Dramatis personae

Dramatis personae

Personajes principales

Sila (Lucio Cornelio Sila).

Mario (Cayo Mario).

Escauro (Marco Emilio Escauro).

Familiares de Sila

Afranio (Lucio Afranio), su amante.

Cornelia, su hermana melliza.

Cornelio Sila, su padre.

Su madrastra.

Nicópolis, su otra amante.

Nonio (Sexto Nonio Sufenas), su cuñado.

Publio, su medio hermano.

Familiares de Mario

Fulcinia, su madre.

Lusia, su esposa.

Cayo Lusio, su sobrino.

Marco (Marco Mario), su hermano.

Rutilio (Publio Rutilio Rufo), su vecino.

Metelos

Metelo el Macedónico (Quinto Cecilio Metelo el Macedónico), excónsul, excensor, augur, primer hombre de Roma.

Metelo el Baleárico (Quinto Cecilio Metelo el Baleárico), su primogénito.

Metelo Diademato (Lucio Cecilio Metelo Diademato), su segundo hijo.

Marco Metelo (Marco Cecilio Metelo), su tercer hijo.

Cayo Metelo (Cayo Cecilio Metelo Caprario), su cuarto hijo.

Lucio Metelo (Lucio Cecilio Metelo, posteriormente el Dalmático), su sobrino mayor.

Quinto Metelo (Quinto Cecilio Metelo), su sobrino menor y benjamín de la familia.

Julios Césares

César (Cayo Julio César), pater familias, senador.

Lucio César, su sobrino mayor.

César Estrabón, su sobrino menor.

Julila, su sobrina.

Julia, su hija.

Marcia, su esposa.

Quinto Marcio Rex, su cuñado.

Fabios y Servilios

Fabio (Quinto Fabio Máximo, posteriormente el Alobrógico), cónsul del 121 a. C.

Fabio hijo, tribuno militar.

Eburno (Quinto Fabio Máximo Eburno), primo del cónsul del 121 a. C.

Cepión (Cneo Servilio Cepión), excónsul, excensor, tío de Eburno.

Quinto Servilio, sobrino del anterior.

Otros senadores conservadores

Opimio (Lucio Opimio), cónsul del 121 a. C.

Léntulo (Publio Cornelio Léntulo), princeps Senatus.

Bruto el Galaico (Décimo Junio Bruto el Galaico), augur.

Carbón (Cayo Papirio Carbón).

Domicio (Cneo Domicio Enobarbo), procónsul.

Cota (Lucio Aurelio Cota).

Pisón (Lucio Calpurnio Pisón el Frugal), censor.

Pisón hijo.

Marco Octavio, tribuno de la plebe.

Bestia (Lucio Calpurnio Bestia).

Escipión Nasica (Publio Cornelio Escipión Nasica).

Postumio (Espurio Postumio Albino).

Senadores populares

Cayo Graco (Cayo Sempronio Graco).

Marco Fulvio, excónsul.

Subulón (Publio Decio Subulón), tribuno de la plebe.

Escévola el Augur (Quinto Mucio Escévola el Augur), pariente de Graco.

Publio Escévola (Publio Mucio Escévola), pontifex maximus, primo del anterior.

Memio (Cayo Memio), tribuno de la plebe.

Senadores sin afiliación

Druso (Marco Livio Druso).

Geta (Cayo Licinio Geta).

Pompeyo (Sexto Pompeyo).

Cátulo (Quinto Lutacio Cátulo).

Sabacón (Cayo Casio Sabacón).

Casio (Lucio Casio Longino Rávila).

Aquilio (Manio Aquilio Floro).

Otros ciudadanos romanos

Quinto Antilio, lictor del cónsul Opimio.

Aulo Afranio, hermano de Afranio.

Publio Letorio, amigo de Graco.

Septimuleyo (Lucio Septimuleyo de Anagnia), asesino de Graco.

Flaco (Lucio Valerio Flaco), joven oficial de caballería.

Cayo Trebonio, legionario veterano arruinado.

Trebonio hijo.

Quinto Cecilio, portavoz de los publicanos.

Roscio (Quinto Roscio de Lanuvio), actor.

Marco Antonio, fiscal.

Cayo Herenio, comerciante de silphium.

Lucio Licinio Craso, abogado.

Cicerón (Marco Tulio Cicerón), équite confidente de Escauro.

Itálicos y griegos

Barro (Tito Betucio Barro), piceno amigo de Afranio.

Saunión, jefe de actores.

Maras Espurnio, rico ciudadano de Pompeya.

Minia Castricia, esposa de Espurnio.

Hermias Macrón, traficante de esclavos.

Otras mujeres, libertos y esclavos

Atreo y Tiestes, hermanos esclavos de Cornelio Sila.

Emilia, enigmática amiga de Tito Betucio Barro.

Escirto, esclavo de Nicópolis.

Epicado, esclavo de Sila.

Tárula, esclavo de Sila.

Metrobio, esclavo de Maras Espurnio.

Marco Estlaccio Pandoro, liberto.

Galos

Congonnetiaco, hijo del rey de los galos enemigos de Roma, Bituito.

Cratón, jefe de los galos saluvios, aliados de Roma.

Númidas

Jugurta, rey de Numidia.

Hiémpsal, rey de Numidia, primo del anterior.

Adérbal, rey de Numidia, hermano del anterior y primo de Jugurta.

Bomílcar, general númida.

Aspar, emisario númida.

Masiva, pretendiente al trono de Numidia.

Glosario

ab urbe condita: «desde la fundación de la ciudad». Fórmula utilizada para datar años, relativa a la fundación de Roma en el 753 a. C.

aes equestre: dinero que el Estado romano proporcionaba a los equites equo publico para que comprasen el caballo con el que servir en el ejército.

ager Falernus: territorio al pie del monte Falerno, hoy monte Massico, donde romanos y cartagineses libraron batalla en el 217 a. C.

ager Praetutianus: antiguo territorio de los praetutti, una tribu en la región del Piceno, apropiado por el Estado romano.

ager Veientinus: antiguo territorio de la ciudad etrusca de Veyes, apropiado por el Estado romano tras la conquista y destrucción de esa urbe en el 396 a. C. La gens Fabia poseía tierras aquí.

agnomen: el cuarto nombre o sobrenombre añadido al tria nomina (praenomen, nomen, cognomen) de un varón romano, a menudo por una hazaña destacada (por ejemplo, Quinto Cecilio Metelo el Macedónico, Quinto Fabio Máximo el Alobrógico).

ambitus: en la antigua Roma, delito de soborno electoral o cohecho.

apodyterium: del verbo griego ἀποδύω («desvestirse»). Vestuario de las termas romanas.

arbiter bibendi: «árbitro de la bebida». Persona elegida en los banquetes para determinar la mezcla de vino y agua (cuanta menos agua, más potente la bebida).

arca ferrata: literalmente «cofre de hierro». Caja fuerte o cofre reforzado, a menudo encastrado, para guardar dinero y objetos de valor en una casa romana.

