1. Stella

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STELLA

Me revienta cómo respira mi hermana, Ellie. No resopla, no jadea, no resuella ni se queda sin aliento. No, tiene una respiración regular y fluida, y nunca cambia. No lo hace cuando acelera para tomar una curva especialmente cerrada. Ni siquiera cuando esprinta los últimos cien metros. Su respiración es tan constante como el paso del tiempo.

Tampoco soporto que nunca se le escape ni un pelo de la coleta. Ni que pueda correr en silencio sin que le entren ganas de estrujarse el cerebro con las manos. ¿Cómo es posible que la mente de mi hermana albergue tantos pensamientos que de verdad quiere pensar?

Yo, en cambio… A mí me gustaría poder desconectarme el cerebro. Por eso corro: para escapar. Para ser libre. Yo solo quiero mover las piernas con más rapidez que nadie. Notar el ardor en las profundidades de los pulmones y en los muslos. Ganar. No importa a dónde vaya, el rumbo que tome ni nada. Lo que importa es que el cerebro se me apaga. Por completo. Y solo alcanzo ese estado si todo cuadra, si subo a otro nivel, si bato récords y solo hay velocidad, velocidad y más velocidad.

Solo cuando estoy corriendo me olvido de las pequeñas cosas: de que mi pelo negro es tan rebelde que solo lo puedo domar con una goma muy gruesa y resistente o de aquella vez, en primer ciclo, en que Julia Heller descubrió que aún no tenía la regla y me puso el mote de «Estéril». Puedo olvidarme de que mis padres siempre están preocupados por el dinero y por la casa, que es demasiado grande. Puedo olvidarme de que mi madre es una alcohólica en recuperación, de que siempre está a un sorbo de romper el delicado equilibrio que hemos encontrado y de que mi padre nos obliga a evitar todo aquello que pueda alterarla. Puedo olvidarme de por qué estoy aquí, de cómo me estalló el cerebro por la culpa y el horror cuando oí el chasquido del hueso al romperse. Incluso puedo olvidar lo peor de todo: que Ellie es tan rápida como yo, a veces más.

Mierda. Ya empiezo otra vez. Sucede cada vez que me engancho a este hilo de pensamiento. Empiezo a hacer una lista mental de todas las cosas que odio de mi hermana y luego, en algún momento, los mecanismos del cerebro dan un volantazo y empiezo a recordar todo lo que me molesta de mí.

El bucle continúa hasta que recuerdo algo que mi madre me dijo una vez: «Todo el mundo se odia un poco. Si te mentalizas, sobrevives». Es verdad que lo dijo estando borracha y que yo tenía cinco años, pero creo que aun así tiene razón.

Me repito el mantra una y otra vez mientras redoblo esfuerzos para recorrer los últimos ochocientos metros en pista. El sol pega con fuerza y me pregunto si podría sufrir quemaduras en el cuero cabelludo a través de la mata de rizos. La melena fina y sedosa de Ellie no la protegería de eso.

—¡Última vuelta, Steckler! ¡Ya lo tienes! —me grita la entrenadora Reynolds desde el banquillo. Su voz suena lejana, pero la escucho. Me encanta que me llame por el apellido. Nunca pasa en Edgewater, porque allí siempre somos dos.

Inclino el cuerpo hacia la calle interior de la pista según tomo la última curva a toda mecha. La línea de meta me llama. Me duelen los músculos. Pero es lógico. He estado corriendo casi ciento sesenta kilómetros a la semana. Eso fue lo que me prometieron en el Centro de Élite Breakbridge Pista y Campo. Bueno, eso y los cursos de gestión de la ira. Sea como sea, nunca he dormido mejor. Aquí, cuando me acuesto por las noches, los músculos me duelen y me zumban. No me quedo despierta recitando mis estadísticas u obsesionada con la beca que he perdido o escuchando exclamaciones horrorizadas en las gradas cuando los cuerpos chocan. Aquí duermo, sin más. ¿Es así como debería sentirme en teoría? ¿Descansada y feliz?

Con solo cien metros ante mí, noto cada una de las carreras y cada uno de los esprints que me han dado unos músculos de acero puro. He mejorado desde junio. A lo largo de las últimas ocho semanas, mis tiempos se han reducido una barbaridad. También he aprendido técnicas de respiración que me ayudan a despejarme y maneras de no dejarme llevar por la frustración. Es imposible que Ellie me siga el ritmo en una carrera de cross coun­try. Una sonrisilla se me dibuja en la cara al imaginar la expresión de los gélidos ojos azules de mi hermana cuando le gane.

