Érase una vez,

Érase una vez,

a principios de la década de 2010,

en un barrio de la ciudad de Saint Louis

llamado Dutchtown,

había un grupo experimental conocido como

The Icebergs.

Y había una chica

que era escritora

y la esposa de uno de los integrantes,

y la novia de otro

(lo que básicamente la convirtió en miembro de la banda),

y todo era amor entre ellos.

Dieron conciertos y grabaron un álbum.

Pasó el tiempo y ninguno de ellos se vendió.

Nadie rompió ni se divorció.

Todo seguía siendo amor entre ellos.

Pero todos acabaron mudándose a las afueras.

La segunda edición de este libro también está dedicada a Rob Rosener, Austin Case y Brad Shumacher.

Ramona

¿Alguna vez has conocido a alguien y has sentido que iba a ser importante para ti? Es como si, inconscientemente, llevaras toda la vida esperando a esa persona, porque la reconoces con la misma facilidad con la que te identificas en el espejo.

Eso me pasó a mí una vez.

Cuando Sam me dijo cómo se llamaba, me eché a reír. Debería habérmelo imaginado. Sentí como si ya fuera mi Sam.

—Perdona —me disculpé—. No me estoy riendo de ti.

—¿De qué, entonces? —repuso él.

Estábamos en el descansillo frente al departamento de Música. Alguien le golpeó el hombro al pasar, pero él ni se inmutó, porque cuando Sam está absorto en algo, es como si el resto del mundo dejara de existir.

—Es que siento que debería habérmelo imaginado. Tienes cara de Sam. ¿Sabes lo que quiero decir? —pregunté.

—No —respondió él, y me dedicó mi primera media sonrisa. Ambos estábamos en tercero de secundaria y era el primer día de clase.

—Yo me llamo Ramona —dije.

—Eso sí que tiene sentido —apuntó.

—¿Yo dije eso? —replica Sam, que mira ceñudo su guitarra. Está cambiando la segunda cuerda, así que solo cuento con una octava parte de su atención más o menos.

—Sí, fue como si ya supiéramos el nombre del otro o algo así —respondo. Y luego, más bajito, porque no estoy segura de si quiero que lo escuche o no—: Como si lo lleváramos grabado en el corazón.

Sam continúa mirando ceñudo su instrumento. Tamborileo en el suelo del garaje un compás de seis por ocho.

—Date prisa —le digo—. Nanami nos está esperando.

Nanami es la mayor y única fan de nuestro grupo. Cada vez que publicamos un vídeo nuevo en nuestra página web, ella lo comenta sin falta. Algún día, cuando April and the Rain sea una banda superfamosa y estemos de gira por Japón, la conoceremos en persona y alucinará.

A lo que íbamos.

Paso de tamborilear en el suelo a hacerlo sobre las deportivas de Sam, que ni se inmuta.

—Mañana nos saltamos el ensayo, ¿no? —pregunto.

—¿Por qué? —Finalmente levanta la vista y, al mirarlo a los ojos, siento el familiar aleteo en el estómago. Sam tiene unos soñolientos ojos marrones y unas pestañas largas y negras.

—¡Porque mañana vamos al Artibus! ¿Te habías olvidado?

—No —contesta Sam—. Pero no veo por qué tendríamos que saltarnos el ensayo. Casi que deberíamos tener más ganas de ensayar.

Sam y yo llevamos años soñando con largarnos del instituto Saint Joseph para estudiar en el campus del Artibus College of Music and Arts. Por si no lo sabías, el instituto es un ascazo, especialmente el nuestro, que está lleno de niños ricos: lo único peor que el postureo es el postureo con dinero. Sam y yo apenas quedamos con nadie más.

Estamos a punto de empezar por fin el último curso. El verano casi ha terminado, pero todavía tenemos que pasar mañana la prueba de admisión del Artibus. Una vez empiecen las clases y antes de que nos demos cuenta, estaremos echando solicitudes de admisión durante las vacaciones de Navidad. El final se acerca.

—Casi he terminado —dice Sam.

Tamborileo en su pie con más ímpetu.

—¡Au! ¡Vale, ya estoy! Qué mujer.

—Me quieres y lo sabes —le suelto.

—Sí, sí —refunfuña, pero esboza esa media sonrisa suya y sé que es verdad. Ojalá me quisiera de otra manera.

Apenas hacía dos días que éramos amigos cuando formamos el grupo. En un mes, Sam era el mejor amigo que había tenido jamás. Al mes y medio ya sabía que me estaba colando por él de mala manera, pero supuse que se me pasaría. No pensaba poner en riesgo el grupo por sentimientos de crías.

