Así es como lo verás mañana
—¿Habéis encontrado fuerzas para seguir?
—Seguimos y ya las encontraremos.
ÓSCAR ALONSO (72 KILOS)
Siempre he sido una persona muy sufridora, alguien que se ha preocupado mucho por todo y que ha dado infinitas vueltas a cada problema. Incluso aunque este se solvente, he tenido tendencia a rumiarlo y a desgranarlo una y otra vez, entrando en bucle. Si eres así, sabrás que resulta agotador. Padeces mucho y sientes que tu cabeza no descansa, que va a mil por hora y que no la puedes controlar.
Al ser de esta manera, a lo largo de mi vida siempre me abrumaron mucho los problemas. La mayoría se me hacían un mundo. Por pequeños que fueran, por poca relevancia que tuviesen en mi vida, me parecían gravísimos. O, más bien, mi cuerpo y mi cabeza reaccionaban como si lo fuesen. Racionalmente, intentaba convencerme de que no era para tanto, de que lo que estaba pasando no tenía tal magnitud, pero de nada servía: mi cuerpo reaccionaba como si lo persiguiese un león.
Funcionar así es agotador, y como psicóloga tenía claro que cargar con ese sufrimiento día tras día tendría repercusiones en mi salud, por lo que debía tomar medidas para cambiarlo. Para mayor fortuna, además de mi formación, tuve otro gran maestro: mi pareja, que es todo lo contrario a mí.
Con frecuencia, cuando algo me abruma, acudo a él para que me ayude a relativizarlo. Le expongo el problema de raíz y después todas las ramificaciones que mi cabeza genera a partir de ello. Al explicárselo me doy cuenta de lo ridículo que suena cuando lo digo en voz alta, y todavía más ridículo suena todo cuando mi pareja, después de escucharme, desgrana el problema, lo relativiza y me lo presenta de forma que incluso hace que parezca sencillo.
Es curioso, porque ¿conoces ese dicho de «no te preocupes, descansa, que mañana lo verás de otra manera»? Bien, pues mi pareja tiene la capacidad de ver al instante las cosas tal y como yo las vería mañana. No necesita que pase el tiempo para relativizar y «verlo de otra manera». Él lo ve todo en perspectiva desde el primer momento.
A mí me sucedía que, cuando pasaba el tiempo, me daba cuenta de que no era para tanto. Incluso me sabía mal por mí, porque para poder comprobar que el asunto no era tan grave o que, aunque lo fuera, no era necesario padecer de esa manera, había necesitado pasarlo fatal por el camino. Y, claro, ese sufrimiento me lo llevaba conmigo para siempre.
Así es como, tras años observando que este patrón se repetía en mí, aprendí que un problema podía ser difícil, duro, tedioso…, con lo que mi forma de afrontarlo no podía serlo también. Porque si el problema era doloroso, y mi reacción y forma de abordarlo (sobrepensando y torturándome) lo eran aún más, yo estaba sufriendo por partida doble. Y no hay que hacer que un problema duela dos veces.
Con el tiempo aprendí a soltar la responsabilidad de solventarlo todo e intermediar en todas las situaciones. Ahora entiendo que no tengo tanto margen de maniobra como creo y que, aunque lo tenga, hay veces en las que no debo actuar. He aprendido que en ocasiones es necesario dejar que las cosas sucedan y caigan por su propio peso. Porque tienen que pasar.
Antes, cuando sucedía algo malo o incómodo, sentía cómo caía una pesada losa sobre mí: la losa de la responsabilidad de tener que solucionar y, por supuesto, de no equivocarme al hacerlo. Pero, realmente, la mayoría de las veces no hay tanto que pueda hacer o, incluso, esa responsabilidad no es mía. En el pasado la asumía yo, pero no me correspondía a mí, y me podía volver loca dándole doscientas vueltas al problema y a las posibles soluciones, aunque realmente no tenía tantos caminos que escoger, porque no todo estaba en mi mano. Ahora sé que, en la mayoría de las ocasiones, tengo más margen de maniobra respecto a cómo siento y cómo me enfrento al problema que sobre el problema en sí.
Cuando empecé a aplicar esta manera de afrontar las dificultades que me iba presentando la vida, me di cuenta de que los problemas, por diferentes que parezcan entre sí, realmente tienen similitudes que permiten clasificarlos. Con el tiempo, elaboré seis categorías en las que encasillarlos en función de su naturaleza y de la forma en la que podían afrontarse. Así fue como me di cuenta de que, clasificándolos y entendiéndolos, mi cerebro aprendía a reaccionar ante ellos acorde a la magnitud real y a las necesidades reales de los problemas.
En ocasiones es necesario dejar que las cosas sucedan y caigan por su propio peso. Porque tienen que pasar.
