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LO DE LA VIDA DE DELIA AGÓS |
Empezando por lo importante, esto es lo que tienes que saber sobre Delia Agós: el otoño en el que iba a cumplir treinta años amaneció con el cadáver de alguien en el rellano de su piso. Nadie quiere verse nunca en una situación así. Quiero decir, a punto de cumplir los treinta.
Para los treinta, siempre pensó Delia, hay que tenerlo ya todo bien organizado, porque, si no, luego llega el suplicio de los treintaitrés y bien te puede pasar la que le pasó a Jesucristo. Justo cuando la vida te ha obligado a atravesar el desagradabilísimo trámite de la veintena, se te termina el abono joven, desarrollas una tortícolis y llegas al purgatorio emocional: los treinta son una evaluación de todo lo que hemos hecho que determina, para siempre, nuestro nivel de lamentabilidad. Tienes que haber conseguido para entonces, así, enumerando a bote pronto: una pareja a largo plazo; un trabajo estable, en el que te exploten, pero establemente; un coche o, al menos, un patinete eléctrico, y los ahorros para la entrada de la hipoteca del piso más cochambroso del mundo. Delia Agós estaba a punto de tenerlo todo en febrero de ese año (el año en el que amaneció con el cadáver de alguien en el rellano) cuando, una noche, Elba se acabó su táper de lentejas con chorizo y declaró, mirándola directamente a los ojos:
—Creo que tenemos que dejarlo.
Delia se atragantó. Lo tosió todo, en la cocina del zulo de Madrid en el que vivían, que era un microclima con olor a embutido.
—¿Cómo? —jadeó—. ¿Qué? ¿Dejarlo el qué? ¿El chorizo picante?
—Delia, que no puedo.
—¿Con el chorizo picante?
—No puedo hacer esto, esto no… Es una mala idea. Lo de la hipoteca y lo de todo, y luego vamos a liarnos a abogados y pienso… Nos vamos a arrepentir. Lo he estado pensando bien, Delia. Creo que… —Elba tomó aire y se frotó las manos, y de repente, un martes a las once, tras cuatro años ininterrumpidos de relación, decidió—: Creo que mejor vamos a empezar a dejarlo.
Fue el día que habían ido a ultimar la hipoteca del dúplex que estaban a punto de comprarse. Había sido un delirio de papeleo de meses, una justa medieval entre Delia y Maricarmen, la gestora del banco, y, por primera vez en la vida, ante la perspectiva de una birria de dúplex, Delia sentía que las cosas, muy en contra de su naturaleza, iban encontrando su sitio. Elba y ella lo habían sobrevivido todo juntas, por empeño y no por fe, desde mitad de los veinticinco: los estudios sin ventanas de Madrid capital, las primeras prácticas universitarias ilegales, un calor sin ventiladores y un frío sin radiador, tres obras en plaza de España, y luego terminó como si nada sobre un táper de lentejas con chorizo.
—Pero ¿¡qué me estás contando!? ¿¡Tú te has vuelto loca, estamos de pronto todos locos!? ¡Que hemos ido…!
—Vamos a calmarnos…
—¡Que está todo firmado ya, Elba! ¡Dijiste que sí en el banco! ¡Estabas «que sí» desde Idealista! ¡Que he vendido óvulos por esto, he traficado bragas por internet para la entrada de este piso! —Delia se señaló el pecho—. Han testeado en mí metanfetaminas.
—Ya lo sé… —dijo Elba, poco a poco—, y lo siento.
—Dios, no me hagas esto… —Delia se puso en pie y se cubrió la cara—. No me lo hagas, Elba, Elba…
—Sé que tú has tirado de todo, incluso de nosotras, mucho tiempo. ¡Escucha! Y me he parado a pensar en que es injusto. No te he cuidado y he tardado mucho en darme cuenta, pero creo que ahora lo mejor es… Que es lo mejor que, para nosotras, ahora… Espera. —Elba se sacó de un bolsillo un papelito plegado ochenta veces y empezó a leer—: Creo que lo mejor para nosotras ahora es…
—¿En serio? —Delia, incrédula, se lo arrebató—. ¿En un tique de la compra del Carrefour?
—Es del Alcampo…
—¿¡«Creo que lo mejor para nosotras es que yo me quede la tele»!?
—No, pero lee abajo, que tú te quedas la Thermomix…
—¿Esta es otra de las tuyas, Elba? —la cortó Delia—. Cuando te da un síncope y te vas al pueblo con la abuela Concha y luego vuelves para que te haga la declaración de la renta. ¿Qué es…? —Abrió los brazos—. ¿¡Qué coño está pasando!? ¿Es por otra? ¿Es eso? No estás enamorada de mí.
—¡No! O sea, sí… O sea, vamos a ver, tú no estás enamorada de mí, Delia. —Elba se pasó una mano por el pelo, organizando un discurso—. Delia, ya no nos vemos con el curro. Y sin el curro también; bueno, ya no nos vemos. Tú duermes en el sofá todos los días, nos evitamos en las comidas, cada una pone su lavadora de blanco. La última vez que follamos fue en verano del año pasado y solo porque se nos subió el mojito, y fue en el vestuario de un Aquopolis y luego me dio una infección de orina… —Reculó—. Todo esto estaba mejor dicho en el tique.
Delia la miró con los ojos como sujetos con pinzas.
—Me estás vacilando —susurró—. Estamos a punto de comprarnos un dúplex, Elba.
—Por eso.
—Hemos pasado una época, vale, y duermo en el sofá porque es de viscolátex…
—Delia —la interrumpió—, ¿hace cuánto que no nos besamos?
Se hizo un silencio en la cocina en el que solo se oyó la nevera congelando un filete.
—Nos besamos… Pues continuamente.
—¿Hace cuánto que no nos besamos?
—Pues a ver… ¿Besarnos cómo? ¿Con lengua? ¡Hoy! —decidió—. Hoy nos hemos besado. Esta mañana nos hemos besado y todo.
—Esta mañana, Delia —dijo Elba—, te has chocado con mi cara saliendo del baño. Te has roto la nariz contra mi cara, no nos hemos besado y llevas sangrando toda esta conversación.
Solo en ese momento, Delia Agós se irguió en su sitio. Agarró una servilleta y se taponó el chorro de sangre que estaba goteando hasta las baldosas, y fue a coger la fregona, y las zapatillas se le resbalaron en el charco, y tuvo que agarrarse a una de las puertas del mueble, y se le cayó la sandwichera encima.
—La gente que se compra un piso —aclaró luego, de camino a urgencias—, tampoco es que haga falta que esté enamorada.
Y así fue como se acabó.
Al día siguiente, cuando Delia volvió del trabajo con la nariz enfundada en una férula, Elba ya se había ido del zulo y se había llevado la tele.
Todo lo demás lo hizo muy en su línea a partir de entonces, justo como cabía esperar de alguien como Elba. Al fin y al cabo, Elba Garrido había llegado a llamar a Movistar diciendo que se había muerto con tal de no tener que justificar por qué quería cambiar de compañía. Se mudó del piso de una forma tan paulatina, con desapariciones imperceptibles de imanes y especias y botes de champús, que una podría haber pensado que su ropa en el armario estaba trascendiendo de dimensión. Se colaba cuando Delia se encontraba en el trabajo y se llevaba solo tres cosas cada vez, ni una menos, ni una más. Fue cancelando los contratos sin avisarla y, cuando cortaron la luz, la ruptura ya se convirtió en una sucesión de eventos paranormales.
Incluso con esto, claro que Elba tenía razón: llevaban años sin estar enamoradas.
Tampoco es que nunca se hubiesen enamorado mucho mucho; lo justito para ir tirando. La tragedia, como a veces pasa, fue más la pérdida aterradora de una seguridad y un aburrimiento construido meticulosamente durante años, y entonces un día ocurrió: llegó la mañana en la que Elba se llevó la última de sus pertenencias, que era el bendito sofá de viscolátex, y de pronto Delia miró a su alrededor y el zulo estaba para siempre medio vacío.
Ella iba a cumplir treinta años y no tenía nada.
—Pues, hija, no es buena edad para que te dejen —fue lo que dijo su madre—. Con los Tinder, que ahora te estafan y lo he leído, ya no se puede quedar porque te roban por bluetooth. ¿Tú te acuerdas de mi tía Remedios, que murió a los treinta soltera en su casa, y que nadie la encontró durante dos meses porque era una desgraciada?
Delia, tumbada en la camilla de la Clínica Matas, miró el techo blanco y reunió en los pulmones la paciencia más optimizada del mundo.
—Elba no me ha dejado, mamá —dijo—. Ha sido mutuo, de mutuo acuerdo.
—Bueno, que tampoco eso iba a ningún lado, pues muy bien. No sufras, nena; que tampoco la conocías.
—Llevábamos saliendo cuatro años.
La doctora Mercedes Matas era, muy por encima de la madre de Delia, una ginecóloga hipocondriaca, sin filtro ninguno, chutada permanentemente con menta poleo, que cultivaba una obsesión práctica, podríamos decir, por las vaginas propias y las ajenas. Ese año estaba atravesando su crisis personal de los sesenta, así que ni retenía información ni se callaba. Entre semana, la única manera de reunirse con ella era sentarse en su camilla y someterse a una revisión concienzuda de los órganos y sus milagros; la otra opción para Delia hubiese sido contárselo por teléfono, que era aún peor, porque activaba el altavoz con la mejilla y se hubiesen enterado hasta las menopáusicas de la sala de espera.
—Ahora te puedes centrar en ti, nena, en tu proyecto de vida —atajó—, que es lo que importa. ¿Ya te estás poniendo con ello? ¿Estás conociendo a alguien? ¿Conoces el peligro de los embarazos a partir de los treinta y cinco?
—Mamá, esto me viene fatal, ¿sabes? Que me presiones ahora, y yo no he venido a esto. —Delia cerró los ojos cuando su madre sacó el espéculo y le dijo: «Sepárame más las piernas»—. ¿Nos podemos tomar un café, por favor, y hablar las cosas como dos personas normales?
—Nada de estresores. En tus circunstancias, Delia, cuando nos quedamos resecas, es cuando nos ocurren los desastres. —Una enfermera entró por la puerta en ese momento y Delia se quiso morir—. ¿Has hablado con Judith? Habla con Judith. Tu hermana Judith me ha dicho que tiene esta amiga que da cursos donde te orientan cuando sales de la carrera.
