Introducción

Introducción

Este libro tiene como propósito reinterpretar los conceptos clave que activan el modo amenaza en las discusiones, sobre todo en las relaciones de pareja, y cómo las palabras son detonantes emocionales, más que vehículos neutrales de comunicación.

Partiendo de ese marco, analizamos expresiones o conceptos que suelen aparecer en los conflictos y que activan emociones intensas, reforzadas culturalmente, y que por tanto deben ser reinterpretadas desde otro lugar. Algunas son trampas del lenguaje, otras son disparadores emocionales, y muchas son malentendidos estructurales con más carga de la que aparentan.

Para llegar a esa visión, debemos analizar la psicología de la interacción y el origen del conflicto. En las interacciones sociales que experimentamos desde la infancia hasta la vejez, en realidad no interactúa solo la identidad fija de cada persona, sino que cada una proyecta una imagen ideal y tiende a protegerla. Este juego de proyecciones identitarias que se protegen es el que provoca una perturbación en la interacción y, en consecuencia, un conflicto. Esto activa el modo peligro, la constante necesidad de defender la razón y la moral que sostienen la identidad. El señalamiento de una debilidad o de un error pone en peligro lo que sustenta la identidad, y la respuesta desde esa emoción provoca el secuestro del córtex prefrontal, que analiza mediante la moral, incapacitándolo para ese análisis objetivo que sería la mejor manera de afrontar el señalamiento. Al reaccionar desde la emoción, activamos en la otra persona otra emoción de peligro, básicamente porque reaccionamos desde lo primitivo, es decir, desde las emociones.

Todos somos víctimas de la emoción que nos provoca el otro. Entender esto es clave para poder comprender que, en definitiva, el origen de cualquier conflicto son las emociones. Si nos fijamos, en la actualidad, el mundo se mueve gracias a ellas.

A modo de introducción, presentamos de forma resumida los puntos clave que se irán abordando a lo largo del libro que tienes en las manos:

• Las palabras no solo comunican, activan. Funcionan como interruptores del sistema nervioso.

• Muchas discusiones no se producen por lo que se dice, sino por cómo se interpreta al otro desde la emoción activada.

• Lo primitivo no es el enemigo. Es información que se filtra desde lo biológico y lo aprendido, a la cual damos un sentido, una explicación y una simbología que nunca es absoluta.

• La cultura actual te exige expresar emociones, pero no te enseña a sostener las del otro. De ahí que muchos «actos de expresión emocional» se vivan como amenazas.

• El «yo ideal y normativo» o «yo vulnerable» está siempre en juego en cada frase. Por eso es tan fácil herir, incluso sin intención.

• Hay que desmontar la idea de que «entender» es estar de acuerdo. Entender es observar objetivamente la emoción del otro como lo que es: una reacción biológica que provoca que el cerebro moderno dé una explicación mediante hipótesis adquiridas de lo que interpreta del exterior. Esa interpretación de lo externo está influenciada por un discurso sociocultural de cómo son y deberían ser las cosas.

• La sobrepsicologización de la vida cotidiana. Vivimos en una época en la que muchos aspectos de la vida cotidiana han sido psicologizados en exceso. Hay conceptos, etiquetas y afirmaciones —como «tienes un apego ansioso», «eso es tu ego», «seguro que es por un trauma» o «me estás haciendo gaslighting»— que se usan como diagnósticos definitivos. Estas ideas nos hacen creer que hemos encontrado la causa y la explicación de un pensamiento o un comportamiento, tanto propio como ajeno. Pero, en realidad, estas explicaciones son narrativas hipotéticas que simplifican lo complejo. Ignoran que, detrás de cada reacción humana, hay múltiples factores biológicos, emocionales, sociales y culturales que no suelen considerarse de forma integrada. Cuando un individuo se identifica con una de estas etiquetas, se siente obligado a sostenerla como parte de su identidad. Y, a partir de ahí, todo lo que hace o siente —y lo que le afecta de los demás— pasa a justificarse a través de esa narrativa. Muchas de las afirmaciones que adoptamos como verdades absolutas no son más que activaciones biológicas humanas normales que hemos interpretado a través del filtro cultural del momento. Sin embargo, terminan utilizándose como herramientas para negar al otro, para deslegitimar lo que siente, para categorizar su comportamiento como equivocado o patológico. Y eso nos aleja del entendimiento real del otro y de nuestra humanidad compartida.

