cap-1

PRÓLOGO
GARRAS

La captura de la noche le había llenado la panza, y ahora la gata atravesaba silenciosamente el reluciente suelo del palacio, mojándolo con sus huellas. Agitó el rabo, irritada. La tormenta había caído de pronto cuando ella estaba de caza por el jardín y la había pillado en pleno ataque a su presa. Sí, el ratón le había saciado el apetito, pero ahora tenía todo el pelaje empapado. Era lo peor que le había pasado nunca, salvo aquella vez que se cayó al río, o cuando uno de los pequeños nunus la había tirado del rabo.

En el exterior, la tormenta seguía repiqueteando contra los muros del palacio, con un ruido que le recordaba en cierto modo el murmullo del khamasin soplando entre los papiros. Por tercera vez, la gata se paró a sacudirse del morro a la cola, muy molesta con aquella incomodidad. Por el pasillo corría un aire húmedo que hacía bailar la llama de las antorchas, creando la impresión de que los reyes pintados en las paredes con vivos colores amarillos, ocre, ámbar y malaquita se movían espontáneamente, cazando y adorando a los dioses.

La gata recordó a varios de los faraones pintados: el del ceño fruncido y orejas grandes, que tenía la voz de una gallina pintada; el que coronaron cuando aún era un niño y que no vivió lo suficiente para llegar a convertirse en un hombre. A los dos los había conocido: había agachado las orejas ante los chillidos del primero y había aceptado bocaditos de carne que el segundo le pasaba por debajo de la mesa.

Después de ellos llegó el penúltimo rey, representado con el brazo alzado, blandiendo su arma, sometiendo al enemigo, que se postraba ante él. Durante su reinado, el palacio siempre estaba lleno de gente y había mucho ruido. En aquella época le habían pisado el rabo más de una vez, y todo el mundo estaba demasiado ocupado como para hacerle caso a ella. Pero ese también había desaparecido.

El nuevo rey no llevaba demasiado tiempo en el trono, pero a la gata ya le gustaba más que su predecesor. Se había agachado a acariciarla una vez y, a menudo, dejaba platos con restos de comida para que el servicio los limpiara.

Y ella estaba encantada de colaborar en la limpieza.

A veces se preguntaba si no habría vivido demasiado. Cada vez que el palacio se llenaba con la llegada de un nuevo rey, su servicio y su familia, ella se preguntaba si, con toda aquella emoción, no se habría olvidado de morirse. Por otra parte, nadie parecía quejarse de su presencia continuada. Al contrario, la trataban como si fuera una diosa. Incluso hacían una fiesta en su honor cada año. Había música y baile por las calles, y los criados le llevaban grandes bandejas de carne humeante para que la probara.

La verdad es que aquello estaba muy bien.

Una vez olisqueó una guirnalda de flores frescas que un sacerdote le había puesto en torno al cuello y pensó: «Quizá sí sea una diosa». Tras tantos años de veneración, resultaba fácil creérselo.

Se detuvo un momento a contemplar su propia imagen en la pared del pasillo. La gata sabía que era ella porque la habían pintado con su collar de cuentas doradas favorito. En el retrato aparecía representada cazando un pájaro en las marismas, apoyada en las patas traseras, con la boca abierta para atrapar el ave y morderla.

«Se me parece bastante —pensó—. Noble. Imponente. Pero ¿de verdad tengo las franjas tan oscuras? ¿Los dientes tan afilados?».

Quizá el tiempo se hubiera cobrado un precio, a fin de cuentas.

La gata suspiró. Estaba mojada, cansada y tenía frío. Daba la impresión de que los ratones se volvían más rápidos cada año. ¿Y no le habían dado ya los diferentes reyes todo lo que podía ofrecer aquel lugar? ¿De qué servía ser una diosa agotada en un mundo tan tedioso?

Sintió cierta autocompasión, pero siguió adelante en busca de un lugar donde lamerse el pelo para quitarse el agua de la lluvia.

Ya había girado en dirección a las dependencias del servicio cuando un grito profundo y agudo resonó por el pasillo. El sonido cesó por un momento, como para coger aliento, y luego volvió a oírse con la misma intensidad de antes.

La gata irguió las orejas y escuchó. No veía la hora de acomodarse entre las piernas de alguna doncella, su lugar preferido para descansar por la noche. Pero ese sonido… la llamaba. Sucumbiendo a su naturaleza curiosa, avanzó sigilosamente hacia el lugar de donde procedía el terrible lamento.

Siguió los chillidos hasta un portal del que colgaba una vaporosa cortina de tela a través de la cual se veía la luz del fuego. En el interior, otras voces preocupadas se unieron al grito inicial. La gata se coló por debajo, sin tocar apenas la cortina.

En el interior de la cámara, el calor era opresivo y el aire estaba cargado del olor salado del sudor. Había una mesa y una cama baja pintada de dorado. En el centro de la estancia, una mujer desnuda estaba en cuclillas, apoyada sobre dos grandes ladrillos situados en paralelo a sus caderas. La piel cobriza le brillaba por el sudor. Estaba flanqueada por doncellas vestidas con blancas túnicas que le secaban la frente mientras ella gritaba, emitiendo aquel sonido inhumano. La barriga le colgaba entre las piernas, redonda e inmensa como la luna.

Una de las doncellas asentía rítmicamente, murmurando:

—Haz que su corazón sea fuerte y protege al niño. Haz que su corazón sea fuerte y protege al niño…

La otra joven guardaba silencio y desviaba alternativamente la mirada de su señora a la puerta. Era una joven robusta, y sus gruesas manos cubiertas de callos tenían agarradas las de la reina con una fuerza inquebrantable.

La mujer desnuda calló por fin y la asistente respiró hondo.

—Vuestros vapores se han enfriado, mi reina —dijo, señalando el plato de agua situado entre los ladrillos de parto—. ¿Queréis que vaya a buscar más agua caliente? Quizá eso alivie vuestro sufrimiento.

La reina jadeó. Una gota de sudor le colgaba de la punta de la nariz.

—Lo único que aliviará mi sufrimiento es la llegada de mi enfermera —replicó con un gruñido—. ¿Dónde está, Nebet? ¿Dónde están los sacerdotes? Es de mal augurio que un niño nazca sin oír las palabras de los dioses, pero no puedo esperar mucho más.

Nebet parecía angustiada.

—No lo sé, mi reina. Nunca había visto una tormenta así. Ni siquiera en la temporada de crecidas. Quizá haya pillado de lleno a la enfermera y al resto, y por eso llegan tarde…

—¿Tarde? —gimió la reina en el momento en que arreciaban los dolores del parto—. ¿Al nacimiento de un rey? ¡Lo mismo les daría estar muertos!

Contrajo el rostro en un gesto agónico y se puso a gritar otra vez. Nebet y la otra asistente hicieron una mueca de dolor y la agarraron de los brazos con más fuerza, esperando que la contracción pasara pronto.

Cuando consiguió hablar de nuevo, la reina ordenó, jadeando:

—¡Abrid la cortina! ¡Me falta el aire!

—Pero ¡la tormenta…! —protestó la otra asistente.

—¡No me importa la tormenta! —espetó la reina—. ¡Abridla ya!

—Sí, reina Bintanat.

La joven se fue corriendo hasta la ventana, dejando que Nebet cargara sola con el peso de la reina. Corrió la cortina hacia un lado para permitir la entrada de una brisa húmeda que atravesó la estancia. La reina suspiró, aliviada, y se apoyó pesadamente en Nebet, que tuvo que hacer un esfuerzo para aguantar su peso hasta que la otra joven volvió a su puesto.

—Ah…, qué gusto —murmuró la reina.

