Agradecimientos

Agradecimientos

Desde hace un tiempo esta parte es, con diferencia, la que más me cuesta escribir de un libro. Y no es porque no sepa a quién agradecerle, sino todo lo contrario. Hay tanta gente bonita en mi vida que me da pavor olvidarme a alguien, pero allá vamos. =)

A mi familia, ahora y siempre. Solo nosotros sabemos lo que hemos pasado. Os quiero hasta el infinito y seguís siendo mi mayor inspiración para escribir cada día.

A Marta, Juan Carlos y el pequeño Enol, que vino al mundo mientras yo ultimaba este libro. Gracias por estar en las buenas, regulares y malas, pero sobre todo por ser parte de la mejor familia que existe: la que se elige. Y gracias por darme un sobrino tan precioso. Os quiero. 

A Pablo, mi agente, y al resto de Editabundo, por estar pendiente de mí de todas las formas posibles. No sé qué haría sin vosotros.

A Montena, por creer en mis letras una vez más.

A mis lectoras beta, por acompañarme en el proceso, animarme y ayudarme a ver esas cosas que yo a veces no veo.

A las compañeras que, en algún momento, traspasaron la barrera y ahora son amigas del alma. No sé qué haría sin vuestros consejos. Y sin vosotras.

A mis amigas, porque han sido un pilar fundamental mientras escribía este libro. Gracias por soportar noches y noches de tapas y desconsuelo mientras abrazabais mis dudas y me reconfortabais para que pudiera seguir. Os adoro.

A todas las que habláis de mí y de mi libro en redes sociales. No sé si se os dice lo suficiente, pero hacéis una labor increíble por nosotras, las escritoras. ¡Me encantan vuestros vídeos!

A vosotras, mis lectoras. A las que lleváis conmigo desde que publiqué mi primer libro, GRACIAS y ojalá sigáis aquí mucho más tiempo. Y a las que estáis llegando ahora, GRACIAS también y ojalá os quedéis mucho tiempo. =) Se os quiere mucho, prometido.

Y a la Navidad, una vez más, porque ahora duele más que nunca, pero me niego a olvidar lo mágicas que han sido siempre. Y me niego a robarle esa magia a mis hijas.

Y porque sé que, desde alguna parte, se encienden luces que no puedo ver, pero acompañan a las que nosotros ponemos en casa.

Nos vemos por los libros. =)

Cuatro destinos y una Nochebuena

Parte 1

Dos días para Nochebuena

1

Rachel

Caravana familiar

Carretera interestatal, a cuatro horas de Chicago

Cuatro horas. Solo llevamos cuatro horas de camino y ya hemos parado dos veces. He oído llantos suficientes para un siglo entero y la tensión me ha paralizado la espalda en tantas ocasiones que he dejado de contarlas.

Me giro en el asiento por millonésima vez y me digo a mí misma que tengo que intentar mantener la calma. Hubo un momento de mi vida en el que ejercí como abogada y se me daba bien. Era buenísima, maldita sea, pero es complicado mediar y mantener la calma cuando estás encerrada en una autocaravana con tres niños de siete, cinco y tres años, además de un marido que no para de gruñir por todo.

—¡Ellie, deja de intentar meterle galletas en la nariz a tu hermano!

Mi hija mediana llora como si estuviera poseída. Al parecer, no soporta que le gritemos, pero no tiene problemas en torturar a su hermano, por desgracia para él.

Lucky chilla. Otra vez. Sé que acaba de cumplir tres años, intento recordarlo en todo momento, pero estoy tan saturada que ahora mismo no puedo verlo como algo más que un ser humano en miniatura que me cae fatal.

—Cuando Ellie nació, me dijisteis que era un gran regalo, pero no lo es —dice mi hija mayor, Summer, mientras me mira con rencor—. Y, cuando nació este, dijisteis que era una bendición, pero ¿sabes, mamá? Tampoco lo es.

—¡Summer, no hables así de tus hermanos! —exclama mi marido.

Yo me quedo en silencio porque una parte de mí está de acuerdo con ella, pero me siento tan mal por pensarlo, aunque solo sea en algunos momentos, que sé que es mejor no abrir la boca.

—Ojalá pudiera bajarme —murmuro mientras vuelvo a mirar al frente.

—Estamos en la autopista y el pueblo más cercano está tan lejos que te morirías congelada antes de llegar a cualquier área de servicio o lugar con vida.

—Por eso he dicho «ojalá pudiera bajarme» y no «voy a bajarme».

Luke, mi marido, aprieta el volante con tantas ganas que los nudillos se le ponen blancos. Tiene la mandíbula tan tensa que temo que se parta una muela si sigue apretando los dientes. Aun así, al mirarlo, recuerdo perfectamente todas las razones por las que accedí a patinar con él en la pista de hielo de Millennium Park aquella noche de diciembre de hace diez años. Yo tenía veinticuatro años, y él, veinticinco. Un año después, volvimos y me pidió matrimonio en el mismo escenario, y yo, como una loca, dije que sí sin sospechar que nueve años después estaría atrapada con él en una caravana que huele a colonia infantil, calcetines, galletas rancias y desesperación.

Del asiento trasero llega un grito. Otro más. Agudo, afilado, tiene toda la intención de perforarme los tímpanos. Esta vez se trata de Ellie, la mediana.

—¡Lucky me ha escupido en la cara! —chilla como si la hubiera atacado una llama borracha y cabreada.

—¡Ha sido sin querer! —responde mi hijo pequeño con ese tono que solo usan los niños cuando no están nada arrepentidos.

