I

I

La Orden de Acheron custodia la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Los comportamientos y las personas que amenazan este equilibrio deben ser eliminados.

WILLIAM RUSKIN, Historia de la Orden de Acheron,

Nueva York, 1935

Aquel hombre la miraba de forma extraña. Después de más de diez años trabajando en este restaurante, Vic Wood estaba acostumbrada a sentir el peso de las miradas masculinas en la espalda. Apenas solía fijarse en el roce de unos ojos curiosos entre los omóplatos.

Pero aquello era diferente.

Había un hombre menudo de unos sesenta años sentado solo a la barra. Para un ojo inexperto, parecía de lo más normal. Su pelo castaño tenía mechas canosas, y llevaba una camisa impecable bajo un traje de chaqueta del color de una moqueta raída. Pero el tweed desvaído era tan delator como cualquier otra prenda. Tenía dinero. El traje, aburrido y perfectamente confeccionado, era de esos sencillos y caros que usaba la gente adinerada para no llamar demasiado la atención de las masas. Mientras que los nuevos ricos aún no habían aprendido los peligros de hacer alarde de su suerte, los de rancio abolengo disimulaban bien. Era mejor pasar desapercibido y seguir con la cabeza sobre los hombros. Vic lo identificó nada más verlo.

Una habilidad útil cuando las propinas pagan el alquiler. Distinguir a los que tienen de los que no tienen.

Cuando murió su madre, hacía ocho años, Vic aceptó el primer trabajo que encontró en el que estaban dispuestos a contratar a una chica de dieciséis que mentía sobre su edad. Se pasó dos años atendiendo las mesas de un restaurante de mala muerte por un sueldo medio decente. Las manos por debajo de la falda y los chistes verdes formaban parte del trabajo, y Vic aprendió a seguir el juego. Se hizo fuerte, y esperaba que algún día su supervivencia y la de su hermano no dependieran de su capacidad para sonreír cuando quería gritar.

Cuando se mudaron a Austin, subió de nivel y empezó a trabajar en Le Curieux Gastropub, un lujoso local de fusión que ofrecía un estilo de vida además de la comida. Contrataban a gente guapa, joven y más molona que los clientes, de modo que Vic adoptó el aspecto adecuado. Dejaba que los rizos negros le colgaran alrededor de la cara, y aprendió a no inmutarse cuando le caía por los ojos. Cuando se ponía de moda un nuevo estilo de maquillaje, Vic practicaba frente al espejo hasta que podía aplicárselo sin pensar. Acumuló un guardarropa completamente negro adecuado para los requisitos de uniforme, pero que además resultaba bastante más interesante.

Vic ascendió rápido. No le vino mal que la mayoría del personal tuviese contrato temporal. Los universitarios aprovechaban los huecos entre semestres para trabajar en el sector servicios. A ella le gustaba oír sus descripciones de la vida en el campus, aunque sentía una punzada de envidia por sus aventuras.

En todos los años que llevaba trabajando de camarera, cientos de hombres se habían sentado en aquella barra y cientos de ojos la habían observado desde el otro lado. Y ninguno de ellos la había hecho sentirse así.

Henry la habría llamado paranoica. Era una de sus palabras favoritas para describirla. Recelosa, negativa, siempre buscando lo peor y, por lo general, encontrándolo. El hombre de la barra no era más que un hombre sentado a la barra, habría dicho su hermano.

Como si Vic no tuviera motivos para desconfiar de los desconocidos.

Aquel hombre estaba demasiado limpio, demasiado arreglado, demasiado pálido. Apagado, como una foto impresa con poca tinta. Sus ojos, tan anodinos como el resto de él, la seguían con demasiada precisión, como a un espécimen listo para ser diseccionado.

Una advertencia conocida resonó en el fondo de su mente.

Se acercó a él, con la columna recta como un palo, y pasó un trapo por la barra para tener algo que hacer con las manos.

—¿Desea algo de comer? —Vic mostró una amplia sonrisa profesional, y una expresión cruzó el rostro del desconocido, tan rápida como un animal que pasara corriendo ante los faros de un coche. Reconocimiento, habría jurado Vic, si hubiera aparecido en cualquier otro rostro.

¿Sería el hombre al que había estado esperando? ¿Había llegado por fin el momento?

—No me quedaré.

Tenía una voz extraña, pensó Vic, un acento que evitaba el acento, como si se hubiera esforzado mucho por eliminar cualquier rastro de identidad de su habla.

—Avíseme si cambia de opinión —respondió Vic. Se le erizó el vello y dio media vuelta para alejarse.

Una mano húmeda le rodeó la muñeca y la agarró con fuerza. Vic contuvo el impulso de liberar el brazo de un tirón. Al ver el paño mojado que le colgaba de la mano, el hombre retiró la suya con una mueca de disgusto. En la piel de Vic quedó el recuerdo de la presión húmeda de la palma. Se estremeció.

Los ojos de él se anclaron a los suyos, y Vic no era capaz de apartar la mirada.

—Bien pensado… —El hombre dio una palmada en el mostrador como si quisiera matar un insecto—. ¿Me recomienda algo?

Vic no podía moverse. ¿Por qué no podía moverse?

—Aquí todo está bueno —oyó responder a su voz—. Lo que más me gusta es el ragú.

El desconocido murmuró una evasiva, sin apartar su mirada serpentina.

—¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí?

—Desde los dieciocho años. —Las palabras salieron de su boca sin titubeos.

—¿Y seguirá aquí?

Vic intentó romper el contacto visual. No le gustaban las preguntas, la calma artificial de aquella voz. No le gustaba no poder evitar que se le escaparan las palabras.

—¿Seguirá trabajando en este restaurante? —insistió el desconocido, en tono acerado.

—No tengo ningún motivo para dejarlo.

Una perla de sudor brotó en la frente del hombre y, brillando bajo la luz ámbar de la barra, rodó hasta la ceja y se quedó ahí, como una gotita de rocío en la punta de una hoja podrida.

—No ha ido a la universidad, ¿verdad? —preguntó él.

—No.

—¿Por qué no?

Vic intentó negar con la cabeza, pero tenía los músculos bloqueados. Quería decirle que se fuera al infierno y que no se dejara sus preguntas indiscretas. Quería gritarle a la cara que la dejase en paz.

Pero los recuerdos afloraban a la superficie y Vic no podía ahuyentarlos.

—No pude ir a la universidad —dijo con voz débil y calmada—. Tenía que cuidar de mi hermano.

—¿Por qué?

—No tiene a nadie más.

Habían pasado ocho años desde la última vez que Vic vio a su madre. Ocho años, diez meses, dieciséis días y aproximadamente media hora, para ser más exactos. Meredith Wood había vuelto la cabeza para lanzarle un apresurado «¡No te olvides de dar de comer a tu hermano!» mientras salía por la puerta del piso. Trabajaba en el turno de noche en un hospital cercano y, gracias a su absoluto desinterés por la puntualidad, era toda una experta en despedidas apresuradas. Cuando ya llevaba tres días mirando la puerta, Vic llamó al hospital.

Quince minutos más tarde colgó el teléfono a una administradora cada vez más preocupada, que le explicó con marcado acento sureño que no tenían constancia de ninguna Meredith Wood. «Lo siento mucho, querida, pero no encuentro ese nombre por ningún lado».

No había pasado ni un día cuando Henry, de solo diez años y pequeño para su edad, entró sigiloso en la sala, mordiéndose el labio. Cuando reveló el secreto de su madre, la vida de Vic se hizo pedazos. Irían a buscar a Henry unos hombres que, según él, podían hacer cosas que Vic no podía. «Brujos —había dicho—. Mamá los llamaba brujos».