—¡Soy analista de datos, mamá! —replicó, también para que se enterase un poco la enfermera—. ¡Trabajo en una multinacional y terminé la carrera a los veintidós!
—Relájate o te va a doler el cacharrito.
—Dios mío… —Suspiró—. Mira, estoy pasando por un muy mal momento.
—Lo puedo ver. Lo leo en tu flora.
—Estoy superando esto, y ubicándome de nuevo, y no necesito cursos ni que me vigiléis ninguna. Lo tengo todo bajo control, ¿vale? Para ya de monitorizar mi flora.
—Judith me ha contado que te echan del piso.
—¡Lo tengo todo bajo control!
Cuando Mercedes dejó el instrumental en la bandeja y se cambió de nuevo el par de guantes, le otorgó por fin a su hija el mejor de sus consuelos: una palmadita en la rodilla.
—Cariño, tú sabes que yo me preocupo porque lo tengo que hacer. Venga, escúchame: el tiempo no perdona —dijo—. La vida uterina, Delia, es muy corta. La vida es muy corta; lo que yo no quiero es que se te gaste. Hay que darse cuenta, cuando llegan ciertos momentos, de dónde estamos y lo que nos queda, y lo siento por lo de Elba, porque me hubiese gustado conocerla. —La había conocido, múltiples veces. La madre de Delia le apartó un mechón de la frente y sonrió—. Esto tómatelo como una carrerilla, un aviso. Ay… Tú eres mi patito feo, Delia. A los treinta, nena, que no se te olvide, y te están ya esperando a la vuelta de la esquina, es cuando nos empiezan a perseguir los desastres vaginales.
Veintinueve años atrás, en la época en la que estaba terminando la residencia de Medicina, Mercedes Matas, recién casada con el desaborido de don Carmelo Agós, se quedó embarazada de pronto de una niña y recibió lo que ella siempre describiría como una llamada uterina supraterrenal.
A partir de ahí, se convirtió a la religión protestante del suelo pélvico y empezó la especialidad como ginecóloga. Su embarazo, en el que no sintió náuseas, ni dolores, ni antojos, y echó una tripa que cualquiera hubiera dicho que era de gases, fue un embarazo perfecto, del libro de embarazos imposibles, solo manchado por un hematoma que apareció en la ecografía del primer trimestre y que, aunque no se fue, se comprobó como benigno. El bebé pateó antes de tiempo. Nunca le dio una mala noche. Mercedes tenía tan claro (y Carmelo también, si le hubiese importado) que la persona que estaba tejiéndose en ella era alguien especial que se leyó todas las profecías de Nostradamus para ver si estaba al caer algún profeta.
El día en el que empezaron las contracciones, le dolieron tan poco que las confundió con agujetas. Corrieron al hospital y la criatura salió chutada en cuestión de treinta minutos. Cuando tuvo a la niña entre sus brazos y olió su cabeza por primera vez, Mercedes Matas contuvo las lágrimas y lo entendió: eso era lo que había esperado, un nudo sin llanto, blando, de extremidades de leche, con los ojos azules y con el inicio de tres pelos rubios en la frente, y olía a nuevo y a correcto, y, como habían planeado, la llamaron Judith.
Tres minutos después, las contracciones volvieron y Mercedes creyó que se moría, y entonces parió al hematoma y lo llamaron Delia.
—Fue un milagro biológico, ¿no? —les explicaba de niñas—. Porque los gemelos de ese tipo, cuando un gemelo desde el inicio es más débil que el otro y no se está nutriendo, queda subdesarrollado y puede ser un feto papiráceo, es decir, que el hermano lo absorbe. ¡Y ni te vimos venir!
—Bueno —decía Delia, poco convencida—. Yo no me acuerdo.
—Yo a lo mejor sí —decía Judith—. ¿Qué es absorber?
Don Carmelo decía, sin levantar la vista de su sudoku diario:
—Que estaba todo puesto ahí dentro para que te la comieras.
Mucho antes de tomar la primera de sus malas decisiones, Delia Agós ya había llegado al mundo marcada por una condición impepinable: era una fotocopia desgraciada de Judith Agós, la nueva profeta.
En la lotería de antes de la vida, si hay un lugar primigenio donde nos cocinan y nos otorgan las cualidades, a Judith le dieron primero las suyas y en el turno de Delia le dieron también las de Delia. A los cinco años, Judith Agós ya había aprendido a escribir y a leer, había sido diagnosticada con oído absoluto, había ganado una competición de ajedrez, manifestaba síntomas de memoria fotográfica y repetía fragmentos completos de la Constitución española. A los cinco años, Delia había cogido dos veces la varicela.
Ese fue el reparto siempre, el orden natural de las cosas: en el recreo, los balonazos se reconducían en el aire para esquivar a Judith. Giraban sobre sí mismos, a saber cómo, y se estrellaban contra Delia. Era casi un fenómeno de la física cuántica, un cómputo de hostias digno de ser estudiado; Judith sacaba mejores notas, era amiga de todos, su nombre iba primero en la lista de clase. Mientras, Delia desarrollaba cráteres con forma de balón en el epicentro del cráneo. Durante la época de la muda de dientes, a Judith le creció una dentadura perfecta y nunca necesitó brackets, y a Delia se le cayeron todos a la vez y tardaron tanto en salirle nuevos que quedó inmortalizada en los marcos de casa sonriendo con una sola paleta. La prima Tere, que nunca se enteraba de que eran dos, decía cuando se pasaba:
—Hay que ver la sesión tan graciosa que os hicisteis con Gollum ese día en la Warner.
—Esa es Delia —la corregía Mercedes—, lo que pasa es que parece calva, porque le da aquí una luz.
—Aaah —asentía Tere, meditando—. Anda.
—Es que llevaba una cola.
—Ya, bueno, claro… —Añadía, al rato—: ¿Y Delia quién es?
El cuerpo de Judith encajaba en todos los vestidos. En Delia, los vestidos parecían la sotana ceremonial del santo pontífice. Esto, concretamente, tenía ya poco sentido, porque Judith y Delia Agós eran, son, no podrían evitar nunca ser físicamente idénticas: tenían las mismas manos y los mismos hombros, el pelo rubio platino de subrayador, la constitución de una lagartija, como don Carmelo, y las pecas de una continuaban en la cara de la otra.
Delia llegó a la conclusión, el año en el que Judith hizo su intercambio en Irlanda, de que era una cuestión de espacio: Judith se había quedado con el único hueco en el mundo diseñado para esa cara. Los seis meses en que Judith se marchó y el hueco estuvo vacante, de repente Delia empezó a existir y la gente la reconocía al llegar a clase. La felicitaron por su cumpleaños el 19 de diciembre. La votaron como subdelegada. Por fin, después de tantos traumatismos por balonazo, Delia Agós tuvo un valor y una identidad, algo suyo, que la hizo nacer finalmente. Luego, al llegar marzo, volvió su hermana y se generó una gran conmoción porque todos habían pasado seis meses creyendo que Delia era Judith bajo los efectos de una anemia.
—Pues Judith, opino, y es solo mi opinión, es una siesa —dijo Richi ese agosto—. Pero bueno, sin ánimo de ofender, o sea, que sois iguales, ¿no? Pero con Judith no se puede hablar. Tú me gustas, haces tus cositas interesantes. Te mangas el tinto de la misa.
Estaban en el campamento de curas en Hoyo de Manzanares y Delia había robado esa mañana parte de la sangre del Señor en una cantimplora. Ricardo Soto, que iba al B y no habían hablado nunca hasta hacía cuatro días, era otro pringado periférico cubierto de acné con una melenita interesante, y se habían subido a una roca juntos para beberse el peor tinto de verano del planeta.
—¿Te ha pagado Judith antes para que me lo digas?
—Hija, qué agonías. Sí, cuatrocientos euros.
—A lo mejor eres gay.
—No me toques los cojones —bufó Richi, mientras Delia bebía—. ¿Cómo está?
—Pues sabe a pota. —Sonrió—. A ver si me he equivocado y nos enchufamos un bote de friegasuelos.
—Y amén, y hágase su voluntad.
—Que la paz sea con nosotros.
Se pasaron la cantimplora mientras el sol bajaba y la burbuja fosforescente de Madrid brillaba a lo lejos.
—En la uni, cuando se acabe el verano, Judith ha dicho que va a estudiar Derecho —le contó Delia—. Y lo va a estudiar fuera y todo, en Irlanda, porque ahora tiene un novio… Yo qué sé. —Dio otro trago—. Va a irse sin mí a hacer todas esas cosas importantes y yo voy a quedarme esperándola aquí siendo una patética. Toda la vida, quizá, detrás de ella, ¿sabes? Y Judith siempre será mejor en todo para mí, para mamá y para todo el mundo, y, cuando ya no tenga que preocuparse por mí… Cuando se olvide de mí, Judith podrá ser todo lo que quiera.
En los recreos, Judith se peleaba con los niños que lanzaban los balones que desafiaban las probabilidades de la física. Había escrito en su carta a la universidad: «La mejor parte de mí es Delia». Richi Soto, mirando a Delia en una roca esa noche, y sin poder entender ningún matiz humano de lo que le decía, respondió:
—Tú no me estás escuchando. —Delia lo miró—. A mí, Delia Agós, me gustas tú mucho más que nadie.
Esa fue la primera vez que alguien besó a Delia de verdad, abriendo la boca, medio mal y torpe, no a una duplicación defectuosa del cuerpo de su hermana gemela. Se toquetearon las cinturas y las espaldas hasta que los pilló el padre Nieto y los apuntó con una linterna.
Al día siguiente, cuando Delia se encontró con Richi en el desayuno y se le encogió el estómago del bochorno, se sentó junto a él y le dio un golpecito en la rodilla con su rodilla. Ricardo Soto, el pringado de la melenita del B, apretó los labios y se giró.
—He descubierto, Delia, ayer, no por el padre Nieto, pero al liarnos —la miró, liberado—, que a lo mejor sí que soy gay.
Así que eso había sido siempre Delia Agós: una cosa mal hecha, cultivada mal en una sucesión catastrófica de fracasos, que el año que iba a cumplir treinta fue desahuciada de un zulo en Embajadores y lo empaquetó todo para volver a casa de sus padres. Es decir, en menos palabras: un hematoma reconfirmado.
