Nota sobre la gramática y los sucesos descritos en el libro

NOTA SOBRE LA GRAMÁTICA Y LOS SUCESOS DESCRITOS EN EL LIBRO

Antes de que empieces a leer, quiero contarte algo importante: este libro está escrito desde mi propio camino, que sigue en construcción. No sé cuándo vas a iniciar la lectura, ni en qué momento de tu vida te va a encontrar. Pero sí sé que lo he escrito con el deseo profundo de que, de alguna manera, te acompañe.

En el texto empleo el femenino tanto en las interpelaciones a quien tiene el libro en sus manos como en la voz narrativa: la mayor parte de las personas que atiendo en consulta y que muestran interés por el contenido que creo son mujeres. Además, yo me identifico así y me nace hablar desde ahí. No obstante, esta obra es para cualquier persona que desee leerla, independientemente de su identidad y expresión de género o su forma de habitar el mundo.

Aunque en esta ocasión me centro mucho en cómo se forma la autoestima, en las heridas que pueden haberse abierto en la infancia y en esas partes internas que fuimos construyendo para sobrevivir, sé que cada historia es única. Tal vez no te sientas reflejada en todo lo que aquí cuento. Si eso te pasa, quiero que sepas que tu vivencia también es válida, aunque yo no hable de ella explícitamente.

He intentado recoger las formas más comunes que adoptamos para desconectar de nosotras mismas y los escenarios habituales en los que aprendimos a vernos desde miradas ajenas, pero asimismo sé que hay muchas maneras de vivir el dolor y de protegernos del mundo. Si en estas páginas no encuentras exactamente lo que te pasó, o cómo lo viviste, o lo que todavía hoy te duele, deseo que aun así algo te acompañe, que algo resuene en ti o que algún espacio te abra para comprenderte mejor.

Las historias que aparecen están inspiradas en muchas voces: personas que han pasado por consulta, mensajes que compartieron conmigo, relatos que han resonado en sesiones o que se han ido repitiendo con matices distintos. Todo ello ha sido modificado, combinado o adaptado para proteger la identidad de quienes lo vivieron.

No soy experta en todo lo que me gustaría. Hay muchos temas sobre los que todavía estoy aprendiendo —neurodivergencias, por ejemplo—. Especializarse en un campo, como el mío, también implica hablar desde ahí, desde lo que una ve y conoce más de cerca. Sin embargo, intento abrir el foco, mirar más allá, porque me importa que mi trabajo pueda favorecer ese lugar seguro en todos los aspectos, y si no lo encuentras aquí, o no del todo, de verdad deseo que sigas buscándolo hasta que lo consigas.

Puede que en algún momento, mientras leas, algo te duela o te incomode. Eso es normal. A veces el pasado se remueve cuando lo miramos con cuidado. Si sientes que no puedes con ello ahora, no pasa nada. Puedes parar. Puedes pedir ayuda. Este no es un libro que tenga que leerse del tirón, ni siquiera entero. No hay una forma correcta de recorrerlo. Este libro puede acompañarte, sí, pero no reemplaza el sostén profundo que implica un proceso terapéutico personalizado.

No encontrarás aquí la respuesta perfecta, ni una guía paso a paso sobre cómo deberías sentirte o actuar. Porque cada historia es única, y cada proceso también. Lo que sí espero es que encuentres alguna respuesta que te dé sentido, que te permita estar un poco más en paz con lo que viviste y con quien eres hoy.

Tómate el tiempo que necesites. Vuelve cuando quieras. Este libro ya es tuyo.

INTRODUCCIÓN

Cuando vives desde tus heridas, solo existe una explicación posible: el problema está en ti.

Creer que todo lo malo que te ocurre y que todos los obstáculos a los que te enfrentas están ahí por tu culpa es tratar de avanzar por un camino de un único sentido y sin desvíos; es andar con una losa que te hunde al tiempo que albergas una falsa esperanza que puede generarte un gran malestar: si todo lo que ocurre tiene que ver contigo, con que hay algo malo en ti, significa que depende de ti mejorar y resolverlo; que si quieres puedes.

Si el problema está en ti, es más fácil encontrar una solución. Pero la realidad no es tan sencilla.

