Las casas de los dragones

LAS CASAS DE LOS DRAGONES

Se enumeran según jerarquía, prestigio y poder en Roma.

* Ignis. Linaje rojo fuego.

Descendiente de Rómulo, uno de los dos hermanos amamantados por una dragona y dotado del poder de la transformación. Rómulo mató a su hermano Remo y fundó Roma como su primer emperador. El linaje Ignis siempre ha ostentado más dominio y poder a la hora de gobernar Roma.

* Media Nocte. Linaje negro medianoche.

Descendiente de Remo, uno de los dos primeros hermanos dragón. A ambos se les confirió el poder de la transformación a través de su madre dragón, una poderosa titana del mundo antiguo cubierta de escamas rojas y negras.

* Sapphirus. Linaje azul zafiro.

El primer linaje de dragones que nació después de los Ignis y los Media Nocte. Este linaje surgió del apareamiento entre el dios Neptuno y la hija mayor de Rómulo.

* Amethystus. Linaje púrpura amatista.

Descendiente de una hija de Plutón y Proserpina. Cuando la niña suplicó volar libre por los cielos abiertos en lugar de vivir solo en las profundidades del inframundo, sus padres la enviaron al reino de los mortales para que viviera entre ellos.

* Chrysocolla. Linaje verde malaquita.

Creado por la diosa Diana, cuya flecha hirió el corazón de un dragón Sapphirus mientras se apareaba con su ninfa Egeria. Al recibir el impacto, mudó al instante su tono azul por el verde de la pradera donde hicieron el amor y así dio ese matiz a su descendencia.

* Griseo. Linaje gris.

La casta más baja de los dragones, sin ascendencia conocida. Debido a su falta de jerarquía, suelen utilizarse en las luchas de gladiadores.

* Vicus. Dragón blanco.

Una especie anómala de dragones solo hembras que pueden nacer en cualquier casa. Se las considera elegidas por los dioses para servir como sacerdotisas en los templos. Nacer Vicus es un honor de gran prestigio.

* Chrysos. Dragón dorado.

Un linaje legendario con un extraordinario poder de fuego, ahora extinto. No se conoce su origen, aunque se cree que surgió del mismísimo dios Júpiter.

EL MITO DE MEDUSA

Medusa nació en forma de dragón blanco. Era una criatura encantadora que creció, se convirtió en una niña bonita y llegó a ser una mujer hermosa. Tenía un sueño en la vida, solo uno: adorar y servir a los dioses.

Se alegró mucho cuando la eligieron sacerdotisa del Templo de Minerva. La diosa de la guerra y la sabiduría era el colmo de la fuerza y la inteligencia femeninas.

La muchacha alabó a los dioses por concederle una vida apacible de servicio, pues era lo único que había deseado siempre. Se deleitaba ayudando a los demás y se dedicaba en cuerpo y alma a mantener el templo y el altar como un lugar sagrado para que los romanos adoraran y pidieran favores a la diosa.

Tenía una buena vida. Era feliz. Era dichosa.

Hasta que, un día, el dios Neptuno la vio paseando por la orilla del mar, donde iba a meditar una tarde a la semana.

Neptuno quedó prendado enseguida de su brillante cabello rubio pálido y de su cuerpo voluptuoso. Cuando ella se alejó de la playa, él la imitó. Siguió sus pasos hasta el templo, donde ella empezó a limpiar el altar.

Presa de la lujuria, el dios violó a Medusa sobre el altar, le robó la virginidad con un gemido y un orgasmo satisfactorio. Se alejó sin mirarla siquiera y ella quedó sumida en desesperación, sangre y lágrimas.

Sus dos hermanas la encontraron y lloraron con ella por todo lo que había perdido, por todo lo que le habían robado. Sin su pureza, la expulsarían del templo y la despojarían de su condición de sacerdotisa. Para Medusa, ese destino era peor que la muerte.

La diosa Minerva las oyó lamentarse a sus hermanas y a ella, que susurraban plegarias pidiendo ayuda. Descendió sobre una nube de plata y desplegó las alas de dragón.

—No llores, hija mía —le dijo a Medusa.

—Pero estoy sucia y mancillada. Ya no puedo serviros.

—Sí que puedes, querida. Y lo harás. Y también lo harán tus hermanas.

La diosa se irguió en toda su magnitud, desplegó todavía más los cuernos de dragón que le sobresalían del cráneo y, con la cola blanca, azotó el aire.

Medusa y sus hermanas contemplaron asombradas a la poderosa diosa de fulgurantes ojos púrpura.

—¿Cómo? —preguntó Medusa, las lágrimas le empapaban el hermoso rostro.

Minerva le puso la palma de la mano en la cabeza.

—Neptuno te vio y se abandonó a su propio deseo. Te daré poder sobre los hombres para que no puedan volver a hacerlo. Y te daré más que eso. —Allí donde sujetaba el cráneo de Medusa, sus dedos se tornaron blancos—. Te concedo el don de la hechicera. Como una serpiente a su presa, te aferrarás a cualquier hombre que elijas y derramarás malicia en su corazón. Podrás obligar a tus enemigos a sentir desesperación, dolor y perdición. Los controlarás con la magia que albergas.

Medusa soltó un grito ahogado al notar que el poder se le introducía y extendía por las venas.

Minerva colocó entonces la mano sobre la hermana que tenía a su derecha.

—A ti te concedo el don de la sirena. Cualquier hombre cuya sangre pruebes caerá a tus pies y hará tu voluntad. Si le ordenas que muera, eso hará.

La muchacha se desplomó cuando el poder de la diosa inundó su cuerpo y su sangre.

Minerva agarró la cabeza de la tercera hermana, los ojos blancos de la diosa despedían una magia etérea.

—A ti te confiero el poder del beso de Caronte. Tus labios insuflarán la muerte en la boca de los hombres corruptos. Sus espíritus sufrirán por todas las transgresiones cometidas.

La tercera hermana gritó cuando el sortilegio penetró en su alma.

La diosa se alzó y extendió las alas.

—Neptuno ha obrado mal contigo, hija mía. Por su crimen, los hombres sufrirán. Pero ninguno que no lo merezca. Tus hermanas y tú saldréis adelante y me serviréis. Castigaréis a los hombres malvados y los condenaréis.

Medusa, que ya no estaba inmersa en la oscura desesperación, levantó la cabeza hacia la diosa.

—¿Cuándo habremos terminado? ¿Cuándo acabará nuestro cometido?

Minerva sonrió y enseñó unos dientes afilados como cuchillas.

—Cuando los hombres malvados ya no vaguen por este reino.

Así pues, las tres hermanas salieron al mundo a cumplir su sagrado deber. Sin embargo, cuando fueron ancianas y llegaron a las puertas de Plutón, este se llevó sus dulces almas, pero no los dones de Minerva. Aquellos poderes no tenían cabida en el inframundo. Los envió de vuelta al reino de los mortales, donde se han transmitido a las mujeres merecedoras de ellos una y otra vez, siglo tras siglo.

Algunos dicen que los dones místicos de Minerva han estado buscando a las hermanas adecuadas, aquellas que repararán todos los males de la humanidad de una vez por todas.

Prólogo

Dacia, 53 a. C.

MALINA

—Malina —siseó mi hermana—. Vino aici.