Esta última carrera ni siquiera es una carrera. Solo estoy matando el tiempo antes de que mis padres vengan a buscarme. Es el recuerdo que me voy a llevar de todo lo que he conseguido este verano. El primero sin mi hermana. El primero lejos de Edgewater. Nunca me había sentido tan libre como me siento aquí. Ni siquiera en casa cuando corro por el bosque o alrededor del lago, junto al Ellacoya Mountain Resort. Por fin estoy sola, más sola que la una. Y me encanta.

«Allá vamos». Entorno los ojos cuando los últimos metros se me echan encima. Los recorro con facilidad y sin romper siquiera el ritmo. Me apetece seguir corriendo. Y lo haría si no supiera que mis padres me están esperando en la entrada, ansiosos por volver a casa con Ellie, los paisajistas y el despacho en casa en el que venden inmuebles a incautos yupis que buscan un segundo hogar al norte de Manhattan, a los pies de las idílicas montañas de Catskill. O donde intentan hacerlo, al menos.

Durante una época, les costó muchísimo vender nada, cuando los crímenes sin resolver todavía estaban recientes y los medios le cambiaron el nombre a nuestra pequeña localidad, Edgewater, por el de Deadwater, Agua Muerta. En el transcurso de un año, desaparecieron tres estrellas del cross country. Las encontraron en la peliaguda ruta de Oak Tower. A todas las habían matado siguiendo un mismo patrón: traumatismo por fuerza contundente y sin señales de agresión sexual. Todas se habían defendido con uñas y dientes, pero los incompetentes de la comisaría de policía nunca averiguaron quién lo había hecho.

Pero eso pertenece al pasado. Ha transcurrido una década desde las últimas desapariciones. Bueno, si no contamos a Shira Tannenbaum, y nadie se acuerda de ella. Ahora Edgewater es un lugar al que acuden turistas de tres estados a coger manzanas, comprar cerámica y hacer kayak en el lago. Deadwater solo es leyenda. Algo que todos sufrimos, pero que intentamos olvidar.

—Steckler, acabas de batir tu propio récord.

La entrenadora Reynolds se acerca brincando y me rodea los hombros con el brazo.

—Este curso las vas a machacar a todas.

Me dedica una sonrisa amplia y radiante, una sonrisa a la que le he cogido cariño, y yo no me encariño de muchas cosas. El moño rubio ceniciento le rebota en lo alto de la cabeza, justo debajo de la visera amarillo fosforito, y tiene las mejillas redondas y sonrojadas. Me recuerda a la abuela Jane.

—Gracias —respondo apenas sofocada.

—Tus padres están aquí.

—Lo suponía.

—¿Te ayudo a recoger?

—No hace falta —le digo—. Lo tengo todo a punto.

Caminamos juntas en silencio hasta que divisamos las cabañas. Detrás hay montañas. Una sucesión de picos preciosos que se elevan hasta las nubes. Son más hermosas aquí arriba, mejores que las de casa. Más majestuosas. Más próximas al firmamento. Pero estoy impaciente por ponerme en marcha y pasar página. Quiero olvidarme de lo que pasó el año pasado, concentrarme en la temporada de cross country y recuperar la beca de la universidad. Es mi única vía de escape de Edgewater. No es mal sitio para vivir, pero no es el único.

—¡Allí está Stella!

La voz cantarina de mi madre se proyecta por el prado, y resuena entre los árboles, los hombros se me tensan al instante.

—¡Pero mira eso! —grita mi padre—. Te juro que eres puro músculo.

El bonito rostro de mi madre hace un mohín y se pasa el pelo por detrás de las orejas. Lo tiene largo y sedoso, igual que Ellie.

—¿Te da pena marcharte, cielo? Ya sé que ha sido un verano muy divertido y una gran experiencia de aprendizaje.

Tiene razón, aunque no me guste reconocerlo.

—Con el dineral que ha costado, eso espero.

Mi padre lo dice sonriendo, pero la sensación de relax me abandona y me pongo roja como un tomate al recordar que la entrenadora Reynolds está ahí mismo.

—Voy a coger las maletas y nos vamos —digo.

