Volvía a casa con dos bolsas de la frutería en la mano derecha, y en la izquierda, un plátano al que daba grandes mordiscos; había calculado acabárselo antes de llegar a la papelera que había atornillada a la señal de prohibido aparcar, justo delante del portal de su casa. Lanzó la cáscara y acertó. Subió los tres escalones de mármol y la penumbra del zaguán la acogió.
—Ha llegado esto para usted —le dijo Amerigo, el portero, a la vez que le entregaba un sobre marrón que contenía un voluminoso pliego.
—¿Quién lo envía? —preguntó dándole la vuelta al paquete. Leyó el nombre del remitente, pero no la dirección: «Walter Andretti.» No lo conocía—. Gracias, Amerigo —dijo, y fue a coger el ascensor.
Vivía en el tercer piso, ochenta metros cuadrados compartidos con su marido; ambos eran ordenados y meticulosos. La casa estaba limpia como un monasterio sintoísta. Odiaban las fruslerías, los adornos, todo lo que no sirve para nada salvo para acumular polvo. Dejó el sobre en la mesa y guardó la fruta y la verdura. No tenía hambre, se comería otro plátano; luego a las cinco se iría a clase. Encendió la televisión. Encontró un documental sobre los narvales. Le prestó atención unos diez minutos y luego, como si el sobre emitiera un sonido continuo e hipnótico, se sintió en la obligación de levantarse, llevárselo al sofá y abrirlo.
Un centenar de folios. Ningún título, ni tampoco fecha. Se quitó los zapatos, estiró las piernas sobre el sofá y empezó a leer.
Eran las diez y cuarto de un día de finales de octubre.
Para ser precisos, era el jueves 25 de octubre de 2018.
No siempre acertamos. Aparece el chaval, la inexperta, el jugador que nadie tenía en cuenta y cambia los pronósticos, desestabiliza las apuestas, hace exultar al público. Para muestra, un botón: en 1985 Boris Becker, con tan sólo diecisiete años, triunfa en Wimbledon. Lo recuerdo, yo iba con él contra Kevin Curren. ¿Y cómo olvidar a Fabio Grosso, el casi desconocido que en el Mundial de 2006 marcó el penalti decisivo contra Francia? ¿Quién habría apostado un euro por él? ¿O el Leicester de Ranieri, que triunfa en la Premier League derrotando uno tras otro al City, al Liverpool, al United, al Arsenal y toda la pesca? No siempre acertamos. Pero es por un motivo: no somos buenos observadores, no miramos con atención, nos tomamos a la ligera detalles o comas que en realidad son cruciales, esenciales, decisivos. Subestimar a una campeona en sus comienzos o descartar a un grupo de cuatro jovencitos de Liverpool vaticinándoles una vida breve: todo nace de nuestro ego. Nos situamos por encima de la historia, creemos, es más, estamos convencidos de poder controlar los acontecimientos, de que nuestros numerosos años de experiencia nos conducirán hasta donde es justo y necesario llegar. La arrogancia es nuestra peor enemiga. Si nos piden nuestra opinión, no es para nutrirse de nuestra sabiduría, sino porque están convencidos de que la suya es mejor, sólo buscan la prueba. Y ésta es la historia del enésimo error de apreciación. Usted no me conoce. Me llamo Walter Andretti, soy periodista, y éste es mi diario, que empecé a escribir el día en que me pasaron a la sección de sucesos. Se habrá fijado en que además de mi diario le envío un manuscrito. Pero no es obra mía. Verá, parece más complicado de lo que es, pero si tiene la paciencia de leer hasta el final entenderá el motivo por el que le entrego todo este material.
Daba vueltas en la penumbra del piso. Las cortinas echadas, dobles, organza y terciopelo. Polvo en los muebles, manchas de humedad en el papel pintado a la altura del techo. ¿Cuánto llevaban allí? Por lo menos treinta años, pensó, sobre todo la de al lado de la tubería que pasaba por arriba a lo largo de todo el pasillo. ¿De qué era esa tubería? ¿Gas? ¿Agua? ¿Calefacción? Nunca había llegado a saberlo. De niño colgaba allí la serpentina en carnaval o los calcetines para fastidiar a la criada. El mármol del suelo estaba pulido, desportillado en algunos puntos, algunas baldosas estaban agrietadas por la mitad, otras tenían las esquinas hundidas, como si una fuerza superior las hubiera combado hacia abajo para redondearlas. Entró en la cocina, donde el grifo perdía agua, y, al ser domingo, con las calles en silencio, parecía que perdiera aún más: se oía el eco de cada gota al caer en el cuenco medio lleno de agua recubierta por una capa de aceite donde flotaban tres macarrones pálidos e hinchados, como ahogados en un río. Buscaba las gafas, pero no estaban en la cocina. Revisó las encimeras de formica, la mesa, miró en lo alto del frigorífico y en el frutero de madera que contenía dos manzanas arrugadas. Volvió al pasillo, en dirección al aseo. Encendió la luz: un plafón de cristal mate pegado al techo en cuyo interior se adivinaban cadáveres de palomillas. No encontró nada en el lavabo rosa, nada en la repisa del espejo ni tampoco en el mueblecito con el frasco de agua de rosas lleno de polvo y medio vacío. El cuarto de sus padres ni se le pasó por la cabeza, llevaba años sin entrar, ni tampoco el de invitados, que servía de almacén para los libros viejos que no se decidía a tirar. Al final del pasillo de paredes revestidas de cuadritos pequeños e insignificantes, barcos de vela y a motor, se dirigió a la última habitación, la suya, con la cama todavía deshecha a las tres de la tarde, porque Ida, que trabajaba allí desde hacía veinte años, no iba los domingos, y buscó entre las mantas y sábanas amontonadas. A lo mejor se las había dejado allí. Sólo encontró aquel olor asqueroso, su olor, así que abrió la ventana. Entró un rayo de sol que deslumbraba, era un invierno bipolar que alternaba los días templados y serenos con periodos de hielo y lluvia, absurdo y espantoso al mismo tiempo. Nada encima de la cómoda, nada en la mesita de noche, nada en el suelo, nada de nada de nada, joder. «¡Mierda!» Y le pegó una patada a la cama de hierro forjado. «¿Dónde están?» La cabeza empezaba a darle vueltas. Salió. ¿En el despacho? Imposible, allí todavía no había entrado, y el suplemento del Corriere lo había leído en el sofá y... «¡Gilipollas!», murmuró mientras recorría de nuevo el pasillo y se daba un tortazo en la frente con la mano abierta, dobló la esquina, donde antaño estaba el teléfono en la pared, negro, de disco, y en la repisa la agenda con el bolígrafo colgando, pasó por delante del otro baño, cruzó la doble puerta de cristal y encendió la araña de cristal de Murano en la que de seis bombillas sólo funcionaban tres. Buscó en la mesita que había frente a los sofás de terciopelo. Allí tampoco, nada. No estaban en la mesa de comedor para ocho, tampoco en la superficie de mármol del aparador de marquetería, ni sobre el televisor de tubo catódico ni en la repisa de la chimenea. «¡Ah!» Se habían mimetizado como una serpiente, pero ahora las había visto. Se las puso, ya podía ir a trabajar. Regresó al pasillo y entró en el despacho. Cerró tras de sí la puerta, una puerta de madera oscura y brillante con algunas grietas, la manilla de latón, era la única de la casa que conservaba la llave, las demás habitaciones hacía años que la habían perdido, en los baños usaba el pestillo. Cerró con dos vueltas y dejó a oscuras el pasillo, excepto por una lengua de luz que sobresalía por debajo del umbral, porque en su despacho, vetado para el mundo, Carlo Cappai usaba focos halógenos y mantenía ventanas y postigos cerrados a cal y canto.