• El lenguaje como protección, no como entendimiento. El lenguaje no nació para que nos entendiéramos, sino para protegernos. Al igual que sucede con la psicologización de nuestras experiencias —esas hipótesis con las que intentamos explicar por qué sentimos lo que sentimos—, el lenguaje se ha desarrollado como un sistema simbólico que funciona más para defender la identidad que para abrirnos al otro.

• Las palabras que usamos no son neutras. Son símbolos cargados emocionalmente, formados a partir de interpretaciones de lo que ocurre dentro de nuestro cuerpo y de lo que percibimos en el entorno. Y todo ello bajo la influencia de un contexto sociocultural que prioriza la autoprotección: proteger nuestra razón, nuestra imagen, nuestro yo. Decimos que las palabras «alivian» porque nombrar lo que nos pasa nos produce esa impresión. Pero lo que en realidad alivian es el miedo a no tener el control. Las palabras funcionan como pequeños diagnósticos improvisados que nos ayudan a sostener nuestra identidad. Son expresadas y escuchadas desde la defensa. Por eso muchas veces se activan emociones intensas, porque han sido creadas —o utilizadas— desde un lugar de alerta emocional, desde la sensación de que el otro o el entorno pueden representar un peligro. La mayoría de las palabras que usamos para hablar de nuestras emociones o conflictos no describen la experiencia vulnerable real, sino un intento forzado de adaptarnos, de traducir lo que sentimos a un lenguaje que fue diseñado para protegernos, no para contenernos.

Aún no existe una palabra que represente con total precisión lo que ocurre entre dos seres humanos cuando se vinculan desde la vulnerabilidad real. Por eso, en este libro, vamos a reinterpretar muchas de las palabras que usamos habitualmente, entendiendo que fueron creadas desde la necesidad de ocultar o disfrazar nuestra fragilidad. Y veremos qué pasa cuando nos permitimos mirarlas desde esa fragilidad, no desde la defensa.

No se trata solo de los términos en sí, sino de los procesos humanos concretos a los que esas palabras hacen referencia: momentos reales, interacciones cotidianas, gestos, silencios, reacciones y formas de vincularnos con el otro. Porque, cuando hablamos de «desconexión», «rechazo», «abandono» o «culpa», no estamos solo pronunciando sonidos, estamos nombrando experiencias vividas que nos atraviesan en lo más profundo. Analizar las palabras es, en el fondo, analizar cómo vivimos, sentimos y reaccionamos en relación con el otro.

Sergio de Vocht

Disclaimer

Antes de empezar, quiero dejar claro que en este libro no vamos a justificar ningún tipo de violencia física ni verbal, y mucho menos la que acaba en un homicidio, un genocidio o una guerra. Lo que haremos es otra cosa; nos detendremos en el origen de esa violencia primigenia, en cómo surge y en cómo crece para comprender por qué a veces una simple palabra termina siendo una herida, y cómo esa herida puede escalar hasta convertirse en algo que destruye a personas y comunidades enteras. No es un libro que busque excusas, sino un libro que intenta mirar los conflictos con los ojos de la psicología social, porque, si solo los observamos desde lo individual, nos quedamos atrapados en la lógica de proteger a la víctima sin entender lo que sucede entre ambas partes, sin ver cómo la dinámica se enreda tanto entre las personas como entre las identidades colectivas.

