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PRÓLOGO

Obras de amor, filosofía y muerte

A la belleza se la castiga porque acaba con nuestra paciencia. Por eso arrancamos sus flores; por eso privatizamos sus paisajes; por eso, cuando es excesiva, nos burlamos de sus facciones o de sus formas; por eso codiciamos su pureza, con el ansia viva de la destrucción. Hay que ser valiente para crear algo bello. Hay que estar un poco loca para entregarse en cuerpo y alma a la construcción de un mundo propio, regido por la hermosura. Hay que tener el don de la generosidad. Todas esas cualidades, sin duda, las atesora la dueña de los textos que componen este libro: alocada, generosa, audaz, inteligente… Que Alfonsina Storni (Suiza, 1892-Argentina,1938) sea una de las poetas más representativas de la literatura en castellano de comienzos de siglo XX tiene que ver con esa concatenación de talentos, pero también con la inmensa obra lírica, dramática, periodística y filosófica que escribió gracias a ellos. De acuerdo con una de sus mejores lectoras y estudiosas, la también escritora argentina Delfina Muschietti, la voz de Storni ha resistido al paso del tiempo y se acerca al misterio de los clásicos.[1] Será tal vez porque Storni escribió como quiso, sin renunciar a sus ideales ni a sus aspiraciones, y sin miedo de que su género o su clase social fueran impedimentos para la creación de belleza. ¿Penuria en la vida real? Pues doble ración de flores en la vida lírica. ¿Enfermedad en la vida real? Pues doble ración de metáforas marinas en la vida lírica. ¿Soledad o desamor en la vida real? Pues gusto y técnica en el conteo de sílabas para que el ritmo vuelva un poco más amable la vida lírica.

Para entender del todo por qué Alfonsina Storni tiene el misterio de los clásicos, valdría la pena recordar algunas de las consideraciones estéticas que la pensadora estadounidense Jane Hirshfield expone en el ensayo Diez ventanas. Cómo los grandes poemas transforman el mundo. Obsesionada con encontrar esa respuesta inencontrable a la pregunta de por qué un poema es bello, o de por qué un poema es bueno y nos importa, Hirshfield aboga por la fuerza de la transformación: «El don de la poesía es que su vista no es nuestra vista habitual, su oído no es nuestro oído habitual, su conocimiento no es nuestro conocimiento habitual, su voluntad no es nuestra voluntad habitual. En un poema, todo viaja hacia el centro y hacia fuera». La poesía hace de lo corriente algo fuera de lo común. En el caso de la de Storni, su fuerza transformadora reside en su manera de traer al papel todos aquellos motivos asociados a la simpleza del género lírico, todos aquellos temas fundamentales de la experiencia femenina y todas aquellas palabras que, tras siglos de miradas prejuiciosas, se convirtieron en tabúes u obviedades. A saber: el mar, los lirios, la luna, la dulzura, lo frondoso, lo alado, las lágrimas, el cielo que acuna, la palabra «deseo», los corazones enternecidos, el uso dramático de los puntos suspensivos, casi como suspiros… Contra todo pronóstico, Storni hace bandera de tales símbolos, los retuerce y los fulmina: su vista del oleaje no es nuestra vista habitual, su oído del corazón no es nuestro oído habitual y su conocimiento de la alegría o de la miseria no es nuestro conocimiento habitual. Que Alfonsina Storni sea un clásico, pues, tiene que ver con la capacidad de su escritura de transformar la tradición, sin apartarse de ella, pero también de transformar a sus lectoras, pues nos hace revivir el placer de las primeras cosas con una sencillez conmovedora.

