1 Maldito lunes Sofía

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Maldito lunes

Sofía

Es oficial: estoy teniendo un día de mierda.

Debería haber hecho caso a los primeros indicios nada más levantarme. Y es que la alarma no ha sonado y me he despertado quince minutos tarde. Vale que podría haber sido peor, pero ha bastado para tener que ducharme deprisa y corriendo, algo que me pone de muy mal humor y más cuando la caldera no funciona. Me da igual que sea casi julio y no me valen los consejos de Alma tipo: «El agua fría te deja una tez tersa y preciosa» o «Estamos en verano, así te refrescas». Lo mejor para la piel es dormir ocho horas y, desde que empecé la residencia en el hospital hace dos semanas, no logro conciliar el sueño más de cuatro. Si quiero refrescarme, me tomo una cerveza, no me echo agua congelada por encima.

Después de esos imprevistos, he terminado de prepararme como he podido y he salido a la calle más que dispuesta a enterrar mi mal humor y comenzar el lunes con energía.

Cinco minutos. Ese es el rato que me ha durado el optimismo. Hasta que he notado la primera gota de lluvia. Luego, ha habido una segunda y una tercera… y yo, por supuesto, sin paraguas.

«Maldito sea el hombre del tiempo y su previsión de cielos despejados en la Comunidad de Madrid».

Normalmente, no me levanto tan malhumorada, pero es que odio no tener las cosas bajo control. Me gusta preparar el día de antes la ropa que voy a ponerme. Soy de las que apuntan en la agenda del móvil lo que deben hacer para no olvidarse de nada y organizan los viajes al milímetro. Y, sobre todo, detesto los imprevistos. Aunque está comprobado que, por muy cuadriculada que sea, no puedo luchar contra las inclemencias del tiempo.

Saco una carpeta de mi bandolera, compruebo que está bien cerrada, y me la pongo sobre la cabeza. En situaciones desesperadas, medidas desesperadas.

«Por favor, universo, que no se me mojen los apuntes de cardio».

Corro hacia el hospital para tratar de llegar lo más seca posible. En condiciones normales, suelo tardar unos quince minutos. Ahora, tras haber recorrido la mitad de la distancia, calculo que estaré allí en unos cinco.

Diviso la puerta, solo me queda atravesar un paso de cebra y habré llegado. Veo que el muñequito de los peatones cambia a verde y me dispongo a cruzar cuando un coche se salta el semáforo, acelera y genera un tsunami de tales dimensiones que me cubre entera.

—¡Joder! —grito con todas mis fuerzas.

Los transeúntes a mi alrededor me contemplan sin saber qué decir. Incluso una señora me ofrece un paquete de clínex. Ahora mismo, más bien, necesito unos manguitos para no ahogarme.

Me escurro el pelo como puedo, entro en el hospital y me dirijo al vestuario con una sensación de orgullo enorme.

Desde que pongo el primer pie en el vestíbulo, me siento como en casa. Soy de las pocas personas a las que le gustan los hospitales. No es porque no haya vivido ninguna experiencia desagradable relacionada con ellos. Al contrario, he acumulado muchas, pero siempre lo he visto como un lugar de sanación que me transmite paz. Las paredes blancas, el olor a limpio, el pitido de las máquinas… Bueno, siendo justas, no todos los pitidos de los hospitales relajan. Sin embargo, hay algo en el ambiente que irradia esa calma, y logra que me olvide por unos segundos de que estoy empapada. Me lo recuerda el charco que se forma bajo mis pies.

Entro en el vestuario y me dirijo al baño que hay dentro. Hago una primera parada en la zona de los lavabos y acaparo el secador de manos. No estoy sola, me encuentro con una chica que viste su uniforme de enfermera, quien trata de hacer algo con su cabello mojado. Se cepilla como puede con los dedos los mechones rubios que enmarcan su cara.

Me acerco y me decido a recogerme el pelo en una coleta. Es mejor así porque lo tengo bastante largo y me molesta mucho a la hora de trabajar. A continuación, compruebo mi maquillaje. Afortunadamente, la raya que perfila mis ojos negros no ha salido mal parada y no me he convertido en un oso panda.

—Veo que no soy la única que se ha olvidado el paraguas —me dice la chica a modo de saludo, dedicándome una amable sonrisa.

Debe de tener más o menos mi edad, unos veinticinco, aunque su rostro dulce y la melenita rubia la hacen parecer más joven. Me da la impresión de que podríamos llevarnos muy bien.

—Definitivamente, hoy no es mi día. —Le sonrío de vuelta.

—Soy Esther. Tú eres la nueva residente de Saavedra, ¿no? Creo que te vi hace unos días en planta.

—Sí, me llamo Sofía. —Le tiendo la mano. Admito que me ha caído bien de inmediato—. ¿Puedo preguntar dónde vas a guardar la ropa mojada? Me da miedo dejarla aquí fuera y que desaparezca.

—Pues la voy a colgar en una silla de la sala de Enfermería. Dame la tuya si quieres. Hoy me toca Medicina Interna, por lo que estarás cerca y puedes pasarte a por ella cuando termines.

—Ah, me salvas la vida. —Sonrío—. Dame un segundo, que me cambio.

Cojo el uniforme de mi taquilla, me quito las prendas que llevo empapadas y se las entrego.

—Nos vemos arriba, Sofía.

—¡Genial!

En cuanto me quedo sola ojeo el móvil, que descansa en el banco del vestuario, y veo que tengo un mensaje de Alma.

 

Alma:

Te ha pillado la lluvia?

 

Sofía:

Estoy más empapada que si me hubiera
tirado a la piscina con ropa.
No me extrañaría morir en unas
horas por un ahogamiento secundario

 

Alma:

Jajaja. Pues ve buscando a un
socorrista buenorro, por si acaso.
Igual tu tutor…

 

Voy a contestarle una burrada relacionada con mi adjunto cuando me fijo en la hora: llego tardísimo. Me pongo el pijama a toda prisa y salgo disparada del vestuario.

Lo único que me queda para que este día sea una completa mierda es que me caiga una bronca de mi «querido» tutor: el doctor Saavedra.

Su aspecto físico dista mucho de la imagen de socorrista buenorro que ha mencionado mi amiga. En realidad, es un señor de mediana edad, pelo canoso y con entradas. Vamos, el típico médico que podría haber salido en la televisión en los noventa anunciando cigarrillos.

Ciertamente, es muy reconocido dentro de la Medicina Interna y estoy segura de que aprenderé mucho de él. Pero el problema es que es muy exigente y un pelín soberbio. Bueno, un pelín no, qué demonios. Si por él fuera le pondría su propio nombre al hospital.

Una de las cosas que más odia Saavedra es la impuntualidad. Y ser impuntual significa llegar después de él, incluso si ese día decide aparecer veinte minutos antes.

Por suerte, él no será mi único adjunto. Como residente de primer año que soy, rotaré por diferentes departamentos y en cada uno de ellos tendré un tutor de esa especialidad. Al trabajar en otras plantas, seguro que aprenderé mucho tratando a pacientes con patologías distintas a lo que normalmente vemos en Interna.

Ya en el pasillo de los ascensores, aprieto el paso al ver que las puertas de uno de ellos están a punto de cerrarse. Pero justo cuando voy a lanzarme hacia dentro, alguien me arrastra con fuerza para impedírmelo.

—¡Espera! —exclama una voz masculina. Tiene enganchada la mano a la camiseta de mi uniforme.

Me giro algo aturdida tratando de no caerme.