—¿No quieres ducharte antes de subir al coche? Va a ser un viaje largo.

Mi madre se pellizca esa nariz tan simétrica que tiene como para transmitir el mensaje alto y claro: «Apestas».

—No —le digo apretando los dientes—. No hace falta.

—Vale, muy bien —dice mi padre con aire nervioso—. ¿En marcha, pues?

Todo el mundo asiente y echamos a andar hacia el coche.

—Stella ha mejorado bastante este verano, ¿saben? —dice la entrenadora Reynolds.

Mis padres la miran con aire esperanzado, como si estuvieran deseando oír que todavía soy rápida. Tan rápida como para volver a ganar el campeonato estatal y recuperar el beneplácito de Georgetown para poder estudiar gratis en la universidad. El entrenador Gary de Edgewater dijo que seguro que se fijaban en mí si reducía un minuto mi plusmarca personal, PP para abreviar. No podrían pasar de mí. Lo dijo durante una de esas rabietas en las que suelta gritos de un millón de decibelios y la saliva se le queda en las comisuras de los labios, pero eso da igual. Ese es mi objetivo de cara a la competición estatal de noviembre. Hasta entonces todo está en el aire.

2

ELLIE

Stella llegará en cualquier momento del Campamento de Locos, como lo llaman nuestras compañeras en el chat de cross country. Qué idiotas. Les pedí que no lo llamaran así a principios del verano, pero es difícil defender a mi hermana mayor cuando hace la clase de cosas por las que la enviaron a un sitio como Breakbridge.

Intento sacármela de la cabeza y disfrutar del último día de libertad antes de que empiece la pretemporada. Me recuesto en la tumbona de plástico y las lamas se me clavan en la piel. Un tema pop suena a todo volumen por el altavoz que tengo al lado y el sudor me resbala por la barriga.

Tenso el vientre y doy gracias de que un verano nadando y trabajando de socorrista en el lago Sweetwater me hayan ayudado a mantener los abdominales tensos y los músculos fibrosos. Pero en cuanto pienso en el trabajo, me acuerdo también de Noah Brockston, que es dulce, amable, fuerte. Hoy era el último día que trabajábamos juntos y eso significa que también era el último día en el que podíamos ser lo que somos hasta que rompa con Tamara Johnson.

Anoche hablamos de ello, durante uno de nuestros paseos nocturnos, después de que me pusiera en las manos un ejemplar de su libro favorito: En el camino. Me supo mal decirle que lo leí el año pasado y no me gustó nada. Sobre todo después de ver la dedicatoria que me puso: «Por todo lo que somos y lo que podríamos ser». Firmó con su inicial: N. Por eso saqué el tema eterno otra vez: nosotros.

—Ojalá las cosas no fueran tan complicadas —le dije tomándole la mano y apretándosela con fuerza.

Estábamos subiendo por el camino de Oak Tower, el que lleva cerrado desde los asesinatos. Y cuando digo «cerrado», me refiero a «un camino que solo usan personas que no quieren que las vean». Lo único que impide tomar esa senda es una frágil valla de alambre por la que es muy fácil colarse. Una luna brillante iluminaba el sendero invadido por la maleza mientras caminábamos hacia el claro. Había una gran roca en el centro y un hoyo profundo a un lado. Noah se sentó en la piedra y me pidió por gestos que me colocara a su lado. Me rodeó los hombros con el brazo para que estuviéramos muy juntos. Las estrellas titilaban en el cielo y yo tenía la sensación de que éramos las dos únicas personas sobre la faz de la Tierra. En ese sendero no hay cobertura, no se oyen las risas lejanas de ningún grupo de excursionistas. Solo hay silencio.

—Después de todo lo que ha pasado, solo tengo ganas de poder estar contigo en plan «normal» —le dije.

No sabía si le sentarían bien esas palabras. «Todo lo que ha pasado». Como si lo que había sucedido hubiera sido una coincidencia, una tontería del azar y no un acontecimiento de los que te cambian la vida. Pero no le sentaron mal. Me levantó la barbilla con la mano.

—Ya lo sé, Ell —dijo en tono tierno, y noté su aliento cálido en el oído—. Te han pasado muchas cosas.

Me acarició el pelo como si me estuviera tranquilizando para que me durmiera y yo me arrimé aún más a él y le hundí la cara en el pecho. Quería hacer eso mismo cada día, a plena luz del sol, por caminos transitables sin tener miedo de que nos vieran ni de arruinar la vida del otro.