—Pero seguro que aspira a algo más —dijo el desconocido señalando a su alrededor, aunque sus ojos seguían fijos en los de ella.

«No», quería decir Vic. Era feliz, lo juraba.

Durante los ocho últimos años, Vic había hecho exactamente lo que le había pedido su madre.

«Henry es especial —le había dicho Meredith una y otra vez—. Cuida de él».

Vic ya cuidaba de Henry antes aun de que su madre desapareciera. Mientras los arrastraba por todo el país, mintiendo sobre horarios de trabajo prolongados en cualquier hospital que necesitara personal ese mes, Vic le preparaba al niño la cena, lo ayudaba con los deberes y se aseguraba de que tuviera la ropa limpia. Se quedaba despierta a su lado cuando estaba enfermo y lo acompañaba a casa todas las tardes a la salida del colegio.

Había hecho un buen trabajo. Henry se graduaría en el instituto en unos meses. Estaba contento y a salvo, y ningún tipo raro había intentado apartarlo de ella.

Y eso, para Vic, era suficiente.

El desconocido hizo una mueca; la luz daba un tono amarillento a su piel.

—Usted no se parece en nada a su madre, ¿verdad?

No, pensó Vic al instante. No se parecía. Mientras que Meredith era explosiva y vivaz, Vic era fría y combativa. Mientras que Meredith ocupaba todo el espacio posible, Vic se había adaptado para llenar los huecos que le dejaba.

Pero ese hombre no tenía por qué saberlo. No tenía por qué saber nada de eso.

—¿De dónde saca que…?

Él cortó el contacto visual y Vic se dejó caer sobre la barra como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos. Una pareja cercana la miró alarmada, pero Vic se apresuró a enderezarse y se alejó desconcertada.

—¿Estás bien? —le susurró uno de sus compañeros de trabajo cuando pasó por su lado—. Me ha parecido que te caías.

Vic no lograba orientarse. Era como si la hubieran exprimido, colgado a secar y abandonado.

—No es nada —dijo Vic enjugándose el sudor del cuello.

Algo había pasado entre ella y aquel desconocido que conocía a su madre. Mirarlo la había trastocado por dentro. Al cabo de solo unos segundos, los recuerdos ya se estaban desvaneciendo. No recordaba con exactitud qué le había dicho el hombre ni cómo la había hecho sentir, pero aún notaba una sensación viscosa en las tripas.

Todos sus planes. Haber estado ocultándose, evitando conocer gente, llevando la vida más discreta posible. Todo eso había funcionado durante un tiempo, pero se había acabado. Vic lo veía claro como el agua. Era aquello contra lo que la había prevenido Henry cuando era un niño asustado y la miraba como si ella pudiera arreglarlo.

Por fin habían llegado.

Miró a su espalda. El desconocido se levantó de su taburete. Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, extrajo una fina cartera de cuero y sacó de ella un solo billete. Lo dobló con cuidado y pasó una uña roma por el pliegue como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se inclinó para colocar el billete debajo de su copa de vino medio vacía, y Vic entrevió algo granate que contrastaba con la impecable manga blanca. Se le había desabrochado el puño de la camisa, revelando una estrecha franja de piel y unas marcas más intrincadas y estrambóticas que ninguna escritura que ella conociese. Un círculo, letras en un alfabeto que no reconocía. Heridas en las que empezaba a formarse la costra.

Eran incisiones en la piel.

Vic se largó a toda prisa.

II

La magia, por emplear el término de los legos, existe desde el principio de los tiempos. En las primeras manifestaciones de la magia, el mundo se veía como una división binaria entre el caos y la estructura. La magia, entonces, era la organización de la tendencia natural del mundo hacia el caos. Los hombres instruidos en las artes arcanas podían transformar la energía desorganizada que los rodeaba en algo tangible. Por medio de conductos y rituales, así como de sus propias habilidades innatas, eran capaces de alterar la realidad. Según la antigua sabiduría, el mundo anhelaba el caos, y los hombres le daban lo que quería. Este caos, una vez extendido, engendró criaturas crueles que cazaban y mataban a los humanos en gran número. Corrían tiempos oscuros, mucho antes del surgimiento de la Orden de Acheron.

Ahora sabemos que la magia no es ni inherentemente caótica ni inherentemente estructurada. La magia no es sino energía, arraigada al plano físico en el que se origina.

Los hechiceros modernos descubrieron que hay dos reinos físicos distintos: el mundo de los vivos (que estos teóricos, de forma bastante geocéntrica, llamaron Tierra) y el mundo de los muertos (Orcus, un término que tomaron prestado de los romanos). Para que reine el equilibrio y para preservar la vida humana, los dos mundos deben mantenerse separados.

Pero el reino de los vivos y el reino de los muertos siempre estuvieron conectados y siempre lo estarán, puesto que los hombres siempre acaban por morir.

WILLIAM RUSKIN, Historia de la Orden de Acheron,

Nueva York, 1935

 

 

Debilidad: esa era la sensación temblorosa que Vic notaba en las manos. La consciencia de su propia vulnerabilidad, que el desconocido había hecho aflorar, se apoderó de ella. Al mirar fijamente aquellos ojos castaños y apagados, se había sentido, por primera vez en muchos años, frágil y diminuta.

Era verdad que Vic tenía un instinto de supervivencia… hiperactivo. Durante años había observado las sombras como si algo pudiera saltar de ellas en cualquier momento. Se había pasado toda la vida creyendo oír pasos a su espalda, siempre un poco más rápidos que los suyos.

Tras la muerte de su madre, Vic se obsesionó con mantener a raya la debilidad. Esa obsesión la llevó, en primer lugar, a la pista de atletismo, donde aprendió a correr. Pero pronto la instó a visitar un gimnasio; luego, un dojo; luego, un campo de tiro. Podía vencer la debilidad con el cerebro. Podía prepararse y, si fuera necesario, podía luchar.

Cuando cumplió veinticinco años, llevaba casi una década aprendiendo a combatir cualquier cosa que se le pusiera delante.

Pero no sabía cómo luchar contra un desconocido que se había llenado la piel de cortes.

Después de que aquel hombre se marchara, Vic se fue corriendo a casa sin dar explicaciones a sus compañeros por ausentarse. Pero el restaurante la perdonaría, y, si no…, Henry le importaba más de todas formas.

Abrió a toda prisa la puerta del piso que compartía con su hermano y corrió al vestíbulo.

—¡Henry! —gritó girando hacia la sala.

—Aquí, Vic.

—Tenemos que largarnos —dijo sin aliento mientras entraba hecha una exhalación—. Se ha presentado un hombre en el restaurante. Creo que nos han encontrado.

Henry no se movió. Sus ojos se desplazaron a la esquina de detrás de Vic.

Esta se giró, con el corazón martilleándole el pecho.

El desconocido del restaurante estaba sentado en un sillón de terciopelo, en un rincón oscuro de la estancia, fuera del alcance de la luz de la lámpara. Tenía las piernas cruzadas y se examinaba las uñas mientras hablaba.

—Llevamos mucho tiempo buscándoos —dijo en voz baja y monótona.

—¿Tú lo has dejado entrar? —le preguntó Vic a Henry, con un nudo de pánico en la garganta.

Henry negó con la cabeza sin apartar la mirada del desconocido.

—Fuera —le ordenó Vic, colocándose entre su hermano y él.