Volví a hacer caso omiso de su llamada y seguí mirando por la puerta de la tienda.

La multitud se agolpaba cerca del escenario, donde Hanzi inclinaba la cabeza hacia atrás y se introducía una espada por la garganta. La oleada de asombro arrancó los aplausos de los allí presentes.

—Malina.

Al final, cerré la solapa de la tienda. Lela se quitó el pañuelo de la cabeza y los mechones negros y ondulados le cayeron sobre los hombros. Me senté en el taburete de madera y la observé con una envidia nada disimulada. Nuestra bunica, nuestra abuela, le había regalado la colorida basma el día de sus esponsales, el mes pasado. La envidia todavía me oprimía el corazón.

—¿Y esa mirada, bebelus,? —me preguntó.

—Me gustaría que dejaras de llamarme bebé.

Lela ladeó la cabeza y sonrió con su aire maternal, luego cogió el bastoncillo de kohl.

—Cierra los ojos.

Obedecí y suspiré cuando Lela empezó a delinearme el párpado izquierdo.

—¿Me vas a decir a qué vienen esos suspiros? Con lo mucho que te gusta bailar para el público… —Oí la sonrisa en su voz—. Y el público te adora.

—No es eso. Es que… echo de menos a mamá y a papá. Echo de menos nuestro hogar. —Y no quería que nada cambiara, pero todo cambiaría cuando se casara con Jardani.

En cualquier otra ocasión, nuestros padres habrían venido con nosotros. La mayoría del clan acompañaba nuestra caravana. Pero se acercaba el invierno y había mucho que hacer y preparar antes de que las nieves comenzaran a caer. Nuestros padres y algunos ancianos elegidos de cada familie del clan se quedaron atrás. La caravana había dado una pequeña vuelta por el valle bajo la cordillera sur de los Cárpatos. Estas últimas monedas nos vendrían bien durante los meses de invierno.

Como había hecho muchas veces antes, Lela difuminó el kohl para espesarme el sombreado a lo largo de los bordes exteriores de los ojos.

—Esta es la última aldea. Levantaremos el campamento por la mañana y emprenderemos el viaje de vuelta. —Soltó una carcajada—. Pero a mí no me engañas, vas a echar de menos todo esto.

Lela terminó de aplicarme el kohl y me peinó como hacía antes de que se enamorara y se pasara el día con Jardani.

Bajé la mirada a mi regazo, donde reseguí con los dedos el intrincado bordado de hilo dorado sobre mi fustaˇ roja. Los medallones de oro y plata de las joyas cosidas en la llamativa tela centelleaban a la luz del farolillo. Bunica había confeccionado la falda de lana, profusamente adornada, de tal forma que se abría en pequeños arcos perfectos cuando yo giraba sobre el escenario.

Me levanté y me alisé la blusa blanca; el bordado dorado en forma de estrella se extendía en suaves curvas hasta donde se unía con la fustaˇ y creaba un diseño continuo que me realzaba la figura.

—¿Qué quieres decir?

—Eres aventurera, Mina. Y demasiado curiosa.

Me encogí de hombros.

—El mundo es un lugar interesante.

—Y peligroso. Sobre todo para una chica atrevida de diecisiete años. —Me miró con esos ojos oscuros y frunció el ceño—. Y que encima parece mucho mayor.

Era cierto que había heredado más curvas de nuestra madre que Lela. Éramos polos opuestos. Mi hermana era todo dulzura y amabilidad, como nuestro padre. Yo tenía la osadía y el mal genio de nuestra madre.

—Tengo casi dieciocho años —le contesté.

—Y estás soltera y desprotegida.

Me molestaba que me lo recordara. Ella se iba a casar pronto y mamá ya estaba insinuando que luego me tocaba a mí. Yo solo quería que todo siguiera igual, pero eso parecía imposible.

La puerta de la tienda se abrió de golpe. Jardani irrumpió en la entrada, con el ceño fruncido y los anchos hombros muy tensos.

Lela se enderezó.

—¿Qué pasa?

—Romanos.

Se me secó la garganta y el miedo me aceleró el pulso.

—¿Alguno es…?

Tragué saliva, incapaz de terminar la pregunta, pero Jardani la adivinó.

—Sí —gruñó—. Uno es un centurión.

La puerta de la tienda volvió a abrirse. Kizzy y Kostanya aparecieron por detrás de la imponente figura de Jardani.

—Han venido romanos —susurró Kizzy.

—A ver el espectáculo —terminó Kostanya.

Eran nuestras hermanas gemelas, un año menores que yo.

—¿De dónde han salido? —Lela tenía los ojos muy abiertos y le brillaban—. No hay noticias de ningún levantamiento.

No. En esta región éramos súbditos fieles al césar. Honrábamos al emperador Igniculus con tributos y los romanos nos dejaban en paz. No éramos necios.

Jardani negó con la cabeza.

—Hay una provincia romana al otro lado del Danubio, a treinta leguas de aquí. Podría ser una partida de exploración que venga de allí.

—¿Cuántos son? —pregunté.

—Solo cuatro —respondió Jardani—. Pero ese centurión… —Sacudió la cabeza y bajó la voz a un ronco susurro—: Podría matarnos a todos si quisiera.

Pasé junto a Jardani y las gemelas y me asomé por la rendija de la carpa. Vi a los tres soldados paseando entre la multitud hacia el frente. Se reían, en apariencia entretenidos con los malabares de Hanzi, pero el centurión que los seguía con paso lento era otro cantar. La capa roja indicaba el alto rango al que pertenecía. Era más alto que Jardani. En el bálteo que le cruzaba el pecho, portaba su gladius, con la empuñadura reluciente de exquisita artesanía.

Se movía con fluidez y agilidad, como un cazador que avanza con paso firme hacia su presa. Su cara estaba sumida en las sombras hasta que pasaron junto a una antorcha. Inspiré de repente.

Su rostro era demasiado duro, demasiado afilado, demasiado imponente. Su creador lo había esculpido con una hoja implacable, lo había moldeado hasta convertirlo en una bestia de incuestionable dominio y terrible belleza. Se plantó a un lado de la primera fila y observó al público con su mirada oscura. El fuego de la antorcha le lamía los rasgos, acariciándole las sombras como una amante. Y entonces ocurrió. La llama parpadeante atrapó el dorado del iris y alcanzó las puertas sobrenaturales de su alma. Si la tenía.

Solté el aliento que había estado conteniendo, consciente de que contemplaba a una bestia legendaria. La que llenó a nuestro pueblo de pesadillas feroces, la que arrasó el mundo y se apoderó de todo lo que quiso y de quien quiso.

—Dragón —susurré.

Kizzy chilló detrás de mí.

—¿Qué hacemos? —gimoteó Kostanya.

Jardani señaló hacia el norte.

—Huid a donde acampamos anoche. Esperadme allí.

—No. —Le hice caso a mi instinto y evalué la situación en un abrir y cerrar de ojos—. Se sabe y se espera que las hermanas Bihari cierren el espectáculo. Siempre. Esa multitud de ahí fuera nos está esperando. Si huimos y nos escondemos, solo conseguiremos enfurecer a la gente y alertar a los romanos de que pasa algo.

