Prólogo Mara
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PRÓLOGO
Mara

Los muertos se resisten como si aún tuvieran algo por lo que vivir.

Este cuerpo resultaba más pesado que los demás al seguir los pasos de la Muerte. Pero no era con ese agotamiento del humano que tiene que arrastrar un cadáver, porque la Muerte cuenta con todo el equipamiento necesario para condenar a los muertos. Cuando invoca fuerza, esta responde. Cuando es necesaria la tentación, luce belleza como si se tratara de una armadura. Y, cuando tiene que estar a la altura de su fama despiadada, la Muerte lo está, por supuesto.

No conviene olvidarlo.

No, lo que la ralentiza es el peso del alma del hombre. Una oscuridad que envuelve su corazón detenido, que le cubre la piel fría con pecados del pasado, resbaladizos como el aceite bajo el tacto de la Muerte. Esta arrastra por el tobillo al hombre que suplica, atraviesa el lodazal empantanado mientras lo lleva agarrado solo con los dedos imprescindibles. A la Muerte no le gusta mancharse las manos. Puede que el hombre esté muerto en el mundo de los vivos, pero, aquí, la muerte es una merced que hay que ganarse, así que el cuerpo rígido se retuerce por el barro mientras suplica clemencia y se le llena la boca abierta de lodo negro.

La Muerte no mira hacia atrás. Ya sabe cómo es el rostro del deber. Está tan condenada como las almas con las que carga.

La espesa niebla repta por el mundo inmerso en la podredumbre. Ahoga al hombre que arrastra, se arremolina en el camino de la Muerte. Entre los vapores ominosos, la Muerte se detiene bajo un árbol podrido para recuperar el aliento. Por suerte, el mar de niebla en el que el hombre se ahoga ahora ha mitigado el hedor de su alma mancillada. La Muerte aprovecha el momento de calma para escudriñar entre las ramas desnudas que se alzan hacia un cielo siempre gris. Los árboles retorcidos brotan del barro como dedos huesudos, señalan hacia la vida que hay más allá de este cementerio con pretensiones.

La Muerte no se inmuta ante lo escalofriante de su lugar de nacimiento (lo es, en sentido metafórico, claro); camina entre los árboles blanquecinos, siempre con el alma a rastras. El musgo cuelga de cada rama y le acaricia la cara como si fuera un espantoso velo. Como si fuese una novia que regresa tras haberse fugado.

El Mors da la bienvenida a los suyos.

La Muerte sigue arrastrando el alma entre los árboles esqueléticos y ríe al abrirse camino por las cortinas de musgo. A los árboles les encanta chismorrear. Los hay que solo oyen el susurro del viento entre las ramas, pero los que han visto en persona a la muerte siempre la reconocen en la voz de los demás.

Los huesos crujen a los pies de la Muerte. El alma, con el tobillo magullado bajo los dedos delicados de una mujer de engañoso atractivo, grita cuando un fémur amputado le araña la piel embarrada (hasta la Muerte reconoce que con lo de los huesos se excedió un poco). La sangre le corre por el brazo y empapa la tierra putrefacta, que absorbe con ansia una vida que rara vez le es dado probar. El hombre aúlla cuando, debajo de él, el terreno empieza a respirar como la criatura babeante que es.

—Todavía no —reprende la Muerte con voz amable al apetito voraz de la tierra.

La respuesta es una suave vibración bajo ella mientras el alma sigue forcejeando con violencia.

La Muerte desenvaina con la mano libre una espada larga, ennegrecida, y utiliza la punta manchada de almas para apartar los huesos que le bloquean el paso (porque tampoco le gusta ensuciarse las botas).

Al ver la hoja, que ahora gotea un vapor negro como la tinta, el hombre aúlla de nuevo:

—¡Por favor! ¡Deja que me vaya, por favor! ¡Te…!

—No hace falta gritar. —La voz de la Muerte es delicada, tal vez se podría decir que suena hasta sincera. Por primera vez desde que la arrancó de entre los vivos, se vuelve para mirar al alma que arrastra. «Resulta fascinante lo poco memorable que es», piensa al recorrer con los ojos ambarinos el pelo castaño sucio, las facciones llenas de barro. Pero tiene el miedo en el rostro, y eso es aburrido, aunque también familiar—. Aquí no te oye nadie —termina de decir.

El hombre parpadea, espantado.