—Me llamo Nathaniel Carver —dijo—. Soy un anciano de la Orden de Acheron y no pienso acatar sus órdenes.

—Esta es mi casa —dijo Vic—. Fuera.

—Me iré en cuanto haya dicho lo que tengo que decir.

Vic miró hacia la puerta que había junto a él, sopesando sus posibilidades de neutralizarlo el tiempo suficiente para escapar con Henry.

—Dada la intensidad con que ha tratado de evitar esta conversación —comenzó el tal Nathaniel Carver—, supongo que ya sabe lo que vengo a decirle.

A Vic se le agarrotó un músculo de la mandíbula. Eso no estaba pasando. No podía estar pasando. Había sido cuidadosa.

—Henry es brujo por parte de madre. Tiene que venir conmigo al Castillo de Ávalon e instruirse en las artes arcanas.

—No irá a ningún sitio con usted —aseguró Vic, alargando la mano hacia el brazo de su hermano.

El desconocido observó su movimiento.

—Tampoco hay que dramatizar —dijo Nathaniel—. No pretendo hacerle daño. Ni a usted, por cierto, a menos que sea necesario.

—Nuestra madre murió al servicio de su «Orden». No puede llevárselo.

Un destello de complicidad en la mirada del desconocido fue el único indicio de que sus palabras lo habían sorprendido.

—¿Qué sabe usted de la muerte de Meredith Wood? —preguntó, inclinándose un poco hacia delante. El desinterés había desaparecido de su tono.

Vic estaba convencida de que su respuesta a esa pregunta era importante, aunque no entendía por qué. ¿Qué más le daba a ese hombre lo que ella supiera o dejara de saber?

—Sé que se marchó y no volvió —dijo. No añadió el único dato que le confirmaba que su madre no seguía con vida: Meredith nunca habría abandonado a Henry. A ella, tal vez, pero nunca a su hijo.

—¿Y qué sabe sobre cómo pasaba los días? —preguntó Nathaniel, entornando sus punzantes ojos.

—Nos dijo que trabajaba de enfermera, pero era mentira —dijo Vic.

—Luchaba contra monstruos —dijo Henry en voz baja detrás de ella.

Los ojos de Nathaniel se abrieron un poco más.

—Entonces ya saben lo suficiente —dijo—. Qué contrariedad —añadió, casi para sí mismo.

Vic apretó la muñeca de su hermano con fuerza, dispuesta a salir corriendo con él. Pero no tenía ningún plan de huida ni la más remota idea de lo que sería capaz de hacer ese hombre, y no iba a arriesgar la seguridad de Henry para averiguarlo.

—No debería tener que informarlos de que Meredith cometió un pecado muy grave al contárselo —dijo el desconocido—. Tampoco debería tener que recordarles que difundir esa información podría traer graves consecuencias.

Vic reprimió la cara de exasperación. Como si fuera a ir por la vida hablando a todo el mundo de la sociedad secreta de brujos a la que pertenecía su difunta madre. Monstruos escondidos en las alcantarillas, perseguidos por una mujer con uniforme de enfermera. Si no estuviera tan aterrorizada, se habría echado a reír.

—Me temo que el tiempo apremia —dijo Nathaniel—. Nuestra nueva promoción de reclutas empezó la instrucción la semana pasada. Henry debe unirse a ellos.

—Ni hablar —dijo Vic entre dientes.

—Es brujo. Su sitio está con la Orden de Acheron —repuso Nathaniel, claramente molesto.

—Su sitio está conmigo —dijo Vic.

Nathaniel la observó un prolongado momento.

—¿Sabe qué les ocurre a los brujos que no reciben instrucción, señorita Wood? —Como ella no dijo nada, continuó—: No, ya veo que Meredith no se lo reveló.

Sus labios se curvaron en una malévola imitación de sonrisa para indicar lo risible que le resultaba Vic.

—Que su hermano puede oír la lengua de los antiguos está fuera de toda duda. Está predestinado; lo lleva en la sangre. Se manifestará más tarde o más temprano, si es que no ha ocurrido ya. En el mejor de los casos, los brujos que no reciben instrucción corren el riesgo de quedar expuestos ante el mundo humano, lo que puede comprometer la estabilidad de la que todos dependemos. En el peor de los casos, las habilidades sin control conducen al caos. Y el caos es insostenible, señorita Wood.

Nathaniel se levantó lentamente y se acercó a los hermanos, entrando en la zona iluminada.

—La Orden tiene el noble cometido de prevenir ese caos —dijo mirando a Vic con desdén—. Su madre no se limitaba a cazar monstruos.

Vic tragó saliva. No sintió la mano de Henry en el hombro hasta que se lo apretó y no pudo evitar imaginarlo muerto, asesinado por una figura envuelta en sombras que se parecía mucho a su madre.

—He preparado las instrucciones para llegar el castillo y acceder a él —dijo el desconocido, dirigiéndose a Henry como si no acabara de amenazar con matarlo—. Dentro también encontrará información sobre los próximos cursos y los requisitos de instrucción, una lista de lo que se recomienda llevar en el equipaje y esas cosas. Confidencial, por supuesto.

En su mano vacía y extendida se materializó un grueso sobre, y Vic sintió que le latía el pulso en la garganta. Magia, real y pura como el día, delante de sus narices. Lo había imaginado durante años, desde que Henry le reveló su secreto. Había esperado a que su hermano mostrara sus habilidades, observándolo con el rabillo del ojo. Pero nunca había presenciado la magia hasta entonces.

—Avíseme si tiene algún problema para llegar. —Los ojos de Carver se posaron en Vic.

La expresión de Henry era de desconcierto.

—¿Por qué se presentó en el trabajo de mi hermana? —preguntó—. Si sabía dónde vivíamos, ¿por qué fue allí primero?

Nathaniel observó el rostro de Henry antes de contestar:

—Quería ver en qué clase de mujer se había convertido la hija de Meredith Wood. No pretendía hacerle ningún mal.

Les dio la espalda a los hermanos y salió de la sala, sin arrancar el menor sonido al linóleo con sus sobrios zapatos de cuero.

Vic esperó, respirando con dificultad, a oír la puerta principal cerrándose detrás de él, pero eso no sucedió.

El silencio llenó la habitación un largo rato, hasta que Vic corrió a asegurarse de que el visitante se había marchado. Se asomó por la mirilla para inspeccionar el pasillo descubierto que conducía del aparcamiento a la puerta de su piso, pero el mundo exterior estaba vacío y en silencio. No había ni rastro del desconocido.

Vic regresó a la sala, con la mente desbocada.

—Hay que largarse —le dijo a Henry—. Tenemos pasaporte; podemos salir del país. Y he ahorrado lo suficiente para pasar unos meses. Podemos empezar de cero en otro sitio…

—Vic… —Henry se sentó en su desgastado sofá de cuero y se pasó las manos por los vaqueros, un hábito nervioso que ninguno de los dos podía evitar.

—Tienes razón. No es buena idea dejar el país. Demasiado complicado, demasiada seguridad. Mejor vamos a cualquier lugar perdido y olvidado.

—Vic —repitió Henry.

Pero Vic sintió que el pasado la alcanzaba y se derrumbaba sobre el presente como una ola que rompiera en la orilla. El día en que su madre desapareció había sido el peor de su vida, y luchó por sacudirse la sensación de que se repetía la historia.

Esa llamada telefónica, «¿Quieres que me ponga en contacto con alguien, querida?», seguía rondando la mente de Vic. Se había sentido muy pequeña ese día. Pequeña, equivocada e impotente en mil sentidos. La sensación de nerviosismo se redobló en sus manos, y combatió el impulso de frotárselas, de golpear algo.