Cuando April and the Rain cumplió un año, tuve que admitir que estaba enamorada de Sam. Estábamos en cuarto de secundaria, habíamos creado nuestra página web y habíamos repetido cientos de veces a los merluzos de nuestros compañeros de clase que no, que no estábamos saliendo juntos.

Desde su habitación, publicamos el vídeo de esta semana: ayer se le ocurrió un riff espectacular y hoy lo hemos tocado en varios tempos diferentes, así que he podido darle caña a mi batería. A Nanami le encantará.

—Tenemos que seguir practicando esto —dice Sam—. Me gustaría poder completarlo con alguien más, tal vez meterle un componente vocal.

Él siempre dice lo mismo, pero no creo que caiga esa breva. Bastante suerte tuvimos de encontrarnos nosotros dos.

Sam

Ramona se ha dormido a los veinticinco minutos de viaje. Sabía que se quedaría traspuesta. Siempre lo hace cuando tiene que pasar más de veinte minutos en el coche, y el Artibus está a una hora de Saint Louis.

Tenía la boca abierta y fruncía el ceño como si estuviera soñando con algo que la cabreara, como el dubstep.

Estaba adorable, pero trato de ignorar eso por norma general.

—No —ha gemido, cuando he subido el volumen de la radio.

—Ya casi hemos llegado —le he dicho—. Vas a causar una gran impresión en el Artibus con la cara cubierta de baba reseca.

Ramona se ha limpiado la boca con el dorso de la mano y se ha sentado erguida.

—¿Cuánto queda?

—Estamos en las afueras de la ciudad. Tenemos tiempo para comer.

—Guay. Busquemos algún bareto que podamos hacer nuestro el año que viene. Iremos tanto que todas las camareras se sabrán nuestro nombre.

Me he reído ante el comentario: muy propio de Ramona.

—Vale —he respondido—. Avísame cuando veas alguno.

Y al poco hemos dado con un restaurante que parecía lo que buscábamos. Era un edificio achaparrado y apartado de la carretera, con un semirremolque en el aparcamiento y algunas flores medio marchitas en una maceta junto a la puerta. La S del letrero se había fundido.

—¡Ese! —ha gritado ella señalando por la ventana—. El Meón Wanda.

—Mesón Wanda.

—¡Eso no es lo que pone en el letrero!

He puesto los ojos en blanco y he entrado en el aparcamiento.

Las cosas siempre son así con Ramona. Se le ocurre una idea y luego se materializa. Como con April and the Rain. Una tarde, al principio de conocernos, estábamos fuera del Saint Joe viendo cómo se marchaba todo el mundo en coche cuando sentenció:

—Vamos a montar un grupo.

—¿Qué? —pregunté yo.

Todavía no me explicaba por qué aquella chica tan guapa quedaba conmigo. Solo íbamos a una clase juntos, pero ella siempre parecía buscarme por los pasillos, y ese día, en el comedor, se dejó caer en la silla que estaba al lado de la mía y comenzó a explicarme la influencia del Riot Grrrl en Nirvana. Más tarde, a la hora del almuerzo, me enteré de que su padre era profe de Inglés Avanzado en el Saint Joe y de que su madre estaba muerta. Pero me contó mucho menos sobre ellos que sobre Kurt Cobain.

—Un grupo —repitió Ramona—. Tú y yo. Tú liderarás con la guitarra que prefieras. Y yo tocaré la batería. Se me da muy bien.

—Tal vez a mí no —dije—. ¿Qué pasa entonces?

—Lo harás genial —me aseguró—. Deberíamos empezar esta noche. Puedo ir a tu casa, ¿verdad?

—Hola, Janet —ha saludado Ramona a la camarera de nuestra mesa, que ha echado un vistazo a la chapa con su nombre y luego nos ha mirado con escepticismo por encima de su libreta—. ¿Qué nos recomiendas hoy?

—El chili con carne está bien —ha contestado ella—. Pero está bien siempre.

—Me llamo Ramona —se ha presentado—. Y este es mi amigo Sam. Nos verás mucho por aquí.

—Creo que necesitamos un minuto —he dicho yo.

Janet se ha encogido de hombros y se ha alejado.

—Bueno, creo que se acordará de ti —he añadido.

—Es un comienzo —ha respondido Ramona, que luego me ha sonreído y he tenido que bajar la mirada a la carta.

