Uno. Cecily

UNO

Cecily

Esto es un error.

El peor de todos.

El más desastroso.

Tal vez hasta el más letal.

Me remuevo en el sitio, sudando por detrás de la máscara. La camiseta y los vaqueros se me pegan a la piel de una forma casi insoportable.

Inhalo aire con fuerza para alimentar mis pulmones hambrientos, pero es como si consumiera humo. Me pican los dedos de las ganas que tengo de tocar la máscara o reajustarme la peluca que se me clava en el cráneo.

Después de pensarlo detenidamente, decido no hacerlo.

Este lugar debe de estar lleno de cámaras de seguridad y lo último que quiero es llamar la atención de estas personas.

Porque no debería estar aquí. Detrás de las líneas enemigas.

Mi mirada vaga discretamente hacia un lado mientras alterno de manera metódica el respirar por la boca o por la nariz.

La almádena del atardecer empieza a decaer en el horizonte, salpicando en tonos anaranjados por detrás de las nubes grises.

Una sensación espeluznante embarga el aire espeso y cala en mis huesos. A excepción de mí, nadie parece prestar atención al descenso ceremonial del sol ni a la negra silueta de peligro que baña este lugar.

Delante de mí hay personas que llevan máscaras blancas parecidas con números escritos en negro en la frente.

Fui una de las primeras que consiguió entrar en la cámara de la decadencia, por lo que mi número es el veintitrés. Estoy en la segunda fila, que, al igual que la primera, tiene veinte personas.

No, alumnos.

Hay cuatro filas, y la quinta es la que se está ocupando poco a poco con más participantes que entran en la mansión gótica guiados por hombres fornidos que llevan trajes de chaqueta negros y grotescas máscaras con forma de conejo.

Tajos rojos se asoman por las máscaras en la zona de la boca y rodean los agujeros por los que se ven sus ojos indiferentes. Sin embargo, lo que me ha puesto nerviosa, además de los dientes afilados y sucios, ha sido que el guardia de la entrada ha comprobado dos veces mi invitación por código QR.

Estaba convencida de que se daría cuenta de que le he robado la invitación a otra persona y que me he colado donde no debería.

A pesar de la peluca de cabello castaño que me he puesto para cubrir mi pelo plateado tan llamativo, las lentillas grises y las gafas de pasta, no estaba segura de poder pasar desapercibida.

Aun así, no he hablado para que mi acento británico no me delate.

Después de todo, la King’s U es una universidad estadounidense y a los de la Royal Elite University nos reconocen fácilmente en cualquier multitud.

Sobre todo en aquellas de las que no deberíamos formar parte.

Como esta iniciación.

El conejito me dedicó una mirada fulminante, mucho más larga que la que soportaron otros participantes, pero al final me colocó una máscara numerada en la cara y me estampó en la muñeca el mismo número.

Tuve que dejar el móvil, las llaves y las gafas a otro de sus amiguitos con cara de conejo antes de poder entrar.

Y ahora estoy esperando junto a otras ochenta y cinco personas. Más bien ochenta y siete.

Lo sé porque los he contado.

Es lo que suelo hacer cuando los nervios están a punto de rajarme las venas y salpicar la sangre por el suelo: contar.

También analizo lo que me rodea: observo, vigilo y busco un modo de escapar.

Ahí ha sido cuando he pensado que he cometido un error.

Este lugar no se diseñó para tener una vía de escape. Cuando entras, estás acabada. Física. Mental.

Emocionalmente.

Después de todo, esta mansión pertenece a los Paganos (uno de los clubes más famosos de la Kings’ U, un lugar que rezuma poder corrupto, riqueza infinita y ataduras a la mafia).

De hecho, la mayoría de sus miembros forman parte de la mafia rusa o tienen alguna relación con ella.

Todos los alumnos que se han presentado hoy aquí son de la KU y están sedientos de una migaja de ese poder. Un atisbo de la monstruosidad.

Es un privilegio recibir una invitación a la iniciación de los Paganos, que se celebra dos veces al año, al principio de cada semestre.

Las probabilidades de que te acepten en el club son de un uno por ciento. No solo porque este tipo de iniciaciones son brutales, sino porque los miembros fundadores son bastante selectivos.

Ni que decir tiene que yo no he venido en busca de una medalla o para entrar de verdad en este club. Me echarían a patadas en cuanto descubrieran quién soy. Mi único objetivo es saber más sobre su funcionamiento interno y recabar toda la información posible sobre sus miembros y la propiedad.

Ahora bien, las probabilidades de hacerlo sin llamar la atención serán de un cinco por ciento, así que son bastante ínfimas, la verdad.

Pero tengo un superpoder.

La invisibilidad.

Si lo decido, puedo pasar desapercibida en cualquier situación. Lo único que debo hacer es permanecer callada, integrarme en el fondo y moverme sin dudar.

El crujido de la puerta al cerrarse me saca de mis atareados pensamientos y pone fin al proceso de admisión.

Cien alumnos se alinean en cinco filas bien definidas. Algunos están totalmente en silencio, como yo, y otros murmuran y parlotean entre ellos. Hay hasta quien bromea y da codazos y empujones a sus amigos.

Las palabras «emoción», «qué ganas» y «por fin» flotan en el ambiente lúgubre con la energía de una nana perturbadora.

Todo este lugar me resulta espeluznante. Parte de esa sensación se debe al hecho de que la mansión que los Paganos usan como sede es enorme y antigua, al estilo catedral, y podría usarse para hacer rituales satánicos.

De gran altura, con tres plantas, distintas alas y dos torres al este que supongo que emplean para la vigilancia.

Hay una sensación perturbadora que flota por dentro y alrededor de sus muros, a juego con la infame reputación que tiene el club.

Teniendo en cuenta que la mansión se encuentra fuera del campus y, por lo tanto, tiene más terreno que las residencias, es un complejo enorme y, lo más importante, aislado.

Un enorme bosque rodea el edificio, pero, por lo que he oído, está totalmente vigilado y ninguna alma que no pertenezca a los Paganos o aquellos a los que inviten, tiene permitido entrar.

Las puertas dobles con pomos con forma de demonio se abren de par en par, y los innumerables hombres con máscaras de conejo entran corriendo en un mar de terror.

No se pronuncia ni una sola palabra, pero la mezcla de los pasos rápidos, las caras desfiguradas y la gran cantidad de personas involucradas bastan para dejarme petrificada.

Nos rodean de manera sistemática, y sus máscaras de Halloween son los únicos rasgos que proyectan al mundo. Treinta y cinco. Todos esos hay.

Y son todos enormes, fornidos y guardias.

Porque, por supuesto, los miembros de los Paganos tienen su propia seguridad. Son príncipes de la mafia y tienen que regresar a sus imperios sangrientos.

Sus padres nunca permitirían que fueran a la universidad sin guardias que monitorearan todos sus movimientos.

La charla trivial se esfuma en cuanto las puertas dobles del piso de arriba se abren y cinco personas vestidas de negro se asoman al balcón.

Todos los ojos se posan en ellos.

Todas las miradas, todos los alientos, toda la atención humana se centra en los miembros principales de los Paganos, que nos miran desde arriba como si fuéramos plebeyos.

Unas máscaras de neón de La Purga cubren sus rostros, cada una de un color distinto: rojo, blanco, verde, amarillo y naranja. Y como está a punto de atardecer y está nublado como es habitual en Inglaterra, los colores destacan contra el entorno negro.

Un contraste cruel.

Un contraste espeluznante.

Un contraste que haría que cualquiera recordara esos colores y esas máscaras si se los topara en la oscuridad.

Un sonido de estática invade el aire antes de que suene una voz distorsionada:

—Enhorabuena, habéis llegado a la iniciación de los Paganos, un hito más que competitivo. Sois la élite selectiva que los líderes del club consideran digna de unirse a su mundo de poder y conexiones. El precio de estos privilegios es más de lo que el dinero, el estatus o el nombre pueden pagar. La razón por la que todo el mundo lleva una máscara es porque todos sois iguales a los ojos de los fundadores del club. El precio de convertirse en un Pagano es entregar tu vida. En el sentido literal de la palabra. Si no estáis dispuestos a pagarlo, salid por la puerta que hay a la izquierda. Una vez os marchéis, perderéis toda oportunidad de uniros.

Se abre una puerta junto a los portones y diez personas exactas salen con la cabeza agachada.

Los noventa restantes no se mueven de sus sitios. Después de todo, han venido aquí con la promesa de poder y posición que no solo les vendrá bien a lo largo de su carrera universitaria, sino en sus futuros venideros.

Si no hubiera hecho una promesa, yo también me iría, pero la hice, así que debo mantener mi palabra.

La voz nos envuelve otra vez, sin duda proviene del techo:

—Enhorabuena de nuevo, señoras y señores. Demos comienzo a la iniciación.

Mi atención se desliza a los cinco del balcón, inamovibles, en silencio, intimidantes sin tener que mover un músculo.

El verdadero poder no es gritar o dar órdenes. No es hacer alarde de músculos o mostrar un arma. Es plantarte con una confianza pasmosa, como estos tíos, y saber que tienes a todo el mundo a tus pies.

El verdadero poder reluce bajo la superficie, es una energía que siempre está a punto de romper las costuras.

—El juego de esta noche es el depredador y la presa. Seréis cazados por los miembros fundadores. Son cinco contra noventa, así que tenéis ventaja. Si conseguís llegar al límite de la propiedad antes de que os den caza, seréis Paganos. Si no, estaréis eliminados y os acompañarán a la salida. Los miembros fundadores tienen derecho a emplear cualquier método disponible para cazaros, incluida la violencia. Si el arma que elijan os toca, quedaréis eliminados automáticamente. El daño físico puede ocurrir y ocurrirá. Vosotros también tenéis permitido el uso de la violencia contra los miembros fundadores, si es que podéis hacerlo. La única norma es no matar a nadie. Al menos, de forma intencionada. No se permiten preguntas ni se otorgará piedad. No queremos débiles en nuestras filas.

La atención de la gente, incluida la mía, se centra en el arma de cada miembro.

La máscara roja porta un bate de béisbol, que apoya en el brazo como quien no quiere la cosa.

La máscara verde sostiene un arco y, en un carcaj a la espalda, guarda flechas con punta de goma.

La máscara blanca acaricia una enorme cadena que envuelve sus manos como una serpiente.

La máscara naranja lleva guantes, y estos descansan sobre un palo de golf que apoya sobre el suelo.

La máscara amarilla no tiene ninguna arma, pero tiene los puños cerrados.

Cuando hablan de violencia, se refieren a violencia de verdad. Yo lo sabía, me pasé toda la noche de ayer preparándome mentalmente para ello, pero la realidad es diferente a lo que había imaginado.

O previsto.