Durante mucho tiempo, yo misma viví sumida en esa creencia, y lo peor era que no sabía que el camino hacia mi bienestar se abría delante de mí, hacia el presente y el futuro más cercano. Pensaba que, para no padecer el malestar que me desbordaba —esa ansiedad, esa sensación de no ser suficiente a pesar de esforzarme constantemente—, simplemente tenía que dejar de darles tantas vueltas a las cosas y enfocarme y trabajar en ser «mi mejor versión». Debía lograr ser por fin la persona que en mi cabeza creía que tenía que ser en vez de reconocer quién era en realidad. Esa aspiración, esa búsqueda de mi mejor versión, en lugar de ayudarme a sentirme cada vez mejor conmigo misma y a gestionar el malestar, solo conseguía que mi herida y mi dolor aumentasen.

Me visualizo hace unos años, sentada en la cama al final de un día agotador, repasando mentalmente los errores cometidos. Me daba cuenta de que había pasado la jornada entera sin apenas un momento para parar y respirar, llenando mi calendario de planes, de obligaciones, de tareas pendientes en agendas bonitas con mensajes inspiracionales, siguiendo una especie de lista de normas autoimpuestas para hacerlo bien y sintiendo ansiedad con frecuencia; entre otras cosas, por ese ritmo frenético e insostenible que poco tenía que ver con quién era yo en realidad. En ese momento, para mí era preferible sentir esa incomodidad al repasar el día que pararme a escuchar mi interior y llegar a la misma conclusión de siempre: había algo malo en mí.

No toleraba no poder dar el cien por cien de mí cada día, no aceptaba tener necesidades distintas cada día, ni que fueran diferentes a las de otras personas (con las que casi sin darme cuenta me comparaba). Me parecía un fracaso no poder centrarme en hacer todo lo que creía necesario para estar tranquila, y esa frustración me llevaba, quizá, a la misma conclusión a la que has llegado tú si estás leyendo este libro: no haces suficiente, no eres suficiente.

Durante las sesiones de terapia con algunas personas que se sienten desbordadas por esta sensación, anotamos todas aquellas cosas pendientes que «tienen que hacer» en el día para que, al irse a dormir, puedan sentirse satisfechas: «Levantarme pronto, desayunar algo nutritivo, cuidarme la piel y hacer la rutina de belleza, hacer ejercicio, meditar, escribir, preparar la agenda de la jornada, dejar la casa limpia y ordenada, regar las plantas, hacer los cursos que compré y terminan este mes, ponerme al día con las lecturas pendientes, quedar o llamar a alguna amiga, aprender a decir que no, saber comunicarme sin estallar, trabajar sin sentirme insegura en los proyectos nuevos…».

No exagero cuando digo que a veces una enumeración como la anterior solo es el comienzo de una lista interminable. No sé si te habrá ocurrido como a mí al leerlo, pero durante esas sesiones soy capaz de sentir el agobio de la otra persona; ese peso de tener que llegar a todo que te oprime el pecho.

Está claro que muchas de estas tareas tendremos que hacerlas nos guste o no: la diferencia es que para algunas personas no marcar el check significa fallar e irse a dormir con una sensación de decepción por no haber cumplido las expectativas.

Es probable que este mensaje resuene como un eco en tu interior, como cuando experimentas más cansancio que el día anterior pese a sentir que has hecho menos; o cuando tu opinión no coincide con la de los compañeros de trabajo o de clase y crees que tu forma de pensar no es correcta; o cuando no disfrutas de la misma música que les gusta a tus hermanos y tus padres y crees que tus gustos no son tan válidos, que eres un poco rara; o cuando una amiga te dice que al final no puede quedar contigo esta tarde y sientes que si hubiera quedado con otra persona seguro que habría hecho el esfuerzo… Y lo peor es que crees que tiene que ver contigo y que la única explicación para todo el malestar que experimentas es que hay algo en ti que no funciona como debería, que algo anda mal contigo, con tu forma de ser y de hacer.

Quizá también te pasa cuando estás a solas contigo misma, cuando algo no te sale a la primera y sientes que fallas al equivocarte; cuando no has podido ocultar que un comentario te ha dolido y se te han puesto los ojos vidriosos; cuando te sientes incómoda pero no sabes cómo frenar esa situación que se repite con frecuencia; cuando quieres seguir la misma rutina de gimnasio que ayer pero hoy el cuerpo te pide no entrenar…

He escuchado muchas historias en terapia que me recuerdan a la mía. Y, aunque no hay dos iguales, en cierta forma nos ayuda y alivia saber que no somos las únicas que experimentamos esto. Sentirnos raras y diferentes a todas las demás personas nos hace pensar que estamos solas, pero lo cierto es que muchas de estas historias que cargamos con vergüenza y culpa podrían aligerarse al ser compartidas en lugares seguros, donde nos permitimos escucharnos y ser escuchadas.