Tom

El Artibus no está mal, aunque se esfuerza demasiado por parecer una pintoresca universidad privada: el césped y los árboles tienen ese aspecto traumatizado por el exceso de fertilizante y la poda regular, y las aceras son inquietantemente blancas.

He llegado temprano, por lo que llevo veinte minutos sentado en el coche. Hay demasiada humedad para estar fuera mucho rato. Ayuda estar escuchando Autechre.

Sara odiaba Autechre. «Esta canción da cosa —decía—. Es Autechre, ¿no?».

Pero, ahora que recuerdo cuánto los odiaba Sara, salto la canción. Nils Petter Molvær. Sara detestaba a Molvær.

A Sara le gustaba la buena música, como Animal Collective. También le gustaba música malísima, pero como a la mayoría de la gente. Y le gustaba que yo fuera músico. Era dulce y se moría por cambiar el mundo. Eso es lo que más me gustaba de ella.

Sigue siendo lo que más me gusta de ella; no está muerta, solo acaba de dejarme. Todavía le gustará la música buena y la música mala, seguirá sin entender la diferencia entre ambas y, si por casualidad le suena alguna de las que le grabé, seguramente la pase.

Un tipo en la acera hace una mueca rara en mi dirección. A él tampoco le gusta Molvær. O tal vez solo mi coche, que es parte de un proyecto artístico a largo plazo al que llamo Purpurina hasta en las Orejas: el objetivo es cambiar la percepción que tiene la sociedad de la purpurina embelleciendo con ella elementos o situaciones que habitualmente no tienen brillibrilli. Sara solía acompañarme a bombardear con purpurina.

Saco las llaves del contacto.

El departamento de Música es fácil de encontrar; es el edificio más grande del campus. Hace tanto calor en la calle que entrar por la puerta principal es como abrir la nevera y meterse dentro. Hay un cartel justo enfrente que dice «Audiciones», con una pequeña flecha que apunta hacia la izquierda. Parece que a alguien le preocupaba que nos perdiéramos y fuéramos por ahí molestando a los estudiantes del centro, porque no he avanzado mucho cuando me topo con otro cartel que me indica que siga la dirección en que ya estaba yendo. Un tercer cartel me lleva por un tramo de escaleras. «Sótano», ha añadido con bolígrafo la persona preocupada.

Hay un pequeño grupo de sillas plegables. Una mujer que debe de ser la madre de alguien lee un libro junto a la puerta. Un chico y una chica de mi edad cuchichean entre ellos sentados en un rincón. Él lleva un estuche de guitarra, pero ella no tiene instrumento; probablemente sea la entusiasta de su novia, que viene a apoyarlo. Me dejo caer en una silla lejos de los demás y cierro los ojos.

Vuelvo a mirar cuando oigo que se abre la puerta. Una chica con un estuche de violín sale mordiéndose el labio. La mujer se levanta, la rodea con un brazo y se van las dos susurrando escaleras arriba.

—¿Ramona Andrews? —llama un hombre con un portapapeles desde la puerta. La chica se levanta de un salto, como si llevara toda la vida esperando a que este hombre viniera a buscarla. Desaparecen juntos en la sala. El chico y yo nos hemos quedado a solas, pero él está inclinado hacia delante, estudiándose los cordones de los zapatos como si guardaran el secreto del universo, así que dudo que vaya a ser una molestia. Apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos de nuevo.

Lo que pasa con Sara es que al principio no pensé que fuera a gustarme para nada. Es un poco alegre y, por lo general, no me caen bien las personas tan alegres porque en realidad no son más que unas falsas. Pero Sara era así de verdad. Es así de verdad.

De entre todos los sitios ridículos en que se conoce la gente, nosotros nos conocimos en un centro comercial. Había cometido el error de pensar que mis deportivas eran de mi propiedad y que podía hacer con ellas lo que se me antojara, por lo que escribí la palabra «Darfur» varias veces en la izquierda y «Auschwitz» por toda la derecha. También diseñé mi propio panfleto en cuatro por cuatro, titulado ¡Darfur y otros holocaustos que quizá no conozcas!, e imprimí cincuenta copias para entregar a cualquiera que me preguntara por las zapatillas. Fue mi primera performance de interés público y no cabía en mí de la emoción.

