Jinn y Phyllis estaban pasando unas vacaciones maravillosas en el espacio, lo más lejos posible de los astros habitados.
En aquella época, los viajes interplanetarios eran corrientes, y los desplazamientos intersiderales no eran excepcionales. Los cohetes llevaban a los turistas a los lugares prodigiosos de Sirius, y conducían a los financieros hacia las bolsas famosas de Arcturus y de Aldebarán. Pero en el cosmos, Jinn y Phyllis eran una pareja de ricos ociosos que se distinguía por su originalidad y un punto de poesía. Recorrían el universo por placer... y a vela.
Su nave era una especie de esfera cuya envoltura —la vela—, milagrosamente fina y ligera, se desplazaba por el espacio empujada por la presión de las radiaciones luminosas. Semejante ingenio, abandonado a sí mismo en las cercanías de una estrella (pero lo bastante lejos como para que el campo de gravitación no resulte demasiado intenso), se dirigirá siempre en línea recta en dirección opuesta a la de la estrella; pero como el sistema estelar de Jinn y Phyllis contenía tres soles relativamente poco alejados unos de otros, su embarcación recibía impulsos de luz que seguían tres ejes diferentes. Jinn tuvo que pensar un procedimiento extremadamente sutil para dirigir la nave. La vela se duplicaba interiormente con una serie de persianas negras que podía enrollar y desenrollar a su antojo. Al modificar el poder reflector de algunas secciones, cambiaba la resultante de las presiones luminosas. Además, la envoltura elástica se podía dilatar o contraer a gusto del navegante. Así, cuando Jinn deseaba acelerar la marcha, le daba el mayor diámetro posible. Recogía entonces el soplo de las radiaciones con una superficie enorme, y la nave se precipitaba en el espacio a una velocidad loca, que daba vértigo a su amiga Phyllis; un vértigo que también se apoderaba de él y que los hacía abrazarse apasionadamente, con la mirada perdida en la lejanía de los abismos misteriosos a los que conducía su carrera. Cuando, al contrario, deseaban frenar, Jinn apretaba un botón. Entonces, la vela se encogía hasta convertirse en una esfera que pudiera contener estrechamente sus dos cuerpos. La acción de la luz se volvía desdeñable y aquella bola minúscula, reducida a su sola inercia, parecía inmóvil, como suspendida de un hilo invisible en el vacío. Los dos jóvenes pasaban horas perezosas y embriagadoras en aquel universo reducido, construido a su medida, para ellos solos. Jinn lo comparaba con un velero averiado y Phyllis, con la burbuja de la araña submarina.
Jinn conocía otros muchos trucos que los cosmonautas a vela consideraban el colmo del arte; por ejemplo, utilizar, para virar de bordo, la sombra de los planetas y de algunos satélites. Enseñaba su ciencia a Phyllis, que ya era casi tan hábil como él y, con frecuencia, más temeraria. Cuando llevaba el timón solía dar bordadas que los conducían a los confines de su sistema estelar, y despreciaba el temporal magnético que empezaba a perturbar las ondas luminosas y a sacudir su esquife como una cáscara de nuez. En dos o tres ocasiones, Jinn se había despertado sobresaltado por la tempestad, y había tenido que enfadarse para arrancarle el timón y poner en marcha con urgencia, para volver a puerto lo antes posible, el cohete auxiliar, el cual, por una cuestión de honor, sólo utilizaban en circunstancias peligrosas.
Un día, Jinn y Phyllis estaban tumbados el uno junto al otro en el centro de su nave, sin otra preocupación que la de gozar de sus vacaciones, y se dejaban tostar por los rayos de sus tres soles. Jinn, con los ojos cerrados, sólo pensaba en su amor por Phyllis. Recostada, Phyllis miraba la inmensidad del mundo y se dejaba hipnotizar, como le sucedía a menudo, por la sensación cósmica de la nada.
