1. Funerales para ardillas

CAPÍTULO UNO

Funerales para ardillas

Cuaderno de Brennan

A efectos de negación plausibles, todo el contenido de esta libreta es hipotético, especulativo o ficción. Sí.

Preguntas

¿Quién me convirtió?

Sangre: ¿animal? ¿Humana? ¿Cuánta? ¿Con qué frecuencia? ¿Comida normal también?

¿Otros vampiros? ¿¿¿Otros seres sobrenaturales???

¿Nocturno? ¿Duermo?

¿Ajo? ¿Luz del sol? ¿Plata? ¿Agua bendita?

¿¿¿¿¿Brillo?????

¿¿¿¿¿¿¿INMORTALIDAD???????

A Brennan Brooks le hicieron falta 48 horas, seis cafés y leer unas 8.000 páginas para llegar a la conclusión de que había demasiados puñeteros libros de vampiros, pero en ninguno se incluía un manual de instrucciones.

Se encontraba al fondo de la sala de estudio «silenciosa», en la segunda planta de la Biblioteca Folz, sentado sobre la moqueta en la sección de folclore y mitología, rodeado de libros apilados que se alzaban como torres. Llevaba puesta una camisa de franela encima de una camiseta de manga corta de un viejo grupo musical, comprobando si los vampiros necesitaban dormir y ducharse. ¿Y sabes qué? Ni dormir ni ducharse. Todo indicaba que no le hacía falta dormir, pero estaba desesperado por darse una ducha, aunque tendría que seguir investigando.

Según su propia experiencia, no existían problemas para los que los libros no tuvieran respuesta. Por desgracia, no había manual para torpes que se habían convertido en vampiro en un accidente del que no se acordaban muy bien.

Pero a él no le importaba sumirse en una investigación nada clara y perderse en un libro fascinante sobre el vampirismo en Serbia y Bulgaria, aunque a fin de cuentas no sirviera de nada. Sentía una sed persistente que hacía que le ardiera la garganta, le retumbaba la cabeza y cualquier sonido u olor era como un maremoto. El suave ronquido de un pobre diablo que no llevaba el semestre al día era como una motosierra y el chirrido rítmico de un carrito de la biblioteca sonaba como una alarma penetrante.

Unos pasos se pararon de repente, una sombra oscureció el texto y Brennan alzó la vista, parpadeó para deshacerse de la disonancia de volver a la realidad de una forma tan brusca.

—Si no te importa que te lo diga —dijo un fuerte acento sureño con aire divertido—, creo que te estás dejando unos cuantos textos esenciales del género.

Al final del pasillo había un tío con un carrito de la biblioteca y una ceja arqueada. Brennan procesó lo que debía de estar viendo. Una pila de libros, con títulos nada sutiles, como El vampiro, Vampiros y vampirismo, Les vampires, La leyenda y el romance del vampiro, y un montón más donde figuraban las palabras «vampiro», «sangre», «monstruos» y cosas por el estilo. Así que medio tapó con el brazo el libro que estaba leyendo y, parpadeando, levantó la vista hacia los fluorescentes.

—Mmm, ¿qué? —dijo.

—Vampiros, ¿no?

El bibliotecario tenía el pelo castaño y rizado, la piel clara un poco más bronceada que el tono pálido fantasmal de Brennan y unos rasgos delicados que se veían alterados por unas cejas pobladas. Le lanzó una sonrisa alentadora que le resultó familiar. No sabía por qué. Debían de haber ido a alguna clase juntos o haberse cruzado por el campus. Se parecía a Timothée Chalamet, pero le daban menos ganas de darle un puñetazo. ¿Quizá por eso le sonaba?

El vampiro se lo quedó mirando con los ojos entrecerrados.

—¿Tienes alguna recomendación? —dijo con voz áspera.

Tenía la boca seca, notaba la sed de nuevo. Se aclaró la garganta.

El chico seguía sonriendo, pero esta vez con picardía.

—Parece que no has pasado por la sección de novelas románticas juveniles malas. ¿No tienes Crepúsculo? ¿O es que ya te lo has leído?

Brennan se desanimó y apenas evitó poner los ojos en blanco.

—No, no lo he leído, pero no creo que me ayude para este proyecto en particular. De todas formas, gracias.

Volvió a centrarse en su montaña de destrucción.

Lo hizo en señal de despedida, pero el chico dejó el carrito al final del pasillo y se acercó hacia el montón de libros que los separaba. Llevaba puesta una camiseta ringer con el logo de una cafetería y todavía lo envolvía el olor amargo a nueces del expreso. De la oreja le colgaba un AirPod por el que sonaba alguna canción indie que Brennan no supo reconocer. Aquel tío olía demasiado bien para ser normal, lo que significaba que el vampiro tenía muchísima sed.

—Venga ya, ¿dónde está Crónicas vampíricas? ¿Vampire Academy? ¿La casa de la noche? —continuó el chico y, como el otro lo observaba con la mirada cada vez más perdida, añadió—: Al menos tendrás Entrevista con el vampiro, ¿no?

—Vale, a Anne Rice sí que la he leído —contestó—. Pero no creo que los triángulos amorosos con hombres lobo medio desnudos vayan a ayudarme ahora mismo.

—Muy bien, si no lo haces por la investigación, hazlo por la experiencia.

—Lo tendré en cuenta —dijo Brennan, que no se molestó en disimular que aquello le había hecho gracia.

Se fijó en los rizos castaños, en las pecas, y una vez más algo en su interior le dijo que había visto a ese chaval en alguna parte. Quizá hasta hubiera hablado con él. El recuerdo se le estaba esfumando, como un sueño que se desvanece cuando suena el despertador por la mañana.

En cuanto activó el escrutinio, el chico se irguió y retrocedió un paso mientras se le sonrojaban las mejillas.

—Ostras, estás aquí intentando trabajar y yo me pongo a soltarte un rollo de Crepúsculo y a distraerte.

—No, no pasa nada —se oyó decir Brennan y luego cerró la boca con un audible clic.

La verdad era que no debía animarle a eso…, a que lo distrajera. Tenía que trabajar, necesitaba respuestas, y no conseguiría nada porque un chico (muy mono) le hablara de Crepúsculo. No, no y no.

Mientras pensaba en cómo decirle de forma educada que lo dejara en paz hasta que averiguase si corría el riesgo de morder y matar a alguien, se oyó el sonido rítmico de unos pasos que se acercaban.

Una joven con una falda de tubo, tacones, unos pendientes enormes y el pelo azul se detuvo y se asomó por la estantería.

