Era sábado por la tarde. Salí del cine y me encontré ...

Era sábado por la tarde. Salí del cine y me encontré la calle abarrotada. No quería volver a casa, no en ese momento, al menos.

Me senté en el escalón de un edificio, pero la portera me echó. Me puse a caminar y llegué al Templo de Debod. Llevo muchos años en Madrid, pero creo que solo he paseado por allí un par de veces. La cantidad de gente era inmensa. Caminar sin rumbo por Madrid es una quimera: siempre hay algún sitio al que ir.

Un puñado de personas hacía cola para subir las escaleras, así que torcí por una cuesta y llegué hasta arriba. El sol abriéndose paso entre edificios de altura imposible formaba un paisaje hermoso. La gente se hacía selfis, posaba tapando el anochecer como estrellas mal colocadas, retorciéndose en movimientos estudiados. Parecían ladrillos terminando el paisaje obligado. Me senté al lado de un árbol y miré hacia otro lugar.

Entonces las vi: dos chicas ajenas al sol y a la gente, sentadas en el césped húmedo, rellenando un cuadro perfecto. Se abrazaban con ternura y se dejaban besos amables por el cuerpo. Sus movimientos eran tan pausados que me dio tiempo a sacar la cámara y disparar la foto.

Me da mucho pudor fotografiar a gente sin su consentimiento, pero sentí en ellas una parte de mí, la más inocente, la más amable, y no pude evitarlo.

Me levanté, dispuesta a irme, y entonces lo noté: un nuevo peso, esta vez más ligero, más limpio, como una bocanada de oxígeno retenida en los pulmones. Al final, eso somos: aire que sale y que entra, aire que se va y aire que se queda, aunque no sepamos muy bien lo que eso significa.

¿De quién era la culpa?

Fotografía de una mujer adulta caminando sola frente a un edificio en ruinas en un entorno rural.

Fotografía en blanco y negro de un retrato doble con superposición del perfil de una mujer y una escena marina.

Me he visto por primera vez.

Fotografía de una persona tumbada boca abajo sobre una cama, con la cabeza apoyada en una almohada.

Fotografía de una persona adulta sentada sobre una cama de espaldas, con un patrón de luz proyectado sobre la piel.

Fotografía en blanco y negro de un avión cruzando el cielo sobre las copas de varios árboles.

Me gusta la fotografía porque a veces se

da ese asombroso hallazgo que es

encontrar algo. Se busque o no, es un

momento de ilusión que se queda ahí,

parpadeando. Después de hacer esta foto,

he vuelto a mirar al cielo y el rastro del avión

se había esfumado.

Fotografía en blanco y negro del interior de una estación ferroviaria con personas agrupadas junto a un tren detenido.

Quédate.

O llévame a un lugar en el que no sean necesarios los motivos para quedarse.

Fotografía de dos personas abrazadas sobre un puente urbano, con un río y edificios históricos al fondo.

Composición de tres fotografías en vertical que muestran una persona sosteniendo una cámara frente al rostro en diferentes posiciones.

El extraño movimiento de un intento.

Fotografía documental de una persona adulta sentada junto a una ventana interior sosteniendo a un bebé en brazos.

Siento que León avanza más deprisa que el tiempo,

que su cuerpo cambia a cada segundo como cambia

su mirada y que cuando le veo nunca es el mismo.

Es una belleza sentir que cada vez que lo tengo en brazos

es una persona diferente. No más completa ni más grande

ni más mayor: simplemente comienza de nuevo,

mucho más sabio. Y eso me parece hermoso

porque en él ese cambio está permitido, es algo que se

espera, que se ansía: descubrir cómo será cada vez

que abra los ojos.

Es todo tan veloz que es difícil darse cuenta, pero es

que es un bebé libre, que navega en este mundo raro

sin límites y cuyos ojos claros y antiguos me miran

como si supieran quién soy. Él ya sabe las ganas que

tengo de preguntárselo, las mismas que tengo de

sentarme a verlo crecer. Por lo pronto, bajo su sombra

de árbol vivo, ya empiezo a descubrirlo.

Fotografía de un paisaje abierto con vegetación baja y un poste inclinado con una señal.