Lo que quiero proponerte aquí es leer de otra manera las palabras que usamos cada día, ver qué significan en lo profundo, de dónde vienen y cómo nos condicionan. La sociología nos muestra que muchas veces los conflictos nacen no de lo que realmente sucede, sino de la carga cultural que arrastran las palabras y de la manera en que interpretamos las situaciones. La cultura, con el paso de la historia, se ha construido como una especie de escudo frente al agresor, frente al invasor, frente a ese otro que se percibe como amenaza; eso ha generado un vocabulario que, en lugar de abrirnos, nos mantiene encerrados en la idea de que cualquiera puede ser un peligro. Por eso hablamos aquí de una «cultura del conflicto», porque incluso palabras tan valiosas como «respeto» o «confianza» vienen impregnadas de ese trasfondo de defensa, como si todo estuviera diseñado para protegernos y no para encontrarnos.

Ese trasfondo provoca que, sin darnos cuenta, busquemos solo nuestro propio beneficio, viendo al otro como un enemigo. Y lo curioso es que la otra persona hace lo mismo, creyendo también que debe protegerse de nosotros. Así, sin querer, nos convertimos en una amenaza mutua. No se trata de despreciar la cultura en lo que tiene de hermoso, en sus tradiciones, en sus sabores, en todo lo que nos proporciona identidad, sino de ver que también ha dado forma a nuestros conflictos y nos ha hecho sentir que seguimos rodeados de leones aunque ya no vivamos en la selva. Ese depredador imaginario aparece en nuestras discusiones, en nuestras relaciones de pareja, en el trabajo, en la política, en cualquier lugar donde sentimos que alguien puede quitarnos algo que consideramos que es nuestro (sea material o no).

Por esta razón, Aprende a discutir mejor no justifica en absoluto la violencia, pero sí busca explicarla, mostrar desde la psicología social cómo nace un conflicto y, sobre todo, cómo podemos evitar que crezca hasta niveles que ya no podemos controlar. Queremos ofrecerte otra mirada más neutra y esperanzadora, unas herramientas que sirvan para leer las situaciones con más calma y para que tanto la persona que se siente herida (víctima) como quien provoca esa herida (que sería el agresor) encuentren un camino distinto, uno que no termine en insultos, golpes o discusiones agresivas.

Lo que te propongo es un cambio de paradigma, una resignificación de las palabras, pasar de una cultura que se protege a una cultura que coopera. Imagínate por un momento que empezamos a vernos no como posibles amenazas, sino como parte de un mismo equipo, y juntos creamos un contexto seguro en el que no tengamos que vivir a la defensiva. Esa es la intención de estas páginas: abrir una puerta a un modo distinto de relacionarnos, una cultura de cooperación y de despolarización en la que no dejemos a nadie atrás. Discutir mejor no es solo un detalle en nuestras conversaciones, es la base de un mundo más seguro, equilibrado y compartido. Bienvenido a este cambio, que empieza contigo y con cada interacción que elijas transformar.

Discutir

Antes de desgranar los conceptos recurrentes en las discusiones, es importante detenernos a pensar qué significa realmente discutir, ¿verdad? Porque, claro, podemos encontrarnos con dos formas distintas de entender qué es. Una es tan solo mantener una conversación sobre algún tema con el fin de buscar una solución de manera calmada; sin embargo, si la usamos en un sentido problemático y la sentimos como una amenaza en sí misma, la discusión se transforma en la segunda, en un momento de tensión que se percibe casi como una pelea. Así pues, ¿cuál es la diferencia real entre discutir y conversar? ¿En qué momento preciso una charla entre dos personas se convierte en una «discusión»? Yo puedo discutir desde la calma y la otra persona desde la tensión, y ahí está la clave, porque es la tensión lo que marca la diferencia; es en ese clima cuando se pone en duda la razón del otro, cuando se interpreta que podría haber una falta de respeto o un ataque, y lo que aparece es esa carga que no surge tanto de las ideas como de la emoción. El malestar impide que me sienta en un espacio seguro. Y cuando hablo de espacio no me refiero a un lugar físico, sino a la relación como un lugar simbólico que debería dar cobijo pero que, en cambio, se percibe como hostil porque se me pone en duda, se me falta al respeto o se me critica. Es esa tensión la que acaba convirtiendo una conversación en una discusión tensa.