No saldría hasta bien entrada la noche.
En los bulevares, a la una de la mañana, sólo quedaban las nigerianas, que no tenían horario. Flavio Zigon lo sabía, llevaba tres años frecuentando su compañía, aunque cambiaban a menudo. En la primera época estaba Jamila, o por lo menos así decía llamarse, su favorita. Pequeñita y delgada con unos pechos enormes, hablaba italiano mal. Luego había desaparecido. Era inútil preguntar, ninguna compañera la conocía, ninguna la había visto ni había hablado nunca con ella. Daba igual, Flavio la sustituyó por otra, luego por otra. Aquella noche había escogido a Lubabah, que, en cambio, era grandota y se reía siempre, le transmitía alegría, y además sabía hacer las mamadas como ninguna.
—¿Vamos?
Llevaba puestas un par de botas rojas de plástico que le llegaban a la rodilla y unos pantaloncitos cortos de lentejuelas. Una camiseta de tirantes abierta por delante mostraba el sujetador celeste, y encima, un abrigo de piel de leopardo de imitación.
—Pero ¿tú sales así vestida de casa o te cambias?
Lubabah se reía. Guardaba su ropa escondida detrás de la caseta eléctrica, al lado de la farola. Flavio no tenía que pedir indicaciones, se sabía el camino de memoria. En cuanto se dejaba atrás la ciudad y empezaban a verse los árboles de nuevo, debía enfilar una pista de tierra que conducía hasta el lago de pesca deportiva. Dos curvas y allí, en un pequeño claro en medio del bosque, Lubabah le chuparía la polla.
—Pago antes, cariño —dijo la chica en cuanto Flavio apagó las cortas.
Abrió la cartera y contó. Un billete de veinte y otro de diez. Luego se desabrochó el cinturón, se desabotonó los pantalones y sacó la polla, ya dura de la excitación.
—Ve despacio, ponle sentimiento... —le dijo.
La chica cogió el bolso y sacó un preservativo.
—No —dijo Flavio—, ¡sin eso!
—Sin eso olvídate —respondió ella—. O con esto o llévame otra vez al bulevar.
El hombre resopló.
—Pero me lo pongo yo.
—Pues póntelo tú —accedió ella entregándole el envoltorio.
Flavio lo abrió. Le repugnaba el olor a plástico del anticonceptivo.
—Pero ¿por qué? ¿Es que las africanas os quedáis embarazadas por la boca?
—No te hagas gracioso.
Se lo apoyó en la punta y lo desenrolló.
—Ya está, listo.
Lubabah se lo deslizó hasta la base, luego se apartó el pelo de la cara y al inclinarse se golpeó la mejilla con el volante. Se echó a reír. A Flavio no le gustaban las risas ni las distracciones en esos momentos.
—Perdona... —murmuró Lubabah, y luego empezó a besársela.
—Sí, así... así... —Él le agarraba el pelo con los ojos cerrados—. Sigue así... así... Despacio, despacio, suave.
Sólo se oía el tintineo de los pendientes y las pulseras que Lubabah llevaba en la muñeca izquierda.
—Aprieta... ¡aprieta!
Él seguía acariciándole un mechón de pelo, negro y duro, quizá recubierto de alguna laca o aceite. Luego consiguió meterle una mano debajo de la camiseta, tocarle el pecho, grande y carnoso.
—Me corro... me corro... ¡No te pares, negra de mierda!
Lubabah no se paró. El semen llenó el depósito y Flavio se dejó caer sobre el asiento liberando toda la tensión acumulada. La chica retiró el preservativo con un movimiento rápido y lo envolvió en un pañuelo de papel.
—Las mamadas que haces tú...
—Me has llamado «negra de mierda».
—¿Yo?
—Tú.
Flavio se echó a reír.
—Bueno, ¿y qué? ¿Qué eres? ¿No eres una negra?
Lubabah se colocó bien el sujetador. Entonces se abrió la puerta del lado de Flavio. Una sombra, dos disparos. A Lubabah apenas le dio tiempo a darse la vuelta, y ya no había nadie. Sólo Flavio con un ojo abierto de par en par y el rostro machacado, ensangrentado; miraba el parabrisas con aquel ojo abierto, el otro lo había eliminado la bala. Lubabah trató de gritar, pero no le salió ni un hilo de voz. Luego también se abrió su puerta. La sombra había rodeado el coche y ahora estaba en su lado. Lubabah se meó encima. El hombre llevaba el rostro oculto por un pasamontañas, la mano derecha enguantada todavía agarraba la pistola. Se acercó el índice de la izquierda a la cara.