—Cole, en la 202B hay un novato que echa de menos su casa y la verdad es que a mí no se me dan tan bien estas cosas como a ti —dijo.

El chico —Cole, aunque el nombre no respondía a la duda de por qué a Brennan le sonaba tanto— se enderezó, se dio la vuelta con la energía de «Yo no estaba haciendo nada» y se centró en su compañera.

—No te preocupes, ya me encargo yo. ¿Puedes poner agua a hervir? Bajo en un minuto.

La chica asintió aliviada y desapareció por donde había llegado.

Y entonces fue cuando Brennan se dio cuenta de por qué Cole le resultaba tan familiar.

—¡Eres el tío buenorro de la manta! —exclamó y luego quiso que se lo tragara la tierra.

El otro hizo una mueca y después esbozó una sonrisa forzada por educación.

—Técnicamente, creo que el adjetivo que usan en la página de memes de la Sturbridge es mono, pero… sí. Eh…, ese soy yo.

Brennan se moría de vergüenza, pero el calor no se le subió a las mejillas como solía suceder. ¿Ya no se ponía colorado? Seguía con el boli en la mano y el cuaderno en el regazo, así que anotó la pregunta.

Cole movió los ojos —castaños, se fijó Brennan—de él a la libreta. Apretó los labios. Se estiró la camisa y al vampiro le llegó el aroma a café tostado.

—Perdona —dijo—. Me distraigo con facilidad. Es que… —Hizo una pausa, inseguro—. Hablamos una vez. Sabía que te conocía de alguna parte. Fue hace tiempo, no sé si ni siquiera te…

—Me acuerdo —lo interrumpió el otro. Volvió junto al carrito de libros.—. Claro que me acuerdo. Pero, oye, te dejo con lo tuyo. El deber de la manta me reclama.

Y se marchó tan rápido como había apartado a Brennan de la mitología serbia.

Este se quedó en el rincón un rato más, entre las estanterías, tratando de ahondar en el folclore búlgaro. Sin embargo, era incapaz de concentrarse y no hacía más que leer la misma frase una y otra vez.

Porque Cole había dicho que se acordaba, pero sin duda su tono decía que luego por la noche les contaría a sus amigos que menudo memo se había encontrado en la biblioteca. No podría volver jamás. Terminaría consumiéndose delante del ordenador en su habitación y moriría tal y como había vivido: solo y avergonzado.

Brennan cerró el libro y cortó esa línea de pensamiento.

La doctora Morris llamaría a aquello «catastrofizar». Seguro que Cole le daría menos vueltas de las que le estaba dando él.

La verdad, había sido algo sin importancia.

Fue el semestre anterior, no mucho antes de que ocurriera todo en marzo y Brennan dejara la universidad para ir a terapia. Estaba sentado en la biblioteca, como de costumbre, y estaba deprimido, como de costumbre. Se sumía en los trabajos de clase, esa vez en un ensayo larguísimo para Historia del Capitalismo. No es que fuera precisamente un tema tranquilizador. Había estado tecleando como loco, impulsado por la rabia y lo que ya sabía que eran sus problemas de regulación emocional. Después de meses de terapia, ya reconocía que se negaba a procesar las emociones, pero por aquel entonces creía que tal estímulo provenía de las atrocidades del capitalismo tardío.

Así que, cuando alguien apoyó la cadera en el escritorio donde había estado trabajando y dijo: «No te conozco, pero teclear tan cabreado suele significar que necesitas una pausa, picar algo, echarte una siesta o una combinación de las tres cosas», Brennan apenas se apartó de la redacción antes de romper a llorar.

Cole todavía no era Cole, tan solo el bibliotecario mono de la manta, un tío famoso en el Facebook de la uni, que ayudaba a estudiantes random a superar crisis diversas con mantas, peluches, juguetes antiestrés y bebidas calientes. Era auxiliar de biblioteca, pero se había convertido en una especie de leyenda urbana en el campus.

Había manejado a la perfección el pequeño ataque de nervios de Brennan, lo había llevado al almacén, que era el mejor trastero que una biblioteca pudiera tener. Además de las cajas de papel y el material de oficina, había una alfombra gruesa en el suelo, unas cuantas sillas cómodas con forma de huevo robadas de la sala de estudio de abajo y un hervidor eléctrico sobre una caja que servía de mesa.

—Pero ¿cómo tenéis todo esto aquí atrás? —se sorprendió Brennan.

El bibliotecario mono de la manta abrió una lata que había en una de las estanterías y dijo:

—¿Té o chocolate caliente?

El chico se puso a buscar a conciencia en la lata entre un surtido de infusiones y otros preparados para beber.

—¿Café?

—Tú eres de los míos —afirmó Cole y Brennan recordó claramente la sonrisa secreta que le había dedicado. En serio, aparte del acento del sur, no creía que lo hubiera reconocido sin esa sonrisa.

Y, en cuanto el bibliotecario mono le ofreció una manta y una taza de café instantáneo de mierda, lo soltó todo. Vomitó que la universidad no era lo que esperaba, que no tenía amigos y también qué coño se suponía que íbamos a hacer con la brecha salarial cuando el Congreso llevaba una década dando largas por quince dólares y ¿acaso importaba cuando solo somos motas insignificantes en el universo que al fin y al cabo van a morir?

Le había dado muchísima vergüenza aquel estallido y soltar todo aquello mientras se tapaba la cara para protegerse del mundo. No quería que lo vieran y Cole, con respeto, fue haciendo preguntas en el momento apropiado y él pudo responderlas. Lo escuchó. Rodeando delicadamente con las manos una taza con un montón de libros dibujados en la que ponía: «Solo un capítulo más».

El bibliotecario mono escuchaba, asentía y sorbía café mientras Brennan se bebía del suyo, hablaba y se negaba a mirarlo a los ojos. Después de la diatriba, recuperó el aliento y se dio cuenta de que ya se sentía mejor sin que Cole tuviera que decir nada.

—Ostras, tengo que volver a terapia —había dicho Brennan por toda conclusión.

Cole se rio y después se tapó la boca con la mano a modo de disculpa.

—A lo mejor sí —dijo y, aunque Brennan todavía le echaba miradas rápidas y avergonzadas, oía la sonrisa en su voz—. De todos modos, si alguna vez necesitas un lugar donde relajarte, este espacio suele estar libre. Si te lo encuentras cerrado, búscame. Estoy —tosió— por aquí.

Y ahí fue cuando la ansiedad tomó las riendas al fin, porque aquel tío trabajaba allí y tenía cosas mejores que hacer que escuchar sus lloriqueos por los problemas de mierda de un chico blanco del primer mundo. Se levantó enseguida y puso la taza sobre la caja como si quemara.