—Pero, Malina… —A Kizzy le temblaba, nerviosa, la barbilla—. Es un-un…

—Sí. Ya lo sé. Pero ¿hasta dónde crees que llegaríamos si echáramos a correr y nos escondiéramos en el bosque como vulgares ladrones? Si cerramos el espectáculo sin el último número, esos aldeanos querrán recuperar sus monedas y habrá un motín.

Dirigí la vista hacia Jardani, que me devolvió la mirada reflexionando en silencio. Al final, maldijo en voz baja y agachó la cabeza, con las manos en las caderas.

Entonces intervino Lela con una expresión tensa:

—¿Qué sientes? —Aparte de Bunica, era la única que hablaba de mi don sin tapujos, pero nunca lo mencionaban fuera de la familia. Ser una hiperempática como yo conllevaba peligros.

Me giré hacia la abertura de la tienda y cerré los ojos. Busqué la calma en mi interior y me acerqué con la mente a la bulliciosa multitud para tocar la luz vital de cada espectador. Mi don me permitía leer la esencia única que emanaba del interior de cada persona.

Cuando encontré al centurión, y supe que era él por la potencia de su fuerza vital, mi sentido hiperempático se estremeció. Indagué más hondo y un sudor febril me recorrió la piel: un cordón vibrante de poder latía a través del vínculo. Ni la ira ni la animosidad ni la violencia vibraban a lo largo del hilo invisible que me unía a él. Era difícil de calibrar desde esta distancia, pero las probabilidades estaban a nuestro favor.

Abrí los ojos, me volví hacia ellos y negué con la cabeza.

—No percibo agresión.

Jardani asintió con la cabeza y se acercó a Lela.

—Que el baile sea corto y mantened las distancias. —Acarició suavemente el rostro de Lela con sus toscas manos y le inclinó la cara para que lo mirara—. Ten cuidado, iubirea mea.

Me di la vuelta ante aquel gesto tan íntimo. Jardani era un buen hombre y adoraba a mi hermana. Con el tiempo, le perdonaría que me la hubiera arrebatado. De momento, sin embargo, mi atención se centraba en la multitud que aplaudía al otro lado de la carpa. Al asomarme, vi que Hanzi terminaba los malabares con las antorchas encendidas.

—Es la hora —dije por encima del hombro.

Las gemelas asintieron, cogieron unos cuantos crótalos metálicos de una cesta de la estantería y se los colocaron entre los dedos pulgar y corazón. Yo no, pues necesitaba tener las manos libres para mi parte de la actuación.

—Muy bien —dijo Lela con tono maternal—. Vamos, chicas.

Al momento, empezaron a sonar en el escenario los primeros acordes del laúd de Yoska. Luego, el suave ritmo de Rukeli, cuyas manos se movían sobre el tímpano, silenció a la multitud. El ritmo hipnótico del timbal y el magnético sube y baja del laúd atrajeron la atención de todos hacia el escenario. Las cuatro nos fundimos con la sombra que había detrás del escenario.

Hanzi estaba allí, empapado en sudor tras su actuación, pero mostrándonos su siempre radiante sonrisa. Una todavía más luminosa para mí.

Las gemelas saltaron al escenario antes que Lela y yo, haciendo sonar los platillos de dedos al ritmo de la melodía de Yoska y Rukeli.

—Baftaˇ! —exclamó Hanzi con un guiño. Me puso una mano firme en el hombro y me dio un apretón.

—No necesito suerte —respondí con una sonrisa antes de pasar por su lado y subir los escalones.

Con la barbilla levantada, el cuerpo bien erguido, la espalda recta y un hombro inclinado hacia abajo, salí al escenario con los pies descalzos, a pesar del frío que hacía. Lela giraba en un círculo rítmico por el centro del tablado; su falda azul adornada de joyas se curvaba en arcos como una resplandeciente ola oceánica. Su belleza arrebatadora atraía todas las miradas, mientras Kizzy y Kostanya seguían sus movimientos. Era una escena hipnótica.

Sonreí y me mantuve al fondo, meciéndome con suavidad y dando palmas al compás del ritmo. Trataba de permanecer invisible mientras Lela bailaba su pieza, cautivando al público con cada movimiento del pelo y cada giro de la falda.

Entonces… lo sentí. Me miraba con fijeza. Sentí un cosquilleo en la piel. Era imposible de soportar, de ignorar. Desvié la mirada hacia la izquierda, vacilé y di una única palmada.

Observarlo desde lejos era muy distinto a verlo desde tan cerca. Estaba apoyado contra un poste de madera, con los brazos cruzados en una postura despreocupada y la expresión neutra. Sin embargo, los ojos dorados como el fuego me contaban otra historia. Hablaban de calor, misterio e interés inconfundible. Atrapada en su mirada, como una liebre en las garras de un lobo, casi no me di cuenta del cambio en la música que me indicaba que era mi momento.

Rukeli golpeó más fuerte el tímpano con un golpe de la mano y luego se hizo el silencio. Rompí el contacto visual con el centurión con un giro brusco de cabeza y di el primer paso hacia delante.

El espíritu desafiante que me había estimulado tantas veces antes repelía cualquier temor que pudiera sentir hacia este dragón que se encontraba entre nosotros. El lazo que aún me unía a él no desprendía miedo alguno. Más bien, su esencia era seductora. Excitante. Era un fuego interior que me ardía en las extremidades y guiaba mi danza como nunca.

Con pasos lentos y precisos, avancé hasta el centro del escenario, contoneé las caderas y levanté los brazos hacia el cielo. Rukeli volvió a golpear el tambor al unísono con el taconeo de los pies. Despacio, mis hermanas tocaron los crótalos mientras yo deslizaba un pie hacia delante y giraba el cuerpo.

Me volví para mirar al fondo del escenario y a mis hermanas, e ignoré el meneo de cabeza de Lela que me advertía que no lo hiciera. Había un movimiento atrevido que reservaba para ciertos públicos. Y, desde luego, era mejor no hacerlo con un dragón romano vigilando.

Era mejor no brillar demasiado en presencia de uno. Les gustaban los tesoros. Sin embargo, la bruja que llevaba dentro desafió al intruso que había entre nosotros. Hice caso omiso de las silenciosas protestas de mi hermana mientras la música se elevaba de forma seductora.

Volví a balancear el cuerpo desde el suelo hacia arriba en repeticiones lentas. Con cada oleada, arqueaba la espalda cada vez más, doblaba la columna con los brazos extendidos y saludaba provocativa a la multitud que se me aparecía boca abajo.

Mi larga cabellera rozaba el escenario mientras me inclinaba, con la blusa ceñida sobre los pechos turgentes y una manga que me descubría un hombro. Y seguí contorsionando el cuerpo en un arco imposible.

Cuando estuve a punto de rozar el suelo con la cabeza, me enderecé con un movimiento rápido al ritmo del tambor. En lugar de girar sin más, cogí impulso y extendí los brazos, di una voltereta hacia atrás y me planté en el mismo sitio. El público ahogó un grito y luego estalló en aplausos.

El ribete de las enaguas y la fustaˇ se me enganchó en la cadera y dejó al descubierto la pierna de bronce. El centurión bajó la mirada y su roce fantasma me aceleró el pulso. Me agarré las faldas con una mano y empecé a girar con rapidez, pisando fuerte, antes de dar un salto audaz hacia el inestable extremo del escenario donde se encontraba él. La música era ya un frenesí enloquecedor y el público aplaudía al ritmo del tambor.