Henry se pasó la mano por ese pelo rubio demasiado largo, del mismo tono que el de su madre. La combinación de confianza y súplica hizo que su rostro pareciera infantil cuando levantó la vista para mirar a Vic, aunque ya le sacaba media cabeza y rara vez tenía que alzar la vista. Para Vic, una parte de Henry siempre tendría diez años y recurriría a su hermana mayor, que podía arreglarlo todo.

«Vendrán a buscarme —le había dicho hacía mucho tiempo, en un piso que se encontraba a cientos de kilómetros de aquel—. Me lo dijo mamá por si le pasaba algo, y también me dijo que saliera corriendo».

—Vic —repitió Henry, devolviéndola al presente. Tenía los ojos muy abiertos por la preocupación, y Vic obligó a su cuerpo a quedarse quieto—. Creo que hasta aquí hemos llegado —añadió despacio, con cuidado.

—Un momento…

—Creo que debería ir.

—No —dijo Vic, sacudiendo la cabeza—. Ni hablar, ahora que llevamos ocho años escondiéndonos de esa gente. —Señaló la puerta, furiosa—. Y menos cuando amenazan con matarte si no vas.

—¿Y si tiene razón? —preguntó Henry—. ¿Y si es el lugar más seguro para mí?

—¿Se te ha olvidado lo que te dijo mamá? —preguntó Vic, exasperada—. Que salieras corriendo.

Henry se paró a pensar, frunciendo el ceño.

—No estoy seguro de que quisiera decir eso —soltó, y entonces fue Vic quien frunció el ceño—. He estado intentando hacer memoria. Era muy pequeño cuando murió, y ya no recuerdo bien la conversación.

—«Sal corriendo» está bastante claro, Henry.

—Dijo que vendrían unos hombres, sí. Pero también dijo que estaría a salvo en el castillo. En el castillo —repitió.

—Creía que te habías inventado esa parte —dijo Vic.

Era un niño. Era normal que aderezara algo aterrador con lo que conocía: cuentos de hadas, fantasía… No había castillos en Estados Unidos.

—Yo también —reconoció Henry—. Pero Nathaniel Carver ha dicho que me llevaría al Castillo de Ávalon, y entonces me ha venido a la cabeza. Eso era verdad; mamá sí que me dijo lo del castillo.

No era la primera vez que Vic se enfurecía con su madre para sus adentros. ¿Por qué solo había confiado en su hijo menor? ¿Por qué no le había dado a ella las herramientas necesarias para comprender la amenaza? Se había visto obligada a confiar en una advertencia pasada por los oídos de un niño de cuarto curso, y desde entonces su situación había pendido de un hilo.

—Y, si puedo aprender —continuó Henry—, podré protegernos. No tendremos que pasarnos todo el día en alerta constate. Tú podrás ser normal y yo podré ser como mamá.

«Como mamá», quiso repetir Vic en tono de burla, recordando todas las cosas extrañas que rodeaban a su madre. El grifo que se abría un segundo antes de que ella lo tocara, la electricidad que salía de los enchufes y entraba en los dedos de Meredith sin hacerle daño. Miradas confusas de desconocidos cuando dejaban de protestar y le permitían hacer lo que quisiera. Hasta había oído pistas sobre la organización para la que trabajaba, conversaciones en susurros cuando se suponía que Vic dormía. No les había dado mucha importancia, en un principio porque Meredith era su madre y las cosas raras que la rodeaban eran normales para una niña que no conocía otra cosa, y, más adelante, porque la madurez la hizo dudar de aquellos recuerdos lejanos. Pero entonces Henry le contó su historia y Vic se dio cuenta de que había estado en lo cierto todo el tiempo.

Se llevó las manos a la cabeza y se frotó las sienes.

—Ni siquiera has terminado el instituto.

—Tú lo dejaste —le señaló él.

—No te lo recomendaría.

—Piensa en las opciones que tenemos —dijo Henry en voz baja—. Si es la muerte o la instrucción, me quedo con lo segundo. Así, al menos podré defenderme.

¿Cómo eran esas opciones? Esa misma mañana, Vic había llevado a Henry al instituto, echándole la bronca por haberse quedado dormido y haber perdido el autobús, quejándose de que en pleno enero estuvieran a veintisiete grados en Austin y gritando al tráfico de la autopista. Su mayor preocupación era el gilipollas que tenía delante, y Henry había negado con la cabeza ante la irascibilidad de su hermana, incapaz de controlar el mal genio. De pronto, como si les hubiera caído una bomba encima, era la muerte o la instrucción. Ser la presa o aprender a cazar.

Vic no podía imaginar su vida sin Henry. Y peor era la idea de imaginarlo en una situación peligrosa, en un mundo donde la gente se hacía extrañas marcas en la piel y desaparecía sin dejar rastro.

—¿Dónde está ese sitio, por cierto?

Henry abrió el sobre que había dejado Nathaniel y hojeó el contenido.

—En algún lugar de Nueva York. Mira.

Le tendió el papel a Vic, pero ella lo miró confundida.

—¿Qué? —preguntó Henry. Le dio la vuelta a la página para mirarla de nuevo—. ¿Qué ves tú?

Vic no veía nada. El papel estaba tan en blanco como la pared de la sala.

—Puta magia —murmuró entre dientes, y sintió que su mundo se alejaba dando vueltas. Al fin y al cabo, resultaba que no había otra opción.

Vic se enderezó, cuadró los hombros y tomó una decisión.

—Nos vamos el lunes.

Henry asintió con solemnidad, pero después frunció el ceño.

—Espera, ¿has dicho «nos vamos»?

—Sí. Voy contigo.

—¿¡Qué!?

III

Cuando los hombres descubrieron el fuego, le rezaban. Lo contemplaban, noche tras noche, hasta que les hablaba. Esos hombres escucharon y aprendieron hasta que pudieron ver los filamentos que mantenían la cohesión del mundo. Hebras de vida colgaban en el aire y enlazaban la materia consigo misma; si los hombres tiraban de ellas con suficiente fuerza, podían manipular las conexiones. Las doblaban, las pellizcaban, jugaban con ellas y las retorcían solo para ver qué pasaba si se rompían. Y entonces, mucho antes de que la boca de los hombres pudiera formar palabras para darles nombre, las rompieron.

Separando la energía, forzándola a unirse, crearon el caos a partir del orden perfecto. Una armonía intacta desde tiempos inmemoriales se deshizo de repente. El desorden se extendió como una enfermedad, y con él llegaron las bestias. Seres invisibles a ojos de los hombres empezaron a cazarlos en la oscuridad. La especie naciente apenas sobrevivió al ataque, pero aprendió que era mejor no alterar el tejido de la realidad. Se crearon mitologías para explicar el caos y se rechazaron las prácticas que lo habían desatado. Los humanos se acurrucaban alrededor de las hogueras y, cuando llegaban las voces, no les prestaban atención.

De los archivos del anciano HENRY ALDOUS (1875)

—Sabes de sobra que no tienes por qué acompañarme —dijo Henry a su hermana.

Vic puso los ojos en blanco y siguió conduciendo.

Era el segundo día en la carretera. Vic y Henry se llevaban bien para ser hermanos, pero las treinta horas de viaje entre Austin y el norte del estado de Nueva York estaban poniendo a prueba sus límites.