Argileto: avenida de Roma que conectaba la Subura y el Foro.

armatura: simulacro de combate mediante el que el recluta romano aprendía el uso de las armas.

arúspice: sacerdote de origen etrusco que practicaba la adivinación examinando las entrañas de los animales sacrificados o los fenómenos meteorológicos, y que vino a complementar el papel de los augures.

as: moneda de cobre o bronce de menor valor y unidad base del sistema que se empleaba para pequeñas transacciones. En época de Mario y Sila cuatro ases equivalían a un sestercio, y dieciséis ases, a un denario.

asamblea de las centurias: asamblea popular romana organizada por centurias (unidades de votación con base en la riqueza de los ciudadanos) y responsable de elegir pretores, cónsules y censores. También servía como asamblea judicial.

asamblea de las tribus: asamblea popular romana, organizada por tribus (unidades de votación con base geográfica). Elegía a los cuestores y ediles curules y, excluidos los patricios, también a los tribunos de la plebe y ediles plebeyos.

atriense: esclavo mayordomo responsable de custodiar el atrio de una domus romana.

augur: sacerdote romano que interpretaba la voluntad de los dioses observando el vuelo y comportamiento de las aves. En época de Mario y Sila eran nueve.

bis de eadem re ne sit actio: «No debe repetirse la acción relativa a un mismo hecho». O lo que es lo mismo, no se puede juzgar a una persona dos veces por el mismo hecho.

braccae: pantalones largos que vestían los pueblos bárbaros, como los galos y los germanos.

caldarium: en las termas romanas, sala de agua caliente y vapor.

Caballo de Octubre: sacrificio ritual de un caballo celebrado todos los 15 de octubre en el Campo de Marte, asociado a la agricultura y la guerra.

Campo de Marte: una llanura en Roma, fuera de la muralla serviana, empleada para ejercicios militares y reuniones de las asambleas populares.

cardo maximus: eje vial principal de orientación norte-sur en una ciudad o campamento romano.

cartibulum: mesa rectangular de mármol o piedra, a menudo con patas ornamentales, que los romanos de alto estatus colocaban en el atrio para exhibir objetos de lujo.

censor: magistrado romano de inmenso prestigio que llevaba a cabo las actividades del censo y velaba por la moral pública. Dos censores eran elegidos de entre los excónsules cada cinco años aproximadamente, aunque sus funciones no se extendían más allá de los dieciocho meses.

centuria praerogativa: la centuria elegida por sorteo para votar en primer lugar en la asamblea de las centurias. Su voto a menudo influía en el de las demás.

clarissime vir: «hombre preclaro». Título honorífico para senadores de alto rango.

ciato: cucharón pequeño o copa para tomar vino de una crátera.

clivus Palatinus: pendiente que subía al monte Palatino en su cara norte.

clivus Suburanus: pendiente que descendía a la Subura desde el monte Esquilino.

clivus Victoriae: pendiente que subía al monte Palatino en su cara oriental.

cognomen: tercer nombre o apodo de un varón romano después del praenomen y el nomen, que a menudo distinguía ramas distintas de una misma gens (por ejemplo, Lucio Cornelio Sila, Publio Cornelio Escipión, Publio Cornelio Léntulo).

cohors amicorum: «cohorte de amigos». La escolta de allegados y personas de confianza de un general romano.

concilio de la plebe: asamblea popular romana que elegía a los tribunos de la plebe y a los ediles plebeyos, y votaba plebiscitos. Probablemente no se distinguía en nada de la asamblea de las tribus, más que en el hecho de excluir a los patricios.

confarreatio: la forma más antigua y solemne de matrimonio romano, reservada a los patricios y requerida para ostentar ciertos sacerdocios.

cónsul: el magistrado de más alto rango en la República romana, con imperium. Eran dos, elegidos todos los años.

consulari potestate: «con poder consular». Dicho de los tribunos militares que en los primeros siglos de la República se elegían a veces en sustitución de los cónsules. Con anterioridad al 367 a. C., solo los patricios podían ser cónsules y los plebeyos únicamente podían aspirar a ser tribunos militares con poder consular.

cornicularius: suboficial del ejército romano que servía como asistente de un tribuno, legado o centurión de alto rango. Gestionaba la administración, la contabilidad y el archivo de documentos. Su nombre proviene de la palabra corniculum («cuernecillo»), ya que llevaban como insignia dos pequeños penachos de metal en forma de cuernos sobre su casco. Recibían el doble de paga que un legionario raso.

crátera: vaso grande de boca ancha utilizado para mezclar vino y agua en los banquetes.

cuestor: magistrado romano menor responsable de la tesorería y las finanzas públicas, así como del avituallamiento de las legiones. Primer escalón del cursus honorum. En época de Mario y Sila eran diecinueve.

Cui prodest?: «¿A quién beneficia?». Según Cicerón, Lucio Casio Longino Rávila, censor del 125 a. C. y personaje de esta novela, fue quien introdujo esta locución en el ámbito judicial.

cunnus: «coño». A menudo empleado como insulto.

curatores tribuum: funcionarios responsables de los asuntos administrativos de las tribus romanas.

cursus honorum: la secuencia de cargos públicos, que comenzaba por la cuestura y terminaba por el consulado, a los que aspiraba el político romano.

deditio: la rendición total e incondicional de un pueblo al poder de Roma.

dediticius: enemigo que se había rendido totalmente a Roma.

denario: moneda de plata que en época de Mario y Sila equivalía a dieciséis ases o cuatro sestercios.

diribitores: funcionarios que distribuían y recogían las tablillas de voto en las asambleas populares.

divisores: agentes que el político culpable de ambitus empleaba para distribuir sobornos a los votantes. Trabajaban de la mano con los interpretes (quienes hacían de intermediarios) y los sequestres (quienes custodiaban el dinero).

dominus: el dueño de un esclavo era el dominus. Los esclavos se dirigían a él por el vocativo: domine.

domus: la casa romana típicamente aristocrática.

Domus Publica: residencia oficial del pontifex maximus, sita en un extremo del Foro, junto a la Regia y el atrio de Vesta.

edil: magistrado romano superior al cuestor e inferior al pretor, responsable del mantenimiento de edificios públicos, carreteras y mercados, así como de la organización de los juegos. Eran cuatro: dos ediles plebeyos y dos ediles curules. Los primeros siempre se escogían de entre la plebe, los segundos, de entre la plebe y los patricios, pero en años alternos.

Equirria: carreras de caballos celebradas en honor a Marte, el 27 de febrero y el 14 de marzo.

équite, équites: singular y plural. Ciudadanos que formaban originalmente la caballería del ejército romano y que llegaron a constituir una clase social acaudalada por debajo de la senatorial. Stricto sensu, équites eran solo los llamados equites equo publico, es decir, aquellos aristócratas a los que el Estado romano abonaba el aes equestre para la compra del caballo estatal. Sin embargo, cuando otros ciudadanos se prestaron a servir como caballería aportando su propia montura, se empezó a hablar de estos como equites equo suo. Todos los senadores fueron equites equo publico hasta la década del 120 a. C., cuando se les obligó a renunciar al caballo estatal y a los subsidios aparejados. Asimismo, con la aprobación de la lex Sempronia iudiciaria, que entregó los tribunales de justicia a los equites equo publico o a aquellos que tuvieran una riqueza equivalente (o sea, los equites equo suo), los équites cobraron conciencia como clase separada de los senadores, con sus propios intereses. Además, como los senadores tenían prohibida la actividad comercial, fueron los équites quienes se convirtieron en la clase mercantil por antonomasia de sociedad romana.

ex iure Quiritium: «por derecho de los ciudadanos». Fórmula empleada, por ejemplo, por el funcionario para declarar libre a un esclavo en presencia de su amo durante el rito de la manumisión.

fabulae palliatae: uno de los dos géneros principales de la comedia teatral romana durante la República. La palliata (pallium, manto griego) usaba tramas y personajes de origen griego (p. ej.: Plauto y Terencio).

fabulae togatae: uno de los dos géneros principales de la comedia teatral romana durante la República. La togata (toga, vestimenta roma­na) presentaba temas y costumbres de la sociedad e Italia roma­na.