Inclinando la barbilla hacia abajo sobre el hombro descubierto, fijé la mirada en el centurión; las ondas negras de mi melena se mecían con la melodía. Sus ojos de dragón desprendían unos destellos dorados sobrenaturales que reflejaban el fuego interior. Cuando esbozó una media sonrisa ardiente, miré hacia delante y me lancé en una serie de volteretas frontales; giraba tan rápido que las faldas me daban vueltas a la vez.

Yoska y Rukeli tocaban una melodía salvaje y rápida, nos hacían girar a mis hermanas y a mí en un torbellino de faldas y movimientos efusivos. La música se aceleró cada vez más hasta llegar a una pausa repentina y dramática en la que cada una se quedó inmóvil adoptando la pose de diosa, con las piernas y los brazos entrelazados, el cuerpo curvado, el cuello arqueado y los ojos brillantes.

Los aldeanos saltaron de los asientos y empezaron a ovacionarnos. Las monedas tintinearon y rodaron por el escenario: como era tradición, nuestra danza final recibió una lluvia de denarios. Hanzi se apresuró a subir al escenario para recogerlas mientras nosotras nos inclinábamos y sonreíamos para saludar a la multitud.

Intenté no mirar, pero se me fueron los ojos al centurión de todos modos. Sonreía. Durante un momento, me sorprendió su expresión acogedora y atractiva. Se metió la mano en el bolsillo del cinturón y me tendió una moneda. Parecía más grande que las que arrojaban al escenario. Extendí las manos y él me la lanzó. La cogí riéndome y entonces Lela me empujó hacia los escalones de manera brusca.

—Malina —siseó, mientras nos metíamos detrás del escenario a trompicones—. ¿Qué has hecho?

—Darles a los espectadores lo que han venido a ver.

—Ya sabes a qué me refiero. Eso ha sido demasiado… demasiado…

—No ha sido nada.

—Ha sido una imprudencia. Muy en tu línea.

—No te preocupes, Lela. Ve a hacer las maletas. Jardani querrá partir esta noche.

Temblando por la actuación, salí corriendo antes de que Lela pudiera seguir reprendiéndome. La multitud seguía alborotada. Yoska y Rukeli continuaron tocando. Jardani les sirvió cerveza y vino aguado. Unas monedas más antes de que los aldeanos se marcharan a casa.

Lela tenía razón. Nunca me había exhibido de un modo tan provocativo. ¿Por qué iba a hacerlo por él? Detestaba a los romanos. Aborrecía su superioridad. Su conquista y destrucción del mundo entero, solo porque podían. Porque nadie podía vencer a los dragones.

Tal vez fuera por eso. Quería hacer alarde de mi valentía ante él. Demostrarle que no tenía miedo, fuera cual fuera la bestia que me devolviera la mirada, pero mi bruja interior me susurró que no, que ese no era el motivo.

Pasé entre dos carromatos y por detrás del establo de caballos —el caballo capón de mal genio resopló y relinchó—, rodeé otro carromato y me asomé por detrás. La improvisada taberna de Jardani, que no era más que una cubierta de lona desgastada y dos barriles apoyados en taburetes, era un buen reclamo para el público. Yoska y Rukeli tocaban una animada melodía, mientras Hanzi servía bebidas y recogía más monedas.

Escabulléndome por un lateral y aferrando la moneda del centurión en la palma de la mano, cogí una antorcha y corrí por el sendero que se adentraba en el bosque hacia el campamento. Pero en lugar de ir directamente a nuestra tienda, atajé por el pequeño prado donde dejábamos pastar a los caballos durante el día, para poder observar mi botín sin que mis hermanas armaran alboroto o hicieran preguntas.

Salí al campo abierto bajo la intensa luz de la luna y levanté la palma de la mano y la antorcha para ver mejor.

—Bendis que estás en los cielos… —susurré.

Era de oro. O al menos lo parecía. Nunca había tenido el metal precioso en las manos. Una de las caras representaba un templo, con los bordes suaves y desgastados. La otra cara mostraba a una mujer, una diosa sentada en un trono, con una media luna invertida sobre la cabeza y una cornucopia que sujetaba con ambas manos.

—Es la dama Fortuna.

Me quedé paralizada. Esa voz era de un rumor profundo y melodioso, como un trueno por encima de las montañas. Como el peligro en la distancia, cada vez más cerca.

Que me salvaran las estrellas. Solo podía ser un hombre.

Me giré y, a pocos metros de distancia, vi los rasgos marmóreos recortados en franjas de sombra por la luz de la luna. El centurión. Y también dragón.

Miré a la derecha y me preparé para huir, preguntándome si de verdad podría correr más rápido que él. El pánico se apoderó de mí. Desde luego, en ese momento no era nada valiente.

—No, espera. —Levantó las palmas de las manos en un gesto conciliador y dio un paso atrás—. No te haré daño.

No obstante, era imposible que un hombre de su estatura, constitución y cuna pareciera inofensivo. Era un romano de origen noble y una magia ancestral, además un monstruo, le corría por las venas.

Se me aceleró el pulso y comprendí que estábamos a solas. Si quería hacerme daño, podría hacerlo sin problema antes de que nadie viniera a ayudarme. Si acaso podían socorrerme.

Con las palmas de las manos aún extendidas en actitud apaciguadora, me señaló la mano en la que aún sostenía la moneda.

—Ese áureo es especial.

Sí, era de oro. Me tembló el brazo con el que sujetaba la antorcha, la llama se agitaba mientras yo exhalaba una respiración temblorosa.

Estaba aterrorizada, pero levanté la barbilla con toda la confianza de la que era capaz, pues comprendía que debía de haberme dado el dinero por motivos perversos.

—¿Por qué me dais una moneda de oro? —le solté, aunque me temblaba la voz.

Todo en él me instaba a huir. Salvo mi sentido empático, que seguía calmo como un mar en paz, lo cual me irritaba. Mi bruja me decía que me quedara quieta. Y eso hice.

—Eres una bailarina de gran talento —afirmó con serenidad y aplomo. Bajó los brazos para juntar las manos a la espalda, en un intento de parecer inofensivo. Eso me tranquilizó un poco, aunque seguía preparada para huir.

—Soy la mejor de mis hermanas —respondí al final, recurriendo a la bravuconería para disimular el miedo.

Él sonrió. Sin pensar, le miré la boca. Ahí me di cuenta de lo que le daba cierta apariencia de delicadeza. Mientras que la mandíbula, la barbilla, la nariz y la frente eran ángulos agudos, la boca ancha parecía suave.

—Lo eres —convino él—. Acabo de verlo con mis propios ojos.

—¿Por qué me habéis dado una moneda de oro por un baile? —volví a preguntar y mi miedo se transformó en rabia—. No obtendréis nada más.

Todavía impasible, incluso ante mi suposición, quizá insultante, de que había querido conseguir algo más de mí de lo que yo no estaba dispuesta a desprenderme, replicó con firmeza:

—No quiero nada más.