—A ver, traigo de todo —dijo Judith, en cuanto le abrió la puerta—, porque no sé qué tienes. Traigo huevos y traigo pan, tengo una lasaña de estas de microondas… Y vengo con la maleta por si faltan cajas, que te he escrito, pero pasas de mí.
Cuando levantó la mirada de la bolsa, Delia estaba agarrada al pomo en pijama con la cara escarlata de llorar como una magdalena.
—Deli —la llamó—. ¿Qué pasa? ¿Qué…?
—Me voy a morir —dijo— como la tía Remedios, sola y vieja como una desgraciada.
Judith suspiró y lo dejó todo en el suelo.
—Dios mío… —Agotada, entró y la abrazó, pero muy escueta, como era Judith—. Anda, cierra. Límpiate. Toma un clínex… Eso es un invento. La tía Remedios está viva, Deli. La tontería esa que cuenta mamá la vio en un episodio de Caso cerrado.
Esa fue la última noche que cenaron en la cocina con olor a embutido. Horas más tarde, Delia destriparía el zulo de la poca vida que aún quedaba allí y se llevaría las perchas, solo por joder al casero.
Judith hizo huevos con patatas para ambas y la ayudó a desmontar el escritorio de IKEA. Raspó los mohos viejos en el techo. Era su aniversario con Harry, su novio irlandés, y venía directa de la cena con el traje y la gabardina de abogada, pero por supuesto que Judith se presentó la última de todas las noches y le calculó la fianza que le debían.
—No puedo vivir con mamá —dijo Delia, pimplándose el vino—. Jud, va a ser una cosa insoportable. Me siento como el Cid en el exilio. Otra vez al cuarto con la litera, y me va a dar el coñazo con que me saque una enfermería…
—Mamá ya se está olvidando de que heredes la clínica —dijo Judith—. La he reñido. Tranquila. Ahora mamá está en su etapa espiritual y su gurú le ha dicho que si te deja la clínica se la arruinas.
—Ah. Estupendo…
Para las dos de la mañana, habían secado la ropa aún por tender con el secador de pelo y el zulo estaba impoluto en su porquería. Judith se durmió con las botas puestas en un extremo de la cama, repasando el papeleo de su siguiente juicio; Delia pasó a mejor vida sobre la mesa del salón con la botella a la mitad y las gafas de leer incrustadas en las cejas.
La despertó a las ocho una vibración en la cara como de enjambre.
Confundida, Delia se incorporó sobre la silla. Enfocó primero el vaso y se frotó los ojos, y lo que vibraba en la mesa era su móvil, brillante, recibiendo una llamada. Descolgó:
—¿Sí?
—¿Doña Delia Agós? —dijo una voz al otro lado—. Soy Ramón Carmona, de la agencia inmobiliaria. Mire, la llamo para consultarle sobre la compra del inmueble del que estuvimos hablando, el dúplex en Tirso de Molina. Nos iba a contactar tras la confirmación del banco para la firma del contrato de arras, pero no hemos sabido de usted desde…
—Sí, Dios, mamón, ¡Ramón! Perdona… Ramón. —Delia pestañeó e intentó espabilarse echándose el agua del vaso en la cara. Era vino blanco—. ¡Coño…!
—¿Está bien?
—No, sí, Ramón. Me pillas… Mi pareja y yo… —Se limpió la cara en la camiseta—. Perdón, es que han cambiado un poco las cosas. Ella no… Ya no quiere formar parte de la hipoteca.
—Vaya por Dios.
—Con el lío se me había pasado… Tenía que llamaros, pero se me ha…
—¿Y va a querer seguir usted con la compra?
Delia, empapada en semidulce afrutado, levantó la cabeza.
—¿Puedo querer seguir yo con la compra?
—Bueno, quiero decir… —Al otro lado de la línea, Ramón carraspeó—. El banco ya está en esto. El papeleo está casi, tenemos los certificados ya… —Dudó, nervioso—: Esta venta nos interesaba mucho, doña Agós, y solo quedan las arras. Si quiere ver el inmueble de nuevo, yo mismo podría…
—Claro, no, si es que… —lo cortó Delia—. Verás, Ramón, con los ahorros que tengo… Yo tendría que gestionarlo todo de nuevo con el banco. Habría que empezar de cero con Maricarmen, o sea, la señora, y plantearlo y… Verás, yo es que me acabo de despertar.
—Podemos bajarlo a ciento cincuenta —dijo Ramón de pronto—. El dúplex, por ciento cincuenta mil.
A Delia se le congeló la voz.
—¿Cómo? —musitó patidifusa—. ¿En Tirso de Molina?
—Bueno, no es que podamos desplazarlo.
Y ahí estuvo el momento.
Delia Agós, que lo había dado todo por perdido en el año de los treinta, condenada, quizá, a un destino peor que el de Jesucristo; que había tachado de la lista la pareja y también el coche (que era de Elba), y tenía el zulo vacío alrededor y ningún sitio al que marcharse, se vio con los ahorros justos en el banco y la posibilidad repentina, irrechazable, de no haberlo perdido todo en el año de los treinta.
—¿Va a seguir usted con la compra del dúplex, doña Agós?
Veinte minutos más tarde, después de salir de la ducha fría, Delia marcó un número en su teléfono con los dedos mojados y esperó tres pitidos.
—¡Papá! —dijo, nerviosa—. Os he llamado, mamá no lo coge. Dile que no voy. O sí, bueno, voy ahora… Dile que me voy a comprar el dúplex. —Anunció—: ¡Papá, me lo he comprado!
A través del móvil le llegó el garabateo de Carmelo sobre su sudoku del día.
—¿Tú quién eres, una o la otra?
Delia reunió la paciencia más optimizada del mundo.
—La otra.
Cinco meses antes de ese momento, en una peregrinación delirante por los confines de Idealista, Delia había estado a punto de rendirse en su búsqueda de la tierra prometida cuando avistó a lo lejos el oasis de una ganga:
Dúplex en Tirso de Molina
Pintoresco. Con historia.
¡¡¡Llamar agencia!!!
En un inicio, viendo el precio y los metros cuadrados, concluyó que se trataba de una estafa; es bien sabido que Madrid capital no permite en su corazón la existencia de viviendas asequibles, mucho menos económicas: todas deben manifestarse como alguna clase de atraco.
Pero Delia lo guardó, por si acaso, y llamó al teléfono otro día, y entonces contestó el vendemotos de Ramón. Le ofreció enseñárselo con tanta vehemencia que fue sospechoso. Le juró que, de acercarse, la invitaba a una palmera de chocolate. Luego hubo que convencer a Elba de que, si iban, volverían a casa con todos sus órganos intactos, y la tarde en la que fueron a verlo, cuando estuvieron frente al susodicho dúplex pintoresco en Tirso de Molina, Ramón metió la llave en el cerrojo y entonces Delia lo entendió: el piso era, hablando mal y pronto, una puta mierda.
La puerta de entrada se encontraba en un sexto piso sin ascensor. Bueno, retrocedamos: el dúplex coronaba el bloque más viejérrimo, matusalénico, prehistórico de todos los bloques del centro de Madrid. Era eso una antigualla estrecha, superviviente de dos guerras mundiales, que se deshacía con solo mirarla y en la que Ramón juró que había vivido Cervantes, si es que aún no seguía viviendo. Los escalones estaban hundidos y tenía cada uno su propia altura. La barandilla crujía como una bolsa de cereales. Los primeros pisos se los habían conseguido alquilar a unos Erasmus, pero a partir del tercero ya se perdía la cobertura y se empezaba a ascender a un continente que no pertenecía a la ONU.
La cosa no mejoraba al llegar arriba: el dúplex era un espacio abandonado por reformar, por pintar, por terminar, por favor. Las persianas del Pleistoceno no bajaban y una ventana del baño daba a un muro. Alguien había reparado la instalación de gas y había dejado las tuberías por fuera. Para llegar a la segunda planta tenías que subir por una escalerilla metálica de caracol que vibraba, peliaguda, como el mecanismo de un toro mecánico. Pero nada de esto era la razón por la que un dúplex en el centro de Madrid se vendía por ciento cincuenta mil euros: el problema real era su largo y documentado historial de homicidios.
—Los últimos inquilinos fueron los de la secta —les contó Ramón, apurado—. Bueno, que ya lo habrán leído. En el 2000, ¿no? Es que la cosa… Con lo del cambio de milenio, estaba todo muy calentito. Entonces aquí vivían unas veinte personas, se averiguó, y luego, si me acompañan a esta habitación, aquí fue donde se dio el suicidio colectivo. —Abrió la puerta y Delia lo siguió. Elba se asomó a una ventana, a punto de vomitar la palmera—. Antes de eso ocurrió el parricidio de la familia Urrutia, un clásico, y antes de eso la posesión de Victoria Aguayo. También hemos tenido un par de narcotraficantes… En fin, es política contarlo, pero es que la leyenda negra, ¿no?, hace mucho daño, y un piso como este que es un placer, ¡en pleno centro!, no está siendo fácil… No está colocándose ni para Airbnb, así está la cosa.
—¿La mesa viene también con la casa? —preguntó Delia, ojeando el salón.
—¡Se incluye! Es un detalle que hemos conservado porque la madera de los muebles de antes… —Delia movió la mesa y debajo de ella, grabado en el parqué a cuchillo, descubrieron un pentagrama satánico—. Bueno, eso… —dijo Ramón—. Eso se resuelve con alfombra.
—¿Victoria Aguayo? —preguntó Elba, con la Wikipedia abierta—. ¿La que le daba vueltas al ombligo?
—A ver, yo no estuve allí, pero se dice, se dice. —Ramón tragó saliva, sudando bajo la corbata, y luego continuó—: Bueno, que entiendo… Que las condiciones de esto, claro, les seré sincero, no son las ideales. Y lo sé, y por eso también he traído yo aquí un plastiquito… —fue abriéndolo—, con folletos de otros pisos que tenemos cerca, que no se alejan mucho. Los tenemos baratos, y seguramente les vendrán mejor. Si se acercan ahora les enseño…
Delia se giró, con los brazos en jarras.
—Nos lo quedamos.