Storni no es la única escritora de comienzos de siglo XX que decidió poner en valor los temas comunes asociados a lo femenino para reventarlos desde dentro. Es imposible no ver en su ejemplo consonancias con el éxtasis de Gabriela Mistral, a quien, de hecho, la argentina alude en más de una ocasión en sus textos y a quien ve como hermana mayor y referencia en lo político y en lo literario; con los amores floreados de Juana de Ibarbourou, con quien compartía la pasión por lo cándido, y a quien la unió un muy fuerte vínculo amistoso —a ambas, por cierto, las han llamado «poetas del amor»—; o con el erotismo de Delmira Agustini, a quien Storni dedicó conferencias y halagos, en defensa de su descaro pero también de su fe. En el mundo académico, de hecho, no es extraño encontrar artículos e investigaciones que hermanan sus escrituras. Si bien la de Agustini tiene una fuerza erótica más palpable, con una defensa del goce por el goce, en Storni el deseo y el sexo aparecen siempre como antídotos a la muerte. Más allá de estas características cruzadas en la lectura de sus amigas-hermanas-referentes, merece la pena desenredarse un hilo de bibliografía que contribuye a entender la búsqueda de la belleza de las autoras mentadas. Libros como Ternura, de Gabriela Mistral; El rosario de Eros, de Delmira Agustini; y Las lenguas de diamante, de Juana de Ibarbourou, ayudan a situar a Alfonsina Storni en el mapa de una creación poética del siglo XX atravesada por el feminismo, y también a ampliar el tono de sus hallazgos.

Hay otro vínculo evidente entre las escritoras de este tiempo, que tiene que ver con su pasión por la escritura ensayística, de corte político y reivindicativo. Al igual que los escritos de Gabriela Mistral acerca de la patria, del feminismo y de la educación, la obra en prosa de Alfonsina Storni resultó y sigue resultando fundamental para entender las desigualdades de su tiempo. Recopiladas en distintas antologías como El libro quemado, en Argentina, o como Urbanas y modernas, en España, sus crónicas periodísticas y columnas de opinión de las décadas de 1910 y 1920 resultan estimulantes. En todas ellas hay una base filosófica, gracias a la cual Storni —que fue madre soltera a los veinte años, sufrió el estigma de la migración y trabajó como maestra y periodista precaria, por poner algunos ejemplos de las circunstancias vitales que la obligaron a pensar y repensar la desigualdad durante toda su vida— pudo desarrollar una poética desde el compromiso. Puede que uno de sus textos de ideas más significativos sea El libro quemado, en el que reflexiona sobre por qué todavía podía parecerle fea a alguien la palabra «feminista». Este texto se publicó en 1919 en el diario La Nota, y allí ya reflexionaba sobre la necesidad de que las escritoras se emanciparan y se nombraran feministas, para no perder el terreno y el reconocimiento que otrora habían ganado místicas como Teresa de Jesús. Llama la atención ese año: 1919. Llama la atención porque los reclamos de Alfonsina Storni en la prensa argentina le llevaron una década de ventaja al libro que, en apariencia, habría fundado la crítica literaria feminista: Una habitación propia, de Virginia Woolf. Sin negar, claro está, la importancia de esa biblia woolfiana, merece la pena que le demos una vuelta al rechazo o a la pereza con los que hasta hace bien poco habíamos leído el pensamiento de sus coetáneas latinoamericanas. En Cómo convertirse en nadie, la ensayista y narradora Betina González da cuenta de la conciencia que las escritoras hispanas tenían de este racismo cuando recupera una anécdota en la que la editora, traductora y escritora Victoria Ocampo, al visitar a Virginia Woolf en Londres, se habría vestido con unas ropas muy estridentes, con tal de seducir a su anfitriona, vistiéndose «en consonancia con el imaginario de Woolf, que creía que esta mujer argentina “very ripe and very rich” vivía rodeada de mariposas y de jóvenes morenos que la apantallaban». Como explica González, no importaba que Ocampo perteneciera a una de las familias más ricas de Argentina, ni que su trabajo intelectual y editorial fuera definitivo para la literatura del siglo XX en castellano. Consciente de la terquedad y superioridad moral de Virginia Woolf, ella prefirió hacerse pasar, en sus palabras, por un «fantasma sonriente», autoexotizándose, con tal de no causar ninguna mala impresión, ni desequilibrio, ni extrañeza en la autora de La señora Dalloway. Hoy, por suerte, el panorama ha cambiado, y no hace falta reducirse a una misma ni a su cultura para salir adelante. Considerar entonces a Alfonsina Storni como una pionera del pensamiento literario feminista no sería un insulto, y los textos incluidos en esta antología son una prueba de ello.