Favete linguis: literalmente, «hagan el favor con sus lenguas». Fórmula con la que se pedía silencio a los presentes durante los juicios y algunas ceremonias religiosas.

fellatio: felación, estimulación del pene con la boca.

flamen, flamines: singular y plural. Sacerdotes dedicados al culto de ciertos dioses. Los más importantes eran los flamines de Júpiter, Marte y Quirino.

Forum Boarium: el mercado de ganado de Roma, situado junto al Tíber.

Forum Holitorium: el mercado de vegetales, cercano al anterior.

garum: una salsa de pescado fermentado que se empleaba para condimentar los alimentos y que era muy apreciada en la cocina romana.

gens, gentes: singular y plural. El clan o familia primitiva romana, cuyos miembros compartían todos un nomen. Así, Lucio Cornelio Sila, Publio Cornelio Escipión y Publio Cornelio Léntulo pertenecen todos a la gens Cornelia.

grammaticus: el maestro de enseñanza secundaria que enseñaba literatura griega y latina, especialmente a poetas como Homero, y ayudaba a desarrollar la maestría en el lenguaje.

Haec pars maior videtur: «Esta parte parece ser la más numerosa». Fórmula empleada por el magistrado que presidía una sesión del Senado para indicar la mayoría en una votación.

haruspex maximus: «arúspice máximo». Jefe de los arúspices.

hastati: miembros de la primera línea de infantería pesada de la legión republicana, compuesta por hombres más jóvenes.

homo novus, homines novi: singular y plural. Literalmente «hombre nuevo», dicho (a menudo despectivamente) del político plebeyo que no tenía antepasados ilustres.

Hunc hominem liberum volo: «Quiero que este hombre sea libre». Fórmula empleada por el amo de un esclavo durante el rito de la manumisión.

Iacite pila: «Arrojad las pila» (pila era una jabalina pesada). Orden de combate a las legiones para lanzar sus jabalinas antes del combate cuerpo a cuerpo.

ima cavea: parte inferior del graderío de un teatro reservada para personas importantes.

imperium: el poder para mandar, especialmente el militar, que poseían los magistrados superiores (cónsules y pretores) y que podía prorrogarse.

in flagrante delicto: «En flagrante delito». Sorprendido en el acto de delinquir.

insula: edificio de apartamentos de varios pisos, de carácter típicamente popular. En la planta baja por lo general había comercios (tabernae) y las primeras plantas, con acceso a mejores servicios y a una huida rápida en caso de incendio, estaban reservadas para los inquilinos más ricos. En las plantas superiores se hacinaban los más pobres.

interpretes: agentes que actuaban como intermediarios entre el político culpable de ambitus y el electorado, ayudando a coordinar los sobornos. Trabajaban de la mano con los divisores (quienes repartían el dinero) y los sequestres (quienes lo custodiaban).

Io, Saturnalia: exclamación de alegría empleada durante las fiestas Saturnales.

iugerum, iugera: singular y plural. Unidad romana básica de medida de superficie agraria. Representaba la cantidad de tierra que un par de bueyes podía arar en un día. Equivalía aproximadamente a 0,25 hectáreas.

ius gentium: «derecho de gentes». El cuerpo de leyes que se aplicaban tanto a los ciudadanos romanos como a los extranjeros (peregrini) y que da lugar al derecho internacional.

karkinos: nombre con el que los médicos griegos conocían al cáncer, por la forma de cangrejo de algunos tumores visibles.

larario: altar en la casa romana dedicado a los lares, los dioses protectores del hogar.

Lautumias: antigua cantera de piedra en el Capitolio empleada como prisión.

legado: oficial de alto rango nombrado por el Senado que servía como subordinado de un magistrado con imperium (cónsules, pretores, gobernadores) o como embajador.

lex curiata: un tipo arcaico de ley romana. Una lex curiata de imperio se aprobaba de manera protocolaria para confirmar formalmente el imperium de los magistrados.

lex de consule altero ex plebe: ley aprobada en el 367 a. C. que obligaba a que al menos uno de los dos cónsules fuese plebeyo.

lex Fabia de plagiariis: ley aprobada en el 183 a. C. (durante el consulado de Quinto Fabio Labeón y Marco Claudio Marcelo) que castigaba el robo o secuestro de personas libres y su venta como esclavos.

lex Maria de pontibus: ley impulsada por Cayo Mario en el 119 a. C. para estrechar las pasarelas de votación (pontes) e impedir que se apostasen en ellas personas que pretendieran intimidar a los electores.

lex Octavia frumentaria: ley impulsada por Marco Octavio en el 119 a. C. para reducir el número de beneficiarios de la lex Sempronia frumentaria de Cayo Graco.

lex Sempronia de capite civis: ley impulsada por Cayo Sempronio Graco para reforzar el derecho de apelación y garantizar que ningún ciudadano romano fuese condenado a muerte sin un juicio ante el pueblo.

lex Sempronia frumentaria: ley impulsada por Cayo Graco que obligaba al Estado romano a adquirir grano para vender posteriormente a precios subsidiados a cierto número de beneficiarios. La nobleza siempre consideró el coste de esta medida prohibitivo y trató de modularla o abolirla varias veces, como mediante la lex Octavia frumentaria.

lex Sempronia iudiciaria: ley de Cayo Graco que modificó la composición de los jurados, antes formados por senadores, y que pasaron a control de los équites.

lex Valeria de provocatione: ley impulsada por el cónsul Publio Valerio Publícola en el 509 a. C. para garantizar a todo ciudadano el derecho de apelación (provocatio) contra la sentencia de un magistrado, de manera que ningún ciudadano pudiera ser condenado a muerte sin un juicio ante el pueblo.

lex Villia annalis: ley del 180 a. C. que reguló la edad mínima para cada magistratura del cursus honorum y estableció un intervalo de dos años entre magistraturas.

Liberalia: festividad en honor de Liber Pater (una advocación de Baco, dios del vino y la fertilidad), celebrada el 17 de marzo, cuando los varones de quince o dieciséis años asumían la toga virilis y se consideraba que habían cumplido la mayoría de edad.

Libros Sibilinos: una colección de oráculos en griego, consultada por el Senado romano en momentos de crisis.

lictor: funcionario que precedía y escoltaba a los magistrados con imperium. Portaba los faces (manojos de varas) y, fuera de la ciudad, también las segures (hachas).

litterator: maestro de enseñanza elemental en Roma que enseñaba lectura, escritura y aritmética.

lituus: bastón curvo o varita utilizados por los augures para tomar los auspicios.

ludi sollemnes: juegos públicos celebrados regularmente a expensas del Estado romano en honor de un dios.