—Vale, es muy generoso por tu parte, gracias —se apresuró a decir—. Vengo mucho por aquí, así que seguro que te veo. Pero debería irme ya.

¡Y se fue!

Eso fue todo, ya está. Un encuentro unilateral del que estaba segurísimo de que no se publicaría nada en ningún grupo de Facebook.

Entonces ¿por qué se sentía como una mierda? El pánico le inundó el estómago y desató la ansiedad a lo grande.

Al volver al presente, cerró el portátil y se puso a recoger las notas y el ordenador. La biblioteca estaba en ese momento tan vacía como la noche del drama, pero esa vez se oía ruido abajo: voces, risas y gente tecleando.

Brennan se colgó la mochila al hombro y recorrió la primera planta de camino a la salida, rodeó a un estudiante dormido sobre un proyecto de arte, bajó las escaleras y salió a la zona principal.

Al echar un vistazo rápido, comprobó que no estaba lleno de gente y vio a Cole charlando con una chica envuelta en una manta como un burrito y literalmente llorando en el hombro del bibliotecario.

—¿Es que me odia tanto? ¿Por qué si no se iba a largar al día siguiente de mudarse?

Brennan vaciló en la puerta, las convenciones sociales le decían que no escuchara la conversación, pero le ganó la curiosidad, como siempre.

—¿Se lo has contado al residente encargado? —preguntó Cole.

—Me dijo que no le diera importancia —respondió la chica—. Pero ya han pasado unos días. ¿Y si le ha ocurrido algo?

Brennan se quedó helado. Había desaparecido una chica al día siguiente de instalarse en la residencia. También conocido como el día en el que él mismo se había convertido en vampiro en un accidente de tráfico que no recordaba muy bien.

Respiró hondo para intentar despejar la niebla que descendía en su cabeza cuando llevaba demasiado tiempo sin comerse una pobre ardilla. Tenía tanta sed que le picaba la garganta, lo que ya lo tenía hasta los cojones, siendo sincero. Todavía no había conseguido nada, salvo nuevos niveles de sed y ansiedad.

Cole alzó la vista hacia él, como si hubiera notado que lo estaba mirando. Inclinó la cabeza un poco y el vampiro hizo lo que mejor se le daba: correr.

Cuaderno de Brennan

Más sed = ¿Los sentidos se descontrolan? Todo el mundo huele como un puñetero batido de frutas.

Quejas:

¿Cuántas putas criaturas del bosque tengo que matar para dejar de tener esta maldita sed?

Nada parece ayudarme. Me quita el ansia un rato, pero no la sacia.

Tengo una hipótesis, pero voy a considerar otras opciones antes de que me dé una crisis existencial por algo que tal vez ni siquiera sea cierto.

Joder.

¿Sustitutos?

Café – milagrosamente, ayuda durante un tiempo.

Pendiente de probar:

¿Agua de coco?

¿Suplementos con hierro?

El campus de Sturbridge estaba lleno de espacios verdes abiertos, un montón de árboles frondosos y caminos serpenteantes, y en parte Brennan lo había elegido por eso: tenía un encanto de cuento del que se había enamorado. Pero llevaba ya dos años allí y seguía sin formar parte de la historia. No era más que un visitante, un personaje secundario. Era un bonito escenario al que no pertenecía.

No obstante, le encantaba salir a correr por los exuberantes bosques que rodeaban el campus, por esos senderos sinuosos y esas pendientes pronunciadas. En el instituto, cuando tuvo sus primeras experiencias con el insomnio provocado por un terror existencial que no le dejaba dormir, empezó a correr por no tener nada más que hacer. Le ayudaba bastante. Suponía que todo aquel rollo de las endorfinas del que hablaba la gente debía de ser verdad, porque todos los problemas opresivos del mundo se desvanecían si pisaba el pavimento con la fuerza suficiente. Al menos durante un rato.

Pero ¿eso? No se podía considerar correr, eso era volar.

Todo era más rápido, más nítido, cada paso lo llevaba más lejos, y los movimientos eran firmes e instintivos, incluso cuando avanzaba a una velocidad que sabía que nunca había alcanzado.

«¿Cuánto puedo correr?». Otra pregunta para el cuaderno. «¿Cuánto puede correr un ser humano? ¿Una persona normal? ¿Un atleta olímpico?».

En cuanto estuvo lo bastante lejos del campus para no cruzarse con un corredor descarriado, derrapó hasta detenerse. Percibió algo que subía por un árbol, un movimiento rápido. El instinto lo dominó, con la misma facilidad con la que respiraba, se abalanzó sobre la ardilla, la mordió y…

Bueno, Brennan sacaba a las arañas fuera de su apartamento porque no quería matarlas. Era vegetariano. Si alguien le hubiera preguntado dos días antes algo así como: «No atacarías a una ardilla salvaje, ¿verdad?», él habría tenido clara la respuesta. Pero la vida está llena de sorpresas.

Era todo un alivio seguido de una gran vergüenza, ese nivel de claridad que se siente después de correrse, cuando después se quedaba limpiando el estropicio que había montado. Salvo que el lío en este caso era el cuerpo sin vida de una ardilla.

Hizo lo mismo que con las dos ardillas y el conejo de los que se había alimentado dos días antes: se arrodilló y se puso a cavar. Le parecía que era lo mínimo que podía hacer.

Dejó el cuerpo inerte del animalillo en la tumba y le echó tierra por encima hasta que quedó cubierto. Ya puesto, arrancó unas cuantas flores silvestres de la maleza y las colocó sobre el trozo de tierra removida.

—Lo siento —repitió, se levantó y se sacudió la suciedad de las manos y las rodillas.

Continuó adelante. No se había dado cuenta, pero los pies le llevaban al puente al que le había prometido a su madre y a dos psicólogos que no volvería.

Admitió a regañadientes que tenían razón, considerando que era donde lo había atropellado un coche y lo habían convertido en vampiro, pero, si le hubiera contado todo eso a la doctora Morris, estaba seguro de que habría terminado otra vez en el pabellón psiquiátrico.

Ir hasta allí solía consolarlo: el pequeño y arqueado puente de piedra sobre el estrecho arroyo burbujeante y el sendero que terminaba en unos espesos matorrales. Era su sitio, lo bastante lejos del campus y lo bastante adentrado en el bosque para poder estar solo, pensar, escapar.

Pero entonces sucedió todo aquello en marzo y desde entonces el puente se alzaba sombrío y aciago.

