Érase una vez dos crueles Cretinos. Y esta es la historia de cómo unos niños muy valientes y unos animales bastante raros les dieron toda una lección.
Pero no nos adelantemos.
Porque lo primero que debes saber es cuán crueles eran estos Cretinos.
Sería más fácil pensar en algo agradable que decir de un par de calcetines sudados que sobre los Cretinos.
Eran dos seres miserables, espantosos y repugnantes que odiaban todo y a todos, ¡incluidos el uno al otro!
Cada mañana, puntuales como un reloj, se levantaban y empezaban a tramar las jugarretas más asquerosas y malvadas para gastarse mutuamente.
La preferida de la señora Cretino consistía en meter su propio ojo de cristal en la taza del señor Cretino. Y luego observaba. Allí se quedaba esperando y relamiéndose de emoción hasta que el señor Cretino le daba un sorbo grande y lleno de babas.
—¡PUAAAJ! —farfullaba en cuanto veía aquel globo ocular en el fondo de la taza. La señora Cretino se reía tanto que casi se hacía pis encima.
—¡No te quito el ojo de encima! —se desternillaba.
El señor Cretino era igual de horripilante. Le gustaba colarse a hurtadillas en el dormitorio cuando la señora Cretino dormía y ponerle sobre el pecho un sapo inmenso y colorido. Así que la señora Cretino no llegaba a dormir demasiado que digamos…
¡SCHUPPP! El sapo le daba un lametón en la frente con su lengua larga y pegajosa, lo que la hacía incorporarse con una violenta sacudida. ¡Y el señor Cretino se reía tanto que casi se le saltaban los tirantes!
Sí. Los Cretinos era repulsivamente repugnantes.
Pero incluso quienes todo lo odian aman algo. Y, para los Cretinos, ese algo era el parque de atracciones del que eran dueños: Cretinolandia. Lo habían levantado en el jardín de su casa. Y era lo único que les importaba. Lo único que querían que viese el mundo entero…
¡Y lo lograron!
Bueno, más o menos.
Algunos habitantes de la vecina ciudad de Triperot sí lo vieron, gracias a un anuncio casero de la tele más bien cutre, en el que aparecían los dos Cretinos mostrando a los espectadores una variedad bastante rara de atracciones de feria: una montaña rusa totalmente destartalada, una especie de retretes giratorios y un barco pirata que parecía estar construido con viejas latas pegadas.
Para Beesha y Bubsy, un par de huérfanos de la ciudad que pasaban por el taller de reparación de televisiones justo en el momento en que las pantallas del escaparate emitían el anuncio, resultó un toque de color en su universo gris.
Beesha se rio:
—Eso tiene pinta de ser …
—… ¡el sitio más ALUCINANTE del mundo! —la interrumpió Bubsy aplastando su carita contra el cristal para no perderse ni un detalle.
—Eh… Sí… —Beesha arqueó una ceja—. No iba para nada a decir «horripilante» y «patético».
—Pero, Beesha… —siguió Bubsy con los ojos ABIERTOS de par en par de la emoción—, ¡si tienen atracciones hechas con váteres!
—Claaaro, ¿y a quién no le chifla algo así? —respondió Beesha con una sonrisa—. Muy bien, pequeño Bubsy, te prometo que te llevaré a montar en las atracciones de Cretinolandia antes… —se llevó las manos al pecho con fingido terror— ¡antes de que la semana que viene te adopten y me abandones para siempre! —Y a continuación sonrió de oreja a oreja y lo abrazó con fuerza.
Pero Beesha no pudo mantener su promesa a Bubsy, porque, en ese mismo instante, al otro lado de la ciudad, a los Cretinos los estaba saludando el primer (¡y único!) visitante de Cretinolandia: un funcionario de la ciudad de Triperot que había ido hasta allí para darles una mala noticia.
—¿Cómo que «ruinoso»? —La señora Cretino leyó en voz alta el texto del gran cartel que el funcionario colgaba a las puertas del parque.
Pues sí. Ruinoso. La ciudad había decidido cerrar Cretinolandia por ser un auténtico peligro, estructuralmente inestable, y apestar a carne de perrito caliente rancia.
—¿Carne de perrito caliente RANCIA? —La señora Cretino profirió un chillido de indignación tan agudo que las bombillas del letrero de Cretinolandia explotaron en mil pedazos.