La gata, que estaba junto a la cama, alzó el rosado morro para olisquear. Detectaba algo extraño. Algo más allá del olor a arena y a piedra, a brotes verdes que se abrían paso a través de la tierra negra. Era un olor a humo, a fuego, cargado de miel y vino, enebro y mirra. Lo traía el viento del oeste desde algún sitio desconocido.

—Reina Bintanat… —dijo Nebet, titubeante, después de agacharse a mirar entre las piernas de la mujer.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —respondió la reina, cerrando los ojos de agotamiento.

—Me temo que ya veo la cabeza del bebé. No nos queda tiempo.

La reina apretó los dientes.

—No. —En su voz se reflejaba su desesperación—. No puede suceder así. No está bien. Un rey necesita sus bendiciones… ¡Necesita el nombre que le dan los dioses! ¿Dónde están, Nebet?

Nebet se giró a mirar de nuevo hacia la puerta y entornó los párpados, buscando con la mirada, como si así pudiera conseguir que entrara un salvador, por pura fuerza de voluntad.

Otra ráfaga de brisa penetró en la cámara, levantando la cortina de la puerta, que se hinchó en el pasillo. En ese momento entraron en la estancia tres mujeres. Dos eran altas y esbeltas —una de tez oscura, la otra clara— y llevaban el cabello teñido de azul, como dictaba la moda. La tercera era baja y tenía la piel curtida por el sol, cubierta de manchas y verrugas. Las tres mujeres llevaban largos vestidos blancos, cinturones de turquesa y lapislázuli, y tocados de cuentas sobre las trenzas.

La reina Bintanat levantó la cabeza de golpe para mirarlas, primero con gesto de alivio, luego de confusión.

—¿Quiénes sois vosotras? ¿Cómo os atrevéis a entrar en esta cámara sin mi permiso?

—Calmaos, mi señora —dijo la más baja con voz grave y rasposa. El pecho derecho le asomaba por el escote del vestido y se balanceó suavemente al acercarse a la reina—. Hemos venido a ayudar.

La reina estaba cada vez más confundida.

—¿Ayudar? ¿Os ha enviado la enfermera?

La mujer de piel clara sonrió, entrecerrando los párpados de sus ojos azules como la flor de loto.

—Nos han enviado, sí.

La reina las miró una por una, aún desconfiada.

—No tenéis aspecto de enfermeras…

—Mi hermana y yo somos madres de muchos hijos —añadió la de piel morena. A pesar de la diferencia en el color de los ojos (los suyos eran negros como la obsidiana), las dos mujeres se parecían mucho—. Y nuestra compañera ha asistido a innumerables partos. No somos más que simples bailarinas, mi señora, y venimos desde lejos a visitaros; pero, si confiáis en nosotras, os ayudaremos a traer a vuestros hijos a este mundo.

—¿Hijos? —preguntó la reina, sorprendida por el uso del plural.

La más baja asintió.

—No uno, sino tres.

La reina abrió la boca, quizá para replicar, pero lo que le salió fue un profundo gemido.

—Otra vez —se lamentó—. Está yendo demasiado rápido. —El dolor acalló cualquier protesta que hubiera podido presentar—. Sí, ayudadme —les rogó—. ¡Por los dioses, ayudadme!

Sin una palabra más, las tres mujeres pasaron a la acción con gráciles movimientos, haciendo gala de una gran soltura: la de piel clara se situó ante la reina, la de piel oscura detrás, como una sombra, y la más baja se colocó debajo, extendiendo las curtidas manos entre las piernas de la parturienta. Nebet y la otra asistente dieron un paso atrás, con los ojos como platos, intimidadas por las tres extrañas bailarinas.

La reina sintió una nueva oleada de dolor que no cesaba, y la mujer más baja le ordenó, con una voz que era como un graznido:

—¡Empujad!

La reina se agarró a los brazos de la mujer de piel clara, cerró los ojos con fuerza y chilló.

Las hermanas, situadas delante y detrás, se balancearon sin soltarla, susurrando palabras ininteligibles.

—¡Empujad!

La reina, jadeante, cogió aire y volvió a chillar. Al momento, entre las manos de la mujer más baja apareció un bultito que se puso a llorar con ganas. Sacándose una punta de sílex afilado del cinturón, la mujer más baja cortó el cordón y le entregó el bebé aún mojado a la de piel oscura. El niño no dejaba de llorar.

—Es un chico —dijo ella, observando al bebé con aquellos ojos brillantes y oscuros como la noche—. Meriamón: aquel cuyo rostro es el sol.

Las doncellas se miraron la una a la otra, atónitas. ¿No solo asistían al parto, sino que además ponían nombre al bebé? Todo el mundo sabía que ese honor estaba reservado al gran sacerdote de Amón. ¿Quiénes eran esas mujeres para cometer una herejía así con tanto descaro?

Pero la reina, que aún tenía contracciones, no protestó.

—El dolor… ¿Por qué no ha cesado?

La mujer más baja volvió a alargar las manos bajo las piernas de la reina.

—Porque aún no habéis acabado, mi señora. Otra vez…, ¡empujad!

La reina gruñó e hizo fuerza, clavando los dedos de los pies en los ladrillos que tenía debajo. Al cabo de un momento apareció otro bebé en las moteadas manos de la mujer más baja, que cortó el cordón y le pasó el segundo hijo de la reina a la hermana de piel clara.

—Una niña —dijo esta, sonriendo al ver que la bebé hacía gorgoritos—. Sitamón, la que conoce todos los nombres.

La reina se quedó inerte y se dejó caer. Las dos doncellas fueron corriendo a su lado y la agarraron de los hombros. Querían llevarla a la cama, pero la mujer baja las frenó.

—Aún no —dijo con brusquedad—. Queda uno.

La reina Bintanat levantó la mirada y negó con la cabeza.

—El dolor ya ha desaparecido. ¿Cómo puede haber otro?

La mujer se encogió de hombros.

—Quizá este cargue con el dolor sobre sus propios hombros —dijo. A regañadientes, la reina volvió a colocarse sobre los ladrillos de parto y recuperó la posición anterior—. Por favor, mi señora. Empujad.

Aún atónita, la reina Bintanat cerró los ojos y tensó el cuerpo. La mujer extendió los brazos justo a tiempo para recoger otro bebé, más pequeño que los otros dos. El niño no emitió sonido alguno mientras le cortaba el cordón umbilical.

—¿Está bien? —preguntó la reina, mirando hacia abajo con impaciencia. La mujer baja recogió al pequeño entre sus brazos y le dio el dedo para que chupara. Con la otra mano le acarició la carita, muy seria.

—Está bien. Otro niño sano. Bakenamón, el que tiene el corazón oculto.

La reina suspiró con fuerza y sonrió, satisfecha. En el exterior, la fuerte lluvia estaba limpiando la faz de la tierra con un murmullo que parecía el susurro de una madre.

Cuando, al cabo de un rato, la enfermera y los sacerdotes entraron en la cámara deshaciéndose en disculpas, empapados y con el cabello y las ropas enmarañados, se encontraron a la reina metida en la cama con un bebé mamando de cada pecho. Meriamón chupaba con ganas, mientras que Sitamón lo hacía más tranquila, alargando sus pequeñas manitas hacia la temblorosa llama de la antorcha. El tercer bebé, Bakenamón, observaba desde los brazos de la doncella, esperando pacientemente su turno. Todos los bebés llevaban un collar hecho con unde cordón de lino con cuentas de cornalina y oro ensartadas.

Las dos doncellas estaban muy ocupadas recogiendo las telas sucias y cerrando las cortinas para evitar la entrada de la lluvia, que había amainado hasta convertirse en una bruma diáfana. Nebet tenía los ojos bien abiertos y la mirada perdida, como si hubiera presenciado algo sagrado e inexplicable.