—Shh —dijo.
Lubabah lloraba, las lágrimas le inundaron el rostro. Luego el hombre desapareció rápidamente en la oscuridad, entre los troncos y las ramas, y dejó a la chica sola en el coche con el cuerpo de Flavio a su lado. De la boca le borboteaba sangre mezclada con saliva, la pierna derecha temblaba como si una corriente eléctrica la atravesara. La chica salió del coche llorando, apretando el bolso contra el pecho, y a paso veloz regresó a la carretera principal tropezándose por culpa de los tacones de doce centímetros de sus botas de plástico rojo.
Todos los días, salvo los festivos, lloviese o tronase, hiciera frío o calor, a las siete en punto Carlo Cappai corría durante treinta minutos en el parque y luego volvía a casa a ducharse. A las ocho menos diez salía de nuevo por el portal, paraba a desayunar en el bar Colangeli, quince minutos a pie y llegaba al juzgado. Bajaba las escaleras hasta el archivo, se quitaba el abrigo y encendía el ordenador. Allí abajo no había mucha luz, sólo la poca que lograban arrojar los fluorescentes del techo; kilómetros de estanterías numeradas, cifras y letras que él conocía de memoria. Kilómetros lineales de anaqueles repletos de expedientes. Hacía años que trabajaba allí, en el archivo del juzgado de lo penal. Tenía un pequeño escritorio, justo detrás del largo mostrador en el que se apoyaban secretarios judiciales, abogados y pasantes: «Por favor, el expediente del proceso Liverani, segunda sala de lo penal, mayo de 2015.» Carlo Cappai, entonces, se levantaba y llegaba hasta él a tiro fijo. Aquel laberinto era para él como su casa. Sin embargo, la mayor parte del tiempo lo pasaba solo. Se paseaba por el linóleo amarillo del suelo, entre las paredes enmohecidas y con sólo dos ventanas en lo alto, que daban al patio interior del juzgado y por las que los días de sol se colaba un enorme haz gris cargado de luz polvorienta. Miraba los pasillos en la penumbra: cajas, miles de cajas, fichas, carpetas, expedientes, archivadores. Todos etiquetados, clasificados y archivados, en pilas que llegaban hasta el techo.
Hablaban.
Desde hacía treinta años Carlo Cappai pasaba nueve horas al día allí dentro, y sabía que aquellos expedientes hablaban. Algunos chillaban. Había uno de la sección F, estantería 7, balda 9, archivador 82, al que Cappai llamaba simplemente «Efe»; sabía de memoria cuántas carpetas lo conformaban, podía describir todas las fotografías, siete en blanco y negro y cincuenta a color, conocía los informes del comisario de policía Lo Cicero, del forense Orsolini, las actas de las vistas en la sala y las sentencias de absolución de Luigi Sesti por no haber cometido el delito. Ahora aquel expediente debía ser destruido, la vista se había celebrado muchos años antes, el juez Bruno Cappai había absuelto al acusado en primera instancia y luego en la apelación otro juez, Tropea, había cerrado el caso para siempre. Sin embargo, el expediente seguía allí. Carlo lo mantenía alejado de la distraída atención de los secretarios judiciales y de las peticiones de los fiscales. No molestaba a nadie. A estas alturas sólo él lo recordaba. Para quedarse tranquilo, había fotocopiado los documentos y las fotografías y se los había llevado a casa. Se había librado, Luigi Sesti, el hijo del gran abogado con el bufete más influyente de la ciudad. Sesti padre estaba emparentado con las élites, empezando por su mujer, Donata Sesti Cattaneo, industria cementera, explotaciones ganaderas, desde hacía tres generaciones.
Luigi Sesti era el acusado.
Carlo Cappai lo conocía bien, desde la época del instituto. Hace una vida, una vida que parecía haber corrido los cien metros lisos de lo rápido que había pasado, una ráfaga de viento que se había llevado consigo colores, pensamientos y olores. Era tres años mayor que él, no tenían ninguna relación. Carlo Cappai se limitaba a observarlo mientras pasaba flechado en su moto último modelo o en su Alfa Romeo descapotable, premio por un 6 raspado en Griego. Luigi Sesti sonreía siempre. La vida era para él un camino de rosas, la vivía con la ligereza de quien se sabe superior, importante y al margen de la ley de los hombres.
Carlo Cappai hacía una pausa breve para comer, por lo general un bocadillo en la piazza San Francesco, donde estaba seguro de que no se toparía con abogados, secretarios judiciales, pasantes. Se sentaba en la mesa de siempre junto a la cristalera, mientras miraba a la gente pasar. Sin pensar, ni siquiera cuando quien desfilaba por delante era una mujer guapísima o un viejo conocido; se limitaba a mirar y a masticar despacio. Se bebía el zumo de naranja, dejaba el dinero sobre la mesa de mármol y volvía al trabajo. Aquel día no esperaba ver a Donata Sesti Cattaneo cruzar la calle del brazo de su cuidadora. Qué vieja estaba la madre de Luigi Sesti. Doblada como una rama de olivo, aunque los ojos seguían siendo los mismos de hacía cuarenta años. Duros y fríos, de alguien acostumbrada a mandar. Seguía viva, igual que su marido, el abogado, noventa y un años, postrado en la cama de su dormitorio, en la segunda planta del palacete familiar, sin distinguir ya el día de la noche, según los rumores del tribunal, esperando que le llegase su hora. En opinión de Carlo Cappai, ya había vivido incluso de más. Se limitó a contar los pasos que la mujer tardó en llegar al coche donde la esperaba el chófer. «... veinticuatro», dijo en voz baja, mientras dejaba el vaso de zumo en la mesa.