—Os damos una ventaja de diez minutos. Os sugiero que corráis. La iniciación ha comenzado.

Todos a una, los pies de mi alrededor echan a andar. Y, poco después, todo el mundo sale corriendo en distintas direcciones.

Dedico una última mirada a los Paganos vestidos de negro, con sus máscaras de neón y sus posturas impertérritas.

Observan a los participantes a la huida absolutamente imperturbables. Sin reacción. Sin un destello de emoción.

Son personas a las que les han enseñado a permanecer en calma, a aguardar el momento, a esperar la oportunidad y a nunca mostrar las ganas. A pesar de que estoy segura de que la caza es algo más que gratificante para ellos.

Esto no trata de aceptar nuevos miembros o de la supervivencia de los más aptos. Ha habido muchísimas iniciaciones en el pasado, la mayoría acaban sin que se unan nuevos miembros, y nadie sabe nada de los participantes que consiguieron superar la iniciación.

Intento adivinar quiénes son por las caras detrás de las máscaras o por el cuerpo, pero son todos muy parecidos (altos y musculosos), menos la máscara blanca, que es algo más esbelto.

Aun así, es imposible descifrar quién es quién.

O buscar aquel del que debo mantenerme alejada cueste lo que cueste.

No, borra eso.

Debería evitarlos a todos.

Son depredadores y yo soy la presa. Si alguno de ellos me pilla, me destrozarán con sus propios dientes.

Mis pies vacilan un segundo de más, un segundo que no tengo, un segundo que todos los demás aprovechan para correr hacia el bosque.

Me doy la vuelta y sigo al resto.

Me tiemblan las piernas a cada paso que doy, pero la promesa que hice sigue reverberando en mi caja torácica tan feroz como un segundo corazón.

Los alumnos corren entre árboles gigantescos, ajenos a la niebla plomiza que envuelve el complejo y se esconde en cada rincón y recoveco.

La ausencia de sol y la poca luz hacen que los árboles parezcan negros, agoreros, como si estuviéramos en una secta rodeados de demonios.

Decido centrarme en la misión y echo a correr para avanzar todo lo posible. Me topo con árboles en los que han instalado estratégicamente cámaras y altavoces pequeños para cubrir todo el terreno, pero yo agacho la cabeza y los dejo atrás a la carrera para evitar llamar la atención de quien sea que esté viendo los vídeos. Dudo que los miembros los usen para darnos caza, pero es posible.

Después de todo, no hay reglas que lo impidan en la caza de esta noche.

Me cuelo entre matorrales y sigo a un grupo de alumnos a los que he oído hablar de algo parecido a una estrategia.

Normalmente me distancio todo lo posible de los demás, pero he venido para observar cómo funcionan estos monstruos. La única forma de pararle los pies a la gente trastornada es analizarlos primero, ponerse en su piel y comprender cómo piensan.

Solo entonces podrás infligirles algún tipo de dolor.

No soy yo quien les causará ese dolor, por cierto. Soy demasiado débil físicamente para eso. Pero gracias a mi superpoder, tengo las habilidades de espionaje perfectas.

El grupo de tres no se da cuenta de mi presencia mientras los sigo por detrás de los arbustos. Mis zapatos no hacen ruido y el ruido que provoco al colarme entre la maleza se camufla con los sonidos que ellos mismos causan.

Atravesamos una parte del bosque mientras nos movemos a paso decidido.

Están utilizando la cabeza más que los músculos. En lugar de correr e intentar evitar a los Paganos, estos tres parecen conocerse mejor el bosque y están usando esa ventaja para llegar a la meta antes.

—Números setenta y cuatro y dieciocho, eliminados.

Me encojo al oír los altavoces y me obligo a no pensar en cómo han sido eliminados.

Los tres a los que estoy siguiendo (cinco, seis y siete) ni se frenan al oírlo.

Esta no debe de ser su primera vez. Muchos de los que fracasan en otras iniciaciones vuelven a la mansión de los Paganos si los miembros consideran que son dignos de probar suerte de nuevo.

Una razón más por la que estos candidatos son los mejores a los que seguir.

Se abren camino entre ramas caídas y, aunque no les prestan atención a las cámaras, saben cómo pasar sin ser vistos.

La voz del altavoz resuena de nuevo y anuncia la eliminación de más números, a veces por grupos, a veces en pareja. Cada vez que sucede, me pongo en tensión y voy alternando entre respirar por la nariz y la boca para calmarme.

El número cinco, que va en la delantera, se detiene, y los demás lo imitan con los puños cerrados a los costados.

A través de las ramas y las hojas, distingo un palo de golf en el suelo. Entonces aparece la máscara naranja.

El número seis se dispone a pegarle un puñetazo, pero la máscara naranja no solo lo esquiva, sino que le da con el palo en toda la cara.

Me llevo las manos a la boca para evitar chillar cuando la sangre estalla por debajo de la máscara del número seis, que cae al suelo con un ruido quedo. Me tiemblan las piernas, así que me agacho entre los arbustos para observar la escena entre jadeos.

Los números cinco y siete salen corriendo en distintas direcciones, pero la máscara naranja lanza el palo de golf a la nuca del número cinco, estampándolo contra el árbol, y corre detrás del número siete. Se mueve con confianza, rezuma una cantidad aterradora de control.

Y de poder.

Sus movimientos son muy poderosos. Sus acciones. Cada decisión que toma.

Ni siquiera espera a que el palo golpee al número cinco. Sabe que lo hará, y lo hace, tal como demuestra el cuerpo inerte del participante que yace en el suelo.

Algo me dice que ha decidido perseguir al número siete por un motivo, y la curiosidad me carcome las entrañas para descubrir cuál es.

Pero no lo hago.

Porque eso implicaría seguirlos y acabaría eliminada.

La curiosidad es la obra del demonio y sus esbirros para hacernos irracionales.

El altavoz dice que los números seis y cinco están eliminados y espero que diga el número siete, pero no lo hace.

Tal vez ha logrado escapar. «A por él, chaval estadounidense aleatorio».

Lo importante es que por ahora estoy a salvo.

Poco a poco, me pongo en pie y examino lo que me rodea con cautela.

Esta vez, me toco la peluca para ponerla en su sitio e ignoro el cosquilleo que siento en mi cuero cabelludo sudoroso. También echo mano a la máscara para asegurarme de que está bien colocada.

Mis oídos sensibles captan una serie de pasos y, cuando vuelvo a agacharme, veo que cuatro participantes cruzan corriendo un claro. La máscara naranja se dirige hacia ellos, la máscara roja va detrás. Acaban con ellos en un pispás y sus cuerpos quedan inconscientes en el suelo.

Me cubro la boca con la mano de nuevo, clavando las uñas en el plástico de la máscara, arañando su superficie.

Joder.

Esto es mucho más cruento de lo que me había imaginado. Sí, había oído los rumores sobre lo despiadados que son los Paganos y que nunca se contienen, pero presenciarlos golpear y pegar es harina de otro costal.

No es solo por ver cómo estalla la sangre, lo fuerte que golpean caras y cuerpos, o saber que se han cargado a unos cuantos por el camino. No es solo por las máscaras de neón tipo Halloween que persiguen a la gente como si fueran animales.

Es también el sonido. Los crujidos, los latigazos, los puñetazos y los golpes sordos de los cuerpos al caer inertes sobre el suelo. Son los gritos amortiguados, los gimoteos, las súplicas de algunos de los participantes.

Uno de ellos dice:

—Me voy. Por favor, ahorradme esta vez…

Los dos Paganos apenas comparten una mirada antes de irse cada uno en una dirección.

La máscara roja desaparece entre los árboles y yo me planteo la mejor forma de hacer lo mismo sin alertar a la máscara naranja.

¿Sabes qué? Será mejor que espere a que se marche antes de moverme.

A pesar del dolor que gritan mis extremidades y de lo mucho que me tiemblan las piernas, me quedo en cuclillas, sin moverme, con miedo a respirar.

La máscara naranja se inclina sobre el número cinco y recoge su palo. Algo líquido ha manchado sus guantes de cuero negro y gotea sobre el suelo.

Es rojo sangre.

¿Cómo es posible que sean tan… monstruos siendo tan jóvenes? Pero, claro, probablemente son así desde que nacieron, por culpa del mundo al que pertenecen.

Nunca me ha gustado este tipo de gente, los que hacen daño solo porque tienen poder para hacerlo.

Los que arruinan familias enteras solo porque pueden.

Los que corrompen moralmente a los demás.

Mentes maquiavélicas sin límites ni principios.

Los Paganos están a la cabecera en esa lista, con sus códigos de conducta retorcidos y sus mentalidades hedonistas.

La máscara naranja se yergue en toda su impresionante estatura, que tapa casi todo el horizonte y luego, muy lentamente, ladea la cabeza en mi dirección.

Los puntos neones relucen en la oscuridad casi absoluta y un silencio fantasmagórico nos envuelve a ambos.

Me recorre un escalofrío por la columna cuando escucho su voz grave:

—Sé que te estás escondiendo. Sal y prometo no hacerte daño. No mucho, al menos.

DOS

Cecily

Dejo de respirar por un segundo.

Es imposible.

No ha podido verme ni de coña. No solo porque no he hecho ruido, sino porque además soy invisible.

A menos que tenga acceso a las cámaras de seguridad.

No. No veo nada en sus orejas, así que es imposible que esté en contacto con los de seguridad.

Entonces ¿cómo leches se ha dado cuenta de que estoy aquí?

Lanzo una mirada a mi alrededor para confirmar que me ha hablado a mí y no a alguien que esté cerca.

Los altavoces anuncian que otro número ha caído y resuena en el silencio como una condena. Un tic involuntario levanta mi hombro, pero me quedo donde estoy, observando.

O más bien atrapada por la máscara naranja, que sigue a unos treinta metros de distancia con el palo de golf apoyado en el hombro como si tal cosa.

Y sigue mirando en mi dirección, el naranja fluorescente de su máscara se torna cada vez más depredador e intimidante conforme avanza la noche. Sin embargo, no me está mirando a mí directamente, por lo que no sabe exactamente dónde estoy.

—Sal ahora que te estoy dando la oportunidad. Si tengo que sacarte, la cosa se pondrá peor.

«Va a ponerse peor de todas formas, psicópata».

¿Y cómo es posible que alguien suene tan apático y metódico cuando habla? Es el tono que tendría un robot.

Un robot malvado y defectuoso que está planeando la desgracia de la humanidad.

—Se acabó el tiempo. —El peso de sus palabras me llega antes de que eche a andar hacia mí a zancadas decididas.

No lo pienso dos veces cuando salgo corriendo en la dirección opuesta.

Una energía inexplicable recorre todo mi cuerpo, burbujea con el único objetivo de sobrevivir. O de alejarme de él todo lo posible.