Ocurre, además, que el feminismo de Storni no se esquina en un género literario concreto, sino que vive en toda su obra. Leer su poesía, más allá de los motivos bellos, florales y tiernos que destacábamos antes, significa también ahondar en su concepción moral del mundo. Para la poeta española Berta García Faet esa es la Storni más interesante, la que, siendo ya adulta, quizá alejada de sus primeros trabajos, en su opinión más sumisos e idealistas, se aparece «peleona, subversiva y de lengua ácida» cuando retrata las injusticias del escritor macho, o cuando piensa y poetiza «sobre la dificultad de vivir el amor entre sujetos políticos divididos jerárquicamente». Concuerdo con García Faet en esta aproximación política a la poesía de Storni, aunque no tanto en la alusión a su cualidad sumisa en relación con su primer pensamiento amoroso. De nuevo, hay en la escritura de Alfonsina Storni una recuperación de los temas asociados a lo femenino elaborada de manera muy consciente y reivindicativa. A este respecto, una de sus biógrafas, Josefina Delgado, dijo lo siguiente: «El tema principal en la poesía de Storni es la crítica a la concepción patriarcal del amor hombre/mujer, con todas sus variantes, pero poniendo el acento en las dificultades que a la relación le traen la soberbia masculina y su incapacidad de lealtad». Por ese motivo, los versos de sufrimiento amoroso de Storni no me parecen bajo ningún concepto sumisos, sino en todo caso el testimonio de una mujer que habló desde su propia experiencia de dolor. Cuando en Irremediablemente nos dice que ella es una flor «perdida entre juncos y achiras / que piadoso alimentas, pero acaso ni miras», se podría intuir cierto conformismo ante la desatención de su amante, aunque también un fuerte rechazo a su circunstancia y una crítica feroz hacia la insensibilidad masculina de la que hablaba Delgado. Resulta irónico: ¿acaso una flor perdida es capaz de retratar así su angustia? ¿Qué revolución habrá ocurrido para que algo tan nimio como una florecilla pueda forjar una voz tan dura y comprometida?