—P-pero… tú me oyes…

La Muerte se concede un momento de compasión hacia esa alma.

—No soy quien querrías que respondiera a tus plegarias.

La punta de la espada negra le cuelga de la mano y la arrastra por el terreno reseco, levantando chispas a su paso. El hombre farfulla algo.

—No te preocupes por los huesos —le responde la Muerte—. Los pongo por el efecto que causan.

—¿Q-qué? —se atraganta el hombre.

—Los humanos albergan muchas expectativas sobre la muerte. Todos la temen, sí, pero se pasan la vida preguntándose si será tan terrible. —La Muerte se humedece los labios, y dice… la verdad, como suele ser habitual. No tiene tiempo para guardar las apariencias—. No quiero decepcionaros.

Por suerte, el hombre deja de forcejear.

—Entonces, los huesos… ¿no son reales?

—Qué pregunta tan tonta. —Ahí vuelve la adorable brusquedad de la Muerte—. Sobre todo, teniendo en cuenta que ya sabes la respuesta.

La cooperación del alma no ha durado mucho.

La Muerte suspira y suelta el tobillo del hombre. Los árboles cenicientos se alzan sobre ellos, y el alma parpadea al contemplar el musgo de las ramas desde la tierra corrompida. La Muerte saca de su capa un pañuelo para limpiarse de las manos la mugre del alma pecadora.

—Ya te puedes ir.

El hombre se incorpora de repente. El lodo le gotea por la barbilla, igual que la incredulidad que se le derrama de la boca.

—¿P-puedo… irme?

—O quédate ahí tumbado, si quieres. —La Muerte se encoge de hombros. Y eso, justo eso, hace que el hombre se estremezca a sus pies. Es un gesto despreocupado, como si hubiera llevado puesta una piel humana que no le sentara del todo bien—. Puedes hacer lo que te parezca —se limita a señalar.

—Pero… ¿qué tengo que hacer? —pregunta el hombre, titubeante.

—Busca la salida del Mors. —La Muerte da un paso hacia atrás—. O no.

El alma se pone de pie como puede antes de empezar a preguntar:

—¿Se puede salir de aquí? ¿Qué he de buscar? ¿Podré volver a casa?

La Muerte no responde a nadie. Los deja con una promesa a la que muchos se han aferrado toda la eternidad.

—Aquí estás solo. A menos que encuentres la salida.

Entonces se da la vuelta y condena a esa alma a la soledad.

Pero en realidad el hombre nunca estará solo del todo.

La Muerte alza la vista y ve un enjambre de almas, casi un mar. Es como un manto ondulante, los cuerpos cubren cada centímetro de la tierra yerma. Hay desesperación en cada rostro, en cada alma que busca su liberación. Se atraviesan unas a otras, ignorantes de todo lo que no sea la soledad que las devora desde dentro.

La Muerte las atraviesa, pasa entre ellas como una guadaña que cortara las sombras.

Al volver la vista atrás, ve al alma más reciente, que busca la salida en la tierra agrietada. La esperanza le ilumina los ojos al escarbar entre el barro, sin distinguir a las docenas de almas que hacen lo mismo a su alrededor.

La Muerte aparta la vista, decepcionada.

Al final todas se desgastan, se apagan. El aislamiento les devora la mente, pero las que no son capaces de aceptar su destino siguen buscando una salida. El zumbido constante de los alaridos de esas almas es la canción de cuna a cuyo ritmo camina la Muerte. Porque, muchas veces, sin saberlo, armonizan su pesar.

Hay llantos, claro (es la reacción más obvia). Luego están las almas que miran con la vista desenfocada el cielo opaco; llevan allí mucho tiempo y ya no tienen energías para hacer nada más. Y también están las que han registrado cada palmo del Mors en busca de su libertad y han perdido la razón.

Hay un alma en concreto (la Muerte conoce a todas y cada una de sus víctimas, y esta mujer lleva casi un milenio en el Mors) que le está dando zarpazos a un árbol susurrante.

—¡Déjame entrar! ¡Déjame entrar! ¡Sé que estás ahí!

La Muerte aparta la mirada y pasa de largo junto a una mujer que implora buscando refugio bajo un árbol. Su susurro le resulta familiar; el alma que hay dentro es amiga. Así que la Muerte se sienta entre las raíces retorcidas del árbol y apoya la cabeza contra el tronco gris. Cierra los ojos y tira de los cordones deshilachados de los que penden todos los humanos. La Muerte no elige a quién dejar caer de la cuerda floja, solo a quién coger primero cuando cae.