Por eso, con este libro quiero que esta vez no atravieses el camino sola y en silencio.

Durante mucho tiempo estuve en lucha con quien era, sin que nadie, ni siquiera mis seres más queridos, fueran conscientes del rechazo que sentía hacia mí misma. Me esforzaba mucho y disimulaba aún mejor (me daban todos los títulos de persona feliz: «Miss Happy» en mis grupos de amigos y en los concursos de la universidad). Nunca imaginé que la solución tenía más que ver con mostrarme tal como era que con ocultarme o fingir ser esa versión idealizada de mí misma que veneraba.

Si hubiera escuchado esto hace quince años, no me habría gustado nada. Ya me veo arqueando la ceja y poniendo cara de circunstancias cuando alguien me hubiera sugerido que no había nada malo en mí y que todo lo que necesitaba estaba en mi interior… Habría pensado que era un conformista o que decía eso porque se sentía a gusto (demasiado, quizá) consigo mismo, pero que ese no era mi caso, así que yo no me podía dar por vencida. Debía seguir intentándolo. Ser mejor, hacerlo mejor.

Me entristece pensar en esa Marta que soplaba las velas de su cumpleaños deseando ser distinta. En realidad, sin darme cuenta, me hice el camino más difícil, pero la experiencia es un grado, y mi yo del pasado lo hizo lo mejor que supo. No le echo la culpa a esa Marta: todo lo que nos ocurre tiene mucho que ver con los mensajes que escuchamos en casa y que refuerzan nuestros amigos, nuestras parejas, la sociedad… ¿Cómo va a reconocer alguien como algo bueno ser una más cuando puedes ser la mejor?

No me gustaría que creyeras que lo que te ocurre hoy es culpa tuya. Si alguien te da un golpe, no puedes responsabilizarte cuando en tu cuerpo aparezca un moratón. Más allá de las experiencias personales, la sociedad y el mundo en el que vivimos están mucho más orientados a hacernos sentir insuficientes que a acompañar nuestra propia aceptación.

Sin embargo, inconscientemente, has construido esa idea desde pequeña, cuando, cada vez que enseñabas un dibujo o una buena nota, te felicitaban, te sonreían y te abrazaban… Aprendemos a querernos cuando sentimos que los demás nos quieren, y entendemos que eso sucede cuando hacemos las cosas «bien» la mayoría de las veces o cuando cumplimos con lo que los demás esperan de nosotras. El ser humano es un animal de costumbres y, cuando una experiencia se repite un par de veces, interiorizas el mensaje de manera automática, sin pensar: esa es la forma correcta de mostrarte al mundo para recibir amor y sentirte en conexión.

No obstante, cuando en la conexión que se establece, en esa relación, sientes que no estás siendo tú del todo, cuando no está basada en tu autenticidad y hay partes de ti que dejas fuera de la ecuación para que «funcione», aparece la soledad y la sensación de que nunca eres suficiente (aunque, justamente, eso era lo que tratabas de evitar): es como si el tarro de esa estima esperada nunca se llenara, siempre permaneciera a medias.

Y es normal sentirse así. Aunque en cierta manera sientes que estás haciendo algunas renuncias en la relación, es preferible eso que arriesgarte a ser tú y que no les guste cómo eres en realidad y vuelvas a sentir ese rechazo que alguna vez has experimentado.

Cuando crees que hay algo malo en la persona que eres, de forma inconsciente construyes un personaje ficticio, o varios, que te ayuda a conseguir lo que deseas o, al menos, a estar más cerca de eso que tanto anhelas, sobre todo si se trata de la conexión y el cariño que recibes de los demás. Es como si interpretases un personaje en una serie durante un tiempo y, luego, como dicen algunos actores tras distintas temporadas, este se fusionara contigo y no supieras quién es quién…

Esto me recuerda a una serie de bomberos que vi en Disney+, Estación 19. La protagonista femenina, Maya, una joven de unos veintiocho años, se caracteriza por ser una persona rígida, exigente y disciplinada. Para su trabajo, le viene muy bien ser una buscadora incansable de la perfección, sobre todo porque gracias a eso no deja a ninguna persona atrapada en una casa en llamas. Sin embargo, llega un momento en que esa parte perfeccionista le empieza a generar tremendas dificultades en sus relaciones laborales y personales.