Vic estaba harta del optimismo irracional de Henry en relación con la Orden. Se pasaba todo el rato haciendo conjeturas en voz alta sobre cada pequeño detalle de lo que se encontraría: la comida, el programa de instrucción, los otros reclutas… Vic, cada vez de peor humor, le preguntaba a las horas en punto si no prefería dar media vuelta y dirigirse a cualquier otro sitio.

—Podríamos ir al oeste —le propuso—. Sé que siempre has querido ver el Pacífico. Podríamos ir allí en vez de esto.

—Déjalo de una vez, Vic.

—Sabes que en Nueva York nieva, ¿verdad? Unas nevadas tremendas, y un frío… No vamos a Nueva York, la ciudad, sino al norte del estado. Eso es casi Canadá. Los lagos se congelan del todo y tienes que raspar el hielo del coche si quieres ir a algún sitio.

Henry soltó un profundo suspiro, abatido. Vic pensó en sugerirle que olvidase la brujería y se pasara al teatro.

—Vic, por favor…

—El supuesto manjar de la zona se llama garbage plate. «Plato de basura», Henry.

Puede que Henry se hubiera reído quinientos kilómetros antes. Cuando llegaron a Pennsylvania, Vic sospechaba que ya estaba dispuesto a estrangularla.

En cuanto Henry se convenció de que Meredith le había dicho que estaría a salvo en el castillo, para él se acabaron los problemas. Si lo decía su madre, iba a misa. Había intentado, aunque con la boca pequeña, persuadir a su hermana para que se quedara en casa. Se conformó con hacerle prometer que solo lo llevaría, e insistió en que, en cuanto llegaran a su destino, diera media vuelta y se marchara.

Vic sospechaba que le agradecía en secreto su decisión de acompañarlo. Si le daba miedo viajar solo o si no le hacía gracia dejar a su confidente más cercana al otro lado del país, no lo dijo, pero Vic intuía que su presencia le resultaba reconfortante.

—Me estás volviendo loco, Vic. —Henry apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos.

Reconfortante y puede que molesta, pero reconfortante al fin y al cabo.

—Trato de prepararte para el futuro.

—Me quiero morir —gimió Henry.

—Igual lo consigues. A saber qué hace esa gente en medio de ninguna parte. Puede que sea una red de tráfico de personas. O una secta sexual.

—No es una secta sexual. —Henry suspiró sin abrir los ojos—. Ya lo hemos hablado.

—En mi opinión, no hay pruebas concluyentes de que no sea una secta sexual.

—Mamá dijo que estaría a salvo en el castillo —dijo Henry. Caso cerrado. Mamá había dicho que era seguro y él confiaba en mamá.

Vic no entendía de dónde sacaba Henry esa confianza. Desde su punto de vista, su madre lo había dejado tan colgado como a ella. Los dos compartían las consecuencias de los secretos de su madre. Pero Henry veía a Meredith a través de un prisma de optimismo y buenas intenciones. Vic no estaba familiarizada con esos conceptos.

Una pesadez indescriptible oprimía el pecho de Vic mientras veía pasar los árboles a toda velocidad por el parabrisas e iba asimilando la realidad de su situación. Estaba llevando a su hermano al otro lado del continente, a un castillo donde unos desconocidos intentarían enseñarle brujería, y casi habían llegado.

En pleno enero, el paisaje del noreste era de una desolación increíble. Un cielo sombrío se cernía sobre ellos y aplastaba a Vic contra el suelo como si le hubiera puesto una mano en el cuello. Los árboles alzaban las ramas vacías hacia el cielo, y los arcenes estaban cubiertos de nieve manchada, de varios días, compactada en montículos de hielo coagulado. Atrás quedaba el sur devorado por las enredaderas, donde el invierno rara vez llamaba a la puerta. Vic había entrado en un lugar más frío y hostil. El sol inició el descenso demasiado pronto y la oscuridad los envolvió antes de que el reloj del salpicadero marcara las cinco de la tarde.

Seguían las instrucciones de Nathaniel, que Henry había copiado a mano para que Vic pudiera leerlas. Cuando abandonaron la autopista, se adentraron en una especie de oscuridad desconocida para los urbanitas. Dos haces de luz trazaban un estrecho camino delante de ellos, y el resto del mundo quedaba sumido en la negrura.

Vic redujo la velocidad al máximo; no confiaba en sus neumáticos desgastados sobre el asfalto resbaladizo. Cualquier preocupación que pudiera tener sobre la posibilidad de encontrarse otro vehículo de frente en aquella carretera de un solo carril se esfumó cuando oyó el crujido del hielo bajo los neumáticos. Nadie había pasado por allí en varios días.

Tenía las manos aferradas al volante y los hombros alzados hasta las orejas. Henry se agitaba en su asiento, con la mirada fija en el parabrisas, como si esperase ver materializarse un castillo a un lado de la carretera. Los nudillos, apoyados en el regazo, se le pusieron blancos.

—¡Ahí! —gritó de repente—. ¡Ahí mismo, gira a la derecha!

Vic miró en la dirección que él señalaba, aunque solo había árboles.

—¿No lo ves? —preguntó Henry.

—No veo una mierda.

—Para y déjame conducir.

Vic miró con recelo los montones de nieve acumulados en el arcén y optó por detenerse en mitad del carril. Los frenos chirriaron cuando paró bruscamente sobre el hielo.

Henry abrió la puerta del pasajero y salió, estirándose como un gato, con los brazos por encima de la cabeza. Vic se desabrochó el cinturón de seguridad y pasó de un asiento a otro dentro del coche.

—¿En serio? —preguntó Henry, mirando desde el lado del conductor.

—Yo no salgo a ese bosque.

—Eres una cría.

—Lo que soy es alguien a quien no se va a comer un monstruo del bosque.

Él sacudió la cabeza, agarró el volante y puso el vehículo en marcha. Las ruedas patinaron y chirriaron sobre el hielo antes de entrar en movimiento. Al llegar a la zona que había señalado, Henry salió de la carretera… directo hacia la espesura.

Vic gritó y se preparó para el impacto, pero, en el último instante, los árboles desaparecieron. Mientras miraba fijamente, se materializó ante sus ojos una carretera que se adentraba en el bosque.

Supuso que Henry la había visto todo el tiempo.

Era magia, ¿verdad? Vic la había presenciado con sus propios ojos. Los árboles se alzaban como centinelas frente al coche, tan reales que podía ver su corteza abarquillada, y de pronto ya no estaban.

El asfalto dio paso al empedrado y el vehículo traqueteó por él, ajeno a la ansiedad de Vic. Cuando habían avanzado unos ochocientos metros por aquel extraño camino, divisaron unas luces que resplandecían como estrellas en la oscuridad. Fanales dorados bordeaban el camino, y, cuando la carretera se curvó, Vic se oyó contener la respiración.

Un imponente edificio de piedra se erigía al final de la carretera. El Castillo de Ávalon, un gigante de sillares grises, agazapado en el bosque. Vic volvió a sentir que el tiempo se desmoronaba a su alrededor. Una docena de torres de aguja se alzaban hacia el cielo. Cientos de ventanas arqueadas iluminaban la negra noche. Pensó en catedrales, en la luz de las velas y en historias de terror.

El miedo le ascendió por la columna mientras miraba la fortaleza. Parecía menos un edificio que un ser vivo. Un gran dragón de piedra, acechante.

—La leche —dijo Henry entre dientes.

Ahí dentro podría caber toda una universidad, toda una ciudad. Vic se preguntó cuántas personas vivirían entre sus muros, ocultas en las montañas. ¿Cientos? ¿Miles?