No se trata de que me eliminen, sino de salir de aquí de una pieza.

Aprovecho los arbustos para esconderme y me cuelo entre ellos. Las ramas caídas y los espinos me hacen cortes en las manos y me arañan el cuello en una sinfonía de violencia menor.

El sonido de sus pasos sigue sonando a mi espalda, largos, pesados, tan persistentes que se me acelera el corazón.

Es como me sentía de niña cuando jugaba al escondite con mis amigos. Cuando sientes que alguien te persigue y sueltas un chillido que es tanto de emoción como de miedo.

Pero ahora es distinto.

El miedo me entumece los músculos y me enturbia la mente. Me echo a temblar, y el pulso retumba en mis oídos, a pesar de que intento mantener la calma.

Porque sé que, si me pilla, estoy muerta. Me quedaré inconsciente como los demás participantes que ha dejado tirados en el suelo.

Joder, tal vez tengan que llevarme al hospital y entonces mis padres se enterarán de esta decisión descabellada que he tomado y estarán decepcionados conmigo.

No.

Cuanto más se acerca, más corro, corro y corro.

Pero, por muy deprisa que voy, no lo pierdo de vista.

Ni por asomo.

Leñe, si es que cada vez está más cerca. Y, por algún motivo, me da la sensación de que está retrasando aposta el momento de pillarme, por cómo camina de forma constante.

Quiere que corra para ver hasta dónde llego.

«Será sádico este gilipollas».

Si sigo así, seré como un ratón al que le da caza un gato callejero.

Miro a mi alrededor y, en un arrebato, me escondo detrás de una enorme roca que hay al lado de un camino de tierra.

Mi respiración agitada se asemeja a la de un animal atrapado, pero me obligo a estar callada.

El golpeteo, pum, pum, pum, contra mi caja torácica aumenta de volumen, desesperada y arrepentida de lo que he hecho.

«¿Lo he esquivado?».

Mis ojos se mantienen fijos en el camino por el que he venido para asegurarme de que la máscara naranja ha desaparecido.

Espero y espero, sudando en mi camiseta y vaqueros, pero ni rastro de él.

No tiene sentido.

Venía tan pegado a mis talones que ya debería haber llegado.

A menos que…

La saliva se queda a mitad de garganta cuando me doy la vuelta poco a poco para mirar a mi espalda. Exacto, ahí está de pie, apoyado contra un árbol, con las piernas y los brazos cruzados, y el palo de golf en la mano izquierda como si fuera una amenaza.

—¿Hay algún motivo por el que siempre te escondas?

Las ondas de su voz grave atraviesan el aire y reverberan en mi piel. Ahora es menos robótico, como si me considerara digna de conocer con algo menos de apatía.

Eso no significa nada bueno, sobre todo, teniendo en cuenta que su imagen podría ser la personificación del diablo.

Aunque su voz me hace detenerme.

Estoy segura de que he escuchado antes ese acento estadounidense autoritario. Así que debe de ser Gareth o Killian Carson, los hermanos a los que las chicas y yo solemos ver en el club de la lucha.

O Jeremy Volkov.

«Por favor, que no sea Jeremy».

Cualquier persona cuerda rezaría por que no fuera el psicópata de Killian Carson o el loco de Nikolai Sokolov, pero, en mi opinión, Jeremy siempre ha sido el peor de los Paganos. Que no anuncie sus actos en público como los demás no significa que sea inofensivo, sino que se le da mejor esconder su monstruosidad.

Después de todo, no se convirtió en el líder de los Paganos portándose bien.

—Para que te aceptemos en el club hay que correr, no esconderse —continúa con ese tono menos robótico pero igualmente frío.

Abro la boca, pero la cierro de inmediato.

Mierda.

He estado a punto de hablar y de delatar mi nacionalidad y mi apariencia llamativa en esta iniciación.

La máscara naranja se aleja del árbol y yo doy un paso atrás, sobresal­tándome un poco cuando mis zapatos chocan con la roca.

—Sigues sin correr. —Su voz tiene un deje oscuro que me infiere promesas de un destino peor que el de los participantes a los que les dio una paliza.

Inhalo hondo, tanto como puedo, y salgo corriendo.

Apenas he dado dos pasos cuando mis piernas se doblan. Chillo cuando caigo de cabeza al suelo de tierra y me arrebata el aire de los pulmones.

—Número veintitrés, eliminado —anuncia la voz.

Esa finalidad burbujea bajo mi piel y me duele.

Pero no más que el escozor que siento en la rodilla o el cardenal que ya se está formando en mi cadera.

Me quedo boca abajo en el suelo, los labios besando la tierra y las uñas clavadas.

Poco a poco, levanto la cabeza y veo que la máscara naranja está inspeccionando su palo de golf ensangrentado.

«Por favor, dime que no es mi sangre».

No, no puede serlo; no me ha golpeado. De hecho, sospecho que me he tropezado con el palo, y por eso me encuentro en esta posición.

Un aliento abatido se escapa de mis pulmones y me siento para quitarme el polvo de la camiseta y los vaqueros. Tengo un agujero en la rodilla que está sangrando y tuerzo el gesto al verlo.

¿Toda esta suciedad y para qué?

Bueno, al menos conozco mejor la estructura de la mansión de los Paganos y no he perdido la conciencia como el resto de los participantes que se enfrentaron a este trastornado.

—A ver la cara que hay detrás de la máscara. —Estira una mano enguantada en mi dirección, negra, oscura, sacada de mis peores pesadillas—. ¿Cómo es posible que alguien tan incompetente como tú recibiera una invitación a la iniciación…?

Le aparto la mano de un tortazo, interrumpiéndolo a media frase. El sonido resuena en el aire, apuñala el silencio, acentuándolo hasta que se queda totalmente quieto.

El puño de la otra mano se cierra sobre la tierra, y hago acopio de fuerza de voluntad para no espetarle algo que rellene el silencio.

Ya me ha eliminado. ¿Por qué tiene que verme la cara? Ninguna regla hablaba de eso.

Además, ¿por qué puede verme él a mí pero yo a él no? No es justo.

«El mundo no es justo, Cecily. Es como es».

Recuerdo las palabras de mi madre e inhalo hondo antes de ponerme en pie. Dejaré de pensar en cómo me ha eliminado de una forma tan poco glamurosa y emplearé el tiempo que me queda para curiosear por ahí.

Después de todo, ese es el motivo por el que he venido.

En un instante estoy de pie y, al siguiente, me arqueo hacia atrás cuando alguien me tira del pelo.

No, de la peluca.

Chillo y sigo el movimiento para que no me la arranque y revele mi identidad. Mi cuerpo se choca con un pecho duro y, acto seguido, noto el palo de golf en la garganta.

Literalmente.

El palo de golf se apoya contra mi tráquea. No aprieta, pero deja patente la amenaza de que puede hacerlo y ahogarme hasta la muerte.

Me tiene agarrada del pelo con tanta fiereza que mi espalda está pegada a la dureza de su pecho. No soy especialmente bajita, pero él es alto y ancho y tiene la presencia de un titán.

Y huele a cuero y a bergamota. O tal vez sea ese el olor de los guantes.

A través de la máscara, su respiración suena áspera y controlada, pero algo espeluznante, como en las películas de miedo antiguas.

La sensibilidad de mis oídos capta ese sonido hasta que me deja sin aliento.

—No eres más que una cosita frágil que puedo destrozar y destrozaré con un chasquido de mis dedos. Tú lo sabes, yo lo sé, y las pocas neuronas que te quedan deberían saberlo también, así que espero que te convenzan de que me cuentes cómo coño has entrado aquí.

Me tiemblan los labios y los tenso.

Espero a que me inunde la ola que suele embargarme de la nada; aguardo al miedo paralizante, las lágrimas silenciosas y cómo me vengo abajo en situaciones como esta.

Aguardo y aguardo.

Pero lo único que cala hasta mis huesos son estremecimientos.

Y la necesidad de salir corriendo.

No, no solo de salir corriendo.

Hay algo mucho más nefario bajo la superficie.

Como el deseo de sentir el miedo de antes.

Necesitarlo.

Una urgencia por satisfacerlo.

El palo se presiona con más fuerza contra mi cuello y, aunque me restringe, puedo seguir respirando.

—¿Quieres que te aplaste en vez de responder a mi pregunta?

Niego con la cabeza y, por primera vez, la giro hacia atrás para mirar directamente a sus ojos.

Ese es mi segundo error del día; el primero es haber venido.

Los ojos de la máscara naranja son una constatación de su sed de violencia. Son tan gris oscuro como las nubes e igualmente fríos.

Nunca sabes si caerá una lluvia torrencial o si será una tormenta desastrosa con este tipo de nubes sombrías.

Aunque hay algo cierto: va a ser peligroso. Es mejor buscar refugio y esconderse hasta que pase.

Pero ¿cómo se esconde una de unos ojos como estos? Unos ojos tan oscuros que parecen negros. Unos ojos tan desprovistos de vida que cualquiera diría que están muertos.

O tal vez quien los está mirando debería estar muerta.

Mis dedos envuelven el extremo ensangrentado del palo y lo empujan más hacia mi cuello.

Si intento apartarlo, seguro que lo considera un desafío y hace lo contrario.

Como no puede matarme, mi mejor opción es que pierda el interés y me suelte.

Él cree que no soy lo bastante competente como para estar en la iniciación de los Paganos, pero si hago lo que él ha amenazado con hacerme, le demostraré que estoy lo bastante loca como para que me tengan en cuenta.

Ningún sentimiento cruza sus ojos. Ni una pizca de reacción.

Siguen siendo gris oscuro e inaccesibles.

Pero suelta el otro extremo del palo y cubre mi mano con la suya, más grande y enguantada. Es un movimiento recio e intrusivo que casi me rompe la mano mientras empuja el frío metal contra mi tráquea.

—¿Esto es lo que quieres? —Me estrangula con el palo—. Si es así, hazlo bien.

Me cuesta respirar y la presión aumenta en el cuello, estirando las venas y amoratándome la cara.

Me entran ganas de pegarle, patearle, empujarle, pero me obligo a mantener la calma para tranquilizar mi respiración y mis pensamientos.

La mejor forma de permitir que alguien gane es dejar que te afecte mentalmente, que confisque tus pensamientos y los sustituya por miedos y amenazas paralizantes.

Miro con determinación sus ojos ausentes.

«No puedes hacerme daño».

No mucho, al menos.

Lo peor que puede hacerme es dejarme inconsciente como a los otros participantes.

Y aunque preferiría no desmayarme, esa sigue siendo mejor opción a que me interrogue y acabe traicionando a quien le hice la promesa.

—Entiendo. —Su voz grave ataca mi oído—. Crees que pararé después de jugar un poco con la respiración y darte una advertencia. Que te pegaré, te dejaré inconsciente y seguiré por mi camino de torturar otras pobres almas. Te sientes un poco mal por ellos, pero, al mismo tiempo, te alegras de no ser tú, ¿verdad?