Lupercales: fiesta de fertilidad y purificación celebrada a mediados de febrero, caracterizada por la carrera ritual de los sacerdotes llamados lupercos.

lustratio: ceremonia que los censores realizaban tras la conclusión del censo.

manípulo: unidad táctica fundamental de la legión romana durante parte de la República. La legión se componía de diez manípulos de ciento veinte hastati, diez manípulos de ciento veinte principes y diez manípulos de sesenta triarii, además de mil doscientos vélites y trescientos équites. En total, cuatro mil quinientos hombres entre infantería y caballería.

Mare Interum: «Mar Interior». El Mediterráneo.

Mare Superum: «Mar Superior». El Adriático, visto desde Roma.

murallas servianas: la primera gran muralla defensiva construida alrededor de Roma, atribuida al rey Servio Tulio.

nobilis, nobiles: «noble, nobles». Los nobiles eran la clase dirigente patricio-plebeya. Un plebeyo era nobilis si tenía antepasados ilustres o, más específicamente, si tenía algún antepasado cónsul, mientras que todos los patricios eran, por definición, nobiles.

nomenclator: esclavo responsable de recordar a su dueño los nombres de las personas que encontraba en público, especialmente durante una campaña electoral.

nundinium, nundinia: singular y plural. Periodo de nueve días en el calendario romano, al cabo del cual se celebraba el día de mercado y el descanso de la actividad rural. A menudo empleado en la novela en sustitución del término «semana».

optimas, optimates: «el mejor, los mejores». Facción del Senado asociada a posiciones reaccionarias y aristocratizantes.

Ordo Sexaginta Haruspicum: el Colegio de Sesenta Arúspices, originario de la ciudad etrusca de Tarquinia.

pater familias: el cabeza de familia en la antigua Roma, con autoridad legal sobre su esposa, sus hijos y sus esclavos.

patres conscripti: «padres conscriptos». Manera formal que tenían los romanos de referirse al conjunto de los senadores (también patres), más o menos como llamar «señorías» a los diputados del Congreso.

patricio: miembro de la aristocracia romana primitiva, una clase social hereditaria que en época de Mario y Sila había perdido casi todos sus privilegios.

pax deorum: «paz de los dioses». El estado de armonía entre Roma y sus dioses, mantenido mediante el cumplimiento de ritos religiosos.

peregrinus, peregrini: singular y plural. Personas libres de Roma, Italia o las provincias que no poseían la ciudadanía romana.

petteia: un juego de mesa griego similar a las damas.

plebeyo: todo romano que no era patricio. En época de Mario y Sila numerosas familias plebeyas se habían ennoblecido.

pontifex maximus: «pontífice máximo». Jefe del Colegio de Pontífices y de la religión estatal romana.

pontífice: miembro del Colegio de Pontífices. En época de Mario y Sila eran nueve, incluyendo al pontifex maximus.

populares: facción del Senado asociada a posiciones populistas y democratizantes.

praenomen: el nombre de pila o primer nombre de un varón romano (Lucio Cornelio Sila, Publio Cornelio Escipión). Los más populares eran Cayo, Marco, Lucio, Quinto o Publio. Algunas familias empleaban otros más raros, como Tiberio, Apio o Espurio.

praetorium: originalmente, la tienda del general en un campamento romano; por extensión, la residencia del gobernador de una provincia.

praetor peregrinus: pretor responsable de resolver disputas legales que involucrasen a peregrini.

praetor urbanus: pretor cuya jurisdicción era la ciudad de Roma y que resolvía disputas legales entre ciudadanos romanos.

pretor: magistrado con imperium, superior al edil e inferior al cónsul, que tenía funciones judiciales. En época de Mario y Sila eran seis.

princeps civitatis: el primer hombre de Roma, o sea, el más influyente de la ciudad.

princeps Senatus: «líder del Senado». Su nombre encabezaba la lista de senadores. Debía ser patricio y preferentemente excónsul y excensor. En época de Mario y Sila, era el primero en dar su opinión en todos los debates.

principes: tras los hastati, miembros de la segunda línea de infantería pesada de la legión republicana.

privatus: ciudadano que no ostenta ningún cargo público.

procónsul: excónsul cuyo imperium era prorrogado para que fuese a gobernar una provincia.

proletarius, proletarii: singular y plural. Ciudadanos romanos de la clase social más baja y más pobre. Estaban exentos del servicio militar y tampoco pagaban impuestos. Su único valor para la República era su capacidad para engendrar futuros ciudadanos, o sea, su prole.

propraetor: expretor cuyo imperium era prorrogado para que fuese a gobernar una provincia.

pteruges: tiras de cuero que cuelgan bajo la coraza del soldado romano para proteger las ingles, a modo de faldellín.

publicano: persona que pujaba por obtener concesiones del Estado romano, por ejemplo, para la recaudación de impuestos en las provincias o la explotación de minas de sal, oro y plata. En tanto que ciudadanos acaudalados, pertenecían a la clase de los équites.

puteal Scribonianum: brocal o pozo sagrado en el Foro Romano, cercano al templo de Cástor, junto al que los prestamistas llevaban a cabo su actividad.

Quid censes?: «¿Qué opinas?». Era la fórmula con la que el magistrado que presidía la sesión del Senado preguntaba uno por uno a los senadores su parecer sobre algún asunto.

Qui hoc censetis, illuc transite; qui alia omnia, in hanc partem: «Los que opinen así, que crucen a aquel lado; los que difieran, que crucen hacia esta parte». Fórmula con la que el magistrado que presidía la sesión del Senado pedía la división física de los senadores, a fin de visualizar rápidamente qué postura tenía más apoyos.

quincunx: disposición táctica de batalla romana que organiza tres líneas de manípulos en un patrón escalonado o en damero (similar a los cinco puntos de un dado). Esta estructura permitía a las unidades de la segunda y tercera línea avanzar a través de los huecos para relevar a las unidades delanteras, ofreciendo gran flexibilidad táctica.

quirites: manera solemne de llamar a los ciudadanos romanos.

Refer ad Senatum: «Pregunta al Senado». Fórmula con la que los senadores reclamaban al presidente de la sesión que sometiera cierto asunto a votación.

Respice post te. Hominem te esse memento: «Mira tras de ti. Recuerda que eres un hombre». Según Tertuliano, alguien acompañaba al vir triumphalis en su carro para decirle estas palabras al oído.

rhetor: el maestro de retórica, el nivel de educación superior en Roma, que preparaba a los jóvenes para la vida pública y la profesión forense.

Salve: saludo romano.

senatus consultum: decreto o consejo del Senado a los magistrados. En época republicana nunca fue legalmente vinculante, pero tenía un gran peso moral.

senatus consultum de re publica defendenda: «decreto del Senado en defensa de la República», más conocido como senatus consultum ultimum («decreto del Senado extremo»), empleado por primera vez en el 121 a. C. y luego continuamente hasta el final de la República, por el que el Senado autorizaba a los magistrados a hacer todo cuanto estuviera en su mano (legal o extralegalmente) para defender al Estado de una amenaza inminente. Su constitucionalidad siempre estuvo en entredicho.

sequestres: agentes que el político culpable de ambitus empleaba para que tuviesen el dinero de los sobornos electorales a buen recaudo hasta la hora de repartirlos. Trabajaban de la mano con los divisores (quienes repartían el dinero) y los interpretes (quienes hacían de intermediarios).

sestercio: moneda que en época de Mario y Sila equivalía a cuatro ases. Era la unidad de cuenta más común para expresar sumas de dinero en la vida cotidiana.

silla curul: asiento sin respaldo, de patas corvas, hecho de marfil, sobre el que se sentaban cónsules, pretores, ediles curules y censores, y era símbolo de su autoridad.

silphium: planta medicinal importada de Cirene, cuya popularidad como abortivo condujo a su extinción en la Antigüedad.

spatha, spathae: singular y plural. Espada larga y recta de origen celta adoptada por la caballería romana.