Y el señor Cretino rugió de un modo tan atronador que, a kilómetros de distancia, la gente pensó que se avecinaba un huracán. (De hecho, así era, aunque no del tipo que esperaban).
Así pues, los Cretinos siguieron chillando y rugiendo hasta que se puso el sol. Y después se fueron a la cama con una nueva idea en sus lúgubres mentes: venganza.
Porque Cretinolandia era la criatura de los Cretinos y se la habían arrebatado. Así que juraron hacerle a la ciudad de Triperot lo que esta le había hecho a Cretinolandia.
Le gastarían una jugarreta tan asombrosamente asquerosa, tan condenadamente CARNOSA, que las vidas de todos cuantos vivían en Triperot —sobre todo las de Beesha y Bubsy— cambiarían para siempre.
Amaneció un día estupendo en Triperot. Los pájaros cantaban. El tráfico fluía con agradable normalidad. Y la mayoría de las personas se dedicaban a sus asuntos con una sonrisa.
La mayoría.
—¡QUÍTATE DE EN MEDIO! —El señor Cretino asestó un manotazo al capó del coche frente al que se había plantado y miró amenazante al conductor a través del parabrisas.
El conductor se amedrentó. El señor Cretino no tenía pinta de ser el tipo de hombre con quien se pueda discutir. Su barba inmensa y picuda era una masa informe de retorcidas cerdas que comenzaba en sus orejas y le recorría toda la cara hasta las aletas de la nariz, para finalmente caerle hasta la panza; y todo él proyectaba una sombra inmensa encima del coche. Sus diminutos e iracundos ojillos los enmarcaban dos cejas igual de densas y pobladas. Todo ello rematado por una mueca dibujada por unos dientes cuadrados que daban a entender que no dudarían en MASTICAR cualquier cosa que se les pusiera a tiro.
—Lo siento —aulló el conductor.
—¡Más te vale! —El señor Cretino le dio otro puñetazo al coche, lo pisoteó y rebotó en el techo antes de largarse con la señora Cretino.
—Buenos días —saludó una mujer muy sonriente desde la casa de enfrente al pasar los Cretinos como dos ñus por delante. A la señora Dee Dungle le gustaba sonreír a la gente. Y saludar. Muchísimo.
A la señora Cretino no le gustaba para nada.
Le devolvió el saludo con el ceño fruncido y aquel inmenso peinado verde y morado ondeando al viento:
—¿Qué tienen de buenos?
—Eh… Esto… —Dee Dungle miró a su marido, Horvis, que estaba cortando el césped. A veces cuesta pensar en algo concreto que haga que un día sea bueno. La familia Dungle solo se tenía a sí misma—. Es un buen día porque brilla el sol —dijo al fin Dee Dungle con una SONRISA a la señora Cretino, que la fulminó con la mirada. Cómo no.
—Yo también lo creo —añadió Horvis para hacer hincapié en la actitud positiva de su mujer—. Sin duda.
—Bah —gruñó la señora Cretino blandiendo su bastón. (En realidad, no necesitaba el bastón para andar. Sencillamente le gustaba zurrar con él. A perros. Gatos. Niños pequeños)—. Viejo cebollino podrido.
Por suerte para los Dungle, los Cretinos no se entretuvieron en charlas porque tenían cosas que hacer.
Se metieron por el siguiente callejón, muy pegados a los edificios para que nadie los viese. Al final DOBLARON la esquina y llegaron merodeando entre las sombras hasta un camión en el que ponía CARNE LÍQUIDA. (Si alguna vez te has comido un perrito caliente, te sonará mucho… ¡porque es esa sustancia rosa y pegajosa que se mete dentro de la piel de las salchichas para hacerlos!).
Los Cretinos se guiñaron el ojo el uno al otro y se quedaron al acecho.
La conductora ni los vio. Silbaba una alegre musiquilla cuando desenganchó la inmensa manguera de la parte de atrás del camión y la empezó a conectar a la fábrica de perritos calientes que había detrás.
Fue en ese momento cuando los Cretinos se pusieron en acción. Antes de que la conductora pudiese gritar siquiera «¡PAREN!», ya se habían largado. La señora Cretino cogió el volante del camión, apretó el acelerador al fondo y salieron disparados calle abajo con la manguera coleando por detrás.