Frente a la luna pasó una nube, que se cernió sobre nosotros y sumió el rostro del centurión en las sombras. Aun así, los ojos de dragón brillaban en la oscuridad. Me recordaba a los lobos de mi tierra, en los Cárpatos, cuando el invierno se tornaba cruel y acudían en busca de presas fáciles. Por curioso que pareciera, el romano no me infundía miedo con esos resplandecientes ojos de dragón.

Di un paso adelante y levanté la antorcha para poder verle mejor la cara. Permaneció igual de quieto. Sabía que intentaba aplacar mi miedo. Ambos sabíamos que, si quería hacerme daño, podía hacerlo. Solo los romanos nobles con sangre de dragón en las venas podían ser centuriones.

Sus ojos. Me observaba con esas pupilas brillantes como un lucero ardiente.

—Esta moneda es especial —me dijo—. Vale más que el oro con el que se forjó.

—¿Por qué?

—Fortuna es la diosa que guía nuestro camino por la vida. Concede buena suerte a quienes le rinden pleitesía, a quienes rezan y la escuchan.

—No creo en vuestros dioses —le dije con valentía.

—Eso no importa. —Dio un paso corto hacia delante.

Me preparé para huir, pero él se quedó ahí y no avanzó más, como si quisiera verme mejor.

—Todos tenemos nuestros propios dioses —añadió, juntando las manos por delante; eran muy grandes, a juego con el resto de su imponente físico. Era mucho más alto que cualquier otro hombre que hubiera visto. Ya me habían contado eso de los dragones, que eran más grandes que los humanos. Aun así, era sobrecogedor contemplarlo con mis propios ojos—. Pero Fortuna ama a todos los pueblos de todas las provincias y todas las regiones.

Sus palabras me confundieron. Nosotros teníamos nuestros propios dioses a los que rezábamos y a quienes dábamos ofrendas. ¿Por qué iba a preocuparse por mí una deidad a la que no veneraba?

—Fortuna no solo es una diosa especial para mí —continuó—, sino que este áureo me lo regaló mi madre; el oro lo acuñó mi propio padre cuando se casaron. Fue un regalo de bodas. Llevo este áureo encima desde hace muchos años.

—Lo que, de nuevo, hace que me pregunte por qué regalaríais algo tan preciado a una desconocida.

El miedo volvía a hundir sus garras en mí, pero entonces él dijo:

—Fortuna me habla de vez en cuando. —Hizo una pausa—. ¿Lo crees?

Por supuesto que creía que los dioses y las fuerzas desconocidas nos hablaban. Yo procedía de una larga estirpe de mujeres místicas que poseían dones que no eran de este mundo. Mi espíritu interior me hablaba con frecuencia. Me limité a asentir.

Me dedicó otra sonrisa.

—Me ha hablado esta noche. Sabía que algún día necesitarías la moneda para tener buena ventura.

Miré la imagen de Fortuna que tenía en la palma de la mano; la luz de la antorcha resplandecía sobre la pieza de oro. Luego miré al centurión.

—A todos nos vendría bien el favor de los dioses. No rechazaré tal regalo si Fortuna me ha elegido para gozar de su favor.

—Así es. —Inclinó la barbilla—. Eres tan sabia como hermosa, pequeño pájaro de fuego.

Fruncí el ceño ante aquella actitud de confianza y aquel apodo. No sabía lo que era un pájaro de fuego, pero antes de que pudiera preguntar, dio un paso atrás y tuvo un comportamiento bastante extraño. Me hizo una reverencia, un gesto reservado solo para la nobleza.

—Adiós —dijo en voz baja—. Que Fortuna guíe tu camino.

Luego se alejó y, con la capa roja ondeando a la espalda, se adentró en las sombras y desapareció.

Apretando el áureo contra el pecho, volví corriendo a la tienda familiar, decidida a mantener mi pequeño tesoro en secreto. Al fin y al cabo, Fortuna me había elegido por su bondad. Atesoraría la moneda del centurión, a pesar de que me la entregara el enemigo, un dragón.

Capítulo 1

Cuatro años después – Frontera oriental de la Galia

JULIAN

Desde lo alto de la colina, contemplé el campo manchado de sangre y los cuerpos carbonizados que seguían humeando tras la batalla. Poco quedaba de la horda celta, algo que no era de extrañar contra una legión romana. Aunque este clan en particular ya se había resistido a la derrota bastantes veces. Me alegré de que el rey hubiera muerto en el campo de batalla y no verme obligado a llevármelo para apaciguar a mi tío. El hombre disfrutaba de las ejecuciones públicas sangrientas. A mí, la sola idea me revolvía las entrañas.

La tropa de mortájaros volaba en círculos; las gigantescas sombras aladas surcaban el cielo nocturno iluminado por la luna y los fuegos seguían quemando las inmediaciones para que los celtas no tuvieran escapatoria. Las columnas de humo se elevaban en el aire y el viento las arrastraba. Los mortájaros permanecerían en alerta y en guardia hasta que yo enviara a un mensajero a los cielos para hacerles saber que podían regresar al campamento base.

Se oyeron gritos en el asentamiento celta del bosque, donde mis hombres estaban reuniendo a los supervivientes para venderlos en el mercado de esclavos.

Mi tribuno de mayor confianza, Trajan, subía la colina en forma híbrida; llevaba solo un bálteo sobre el pecho para el gladius, como era tradición en el caso de los oficiales de noble cuna cuando entraban en batalla.

Su tamaño era el triple que en su forma humana, la piel azul oscuro parecía negra al amparo de la noche. Tenía los brazos muy musculosos y las manos terminadas en unas garras negras. De su espalda sobresalían unas alas coriáceas de color medianoche. Me miró con esos ojos azules pálidos de reptil, tenía el hocico demasiado largo para un humano, se le veían los dientes irregulares a lo largo de la boca de dragón y movía con fuerza la gruesa cola.

—Todo en orden, legado.

Su forma de hablar era más comprensible que la de la mayoría de los híbridos, solo los más poderosos hablaban con claridad en esta forma, aunque su voz sonara áspera y gutural. Algunos hombres ni siquiera eran capaces de vocalizar, pues la parte dragón era demasiado obstinada y dominante.

Se puso a mi lado y miró hacia abajo.

Como yo era comandante de esta invasión, había permanecido en forma humana, ataviado con los ropajes propios de mi cargo. A los generales ya no les hacía falta adoptar la forma híbrida y mancharse de sangre en el campo de batalla. Nos habíamos ganado el derecho a mantener las manos y los uniformes limpios. Dar órdenes para la batalla sin liberar a tu dragón interior era un símbolo de poder.

Pero todos los soldados sabían que podía transformarme en un abrir y cerrar de ojos y arrancarles la cabeza como se salieran del camino. Nuestras bestias nos daban el dominio sobre todos los campos de batalla, pero cuando las soltábamos, también eran monstruos depredadores con un único objetivo. Si los oficiales no supieran sin lugar a dudas que su general era la bestia más dominante entre ellos, los dragones nunca se someterían a sus órdenes.

Me había ganado a pulso el derecho a estar en esta colina y mandar desde lejos, fuera quien fuera mi tío. Y todos los soldados de mis legiones lo sabían.

—¿No hay bandas celtas más allá de la línea de fuego? —pregunté.

—Ninguna.