Las bailarinas habían desaparecido en la oscuridad de la noche.

La tan esperada enfermera estaba ahora de pie frente a la cama, acongojada, con el gesto de un perro esperando a recibir un azote.

—Mi reina… —balbució—. Intentamos llegar antes al palacio, os lo juro. El camino del templo estaba inundado, y yo…

—Esas mujeres que me has enviado, las bailarinas —la interrumpió la reina, con un tono de voz inusualmente plácido—. Eran buenas. Raras…, pero buenas.

La enfermera, que no las había enviado, parpadeó, pero aprovechó la ocasión y bajó la cabeza.

—Me alegro de que os gustaran, reina Bintanat.

Algo había aplacado la ira de la reina, y no sería ella quien cuestionara el motivo.

—Dile al rey que venga a ver a sus hijos —le ordenó la reina Bintanat—. Sin duda le alegrará ver que son tantos. Hoy los dioses nos han bendecido.

—Desde luego, mi reina.

Y, con una reverencia final, la enfermera se alejó a toda prisa por el pasillo con el viento a la espalda.

La gata lo observó todo con interés, mirando fijamente con sus ojos dorados. Estaba calentita y seca, y toda aquella actividad la tenía muy entretenida. «Quizá aún tenga cosas que ver antes de morir —pensó—. Quizá valga la pena quedarse un poco más».

Rodeando el charco de sangre del parto que aún cubría los azulejos, encontró un montón de telas descartadas, las amasó con las patas hasta darles la forma requerida, se acomodó y se puso a lamerse el pelo con su áspera lengua rosada.

1
SITA

Sitamón estaba tumbada boca abajo al borde del estanque, observando los peces. Había una docena más o menos, de tamaños diversos, algunos no mayores que su mano y otros tan largos como su brazo, y flotaban perezosamente en las cristalinas aguas verde azulado del estanque. Sita pasaba la punta de los dedos por la superficie del agua, y los voraces peces acudían a chupárselos con sus redondeadas bocas.

No le importaba demasiado si lo hacían porque ya la conocían, tras tantos años de visitas diarias al jardín de recreo, o si era porque pensaban que era comida. Estar allí, tendida entre las aromáticas flores de loto, las mandrágoras y las amapolas, con las piernas y los hombros desnudos al sol del mediodía, era uno de los pasatiempos preferidos de Sita. A esa hora del día, era un lugar de serena contemplación que le permitía huir del ajetreo de la vida del palacio. Del cuello le colgaba su amuleto de cornalina tallada en forma de nudo de Isis, casi en contacto con el agua. Cuando la gran sacerdotisa había ido a visitarla desde Bubas, para su decimotercer cumpleaños, y se lo regaló, Sita pensó que era un ankh, pero la mujer había chasqueado la lengua y le había dicho que no.

—¿Ves los brazos? —le había dicho—. Van hacia abajo. Es un nudo de tela, no una cruz. Tela manchada de rojo con la primera sangre de la femineidad, un umbral que cruzarás muy pronto, princesita. Con este amuleto, la sangre de Isis, los hechizos de Isis y las palabras mágicas de Isis te protegerán de quienes quieran hacerte daño. No te lo quites nunca.

Habían pasado cuatro años desde aquel día. Y Sita no se lo había quitado nunca.

Pensando que sería un trocito de jugosa carne, probablemente, uno de los peces intentó darle un mordisquito al amuleto, hasta que Sita se lo metió de nuevo bajo el vestido. Los demás peces, que ya habían perdido interés en sus dedos, empezaron a alejarse. Cuando se fueron y la superficie del agua se calmó de nuevo, Sita vio su reflejo en la superficie. La suave brisa le había enredado el cabello, así que levantó una mano para alisárselo.

Su larga melena negra era su mayor orgullo, tan espesa que podía negarse a ponerse extensiones sin que su madre le discutiera. Seguía el estilo tradicional para las chicas de su edad, con dos trenzas que le caían sobre los hombros y el resto recogido en una anilla dorada, sobre la espalda. Una de sus doncellas le había entretejido en el pelo hilo de oro y cuentas de cornalina, que tintineaban suavemente al entrechocar cuando se movía. Al principio se quejó del ruido que hacían, diciendo que se sentía como uno de los gatos del palacio, que siempre se sabía dónde estaban por el sonido que emitían sus collares de cuentas al caminar. Pero, ahora que veía el reflejo de la luz del sol en su enjoyada melena, tenía que admitir que el efecto era realmente bonito.

Había adquirido conciencia de su belleza cuando era pequeña, más por el modo en que la trataban los demás que por observación directa. Ella no se veía más guapa que cualquiera de las jóvenes doncellas del palacio. Si se aplicaran sus refinados aceites para la piel y se pusieran túnicas de lino y joyas, todas ellas tendrían su mismo atractivo. A veces se había lamentado de sus rasgos duros, de su nariz aguileña, de sus gruesas cejas, de su barbilla fuerte. Pero en los últimos años había cambiado su perspectiva sobre el asunto al darse cuenta de cómo reaccionaban los hombres jóvenes ante su presencia.

El respeto y la deferencia eran los mismos de antes. Pero había algo más. Algo nuevo. Era el mismo modo en que la gata de rayas de palacio miraba a los pajarillos que revoloteaban por el jardín.

Hambre.

Al principio, aquel cambio la había sorprendido. La obligaba a mirar a aquellos hombres —a algunos de los cuales conocía desde que eran niños— con nuevos ojos. Y la obligaba a verse a sí misma también con nuevos ojos. Quizá su llamativo aspecto no fuera en absoluto una desventaja, sino un valor. Una vez que se dio cuenta de ello, enseguida apareció también en ella esa hambre, y no veía la hora de saciarla.

Desgraciadamente, eso no resultaba nada fácil. Sita casi nunca salía del palacio, salvo para eventos oficiales, y no podía tener un encuentro amoroso con ninguno de los hombres que había allí, ni siquiera un jugueteo, sin que aquello tuviera graves consecuencias políticas.

Con ninguno de ellos, salvo con los criados.

Y los guardias.

Uno de los patos del estanque graznó y batió las alas, creando unas ondas que se transmitieron sobre las aguas. Sita contuvo el aliento y se quedó completamente inmóvil, escuchando.

A lo lejos oyó la risita de una mujer.

Sita bajó aún más el cuerpo, pegándose al suelo, con el corazón desbocado.

No era la única que sabía que el jardín ofrecía privacidad a aquella hora del día. Y aunque le gustaba contemplar los peces, ese no era el verdadero motivo por el que iba allí.

Miró por una abertura entre los rosales que bordeaban el estanque, desde donde tenía una vista perfecta del sicomoro que crecía junto al muro del jardín. Aparecieron dos figuras —una doncella y un guardia— que escrutaban el jardín para asegurarse de que estaban solos.

Sita sonrió, oculta entre las flores de loto.

Satisfecha, la doncella se giró de nuevo hacia su compañero y le rodeó el cuello con los brazos.

—Te he echado de menos —dijo.

Era delgada y de cintura fina, pero tenía los brazos y los hombros fuertes de cargar las bandejas de comida y bebida que le servía al rey.

El hombre sonrió, con una mirada voraz en los ojos que Sita reconoció enseguida. Tenía el torso desnudo y llevaba una shenti, una falda blanca plisada que le llegaba justo por encima de la rodilla. Al costado se veía la hoja curva de un khopesh dentro de su funda, y al cuello llevaba un collar con el ojo de Horus.

—¿Qué es lo que has echado de menos? —murmuró, comiéndosela con la mirada.

—Tus caricias —dijo ella con timidez.