No todos los problemas son iguales, pero para evitar que nuestro cuerpo reaccione frente a toda dificultad como lo haría ante una catástrofe, hay que practicar el hacer una pausa para identificar el problema y meterlo en el cajón que le corresponde. De esta forma le concedemos a nuestro cerebro un espacio para interpretar adecuadamente la situación y, por ende, reaccionar a ella de forma proporcional. Y esto, claro, se entrena. O, al menos, yo así lo he hecho.
Desde que empecé a poner en práctica lo que te contaré en este libro, cuando mi cabecita detecta un problema, logro ponerme en «pausa» y pensar: «Bien. ¿Qué tipo de problema es este? ¿Cuál es su magnitud real? ¿Qué forma de actuar requiere entonces?». Y, por ende: «¿Qué espacio voy a darle en mi vida ahora mismo?». Y, en la mayor parte de las ocasiones, mentalmente logro coger las riendas de la situación antes de que todas las emociones me atropellen.
De hecho, este libro surgió a raíz de una conversación improvisada con mi editora en la que le conté, sin darle mayor importancia, la «técnica» que estaba aplicando desde hacía tiempo para afrontar los problemas de manera que no me devorase la ansiedad, como me pasaba de costumbre. Al explicárselo extensamente, me dijo: «Esto es buenísimo. Esto es un libro». Y, nada, aquí estamos un par de años después.
Entonces ¿vengo a venderte una técnica infalible para dejar de sufrir para siempre? No, en ningún caso. No hay un método para que la vida sea un camino de rosas, y, si alguien te promete eso, te está mintiendo. Pero sí hay formas de conseguir que lo que duele duela menos y que lo que te abruma y sientes que se te va de las manos puedas gestionarlo con más calma y entereza.
Aun así, aunque no pretenda venderte un método infalible, he aprendido a no subestimar el poder de un libro. Hace cuatro años escribí mi primer libro Querida yo: tenemos que hablar. Un libro en el que, con toda la humildad que puede tener una escritora joven publicando su primer manuscrito, explicaba aquello que me había ayudado a mí, lo que yo habría necesitado leer. «Con que ayude a una persona, ya habrá cumplido su cometido», me decía a mí misma antes de que saliese a la luz. Y aún hoy en día, cuatro años después, recibo cada día cientos de mensajes de personas dándome las gracias por cómo este o mis otros libros les han cambiado la vida.
Un libro que escribí con el mayor síndrome de la impostora del mundo (síndrome que aún me acompaña en cada paso que doy) ha ayudado a cientos de miles de personas. ¿He logrado yo esto por ser psicóloga y gracias a lo aprendido en no sé cuántos cursos y másteres? Seguro que no. Porque, cuando escribo mis libros, lo hago como persona. Como persona que ha estudiado Psicología (y que sigue estudiando), sí, pero sobre todo como persona que ha tenido que desarrollar a la fuerza estrategias y mecanismos para proteger su salud mental en una vida que no se lo ha puesto nada fácil.
Y, con este librito que tienes entre tus manos, decido hacer lo mismo una vez más: enseñarte lo que a mí me ha ayudado y desear con fuerza que, ojalá, para ti también funcione. Pero siempre como persona, como ser humano que ha sufrido y sufre, como alguien que te entiende, que seguramente ha estado donde tú estás o, al menos, muy cerquita. No soy mejor, no soy mucho más sabia ni soy un ser humano especial. Solo te hablo de lo que yo sé, igual que tú podrías enseñarme sobre otras cosas.
Así que a eso voy. A tratar de pasar a tu cabecita los conceptos que hay en la mía y que tan bien me han funcionado hasta ahora. De ellos, coge los que conecten contigo, y los que no deséchalos. Como si no me hubieses leído. Pero ojalá alguno se te quede y te abrace el alma cuando lo necesites.
De aquí en adelante, léeme con todo el cariño, respeto y agradecimiento que siento hacia ti por confiar en mí y por dedicarme este tiempo que destinas a leerme.
La teoría de los 6 problemas
Los problemas forman parte de la vida. Desafortunadamente, también las desgracias. La realidad es que, por mucho que te esfuerces en no pasarlo mal, siempre sucederán hechos que te dejarán fuera de juego, que se escaparán de tu control; sucederán y te harán sufrir. A veces, muchísimo. Y es duro. Duro e injusto. Porque pueden llegar a pasarnos cosas realmente espantosas para las que nadie está ni debería estar preparado. Vivencias que se marcan en nuestra historia con día y hora y que acaban teniendo aniversario propio, pero sin nada que celebrar y mucho que lamentar.
Esa es la vida. Pero lo es para ti, lo es para mí y lo es para todo el mundo, aunque entiendo que en ocasiones sientas que se ensaña especialmente contigo y te moleste. Incluso puede que en algunas tengas razón, porque hay veces en las que la vida aprieta demasiado y tú acabas luchando por mantenerte a flote en medio del océano, con una roca atada al pie mientras ves como otros pasan por tu lado en lancha.