El estrecho sendero se ensanchaba más adelante y el riachuelo caudaloso corría con más fuerza. Si seguías por aquel camino, llegabas a una carretera, aunque apenas era lo bastante amplia para que cupiera un coche. Allí, si sabías dónde mirar, era donde se hallaba el puente, oculto por unos cuantos arces.

Revivió los pasos que había dado aquella noche. También había ido caminando al puente.

Fue reduciendo el ritmo hasta detenerse.

Porque en ese momento, cuando salió al claro, vio un coche aparcado justo delante del puentecito de piedra y una cabeza de pelo oscuro se movió precisamente en la zona que Brennan recordaba al detalle. El vehículo también, una camioneta azul, oxidada y abollada por todas partes. La reconoció al instante, supo que aquel era el coche que lo había atropellado.

Por instinto, se agachó para que no lo vieran. Muy pocos excursionistas y ciclistas llegaban hasta allí. Aquel era parte del encanto que tenía antes ese lugar cuando quería estar solo. Desde que lo había descubierto, no se había topado nunca con nadie más.

Hasta ese momento. Y estaba merodeando el puto sitio donde Brennan estaba seguro de que había muerto dos noches antes.

Era una chica de complexión delgada, tenía el pelo largo y castaño, y estaba agachada como si buscara algo en el suelo.

Brennan se puso a pensar en una estrategia para ver cómo acercarse a observarla sin que lo viera, cuando notó una vibración en el bolsillo.

«BACKSTREET’S BACK, ALRIGHT!».

Cuando el móvil empezó a sonar, él se sobresaltó y la chica se estremeció. Al vampiro no le dio tiempo a agacharse y esconderse, así que ella lo vio en cuanto se giró hacia el sonido. Tenía una cara redonda y una piel pálida que se le grabaron en la memoria mientras los Backstreet Boys le jodían la única pista que tenía sobre lo que le estaba sucediendo.

En un abrir y cerrar de ojos, la chica se metió en el coche, arrancó y Brennan se levantó despacio de su penoso escondite mientras la veía alejarse.

Reprimió una palabrota mientras el vehículo desaparecía por la carretera y volvió la cabeza para asegurarse de que estaba solo, ahora sí, de verdad. La vibración y el ruido del móvil cesaron.

A unos metros de distancia, vio una mancha turbia que sabía que era sangre. Lo sabía porque lo olía. Lo sabía porque era suya, la sangre que había derramado aquella noche. Estaba justo en el lugar del impacto, justo donde había estado él.

Los neumáticos habían dejado marcas de frenado. Casi oía el chirrido, el rugido del motor.

«BACKSTREET’S BACK, ALRIGHT!».

Fue a coger el móvil con torpeza. La única persona que lo llamaba era su madre, que tenía un Trabajo Muy Importante que la Mantenía Muy Ocupada y que avisaría a la seguridad del campus si no contestaba a más de una de sus llamadas después de todo lo que había ocurrido en marzo.

Al ver su foto en la pantalla, una mezcla de culpa y ansiedad le encogió el estómago. En vez de sentir la emoción, respondió.

—Oye, tengo clase —dijo, cosa que no era mentira. Hacía diez minutos que tendría que haber ido a clase, si no hubiera huido de la biblioteca.

—Ah, no te preocupes, yo tampoco tengo mucho tiempo. Tengo una reunión con un tipo muy importante de Harvard sobre la conferencia medioambiental que voy a dar y, por supuesto, hoy es el día en el que la cafetería se queda sin los vasos buenos de papel reciclado y usa los de plástico.

—Vaya, la ley de Murphy —dijo Brennan inexpresivo.

—Sí, es uno de esos días —estuvo de acuerdo su madre, aunque el sarcasmo de su hijo era tan gigantesco que habría interceptado un vuelo del aeropuerto de Boston. Como si se le hubiera ocurrido después, la mujer añadió—: ¿Cómo estás? ¿Cómo pongo esto en videollamada? Quiero verte la cara.

Ah, claro. Así era su madre. Meredith Brooks, un peso pesado académico barra activista que iba por ahí gritando sobre la subida del nivel del mar y el plástico de un solo uso en un intento por salvar el planeta. Esa parte molaba. Siempre estaba ocupada, siempre tenía reuniones o clases, primero era científica medioambiental y luego madre. Esa parte molaba menos.

Brennan hizo una mueca y miró su reflejo en el teléfono para asegurarse de que no tenía sangre en la cara. Lo cual era algo que creía que tenía que hacer antes de una videollamada con su madre.

La mujer tardó todo un minuto en activar la cámara, luego aparecieron las dos imágenes rectangulares superpuestas y vio el pelo rubio de su madre, cuidado y recogido en una perfecta cola de caballo. Estaba bronceada y era fuerte, desprendía una energía innata. No era de extrañar que le fuera bien en el espacio medioambiental. Tenía un aspecto estupendo.

Y después estaba su hijo. Tenía el pelo medio teñido, la cara pálida, demacrada y con ojeras. Parecía la sombra deprimida y zombi de un ser humano, lo cual se acercaba tanto a su estado actual de muerto viviente que daba miedo.

—Ah, bueno —dijo la mujer e hizo una pausa para mirarlo bien antes de añadir—: Necesitas un corte de pelo.

La verdad era que sí, pero ¿le volvería a crecer? Otra pregunta para el cuaderno. Aunque no tenía más prioridad que otras.

—Sí —afirmó—, tengo que ir a la peluquería, pero aún estoy adaptándome al semestre.

—Dímelo a mí —apuntó su madre, y él se preparó para el monólogo que iba a empezar—: Kirigan me ha pasado todas las asignaturas de primero con una condescendencia increíble. Pero la verdad es que disfruto dando clases a los más jóvenes, ayudándolos a sentar las bases…

Brennan dejó de escucharla y se concentró en el sonido del viento que mecía los árboles. Su madre al final había aceptado la plaza de profesora titular unos meses después de que él empezara la universidad. Estaba inmersa en el trabajo y en pleno apogeo, aunque en cierta manera seguía siendo una novata. Estaba orgulloso de ella, claro, pero no podía evitar que le molestara un poco. Se había pasado toda la vida mudándose de un sitio a otro porque ella no quería asentarse y, en cuanto él se había marchado de casa, cambiaba de opinión.

La gente le decía a Brennan que hacía falta ser una persona especial para sacarse un máster y dos doctorados siendo madre soltera, pero él no estaba de acuerdo. Hacían falta dos personas especiales. La primera, una madre egocéntrica y académica; la segunda, un chaval autosuficiente, que se quedaba solo en casa, condenado a crecer con problemas de apego.