Ramón Carmona dijo: «¿Qué?». Elba Garrido dijo: «¿¡Qué!?». Delia, mirando el techo de su futuro hogar, con menos miedo a la muerte que a la eterna vida de arruinarse alquilando zulos, asintió para sí misma y lo tuvo claro.
—Es un chollo. En el centro, Elba, y a precio de Arroyomolinos. Nos quedamos con el piso.
Siete meses, una ruptura y un desahucio más tarde, Delia se arruinó igualmente gastándose todos sus ahorros en un dúplex de mierda.
—¡Ramón! Hola, mira, os estoy llamando… —Se ajustó el teléfono entre la oreja y el hombro—. Os llamo de nuevo porque tengo un problemilla; bueno, el mismo problema. Soy Delia. ¿Delia Agós, del dúplex de Tirso? Verás, es que se ha reventado la caldera y no deja de echar agua a presión…
—¡Ah, no! —dijo Ramón—. ¡Pero eso no es nada, eso es ajustar el pitorrito! ¡Llame usted al técnico!
—Sí, pero pasa, Ramón, que esta es la caldera vieja y hablamos de que ibais a cambiarla. El piso se iba a entregar recién pintado y con la nueva caldera.
—Doña Agós, usted no se preocupe. Los pintores van de camino. No va a pasar del primer mes…
—Llevo aquí tres meses.
—… ya lo demás que usted necesite a mí no me tiene que estar llamando.
—Ramón —lo cortó Delia, mientras remaba a dos fregonas en la cocina, cargando cubos, en las últimas de Filipinas, con el agua llegándole a los tobillos—. Tengo la casa que parece un baño turco. A ver si nos entendemos: no dejo de llamaros, y aquí no se ha reparado nada de lo prometido, ni las ventanas, y no se puede vivir; el váter sigue atascado y no se puede ni tirar de la cisterna, porque si tiro no solo no se va nada, ¡sino que entonces es cuando salta el «pitorrito» y revienta el agua de la caldera!
—¡Pues ahí lo tiene! —contestó Ramón, satisfecho—. ¡Tiene usted que dejar de empeñarse en usar el váter!
Era un verano asfixiante en Madrid y Delia Agós no tenía dinero.
Aún peor: era verano ya y Delia Agós no tenía váter.
En sus meticulosos cálculos, sus listas de objetivos para antes de los treinta, Delia nunca vio venir que gastar treinta mil euros en comprarse un piso la llevaría casualmente a la bancarrota, un poco como la historia del meteorito y los dinosaurios: el desastre se anunció, pero su público objetivo era gilipollas.
La adrenalina firmó los papeles e hizo múltiples transferencias en su nombre. Duplicó las llaves por ella y pagó un camión de la mudanza. El día que el dúplex estuvo amueblado, funcional, gracias a las donaciones de Judith y los mercadillos de segunda mano, Delia miró su cuenta del banco y comprobó que le quedaba lo justo para cambiar la escalerilla. Al día siguiente, cuando le pasaron el primer cobro de hipoteca, le quedaba lo justo para comprarse un acordeón e irse al metro a pedir limosna.
—¡Esto está mal! —le dijo a Coral, su compañera de departamento—. ¿Qué es esta tasa? Esto no puede… ¡Me la están cobrando con propina!
—Bueno, luego llamas otra vez —la tranquilizó—. Al menos, piénsalo así, es una hipoteca fija y no te has metido en una variable. O sea, porque no te has metido en una variable, ¿no?
Delia, metida en una hipoteca variable, respondió:
—No, pues claro. Faltaría.
La caldera le reventó por primera vez esa tarde. Ramón Carmona, el vendemotos, se desentendió de cualquier reforma. El vecino de abajo la denunció por humedades y los del seguro la bloquearon por pesada, así que Delia se vio de pronto en la mejor de sus previsiones: con un inmueble propio, al fin, decrépito e inundado, en el que experimentaba, según el día, una de las siete plagas de Egipto; viviendo al mes mientras se dejaba el sueldo en una hipoteca y obligada a bajar religiosamente tres veces al día para usar el váter del bar Casa Paco.
—Delia Agós, Delia Agós… —murmuró su jefe, mientras ojeaba los papeles—. Ah, aquí te tengo. Joder, menuda fotito, Delia Agós, ¿tú te metiste en el fotomatón con una lipotimia?
Delia sonrió, incómoda, al otro lado de la mesa de Dirección.
—Es lipotimia de nacimiento —dijo. Luego, carraspeó—: En fin, de lo que hablábamos… Que, a ver, Pelayo, nosotros ya nos conocemos, pero tú sabes que yo llevo aquí año y medio ya de analista de datos. Con Coral, que dirige el equipo…
—VICE-analista —la corrigió él—. Cuidadito. ¿Cuánto de anal y cuánto de lista?
—¿Perdón?
—Perdonada. —Agarró su café—. Venga, que me estoy quedando contigo.
Delia pestañeó y recondujo:
—Yo lo que quiero, Pelayo, es que esto se ponga en el contrato, ¿no? Porque hace meses que pasé el periodo de prueba, y tengo que… Hay que renovarme el contrato, ahora en junio. Entonces he pensado que me corresponde el sueldo de analista.
—¿Y me vas a decir que no eres analista en el contrato?
—No —dijo Delia—. Soy una subcontrata de fontanería.
Pelayo escupió el café entonces y estalló en una carcajada que le manchó la camisa.
Pelayo Sánchez del Pinar, el director comercial de Geogalia, era un relamido de apellido compuesto, un capullo biológicamente certificado, que presumía de ser nieto de un torero y se recortaba las patillas con escuadra y cartabón. Una vez cada cuatro meses, recibía a Delia en su oficina exclusivamente para abochornarla y le prometía que sí, que a partir de ahí las cosas iban a ser legales, y luego le miraba el escote tres minutos seguidos y le hacía otro contrato temporal.
—¿Me estás pidiendo un aumento sin enseñarme nada, Celia Lipotimia?
—Es Delia Lipotimia. —Reformuló—: Es Celia… Delia Agós.
—Y me sigo quedando contigo. Qué bien me caes, tía. —Aún riéndose, Pelayo se tragó de golpe dos diazepanes y bebió de su café—. Pero lo entiendo, yo me lo pienso, por supuesto. Tú sabes que ahora estamos con todo lo de la fusión; a la vuelta, en otoño, tenemos el evento con Retovet. Bueno, no te aburro con mis batallitas, pero estamos todos revueltos, y yo a ti te necesito fuerte y a lo tuyo, ¿no? No preocupada por estas cosas. Tú sabes que, si quieres un aumento, Delia, aquí te lo vamos a dar.
—Ya, sí… ¿Cuándo? —preguntó Delia, pero Pelayo ya había avisado a su secretaria—. Porque ahora mismo quiero ese aumento…
—No lo dudo.
—Estoy pasando una época en la que…
—Claro, claro, tú ve avisándome. Toma una ficha, píllate un té en la máquina.
—Pelayo —insistió Delia, desesperada, mientras la escoltaban al pasillo—. Lo que yo quiero decirte es que estoy ahora en una situación difícil. No llego a fin de mes, y quedamos en que ya tendría el contrato fijo; necesito ese aumento de verdad. No puedo esperar. Por favor, mi hipoteca… ¿Cuándo, exactamente?
Pelayo Sánchez del Pinar, jugando ya en su pantalla al Solitario Spider, se repasó con los dedos la gomina y le sonrió sin interés.
—Cuando me mejores el tema de esa fotito.
Delia empezó a colarse en el Cercanías. Se alimentaba de fideos en agua salada como en los tiempos de la posguerra. Quitó el wifi de su casa y canceló sus vacaciones de verano para arreglar las persianas, pero ninguna medida de contención funcionaba: todo lo que entraba en su cuenta desaparecía. Era un agujero negro, un pozo sin fondo de bolsillo de Doraemon. Se cortó el pelo por encima de los hombros para subastar el resto en una tienda de pelucas. Recorría los supermercados para mangar muestras de jamón. Poco a poco, Delia Agós no pudo evitar convertirse en una criatura nueva, la sombra más oscura de la fauna madrileña: la amiga amargada del grupo que solo habla de su hipoteca variable.
—Y es verdad que puede que se venga una bajada en la revisión anual, pero, claro, eso si cae al tres por ciento el euríbor. Que no va a pasar, porque estamos en inflación; es una paja mental, te digo, un sistema que no funciona. Y nadie nos avisa de esto, ¿no? —explicó—. No se comenta en la etapa formativa. Se nos distrae con señuelos, como la mitocondria o el teorema de Pitágoras, pero la gente ahí fuera se muere. La gente vive en peligro de morir por una hipoteca.
El niño de diez años con el que había coincidido esa tarde en la piscina la miró en silencio sobre su churro de porexpán.
—¿Qué es una paja?
Judith, que era la que residía en la urbanización, apareció y se la llevó de allí de una tiranta del bikini.
—Tienes que avisar de esto a mamá, Delia —le dijo aquella noche en el bar—, y que sepan de tu situación, porque ya necesitas que te ayuden.
—Sí, bueno —bufó ella—. A mamá y a la Guardia Civil.
—Estás empeñada en ser una orgullosa y todo por no sé qué pamplina.
—No le voy a confirmar a mamá, Jud, que ya está esperándolo en su casa, que todo me sale mal y que mi vida es una mierda, porque está convencida de que voy a acabar siendo una desgraciada muerta de hambre.
—Pero ya eres una desgraciada muerta de hambre —dijo Richi, a la cabeza de la mesa—. Si te estás pimplando mis bravas.
Delia congeló la trayectoria de la última patata, atrapada entre sus dedos.
—Las habíamos pedido para el centro.
—Para el centro de tu jeta, debe ser.
Doce años después de aquel mal morreo en Hoyo de Manzanares, iluminado por una revelación gay bajo la linterna del padre Nieto, Ricardo Soto seguía manteniendo su melenita interesante y bebiéndose los peores tintos de verano con Delia. Tampoco es que una revelación gay hubiese podido arruinar eso: la revelación gay, si acaso, fue una carrera de relevos, un buen trabajo en equipo.
Durante la veintena, Delia y Richi habían estudiado juntos Informática y habían suspendido lo mismo a la vez. Habían sobrevivido a un Erasmus accidental en Camboya y compartido una sola habitación sin ventanas, pero a los treinta, por supuesto, Richi era enfermero y ya estaba prometido, y ahora se iba los agostos a veranear con Judith a Irlanda, y Delia… Bueno, a Delia ya la conoces.