Es que a la belleza se la castiga, y eso pareció entenderlo desde muy pronto Alfonsina Storni. Pronto empezó a imaginar historias, a inventarlas para contárselas a su familia de migrantes: llegó a creer que escribir era lo más parecido a mentir; pronto, a los doce años, creó su primer poema, algo oscuro y sincero, que dejó sobre la cama de su madre, Paulina, esperando no sabemos si la aprobación o la mirada de miedo de la progenitora; pronto le llegó el éxito, o, más bien, el reconocimiento, y accedió a los circuitos literarios de Buenos Aires; pronto se enamoró de un hombre con el que no podría convivir y que terminó suicidándose; pronto enfermó, para luego sufrir una mastectomía que destruiría su ánimo y la atosigaría hasta que también ella acabó, pronto, muy pronto, demasiado pronto, con su vida. No quiero detenerme en más detalles vitales y mortales de la poeta; si apenas los sugiero en pinceladas, es porque para conocer a Storni hay que leer, en todo caso, la biografía que la misma Josefina Delgado le dedicó: Alfonsina Storni. Una biografía esencial. Con una prosa exquisita, Delgado expone las excentricidades y los éxitos de la poeta, valiéndose de una larga lista de testimonios de otros escritores de Argentina y de toda América Latina, con el fin de darnos a entender el cariño que se le profesó, por mucho que lo que más haya llegado hasta nosotras sean las burradas que algunos machos le dedicaron. Me refiero, por supuesto, a esos ascos que Jorge Luis Borges y otros le hicieron, centrándose en la aparente cursilería de la autora, y que la feminista Marina Mariasch diseccionó en el prólogo de una de las ediciones más recientes de su poesía completa: «Tenía razón Borges cuando dijo que Alfonsina Storni era “una superstición argentina”. Alfonsina aparece en el imaginario común como una melodía, como una estatua en la rambla de Mar del Plata. Su nombre está asociado a la tragedia, al suicidio, al dolor y al romanticismo». Más adelante, Mariasch añade: «Tenía razón Borges también cuando dijo que Alfonsina profería chillonerías de comadrita. Bajo la capa de fondant, esa pasta de azúcar que se usa para cubrir tortas y darles un aspecto suave y elegante, la poesía de Alfonsina chilla disonante. Y valga el oprobio de invocar a “la Storni” citando la palabra de un varón. Es el precio que bien pagó por, en un mundo reservado a los hombres, poder decir “Yo”. Es el lugar desde el cual, cobertura de glasé en la superficie, se hizo escuchar». Por eso, la biografía de Josefina Delgado es tan importante, pues rompe los mitos del desprecio que sobrevolaron su figura y arroja luz sobre las partes de su vida que antes se contaban con recelo: su maternidad, su lista de amigas y confidentes, sus amoríos o los estragos de su enfermedad. De entre todas las anécdotas recuperadas por Delgado, me quedo con una asociada a la primera vez que Storni se encontró con Juana de Ibarbourou en Uruguay a comienzos de los años veinte, y en la despedida que esta y otros le dedicaron cuando le tocaba regresar a Argentina: «Cuando el barco partió, llevándosela —dijo Ibarbourou—, Alfonsina dejó tras sí una estela de simpatías profundas, y algo más: alguien, en el muelle, encendía pequeñas luces hasta que el barco no fue visible en la noche. Alfonsina debió verlas en forma de corazón».

Dijo Paul Valéry que la belleza es una cuestión privada. Yo quiero creer que, cuando vemos el esmero de Alfonsina Storni por llenar páginas con lo bello, caemos en la cuenta de que la belleza también puede ser libre, de que en vez de castigarla deberíamos entregarnos a lo que esta tiene que enseñarnos, pues también lo bello es inteligente. Antes de que las lucecillas en forma de corazón se apaguen, sólo me queda advertir de que, además de ser una antología de amor, filosofía y muerte, lo que tenemos entre las manos es un frondoso florilegio.

LUNA MIGUEL

Nota a esta edición

Todos los textos de No perdones, corazón provienen, por un lado, de Poesía (Losada, Buenos Aires, 2021), una recopilación de las obras de poesía y prosa poética completas de Alfonsina Storni, a cargo de Delfina Muschietti; pero también de Un libro quemado (Editorial Excursiones, Buenos Aires, 2014), una antología de columnas de opinión de la autora, a cargo de Mariela Méndez, Graciela Queirolo y Alicia Salomone.

Igualmente, durante la lectura atenta y el estudio de la escritura y pensamiento stornianos que propició esta selección de textos, resultó fundamental la observación y consulta de libros como Poesía completa (Leamos, Santa Fe, 2023), con prólogo de Mariana Mariasch; como Urbanas y modernas (Barlin Libros, Valencia, 2019), con prólogo de Berta García Faet; y como Alfonsina Storni. Una biografía esencial (Debolsillo, Barcelona, 2011), ensayo biográfico y crítico a cargo de Josefina Delgado.

Es gracias a la voz de todas estas autoras, editoras y estudiosas que desde el presente han trabajado incansablemente para difundir la escritura de Alfonsina Storni que No perdones, corazón existe. Con esta obra, se pretende continuar con esa labor de difusión de una de las poetas más apasionadas de las letras en castellano, referente del pensamiento feminista y de la experimentación lírica a través de un lenguaje asociado a lo floral, lo marítimo, lo amoroso y lo mortal. No hay, en esta selección, presencia del trabajo dramatúrgico de Storni, pues la amplitud y la complejidad de este bien merecería otro estudio y espacio más amplios y exclusivos.