—¡Pues dilo!

—¡Ha sido sin querer! —repite, ahora sí con lágrimas en los ojos, porque todo en esta caravana es contagioso: el frío, el aburrimiento, el drama.

—Ni un regalo ni una bendición —canturrea Summer con voz de hielo mientras me mira.

Me giro despacio y bajo la ventanilla un centímetro. No me importa que entre el frío si con eso consigo que se lleve algo del veneno que se respira aquí dentro.

Luke cambia de carril sin avisar, como si eso resolviera algo. Yo ni siquiera me molesto en mirarlo. Estoy ocupada observando de reojo que Ellie intenta dibujar un corazón en el vaho de la ventana mientras Summer y Lucky discuten porque mi hijo de tres años consigue sacar de quicio a su hermana de siete. Conseguiría sacar de quicio al ser más pacífico del planeta, estoy segura.

—Tú no eres lista porque no sabes quién inventó las estrellas.

—Fue Santa Claus, Lucky. Bueno, puede que fuera Dios. No estoy muy segura —dice Summer, y yo enseguida me ablando.

Mi niña preciosa… A veces parece más adulta de lo que es, tiene actitudes que no le pegan a una cría de siete años, pero luego, en algunos momentos, dice esas cosas y vuelve a ser mi niña preciosa, dulce y tranquila. Fue la que me convenció de que quería tener más hijos porque pensaba que todos saldrían como ella.

—Papá no cree en Dios —dice Ellie de la nada, lo cual desata el caos de nuevo.

—¿Y en Santa Claus? —pregunta Lucky con voz temblorosa.

—Creo que tampoco —responde la mediana sin inmutarse.

El pequeño rompe a llorar, Summer mira mal a Ellie y esta solo se encoge de hombros.

Mi marido, por la parte que le toca, solamente suelta un suspiro tan largo que parece que ha estado conteniéndolo desde que salimos de casa.

—¿Puedes poner música? —le digo sin mirarlo.

—Ya está puesta.

—Villancicos. Algo que tape el ruido.

—No creo que los villancicos arreglen nada ahora mismo.

No sé si pretende empezar una discusión o solo está tan agotado como yo. Tal vez las dos cosas sean correctas, pero eso no hace que me resulte más fácil calmarme. Me remuevo en el asiento y cierro las manos hasta que me clavo las uñas en las palmas para contenerme.

Tengo que callarme. Tengo que callarme. Tengo que callar…

—No sabía que habías traído esa actitud también en la maleta —le suelto bajito, en tono amable pero venenoso.

Bueno, pues lo de callarme ya no va a ser una opción. Según parece, mi cerebro y mi boca están igual de enfrentados que todo el mundo en este cacharro.

Luke guarda silencio unos instantes, pero sé que responderá. Siempre contesta. En realidad, es bonito saber que sigo conociendo a la perfección qué teclas tocar para cabrearlo. Y digo que es bonito porque hay otras teclas que empiezan a resultarme extrañas. O que están rotas. Como si nadie supiera ya cómo tocarlas.

—¿Y tú, querida? ¿Tu maravillosa actitud ya venía en la maleta o pensabas comprarla por el camino? —lo dice sin alzar la voz, sin apartar la vista del parabrisas y sin dedicarme ni un solo vistazo. Y por eso me duele más.

Me giro, esta vez sí, y lo miro. Aunque intente enfadarme, no puedo ignorar lo obvio. Luke es… Bueno, Luke es esa clase de hombre que parece haber nacido con un jersey que le sienta como un guante en el torso y el ceño fruncido de serie. Antes no era así. Solía sonreír todo el tiempo. Era relajado, divertido, y le encantaba hacer locuras, pero a veces pienso que hace una eternidad de eso. Tiene la mandíbula marcada, la barba de dos días perfecta, como si el desorden fuera parte del plan, y unos ojos azules que a veces le brillan por amabilidad y otras de pura intensidad. Adoro las pecas que tiene en el puente de la nariz y sus labios. Y…, bueno, resulta muy sexy y es odioso, porque él no lo pretende. Quizás eso lo hace aún más atractivo. Aunque ahora mismo su ceño fruncido no me parece nada seductor.

Quiero responderle, pero los niños siguen peleando, la música suena, aun sin acallar mis pensamientos, y la nieve cae constante, recordándome que hasta eso en nuestra vida es rutinario.

No me molesto en contestar. Busco los auriculares en el bolso y me los pongo en un intento por evadirme de todo lo que me rodea, aunque sea mi familia. Pulso el play en la lista de Navidad que preparé antes del viaje y suena «Silent Night». Ironías del universo.

Fuera, la nieve sigue cayendo constante. No en exceso, pero con la fuerza suficiente como para que el mundo parezca más lento. Más frágil. Miro a Luke de reojo. Sigue con las manos en el volante. Apretadas. Fijas. Como si no pudiera relajarse por si eso significa que se está rindiendo en algún sentido.

Lo echo de menos. ¿Cómo es posible? Está aquí, a mi lado, pero no parece él. Sé que yo tampoco soy la misma. Soy consciente de ello. No es que piense que soy perfecta, pero se suponía que este viaje tenía que unirnos más como familia y como pareja.

La realidad es que, de momento, lo único que siento es que el abismo se hace más hondo que nunca.

Entonces, sin decir nada, Luke suelta una mano del volante, la dirige hacia mi pierna y la apoya ahí, en mi rodilla. Es un pequeño e inesperado gesto. Suave, casi tentativo, pero ahí está.

Yo me quedo quieta.

Inmóvil.