—Te aviso de que me retiro a las diez —dijo Richi—, para que a eso de las nueve y media te llegue de pronto una llamada y te tengas que ir sin pagar.
—Que te den, Ricardo. No, escucha: ten un poco de respeto por los pobres —lo riñó ella—. Este es el peor año de mi vida y solo tengo estas bravas. Mi hipoteca es variable. No somos lo mismo: tú tienes váter en tu casa y te vas a casar.
—Mejor hoy no mires lo de la tarjetita.
Delia pestañeó. Sacó del bolso el sobre que les había dado al comienzo de la tarde y lo abrió de un tirón: en la invitación de la boda, para la que ya quedaban solo dos meses, había impresa una foto de los novios y debajo, en cursiva:
¡Nos casamos!
Ricardo e Ismael os invitan con cariño
a la fiesta de su boda el 17 de octubre a:
Delia Agós + Elba Garrido
—La madre que te…
—¡Es que las imprimimos en enero! Mi suegra es una angustias —explicó él, pero se reía—. Perdóname. Perdón. Me reconocerás que nadie se vio venir el girito de Elba Jonazo.
—¿¡Y no me imprimes una nueva a mí, que te he parido!?
—Amor, eso no funciona así. —Richi negó—. Eso se hace en tandas, que el cartón nupcial está a precio de lubina.
—¿Y vas a casarte con el bigote? —preguntó Judith, juzgando la foto en la invitación.
—¿Y qué pasa? Me da matices.
—Pareces de los Tres Mosqueteros.
—No tienes ni idea. Eres una estirada. —Richi se atusó el bigote y bebió—. A Isma le pone. Oye, que he estado pensando… He planificado que para la ceremonia os quiero a las dos tipo Ortega y Gasset, os quiero dueto, pero decrépitas, así apareciendo junto al altar estilo gemelas de El resplandor. Tengo vistos unos vestidos. —«Olvídame», dijo Judith—. La otra opción es un rollo más gárgola gótica. Estoy como mi madre, viciada al Pinterest… Mira. Oye, pero ¿me estás escuchando? Tú. ¡Ey, Delia!
Delia, disociada desde hacía cinco minutos, levantó la mirada de su móvil.
—Aquí dicen que va a subir el euríbor.
La paz se transformó con eso en una orquesta de hartazgo y sillas moviéndose. Richi se frotó los ojos, agotado, y Judith agarró su bolso.
—Yo voy a ir recogiendo —dijo—, porque te juro que hoy me tiene…
—No está siendo fácil —dijo un señor desconocido en la mesa de al lado.
—Bueno, ¡basta ya! —atajó Richi—. Se acabó la tontería. Delia, esto ya es una intervención: tu problema, cariño, no es una hipoteca de tipo variable. Tu problema es que te has creído que te vas a morir a los treinta y te estás momificando en vida. Inscríbete al circo, yo qué sé. Reinvéntate.
—Por favor —murmuró Judith—, no le des ideas.
Delia abrió los ojos, ofendida.
—¿Gracias? ¡Por la empatía y el amor! —Se volvió hacia el señor—: ¡Y yo a usted no lo conozco y se puede ir yendo a la mierda! Primero: para vuestra información, la esperanza de vida estaba hace muy poco en los treinta. Cuando… En el siglo diecinueve, que es muy poco.
—¿Hace cuánto, Delia, que no haces algo nuevo? —preguntó Richi—. ¿Cuándo fue la última vez que saliste por ahí y, no sé, follaste con alguien?
—Pues —mintió— hace muy poco.
—¿Hace muy poco poco o poco siglo diecinueve?
—Dios, tú sabes que yo no funciono así, no… —Delia se inclinó para que no les oyese el señor—: Yo ya no estoy para enrollarme, Richi, con peña desconocida que me va a pegar una candidiasis.
—Pero ¿tú te estás oyendo este discurso de jubilada?
—Mamá le ha augurado un desastre vaginal —puntualizó Judith.
—¡No tiene que ver con eso, no…! ¡Han sido…! —Intentó explicarse—: Estoy desentrenada, ¿vale? Si eso es lo que queréis oír, y no me interesa. Nunca he sido de rollos de una noche, no voy ahora… Han sido cuatro años con Elba. Llevo sin follar con nadie desde Elba, que en paz descanse.
—¿Ha muerto la tal Elba? —preguntó el señor.
—No, es que tiene problemas de insomnio —aclaró Delia.
Rizándose el final del bigote mosquetero, con los mismos ojos con los que a los diecisiete la convenció de robar en misa, Ricardo Soto se recostó en su silla.
—Te prescribo esto, euríbor —dijo—: estás viva ahora, no sé mañana, y te estás convirtiendo en una insoportable. Te estás momificando en vida, Delia; no te pienso permitir, perdona que te lo diga, que el resto de tu existencia seas una infeliz por convicciones. Fóllate a alguien o, si estás tan eclesiástica, vete a Torremolinos.
—Ricardo, no tengo dinero para Torremolinos y no pienso ir a ningún lado a hacer un ritual patético para follar con nadie.
Tres semanas más tarde, después de ir a algún lado a hacer un ritual patético para follar con alguien, Delia Agós bajó las escaleras de su edificio y se encontró con un cadáver apalancado en el tercero.
—¡¡¡Joder!!! —Retrocedió, primero, y se tropezó—. ¡Joder!
El fiambre estaba haciendo el pino, en una posición inviable de acroyoga, con la cabeza encajada en un robot de cocina.
—Dios mío. Dios, Dios, Dios, no es… No puede ser…
Delia sacó el móvil con manos temblorosas, pero entonces casi le pareció que le sonaba la ropa, ¿las botas? Luego el pelo. La luz del rellano se encendió y Delia vio los tatuajes que le bajaban por los brazos al cadáver de la chica con la que se había acostado esa noche.
—¿Cómo…? —Reconoció sus bragas con el logo de ColaCao—: ¿¡Angie!?
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LO DE LA MUERTE DE ANGIE SAMPER |
Empezando por lo importante, esto es lo que tienes que saber sobre Angie Samper: nadie puede planificar la ropa interior con la que va a morirse haciendo el pino en el rellano del tercero. Una se muere como buenamente puede, y hay que agradecer, incluso, que no te toque hacerlo con el culo al aire. Lo que sí que no es tolerable, y eso te lo voy a reconocer, es ir por ahí viviendo con unas bragas de propaganda de ColaCao.
Pero abordemos el asunto desde el día anterior, retrocedamos hasta el inicio: érase una vez un miércoles cabrón, un miércoles de comienzos de septiembre (en el que aún te torras, pero ya es septiembre), cuando Delia Agós llegó a su hora a Geogalia y encontró sobre su mesa un ramo de flores. Durante un segundo de delirio justificado, tuvo la certeza de que, al fin, había llegado el momento tan esperado: Pelayo la había ascendido y ya tenía su contrato. Era fija, y le subió por la garganta una emoción cruda, incontenible, que le apretó las cuerdas vocales. Luego Coral le puso una mano en el hombro y le dijo que eran para Trini, que se le había muerto el marido.
—Pero… —dijo Delia— ese es mi escritorio.
—Ya no —dijo Coral—, por un tiempo. Es que hay inspección laboral esta semana. La han recolocado aquí, a Trini. Lo siento mucho, Delia. Se lo he dicho a Pelayo.
—¿Y ahora dónde voy yo?
Coral la miró entre la vergüenza y la disculpa y le tendió un desatascador.
—Esta semana, eres una subcontrata de fontanería.
Era miércoles 10 de septiembre y todo lo que pasó ese día pasó mal. Imagínate cómo estuvo la cosa, que lo de que la diñara alguien solo fue la guinda.
Delia rellenó un éxcel tras otro toda la mañana en el cuartito de la limpieza de Geogalia. Salió de allí con olor a fregona fermentada. La puerta del metro se le cerró en la cara. El DNI se le cayó del pantalón y le pasó una furgoneta por encima. Ya en casa, descubrió que la luz se había ido durante la noche y su táper en la nevera había desarrollado moho. Comió rúcula con más rúcula, aliñada con rúcula sobre esferificación de rúcula. Tocó reunión de vecinos y los cabrones de los Erasmus la votaron para presidenta. Como nueva presidenta, recibió una mierda de perro sobre el felpudo de parte del tipo del 4.º B, que estaba en contra de toda clase de presidencias. Tuvo que comprarse un nuevo felpudo en El Corte Inglés. Cuando pasó por el supermercado, decidió llevarse un lote de papel higiénico y el datáfono denegó su tarjeta.
—Me tienes que estar jodiendo —murmuró Delia.
—Será un problema del chip —dijo la de la caja—, que pasa mucho.
—Claro. Será, ya, sí… —Había llegado a la ruina absoluta por felpudo—. Pero es que no tengo… Mira, no he traído monedas, y me he quedado en casa sin papel, bueno, tú me entiendes, ¡qué papelón! Eh… ¿No puedo así como que dejarlo a pagar para otro día y ya volveré y lo pago?
—No, perdona. No es cosa mía, es la empresa.
—Ya… Sí. —Sonrió, nerviosa—. Vale… Un momento.
Delia se alejó un poco y llamó a Judith. «Este teléfono está apagado o fuera de cobertura». Mierda. Llamó al número fijo de su casoplón en Boadilla y esperó tres tonos mientras el señor que tenía detrás empezaba a pasar sus cosas.
—Hello? —respondió su cuñado.
—¿Harry? Hola, soy Delia.
—¡Hombre, Delia! ¿Cómo estás? ¿Qué tal la trabajo? —Harry, el novio de Judith desde los dieciséis, era un amo de casa irlandés en un proceso eterno de desaprender el español—. ¡Con el piso nueva estarás ya de la puta de tu madre!
—Sí, Harry, gracias, todo bien… —Carraspeó—. Y eso no significa lo que tú crees que significa. Escucha, ¿está Judith por ahí?
—Está en juicio. ¿Quieres que le diga te llame luego?
—No, es que ahora mismo estoy… —Delia tapó el móvil y susurró—: Harry, verás, es que necesito un bízum ahora mismo.
—¿Una bici? —entendió Harry—. ¿La biciclota?