Por la tarde el trabajo era incluso más sencillo. Cada vez iba menos gente, los jueces trabajaban en las plantas superiores y allí abajo reinaba la paz, salvo por las cajas que hablaban, hablaban y preguntaban. A las cuatro leía la prensa, pero sólo la local y las páginas de la nacional dedicadas a su ciudad. Una lectura concentrada, atenta, con un rotulador y unas tijeras a su lado. A solas en aquel laberinto, bajo la fría luz de los fluorescentes, con las gafas puestas, cada día de su vida Carlo Cappai buscaba una noticia, un retazo, aunque fuera una mera mención.
En casa, por la noche, cenaba lo que Ida le había dejado preparado, casi sin mirarlo. Luego encendía la televisión, ponía algún canal regional y durante una media hora veía pasar las imágenes. Cuando se hartaba, se metía en el despacho y se encerraba allí dentro hasta las diez y media. Lo único que se oía era el transistor encendido, sintonizado en una emisora privada que desde las nueve de la noche emitía un programa de cotilleos de la ciudad. Se llamaba Quién se va y quién se queda. De los obituarios a los recién nacidos, de los problemas que afligían a la flor y nata a las actividades culturales. Una especie de tablón de anuncios local. A las diez y media acababa el programa, Carlo Cappai apagaba la radio, salía del despacho, lo cerraba de nuevo con llave y se acostaba.
Ésa era la vida de Carlo Cappai. Nadie lo conocía de verdad, solitario, gris y huidizo, una mancha deleble que el tiempo se encargaría de borrar.
Carlo Cappai, sin embargo, era una araña que llevaba cuarenta años tejiendo su tela.
Había nacido hacía cincuenta y ocho años en aquella buena vivienda céntrica en la que él nunca había cambiado nada, ni siquiera tras la muerte de sus padres. Las fotos de su padre y su madre habían quedado relegadas al dormitorio matrimonial, ese en el que sólo entraba Ida una vez por semana para limpiarlo. Él jamás. Cuando regresó a casa sudado de la carrera matutina, Ida ya estaba trabajando.
—Buenos días —lo saludó.
—Buenos días —masculló Carlo Cappai con su voz fina y desagradable.
—¿Le gustó el estofado de anoche?
—Sí.
—¿Qué quiere cenar hoy?
—Decida usted.
—¿Puedo limpiar el despacho?
Siempre preguntaba, como si no supiera la respuesta.
—No, ya me ocupo yo.
No obstante, la situación era la misma desde hacía años, desde la muerte de su padre, momento en que Carlo Cappai heredó aquella habitación: nadie podía entrar en ella. La mantenía cerrada bajo llave, apartada de las indiscreciones y las intromisiones del mundo. Sabía que Ida espiaba por el ojo de la cerradura y que al menos tres veces había intentado abrirla sin éxito. Aquellos veinticinco metros eran un terreno prohibido para el resto de la humanidad. Años antes la mujer le había preguntado:
—Pero ¿qué es eso tan importante que guarda ahí dentro?
Él le había contestado con un lapidario:
—Es asunto mío.
Era asunto suyo, allí dentro Carlo Cappai trabajaba a conciencia.
El lunes tenía el paso cansado de cualquier otro día. Después de comer Carlo había tomado el café con el secretario judicial: los comentarios de rigor sobre la liga de fútbol, sobre el invierno que parecía no querer acabar nunca, sobre la inutilidad de los debates en televisión. A las dos regresó al archivo y se concentró en los periódicos que había llevado su compañera. Todos hablaban en primera plana del asesinato de Flavio Zigon, cuarenta y cuatro años, hallado sin vida en el interior de su vehículo con dos disparos de pistola, no muy lejos del lago de pesca deportiva. «Pesca deportiva» era una expresión que a Carlo siempre le había resultado grotesca. Ve y díselo a las truchas, pensaba. Se buscaba a la prostituta con la que se había marchado la víctima, aunque por lo que comentaba el periodista las esperanzas de dar con ella eran realmente pocas. Carlo sonrió. Ninguna colaboraría, eso lo sabía, sus vidas pendían de un hilo finísimo, indocumentadas, fantasmas sin alma, sólo servían entre la medianoche y las cinco de la mañana para satisfacer el prurito y las frustraciones sexuales de los hombres. Los titulares eran ridículos: «Ajuste de cuentas.» «Venganza de una prostituta.» «Tráfico de cocaína.» Decían que los investigadores estaban hurgando en la vida de Flavio Zigon.
Había poco que hurgar.
Abandonó las primeras páginas y empezó su búsqueda entre las noticias locales, que eran las que más le interesaban. No encontró nada de importancia. Dejó los periódicos, luego, sabiendo muy bien adónde iba, se dirigió al pasillo del fondo: los casos que le interesaban estaban en la sección S, estantería 9, balda 2, archivador 33. Proceso Zigon/Faruk. Se los llevó a la sección A/7, a la que llamaban el purgatorio, donde se aparcaban los expedientes antes de destruirlos. El proceso había terminado, había atravesado todas las fases judiciales y Flavio Zigon, con un abogado excelente y un juez despistado, se había librado de la acusación de homicidio. Eran las cinco de la tarde, no le quedaba otra que volver a casa, por aquel día era suficiente.
Lunes, 5 de febrero
He ido al lugar de los hechos, claro que he ido. ¿Qué he visto? Un coche con las puertas abiertas y el morro apuntando hacia la maleza. En el interior del habitáculo, una sábana cubría el cuerpo. No he podido acercarme, eso lo había entendido, estaban los hombres de la Científica con el mono blanco, parecían preservativos, fotografiaban, pasaban pinceles por todas partes en el coche, metían papelajos y objetos dentro de bolsitas de plástico transparente. ¿Qué más puedo escribir? No tengo ni pajolera idea del tema, sólo el par de bobadas de las que nos ha informado el capitán de los carabineros, que se apellida Ossola. Nos ha dicho: «Hombre adulto, cuarenta y cuatro años, responde al nombre de Flavio Zigon según el documento de identidad hallado en la cartera junto a cien euros en efectivo y una tarjeta de crédito, dos disparos de pistola, uno en la sien y otro en la cara, estaba con una prostituta, porque hemos encontrado un pañuelo de papel con un preservativo usado dentro.» «Hombre, claro, no creo que haya bajado hasta aquí para masturbarse», ha dicho el compañero del Resto, Salvo Parodi, que tiene sesenta años y sabe del tema. Yo no. Llevo setenta y dos horas en sucesos y lo único que puedo hacer es seguir a los veteranos.