De repente despertó de su sueño, frunció el ceño y se incorporó a medias. Un rayo insólito había atravesado aquella nada. Esperó unos segundos y percibió un nuevo destello, como si un haz de luz se reflejara en un objeto brillante. Su sentido del cosmos, que había adquirido a lo largo de sus cruceros, no podía engañarla. Además, Jinn, alertado, opinaba como ella, y era inconcebible que Jinn cometiese un error en esta materia: un cuerpo que la luz hacía resplandecer flotaba en el espacio, a una distancia que aún no podían precisar. Jinn tomó unos prismáticos y los dirigió hacia el objeto misterioso, mientras Phyllis se apoyaba en su hombro.
—Es un objeto pequeño —dijo—. Parece de vidrio... Déjame ver. Se acerca. Y va más rápido que nosotros. Parece...
Su rostro adoptó un aire de seriedad. Soltó los prismáticos, y ella los cogió de inmediato.
—Es una botella, nena, ¡una botella!
Ella ya la estaba oteando.
—Una botella, sí. La veo perfectamente. Es de vidrio claro. Lleva tapón y precinto. Tiene un objeto blanco en su interior..., papel, seguramente un manuscrito. Jinn, ¡tenemos que atraparla!
En eso mismo estaba pensando Jinn, que ya había empezado a maniobrar con destreza para colocarse en la trayectoria de aquel insólito cuerpo. Lo consiguió rápidamente y redujo al máximo la velocidad de la esfera para dejarse alcanzar. Mientras tanto, Phyllis se había puesto su escafandra y salió de la vela por la doble escotilla. Agarrando con una mano una cuerda y blandiendo en la otra un salabardo de mango largo, se dispuso a pescar la botella.
No era la primera vez que se cruzaban con cuerpos extraños; ya habían utilizado antes aquella manga de red. Navegando despacio, a veces en completa inmovilidad, se habían llevado sorpresas y hecho descubrimientos que no estaban al alcance de los viajeros de los cohetes. En aquella red, Phyllis había recogido restos de planetas pulverizados, fragmentos de meteoritos venidos del último rincón del universo y trozos de satélites que databan de los principios de la conquista del espacio. Estaba muy orgullosa de su colección, pero era la primera vez que encontraban una botella, y aquella botella, además, contenía un manuscrito, estaba segura. Todo su cuerpo temblaba de impaciencia mientras gesticulaba como una araña al cabo de un hilo, gritando por su transmisor a su compañero:
—Más despacio, Jinn... No, un poco más deprisa; va a superarnos; a babor..., a estribor..., ahí, no toques nada... ¡Ya la tengo!
Dio un grito triunfal y volvió a bordo con su presa.
Era una botella de gran tamaño, con el cuello cuidadosamente sellado. Se veía un rollo de papel en su interior.
—¡Jinn, rómpela, corre! —exclamó Phyllis pataleando de impaciencia.
Más tranquilo, Jinn hacía saltar los pedazos de lacre metódicamente. Pero cuando abrió finalmente la botella, vio que el papel, atascado, no podía salir. Se resignó a ceder a las súplicas de su amiga y rompió el vidrio de un martillazo. El papel se desenrolló solo. Se componía de un gran número de hojas muy delgadas, cubiertas con una escritura fina. El manuscrito estaba redactado en la lengua de la Tierra, que Jinn conocía perfectamente, pues había dedicado una parte de sus estudios a aquel planeta.
Con todo, le producía cierto malestar empezar a leer un documento caído en sus manos de una manera tan extraña; pero la sobreexcitación de Phyllis le hizo decidirse. Ella no entendía bien la lengua de la Tierra y necesitaba su ayuda.
—¡Te lo suplico, Jinn!
Redujo el volumen de la esfera para que flotara blandamente en el espacio, se aseguró de que no había ningún obstáculo delante de ellos, se tumbó junto a su amiga y empezó a leer el manuscrito.
Confío este manuscrito al espacio, no con el propósito de obtener socorro, sino para ayudar, tal vez, a conjurar la espantosa plaga que amenaza a la especie humana. ¡Dios se apiade de nosotros!
—¿La especie humana? —subrayó Phyllis, sorprendida.
—Eso pone —confirmó Jinn—. No empieces a interrumpir —y siguió su lectura.