—No, dinero. Euros —aclaró, nerviosa—. ¿Puedes pasarme dinero, Harry, por la aplicación del banco, y te lo devuelvo mañana?
—¡Pero el banco en España se encarga Jud! Yo tengo dinero en billeta, ¿cómo te envío? ¿Dónde estás?
Delia se pasó una mano por la cara mientras Harry seguía parloteando. Eso era todo. Delia miró, desesperada, su paquete de papel higiénico de una capa, un producto lamentable, ahí, observándola desde el final de la cinta, y entonces se apoderó de ella un desquicie monumental, un instinto animal de supervivencia que la hizo tomar la decisión a la que la había empujado la vida: se coló tras el señor, agarró el paquete y salió corriendo hacia las escaleras.
Detrás oyó a la cajera: «¡Oiga! ¡Oiga!». Aceleró, subiendo hasta la sección de papelería. Empujó a la gente en más escaleras, en un laberinto de señoras enchaquetadas que ofrecen muestras de perfume. Delia se recorrió El Corte Inglés sin aire, en un intento patético de hacer un simpa, y, cuando ya veía la puerta, la interceptaron dos seguratas y la miraron sin creerse que estuviesen deteniéndola por robar papel para el culo.
—¿Cómo se le ocurre? —le dijo luego uno de ellos, en lo que parecía un cuartito para detenciones—. Que esto es un Corte Inglés, que no estamos en el Salón del Manga.
—Perdón… Ha sido de impulso. Lo hice y me dije «Lo estoy haciendo», y ya pues lo hacía, y lo hice.
—DNI, anda. —Delia tendió su DNI atropellado y repegado con celo—. ¿Qué es esto?
—Mejor no pregunte.
—Delia Agós Matas —leyó, y entrecerró los ojos—. Por favor, dígame usted, porque tiene el corte justo en el año de nacimiento.
—1995. Veintinueve. Tengo veintinueve años.
—Madre mía —bufó el segurata, y entonces lo dijo—: Pues yo le hubiese echado treinta y nueve, porque este tipo de numeritos… Déjeme decirle, Delia Agós, que nadie llega a este desvarío a los veintinueve.
Y esa fue la gota que colmó el vaso.
Un rato después, cuando ya tuvieron apuntados sus datos y la dejaron ir por pena y sin papel higiénico, Delia llegó a casa y se miró en el espejo del baño: Richi tenía razón. Estaba momificándose en vida. En su deseo patológico de evitar el fracaso antes de la treintena, se había reorientado, reconducido y condenado ella misma al fracaso, y ahora eso era lo que veían los demás: Judith, Pelayo, el vecino que se sentía con la potestad de plantarle una mierda en la puerta. Delia era una persona fracasada, arrastrándose permanentemente en su fracasidad, con el gesto resignado de un niño victoriano y la vida de una vieja con problemas de cadera. Estaba atascada, sin vivir nada nuevo, sin nada. Sin vivir.
—Se acabó —se dijo en voz alta—. Hoy salgo. Se acabó esto, y Ricardo no tiene razón… Hoy salgo, se acabó, y voy a follar con alguien.
El plan era infalible: embutirse en el vestido más incómodo del armario. Maquillarse por primera vez en un año y emborracharse antes con vino de cocinar, que sabe como el agua de un florero. Salir un miércoles a las once por Chueca, donde todas las discotecas valen como si dentro te regalasen un busto personalizado de tu cara. Entrar sola, al final, en un garito estrecho y minúsculo, gratis, que es una reproducción ampliada y fidedigna de una caja de zapatos. Llegados a este punto, la cosa incluso se simplificaba: abrirse paso entre la muchedumbre. Buscar una mirada, es decir, ¿qué se busca en estas situaciones? Buscar una cara y sonreírle a quien sonríe, a gente universitaria, lo más probable, que de pronto se te pega y grita algo sobre la música como:
—¿¡A ti te gusta María Becerra!?
—¿¡Qué!? ¡¡¡Pues no sé!!! —Bailar, bailar, bailar—. ¡¡¡No la conozco personalmente!!!
—¡¡¡Ja, ja!!! ¿¡Estás de coña!?
—¡¡¡No!!! ¿¡Va a tu carrera!?
Hacerse rozaduras con los tacones. Arrejuntarse a unas amigas para que nadie piense que eres una señora borracha que se ha perdido. ¿Eres una señora? Esa es la gran pregunta. Luchar contra el señorismo inexorable al que te empuja la vida haciendo una sentadilla espectacular en el baño más guarro del mundo.
Delia salió de fiesta el miércoles 10 de septiembre y fue justo como siempre había imaginado que sería: un absoluto y descomunal despropósito. Había olvidado, si es que alguna vez lo había aprendido, los engranajes y los rituales de la seducción, que bajo los focos de colores se convertían casi en un empuje epiléptico. Habló con tres chicas y la cosa no llegó a ningún lado. Una cuarta se le pegó por la espalda, le tocó una teta y desapareció. Con el ruido, además, las conversaciones se apoyaban exclusivamente en la mímica, y era bastante complicado para ella transmitir con las manos el concepto de hipoteca, así que su único tema estaba descartado. Bailó, fingiendo que se sabía las canciones. Les preguntó a algunas: «¿Tú eres María Becerra?», por si se le estaba pasando saludar a una conocida.
A la hora y media, Delia ya estaba junto a la barra, exhausta y conteniéndose de volver a casa solo por orgullo.
—Richi, estoy borracha en una discoteca —le dijo en una nota de voz—. Que te den, jódete, y buenas noches. ¿Qué tal tu madre con su disgusto?
Chequeó la fluctuación semanal del euríbor. De pronto, Delia oyó el ruido de un vaso deslizándose tras ella y sintió su cristal frío pegado al codo. Se giró y encontró un cubata sobre la barra. No había nadie más junto a ella y la camarera que se lo había lanzado trasteaba, de espaldas, en el congelador de hielos.
—Perdona —le dijo Delia—, no te he pedido nada.
La camarera le echó un vistazo sin mucho interés, sonriendo.
—No me digas.
Delia bebió de la pajita mientras la miraba hacer lo suyo. La camarera tenía la mitad del pelo largo, a capas, teñido de blanco y la otra mitad de negro. Delia insistió:
—No te lo voy a poder pagar.
—Vaya, bueno —contestó—, ¿y qué le hacemos? Rápido, escúpelo, que le quitas las vitaminas.
La primera vez que Delia vio a Angie esto fue lo que pensó: «No me puedo creer que aún fabriquen en España tías así de buenas». Fue 50 % deseo, 50 % contemplación científica: Angie, con su camiseta corta y los pantalones de traje, con la mancha colorida de los tatuajes sobre la piel de los brazos, tenía todo eso y también el tipo de cara que se pinta en los cuadros, y los labios y los hombros y una confianza limpia, poco disimulada, trabajada durante toda una vida.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó, un rato después.
Delia se volvió.
—¿Yo?
—No, la otra —dijo—. La que tienes subida a la espalda.
Angie sabía, en conclusión, que provenía de la fábrica española de tías buenas.
—Delia Agós.
—Delia Agós, con apellido y todo. —Sonrió, mientras llenaba un vaso—. ¿Y qué haces un miércoles aquí sola, Delia Agós?
—No estoy sola. Estoy… Mi amiga está por ahí, ahora viene.
—Ya.
—Está volviendo del baño. Que, por cierto, es una guarrería.
—No se miente a quien te ha invitado a un cubata. Da mal fario —respondió—. Te he visto como una depredadora por ahí dando más vueltas que una lavadora.
Delia alzó las cejas, ofendida.
—¿Perdón? ¡No ha sido así!
—Pues te habré confundido con tu amiga.
—Vale, mira —dijo—, estoy teniendo un día de mierda, en mi vida de mierda, si eso es lo que preguntas, y además me han prohibido la entrada en El Corte Inglés. No he venido aquí un miércoles sola a que tú me vigiles con prismáticos.
La camarera sonrió, entretenida.
—Pero te pasa una cosa, rubia, y es que eres tan fácil de vigilar.
Delia la vio beberse un chupito e intentó no mirarle el tatuaje junto al ombligo.
—Hace mucho que no hago esto —siguió justificándose—. No estoy en modo depredadora; es un… Estoy atravesando una ruptura sentimental.
—Me alegro de que no sea una ruptura de menisco.
—Vete a la mierda… —Pero se rio—. ¿Cobras por incordiar?
—¿Hace cuánto?
—¿¡Qué!? —Cambiaron la música, y Delia ya no la oía.
La camarera se acercó y se inclinó sobre la barra y, de pronto, estaban peligrosamente cerca.
—¡Que si te ha dejado hoy la encargada de El Corte Inglés!
—¡No, a ver, me dejó hace seis meses…! ¡No era de El Corte Inglés! ¡No me ha dejado El Corte Inglés! —Cuando Delia le devolvió la mirada, la camarera estaba aguantándose una sonrisa privada, suya—. Vale. Te estás cachondeando. Vale, oye, esto no me hace gracia. ¿Qué me miras así? —Delia fingió que no lo disfrutaba—. ¿Te estás riendo de mí porque soy una patética?
—Qué va. Te estoy escuchando.
—Mis ojos están aquí arriba.
—No me has respondido, antes —le dijo entonces—. ¿Qué has venido a hacer hoy aquí sola, Delia?
Ella bebió un trago de su cubata y colocó los codos sobre la barra.
—He decidido que estoy harta y que esta noche voy a follar con alguien.
—¿Y cómo va?
—Pues ya lo ves. Dando más vueltas que una lavadora.
—Qué faena —contestó la camarera, y le quitó el cubata de las manos para beber un sorbo en la marca de su pintalabios—. Me da que al final vas a tener que follar conmigo.
Delia sonrió, casi pillada por sorpresa, y se sonrieron las dos.
—¿Te suele funcionar, eso?
—No sé, dímelo tú. ¿Me funciona?
Las botellas iluminadas le bailaban detrás y en los ojos de la camarera se reflejaba el mundo bajo los focos de colores: azul, rojo, blanco. Otra vez azul. Delia se lamió los labios y olvidó que era Delia Agós y tenía sueño, y era estúpido que estuviese allí un día que había ido mal desde el principio. Giró el vaso y bebió de donde ella había bebido.
—No —dijo, y retrocedió—. Mejor me voy a ir ya. Mi amiga ya sale; ¿me pones un vaso de agua, anda, para que me vaya bajando esto?