Este es su destino: acompañar a otros hacia él.

Innumerables líneas vitales brotan de la mente de la Muerte como una compleja telaraña. Juega con las que ya se están desgastando: una mujer a la que casi ha arrollado un caballo desbocado; un niño que se mete en la boca una fruta tan jugosa como venenosa; un hombre cuyos enemigos acechan en un callejón oscuro. Pero la Muerte no pierde el tiempo con peligros posibles, con amenazas de fin. No, busca una vida que ya se esté apagando, un alma que haya perdido el equilibrio en la cuerda floja.

Un hombre aparece en la mente de la Muerte. Tiene el pelo dorado desaliñado y los ojos verdes enloquecidos. Grita, perturbado, aunque las palabras le llegan amortiguadas.

Pero no es eso lo que sobresalta a la Muerte, y pocas cosas suelen hacerlo. Esos rasgos le resultan familiares, como un recuerdo lejano que la hace detenerse en seco.

Unos rostros adustos lo rodean, relampaguean en la mente de la Muerte antes de que sienta cómo su cordón de la vida se deshilacha sin remedio.

El hombre se lleva un frasquito a los labios y bebe.

El destino corta la cuerda que antes era fuerte, pone fin demasiado pronto a una joven vida.

La Muerte ahoga una exclamación. Algo le arde en el pecho vacío.

Esta muerte es diferente. Es personal, íntima.

La Muerte, sorprendida, frunce el ceño y trata de entender la conexión que tiene con él. Pocos humanos la han llegado a intrigar, y ninguno se parecía a él. Al menos en esta vida.

Este hombre ha probado la muerte por su propia voluntad. Ha renunciado a su futuro. Y la guardiana del Mors quisiera saber por qué.

Se incorpora. Sacude la cabeza. Incluso esboza una sonrisa.

La Muerte había jurado que moriría antes de volver a poner un pie en Ilya.

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CAPÍTULO 1
Kitt

La plaga me abrasa la garganta.

Así debe de ser el sabor del poder.

Las protestas de los sanadores son un zumbido apagado que se entremezcla con los gritos de los eruditos que nos rodean.

Veo la ola de incredulidad que se abate sobre sus rostros borrosos.

Ordené que me trajesen esa dosis perfeccionada.

Ahora les toca a ellos mantenerme con vida.

Necio, imprudente, loco… No me importa.

Tengo grandes planes para Ilya.

Solo he de esquivar a la Muerte.

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CAPÍTULO 2
Mara

La vida es mucho más aburrida que cuando la Muerte la tenía. Esto la entristece en cierto modo. Estaba dispuesta a dejarse impresionar por la humanidad.

Es una pena. Inspira hondo con desaprobación (el aire sabe a humo y las hojas podridas crujen bajo sus botas) y sigue el rastro del alma que ansía reunirse con ella. Por supuesto, no necesita aire en los pulmones, pero es difícil abandonar algunas costumbres, como la de llenarse los pulmones para seguir con vida. Porque la Muerte ha decidido apreciar esos detalles que los humanos a veces no valoran, y la respiración es una de ellas.

De modo que, con los órganos inútiles llenos de aire húmedo, la Muerte cruza los terrenos del castillo con paso seguro, como si perteneciera a la familia real.

Pese a la monotonía que cubre el reino como un manto, aquí hay algo que le resulta vagamente familiar. Los árboles son nudosos, retorcidos, inclinados bajo la mano implacable del tiempo. Hasta el cielo parece haber perdido su habitual vitalidad cuando la muerte acaricia con los dedos las piedras blanquecinas del castillo.

Sí, todo es mucho menos brillante de como lo recordaba.

Los guardias pasan ante ella como en una procesión desangelada, sin prestar atención a la mirada atenta de la Muerte. No le importa que no la reconozcan, que nadie se fije en ella. Todo lo contrario, ha aprendido a disfrutar de este nicho tranquilo desde el que observa a los vivos. La Muerte desempeña una tarea muy complicada, como es de imaginar, pero los problemas triviales del ser humano la distraen.

Un humano que se preocupa por una mancha que le ha salido en la piel. Otro que se come de mala gana un cuenco de gachas que cree que no están a su altura. Otro más que discute con su amante por lo que, a todas luces, es un malentendido.