El criterio que se ha seguido, pues, para este «florilegio», es el de la ordenación de fragmentos poéticos, prosísticos y filosóficos de Storni, con relación a sus temáticas más comunes y reconocibles, pero también a sus hallazgos rítmicos y a su ampliación de los motivos literarios que la hermanaron con otras autoras de su siglo, de su idioma y de su continente.

Dicho esto, y como homenaje último a esta labor genealógica, merecerá la pena incluir en esta nota unos versos casi oraculares que su coetánea chilena, Gabriela Mistral, dedicó a Alfonsina Storni en Poema del hijo:

Y no temí a la muerte, disgregadora impura;

los ojos de él libraran los tuyos de la nada,

y a la mañana espléndida o a la luz insegura

yo hubiera caminado bajo de esa mirada...

No perdones, corazón

POESÍA

LA INQUIETUD DEL ROSAL

La inquietud del rosal

El rosal en su inquieto modo de florecer

va quemando la savia que alimenta su ser.

¡Fijaos en las rosas que caen del rosal:

tantas son que la planta morirá de este mal!

El rosal no es adulto y su vida impaciente

se consume al dar flores precipitadamente.

Vida

Mis nervios están locos, en las venas

la sangre hierve, líquido de fuego

salta a mis labios donde finge luego

la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas,

que de domar a voluntad no alego,

hoy conmigo no juegan y yo juego

con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía

la siento tan vibrante que hago mía

cuanto escancio en su trova de hechicera.

¡Es que abrí la ventana hace un momento

y en las alas finísimas del viento

me ha traído su sol la Primavera!

Plegaria a la traición

¡Amor… amor!… Traicionas mis deseos,

mi tristeza, mi esfuerzo… ¡Cuando hundía

la ilusión en la Sombra de la muerte

revives su cadáver, lo dominas,

y me entregas atada

como un mártir vencido!…

¡Amor! ¡Amor! Tus alas han golpeado

a las puertas del alma, suavemente…

Me han mentido tu arrullo, no lo ignoro,

pero he sido cobarde y con las alas

agoreras y trágicas me has hecho

un manto todo blanco y todo rosa.

¡Traición! ¡Traición! Tu fina puñalada

sangra mi vena y ha de darme muerte

y no puedo ni quiero maldecirte.

¡Has vuelto amor, has vuelto!

Como un niño sorprendido de pronto

mi alma pone interés en recibirte

y temor; tiembla acaso por sus flores

que se abrieron recién cuando tus alas,

fino amor, me llamaban, me llamaban…

¡Entra traidor! Tú sabes lo que encuentras:

sé cuidadoso, mira que no quedan

muchos capullos más, no te prodigues

de sus pétalos lánguidos y enfermos,

que en el jardín de Otoño a donde llegas

las flores se malogran fácilmente.

¡Entra traidor! ¡Intenta algún milagro!

¡Pase tu soplo vívido como una

llama de vida donde el alma pueda

despertar a la dulce Primavera

y olvidar el invierno despiadado!

¡Entra traidor! Y vénceme, sofócame…

¡Hazme olvidar la tempestad pasada,

arrúllame, adorméceme y procura

que me muera en el sueño de tu engaño,

mientras me cantas, suave, la alegría

de las pascuas del sol!

La campana de cristal

Recién la tarde se borraba; era

la penumbra teñida de escarlata

preludiando el reinado de la plata

en una noche toda primavera.

Yo estaba herida de inquietud que mata,

una inquietud nerviosa y agorera

como una anunciación, como una espera

en que todo el anhelo se desata.

Después la noche palpitó en mis células,

llegaron a millones sus libélulas

arrancándome un ritmo musical.

Y bajo la tristeza de la luna

descubrí que mi alma era una

diminuta campana de cristal…

Convalecer

Debe ser muy hermoso acercarse a la Parca

de guadaña traidora y pensar que en el arca

del Misterio nos vamos para no volver más

a saber de estos seres que dejamos atrás.