—Pero ¿qué haces? —pregunto frustrada al recuperar el equilibrio—.¡Casi me tiras al suelo!

—Te he salvado de hacer el ridículo. —Me dedica una sonrisa traviesa.

Alzo las cejas, asombrada, y me detengo un instante a observarlo. Es un poco más alto que yo, su pelo moreno está despeinado como si acabara de salir de la cama y tiene unos ojos oscuros preciosos. Además, la forma en que me contempla, divertida pero también amable, despierta mi curiosidad. Viste un vaquero oscuro y una camiseta gris de manga corta que deja al descubierto sus marcados bíceps.

Trato de disimular mi interés, aunque su sonrisa me dice que es muy consciente de mi atención.

Carraspeo y recupero el control.

—No sé qué pretendías, pero por tu culpa he perdido el ascensor y voy a llegar tarde.

—Bueno, es mejor llegar tarde que con esas pintas. —Señala mi camiseta y descubro que la llevo del revés.

¡Menudo despiste! El día de hoy no hace más que «mejorar».

—¡Mierda!

Observo la distancia que me separa del vestuario y calculo mentalmente si seré capaz de llegar hasta allí para cambiarme.

—Querrás decir: «Gracias».

—No tengo tiempo… —pienso en voz alta, y él me mira sin comprender nada—. Gírate, lo haré aquí.

—¡¿Aquí?! —Se inquieta, y yo le hago un gesto con la mano para que se vuelva—. Podría verte alguien.

—Más vergüenza voy a pasar si llego tarde. Te lo aseguro.

Finalmente, se gira y me da la espalda.

—Eres un pelín exagerada. ¿No te lo han dicho nunca?

Me saco la parte de arriba del pijama y le doy la vuelta antes de ponérmela bien. Los bolígrafos que tenía en el bolsillo y mi identificación caen al suelo. Es el desconocido quien se agacha a recogerlos para ayudarme.

—Así que Medicina Interna, ¿eh, doctora Rodríguez? —comenta con una sonrisa.

—Yo seré exagerada, pero a cotilla me ganas…

—No es verdad. Solo soy curioso. —Me entrega mis pertenencias.

—Gracias. —Las acepto un poco más relajada—. Y, sí, estoy en Interna. Soy residente de primer año.

—Por el estrés que manejas, me lo jugaría todo a que eres la nueva residente de «el Trajes».

—¿Tú también con ese mote? —resoplo divertida.

—Yo y todo el hospital. ¿Dónde se ha visto que alguien trabaje en Urgencias con un traje completo, corbata incluida? —bromea—. Con la bata blanca encima, por supuesto. Desabrochada para que se mueva al andar.

—¿Acaso fuiste residente suyo? —indago.

—No, aunque he coincidido con él. Además, sus «encantadoras» maneras son famosas en el hospital entero.

Sonrío de nuevo. Llevaba mucho sin hacerlo así, pero no puedo evitarlo.

—Me tengo que ir, ya me has entretenido bastante. —Pulso otra vez el botón de llamada.

—¡Serás desagradecida! —Finge estar ofendido—. Te he salvado.

Pongo los ojos en blanco.

—No sé si te habrás fijado…

—Marcos —me interrumpe.

—¿Qué?

—Que mi nombre es Marcos.

—No te lo he preguntado. —Suelta una carcajada, y yo disimulo lo mucho que me ha gustado ese sonido—. Trato de decirte que no soy ninguna damisela en apuros que necesita ser salvada.

Se inclina hacia mí, dejando apenas unos centímetros entre su cuerpo y el mío.

—De eso no tengo la menor duda —dice bajito.

—Aunque reconozco que un poquito sí que me has ayudado.

Me sitúo frente al ascensor y observo su reflejo en las puertas.

Disimulo bien, o eso creo. Está tocándose el pelo, parece nervioso.

De pronto, me caza mirándolo y me sonríe. Tiene una sonrisa bonita, las cosas como son.

Llega el ascensor y entro.

—¿Vas a subir o no? —pregunto, confusa.

—Yo todavía no me he puesto el uniforme. —Señala su ropa de calle, esa que tan bien le queda—. Nos vemos por los pasillos, Sofía.

La puerta se cierra y yo sigo sin entender qué ha pasado aquí.

En las dos semanas que llevo en el hospital, apenas he intercambiado un puñado de conversaciones con algunos miembros del personal y la mayoría de ellas han sido sobre temas laborales. No soy la típica chica que llega a un sitio y se presenta. Si nadie me dice nada, lo más seguro es que pase desapercibida. Así de introvertida soy y me cuesta evitarlo.

Pero con Marcos ha sido sorprendentemente fácil. Y una parte de mí siente curiosidad por volver a verlo.

Al entrar en la sala de médicos, compruebo que Saavedra todavía no ha llegado. Así que aprovecho para prepararme un chocolate en la máquina de cápsulas que hay en la salita y me lo tomo mientras observo la última ecografía de la señora Martínez, una de mis pacientes.

Intento adivinar lo que veo antes de revisar el informe. Radiología es una de las asignaturas que más me costaron en la carrera y tengo que perfeccionar mis habilidades. Espero aprender mucho cuando haga la rotación en esa especialidad dentro de unos meses.

—Doctora Rodríguez, ¿podemos hacer la ronda ya o necesita usted más tiempo para desayunar? —La voz de Saavedra me sobresalta un poco.

Lo encuentro tras de mí, y compruebo en el reloj que todavía faltan diez minutos para la hora de visita. Pero este hombre es como es y debo aceptarlo.

Cojo aire, me limpio las comisuras con una servilleta y me levanto de la silla.

—Buenos días, doctor. Estoy preparada. Cuando usted quiera.

Por lo poco que conozco a Saavedra, lo mejor es no responder a sus impertinencias y hacer lo que ordene. Es un buen médico, él lo sabe y le encanta que los demás también lo sepan. Y es preferible un adjunto borde del que aprender mucho que uno amable que no tenga nada que aportar, ¿no?

—¿Alguna novedad que deba conocer? —pregunta.

Desde el principio nos dejó claro que teníamos que llamarlo por su apellido y tratarlo de usted. De hecho, él hace lo mismo con sus residentes. Y es que en su opinión, ahora que somos doctores, debemos hacernos respetar.

—María del Mar, de la habitación 407, empeoró durante la tarde de ayer. Los compañeros le realizaron una ecografía y confirmaron que tiene piedras en el riñón. —Le muestro la prueba en el ordenador, por si quiere verla.

—Litiasis renal. El lenguaje es importante —me corrige, y yo asiento.

Continúo con la explicación y no es hasta finalizar que me informa de que hoy nos acompañará un residente de Neurología de segundo año en nuestra rotación por la planta.

A lo largo de la mañana, descubro que Saavedra está especialmente exigente. Ha reprendido a dos enfermeras porque ha considerado que no estaban haciendo bien su trabajo y, para colmo, no ha parado de poner a prueba nuestros conocimientos según entrábamos a las habitaciones.

Yo he sabido responder a todo, que no ha sido poco. Sin embargo, el otro residente ha fallado una de sus preguntas y nuestro adjunto no ha dudado en regañarlo delante del paciente.

Al terminar el turno, noto que la espalda me está matando debido a la tensión emocional que he acumulado. Es entonces cuando la coordinadora nos recuerda que tenemos que elegir nuestras vacaciones. A los residentes de primer año nos corresponden quince días. Y yo asiento y prometo solicitarlas por e-mail como ha indicado.