Porque ese gesto no es como los de ahora. Ese gesto es como los de antes. Como cuando yo era Rachel y soñaba con ejercer para siempre de abogada. Cuando era algo más que «mamá». Y él no era solo «papá» ni un arquitecto asfixiado por las exigencias de una gran empresa, sino un chico que adoraba diseñar edificios y casas. Sobre todo si se trataba de crear nuestra casa de ensueño.

Yo solo era yo. Y él solo era él. Y era increíble.

El contacto dura tres segundos. Cuatro, a lo sumo. Pero, cuando se aparta, siento que algo dentro de mí también se retira un paso.

No sé si quiero suplicarle que vuelva a tocarme… o quedarme en ese silencio que deja atrás y al que, por desgracia, he llegado a acostumbrarme.

2

Holly

Aeropuerto de Miami

Vuelo retrasado

La señora del mostrador sonríe como si no se acabara de cargar mis vacaciones. Mi Navidad. Mi vida.

Bueno, igual estoy exagerando un poco, pero es que no me puedo creer mi mala suerte.

—¿Cuánto se ha retrasado? —pregunto con voz ahogada, como si de verdad me estuvieran drenando la poca energía que me queda.

—De momento, seis horas —dice ella como si nada. Como quien comenta que va a llover. ¡Como si no estuviera fulminando mis merecidas vacaciones!

Respiro hondo y me recuerdo que no es su culpa. La pobre bastante tiene con estar aquí lidiando con todos los pasajeros ansiosos por coger un vuelo para celebrar la Navidad en su destino soñado, pero cuando eleva una ceja, como retándome a que me atreva a soltar una queja, la odio un poquito.

—Entonces ¿qué hago?

—Lo mismo que los demás pasajeros, señorita. Ponerse cómoda y comprobar cada cierto tiempo las pantallas de información por si hay un cambio positivo o vuelven a retrasarlo.

—¿Vuelven a…?

—Siguiente.

Ni me mira. Está concentrada en darle la misma mala noticia a la persona que hacía cola detrás de mí, así que me tambaleo hacia la que tenía que ser mi puerta de embarque e intento mantener la compostura, pero me sale a medias.

Estoy segura de que, si esto fuera una novela de las que tanto me gusta leer, en este punto el personaje principal respiraría hondo, miraría por la ventana con aire dulce y nostálgico, y pensaría algo profundo sobre la vida.

O se follaría al primer tío bueno que apareciera por aquí.

Es que tengo unos gustos muy variados en cuanto a lectura se refiere.

En cualquier caso, no importa. Yo no soy la protagonista de ninguna novela y estoy aquí, desesperada, ansiosa y temiendo por mi olor corporal porque siento que no dejo de sudar pese al aire acondicionado.

Todo esto parecía una buena idea cuando reservé el vuelo. Escapar durante unos días de una rutina que cada día me hace replantearme más cosas. Buscar el frío, la nieve y el silencio a modo de refugio. Una cabaña. Una chimenea. Una copa de vino. O de cava. O de cerveza. Una buena copa de lo que sea que lleve alcohol. Nada más.

Un plan perfecto para pasar las fiestas sola por primera vez en mi vida.

Sin depresión.

Sin ansiedad.

Valorándome a mí misma por tener el coraje de pasar de mi familia desestructurada y tóxica por primera vez en mi vida.

Una Navidad completamente sola. Siendo libre.

Ni en mis mejores sueños imaginé que mi ansiada libertad venía con colas de seguridad, un adolescente masticando chicle en mi oreja y un grupo de influencers grabando un tiktok frente a la pantalla de información más congestionada de gente que he visto en mi vida. Todo ello mientras yo intento no morir de ansiedad.

Suelto un suspiro lastimero a más no poder y entonces lo veo.

No al chico, aún no.

Veo mi número de vuelo cuando por fin se apartan:

RETRASADO. Próxima actualización en 05.59.34.

—Me estás vacilando —murmuro, pero la pantalla, como es obvio, no responde.

Miro a mi alrededor en busca de una mesa libre, pero eso sería como encontrar oro en un montón de estiércol. Me conformaría con una silla, un taburete o una cafetería que no estuviera llena hasta los topes. No pido tanto, de verdad. Sin embargo, después de dar una vuelta cargada con la maleta y la mochila, decido que lo mejor que puedo hacer es aprovechar el sitio que un chico acaba de dejar en el suelo, junto a una columna. Me siento, me quito el gorro de lana que me puse para mimetizarme con mi destino vacacional, aunque no pegue nada en el calor insoportable de Miami, y cierro los ojos en un intento de meditar y calmarme.

—¿Sabes lo fácil que se lo estás poniendo a un montón de gente para que te robe?

Abro los ojos y me encuentro con un par de botas desgastadas. Subo un poco más: vaqueros oscuros rotos, una mochila enorme apoyada contra la pierna, chaqueta abierta encima de una camiseta que lleva estampado un oso conduciendo un trineo con una cerveza en la mano. Original, desde luego. Subo un poco más y me topo con una sonrisa torcida que no sé si quiero borrar de un guantazo o fotografiar para una campaña de invierno.

Tiene el pelo revuelto, pero no en plan «acabo de salir de la ducha», sino más bien «he dormido en una silla y aun así estoy ridículamente guapo».

Y los ojos…

Azules o grises, no lo tengo claro, porque me están mirando desde arriba con una mezcla de curiosidad y diversión que me desarma un poco más de lo que me gustaría reconocer.

—Perdona, ¿nos conocemos? —pregunto.