Aquel era un pueblo despiadado y muy astuto. A menudo reservaban un grupo de guerreros para sorprender a los romanos: arqueros y lanceros con flechas envenenadas. Esta región en particular había derrotado tres veces a mi predecesor, el legado Bastius. Supuestamente, tenían una especie de hechicera que los ayudaba de alguna manera, pero eso todavía era un misterio.

Mi tío, el emperador, por fin invitó a Bastius a cenar en su palacio de Roma tras la tercera derrota. Se habían criado juntos. Sin embargo, el legado estaba nervioso. Mis sentidos de dragón agudizados detectaron un sudor que apestaba y el aumento de su ritmo cardiaco cuando tomó asiento en una lectus acolchada frente a mí para el banquete.

Le habían dicho que el emperador abordaría la estrategia para su próxima invasión. En lugar de eso, mi tío le ofreció un gran festín, le dejó follarse a una de sus esclavas durante la cena y se rio de sus viejas conquistas en Germania. Justo cuando Bastius nos contaba la historia de una de sus matanzas más sangrientas, mi tío lo clavó contra la pared con su propio gladius y le atravesó la garganta. Luego lo destripó y decapitó.

Cuando terminó y el cadáver quedó sangrando sobre el suelo de mármol, el tío Igniculus cruzó la sala en un silencio sepulcral, aún llena de los invitados a la fiesta. Se detuvo y se paró frente a mí en forma híbrida, salpicado con la sangre de su antiguo amigo.

—Enhorabuena, sobrino. —Me apoyó la palma de la mano ensangrentada en el pecho, los ojos amarillos de su dragón centelleaban—. O debería decir legado Julianus Ignis Dakkia. —Siempre gustaba de enfatizar los nombres que teníamos en común.

Así es como me ascendieron. Por eso estaba en esa colina, asegurándome de que esta tribu celta no volviera a escapar.

—Procura conseguir la cabeza del rey. El tío la querrá para su Muro de la Victoria.

—Así se hará —respondió Trajan.

Un grito de mujer resonó desde el lejano campamento del bosque, seguido de unos gruñidos y risas que atrajeron mi atención.

Aunque no podía reconocerlo ante nadie más que ante Trajan, no quería que se cometieran asesinatos sin sentido bajo mi mando. Bastius había sido un general descuidado y había permitido que sus soldados se volvieran indisciplinados ante su falta de liderazgo. Yo no quería que mis hombres matasen a mujeres y a niños por pura diversión cuando terminase la batalla. Había oído hablar de que habían violado, saqueado y arrasado a una aldea entera en Tracia antes de reducirla a cenizas.

Desde que heredara esta chusma díscola, me había visto obligado a disciplinar con dureza a varios soldados. Algunos habían estado a punto de perecer a causa de mis castigos. Sin embargo, la fuerza era poder y la única forma de controlarlos era por medio de la fuerza bruta.

Volvió a oírse el grito de una mujer.

—No estarán matando a los prisioneros, ¿verdad? Quiero un buen cargamento para el mercado.

—No, legado —repuso Trajan—. Han encontrado a la bruja celta y se están divirtiendo un poco con ella.

Le lancé una mirada severa. Se dio cuenta de que quería una explicación completa sin que se la pidiera. Habíamos sido amigos antes de convertirme en su superior y me conocía mejor que nadie.

—Es la hechicera que tantas veces los ha ayudado a vencernos. La han acorralado y se la turnarán antes de entregarla al mango.

—¿En forma híbrida?

—Solo Silvanus la ha adoptado.

Se me encendió la sangre al pensar en el salvajismo que estos hombres ya habían cometido contra demasiadas personas. No pensaba permitir que eso ocurriera bajo mi mando.

—No quedará nada para darle al esclavista cuando termine. —Avanzando a paso firme, ordené—: Sígueme.

Mi dragón palpitaba con fuerza bajo mi pecho, deseoso de soltarse y demostrarles a Silvanus y a sus esbirros lo que era el terror de verdad, el mismo que le imponían a la bruja. Poco me importaba si ayudaba a los celtas con magia. Solo querían desquitarse porque una mujer les había herido el ego.

Sabía lo brutal que podía ser Silvanus sin motivo alguno. Acabaría matándola si la violaba en su forma híbrida. Y, por encima de todo, estaba desobedeciendo mis órdenes. Eso sí que no lo podía tolerar.

Los oficiales, que eran mucho más altos que yo en su forma híbrida, junto con los soldados humanos —romanos de nacimiento—, se giraron cuando empecé a cruzar el campo de batalla. Retrocedieron, cerraron el puño derecho y se golpearon el corazón en señal de saludo y sumisión, con la mirada fija mientras yo pasaba por delante. El hedor de los cuerpos quemados impregnaba el aire: era el olor de la victoria.

Trajan iba un paso por detrás de mí, a mi izquierda, como correspondía al segundo de un general. Las estridentes carcajadas se volvieron más fuertes cuando me adentré en la línea forestal. El mango estaba cargando su recién adquirida mercancía en redes de transporte: mujeres, niños y los pocos hombres que habían sobrevivido a la batalla. Aunque también había mujeres guerreras entre los hombres celtas. Eran las más cotizadas en el mercado de esclavos.

Un grito de mujer me llegó a través de la arboleda.

—¡Serás puta! —gruñó Silvanus en su casi ininteligible forma de hablar como híbrido.

Más risas.

—Esa vez te ha dado bien —dijo uno de sus camaradas. Parecía Zenón.

Salí a un pequeño claro donde había tres tiendas ardiendo a la izquierda e iluminaban la escena. Silvanus era el más alto de todos y las escamas grises ondulaban sobre su voluminosa figura.

Tal vez lo que impulsaba su crueldad fuera su destino como perteneciente al linaje de Griseo y, por tanto, su insatisfacción como la casta más baja de dragones. Como si quisiera ascender por la escala de la nobleza a golpes. Ver semejante alarde no hizo más que confirmar que los hados tenían razón: su lugar estaba por debajo del resto de nosotros. No por su cuna, sino por su propia brutalidad.

Se agarró la polla y se la acarició mientras se acercaba a la mujer desgreñada que empuñaba una daga. Estaba agachada frente a un gran árbol cuyo tronco le cubría las espaldas.

Zenón y otros dos la observaban con un júbilo febril, en forma humana, desnudos y aguerridos; la adrenalina de la batalla infundía frenesí en sus cuerpos. Violar a una mujer indefensa con su grande y fornido cuerpo de hombre no le haría tanto daño como Silvanus planeaba. Podría sobrevivir a los hombres, pero no a un dragón en forma híbrida.

Silvanus se le acercó.

—Nunca has catado a alguien como yo, bruja.

La mujer se tensó, preparada para defenderse. El corte que ya le había hecho en el muslo con el cuchillo demostraba que era una guerrera. O, por lo menos, que estaba dispuesta a morir luchando antes que someterse al monstruo que iba a por ella.

Podía oler la sangre de él. O tal vez fuera la de ella. La bruja llevaba el pelo alborotado y enmarañado, y le tapaba la mayor parte de la cara. Su túnica tejida a mano estaba sucia y rasgada en el cuello. No me había visto, porque había girado la cabeza hacia el depredador que se le acercaba.

Ninguno de ellos había reparado en mí, puesto que yo seguía entre las sombras. No fue hasta que Trajan avanzó ligeramente hacia la luz y se colocó a mi lado que Zenón nos vio. Entonces, los otros dos me miraron.

