1. Dónde vas, que tú no puedes

Nunca supo cómo se llamaba aquel taxista colombiano que la recogió en la puerta de la última agencia que visitó en Miami. Alma se subió al coche, bañada en lágrimas y con una maleta llena de ilusiones rotas, y le pidió que la llevara al aeropuerto mientras le contaba —solo porque necesitaba desahogarse— lo corto que había sido su sueño americano. Sentía que había fracasado. Después de escucharla pacientemente y de ofrecerle una cajita de pañuelos de papel, el hombre la miró por el retrovisor y le dijo algo que le cambió la vida y que quedaría grabado en su memoria para siempre:

—Señorita, no me lo tome a mal… Yo sé que usted siente que todo está dicho, pero no se amilane por eso… Mire, también soy de un pueblo pequeño de Colombia, y es que en este país uno se intimida con lo grande que es todo: los negocios, los edificios, las celebridades. Pero no se rinda y siga luchando por su sueño. En la vida, para conseguir lo que queremos, hay que hacer siempre la milla extra —le soltó con mucha amabilidad.

Había dicho que era de un pueblo pequeño, como ella, así que le pareció que la entendía, aunque se hubiesen conocido tan solo hacía unos minutos.

—¿Qué es la «milla extra»?

—A ver…, ¿cómo se lo explico? —Se lo pensó un momento—. Es ese esfuerzo que uno hace cuando siente que ya no puede dar más. Esa última gotica de sudor, ese golpe cuando ya casi estás derrotado, la raspadita de la olla, como decimos nosotros… Mire, mi padre, que en paz descanse, siempre decía: «Nadie merece más que nadie, solo aquel que hace más que los demás».

Aquella última frase sacudió a Alma por dentro. Ella era de las que hacían más, siempre había sido así. Sus palabras le recordaron a sus padres, que siempre la habían acompañado, la habían impulsado hacia delante, habían secundado y animado sus planes…, y si tenían que hacer un poquito más de lo que podían, lo hacían, sin cuestionárselo mucho.

Aún en el taxi, recordó que los había llamado en cuanto salió del aeropuerto, tres días antes.

—Papá, estoy en Miami. He hecho una parada antes de regresar a Madrid.

Tras anunciarles la ruptura de su relación en México, les había dicho que regresaba a Madrid. De nuevo estaría cerca de ellos. Estaban muy ilusionados… Al otro lado del teléfono, su padre se quedó unos segundos en silencio antes de contestar.

—Pero ¿por qué, hija? ¿A quién conoces tú en Miami, mi niña? ¿Dónde te estás quedando?

—Papá, que no pasa nada. Solo son tres días. —Alma no quería darle mucho detalle—. Estoy en un hotel. Buscaré una agencia para trabajar aquí por temporadas y me voy para Madrid.

—Quédate tranquilo, Mariano. Le va a ir bien, ella siempre ha tenido buena estrella. —Su madre, una vez más, le daba su voto de confianza. ¡Cómo la necesitaba en su vida!

Alma siempre aparentaba tranquilidad cuando hablaba con sus padres y les demostraba mucha fortaleza y capacidad de decisión. No quería preocuparlos por nada del mundo. Sabía que ellos siempre habían tenido la confianza de que hiciera lo que hiciera estaba bien hecho. La admiraban por su valentía y porque parecía tenerlo todo siempre bajo control. Pero la verdad es que esa vez se encontraba a la deriva. Solo tenía un mapita de South Beach con números de teléfono y una lista de direcciones de las agencias de modelos impresa en una carpeta como única brújula.

Se había pasado tres días llamando a sus puertas, una por una, y en todas ellas fue rechazada sin derecho a réplica. Le dieron todas las excusas y razones posibles. Le dijeron que su historial no tenía valor allí. Todo lo que tenía era su formación y su experiencia en los certámenes de Miss Toledo y Miss España, y allí eso era poco más que nada. En su book solo llevaba unas fotos que un par de amigos le habían hecho en Cancún, los anuncios impresos que había realizado en Madrid y dos cositas más en las que había participado en México. A eso se reducían sus catorce años de «carrera». No era suficiente.

Después de escuchar al taxista, Alma le pidió que diera la vuelta y la llevara a la última agencia que había visitado esa tarde y en la que ni siquiera habían querido atenderla. Tenía que echarle más valor. Él paró el taxi en el corazón de Miami Beach, justo donde la había recogido veinte minutos antes.

—¿Me puede esperar? —le preguntó al hombre.

—No, señorita. No la voy a esperar. Y no porque no pueda o no quiera, sino porque usted no va a salir de esa oficina sin un contrato hoy. Si yo la espero quiere decir que no lo logrará, pero esto va para largo. Tenga fe y certeza. —Le guiñó un ojo.

Certeza es lo que Alma más había tenido a lo largo de su vida. Certeza de que saldría de su pueblo, que conocería el mundo, que llegaría a ser una modelo con éxito… Certeza de que todo lo que había soñado sería posible si ponía todo su esfuerzo y empeño en ello. Esa certeza y esa fe no le iban a faltar ahora.

Cuando se inclinó hacia delante para pagarle, pudo ver que el hombre llevaba una caja rosa en el asiento que se adivinaba a través de la bolsa de una tienda CVS. Era una Barbie nueva; podría reconocer esa caja donde fuera.