—No, pero, si tuviera intención de robarte, ahora mismo estarías sin mochila y sin maleta. —Señala mis pertenencias, que están a mi lado, pero no las estoy vigilando. Razón no le falta y, aun así, me resisto a dársela.

—Supongo que entonces tengo que darte las gracias por no ser un ladrón. Es todo un detalle por tu parte.

—De nada —dice sonriendo de oreja a oreja, como si de verdad me estuviera haciendo el favor de mi vida—. Siempre es un placer prevenir tragedias navideñas. ¿Te importaría apartar la mochila para que pueda sentarme? Tal vez parezca forzado, pero, como ves, el aeropuerto es un hervidero de gente.

—En realidad, sí que me importa. Puedes pedirle a otra persona que quite su mochila.

—O puedes quitarla tú.

—O puedes...

—Así me gustan a mí las chicas: razonables y encantadoras —dice mientras él mismo aparta la mochila y se sienta.

—¡Eh! ¡He dicho que no!

Me ignora. Abre su equipaje, saca una barrita energética de chocolate con manzana crujiente y me mira. Por un instante, pienso que compartirla es una forma de ser encantador para resarcirse por invadir mi espacio, pero no. La abre, se come la mitad de un bocado enorme y me guiña un ojo. Muy bien, por si no tenía bastante con el día que llevo, ahora me toca lidiar con un niñato guapísimo, y con unos modales de mierda.

—¿Te crees muy gracioso? —pregunto cruzando los brazos.

—No. Me lo dicen mucho, pero en realidad solo soy sociable y encantador. Aunque a veces también un poco gilipollas. Supongo que depende del día. Para que conste, he empezado esta conversación siendo lo primero. Si ahora soy lo segundo es porque tú no colaboras.

Se me escapa una sonrisa antes de poder controlarla. Intento retractarme, pero la ha visto, estoy segura.

—Te aseguro que solo pareces gilipollas.

—¿Nada de encantador?

—No.

—¿Ni un poquito?

—Nada de nada.

—No sé si podré seguir con mi vida sabiendo que una completa desconocida piensa que soy un gilipollas, aunque sea una completa desconocida preciosa, pero tendré que intentarlo —dice y le da un mordisco a la barrita sin inmutarse.

Quiero irme. Debería irme. No tengo ganas de lidiar con nadie, hace calor, necesito comer o beber algo y… no es buena idea. Así de simple.

Pero no me voy. Ni me cambio de sitio. Ni siquiera uso el truco de ponerme los auriculares para dejarle claro que no puede hablarme.

Solo lo miro de reojo, fingiendo que no me interesa lo más mínimo…, aunque sepa que es mentira. Empiezo a sospechar que este individuo acaba de aparecer para hacer aún más difíciles las cosas, pero me gana la curiosidad por ver si la próxima frase la dirá el chico encantador o el gilipollas.

Lo cual demuestra algo que, en el fondo, sospecho desde hace mucho: me encanta complicarme la vida.

3

Jack

Casa de madera

Aspen, Colorado

El reloj de péndulo lleva doce minutos adelantado desde 1998. Le he ofrecido a Sophie arreglarlo un millón de veces, pero dice que no quiere. Le gusta que suene antes, como si, de alguna forma, fuéramos nosotros los que tenemos el poder de jugar con el tiempo y no al revés.

El fuego chisporrotea en la chimenea, aunque la sala sigue fría. Es por la leña. Debería ser de mejor calidad, aunque estamos guardándola para cuando llegue alguien a casa. Si es que llega.

De momento, solo estamos Sophie, yo y el álbum de fotos que tengo abierto en el regazo. Me ha sorprendido que las páginas crujan al pasarlas casi tanto como mis rodillas. Algunos colores de ciertas fotos se han borrado. Y algunas caras. Es triste, pero no se lo digo a Sophie porque no quiero que intente convencerme de lo contrario con su optimismo desmedido e irreal.

—¿Y si no viene nadie? —le he preguntado esta mañana mientras me servía el primer café del día.

Ella no ha respondido. Solo me ha sonreído como si eso fuera una locura y ha seguido removiendo el ponche. Ese maldito ponche que empieza a cocerse días antes de que alguien cruce la puerta. Huele a naranja, canela y fe. La fe de mi esposa, que es mucho más infinita que la mía.

Vuelvo a mirar el álbum. En la página abierta, mi hijo mayor aparece con seis años y cara de haber robado algo. Sus hermanos se ríen a carcajadas. Llevan jerséis a juego con Sophie y conmigo. Eran pequeños, felices, y llenaban la casa de gritos, juguetes y un desorden que jamás imaginé que echaría tanto de menos.

Yo también salgo en la foto. Con más pelo y menos barriga, pero la misma mirada amable de siempre. O eso dice mi querida esposa. Que tengo la mirada amable incluso cuando me enfado. Cierro el álbum. No porque me duela, o no solo por eso, sino porque el frío empieza a hacer que me duelan los huesos.

Este año el invierno está siendo más largo, aunque el calendario diga lo contrario. Me acerco a la chimenea y remuevo las ascuas antes de añadir un tronco. He de intentar mantener el calor. Es vital. Por si vienen…

Sophie está segura de que vendrán. Yo no lo tengo tan claro, pero he empezado a dejar las luces del porche encendidas. Solo por si acaso.

Santo Dios, espero que vengan. Sophie ha hecho demasiado ponche. Yo he apilado demasiada leña. Y los dos seguimos decorando como si fuéramos muchos y no solo dos.

Como si esta casa siguiera estando llena de gritos, risas melladas y piezas de Lego esparcidas de cualquier manera.