—Pero he pensado una cosa —dijo—. En cuanto el padre de Tamara llame a Princeton, romperé con ella. Si la dejara antes, lo echaría todo a perder.

Se me puso la piel de gallina al oírselo reconocer. No era ningún secreto, al menos no para mí, que estaba con su novia porque tenía contactos que podían ayudarlo a entrar en la universidad de sus sueños. Casi me sentía especial por el hecho de que me lo hubiera confiado. Era como si quisiera que conociese su peor parte, que fuera capaz de utilizar a alguien. Pero todos lo somos, ¿no? Solo que la mayoría no lo reconocemos. Aunque yo no entendía por qué dudaba de su capacidad para entrar en Princeton por méritos propios ni por qué pensaba que una facultad pija de New Jersey era su única opción.

No dije nada. No quería presionarlo. No después de lo que pasó en agosto, cuando todo cambió, cuando las cosas se volvieron serias y aterradoras. Desde entonces, intentaba tenerlo cerca, aferrarme a él y a cualquier sensación de normalidad. Así que, en lugar de provocar una discusión, dejé que cambiara de tema y me hablara del libro de William S. Borroughs que se acababa de terminar. Le encantan los libros farragosos sobre tíos blancos a los que se les va la olla. Al cabo de un rato, dejé de escucharlo. Me pensaban los párpados y dejé vagar el pensamiento hacia mi propio futuro. Quizá discurriera muy lejos de allí, en alguna parte de Texas o de Florida, de Oregón o de Ohio, donde nadie supiera que había dos hermanas Steckler. Donde yo pudiera ser Steckler a secas, no la Pequeña Steckler. Donde «Stella» no siempre precediese a «Ellie».

El año pasado parecía que no iba a tener muchas posibilidades, pero todo cambió después de que mi hermana se ganara las etiquetas de «violenta» y «no apta». Ahora que estoy en segundo curso, los ojeadores empezarán a mirarme y tendré que ser yo la que consiga la beca completa que ella tenía asegurada.

Pero ese problema pertenece al futuro. Es un problema del día de mañana. Del mes que viene. Ahora, en mi jardín, no tengo que pensar en eso.

Me tapo la cara con la camiseta para protegerme de este sol ardiente y deslumbrante. Bethany sabría qué hacer, si siguiera aquí y no se hubiera mudado a Michigan. Me habría entendido. Con ella podía hablar de todo. Pero, después de que me acusara de ser demasiado dependiente cuando más la necesitaba, me parece que puedo decir sin temor a equivocarme que ya no tengo mejor amiga.

Algo cae a la piscina delante de mí y, cuando las salpicaduras me empapan, pego un bote.

—¿Me echabas de menos?

Stella flota en la superficie sonriendo y moviendo el agua. Lleva un sujetador deportivo azul eléctrico de Cross edgewater y unas mallas cortas. Ladea la cara en forma de corazón, lleva el pelo oscuro y rizado recogido con una pinza y empa­pado.

—Serás gilipollas —le digo protegiéndome los ojos del sol con una mano—. ¿Qué tiempo has hecho?

Es lo único que me sale preguntarle, lo único que la obligará a dejarse de idioteces.

—Tendrás que esperar a mañana para saberlo.

Sonríe con malicia, se hunde y da una voltereta antes de salir a coger aire.

—No me jodas, Stell —le digo—. ¿No me lo vas a decir hasta la pretemporada?

—Digamos que he mejorado.

Vuelvo a recostarme en la tumbona. De repente, estoy nerviosa.

—Ya sabía yo que tendría que haber entrenado contigo este verano.

Pero las dos sabemos que eso no era posible, que mis padres no podían permitirse enviarnos a las dos al campamento de atletismo que también es un centro de salud mental. Igual que sabemos que solo le pueden pagar a una la universidad. La matrícula de la otra tendrá que financiarla una beca deportiva que pensábamos que Stella tenía en el bolsillo. Ahora depende de mí.

Mi hermana nada a braza hasta el otro lado de la piscina y vuelve al ritmo de la canción pop del altavoz.

—Bueno, ¿y qué me he perdido en Edgewater? ¿Algo interesante?

