó un arma. Eché mano a la que llevaba sujeta al muslo y asentí para indicarle que siguiésemos avanzando.
—Una bestia poderosa ha regresado de la tierra de los muertos y dejará a su paso truenos y cenizas, pero esta bestia… es diferente. Inadecuada.
Miré a Orym de reojo, pero su rostro reflejaba perplejidad. Ninguno de los dos entendía lo que estaba pasando.
—Ah, ahora lo veo. La antigua sangre corre en tu interior.
Ante nuestros ojos apareció una mujer pálida, encadenada a la pared. Fruncí los labios al verla. Estaba envuelta en varias capas de ropa y tenía el cabello enmarañado, pero lo que me dejó parada fueron sus ojos. O la falta de ellos. La piel que rodeaba sus cuencas vacías estaba cubierta de cicatrices y de arañazos a medio curar. Me pregunté si se los habría arrancado ella misma. Cuando Orym y yo nos detuvimos frente a su celda, volvió la cabeza hacia mí.
—Los antiguos han regresado al plano de los dioses, pero tú…
—¿Qué es? —le pregunté a Orym.
—Un oráculo, pero creía que los últimos que quedaban habían muerto cuando Nismera se hizo con el trono —respondió Orym con gesto severo.
—Los otros ya han desaparecido. —Ahogó un sollozo casi imperceptible pero que pareció resonar por toda la sala—. Todo desaparecerá. Todo está perdido. De uno, todos se alzarán.
—Vale. —Sacudí la cabeza—. Está chiflada. Vámonos. Tenemos que echarle el guante a una mujer misteriosa y a una espada antigua.
—Tú —escupió—. Estás vacía.
—¿Perdón?
Su cuerpo, sujeto por las cadenas, se retorció. Arrugó los labios en una sonrisa que dejó entrever unos dientes oscuros e irregulares, agrietados, como si hubiese mascado huesos.
Orym me sujetó el brazo.
—No le hagas caso. La locura se ha apoderado de ella.
—¿La locura?
—Su poder es inestable, como el de Roccurrem y los otros hados. Si intentan ver un futuro demasiado remoto, a veces la mente se les hace pedazos. Diría que la obligaron a hacerlo hasta que no quedó nada de ella.
—¿Por qué? —La observé mientras reía y sollozaba, sentada en el suelo.
—Hace eones que los dioses quieren controlar a los hados. Antes de Nismera, el único que lo consiguió fue el padre de Samkiel. Pero había otros que querían atisbar su futuro, así que capturaron oráculos y los usaros para sus propósitos egoístas hasta que no quedó ninguno.
—Eso es terrible —dije, y fruncí los labios.
—Este mundo lo es, y desde hace mucho tiempo —repuso Orym; el oráculo seguía sollozando—. Sigamos.
Nos volvimos para irnos. En un sorprendente arranque de energía, la mujer se levantó de un salto, con un rechinar de cadenas.
—Un cascarón vacío, vacío por completo —ladró el oráculo; se desplomó sobre las cadenas con una risa—. Hueco.
Di un paso atrás.
—Bueno, ha sido genial, pero ahora nos vamos a largar y te vamos a dejar que sigas con tus chifladuras. —Miré a Orym y articulé en silencio las palabras: «¿De qué va?».
—Vámonos —me insistió Orym.
—Yo que tú no la seguiría, chico sin cabeza, o acabarás con una hermana a juego. —Su risa sonó ahogada y enfermiza.
Orym se quedó inmóvil.
—¿Qué has dicho?
El oráculo tiró de las cadenas.
—Sois unos necios si os creéis capaces de detener lo que se avecina. Necios, si creéis que vais a representar la más mínima diferencia. El caos quiere recuperar este mundo, y el caos lo tendrá.
—Solo para que quede claro, los desvaríos de Roccurrem me gustan más que los tuyos.
Orym me sujetó del hombro.
—Ha mencionado a mi hermana. Quizá sepa algo. Deberíamos llevarla con nosotros.
—Si piensas que voy a llevar a esa tipa sucia y chalada de vuelta… —Dejé la frase a medias. Me acerqué más a él y bajé la voz para que la mujer no pudiese oírnos—. Con ellos, tú estás todavía más chalado.
—Pero ha mencionado a mi hermana —suplicó Orym.
—Tu hermana está bien. Acabas de hablar con ella.
Orym me miró a los ojos, como si buscase algo, mientras sacudía la cola de un lado a otro, presa de la agitación. Por fin asintió.
—Es cierto. Tienes razón.
—Sí. —Le acaricié el brazo en un gesto tranquilizador—. Sigamos con lo de atrapar a una mujer misteriosa con una espada.
Sonrió mostrando los caninos, y se volvió para seguirme.
—No confías en mí, pero te fías de una que desafía a la naturaleza —exclamó el oráculo—. Ella es destrucción, muchacho. Con ella nadie estará a salvo. Nadie lo está, jamás. —Rio. Las uñas se me transformaron en garras. Solté el brazo de Orym con cuidado para no hacerle daño. Esas palabras me habían helado la sangre. Orym se detuvo.
—Dianna.
Vio algo en mi rostro que lo asustó. Supe que mis ojos se habían vuelto carmesíes.
—¿Crees que puedes tocar la muerte, muchacha, y que no se lleve nada de ti a cambio?
—Cierra el pico. —Las palabras se me escaparon como un susurro ronco. Me volví hacia el oráculo, pero ella sonrió, burlona.
—Ahora te está vigilando. —Se balanceó sobre los pies, y ladeó la cabeza al tiempo que dejaba escapar una risa caótica—. Serás su nuevo juguete favorito. Nadie se acerca a su reino sin que…, sin que…, sin que… —Otro sollozo ahogó sus palabras; sus recuerdos, fueran cuales fuesen, la estaba haciendo pedazos.
—¿De qué está hablando? —me susurró Orym, pero no le respondí. Me quedé plantada, como si los pies se me hubiesen pegado al suelo. Volví a sentir el frío que me acompañaba desde los túneles, como si parte de mí nunca hubiese salido de allí, o como si algo me hubiera seguido. ¿Era ese el hombre que me vigilaba en Recodo del Río? ¿O las sombras que no dejaba de ver por el rabillo del ojo? ¿Me estaban siguiendo? El corazón me retumbó en el pecho, y supe a qué se refería.
—¡… Anna! —Orym me dio un tirón para obligarme a volverme hacia él y arrancarme de la parálisis en que me había sumido el miedo. Me acordé de respirar, y, con cada bocanada de aire, mi determinación se hizo más y más firme. Cuadré los hombros.
—Tenemos que irnos —dije.
La mujer tiró de las cadenas; la saliva le corría por los labios.
—Pregúntale, chico sin cabeza. Pregúntale qué les suplicó a las estrellas, y qué es lo que vive ahora. Pregúntale qué arrebató a los mismísimos cielos. Y luego pregúntale si le importa. La vieja sangre le corre por las venas. La del primer ig’morruthen. A él tampoco le importó.