Mi madre me había pedido con lágrimas en los ojos que me comprara unas zapatillas nuevas al día siguiente (sin falta) o se desesperaría por completo. (Aun así, después de discutirlo, llegamos al acuerdo de que podía llevarlas puestas en público en mi tiempo libre, pero en el instituto ni en broma). Eso fue un viernes por la noche. El sábado por la mañana (sí, por la mañana) fui en coche hasta el centro comercial y me prometí a mí mismo que compraría el primer par de zapatillas que no aborreciera.

De manera que estaba mirando una pared llena de zapatos cuando una chica con una placa identificativa se me acercó sonriendo.

—¿Puedo ayudarte? —me preguntó. Y era guapa (es guapa), pero he conocido a muchas chicas guapas, o al menos a las suficientes, como para recelar. Le señalé unas zapa­tillas y le dije que me gustaban aunque no me mataban, y se le iluminó la cara—: ¡También las tenemos en un color más os­curo!

Me di cuenta de que estaba encantada, así que accedí a verlas y ella se fue corriendo como si aquel fuera su último cometido en la vida. Cuando regresó, me sorprendió sentirme raro al descalzarme delante de ella. Me probé las zapatillas que me había traído y no, no las aborrecía.

—Vale —dije.

—¿Sí? —preguntó con auténtica emoción.

Era así incluso cuando me llamaba por teléfono. Recuerdo haber pensado que nunca había conocido a nadie capaz de ser tan auténtico con un extraño. (A veces juzgo un poco a la gente. Me di cuenta de este aspecto de mí después de llevar un tiempo con Sara).

—Por cierto —añadió—, me gustan las zapatillas que llevas. No hay mucha gente que sepa nada sobre Darfur, ni siquiera lo que pasó en Bosnia.

Oigo la puerta abrirse. La chica sale al pasillo y el chaval que se miraba los cordones de los zapatos se levanta. Ella le sonríe y chocan los cinco. El profesor de antes pregunta por Samuel Peterson y ellos vuelven a chocar los cinco. Es una gilipollez tan grande que tiene que ser un momento de la leche para ellos. El chaval y el profesor entran a la sala. Cuando la puerta se cierra, la chica se vuelve hacia mí como si tuviéramos que hablar sí o sí.

—Qué hay —dice—. Me gusta lo que le has hecho a tus zapatillas.

—Gracias —respondo—. Tengo un panfleto.

Se sienta junto a mí a una silla de distancia. Le entrego el panfleto y ella lo estudia un momento.

—Probablemente esté bastante desinformada sobre los genocidios en el mundo —afirma—. Me lo leeré sin duda. —Luego estira las piernas frente a ella y mueve los dedos de los pies en las sandalias. Lleva un pintaúñas de colorines desconchado—. Me he presentado a la audición de piano —comenta.

—A mí me hacen la prueba para la carrera de Música en general —me escucho responder—. No tienen un programa concreto para lo que hago.

—¿En serio? ¿Cómo te van a evaluar? ¿Estás nervioso? ¿Qué es lo que haces? ¡Yo toco la batería!

A esta chica solo le faltan orejas de duendecillo.

Me gusta su pelo, que estoy bastante seguro de que se corta ella misma. Los mechones despuntan por aquí y por allá de una manera que nadie podría haber planeado.

—Tendré que tocar algunos acordes a piano —le digo—. Leer a primera vista algunas partituras. Hacer algunas vocalizaciones. Supongo que simplemente demostrar que tengo talento musical en general.

Ramona

¿Te suenan esos chicos que se pasan todo el tiempo intentando darse un aire taciturno? Ya sabes, esos con el pelo revuelto que suspiran sin parar. Todos quieren parecerse a ellos. Pues este chico no está fingiendo nada. Este chico está trágicamente deprimido de verdad. Irradia tristeza. Voy a conseguir que sonría al menos una vez. Me acerco un asiento para ponerme justo a su lado.

—Pero ¿qué tocas en verdad? —le pregunto—. ¿Y por qué te inscribes aquí si no tienen un programa para ti? —El chico se encoge de hombros y murmura algo que no alcanzo a escuchar—: ¿Qué?

—Hago noise —dice.

—¿Noise?

Este chaval es más cañero de lo que esperaba.

—Sí. Probablemente hayas oído hablar de un grupo llamado Sonic Youth —me aclara—. Son una banda de rock que…

—Sé lo que es el noise —lo interrumpo. Me ha molestado y dejo que se me note en la voz—. Prurient. Merzbow. Puce Mary. Simplemente me ha sorprendido.

—Ah, perdón —se disculpa.

Decido ignorarlo. Yo también lo había subestimado a él.