Da igual, la Cabrona no lo entiende.
—Hurga, descarta, persigue la noticia —me dice. Se cree que está en una película americana.
—¿Qué noticia quiere que persiga?
Me toca ir al cuartel e intentar hablar con alguien, luego la Cabrona quiere un artículo sobre la vida de la víctima. Me da también la dirección de su padre, con una sonrisita de superioridad.
—Tome, Andretti, le ahorro la molestia.
No me suena de nada el nombre de la calle, pongo el navegador para encontrarla. Y cuando llego pienso que, como en las películas americanas, gracias otra vez a la Cabrona, me encontraré a decenas de compañeros de oficio. No hay un alma. Toco el timbre y viene a abrirme un viejo. En realidad puede que no tenga más de setenta años, pero los lleva fatal.
—¿Es aquí donde vivía Flavio Zigon? —le pregunto.
El tipo se quita las gafas y me mira. Tiene los ojos de un azul claro desvaído, lejanos, derrotados.
—¿Y usted quién es? —me pregunta.
—Andretti. Trabajo para el Gazzettino.
Conoce el nombre del periódico; de hecho, asiente.
—Fui yo quien reconoció en el depósito a mi hijo, aunque de la cara quedaba poco —me dice, sin hacerse a un lado para dejarme entrar en la casa—. Vivía aquí, conmigo. Siempre tuvo mala suerte, Flavio. —Se le humedecen los ojos, pero no distingo si es de la emoción o por un principio de cataratas.
—¿Estaba... estaba casado? —Es la primera pregunta que se me viene a la cabeza.
—Estuvo casado, sí. Hace años —lo dice en voz baja—, aunque ya habrá oído hablar del tema, ¿no?
Me encojo de hombros. Él prosigue.
—Su mujer... era Laura Faruk... ¿Se acuerda del asesinato de la piazza dei Colori?
Debería, o al menos es lo que él se espera de un periodista de sucesos.
—La verdad es que no. Yo antes estaba en deportes.
Sus ojos muestran interés.
—¿De qué equipo es?
—Inter.
—Verona —responde él—. No el Chievo, sino el Verona, el Hellas, el de verdad. ¡El pandoro lo como en Navidad!
Le entran ganas de reír, pero la carcajada se transforma en una tos acatarrada. Se pone rojo y se dobla por la cintura. Miro a mi alrededor. Tal vez debería ofrecerle agua, pero como estoy en el rellano me resulta difícil. Se le pasa.
—Yo nací en Verona y ahora me toca morir en este agujero. —Y me cierra la puerta en las narices.
¿Qué hago? ¿Insisto? ¿Existe un manual de comportamiento del periodista de crónica negra? Decido marcharme. Por suerte tengo buena memoria. No sé si tiene sentido seguir escribiendo el diario, lo releo y parece más una forma de desahogarme que otra cosa. Aunque, al fin y al cabo, ¿qué es un diario? Cuando estaba en la sección de deportes apuntaba conversaciones, nombres, situaciones que rozaban lo absurdo. Aquí, ahora, no sé. Pocas ganas de cachondeo tengo.
Al contrario.
Carlo se sentó delante de la televisión. En la bandeja, la cena preparada por Ida. Medio pollo asado, la otra mitad la había metido en el horno para el día siguiente. Todos los canales locales hablaban del homicidio de Flavio Zigon. Los periodistas disparaban explicaciones a cuál más fantasiosa. La más en boga era el ajuste de cuentas. ¿Qué cuentas? La víctima llevaba en la cartera cien euros y la tarjeta de crédito, así que todos descartaban el robo. La presencia de la prostituta a su lado era el detalle más inquietante. ¿Dónde estaba? ¿Quién era? ¿Había huido? ¿También había muerto y la habían arrojado a un arroyo? ¿Y si la asesina fuera precisamente ella, la prostituta? Carlo sonrió. «Imbéciles», dijo al televisor. «Le dispararon en el lado izquierdo de la cara, la prostituta estaba a su derecha. ¿Qué tiene?, ¿un brazo de contorsionista? Imbéciles...» En el canal 124 encontró un debate más interesante. Un viejo periodista del Resto, Salvo Parodi, manejaba algún dato más que los demás. Carlo se había cruzado con él a menudo, de vez en cuando iba al archivo en busca de información, aunque nunca había hablado con él, pero sí prestaba atención a lo que les decía a los abogados, a los secretarios judiciales, a los pasantes. Aquel periodista conocía el oficio, Carlo lo respetaba más que a muchos de los jueces y fiscales. «Los carabineros no cuentan los detalles.» Estaba sentado en una butaca giratoria, junto a un par de presentadores de tercera y el pibón de turno, parecía en su salsa. «No les cuentan, por ejemplo, un dato fundamental. El arma utilizada. Ahora hablará la balística, pero me juego el sueldo a que se trata de una nueve milímetros. Reúnan todos los datos y poco a poco acabará aflorando la verdad.» Cappai apagó el televisor, se levantó y llevó la bandeja a la cocina. ¿Y aunque así fuera?, se preguntó. ¿A alguien le ha servido alguna vez de algo la verdad? Continuará siendo un caso sin resolver, reflexionaba, como el ochenta por ciento de los homicidios. ¿Y aunque le echaran el guante al culpable? Otro expediente en el archivo, nada más. Entró en el despacho y se encerró. Tenía al menos tres horas de trabajo por delante. Salió a medianoche, con los ojos rojos y el paso cansado. Arrastraba con dificultad dos bolsas de tela llenas de documentos que dejó sobre la alfombra del salón. Después del accidente del 95 el brazo derecho de Carlo Cappai no había vuelto a ser el mismo. A estas alturas había aprendido a usar el izquierdo; salvo escribir, era capaz de hacerlo casi todo. Tardó diez minutos en encender el fuego en la chimenea, sus padres la usaban sólo en Navidad, cuando venían sus tíos de Milán o durante las cenas con los colegas del tribunal y sus consortes. Carlo amontonaba la leña en el escobero de la cocina, en la ciudad no era tan fácil de conseguir como en el campo. Con la que había tenía de sobra.