—Orym, vámonos. —Traté de arrastrarlo, sin éxito. Me apartó las manos.
—No —dijo, tajante—. ¿De qué está hablando?
La sonrisa del oráculo fue tan salvaje que parecía salida del Altermundo.
—Nismera es cruel, pero tú, Ayla, eres malvada.
—No, no lo soy —corté, quizá con demasiada brusquedad.
—¿Ayla? —se sorprendió Orym.
—Es mi verdadero nombre. O, al menos, el que me puso mi padre. Es una larga historia. —Señalé al oráculo—. Ya basta, deja de hablar.
—¿No conoce a tu padre? El celestial de la muerte. El que creaba armas para los dioses.
Orym se volvió a mirarme con tal brusquedad que casi se le desenrosca la cabeza.
—¿Azrael? ¿Tu padre era Azrael? ¿Qué más no me has contado?
—Ahora no —interrumpí.
—Sí, ahora. —Enseñó los dientes—. Me has tratado como si no se pudiese confiar en mí, y en realidad eres tú quien no ha sido sincera.
—No es eso.
—¿Cres que el universo no ha visto toda la sangre que has derramado, y cómo te revuelcas en ella? —siguió el oráculo—. ¿Las cosas horribles y perversas que has hecho, y que no te han impedido dormir como un bebé? Dile al elfo maldito que te alimentas de vida, pero careces de ella. ¿Crees que las estrellas te recompensarán con el amor? ¿Que conocerás la paz? Estás condenada.
Orym me miró con los ojos entornados.
—¿De qué está hablando? Dímelo.
—Orym, para —atajé con sequedad. La señalé—. Tú mismo lo has dicho. Los oráculos se volvieron locos.
—Pregúntale qué trajo de vuelta —se burló el oráculo—. Pregúntale cuál fue su amenaza y por qué la propia muerte cambió de planes.
—O cierras la boca, o te la cerraré yo para siempre —amenacé con un gruñido.
Orym me miraba con ojos como platos.
—¿De vuelta?
—Pregúntale —suplicó el oráculo.
—No —la interrumpí—. Mira, tenemos que irnos. Si la mujer de la espada se escapa…
Orym se apartó de mi lado.
—No me importa la espada. ¿De qué está hablando? ¿Qué hiciste?
—Pregúntale qué le arrancó al universo, y luego pregúntale cómo lo hizo —insistió el oráculo. Me crecieron las garras.
—Dianna, ¿qué trajiste de vuelta?
La risa del oráculo restalló por toda la sala. Orym me miraba tan aterrado que supe que no me haría falta decirlo en voz alta.
Lo sabía.
—El ser más poderoso de todo el dominio no es el Destructor de Mundos, sino quien lo protege a él. La persona que lo trajo de vuelta de entre los muertos. —La voz del oráculo era como un ronroneo.
Un segundo después, yo estaba en la celda. Orym trató de detenerme, pero no antes de que mi puño atravesara el cráneo del oráculo.

Me restregué las cutículas para quitar las manchas de sangre hasta que el agua corrió limpia de nuevo. Me vino a la mente el recuerdo de Onuna, y de las muchas veces que había tenido que lavarme la sangre de las manos y de la boca.
—Si susurras siquiera una palabra de todo esto, haré que lo de «chico sin cabeza» se convierta en realidad.
Orym entró dando zancadas, con las manos en los bolsillos. Ninguno de los dos nos habíamos cambiado de ropa. Él seguía enfundado en un traje sucio, y mi vestido azul estaba cubierto de polvo y manchas.
—Samkiel llegará enseguida. Ha hecho un último barrido por la zona en busca de bestias asesinas perdidas y mujeres misteriosas con espadas mágicas.
Asentí. Menos mal que Samkiel no apareció hasta después de que matase al oráculo. Orym no dijo nada, solo afirmó que ella lo había amenazado, y así quedó la cosa. La principal preocupación de Samkiel era si yo estaba herida.
Orym se recostó en la encimera mientras yo restregaba y restregaba.
—¿Ha encontrado algo?
—No —suspiró Orym—. Suponemos que casi todas las bestias han huido hacia el Altermundo. Y de la mujer misteriosa no hay ni rastro.
Había una manchita recalcitrante en la puñetera cutícula que se resistía a irse.
—No se lo has contado. Eso significa que vivirás un día más.
—Tarde o temprano tendrás que hacerlo —dijo Orym.
—Lo sé. Pero… —Me froté las uñas un poco más fuerte.
Unas manos callosas, de piel color malva salpicada de pequeñas manchas de sangre, sujetaron las mías. Cuando estalló el caos, Samkiel y él ayudaron a tantos como pudieron. Ambos eran mucho más bondadosos que yo. Tomó una toalla seca de la encimera y me secó con suavidad las manos que tenía casi en carne viva.
—Creo que ya te has quitado todo el oráculo que se te había pegado.
—Es posible.
—¿Quieres hablar de ello?
Me ardían los ojos.
—El oráculo no se equivocaba en nada. Me siento vacía. Desde que ocurrió, me noto distinta… Extraña. Inadecuada. Como si me faltase algo y no lo pudiera encontrar. Solo me siento yo misma cuando lo tengo cerca de mí.
Orym me sostuvo las manos sin decir nada, a la espera de que yo encontrase las palabras para expresarme.
—Yo tenía una hermana. —Mi voz no era más que un susurro—. La quería con locura. Ella es la razón de que sea lo que soy. Di mi vida a cambio de que su corazón siguiese latiendo. Y luego me la arrebataron. No pude salvarla. Y entonces, Samkiel… No podía perderlo también a él. Me negué, así que, allí, en aquellos túneles, amenacé con reducir todos los dominios a cenizas. Hablaba en serio. Lo habría destruido todo, y me disponía a hacerlo. Y entonces…
Orym me apretó las manos para ayudarme a centrarme.
—¿Y entonces?
Señalé el dedo con un gesto.
—Desapareció. Nuestra marca ya se había formado. Pero ardió y se selló y desapareció. Por mi culpa perdimos la marca. Ese es el precio que pagué. Samkiel ya no es mío.
La mirada de Orym se dulcificó.
—Ese no es el precio, Dianna. Sé lo que me digo. He vivido con vosotros y lo he oído hablar de ti cuando tú no estás presente. Dioses, la forma en que te mira. Como si tú en persona hubieses puesto las estrellas en el cielo. Tiene un vínculo contigo, Dianna. Créeme si te digo que no necesitas la marca.
Sus palabras parecieron cerrar la grieta de mi corazón cuya existencia yo me negaba a aceptar. Me daba tanto miedo que perder la marca significase que nos perderíamos el uno al otro, y que me dejaría. Que era culpa mía, que lo había echado todo a perder, como tantas otras veces. Alcé la mirada hacia Orym, que me daba palmaditas en las manos.
—¿Lo crees de verdad?
—Es imposible que trajeras a tu amata de entre los muertos a menos que estuvieseis atados de algún modo muy profundo. —Sonrió para animarme—. Habría sido totalmente imposible.