En el trabajo tiene la posibilidad de ascender y, dado que quiere demostrar sus capacidades para el puesto, adopta una postura inflexible en lo que se refiere a terminar las tareas, se enfada mucho cuando sus compañeros no siguen sus indicaciones, adopta un rol autoritario respecto a ellos, se vuelve irritable, trata de dejar mal a los demás para que le den a ella el ascenso, dedica mucho tiempo al trabajo, corre todo el tiempo en la cinta para estar en forma, se olvida de comer…, hasta que termina en el hospital.

Además, su relación de pareja también se resiente, y su compañera sentimental le comenta que se ha dado cuenta de que la situación está afectándole mucho y la anima a pedir ayuda, pero Maya niega el problema. En su cabeza, reconocerlo la apartará del éxito, por lo que continúa con evasivas para así seguir con su dinámica de autoexigencia constante, sin darse cuenta de que acabará por reflejarse en sus vínculos.

En una sesión de psicoterapia, Maya y su terapeuta se centran en su baja tolerancia al error, la frustración y su búsqueda incesante de la perfección. Su psicóloga le pide que elabore una línea temporal de los momentos en los que estos últimos dos aspectos han marcado puntos de inflexión en su vida. Así, Maya recuerda una escena de su infancia en la que cree que se originó ese personaje, esa parte perfeccionista que ahora le impide estar presente como le gustaría en sus relaciones. En ella, su padre se muestra feliz, cariñoso y emocionado como nunca al ver ganar a la prima de Maya en una carrera, con una expresión de felicidad que hasta la fecha la protagonista nunca le había visto.

De manera inconsciente, y a la vez muy inteligente, Maya supo reconocer, siendo solo una niña, qué tenía que hacer para recibir el amor que anhelaba de su padre y minimizar sus exigencias. Sin embargo, a la vez que escogió (evidentemente) recibirlo, renunció a ser ella misma. Esto le impidió aceptar que era igual de válida cuando perdía y que también merecía amor en los momentos en que fallaba.

¿Te imaginas que solo nos quisieran por las cosas que hacemos bien? Qué locura, ¿verdad?

Aun así, estarás de acuerdo conmigo en que no hace falta fantasear demasiado: si tienes este libro en las manos, es porque seguramente tanto tú como yo nos hemos sentido así en más de una ocasión.

Así pues, lo que en el caso de Maya empezó como una medida para evitar la excesiva exigencia por parte de su padre y aliviar la tensión de fallar terminó por generar esa misma sensación de presión desmedida, tanto en ella como en el resto de las personas que la rodeaban. Cuando tan solo era una niña, Maya desarrolló una parte exigente que la ayudó a sobrevivir, la cual, sin embargo, en el presente la asfixia. Creía que ese nudo en el pecho desaparecería cuando no cometiera errores, algo imposible de alcanzar y que la mantiene atrapada en un ciclo sin fin en el que se siente insuficiente.

Como humanas, estamos destinadas a fallar,
a equivocarnos, a probar de nuevo, a explorar
y a tener que aprender una y otra vez.
Y qué bonito que sea así.

No obstante, algo en nuestro interior nos lleva a rechazar esta realidad, ya que aceptarlo convierte cada día en una incertidumbre, en algo que no podemos controlar y en una oportunidad de que aparezca el malestar.

En mi caso, mientras lidiaba con mi malestar, y en consecuencia exploraba en terapia mi pasado para intentar averiguar su origen, solo veía heridas y dolor. Y, aunque estos no han dejado de existir, después de realizar mi propio proceso de terapia y ordenar las experiencias que viví para darles un sentido, ahora ese malestar ocupa la parte que le corresponde. Así, si llego a alguna conclusión como a la que llegaba Maya cada vez que algo no le salía bien, ahora cuento con herramientas que me permiten ampliar mi visión y recordarme que soy válida y digna de amor también cuando fallo. Sobre todo entonces.

Hace un tiempo no te habría confesado lo mucho que me gusta levantarme sin prisas y en silencio por miedo a que pensaras que soy un poco holgazana, o que me gusta desayunar a solas en una terraza bañada por el solecito de invierno por miedo a que pensaras que soy una persona aburrida, o que me chiflan las historias románticas, sean libros o películas, por miedo a que pensaras que soy «demasiado» sentimental… Hay partes de mí que todavía hacen que sienta vergüenza o que me cuesta más aceptar pese a los avances que hecho, pero reconozco que, hoy en día, el amor que siento por la persona que soy es mucho más grande que el rechazo.