—… estoy tratando de gestionarlo día a día —terminó. Su hijo iba asintiendo para indicarle que la estaba escuchando, lo que no era cierto—. Pero bueno, entonces ¿mantienes el ritmo de las clases? ¿Avanzas con las lecturas?

—Claro —respondió. Había empezado a leer capítulos en cuanto los libros de textos estuvieron disponibles, pero esa ventaja no le serviría de nada con todo lo que estaba sucediendo.

—¿Y qué tal te va?

Odiaba que le hiciera esa pregunta. Siempre la pronunciaba como si la tuviera en una lista de obligaciones.

—Bien —contestó él sin dar más detalles.

Su madre lo examinó a través de la pantalla, acercó tanto la cara a la cámara que no se veía nada más. Tenía dos doctorados, pero no sabía sostener un teléfono sin que se le vieran las fosas nasales ampliadas.

—Me alegro mucho —dijo la mujer con la voz cargada de emoción.

No, no, como empezara a llorar, le iba a colgar…

—Me alegro muchísimo de que te vaya bien —continuó su madre y se sorbió la nariz—. Ya sabes cuánto me preocupo y lo que me asusté el semestre pasado.

Se puso a llorar. La cámara mostraba la barbilla desde abajo, destacando a la perfección de qué forma le temblaba el labio inferior.

—Ay, mamá. De verdad, estoy bien. Este semestre será distinto, lo sé —dijo. Volvió por instinto al mantra que llevaba repitiéndose desde hacía unos días, pero que en ese momento le parecía una mentira descarada.

—Solo quiero que seas feliz y estés bien, ¿vale? No podría pasar otra vez por algo como aquello.

Fue como un puñetazo en el estómago. En alguna parte de su cabeza, la doctora Morris estaba diciendo algo sobre los padres narcisistas y con falta de madurez emocional, pero Brennan no la oía. Cerró la cremallera de la mochila y se levantó porque necesitaba moverse, caminar, correr.

—No tienes que preocuparte por eso —le dijo—. Lo tengo todo bajo control. Bueno, tengo que dejarte…

—Vale, yo también tengo que colgar, pero sabes que tienes mi tarjeta de crédito para lo que necesites. No tienes que pedirme permiso para usarla.

Brennan dio un par de pasos antes de que algo le llamara la atención, algo rosa fucsia en la hierba a un lado de la carretera.

Se agachó para recogerlo. Era un coletero rosa. No tenía ni marca ni etiqueta, nada que lo distinguiera. Pero era algo. Quizá era lo que la chica estaba buscando. Pero ¿por qué? ¿Qué quería? ¿Qué sabía?

—¿Brennan? ¿Me oyes?

Él se metió el coletero en el bolsillo. Un problema para más tarde. Más preguntas para su cuaderno.

—No necesito nada —insistió el joven.

Su madre ya le pagaba el alquiler desde que él había perdido las clases particulares que daba el semestre anterior. Sabía que tenía dinero y una vida acomodada, pero era difícil quitarse la costumbre de recortar cupones y contar monedas para comprar comida cuando tu madre se olvidaba de hacerlo (y luego se iba sin ti a dar una conferencia fuera de la ciudad).

—Tienes que comer. El café no cuenta. Pide comida a domicilio, yo pago. Cualquier día para cenar. Parece que te estás muriendo de hambre. Deben de pensar que soy una madre horrible.

Colgó y Brennan se quedó mirando la pantalla negra durante un rato demasiado largo.

Repasó mentalmente los motivos por los que quería a su madre, la respetaba y estaba orgulloso de ella. Era trabajadora, le inculcaba el valor del conocimiento y a veces, de pequeño, lo había sacado del colegio para llevarlo al zoo, al acuario o a la biblioteca, pues siempre decía que la vida de fuera del aula era tan importante como la de dentro.

Y, una vez que lo recordó, se permitió cambiar a la nube tormentosa de negatividad que sentía en realidad. Dejó que el enfado le moviera los pies y se dirigió a su piso.

Eso era lo que no soportaba de haber sobrevivido en marzo al intento de suicidio: todo el mundo quería que hablara con ellos. Apenas había procesado las emociones que le despertaba haber intentado quitarse la vida, como para tener que manejar las de los demás: la preocupación, el interés, los «¿Cómo puedo ayudarte?» y los «Pero ahora estás bien, ¿no?». Lo único que quería hacer desde entonces era pasar página, pero pasaban los meses y la gente quería seguir oyendo que estaba mejor, que estaba bien.

No obstante, si era completamente sincero, había estado mucho mejor, joder.

Salvo que nadie quería escuchar eso. ¡Dios! Ni siquiera él mismo quería escucharlo.

La garganta volvió al estado natural de fuerte ardor y fue entonces cuando enseguida pasó de la angustia y las demás chorradas y se centró en otra cosa que había dicho su madre.

Porque él sabía lo que era beber agua cuando tenías hambre.

A los doce años, tuvo la primera crisis existencial, se pasó días y noches chutándose Gatorade y familiarizándose con cualquier idea popular de la vida después de la muerte. No se dio cuenta de que llevaba sin comer una semana hasta que se desmayó delante de treinta estudiantes despiadados de séptimo mientras presentaba un resumen de la novela La ladrona de libros.

Beber de animales era un poco como eso. Bastaba para calmar el ansia durante un rato, pero no lo suficiente para detenerla. Y Brennan tenía una teoría de lo que saciaría esa necesidad.

Peor aún, la voz de la chica llorando en la biblioteca retumbó en su cabeza. Alguien había desaparecido a la vez que él se había despertado y se había dado cuenta de que era un vampiro. Quizá necesitaba sangre humana para sobrevivir y quizá había perdido la memoria entre el momento en el que el coche lo atropelló y se despertó en su apartamento, ocho buenas horas durante las que cometió un asesinato.

Contempló el suicidio por un instante, muy típico de él, pero en plan guay, de forma sencilla y lógica, por favor. Aunque de alguna manera, en algún punto, la terapia debía de haber funcionado, porque no estar vivo no le resultaba una opción atractiva. Al menos, no era tan interesante como ser… un muerto viviente.

Y, la verdad, esa sensación era una novedad. Para alguien que había intentado suicidarse seis meses antes, «optimismo» no era una palabra que asociara precisamente consigo mismo, pero aquel semestre casi tenía cierta esperanza.

La culpa y la angustia eran su pan de cada día. Pero ¿y si trataba de hacer algo al respecto? ¿Tener esperanza? ¿Y si quería seguir luchando? Para continuar viviendo.

Era algo muy nuevo para él. Acababa de recuperar todo eso.