—Tal vez.
—Pero el universo no te da nada sin exigirte un pago a cambio. Siempre tiene que haber equilibrio. —La mirada de Orym se clavó en la mía—. Dianna, siento que tuvieses que verlo morir. He pasado por ello, y ojalá fuese tan fuerte como tú. Habría pagado ese mismo precio con tal de tenerla conmigo.
—Perdiste a tu amata. —Las piezas encajaban—. Eso es lo que perdiste.
Oí un carraspeo un instante antes de que su poder me envolviese.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Samkiel.
Aparté las manos y me recoloqué un mechón que me caía por la cara. En cuanto dejamos de tocarnos, Orym retrocedió, empujado por el poder de Samkiel.
—No, solo quería saber cómo estaba Dianna…
—… después de atravesarle la cabeza a un oráculo de un puñetazo —añadí.
Los ojos de Samkiel no dejaron de taladrar a Orym, que juraría que se puso a sudar.
—Creo que soy más que capaz de cuidarla por mí mismo —dijo Samkiel, de brazos cruzados.
Comprendí que, desde fuera, la escena debía de parecer íntima y furtiva. Y más aún porque Orym no podía decirle de qué hablábamos; así que carraspeó y salió del baño a toda prisa.
Me apoyé en el lavamanos.
—Creía que los dioses no sentían celos —me burlé.
Samkiel no apartó la vista de la puerta hasta que oímos a Orym bajar las escaleras. Tenía los brazos cruzados, tan tensos que la camisa estaba tirante sobre los bíceps, los hombros y el pecho. Al fin dejó caer los brazos y avanzó hacia mí con los labios apretados y un tic en la mandíbula. Verlo caminar hacia mí me aliviaba el alma.
—Sabes que lo decía en broma, ¿verdad? Si creyese que sentía el más mínimo interés por ti, lo cocería vivo de dentro afuera. —Alzó la mano para tirar de la cinta de mi vestido—. Pero estuviste toda la noche fuera, con un hermoso vestido, y pasaste mucho rato con una mujer que prácticamente se te tiró encima; y, cuando volviste, olías a ella. Ahora te encuentro en nuestro baño cogida de la mano de Orym, hablando en susurros. Empiezo a sentirme… territorial.
Estudié cada línea y cada rasgo de su amado rostro, grabados a fuego en mi cerebro. Samkiel no alcanzaba a comprender hasta dónde llegaría yo por él, y solo por él. Comprendía sus celos. Cuando peor me encontraba, lo abandoné y busqué la compañía de otros para forzarlo a apartarse de mí. Por mucho poder y autoconfianza que tuviera, siempre habría una parte de él que se preocupase. Si había duda en su mirada, la culpa era mía, y lo sentía muchísimo. Le cogí la cara y me obligué a sonreír.
—Para mí no hay nada más importante que tú.
Su mirada se dulcificó y la angustia desapareció. Agachó la cabeza y me besó la palma de la mano, con los ojos de color de tormenta clavados en los míos.
—Esa sensación me suena.
Sonreí de nuevo, y esa vez no fue una sonrisa forzada. Me incliné para besarle los labios y luego me aparté de sus brazos. Supongo que notó mi duda, mi distanciamiento. Pero las palabras del oráculo aún me tenían sobrecogida. Le di la espalda.
—¿Me ayudas? —Deslizó los dedos por la piel desnuda de mi espalda y desabrochó los pequeños botones uno a uno—. Quiero darme un baño —añadí en voz baja—. Y luego quiero irme a dormir.
—Como tú desees, akrai.
Lo miré de soslayo.
—Esta noche solo abrázame, ¿de acuerdo?
Frunció el ceño, preocupado; no porque le molestase la idea, sino porque yo nunca pedía algo así. Cuando me sentía necesitada de afecto, la cosa solía acabar con ambos gritando de placer, y no en esos momentos dulces e íntimos que tanto le gustaban a él, momentos que me asustaban más de lo que estaba dispuesta a admitir. No sabía cómo lidiar con las emociones que me provocaban esos instantes fugaces. Podía follármelo hasta que le fallasen las piernas, pero ese nivel de intimidad no lo alcanzaba nunca.
Samkiel desabrochó el último botón, así que sostuve el vestido contra el pecho para que no se cayera. Se sentó en el borde de la bañera y abrió los grifos; luego pasó la mano bajo el chorro para comprobar la temperatura.
—¿Quieres contarme por qué estabas llorando, o se lo tendré que preguntar a Orym?
Comprendí que «preguntar» era un eufemismo. En lo tocante a mí, Samkiel parecía más errático que de costumbre.
—No era nada —susurré, y sus cejas se alzaron, con aire interrogante—. El oráculo dijo algunas cosas que me alteraron.
—¿Qué dijo?
Una vez satisfecho con la temperatura, devolvió la mano al regazo mientras la bañera se llenaba.
—Cosas que me recordaron a Gabby.
Las cejas se juntaron en un gesto de comprensión.
—Oh, akrai. ¿Quieres que vaya y la mate por segunda vez?
Se me escapó una carcajada, aunque los ojos se me habían llenado de lágrimas.
—Estás muy guapo cuando te pones en plan asesino.
Sonrió y se puso de pie mientras se quitaba la camisa.
—Los dos no vamos a caber en esa bañera —dije; sabía que era exactamente lo que quería, aunque no esperaba sexo. Si había aprendido algo sobre Samkiel, es que le encantaba tocarme. Cada vez que tenía la oportunidad, me cogía de la mano, o juntaba la rodilla con la mía, o el pie con el pie. Sobre todo, le encantaba bañarse o ducharse conmigo. Samkiel quería hacerlo todo conmigo, y saberlo curaba una pequeña parte de mi frío, magullado y malherido corazón.
—Ya me conoces. —Me dio un golpecito en la nariz—. Haré que encaje.
No pude evitar que se me escapase una risita, aunque sabía que no lo había dicho a propósito.
—Por fin. Esa es mi Dianna. —Esbozó una sonrisa, orgulloso de hacer retroceder parte de la oscuridad que se cernía sobre mí. Levantó la mano otra vez, a la espera.
Solté el vestido y dejé que me guiase hasta la bañera. Pese a su confianza, no encajábamos bien, pero nos apañamos. Samkiel me envolvió con su enorme cuerpo y me sostuvo junto a él. Me susurró cosas al oído, tratando a toda costa de hacerme reír. La tensión y la angustia que me atenazaban se disolvieron.
Tras el baño, Samkiel cruzó el pasillo para informar a Orym de nuestro plan. Hablaron unos instantes mientras yo esperaba en el pequeño lecho, con la mirada en la ventana. Un graznido sonó en el viento, y un pájaro oscuro de tamaño mediano y alas de color medianoche voló como un rayo frente a la ventana. Entrecrucé las manos tras la cabeza mientras veía el brillo de plata del poder de Samkiel que ardía en el cielo nocturno, y decidí que tenía que decírselo. Ya no podía ocultárselo más; tenía que contarle lo que había dicho el oráculo. Era lo correcto, aunque se enfadase conmigo.