En cuanto a mí, Ulysse Mérou, partí con mi familia en esta astronave. Podemos subsistir durante años. A bordo, cultivamos legumbres, fruta y tenemos un corral. No nos falta nada. Tal vez algún día encontremos un planeta hospitalario. Es un anhelo que apenas me atrevo a expresar. Pero éste es el relato, fielmente contado, de mi aventura.
El año 2500 me embarqué con dos compañeros en la astronave, con la intención de alcanzar esa región del espacio donde reina soberana la estrella supergigante Betelgeuse.
Era un proyecto ambicioso, el más vasto de los que se habían realizado en la Tierra. Betelgeuse, o bien Alfa Orionis, como la llamaban nuestros astrónomos, se encuentra aproximadamente a trescientos años luz de nuestro planeta. Es admirable por muchos aspectos. En primer lugar, por su tamaño: su diámetro es entre trescientas y cuatrocientas veces superior al de nuestro sol, es decir, que si sus dos núcleos coincidieran, ese monstruo se extendería hasta la órbita de Marte. Luego, por su brillo: es una estrella de primera magnitud, la más brillante de la constelación de Orión, observable desde la Tierra a simple vista, a pesar de su lejanía. También por la naturaleza de su radiación: emite unos destellos rojos y anaranjados de un efecto magnífico. Y, por último, es un astro de brillo variable: su luminosidad fluctúa semirregularmente debido a las alteraciones de su diámetro. Betelgeuse es una estrella palpitante.
¿Por qué, una vez explorado el sistema solar, cuyos planetas están todos deshabitados, se había elegido un astro tan alejado como objetivo del primer vuelo intersideral? Fue el sabio profesor Antelle quien impuso la decisión. Principal organizador de la empresa, a la que dedicó la totalidad de una enorme fortuna, y jefe de nuestra expedición, él mismo había concebido la astronave y dirigido su construcción. Durante el viaje, me explicó la razón de su elección.
—Querido Ulysse —me dijo—, para nosotros, alcanzar Betelgeuse no es más difícil, y sólo un poco más largo, que llegar a una estrella mucho más cercana, por ejemplo, a Proxima Centauri.
En este punto, creí oportuno protestar y exponer conocimientos astronómicos que había adquirido recientemente:
—¿Sólo un poco más largo? La estrella Proxima Centauri está solamente a cuatro años luz, mientras que Betelgeuse...
—Está a trescientos, no lo ignoro. Sin embargo, tardaremos poco más de dos años en alcanzarla, mientras que hubiésemos necesitado una duración muy ligeramente inferior para llegar a la región de Proxima Centauri. Usted cree lo contrario porque está acostumbrado a esos saltos de pulga que son los viajes a nuestros planetas, para los que una fuerte aceleración es admisible al principio, porque solamente dura unos minutos, siendo la velocidad de crucero a alcanzar ridículamente lenta y de una proporción muy diferente de la nuestra... Ha llegado el momento de que le facilite algunas explicaciones sobre el funcionamiento de nuestra nave. Gracias a sus cohetes perfeccionados, que tengo el honor de haber puesto a punto, se puede desplazar por el universo a la mayor velocidad imaginable para un cuerpo material, es decir, a la velocidad de la luz menos épsilon.
—¿Menos épsilon?
—Quiero decir que puede acercarse a ella hasta una diferencia infinitesimal, del orden de una mil millonésima parte, si usted quiere.
—Bien —dije—. Eso lo entiendo.
—Lo que también debe saber es que, cuando nos desplazamos con esa rapidez, nuestro tiempo se aparta notablemente del tiempo de la Tierra, siendo la diferencia tanto mayor cuanta más velocidad alcanzamos. En este preciso instante, desde el inicio de nuestra conversación, hemos vivido algunos minutos que corresponden a una duración de varios meses en nuestro planeta. En cierto modo, el tiempo casi no transcurrirá para nosotros, ni tampoco percibiremos cambio alguno. Unos pocos segundos para usted y para mí, unos pocos latidos de nuestro corazón, coincidirán con una duración terrestre de varios años.
—Eso también lo comprendo. Es incluso la razón por la cual esperamos llegar a nuestro objetivo antes de morir. Pero, entonces, ¿por qué un viaje de dos años? ¿Por qué no algunos días o algunas horas solamente?