Puedes enfadarte, porque en ocasiones la vida se porta fatal. De forma injusta. Cruel. Y da mucha rabia porque sabes que no te lo mereces. Y que la vida no mire, ni aunque sea un poquito, si lo mereces o no antes de repartir los tortazos, pues molesta. Molesta porque cada día te esfuerzas en ser una buena persona y pones tu granito de arena para que el mundo sea un lugar más amable en el que vivir y, de repente, la vida te pega un revés que te deja tieso. «Pero… ¿por qué a mí? Si no he hecho nada malo, si siempre intento hacer las cosas bien, ¿por qué?», te preguntas. Y la respuesta es esta: «Porque sí, porque te ha tocado». Pues claro, evidentemente, te enfadas muchísimo y con razón. Y tienes derecho a patalear. Tienes derecho a expresar tu dolor, a chillar, a maldecirlo todo. Faltaría más. La vida es injusta, muchas veces pagan justos por pecadores, mala hierba nunca muere, siempre llueve sobre mojado y todo eso, sí.
Pero llega un punto en el que tienes que integrar el aprendizaje de que la vida es así con todos, no solo contigo. No es nada personal contra ti y, además, no va a cambiar. Por eso no puedes acomodarte en un bucle autodestructivo, dando pataditas al aire. Porque, si haces eso, no avanzas, te quedas en la misma casilla. Y, si ahora estás en una casilla mala, lo más lógico es seguir avanzando para salir de ella y pasar a la siguiente, no permanecer inmóvil maldiciendo eternamente tu situación y tu mala suerte. «Si estás atravesando un infierno, sigue caminando», dijo Winston Churchill. Porque nadie quiere detenerse en el infierno.
«Si estás atravesando un infierno, sigue caminando», dijo Winston Churchill. Porque nadie quiere detenerse en el infierno.
Así que, si las cosas van mal, sigue caminando. Sigue avanzando con el corazón en la mano, respetando tu dolor y confiando en tu resiliencia. Tu querida resiliencia, esa bellísima capacidad que tienes dentro de ti para afrontar todo lo malo que te sucede y que aumenta con cada obstáculo al que te enfrentas. Aunque no te des cuenta. Aunque ni siquiera te lo propongas. Es algo que sucede por sí solo. Como las flores, que no eligen florecer de forma voluntaria y, sin embargo, lo hacen cada primavera.
Aun así, no voy a engañarte: por resiliente que seas, lo malo duele. Sin embargo, con el tiempo y la práctica comprendes y respetas que lo haga, porque sabes que forma parte del proceso y que no es para siempre, que pasará y vendrán épocas mejores.
Sabes que la vida es así. Que todos convivimos con problemas. Con las secuelas del daño que nos hicieron otras personas. Con la impotencia de no poder controlar todo lo que sentimos. Con la angustia que genera la incertidumbre cuando algo que nos afecta no está bajo nuestro control. Con el peso de una injusticia terrible. Con el miedo de tomar ciertas decisiones, por si nos equivocamos y después nos arrepentimos cuando ya no hay vuelta atrás. Con despedidas que se llevan parte de nuestra vida. Conflictos que no sabemos cómo resolver y que nos mantienen en vilo durante noches. Recuerdos que nos atormentan. Desgracias que nos desmontan la vida y que encima, a veces, vienen encadenadas. Heridas que no sabemos cómo sanar. Preocupaciones pequeñas, medianas e inmensas. Todos convivimos con ello. Te lo prometo, no estás solo. Todos libramos batallas, cada uno las nuestras, pero batallas.
Hasta que un día tu pareja te tapa mientras duermes. Escuchas la risa de tu hijo. Tu abuela te compra el dulce que te encantaba cuando eras un niño. Tu madre te acaricia el pelo. Papá te abraza. Tu mascota se acurruca a tu lado. Tus amigos te dicen que te echaron en falta el día que no fuiste. Una vieja amiga te escribe para decirte que algo le recuerda a ti. Un desconocido es amable contigo. Saltas de alegría por una buena noticia. Encuentras un trabajo que te hace feliz. Cantas a todo pulmón una canción que te eriza la piel. Te hacen una foto bonita. Lees un buen libro. Hueles a pan recién hecho. Un pajarito pía cerca de tu ventana. Saboreas un café exquisito. Y, de repente, la vida cobra el sentido que parece que se pierde cuando duele.
La realidad es que todo lo bonito de la vida coexiste con lo más feo de ella. No existe solo una cosa u otra, existen ambas. Al mismo tiempo y de forma incluso irónica.
Por eso, a menudo tenemos que refugiarnos en cómo una gota de lluvia resalta el color de una flor hasta que pase la tormenta.