—¿Y qué más? —preguntó él, con la boca apoyada en el hueco bajo su garganta.

—Tus labios —respondió ella, con los ojos cerrados y la cabeza girada.

—Siento haberte hecho esperar tanto —dijo él con voz ronca, pasando una mano bajo los pliegues de su vestido, buscando lo que había debajo.

Sita observó con la boca entreabierta, sintiendo un calor delicioso que le invadía el vientre. Entre las ramas del árbol de sicomoro había dos monos de rabo largo que también parecían observar la escena.

—Rápido —dijo la joven—. No tenemos mucho tiempo.

—Como desees —respondió el guardia, apoyándola de espaldas en la áspera corteza del árbol y acercando su cuerpo. Los monos protestaron, pero no parecía que los amantes se dieran cuenta de ello.

Sita se ruborizó. Sabía que debería apartar la mirada, pero no podía. Tenía la vista fija en ellos, hipnotizada por el balanceo de sus caderas, el modo en que él arqueaba la espalda y el hecho de que ella tuviera que taparse la boca para evitar gritar. Se quedó mirando, con el cuerpo echado hacia delante, y se le escapó un leve gemido que se elevó por el aire como una voluta de humo.

Se llevó una mano a la boca. «¡Idiota! —se regañó mentalmente—. ¿Es que no tienes sentido común?». Observó atentamente a la pareja, rezando a los dioses para que no la hubieran oído.

Horrorizada, constató que la doncella y el guardia habían parado.

—¿Has oído algo? —preguntó la muchacha.

Sita se murió de vergüenza pensando en la posibilidad de que la pillaran espiando. Sí, claro, ella era la hija del rey y ellos simples criados, pero sabía cómo funcionaban las cosas en palacio. Esa chica solo tenía que hacerle un comentario a una de sus amigas de la cocina y muy pronto lo sabrían todas las criadas, y luego las concubinas de menor rango y sus comadres, y antes de que se pusiera el sol ya lo sabría su madre. La reina Bintanat no vería con buenos ojos que su hija tuviera una afición tan poco digna.

«Han sido los monos —pensó, lanzando la idea a la brisa con la esperanza de que uno de los amantes se la apropiara—. Solo los monos, nada más».

—Viene alguien —dijo el guardia, alarmado—. Sal por la entrada del jardinero. Me aseguraré de que no te vean.

Sita estaba confundida. Si no la habían oído a ella, ¿qué era lo que habían oído? Vio a la joven darle un beso apresurado en la mejilla al guardia y, luego, desaparecer tras los rosales. Estaba a punto de alejarse sigilosamente ella también cuando oyó pasos en el camino de piedras, seguidos de una voz familiar.

—¡Femi! ¿Tú por aquí? ¿Disfrutando de los placeres del jardín?

El guardia se aclaró la garganta.

—Pues sí, mi reina —respondió.

Sita se quedó lívida.

«¡De todas las personas que hay en palacio… tenía que ser mi madre!», pensó.

Se asomó sobre los rosales y vio a la reina Bintanat, resplandeciente como una amapola con su largo vestido rojo con un cinturón dorado. El vestido tenía dos anchos tirantes que le cubrían los pechos; encima de los tirantes llevaba un amplio collar de lapislázuli y obsidiana en forma de buitre, con las alas abiertas sobre sus anchos hombros. Una delicada redecilla cubría la peluca favorita de su madre, que le había regalado un emisario extranjero muchos años antes. Sita lo recordaba porque era el que había traído las primeras granadas al reino, unas frutas de las que ahora tenían grandes cultivos en Tonis y en los jardines del Templo de Amón. Sita las había probado por primera vez cuando aún era una niña, y todavía consideraba que eran lo más delicioso que había comido en su vida.

El emisario, como tantos otros, había comentado que Sita y su hermano debían de haber heredado el atractivo de su madre. Al verse ahora tenía que darle la razón, aunque esperaba que a ella el tiempo la tratara mejor que a la reina, que había sido una mujer de rostro alargado y cuerpo elegante, pero que últimamente era todo huesos, como si se hubiera marchitado.

Los dos monos escogieron aquel momento para bajar de la rama a la carrera y cruzarse en el camino de la reina, que se sobresaltó ligeramente y torció los labios pintados de ocre, aunque enseguida recobró la compostura. Con un suspiro se quitó una mota de suciedad invisible del vestido y volvió a centrar su atención en Femi. El cabello negro y tieso del guardia, que llevaba tan corto como la mayoría de los guardias del palacio, brillaba por efecto del sudor.

—Estoy buscando a la princesa —le dijo la reina—. Sé que por las tardes le gusta venir aquí. Debería estar preparándose para la fiesta de esta noche, no retozando en la tierra como los monos.

Femi negó con la cabeza.

—Mis disculpas, reina Bintanat, pero no la he visto —respondió, violento, con una pierna cruzada por delante de la otra. Daba la impresión de que estaba deseando que la tierra se lo tragara.

La reina resopló, irritada.

—He buscado por todas partes. Tiene que estar aquí. ¡Sitaaa!

Aquel último grito alcanzó un tono que hizo que los monos huyeran de nuevo a esconderse entre las ramas de su árbol.

Sita intentó pensar a toda prisa, consciente de que debía responder antes de que fuera demasiado tarde para actuar. ¿Qué se suponía que debía hacer? Apenas tenía unos segundos para considerarlo, así que se dio la vuelta, poniéndose boca arriba, agarró con fuerza su amuleto, le dedicó una breve oración a Isis y levantó la espalda del suelo.

Tanto Femi como la reina la vieron enseguida.

—¡Ahí estás! —exclamó la reina, exasperada.

Femi se quedó mirándola, mortificado.

—Princesa Sitamón… —dijo con voz débil, bajando la cabeza como deferencia.

—Ah, hola, madre. Femi —dijo Sita, bostezando ostentosamente y estirando los brazos antes de ponerse en pie—. ¡Qué sueño! Mi tutor hoy me ha hecho recitar pasajes de La historia de Sinuhé, y tanta lectura me ha dejado agotada.

La reina Bintanat puso los ojos en blanco.

—Voy a tener que hablar con ese hombre. No sé por qué insiste en hacerte perder el tiempo con historias tontas cuando deberías centrarte en la política y los impuestos. La hija de un rey debería saber de esas cosas.

«Sin embargo, a mí me encantan esas historias», pensó Sita. Sin duda resultaban más entretenidas que los impuestos. Pero sabía que no le convenía discutir.

—Sí, madre —se limitó a decir.

La reina le hizo un gesto para que se acercara.

—Ahora ven; tus doncellas te están esperando. Pensaba que estarías emocionada con la celebración de la Fiesta de Bastet… y te encuentro ahí, durmiendo, en lugar de estar preparándote.

—¡Y estoy emocionada! —replicó Sita.

—¡Los gatos del palacio están más preparados que tú! —prosiguió su madre, como si ella no hubiera dicho nada—. Agh, y hueles a pescado. Diles a tus doncellas que te pongan un poco de aceite de palisandro en el baño, y en el pelo…

Sita se dispuso a seguir a su madre y a salir del jardín, pero la mirada inquisidora de Femi la hizo detenerse.

—¿Lo hacéis a menudo…? ¿Eso de dormir en el jardín de recreo, princesa? —le preguntó él.

—Oh, sí, constantemente —respondió Sita con picardía—. Y siempre tengo unos sueños de lo más vívido —añadió, echándole una mirada provocadora.

El guardia tragó saliva. Abrió la boca como si quisiera preguntar algo más, pero luego miró hacia la reina Bintanat, que se estaba alejando, y la cerró.