Por lo visto, son esas cosas por las que vale la pena vivir. Y eso a la Muerte le parece de lo más gracioso. Su pasatiempo favorito, cuando no está recogiendo almas y guiándolas hacia una soledad enloquecedora, consiste en lo que muchos llamarían espiar, aunque sería un error considerarlo así. No, su observación es fruto de la curiosidad, de la investigación para contribuir a su ocupación principal, a su pasión por lo trivial (los seres humanos) y lo trágico (sus tediosas vidas).

Porque la Muerte es mucho más que lo que su propio nombre sugiere. Al fin y al cabo, es una dama, y ese hecho debería resultar ya de lo más interesante. ¿Y no puede una dama tener aficiones?

La Muerte se toma su tiempo para recorrer los innumerables pasillos del castillo. No tiene la menor prisa en hacerlo, a diferencia de los vivos. Además, apenas queda ya nada nuevo que explorar. El tiempo ha dejado casi intacta esta parte del pasado. Es evocador, pero a la Muerte no le agrada. No le gusta que le recuerden su mayor equivocación.

La Muerte se arrebuja entre los pliegues de su capa y camina entre los rayos de luz que acarician los suelos alfombrados. La presión en el pecho se le acentúa con cada paso que da mientras se dirige hacia el alma que se encuentra al otro extremo del cordel. Porque, en todos sus años como Muerte, jamás había visto a un Azer tan deseoso de despedirse del poder.

Los reyes no suelen morir con elegancia ni tampoco con dignidad. Precisamente por eso le gusta pasar tiempo con esta gente. Incluso cuando la miran desde la tierra embarrada del Mors, siguen siendo dominantes. Es fascinante ver cómo un ser humano poderoso se da cuenta poco a poco de lo que ha pasado a ser: un alma a la deriva, atrapada en la red del destino.

—Con todo el respeto, majestad, ¿eres consciente de que esto es una locura?

La cortés incredulidad emana de una habitación en penumbra hacia la que la Muerte se ve atraída. El alma que hay dentro la llama, se desmorona bajo el peso de una decisión irreparable. La conexión de la Muerte con los humanos es muy profunda, como si estuviera unida a ellos por las venas y sus corazones latieran al ritmo de la misma melodía. El corazón se le enfrió hace mucho tiempo y ya no se mueve en su interior, pero la Muerte se reconoce en el que palpita a pocos pasos y pronto dejará de hacerlo.

Esta alma es tan idiota como para albergar esperanzas.

Igual que la Muerte, hace ya tanto tiempo.

—Soy consciente —responde otra voz masculina, esta mucho más suave. No parece un hombre a punto de morir—. Pero hay que hacerlo. ¿Cuento contigo?

La Muerte se detiene en el pasillo con curiosidad, retrasando su entrada y el encuentro al que se dirige. No hay por qué sobresaltar al alma moribunda delante de otros. La Muerte no es ningún monstruo. Su conexión con este hombre le permite un contacto físico, la capacidad de verse. Pero la Muerte no está acostumbrada a que los vivos o los casi vivos la vean a ella. Va a ser una novedad incómoda para ambos.

—Sí, majestad. —Es de nuevo la primera voz. La Muerte advierte que suena como si su propietario estuviera acostumbrado a hablar siempre en tono cómico, casi como si fuese incapaz de tomarse en serio a sí mismo—. Cuenta conmigo. Solo espero que…, eh…, que vivas para contarlo.

Este comentario, unido a su curiosidad infinita, hace que la Muerte extienda hacia el hombre una hebra de su poder. No tiene el alma marcada para el Mors. Todo lo contrario, ve su vida con claridad, y va a ser larga, más feliz que la mayoría.

La Muerte suspira. Por enésima vez en décadas, se maravilla ante la importancia que los humanos se conceden a sí mismos. No hay alma que no se crea digna de que la Muerte en persona la aceche. Pero la verdad es que es una mujer muy ocupada. No puede perder el tiempo con las paranoias del hombre sobre su posible presencia.

Para captar la atención de la Muerte, hay que morir.

—Esperemos que Blair se porte bien. —Otra vez la voz firme—. Si necesitas algo, estaré aquí.

Se escucha un susurro de ropas al moverse y una sombra se enrosca sobre la alfombra. Un hombre, vestido de un blanco cegador, se detiene en la puerta. Vuelve hacia el rey el rostro cubierto por la máscara.

