Capítulo 1

1

La estación de Karasuma de la línea Hanshin-Dentetsu es subterránea.

«¿Sigo en metro o mejor salgo a la calle?», se preguntó Sakyo Kataoka momentos antes de optar por la salida.

Sakyo era bailarín y sus movimientos eran ágiles. Subió las escaleras saltando los peldaños de dos en dos.

Salió por la boca número cinco y descubrió que se encontraba en el cruce del templo Karasuma-Bukkoji. El cielo estaba cubierto de nubes de un color plomizo, como si estuviera a punto de nevar.

Se levantó el cuello del abrigo para protegerse del viento frío y le preguntó a un hombre trajeado que esperaba el semáforo verde ante un paso de cebra:

—Disculpe, ¿sabe dónde está la calle Shomen-dori?

—¿Shomen-dori? ¿La que está cerca del templo Higashi Hongan-ji?

—Sí, sí.

—Pues te recomiendo que cojas el metro hasta la estación de Kioto y luego vayas por el paso subterráneo has­ta la calle Shichijo.

—Es que acabo de bajarme en la estación de Karasuma. Me gustaría ir andando.

—¿En serio? Te advierto que vas a tener que caminar bastante, ¿eh? Y, la verdad, no parece que estés muy en forma —le espetó mirándolo de arriba abajo.

—Sé que no lo parece, pero le aseguro que estoy en forma. Estoy más musculado que delgado. Puedo caminar largas distancias sin problema —repuso Sakyo, y luego se puso en cuclillas y se levantó varias veces para mostrarle a aquel hombre la fuerza de sus piernas.

—Bueno, si tú lo dices... Lo cierto es que, con el frío que hace, quizá no sea mala idea ir caminando para entrar un poco en calor —dijo, y después añadió señalando con el dedo la calle Karasuma-dori—: Mira, sigues todo recto por aquí en dirección al sur hasta que cruces la ca­lle Gojo-dori; a partir de ahí, continúas recto, cuentas cuatro semáforos y estarás en la Shomen-dori. No tiene pérdida, porque justo enfrente verás el templo Ohiga­shi-­san.

—¿El templo Ohigashi-san?

—¡El Higashi Hongan-ji, hombre!

—Ah, sí, sí. Muchísimas gracias —dijo Sakyo.

Pese a la confusión, Sakyo se sentía extrañamente emocionado por haber escuchado a aquel señor, que sin duda era un hombre de negocios, hablar con los giros y el acento propios de Kioto.

Siguiendo sus indicaciones, siguió en línea recta por la calle Karasuma-dori hasta llegar a la esquina de Gojo-­dori. Ahí, mientras esperaba el semáforo, se puso de puntillas y empezó a tararear una melodía. Una anciana que pasó a su lado lo miró con recelo. En el ambiente flotaba un olor delicioso que llegaba de una hamburguesería cercana. Tragó saliva y le rugió la tripa porque tenía hambre, pero se aguantó las ganas de entrar.

Tal como le había dicho el hombre, el cuarto semáforo estaba en la calle Shomen-dori. Torció a la izquierda dejando a mano derecha el templo que los kiotenses llaman Ohigashi-san.

Unos pasos más allá, se detuvo frente a una construcción de dos plantas.

«¿Será aquí?»

Se trataba de un edificio antiguo y vulgar, con la fachada enlucida con mortero. No tenía ninguna gracia y, además, nada indicaba que albergara un establecimiento abierto al público: no tenía rótulo, ni la tradicional cortina noren. Sin embargo, delante se percibía el aroma típico de los restaurantes.

Todo era tal como se lo habían descrito.

Deslizó ligeramente la puerta corredera y se asomó dentro del local.

—Buenos días.

—Muy buenas —lo saludó una chica. Llevaba puesto un delantal negro de sumiller y sonreía—. Bienvenido a la taberna Kamogawa.

—¿Se puede?

—Claro, adelante.

—¿Es usted Koishi Kamogawa?

Koishi lo miró extrañada.

—Sí, soy yo, ¿por qué?

—Me dijeron que era usted increíble, pero se quedaron cortos —dijo Sakyo mientras se quitaba el chaquetón rojo.