Sita contuvo una sonrisa, encantada de haber sido capaz de revertir la situación de aquel modo. Apenas un momento antes estaba aterrada por cómo podía afectar aquello a su reputación, pero ahora era el pobre Femi el que se preocupaba por la suya. Era la ocasión perfecta para convencerlo de que estaba de su lado, que sus secretos estaban seguros con ella, que podía confiar en ella…

—¿Vas a asistir a la Fiesta de Bastet esta noche? —le preguntó, esforzándose mucho por fingir naturalidad.

—Sí —respondió Femi—. Todos los guardias estaremos allí para velar por la seguridad de los participantes.

—Entonces debiste de asistir a la fiesta anterior —dijo Sita, echando una mirada a su madre, que se había detenido a hablar con una de las concubinas, que parecía estar asediándola a preguntas—. Y a las dos anteriores a esa, desde que te incorporaste a la guardia, hace cuatro estaciones.

Aquello último lo dijo sin pensar, y lo lamentó inmediatamente. «¿Por qué ibas a saber cuánto tiempo hace que está aquí? ¡Va a parecer que llevas la cuenta!».

Femi sonrió, como si supiera que ahora tenía la sartén por el mango.

—Vaya, pues sí, así es —dijo—. Qué detalle que os acordéis.

Sita se humedeció los labios. ¿Por qué estaba actuando como una tonta con aquel hombre? Él no era nada, un simple criado. Un arma de defensa. Podría tenerlo si lo quisiera. Solo tenía que pedirlo…

«Pero tú no lo quieres así. Quieres que venga a ti. Quieres jugar tus bazas, como hacen todos».

—¿Y cómo fue? —le preguntó.

—¿La Fiesta de Bastet?

—Sí.

Femi esbozó una sonrisa y meneó la cabeza. Luego la observó con aquellos ojos verdes y grandes.

—Como un sueño del que no quieres despertarte.

Sita parpadeó y sintió el calor en las mejillas.

¿Era él el que estaba ganando la partida o ella? Sita no lo tenía claro… y tampoco le importaba.

—¡Sitaaa! —la llamó su madre.

—Debo… debo irme —balbució ella.

—Desde luego, mi princesa —dijo Femi, bajando la cabeza.

—Quizá… —añadió ella, avanzando hacia la reina, pero sin dejar de mirar a Femi—. ¿Te veré allí?

—Quizá sí —respondió él.

El guardia aún tenía la cabeza gacha, así que no podía verle la cara, pero, por su tono, Sita habría jurado que estaba sonriendo.

Salió del recinto del jardín sin prestar mucha atención a su madre, que repasaba una lista más de preparativos. Volvía a sentir aquellas mariposas en el estómago. Había oído suficientes cuchicheos de las criadas para saber que Femi era uno de sus favoritos. El guardia tenía encuentros ocasionales con varias de ellas, pero era lo bastante honorable como para guardarse los detalles para sí.

Tras oír aquellos comentarios había empezado a prestarle más atención, y se fijaba en él cuando lo veía de guardia o riendo con otros guardias. Un día, cuando salía de su dormitorio para encontrarse con su tutor, lo vio mirándola con aquel gesto de hambre que ya había visto antes.

Así era como había empezado el juego.

Después de aquello, no tardó mucho en descubrir su costumbre de llevar chicas al jardín de recreo por las tardes. Además de la doncella que acababa de ver, Sita había visto a otras dos chicas disfrutando de la compañía de Femi: sorprendentemente, las jóvenes parecían ser conscientes de la situación y no les molestaba. Quizá ellas también tuvieran varios compañeros de aventuras. Era un tipo de libertad que una princesa nunca podría tener, y Sita las envidiaba por ello. Ella también quería beber de la copa de Femi, pero había pasado casi una estación y no había conseguido reunir el valor para dar el siguiente paso.

Hasta ese día.

Soltó una risita y, antes de sumergirse en la fresca oscuridad del palacio, le echó una última mirada. Pero Femi ya se había ido. El jardín estaba vacío, teñido de amarillo por el sol. Los dos monos, ya solos, se dedicaban a perseguirse por las losas de piedra mientras, sobre sus cabezas, un halcón trazaba círculos en un cielo azul sin nubes.

—Esta noche no te despistes —dijo la reina Bintanat mientras llevaba a Sita a través del salón principal del palacio, en dirección a los aposentos de las mujeres. Los rayos de sol se colaban por las altas ventanas cuadradas, iluminando las ricas pinturas de las paredes, las columnas y las palmeras de hoja ancha plantadas en el centro del pabellón. A su alrededor, criadas y nobles se ocupaban de sus asuntos y asentían educadamente al cruzarse.

Uno de los gatos del palacio pasó frente a ellas, una gata de franjas negras que le recordó a la que había tenido cuando era niña. Pero no podía ser la misma: de eso hacía mucho tiempo. La gata llevaba un collar con piedras y parecía estar bien alimentada. Al igual que el resto de los gatos, probablemente habría recibido un trato especial por ser el día de Bastet.

—A la fiesta asistirá gente de toda Khetara —prosiguió la reina—. Y no todos comparten nuestros valores. Te llevarían al mar y te harían volver muerta de sed si se lo permitieras…, por mucho que seas una princesa.

—Ajá —dijo Sita, evasiva.

La reina tenía muchas habilidades, y la más destacada era la de ser capaz de convertir cualquier cosa en algo pesado y aburrido.

—Le he encargado a Meri que te eche un ojo —dijo la reina Bintanat—. Él ya asistió el año pasado, así que, si estáis juntos, no debería pasarte nada.

Sita refunfuñó entre dientes. Aún estaba molesta porque a su hermano mellizo le hubieran permitido asistir a la fiesta del año anterior y a ella no, a pesar de que tenían exactamente la misma edad. Pero no le sorprendía, al tratarse de un chico y del preferido de su madre.

Meri, el guapo.

Meri, el brillante.

Meri, el futuro rey.

Aun así, no iba a permitir que la estrecha vigilancia de su hermano le impidiera pasárselo bien.

—¿Y qué hay de Kenna? —preguntó Sita.

La reina suspiró.

—Bakenamón desea pasar la noche en el templo, solo con sus papiros.

—¿De verdad? —dijo Sita, sin poder ocultar una nota de decepción en la voz.

Su otro hermano siempre había sido estudioso e introvertido, pero aun así le habría gustado que pudiera disfrutar de la fiesta con ella. Últimamente parecía que lo único que le interesaba era estudiar con los sacerdotes sem.

—He intentado convencerlo, pero dice que está «ocupado». ¡Demasiado ocupado para vivir, parece! —La reina cogió aire entre los dientes—. Dice que es un «hombre de Anubis». ¡Hay familias más aptas para esa… posición! —exclamó, con una mueca de hastío—. Nunca entenderé por qué lo tolera tu padre.

Sita apartó la mirada. Sentía pena por Kenna. Al ser la única hija, ella recibía una parte de las atenciones de la reina, aunque Meri se llevara la mayor parte. Pero su hermano menor, más callado, nunca había sido objeto de la devoción de su madre. No era de extrañar que prefiriera pasar el tiempo entre las sombras del templo.

Justo en aquel momento el barullo del pabellón principal pareció calmarse. La reina Bintanat paró en seco y Sita estuvo a punto de chocar con ella.

—Bueno —dijo la reina—. Es hablar del gato, y te cae encima de un salto. Ahí está tu padre.