Separo los labios, para poder respirar mejor y por sus palabras.

¿Cómo ha intuido tanto de mi plan sin que yo pronunciara palabra? ¿Es que sabe leer la mente?

«Por favor, no me digas que los Paganos hacen ocultismo y tienen pactos de verdad con los demonios».

—Lo habría hecho. Debería haberlo hecho. —Me tira del pelo, y yo me encojo—. Pero has tenido el descaro de sacarme de quicio, así que ahora estoy tentado a… robarte el último aliento.

Al tragar saliva, me encuentro con el palo metálico, y es como tener un ladrillo en la tráquea.

Niego con la cabeza, o lo intento tal como me tiene sujeta.

—Aunque es cierto que tenemos una norma que nos impide matar a nadie durante la iniciación… de forma intencionada.

No se me pasa por alto cómo acentúa esas últimas palabras. Quiere avisarme de que está considerando matarme igualmente y luego hacerlo pasar por muerte accidental.

Esta es la parte en la que las predicciones y los rumores distan de la realidad.

He escuchado muchas habladurías de que los Paganos dan palizas a la gente por diversión y que matan sin pestañear.

Pero presenciarlo de primera mano o, todavía peor, ser la receptora de sus actos, no se diferencia mucho del hecho de estar en el ojo del huracán y saber que tus probabilidades de sobrevivir son entre cero y ninguna.

No me salvará nada, por mucho que respire hondo o razone. Se ha metido en mi cabeza, y él lo sabe.

Él es mi única posibilidad de salir con vida de este lugar, y eso también lo sabe.

Lo que no sabe es que me niego a perder sin plantar cara.

—Fóllame primero —susurro en un tono tan bajo que apenas yo lo escucho.

Se queda petrificado por completo, como cuando le di un golpe en la mano.

—¿Que te folle primero? —repite lentamente, como si estuviera saboreando las palabras en su lengua.

Asiento.

Me suelta el pelo y desliza la mano hasta mi garganta, donde siente mi pulso, y yo me estremezco bajo sus caricias. Luego me rodea un pecho a través de la camiseta. Me toca con fiereza, como si fuera un castigo, cuando clava los dedos en mi piel.

—¿Por qué?

Reúno toda mi fuerza de voluntad para permanecer tranquila, a pesar de las palpitaciones y el leve dolor que siento en la carne suave de mis pechos.

—No quiero morir virgen.

Por primera vez, veo al hombre de la máscara naranja. Un destello en sus ojos, pero no es de interés. Es más bien sádico.

Algo de entusiasmo.

No sé por qué.

—Yo no follo vírgenes. No son un buen polvo, no te ofendas. —Lo dice con toda la intención de ofender. Luego me suelta, pero solo para meterme mano por debajo de la camiseta, bajarme el sujetador y pellizcarme un pezón.

El cuero del guante es tan áspero que gimoteo, pero él se lo toma como una invitación y acaricia el pezón entre sus dedos enguantados a un ritmo perturbadoramente lento. Luego lo pellizca con brutalidad.

Me encojo, la presión contra el cuello hace que la sensación sea peor. O mejor. La verdad es que no lo sé.

Esta es la primera vez que vivo algo así, después de la experiencia que tengo enterrada en las profundidades de mi alma. Desde entonces he sido Cecily la mojigata, la de «¿por qué todo el mundo está obsesionado con el sexo?» y «la friki que solo va a la universidad porque quiere estudiar».

La única excepción es él. Aquel a quien le estoy haciendo un favor y el responsable de que me encuentre en esta encrucijada.

En la que un desconocido con una máscara me manosea y me mete mano después de decirle sin pudor que me folle y divulgar libremente que soy virgen, mientras todo el mundo piensa que no lo soy desde el instituto.

Lo he dicho para que bajara la guardia y yo pudiera escapar, pero tal vez he conseguido todo lo contrario.

Al principio no estaba interesado en mí, por eso me eliminó como cualquier otro participante, pero yo fui y lo provoqué sin saberlo en varias ocasiones, así que ahora no me deja marchar.

—Dime. —Vuelve a pellizcarme el pezón, y la aspereza del cuero contra mi piel suave me hace jadear—. ¿Qué hace una cría pija de la REU en la iniciación de los Paganos?

¿Cómo se ha dado cuenta después de esforzarme por camuflar mi acento?

—Te he hecho una pregunta. ¿Cuál es la respuesta?

Lo fulmino con la mirada y sus ojos vuelven a iluminarse.

—Deja de mirarme así o tal vez acabe follándote de verdad, solo para ver cómo se te llenan los ojos de lágrimas.

«Enfermo».

No me cabe ninguna duda de que hará eso y más. Ha sido así de impredecible desde que me di cuenta de que estaba siguiendo a esos chicos.

Justo cuando estoy pensando cómo escapar de forma que no me meta en un lío peor, se desata una conmoción al otro lado de la propiedad.

Miramos en esa dirección, y veo a la máscara blanca y la máscara amarilla persiguiendo a un grupo de gente. La amarilla se ríe como un loco.

No lo pienso dos veces y le doy un pisotón a la máscara naranja. En cuanto me libera un poco, me agacho y salgo corriendo.

No miro atrás. No espero a que reaccione. Solo corro, corro y corro.

El corazón se me atasca en la garganta y lo único en lo que puedo pensar es cómo cojones no he tenido un ataque de pánico como me suele ocurrir cuando estoy en cualquier situación sexual.

Y lo más importante, ¿por qué mis muslos están tensos, palpitantes, demandando que vuelva con ese desconocido sin piedad?

TRES

Cecily

Es un milagro que consiga llegar a la residencia y me cuele en el apartamento que comparto con mis amigas de toda la vida sin que nadie me pille.

No hay ninguna luz encendida y el único sonido es el del chelo melancólico que proviene de la habitación de Ava.

Si me ve así —llena de arañazos, con un agujero en los vaqueros y una mirada frenética en los ojos—, dará comienzo a un interrogatorio dramático.

Más que dramático.

Me quito los zapatos en la puerta y atravieso de puntillas todo el salón, torciendo el gesto a cada paso por el corte que tengo en la rodilla y las laceraciones en la mano.

En cuanto logro llegar a mi habitación, cierro la puerta, me apoyo contra ella y me dejo caer al suelo, llevando las piernas hasta el pecho.

Mis uñas chocan unas con otras cuando me quedo mirando las paredes, que están totalmente cubiertas de mis mangas favoritos. Los personajes se asoman entre las sombras bajo la tenue luz, parecen a punto de hacerse realidad y saltar a mi lado.

En ellos me consuelo, en la imagen de personajes ficticios.

No soy la típica persona que pide ayuda a mis amigos o les cuenta que tengo problemas con algo. Todo el mundo me ve como la figura maternal, la que resuelve problemas y la que sabe escuchar.

Cuando ansío que alguien me escuche a mí para variar, las uñas se clavan en mi pecho y me impiden moverme. Me impiden buscar refugio en otra persona que no sea yo misma o los personajes ficticios que tienen pocas probabilidades de darme consejos prácticos.

Mis dedos planean sobre la herida de la rodilla y gruño de dolor cuando rozo la piel abierta.

Pero no es lo único que me duele. No. Hay algo mucho más potente y condenatorio.

Tal vez el dolor empiece en mi piel, pero termina en los rincones oscuros de mi cabeza. En lugares de nombre desconocido que ni siquiera yo sabía que existían hasta que hoy algo me ha dado de hostias.

Mis dedos se deslizan de la rodilla al borde de mis vaqueros rotos, por el que asoma mi muslo. Me estremezco y tenso la pierna cuando acaricio la cadera.

Algo más intenso que el dolor me atraviesa, y mis dedos tiemblan antes de pasar por encima de mi pecho.

El mismo pecho que la máscara naranja ha cogido con tanta impetuosidad para torturarlo, donde ha clavado los dedos hasta que me quedé sin aliento. Pero ahora no siento lo mismo. La piel es sensible, los pezones me duelen, pero la electricidad de antes se ha esfumado.

Levanto la otra mano, me envuelvo el cuello con ella y aprieto. Tal como hizo el palo de golf que me aplastó la tráquea. Aumento la presión, pero, por mucho que lo hago, mis dedos delicados no consiguen recrear esa sensación.

No hay unos dedos enguantados y ásperos que me pellizquen los pezones, no hay una pared de músculos a mi espalda. Nada.

Dejo caer las manos a los costados. «¿Qué estoy haciendo?».

¿Cómo he podido recrear la imagen de estar atrapada a manos de ese monstruo cuando debería dar las gracias de haber escapado de sus garras?

O tal vez no estoy recreando tanto la parte de estar atrapada como intentando alcanzar el estado mental en el que me encontraba en ese momento.

La vacuidad de todo.

La promesa de libertad.

Niego con la cabeza para mis adentros y saco todo eso de mi mente.

Ese escenario retorcido solo ha sucedido porque estaba en una situación de vida o muerte.

El instinto de supervivencia es el instinto más poderoso que tienen los humanos y los animales y, en aquel momento, estaba preparada para lo que fuera con tal de salir de allí de una pieza. Así que, en circunstancias normales, toda esa composición no tendría sentido.

Aun así, seguí vigilando lo que me rodeaba mucho después de que uno de los máscaras de conejo me entregara una bolsa de plástico con el número veintitrés donde se encontraban mis pertenencias y me escoltara a la salida de la propiedad.

Seguí vigilando mientras corría de camino a la residencia de la REU e incluso mientras tecleaba el código del apartamento.

Una parte de mí creía que la máscara naranja me seguiría hasta poner fin a lo que empezó. Me atraparía contra la pared más cercana y me diría, con esa voz tan profunda, que huir solo era el principio, no el final.

Sin embargo, era todo una paranoia de mi cabeza. Una persona retorcida como él, que se excita con cacerías y al infligir dolor, no habría abandonado a todas las presas que tenía a su alcance por venir a buscarme.

De nuevo, agradezco mi capacidad de ser invisible. Estoy a salvo.

Noto que el móvil me vibra en el bolsillo y me encojo. Luego suelto un largo aliento cuando lo saco y compruebo el mensaje.

Landon
¿Estás bien, cariño?

El corazón me da un vuelco y las mariposas echan a volar por mi estómago.

Siempre he pensado que esas sensaciones eran clichés que solo existían en los mangas shojo, pero con las experiencias de la vida real me di cuenta de lo auténticas que son.

Que una sola palabra, un solo mensaje, de la persona que quieres es más importante que el mundo entero.

Me incorporo y respondo:

Cecily
Creo que sí. Acabo de volver.

Landon
¿Nos vemos?