Subura: barrio de mala nota ubicado al noreste del Foro, en el valle sito entre las colinas Viminal y Esquilina. Algunas familias patricias, como la Julia, tenían aquí su residencia.

tabernae: plural de taberna, que más que una taberna moderna, era una tienda de cualquier tipo, normalmente ubicada en la planta baja de una insula.

tablinum: el despacho del pater familias en una domus, a menudo entre el atrio y peristilo.

Thalassio: un grito tradicional en las bodas romanas, propiciatorio de la fertilidad.

toga candida: toga blanqueada con tiza que vestían los candidatos a un cargo público.

toga praetexta: toga blanca con borde púrpura usada por los magistrados curules y los niños romanos.

toga virilis: toga blanca sin adornos que asumían los jóvenes romanos al cumplir la mayoría de edad.

Transduc equum: «Pasa con tu caballo». Orden que el censor daba a los equites equo publico durante la transvectio equitum, si superaban su inspección.

transvectio equitum: inspección ceremonial quinquenal durante la que, como parte de las actividades del censo, los equites equo publico sometían sus caballos a la inspección de los censores.

Tres Tabernae: lugar en la vía Apia, a unos cincuenta kilómetros de Roma, con posadas donde los viajeros podían descansar.

tresviri capitales o nocturni: magistrados menores responsables de la prisión, las ejecuciones, el orden público y hasta cierta medida la lucha antiincendios.

triarii: miembros de la tercera y última línea de infantería pesada de la legión republicana, compuesta por los soldados más veteranos.

tribuno militar: oficial militar de alto rango en las legiones romanas.

triclinium: comedor en la domus romana, a raíz del triclinio o lecho de tres en el que se reclinaban los romanos para comer.

vélites: infantería ligera de las legiones republicanas, reclutada de entre ciudadanos jóvenes y pobres (por debajo de los hastati, pero por encima de los proletarii). No formaban una línea de batalla fija, sino que se situaban delante de la legión para hostigar al enemigo con jabalinas ligeras.

vestal: sacerdotisa de la diosa Vesta, cuyas dos tareas fundamentales eran mantenerse siempre virgen y preservar el fuego sagrado, hogar simbólico de toda la ciudad. En total eran seis.

Veto: «Lo prohíbo». El poder de bloquear acciones de otros magistrados era una prerrogativa del tribuno de la plebe.

Villa Publica: el lugar en el Campo de Marte donde se realizaba el censo.

virgo vestalis maxima: «virgen vestal máxima». La jefa del Colegio de Vestales.

vir triumphalis: «hombre triunfal». El general romano victorioso que había sido honrado por el Senado con un desfile triunfal, la más alta distinción militar.

vittae: cintas o ínfulas usadas en el cabello por las vestales.

vomitorium: el pasaje de entrada o salida de un teatro o anfiteatro. No hace referencia al acto de vomitar.

Mapa histórico del Mediterráneo central y oriental con la península itálica en el centro, Sicilia al sur y territorios circundantes, con etiquetas de regiones y pueblos antiguos como Hispania Citerior y Ulterior en el extremo occidental, Galia Cisalpina y Transalpina al norte, Ilírico y Tracia al noreste, Grecia y Macedonia al este, Asia y Siria más al este, Egipto al sureste y África y Numidia al sur, con el mar Mediterráneo ocupando el centro y numerosos nombres geográficos distribuidos según su ubicación.

Mapa histórico de la península itálica con Sicilia al sur y Cerdeña al oeste, que señala ciudades y asentamientos antiguos mediante puntos y etiquetas, entre ellos Aquilea en el norte, Roma y Ostia en la zona central, Tarquinia, Lanuvio, Nápoles, Capua, Pompeya y Monte Falerno en el centro y sur, Siracusa y Panormo en Sicilia, y Cagliari en Cerdeña, mostrando la disposición territorial sin otros elementos gráficos explicativos.

Presagium

Por tanto, no puede ser que los dioses existan y no manifiesten el futuro mediante señales. Pero los dioses existen, luego dan señales. Y, si dan señales, no pueden dejar de darnos alguna vía para el conocimiento de su significado.

Cicerón, Sobre la adivinación, i, 83.[1]

Actuando entonces con gran cuidado, anhelantes como estaban del reino, se dedican, ambos a un tiempo, al auspicio y al augurio.

Ennio, Anales.[2]

Arpino, 145 a. C.

El niño caminaba todo lo deprisa que podía sin echar a correr. Temía dañar el precioso cargamento que llevaba entre los pliegues lanudos de su túnica, a modo de zurrón.

—¡¡Padre!! ¡¡Madre!! —llamó con toda la fuerza de sus pulmones cuando se acercaba a la vieja casa de cascotes argamasados que se enseñoreaba de la colina.

La madre, que llevaba un bebé en brazos y, a juzgar por la pronunciada curvatura de su vientre, volvía a estar encinta, salió al porche dispuesta a regañar a su revoltoso primogénito, que se había pasado toda la mañana desaparecido:

—¡Ven aquí inmediatamente, Cayo! Como hayas vuelto a subir a los riscos me vas a oír. ¿Te crees una cabra?

El niño moreno, casi adolescente, no se dejó amedrentar por las palabras hirientes de su progenitora ni tampoco por su ceño permanentemente fruncido. En su orgullo, decidió ignorarla para dirigirse mejor a la figura masculina que estaba de pie al lado de ella, vestida con la túnica roja de oficial militar.

—¡Mira, tío Lucio, mira! —le dijo, muy animado.

Por los gorgoritos que emergían de los pliegues de su túnica, era evidente que había encontrado un nido. Al echar un vistazo, Lucio Fulcinio identificó con asombro la especie a la que pertenecían los siete polluelos blancos despeluchados que le devolvieron la mirada.

—¡Son polluelos de águila! —se adelantó el niño—. ¡Siete! Los encontré en un nido en los riscos.

Su madre, harta de que trajese a casa culebras y sapos, puso el grito en el cielo.

—¿En un solo nido? —preguntó Fulcinio por encima de las protestas de su hermana. Había quedado lívido.

—¡Sí!

—No mientas —lo reprendió su madre mientras acunaba en brazos a su hermana.

—¡Es la verdad! —protestó él—. Estaban los siete dentro. Sabía que no me creeríais si no los traía conmigo.

—¡Ningún águila pone tantos huevos! —alzó ella la voz.

—¡Yo vi a los padres volando en el cielo! ¡Eran águilas!

—¡Te habrían sacado los ojos!

—¡Ellos no me vieron a mí!

—Las águilas lo ven todo —sentenció religiosamente su tío—; son emisarias del dios Júpiter. Fulcinia, será mejor que llames a tu marido. Esto es un presagio.

—¿Un presagio? —inquirió la madre—. ¿Un presagio de qué?