Sita miró por encima del hombro de su madre y vio cómo se acercaba el palanquín del rey. Era uno de los palanquines de diario de su padre —cargado por cuatro criados, en lugar de los doce a los que recurría los días de fiesta—, pero no dejaba de ser un trono digno de un faraón, recubierto de oro, con las imágenes de un desfile de suplicantes arrodillándose ante Amón grabadas en los laterales, y los reposabrazos en forma de sendas cabezas de cobra. El rey Amenmose iba sentado en su trono, con el cuerpo hacia delante y la cabeza apoyada en un puño. Llevaba una shenti plisada verde y sandalias doradas, y una piel de leopardo colgada de uno de los hombros. Sita observó que la piel del leopardo estaba manchada y que las ropas del rey, que otras veces llevaba ajustadas al cuerpo robusto y bien alimentado, le quedaban ahora algo sueltas. Sobre el tocado verde y dorado a rayas que le caía a los lados de la cabeza lucía una sencilla diadema de oro con una cabeza de serpiente engarzada de piedras preciosas. Sus prendas de vivos colores contrastaban claramente con el tono cetrino de la piel de su rostro, que no mejoraba pese a la pintura verde de ojos y las oscuras líneas de kohl.

Parecía un hombre vacío por dentro, como una piel sin serpiente.

El cambio se había producido gradualmente, y al principio Sita no lo había notado. Nadie se había dado cuenta. Pero enseguida se hizo cada vez más visible, no solo a sus ojos, sino a los de cualquiera. Su padre —que la estación anterior se mostraba apuesto, sociable e impertinente, como siempre— no estaba bien.

A pesar de sus intentos por mantener la enfermedad en secreto, los rumores se habían extendido por los pasillos del palacio, volviéndose cada vez más numerosos y estentóreos. Era imposible ignorar sus repetidas ausencias durante las comidas y las reuniones sociales, sus frecuentes visitas a los médicos sacerdotes o la creciente cantidad de amuletos de curación que llevaba colgados del cuello.

Esa misma mañana, Sita había oído a sus criadas hablando en voz baja mientras barrían el suelo de su dormitorio: «He oído que el faraón ha caído en las garras de un demonio —había dicho una de las chicas—. Que los sacerdotes lo han probado todo y que aun así cada vez está peor».

Sita no solía hacer caso de los comentarios. No había nada que les gustara más a las criadas que cotillear, aunque una blasfemia como esa les habría podido costar unos latigazos si la hubiera oído alguien más. Sita, por su parte, no veía motivo para informar de ello. Al fin y al cabo, quería decir que las criadas estaban preocupadas, nada más.

Quizá ella también debiera preocuparse, pero por otra parte no tenía motivos para dudar del poder de los sacerdotes. Eran los mejores del mundo. Además, era ridículo pensar que su padre, el rey dios de Khetara, pudiera permitir que algo tan insignificante como una enfermedad —fuera demoniaca o no— lo alejara del trono.

Así que Sita intentó no hacer caso de su aspecto, igual que intentaba no hacer caso del modo en que la trataba, porque eso era lo que se suponía que tenía que hacer una buena hija.

La reina Bintanat se acercó a su marido.

—¿No tenías que reunirte con los visires para hablar del impuesto sobre el grano? —dijo, bajando la voz lo suficiente como para que no los oyeran.

El rey Amenmose se quitó de encima con un gesto el abanico en forma de medialuna con que le estaba dando aire un criado y la miró sin demasiado interés.

—Saludos a ti también, mi querida esposa. De hecho, ahora vengo de esa reunión. Ha sido muy breve. «Mi rey, no hay suficiente grano», me han dicho los visires. Y yo, en mi gran sabiduría, les he respondido: «Pues plantad más».

Se quedó mirando a una doncella que pasaba y le guiñó un ojo.

Sita vio que la reina Bintanat tensaba la mandíbula.

—Bueno, imi-ib —dijo la reina, endulzando la voz. Era un término cariñoso que solía usar su madre cuando estaba furiosa—. No seré yo quien contradiga tus decisiones, pero he oído que la situación en la Baja Khetara está volviéndose cada vez más complicada. Y las cosas aquí, en el norte, no están mucho mejor. Mis mensajeros me cuentan que en los mercados de Per-Amón y Menef están pasando dificultades, y que Bubas les sigue los pasos. Deberías haber visto las escasas provisiones que he recibido en la última entrega procedente de río arriba. Reses en los huesos, verduras y hortalizas mustias, y apenas una docena de vasijas de ocre y botellas de aceites.

El rey alzó una ceja.

—¿Me estás diciendo que unas cuantas lechugas mustias son causa de alarma? Querida mía, siento que los manjares y el maquillaje que has encargado no sean de tu gusto, pero no voy a iniciar una guerra por ello.

La reina cerró los ojos, como si tuviera que hacer acopio de fuerzas para seguir adelante.

—No estoy sugiriendo que inicies una guerra, mi rey —dijo con una paciencia exagerada—. Lo que me temo es que estas cosas sean síntoma de un problema más grande, un problema que podría crecer aún más si no lo afrontamos. Solo sugiero que quizá convenga dedicarle algo más de atención. Al fin y al cabo, sin la palabra del faraón, los visires no son más que piernas sin una cabeza que los dirija.

—O quizá… —respondió el rey, imitando el tono dulzón de la reina Bintanat— tus oídos deberían escoger con más cuidado las voces que escuchan. Los visires se asustan hasta de su propia sombra. La Baja Khetara está controlada. Lo ha estado siempre, desde el inicio de mi reinado, y así seguirá hasta el final —añadió, con un tono que no admitía réplica.

Entonces suavizó el gesto y sonrió.

—¿De verdad, Binta, es de esto de lo que te preocupas precisamente la noche de Bastet? ¡Hoy es un día para la adoración! ¡Para la celebración! —Le dio un golpecito con el codo a uno de los porteadores—. ¡Y para levantar las faldas a las mujeres! ¿No es cierto, Tabu?

El porteador esbozó una sonrisa incómoda.

—Sí, mi faraón.

—¿Lo ves? —dijo el rey Amenmose, convencido, dándole una palmada en la espalda a aquel hombre—. Hasta Tabu sabe lo que es realmente importante en la vida. Y desde luego no son los visires y su maldito impuesto sobre el grano.

La reina Bintanat cerró los ojos y apretó los labios, formando una fina línea.

—Como digas, mi rey.

El faraón posó la mirada en Sita.

—Apuesto a que estarás deseando que llegue el día en que puedas ir a la fiesta. ¿No es así, Sitamón?

Sita parpadeó, confusa.

—Voy a asistir a la fiesta esta noche, padre —dijo—. Será mi primera vez.

El rey se quedó mirándola con cara de sorpresa, como si fuera la primera vez.

—¡No! —exclamó, asombrado—. ¿Es posible que haya pasado ya tanto tiempo?

Podía parecer que en sus palabras había algo de nostalgia, pero su tono reflejaba más bien cierto miedo. Sita tuvo la sensación de que su padre no estaba pensando realmente en cómo había crecido, sino en lo rápida que estaba pasando su propia vida.

El rey nunca había prestado mucha atención a sus hijos. Normalmente estaba muy ocupado disfrutando de los placeres de la vida: comida, bebida, deportes, mujeres… La reina Bintanat era la gran esposa real, era cierto, pero en el palacio había muchas otras concubinas, y sus relaciones con todas ellas habían sido fuente de numerosos problemas. Estaba claro que disfrutaba de la compañía de las mujeres, pero ocuparse de sus quejas era una tarea que consideraba que era mejor dejar a otras personas. Así que, aunque Sita tenía el honor de ser la mujer soltera más importante del palacio —la mujer con la sangre real más pura—, raramente conseguía atraer el interés de su padre.

—Sí, mis hermanos y yo hemos cumplido diecisiete años durante el Peret —dijo Sita, y luego añadió—: Espero que esta noche pueda honrar a la diosa y ganarme su favor.