Cecily
Claro. ¿Dónde?

Landon
Donde siempre.

Sonrío al leerlo. Tenemos un sitio. No es grande ni especial, pero es nuestro pequeño secretito.

Cecily
Voy para allá.

Treinta minutos después, detengo el coche junto a la costa rocosa y desierta de la playa.

Como la isla de Brighton está en la costa sur del Reino Unido, hay mar por todas partes y un montón de playas y acantilados.

Pero los de la REU no solemos quedar en los sitios que frecuentan los alumnos de la KU’s, para evitar peleas innecesarias.

Esta parte de la playa es nuestra; sí, es un sitio público, así que no podemos evitar que los alumnos de la KU’s vengan aquí, pero ellos saben que es mejor no hacerlo a menos que quieran enfrentarse a la ira de nuestro club.

Al igual que la KU tiene a los Paganos y las Sierpes, dos clubes infames cuyos miembros pertenecen a la mafia, nuestra universidad tiene a los Élites.

No son de la mafia ni tienen ningún negocio turbio, pero son igualmente letales de la forma en la que suelen serlo las personas que siempre han tenido dinero.

Y he quedado con el líder de este club.

Salgo de mi Mini Cooper, barro con la mirada lo que me rodea y abro la puerta del pasajero de un coche negro que está aparcado frente al mar. Me meto dentro.

El corazón me da un vuelco de nuevo cuando mi mirada recae en los ojos más bonitos y etéreos que he visto nunca. Tan azules e intensos que podrían rivalizar con el océano y tragarse todo lo que esté a la vista.

Landon King tiene tres años más que yo, así que mientras que yo estoy en segundo de la carrera de Psicología, él ya ha empezado el máster de Arte y está esculpiendo obras que las galerías de todo el mundo compran antes de que a él le dé tiempo a acabarlas.

Al igual que sus estatuas, Landon posee una belleza de dios griego: unos rasgos afilados, un cabello castaño oscuro y una nariz recta que podría estar tallada en mármol.

Es el epítome de la belleza masculina con su cuerpo tonificado y su ropa estilosa. Hasta su coche es una edición especial de McLaren, hecha específicamente para él y solo él.

Me giro en el asiento de cuero para mirarlo y eso me trae a la memoria un cuero totalmente distinto.

El que me ha acariciado y tocado en lugares que ni siquiera Landon ha hecho.

—Parece que estás viva. —Su voz me saca de mis pensamientos prohibidos.

—Sí. Conseguí escapar.

—Una interesante elección de palabras. ¿Es que no te permitían marcharte por algún motivo u otro?

Me quedo quieta.

A veces se me olvida que Landon es un genio. Está pendiente de todos los detalles y no se le escapa nada.

Por algún motivo, no quiero hablar de lo que ha pasado en la iniciación. Una parte de mí (una parte estúpida y enamorada) lo ve como una traición a Landon.

Y eso sí que es el culmen de la irracionalidad.

Landon y yo no estamos juntos. Vamos, es que no tiene ni idea de lo que siento por él y me tiene en la friendzone desde que somos críos.

No es que me gustara entonces. Creo que empecé a fijarme en él cuando tenía unos diecisiete años y tuvimos una conversación profunda sobre elegir vidas que no se parecieran a la de nuestros padres endiosados. Me dijo que no nos harían sombra si no se lo permitíamos y que si alguien podía hacerlo, era yo.

Me resultó muy sexy que un hombre creyera en mi potencial antes de que yo misma lo alcanzara. Poco a poco, me fui enamorando de él, pero, debido a su evidente falta de interés, no hice nada.

Intenté olvidarme de él, ya sabes. Hasta quedé con otros chicos, pero mira dónde me llevó ese desastre.

Además, no hay chicos como Landon. Nadie tiene su ingenio, su carisma, su forma maquiavélica de ver el mundo.

En realidad no apruebo esto último, pero nadie es perfecto, ¿no?

—La iniciación fue brutal —digo para responder a su última pregunta—. A eso me refiero con que he conseguido escapar. Ilesa. Más o menos.

Me observa con intensidad, la mano acaricia el volante de forma lenta.

—¿No has tenido más problemas?

«Solo he tenido problemas».

—El portero escaneó dos veces mi invitación, pero me dejó pasar, así que no creo que hubiera problemas con eso.

Lan asiente en silencio.

Los Paganos no suelen invitar a alumnos de la REU a sus iniciaciones, debido a toda esa rivalidad que se traen con los Élites y demás. Sin embargo, esta vez enviaron cinco invitaciones. A estudiantes que no forman parte de los Élites, pero sí que tienen una relación cercana con Landon. Es decir, a sus amigos, que son los míos. No a mí, a los chicos.

Evidentemente, ninguno de ellos fue, y Landon me planteó esta idea de locos. «¿Y si usamos sus armas en su contra? Podemos usar una de las invitaciones que enviaron para colarnos en su complejo y ver qué tienen allí con nuestros propios ojos».

Él no podía ir, ya que ningún disfraz sería capaz de camuflarlo. Y Lan es el objetivo central de los Paganos, las Sierpes y toda la KU.

Así que presté voluntarios mis servicios de invisibilidad.

Ahora no estoy segura de que fuera la decisión correcta ni si me podía permitir ser tan valiente, ni siquiera por Landon.

Me ha costado algo más valioso que el dinero y las cosas materiales.

Ha desatado las fantasías prohibidas que tenía escondidas en los rincones más oscuros de mi mente con la esperanza de olvidarlas.

Lan me dedica su sonrisa de chico bueno.

—¿Qué puedes decirme de los interiores de su complejo?

—Será mejor que te lo enseñe. —Saco el móvil y selecciono una imagen simple que dibujé en mi iPad cuando estaba en el apartamento.

Landon me quita el móvil de la mano. Nuestros dedos se tocan y yo me quedo sin aliento, pero él es totalmente ajeno a la guerra eléctrica que ha provocado con una simple caricia.

Observa mi creación con una ceja levantada y luego esboza una sonrisita.

La gente dice que es una sonrisa malvada, una sonrisa problemática. Cuando la compone, todo el mundo sale corriendo o se esconde, porque Landon siempre está tramando alguna cosa, manipulando otra y aspirando a lo más alto.

Si pudiera hacerlo, le daría una patada a los planetas y jugaría con las estrellas.

Todo nuestro círculo de amigos, incluidos su hermano gemelo y su hermana pequeña, lo evita como la peste, porque podría usarlos para sus grandes planes (y lo hace).

¿Y yo? Yo creo que solo ven al Landon de la superficie. Sí, es metódico y tiene poca o ninguna brújula moral, pero claro que tiene principios, al contrario de lo que cree todo el mundo.

—Esto es impresionante —dice al cabo de un rato—. Has dibujado hasta dónde están las cámaras.

—Son las que vi en los caminos que tomé. Debe de haber más en los sitios a los que no fui.

—No seas humilde. Ni los mejores espías podrían aspirar a este nivel de detalle. —Se manda a sí mismo una copia, borra el archivo original y, acto seguido, me devuelve el móvil y me revuelve el pelo, tal como haría con su hermana y mi amiga, Glyndon—. Eres una campeona, Ces.

Sonrío a pesar de que a una parte de mí no le gusta ese cumplido.

Si bien lo que me molesta no es el cumplido, sino todo lo que viene con él.

Cómo me toca igual que tocaría a su hermana. Cómo me mira despro­visto de la pasión que yo sí siento en el fondo de mi corazón.

Seguir haciéndole favores y limitarme a existir en su órbita no hará que me acerque a él. Si no hago algo para romper el limbo en el que nos encontramos, nunca seré nada más para él.

Me coloco un mechón plateado detrás de la oreja. Me siento renovada ahora que ya no llevo esa incómoda peluca.

—¿Qué vas a hacer ahora?

Landon se inclina sobre el volante y esboza una sonrisa encantadora y sádica al mismo tiempo.

—¿Qué más puedo planear además de algún lío?

—¿Puedo unirme?

—No, es peligroso. El tío Xan me perseguiría con la famosa escopeta de su abuelo y me arrancaría la cabeza de un tiro si supiera que soy responsable de que su querida hija esté en peligro.

—No te preocupes por mi padre.

—¿Has visto a tu padre últimamente? No deja de mandar recordatorios diarios diciendo que, si te pasa algo, lo pagaremos todos. Con sangre. Y la necesito dentro de mi cuerpo, no fuera.

Tuerzo el gesto.

Quiero a mi padre con locura y hay quien diría que soy su ojito derecho, o lo era antes de que mi vida se torciera hacia el infierno. Antes de que confiara en mí y yo lo traicionara de la peor forma posible.

Sea como fuere, mi padre es sobreprotector, y lo entiendo, pero no tiene por qué pasarse tanto.

—En fin, lo has hecho tan bien que podrías ir al MI6 si alguna vez te planteas cambiar de carrera. —Echa la cabeza hacia atrás, contra el reposacabezas, y parece que ha salido de algún cuadro. No, de una estatua—. Ahora relájate y observa cómo arden los Paganos.

Eso me da igual.

Mi indiferencia hacia la KU es mayormente académica, ya que, por lo visto, le falté el respeto a un miembro de su club de fútbol americano al decirle «no, gracias» cuando me pidió bailar en el pub. Desde entonces, él y sus esbirros se dedican a robarme los libros y a molestar.

Aunque últimamente no lo han hecho mucho, así que lo más seguro es que hayan perdido el interés. A excepción de eso, no me importan ni los clubes ni lo que hacen.

—Puedo ser útil —rebato.

—Has sido más que útil. Has sido la mejor. —Me revuelve el pelo de nuevo—. Pero los dos sabemos que eres una princesa delicada que se rompería como la cerámica fina al más leve indicio de cosas turbias, así que deja que yo me encargue de esto, ¿vale, cari?

La sensación de recibir un tortazo metafórico hace que me palpite y me cosquillee la piel.

Las palabras quedan atascadas en mi garganta y se niegan a ser dichas en voz alta.

Nunca se me ha dado bien expresarme, soy quien escucha, no quien habla. Al menos, cuando se trata de cosas que me conciernen.

Maldigo para mis adentros ese rasgo cuando salgo del coche de Landon y escucho cómo revoluciona el motor. Con un movimiento experto, da la vuelta en un círculo perfecto y se lanza a la calle como una bala.

Permanezco ahí un instante, abrazándome a mí misma y dejando que el frío del mar me cale hasta los huesos. El sonido de las olas que rompen contrasta con los pensamientos en disputa de mi mente.

Todos empiezan y acaban con las cosas que debería haber dicho pero no dije.

Por cómo soy, probablemente nunca sea capaz de decirlas en voz alta.

Mi única opción es demostrárselo.

Tengo que demostrarle a Landon que no soy una princesita delicada y que puedo aguantar cosas turbias.