—No es que sirva de nada viniendo de mí, pero lo que haces por el reino me parece admirable. Y Calum es un gran tipo. Ojalá os pueda servir a ambos.

«Qué sincero», piensa la Muerte. Pero no tiene sentido decir nada más.

La Muerte valora mucho las palabras cargadas de sentido, esas que llenan los ojos de lágrimas y ablandan hasta el corazón más duro. Los sentimientos son una de las pocas cosas que los seres humanos hacen bien.

—Gracias, Lenny —responde en voz baja el rey.

La Muerte piensa que está vacilando. En realidad, tiene muchos pensamientos, casi todos a la vez, pero ninguno se refleja en sus rasgos plácidos. Su porte y su expresión son estoicos, con la profesionalidad que da la práctica.

Para tener la edad que tiene, es muy atenta.

El tal Lenny sale al pasillo con una sonrisa que se le va borrando mientras avanza. Parece nervioso y muestra una expresión inquieta en su rostro pecoso que no parece adoptar a menudo. La Muerte lo observa con atención, se fija en los mechones de cabello rojizo que se sacuden con cada zancada desmañada. Así que, cuando se vuelve de pronto hacia ella, se lleva un susto de muerte (como suelen decir los vivos, aunque se trate de una obvia exageración para la que nunca dio su consentimiento).

Lenny frunce el ceño, inseguro. Luego, sus ojos amables se encuentran con la mirada fría de la Muerte.

Se queda clavada a la pared como un trofeo de caza. Tras vivir (metafóricamente, claro) entre las sombras durante décadas, sin que la vean, sin la carga de la identidad, se siente de pronto observada. Este muchacho que huele a almidonado, detalle que a la Muerte no le pasa desapercibido, es el primero que ha captado su presencia.

No sabe bien qué pensar.

Mira más allá del plano físico y examina su alma. Es como apartar una cortina para ver detrás la siguiente capa de su ser. Y esta alma es luminosa, brilla con un fulgor dorado, tal como había predicho la Muerte.

Lenny aparta la vista y sacude la cabeza.

—Joder —masculla—. Me estoy volviendo paranoico.

Tras esa declaración de derrota, comienza a andar de nuevo pasillo abajo.

La Muerte mira con nostalgia al joven que se aleja y luego a la pared que la separa del alma azul, vacilante, que se encuentra aún en el despacho.

Da golpecitos rítmicos con el pie contra el suelo. A veces, le gusta fingir que ese ritmo es el de su corazón. Le proporciona un cierto consuelo, aunque no se molesta en preguntarse por qué.

Tras meditarlo un buen rato, la Muerte sigue el tenue olor a almidón por los pasillos del castillo. Justifica el desvío porque ningún otro ser vivo ha percibido jamás su presencia.

El misterio del hombre almidonado bien merece el precioso tiempo de la Muerte. Además, el rey aún seguirá muriéndose cuando regrese con él.

La Muerte es bastante directa. La sensibilidad no es un requisito necesario para su trabajo.

Sigue al guardia hasta el patio de entrenamiento, donde el uniforme blanco reluce todavía más a la luz del sol. Él se dirige con cautela hacia una joven que aprovecha la escasa sombra que ofrece un árbol generoso. Está tumbada en la hierba y los mechones de su cabello color lila se le pegan a la frente sudorosa.

Tiene aspecto de haber estado entrenando. Qué desperdicio de vida.

La mujer frunce el ceño al oír el crujido del uniforme acercándose. Lo frunce aún más al oír hablar al hombre:

—Vaya, pero si estás sudando. Casi pareces humana.

A la Muerte le parece un inicio de conversación prometedor. Tal vez se entere de algún cotilleo interesante que compartir con los árboles cuando vuelva a casa.

La joven abre los ojos y lo mira de arriba abajo.

—El almidón te está afectando al cerebro. Me parece que no sabes con quién hablas.

(La Muerte se siente respaldada ante la mención de un olor tan excesivo; hay momentos en los que agradece no tener que respirar, y este es uno de ellos).

Eso es todo lo que la mujer se digna a decir antes de tumbarse de nuevo en la hierba y cerrar los ojos. Parece disfrutar del silencio, satisfecha, con los dedos entrelazados sobre el vientre.

—Vaya. Sigues aquí. —La Muerte mira a la mujer, que se incorpora para sentarse y resopla—. Por si no lo has pillado, te he dado a entender que podías largarte.

Su voz es tan condescendiente que impresiona.