Pero ahora solo puedo pensar en llegar a casa y tumbarme unos minutos.

Tras recoger mi ropa de la sala de enfermeras, bajo en ascensor a la planta donde se encuentran los vestuarios y me descubro buscando a Marcos.

¿Quién es ese chico? ¿Por qué me intriga tanto? Y, sobre todo, ¿por qué me provoca una sonrisa?

2
Compi de ascensor

Sofía

El chirrido de los frenos de un vehículo provoca que retroceda de un salto. Anoche me quedé despierta hasta tarde y no estoy muy centrada que digamos. Más me vale despertarme o llegaré al trabajo en ambulancia.

—¿Me estás oyendo? —La conversación que mantengo con mi madre por teléfono tampoco ayuda.

—Sí, mamá. Me preguntabas si estoy durmiendo bien —contesto con voz monótona—. No te preocupes, lo tengo todo bajo control.

—Tienes que descansar, cariño, y dormir tus ocho horas…

Reanudo mi camino mientras ella me habla sobre un programa que ha visto en la tele, en el que un doctor explicaba la importancia de tener un sueño reparador para la prevención de enfermedades. Prefiero no recordarle que yo también soy médica, aunque todo el mundo crea que los que salen en pantalla saben más.

—Tranquila, mamá. Intentaré dormir mejor, te lo prometo.

—¿Y la comida? —Su voz se apaga.

Este siempre ha sido un tema muy sensible para nosotras.

—Sabes que no tienes que preocuparte más por eso. Estoy comiendo bien. Y no he perdido peso.

—A ver si vienes un fin de semana al pueblo a que lo compruebe. Llevas meses sin aparecer por aquí desde que te fuiste unas semanas antes del MIR.

Nací en un pequeño municipio de Toledo. Allí conocí a mi mejor amiga, Alma. Sus abuelos eran mis vecinos y ella solía visitarlos cada finde junto a su familia.

Un día coincidimos en la plaza y, de inmediato, nos hicimos inseparables. Desde entonces, quedábamos los sábados para jugar. Y cuando terminé bachillerato y elegí universidad, no lo dudé: me vine a Madrid para estar con Alma, donde ella vive.

Durante la carrera, volvía a casa todos los viernes. Pero, desde hace casi dos años, soy incapaz. Tengo mis razones, aunque evito pensar en ellas. Todavía no estoy preparada.

—Lo sé, mamá. Iré en cuanto pueda.

—No lo retrases más, hija. Recuerda el plazo que nos ha dado la inmobiliaria para poner la casa en venta. Tienes que hacerte cargo de…

Dejo de escuchar porque noto cómo mi respiración se vuelve cada vez más pesada y un coche pita indicándome que el semáforo del paso de cebra por donde voy a cruzar está en rojo para los peatones.

—Mamá, tengo que dejarte. Voy a entrar ya. Hablamos otro día, ¿vale? —Miento sin darle oportunidad de replicar y finalizo la llamada.

No cuento con las fuerzas para mantener esa conversación ahora mismo. No quiero que me recuerde lo rota que está mi familia y el inminente adiós que voy a darle a la casa donde me he criado. También a todos los recuerdos y momentos vividos en ella.

Trato de controlar mis pensamientos mientras me encamino hacia los ascensores. Y, cuando las puertas se abren en la planta -1, para mi sorpresa, me encuentro de frente con Marcos.

Se me corta el aliento y noto unas mariposas en la boca del estómago.

Desde que nos cruzamos la semana pasada, hemos coincidido varias veces. Pero, pese a eso, sigue siendo un misterio para mí, un misterio en el que pienso demasiado.

Lo único que sé de él es que trabaja en el hospital y que se llama Marcos. Me encantaría saber algo más de él. Cualquier cosa.

—Vaya, pero si es mi compi de ascensor —me dice a modo de saludo—. Ya van tres veces esta semana. ¿No me estarás siguiendo? Seguro que no eres ni doctora —bromea, y yo no puedo evitar reírme.

—Técnicamente, el acosador eres tú. Yo me dirijo a mi vestuario. Quizá llevas horas esperándome aquí.

—Touché! —Hace una reverencia y luego me observa—. Esa cara me dice que no estás teniendo una buena semana. ¿Un comienzo duro?

Ha acertado de pleno. No he dormido nada estos días y ni el mejor maquillaje del mundo disimularía las ojeras que llevo. Pero me hago la ofendida.

—Muchas gracias por el piropo. No hay nada como empezar el día consciente de mi horrible careto.

—Bah, no es para tanto. —Le quita importancia con la mano—. He oído que las ojeras se están poniendo de moda esta temporada. En algunas culturas hasta se las pintan. Quién sabe…, igual creas tendencia. —Intenta mostrarse serio y yo suelto una carcajada.

—¡Qué tonto eres!

—Al menos, he conseguido hacerte reír. Me lo has puesto difícil.

Agacho un poco la cabeza porque temo estar ruborizándome. Pero me fijo en su cuerpo. Mi pulso se acelera un poco.

—¿Ya te vas? —pregunto al verlo con ropa de calle.

—Sí, mi turno ha acabado. —Nos miramos fijamente. Sus ojos me resultan tan cálidos—. Que tengas un buen día, Sofía. Y alegra esa cara. No querrás traumatizar a los pacientes y que se asusten al verte. —Me guiña un ojo y yo niego con la cabeza mientras retengo una sonrisa bobalicona que lucha por salir.

Me quedo muy quieta observando cómo las puertas del ascensor se cierran tras él y pienso que cada vez me gusta más cruzarme con ese chico.

Diez minutos después, entro en la sala de médicos completamente preparada para la jornada.

—La estábamos esperando, doctora Rodríguez. —Saavedra tuerce el gesto al verme. Compruebo en el reloj de pared que todavía faltan veinte minutos para que empiece la ronda, pero prefiero no decir nada—. Dese prisa y no nos retrase más.

No está solo. Lo acompaña un residente, que, por su sonrisa, veo que le enorgullecen las quejas de nuestro adjunto. Leo su nombre en la identificación: Guzmán. Y está en su tercer año de residencia en Cirugía General.

Algo me dice que no vamos a ser grandes amigos.

Nos dirigimos hacia la primera habitación, y mi tutor comienza con las preguntas. Algunas son bastante complicadas; menos mal que anoche repasé mis apuntes sobre enfermedades infecciosas.

Anoto en mi libreta toda la información mientras sigo a Saavedra y a Guzmán por el pasillo.

 

 

Las habitaciones de este hospital están decoradas en azul, igual que los corredores. Aunque se sigue la estética blanca nuclear del edificio, algunos elementos, como el sillón de las visitas, la mesa de la comida y los armarios, son de color cobalto oscuro.

En la planta hay cuartos individuales o dobles, dependiendo de la patología del enfermo y, sobre todo, de lo colapsados que estemos. Y, habitualmente, la televisión preside la estancia, pero muchos pacientes no la encienden porque no pueden pagarla. Eso me enfada, nunca he entendido por qué cuesta dinero en los hospitales y en las cárceles es gratis.

—Esta no es su planta. Vuelva al trabajo.

Levanto la vista para comprobar a quién se dirige mi adjunto con esa soberbia, y descubro a Marcos. Está sentado en una silla, al lado del paciente con el que conversa animadamente. El señor debe rondar los setenta años, tiene el pelo canoso y unos ojos azules que llaman la atención. Por su expresión dulce y sonriente da la sensación de que tiene mucho cariño al chico del ascensor.