Por él soy capaz de mostrar esta parte de mí.

Me meto en el coche, cierro la puerta y echo el pestillo antes de abrir el buscador de mi móvil.

Abro la página de inicio del club sexual pervertido del que Landon es miembro.

Ni siquiera Glyn sabe esto de su hermano. Yo solo lo descubrí gracias a mi primo y amigo de la infancia, Creighton.

Fue él quien me habló del club y de los fetiches que le ponen a Landon, para que viera qué clase de persona defectuosa es el tipo que me gusta.

Creigh estaba intentando ayudarme, porque creía que acabaría saliendo mal parada.

Lo que Creigh no sabe es que yo también soy defectuosa.

Y lo más seguro es que por eso mismo lleve colgada de Landon desde el instituto.

No es solo por la conversación que tuvimos entonces, sino también porque descubrí que le gusta el mismo fetiche que a mí.

He leído la página y sus normas. Hay actividades sexuales del club en las que emparejan a sumisos con dominantes, pero también hay otras actividades que se hacen fuera del club.

En una de ellas se da rienda al fetiche que, según Creigh, Landon disfruta haciendo todo el rato.

De hecho, es el as del club en este fetiche en concreto, y muchos miembros se han unido por él.

Juego primitivo.

Es decir, el no consentimiento consensuado.

Ronda por mi mente desde que Creighton lo mentó por primera vez hace dos semanas.

Me he imaginado todas las maneras en las que Landon persigue a estas mujeres para después follárselas sin piedad.

Cómo las destroza con su consentimiento y lo entusiasmadas que estarán ellas por eso.

Sé que parece de locos considerar que algo así puede entusiasmarles. Pero la fantasía de la violación es un fetiche muy común, sobre todo entre las mujeres que quieren sentirse libres de alguna forma.

De cualquier forma.

Aunque solo sea en una fantasía.

No se trata de un juego de poder. Es más ceder el control y tener la capacidad de detener algo tan monstruoso con una simple palabra.

Es una línea fina, por eso es un fetiche que no debe hacerse con un desconocido o con una persona aleatoria.

No sé cómo lo hacen las chicas de este club, pero sé que yo no sería capaz de hacerlo si no es con Lan.

Confío en él.

Por eso estoy dispuesta a mostrarle esta faceta de mí.

Como antes, cada vez que intento hablar o expresar lo que siento, las palabras me fallan, así que debo recurrir a la acción. Esto significa ponerme en una posición vulnerable, tal como hice en aquella pesadilla, pero ahora es diferente. Lan no es escoria.

Lan no usaría mi confianza contra mí.

Introduzco mi usuario con dedos decididos.

Pues sí, me hice una cuenta en cuanto Creighton me contó de su existencia y pagué la tarifa de suscripción. Pero no he ido nunca a ningún evento.

Fui al club una vez porque tenían que confirmar mi identidad y mi edad en persona, y básicamente salí pitando de allí en cuanto terminó el proceso, envuelta en una chaqueta y con un sombrero.

«¿Estás preparada para dar rienda suelta a tus fetiches, Featherless03?» aparece nada más iniciar sesión.

Hago clic en «Sí» y me presentan una lista de fetiches que tienen disponibles en el club.

Algunos de ellos no me suenan de nada, así que los investigué todos la última vez que abrí la aplicación. Digamos que hubo alguno que me dejó algo traumatizada.

Al igual que estoy segura de que habrá quien se sienta así al verme seleccionar «Juego primitivo».

Acepto las condiciones que dicen que debería saber que este fetiche es uno de los más sensibles y que lea más en el enlace que aparece en pantalla.

Visité ese enlace la última vez, pero no fue nada en comparación con todo lo que leí sobre el tema cuando empecé a darme cuenta de lo diferente que soy.

«Gracias por mostrar interés en “Juego primitivo”. Recuerda, todos nuestros miembros envían pruebas de ETS de forma periódica, pero, aun así, aconsejamos el uso del preservativo en todos los encuentros. Tu seguridad sexual es importante».

Eso tiene sentido. Ya marqué la opción de que me estaba tomando la píldora cuando me apunté al club, así que eso lo saben. Cuando hago clic para mostrar mi aprobación, me dirigen a la siguiente página.

«Por favor, tómate tu tiempo para responder las siguientes preguntas con todo el detalle posible para que podamos seleccionar a la pareja adecuada para ti».

«¿Quieres ser el que lleve a cabo el juego primitivo o el que reciba el juego primitivo?».

Recibir.

«¿Quieres que tu pareja sea un hombre, una mujer o una persona no binaria?».

Hombre.

«¿Tipo de cuerpo?».

Musculoso.

«¿Rubio, moreno u otro (a especificar)?».

Moreno.

«¿Quieres que tu pareja vaya enmascarada?».

Dudo un poco antes de seleccionar que sí.

Es cierto que voy a mostrar una faceta de mi persona, pero todavía no estamos listos para un cara a cara.

Elijo ir enmascarada yo también durante el encuentro.

«¿Preferencia de altura? Selecciona de la lista. Selecciona “Ninguna” si no tienes ninguna preferencia».

Escojo 1,95 m: la altura exacta de Landon.

«¿Ropa?».

Sin preferencia.

«¿Tatuajes?».

Sí.

Landon tiene algunos, pero ocultos.

«¿Lugar?».

Sin preferencia.

«¿Hora?».

Después del atardecer y antes de medianoche.

«¿Día?»

Sin preferencia.

«Palabra de seguridad. Al decir esta palabra, tu pareja dejará el juego en el acto».

Humo.

«Introduce aquí tus límites. (Por favor, sé tan específico como te sea posible)».

Atragantamiento. Drogas, cualquier uso de drogas potenciadoras.

Eso es lo único que me pone la piel de gallina. Me trae recuerdos de cuando no podía respirar bien, mi existencia peligraba y luchaba pero no encontraba la salida.

Tras revisar mis preferencias, le doy a «enviar».

«Gracias por tu solicitud. Te avisaremos cuando te hayamos emparejado con alguien compatible. Por favor, ten en cuenta que este proceso puede tardar un poco, hasta que estemos seguros de que podemos satisfacer tus necesidades».

Eso tiene sentido.

Paso unos minutos más revisando y releyendo mis respuestas para asegurarme de que todo está correcto. Estoy a punto de salir cuando aparece un punto rojo en la parte superior de la pantalla.

Lo selecciono y me quedo petrificada.

«¡Felicidades! Hemos encontrado una pareja que cumple tus requisitos. Compartiremos temporalmente tu ubicación con esta pareja durante la(s) hora(s) que dure el encuentro. Los detalles se encuentran más abajo. Si quieres cambiar el día o cancelar, haz clic aquí».

Leo los detalles. El corazón me late con tanta fuerza que creo que me voy a desmayar.

Esto va a suceder de verdad.

CUATRO

Cecily

—¿Adónde vas?

Me planto en medio del salón, compongo una sonrisa que es incómoda como poco y miro a mi mejor amiga, Ava.

Me está observando con una mano apoyada en la cintura. Ava es rubia, esbelta y la típica chica extrovertida y buenorra.

No tengo ni pajolera idea de por qué alguien como ella se hizo amiga de alguien como yo. Soy un año mayor, pero siento que nos separa una generación. Ella habla fuerte, yo soy callada. Ella es extrovertida, yo soy introvertida. Ella busca problemas en la discoteca, yo me decanto más por las noches tranquilas en casa.

Pero supongo que son nuestras diferencias lo que nos han hecho gravitar hacia la otra desde que éramos crías.

Y este es el peor momento en el que podría interceptarme.

—Un paseo nocturno —digo con calma. Para nada suena sospechoso.

Para nada.

Ava entrecierra los ojos, apenas deja ver una pizca de azul.

—Vas a hacer algo divertido sin mí, ¿verdad?

—No. —Mi voz suena aguda, intranquila y totalmente horrible.

—Vaya que sí. —Me engancha por el cuello de broma—. ¿Cómo puedes dejarme aquí solita? ¿Es que no tienes nada en tu corazón para abandonarme en la miseria?

Le doy un codazo en las costillas.

—No te pongas en plan necesitada.

Eso solo hace que me abrace con más fuerza, a punto de asfixiarme hasta la muerte.

La puerta del apartamento se abre, y entra una muñequita vestida de morado, con unos zapatos y horquillas a juego.

Annika, nuestra cuarta compañera y nueva amiga, se detiene al vernos y frunce el ceño. Luego sonríe de lado y habla con acento americano.

—¿Qué sucede?

—Esta zorra quería traicionarnos y vagabundear por ahí sola para divertirse.

Annika abre los ojos como platos. Es la versión en pelo castaño de Ava, solo que tiene diecisiete años (a punto de cumplir dieciocho, como no para de recordarnos) y es la personificación de la socialización.

Siempre es amable, siempre sonríe, nunca quiere que nadie se sienta poco valorado o incómodo y tiene la energía de una mariposa que ha tomado esteroides.

—Llévanos contigo —dice con entusiasmo.

—Eso mismo pensaba yo —coincide Ava.

—No voy a ninguna parte. —La aparto de mi lado—. Solo es un paseo.

—Nosotras también sabemos andar, ¿verdad, Anni?

Nuestra amiga asiente con una energía excesiva. Luego para, toda la alegría se desvanece de su cara.

—Aunque pensándolo bien, si Jer descubre que estoy paseando de noche, me pondrá bajo arresto domiciliario, y no me entusiasma mucho.

—Tu hermano es un mierda. —Ava se calla—. Sin ánimo de ofender.

—Supongo que tiene sus más y sus menos. —La expresión de Anni se ha quedado anclada en ese limbo decepcionado—. Id vosotras, chicas. Yo os animo desde aquí.

—Ni de coña. —Ava se echa el pelo hacia atrás—. Siempre podemos tener una noche de chicas en casa. ¿A que sí, Cecy?

La mención de mi nombre me trae de vuelta de un estado extraño. Una experiencia extracorporal, como si me viera desde otra lente.

Estaba fuera de mí, estaba aquí en cuerpo, pero la mente estaba en otra parte, como si hubieran abducido mi espíritu y me hubiera quedado vacía.

Todo comenzó cuando Annika mencionó el nombre de su hermano.

Sé que es una princesa de la mafia desde que la admitieron este semestre en la REU. Y su hermano mayor, que va a cumplir veinticuatro años, no solo es un príncipe de la mafia, sino que también es el heredero de un imperio bañado en sangre.

Escuché hablar de él por primera vez cuando entré en la universidad el año pasado. Cualquiera que viva en la isla de Brighton conoce de sobras ese nombre y la promesa de terror que trae consigo.

Jeremy Volkov.

Líder de los Paganos, miembro de la mafia rusa y el actual monarca de toda la KU.