—Su significado exacto solo nos lo desvelarán los Sexaginta Haruspices —respondió su hermano, y, ante la mención de los misteriosos adivinos de su Tarquinia natal, ella enmudeció—, pero sin duda estamos ante un presagio de grandeza —apostilló Lucio Fulcinio al tiempo que acariciaba los cabellos despeinados de su sobrino.

Roma, 138 a. C.

La esclava paseaba al bebé de su amo por el peristilo de la casa. Otra la seguía con su hermana melliza en brazos. La madre había muerto en el parto y la primera esclava era su ama de cría.

Esta tomó asiento en un banco bajo rodeado de palmitos; en sus hojas habían aparecido unas manchas negras, pero el añublo era la última de las preocupaciones del pater familias. La nodriza se sacó el pecho para amamantar allí al niño mientras la otra esclava acunaba a su hermana, que no dejaba de llorar. Tenía hambre, pero en Roma un hijo era más valioso que una hija y esta última debía esperar a que las necesidades de su hermano quedaran cubiertas.

El niño miraba a su nodriza fijamente a los ojos mientras le succionaba el pezón con avidez. Ni ella, perdida en sus pequeños ojos grises, ni la otra esclava repararon en la figura que los observaba desde el atrio hasta que esta se hizo notar. Se trataba de una mujer encapuchada, arrebozada en un manto oscuro y un halo de misterio. Traía un mensaje que transmitió con una voz cavernosa que hizo estremecerse a las esclavas.

—¿Quién eres? —preguntó la que amamantaba al bebé, al que apretó contra su pecho instintivamente.

No obtuvo respuesta, ni la intrusa volvió a despegar los labios, sino que dio un paso atrás y desapareció tras una de las columnas del peristilo. Parecía que se hubiera esfumado en el aire.

Muy asustadas, las dos mujeres se lo contaron al esclavo atriense, que dio orden de registrar la casa. Pero ninguno de los criados encontró rastro de una figura como la descrita por las esclavas, incluso a pesar de que el portero jurara no haber dejado entrar o salir a nadie extraño.

Cuando el señor de la casa interrogó a las mujeres personalmente en su tablinum, ellas repitieron palabra por palabra lo que habían oído decir a la intrusa misteriosa: «Salve, puer, tibi et rei publicae tuae felix!».[3]

—¿Y eso qué quiere decir? —se preguntó el padre.

—Es un presagio, no hay duda —respondió César.

Cayo Julio César[4] había prometido que lo ayudaría a buscar nueva esposa y ambos estaban reunidos en el tablinum cuando los esclavos, atemorizados, llamaron a la puerta.

—¿Un presagio de qué?

César se cruzó de brazos. Era un senador muy joven, pero más perspicaz que la mayoría.

—Roma está muriendo de éxito. Sus conquistas han despertado la codicia de los poderosos. La corrupción es rampante en las provincias y en Italia los ricos acaparan cada vez más tierras, públicas y privadas. Los campesinos que las labraban han sido sustituidos por esclavos y los desposeídos se hacinan en una ciudad que no puede vestirlos ni alimentarlos. El crimen se ha convertido en su medio de vida. La Subura, este barrio nuestro en el corazón de Roma, es el mejor ejemplo de la degradación. Los pobres no pueden servir en el ejército y las clases medias que lo sostienen cada vez están más mermadas. —Hizo una pausa—. Roma necesitará un salvador. Tu hijo… podría serlo.

LIBRO I

La plebe y el senado romano sostuvieron frecuentes disensiones entre sí con ocasión de la promulgación de leyes, de la cancelación de deudas, de la división de tierras o de la elección de magistrados. Sin embargo, nunca […] fue llevada la espada a una asamblea, ni hubo muerte fratricida hasta que, durante el tribunado de Tiberio Graco y cuando promulgaba nuevas leyes, este fue el primero en caer víctima de una conmoción civil, y, después de él, otros muchos fueron copados en el Capitolio y muertos en torno al templo. Y no se detuvieron ya las revueltas internas con este odioso crimen. Estaban divididos, en toda ocasión, en claro enfrentamiento entre sí y, con mucha frecuencia, llevaban puñales. De cuando en cuando, en los templos, en las asambleas o en los foros cayó abatido algún magistrado, ya fuera tribuno de la plebe, pretor o cónsul, o bien alguno de los candidatos a estos cargos, o de los notables por alguna otra razón. Casi de forma constante persistió una violencia desmedida y un vergonzoso desprecio a las leyes y a la justicia.

Apiano de Alejandría,

Historia Romana. Guerras Civiles, i, 1-3.[5]

I

Lluvia y sangre en el Capitolio

Roma, anno dcxxxiii ab urbe condita.

L. Opimio et Q. Fabio Maximo consulibus[6]

La sangre manaba a borbotones de la herida abierta de Quinto Antilio, que se llevó la mano al pecho y se miró la palma teñida de escarlata con extrañeza y horror. Al levantar la vista, vio la misma extrañeza y el mismo horror en los ojos de Graco.

Todo había sucedido muy rápido.

Antilio, un lictor al servicio del cónsul, había reconocido a Cayo Sempronio Graco entre la multitud reunida en el Capitolio. Cayo Gra­co, el segundo vástago de gens Sempronia que se enfrentaba al Senado; su compasión por la plebe era encomiable, pero su oposición al statu quo amenazaba con hacer naufragar a la República. Antilio había sentido la urgencia de dirigirle unas palabras. ¿Podría él, aun siendo un mero servidor público, hacer recapacitar al noble Graco para que no siguiese los pasos ruinosos de su hermano Tiberio?

Impelido por una fuerza irresistible, Antilio se había separado de los suyos mientras el cónsul oficiaba el sacrificio y se había abierto camino entre el gentío que abarrotaba la explanada frente al templo de Júpiter Óptimo Máximo. No cabía un alfiler, y en su celo por llegar hasta Graco, que asistía con nerviosismo a la celebración de la asamblea, Antilio había llegado a propinar algún codazo y dedicado algún improperio a los plebeyos que se interponían.

—¡Abrid paso a los ciudadanos honrados, escoria!

—¡Sin faltar!

—Cunnus!

—¿Está loco?

Graco permanecía ajeno al barullo más inmediato, con la mirada puesta más allá y la mente vuelta hacia sus propias preocupaciones. Cuando Antilio le agarró de la muñeca, se asustó, dio un brinco y pidió auxilio.

—¡Apiádate de tu patria, Cayo Graco!

Tan poseído estaba Antilio por su furor que no sintió apenas la puñalada directa al corazón que le asestó uno de los guardaespaldas de Graco.

—¡No! —exclamó este cuando la sangre le salpicó el blanco de la toga.

Era demasiado tarde.

El rostro del lictor perdió el color mientras sondeaba los ojos de Graco con pupilas llenas de espanto; todavía lo tenía cogido por la muñeca, pero cada vez con menos fuerza, hasta que finalmente colapsó.

La vida de Quinto Antilio acababa de terminar.

El caos en Roma no había sino empezado.

Lucio Cornelio Sila abrió sus ojos grises en un lecho del Argileto. Lo habían despertado los besos que Afranio le daba en el cuello de piel marfileña. El muchacho estaba acostado sobre un hombro y le daba a su amante la espalda, en cuyo varonil ensanchamiento Afranio había reparado la noche anterior. Sila se había aficionado a nadar en el Tíber tras algunas maniobras con los cadetes; aunque estas habían sido pocas, el ejercicio podía cambiar muy rápido la fisonomía de un adolescente.