—¡Jack, querido! ¿Quieres que caliente más ponche o vas a quedarte mirando el fuego como si ahí dentro hubiera fantasmas? —grita Sophie desde la cocina.

No contesto, aunque sonrío. Puede que la casa ya no esté llena, pero ella sigue estando conmigo. A mi lado. Y esa es razón suficiente para seguir decorando y celebrar la Navidad como si fuera el día más mágico del año.

4

Adrien

Tren interestatal, segunda clase

Rumbo al oeste

Kayden se abrocha el segundo botón de la camisa de cientos de dólares como si estuviera en una sala de juntas y no en un vagón de tren que huele a café recalentado y colonia barata. Es tan estirado, tan serio y tan profesional, incluso en su tiempo libre, que a veces me fascina pensar qué pudo ver en mí. Estoy aquí, mirándolo desde el asiento con las piernas estiradas, el gorro de lana caído sobre la frente, una sudadera cualquiera que lo ha hecho bufar en cuanto me ha visto y una sonrisa socarrona, porque está buenísimo. Parece el típico hombre de negocios que podría protagonizar una portada de revista y es todo mío.

Y yo soy suyo, aunque él no termine de creérselo.

—¿Puedo ayudarte en algo, Adrien? —pregunta en su tono estirado de niño de buena cuna sin levantar la vista del portátil.

Recuerdo la primera vez que lo vi en la barbería en la que trabajo. Tan pulcro, estirado y educado. No dijo ni una palabra de más ni de menos. Pensé que no era más que otro tío rico y pijo en busca de alguna emoción, que por eso había entrado en una barbería de estilo alternativo, pero resultó que era aún mejor. O peor, según se mire: está tan obsesionado con estar perfectamente afeitado siempre que no soportó no haber tenido tiempo de hacerlo esa mañana y vino a pedir una cita urgente antes de una reunión supuestamente importante.

Con el tiempo, aprendí que todas las reuniones de Kayden son importantes. Y no lo dice por decir. Es un tío importante. Un analista financiero que se pone de los nervios cada vez que me ve sacarme tíquets de compra de los bolsillos traseros sin prestarle la más mínima atención. Por no hablar de cómo se pone cuando sabe el estado de mi cuenta bancaria…

Sí, es un tío serio. Listo. Metódico. Impecable en su aspecto e implacable en los negocios. Y está nervioso porque no dejo de mirarlo, aunque sepa disimularlo muy bien.

—Podrías ayudarme a no aburrirme —digo mientras le deslizo un dedo por el muslo.

—Estamos a tres metros de una familia con dos niños —responde con un tono de hielo que solo me hace sonreír más.

—Eres experto en cargarte los mejores momentos.

—Eso es porque tú eres experto en provocar momentos del todo inapropiados.

—Si no me pusiera tanto tu actitud de hombre rico y poderoso…

Kayden aleja los ojos de la pantalla y los centra en mí. Me dedica esa mirada que dice: «Te quiero, pero ahora mismo te lanzaría por la ventana» y que tanta gracia me hace.

—¿No deberías estar leyendo algo profundo y existencialista, como buen barbero con alma artística que eres?

—Lo haría, pero el protagonista de mi novela favorita está demasiado ocupado ignorándome como para inspirarme.

Bufa, pero en el gesto se esconde una sonrisa que veo a la perfección.

Vuelve a clavar los ojos en la pantalla y se queda en silencio, pensativo. El momento de risa ha pasado y sé lo que se le está cruzando por la mente. Lo conozco como la palma de mi mano.

Después de un minuto, sin dejar de mirar la pantalla, habla:

—¿Has avisado a tu familia de que íbamos juntos?

—Claro —respondo directo, sin vacilar ni un instante.

—¿Les has dicho que vas con tu novio, con el que llevas viviendo algo más de seis meses?

Golpe directo al esternón. Ni siquiera se lo reprocho, porque me lo merezco. Su tono de voz es frío, y esta vez no me hace gracia.

—Aún no.

—Dijiste que se lo contarías.

—Sí, pero después cambié de idea. Es mejor que se enteren en persona.

—¿Por qué? ¿Tan homófobos son?

—No. No lo son. Pero…, bueno, es mejor en persona.

—¿Estás posponiéndolo a propósito?

—No, joder.

—Ya…

—Kayden, no lo estoy posponiendo a propósito. No hables como si yo fuera un cabrón que se avergüenza de ti. En Nueva York, todo el mundo sabe que estamos juntos. Mis amigos y los tuyos no, porque no tienes. Tus compañeros de trabajo no lo saben, pero de eso no quieres hablar, ¿no?

—Es distinto.

—¿Por qué?

—Es mi entorno laboral, no es gente que tenga ninguna importancia en mi vida.

—De hecho, tu entorno laboral es lo que más horas se lleva de tu vida.

—Es distinto a la familia, Adrien —insiste.

—Ya, bueno, es distinto porque existe la posibilidad de ir a ver a mi familia. ¿Qué tal la tuya, por cierto? ¿Sabe ya que existo?

Acabo de tocar una tecla que duele y lo sé. Saca los auriculares, se los coloca y vuelve a mirar el ordenador. Casi puedo sentir el modo en que se construye la pared de hielo a su alrededor. Siempre igual, joder, qué puta rabia me da que haga eso; cada vez que algo no sale como quiere, me deja fuera de sus pensamientos.

Me quedo aquí, a media conversación y cargado de una frustración con la que no sé qué hacer. Y una rabia que no quiero dejar brotar. Sé muy bien los motivos por los que no hay posibilidad de conocer a su familia y, aun así, me enfado.