Trago saliva y me muerdo los labios. No estaba preparada para verlo de nuevo hoy.

—Mi turno ha terminado, doctor. Solo había venido de visita. —Se expresa con naturalidad y un poco de desafío—. Pero ya me marcho.

—Igualmente, no debería estar aquí así vestido. Tenga algo de respeto por las personas ingresadas —apostilla Saavedra, más autoritario.

Me fijo en Marcos. Lleva unos vaqueros y una camiseta de un grupo musical. No entiendo cuál es el problema, yo lo veo bien, tan bien que me cuesta apartar la vista.

—Le pido disculpas, doctor. Tengo el traje en la tintorería. Pero no volverá a ocurrir —responde con sorna, y desvía su atención hacia el paciente para despedirse—. Me voy ya, don Manuel. Salude a su hija de mi parte. Me pasaré pronto a verle.

Observo cómo se cogen de las manos en un apretón de lo más cariñoso. Se percibe que entre esos dos hay una bonita relación.

—Muchas gracias por todo, hijo —dice el mayor, mirando al joven con especial afecto.

A continuación, Marcos se encamina hacia la puerta, aunque se asegura de pasar por mi lado y me susurra para que solo yo lo oiga:

—¿Ahora quién sigue a quién?

Me río y finjo una tos para que no me pillen. Pero él no me lo pone fácil porque niega con la cabeza y me dedica una sonrisa. Esa sonrisa.

Recuerdo la conversación sobre Saavedra que tuvimos mi primer día y cómo dejó patente su animadversión por él. Después del momento tenso que acabo de presenciar, parece como si hubiera pasado algo más entre ellos. Marcos me aseguró que no había sido residente suyo, pero igual se dedica a otra especialidad. Eso explicaría por qué aún no nos hemos cruzado. Aunque teniendo en cuenta el tamaño de este hospital, puede haber muchos motivos para ello.

—Doctor De la Vega, ausculte al paciente —ordena nuestro adjunto.

Mi compañero se acerca a la cama y le pide a don Manuel que respire hondo para revisar sus pulmones con el fonendoscopio, lo que provoca que comience a toser debido al esfuerzo.

—Todavía hay sibilancias, aunque, por el aumento de la saturación de oxígeno, diría que los antibióticos están funcionando —expone Guzmán, que no le habla al paciente, sino a Saavedra, quien asiente ante la información.

—Eso es una buena noticia, ¿verdad, doctor? —pregunta el hombre, esperanzado, mientras se abrocha la parte de arriba del pijama.

—Aún es pronto para cantar victoria. Podría empeorar de nuevo —apunta mi tutor, y veo cómo esa esperanza desaparece de un plumazo.

Me irrita el poco tacto que ha tenido Saavedra, pero no me queda otra que callarme y seguir a mis compañeros fuera de la habitación para atender a las explicaciones sobre el caso.

—Es importante decir siempre la verdad y no crear falsas expectativas. —Lo dice con una sequedad de lo más profesional—. No podéis olvidar que vosotros sois sus doctores, no sus amigos. Cuando salís del hospital, debéis mantenerlos fuera de vuestra mente. No permitáis que os afecte. Es muy bonito eso de que son personas y no solo un expediente. Sin embargo, a la hora de la verdad, únicamente son un paciente más. Lo que importa es su patología y lo que podemos hacer para tratarla.

En las dos semanas que llevo aquí, evitar que mis emociones afecten a mi trabajo ha sido bastante sencillo. Sé que no siempre será así y que me enfrentaré a situaciones complicadas, pero confío en mi capacidad de centrarme y no dejarme arrastrar. Si aspiro a ser una buena doctora, tengo que hacerlo.

Atiendo a la explicación de mi tutor y continuamos con las visitas.

Cuento las horas que faltan para que acabe el turno y a la vez me siento culpable por sentirme así. Debería estar feliz, soy una privilegiada por dedicarme a una profesión que me gusta y haber conseguido esta plaza. No obstante, los nervios por las preguntas de Saavedra causan que no termine de disfrutarlo.

 

 

Me sorprende descubrir que Alma me espera en la entrada principal del hospital.

—¡Pensé que no ibas a salir nunca! Te tienen secuestrada ahí dentro, ¿o qué?

Me echo a reír antes de lanzarme a abrazarla.

—¿Qué haces aquí?

—Invitarte a comer. He tenido un mal día y se me ha antojado comida tailandesa.

—Podemos pedir que nos la lleven a casa y así estamos más tranquilas —propongo mientras caminamos juntas.

—Claro, para que comas en diez minutos, te encierres en tu cuarto a estudiar la patología del paciente de turno y no descanses hasta la hora de cenar, tras la cual te volverás a encerrar. ¡Ni de coña!

—No me apetece salir, Alma —digo agotada.

—A ti no, pero a mí sí. Necesito airearme. Así que sé buena y sácame por ahí.

Un rato después estamos sentadas en nuestro restaurante tailandés preferido, que se encuentra a dos manzanas de casa, disfrutando de la comida.

Observo a mi mejor amiga mientras degusta su Pad thai. Siempre me ha parecido una mujer preciosa. Con la melena oscura, que suele llevar recogida, y los penetrantes ojos castaños. Aunque sin duda lo que más me gusta de ella es la calma que transmite.

Últimamente, creo que no he sido una buena amiga porque no he estado pendiente de ella; siempre estoy centrada en mi trabajo y eso eclipsa todo lo demás. Sé que la mayoría de la gente consigue compaginar lo laboral con lo personal. Soy consciente de que si me lo propongo podría hacerlo, pero el problema es que no sé si quiero.

Adoro a Alma, es una de las personas que más quiero en el mundo. Me encanta escucharla parlotear sobre su trabajo y cómo se siente, aunque no me gusta hablar de mis propias emociones. Esas las tengo encerradas en un cuarto oscuro dentro de mi pecho y no deseo que salgan.

Es por eso que cada tarde, nada más llegar a casa, me entierro entre libros y artículos de Medicina hasta que el agotamiento me tumba.

Así es más sencillo.

Así los recuerdos no invaden mi mente cuando todo está en calma.

—Esto está riquísimo. —La voz de Alma interrumpe mis pensamientos.

—Siempre dices lo mismo. —Le sonrío.

—Porque es la verdad.

—¿Y qué, vas a contarme qué ha pasado? —le pido.

—He tenido una mañana muy estresante en el centro de salud. —Suspira.

Alma es psicóloga y está en su primer año de residencia, igual que yo. Pero a veces me da la sensación de que lleva años siendo una profesional del sector.

—¿Mucho trabajo?

—Sí, ha sido horrible —resopla—. Mi tutor ha llegado tarde y por eso ha empezado las consultas con retraso. Y ese retraso ha ido en aumento según avanzaba la mañana. Los pacientes protestaban en la sala de espera y entraban enfadados, y con razón.

—¿Y cómo has conseguido salir antes? —indago y me meto un trozo de carne en la boca.

—Por suerte no se han presentado dos pacientes. De lo contrario, todavía seguiría allí. Pero, bueno, dame novedades.

Le hago un resumen de cómo me ha ido y ella me escucha poniendo mohínes cada vez que menciono a Saavedra. Siempre ha empatizado conmigo.

—Por cierto, tengo que elegir las vacaciones, recuérdamelo.

Trato de coger los fideos con los palillos. Alma me mira divertida y me pasa un tenedor, que acepto con resignación.