Esto me recuerda a una situación muy común en la vida de pareja, aunque también puede suceder en el ámbito profesional o en el social. En ocasiones, se empieza a hablar con calma sobre un asunto y, de repente, una de las partes dice: «No empecemos a discutir»; en ese mismo instante, se está creando la tensión. Uno de los dos interlocutores siente que se ha entrado en la discusión, mientras que el otro responde: «Pues no, solo estoy hablando», y ahí se evidencia que lo que llamamos discusión incómoda o conflicto surge precisamente cuando aparece esa emoción de malestar, la alerta que activa la amígdala. Ese mecanismo hace que una emoción despierte otra: si yo critico desde el enfado, el otro puede sentirse atacado; si lo hago desde la tristeza, puede sentirse culpable; si me río porque percibo la situación como ridícula, para mí algo menor, el otro puede tomárselo como un agravio y responder con enfado. En definitiva, una emoción activa otra y entonces nos sumergimos de lleno en la dinámica de discusión.

¿Es negativa en sí misma la discusión? Si pensamos en los elementos que usamos, veremos que lo central son las palabras. Por eso es importante hablar de ellas, porque las palabras no son solo sonidos o letras, también son vehículos de emociones. Son intentos de nombrar una sensación interna que se ha mezclado con lo que interpretamos del exterior, de modo que, además de su significado convencional, representan simbólicamente una emoción, se vuelven la traducción imperfecta de lo que vivimos dentro y lo que interpretamos de los hechos. Cuando una persona está bajo la presión de un malestar, la amígdala secuestra el cerebro más reflexivo y anula la parte ética y analítica que permitiría ver las cosas con calma; entonces aparece el modo ataque, huida o bloqueo, un estado en que las palabras ya no se usan para buscar entendimiento, sino para descargar las emociones.

Puesto que una sensación no puede nombrarse de manera precisa, porque es abstracta, lo que suele suceder es que la persona en tensión usa palabras cargadas con una connotación cultural negativa, empujadas por la energía misma de ese estado emocional. Por ejemplo, cuando siento que mi malestar proviene de lo que otra persona ha hecho, uso las palabras más cercanas que encuentro con la fuerza que me infunde la emoción; eso no tiene por qué significar que busque dañar, solo intento expresar lo que me supera. Recuerdo, por ejemplo, que un día mi hija me dijo: «Papá, eres méchant». Aunque vivimos en Francia, me sorprendí, porque yo le hablo en castellano y nunca había utilizado con ella esa expresión. Pero ella había aprendido la palabra de otra niña y cada vez que se frustraba conmigo, porque le negaba un helado o cualquier petición, repetía la frase. Yo comprendí que esa palabra no era un ataque personal, sino la herramienta que mi hija tenía a mano para soltar su enfado, para expresar lo que no podía hacer de otro modo; era el vocabulario disponible que iba unido a la energía de la emoción.

Imaginemos que una persona llega a casa y su pareja le dice en un tono molesto: «Solo piensas en ti, eres un egoísta, nunca me tienes en cuenta en tus planes». La frase puede sonar como un ataque directo, pero si el receptor lograra entender lo que hay detrás, podría reconocer que no se trata de un cuestionamiento global de su forma de ser, sino de la expresión de una frustración puntual: «Me siento sola», «me habría gustado más atención hoy», «me habría gustado compartir tiempo juntos». A partir de ahí, se puede responder con calma: «Te entiendo, hablemos de cómo puedo estar más presente o de por qué crees que no has sido atendida», y transformar así la discusión en un diálogo.