—A este punto quería llegar. Muy sencillamente porque, para alcanzar esa velocidad en la que el tiempo no pasa, y si establecemos una aceleración aceptable para nuestro organismo, necesitaremos aproximadamente un año. Necesitaremos igualmente un año para frenar nuestra carrera. ¿Capta ya nuestro plan de vuelo? Doce meses de aceleración; doce meses de frenado; y, entre ambas cosas, algunas horas solamente, durante las cuales realizaremos la mayor parte del trayecto. Ahora ya comprende por qué es simplemente un poco más largo ir a Betelgeuse que a Proxima Centauri. En este último caso, hubiésemos vivido el mismo año indispensable de aceleración, el mismo año de frenado y tal vez unos pocos minutos, en lugar de algunas horas, entre lo uno y lo otro. La diferencia es insignificante en conjunto. Como me estoy haciendo viejo y probablemente no volveré a tener fuerzas para efectuar otra travesía, preferí apuntar de entrada a un punto alejado, con la esperanza de encontrar un mundo muy diferente del nuestro.
Este tipo de conversación ocupaba nuestro tiempo libre a bordo y, al mismo tiempo, me permitía apreciar mejor la prodigiosa ciencia del profesor Antelle. No había dominio que no hubiese explorado, y yo celebraba tener un jefe como él en una empresa tan arriesgada. Tal como lo había previsto, nuestro viaje duró unos dos años de nuestro tiempo, durante los cuales, en la Tierra, debieron de pasar unos tres siglos y medio. Éste era el único inconveniente de apuntar tan lejos: si algún día regresábamos, encontraríamos nuestro planeta envejecido unos setecientos u ochocientos años. Pero esto apenas nos preocupaba. Yo incluso sospechaba que, para el profesor, la perspectiva de escapar de los hombres de su generación era un atractivo suplementario. Con frecuencia confesaba que le aburrían...
—Los hombres, siempre los hombres —señaló de nuevo Phyllis.
—Los hombres —confirmó Jinn—. Eso pone.
No tuvimos ningún incidente de vuelo grave. Habíamos partido de la Luna. La Tierra y los planetas desaparecieron muy rápido. Vimos como el Sol decrecía hasta convertirse en una naranja en el cielo, en una ciruela, y finalmente en un punto brillante sin dimensiones, en una simple estrella que sólo la ciencia del profesor podía distinguir entre los miles de millones de estrellas de la galaxia.
Vivimos, por lo tanto, sin sol, pero no lo padecimos, porque la nave estaba provista de fuentes luminosas equivalentes. Tampoco nos aburrimos. La conversación del profesor era apasionante; me instruí más en esos dos años que durante toda mi existencia anterior. También aprendí todos los conocimientos útiles para la conducción de la nave. Era bastante fácil: bastaba con dar instrucciones a los aparatos electrónicos, los cuales efectuaban por sí solos todos los cálculos y dirigían directamente las maniobras.
Nuestro jardín nos procuró una agradable distracción. Ocupaba un lugar importante a bordo. El profesor Antelle, que se interesaba, entre otras materias, por la botánica y la agricultura, había querido aprovechar el viaje para verificar algunas de sus teorías sobre el crecimiento de las plantas en el espacio. Un compartimiento cúbico de cerca de diez metros de lado servía de terreno. Gracias a unas estanterías, se utilizaba todo su volumen. La tierra se regeneraba mediante abonos químicos y, apenas dos meses después de nuestra salida, tuvimos la alegría de asistir al crecimiento de todo tipo de legumbres, que nos proporcionarían un alimento abundante y sano. Lo agradable no se había dejado de lado: había una sección dedicada a las flores, que el profesor cuidaba con amor. Aquel hombre extravagante también se había llevado algunos pájaros, mariposas e incluso un simio, un pequeño chimpancé al que bautizamos con el nombre de Hector y que nos divertía con sus piruetas.
Con seguridad, el sabio Antelle, sin ser misántropo, apenas se interesaba por los humanos. A menudo, declaraba que no esperaba gran cosa de ellos, lo que explica...
—¿Misántropo? —preguntó una vez más Phyllis, desconcertada—. ¿Humanos?