—De buena gana lo haría, te lo garantizo. —Lenny levanta las manos en un gesto burlón de rendición—. Pero, por desgracia para ti y para mí, no puedo.

—Espera. —Esa cabellera tan fascinante suaviza los rasgos afilados de la mujer. Su sonrisa es sarcástica—. Déjame que te ayude.

De pronto, las botas del guardia se despegan del suelo, y él apenas puede contener un grito:

—¡Me manda el rey! ¡Vengo en nombre del rey!

Así que esta es la famosa Blair, la que hace que los hombres teman por su vida. Es poderosa, eso salta a la vista. Pero, al igual que todos los élites, no ha hecho nada para ganarse la fuerza que tiene. Es prestada, robada.

La Muerte se sienta en la hierba para presenciar el espectáculo, pero se lleva una decepción, porque no dura demasiado. La tele (qué gracia le hacen esos títulos tan bobos) se pone de pie antes de dejar caer al guardia en el suelo. Una vez de nuevo sobre sus pies, Lenny se pasa una mano enguantada por la cara y trata de recuperar la compostura.

Blair no se ahorra ni una pizca de desdén al mirarlo.

—Estabas a un palmo del suelo. O ni eso.

—Lo suficiente para compadecer a quienes son más altos que yo —masculla Lenny.

La Muerte y Blair miran a Lenny. No las impresiona.

El joven parpadea, abre y cierra los ojos castaños tras la máscara, esos mismos ojos que se han fijado en los de la Muerte sin saberlo.

—Estoy de broma —añade con indiferencia.

—Claro. Ahora, explícame por qué no me río.

—A ver si lo adivino. —La voz del guardia suena cargada de alegría fingida—. ¿Porque no sabes?

La Muerte los mira alternativamente.

—No, porque lo habitual es reírse ante algo divertido —replica Blair con una mueca muy ensayada.

Lenny deja escapar un suspiro de derrota.

—En fin, acabemos de una vez. —Junta las manos como para prepararse para lo que va a decir—. Paedyn ha vuelto.

Blair traga saliva con rapidez. A la Muerte no se le escapa nada.

—¿Y qué? ¿A mí qué me importa que hayan atrapado a esa traidora?

—El rey tiene planes para ella. Planes que la mantendrán con vida para ayudar a Ilya.

—Lo preguntaré de nuevo —espeta la temperamental tele—. ¿A mí qué me importa?

De repente, el guardia se quita la máscara de la cara, dejando a la vista una docena de pecas más. Tiene la nariz recta y la barbilla fuerte. Sus ojos son expresivos. La Muerte identifica en él la necesidad de que Blair vea cada emoción que se le dibuja en los rasgos. Está desesperado por crear entre ellos una conexión sincera.

Qué humano por su parte.

Blair retrocede un paso. La Muerte, desconcertada, siente la necesidad de imitarla.

Es capaz de leer las emociones, la invitación silenciosa a compartir algo. Pero la Muerte se ha ganado el derecho a no sentir. No le gustan los sentimientos no solicitados ni las repercusiones que estos tienen, así que estar allí, sentada, tan cerca de esas emociones, la pone tensa.

—Ya sabes lo que te intentará hacer Paedyn —susurra Lenny.

—Sí. —Los ojos castaños de ella casi desaparecen cuando los pone en blanco tras los mechones de cabello lila—. Y has dicho bien, lo intentará.

La Muerte está fascinada. La otra vida nunca es tan teatral.

—Paedyn no se detendrá ante nada. —La mirada del guardia es apremiante—. Y menos si vivís ambas en el castillo. El rey quiere que estés a salvo.

—La mendiga es una traidora —escupe Blair. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la Muerte escuchó ese insulto—. ¿Por qué va a vivir ella aquí, entre lujos, con…?

—Ya te enterarás —la interrumpe Lenny, y traga saliva a toda prisa—. Lo único que te interesa ahora saber es que voy a… voy a ser tu guardia personal. Para protegerte de Paedyn.

Se hace un momento de tenso silencio. Luego, Blair suelta una carcajada que los pilla a ambos por sorpresa.

—¡Muy bien! —resopla entre risas—. ¡Eso sí que es un chiste!

El guardia deja escapar una risita débil, incómoda.

—Qué poca gracia te va a hacer cuando te des cuenta de que lo digo en serio.