Y, cuando hemos sellado el adiós postrimero

en el labio perfecto que se nos brinda entero,

y, cuando hemos creído realizar el gran viaje

de donde nadie ha vuelto con el mismo ropaje,

sentir que la materia nos permite pensar,

que aún el labio se mueve ansioso por besar

y volver lentamente a la vida que fluye

entre el perfume fresco que una rosa diluye.

Y después, por las manos piadosas de la Amada,

sentir como es de nuevo la testa aprisionada,

ver como en la ventana la negra golondrina

da tregua a su jornada de errante peregrina,

y en una de esas tardes en que el viento se aquieta

volver a oír el verso que nos hizo poeta.

Sentarse en un sillón, que llevó al corredor

la madre toda llena de un inefable amor,

y ante la enredadera de oscura madreselva

dejar que en sus aromas la Primavera vuelva.

Aprender a dar pasos, como un tímido niño

que necesita aún solícito cariño;

hallar que cada cosa es vieja, pero es nueva,

que dentro de lo eterno lo viejo se renueva

y en la hora en que vuelve la excelsitud de amar

saber que algo en nosotros es capaz de volar.

La invitación amable

Acércate, poeta; mi alma es sobria,

de amor no entiende —del amor terreno—

su amor es más altivo y es más bueno.

No pedirá los besos de tus labios

no beberá en tu vaso de cristal,

el vaso es frágil y ama lo inmortal,

acércate poeta sin recelos…

Ofréndame la gracia de tus manos

no habrá en mi antojo pensamientos vanos.

¿Quieres ir a los bosques con un libro,

un libro suave de bellezas lleno?…

Leer podremos algún trozo ameno.

Pondré en la voz la religión de tu alma,

religión de piedad y de armonía

que hermana en todo con la cuita mía.

Te pediré me cuentes tus amores

y alguna historia que por ser añeja

nos dé el perfume de una rosa vieja.

Yo no te diré nada de mí misma

porque no tengo flores perfumadas

que pudieran así ser historiadas.

El cofre y urna de mis sueños idos

no se ha de abrir, cesando su letargo,

para mostrarte el contenido amargo.

Todo lo haré buscando tu alegría

y seré para ti tan bondadosa

como el perfume de la vieja rosa.

La invitación está… sincera y noble.

¿Quieres ser mi poeta buen amigo

y sólo tu dolor partir conmigo?…

Mi Yo

Hay en mí la conciencia de que yo pertenezco

al Caos, y soy sólo una forma material,

y mi yo, y mi todo, es algo tan eterno

como el vertiginoso cambio universal.

Soy como algo del Cosmos. En mi alma se expande

una fuerza que acaso es de electricidad,

y vive en otros mundos tan llenos de infinito

que me siento en la tierra llena de soledad.

Cuando en un día tibio percibo la caricia

de la vida, hay un algo que pasa por mí

tan intenso y extraño que deseo morirme

para seguir viviendo como nunca viví…

¡Vida! ¡Toda la vida!… Es el grito que siento

subir de mis entrañas hasta la inmensidad…

¡Cada célula mía quisiera ser un astro,

un mar, todo el misterio de la fecundidad!

Mi cuerpo, que es mi alma, suele sentirse guzla,

una guzla de plata con cuerdas de cristal

Naturaleza templa la cuerda y es por eso

que me siento encarnada en todo lo ancestral.

¡Ven, dolor!

¡Golpéame, dolor! Tu ala de cuervo

bate sobre mi frente y la azucena

de mi alma estremece que más buena

me sentiré bajo tu golpe acerbo.

Derrámate en mi ser, ponte en mi verbo,

dilúyete en el cauce de mi vena

y arrástrame impasible a la condena

de atarme a tu cadalso como un siervo.

No tengas compasión. ¡Clava tu dardo!

De la sangre que brote yo haré un bardo

que cantará a tu dardo una elegía.

Mi alma será el cantor y tu aletazo

será el germen caído en el regazo

de la tierra en que brota mi poesía.

La loba

A la memoria de mi desdichada amiga J. C. P.

porque éste fue su verbo

Yo soy como la loba,

quebré con el rebaño

y me fui a la montaña

fatigada del llano.