—Si me interrumpes a cada momento —contestó Jinn—, no llegaremos nunca al final. Haz como yo; trata de comprender.
Phyllis prometió guardar silencio hasta que terminara la lectura, y mantuvo su palabra.
... lo que explica sin duda que reuniera en la nave —lo bastante amplia para contener varias familias— numerosas especies vegetales y algunos animales, y, en cambio, limitara a tres el número de pasajeros: él mismo, Arthur Levain; su discípulo, un joven físico con mucho porvenir, y yo, Ulysse Mérou, un periodista poco afamado que había conocido al profesor casualmente al entrevistarle. Me propuso llevarme con él después de comprobar que no tenía familia y que jugaba aceptablemente al ajedrez. Era una oportunidad excepcional para un joven periodista. Aunque mi reportaje se publicara al cabo de ochocientos años, y tal vez a causa de ello, tendría un valor único. Acepté con entusiasmo.
El viaje transcurrió sin contratiempos. Lo único desagradable fue un aumento de la gravedad durante el año de aceleración y el año de frenado. Tuvimos que acostumbrarnos a sentir que nuestro cuerpo pesaba aproximadamente una vez y media más que en la Tierra, un fenómeno un poco fatigoso al principio, pero que pronto dejó de preocuparnos. Entre uno y otro periodo, hubo una ausencia total de gravedad, con todas las rarezas conocidas de este fenómeno; pero sólo duró unas pocas horas y no nos hizo sufrir.
Hasta que un día, tras esta larga travesía, sentimos la emoción de ver que la estrella Betelgeuse se inscribía en el cielo con un nuevo aspecto.
La exaltación que procura semejante espectáculo es indescriptible: una estrella, que ayer era todavía un punto brillante entre la multitud de puntos anónimos del firmamento, fue sobresaliendo poco a poco del fondo negro hasta dibujar su dimensión en el espacio; apareció primero como una nuez chispeante, luego se dilató al tiempo que su color se asentaba volviéndose anaranjado, y finalmente se integró en el cosmos con el mismo diámetro aparente que nuestro familiar astro diurno. Un nuevo sol había nacido para nosotros, un sol rojizo, como el nuestro en su puesta, cuya atracción y calor empezábamos a sentir.
En aquel momento, nuestra velocidad había disminuido mucho. Nos acercamos aún más a Betelgeuse, hasta que su diámetro aparente excedió con mucho el de todos los cuerpos celestes contemplados hasta entonces, lo cual nos produjo una impresión fabulosa. Antelle dio algunas indicaciones a los robots y nos pusimos a gravitar alrededor de la supergigante. A continuación, el sabio desplegó sus instrumentos astronómicos e inició sus observaciones.
No tardó mucho en descubrir la existencia de cuatro planetas, cuyas dimensiones determinó rápidamente, así como las distancias que los separaban del astro central. Uno de ellos, el segundo a partir de Betelgeuse, seguía una trayectoria próxima a la nuestra. Tenía más o menos el volumen de la Tierra; poseía una atmósfera que contenía oxígeno y nitrógeno; giraba alrededor de Betelgeuse a una distancia unas treinta veces superior a la media entre la Tierra y el Sol; y, gracias al tamaño de la supergigante y teniendo en cuenta que su temperatura es relativamente baja, recibía una radiación comparable a la que capta nuestro planeta.
Decidimos tomarlo como primer objetivo. Dimos nuevas instrucciones a los robots y nuestra nave se satelizó rápidamente a su alrededor. Luego, con los motores parados, observamos a placer aquel nuevo mundo, y el telescopio nos mostró mares y continentes.
La nave no se prestaba a un aterrizaje, pero el caso estaba previsto. Disponíamos de tres vehículos de propulsión, mucho más pequeños, que llamábamos lanchas. Nos subimos a una de ellas y nos llevamos algunos aparatos de medición y también a Hector, el chimpancé, que, como nosotros, tenía una escafandra y se había acostumbrado a llevarla. En cuanto a la nave, simplemente la dejamos gravitando alrededor del planeta. Así estaba más segura que un buque anclado en un puerto, y sabíamos que no se desviaría del rumbo de su órbita.