Menos todavía que las maniobras frecuentaba el Foro, donde los otros hijos de senadores se reunían para escuchar a los grandes oradores. El viejo rhetor que le había enseñado los rudimentos de la oratoria había declarado que nunca destacaría en ese ámbito. A Sila le atraía mucho más el teatro. Siempre que podía se unía al público que abarrotaba promiscuamente las estructuras de madera temporales del Campo de Marte (los teatros permanentes estaban prohibidos en Roma). Allí había conocido a Afranio, autor de salaces comedias de razonable éxito, al que precedía una reputación de pervertir muchachos.

Sila se hacía el remolón y emitía ruidos somnolientos mientras resistía a los avances matutinos de su amante, que rogaba poder acomodarse entre sus piernas. Él lo apartó con brusquedad para incorporarse de súbito cuando la luz de la mañana, que se filtraba por las celosías, fue a darle directamente en el rostro. El sol estaba más alto de lo esperado; no se había dado cuenta antes porque unos nubarrones lo ocultaban.

—¡Maldita sea! ¿Qué hora es?

No esperó respuesta, sino que se arrojó de la cama y se puso a recoger sus ropas esparcidas por el suelo.

—¿Te veré luego? —preguntó su amante desde el lecho mientras él trataba de pasar la cabeza y los brazos por entre los pliegues de su túnica.

Afranio era un hombre de facciones angulosas y despeinados rizos negros, como negro era el hirsuto vello que le cubría el torso. Su tez morena contrastaba con la blancura de Sila, salpicada aquí y allá de lunares oscuros. Azuladas venas se le marcaban bajo la piel extendida sobre la magra musculatura. El poco vello de su cuerpo le nacía bajo el ombligo y formaba una mata cobriza sobre los genitales.

—No sé —respondió tras conseguir pasar la cabeza de mechones dorados por el cuello de la túnica y antes de lanzarse a abrocharse los cordones de los zapatos de cuero.

Sin despedirse de Afranio, a quien dejó tumbado en la cama, cruzó como una exhalación el apartamento y salió al rellano del edificio, una insula de seis plantas. Los apartamentos del segundo piso servían de picadero a su amante, que tenía como vecina de abajo a su casera.

Sila descendió a trancos las escaleras de maderos hasta la planta baja, que bullía con la actividad de las tabernae. Sus portadas estaban abiertas a la avenida del Argileto. Había llovido a mares durante toda la semana, y el barrio hedía a madera podrida y perro mojado. La lluvia había formado un pequeño arroyo que arrastraba toda la inmundicia y que los vecinos mismos aprovechaban para verter sus aguas de albañal. El problema era siempre para quien vivía una puerta más abajó, pensó Sila, que se había criado calle arriba, en las laderas del Esquilino.

Su casa, levantada por sus antepasados, estaba allí mucho antes de que proliferasen los bloques de pisos de la Subura para el hacinamiento de los plebeyos. La suya era una familia patricia, pero hacía siglos que los patricios no dominaban la ciudad; ni siquiera eran tan ricos como muchos plebeyos. Por eso su hermana melliza se casaba ese día con Sexto Nonio Sufenas, que no tenía antepasados ilustres, pero sí mucho dinero. Y, como solía decir en griego el cínico Afranio:

El dinero es el hombre, pues ningún pobre

se antoja hombre de valía ni honorable. [7]

El portero salió de su garita para cerrarle el paso a Sila en cuanto se acercó al porche adornado con guirnaldas. Debía esperar a que alertase al esclavo atriense, dijo. El atrio era su provincia, y ningún extraño avanzaba más allá del estrecho vestíbulo si él no daba el visto bueno.

—El dominus no quiere dejarte pasar —le dijo este sin emoción.

El enjuto esclavo no tenía nada en contra del muchacho o de su estilo de vida; solo obedecía órdenes. La paciencia del viejo Cornelio Sila con su hijo se había agotado unas noches atrás, cuando se corrió la voz de que había osado subir a un escenario. Ya no solo se codeaba con gente de mala nota, actores y cantores, ¡se había convertido en uno de ellos!

—Yo tampoco quiero verlo a él —respondió Sila con altivez—. Vengo a arropar a mi hermana el día de su boda.

—Me temo que debo insistir, joven domine.

Otros dos esclavos más corpulentos se aproximaron como para subrayar las palabras del atriense. Sila los llamaba Atreo y Tiestes, porque eran hermanos y siempre estaban riñendo, aunque las órdenes de su amo las obedecían sin rechistar.

—Está bien —dijo Sila, que dio un paso atrás.

Había otros muros más fáciles de traspasar que ese que formaban Atreo y Tiestes al juntar los hombros, así que actuó en consecuencia. El muchacho se alejó un par de manzanas y luego regresó por secretos callejones. Aunque su padre no prescindía de enjalbegar la fachada, la parte posterior de la casa no recibía el mantenimiento adecuado y era relativamente sencillo trepar el muro del patio trasero, si se tenía la agilidad de Sila.

El muchacho trepó la pared de ladrillo con la ayuda de pies y manos. Una vez arriba, bajó por una pérgola y cruzó el patio sin que nadie lo viera. Como el día estaba lluvioso, los invitados se encontraban en el interior. Un caballo —su caballo, comprado a expensas del erario para que un día sirviera con él en el ejército— relinchó a modo de saludo desde el establo. Sila se llevó el índice a los labios para mandarlo callar como si el animal pudiera entenderlo. Al pasar cerca de la ventana del tablinum, el muchacho oyó las voces de su padre y del novio:

—La dote se me entregará en tres pagos y ni uno más —decía este último, tajante—. Es lo tradicional y lo acordado en los esponsales.

—Solo preguntaba para cerciorarme, no fuese que todavía hubiera margen para negociar…

—¿Volver a negociar el pago de la dote de tu hija el día de la boda? —inquirió Nonio, muy irritado ante la cicatería de su inminente suegro, a juzgar por el tono.

—La dote se pagará en tres plazos —le dio la razón con timbre conciliador una voz femenina, que Sila reconoció como la de su madrastra—. Para rubricarlo, querido esposo, ¿puedo sugerir que abramos ya una de esas ánforas de vino de nuestro viñedo del Falerno?

Sila se deslizó por debajo del poyete de la ventana del tablinum y corrió agazapado hasta la ventana de Cornelia. Al asomar la cabeza dentro, vio a su hermana de espaldas a él, sentada en un taburete frente al tocador. La muchacha escudriñaba con ojos tristes la superficie de bronce pulido de su espejo mientras una ornatrix, encorvada sobre su cabeza, le trenzaba con mucha paciencia los cabellos rubios como la mies. Era la oportunidad de Sila.

Cuando Cornelia reparó en el reflejo de su hermano, que hacía señas desde la ventana abierta al patio, actuó con la complicidad innata de los mellizos y mandó a la esclava a esperar fuera. Ambos hermanos se fundieron en un abrazo luego de que la ornatrix cerrase la puerta y Sila saltara el pretil.

—Admito que no esperaba esta entrada tan teatral —dijo Cornelia mientras se mecía en los brazos de su hermano.

—Todo lo mío es teatral, ya lo sabes —respondió él—. Por desgracia también lo sabe nuestro padre.

No hizo falta que susurrasen, al menos no intencionadamente: la voz de ambos era naturalmente como un soplo rauco, aunque la de él se había agravado desde que le creció la nuez de la garganta.