Regresó al puente y se sentó con la espalda apoyada en las rocas, como antes. Cerró los ojos. Contó hasta ocho mientras realizaba un ejercicio de respiración que había aprendido de los terapeutas en el centro especializado al que fue después del intento de suicidio. Abrió los ojos.

Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la libreta que siempre guardaba allí.

Si se atrevía a desear existir en este planeta, tendría que beber sangre humana. Lo que implicaba situaciones ambiguas a nivel moral y cometer delitos menores, cosas que por lo general intentaba evitar.

No podía arrastrar a nadie más a esa mierda, como antes arrastraba a la gente a su estado de ánimo o preocupaba a su madre. Era su problema y lo resolvería él solo. Y lo haría bien: si tenía que ser un vampiro, sería el mejor puto vampiro de aquel lado del meridiano de Greenwich.

Porque sí, claro que tenía un plan.

Y quizá hasta funcionaba.

CAPÍTULO DOS

El pacto de sangre

Cuaderno de Brennan

Edificio Michaelson de Ciencias de la Salud

Horario de apertura

Vigilancia en el edificio en ambas entradas de 7:00 a 9:00 de lunes a viernes.

Vigilancia en el edificio solo en la entrada principal de 10:00 a 17:00 los fines de semana.

Puertas cerradas con llave el resto de las horas.

Conserjes: de 0:00 a 1:00 todas las noches, todos los días de la semana.

Servicio de limpieza: de 22:00 a ¿? Sábados por la noche.

¿Clave o contraseñas?

10/09 6:59 - El vigilante usa una clave para entrar, un código para desactivar la seguridad. ¿¿¿Cuál???

11/09 7:02 - 99 algo, no lo veo.

12/09 7:00 - Vale, en realidad era 09 y no sé qué más.

13/09 6:58 - 091298 *voz de hacker* ¡Estamos dentro!

Ética y moralidad

Según el consecuencialismo, robar sangre estaría bien, porque en un principio me impedirá hacer daño o matar a otras personas. Pero no, espera, porque robar esa sangre impediría que la tuvieran las personas que la necesitan. O que se llevara a cabo una investigación que salvaría vidas. Así que está mal.

Utilitarismo: solo me beneficia a mí y a las personas a las que no mataré con mis propios dientes, cosa que no me parece encomiable.

Según el altruismo, de hecho, la respuesta sería el suicidio, puesto que, al eliminarme a mí de la ecuación, ya no habría ni muerte ni robo ni privaría a la ciencia ni a los médicos de la sangre. No es la conclusión más divertida.

El absolutismo diría que, si ya estaría jodido por robar, no digamos por robar algo que salva vidas. Kant me mataría con una estaca sin dudarlo: según Kant, matar vampiros tal vez sea una buena acción universal. Menudo consuelo ser el objetivo de Kant.

El hedonismo diría que está bien, porque me proporciona placer/alivio. Eso no me hace sentir mejor. El hedonismo no se caracteriza por su moralidad.

El relativismo moral: ¡vale, este a lo mejor funciona! El valor moral está relacionado con el contexto y la cultura. En este caso, eh… Supongo que en la cultura vampírica beber sangre humana es… ¿menos malo? No estoy muy convencido, pero es mejor que nada.

El término medio de Aristóteles diría que la virtud está a medio camino. Así que, eh… Quizá, si esta vez robo sangre y luego soy superbueno haciendo otra cosa, equilibraré mi karma o lo que sea eso… No está tan mal. A lo mejor podría hacer eso.

Brennan iba a Biología en el Michaelson Hall en primero. Era un edificio moderno, tenía unos ventanales que iban del suelo al techo y paredes curvas, todo era nuevo y brillante, olía a hospital. Era el edificio que enseñaban en todos los folletos, aunque la mayoría de las clases terminaron relegadas a edificios de humanidades menos modernos y más deteriorados que estaban en la otra punta del campus. Esos que llevaban tiempo sin reformarse y siempre olían a moho y huevos. Puaj.

Cuando entró en la Universidad de Sturbridge no conocía el Michaelson, pero ya estaba familiarizado con él. Porque si había algo que sabía hacer eran los putos deberes.

Sabía cuántas entradas tenía, cuántas ventanas se abrían y a qué hora cambiaban de turno los vigilantes de la entrada principal.

Se había hecho un mapa básico con las pocas cámaras de seguridad que había, lo bastante sencillo para saber que, al entrar por la puerta de atrás y subir por una escalera, llegaría a donde necesitaba sin que lo vieran. ¿Se podía grabar a los vampiros en vídeo? ¿O era que no salían en las fotos? A lo mejor solo era que no se reflejaban en los espejos.

En cualquier caso, ya era muy tarde. El reloj marcaba las 6:55 y Brennan merodeaba por debajo de un árbol al otro lado de la explanada verde que lo separaba del edificio Michaelson. El césped, que a menudo estaba lleno de gente jugando al frisbi, haciendo picnic o estudiando, estaba entonces vacío, salvo por una ardilla que correteaba por ahí.

Brennan se estremeció por el aire fresco —¿sería la memoria muscular? ¿Aún podía resfriarse?— y se subió la cremallera del cortavientos.

Tenía una sed brutal. Sentía el cuerpo febril, no por la temperatura, sino por la debilidad y el mareo. Y ahí estaba el constante impulso irrefrenable, como si apenas pudiera contenerse, como si estuviera a un inconveniente de soltarse.

A lo lejos apareció una figura andando por el camino pavimentado que llevaba hacia Michaelson y Brennan se sobresaltó. Era el vigilante y no lo vio por poco.

Sus sentidos, todavía atronadores y confusos, se mezclaban en una neblina que atribuía a la sed. De momento era una hipótesis, al menos, porque, cuanto más se moría por beber, más le costaba distinguir unos sonidos de otros y el ruido se acercaba desde todas las direcciones.

Avanzó dando un gran rodeo por el patio para acercarse a la entrada trasera. A esas horas, no estaría la puerta cerrada con llave, no habría vigilancia ni nadie por allí merodeando.

Lo único que tenía que hacer era seguir el olor de la sangre.

Caminó con determinación, como un sabueso con el hocico pegado al suelo. Movía el cuerpo como si hubiera aprendido ballet sin saberlo, en perfecto equilibrio con cada paso delicado y extremadamente ligero que daba. Necesitaba apuntar eso. Tal vez aquella condición tenía sus ventajas, después de todo.

Llegó a la puerta del aula y volvió a echar un vistazo antes de entrar y cerrar tras él. Ni siquiera habían echado la llave.

El olor lo invadió al instante y el sobrecogedor instinto de morder lo agarró por el cuello.

Aquella sensación todavía extraña de los colmillos bajando le llenó la boca.