—Déjese de cumplidos —repuso Koishi. Se había puesto colorada.

—Perdone. No he llamado para reservar, pero ¿podría comer algo? —preguntó él sujetándose la barriga.

Entonces apareció un hombre con chaqueta blanca de cocinero. Era Nagare Kamogawa. Se lo quedó mirando y le dijo:

—Si le parece bien el omakase, la selección de lo mejor que tengo en la cocina, se lo traigo enseguida.

—Me parece perfecto. Adelante, por favor —repuso Sakyo.

—¿Hay algo que no le guste o que no pueda comer?

—No, como de todo, sin problema.

—De acuerdo. Deme unos minutos —pidió Nagare, y se fue a la cocina.

Sakyo se sentó en una silla de tubo y se puso a escribir algo en su móvil mientras Koishi limpiaba cuidadosamente la mesa.

—¿Ha venido aquí buscando algún plato? —le preguntó ella de pronto.

Él levantó la cara.

—¿Cómo dice?

—Me imagino que ha venido porque vio nuestro anuncio de «investigaciones gastronómicas».

—Sí, sí. La señora Daidoji, de la revista Ryori-Shunju, me dio la dirección —contestó él, y le mostró la pantalla de su móvil.

Koishi acercó la cara a la pantalla y exclamó sorprendida:

—¡¿Es usted actor?!

En la pequeña pantalla se veía a Sakyo vestido con una licra roja de cuerpo entero, sonriendo feliz al lado de Akane Daidoji.

—Soy bailarín, para ser exactos.

—¿De danza contemporánea o algo así?

—Cuando me sacaron esta foto, estaba en un espectáculo de danza contemporánea, pero soy un bailarín polivalente y participo en proyectos muy diversos: obras de época, de terror... Me atrevo con casi cualquier cosa que implique expresión corporal.

En ese momento regresó Nagare con una bandeja plateada llena de comida.

—Disculpe la espera —dijo.

Sakyo se estremeció de emoción al observar los platos que Nagare iba colocando en la mesa.

—¡Pero esto es un festín! —exclamó con el cuerpo tembloroso.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó Koishi sorprendida, poniéndole la mano en el hombro.

—No se preocupe, Koishi —dijo él sin quitar ojo a los platos—: suelo tener estos temblores cuando me emociono, ¡y cómo no lo voy a hacer con todo esto!

—Déjeme explicarle un poco lo que le he traído —propuso Nagare.

—Por favor —respondió Sakyo enderezándose en el asiento.

—Como ya estamos en invierno y hace frío, le he preparado un menú con varios platos calientes. En este platillo de cerámica Awaji-yaki —empezó a decir señalando con el dedo—, tiene pez limón asado con lías de sake sake-kasu; a mí me gusta tomarlo con un poco de pimienta shichimi negra. En el cuenco de cerámica Karatsu que está al lado hay una tortilla de pollo parecida a la tortilla de pollo con cebolla y caldo dashi que suele ponerse encima del arroz en el típico oyakodon; le recomiendo que le agregue una pizca de pimienta sansho en polvo. Esto es rábano asado: póngale un poco de soja negra fermentada y salada tochi-miso. En la escudilla de cerámica Shigaraki-yaki tiene rollos de lomo de pato con puerro; la mostaza karashi líquida es perfecta para darles un toque picante. A su lado hay caballa en vinagre y un marinado de algas mozuku de la península de Noto, también conocidas como «kinu-mozuku». En este plato de cerámica Imari-yaki tiene tortuga china cocida con salsa de soja y, por último, en este plato de cerámica Oribe-yaki hay un guiso de langosta japonesa al miso blanco. Eso es todo. En un momento le traigo el arroz.

Sakyo había ido mirando los platos y asintiendo con la cabeza. Cuando Nagare terminó sus explicaciones, lanzó un suspiro.

—Usted es el señor Nagare, ¿verdad? —preguntó, y luego continuó sin esperar respuesta—. Desde luego, se tiene bien ganada la fama. Yo venía con unas expectativas muy altas por todo lo que Daidoji me había contado, pero le aseguro que aun así me ha sorprendido.

—Entonces ¿tiene relación con Akane?