—¿Qué has hecho esta vez para enfurecerlo tanto?

—Cantar sobre un escenario.

Cornelia puso los brazos en jarras.

—¿Por qué lo provocas así? —preguntó.

—¡Tuve que hacerlo! ¡Afranio me retó! Además, siempre pensé que la línea roja de nuestro padre estaba en la danza, no en el canto.

—Tú no dances, por favor —le rogó ella—. Mira las consecuencias de irritar a padre: teniendo que vernos a escondidas el día de mi boda como si fueses mi amante y no mi hermano.

Sila miró al suelo. Iba a pedir perdón cuando lo interrumpió el sonido de la puerta, que se abría.

—¡He dicho que esperes fuera! —graznó Cornelia.

Pero la mu­jer que cruzó el umbral no era su ornatrix, sino su madrastra, que al reconocer a su hijastro exclamó:

—¡Lucio!

Cerró la puerta tras de sí rápidamente y lo abrazó. Sila se dejó, aunque no correspondió el gesto de su madrastra con la misma emoción.

—¿Cómo has entrado? —preguntó ella con desconcierto.

—La pérgola del jardín —respondió por él Cornelia, que conocía bien a su hermano.

—Ya veo. Será nuestro secreto —dijo su madrastra, que los tomó de una mano a cada uno—. Me alegra mucho que estés aquí para apoyar a tu hermana, pero debes irte antes de que alguien más te vea.

—¿No hay manera de que me quede a la ceremonia?

Su madrastra movió la cabeza de lado a lado.

—Tu padre no atiende a razones. Debes irte ya.

—Está bien, ya me voy —claudicó Sila, que se despidió de ambas mujeres con un abrazo antes de regresar al poyete de la ventana—. Y a ti, hermana mía, te digo: Thalassio!

No mires atrás, a tu casa,

la que fue tuya, ni tu pudor genuino

detenga tu paso.

Llora, es preciso,

porque ya has de marchar.[8]

Tras descolgarse por el muro de ladrillo, Sila entretuvo la idea de volver con Afranio, pero regresar tan pronto al lecho de su amante le sabía a derrota, así que se puso a deambular. En esas pasó por delante de la casa de los Julios Césares.

—¡Buenos días, Lucio Sila! —lo saludaron al unísono desde el porche un par de jovencitos togados a los que acompañaba un esclavo.

—Buenos días, Césares —respondió Sila con una sonrisa—. ¿Qué hacéis aquí fuera?

—Lleva días lloviendo a cántaros y estamos cansados de estar encerrados dentro —respondió el mayor, Lucio César—. ¿A dónde vas?

—Pensaba ir al Argileto, a hojear libros.

—¿Te podemos acompañar? —preguntó su hermano, el más niño de los dos. Era bizco, por eso su hermano y sus primos lo llamaban, no sin una pizca de maldad, Estrabón.

—Sí, si vuestro pedagogo no tiene nada que objetar —respondió Sila, en referencia al esclavo.

—¿Este? —inquirió Lucio César con desprecio—. El año que viene mi tío me impondrá la toga virilis y ya no pintará nada aquí.

El esclavo disimuló una expresión de alivio. Hacer de pedagogo de un adolescente era una tarea exasperante.

—Está bien, pues —dijo Sila—. Venid.

Mientras caminaban juntos, Sila reparó en el calzado raído de los Césares. A pesar de ser nietos de un cónsul, su familia era muy pobre. Su padre había sido víctima de un episodio de muerte súbita hacía dos años y Cayo Julio César, que era su primo carnal, había adoptado a los dos niños huérfanos y a su hermana. Pero César ya tenía dos hijos y una hija propios; ¿cómo iba a sufragar la dote de las niñas y la carrera política de los varones, que era lo que se esperaba de un linaje tan noble como el suyo?

La familia de Sila también era noble y también era pobre, por eso hacían piña. Por falta de fondos, su padre jamás había llegado a pretor ni mucho menos a cónsul, ni tenía claro cómo iba a hacer para meter a sus dos hijos en el Senado.

Sila condujo a los Césares y a su pedagogo por el Argileto hasta llegar a la esquina de la antigua calle de los fabricantes de sandalias. Allí se concentraban los talleres de los libreros, a los que acudía para leer a Plauto y a Terencio en latín y en griego a Menandro y Aristófanes, si tenía suerte y encontraba alguna copia de estos.

—¡Buenos días, joven Sila! —lo saludó Trifón, su librero de confianza, que interrumpió la conversación con Calino, mercader que le proveía de atramento—. Veo que hoy traes amigos.

—¿Qué tienes? —le preguntó Sila con avidez.

—Estás de suerte. Un ricachón me ha encargado hacer copias de Menandro, Filemón y Dífilo. Tengo lo más granado de la Comedia Nueva en la parte trasera.

Sila vislumbró a los amanuenses inclinados sobre pupitres al fondo; desde allí les llegaba el susurro del cálamo que rozaba la superficie del pergamino. Los estantes con forma de panal de abeja rebosaban de rollos de papiro, cientos de historias esperando a ser desempolvadas. Sila rara vez tenía dinero para libros, pero Afranio los compraba por él. Además, a Trifón le complacía el interés del joven por la comedia, conque su taller siempre estaba abierto para que Sila ojease las existencias.

—¿Os gusta el teatro? —preguntó Sila a los niños.

—¡Mucho! —respondió César Estrabón con una sonrisa.

Sila y los Césares pasaron al interior, impregnado del olor de papiro viejo y tinta fresca. Calino retomó la conversación con Trifón:

—Te digo que algo gordo ha pasado en el Capitolio esta mañana —insistía el mercader.

—Pero ¿el qué?

—No sé bien, llevo toda la mañana trabajando y no me he podido enterar. Pero he visto la estampida de gente que desalojaba el Capitolio en las Lautumias. Parece que ha habido un disturbio.

—Sería la lluvia, Calino.

—Que no, que ha pasado algo en la asamblea. Estaba la cosa tensa, Trifón. Muy tensa.

—¿Por qué? ¿Qué se votaba?

—Por Hércules, ¿no lo sabes?

—¿Yo? ¡Qué voy a saber! Soy un liberto y mi voto no vale nada. Por cierto, el tuyo, aunque nacieras libre, tampoco vale mucho más. Por eso a nosotros nuestros patronos no nos pagan por ir a votar, sino por copiar libros.

—Bueno, pues que sepas que se votaba la ley de la colonia de Cartago.

—¿Esa no se había votado ya hace año y pico, por Minerva?

—Sí, para ponerla, pero ahora se vota para quitarla.

—¡Qué majadería! ¿Por qué hacen eso? —preguntó Trifón.

—Porque los lobos de África han atacado las lindes y los augures han dicho que eso es señal de que los dioses no aprueban la colonia.

—Bueno, pues si ese es el caso que la quiten —dijo Trifón mientras se rascaba la barbilla con dedos manchados de negro de humo.

—Sí, eso parece que iba a votar la mayoría, alentada por el Senado. Pero a los seguidores de Cayo Graco y Marco Fulvio no les ha hecho ni pizca de gracia y han subido al Capitolio con intención de impedirlo —explicó Calino—. Y ya sabes lo que pasa cuando se juntan los seguidores del Senado y los de Graco.

—Que hay gresca.