La puerta se abrió con un chirrido y Samkiel entró.
—Lo siento, he tardado más de lo previsto. De paso, he puesto al día a Roccurrem.
Asentí y apoyé la cabeza en las manos.
—¿Qué plan tenemos?
Samkiel cogió una manta de la silla y se metió en el otro lado de la cama, que crujió bajo su peso. Se acomodó y nos tapó a ambos con la manta; luego me abrazó y me atrajo hacia él. Una vez encajados juntos, me apoyó la barbilla en el cuello.
—Tenemos que esperar hasta que dé con el murrak. Ahora es lo más importante.
—¿Más que la chica con la espada? —dudé.
—Sí —confirmó—. El murrak es muy peligroso y tengo que asegurarme de que ya no esté en la ciudad.
Me volví entre sus brazos para encararlo.
—¿Qué es?
Me sostuvo la mirada.
—Hay príncipes en el Altermundo. Siete, en concreto. Cada uno de ellos lleva un tótem de su madre, Icnima. Las leyendas cuentan que ella parió monstruos. El murrak es una de esas siete antiguas bestias que aún perduran. Un regalo para su hijo, Umemri.
Me vino a la mente el recuerdo de aquel ser enorme, sus patas, y la forma de moverse. Hasta su piel parecía salida del Altermundo.
—Tiene una pinta asquerosa. Ya sabes que odio los bichos. ¿No podría haberle regalado algo más bonito?
Su sonrisa hizo que mi estúpido corazón se saltase un latido.
—Supongo que sí. Y es verdad que se parece a los insectos de tu mundo. Pero me temo que es mucho peor que cualquier cosa que haya en Onuna.
—Entonces ¿cuál es tu objetivo? ¿Capturarlo? Has dicho que le pertenece a uno de ellos.
—Sí, es lo que pretendo. —Suspiró hondo—. Preferiría no provocar también la ira del Altermundo. Ya tenemos bastante con una guerra.
—Qué difícil es ser un héroe —me burlé.
—Ni te imaginas.
Asentí. Otra pregunta pugnaba por escapárseme de los labios.
—¿Crees que soy malvada? —barboteé, sin saber a ciencia cierta a qué venía la pregunta o por qué se me había escapado. Lo había dicho el oráculo y se me había clavado en la mente. Me daba miedo mirarlo a los ojos, así que me concentré en mis manos, que descansaban sobre su pecho. No sabía cómo reaccionaría si veía en su mirada el menor atisbo de que él lo creyese así, siquiera un poquito. Pero, pensase o no pensase que yo era malvada, desde luego buena no era. No como él.
—¿Eso te dijo?
—Más o menos. —Me encogí de hombros—. No quiero ser como él me hizo, sino lo que Gabby y tú veis en mí.
Una mano dulce y callosa me alzó la barbilla para atraer mi mirada. Sus ojos no mostraban ninguna emoción oculta, ninguna duda, ninguna pregunta. Solo amor… Amor puro y sincero.
—Dianna, eres perfecta tal y como eres. No cambiaría nada de ti. Ni siquiera los colmillos.
—Supongo que me he obsesionado un poco. —Me incliné y le di un beso en los labios.
—¿Sabes lo que pienso? —dijo—. Creo que hay mucha gente, muchos seres, que te miran, ven tu poder, y lo temen. Están acostumbrados a los abusos de los poderosos, así que encontrarse contigo, o incluso oírte mencionar, los asusta. Pero eso no es culpa tuya, sino de ellos. Tú no eres malvada, y no lo has sido nunca. Mi mente, mi cuerpo y mi alma no albergan la más mínima duda.
Me ardían los ojos.
—Venga… ¿Ni siquiera un poquito de duda?
—He visto el mal cara a cara. Me he enfrentado a seres malignos, dioses, monstruos y bestias, más veces de las que me gustaría admitir. Pero al mirarte a ti, lo que veo es esperanza.
Eché la cabeza hacia atrás, sorprendida.
—¿Esperanza?
Asintió y me estrechó más entre sus brazos.
—Sí, esperanza. Porque sé que tienes el poder de cambiar mundos, y que lo harás por aquellos a quienes amas. El amor, Dianna, nunca debilita, sino que fortalece a quienquiera que lo experimente. Y a ti, que amas de modo tan intenso, tan absoluto, te hace casi invencible. Lo comprendí al ver la ferocidad con la que nos protegías a tu hermana y a mí. He visto tu corazón, lo he sostenido entre mis manos, y te digo que jamás he conocido a un ser maligno capaz de amar como tú amas. Así que no, no eres malvada.
Ni siquiera me di cuenta de que me había echado a llorar hasta que me secó una lágrima con el pulgar.
—Qué dulce.
—Nadie es perfecto. Así es la vida. Pero ¿malvada, tú? Ni en tus peores días.
Apoyé la frente sobre la suya. Nunca, en toda mi vida, me había sentido tan completa como cuando estaba con él. Tan viva. Nunca había… sentido, en realidad. Nuestros alientos se mezclaron, y su simple olor hizo que se me acelerase el corazón.
Se apartó y me observó, mientras me deslizaba la mano por la espalda.
—De todas formas —añadió—, es raro.
—¿El qué? —quise saber.
—Los oráculos no son precisamente discretos, pero tampoco suelen buscar el enfrentamiento.
—Quizá se le había ido la cabeza. Cualquiera sabe lo que le habían hecho. Y no olvidemos que se había arrancado los ojos ella misma. A ver, ¿cuántos seres antiguos hay por ahí que hablen con enigmas y acertijos?
—Demasiados —bromeó Samkiel.
—Siento haber matado a alguien antiguo y poderoso.
—No lo sientas. —Negó con la cabeza—. A juzgar por lo que me has contado, diría que ella sabía de tu carácter y que te provocó para que reaccionases como lo hiciste.
—¿Y por qué iba a hacer algo así?
Me clavó la mirada. La luz de la luna se derramaba en la habitación a oscuras y les daba a las sombras una apariencia casi sobrenatural.
—Por temor a Nismera. Tú le darías una muerte rápida. Nismera tiene a todo el dominio aterrorizado porque su crueldad no conoce límites. A veces, la muerte no es la peor opción, sino un descanso frente al sufrimiento.
Las palabras de Samkiel me revolvieron el estómago.
«Pregúntale qué arrebató a los mismísimos cielos».
Me pregunté si él habría sentido la paz de la muerte, aunque solo fuese un segundo. Cuando le supliqué a la muerte que lo robase del cielo y me lo devolviese, ¿lo sintió como algo traumático? ¿Me odiaría cuando supiese lo que había hecho? ¿Me abandonaría? En el fondo de mi corazón, sabía que no habría sido capaz de hacérselo a Gabby, por mucha felicidad, por mucho consuelo que hubiese representado traerla de vuelta. Jamás habría podido arrebatarle la paz que ansiaba con tanta desesperación. Aunque pudiese tenerla conmigo, no lo haría. Pero ¿por Samkiel? Sin dudarlo un instante. Calcinaría mundos, borraría imperios de la faz de la tierra y reduciría las estrellas a cenizas si fuese necesario.