La hoguera crepitaba, las lenguas rojas lamían el aire y los reflejos rebotaban sobre los ladrillos refractarios y el parachispas dorado. Un agradabilísimo olor a madera de castaño invadió el salón. Abrió la primera bolsa, sacó un expediente y lo tiró al fuego. La llama se excitó y abrasó en un instante las fotocopias que conservaba. Repitió la operación hasta agotar el contenido de las bolsas. Esperó a que el fuego se calmara un poco, aquella montaña de papel había generado un montón de ascuas que seguirían ardiendo hasta la mañana siguiente. Ida se habría escamado. Carlo sacó del aparador dos vasos, los llenó de coñac y a continuación los vació en el lavabo. Dejó la botella y los vasos vacíos sobre la mesita del salón, junto a un paquete de patatas fritas que se preocupó de tirar al váter, ahuecó los cojines de los sillones: ahora parecía que había tenido visita. Recogió las dos bolsas vacías y las devolvió al despacho, que cerró con llave, y por fin se acostó. Nada de sueños, hacía años que ya no visitaban sus noches.
Martes, 6 de febrero
—¿Qué me cuentas del homicidio de Laura Faruk? —le pregunto a Filippo Lauretani, que lleva en el periódico toda la vida y en la redacción lo llaman Wikipedia.
Cierra los ojos, luego mira el ordenador, teclea algo y por último gira hacia mí la pantalla.
—Toma, todo tuyo. —Es lo único que me dice, se levanta y se va—. Bajo al bar, quien quiera un café que hable ahora o calle para siempre.
Apenas me da tiempo a levantar la mano cuando Filippo grita:
—Lástima, ¡demasiado tarde!
Me pongo delante de la pantalla. Es un artículo de nuestro periódico de hace unos años.
Laura Faruk, de 32 años, hija de Giorgia Rebellato y Ahmed Faruk, comerciante libanés, ha sido hallada muerta esta mañana en su vivienda de piazza dei Colori. Los investigadores hablan de diez puñaladas asestadas al cuerpo de la víctima, al menos tres de ellas mortales. La mujer vivía sola en un pequeño piso de la primera planta del edificio. En el lugar de los hechos trabajan ya los carabineros de la Científica. Laura Faruk mantenía una relación sentimental con Flavio Zigon, un empresario de 34 años. Marta Faruk, hermana de la víctima, revela no obstante que hacía más de seis meses que no estaban juntos. Tras ser contactado telefónicamente por nuestro corresponsal, Flavio Zigon sufrió una indisposición. Trasladado de urgencia al hospital Sant’Eugenio, tuvo que ser reanimado por el personal médico. El pronóstico es de una semana.
Punto. No hay nada más. Continúo la búsqueda. Aparece un artículo, de cuatro meses más tarde, que anuncia el inicio del proceso contra Flavio Zigon por el homicidio de Laura Faruk.
Nunca había estado en ese sótano. Un laberinto de puertas con olor a cerrado y una luz espectral. Y yo me quejo de hacer un trabajo de mierda. Ese desgraciado clavado detrás del mostrador del archivo me recuerda al guardián de una saga medieval. Bajito, ha perdido el pelo de la coronilla, parco en palabras. En cuanto le pido el expediente esboza una sonrisa.
—Está en el purgatorio —me dice.
De tanto tiempo que pasa ahí abajo debe de tener una visión muy particular de la realidad. Apoya en el mostrador siete archivadores pesadísimos que, al caer sobre la madera de golpe, levantan una nube de polvo finísimo. Luego me mira mientras me tiende una hoja para que la firme.
—Puede ponerse en esas mesas de ahí al fondo para consultarlos.
En el rincón hay cuatro, de formica verde claro, rodeadas de sillas disparejas. Cojo los archivadores de tres en tres y me los llevo a la que queda más cerca del radiador. No sé por qué precisamente ésa, puede que la calefacción me cree cierta sensación de seguridad. Hay dos ventanas en lo alto, dejan entrever un fragmento de cielo grisáceo surcado por retazos de nubes. Abro el primer archivador. Proceso Zigon/Faruk. Septiembre de 2007. Hojeo la sentencia. Larguísima y escrita en lenguaje burocrático, un aburrimiento mortal.