Imagina que en una oficina alguien bromea en voz alta con una compañera. Se ríen y hablan fuerte, pero otro compañero, que intenta mantener otra conversación, no logra escuchar a la otra persona, se da la vuelta molesto y suelta en un tono duro: «Eres un maleducado, ¡cállate ya!». De entrada, la frase parece una falta de respeto, e incluso los demás en la oficina comentan: «Joder, ¿cómo dejas que te hable así?», pero quien bromeaba piensa para sí: «Ay, perdona, no me he dado cuenta. Claro que se ha puesto así, estaba intentando hablar y yo lo interrumpía con mis gritos. Es normal que hay reaccionado de esta manera». En lugar de tomárselo como un ataque personal, interpreta que detrás de esas palabras estaba el estrés de no poder comunicarse, la frustración de encontrarse en una conversación imposible, y entiende que la reacción, aunque brusca, no ha nacido del desprecio, sino de la emoción del momento.

Este tipo de lecturas o interpretaciones son útiles porque representan la traducción de la emoción en hechos objetivos y convierten un posible conflicto, que puede terminar en violencia y destrucción, en la oportunidad de crear un ambiente sano.

Podemos interpretar, pues, que discutir no debería entenderse como un ataque en sí mismo, porque las palabras nunca son más que símbolos para intentar expresar lo que sentimos. Por esta razón, necesitamos ser tolerantes ante el hecho de que la amígdala anule el córtex prefrontal que nos haría más reflexivos. La recomendación en terapia es, pues, escribir lo que sentimos porque ayuda a dar forma, a traducir la emoción en un símbolo, a reposarla, a aliviar y abrir el camino a una solución. Escribir se convierte en un puente entre lo interno y lo externo, entre la sensación y la interpretación, y nos permite comprender con más objetividad qué sucede en un conflicto.

Está claro que culturalmente no podemos permitir que se nos blasfeme con palabras o con el tono en que se pronuncian, pero la mejor manera de enfrentarlo no es sentirse una víctima, sino educarnos para reconocer que no siempre controlamos ese impulso en nosotros mismos. Discutir mejor no es solo hablar de forma calmada o encontrar los términos adecuados, es comprender que detrás de cada palabra hay una subcomunicación emocional, y que la manera de hacer de un conflicto algo menos traumático es entenderlo de forma objetiva, sabiendo que la otra persona no está atacando como fin último, sino defendiendo su identidad frente a los demás y frente a sus propias contradicciones. Y aunque esto no signifique justificar la violencia, sí abre un camino para que la posibilidad de violencia no implique la obligación de defenderse, de modo que nosotros tampoco tengamos que vivir siempre a la defensiva ante esa posible violencia y podamos no iniciar un bucle interminable. Como sociedad, estamos acostumbrados a pensar que una discusión, ya sea en forma verbal, de pelea entre individuos o incluso de conflicto armado, termina siempre con un ganador: el que tiene mayor fuerza, poder o habilidad persuasiva.

En realidad, un conflicto no debería resolverse con vencedores y vencidos, sino a través del entendimiento de las vulnerabilidades y necesidades de ambas partes. Se trata de comprender que esas vulnerabilidades muchas veces se manifiestan en conductas torpes que dificultan a las personas gestionar sus reacciones porque interpretan cualquier gesto como una amenaza a su estabilidad o identidad. Activan de manera improvisada una defensa que no sigue un orden ni una lógica moral, sino que opera desde lo más primitivo del cerebro.

Así pues, lo que solemos etiquetar como un ataque es en realidad la torpeza humana de cargar con un cerebro primitivo en un mundo moderno. Seguimos en modo alerta, como si aún hubiera un depredador acechando, y, cuando no lo hay, lo inventamos a partir de cómo interpretamos los hechos. Por eso, cuando al menos una de las partes es capaz de reconocer esa base biológica, cultural y primitiva que se activa en una discusión, resulta posible dejar de sentirse en peligro y activar el modo defensa para gestionarse de una forma que evite que el conflicto o la discusión sea traumático y que logre transformarlo en lo que de verdad es: la oportunidad para hablar de las sensaciones y las vulnerabilidades sin ningún otro objetivo que expresar lo que duele y mostrar la parte más real de nosotros, la que aparece cuando surge la tensión en una experiencia compartida. En definitiva, esto hará que se genere un espacio cada vez más seguro y fortalecerá el vínculo.