La Muerte sopesa la posibilidad de sonreír ante una escena tan cautivadora. No lo hace, claro. Reserva las sonrisas para ocasiones muy especiales.

Blair da un paso adelante. Su voz suena gélida.

—¿Tú? ¿Tú me vas a proteger? ¿De Paedyn Gray?

—Eeeh. —Lenny vuelve a levantar las manos—. No hay que… lanzar por los aires con el poder de tu mente al mensajero, ¿vale? Obedezco órdenes.

La tele parece aterradora en ese momento. Más de lo que la mayoría suele considerar a la Muerte. A la madre del Mors eso no le preocupa. Prefiere que la subestimen. Así luego le resulta más satisfactorio ganarse la mirada de terror de los humanos.

No, la Muerte no es ningún monstruo. Solamente se aburre.

—¿Y quién te lo ha dicho? —salta Blair.

—Ya te lo he contado, ha sido…

La tele estira de pronto un brazo y vuelve a levantar a Lenny del suelo.

—¿Ha sido la sargento?

El guardia se retuerce, forcejea con la presa mental y se está poniendo pálido.

—¿La sargento? —La voz le sale rota—. Tu padre es general, no…

—Alguien ha tenido que convencer al rey de que necesito que me protejan de una vulgar —ruge Blair, rabiosa—. Esto es cosa suya. Quiere humillarme.

La Muerte no se pierde detalle.

—¿Qué? Oye… —El guardia está jadeante—. No sé de qué hablas. El rey no quiere que Paedyn se pelee contigo, y ya está. Él cree que soy la persona adecuada para interponerme entre vosotras. Pae no me haría daño ni siquiera para vengarse de la asesina de su mejor amiga.

Esa mención indirecta hace que la Muerte se sienta incluida en la conversación.

La mirada iracunda de Blair se vuelve distante. Tiene en la cara la expresión de quien está reviviendo un recuerdo, un instante crucial. La Muerte inclina la cabeza a un lado. Es un gesto muy suyo cuando alguien la intriga. Porque nadie conoce más íntimamente que ella el rostro del arrepentimiento.

El poder de la tele (estos títulos le siguen haciendo gracia) titubea, y Lenny vuelve al suelo que tanto añoraba pisar. A su edad, hay pocas cosas que sorprendan a la Muerte. Uno solo se maravilla cuando carece de experiencia. Pero, cuando el guardia va hacia Blair, ni la Muerte se esperaba aquel ataque repentino de osadía.

Se detiene a escasos centímetros de la misión encomendada por el rey. Sus cuerpos quedan tan cerca que casi se rozan.

Blair alza la barbilla, lo abrasa con una mirada incendiaria.

Lenny hace lo que puede por devolverle el desafío.

La Muerte sabe que los árboles no la creerán cuando les cuente lo sucedido.

La ira que refleja el rostro del guardia parece ajena, como si no supiera bien cómo manifestar esa emoción.

—Te lo creas o no, no hay nada que me apetezca menos que pasar tiempo contigo. —Suelta una risa desangelada—. Pero el rey ha ordenado que te recluyas en tus habitaciones hasta que él ordene lo contrario, y, debido a mi relación con Paedyn, tengo la desgracia de que me corresponda a mí protegerte de ella.

Parecía imposible, pero Blair frunce el ceño todavía más.

—Eras el imperial asignado a ella.

La Muerte guarda esa palabra en su memoria para utilizarla en el futuro. No sabía que los guardias tenían ahora un título nuevo, más elegante. A Ilya le encanta darse importancia.

Lenny asiente, confirma lo que ha dicho la tele. La calma de Blair resulta inquietante.

—¿Y cuál es tu poder?

—¿Esa es tu primera pregunta? —El imperial sacude la cabeza. La Muerte decide que el título tiene cierta gracia—. ¿No quieres saber cómo me llamo o qué…?

—Tu nombre no me puede importar menos, zanahoria —lo provoca Blair—. ¿Qué poder tienes?

Lenny suspira.

—Soy un híper.

—Un híper… —Tras el tono incrédulo se oye una risita desdeñosa—. Pues menos mal que no necesito que me protejan de una vulgar; si no, podría darme por muerta.

Ahora la Muerte se siente un poco marginada. No conoce bien las habilidades de los élites, aunque sí sabe que el poder es relativo. Lo que le resulta extraño es la pomposidad con que lo envuelven todo. Los humanos no deberían poner nombre a una fuerza así.