BRUMMM. Atravesaron la ciudad a toda pastilla, dejando atrás edificios, tiendas… y el parque de bomberos.
A su paso las cabezas se giraban. La gente chillaba. Y coches y peatones se apartaban. Hasta interrumpieron al alcalde, el señor Wayne John John-John (¡un nombre tan genial que sus padres se lo pusieron tres veces!). Estaba a punto de cortar la cinta de delante de una estatua nueva que parecía un gran garabato rosa cuando los Cretinos pasaron como una exhalación, dejando a todos los presentes tosiendo en medio de una nube de polvo.
El camión frenó al fin con un chirrido junto a la torre de agua de la ciudad, y los Cretinos salieron de un brinco. Se quedaron allí plantados un momento, mirando la estructura con el ceño fruncido. Con aquellas patas de metal tan LARGAS y el gigantesco tanque en lo alto, a la señora Cretino le recordaba a una araña enorme y larguirucha. Del tipo que a ella le gustaba encontrar en el cobertizo, metérsela en el bolsillo y después sacarla a la hora de la merienda ¡para plantársela al señor Cretino en el plato!
Pero esta torre no era para atrapar, sino que de ella salía toda el agua de la ciudad. Lo abastecía todo: grifos, retretes, hospitales, restaurantes, colegios… y cada casa de Triperot.
A la señora Cretino los ojos le brillaban con picardía cuando sacó una llave inglesa del bolsillo de su viejo vestido vaquero.
—¿Preparado, asquerosa antigualla mugrienta? —le preguntó al señor Cretino.
—¡Preparado, viejo monstruo agusanado! —contestó. Y a continuación siguió a la señora Cretino a la parte posterior del camión para entre los dos arrastrar la inmensa manguera de carne líquida hasta la torre.
Tardaron solo cinco minutos en montarlo todo. Tras enganchar la manguera a la parte de arriba de la torre de agua, comenzó a filtrarse en el sistema de agua de la ciudad una sustancia pulsante, pútrida, pringosa y apestosa de color rosa.
Desde lo alto de la torre, hasta donde habían subido los Cretinos, estos tenían una vista perfecta de su terrible treta.
—¡Pero mira cómo va el pringue! —El señor Cretino soltó una risa gutural—. Qué buena pinta tiene, ¿eh?
La señora Cretino asintió:
—Qué bien sabe la venganza.
—Mejor que el pastel de pájaro —añadió el señor Cretino.
—NADA sabe mejor que el pastel de pájaro. —La señora Cretino se le quedó mirando un momento. Entonces comenzó a reírse como una loca y empezó a bailar de felicidad, meneando sus botas vaqueras y haciendo con los brazos círculos y movimientos en el aire.
Se le unió el señor Cretino, dando vueltas y girando, retorciéndose y enrollándose, mientras su agreste barba se agitaba y balanceaba, y lanzaba también trozos resecos de comida y bichos que vivían dentro de ella disparados en todas direcciones.
Mientras tanto, empezaron a escucharse unos ruidos muy extraños por toda la ciudad. Ruidos de GORGOTEO. Tintineos. Y estruendos también. Las tuberías se sacudían y temblaban cuando la carne líquida se extendió por el sistema y comenzó a brotar por grifos, váteres y bocas de incendio. Estaba por todas partes. ¡En los bares! ¡En los grandes almacenes! Hasta el lavadero de coches se había inundado con aquella mugre rosa y espumosa.
Y en lo alto de la colina, ya de vuelta en su casa, los Cretinos lo observaban todo con una alegría desmedida. Tenían el pecho inflado de orgullo y triunfo. Sus ojos diminutos y saltones brillaban de placer. Aquello había salido incluso mejor de lo que habían planeado. Y entonces…
¡BUUUM!
La torre de agua de la ciudad explotó, y dio comienzo el caos cárnico.
A Burl Pañuelo, tararear lo calmaba muchísimo. Al igual que darse un paseíto después de comer, que era lo que estaba haciendo en aquel preciso instante. Esperaba bajar la comida con aquel paseo por las calles de Triperot. Su trabajo como responsable del único orfanato de la ciudad era muy estresante. Y no por los críos. Burl los adoraba. Lo difícil era encontrarles un hogar. No, no solo un hogar. ¡Un hogar MAGNÍFICO! Con gente maravillosa. El problema era que ahora mismo no había demasiadas familias que buscaran una boca más que alimentar.