—¿Vas a usar esos días para ir al pueblo? Seguro que te vendría bien descansar allí en agosto.

Suspiro.

—Esta mañana me ha llamado mi madre y ha insistido en que vaya, pero no sé… Pensaba quedarme aquí… Todavía… no estoy preparada… —confieso, y agacho la mirada.

Alma me acaricia la mano.

—¿Y por qué no te vienes a la playa con nosotros?

Mi amiga y su familia tienen un apartamento en Cullera, a pie de la costa valenciana, donde veranean. Conozco esa casa muy bien, he pasado varias vacaciones allí con ellos y tengo recuerdos inolvidables.

Pero, desde… lo que ocurrió, no he vuelto a ir. Creo que compartir mis días libres con una familia feliz y encantadora es lo último que necesito ahora mismo.

—Es mejor que vayáis solo vosotros. Yo estaré bien. Aprovecharé para ponerme al día.

—Bueno, tú cógete una quincena en agosto y ya lo vamos viendo. —Zanja el tema antes de cambiar de conversación. Creo que sabe que no quiero seguir por ahí—. Háblame de tus compañeros. ¿Has vuelto a coincidir con el chico del ascensor?

Alma y yo no tenemos secretos. Desde que sabe de la existencia de Marcos, no pierde la oportunidad de preguntarme por él.

Le cuento la breve charla que hemos tenido hoy y que sigo sin saber en qué parte del hospital trabaja ni a qué se dedica.

—¿Y cómo es? —Me contempla con curiosidad—. No escatimes en detalles para que pueda hacerme una imagen mental.

—Es alto, calculo que metro ochenta, no mucho más —comento. Cuando lo he tenido a mi lado apenas me sacaba unos centímetros—. Pelo castaño oscuro, ojos marrones, cuerpo atlético. Se nota que hace deporte —digo con aire soñador—. Y…

—¿Y qué? —pregunta Alma, emocionada.

—Tiene la sonrisa bonita. —Me ruborizo—. Y ya está. Se acabó el interrogatorio.

—Qué de detalles. Menudo repaso le has hecho —bromea, y yo niego con la cabeza porque sé por dónde van sus pensamientos.

—Lo justo cuando lo miro y le doy los buenos días.

—Por supuesto —se ríe.

—Venga, come, que se te va a quedar frío.

—A sus órdenes, doctora Rodríguez.

Me encanta cuando me sonríe así.

3
El error

Sofía

Estoy concentrada en la pantalla del ordenador cuando un golpecito en mi hombro me sobresalta.

—Joder, ¡qué susto! —Me giro y descubro a Natalia toda sonriente mientras trata de apartarse de la cara su larga melena castaña para que no le tape sus ojos color miel.

La conocí en mi primer día en el hospital. Como es residente de tercer año de Medicina Interna, se encargó de enseñármelo todo.

Tiene una energía impresionante. Es tan extrovertida y bromista que encajamos desde el principio y me encanta cruzarme con ella.

—Menos mal que soy yo. Llega a ser Saavedra y te hace limpiarte la boca con agua y jabón. —Mi gesto cambia al darme cuenta de lo que podría haber sucedido—. Tranquila, dudo de que haya tocado a alguien alguna vez —añade para calmarme—. Por cierto, hoy rotas conmigo y con la doctora Pérez, ¿no?

—Sí. Saavedra tuvo guardia ayer, por lo que no trabaja.

—Bueno, ¿qué te parece si me pones al día de los pacientes? —Acerca una silla al ordenador.

La sala de médicos no es muy grande. Encima tiene una mesa central ovalada rodeada de butacas, donde podrían sentarse ocho personas tranquilamente. Creo que quien la escogió es el mismo que valora la gente que cabe en los ascensores. ¿No os pasa que vais subidos con otras cuatro personas sin respirar fuerte ni moveros por miedo a meterle el codo en el ojo a alguien y el cartel indica que es para ocho? ¿Con qué tipo de seres hacen esas mediciones? ¿Con minions?

Cerca, se encuentra una encimera, sobre la que hay una cafetera y un microondas y, debajo, una nevera. Lo justo para una paradita, descansar y continuar con el trabajo. En el extremo en el que nos encontramos, hay un escritorio con dos ordenadores, en los que podemos consultar los historiales médicos. Siempre procuro llegar antes de mi hora para asegurarme de que al menos uno de ellos esté vacío. Como ahora.

Repaso con mi compañera las últimas actualizaciones de las historias clínicas de los pacientes ingresados e intercambiamos opiniones sobre los posibles tratamientos.

Hasta que aparece una mujer con un agradable gesto en la cara.

—Buenos días, Natalia —saluda, y yo deduzco que es mi adjunta de hoy. Me sonríe—. Tú debes de ser Sofía, ¿cierto? —Me tiende la mano y yo enseguida me levanto y se la estrecho—. Encantada. Soy la doctora Pérez, aunque, si no estamos delante de los pacientes, puedes llamarme Patricia —me recomienda, amable.

—Sofía me informaba sobre los ingresados que ve con el doctor Saavedra y estábamos intercambiando ideas —comenta mi compañera.

—Genial. Estoy deseando oírlas. Vamos a ponernos en marcha.

Eso hacemos. Llegamos al primer cuarto, pero ellas se detienen.

—Habitación 401 —dice mi adjunta—. Sofía, resúmeme el caso antes de entrar.

—Lourdes, veinticuatro años, ingresada por dolor abdominal en el flanco derecho. Presenta vómitos y ausencia de fiebre. Ya se ha descartado una apendicitis. Está con dieta blanda, pero el dolor no mejora.

—¿Ideas?

—¿Alguna bacteria? —sugiere Natalia.

—En su centro de salud descartaron el Helicobacter pylori —indico a mi compañera—. ¿Intolerancia a algún alimento?

—¿Tenemos información médica sobre su familia? —pregunta la doctora, y yo compruebo que no—. En estos casos, lo mejor es hablar con la paciente. Es la que más puede ayudarnos.

Decidimos entrar en la habitación y, tras presentarse, Patricia le realiza un cuestionario de salud completo mientras yo anoto todas las respuestas en mi libreta para que no se me pase nada.

—El doctor que suele verla no nos había preguntado nada de eso —desvela la madre de la convaleciente, desconcertada.

—Cuanta más información tengamos, más fácil nos será saber lo que le ocurre. Me gustaría descartar una celiaquía: podría explicarnos todos sus síntomas. Primero vamos a hacerle una analítica especial y si se confirman los anticuerpos, le realizaremos una endoscopia.

—Ojalá sea eso —suspira la joven—. Yo solo quiero que el dolor desaparezca.

—Daremos con ello, no te preocupes —resuelve Patricia con determinación, detalle que me sorprende dado los consejos de Saavedra—. Ahora aviso a la enfermera para que te suba un poquito la medicación para el dolor abdominal y lo dejo todo por escrito para que lo sepa tu doctor.

Nos despedimos y continuamos visitando habitaciones hasta la pausa del desayuno, y aprovecho que hemos terminado con la primera tanda de pacientes para pedir la analítica de Lourdes y una ecografía de otro de nuestros ingresados.

—Voy cogiendo mesa en la cafetería. Ahora nos vemos —me anuncia Natalia.

Este instante a solas me hace valorar la mañana con la doctora Pérez. Se ha desarrollado con mucha tranquilidad y, podría decir sin temor a equivocarme, que ha sido el primer día en que he disfrutado de ejercer la medicina.