Abordar un planeta de aquellas características era una maniobra fácil con nuestra lancha. En cuanto penetramos en las capas densas de la atmósfera, el profesor Antelle tomó unas muestras del aire exterior y las analizó. Encontró la misma composición de la Tierra a una altura correspondiente. Casi no tuve tiempo de pensar en esa milagrosa coincidencia, pues el suelo se aproximaba rápidamente; ya sólo estábamos a unos cincuenta kilómetros. Los robots efectuaban todas las operaciones y yo no tenía otra cosa que hacer que pegar mi cara a la ventanilla y mirar cómo subía hacia mí aquel mundo desconocido, con el corazón encendido por la exaltación del descubrimiento.
El planeta se parecía extrañamente a la Tierra. Esta impresión se reforzaba a cada segundo. Ahora distinguía a simple vista el contorno de los continentes. La atmósfera era clara, ligeramente teñida de un tono verde pálido que por momentos tendía al anaranjado, casi como en nuestro cielo de Provenza durante la puesta de sol. El océano era de un azul ligero y tenía igualmente matices verdes. El dibujo de las costas era muy diferente de todo lo que había visto en la Tierra, aunque mis ojos enardecidos, sugestionados por tantas analogías, se obstinaban locamente en descubrir similitudes también en este punto. Pero el parecido había cesado. Nada en la geografía recordaba a nuestro viejo o a nuestro nuevo continente.
¿Nada? ¡Vaya! ¡Al contrario, lo esencial! El planeta estaba habitado. Volábamos sobre una ciudad; una ciudad bastante grande de la que salían carreteras bordeadas de árboles y por las que circulaban vehículos. Me dio tiempo a percibir su arquitectura general: anchas calles y casas blancas con largas aristas rectilíneas.
Pero aterrizamos muy lejos de allí. Nuestra carrera nos condujo primero por encima de unos campos cultivados y luego por una selva espesa, rojiza, que recordaba a nuestra jungla ecuatorial. Ya estábamos a muy baja altitud. Divisamos un claro de dimensiones bastante grandes que ocupaba la cima de una meseta rodeada de un relieve accidentado. Nuestro jefe decidió aventurarse y dio sus últimas órdenes a los robots. Entró en acción un sistema de retropropulsión. Durante unos instantes, quedamos inmovilizados sobre el claro, como una gaviota que otea un pez.
Luego, dos años después de haber dejado nuestra Tierra, descendimos muy suavemente y nos posamos sin dificultad en el centro de la meseta, sobre una hierba verde que recordaba a la de nuestros prados normandos.
Después de tomar tierra, nos quedamos inmóviles y silenciosos durante un largo momento. Tal vez esta actitud pueda parecer sorprendente, pero sentíamos la necesidad de recogernos y de concentrar nuestra energía. Estábamos inmersos en una aventura mil veces más extraordinaria que la de los primeros navegantes terrestres y preparábamos nuestra mente para afrontar las extrañezas que habían atravesado las imaginaciones de varias generaciones de poetas a propósito de las expediciones transiderales.
En cuanto al presente, de hecho maravilloso, nos habíamos posado fácilmente sobre la hierba de un planeta que contenía, como el nuestro, océanos, montañas, selvas, cultivos, ciudades y, sin duda, habitantes. Sin embargo, debíamos de hallarnos bastante lejos de los países civilizados, dada la extensión de jungla sobre la que habíamos volado antes de aterrizar.
Despertamos al fin de nuestro sueño. Habiéndonos colocado las escafandras, abrimos con precaución una ventanilla de la lancha. No se produjo ningún movimiento de aire. Las presiones interior y exterior se equilibraban. La selva rodeaba el claro como las murallas de una fortaleza. Ni un solo ruido, ni un solo movimiento, la perturbaba. La temperatura era alta, pero soportable: alrededor de veinticinco grados centígrados.