El oráculo tenía razón. Era malvada.
Le deslicé el pulgar por la mejilla. En mi corazón ardía una verdad muy sencilla.
—Cuando se trata de ti, soy extremadamente egoísta.
Sonrió y me besó la palma de la mano.
—Conozco bien esa sensación.
Me acurruqué junto a él y escuché los latidos de su corazón, y por fin el sueño lo venció. Se durmió con una mano apoyada en mi espalda. Pero yo no dormí esa noche, solo miré el cielo, absorta en la ola plateada de su poder que fluía de punta a punta del cielo nocturno; y apenas me di cuenta de que el pájaro hecho de medianoche cruzaba de nuevo frente a la ventana.

Veruka terminó de trenzar el pelo de Imogen y suspiró.
—¿Cuánto tiempo la vas a retener? —preguntó, mientras acomodaba la coleta sobre la espalda de Imogen.
Me mordí el pulgar.
—No la retengo. La protejo.
—Eso no es lo que dicen los otros soldados. Creen que la has convertido en tu juguete sexual —dijo Veruka, con una mano en jarras y la cola que se agitaba detrás de ella.
Solté un bufido.
—Ambos sabemos que eso no me atrae.
Las mejillas de color malva se oscurecieron de deseo, pero el recuerdo de nuestros encuentros no me excitó. Ya nada me excitaba.
—Si no la estás usando, yo…
—No. —Me estiré y suspiré—. ¿No tienes que ayudar a descargar un envío?
Respondió con un gruñido contrariado, pero se marchó. Me acerqué a Imogen y volví a repasarle la cara. No tenía ni una mancha de sangre en las mejillas y el cabello estaba bien arreglado; pero me costaba mucho contenerme y no tocarla. Me maldije a mí mismo y aparté la mano.
—Siento todo el… —Separé las manos abiertas e imité el sonido de una explosión—. La verdad, creí que se rendirían. Los rebeldes son cada vez más atrevidos.
No me respondió. Miraba a algún lugar situado más allá de mí. Me pregunté si la habría asustado ver estallar las cabezas y saber que podía hacerlo sin mover siquiera un músculo. Me angustiaba la idea de que me temiese, pero ignoraba a qué se debía esa sensación.
—Sabes que jamás te haría daño, ¿verdad?
No hubo respuesta. Nunca la había.
Llamaron a la puerta. Me volví a tiempo de ver entrar a Kaden. No llevaba la armadura, solo una camisa holgada y unos pantalones oscuros a juego.
—Se te ve cómodo —señalé.
Se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos.
—Hoy no me toca estar con nuestra hermana. ¿Y tú, qué tal?
—Acabo de volver. — Sonreí. Kaden miró de reojo a sus espaldas y luego levantó las manos. La puerta se cerró con un chasquido. Su mirada voló hacia Imogen—. No puede repetir nada de lo que hablemos, ¿recuerdas? Les has lavado el cerebro a todos.
Me observó mientras me acercaba a la cómoda. Me llevé la mano a la hebilla del hombro y la solté. El peto de la armadura cayó al suelo.
—Parece que te moleste la idea. ¿Te estás acostumbrando a la celestial, hermano?
Rebusqué una camisa.
—¿Por qué está todo el mundo empeñado en creer que me follo a alguien que no lo va a disfrutar?
—No me refería a eso. —Kaden resopló—. Pero he notado que pareces haberle cogido apego.
—Convertí a los que querían tocarla sin su permiso en una sopa peor que la que Frigg cree que le queda tan buena.
Kaden soltó una risotada y sentó en mi cama.
—Justo lo que decía. Apego.
No traté de rebatirlo. No sabía por qué, pero, desde el momento en que mis ojos se posaron en Imogen, no podía pensar en nada más. Empezaba a convertirse en un problema. Incluso por la noche, cuando cerraba los ojos, solo soñaba con ella. Decir que le había cogido apego era quedarse corto.
Había buscado un modo de revertir lo que le había hecho mi hermano y liberarla. Tenía que haber alguna forma. Cada vez que Mera me enviaba a alguna misión, me llevaba a Imogen, y si encontraba un chamán o un sanador, la llevaba a verlo. Todos decían que no había cura. A menudo eso me ponía de mal humor, y terminaban perdiendo la cabeza. Pero al menos lo intentaba.
—¿Para eso has venido? ¿Para darme una charla? —le pregunté, de brazos cruzados.
Negó con la cabeza.
—No, no he venido a eso.
—¿Algo va mal?
—¿Te acuerdas de cuando éramos jóvenes? ¿Que hicimos un pacto de no revelarle a nadie lo que sabíamos cada uno del otro y de sus poderes?
—Sí. ¿De eso se trata? ¿Es por la bruja de Nismera? Ya sabes que no te juzgo. Si dices que amas a Dianna, te creo. Pero sé mejor que nadie que a veces, y más en este mundo, hay que soltar un poco de presión.
Kaden se puso de pie con una sonrisa forzada y juntó las manos a la espalda. Hacía tanto que no pasaba tiempo con él que había olvidado el inmenso poder contenido bajo su piel.
—No se trata de ella, sino de ti.
Me crucé de brazos, confuso.
—¿De mí? ¿Por qué?
—¿Por qué tiene tu sangre Nismera?
—¿Mi sangre? —Fruncí las cejas. Luego me acordé—. Ah, sí, me la pidió y se la di. No me cuestioné para qué la quería, la verdad.
Kaden ladeó la cabeza y me contempló mientras me dirigía al baño.
—¿Ni siquiera un poquito?
—¿Por qué? —Me encogí de hombros—. Es Mera. La única que se preocupó de nosotros cuando Unir nos encerró. La única que nos rescató, que pensó en nosotros cuando el mundo se había olvidado. Si me pidiera el hígado, se lo daría, sin hacer preguntas. ¿Tú no? —Una sombra enturbió los ojos de Kaden, que apartó la vista. Lo agarré del hombro—. También lo haría por ti. Todavía eres mi hermano favorito.
La sonrisa de Kaden fue contenida, sin alegría.
—Y tú el mío.
—¿A qué vienen estas preguntas? Y ya puestos, ¿cómo te has enterado?
Kaden dio un paso atrás.
—Deberías arreglarte. Nismera está muy contenta porque ha conseguido unas cuantas reliquias y criaturas del Altermundo, aunque no el murrak. Creo que quiere organizar una cena esta noche.
—¿Te encuentras bien?
Kaden se volvió y se dirigió a la puerta sin responderme.
—Eh —insistí. Se detuvo con la mano a pocos centímetros del pomo—. Lo eres todo para mí, Kaden. Nunca te rendiste ni me abandonaste, ni siquiera cuando te quedaste atrapado tras los dominios. Nismera me contó que hablaba contigo a menudo, aunque yo no pudiera, y que estabas desesperado por volver conmigo. Siempre me has cuidado y me has protegido, y te amo. Pero estamos hablando de Mera, Kaden, no de un monstruo.