Unos arcos minuciosamente tallados se estrechaban sobre una colosal puerta de madera. Incluso a distancia, Vic sabía que esa puerta la empequeñecería.

Henry se detuvo frente a la entrada, y Vic quiso exigirle que diera media vuelta. «Sigue conduciendo. Nos largamos de aquí».

Según los documentos que había dejado Nathaniel, la Orden databa del siglo XVII y Ávalon había terminado de construirse en 1824. El castillo tenía solo dos siglos. Entonces ¿por qué tenía la impresión de estar contemplando el rostro marchito de la mismísima historia?

Dio un respingo cuando Henry abrió la puerta, sin apartar la vista del edificio. Se inclinó, sacó la llave del contacto y se la guardó en el bolsillo. Respiró hondo para contener el pánico, hasta que se calmó, y siguió a su hermano hacia la noche.

Un viento gélido atravesaba el fino tejido de su chaqueta. El cuero sintético no estaba hecho para un invierno de verdad.

Vic le había dicho a Henry que lo dejaría allí. Le había jurado que solo lo llevaría hasta la puerta principal. Después daría media vuelta y volvería por donde habían llegado.

Pero también le había prometido a su madre que lo mantendría a salvo, y la puerta principal la atraía como un canto de sirena.

Vic echó una mirada a la negra linde del bosque mientras subía los escalones de piedra que conducían a la entrada. Las sombras de entre los árboles podían esconder cualquier cosa, y, cuanto más miraba, más movimientos creía captar con el rabillo del ojo. Apartó la mirada de la oscuridad antes de convencerse de que esta se la devolvía.

Henry empujó la enorme puerta hacia dentro. A Vic le llamó la atención su confianza, como si aquel fuera su derecho de nacimiento y hubiera acudido a reclamarlo. Por su mirada, supuso que tal vez fuera así.

La puerta se abrió con un crujido y el vestíbulo resplandeció como un sol en medio del bosque.

Vic entró detrás de él con sigilo. En cuanto cruzó el umbral, la puerta se cerró con un golpe tan fuerte que ella dio un respingo.

Un techo labrado se elevaba por encima de sus cabezas, sujeto por una ornamentada cascada de arcos que confluían en la parte superior. El suelo, las paredes y el techo eran de piedra, aunque una enorme alfombra antigua cubría el suelo. Las escaleras subían en espirales gemelas y conducían a un rellano común en el centro.

Un hombre de mediana edad, con un traje de tres piezas, esperaba en el descansillo con las manos apoyadas en la barandilla.

—Henry Wood —dijo sonriente—, bienvenido al Castillo de Ávalon.

IV

Aunque el grueso de la humanidad olvidó la magia que había utilizado para fracturar el mundo, las sectas de hombres que la recordaban, que conservaban el dominio de toda la vida, juraron liberar al mundo del caos que habían creado sus actos. Las normas, la estructura, la organización; esas se convirtieron en su ruta de escape. Generación tras generación, luchaban por arreglar lo que habían destrozado. Generación tras generación, fracasaban.

Pero el mundo prosperaba bajo el caos. Los hombres construyeron hacia el cielo. Almacenaron alimentos en cantidades inimaginables y dividieron el paisaje en partes a las que poder dar nombre. Aunque las bestias seguían en los márgenes, a la espera de la debilidad, los seres humanos perseveraron.

Así surgió una alternativa radical. El nuevo orden debía ser equilibrio, no restauración. Nunca podrían reparar lo que se había roto, pero el mundo, al parecer, podía existir en el filo de la navaja, entre el caos y el control.

Fue este enfoque el que acabó por prevalecer; sus defensores sobrevivieron a todos sus oponentes y se dispusieron a esperar sentados a que se acabara el mundo. Estuvo a punto de ocurrir, varias veces, y lo impidieron tal como habían prometido.

Así nació la Orden de Acheron. Se encontraba al final de la historia, mirando hacia atrás. Se sumió en las sombras y dejó que el mundo de los hombres olvidara lo que había hecho. Aun así, conservaron su poder. Lo cultivaron a lo largo de los siglos, lo mantuvieron fresco, con vida. Un poder condensado, sujeto firmemente en manos de unos pocos. Dominaban el mundo que habían salvado mucho después de que este los hubiera olvidado.

De los archivos del anciano HENRY ALDOUS, 1875

—Y traes una invitada.

La sonrisa afable del hombre se amplió cuando sus ojos se posaron en Vic. Henry se fijó en su hermana por primera vez y la miró con los ojos como platos.

El hombre bajó la escalera como un noble de otra época.

Llevaba un traje de color marfil, con una camisa y una corbata en tonos crema más oscuros. Un pañuelo turquesa completaba el conjunto anacrónico. Incluso de lejos, Vic supo que la ropa era cara, hecha a medida lo más probable. Su pelo ondulado no se decidía entre el blanco y el negro, aunque ella no le echaba más de cincuenta años. Podría haber sido una estrella de la edad de oro, una leyenda de Hollywood que se había mantenido joven para siempre en un castillo. Era impactantemente guapo.

Vic dio un paso al frente con la mano extendida.

—Victoria Wood —dijo—. Soy la hermana mayor de Henry.

—Lo recuerdo —repuso él con una sonrisa. Sus ojos eran de un gris suave, como ojos azules desprovistos de intensidad—. Conocí bien a tu madre.

—Pues al menos lo hizo uno de nosotros —dijo Vic con una sonrisa sarcástica, y una extraña curiosidad cruzó el rostro del hombre.

Henry rodeó a su hermana para estrechar la mano que le tendía el desconocido, que los miró a los dos antes de presentarse.

—Me llamo Max Shepherd —dijo—. Soy uno de los ancianos de la Orden.

Nathaniel también se había presentado como anciano. Pero el hombre que tenían delante no aparentaba edad para ello. La confusión de Vic debió de reflejarse en su rostro, porque Max se rio. Una risa alegre, encantadora, que contrastaba con el austero telón de fondo del castillo.

—Es más un cargo que una descripción. Y me siento halagado. Somos doce.

—Señor Shepherd —interrumpió Henry—. Sé que los documentos que me proporcionó el anciano Carver hacían hincapié en el secreto, pero mi hermana estaba preocupada por mi seguridad.

—Una preocupación perfectamente comprensible —respondió Max sin darle importancia, mirando a Vic.

—Sí —dijo Henry—. Hasta la semana pasada, no teníamos ni idea…

—Hasta la semana pasada, te escondías de nosotros.

—Nuestra madre le dio motivos a Henry para pensar que no estaría a salvo —dijo Vic entornando los ojos, pero el tal Max asintió.

—No hace falta disculparse. Fue un malentendido. Tu situación es… única.

Henry se enderezó y continuó:

—Sé que no se permite la entrada de extraños en el castillo, pero nos preguntábamos si ella…

—Claro que puedes quedarte —dijo Max, con los ojos fijos en Vic—. La Orden le debe mucho a Meredith Wood. Su familia es nuestra familia.

Vic frunció el ceño ante la naturalidad con que decía aquello. La cabeza le daba vueltas. ¿Llevaba años escondiéndose de esa gente y, de buenas a primeras, la acogían sin cuestionárselo? No tenía sentido.

Henry debió de pensar lo mismo, porque continuó:

—El anciano Carver escribió que los humanos están vetados en Ávalon. Amenazaba con que habría consecuencias, decía que…

—Las reglas están para romperse —dijo Max en tono despreocupado, desechando cualquier inquietud con un gesto de la mano—. Venid conmigo.