Lo he visto por ahí cuando he ido a la universidad, sobre todo en el club de la lucha al que Ava está obsesionada por ir porque, cómo no, alguien como él está acostumbrado a la violencia.

Solo he hablado con él una vez, hace dos días, cuando encontró a Annika en el club de la lucha con nosotras y la sacó a rastras. El comportamiento controlador me dejó un mal sabor de boca y se lo eché en cara, algo que evidentemente ni le gustó ni le importó, porque procedió a sacar a Anni de allí.

Ese encontronazo me hizo alegrarme de no conocerlo a nivel personal. La gente como él, y todos los Paganos, que se ponen cachondos con las anticuadas reglas patriarcales y a los que únicamente les importa su propia satisfacción, solo merecen la aversión.

Me alivia no tener que volver a verlo.

«Pero lo hiciste anoche en la iniciación».

Me petrifica ese pensamiento. Sí, sabía que Jeremy era uno de los tipos de las máscaras. Al ser el líder, no se perdería la iniciación, pero, por algún motivo, en mi interior, me negué a replantearme esa opción.

—¡Cecily Annabelle Knight!

Me sobresalto al oír la voz de Ava y me doy cuenta de que he vuelto a perderme en mi propia cabeza.

—¿Por qué me llamas por mi nombre completo?

—Porque te has quedado pasmada. —Ava chasquea los dedos delante de mi cara—. Bienvenida de nuevo al mundo de los vivos. Como decíamos, ¿tenemos noche de chicas en casa?

Asiento y dejo que me lleven de vuelta al salón.

Aunque preferiría salir, es imposible escapar a la mirada observadora de Ava. Si salgo, vendrá conmigo.

Y no puede acompañarme al plan demoniaco en el que he decidido tomar parte.

Me siento con las piernas cruzadas en el sofá, recordando el mensaje que vi en la pantalla de la aplicación.

«La pareja que encaja en tus requisitos estará a partir de las siete de la parte en el Parque Histórico de Brighton. Todos los días de la semana. Por favor, usa tu palabra de seguridad cuando quieras interrumpir el acto».

Anoche no fui capaz de dormir bien y, cuando lo hice, soñé que unas manos negras me asfixiaban y me arrastraban por la noche.

Al principio, estaba como en una neblina. Me resistí, pero no podía moverme. Grité, pero ningún sonido salió de mi boca.

Me desperté empapada en sudor y con el corazón retumbando en el pecho. El hedor a humo inundaba mis fosas nasales y no podía respirar.

Como si de nuevo tuviera esas manos sobre mi boca, asfixiándome, robándome el aire y dejándome sin aliento.

Me he dicho a mí misma que esta vez será diferente. No es la misma persona ni la misma situación.

Yo lo he elegido.

Pero tal vez mi subconsciente quiera decirme que no debería hacerlo.

Tal vez, que Ava me haya descubierto y me haya frenado sea una señal para poner fin a esta locura y recular antes de que sea demasiado tarde.

Tal vez a Lan no le guste esta faceta de mí. Tal vez le dé asco.

—¡Cecy!

—¿Sí? —Me deshago de mis pensamientos y me centro en Ava, que me mira con el ceño fruncido.

—¿Qué te pasa hoy?

—Estoy bien. —Justo cuando voy a obligarme a componer una sonrisa incómoda me detengo en el último momento, porque Ava seguro que sabe que es falsa.

Annika se une a nosotras después de ponerse un pijama de pelito, y las tres nos tiramos al sofá. He hecho té, pero nadie lo bebe excepto yo. Annika prefiere tomar zumo de manzana de su taza morada.

Está acurrucada contra Ava, que le aparta mechones del rostro, y ambas se enfrascan en una conversación de algo de moda que han leído.

Ava siempre quiso conocer a alguien con quien poder hablar de sus temas de belleza. No lo logró conmigo ni con Glyn, así que Anni es un regalo enviado por los dioses.

—¿Cómo sobreviviste al aburrimiento en la mansión de los Paganos anoche? —le pregunta a Anni.

—Llamándote a ti y tonteando en redes sociales.

—Esa es mi chica. —Ava la atrae hacia sí con una sonrisa maliciosa—. Aunque sigue siendo una mierda que tu hermano te pusiera bajo arresto domiciliario porque hubiera una iniciación absurda.

El corazón se me desboca al recordar vívidamente estar a la merced de otra persona.

Aparto esos pensamientos deprisa, antes de que Ava atisbe una pizca de mis turbulentas emociones, que hoy son más frecuentes de lo habitual.

—Ya —suspira Annika mientras juguetea con la oreja del conejito de su pijama—. Pero para los Paganos era todo un acontecimiento, y Jer no se fía de nadie salvo de sus guardias para echarme un ojo mientras él estaba haciendo lo que sea.

—Sigue siendo una mierda. Pero, bueno, ¿pudiste ver algo interesante? —pregunta Ava con los ojos brillantes. Muestra claramente lo mucho que le gusta cualquier cosa que induzca adrenalina, pero no tiene a absolutamente nadie que le siga el rollo.

—No. No puedo ver nada cuando estoy encerrada en mi torre de marfil. Hasta el balcón y la ventana tienen que estar cerrados.

—Uf.

—Lo sé, pero he oído decir a los guardias que hubo una cacería, en plan literal, donde los miembros de los Paganos persiguieron a los participantes, desatando la violencia como les dio la gana.

Me estremezco y me aferro a la taza de té para no rascarme la palma de las manos y desvelar mi reacción.

Ava, sin embargo, une las manos.

—Qué divertido.

«Eso es porque no estuviste allí».

—¿Qué tiene de divertido cazar a gente por placer?

—Pero si se han apuntado libremente… Podrían no haberlo hecho —desdeña Ava.

—Eso no le da derecho a los Paganos a torturar así a la gente.

—Sí, sí, señorita Moral Decente y Principios Justos. —Ava pone los ojos en blanco—. Te juro que a veces pareces una abuela. No, miento, mi abuela es más divertida que tú.

Frunzo el ceño y ella me sonríe de lado.

—Pero te quiero a morir.

«Bien salvado». Es imposible enfadarse con Ava más de un minuto.

Anni me dedica una sonrisa.

—Si te sirve de consuelo, yo también creo que está mal.

—Entonces ¿por qué no le pones fin? —pregunto.

—¿Hablas en serio? No puedo ponerle fin a nada. Joder, si ni siquiera controlo mi propia vida. Lo único que puedo hacer es observar desde lejos como una espectadora modélica. —Se le descompone la cara antes de recobrar la compostura—. Pero el lado bueno es que no me sentí sola, porque hablé con Ava.

—Siempre estoy para serviros. —Mi amiga de la infancia le da un medio abrazo.

—Oye, Anni —empiezo—, he oído que los miembros de los Paganos llevan máscaras de Halloween de color fluorescente. ¿Es verdad?

—Creo que sí, mira.

Saca el móvil, desliza la pantalla y me enseña una foto del perfil de Instagram de killian.carson. Muestra las cinco máscaras neón y reza: «Noche de travesuras».

—¿Sabes quién es quién? —pregunto.

—Qué va. Nunca se las ponen conmigo delante.

Me encojo de hombros. Era demasiado esperar que Anni supiera quién es quién. Además, tampoco es que quiera conocer la identidad de la máscara naranja.

Que no.

—Un momento. —Ava le arrebata el móvil a Anni para ver la foto—. ¿Cómo es que hay cinco máscaras? Creía que los Paganos eran Jeremy, Gareth, Nikolai y Killian. ¿Quién es el quinto?

—Ni idea. —Anni arruga el entrecejo—. En la mansión no está. Allí solo viven los cuatro que has mencionado.

«¿Será la máscara naranja?».

—Qué interesante. —Vuelven a brillarle los ojos—. Me pregunto quién será la persona misteriosa. Tal vez podamos investigarlo.

—Ni de coña —replico en tono contundente.

—Venga, por fa, Cecy. Podemos descubrir un montón de secretos. Seguro que es divertido.

—No te parecerá divertido si te pones en peligro o si te pilla una de esas personas misteriosas.

—Ay, por favor. Tu fantasía es de este estilo.

Me quedo quieta.

El rubor sube por mi cuello y mejillas, y miro a Ava como si le hubieran salido tres cabezas de más y me juzgara desde todas ellas.

—¡E-eso no es verdad! Mi fantasía es con un hombre bueno y normal. Algo que es evidente que escasea en estos tiempos.

—Qué mentirosa. Cuando nos emborrachamos en el último cumpleaños de Remi, dijiste algo totalmente distinto, y yo me creo a la Cecy borracha. Es la versión auténtica de ti misma.

«Voy a matar a mi yo borracha».

Y a Ava también. ¿Por qué saca eso a relucir?

—Bueno, mi nueva fantasía es una relación normal —replico.

Ava pone los ojos en blanco.

—Ay, de verdad, qué fantasía más aburrida.

Estoy a punto de dar con el mejor plan para asesinarla cuando se abre la puerta y entra Glyndon, nuestra amiga de toda la vida y hermana de Lan.

Es la más pequeña de las tres, aunque no más que Anni, tiene el cabello largo y de color miel, donde el castaño y el rubio se mezclan como mechas preciosas de balayage, y le encanta llevar pantalones cortos, hasta en primavera.

En teoría, como Glyn y yo somos más introvertidas, deberíamos llevarnos mejor, pero, cuando estamos juntas, solemos preferir el silencio a cualquier otra cosa.

A veces, cuando se aturulla un poco, me recuerda a Landon, pero ahí acaban las similitudes. Glyn es demasiado dulce para compararla con Lan y su carácter malicioso.

Tira la mochila al suelo por el camino y se une a nosotras. Me levanto para recogerla y colgarla en su sitio para que no sigamos con el tema que tenemos entre manos.

Pero cuando me vuelvo a sentar y cojo mi taza de té, Ava le mete presión a nuestra amiga de la infancia.

—¡Glyn, respáldame!

—¿Qué estamos discutiendo?

—Fantasías —responde Annika—. Cecily dice que la suya es encontrar un hombre bueno y normal, porque hoy en día escasean.

—Es cierto. —Dejo que el té calentito me suavice la garganta—. Lo siento, soy una aburrida.

—Estás mintiendo. —Ava se cruza de brazos sobre su pijama de pelitos—. Hace un año dijiste que tu fantasía era que te raptaran en algún sitio oscuro y te tomaran en contra de tu voluntad.

Es como si alguien me tirara un cubo de agua fría.

Me tiembla la mano, y unas gotas de té me salpican la piel.

Siento que me embarga esa sensación extracorporal que me roba el aliento.

Justo cuando creo que voy a caer en la nada, Glyn se sienta a mi lado, me echa un brazo por el hombro y fulmina a Ava con la mirada.

—Acordamos que no volveríamos a hablar de eso.