Me miró de reojo, con otra sonrisa forzada, y abandonó la sala. La puerta se cerró tras él con un chasquido.

Nuestros zapatos chirriaron mientras subíamos los pequeños escalones de la fonda. Orym, Samkiel y yo estábamos cubiertos de lodo de los pies a la cabeza. Nos detuvimos antes de entrar y Samkiel sacudió la espada para quitarle el barro apelmazado antes de devolverla al anillo. Orym plegó sus dagas y las devolvió a sus fundas.
—Ha sido genial. No volváis a contar conmigo —dije, al tiempo que me estrujaba el pelo para escurrirlo de agua.
—Perdona —se disculpó Samkiel. Se rascó la nuca y salió tierra en todas direcciones—. Los murraks suelen habitar en el subsuelo. Pensé que, si aún seguía por los alrededores, igual había buscado refugio ahí.
—Pues parece que no —respondió Orym con un encogimiento de hombros—. Hemos comprobado hasta la última caverna. Me atrevería a asegurar que se ha ido con Nismera.
—Lo que no deja de ser motivo de preocupación —recalqué.
Samkiel, con los brazos en jarras, se mostró de acuerdo.
—Si tiene al murrak, me da miedo pensar para qué podría usarlo.
—Tenemos que decírselo a Roccurrem. Sé que sigue en contacto con Savees. Quizá a él le haya llegado algún rumor.
—Buena idea.
—Y yo le preguntaré a Veruka —añadió Orym—. A ver si ha llegado allí.
—De acuerdo. —Suspiré—. Entonces ¿volvemos?
—No —cortó Samkiel, y tanto Orym como yo nos volvimos a mirarlo—. Orym, vuelve con Roccurrem y ponlo al día. Tengo que enseñarle algo a Dianna.
Orym puso los ojos en blanco y se le escapó un bufido, pero asintió.
—Si me entero de algo, os lo contaré. Y me aseguraré de llamar a la puerta y que se me oiga bien.
Samkiel lo miró con fastidio y levantó la mano. Se abrió un portal que conectaba con la biblioteca donde solía permanecer Reggie. Orym lo cruzó después de despedirse con la mano. Nos quedamos solos.
Le dirigí una sonrisa cálida y suave, todo lo contrario de cómo me sentía la noche anterior.
—¿Qué quieres enseñarme?
Samkiel ladeó la cabeza de forma casi imperceptible.
—Es una sorpresa.

—Una flor para mi dama. —Samkiel sostenía por el tallo una hermosa flor blanca con el centro amarillo brillante. Sonreí a la vendedora, una señora que nos miró con benevolencia. Cuando llegamos estaba sola; no había ni un solo cliente. Samkiel compró todas las flores y gritó para que se acercase la gente. Pronto se formó un pequeño corro, y se las fueron llevando una tras otra. Permanecí en silencio mientras él le daba tantas monedas que casi se echó a llorar.
Fingí un jadeo de sorpresa.
—Muchas gracias por su amabilidad, caballero. —Me aparté un mechón de cabello—. ¿Cómo podría pagársela?
La sonrisa de Samkiel era pura alegría.
—Estoy seguro de que algo se le ocurrirá. —Se me acercó y me puso el tallo tras la oreja, de modo que la flor descansaba sobre un lado de mi cara—. Apresurémonos, no quiero que te lo pierdas.
Asentí mientras me cogía de la mano. Caminamos por la estrecha carretera de piedra a las afueras de la ciudad, Samkiel con una sonrisa presumida en los labios. Lo pillé varias veces mirándome de reojo; se le iba la mirada al vestido con mangas sin hombros y a la falda amplia que terminaba por encima de las rodillas. Lo que ardía en sus ojos no era lujuria, sino puro asombro. Por una vez, yo no vestía de negro o de rojo, sino de un blanco suave.
—Ni en mis sueños más locos habría imaginado que te vería con un vestido así. —Al decirlo, su mirada me recorrió de nuevo de arriba abajo.
Sonreí, divertida, mientras caminaba a su lado.
—Es para que no te confíes. No quiero que seas capaz de predecir mis movimientos, ¿sabes?
Su risa era contagiosa.
—Así eres tú.
Seguimos paseando cogidos de la mano en dirección a la parte baja de la ciudad. Era una muestra de afecto a la que aún no me había acostumbrado. De las ramas de los árboles colgaban luces, señalando un camino que se alejaba de los edificios y llevaba hacia el origen de las risas que se oían en el aire. Era como si, tras lo que había pasado en la subasta y todo el caos subsiguiente, la ciudad quisiera pasar página y divertirse un poco.
—Además, dijiste que me pusiera algo mono para esta noche, y no me he podido resistir.
Me estrechó la mano.
—No me estoy quejando en absoluto. Es solo que me has pillado por sorpresa, akrai.
Al acercarnos a un pequeño muelle, Samkiel me soltó la mano y me puso la suya en la espalda. Nos unimos a una cola de gente que esperaba, detrás de varias parejas. Junto a un barril alto había un tipo delgado que iba entregando algo que parecían unos palos finos. A medida que se los daban, la gente se dirigía al final del muelle. Llegaban botes largos y delgados, uno tras otro, y en cuanto una pareja desembarcaba, alguna de las que esperaban ocupaba su lugar. No me perdía detalle del trasiego, cada vez más excitada.
Llegamos hasta el hombre que entregaba los palos, que habló con Samkiel en una lengua que no había oído jamás. Intercambiaron sonrisas y dinero y Samkiel recibió dos palos. Me pasó uno.
—¿Qué es esto? —quise saber.
—Ya lo verás.
—Qué misterioso —bromeé. Me empujó con la mano en la espalda para urgirme a que avanzase. Un bote se detuvo junto al muelle y un hombre ayudó a una pareja a desembarcar. Pasaron junto a nosotros, enfrascados en sus risitas y sus sonrisas cómplices.
Otro hombre sujetó el bote y habló con Samkiel. Asintió y nos obsequió con una sonrisa luminosa; luego se fue. Samkiel se metió en el bote que se balanceaba y abrió las piernas para equilibrarse; después me tendió la mano. Se la cogí sin dudarlo, y me ayudó a subir a bordo. El bote se sacudía. Se me escapó una risita y enseguida me senté en un pequeño banco de madera, con el vestido plegado debajo de mí.
Samkiel nos apartó del muelle de un empujón y se sentó para coger los remos. Luego nos guio hacia aguas más profundas; los músculos poderosos del pecho y de los brazos se hinchaban bajo la camisa. Eché la cabeza hacia atrás y disfruté de la brisa fría sobre la piel. Las ramas de los árboles colgaban como tirabuzones que rozaban la superficie del agua. Entre las hierbas altas de las orillas se movían unos pequeños insectos luminosos. Por fin salimos a un espacio más abierto, ocupado por varias barcas dispuestas cada pocos metros. Samkiel nos llevó hasta un punto despejado y allí nos detuvimos.