Salimos de la lancha acompañados por Hector. El profesor Antelle quiso, en primer lugar, analizar la atmósfera de una manera precisa. El resultado fue muy estimulante: el aire tenía la misma composición que el de la Tierra, a pesar de algunas diferencias en la proporción de los gases raros. Debía de ser perfectamente respirable. Sin embargo, extremando nuestra prudencia, probamos primero con nuestro chimpancé. Liberado de su ropa, el simio parecía muy alegre y en absoluto incómodo. Estaba como embriagado de volver a sentirse libre, en el suelo. Tras unos brincos, se puso a correr hacia la selva, saltó a un árbol y siguió con sus volteretas en las ramas. Se alejó rápidamente y desapareció a pesar de nuestros ademanes y de nuestras llamadas.
Al quitarnos nosotros las escafandras, pudimos hablar libremente. Nos impresionó el sonido de nuestra voz y, con timidez, nos aventuramos a dar algunos pasos, sin alejarnos de la lancha.
Sin duda, estábamos en una hermana gemela de nuestra Tierra. La vida existía. El reino vegetal era incluso particularmente vigoroso. Algunos árboles debían de superar los cuarenta metros de altura. El reino animal no tardó en aparecer en forma de unos grandes pájaros negros, que planeaban en el cielo como buitres, y de otros más pequeños, bastante parecidos a cotorras, que se perseguían piando. Por lo que habíamos visto antes de aterrizar, sabíamos que también existía una civilización. Unos seres razonables —todavía no nos atrevíamos a llamarles hombres— habían modelado la faz del planeta. A nuestro alrededor, no obstante, la selva parecía deshabitada. No tenía nada de sorprendente: si hubiésemos caído en un rincón de la jungla asiática, habríamos tenido esa misma impresión de soledad.
Antes de tomar cualquier iniciativa, nos pareció urgente darle un nombre al planeta. Lo bautizamos como Soror, con motivo de su parecido con nuestra Tierra.
Decidimos efectuar, sin más demora, un primer reconocimiento, y penetramos en la selva siguiendo una especie de pista natural. Arthur Levain y yo estábamos provistos de carabinas. En cuanto al profesor, despreciaba las armas materiales. Nos sentíamos ligeros y brincábamos alegremente, no porque la gravedad fuese más débil que en la Tierra —en este punto también se daba una analogía total—, sino porque el contraste con la fuerte gravedad de la nave nos incitaba a saltar como cabras.
Avanzábamos en fila india, llamando a veces a Hector, siempre sin éxito, cuando el joven Levain, que andaba en cabeza, se detuvo y nos hizo señas para que escucháramos. A cierta distancia, se oía un murmullo como el del agua corriente. Caminamos en aquella dirección y el sonido se volvió más preciso.
Era una cascada. Al descubrirla, la belleza del lugar que Soror nos ofrecía nos conmovió a los tres. El curso de un río, claro como nuestros torrentes de montaña, serpenteaba por encima de nuestras cabezas, se extendía como un mantel sobre una plataforma, y caía a nuestros pies desde una altura de varios metros sobre una especie de lago, una piscina natural bordeada de arena y rocas, cuya superficie reflejaba los rayos de Betelgeuse, que estaba en su cenit.
La vista del agua era tan tentadora que Levain y yo tuvimos la misma idea. El calor había aumentado notablemente. Nos quitamos la ropa, dispuestos a tirarnos de cabeza en el lago. Pero el profesor Antelle nos hizo comprender que hay que actuar con un poco más de prudencia cuando uno se encuentra sólo en el inicio del abordaje del sistema de Betelgeuse. Aquel líquido tal vez no era agua, y podía ser perfectamente pernicioso. Se acercó a la orilla, se agachó, lo examinó y lo tocó cautelosamente con el dedo. Luego, tomó un poco en el hueco de la mano, lo olió y se humedeció la punta de la lengua.
—Solamente puede ser agua —masculló.
Se inclinaba otra vez, dispuesto a sumergir la mano en el lago, cuando vimos que se quedaba inmóvil. Lanzó una exclamación y señaló con el dedo la huella que acababa de descubrir en la arena. Creo que sentí la emoción más fuerte de mi vida. Bajo los rayos ardientes de Betelgeuse, que invadía el cielo que cubría nuestras cabezas como un enorme globo rojo, muy visible, admirablemente dibujada en una pequeña franja de arena húmeda, aparecía la huella de un pie humano.