—No te pongas tan remilgada. Tú dijiste algo parecido. ¿Qué fue? Ah, querías resistirte y que te obligaran a hacerlo, aunque dijeras que no. No puedo ser la única que lo recuerda.

Glyn se acurruca a mi lado y me acaricia el brazo como la niña dulce que es. Al igual que yo, es demasiado reservada para expresar lo que siente.

Ahora que lo pienso, decirle algo a Ava, aunque fuera de borrachera, fue un grave error.

Se le da como el culo guardar secretos y sé que no quiere hacerme daño, solo quiere que Anni se sienta como en casa con nosotras, pero aun así…

Aunque Anni no estuviera aquí, preferiría no volver a hablar de ese tema.

Fue un momento de debilidad.

Algo a lo que quiero poner remedio, pero no aquí ni ahora.

Su conversación me envuelve, Glyn está regañando a Ava, hablan de la fantasía de Anni. Pero yo apenas las escucho.

Es un silencio incómodo en el que estoy en un mundo propio que invento cuando no puedo escapar.

Poco después, Ava y Anni deciden irse de fiesta. Esta última se deja convencer por Ava de que su hermano no le hará nada y que nosotras la protegeremos.

Una hora después estamos en la mansión de los Paganos.

No es coña.

Annika ha empleado sus conexiones con los guardias para que nos dejen pasar y llevamos los últimos diez minutos apiñadas en un rincón.

Las tres chicas llevan vestidos bonitos, hasta Glyn, que se ha visto obligada a ponerse un vestido rojo y ajustado por culpa de las dos divas de la moda, que a continuación procedieron a maquillarla a juego.

Yo soy la única que lleva los mismos vaqueros de siempre y una camiseta que dice «Manifestando la capacidad de pegarle a la gente de internet». También intentaron vestirme, pero eso no va a pasar en esta vida.

Me quedaría corta si dijese que no quiero estar aquí. Llevo con la piel de gallina desde que cruzamos la valla de estilo gótico.

Los recuerdos de anoche siguen presentes y me hacen cosquillas en la piel con la insistencia de una herida abierta.

Aun así, no podía dejar que estas tres vinieran solas. Ava se metería en problemas y arrastraría a las demás consigo. Glyn no plantaría cara, y el coraje de Anni ha empezado a deshincharse desde que hemos entrado.

Propuso ir a otra fiesta que no fuera la que están dando su hermano y su grupo de amigos. Una sugerencia que acabó totalmente ignorada por Ava, luego por Remington y Creighton, que nos acompañan desde que se colaron hace un rato.

No veo el atractivo de las fiestas de los Paganos o de su mansión. ¿Es una cuestión de exclusividad?

Sí, la mansión es enorme, cuenta con una arquitectura exquisita, unos muebles de lujo y una comida deliciosa, pero hay mucho ruido, es todo impersonal y tiene un aspecto fantasmagórico que no se puede ocultar.

Decido centrarme en aquellos que me acompañan. Aunque Creighton se ha marchado, seguramente se ha hartado de las bromas de Remi y ha decidido irse a dormir.

Remi también se ha largado detrás de un grupo de chicas y Anni está intentando sin éxito esconderse detrás de cualquier columna. Ava está robando copas de los camareros que pasan a su lado y silba después de cada sorbo.

Glyn es la única que está manteniendo la conversación y permanece a mi lado, por eso me doy cuenta de que se queda quieta.

Sigo su línea de visión y yo también me petrifico. Están bajando por las escaleras dos miembros de los Paganos.

Gareth Carson y Jeremy Volkov.

El primero parece un príncipe acicalado, bien peinado, recién afeitado y con unos pantalones elegantes y una camisa.

El otro no dista de un monstruo sacado del infierno.

No es por cómo va vestido, ya que lleva unos pantalones negros, una camiseta blanca y una chaqueta de cuero.

Es todo lo demás.

El cabello negro desordenado, los ojos azul grisáceos intensos y fulminantes, las mejillas marcadas y los rasgos afilados que encajan con su carácter insufrible.

También es grande en todo: altura, complexión y personalidad. Nunca he visto a alguien tan musculoso como él, salvo quizá Nikolai. Pero se mueve deprisa para ser tan grande, también es silencioso, como si lo hubieran entrenado para que solo lo vieran cuando él lo considera necesario.

Jeremy es lo que yo diría una belleza oscura. Es una persona que sabes que es guapa, más que atractiva, pero sus acciones lo hacen más monstruo que preciosidad.

Destructivo.

Inaccesible.

Y él parece absolutamente satisfecho con esa imagen.

Pero, claro, ¿por qué no habría de estarlo? Le precede su infame reputación y también le parece bien.

De hecho, es posible que le dé alas.

Gareth asiente a algo que están discutiendo y sube las escaleras. Sin embargo, Jeremy sigue bajando como si nada.

Pero, aunque parece despreocupado, no hay nada arbitrario en su ser. Ni siquiera sus pasos.

Bajo la calma superficie, se refleja al mundo como un peligro que acecha y una promesa nefaria. Es misterioso por naturaleza, se camufla demasiado bien como para verlo.

El único motivo por el que yo soy capaz de hacerlo es que yo también tengo mis secretos, y supongo que eso me da el superpoder de reconocer los de los demás.

Mi madre dice que lo hago porque soy una persona especialmente empática y ese fue uno de los motivos por el que decidí estudiar Psicología. Quiero ayudar a los demás todo lo posible.

Glyn masculla algo y sube corriendo las escaleras.

Yo hago amago de seguirla, pero me veo interceptada por una horda de estudiantes que bailan, beben y gritan.

Que te inviten a una fiesta de los Paganos es un privilegio para los alumnos de la KU. Es como la meca de sus actividades profanas y una expresión de la juventud pervertida.

Por eso Ava quería venir aquí por encima de todo.

Por eso Anni la ha ayudado, a pesar del miedo que le tiene a la ira de su hermano.

Para cuando llego a las escaleras, no hay ni rastro de Glyn.

Mierda.

Tal vez sea callada y reservada, pero tiene momentos en los que de­saparece sin avisar.

Lanzo una mirada a mi espalda para asegurarme de que Ava no se ha metido en problemas, pero entonces veo con el rabillo del ojo que ha birlado una botella de tequila y ha salido.

Mierda. Necesito dos como yo para mantenerlas a raya.

Corro en busca de Ava. Primero, porque es la más propensa a acabar casi ahogada en su propio vómito (ya pasó una vez), o casi ahogada en una piscina de verdad estando borracha (ha pasado dos veces); y segundo, porque Glyn es responsable, no actúa por impulso y casi nunca se emborracha.

La decisión de ir por la problemática del grupo ha sido bastante fácil de tomar.

Me cuelo entre los estudiantes que saltan y cantan a gritos alguna canción de moda. Es mucho más fácil moverse pasando desapercibida que intentar atravesarlos y que me retrasen más.

El frío aire de la noche me pone la piel de gallina cuando salgo por las puertas de la mansión.

No paran de entrar estudiantes en la mansión, y nadie se marcha. Claro, para ellos todavía es pronto.

Hay unos cuantos guardias apostados en la entrada como si fueran estatuas, y sé que hay más que no están a la vista. Deben de ser los mismos hombres que llevaban anoche las máscaras de conejo.

Me pongo de puntillas para ver mejor lo que hay fuera, pero no encuentro ni rastro de esa alborotadora de Ava.

Saco el móvil y busco la aplicación Find my kids.

¿Qué? Se comporta como un niño cuando está borracha, así que tuve que instalar esta aplicación para encontrarla en este tipo de situaciones.

El punto indica que su móvil se encuentra al oeste, y voy en su busca, camuflándome entre el enjambre de estudiantes para que no me vean los atentos guardias. Y como tengo una memoria impecable, consigo evitar la mayoría de las cámaras, a pesar de que apenas se ven por la noche, solo si te esfuerzas mucho.

Ava, esta niñata suicida, se ha metido en el bosque que rodea la mansión.

«Por favor, que no esté borracha. Por favor, que no esté borracha».

Acelero el paso para alcanzarla, aunque me tomo el tiempo de aprovechar rocas y arbustos para esconderme de las cámaras.

La música de la mansión se dispersa hasta que solo oigo el retumbar de los bajos y los gritos, hasta que finalmente el ruido desaparece.

Lo que significa que estoy demasiado lejos de todo el mundo.

«Ava, vamos».

Justo cuando estoy a doscientos metros de distancia, cambia de dirección y corre de vuelta a la mansión.

El sonido de una moto acelerada me deja sorda, y me doy cuenta de que debe de ir en ella.

¿La ha encontrado un guardia que la lleva de vuelta?

Sea como fuere, al menos ya no está deambulando sabe Dios por dónde.

El silencio regresa, esta vez más certero, y echo un vistazo a lo que me rodea. Al principio creo oír unas leves pisadas, pero pronto desaparecen.

Lo único que queda es la noche oscura, los enormes árboles y este endiablado bosque.

Ah, y mi respiración agitada.

Me doy la vuelta con precaución y marcho hacia la mansión a paso firme. Poco después, voy corriendo.

Los sitios como este son el decorado de las películas de terror y las bromas de Halloween por un motivo.

Oigo un siseo en algún punto entre los arbustos, seguido de más pasos. Me detengo y me doy la vuelta.

Apenas lo he conseguido cuando aparece una mano en la oscuridad y me empuja contra un árbol.

Me saca el aire de los pulmones y todo mi cuerpo se queda petrificado.

La persona a mi espalda me supera en tamaño, tiene la mano alrededor de mi nuca y su respiración controlada me lame la piel como un incendio forestal.

—¿Qué…?

—Chis. —Su voz áspera suena en mi oreja como una sinfonía retorcida.

Una invitación al lado oscuro.

Una escapatoria.

Algo se ilumina en la oscuridad y, acto seguido, me planta el móvil delante de la cara, donde veo que aparece la aplicación del club fetichista y un mensaje que lo felicita.

En la parte superior pone «Fetiche primitivo» y mi nombre de usuario es su pareja elegida.

Mi respiración entrecortada se calma a un ritmo parecido al suyo. No está controlada del todo, pero se acerca.

Es Landon.

Está pasando de verdad.

Pero…, espera.

Yo no llevo una máscara como dije que haría. ¿Eso significa que sabe quién soy y que aun así quiere hacerlo?

Me atraviesa una oleada de emoción solo de pensarlo.

Me suelta del cuello, y su voz grave y demasiado áspera ordena:

—Corre.

Trastabillo, y el lugar donde me ha tocado cosquillea y arde. Quiero mirarlo, lo siento a mi espalda tan alto como un dios, e igual de letal.

Si giro la cabeza, lo veré.

Pero no lo hago.

En su lugar, me incorporo y hago lo que me ha pedido.

Corro.