Vi que una chica levantaba el palo y tocaba con él el de su acompañante. Ambos empezaron a chisporrotear y a brillar, consumiéndose desde la punta. Otras parejas hicieron lo mismo y todo el lago se iluminó. Me volví a mirar a Samkiel, que me esperaba. Siempre me esperaba.
Levanté mi palo y entrechocamos los extremos. Una lluvia de chispas revoloteó entre ambos y un brillo dorado nos iluminó los rostros.
—Dijiste que, entre tanto caos, te gustaría tener una cita, así que pensé que esto estaría bien. —Sonrió—. Ahí, mira.
Se inclinó a mirar por un lado del bote, mientras sostenía la bengala sobre el agua. Me acerqué más a él y apoyé mi palo contra la borda, dejando que se meciese junto al suyo.
—¿Qué estamos buscando?
—Qué impaciente. —Sonrió—. Espera.
Eso hice. El agua era de un azul claro y brillante, e incluso en la oscuridad se podía ver el fondo. Entonces vi que algo se movía entre las gruesas rocas ovaladas. Sostuve la bengala más cerca del agua, para tratar de ver mejor. No eran muy grandes, más o menos como mi pie, y eran casi translúcidos. Un par de ellos ascendieron desde el fondo y nadaron cerca de la superficie. Por lo que pude ver, no tenían ojos, solo unas hermosas escamas de colores crema y rosa. Las colas diáfanas trazaban surcos sinuosos tras ellos a medida que se entrecruzaban con sus compañeros. Seguían la luz. Samkiel me enseñó cómo dirigirlos. Sonreí y seguí sus instrucciones; la danza de aquellos pequeños seres acuáticos me tenía hipnotizada.
—Se llaman crestalunas, y son muy escasos. Solo habitan dos planetas en todo el universo. Se emparejan de por vida.
Me miró de reojo y yo sonreí.
—Terrible decisión, la verdad.
Samkiel sacudió la cabeza, divertido.
—Son nocturnos. Normalmente, la luz de la luna los guía mientras acuden a la superficie para bailar y alimentarse toda la noche.
—Son muy hermosos.
—Sin duda. El problema es que ahora la luna solo se ve una vez al mes. Una explosión cósmica no demasiado lejos de aquí ha alterado su órbita, así que los nativos han encontrado una forma nueva de salvar a estos animales. Las luces que llevamos atraen a los pequeños insectos de los que se alimentan —explicó Samkiel, sin dejar de mover la bengala poco a poco a un lado y a otro—. Pero como son una gente muy emprendedora, han aprovechado el esfuerzo de conservación y lo han convertido en una atracción, y de paso en el sitio de moda para tener una cita.
—Muy listos.
—Y tanto —rio.
Me incliné otra vez sobre la borda para contemplar a los crestalunas que giraban y bailaban unos alrededor de los otros.
—¿Quieres que te cuente un secreto? —siguió.
Lo miré, con la bengala colgada de la mano.
—¿Tuyo? Claro.
—La idea de traerte aquí me ponía nervioso.
—¿Qué? ¿Por qué?
Tragó saliva; el movimiento de la nuez delató los nervios que sentía.
—Sé que te resultará difícil de creer, pero en toda mi larga existencia, jamás había planeado una cita.
Me eché hacia atrás y me llevé la mano al pecho con un jadeo teatral.
—¡No me digas!
—Ja, ja. Me troncho. —Puso los ojos en blanco—. Hablo en serio. Esperaba que no lo odiases, ni que te pareciese una estupidez. En casos así le habría pedido consejo a Logan, y él me habría dicho si lo estaba haciendo bien o no. Tiene mucha más experiencia que yo en asuntos de citas.
Me incliné sobre el costado del bote y lo observé. Creo que ni siquiera fue consciente del gesto de angustia que le cruzó el rostro al mencionar a su amigo. Me acerqué a él y le golpeé el hombro con el mío.
—Creo que has acertado de pleno —susurré—. La mejor cita de la historia, de verdad.
—Hummm… —Soltó una risita—. No hace falta que te burles de mí.
—Aunque tengo que admitir que la idea de que tú, el gran y poderoso Destructor de Mundos, el favorito de todas…
—Vale, vale. —Me dio un codazo—. Lo pillo. Supongo que nunca me hizo falta, y tampoco hubo nadie con quien quisiera pasar el tiempo de esta forma.
—Es un honor ser tu primera cita.
—En realidad, la primera cita fue en el festival.
Las bengalas se mecían entre nosotros y los peces seguían bailando, pero en ese momento estábamos más centrados en la conversación.
—El festival no fue una cita —bufé. Un crestaluna atrapó un insecto en la superficie y se dirigió a su pareja para compartir la captura.
—¿No? —Se volvió a mirarme, asombrado.
—No. —Solté una risita y lo miré de soslayo—. Fue una distracción divertida mientras esperábamos alguna pista. Además, por aquel entonces yo ni siquiera te caía bien.
Torció los labios en una mueca y enarcó una ceja.
—Ah, ¿no?
—No —lo pinché, burlona—. Como mucho, me aguantabas a duras penas.
—Eso no es cierto.
—A ver, a ver… —Ladeé la cabeza y lo miré para animarlo a explicarse.
—Ya entonces sentía algo, pero ignoraba por completo de qué se trataba. Creo que en aquel momento despertaste algo dentro de mí, y desde entonces no he vuelto a ser el mismo. —Lo dijo con un encogimiento de hombros, como si él no hubiese vuelto mi mundo del revés—. Aquella noche, además, conté a cada persona que te puso la vista encima.
Me reí a carcajadas.
—¡No me lo creo! ¿En serio?
Asintió.
—Y sigo haciéndolo. En su momento les eché la culpa a mis sentidos superiores y a la necesidad de protegerte. Pero fue el resultado de mis sentimientos hacia ti. Y diría que la cosa sigue igual, si no ha ido a peor.
—A peor, sin la menor duda. —Le besé la mejilla—. Pero a mí me pareces perfecto.
—Lo sé —dijo con una sonrisa presumida.
Le di un manotazo en el hombro con la mano libre y se echó a reír. Una nube de chispas cayó sobre el agua; los peces nadaron un poco más rápido y luego volvieron a lo suyo.
—De modo que sí, fue nuestra primera cita. La cuento porque fue la primera vez que me divertí. Crecí en Rashearim sin nada de diversión, pero luego te conocí y… Bueno, tú eres muy divertida.
La palabra vino acompañada de un destello en su mirada, como si fuese algo que hubiera buscado toda su vida.
Le devolví la sonrisa.
—Me alegro de poder entretenerte, mi rey.
Chasqueó los dientes y cerró los ojos un momento, antes de responderme con una mueca.
—No hagas eso. No entra en mis planes que la cita termine tan pronto.