Brennan casi se teletransportó al frigorífico gigantesco que había al otro lado de la sala, ignorando mesas, escritorios y pizarras blancas con elaborados diagramas. Porque lo sabía. Había visto suficientes películas y tenía suficientes pistas para estar seguro de que estaba allí…

Abrió la nevera y vio las bandejas de la sangre en viales y bolsas de plástico.

«Oye, si no quieren que les roben las muestras, deberían tener más seguridad», pensó y estaba a punto de morder una de las bolsas de plástico cuando oyó voces y unos pasos. Debía de tener los sentidos muy embotados para no haberlos advertido hasta entonces, pero se puso en acción y metió en la mochila tanta sangre como le pareció sensato robar.

Y, joder, era cierto que pensaba mangar solo un poco, lo bastante para no llamar la atención, pero suficiente para salir del apuro. Sin embargo, no tenía ni idea de cuánto le iba a durar una ración y tendía a tener más sed de la que había supuesto, así que ¡a la mierda!

Se apresuró a coger el botín con el máximo cuidado posible, cerró la cremallera y dejó las puertas del frigorífico tal y como estaban.

Los pasos se oían ya en el pasillo y solo tenía un instante para alejarse del recién llegado. Lo que significaba: «Deja de pensar y actúa, imbécil».

Cruzó la sala a toda velocidad para abrir la puerta y oyó los pasos al otro lado.

Se giró para echar un vistazo. Aunque no le pillaran con las manos en la masa, faltaba una buena cantidad de sangre… No podían verlo, de ninguna manera.

Miró la puerta y después se volvió aterrado hacia la ventana.

Saltó hacia ella, la abrió y asomó la cabeza.

Todo despejado, no había testigos.

Y estaba solo en la primera planta. La gente sobrevivía cuando saltaba desde esa altura, ¿verdad?

Retrocedió y se colocó bien la mochila.

Y luego se lanzó por la ventana.

Rodó al aterrizar, rápido y experto, como si defenestrarse fuera algo que hiciera todos los días. En parte deseó que lo hubiera visto alguien, seguro que había sido la hostia.

Pero le tiraba más el aroma que desprendía la mochila y la sed atroz que lo dominaba. Se rindió ante el olor, el instinto, y dejó que el cuerpo lo guiara.

Cogió una bolsa, hincó los dientes en el plástico y la vació. Entonces, sintió cómo el líquido le bajaba por la garganta, lo que le pareció irreal del todo. Era una mezcla de la satisfacción que se siente al rascarte cuando te pica, al darle el primer bocado a una tarta de queso vegana y al tener un orgasmo que te hace gritar. Como si todos los nervios se le iluminaran por la satisfacción, por el alivio.

Se terminó la ración en cuestión de segundos, como un tío de fraternidad bebiendo cerveza en las fiestas a las que sus amigos de primero le convencieron para ir. Salvo que esos chicos terminaban atragantándose y vomitando en el fregadero, mientras que él levantó la cabeza y vio el mundo en tecnicolor por primera vez.

La sensación de hormigueo, como fragmentos metálicos clavándosele en la piel, se calmó y los sentidos se transformaron en algo vívido y real. Antes, los ruidos que lo rodeaban eran una cacofonía y entonces quedaron relegados al fondo. Por primera vez desde que lo habían atropellado, sentía la mente en paz. La comezón en la piel desapareció, como si se hubiera puesto aloe en una quemadura del sol, y, a su alrededor, todo se volvió nítido con una claridad asombrosa. Había puesto su propia vida en resolución 8K y era…

Muy potente.

El mundo tenía una claridad tremenda, era más definido, y entonces fue cuando Brennan se dio cuenta demasiado tarde de que no estaba solo.

El olor turbio a marihuana.

Los pasos que se detuvieron a trompicones.

Los latidos de un corazón cada vez más acelerados.

El vampiro levantó la cabeza de la bolsa de sangre vacía y vio en la puerta a Cole, el bibliotecario mono de la manta, con un mechero en una mano y un porro entre los labios. Lo vio justo antes de que se quedara boquiabierto y que se le cayera el canuto.

Habría sido gracioso si Brennan no hubiera estado sufriendo catorce crisis distintas.

Todavía tenía los colmillos sacados, le sobresalían entre los labios. Quiso retraerlos, pero allí permanecieron, reacios a esconderse.

—Mmm —dijo, quedándose paralizado del todo, como si eso fuera a activar algún poder secreto vampírico de invisibilidad. No hubo suerte. «Joder»—. Hola.

Se dio cuenta de que tenía sangre en los labios y fue a limpiársela con el dorso de la mano, pero Cole se estremeció ante aquel movimiento. De forma automática, Brennan alzó ambas manos en señal de rendición.

—¡No voy a hacerte daño! Es… espera.

Se concentró para que se le retiraran los colmillos. «¡Ya no hay más sangre! ¡Se terminó lo que se daba! ¡A dormir!». Era como hablarle a una erección inapropiada, un pensamiento que le añadía insulto al daño.

Recordó las gambas al ajillo que había hecho su compañero de piso Tony la semana anterior, el olor acre que penetraba en las paredes y le estropeaba su refugio para la investigación, y por fin los colmillos se retiraron.

Lo primero bueno que hacía la cocina de Tony por él, muchas gracias.

—Seguro que esto tiene muy mala pinta, ¿verdad? Sí, yo diría que sí… —Se calló cuando Cole, despacio, se llevó las manos a los ojos para frotárselos con los puños cerrados y parpadeó con fuerza—. ¿Me creerías si te dijera que soy un acróbata con mucho talento y que esto es un zumo de frutas de marca blanca?

—¿Y… tus…? —tartamudeó el bibliotecario y después acabó la pregunta—. ¿Colmillos?

Bueno. Era demasiado para mantenerlo en secreto. Nunca se le habían dado bien las mentiras.

—Vale —admitió, con las palmas extendidas como si le estuviera hablando a un animal asustadizo—, puede que sea un vampiro.

Las palabras flotaron en el aire durante todo un minuto antes de que el otro se echara a reír, una risa ligera y confusa, hasta que terminó en un histérico: «¡Qué coño!», que apartó a Brennan de la avalancha de pánico en su cerebro.

—¡Qué coño! —exclamó, riéndose como un loco—. ¿Es una broma?

¿La vida de Brennan? Sí. Por supuesto, de nivel estratosférico.

—No lo creo —contestó arrastrando las palabras.

—¿No lo crees? —Cole cada vez subía más la voz, pero no se movía del sitio, estaba plantado en las escaleras que llevaban al Michaelson—. ¿Me estás diciendo que eres un vampiro y que acabas de saltar de una ventana y de beberte una bolsa de sangre donada?