Podría hablarle de Noah, de lo distinta que me siento ahora o de esa bola de vergüenza enterrada en lo más profundo de mi corazón, pero algo me lo impide. Sé que no se lo contaría a nadie, pero es casi como si no quisiera mostrar debilidad. Además, en realidad le importa un comino lo que pase aquí. Stella odia Edgewater en verano, cuando su población se cuadriplica gracias a todos los yupis que se deciden a ocupar por fin las casas de verano y fingen que son gente de campo durante unos pocos fines de semana al año. Detesta el Ellacoya Mountain Resort, el hotel de cinco estrellas que hay carretera arriba en el que trabaja la mayoría de gente de nuestra edad. Pero ¿a quién quiero engañar? Yo también lo detesto ahora que Noah y yo estamos juntos. La familia de Tamara Johnson es la propietaria del complejo.

—No te has perdido una mierda —le digo—. Solo un montón de fiestas que te habrían horrorizado. Nadie ha entrenado demasiado excepto Raven Tannenbaum. La he visto corriendo por los caminos que hay en los alrededores del Ellacoya casi todos los días. Pero su tiempo no cuenta para los ojeadores. Ya lo sabes.

Stella suelta una risita.

—Obvio. Esa pobre chica no tiene proyecto de futuro. Todo le da demasiado miedo. —Se mece en el agua—. ¿Sabes algo de Bethany? ¿Cómo le va en Michigan?

Se me eriza la piel al oírla mencionar a mi antigua mejor amiga y niego con la cabeza.

—No lo sé. Bien, supongo.

No dice nada. De todas formas, Bethany nunca le cayó demasiado bien. Fijo que estaría encantada si supiera que prácticamente ha pasado de mí todo el verano después de que se mudara.

—¿A qué hora es el entreno de mañana? —pregunta.

—A las siete.

Las dos nos quedamos calladas un segundo. Levanto la cara al sol y me pregunto en qué pensará. Si ya está planificando el entrenamiento. Puede que sea su penúltimo año de instituto y su última oportunidad de brillar más que nadie y de conseguir esa plaza en Georgetown que tanto desea, pero yo tengo que defender mis intereses. Con un poco de suerte, tendré una plaza garantizada para el final de la temporada. Ese es el objetivo. Ese es mi sueño. En especial, después de este verano, cuando vi cómo sería la vida si dejo que el futuro se me escape entre los dedos.

—¿Quieres que salgamos a correr esta noche? —le pregunto, intento que mi tono no suene demasiado desesperado—. ¿Unos kilómetros por el Ellacoya?

—Mejor no —dice Stella, que se tiende boca arriba en la piscina y hace el muerto—. Tengo que descansar.

Yo también me tumbo y me pregunto a qué estará jugando y cuánto ha mejorado en realidad mientras estaba en Breakbridge. Pero ese es el problema de mi hermana. Oculta tan bien las cartas que a veces me pregunto si acaso sabe cuáles va a jugar.

3

STELLA

—Vaya, pero si son las hermanas Steckler.

El entrenador Gary cruza los brazos sobre el enorme pecho y separa las piernas. Un gorro azul con el logo del Edgewater le cubre la calva y tiene las piernas bronceadas, como si hubiera pasado los últimos tres meses al aire libre. Cuando la brisa le agita el pantalón corto, atisbo unos muslos blancos como el papel allí donde la piel tostada finaliza en línea recta.

—¿Nos ha echado de menos, entrenador? —bromea Ellie, pero, tan pronto como lo dice, se pone roja como un tomate, como si acabara de acordarse de que está saludando al mismo tipo al que apodaron Entrenador Terror porque el año pasado hizo llorar a un montón de chicas de primero. Aunque consigue resultados. Y eso es lo que le importa a todo el mundo. Es lo que me importa a mí.

—¿A vosotras dos? Qué va —le sigue el rollo. Entorna los ojos oscuros y ladea la cabeza para mirarme—. ¿Te ha sentado bien Breakbridge?

Asiento.

—Más te vale —dice—. Tienes mucho que demostrar este año.

Yo enderezo la espalda y no desvío la mirada.

—Ya lo sé.

Él hace restallar la pompa de chicle.

—Estoy deseando ver hasta dónde puedes llegar.

Se queda mirando algo que hay detrás de mí y yo me doy la vuelta para seguir la trayectoria de su mirada hasta las gradas. Allí, sentada en la primera fila, hay una mujer blanca y menuda con el pelo canoso y gafas de sol que sostiene un portapapeles. No la reconozco de las listas de ojeadores universitarios.