Se me escapó una risotada que llamó la atención de varias parejas. Me tapé la boca a toda prisa.
—Vale, de acuerdo, aquella fue nuestra primera cita —acepté—. Y patinar sobre el hielo fue la segunda.
—Ah, sí. Esa es mi favorita, sin duda.
Enarqué una ceja.
—¿Por todas las veces que te caíste de culo en el hielo?
—Desde luego. —La mirada ardiente que me lanzó me dejó muy claro que se refería a lo que pasó después del patinaje.
Las chispas ardían con más fuerza entre nosotros. La luz iluminaba la piel tostada de Samkiel y su sonrisa deslumbrante y arrojaba sombras sobre los planos de sus brazos y hombros. Me tenía totalmente embelesada. Contra todo pronóstico, y pese a lo mucho que el universo me había quitado, aquí estaba él, y me quería. Me había apartado más de una vez del angustioso filo de la desesperación, y aquí estaba otra vez, ofreciéndome de nuevo un momento de paz. Y, por los dioses, me volvía a tener rendida a sus pies.
Incapaz de poner en palabras tal torrente de sentimientos, solo pude decir:
—Me das los mejores recuerdos.
—Estupendo —dijo con una sonrisa; y se inclinó para besarme en los labios.
Me besó de nuevo, un beso lento, perezoso y perfecto, mientras las chispas entre nosotros se apagaban. Me podría emborrachar con la variedad de sus besos. No los había memorizado todos, pero esperaba tener una eternidad para intentarlo. Le acaricié la cara y luego deslicé los dedos por el pelo corto de la nuca. El lago se fue oscureciendo a medida que las bengalas se apagaban una a una. Me puso la mano en la espalda y su beso se volvió más profundo. El movimiento sacudió nuestra barca.
Ninguna fuerza, en este mundo o en cualquier otro, podría separarnos. En aquel momento lo tuve más claro que nunca.
Solo cuando se hizo el silencio sobre el lago, y sobre el bosque, no oímos los gritos.

Para cuando logramos llegar al muelle, el cielo brillaba con un intenso color anaranjado. Samkiel saltó primero y luego se agachó para sacarme de la barca. Corrimos hacia la ciudad. Las llamas chisporroteaban y saltaban de una taberna a otra, las calles repletas de gente.
—¿Nismera? —aventuré.
Samkiel negó con la cabeza, con expresión sombría.
—No, los gritos hablan de monstruos.
Las astillas de madera saltaban por los aires. Avanzamos a toda prisa mientras la gente huía en dirección opuesta a nosotros. Un edificio se derrumbó, luego otro un poco más lejos. Una bestia enorme los atravesaba a la carga como si fuesen de papel.
—¿Cuántos monstruos hay? —pregunté. Un chirrido desagradable y familiar resonó en el aire, y comprendí que no había más que uno. Un bicho gigante, asqueroso, que se arrastraba. El murrak.
Samkiel se deslizó los anillos en los dedos. Los ojos le ardían en color plata. La armadura le fluyó sobre la piel y lo cubrió de pies a cabeza.
—Sami. —Le toqué el brazo—. ¿Y si ella se presenta?
Ni siquiera me miró.
—Se dirige hacia la parte baja de la ciudad, donde vive la gente. Familias que duermen.
—Niños —terminé por él.
—Ayúdame a cortarle el paso hacia allí. Tengo que salvar a tantos como pueda. Dame unos minutos de ventaja; pero, hagas lo que hagas, no te enfrentes a él. —La parte inferior del yelmo se retiró y dejó al descubierto los labios y la mandíbula. Me sujetó la cabeza y me acercó a él para darme un beso apasionado—. Ten cuidado.
Me lamí los labios y asentí. Samkiel se marchó a la carrera, y yo me transformé y salté hacia el cielo.

Volé en círculos, batiendo las alas con golpes poderosos, mientras las llamas escapaban de mis fauces. Desde mi posición elevada distinguía con claridad el camino que había seguido el murrak a la caza de comida. Había destruido la zona comercial de la ciudad. Gracias a los dioses, a esas horas de la noche la mayoría de la gente prefería estar en casa.
Escupí una bola de fuego para cortarle el paso hacia la zona de la ciudad donde se afanaba Samkiel. Miré de reojo su figura, pequeña y plateada. Iba de puerta en puerta, para sacar a la gente de sus hogares y llevársela a la seguridad del bosque.
Volé más bajo y tracé otra línea calcinada a través de la ciudad para tratar de contener al murrak. Un chillido, estruendoso y acusador, retumbó en el aire. La bestia había comprendido las intenciones de Samkiel. Redobló sus esfuerzos para llegar hasta él, pero una y otra vez se topaba con mis llamas. Se alzó sobre sus patas y retó al cielo con un rugido atronador.
Muy bien, Dianna. Bienvenida a la lista de enemigos del bicho.
Atravesé el humo que se elevaba hacia el cielo para escudriñar el terreno, pero no vi a la bestia. Viré para dar otra pasada. Mierda, ¿lo había perdido? Un chapoteo me llamó la atención y volé hacia la fuente del ruido. Abrí los ojos de sorpresa al ver que el murrak surcaba las aguas que bordeaban la población. Joder. Se había metido en el agua para evitar mis llamas. Giré y plegué las alas para abalanzarme hacia el suelo. Cambié de forma y aterricé en cuclillas. Había mucho humo, que el viento arremolinaba a lo largo de la orilla.
El murrak llegó al pueblo y los gritos resonaron en la noche. Eché a correr. Las piedras crujían bajo mis zapatos. El murrak se dirigió a los hogares que Samkiel no había desalojado aún. Mientras la gente corría, agarró a una mujer y la sostuvo frente a su cabeza, con las mandíbulas abiertas. La mujer gritó y se quedó rígida; un doble claro y transparente de ella abandonó el cuerpo y cayó en las fauces de la bestia.
El murrak se alimentó y arrojó a un lado el cuerpo, que rodó y se quedó inmóvil, con la mirada ciega y la piel cenicienta. Oh, dioses. No comía carne, sino almas.
—Venga, tenemos que irnos. —Se lo oí decir a Samkiel, y el murrak también lo oyó. Alzó las antenas y se volvió hacia él.
Samkiel estaba agachado, ignorante por completo de la bestia que lo observaba mientras sacaba a una familia de debajo de los cascotes. Si el murrak era capaz de sonreír, seguro que al mirar a Samkiel lo hizo. Los cientos de patas se pusieron en marcha y lo llevaron hacia él a la carrera. Solo tenía un segundo para decidir qué hacer, un segundo para salvar a la única persona sin la que no podría vivir, así que reaccioné.
Eché a correr tan rápido como pude, con los músculos doloridos por el esfuerzo. La familia a la que ayudaba Samkiel salió huyendo, y él levantó la vista. Me vio primero a mí, y luego miró a un lado y vio el murrak que cargaba contra él. Las palmas de mis manos lo golpearon en el pecho y lo lanzaron volando contra la pared de la casa de al lado; y el murrak me atrapó.