Su manera de enseñar y de tratar a los pacientes es diametralmente opuesta a la de mi tutor. Y es que se puede ser un buen profesional sin llegar a ser un completo capullo.

Patricia crea un clima de calma y comprensión para que los alumnos nos sintamos cómodos consultando nuestras dudas sin miedo a ser juzgados. Y Saavedra, bueno…, es Saavedra.

Un rato después, entro en la cafetería. Natalia me hace señas con el brazo para indicarme dónde está. Le sonrío y me dirijo a pedir mi desayuno antes de acercarme a la mesa.

A estas horas, el sitio está bastante concurrido, aunque hay espacio de sobra desde que la reformaron. Por eso tiene un rollo más hotelero y menos de cafetería de universidad pública. No me entendáis mal, guardo grandes recuerdos de la de la Complutense. Pero las cosas como son, hay días que te quedabas pegada a la mesa.

—Por tu humor diría que te ha gustado rotar con la doctora Pérez.

—Es increíble —me sincero—. Saavedra es un muy buen médico, aunque no consigo relajarme si él está cerca.

—Te entiendo. Sé lo que se siente. Yo lo pasé fatal el primer año cuando me tocaba rotar con él. Pero no te preocupes, que los nervios se irán según ganes confianza en ti misma —me asegura, y se inclina hacia mí para decir bajito—: Saavedra es un gilipollas insoportable que no cae bien a nadie.

Entonces, recuerdo el encontronazo que tuvo con Marcos, y se me ocurre que Natalia quizá lo conoce si acaso es de otra especialidad. Así que le cuento lo sucedido y suelta una carcajada por la respuesta que ofreció el chico misterioso sobre llevar traje.

—Con esa descripción no me suena de nada, tía. —Se limpia las lagrimillas de la risa—. Nunca he coincidido con él en planta, aunque no tiene por qué ser algo personal. Ha tenido algún que otro enfrentamiento con Gloria, la jefa de enfermeras de Urgencias, por comentarios despectivos hacia el equipo de Enfermería.

Seguimos conversando. La verdad, Natalia me cae genial y me gusta pasar tiempo con ella. Tanto que se nos va volando. Acabamos de desayunar y volvemos a la planta para continuar con la rotación cuando de pronto alguien me llama con una voz suave.

Me giro y descubro a Esther, la enfermera que me ayudó hace unos días con mi ropa mojada.

—Dime —le digo en cuanto termina de acercarse.

—Acabo de revisar las pruebas y he visto en las anotaciones que queréis comprobar si Lourdes es celíaca y le habéis mandado una analítica.

—Así es.

—Hay un error. Al solicitarla, solo has pedido una analítica normal y se te ha olvidado añadir los anticuerpos antitransglutaminasa. ¿Llamo al laboratorio para que lo modifiquen?

Mi ritmo cardiaco aumenta y trato de disimular mi malestar.

—Sí, muchas gracias por darte cuenta. Perdona el error —respondo angustiada. No puedo creer que me haya equivocado. Me avergüenza incluso mirar a Esther a los ojos.

—Ey, no te preocupes. Estás empezando —dice la enfermera con amabilidad—. En mi primer año cometía errores todo el tiempo.

—Haré lo posible para que no vuelva a suceder.

—Tranquila, de verdad.

En cuanto se marcha, evito mirar a mi compañera, que está a mi lado. Noto cómo la respiración se me acelera cada vez más y empiezo a agobiarme.

—Sofía, ¿estás bien?

—Sí, no es nada. Necesito ir un momento al baño.

Me encamino deprisa hacia el aseo más cercano y me encierro en él. No me puedo creer que haya cometido un error tan importante.

Me sitúo frente al lavabo y me contemplo en el espejo. Para cualquiera, quizá esta reacción sea un poco exagerada, aunque yo no puedo permitirme fallar. Un solo descuido conlleva problemas más graves. Lo sé muy bien, tengo que vivir cada día con las consecuencias.

Me mojo el rostro y me obligo a hacer inhalaciones profundas para relajarme. Pero mi mente sigue mostrándome los peores escenarios posibles. Sé que es la ansiedad la que habla. Que, si Esther no se hubiera dado cuenta, el diagnóstico de la paciente se habría retrasado por mi culpa.

Me fuerzo a salir del baño y me acerco a Natalia.

—¿Has dejado de torturarte? —me pregunta, preocupada.

—Estoy bien. —Trato de disimular.

—Sofía…

Me aprieta el hombro y no dice nada más, cosa que le agradezco enormemente.

Intento que este suceso no me influya a la hora de seguir con la ronda por las habitaciones. Pero noto que mi actitud ha cambiado por completo y la tensión me domina el cuerpo.

 

 

He terminado el turno agotadísima y, cuando salgo del vestuario, lo único que quiero es volver a casa.

Tan ensimismada voy que no lo veo.

—¿Un mal día, compi? —me pregunta Marcos al coincidir en la planta -1 enfrente del ascensor.

Al parecer, llevo escrito en la cara el desánimo porque hasta él lo ha notado.

—Horrible… He cometido un error. —Me sorprende hablar con tanta sinceridad con alguien al que apenas conozco—. Lo tenía todo controlado y anotado. No sé cómo ha podido suceder.

Me froto la frente. Estoy tan frustrada.

—Seguro que no ha sido tan grave.

—Para mí, sí —replico enfadada—. No he hecho bien mi trabajo.

—¿Ha muerto alguien?

—¡Por supuesto que no! —Me giro para contemplarlo y me encuentro con su sonrisa—. ¿No eres capaz de tomarte nada en serio? No sé para qué te lo cuento, no ha sido una buena idea.

Me cruzo de brazos y le doy la espalda.

—Intentaba quitarle hierro al asunto —asoma su rostro por mi hombro izquierdo—, pero no ha sido un comentario acertado.

—Pues no, no lo ha sido —contesto de mala gana, obligándome a no mirarlo y, aún menos, reparar en su cercanía.

Pero la noto. Muchísimo. El olor de su perfume me alcanza mientras trato de mostrarme indiferente.

«No lo mires, Sofía». Y creo que voy a conseguirlo. Sin embargo, acabo cediendo, y sus ojos se clavan en los míos.

Trago saliva.

—Cuéntame qué ha pasado. Te escucharé y no hablaré hasta que termines. Te lo prometo.

Valoro si hacerlo o no. Realmente, no conozco a este chico de nada. Quizá ese es el motivo por el que me siento tan cómoda a su lado… Porque él no sabe la verdad sobre mí.

Me escucha atento mientras asiente a mis explicaciones.

—Entiendo que te sientas mal, pero no puedes olvidar que eres humana —me dice con cautela—. Todos nos equivocamos y aprendemos de ello.

Llega el ascensor y nos subimos juntos.

Tras suspirar, me apoyo en la pared.

—Lo sé, pero no puedo dejar de darle vueltas —respondo agotada.

—No seas tan dura contigo misma, para eso ya está el Trajes —bromea y esta vez sí consigue hacerme reír—. Mañana será un día mejor, ya verás.

Al llegar a la planta baja, su móvil suena.

—Gracias por… —Nos señalo a ambos buscando las palabras adecuadas—. Por esto —añado sin saber muy bien qué decir.

—Cuando quieras. Soy tu compi de ascensor.

Se me escapa una carcajada.

—El acosador del ascensor —le corrijo.

—Bueno, ya debatiremos eso, doctora. —Me guiña un ojo y yo le sonrío como una boba—. Trata de descansar.

Lo observo alejándose por el vestíbulo y entonces me doy cuenta de que he olvidado preguntarle dónde trabaja.