Lo que deduzco es que Zigon tiene una coartada a prueba de bomba. «La muerte se sitúa a las diez de la noche, a esa hora Zigon estaba con su familia en el restaurante Le Beffe celebrando el cumpleaños de su padre», dice la defensa. Y a continuación aparecen los testimonios de camareros, dueños, familiares que recuerdan perfectamente, algo que a mí siempre me hace sonreír cuando lo veo en algún telefilm, pelos y señales de una noche de jueves cualquiera de hace meses. Un camarero se acuerda incluso del vino que pidieron. Ya sólo ese detalle chirría. Igual que chirría toda la investigación a la ligera de la policía. El forense, un tal Ferretti Tarquinio, que ya manda huevos sólo el nombre, sitúa la muerte entre las 20.00 y las 24.00 h y añade: «Es difícil ser más precisos.» Yo no soy del oficio, me toca creérmelo, pero en su declaración hay otro apunte en el que habría que ahondar. Es el siguiente. Ferretti Tarquinio continúa diciendo: «El arma del delito es un cuchillo de una sola hoja de treinta centímetros», un cuchillo normal de cocina. Y es aquí donde el abogado defensor, Ernesto Guidi, se queda a gusto: «No hay premeditación —sostiene—, el asesino ha cogido la primera arma que ha encontrado a mano y ha atacado a la víctima. Estaba allí para cometer un robo, como se deduce claramente de la fotografía de la cristalera de la cocina, que muestra signos de efracción. Flavio Zigon seguía en posesión de las llaves de esa casa y si, como sostiene el fiscal, entró para matar, ¿por qué no llevaba ya un arma, sino que usó el cuchillo de cocina que encontró en aquel momento? Zigon nunca, y repito, nunca, habría forzado la cristalera, ¿por qué motivo iba a hacerlo si tenía las llaves?» Un razonamiento impecable, en mi opinión. Hojeo las páginas. «Si, como sospecha el fiscal, entre Zigon y la señora Faruk se entabla una disputa a consecuencia de la cual Zigon habría cogido un cuchillo y asestado varios golpes mortales a la víctima, ¿dónde están los rastros de la disputa? ¿Del altercado? El cuerpo de Faruk fue hallado en la entrada del piso, todavía con el abrigo puesto, las llaves de casa estaban en el suelo, señal de que acababa de entrar y el asesino, al ser descubierto, actuó por impulso. No hay cabida, en el relato que el cadáver nos deja, para presuponer un altercado. ¿Qué altercado? ¿De tres segundos de duración mientras la pobrecita entraba en casa? No, señor juez, no pudo suceder eso. ¡Flavio Zigon no es el homicida de Laura Faruk!» Me da la sensación de que estoy en la sala durante la vista. Leo la declaración de Marta Faruk, la hermana de la víctima: «Entre mi hermana y Flavio las cosas iban fatal. Flavio la acribillaba a llamadas de teléfono.» Leo una intervención del fiscal: «Señor presidente, dejo aquí esta hoja donde aparece resaltado el número de llamadas efectuadas por la línea 347 33 XXXXX, registrada a nombre de Zigon, a la línea 332 45 XXXXX, a nombre de Faruk Laura.»
«El órgano judicial toma nota.»
«Le mandaba SMS constantemente.» Y de nuevo el fiscal: «Señor presidente, en esta lista aparecen los mensajes enviados desde la línea a nombre de Zigon a la de Faruk.»
Marta Faruk prosigue: «Mi hermana no paraba de hablarme del tema. Tenía miedo de Flavio. ¡Los mensajes que Laura me enseñó demuestran lo que digo! Señor juez, yo le aconsejé que fuera a la policía, que así a lo mejor dictaban una orden de alejamiento, pero ella tenía miedo de que, al hacerlo, Flavio se mosqueara todavía más. Si me hubiera hecho caso...»
Y en ese momento, quizá, la hermana se había echado a llorar. La vista, larga y compleja, se había prolongado durante días. No aguanto más, salto directamente a la sentencia.
«Absuelto por no haber cometido el delito.»
Así que Guidi, el abogado, se las había ingeniado para exculparlo. Tengo ante mí los archivadores con el recurso de apelación. Empiezo a hojearlos, pero el hombre del archivo se me acerca, silencioso.
—Tenemos que cerrar —me dice.
Yo le sonrío y devuelvo todos los documentos al mostrador.
—¿Puedo volver para consultarlos?
—Claro, si no los destruimos antes.
Cuando el archivista regresó a casa, ya había oscurecido. Desde la calle advirtió las luces del salón encendidas, notó un regusto amargo en la boca. En vez de por la mañana, Ida había preferido ir por la tarde. Aquello no tenía nada de malo, era capaz de aislarse hasta en medio de un concierto de rock; el problema era Anna, la hermana de Ida, a quien efectivamente encontró en el salón, sentada en el sillón delante de la chimenea, con las manos apoyadas en el regazo, las piernas un poco ladeadas. Con un suéter azul y vaqueros, esperaba en silencio mientras su hermana trajinaba en la cocina.
—Buenas tardes —lo saludó Ida asomándose al pasillo—, no podía venir esta mañana, así que...
Carlo asintió mientras colgaba el abrigo en el perchero.
—Buenas —le murmuró a Anna.
—Buenas tardes —respondió ella sonriendo.
—Un momento... —le dijo él mientras se dirigía a su dormitorio.
Se quitó la chaqueta para ponerse un viejo jersey negro de cuello de pico. En el baño se enjuagó las manos, luego la cara. El encuentro era inevitable, no llevaba una excusa preparada y, aunque la tuviera, habría sido una falta de respeto hacia Ida y hacia Anna, que había sido una mujer desgraciada toda su vida; además, dedicarle media hora de su tiempo tampoco era algo insoportable, una especie de impuesto que pagaba para atenuar el sentimiento de culpa. Ella, viuda y sin trabajo, vivía en sesenta metros cuadrados con su hermana, que estaba casada con un hombre en el paro y que para sobrevivir limpiaba casas; y, por otra parte, él, con un sueldo fijo y una casa en propiedad en pleno centro; no, media hora a la semana no era un precio demasiado alto. Como quien hace una visita tediosa en el hospital a una persona a la que no conoce demasiado y espera con impaciencia que la enfermera le pida que salga porque el horario ha terminado: así se sentía.
Regresó al salón.
—¿Ha tenido invitados? —le preguntó Ida mientras salía de la cocina con una bandeja con dos tazas de té, el azucarero y tres pastelitos—. Lo digo por la ceniza, el coñac... Estos dulces los ha traído Anna.
—Gracias, Anna, no tenía por qué.
—No es nada.
—Sí, vino a verme un amigo —respondió Carlo evasivo.
—Hasta encendió el fuego de la chimenea... ¿Un compañero del instituto? —se interesó la mujer de la limpieza.
Lo suyo no era curiosidad, en todo caso preocupación por que Cappai hubiera mantenido un encuentro vespertino con algún antiguo amor. La esperanza de casar a su hermana con Carlo era inquebrantable.
—No, un compañero de trabajo... —Se sentó en el sillón mientras Ida dejaba la bandeja sobre la mesita de centro.
—¿Dos? —preguntó.
Carlos asintió.
Ida puso los azucarillos y sirvió el té.
—De bergamota —lo informó—. Vuelvo al trabajo. —Y salió del salón.