Es Navidad y vamos a ver a la mía. ¿Es que no basta con eso? ¿De verdad es preferible llamar por teléfono y decirles a tus padres que resulta que eres bisexual y tienes novio después de una vida entera saliendo solo con chicas? No lo creo. Hay cosas que es mejor contar en persona, diga lo que diga él y piense lo que piense él.

El tren avanza con ese sonido rítmico que relaja a muchos y a otros, como a mí, les saca de quicio. Kayden se remueve en el asiento, pero solo porque busca las gafas de leer. Esas que solo usa cuando la tensión hace que se le nuble la vista.

¿Qué hago con alguien como él? No es una pregunta para mal, sino todo lo contrario. Kayden tiene el pelo rubio y pulido, recortado a la perfección; la piel clara; los ojos afilados y azules; y un cuerpo esculpido gracias a años de natación rigurosa. Si lo ves sin conocerlo, parece un hombre de negocios despiadado. En cambio, en cuanto abre un mínimo las compuertas, descubres a alguien sensible, increíble y cargado de miedos.

Es eso. Solo es eso. Viene de una familia en la que expresar emociones o sentimientos no era una prioridad. Lo importante eran los estudios, los contactos y aparentar. El dinero y el poder. Él nunca fue así, pero aprendió a fingir que sí.

De verdad, no sé qué hago con alguien como él ni qué ha visto en mí, pero sé que me destrozaría perderlo. Estoy tan seguro que me aterroriza la idea de que algún día abra los ojos y sea él quien se pregunte qué demonios hace conmigo.

Me inclino hacia su cuerpo lo bastante como para que solo me escuche él y le pongo una mano en el brazo para que deje de teclear metódicamente.

—Voy a hacer las cosas bien. Tienes que confiar en mí. —No responde y eso, aunque no quiera reconocerlo, me parte—. Kay, por favor. Mírame.

Gira el rostro despacio. Tiene una mirada cansada, porque lo está. De mí. De esto. De sentirse invisible cuando debería ser lo contrario.

—Llevo años mirándote, Adrien. Crees que no sé lo que es el miedo a ser juzgado, pero lo sé. Mi familia sabe que soy homosexual y no lo aprueba, pero aun así no me importa. La única razón por la que no les hablo de ti es porque no quiero que te salpique su odio. Mi entorno laboral no lo sabe porque no hablo con nadie de nada que no sean números. Ni siquiera del tiempo y, aun así, muchos me miran con desdén porque soy el que manda. Y no me importa. No me importa nada porque te quiero, pero, si me subo en un tren para hacer un trayecto de dos días y conocer a tu familia, lo mínimo que espero es que sepan que voy y en calidad de qué voy. No quiero interpretar el papel de amigo íntimo. No es lo que soy.

—No lo eres —confirmo—. Y ese no será tu papel.

—Entonces diles que vas con tu novio.

—Es mejor en persona, créeme.

—¿Por qué? Será incómodo y no quiero enfrentarme a la ira de tus padres.

—No tendrás que enfrentarte a nada. Son buenos y educados… casi siempre. —Bufa y le aprieto el brazo—. Te juro que esto es lo mejor. No te pondría en esta situación si pensara que van a humillarte, Kay. Sabes que no soy así.

Él me mira y, por fin, se le suaviza la expresión. Suspira y asiente con brusquedad una vez, pero después desvía la mirada hacia la ventana y vuelve a guardar silencio.

Exhausto, me dejo caer contra el respaldo. Siento una presión en el pecho que no es nueva. Es esa clase de verdad que se instala en silencio y va creciendo con los días. Sé que estoy haciendo lo correcto. Mis padres lo tratarán bien, creo, pero el resto de mi entorno…

Bueno, joder, me encantaría pensar que sí, aunque la verdad es que no estoy seguro. No pienso admitir en voz alta que tengo dudas, pero es así.

En el fondo, no dejo de preguntarme si Kayden tiene razón y debería haberle dicho a toda mi familia que el amigo que me acompaña no es solo mi amigo, sino la persona con la que pretendo pasar todas las malditas Navidades del resto de mi vida.

Me quito el gorro, me paso una mano por el pelo y me levanto.

—Voy a la cafetería. ¿Quieres algo?

—No, gracias.

—Perfecto —murmuro antes de alejarme de su lado a regañadientes.

Estoy aquí encerrado en un viaje que durará una eternidad y, de momento, ya hemos conseguido discutir hasta el punto de hablarnos con frialdad. A este ritmo, antes de que lleguemos a nuestro destino, habremos arreglado todos los problemas que tenemos o habré perdido al amor de mi vida para siempre.

¿Crees que es demasiado dramático? Bueno, eso es porque no conoces el don que tengo para meter la pata hasta el fondo…

5

Luke

Caravana familiar

Área de servicio en Iowa

Summer cierra la puerta de la caravana al salir con tanta fuerza que encojo los hombros. Empiezo a perder todas las esperanzas de recuperar la fianza de esa tartana. En serio, solo es el primer día y ya está sucia y huele a algo pegajoso. Solo faltaba que uno de mis hijos haga saltar la pintura dando portazos.

Me quedo mirándolos unos segundos. Rachel lleva a Luke en brazos porque últimamente, por más que se lo explicamos, ha decidido que lo mejor para esta familia es que él salga corriendo en cualquier dirección en cuanto pisa el suelo sin mirar si hay coches, demasiada gente o un maldito terremoto. No. Para terremoto ya está él. Y su hermana Ellie. Summer no, ella es una niña buena y dulce. Solo está harta de sus hermanos, lo que a veces la convierte en una personita un poco cínica.