—Sí, nos conocimos hará unos tres años en un evento al que asistí como invitado, y que combinaba gastronomía y danza. Desde entonces, no hemos dejado de tener contacto profesional y personal. Muchas veces me invita a cenar con otros amigos —aseguró sin dejar de mirar la comida con atención y tamborileando rítmicamente en la mesa con los dedos.

—¿Y qué desea tomar? —interrumpió Koishi.

—No tendrán vino, ¿o sí?

—No tenemos una gran bodega, pero le puedo ofrecer algunos vinos japoneses —repuso Nagare.

—En ese caso, me gustaría tomar un vino blanco, ligeramente frío.

—Claro que sí. Ahora vuelvo.

Nagare se colocó la bandeja de plata bajo el brazo y volvió a la cocina.

—¿Le gusta mucho el vino? —quiso saber Koishi.

—Bueno... más bien es que no me gustan otras bebidas alcohólicas: no me va el sake, ni el aguardiente de arroz shochu, ni tampoco la cerveza: por eso tomo vino.

—Vaya... a eso se le llama «elegancia natural». Con ra­zón es usted bailarín.

Nagare reapareció enseguida con una botella de vino en la mano.

Sakyo se fijó en la etiqueta y asintió con la cabeza.

—No sabía que hubiera viñedos en Kioto. Me encantará probarlo.

—Este vino se llama Toyosaka y se produce en Amanohashidate con las uvas de la variedad Seibel 9110, autóctona de Kioto, y un poco de la alemana Bacchus. Me parece muy agradable su aroma a cítricos.

Abrió la botella y acercó el corcho a la nariz a Sakyo.

—¡Mmm, qué aroma tan agradable!

—Si le apetece, puede tomarse la botella entera. Creo que está a la temperatura perfecta, así que se la dejo sin cubitera.

Nagare puso una copa al lado de la botella y regresó a la cocina. Koishi se fue detrás de él.

La sala quedó en silencio. Sakyo carraspeó y se sirvió más vino. El contraste entre la delicada escena que él mismo protagonizaba y lo destartalado del local le hizo sonreír.

Dio un trago y dejó la copa en la mesa.

—Es delicioso —musitó.

Enseguida centró su atención en la langosta japonesa. Era más bien pequeña, pero muy carnosa. Cuando Nagare le había dicho que llevaba miso blanco, se había imaginado que tendría un gusto dulzón, pero, quizá por el efecto aromático del cítrico yuzu, el sabor era sorprendentemente fresco. No estaba hervida, sino sólo algo marinada con el miso, de modo que la carne se veía casi transparente, sobre todo en el centro.

No necesitó probar nada más para saber que Nagare era un cocinero fuera de serie. Le dio la impresión de que ninguno de los platos que había probado en los famosos restaurantes tradicionales ryotei de Gion iba a estar a la altura de los de esa humilde taberna.

Siempre le había parecido que como mejor quedaba el pez limón era preparado con salsa teriyaki, pero, la verdad, con sake-kasu su sabor adquiría complejidad y profundidad. En todo caso, era evidente que el señor Kamogawa no usaba un sake-kasu cualquiera, comprado en un supermercado, porque éste tenía un aroma intenso que impregnaba todo el pescado.

Siguió con el lomo de pato, pero se le fue la mano con la mostaza karashi y el picante le aguijoneó la nariz. Tomó un buen trago de vino.

Nagare reapareció cuando había probado más o menos la mitad de los platos.

—¿Qué tal? ¿Le está gustando? —preguntó.

—¿Que si me gusta? ¡Esto es una auténtica maravilla! Fíjese que hasta me están entrando ganas de empezar a bailar, de lo rico que está todo.

—Me alegro. Ya le tengo preparado el arroz, así que avíseme cuando quiera que se lo traiga.

—Muchas gracias. Si me permite, voy a tomar un poquito más de vino antes de pedirle que traiga el arroz —respondió Sakyo alzando la copa.

Dio otro trago de vino, le puso un poco de soja negra tochi-miso al rábano asado y se lo llevó a la boca. Tras otro trago de vino, espolvoreó generosamente la tortilla de po­llo con pimienta sansho y la probó. Estaba riquísima. Vol­vió a llenarse la copa.

Cada vez bebía más rápido. A esas alturas, la botella ya estaba casi vacía.