—Pues que guay —exclamo—. ¿Tienes un grupo?

Él niega con la cabeza y luego se encoge de hombros.

—De hecho, eres la primera persona que conozco que sabe quién es Merzbow.

—Mi instituto también da asco —digo—. Sam es el único chico en el Saint Joe que sabe de verdad algo sobre música.

—¿Vas al instituto Saint Joseph? —La expresión le cambia. Definitivamente no sonríe.

—No me queda otra. Por cierto, me llamo Ramona.

—Tom. ¿Sam es tu novio?

—No —respondo—. Somos amigos. Compañeros de grupo.

—Pero ¿es el que acaba de entrar? —Tom señala la puerta con la cabeza.

—Sí. Él toca la guitarra.

—¿Cuál?

—Todas.

—¿Todas?

Tom sonríe un poco por fin. Más o menos. Decido que no cuenta. Y de repente tengo muchisísimas ganas de ver sonreír a este chico. Sonreír de verdad.

—Todas —repito—. Toca el bajo y la acústica de doce cuerdas, e incluso tiene un sitar.

—Cómo mola.

—Y un dobro. Y bueno, nuestra banda se llama April and the Rain.

—¿Uno de vosotros es April y el otro la lluvia?

Me sorprende que sea él quien me haga reír a mí.

—El nombre es por la primavera, los nuevos comienzos y esas cosas. Primero tiene que llover.

Él asiente.

—Lo he pillado.

Me doy cuenta de que estoy sonriendo de nuevo.

Sam

He vuelto a entrar en trance mientras tocaba. Aunque «trance» suena demasiado serio: es más como que he seguido tocando, pero también he olvidado que estaba tocando y simplemente escuchaba la música sin pensar en nada. Entonces he caído en que la música salía de mi guitarra, pero por suerte ya estaba a punto de terminar la pieza.

Había cinco adultos detrás de una gran mesa, que se habían tomado su tiempo para asegurarse de darle formalidad y frialdad al asunto. Cuando he terminado, los he mirado y han asentido con la cabeza.

—Gracias, señor Peterson —ha dicho una mujer en tono seco y cortante.

He hecho un gesto de asentimiento y he abierto el estuche de mi guitarra. Ya habían terminado de tomar notas, así que se han limitado a mirarme. Me inquietaba un poco no saber cómo lo había hecho.

—Entonces ¿ya he terminado? ¿Puedo irme? —he preguntado, mientras hacía un gesto con la cabeza hacia la puerta.

—Sí. Gracias, señor Peterson —ha vuelto a decir la mujer.

A medida que me acercaba a la puerta, iba escuchando la voz de Ramona al otro lado.

—No, no, no, no, no —estaba diciendo—. ¡El rock progresivo no está muerto!

Cuando he abierto la puerta, ella y el chico retraído se sonreían. Ha tardado un segundo en reparar en mí.

—¡Sam! —ha exclamado—. ¡Lo he encontrado! —Al parecer, el comentario ha confundido al chaval tanto como a mí—. Ay —ha añadido—, ¿cómo te ha ido la audición? ¿Lo has petado? Lo has petado, ¿a que sí?

—¿Thomas Cogsworthy? —ha llamado desde la puerta una de aquellas caras imperturbables.

El chico se ha levantado y ha pasado junto a mí arrastrando los pies. Ramona seguía sonriendo de oreja a oreja. He oído la puerta cerrarse detrás de mí.

—Creo que lo he hecho bien —he respondido. Ella ha pegado un salto y me ha abrazado.

—¡Esto es brutal! —me ha dicho al oído—. ¡Hemos encontrado al tercer integrante del grupo y los tres iremos al Artibus!

Olía bien, pero la he soltado y he dado un paso atrás.

—¿Ese chaval con el que estabas hablando?

—Sí, es supercañero. ¡Y hace un montón de cosas experimentales y puede ser nuestro vocalista! Te va a caer genial.

—Pero ¿tú sabes si quiere formar parte de nuestro grupo?

—¡Por supuesto! O sea, por supuesto que querrá cuando se lo preguntemos.

Me he encogido de hombros. Es difícil resistirse a Ramona cuando está emocionada. Podíamos hablar con el chico, por qué no, no colaría seguro y Ramona se olvidaría de él al día siguiente.

—Vale —he asentido—. Esperemos a que acabe.

Hemos vuelto a sentarnos. Ramona balanceaba las piernas adelante y atrás, cantando en voz baja.

La verdad es que siempre es difícil resistirse a Ramona.