—Pero el coche está… —Vic señaló débilmente a su espalda, sin saber muy bien cuál era su objeción. Nada de aquello era lo que se esperaba.

—Ya nos ocuparemos. Acompañadme, por favor.

No le pidió las llaves del coche.

Max se dirigió a las escaleras gemelas y Henry lo siguió sin vacilar. Vic echó una mirada ansiosa a su espalda y se apresuró a ir tras ellos.

El pasillo, tan ornamentado como el vestíbulo, tenía los techos abovedados salpicados con intrincados relieves en piedra. Las paredes, por lo demás desnudas, estaban adornadas con cuadros, y el suelo se hundía en el centro, una depresión formada por miles de pisadas.

—El Castillo de Ávalon es la sede de la Orden desde hace dos siglos —dijo Max—. Es el lugar donde se instruye a los nuevos miembros; alberga los archivos y sirve de punto de encuentro. La estructura principal consta de cinco alas, y también están los túneles y las construcciones accesorias. Cuenta con más de quinientas estancias, que incluyen media docena de bibliotecas, un anfiteatro, zonas de entrenamiento y, por supuesto, alojamientos, todo ello alrededor de un patio que es precioso cuando hace sol, aunque en este momento resulta más bien lúgubre.

Vic inspeccionó un estrecho pasillo junto al que pasaron, esperando ver aparecer un grupo de personas ataviadas con túnicas y quizá hasta sombreros puntiagudos. Pero no, solo piedra desnuda. Dura y fría, cubierta de una fina capa de condensación. Imaginó que, si pasara la mano, tendría el tacto de la pared irregular de una cueva.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó.

Henry le lanzó una mirada de advertencia.

«¿Qué?», articuló Vic en silencio. Henry la ignoró y se volvió hacia Max, que se sacó un elegante reloj dorado de un bolsillo del chaleco, lo miró y lo cerró de golpe.

—Los habitantes del castillo se han retirado ya a sus habitaciones esta noche. Por lo general, se desaconseja a los miembros de la Orden que deambulen por los pasillos tras la puesta de sol. —Antes de que Vic pudiera preguntar por qué, continuó—: Los miembros activos que tienen su residencia permanente en el castillo son pocos. Como habréis notado, se construyó para alojar a muchas más personas de las que viven actualmente en él. Ni siquiera en el apogeo de la Orden tuvimos suficientes miembros para llenar esto. En cualquier caso, quedan menos brujos de lo que a muchos les gustaría.

—¿Les pasó algo a los demás? —preguntó Vic. Su mente se remontó a las cazas de brujas, a la violencia y la persecución. Cuerpos de mujeres asándose en la hoguera.

Henry le lanzó otra mirada. Como si fuera impertinente por su parte hacer preguntas, cuando su único objetivo era evaluar su seguridad. Vic puso los ojos en blanco y Henry la miró con cara de pocos amigos. Ella pensó que Henry le habría dado una patada si Max no pudiera verle claramente los pies. El anciano rio entre dientes.

—Nada tan macabro como lo que piensas —le dijo con su tono calmado—. Es solo que en la actualidad nacen menos brujos.

—¿Cuándo empieza la instrucción? —preguntó Henry.

—Hace dos semanas —respondió Max—. Serás el último en unirse, ya que nos costó mucho localizarte, pero no te preocupes por ir un poco atrasado. Todo el mundo empieza por lo básico.

Entraron en un amplio pasillo flanqueado por puertas, y Max se detuvo a mitad de camino.

—Puedes unirte si quieres —le dijo a Vic.

—¿Unirme? —Por un instante, Vic pensó que se refería a la Orden y su mente se aceleró. Tanta insistencia en el secreto, todo lo que su madre le había ocultado porque no había nacido como Henry… Nunca se habría esperado que la invitaran a entrar, y mucho menos que la recibieran con los brazos abiertos.

—A las clases —aclaró Max—. Por la mañana. Puedes asistir con tu hermano.

—Ah, pero yo no… —Vic negó con la cabeza.

—Sé que no puedes practicar la magia. Pero, si tu objetivo es garantizar la seguridad de tu hermano, puede ser una buena manera de invertir el tiempo. No hay mejor modo de averiguar lo que hacemos aquí.

Obviamente, Vic estaba dispuesta a quedarse con Henry si le daban la oportunidad. La perspectiva de dejarlo allí y conducir de vuelta a Texas con el asiento del copiloto vacío había pesado sobre ella como un fantasma durante toda la semana. Pero no estaba segura de entender lo que proponía Max.

—No podré hacer nada —respondió.

—Ya veremos. —Max señaló la puerta que tenían delante—. Esta es la entrada a vuestras habitaciones.

La gruesa puerta de madera era, como todo lo que Vic había visto en este castillo, más extravagante de lo necesario y fuera de lugar en este milenio. Delicadas tallas con motivos vegetales cubrían la superficie, y un pomo de cristal rojo brillaba contra el roble como una gota de sangre solitaria. Era el apartamento 241, según los números de latón que la adornaban a la altura de los ojos.

—Supuse que os sentiríais más cómodos si os alojabais juntos —dijo Max.

—Creía que no me esperabais.

Max se limitó a sonreír y le entregó a Henry un juego de llaves.

—Creo que dentro encontraréis todo lo necesario, pero no dudéis en avisarme si hay algo que pueda hacer para que estéis más cómodos. —Miró a Vic a los ojos—. Insisto en recomendaros que no deambuléis sin compañía por los pasillos después del anochecer.

Mientras hablaba, detrás de Max se abrió una puerta y golpeó la pared como un puño. Vic pegó un respingo. Se quedó mirando la puerta mientras se cerraba con la misma fuerza.

Max apretó los dientes, pero no se giró.

—Me temo que el castillo tiene mente propia. —Dedicó a los hermanos una sonrisa de ánimo—. Hasta pronto. Si necesitáis algo, decídmelo.

Max se alejó, y Henry introdujo la llave en la cerradura y entró en la habitación. Al otro lado del pasillo, la puerta que se había movido por sí sola seguía inmóvil.

Mientras su hermano exploraba el nuevo espacio, Vic vaciló y luego echó a correr tras su extraño recién conocido.

—¡Espera, Max! —Corrió para alcanzarlo.

Él se volvió con las cejas levantadas.

—¿Sí, Victoria?

Vic se detuvo a su lado y se quedó pensativa.

—¿Qué hace la Orden exactamente?

—¿No os lo explicó Nathaniel cuando os visitó? —preguntó Max.

—A mí no me explicó nada.

—La Orden mantiene el equilibrio entre el mundo de los vivos y el reino de los muertos. El Velo separa los dos mundos, pero es como una membrana muy compleja. A veces consiguen cruzarlas cosas que no son de nuestro mundo. Para eso se fundó la Orden, para fortalecer el Velo cuando se debilita.

—¿Qué pasa si se rompe el Velo? —Vic se esforzaba por no perder el hilo.

Max se detuvo y se llevó un dedo a la barbilla.

—Me imagino que, sin una frontera, los mundos se entremezclarían. Los muertos caminarían entre los vivos, matando con impunidad. Sería un cataclismo. —Lo dijo con naturalidad, como quien habla de una hipótesis académica: una idea interesante, merecedora de debatirse durante una cena y unas copas, en lugar de un futuro potencialmente espantoso que más valía evitar a toda costa.

—¿Y mi madre formaba parte de esto? —preguntó Vic.

Max la observó con el ceño fruncido.

—Meredith Wood ingresó el mismo año que yo. Su muerte fue una tragedia terrible.

—¿Qué le pasó? —preguntó Vic.