Sin embargo, la vergüenza de la que te hablo no es una experiencia emocional individual, sino una experiencia relacional. Esa sensación interna de no ser suficientes que nos acompaña en cada paso que damos, de sentirnos «defectuosas» y de creer que no está bien ser como somos, tiene su origen en la seguridad de nuestros vínculos, algo de lo que te hablaré en detalle más adelante.

Cultivar nuestra autoestima es una gran herramienta con la que podemos lograr mirarnos con amor y sentir seguridad al enfrentarnos a muchos de los retos que se nos presentan para construir una vida alineada con quien somos en realidad. Y la estima que te tienes a ti misma depende de la forma en que te han querido.

Como Maya, como yo y como muchas otras personas que están leyendo este libro, es probable que hayas aprendido a quererte a través de la validación, los juicios y las expectativas ajenas. Esto, aunque necesario en determinados momentos de la vida, puede convertirse en un arma de doble filo y llevarnos a desconectar de nuestra esencia y a caer en un círculo de dependencia que, poco a poco, mina la opinión que tenemos sobre nosotras mismas y nuestra valía. Por eso quiero acompañarte en este camino, para que tu amor propio sea una vivencia interna de aceptación y autenticidad y no una lucha contra tu identidad.

En estas páginas aprenderás a mirar cada vez más hacia dentro, hacia ti.

Cuando escuchamos la palabra «autoestima», tendemos a simplificar la tarea de aprender a querernos, pues creemos que, para aceptarnos, tenemos que parecernos más a esa otra que en nuestra cabeza consideramos perfecta o a esa persona que admiramos por el motivo que sea; en definitiva, pensamos que nos querremos más cuanto menos seamos nosotras mismas. Y, aunque quizá al leerlo te parezca demasiado o mis palabras te remuevan, lo sientes así porque en algún momento de tu vida ser tú misma fue peligroso para tus relaciones; tal vez ser auténtica comportaba rechazo, crítica, falta de cariño… Como una niña que renuncia a su propio criterio y obedece a lo que le dicen sus papás para que estén contentos u otra que oculta sus intereses reales porque su mamá está muy orgullosa de que siga sus pasos y sea bailarina mientras renuncia a su deseo de pintar, u otra que evita hablar y reprime su voz para que no la riñan por interrumpir a los mayores…

Esas niñas, entre las que estamos tú y yo, encontraron una manera de no sentir el vacío al que se precipitaban si se sentían desconectadas de las figuras de referencia que les mostraban el mundo, pero lo que hicieron tampoco les ofreció una conexión real, sino una seguridad relativa.

Cuando esas niñas crecieron, continuaron haciendo lo que habían aprendido para ser queridas, sin saber que, en realidad, esa forma de actuar las alejaba de las personas de las que quieren estar cerca.

Cuando esas niñas se convirtieron en adolescentes y no entendían por qué no les gustaban las mismas cosas que a sus amigas, pensaron que había algo malo en ellas.

Cuando esas adolescentes crecieron, se hicieron las fuertes cuando alguien les gustaba porque no querían parecer desesperadas ni mostrar que necesitaban que alguien las quisiera, acostumbradas a sentir que no les importaban a los demás.

Cuando esas chicas se convirtieron en mujeres, se encontraron perdidas: no sentían lo que creían que deberían sentir; en su cabeza tenían un ABC de cómo debían ser las cosas y, cuando la realidad no coincidía con ese guion, lo primero que pensaban era que la culpa era suya.

Sé que quizá en este punto todavía estás lejos de ser capaz de aceptar todas esas versiones de ti que tuvieron que aprender de manera autónoma; es lo más normal del mundo. Como te decía antes, yo era la primera que arqueaba una ceja con escepticismo cuando alguien me compartía esta idea de la aceptación radical, de asumir todo lo que soy sin juzgarme. Pero, para llegar ahí, hay que recorrer todo un camino; para sentir el alivio y la esperanza que mereces, para liberarte de esa mochila tan pesada llena de resentimiento y lucha, primero debes desaprender y aprender otra manera de relacionarte contigo misma, una mucho más compasiva y duradera que el rechazo a quien realmente eres.

Y el primer paso del camino es este:
saber que no hay nada malo en ti,
y que nunca lo hubo.

Espero que en estas páginas encuentres lo que necesitas y sientas que, mientras vivas, hay esperanza, y que puedes convivir contigo misma de otra forma, una mucho más amable y sana para ti.

Adelante, dame la mano: estamos juntas en esto.