Al menos podía presentarse en público como una buena hija, aunque fueran los placeres de la vida lo que le rondaba por la mente, en particular los que había descubierto en el jardín.

El rey la miró y se enterneció al pensar en el pasado.

—Ah, sí —dijo—. Recuerdo muy bien la noche en que nacisteis los tres. «Y la tormenta convirtió la tierra seca en un mar, y los sacerdotes y la enfermera atravesaron el terreno inundado a pie, y cuando llegaron al palacio se encontraron con la feliz noticia de que no era un niño, sino tres, traídos al reino por mano de los dioses».

Sita sonrió al oír aquellas palabras que tan bien conocía, las de la historia de su nacimiento. Desde que era niña, Nebet le había contado la historia de aquella noche, cuando cayó sobre Khetara una tormenta como nunca antes, ni después, se había visto. Habían venido al mundo al inicio del reinado de su padre, y la historia había acabado convirtiéndose casi en una leyenda, puesto que muchos estaban convencidos de que las tres bailarinas que habían ayudado a la reina en el parto eran diosas encarnadas. Todo el reino adoraba a los trillizos y estaban encantados con su nacimiento en apariencia divino, que a su vez contribuyó considerablemente a potenciar la credibilidad de su padre, algo que necesitaba el faraón. El rey anterior, el Gran Semataui, había unido las Dos Tierras y había muerto en batalla, convirtiéndose en un héroe sin descendencia. El padre de Sita era el visir jefe de Semataui, y, aunque era lógico que ocupara el trono, no tenía sangre real. Para convertirse en sucesor de una leyenda, Amenmose necesitaba su propia leyenda. Y los trillizos se la habían proporcionado.

El rey Amenmose meneó la cabeza y chasqueó la lengua.

—A veces me pregunto en qué medida es recuerdo y en qué medida es la historia que nos contamos nosotros mismos. Quizá no importe. Si repetimos una cosa lo suficiente, con el tiempo se convierte en verdad. —Se quedó pensando un momento—. Me recuerda algo que sucedió hace muchos años, justo después de vuestro nacimiento. Un sacerdote del desierto me pidió audiencia. No dejaba de hablar de un oráculo antiguo e insistía en que estaba relacionado con vuestro nacimiento. Ninguno de los sacerdotes de Amón había oído hablar de él ni de su familia; sería un farsante cualquiera buscando el modo de acceder al poder. Lo echamos de la corte, por supuesto. Pero no dejó de despotricar sobre muerte y destrucción hasta que lo sacaron por las puertas del palacio. Se creía de verdad esas tonterías.

El rey se inclinó hacia delante desde el palanquín, agarró a Sita del hombro y tiró de ella. El olor de su aliento hizo que la princesa arrugara la nariz. Olía a vino y a algo más. Le recordó la ocasión en que una de las concubinas había muerto en sus aposentos de noche. La habían descubierto la mañana siguiente rígida y fría, y emitía un olor acre. Olor a podrido.

—Esas son las personas más peligrosas que hay, Sitamón. Recuérdalo. La gente que cree con tanta fuerza que no puede razonar. —Se quitó uno de sus amuletos del cuello y se lo puso en la palma de la mano—. Ten, toma esto —dijo—. Tú lo necesitas más que yo.

Sita se quedó mirando el objeto de malaquita tallada que tenía en la mano. Era un escarabeo, no muy diferente a los miles que había visto llevar a tanta gente durante toda su vida. ¿Por qué se lo daba ahora?

—¿Sabes lo que significa el escarabeo, hija?

Sita pensó en lo que había aprendido de su tutor, que se había pasado años enseñándole a leer y escribir las palabras de los dioses sobre la historia de Khetara, sus relatos y sus divinidades.

Memorizar los nombres de los reyes y las fechas de sus coronaciones la aburría sobremanera, pero lo demás le gustaba, aunque su madre pensara que era mejor ocupar la mente en otras tareas.

—Es un símbolo de transformación y renacimiento —dijo ella—. El escarabajo pelotero hace girar su bola de estiércol y pone los huevos dentro, igual que Khepri empuja el sol hasta hacerlo salir por el horizonte cada mañana, trayéndonos una nueva vida cada día.

El rey movió un poco la cabeza, como si solo estuviera parcialmente satisfecho con la respuesta.

—Sí, sí, eso es cierto. Pero lo que quiero que recuerdes del escarabajo es esto: cuando estés de mierda hasta arriba, debes buscar algo inesperado en tu interior. Solo así encontrarás la respuesta. —Entornó los ojos—. ¿Me entiendes, Sitamón?

Sita notó que arqueaba las cejas.

—Hum…

El gesto solemne de su padre se convirtió de pronto en una sonrisa divertida. Se rio hasta que le entró la tos, volvió a sentarse bien en el trono y le dio un trago a la copa de vino que tenía a un lado.

—¿Te ha gustado eso, Tabu? «De mierda hasta arriba». El faraón es un hombre de mil talentos, ¿no es cierto?

—Un talento inconmensurable, mi rey —reconoció Tabu.

La reina Bintanat frunció el ceño al ver la poca luz del sol que entraba ya por las ventanas y dio unos golpecitos con el pie en el suelo.

—Estoy segura de que Sitamón agradece tus regalos y tu sabiduría, imi-ib —dijo—, pero tiene que vestirse para la fiesta.

Ajeno a sus palabras, el rey estiró el cuello al ver a una niña correteando por el salón y a una joven tras ella.

—¿Es Maet? —preguntó él—. ¿Eres tú, mi ciruelita?

La niña soltó un pequeño grito de alegría y se fue corriendo al palanquín. Con el movimiento, la coleta que llevaba a un lado de la cabeza rebotaba. Uno de los porteadores cogió a la pequeña y se la puso al rey sobre el regazo. Maet era la hija de una de sus concubinas, y el rey sentía devoción por ella.

Sita intentó no ponerse celosa. Al fin y al cabo, Maet solo tenía seis años.

Maet agarró el rostro del rey entre sus manitas y se quedó mirándolo muy seria.

—Tienes la cara rara, yati —dijo.

El rey sacó la lengua y bizqueó, y Maet se rio.

—Venga, chiquitina —dijo—. Vamos a ver si encontramos algo delicioso para comer, ¿te parece? —Se giró hacia Sita—. Disfruta de la fiesta esta noche, Sitamón —añadió, y luego echó una mirada a su esposa—. Binta —dijo, a modo de saludo, y les indicó a sus criados con un gesto que siguieran adelante.

Sita se quedó mirando el palanquín, que seguía avanzando por el salón, algo preocupada por las divagaciones de su padre. «Está enfermo y probablemente borracho», pensó. ¿Qué tipo de medicinas le estarían dando los sacerdotes? ¿Serían la causa de que hablara tan raro?

—Venga, vamos —dijo la reina Bintanat, tirando de ella—. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

—¿Sita? ¡Sitamón!

Sita levantó la cabeza de golpe, haciendo rebosar el agua de la bañera, aromatizada con flores.

—¿Qué?

Su doncella, de mediana edad, estaba sentada al borde del agua, con una sonrisa indulgente en el rostro.

—Si has acabado, deberías salir. El agua se está enfriando.

—Oh. Sí. Lo siento, Nebet.

Sita se puso en pie, con la piel cobriza brillante por efecto del aceite de oliva.

—Ten cuidado. —Nebet le tendió la mano para que saliera de la bañera, atenta a que Sita no se resbalara al pisar las baldosas.