Toda mi atención se centraba en Silvanus, que estaba acosando a la bruja celta. Cualesquiera que fuesen las ofensas cometidas por la mujer, me correspondía a mí juzgarlas y castigarlas, no a él.

—Te voy a follar hasta que sangres —gruñó Silvanus.

—No. No harás tal cosa.

Se hizo un silencio absoluto tras mi cortante respuesta. Quienes estaban fuera de nuestro círculo se quedaron inmóviles y observaron la escena. Bien. Que lo vieran todos.

Silvanus no se movió de allí y se le tensaron los músculos. Los otros tres se pusieron firmes y me saludaron con el puño sobre el corazón, que se me aceleró cuando di tres zancadas largas hacia la luz del fuego. Silvanus se giró, con la verga agarrada en una exhibición vulgar.

—Legado —dijo en voz baja, pero sin hacerme ningún saludo. Tenía los ojos enloquecidos y llenos de la bestia, no había rastro del hombre.

Durante un buen rato, solo oí el fuego crepitante de las tiendas y el pulso trémulo de la mujer que se escondía detrás de Silvanus. Luego dije:

—¿Qué he ordenado con respecto a los prisioneros?

Me sostuvo la mirada desafiante. Parecía estar calculando si podría atacarme y matarme antes de que yo me moviera. Entorné los ojos, deseaba que lo intentara.

Gruñó y se soltó la polla, que se le bamboleó entre las piernas con un movimiento perverso.

—No es una cautiva normal, legado —repuso él fingiendo obediencia—. Es la maldita bruja que ha ayudado a los celtas.

Esperé un momento y no dije nada; el chasquido de los fuegos y la quietud dilataban la tensión.

—¿Qué he ordenado con respecto a los prisioneros? —repetí, dejando que el dragón se asomara a mi voz.

Silvanus resopló y desplegó las alas en un gesto de autoridad antes de responder:

—Que todos se entreguen al traficante de esclavos.

—¿Y qué más? —inquirí en tono gélido.

—Sin mancillar —añadió a regañadientes.

—Eso es. —Alcé la voz para que me oyeran los allí presentes—. Como ya os informé a todos en su día, ya os divertisteis suficiente con Bastius. No es culpa vuestra que vuestro anterior general faltase a la disciplina y os llevara por el camino equivocado. Era débil. Por culpa de sus fracasos, su cabeza se pudre ahora en el Muro de los Traidores.

El número de cráneos clavados en picas a lo largo del Muro de los Traidores duplicaba al del Muro de la Victoria. Todos los soldados lo sabían.

—Si creéis que voy a dejar que os convirtáis en los innobles degenerados que erais bajo el mando de mi predecesor, estáis muy equivocados.

Hice una pausa, dejando que les calaran las palabras, y volví a mirar a Silvanus.

—No somos bárbaros. No mancillamos ni desvirtuamos la propiedad del emperador Igniculus. Cada prisionero al que apaleáis, cada mujer a la que violáis y maltratáis, implica menos monedas en el mercado de esclavos. Menos monedas en las arcas del emperador. Y menos monedas en la recompensa que recibiréis como vencedores del campo de batalla.

Silvanus flexionó los músculos y estiró las alas para prepararse para su castigo. Había pensado en matarlo delante de sus esbirros y de mis hombres, pero decidí en ese momento que bastaría con una buena golpiza en su forma híbrida.

Llevarlo de vuelta a Roma encadenado en una de las redes de su hermano soldado sería la humillación perfecta antes de someterlo a juicio. La ejecución pública o los latigazos serían lo mejor para poner de manifiesto mi punto de vista y enviar el mensaje de que mis órdenes debían obedecerse al pie de la letra.

—Trajan.

—¿Sí, legado?

—Encadénalo.

La mujer, que había permanecido agazapada todo el tiempo, se levantó por fin de detrás de Silvanus y se apartó. Levantó la barbilla y se retiró un mechón de pelo sucio de la cara con la mano en la que no sostenía la daga. Entonces, me miró a los ojos.

Los suyos eran unos ojos verdes como el jade, transparentes casi como el mismo cristal. Me llegaron directos al corazón con una punzada desgarradora.

—Pájaro de fuego —susurré totalmente conmocionado al recordar a la joven con la que había hablado en un prado bajo la luz de la luna hacía mucho tiempo. La que no solo Fortuna había considerado especial, sino también mi dragón.

De repente, este la reconoció y salió a la superficie con un rugido. El dolor me atravesó la carne y me abrasó las venas al expulsarme con una fuerza salvaje. La furia que sintió la bestia al saber que podría haber sido otra víctima más de Silvanus me encendía la sangre.

—Hijo de Dis —gruñí, a sabiendas de que no podía luchar contra él.

Con una violencia que hizo temblar la tierra y una celeridad espantosa, se me rompieron y se me reajustaron los huesos, me brotaron alas bajo la piel y me ardió fuego en el vientre. La bestia surgió de mí tan deprisa que se me fragmentaron los pensamientos y…

Tesoro.

Bramo y rujo, abriéndome paso por el mundo. El medio hombre gris tiembla de miedo. Como tiene que ser. No es un dragón. Tampoco un hombre. Es una criatura vil que ha querido profanar mi tesoro. Debe sangrar. Debe morir.

Abro las fauces y lo parto en dos allí mismo, luego lanzo el cadáver a los árboles. Su sangre me empapa la lengua. Dulce. Justa.

Mi hembra. Tiene la piel salpicada de la sangre del enemigo. El placer me trepa por la garganta cuando la contemplo. Se incorpora. Tengo un tesoro feroz. Quiere que la saque de aquí.

Abro las alas, la envuelvo con las garras, la elevo hacia el cielo y la llevo hacia mi guarida. Donde tiene que estar.

Capítulo 2

MALINA

El grito se me cortó en la garganta cuando el monstruoso dragón rojo, el general, se me llevó. Me quedé sin aliento al sentir la presión de las garras sobre el pecho y el estómago.

Había partido a mi atacante por la mitad con esas mandíbulas gigantescas.

«El general».

Me quedé pasmada al reconocer al centurión de hacía tanto tiempo. Había cambiado, se había vuelto aún más grande, tenía el pelo corto, un aire combativo y los ojos dorados y fríos. Pero era él.

Entonces le salió el dragón de dentro y se transformó en la bestia en menos de tres segundos. Un hombre que se encontraba detrás de él gritó cuando la cola furibunda lo arrojó a un lado. Un dragón de escamas rojas, ojos con rebordes negros y alas de puntas azabache se alzaba imponente sobre mí, la cabeza le llegaba a la copa de los árboles. Pero su altura y corpulencia no le restaban velocidad. Con una rapidez espantosa, mató a aquel monstruo repugnante que me había atacado.

Entonces, recobré la voz y grité mientras él se cernía sobre mí. De los colmillos largos como dedos le goteaba sangre, como si estuviera orgulloso de su presa. Bajó la cabeza descomunal y entornó los ojos dorados y serpentinos. Me quedé sin aliento para chillar cuando me agarró por la cintura y me elevó hacia el cielo.

Se me revolvió el estómago y se me hizo un nudo en las tripas mientras el suelo se alejaba cada vez más y las piernas me colgaban en el aire.