Diez minutos después, la camarera estaba subiéndola a horcajadas sobre el lavabo del baño, colándole las manos bajo el vestido estrecho, asfixiante; colándoselas entre las piernas. Delia le arañaba la espalda mientras aguantaba con una rodilla la puerta con el pestillo roto. Esto no solucionaba en absoluto lo del cuchitril antihigiénico en el que estaba dándose el tema, pero en peores plazas había toreado; la camarera colocó un pulgar en su barbilla y le abrió más la boca. Delia jadeó algo vergonzoso cuando sintió sus dedos presionar sobre su ropa interior. Nadie la había besado así en años. Nadie la había besado así. Tiró de su pelo y sintió que le faltaban más brazos; que el secador de manos encendido le estaba quemando un tobillo. La camarera le agarró las muñecas y se las pegó al espejo, sobre la cabeza. Dijo:
—¿Tienes un piso?
—¿Qué?
—Dijiste que tienes un piso.
Delia asintió, desconcentrada: «Un dúplex pintoresco», y la besó otra vez, la agarró de las trabillas del pantalón para acercarla más, más incluso, hasta que estaban casi en lo alto del lavabo y el grifo se encendió y se empaparon la ropa.
—Espera —soltó Delia, cayendo en la cuenta de pronto. Se separó un poco—. Perdona, ¿quién eres tú?
La camarera la miró sin aire, con la boca gastada, y sonrió.
—Angie —dijo—. Samper. Con apellido y todo.
—¿Ángela?
—No, Angie, cariño. Angie a secas. Un placer.
Luego, cuando salieron a la calle y fueron a pedir un Uber, Delia recordó de pronto el nimio detalle de que estaba completamente arruinada.
—Vamos andando —fue lo que dijo, resolutiva—, que está bonita la zona. Está aquí al lado, o sea, échale veinte minutos.
—Como tú quieras.
Se hizo una pausa extraña, anticlimática, mientras andaban hacia Tirso después de empotrarse en el baño guarro. La discoteca le había dejado a Delia un pitido al fondo de los oídos que en el silencio parecía el ensayo de flauta de una clase de primaria. Angie, sin embargo, parecía inmune a cualquier clase de vergüenza; a medio camino, cuando ya estaban por Gran Vía, se sacó un cigarro de los pantalones y se lo prendió. Delia pensó, arrugando la nariz, que eso iba a fastidiar innecesariamente lo bien que besaba.
—Por precaución y evitarme líos —dijo Angie, mientras esperaban en un semáforo—: del uno al diez, ¿cuánto toleran el ruido tus compañeros de piso?
—Ah, no —contestó Delia—. No tengo compañeros. No te rayes, el dúplex es mío.
—¿Cómo?
—Sí. El dúplex es mío.
—¿Te has comprado un dúplex en el centro? ¿En Sol?
—Está en Tirso de Molina.
—¿Estás metida, por casualidad, en una red de narcotráfico?
Delia se rio y la golpeó con un codo.
—Estaba tirado de precio. Ya lo vas a ver, es… Podría estar mejor, tiene sus cosas. Y, aparte de sus cosas, una mierda de hipoteca, que me tiene… Además, variable. Pero bueno, no voy a hablar de eso… —Carraspeó—. No me dejes hablar de eso. Quiero decir, que no es para tanto. De todas formas, era mi hora, ¿no? Este diciembre cumplo los treinta, Dios me salve… —Dudó un segundo, pensando en el segurata—: ¿Los aparento?
—Los defiendes, que es otra cosa.
Eso la hizo sentir más o menos aliviada.
—¿Tú estás en una hipoteca?
Angie dejó escapar una bocanada de humo.
—¿Yo? —Sonrió—. ¿Tengo yo cara de hipotecada?
—Tienes la cara llena de mi maquillaje.
—Acabo de cumplir los veintinueve, guapa —dijo—. Estoy pegando el estirón.
—Bueno, pues eso. La época de entrar en una hipoteca.
—¿Y eso por qué?
—¿Porque de eso va la vida?
Delia miró a Angie y Angie miró a Delia, ya llegando a la Puerta del Sol.
—¿Qué me estás contando? —Angie se rio, en una tos, de ella. A Delia se le frunció el ceño—. Perdón. Vaya personaje… —Volvió a fumar—. Bueno, mira, yo es que no creo mucho en las hipotecas y todo eso, pero está bien que alguien lo haga, que a ti te ilusione. Te felicito por tu hipoteca. Hoy nos ha venido estupenda, desde luego.
¿Se estaba quedando con ella? ¿Cómo no iba a creer esa energúmena en la innegable e ineludible existencia de las mismísimas hipotecas? Delia sintió de repente un calor extraño, nuevo, subirle hasta los hombros y espabilarla de golpe. Una hipoteca, pensó Delia, no es una teoría: una hipoteca es la línea de vida de un ser humano. Es la columna vertebral de su emocionalidad. ¿Cómo distinguimos la alegría, sin el horror nacido de la hipoteca? Las vidas humanas se desarrollan alrededor de hipotecas: hipotecas familiares, hipotecas propias, hipotecas futuras, soñadas, ¡prohibidas! ¿No es acaso la intermitente persecución de nuestros sueños una hipotética hipoteca?
—¿Vives de alquiler, entonces?
—Qué va.
—¿Vives… —intentó Delia— en casa de tus padres?
—Vivo donde quiero —contestó Angie—. A veces con amigos, a veces con otra gente, por aquí, por allá… Depende un poco del día. Hoy vivo contigo, por ejemplo, esta noche. Mañana pues ya veré.
Delia la vio terminarse el cigarro, alucinada.
—¿Qué? —tartamudeó—. ¿Me estás…? ¿Qué? ¿No tienes casa? Pero ¿y cómo te…? ¿Qué dices? ¿Vives debajo de un puente?
—Si vas a follarme debajo un puente, supongo que hoy sí.
—Eso no es… —la cortó—. Es imposible. ¿Y dónde están tus cosas? ¿No tienes cosas?
—¿Y dónde está tu hipoteca? ¿Qué es? ¿A qué sabe? —Angie le golpeó en el hombro con su hombro—. No me mires así, rubia, venga. Te estoy tocando las pelotas. Pero es verdad, vivo donde me da la gana. Lo mío lo tengo todo aquí.
Delia le echó una ojeada a la mochila del Decathlon que llevaba colgada, que parecía más bien un macuto de sexto de primaria. Estaban llegando a la plaza de Tirso, una tras la otra en la acera estrecha, cuando preguntó:
—¿Y el trabajo de camarera no te da para pagarte un piso?
Angie Samper tiró la colilla y la pisó.
—¿Y quién te ha dicho a ti que yo sea camarera? —contestó—. Eso, perdona que te lo diga, más o menos te lo has inventado. Yo solo me había metido en la barra para robarme unas copas, y tú estabas ahí, y he robado otra para ti. Y mira: ha funcionado.
Oh. Genial. Estupendo.
Delia Agós, a dos calles de su portal, embutida como una butifarra en un vestido incomodísimo, se encontraba a punto de meter en casa a una delincuente, posiblemente okupa, en el mejor de los casos una vagabunda intermitente y, por encima de todo eso, definitivamente gilipollas.
Solo había hecho falta un aire y un paseo para que el subidón diese paso a otro evento lamentable: Angie y Delia eran incompatibles. Salir de fiesta había sido un error, ahora tenía quemada una pantorrilla por un secador e iba a follar con una tía que se reía de su hipoteca. Eso no podía cambiar, y eso no cambió; descubrir que era gilipollas, de hecho, despertó en Delia entonces una aversión magnética, enfadada, que la hinchó aún más de ganas: pues que así sea. De perdidos al río. Elba siempre le había dicho que el debate sociopolítico la ponía preocupantemente cachonda, pero esto ya era una cuestión personal, de ella contra el destino. «Es un rollo de una noche. Así son los rollos de una noche», pensó, y al día siguiente ni se habrían visto. Iba a ser más fácil, incluso. Sin remordimientos. «A lo mejor me roba la tele», pensó luego, cuando entraban al portal, pero entonces recordó el detalle de que no tenía tele ni nada que robar.
—Coño —dijo Angie, al ver las escaleras—. Este sitio es decimonónico.
—Anterior. Aquí se dice que vivió Cervantes.
—Pero yo he visto este sitio antes, ¿eh? ¿Dónde lo he visto?
—En un documental sobre la vida de Cervantes.
La luz del bloque se había fundido a partir del cuarto piso. Tuvieron que subir los últimos escalones a cuatro patas, palpando el suelo con las manos. Al llegar por fin al dúplex, Delia se deshizo de los tacones en la entrada y de pronto lo oyó: al fondo, desde la cocina, el inconfundible «tic, tic, tic» de una fuga en la maldita caldera.
—No, Dios… —jadeó, y fue para allá, y se volvió hacia Angie—. Lo siento, tengo que… Vuelvo en nada, ¿vale? ¡Deja las botas junto a la puerta! ¡El dormitorio está arriba y el baño también! ¡No se puede usar el váter, no funciona!
—¿Qué? ¿Y cómo te las apañas?
—¡Ve subiendo! —gritó Delia desde la cocina—. ¡No vengas!
Angie sonrió, desconcertada, hasta que tocó la temblorosa escalerilla de caracol que llevaba al segundo piso. Preguntó:
—¿La escalera sí que se puede usar o tampoco funciona?
El dúplex esa noche no es que estuviera en la mejor de las condiciones: en medio de la crisis, y a pesar de haber salido con la idea de volver con alguien, Delia había dejado la ropa usada sobre el lavabo, las marcas de antiguas sangres al descubierto y el pentagrama satánico del salón sin alfombra. Nada de eso, aun así, tenía el poder de ahuyentar a alguien como Angie Samper, con un nulo instinto de autopreservación; mientras Delia apañaba la caldera en la cocina, Angie dejó la mochila en el suelo y deambuló por el piso, tocó las marcas de cruces en las paredes del exorcismo de Victoria Aguayo, pasó sobre la silueta grabada en el suelo de la familia Urrutia y hasta creyó ver, al fondo de un armario, la tapa de un ataúd. El universo le estaba gritando algo, pero ella no sabía puntualizar el qué. Lo que sí que captó su atención fue el Satisfyer 2.0. que encontró cargando sobre el escritorio.