El dinero no era precisamente algo que abundara en Triperot.
—Na, na, na, na, naaa —tarareaba con la intención de alejar sus preocupaciones.
Porque no siempre fue así de complicado…
Mientras recorría la calle y pasaba por delante de tiendas vacías y escaparates tapiados, Burl recordó lo bonita que había sido la ciudad y el ajetreo que antes había en sus calles cuando empezó a trabajar en el orfanato. En aquel entonces, el GIGANTESCO lago de la ciudad había convertido a Triperot en un imán para los turistas. Habían aparecido nuevos negocios. Muchas familias se fueron a vivir allí y los vecinos se preocupaban unos de otros.
Pero ya no. El agua del lago Tripe se había evaporado, y los trabajos también. Las tiendas habían cerrado. Los edificios estaban en ruinas. Y a la gente le costaba una barbaridad llegar a fin de mes. Si a Burl ya le resultaba difícil juntar el dinero suficiente para dar de comer a los chavales del orfanato, más aún era encontrarles una familia.
Suspiró y se metió por otra calle. Tarareaba todavía más alto, y así casi tapaba los RUGIDOS que emitía su tripa. Preocuparse por los niños siempre hacía que se le revolviese un poco el estómago (aunque probablemente el bocata de carne de tres pisos que se acababa de zampar para el almuerzo también tuviese algo de culpa).
—Titirííí —tarareaba.
A pesar de aquellas preocupaciones, Burl era uno de esos tipos que siempre ven el vaso medio lleno. Así que, cuando un COLOSAL PEGOTÓN de carne líquida lo golpeó de repente en la nuca, lo primero que pensó fue «¡Chupi! Carne gratis».
Sin embargo, cuando se dio la vuelta para ver de dónde le había venido, casi se le salieron los ojos de las órbitas. Los cerró rápidamente con la esperanza de que aquel aterrador muro de porquería rosa que había tras él fuese producto de su imaginación. Pero por desgracia, cuando abrió los ojos de nuevo, allí seguía: un tsunami gigantesco de veinticinco metros de alto que se precipitaba hacia él a casi doscientos kilómetros por hora.
De la garganta de Burl salió un extraño «ah, ah, aaaaaaaaaaaah, ¡AAAAAAAAAAAAH!» antes de empezar a trotar. Luego a correr. ¡Y finalmente a ESPRINTAR! Pero aquella ola de carne le pisaba los talones, cruzaba los pasos de cebra, inundaba las aceras y arrasaba cuanto encontraba a su paso: las señales de tráfico, las mesas y sillas de las cafeterías, ¡los perros! Hasta barría los coches, que se quedaban pegados a ella como si esta fuese una tira matamoscas gigante de color rosa.
Mientras tanto, en el orfanato de Burl todo estaba tranquilo (bueno, todo lo tranquilo que puede estar un edificio de esquina cochambroso, con ventanas que dejaban pasar las corrientes de aire y paredes muy finas, encajonado entre la vía del ferrocarril y una autopista con muchísimo tráfico).
En el piso de arriba, en las habitaciones, Beesha, Bubsy y sus amigos estaban disfrutando de un rato juntos, totalmente ajenos a la carnicería que ARRASABA su barrio en aquel momento.
—Vale, pues creo que ya estamos preparados. —Beesha quitó la tapa del objetivo de una cámara de vídeo y miró por el encuadre. Se alisó su largo pelo castaño y le dio al botón de grabar—. Bueno, Bubsy, chavalín, el gran día se acerca. Así que dime cuál es el recuerdo favorito de tu estancia en el Orfanato de Triperot.
Y a continuación movió la cámara para enfocar directamente a Bubsy, que no dejaba de rebotar arriba y abajo en la cama junto a la de Beesha. Tenía una pelota de baloncesto en las manos que apretaba con fuerza y una sonrisa mellada tan enorme que parecía recorrerle toda la cabeza, desde una oreja hasta la otra pasándole por la nuca.
—Vale, vale, vale, valeee… Hum… Ah, ya sé —dijo Bubsy—. Mi recuerdo favorito es… la vez que acabé con una patata dentro de la nariz.
—¿Cómo? —Beesha frunció el ceño—. Pero ¿cómo va a ser ese tu…?