—¿A qué centro pertenece? —pregunto con un nudo en el estómago. Que yo sepa, los cazatalentos no vienen a los entrenamientos. Jo, tenemos suerte si se presentan a las carreras.

—Al nuestro —dice el entrenador con un tono de voz bronco e irritado—. Es de la junta escolar. Quieren saber si va todo bien después de lo que pasó el año pasado.

Ellie suelta un gemido.

—Cállate, Pequeña Steckler —le espeta él—. No tengo tiempo para tonterías. Vosotras sois mi equipo. Mis chicas. Solo tengo que demostrarles que todavía soy capaz de controlaros.

Mi hermana se calla la boca y mira al suelo. Antes de que podamos decir nada más, un vocerío nos interrumpe. Me vuelvo hacia el aparcamiento y veo a Tamara Johnson, Raven Tannenbaum y Julia Heller bajando atropelladamente de un SUV de color rosa metalizado que lleva en el parachoques un adhesivo del Ellacoya Mountain Resort. Posan para un selfi vestidas con la equipación de los entrenos y estallan en carcajadas por alguna broma privada que las demás nunca pillamos. Echan a andar hacia nosotras y Tamara sonríe con las trenzas de boxeador rebotándole contra la espalda. Raven camina con los brazos colgando, pálidos, pecosos y lacios como cuerdas; mira de reojo a Tamara, tan ansiosa como siempre de obtener su aprobación. Julia se ha recogido la melena lisa, de un tono rubio ceniza, en una coleta alta tan tirante que debe de dolerle horrores.

El trío calavera. Julia y Tamara son amigas íntimas desde parvulario, cuando los Heller se mudaron a Edgewater para abrir otra tienda más de su cadena de artículos deportivos de lujo. Se hicieron superamigas de Raven unos años después, lo cual fue una suerte para ella si tenemos en cuenta que, cuando Shira hizo su famosa gilipollez, nadie quería juntarse con las Tannenbaum. Bueno, nadie excepto Tamara y Julia. Ellas no le dieron la espalda. Fue todo un detalle, supongo. Eso no compensa el hecho de que Julia todavía me llame Estéril y siga siendo una imbécil integral. Tamara y ella tampoco son tan rápidas. Pero Raven… Podría ser buena, pero siempre se queda sin fuelle.

El entrenador pasa de ellas.

—Stella, calentamiento —ordena—. Eres cocapitana, ¿no?

Me dedica una sonrisa amenazadora y enarca las cejas. La junta escolar estuvo a punto de quitarme el título el año pasado, después de que me castigaran. Pero el entrenador consiguió que la dirección me dejara conservar el puesto con la condición de que compartiera la capitanía del equipo con otra compañera. Como era de esperar, el equipo votó a Tamara.

Corro al césped que hay en el centro de la pista y me quedo allí parada mientras espero a que las demás se distribuyan alrededor. Este año somos quince en total, contando a las alumnas de primer curso que están de prueba esta semana, y el grupo tiene un aspecto ágil y dinámico. Es evidente que yo me clasificaré para el campeonato estatal, pero podríamos clasificarnos también como equipo si estas tontorronas se ponen las pilas.

—Hola, Stella —saluda Tamara a la vez que se pasa las trenzas por un hombro—. ¿Les damos una charla de motivación a las chicas?

—A lo mejor después de los estiramientos —respondo—. Te puedes encargar tú.

Sonríe tanto que se le ven las muelas y luego les indica a Raven y a Julia que se echen a un lado.

—¡Formad un corro, chicas! —ordena.

Yo salto un par de veces en el sitio y me agacho. Las demás me imitan.

—Pierna izquierda fuera —grito a la vez que hago el movimiento.

Noto que los músculos se me tensan y ceden, es una sensación de resistencia y relajación que conozco bien.

—¡Cambio! —digo de viva voz.

Pero cuando levanto la cabeza para empujar la otra pierna, descubro que nadie me presta atención. Están mirando a otra parte. Han vuelto la cabeza hacia el aparcamiento, donde el entrenador Gary da saltitos sobre la punta de los pies y golpecitos nerviosos con un boli en el portapapeles. A su lado hay una chica alta, con los pómulos marcados, vestida con un pantalón corto de licra y una camiseta negra de running con espalda olímpica. Lleva el lazo azul de Edgewater atado a la coleta oscura y ondulada que le cuelga hasta la mitad de la espalda.