—¿Para quién es? —le preguntó, señalando la caja.

—Es para mi hija. La primera muñeca que le compro con lo que gano acá o, mejor dicho, con lo que me queda después de comprar comida y pagar la renta —le dijo con los ojos vidriosos.

Ella se secó las lágrimas y le sonrió. Sintió que esa Barbie era una señal más de que tenía que seguir y no rendirse. Prácticamente todas las niñas del mundo tenían una, pero para ella esa muñeca significaba algo muy especial. Juntó todo su coraje para bajarse del coche, aunque sabía que seguramente era la última oportunidad para cumplir el sueño que siempre tuvo. Ese sueño que le había proporcionado ganas e ilusión cuando la vida no era de color de rosa. Ese sueño que la había llevado de México a Miami después de su dolorosa ruptura.

Claro que valía la pena un intento más. Valían la pena otro mal rato, otra vergüenza, otro «no eres lo que buscamos». ¡Qué más daba ya! Desde hacía mucho Alma sabía que no lo iba a tener fácil. Estaba a punto de cumplir veintiocho años y había oído en más de una ocasión ya que era un poco mayor para esa profesión en la que «la gloria» casi siempre llega, como muy tarde, antes de los veinticinco.

Subió las escaleras con la maleta en la mano y las piernas temblorosas. Sentía que estaba un poco loca, pero también que aquel taxista tenía razón. Apenas media hora antes había estado en esa misma agencia sin ningún éxito y, aunque su cabeza trataba de convencerla de que se fuese de allí cuanto antes, su cuerpo, quizá guiado por su corazón y por una fuerza inexplicable, seguía avanzando hasta el recibidor.

¿Qué más podía perder, además de su vuelo de regreso a Madrid? Las palabras del taxista le hicieron sentir que se debía ese último empujón. Esa «milla extra» merecía la pena para sí misma, pero también para sus padres, que tanto se habían sacrificado por ella y que nunca dudaron de que su niña se fuera del pueblo para llegar lejos, todo lo lejos que quisiese, y ser quien había soñado ser. También se lo debía a ese puñado de amigos que siempre la animaron a seguir adelante: a Celina, a Ana, a María, incluso a Javier, que de tanto en tanto le escribía desde Toledo para saber cómo le iba. Pero sobre todo se lo debía a aquella pequeña que jugaba con su colección de Barbies y que soñaba con ser modelo y viajar por el mundo de pasarela en pasarela.

Cuando cruzó el umbral de la puerta de la oficina de la agencia por segunda vez en el mismo día, deseó haberle preguntado el nombre y el teléfono al taxista. Así tendría a alguien en Miami a quien contarle si había conseguido o no lo que buscaba. Pero ya no había vuelta atrás. Quizá la vida haría que se encontrasen otra vez algún día.

Nueve años después de estos acontecimientos, durante la semana de la alta costura de París, Alma se montó en un coche para dirigirse hacia su hotel. Mientras atravesaba los Campos Elíseos, no pudo evitar llorar, emocionada. Había desfilado por primera vez en la haute couture y había cerrado el desfile en la place Vendôme. Lo que ha­bía soñado durante toda su vida… por fin lo había logrado. El conductor, un hombre de cabello muy corto y piel bronceada, la vio llorar por el retrovisor y le ofreció una cajita con pañuelos de papel, y al instante le vino a la memoria el taxista colombiano de Miami que le aconsejó que hiciese la «milla extra» al comienzo de su carrera.

Se preguntó qué habría sido de su vida si, en vez de encontrarse con él, se hubiera subido al taxi de otra persona que no hubiera hablado español. Qué habría sido de ella si no se hubiera topado con aquel hombre que, con esa confianza tan latina, le preguntó por qué lloraba y se permitió aconsejarla sobre sus sueños. Otro conductor la habría dejado en el aeropuerto y habría cogido el vuelo a Madrid. Habría regresado a su hogar, a un lugar seguro…, pero con las manos vacías.

No había olvidado una frase que le dijo. La buscó en internet con el móvil, con la esperanza de que perteneciera a algún autor y estuviera escrita en algún libro. Y la encontró. Para su sorpresa, esas palabras pertenecían a Cervantes, ni más ni menos que al Quijote: «Sancho, nadie merece más que nadie, solo aquel que hace más que los demás».

Entonces entendió que aquel taxista —que le dijo aquellas palabras sabias y que tenía su Barbie en el asiento— había sido su Quijote, quien le dio el valor para pelear su última batalla, pero también la primera, como una inmigrante más. Una que venía de un remoto pueblecito de España, con un nombre que costaba pronunciar, y que no se rindió nunca y continuó, con tesón, dando pasos hacia delante. Siempre con la certeza de que lo conseguiría, a pesar de esas voces que le hacían recordar el bullying que sufrió y que aún, de vez en cuando, se empeñaban en regresar para quedarse resonando dentro de ella.

Pero esta vez no, nada iba a robarle ni un ápice de felicidad y orgullo por lo que acababa de hacer. Respiró hondo, con una sonrisa, y se colocó sus AirPods para escuchar su playlist favorita mientras pasaba junto al Arco de Triunfo. Empezaron las primeras notas de la canción «Me dijeron de pequeño», de Manuel Carrasco… Alma apoyó la cabeza en la ventana, cerró los ojos y se puso a recordar cómo había comenzado todo.

2

Sueña la margarita