«Bendis, sálvame».

Iba a morir. Iba a llevarme muy muy alto y a soltarme, me iba a dejar caer al vacío. Al fin y al cabo, yo era la bruja que les había parado los pies tres veces.

Todo había sido en vano. De todos modos, mi clan estaba ya muerto y esclavizado. Vi que arreaban a Enid hacia las redes de transporte. La anciana amable que se había convertido en mi salvadora, que había convencido a su clan para que me acogiera, que me había cuidado como lo haría una madre. Por culpa de mi fracaso, volverían a llevarla a Roma y al mercado de esclavos, con su pueblo muerto y desarraigado. Igual que el mío.

Bunica se equivocaba.

Mi don no era lo bastante fuerte. No había cambiado el curso de ninguna guerra. Solo había frenado a un general incompetente y a sus hombres hasta que apareciera otro superior.

El centurión.

El áureo de oro que llevaba al cuello flotaba en el aire. Alargué la mano y lo agarré; no quería perder el único tesoro de mi antigua vida que todavía me quedaba.

Las lágrimas brotaron ante la triste realidad.

Desde aquella noche en que me dio la moneda, la había llevado en secreto colgada de un cordón de cuero alrededor del cuello, debajo de la blusa. Cada vez que empezaba a sumirme en la desesperación, recordaba que Fortuna me había elegido como merecedora de su favor. Nunca había rezado a la diosa romana, pero una parte de mí deseaba que me ayudara a prosperar.

La noche en que los romanos atacaron nuestra aldea tres años antes, la noche de la boda de mi hermana Lela con Jardani, esta fue la única posesión de valor con la que logré escapar. Todo lo demás había desaparecido: el pincel que papá me había tallado, la fustaˇ roja de Bunica, la colcha que había cosido mamá y la blusa bordada de Lela. Quizá ardieron en el incendio que arrasó el pueblo, pero no podía saberlo porque escapé durante el ataque. Corrí sin cesar hasta que me desplomé de puro agotamiento a varias leguas de mi casa, sola en medio del frío y la oscuridad.

«Muchacha patética…», me reprendí a mí misma.

Hui de la familia, dejé a todo el mundo atrás…

Y seguía aferrándome a ese áureo como si a Fortuna le importara de verdad. Mira adónde me ha llevado, atrapada entre las garras del enemigo. Me dieron ganas de reírme de la coincidencia de que quien al fin derrotara y destruyera a mi clan celta, a mi familia adoptiva, fuera precisamente el romano que me había dado esperanza en forma de esta moneda brillante.

Intenté arrancármela del cuello para arrojarla al olvido, pero me tenía el codo inmovilizado con una garra. Con la otra mano, me así a la curva de una zarpa, incapaz de soltar los dedos; tenía demasiado miedo de que me soltara de repente.

Los fuegos y el humo del campamento celta y del campo de batalla en llamas eran cada vez más distantes. Nos elevamos hacia las nubes y me pregunté si sería mejor morir desde esa altura. Así, más cerca de las estrellas, deseé seguir subiendo más y desaparecer en el cielo nocturno.

—Lo siento, Bunica —susurré en la oscuridad, llorando su ausencia una vez más.

Los había perdido a todos: a mamá, a papá, a mis hermanas. Lo último que recordaba era a un soldado agarrando a Lela mientras otro golpeaba a Jardani en la cabeza y a mis hermanas Kizzy y Kostanya gritando. Mi padre me empujó detrás de él y me miró aterrorizado.

—Corre, Malina —me ordenó bruscamente.

Obedecí. El miedo me impulsó a adentrarme en la oscuridad del bosque, hasta que los gritos y los llantos se desvanecieron como un sueño. Una pesadilla.

Lo único que me había impedido quitarme la vida para reunirme con mi familia en el más allá era la predicción de Bunica: «Nos salvarás a todos».

Pero se equivocaba. Me convertiría en una esclava como todos los demás. Tal vez la muerte fuera mejor.

¿Qué haría este dragón conmigo?

Había capturado a la bruja del clan celta. Me castigaría en consecuencia, tal vez con una ejecución pública o mediante tortura. Los rumores sobre la brutalidad en la capital del imperio eran legendarios. Se decía que los romanos exhibían los cadáveres de sus enemigos en el foro, que bebían de los cráneos de los reyes caídos y que utilizaban a los esclavos de formas abominables.

Me estremecí ante el espantoso futuro que me aguardaba, aunque fuera efímero.

Entonces empezamos a descender. La criatura agitaba las grandes alas cada vez más rápido a medida que se alejaba de las nubes. En la distancia, la luz de las antorchas de muchas casas y edificios salpicaba la ciudad de Roma.

Di un grito ahogado, pues nunca había visto tantas luces juntas. Incluso alcanzaba a ver la curva del Coliseo bajo la luz de la luna. Sin embargo, se inclinó en dirección contraria, hacia las afueras de la ciudad, a una ladera verde en la que sobresalían grandes edificios de piedra blanca.

Ralentizó el descenso, con el objetivo de llegar a una amplia terraza de una casa en particular. El general era rico.

Cómo no. Lo supe aquella noche en que nos conocimos a la luz de la luna. Apestaba a sangre noble. Me había dejado fascinada. Pero en ese momento solo estaba aterrorizada, aunque no pensaba decírselo.

Bajó despacio a la balconada, batió las alas a toda velocidad hasta que estuve a solo medio metro del suelo y, entonces, me soltó. Me quedé inmóvil y vi que aterrizaba a mi lado, al tiempo que lo atravesaba un gemido doloroso, el repugnante crujido de los huesos y la repulsiva transformación del cuerpo; se encogió hasta convertirse en un hombre. Un hombre desnudo. Me lo quedé mirando atónita, pero él ni siquiera me lanzó una mirada. Se fue derecho a la entrada arqueada de la casa sin dirigirme la palabra.

Me quedé absorta mirando al magnífico individuo en que se había convertido, al menos físicamente. Medía más de dos metros, era todo músculo y el miembro viril le colgaba entre las piernas, largo y pesado, mientras entraba en la mansión.

Yo jadeaba de miedo. Cuando por fin me di cuenta de que seguía estirada en la fría terraza, me levanté y miré a mi alrededor, preguntándome si podría salir corriendo.

—Ni lo intentes, muchacha —me dijo una voz áspera.

Giré la cabeza hacia la entrada arqueada: un hombre mayor se acercaba renqueando.

—Los centuriones de patrulla te recogerán y volverán a traerte aquí. —Tenía la tez oscura y el pelo cano—. O peor aún, te llevarán a otra parte —me advirtió—. Ven conmigo.

—¿Adónde voy a ir? —pregunté mientras se daba la vuelta y regresaba hacia el arco, esperando que lo siguiera.

—A tu nueva habitación, por supuesto. Allí te asearás. —Miró hacia atrás para echarle un vistazo a mi ropa y rio por debajo de la nariz—. Y te cambiarás de ropa.

—¿Y luego qué?

—El amo querrá verte.

El amo. Mi amo.

Tragué saliva con fuerza ante mi nueva realidad. Mi centurión de antaño, el hombre que me había dado una moneda de oro, además de esperanzas y sueños de un futuro mejor, era mi nueva pesadilla, mi nuevo dueño.