—¿Quién es? —pregunta Tamara. Se estira una trenza, es un tic nervioso que tiene.

—Ni idea —dice Julia.

—Ay, mierda, yo lo sé —dice Raven con voz queda.

Pues claro que lo sabe. Su madre, la señora Tannenbaum, es la secretaria del instituto, así que lo sabe todo.

—¿Quién? —pregunta Julia.

—Es Mila Keene. Me parece que se mudó al pueblo este verano —responde Raven.

—¿Quién? —vuelve a preguntar Julia.

Me da un vuelco el corazón. He oído hablar de Mila. Todas las chicas que compiten en cross country en el corredor nordeste han oído hablar de ella. Ganó el campeonato de Connecticut el año pasado estando en segundo y se rumorea que los cazatalentos de Harvard se han puesto en contacto con ella. ¿Qué narices hace aquí? ¿Y por qué cojones se está acercando?

—He dicho «cambio» —grito. De repente estoy enfadada y sofocada. Cuando me acerco el tobillo izquierdo al muslo, descubro que estoy temblando.

—Sus padres se separaron —sigue hablando Raven, ahora en susurros—. Me parece que su madre consiguió un empleo en el hospital, así que se mudaron aquí desde una urbanización de esas que hay cerca de Manhattan. Su padre se ha quedado en Connecticut. —Se inclina sobre la rodilla—. Al menos eso dice mi madre.

—¿Y por qué no se ha quedado allí? —pregunta Julia.

—Vete a saber —responde Raven en voz baja. Se enrolla un mechón pelirrojo al dedo dejando al descubierto la fila de pecas que le bajan por el cuello.

—Chist —dice Tamara—. Vienen hacia aquí.

Levanto la vista y veo al entrenador y a Mila trotando hacia nosotras. Él hace restallar el chicle y se echa al hombro la bolsa de entrenamiento de Mila, que lo sigue con andares elegantes. Mierda, lleva las Nike de color lila: las Nike lila. Desde aquí veo que llevan las iniciales bordadas en la parte plana de cada cordón. Se me cae el alma a los pies. Yo también las tengo. Todas las grandes estrellas del cross country las tienen, porque Nike se las regaló a las cinco mejores corredoras de los primeros equipos de cada estado el año pasado. Me da mucha rabia no haber traído hoy las mías en lugar de estas ASICS tan cutres de entrenamiento que ni siquiera llevan clavos.

El entrenador Gary carraspea.

—Chicas —vocifera—. Esta es Mila Keene.

Las demás levantan la cabeza y le dedican sonrisas encantadoras que en realidad son empalagosas y falsas. Si Mila se ha dado cuenta de que es una farsa, no lo demuestra. Se queda ahí sonriendo, con los brazos sueltos y relajados junto al cuerpo. No se revuelve en el sitio ni cambia el peso de un pie a otro. Parece encantada de estar aquí. Pero ¿por qué?

—¡Hola! —saluda. Incluso hace un pequeño gesto.

—Acaba de llegar de Hadbury, en el estado de Connecticut, pero como sois tan listas seguro que ya lo sabíais. Irá a la clase de penúltimo año y se unirá al equipo. Si no tenéis cuidado, os va a machacar. —El entrenador me mira a los ojos con una sonrisilla maliciosa—. Haced que se sienta como en casa, ¿vale?

Las cabezas asienten varias veces. Raven se pone de pie la primera y le ofrece la mano.

—¡Bienvenida al equipo! —le dice.

Yo tengo que contenerme para no poner los ojos en blanco. Raven siempre ha sido maja como un helado de vainilla: no está mal, pero prefieres el de galletas.

Tamara la imita y pronto casi todas las chicas han rodeado a Mila para hacerle preguntas y elogiar sus Nike.

Pero yo me quedo en el suelo. Estiro las dos piernas y acerco la cabeza a las rodillas respirando hondo y forzando la sensación tirante en los gemelos.

Cuando por fin levanto la cabeza, tengo que entornar los ojos. El sol brilla con fuerza y, si no nos ponemos en marcha pronto, el calor será insoportable.

Cuando vuelvo a enfocar al resto del corro, descubro que Ellie es la única que está estirando en el suelo. Me mira a la cara y nuestros ojos se buscan rabiosos.

Estamos listas para la batalla.