Y su madre… Bueno, está tan cansada que camina hacia la cafetería del área de servicio con la mirada perdida, como si no supiera si está abriendo la puerta de un bar o del mismísimo infierno. Como si le diera igual. Maldita sea, ni siquiera se ha puesto el abrigo. ¿Cómo puede estar tan cansada como para olvidar abrigarse? El frío es tan intenso que duele. Me quito el mío de inmediato y me acerco a ella para echárselo por los hombros. Rachel me mira, sale de su trance por un instante, luego baja la vista los hombros y sonríe.

—Me lo he olvidado.

—Necesitas café, ¿eh?

—Creo que vendería mi alma al diablo por uno.

—¡«Diablo» es una palabrota! —grita Ellie desde su lado, con una mano agarrada a su pantalón vaquero—. Es una palabra fea.

—Hum, lo siento —murmura Rachel antes de suspirar y mirarme de soslayo—. ¿Recuerdas lo mucho que me gustaba maldecir?

Me río y asiento. Es cierto. Cuando ejercía de abogada, era un tiburón en todos los sentidos. Tenía una energía que atrapaba a todo el mundo. En los juicios era brillante. Su forma de argumentar hacía que hasta el juez la escuchara con media sonrisa. A veces fantaseo con llevarla a alguna de mis reuniones solo para verla hablar y que me mire con esos ojos que decían: «Tranquilo, yo me encargo».

A veces fantaseo con cosas que jamás confesaría en voz alta…

Sí, era buena en lo suyo. Increíble. Por eso algunos días todavía me pregunto si hicimos lo correcto. Cuando se quedó embarazada de Luke por sorpresa, pensó que podía estar en casa y ocuparse de los niños hasta que fueran más independientes. Tres hijos hacían que fuera realmente complicado conciliar. Valoramos todas las opciones, pero mi carrera estaba despegando, tenía ingresos más altos y, aunque me ofrecí a reducirme la jornada, los dos supimos que eso haría que me resultara imposible ascender en la empresa. Además, ella quería estar con los niños. Quería verlos crecer y su trabajo hacía que muchos días volviera a casa al atardecer, cuando ellos ya estaban listos para irse a dormir. Lo hablamos largo y tendido, ella estaba más que dispuesta. Yo también estuve de acuerdo, claro, jamás hemos tomado una decisión en la que uno de los dos dudara, pero en los últimos tres años algo ha ido cambiando. Ha sido como ver a un faro quedarse sin energía poco a poco.

Luke resultó ser un bebé muy muy demandante. Ellie, de por sí intensa, se volvió aún más con los celos. Summer fue la menos problemática, pero, al final, también es una niña con necesidades propias, ya sea en la escuela o en la vida social con otros niños.

No sé en qué momento ocurrió, pero sé que, cuando quise darme cuenta, Rachel estaba inmersa en una vorágine de fiestas infantiles, recetas caseras y crianza en la que creo que ni siquiera ella esperó verse. Aunque lo planificáramos. No sé. Más de una vez la he visto tan agotada que le he planteado volver a trabajar, aunque sea unas horas, si eso la hace feliz. Pero siempre me responde lo mismo: «Lo que me haría feliz sería dormir del tirón y comer sin que nadie me interrumpa».

La entiendo, al final yo voy todos los días a una oficina, como tranquilo y, aunque aguanto una presión altísima para cumplir con las expectativas, también tengo la sensación constante de que me estoy realizando a nivel profesional. No sé si ella se siente realizada. Me da miedo preguntarle, por si eso desata una discusión descomunal.

Últimamente, todo desata una discusión descomunal.

Entramos en la cafetería y caminamos hacia uno de los reservados con sofás de polipiel de color rojo chillón que hay al fondo del local. No está muy concurrido, quitando a un grupo de adolescentes más interesados en grabar vídeos de TikTok que en consumir, pero aun así tardan un ratito en tomarnos nota. Pedimos algo para comer y beber, y, cuando la camarera acaba de darse la vuelta, me empieza a sonar el teléfono.

La tensión domina el ambiente de inmediato. Es uno de nuestros problemas más recientes. Sé que Rachel tiene razón cuando dice que debería hacer que mi tiempo con la familia sea de calidad y que eso no incluye llamadas constantes a deshoras, pero también sé que estoy a un paso de conseguir el ascenso que he trabajado durante años. Además, si no respondo, todo va a complicarse muchísimo más. Intento parecer calmado, pero la ansiedad me domina mientras me saco el teléfono del bolsillo y miro la pantalla.

—Es Nora —murmuro.

—Nora. —El tono gélido de Rachel no deja ninguna duda acerca de lo que siente—. Vas a cogerlo, ¿verdad?

—Prometí estar pendiente al menos hasta Nochebuena. Es muy mala época para tomarse unos días de vacaciones y…

—Cámbiate de mesa.

—¿Qué?

—Si vas a hablar por teléfono durante todo lo que dure el descanso, vete a otro sitio, por favor. Ya tengo ruido de fondo suficiente.

Justo en ese momento, Lucky se las ingenia para tirar el salero que hay sobre la mesa. Rachel suspira sin hacer ruido, pone a nuestro hijo a un lado y se dedica a recogerlo, todo ello sin mirarme ni una sola vez más.