—Quédate, Victoria —respondió—. Y descúbrelo por ti misma.

Dicho aquello, Max se despidió con un gesto de cabeza y dejó a Vic sola en el pasillo.

Su mente daba vueltas mientras volvía al apartamento. Cuando partieron rumbo al castillo, dos días antes, la mayor esperanza de Vic era que todo aquello fuera una especie de broma. Que vagaran unos días por el noreste antes de que Henry se diera cuenta de que le habían tomado el pelo, de que la magia, por supuesto, no existía, y así podrían volver a la vida que tenían antes. Pero, cuando Vic vio surgir el edificio en la oscuridad, se dio cuenta de que sus peores temores se habían hecho realidad. Henry se matricularía, se instruiría y se volvería muy distinto de ella, tanto como siempre había sido su madre. Vic se vería expulsada, sin su hermano y sola en el mundo.

Y su madre. Una curiosidad que Vic había reprimido mucho tiempo volvió a cobrar vida. ¿Qué habría hecho Meredith para acabar allí? ¿Y por qué lo había dejado atrás?

¿La había matado ese lugar o debía culpar a algo…, a alguien…, distinto?

La puerta del apartamento daba a una sala de estar de buen tamaño, con una zona para sentarse frente a una chimenea de piedra a un lado y una pequeña cocina y un comedor al otro. La mesa estaba puesta, con dos platos cubiertos con campanas de plata. Se elevó el vapor cuando Vic levantó una de ellas, y descubrió un plato con una pechuga de pollo, espárragos y una patata asada, además de una copa de vino y cubiertos. Vic gruñó y volvió a colocar la tapa, incómoda ante la perspectiva de que delante de ella apareciera una comida misteriosa, caliente y lista para consumir.

Henry, sin embargo, se sentó en la silla de enfrente.

—Me muero de hambre —murmuró.

Vic lo detuvo poniéndole una mano en el brazo, no muy segura de que aquello se pudiera comer.

—No me habrían traído hasta aquí para envenenarme —dijo él, mirándola fijamente.

Lo más probable es que tuviera razón. Más bien, si la Orden tramaba algo siniestro, esperaría hasta haberle sacado lo que quisiera de él.

Vic apartó la mano y se sentó junto a él. Lo miró comer con los ojos entornados.

Henry gimió al morder el pollo.

—Tienes que probarlo, está buenísimo —dijo con la boca llena.

—¿Cómo has salido tan confiado? Prácticamente te crie yo.

—Exacto —asintió Henry, agitando el tenedor—. Pude ver de primera mano que no sirve para nada ser tan desconfiado con todo el mundo todo el tiempo.

—Critícame todo lo que quieras, pero estamos vivos, ¿no?

Henry rio para sus adentros mientras comía. Vic jugueteó con su comida antes de dar un cauteloso bocado al pollo.

—Está bueno —dijo Henry—. Reconócelo.

—Le falta ajo —dijo Vic, y él puso los ojos en blanco.

Cuando terminó de comer, Vic recogió los platos y miró a su alrededor. Al otro lado de la sala, frente a la chimenea, había un sillón de orejas y un sofá de dos plazas. Una llama discreta ardía detrás de la rejilla. Las paredes estaban empapeladas en un rojo intenso, aunque una de ellas era de piedra desnuda. Resultaba acogedor y tenía un aire más que medieval. Una vez más, Vic se maravilló de la relativa juventud del castillo. Crear una escena como aquella había sido intencionado. Alguien había pretendido evocar imágenes de castillos feudales, de damas y caballeros, de campesinos desafortunados y del ambiente académico de antaño, aunque de mayor tamaño y con todas las comodidades modernas, como electricidad y calefacción central. Se preguntó por qué se habían tomado tantas molestias.

Al fondo del apartamento encontró dos dormitorios, cada uno con su cuarto de baño. Eso era una mejora; en casa, Henry y ella compartían el mismo.

Vic se sobresaltó cuando vio su maleta en una banqueta, en el segundo dormitorio.

¿Cómo habían entrado en el coche? ¿Cómo habían llegado a la habitación antes que ellos?

Pero dejó de lado aquellas preguntas. Sabía que en el castillo vivían brujos. Sabía que usaban la magia para hacer cosas que aún no entendía. Tenía que dejar de sorprenderse por nimiedades y centrarse en lo importante.

Una cama de madera con dosel ocupaba el centro de la habitación, a juego con una cómoda igual de contundente. Gruesas alfombras se superponían sobre el suelo de piedra. Había una silla tapizada y un tocador frente a una ventana oculta tras gruesas cortinas, rojas como el resto del dormitorio.

Vic vio su reflejo en un espejo dorado del distribuidor y soltó un gemido.

—¿Te pasa algo? —preguntó Henry desde el comedor.

—No. Y no te hablo, por no haberme dicho que parezco un espantapájaros —respondió.

Henry giró la cabeza para mirarla por encima del respaldo de la silla.

—Me gusta tu pelo —decidió tras una evaluación rápida—. Pareces Medusa.

—Eso no es un cumplido, aunque te lo parezca.

Volvió al espejo y se alisó los rizos rebeldes. Su reflejo tenía un aspecto distinto con el marco dorado. Se veía casi majestuosa mientras fruncía el ceño al pensar en lo que debía de costar aquel trasto.

Inspeccionó la hilera de libros de la repisa de la chimenea y descubrió que eran más de adorno que de lectura. Ejemplares de tapa dura de libros aburridos, de esos que la gente compra a bulto sin intención de abrirlos. Ella quería libros sobre la Orden, o sobre magia en general, pero no hubo suerte.

—¿Qué le has dicho antes a ese anciano? —preguntó Henry detrás de ella.

—Le he preguntado por mamá.

—¿Y qué te ha dicho?

—Nada interesante —respondió Vic después de pensarlo.

—¿De verdad tienes intención de quedarte? —Ella se limitó a encogerse de hombros, y él se colocó detrás del sofá—. ¿Te preocupa no poder recuperar tu antiguo trabajo?

Después de que desapareciera en mitad de su turno la semana anterior, el dueño del restaurante le había gritado y ella le había respondido de igual forma. La cosa no había terminado bien.

—La verdad es que ni lo había pensado —dijo Vic. No estaba segura de querer volver. Llevaba años cansada de la monótona rutina del restaurante. El interrogatorio de Nathaniel no había ayudado.

—Siempre puedes dedicarte a otra cosa —sugirió Henry.

—¿Se te ocurre algo?

—¿Crees que podrías conseguir trabajo en el dojo?

A Vic le gustaba pelear, probablemente más que ninguna otra cosa. Era su vía de escape, su obsesión. Pero nunca había pensado convertirlo en un empleo a tiempo completo.

Se encogió de hombros de nuevo y se dio la vuelta para mirar a su hermano.

—¿Qué te parece este sitio? —le preguntó.

—Es emocionante —dijo con una sonrisa cautelosa—. Recuerdo todo lo que decía mamá sobre que yo era especial, que tenía un propósito. Durante mucho tiempo no le di importancia, pero ahora siento que podría ser verdad.

—Decía que estás destinado a hacer grandes cosas —dijo Vic.

—Tenía que referirse a esto, ¿no crees?

—Sí —convino Vic, distraída.

—Mañana lo veremos, ¿no? —dijo Henry con un suspiro en la voz.

Vic asintió mientras se dirigía al dormitorio y se quedó mirando el baile de las llamas.

Se preguntó cómo se sentiría alguien al pensar que tenía un destino, que estaba en el lugar adecuado.