Otro día más sin resolver el misterio.

4
Los pequeños detalles

Marcos

Por la mañana temprano, el silencio en mi hogar es algo raro. Sobre todo porque vivo con una jovencita de seis años que es un terremoto. Y se supone que a estas horas ya debería estar despierta.

Me acerco a su habitación y descubro que todavía está metida en la cama, en la misma postura que la dejé hace un rato cuando vine a despertarla.

—Lucía, si no te das prisa, llegarás tarde al cole. Aunque, si prefieres quedarte en casa sin jugar, aviso a la seño.

Veo cómo se levanta de pronto.

—¡No, no! Ya voy.

Me alejo, sonriente, por el pasillo.

—Mamá te ha dejado lista la ropa en la silla. Avísame si necesitas ayuda.

Entro en la cocina, dispuesto a continuar preparando el desayuno cuando me llega una notificación al móvil. Antes de leerla, ya sé que se trata de Carol.

 

Carol:

Buenos díaaas
Acabo de coger el bus.
No olvides que hoy Lucía tiene
guerra de agua en el cole de verano.
Le he dejado preparada una mochila
con ropa de recambio

 

Marcos:

No te preocupes.
Lo tengo todo controlado

 

—Ya estoy —anuncia Lucía al entrar en la cocina.

Me recuerda tanto a su madre cuando era pequeña. Tiene el mismo cabello castaño claro que Carol, por debajo de los hombros, y una sonrisa preciosa, a la que ahora le faltan varios dientes de leche.

Sí, se parecen tanto que, cuando voy a su habitación para darle las buenas noches, a veces tengo la sensación de haber viajado al pasado. Y es que Lucía duerme en la misma cama que usó mi hermana antes de trasladarse al cuarto de nuestra madre.

No es un piso muy grande. Dispone de lo básico en una vivienda familiar tradicional: tres dormitorios, un baño, una cocina pequeña y un salón. Perfecto para nosotros y lo bastante céntrico para ir a nuestros trabajos sin sufrir problemas con el transporte.

Mientras desayunamos, Lucía me pone al tanto de todas las cosas divertidas que le depara el día. Decido recogerle el pelo para que esté más cómoda ahora que hace tanto calor. Quién me iba a decir a mí hace unos años que me convertiría en todo un experto en coletas y trenzas.

Tras terminar, cojo todas sus pertenencias, sin olvidar la mochila con la ropa de recambio, y ponemos rumbo a su escuela, que está a unas pocas manzanas de casa.

—Me prometiste que me llevarías al parque de los toboganes. ¿Podemos ir mañana? —comenta mientras caminamos por la calle.

—Claro, mañana por la mañana iremos los tres. Ya sabes que mamá y yo siempre cumplimos nuestras promesas. —Su manita se aferra a la mía como si quisiera mostrarme lo conforme que está con mis palabras—. Solo que a veces tenemos que cambiar de planes por el trabajo —le explico, y ella asiente. Es una niña muy comprensiva.

Aunque Carol y yo intentamos que nuestros empleos no afecten a sus rutinas, en verano se complica demasiado. Y es que mi hermana es dependienta en una tienda de ropa que hay en un centro comercial a las afueras de Madrid y su encargada le trastoca los turnos según le conviene, especialmente ahora que empiezan las rebajas.

En mi caso, tengo la suerte de que mis compañeros conocen mi situación y me intercambian el turno siempre que lo necesito.

Mi mundo cambió desde el momento en que Lucía llegó a nuestras vidas. Es lo mejor que me ha pasado y siempre estaré agradecido por ello. Aunque tengo que reconocer que al principio no fue fácil.

Mi hermana se quedó embarazada a los diecisiete años y su novio de entonces se desentendió. A pesar de ello, siempre tuvo claro que quería tener a su bebé y yo no dudé ni un instante en apoyarla cuando me lo contó. Así que a los veintiún años me convertí en tío y la alegría, que se fue con la muerte de nuestro padre hacía tres años, volvió a nuestro hogar.

Antes de fallecer, mi padre me pidió que le hiciera una promesa: cuidar de mi madre y de mi hermana siempre, y asegurarme de que fueran felices. Y yo me esfuerzo cada día por cumplirla porque ellas son lo más importante para mí.

Creo que lo estoy consiguiendo. Mi sobrina ya tiene seis años y es una niña maravillosa. Lejos queda aquel momento en que Carol nos confesó su embarazo entre lágrimas. Y mi madre se ha vuelto a casar y ahora vive en Valencia junto a su marido. Le costó mucho tomar la decisión de irse, pero le aseguré que estaríamos bien, que ella se merecía rehacer su vida y ser feliz de nuevo.

Unos metros más y estamos en la entrada del colegio, donde me despido de ella con una lluvia de besos. La observo hasta que desaparece y echo a correr para no llegar tarde al hospital.

Las mañanas de entre semana en Urgencias no son muy complicadas. De hecho, la mayoría de las veces resultan bastante aburridas. Por eso prefiero las tardes o las noches. No es que sea un insensible, pero, como no es posible evitar accidentes, enfermedades y percances, me gusta ser yo el que esté ahí para ayudar a los pacientes y asegurarme de que reciben el apoyo necesario.

Atravieso aprisa el vestíbulo del hospital y me lanzo a los ascensores. En cuanto llego al pasillo de los vestuarios, me cruzo con Gloria, la jefa de enfermeras, que me regala una sonrisa espléndida.

Es una mujer corpulenta, de pequeña estatura, que debe de tener unos cincuenta años. No lo sé con exactitud porque siempre se niega a poner las velas en su tarta de cumpleaños. Tiene una sonrisa dulce perenne, salvo cuando se enfada, que más vale encontrar un sitio donde esconderse.

La conozco desde que empecé a trabajar en el hospital hace siete años. Por aquel entonces yo solo tenía veinte y ni idea de nada, únicamente lo que había aprendido en la formación.

Mi primer día fue horrible, estaba supernervioso y no daba ni una. Cuando terminó mi jornada, Gloria me advirtió que debíamos hablar y yo creí que iba a despedirme, pero no lo hizo, sino que me ayudó y me dijo que todo iría bien.

Con los años, la jefa se ha convertido en una segunda madre para mí. Ha sido partícipe de mis nervios cuando mi sobrina nació y de todo lo que vino después: las noches en vela, los cambios de última hora…

—¿Y esas prisas? ¿Vienes de dejar a Lucía? —me pregunta.

—Me he metido una carrera buena… —digo asfixiado—. Sí, la he dejado en el cole.

—La última vez que la vi había crecido mucho.

—Es maravillosa. Está deseando que llegue agosto para ir a la playa con mi madre. Adora el agua. Creo que es medio pez —bromeo y ella suelta una carcajada—. Y tus hijas, ¿cuándo piensan hacerte abuela?

—A ver si pronto me dan la alegría.

—Los niños llegarán cuando menos te lo esperes. Ya lo verás.

—Crucemos los dedos. —Imito su gesto—. Por cierto, te he visto en la plantilla de mañana. ¿No estás haciendo muchas horas últimamente?

—Tengo que aprovechar las tardes que libra Carol para sacarme un dinerillo extra —le confieso—. Lucía empieza la primaria en septiembre y vamos a tener más gastos.

Gloria frunce el ceño. Es la señal que me indica que comienza a inquietarse.

—¿Por qué no hablas con tu madre?