La llamada se corta, pero de inmediato vuelve a entrar. Está claro que es importante, así que obedezco, me levanto y me voy a otro cubículo que está a dos metros aproximadamente. Cuando descuelgo me siento un cretino, pero me digo a mí mismo que en realidad he intentado por todos los medios que pudiéramos hacer el viaje. Rachel tuvo la idea, sí, porque es la persona más inteligente de nuestra casa, y de eso no tengo ninguna duda, pero acepté de inmediato cuando me dijo que podía ser una oportunidad para unirnos más a todos. Como familia y como pareja. Lo último no lo dijo, pero estaba implícito.

No quiero que estemos así. No lo soporto más. Es… Es mi todo. La única persona capaz de entenderme y de leerme con una mirada. La única a la que quiero contarle lo que me ocurre en la vida. La única con la que me imagino celebrando mi ascenso cuando fantaseo con conseguirlo de una puta vez. Rachel lo es absolutamente todo para mí y, aun así, sería idiota si no reconociera que, desde hace tiempo, no conseguimos ser los de antes.

Respondo la llamada y, al otro lado de la línea, me encuentro a Nora muy ansiosa.

—Luke, siento mucho molestarte, pero necesito que me digas que has podido revisar los planos que te he enviado.

—Llevo horas conduciendo, así que no. ¿Pasa algo?

—¿Puedes hacer una videollamada? Así te lo enseño.

—Ahora mismo…

—El despacho de la segunda planta no cuadra. Si no lo ves, estamos estancados.

Suspiro. Nora es eficiente, rápida y buena en lo que hace. Es tan perfecta en todo que a veces me siento incómodo. Siempre es puntual, siempre luce impecable, sin una sola mancha o un solo pelo fuera de lugar. Siempre va maquillada. Siempre… Siempre está dispuesta.

Suspiro, cuelgo el teléfono e inicio una videollamada. Mientras ella contesta, miro a Rachel: el pelo recogido en una coleta deshecha, el cuello del jersey manchado de un chocolate que estoy seguro de que no se ha comido ella y las ojeras más profundas que le he visto nunca. Aun así, siento que es la mujer más bonita del mundo.

—Luke. —La voz de Nora suena a través de la pantalla y desvío los ojos hacia ella—. ¿Cómo lo llevas?

Lo pregunta de un modo suave, como si le fuera imposible alzar la voz.

—Estoy de camino. Hemos parado a estirar las piernas —respondo sin darle más explicaciones, porque no hace falta. No debería hacer falta.

—Tardaré poco, prometido.

Comparte la pantalla con los planos y se pone a hablar de trabajo del modo más eficiente posible. Resuelvo sus dudas y, pasados casi diez minutos, Nora sonríe como si acabara de solucionarle la vida.

—Gracias, de verdad. No sé qué haríamos sin ti.

—Lo mismo, pero sin tanto estrés —respondo con una sonrisa.

—¿Cómo van las vacaciones?

—Bien. Caóticas.

Se ríe tan fuerte que, desde su mesa, Rachel nos mira un instante. Me siento incómodo de inmediato, aunque no esté haciendo nada malo.

Mis hijos también se dan cuenta, porque Ellie se levanta y viene corriendo hacia mí para reclamar mi atención. La alzo en brazos y me la siento en una rodilla, aunque no la muestro en pantalla.

—Dime, ¿cómo sobrevives a tanto caos? Parece magia —dice Nora.

Su pregunta es genuina. No tiene mala intención. Pero, de todos modos, el instinto me hace abrazar más fuerte a mi hija.

—Con amor —respondo sin pensarlo. Después bajo la voz y añado—: Y con listas de reproducción de villancicos.

Eso la hace reír de nuevo, pero de un modo mucho más suave. Es esa risa que suele poner incómodos a los becarios y derrite a los clientes. La que saca a relucir cuando quiere ser encantadora y cautivar a quienes la rodean. Alzo la vista y me fijo en Rachel, que me mira con algo tan parecido a la nostalgia que me retuerzo por dentro. Porque Nora es atractiva, inteligente y atenta. Pero no es Rachel. Nunca lo será y eso es motivo suficiente para tener mucho cuidado de no cruzar la línea profesional.

Me despido de ella y cuelgo. Cuando vuelvo a la mesa en la que espera parte de mi familia, guardo silencio, porque casi puedo agarrar con los dedos la tensión que se respira en el ambiente.

—¿Quieres que me encargue de Lucky? —pregunto señalando al pequeño, que se está durmiendo en el regazo de Rachel mientras ella intenta comer algo.

—Así está bien.

—Esa mujer es muy guapa —dice Ellie antes de mirar a mi esposa—. Es muy muy guapa, mamá. ¡Guapísima!

No lo dice con mala intención. No es más que una niña de cinco años cansada y que seguramente intenta animar el ambiente con lo primero que le ha venido a la cabeza, pero soy consciente del modo en que Rachel se encoge en su asiento. Cuando baja la mirada y se aleja el plato, tengo la sensación de que está intentando contenerse para no responder. O puede que esté tragándose algo más que las palabras.

No lo sé. Y lo peor es que sé que, si le preguntara, me lo negaría, así que tampoco sirve de mucho. A veces me encantaría agarrarla de los hombros y zarandearla un poco. Preguntarle si acaso duda de que para mí sigue siendo la mujer más guapa del mundo. O por qué insiste en callarse lo que piensa y siente para dejarme fuera. A veces… A veces solo quiero derribar sus defensas a patadas y exigirle que me ayude a arreglar esto. Pero sé que sería egoísta, porque al final del día ella es la que más sacrifica por esta familia. Así que supongo que solo me queda resignarme y aceptar que, esta parada, lejos de ayudarnos a aligerar el ambiente, ha conseguido cargarlo más.