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,

que yo no pude ser como las otras, casta de buey

con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!

Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se ríen y cómo me señalan

porque lo digo así: (Las ovejitas balan

porque ven que una loba ha entrado en el corral

y saben que las lobas vienen del matorral).

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!

No temáis a la loba, ella no os hará daño.

Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos

¡y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

No os robará la loba al pastor, no os inquietéis;

yo sé que alguien lo dijo y vosotras lo creéis

pero sin fundamento, que no sabe robar

esa loba; ¡sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta

de ver cómo al llegar el rebaño se asusta,

y cómo disimula con risas su temor

bosquejando en el gesto un extraño escozor…

Id si acaso podéis frente a frente a la loba

y robadle el cachorro; no vayáis en la boba

conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor…

¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas, mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!

No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños

por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha

no sabréis defenderos, moriréis en la brecha.

Yo soy como la loba. Ando sola y me río

del rebaño. El sustento me lo gano y es mío

donde quiera que sea, que yo tengo una mano

que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo.

Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,

la vida, y no temo su arrebato fatal

porque tengo en la mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después… ¡lo que sea!

Aquello que me llame más pronto a la pelea.

A veces la ilusión de un capullo de amor

que yo sé malograr antes que se haga flor.

Yo soy como la loba.

Quebré con el rebaño

y me fui a la montaña

fatigada del llano.

La muerte de la loba

El cuarto estaba a oscuras; una mísera vela

daba su luz pesada como de oro muerto;

cada objeto en la pieza era un fantasma incierto

bajo el pincel sombrío de la pobre candela.

Abierto estaba aún, donde su mejor verso,

sobre la mesa el libro por ella preferido

y una flor que no pudo ser la flor del olvido

yacía en las estrofas como recuerdo terso.

En un vaso temblaba la blancura de un lirio

cansado de sorber el agua amarillenta

y su pobre corola caía macilenta

con una gravedad enferma de martirio.

Por la calle pasaban las ruedas de algún coche

con un pesado andar cargado de agonía

y la lluvia de a poco su llanto diluía

sobre el silencio enorme que fluctuaba en la noche.

¡Oh, la forma del gato tras el cristal sombrío!

Un gato negro espiaba con la pupila rubia

y su fosforescencia brillaba entre la lluvia

metiéndose en el alma como un dardo de frío.

La loba en su sillón hechos sombra los ojos,

me escrutaba los ojos, hechos sombra también,

¡Oh, la pobre sabía —y lo sabía bien—

cómo eran de traidores esos pómulos rojos!

Muy al rato me dijo: —«Mira, estoy tan tranquila,

tan tranquila que acaso me comienzo a morir…».

Y estaba ¡tan tranquila! que hube de sonreír

para que no leyera su muerte en mi pupila.

Y estaba ¡tan tranquila! que como un pajarito

se durmió para siempre en la noche de frío

acariciando al hijo que en el regazo mío

estaba; silencioso… silencioso y quietito.

Se quedó como el libro, cargada de ternezas,

abriendo con su muerte la página final,

una página blanca donde algún lodazal

quiso poner impío el mal de sus tristezas.

Se quedó como el lirio que moría en el vaso…

Pálida y espectral, y sus manos perfectas

decían no sé qué de las cosas selectas

con la suave armonía de su lívido raso.

—«¡Mamita! Oye mamita, ¿me comprarás soldados…?

Mamita». —No la llames, se ha dormido mamita—

Y una pobre canción con lástima infinita

fluctuó pesadamente en mis llantos ahogados.

De pronto hasta el pabilo se apagó consumido,

la noche su sepulcro tendió sobre mi vena

pero seguí cantando la suave cantilena

para que el niño blondo se quedara dormido.

¡Después!… —¡tantos detalles perdieron ya el color!—.

Sólo me acuerdo ahora que en mi frente contrita

pasó del pobre huérfano la blanca manecita

¡tal como si en la llama jugueteara una flor!