—Flipas —susurró, y lo encendió para probar las velocidades.
Estaba prendiéndose otro cigarro cuando Delia entró por la puerta a su espalda y tiró su vestido en donde la colada. Ni siquiera la vio venir: oyó sus pasos y se giró, y entonces Delia la agarró, la lanzó a la cama y se colocó encima de ella en ropa interior.
—Joder —rio Angie, sorprendida—. Buenas noches. ¿Y estas prisas?
—¿No te han dicho que no se tocan las cosas de los demás?
—Creía que había venido aquí a tocar tus cosas.
Delia agarró una de las piernas de Angie y se la apoyó sobre el hombro. Empezó a desatarle las botas.
—Te he pedido que te las quites —dijo, molesta—. Por el parqué.
Angie emitió un «Ah, sí» indiferente y subió las manos por sus muslos.
—¿Tu ropa también le hacía daño al parqué?
—Prueba a abrir una tubería con esa tortura de vestido.
—¿Eso hacías? —preguntó, y dio una calada—. Qué sexy. ¿Y sin invitarme?
Delia tiró la bota al suelo y le robó el cigarro. Lo apagó en el vaso de la mesilla.
—No se fuma dentro de mi piso.
—¿Qué dices? —se quejó Angie—. ¿Ni después? Venga ya, pero me vas a matar. Dime, ¿cómo te convenzo? Trabajo mucho mejor contenta.
—Angie, puede que mi caldera explote en las próximas dos o tres horas —la interrumpió Delia—, así que tenemos que empezar esto ya.
—¿Son poco para ti tres horas?
—No sé cómo te has atado los cordones estos que están pegados con… —masculló, intentando desatar la otra bota, pero entonces Angie coló un dedo en el centro de su sujetador y tiró de ella.
—Ven aquí.
Volvió a besarla como había hecho en el baño de la discoteca, como parecía saber hacer, de alguna forma, por instinto: Angie besaba, en concreto, para Delia. Su boca estaba en todas partes y Delia inspiró y enredó las manos en su pelo. Se deshizo en un tirón de su camiseta. Coló los dedos en el top deportivo que escondía debajo. Angie descendió con las manos hasta el final de su espalda y la hizo mover las caderas con ella; la pierna de Angie presionó entre sus piernas y Delia jadeó contra sus labios. Le agarró la cara y se alejó un segundo para mirarla, sin aire.
—Ahora sabes a tabaco.
Angie Samper sacó la lengua bajo el pulgar de Delia y lo lamió de abajo a arriba.
—No te preocupes —susurró, sonriendo—. En un rato te voy a saber a lo que tú quieras.
A la mañana siguiente, Angie le robó a Delia unas bragas de propaganda de ColaCao. No fue su trabajo más digno, pero fue un trabajo necesario: estaba segura de que las suyas se habían caído por la ventana la noche anterior, en un arrebato contra la cortina del cuarto.
Eran las siete y media todavía y ya había amanecido fuera. La luz blanca de hospital del cielo de Madrid encapotado la hizo vestirse con los ojos cerrados, tanteando por la habitación como un ciego. Intentó no hacer ningún ruido en su caminito de la vergüenza. Se recolocó el top y luego la camiseta, y al recuperar los pantalones bajo la cama se dio un golpe en el cogote con el somier. Delia siguió durmiendo, imperturbable. Angie se ató las botas ya en el salón, junto al pentagrama, y se bebió un vaso de agua en la cocina que luego entendió que era el líquido residual que escupía la caldera. No iba a recurrir a trabajos mayores, porque estaba muy feo después del sexo, pero entonces vio la Thermomix.
Angie salió el jueves 11 de septiembre del dúplex de Delia con agujetas y medio dormida aún, cargando a pulso una Thermomix robada. Se había olvidado la mochila en su carrera e hizo equilibrios con el cacharro para buscar un cigarro en el bolsillo.
No vio el escollo en el tercer escalón.
A la mañana siguiente, Delia se despertó con el golpe. Técnicamente, no fue ni un golpe: fue como un «gong», el sonido del estallido de un plato, justo en la base del cráneo que conecta con la nuca.
—¡¡¡Aaah!!!
Abrió los ojos. Miró a su alrededor, con el pulso acelerado.
Estaba sola en el centro de la cama.
Se puso a toda prisa lo primero que vio, que fue un bañador de un cajón abierto y encima un chubasquero que colgaba de la puerta, y bajó la escalerilla apresurada pensando que, al fin, y como el mundo le llevaba anunciando meses, había estallado la caldera.
Cuando llegó a la cocina, Angie estaba allí. El ruido de agua era ella sirviéndose un vaso en el fregadero. Durante una milésima de segundo, ambas se miraron y ni siquiera se reconocieron, desorientadas como moscas.
—¿Se ha roto algo? —preguntó Delia.
—¿Qué?
—Ha sonado… —Ojeó la cocina—. He oído un golpe y pensaba que se había roto algo.
—Yo no he oído nada.
—¿No?
—No, y he estado aquí.
Se produjo un silencio incómodo entonces, con Angie de pie a unos pasos, más alta de lo que a Delia le había parecido por la noche; Delia recordó, de golpe, toda la noche y todo lo que se puede recordar de alguien, y el gesto se les llenó a las dos de una información innombrable, de caras y de cuerpos y de posturas y ruidos.
—Me voy a ir ya —carraspeó Angie.
—Vale. Sí.
—Me iba ya, es que —le enseñó la pastilla que tenía en la mano— tengo un resacón. Me estaba matando la cabeza y te he pillado un ibuprofeno.
—Vale. Yo voy a… Yo tengo que irme a currar ya, que hoy es jueves.
—¿Vas a ir así a currar?
Delia bajó la mirada y se descubrió en bañador y chubasquero.
—Vete cuando puedas —añadió, antes de escabullirse—. Y gracias por… Bueno. Tú sabes.
—Desde luego.
Volvió a subir al segundo piso. Se vistió y se echó agua en la cara hasta que le salió por las orejas. Tuvo que colocarse una bufanda sobre los chupetones de adolescente que se descubrió en el cuello; claro que pensó, durante todo este proceso, en si bajar y hacer la cosa esta de intercambiar los números, pero ahora tenía que ser fuerte. Ella no era eso y esa no iba a ser su vida. No podía regresar vitalmente a los calentones recurrentes con sinvergüenzas.
Cuando pasó de nuevo junto a la cocina, Angie recogía del suelo su ibuprofeno, y ambas intercambiaron un último levantamiento de cejas como diciéndose «Bien jugado. Buen partido». Así se despidieron, con educada deportividad.
Cinco minutos más tarde, Delia salió de casa sin desayunar, deshidratada y muerta de sueño, cruzando los dedos por que hubiesen repuesto el papel en Casa Paco. Bajó las escaleras arreglándose el pelo con las manos. Se encontró con el cadáver de alguien haciendo el pino en el rellano del tercero.
—¡¡¡Joder!!! —Retrocedió, primero, y se tropezó—. ¡Joder!
Luego vio el pelo blanco y negro y los tatuajes sobre los brazos, sus propias bragas de propaganda de ColaCao y el casco del muerto, que en realidad era su Thermomix.
—¿Cómo…? —empezó—. ¿¡Angie!?
Delia miró hacia arriba por el hueco de las escaleras.
«Es imposible».
Volvió a subir corriendo al cuarto, al quinto, hasta la puerta del 6.º B, que era la única puerta que coronaba el edificio, y sacó las llaves, y las manos le temblaban tanto que no atinaba en la cerradura. «Es imposible». Abrió. Empujó el pomo. Al otro lado, cerrando la cremallera de su mochila para irse, se topó con Angie Samper, vivita y coleando.
—Anda —dijo—. Pero ¿tú no te ibas?
Delia la miró con los ojos redondos como posavasos.
—¿De qué va esto?
Angie pestañeó.
—¿Qué? —preguntó—. A ver, me habías dicho tú que te ibas…
—¿Tú te estás quedando conmigo? —la cortó Delia—. ¿Es… es… es… una cámara oculta, me estás tomando el puto pelo?
—¿Qué dices?
—¡¡¡Estás muerta ahí abajo!!! —gritó—. ¡¡¡Está tu cadáver ahí abajo, tirado en la escalera del tercero!!!
Para su sorpresa, Angie frunció el ceño y boqueó como un pez.
—A ver —dijo—. ¿Esto es una coña tuya para vacilarme o…?
—¿¡Cómo lo has hecho!? ¿¡Es un…!? ¿¡Es una réplica de silicona!? ¿¡Te has levantado a las seis de la mañana para colocar ahí un maniquí de silicona!?
—No sé de qué coño me estás hablando.
—¡¡¡No puedes estar aquí y tu fiambre haciendo el Circo del Sol en el tercero!!!
—¡Porque no existe mi fiambre, tronca! —la cortó Angie—. ¡Estoy viva aquí, estamos aquí gritándonos! ¿¡Tú te has metido algo!?
—¡¡¡Sí, lubricante alucinógeno!!!
—Dios mío, estás como las putas maracas… —Angie alzó un brazo para apartarla—. ¡Yo me piro de aquí! No, déjame; a mí no me vas a vacilar a estas hor…
El brazo atravesó el cuerpo de Delia. Fue así, como el recorrido de superficies de un láser: tocó a Delia y se seccionó, y luego salió el resto por la espalda, y siguió su trayecto.
—¿Qué…? —dijo Angie.
—¿Cómo…? —dijo Delia.
Se miraron, la una frente a la otra, en el rellano del dúplex, y durante un minuto no ocurrió nada, tan solo un silencio inmaculado, coronado por el «tic, tic, tic» de la caldera y el ruido del ibuprofeno cayendo de nuevo al suelo después de atravesar el estómago del fantasma de Angie. El fantasma de Angie Samper se apresuró a abrir la puerta, y su mano atravesó el pomo como hecha de humo.
—No me puto jodas.
Así que esta es la historia de Delia Agós y lo que le pasó el otoño que iba a cumplir los treinta: que la gilipollas con la que había follado una noche se despeñó (por gilipollas) por las escaleras y su alma se quedó atrapada para siempre en su dúplex recién hipotecado. Es decir, que quizá su madre tenía razón: a veces están por caer del cielo varios desastres vaginales.