—No te preocupes, de verdad. Lo tengo todo bajo control. —Le doy un beso en la mejilla—. Será mejor que me cambie. Te veo luego.

Sé que, si llamo a mi madre, no dudaría ni un momento en ayudarnos económicamente y, para colmo, me regañaría por no habérselo pedido antes. Pero eso sería admitir que no soy capaz de hacerme cargo de todo y no es cierto. Además, es una cuestión de orgullo.

Sé que puedo y lo conseguiré.

 

 

Me he pasado la mitad de la mañana cambiando la ropa de cama de los pacientes y revisando que el material esté en su sitio. Aunque también he compartido algunos cotilleos con Jaime. Mi mejor amigo siempre está al tanto de todo lo que ocurre.

—¿Alguien puede decirme quién es el doctor Prieto? —pregunta Gloria en medio del pasillo con un informe en la mano.

—Yo, señora —responde un chico con cara de susto.

—Uuuh —decimos varios a la vez. La jefa odia que la llamen así.

—Gloria, chico, me llamo Gloria —corrige la aludida—. Y, ahora, ¿me puedes explicar por qué le has mandado a una mujer de sesenta y cuatro años una prueba de embarazo?

—Porque ella asegura estar embarazada.

Me aguanto la risa como puedo y sigo atento a la conversación.

—¿Cuál es el motivo de la consulta? —inquiere la enfermera, incrédula—. ¿Tiene dolor abdominal? ¿Sangrado?

—Dice que desde hace días nota algo en su tripa y que ha venido a Urgencias porque está convencida de que puede ser un bebé.

Gloria alza las cejas. No da crédito a lo que oye, y yo tampoco.

—¿Tu nombre?

—Carlos —responde con voz temblorosa.

—Vamos a ver, Carlos. Si ella cree que puede estar embarazada a su edad tiene dos opciones: ir a la farmacia a por un test de embarazo o pedir cita en salud mental.

Llegados a este punto ya no puedo evitarlo y la risa provoca que se me salten las lágrimas mientras el pobre residente se hace más pequeñito por momentos.

—Había pensado que, por comprobarlo, no perdíamos nada… —se excusa.

—Perdemos tiempo y recursos, muchacho. Consúltalo con tu adjunto, que imagino que te recomendará que le hagas una exploración abdominal, confirmes que son gases y le recetes un antiácido… Y no olvides darle la mala noticia de que —revisa el historial—, como tiene la menopausia desde hace diez años, quedarse embarazada no es una posibilidad.

Gloria se aleja por el pasillo dejando un reguero de carcajadas a su paso.

—Un aplauso para el doctor Cigüeña. Eres un máquina, campeón. —Jaime le da un apretón en el hombro.

El pobre Carlos nos observa con fastidio al ver que varios nos unimos al aplauso. Este mote le perseguirá durante toda la residencia.

—Cabrones —refunfuña con una sonrisa.

—Cosas peores hemos visto en Urgencias, tío —le anima mi amigo—. Te lo digo yo, que soy celador.

Tras este inciso tan entretenido, la mañana prosigue con tranquilidad y se me pasa volando. Antes de terminar, me acerco a mis compañeros que están en el pasillo, les doy el parte del turno y les comento los detalles importantes a tener en cuenta, entre ellos, las anécdotas divertidas.

Y cuando me despido, no sé por qué, pienso en ella.

Sofía.

Quizá sea porque estoy frente al ascensor y cuando se abren las puertas espero encontrarme con ella.

Esa chica me atrae y desconcierta a partes iguales. Hay días en los que, al mirarla, sus ojos solo me devuelven frialdad y otros, como la última vez que nos vimos, en los que veo una profunda vulnerabilidad que intenta ocultar sin mucho éxito.

Una enfermera se sube al ascensor y me observa a la espera de mi reacción. Le indico con la mano que cogeré el próximo. Y las puertas se cierran de nuevo.

No conozco el motivo exacto por el que Sofía me intriga tanto. Reconozco que es guapa, muy guapa. No sé si son sus labios, la manera en la que se sonroja cuando es consciente de que la estoy mirando o sus profundos ojos negros los que causan que cuando la tengo delante mis pulsaciones se aceleren. Tampoco he podido evitar fijarme en el modo en que el pijama se pega a su silueta.

Es justo el tipo de chica que me atrae, natural y sin artificios. Pero el físico de una persona no es suficiente para que yo la espere frente a un ascensor y deje pasar varios con las ganas de cruzarme con ella. Tal vez sea esa energía que desprende la que provoca que me imagine cómo sería robarle un beso.

La primera vez que nos vimos, simplemente pretendía hacerle un favor, pero su enfado por llegar tarde me divirtió. Y desde entonces la busco a cada momento.

Esta mañana no nos hemos visto. He venido con la hora justa para cambiarme. Y, según parece, ahora tampoco vamos a coincidir.

Compruebo de nuevo mi reloj. Ya son las tres y media pasadas. Será mejor que me mueva si no quiero llegar tarde a recoger a Lucía.

Me cambio en un abrir y cerrar de ojos y abandono el vestuario sin saber que voy a verla. Es ella. Sí, reconocería esa coleta en cualquier lugar.

Sofía espera el ascensor mientras escribe un mensaje en su móvil. Me tomo mi tiempo en observarla y trago saliva cuando la vista se me desvía hacia su trasero. Definitivamente, esta chica despierta cosas en mí que creía muy dormidas.

De pronto, me mira y esboza una sonrisa, que hace que me tiemble un poco el pulso.

—¡Hola! —me saluda en cuanto llego hasta ella.

—¿Tú también terminas tarde hoy o es que me estabas esperando? —bromeo, haciéndome el interesante.

—¿Sigues pensando que te persigo? —Por el tono de su voz, percibo que este extraño juego entre los dos le divierte tanto como a mí.

—Las casualidades no existen. Además, quién me dice a mí que no llevas un rato rondando los ascensores para verme aparecer, ¿eh?

—¿Eso es lo que haces tú normalmente? —Me reta y me fijo en su boca.

—No cambies de tema, yo he preguntado primero. —Me inclino un poco hacia ella—. Confiesa, pequeña acosadora.

Suelta una sonrisa coqueta.

—¿La única razón que se te ocurre es esa? ¿No has pensado que quizá me he entretenido en la cola de la lavandería?

—Suena a excusa barata. ¿No tienes nada mejor? —Le guiño el ojo.

—Igual es que alguien está demasiado seguro de sí mismo. Por doloroso que pueda resultarte, la Tierra sigue girando alrededor del Sol, no ha cambiado su órbita para hacerlo en torno a ti.

Suelto una carcajada. Esta chica es más divertida de lo que pensaba.

—Cuéntame, doctora, ¿haciendo planes para el finde? —pregunto al verla contestar un mensaje que acaba de recibir.

—Ya me gustaría —resopla—. Mañana me toca mi primera guardia y todavía no he rotado en Urgencias.

El ascensor escoge ese momento para llegar y nos subimos junto a otros dos compañeros.

—Urgencias es genial. Caótica, pero engancha. Seguro que te gusta —comento.

—¿Tú trabajas allí? —No puedo responder porque su móvil nos interrumpe justo cuando llegamos a la planta baja—. Perdona, tengo que cogerlo. Nos vemos la semana que viene —añade apresuradamente antes de alejarse para abandonar el edificio.

No me da tiempo a decirle que sí trabajo en Urgencias y que mañana coincidiremos.

Estoy deseando conocer a «la Sofía doctora» y ver qué cara pone cuando nos encontremos.