Carlo Cappai se inclinó para coger su taza. Se fijó en las manos de Anna, llevaba las uñas cortas, parecían cansadas y estaban llenas de manchas. Carlo apoyó los codos sobre los reposabrazos del sillón.
—¿Le apetece un pastelito?
—¡Sí, gracias! —Con delicadeza, la mujer cogió una rosquilla con el pulgar y el índice mientras él sostenía la taza con el platillo sobre las rodillas—. ¿Un día duro? —preguntó ella en cuanto acabó de masticar.
—No, nada del otro mundo.
Los ojos de Anna se iluminaron. Se le había ocurrido un tema de conversación.
—¿Se ha enterado de ese homicidio, el de las afueras?
—Sí, claro, todo el mundo habla de lo mismo.
—Da que pensar... En fin, dos disparos de pistola y, además, o al menos eso dicen los periódicos, al parecer el hombre estaba en compañía de... vamos, de una prostituta.
—Sí. Una historia horrible. —Dio un sorbo al té.
—Usted llegó a estar en la policía, ¿verdad?
—Hace mucho tiempo. Pero sólo aguanté un par de años.
—El trabajo de policía debe de ser duro...
—Duro y a menudo inútil. —Dejó la taza en la mesita—. A mí sólo me ha costado la movilidad del brazo derecho... —Anna hizo una mueca—. Pero ya me he acostumbrado. Y sí, una historia horrible esa de la laguna.
—¿Ha sacado usted alguna conclusión?
—No. No conocía a la víctima, y no creo que la prostituta tenga nada que ver. Tendrán que hurgar en la vida del tipo para sacar algo en claro.
—Sea como sea, el homicida no llevaba ninguna intención de robar. Encontraron la cartera llena de dinero y hasta con la tarjeta de crédito.
Carlo sonrió.
—La veo interesada e informada.
—Es verdad. Me gusta la novela negra. Leo mucho... —Con una mirada abarcó toda la librería repleta de volúmenes—... Aunque veo que usted también.
—Uy, son cosas de mi padre. Son todos libros de derecho.
—Ah, claro, su padre. Era un hombre muy capaz...
—No, era un mierda.
Anna se mordió el labio y bajó la mirada.
—Un mierda de verdad, Anna, no uno cualquiera. Era una persona ruin, violenta, depravada y corrompida por dentro. No es que robara dinero, entiéndame, pero estaba corrompido moralmente. Siempre me he avergonzado de tenerlo como padre. No se apure, es la verdad. No volví a dirigirle la palabra desde que cumplí veinte años y, si quiere saberlo, hice todo lo posible por no ir a su funeral.
—Entiendo.
—No, no puede entenderlo. Usted habrá tenido unos padres encantadores que la habrán querido.
—Sí... eso creo. Papá era ferroviario, siempre estaba de viaje.
—Mi abuelo también lo era... Ojalá mi padre hubiera estado siempre de viaje. No, siempre estaba aquí, en casa. Y usted se preguntará...
—No, yo no me pregunto nada —se excusó Anna, que no quería parecer una entrometida.
Carlo sonrió.
—Yo creo que sí. Le gustaría preguntarme: si tanto lo odiaba, ¿por qué sigue viviendo en esta casa?
—A ver... Es una buena casa en pleno centro y...
—Por pereza —dijo—. Y también es verdad, es una buena casa en pleno centro. Me habría gustado reformarla, pero dinero no hay.
—Podría venderla y comprar otra más pequeña.
—¿Para qué?
Anna no respondió. Carlo quiso divertirse intentando darle pie.
—Estoy solo, Anna, no tengo a nadie en quien pensar.
La mujer se ruborizó. Carlo se limitó a observar sus reacciones. En primer lugar se tocó las piernas, como queriendo secarse las manos en los pantalones, luego cogió otro pastelito y se llenó la boca, pero no respondió a la indirecta de Carlo, ni siquiera aludió remotamente a la posibilidad de convertirse en la persona a la que él podría cuidar y con la que recorrer juntos una etapa de la vida.
—¿No... no tiene hermanos?
—No. Ni tampoco sobrinos. Cuando muera, todo esto se lo dejaré a... no sé, ¿la investigación sobre el cáncer?
—Me parece una idea estupenda.
Se sintió un ser deleznable. ¿Qué derecho tenía a decirle a aquella mujer según qué cosas?
—Discúlpeme, Anna.
—¿Y por qué?
—A veces sé ser repugnante. Me pongo irónico porque puedo permitírmelo, y eso no está bien.
—No se preocupe, lo había entendido. Se le escapa porque está usted muy enfadado.
Carlo frunció el ceño.
—Sí —continuó Anna—, no es difícil entenderlo. Lleva usted demasiado tiempo enfadado por dentro. —Achicó los ojos—. Yo noto esa rabia. Búsquese a alguien con quien hablar de ella. Sáquela fuera. Será doloroso, pero poco a poco podría volver a sonreír. Sin sarcasmo ni cinismo, me refiero a sonreír de verdad.
—¿Qué le hace creer que yo quiera sonreír?
—Todos queremos sonreír, ¿no? Yo, mi hermana, su marido, y usted no puede ser menos. Pero si sólo hace caso a la rabia, no podrá entenderlo.
—¿Y todas estas cosas tan bonitas dónde las ha aprendido?
Anna esbozó una leve sonrisa.
—En los libros. En la televisión. Y tengo buena memoria. Todavía recuerdo muchas cosas del instituto. Bueno, me voy. —Se puso de pie. Carlo la imitó—. Ida —llamó en voz alta.
—¿Sí? —respondió su hermana desde la cocina.
—Nos vemos en casa. Adiós, Carlo. —Se dio la vuelta y fue hasta la entrada.
—Volveremos a vernos —dijo para sí Carlo, seguro de la ineluctabilidad de un próximo encuentro.
Ella pareció no haberlo oído, se puso un abrigo negro y desapareció al cerrar la puerta de la casa. Carlo se quedó mirando la chimenea. Ida había quitado toda la ceniza y estaba limpia de nuevo.