Joder. Mierda. Por dentro soltó una retahíla de palabrotas, pero se contuvo y no pronunció ninguna en voz alta. Su madre estaría orgullosa.

—Sé que suena… ridículo, sí, pero es una hipótesis en desarrollo. Todavía es algo nuevo para mí. De hecho, esta ha sido la primera vez que bebo sangre humana. ¡Hace una semana ni siquiera comía carne! —El cerebro y la boca se le movían demasiado rápido y sabía que estaba divagando, pero necesitaba llenar el silencio—. Mi madre me puso un documental sobre la ganadería intensiva cuando iba al instituto y nos hicimos vegetarianos los dos.

Vale, no. Eso era irrelevante y Cole lo estaba mirando como si estuviese pirado. «Ve al grano, tío», se interrumpió a sí mismo y dejó de caminar de un lado a otro para empezar a dar unos golpecitos con el pie sobre el suelo. Miró a Cole y le suplicó en silencio que por favor dijera algo, pero este estaba inmóvil, con una mueca de preocupación extraña.

—Entonces, en la biblioteca, cuando mirabas esos libros de vampiros…

—Estaba investigando —confirmó Brennan.

Cole recogió el porro que se le había caído y lo encendió con la urgencia de alguien que no sabe qué otra cosa hacer. Sacudió la cabeza un par de veces, al parecer por toda la situación. Brennan no lo culpaba. Ni él mismo sabía aún cómo procesarlo.

Dio una buena calada.

—Me estás diciendo que los vampiros existen de verdad —dijo señalando con la mano que no sostenía el canuto.

—En cierta manera, sí, estoy llegando a esa conclusión. No es como en Drácula ni Crepúsculo, las reglas son muy raras y, bueno, lo más importante: no brillo.

—Qué desilusión —dijo Cole resoplando.

Brennan se rio antes de recordar volver a entrar en pánico. ¿Qué haría ese tío? ¿A quién se lo contaría? Apenas comprendía qué le estaba sucediendo y el caballero andante del sur que fumaba porros e iba por ahí con una manta correría a llamar al cura más próximo para asegurarse de que no le atacara.

El bibliotecario por fin se movió para comprobar que no hubiera nadie en la calle. Dios, a lo mejor se estaba asegurando de que hubiera testigos en caso de que lo matara. Las farolas se apagaron mientras la luz de primera hora de la mañana iluminaba las copas de los arces y los edificios de piedra rojiza. Era principios de septiembre, pero el frío de la noche se había asentado en la ciudad universitaria.

—Odio preguntarlo, pero… —empezó a decir Cole.

—Adelante —lo animó el vampiro—. De todos modos, dudo que sepa la respuesta.

—¿Debería asustarme?

Brennan se tragó el olor acre del humo, flexionó los dedos y los volvió a estirar. Impotente, miró al chico, que le dio una calada al porro y se quedó mirándolo con los ojos entrecerrados como si él fuera la única persona que pudiera darle respuestas.

«Espero que no», estuvo a punto de decir y después: «No lo creo», pero nada de eso le parecía bien.

—Estoy tratando de averiguarlo —contestó en cambio.

Cole se rio.

—Bueno —dijo casi para sus adentros—, si estás robando de la campaña de donación de sangre, al menos sé que no estás atacando a humanos por la calle en secreto.

—Esa es la idea, sí.

—Entonces no está tan mal —decidió el otro, inclinando la cabeza mientras daba otra buena calada.

—¡Cole! —lo llamó una voz desde la ventana abierta por la que Brennan había saltado—. Huelo el porro desde aquí. ¿Vas a venir a ayudarme o qué?

El vampiro lo miró a los ojos y se le erizó toda la espalda.

—¿No te lo he mencionado? —susurró el bibliotecario—. Estoy ayudando a mi amiga con la campaña de donación de sangre de la universidad.

Pues claro.

—¿Qué pasa? ¿Estás haciendo amigos ahí abajo?

Una cabeza de rizos oscuros se asomó por la ventana de arriba.

Brennan se encogió con la esperanza de esconder la cara. Aunque ya no tuviera sangre y la chica no viera bien la mochila desde donde estaba, sí podía distinguir el pelo decolorado y podría reconocerlo en una rueda de identificación si se daba el caso. Dios, esperaba no llegar a ese punto.

Cole se giró, pero mantuvo los ojos en Brennan mientras decía:

—Siempre, Marisela. ¡Ahora subo!

Cuando la susodicha desapareció en el edificio, Brennan tragó con fuerza mientras el otro lo contemplaba. Aquel chaval, en el lugar equivocado en el momento equivocado, podía amargarle la vida de vampiro antes de que hubiera empezado de verdad.

—Este es el trato —le propuso en tono conspiratorio, inclinándose hacia delante con un secreto en la mirada. Lo único que Brennan pudo hacer fue imitarlo, como atraído por un imán—. No se lo contaré a nadie si no le haces daño a nadie.

—¿Pero…?

—Pero —dijo Cole— a cambio…

Brennan se preparó. Tenía material para hacer un buen chantaje. Podía pedirle cualquier cosa.

El bibliotecario sonrió con picardía y dijo:

—Vas a leerte Crepúsculo y me vas a ir informando de lo que te parece.

Brennan parpadeó.

—Estás de coña.

Cole se encogió de hombros, al parecer estaba muy satisfecho consigo mismo. El vampiro no sabía si sentirse aliviado o muy muy preocupado.

—Oye, eh…, ¿cómo vas de colocado? —le preguntó.

—Me parece que se dice: «Hola, ¿cómo estás?» —lo corrigió el otro, soltando una risita como respuesta a su pregunta—. Entonces ¿qué me dices? ¿Hay trato?

Cole no fue tan lejos como para tenderle la mano y estrechársela, quizá era confiar demasiado incluso para ir colocado, pero a él le pareció una oferta importante. Un salvavidas.

Brennan lo aceptó con gusto.

Poco después de robar la sangre de la campaña de donación, sellar un pacto clandestino con un críptido del campus y volver caminando a su apartamento, a Brennan le vibró el móvil en el bolsillo.

No lo cogió hasta que no llegó a casa, pasó por delante de Tony, que jugaba al Halo en su Xbox y dejó la mochila a los pies de su cama. Se tiró de bruces sobre el colchón, de forma dramática, y, después de un buen rato, por fin miró el teléfono.

Le dio un vuelco el corazón.

1 mensaje sin leer

[Número desconocido]

Sabemos lo tuyo.