Aquella mano era fuerte, un contacto aún más familiar que el de su propia madre. Nebet llevaba al lado de Sita desde su nacimiento: la había amamantado, la había cuidado y la había arropado por las noches. Su cabello, antes oscuro, se había vuelto gris, y, por mucho que Sita le dijera que debía teñírselo de castaño otra vez con bayas de enebro, Nebet siempre se negaba. Dedicaba mucho tiempo a cuidar el aspecto de Sita, pero no el suyo propio. Cada vez que Sita sacaba el tema, Nebet solía decir que ella se había «ganado» sus canas y que nadie se las iba a arrebatar.

Nebet recogió una suave tela de lino del taburete donde antes estaba sentada y la usó para secarle el pelo a Sita.

—¿Estabas pensando en esta noche?

—Pues sí —dijo ella, aunque no podía contarle a Nebet lo que estaba pensando realmente porque se avergonzaría. Tenía que ver con Femi y con actividades similares a las que había presenciado en el jardín de recreo.

Después de llamar a las otras criadas para que limpiaran el baño y prepararan el vestuario de Sita, Nebet la hizo sentarse frente a un espejo de latón colgado de una de las paredes de sus aposentos. A través del reflejo, Sita vio como Nebet le trenzaba el pelo húmedo, rematando cada fina trenza con un fino cilindro de oro.

—Deberías disfrutar de la fiesta —dijo al cabo de un rato Nebet, pensativa—. Pero no olvides cuál es el verdadero objetivo, porque la fiesta no es solo una ocasión para el placer.

Sita se ruborizó al oír la palabra «placer», como si de algún modo Nebet hubiera podido ver las imágenes de Femi que flotaban en su mente.

—Pero Bastet es la diosa del placer —replicó, recordando la imagen de la esbelta mujer con cabeza de gato que había visto en papiros y paredes del palacio—. Cuanto mayor sea la celebración, más la honramos, ¿no es así?

—Lo es —confirmó Nebet—. Ella ve nuestra música, nuestros bailes y nuestras celebraciones como un testimonio de vida, y nos premia con su protección. Pero ¿no te ha enseñado tu tutor el otro nombre de Bastet?

Sita frunció el ceño. Nebet era una mujer muy devota. Las historias que le había contado siempre antes de ir a dormir hablaban de los dioses y de sus aventuras, y nunca se olvidaba de hacer sus ofrendas diarias. Así pues, a Sita no le sorprendió la pregunta, pero se avergonzó un poco de no conocer la respuesta.

—Supongo que no —confesó.

Nebet aspiró aire entre los dientes.

—Con esa imagen de criatura inofensiva insultamos a Bastet. ¡Imagínate, una gata sin zarpas! No puedes iluminar un lado de una cosa sin cubrir de sombras el otro.

La repentina pasión que adoptó la voz de la mujer pilló por sorpresa a Sita. Nebet siempre se mostraba de lo más dulce y comedida.

—¿Qué quieres decir? ¿Cuál es el otro nombre de Bastet?

Nebet dejó las trenzas por un momento y levantó la vista, buscando los ojos de Sita en el espejo.

—Es la dama de la muerte. Defensora de los inocentes, vengadora de los agraviados.

Sita tragó saliva.

—Es ella la que protege el hogar de los espíritus malignos —prosiguió Nebet, cepillándole el pelo a Sita con una fuerza quizá algo excesiva—. Espíritus como el que ha hecho enfermar a tu padre. Harías bien, pequeña, en rezar a la diosa mientras bailas y bebes esta noche, para que lo libere de ese demonio, antes… antes…

—¿Antes de qué?

Nebet se quedó en silencio un rato. Estaba pálida.

—Te pido disculpas, princesa —dijo, apoyando una mano en el hombro de Sita—. No sé lo que me ha dado. Últimamente tengo esta terrible sensación…, este miedo. Pero no es excusa. Me he sobrepasado. Si quieres despedirme, lo entenderé.

—No, no. No pasa nada —respondió enseguida Sita, apoyando una mano sobre la de Nebet. No le gustaba el tono sumiso que había adoptado su doncella—. Solo intentas ayudar. De todos modos, yo nunca te despediría, por ningún motivo. Te prometo que haré todo lo que pueda por honrar a la diosa, por el bien de padre.

—Y por el tuyo —añadió Nebet en voz baja—. Es por ti por quien más me preocupo.

Justo entonces regresaron las otras criadas.

—Vuestro vestido, princesa Sitamón —dijo una de ellas.

Sita se puso en pie, desnuda salvo por los amuletos del nudo de Isis y del escarabeo, mientras las jóvenes le ponían una túnica de delicada gasa por encima de la cabeza. La tela era tan fina que se transparentaba la silueta de su cuerpo desnudo. Por encima le pusieron un vestido hecho con una elaborada malla de cuentas que le llegaba hasta los tobillos. Estaba confeccionado con miles de cuentas de cerámica —rojas, azules y negras— que formaban un diseño de rombos. Luego le pusieron en torno al cuello un ancho collar, también de cuentas, con un escarabeo dorado, además de un brazalete dorado en cada muñeca. Mientras una de las muchachas le colgaba dos aros dorados de las orejas, la otra le pintó los ojos con kohl y los labios y las mejillas con ocre rojo.

Nebet se mantuvo apartada con los brazos cruzados ante el pecho, observando toda aquella actividad e interviniendo únicamente para alisar algún pliegue del vestido o ajustar el plisado.

—¿Estás segura de que es esto lo que quieres llevar esta noche, Sitamón? —preguntó—. Es precioso, pero un poco…

—Ya tengo diecisiete años, Nebet —replicó Sita, levantando la barbilla—. Me vestiré como la mujer que soy.

—Como desees —respondió Nebet.

Estaba aplicándole unas gotas de aceite de pétalos de rosa en las sienes y el hueco de la garganta cuando una sombra procedente del pasillo atravesó el suelo como si fuera el filo de un cuchillo.

Sita se giró y vio a un hombre apoyado en el marco de la puerta, con la luz del sol poniente a la espalda. Llevaba una shenti blanca hasta las rodillas y un colgante decorativo, atado al cinturón, que le oscilaba entre las piernas. El colgante, de elaborada artesanía, estaba hecho con las mismas cuentas de obsidiana y cascarón de huevo de avestruz que componían su collar, que lucía sobre una camisa holgada que le dejaba a la vista el torso. Tenía el cabello negro y denso, como el de Sita, y le caía sobre los hombros en una cascada de ondas brillantes. La observaba con unos ojos no muy diferentes a los que acababa de ver en el espejo un momento antes. Unos ojos encendidos de mirada juguetona, tal como habían sido siempre desde que ambos eran bebés.

—Saludos, hermana —dijo Meriamón con una voz dulce como la miel—. ¿Estás lista?

Sita se puso en pie, y sus trenzas doradas tintinearon como campanillas. Sus doncellas se apartaron, agachando la cabeza. Sita se giró hacia Nebet una última vez, y la mujer le devolvió la mirada esbozando una sonrisa que no se reflejaba en sus ojos.

—La diosa nos espera —dijo el príncipe.

Sita sonrió, y la emoción se impuso al enojo que le causaba el tener que ir acompañada de un guardián y a la preocupación que le había quedado dentro tras aquel extraño encuentro con su padre. ¿Estaba lista para lanzarse a la noche y descubrir las maravillas tan desatadas como deliciosas que prometía la fiesta? ¿Estaba lista para beber del cáliz de la vida, mojándose los labios, sintiendo cómo le bajaba por la garganta y se extendía como un incendio bajo su piel? ¿Estaba lista para dejarse llevar? ¿Para olvidar sus modales, abandonarse a los brazos de un amante, gritar al cielo, bailar hasta el amanecer?

—¡Sí! —exclamó.

—Muy bien, pues… —dijo Meri, al tiempo que le ofrecía el brazo.

Sita se puso sus sandalias doradas y salió por la puerta.