—Que sí —insistió Bubsy—. ¿No te acuerdas, Beesh? Me hiciste reír tanto que acabé resoplando, así que la patata salió disparada y acabó en tu vaso de leche.
—¡Y ahora ya no bebo leche! —Beesha desplazó la cámara hacia un chico muy pálido que observaba con atención—. ¿Harold? A Bubsy lo adoptan la semana que viene. ¿Cómo te gustaría que te recordase?
El niño abrió los ojos DE PAR EN PAR:
—Pues yo… En fin… ¡Yo guardé esa patata! —Y acto seguido sacó un frasco de debajo de la cama y lo levantó.
Beesha se quedó mirando durante un instante el tubérculo en estado de putrefacción y, a continuación, añadió:
—Qué guay, supongo… —Apuntó con la cámara al resto de los huérfanos y las huérfanas, que se iban despidiendo de Bubsy con una inclinación de cabeza. Entre ellos estaba Tuna, una niña pequeña con una buena mata de pelo rubio, que levantó la vista del dibujo que estaba pintando para sonreír y saludar con la mano. Beesha le dio la vuelta a la cámara para grabarse a sí misma—. Bueno, Bubs, yo voy a echar de menos… ¡todo de ti! —Abrió el plano para que cupiese Bubsy también—. Voy a echar de menos lo bien que bailas. Y cada vez que tengo que sacarte la pelota de baloncesto del techo cuando la lanzas entre las vigas, y arroparte por la noche y… —Se encogió de hombros—. No sé, simplemente verte crecer.
Bubsy se empezó a reír cuando Beesha le REVOLVIÓ el pelo, y ambos se dieron un abrazo. Pero el momento se vio empañado por el repentino sonido de un trueno ensordecedor procedente de la calle.
—¡Por todas las rayuelas…! —Beesha soltó la cámara y fue directa a la ventana. Se quedó tan alucinada por lo que vio fuera que durante un segundo no pudo hablar. Y entonces gritó—: ¡Señor Pañuelo!
Burl seguía corriendo como si no hubiese un mañana. Solo que ahora le faltaba el aire. Tenía la cara morada. Y se arrastraba hacia el orfanato como un náufrago en una playa.
—Tranquilo, ¡que ya voy! —gritó Beesha antes de empezar a bajar las escaleras de dos en dos, LANZARSE por el primer tramo y deslizarse por la barandilla del segundo. Pero, cuando abrió la puerta principal, la ola de carne entró de sopetón y se llevó a Burl con ella.
Bueno, habría sido así si Beesha no lo hubiese agarrado por la pernera del pantalón justo a tiempo. Sujetándolo con todas sus fuerzas, se las arregló para remolcar a Burl y que aterrizase sano y salvo en el porche, como si fuese un salmón bien grande recién pescado del mar.
Ambos se desplomaron, resoplando y jadeando.
—¡Señor Pañuelo! ¡Beesha! —Bubsy y el resto de los huérfanos salieron por la puerta a toda velocidad, con los ojos como platos y los pelos de punta—. ¿Estáis bien?
—Estamos bien —dijo Beesha al tiempo que se ponía de pie y se sacudía aquella mugre rosa de su camiseta verde.
—Pero ¿qué era esa cosa? —Bubsy miró el río de pringue que aún se extendía por el porche.
Beesha se olfateó las manchas de la camiseta y se estremeció.
—Puaj. Qué asco. Creo que es esa carne líquida repugnante que se usa para hacer perritos calientes.
Burl METIÓ un dedo en el charco que se le había hecho en la chaqueta y lo chupó.
—Mmm. Tienes razón. Y además es de la buena.
—Bueno, da igual lo que sea —dijo Beesha mientras lo rodeaba con los brazos—. Me alegro mucho de que no se haya ahogado en ella, señor Pañuelo.
—¿Ah, sí? —preguntó este con una tímida sonrisa—. Oh, qué bien. —Se le había puesto la cara roja como un tomate—. Se me ha olvidado darte las gracias por salvarme la vida, Beesha. Mi madre siempre me decía que era un niño muy desagradecido… La mayor decepción de nuestra familia. En fin, que muchas gracias.
—De nada —dijo Beesha—. El mundo es un lugar mucho mejor con usted en él, señor P.