—Me parto —dice Lenny, aunque su tono no indica la menor diversión—. Bueno, vamos a tu habitación antes de que…

—¿Cómo sé que no te lo estás inventando? —salta Blair.

El imperial al que antes ha llamado «zanahoria» se señala a sí mismo con un ademán exasperado.

—¿A ti te parece que me lo estoy pasando bien?

Blair resopla sin perder ni un ápice de desdén en su voz.

—Entonces, igual habría que poner fin a tus sufrimientos, ¿no?

La Muerte se acerca un poco más cuando la tele levanta el brazo y se dispone a descargar su poder (suyo en el sentido más genérico de la palabra) contra el imperial. Pero Lenny inclina la cabeza a un lado. Parece intrigado. La curiosidad que siente la Muerte parece reflejarse en los ojos del joven.

—No… —dice con calma el autodenominado «híper»—. No me quieres matar.

Vaya.

La Muerte no está de acuerdo. Para la encarnación del fin de la vida, es evidente que la tele tiene intención de librarse de él. Pero los humanos son seres muy confusos. Puede que haya interpretado mal la situación (es dudoso, pero está abierta a asumir que ha cometido un error siempre que se lo demuestren).

Blair abre la boca sin saber qué decir.

El llamado «zanahoria» se encoge de hombros.

—Puede que tal vez sí seas humana.

La Muerte sopesa las palabras en silencio, impasible, como suele hacer con casi todo (aunque también podría caminar a saltitos junto a una pareja de enamorados, derramar una lágrima por las almas que recoge o reírse de un chiste que ha oído; pero no le ve ningún sentido a exhibir emociones, porque no tiene con quién compartirlas. Es mejor no sentir nada que sentirlo todo ella sola). ¿En eso consiste la humanidad, en valorar la vida ajena, en reconocer la valía, la belleza de tener algo por lo que vivir? La Muerte ya no se acuerda.

Un ser tan poderoso como la Muerte solo necesita echar un vistazo para ver la prueba de la humanidad en Blair. Siente curiosidad, así que aparta a un lado la cortina espiritual para asomarse a otro plano. El alma de Lenny tiene un brillo dorado, mientras que la de Blair se agita con un verde turbio.

La Muerte parpadea.

Puede que hasta se le haya escapado una exclamación, aunque nadie ha sido testigo de ello.

Se pone en pie muy despacio. Camina alrededor de la pareja, cerca de ellos, muy despacio. Ya no escucha lo que dicen.

No existe nada fuera de este instante en que dos almas, dos almas tan opuestas, se buscan la una a la otra.

La Muerte se acerca aún más a ese fenómeno. Si respirara, les haría cosquillas en la piel con el aliento. Se concentra en las hebras que brotan de esas almas. Se agitan y fluyen como una ola tímida; el esmeralda se extiende hacia el oro en un momento predestinado largo tiempo atrás.

Las almas no están entrelazadas como el destino de los amantes, no del todo, pero tampoco están desconectadas como aquellas que nunca se unirán.

Son algo muy diferente; tienen un nexo creado por ellos.

La Muerte se queda tan inmóvil como su nombre sugiere.

Lo que la sobresalta no es la unión de las almas. No, ese concepto lo conoce muy bien. Pero lo que ve en estos dos mortales no encaja de ninguna manera. Porque la Muerte ha presenciado y ha sufrido la conexión de las almas. Y esto no puede ser algo tan sagrado.

Solo por ese motivo, decide ver qué será de estas almas indecisas. Es un emparejamiento tan desafortunado que casi da risa. Sin duda, el destino les ha gastado una broma pesada al unirlos.

Como mínimo, promete ser entretenido.

—… estrangularte mientras duermes —está amenazando Blair cuando la Muerte, con un suspiro, vuelve a sentarse.

Parece ser que la tele va a obedecer las órdenes del rey, aunque sea de mala gana.

Lenny sonríe, y es asombroso hasta qué punto puede despojar el gesto de cualquier emoción.

—Eso sería misericordioso, así que no lo vas a hacer.

La Muerte se echa hacia atrás y se apoya en las palmas de las manos para verlos discutir.

«Si aquellos que están de verdad hechos el uno para el otro no sobrevivirían a tan aciago entrelazamiento de las almas, estos dos acabarán matándose mutuamente», piensa con amargura.

Porque la Muerte tiene corazón.

Más o menos.

Lo único que pasa es que no le late.