Cerró los ojos y rememoró su actuación en el escenario tres días atrás.

Había concluido la velada con la sensación de haber ejecutado a la perfección todos los movimientos, pero la reacción del público había sido bastante fría. Le hubiera gustado poder echarle la culpa a alguien más, pero había sido una actuación en solitario, y la coreografía y la producción eran impecables. La verdad, esperaba que le aplaudieran de pie, de modo que oír unos aplausos tímidos le rompió el corazón.

Nagare llegó con dos pequeñas ollas de barro y las dejó encima de la mesa.

—Como todavía tiene que hablarnos del plato que quiere que le ayudemos a buscar, le he traído el arroz, no sea que se haga tarde.

—Lo siento. Está todo tan delicioso que no he podido evitar...

—Hoy he preparado un arroz con cangrejo —continuó Nagare sin esperar a que terminara de hablar—. Lleva mantequilla, de modo que es algo así como un pilaf.

Sirvió el arroz, que había cocido en una olla de barro de cerámica Shigaraki, y lo puso delante de Sakyo.

—¡Es verdad, huele mucho a mantequilla! Parece un plato occidental —dijo Sakyo acercando la nariz al cuenco.

Nagare levantó la tapa de otra olla de barro. Contenía una sopa.

—Por eso mismo he pensado que, en vez de traerle una sopa de miso, sería mejor una sopita de verduras.

—Es una minestrone, ¿verdad?

—Más o menos. Yo creo que, en términos occidentales, sería más apropiado describirla como un doble caldo, porque está hecha con un caldo concentrado de huesos de ternera al que se agrega otro a base de alga kombu y sardinas secas niboshi. En Japón podríamos usarla para preparar un ramen, pero yo se la he traído con distintas verduras en juliana y un poco de beicon. Le dejo las dos ollas, sírvase todo lo que quiera.

—Tiene una pinta deliciosa —opinó Sakyo. Cogió el cuenco de sopa y se lo llevó a los labios.

—Lo acompañaré a la oficina cuando haya terminado de comer. Le dejo también el té —dijo Nagare. Puso una taza grande de té en la mesa y se marchó a la cocina.

Sakyo levantó el cuenco de arroz y comió un buen bocado. Tenía sus dudas de que el pilaf le gustara después de probar varios platos de cocina japonesa, pero se disiparon enseguida. La clave era la sopa, que tenía un aroma fuerte, pero un sabor que no podía describirse con una palabra tan simplona. Quizá «especiado» hubiera sido mejor, pero, además de rimbombante, esa palabra no hacía justicia a un sabor profundo y complejo como aquél. De todas maneras, era cualquier cosa menos una simple «sopita de verduras», y combinaba perfectamente con el pilaf.

Fue alternando el arroz y la sopa hasta que vació los cuencos, y luego, tras unos instantes de duda, volvió a rellenarlos.

Aunque siempre decía que su cocina favorita era la francesa, después de aquel festín ya no lo tenía tan claro. Ya no recordaba cuándo se había sentido tan plenamente satisfecho después de comer. Juntó las manos a la altura de la boca y luego cogió la taza de té.

—¿Está listo? —le preguntó Nagare saliendo de la cocina.

—Sí, he terminado. Muchísimas gracias. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de una comida —dijo levantándose un poco de la silla e inclinando la cabeza.

—Espero que no se haya sentido atosigado. No he tenido la intención de meterle prisa.

—No, para nada. La culpa es mía: me lo he tomado con demasiada calma.

Sakyo se levantó de la silla enjugándose con un pañuelo las gotas de sudor que le rezumaban en la frente.

Nagare llamó a la puerta de la oficina que estaba al fondo del largo y estrecho pasillo.

—Pase —respondió Koishi.

—Lo dejo con mi hija —le dijo Nagare a Sakyo. Después, se dio la vuelta y enfiló el pasillo hacia el comedor.

Sakyo entró en la habitación y se sentó en medio del amplio sofá frente a Koishi.

—Disculpe la espera —dijo.

—Nada, nada. No se preocupe. ¿A que mi padre cocina muy bien?

—¡Sí! Estaba todo delicioso. Hacía mucho que no disfrutaba tanto comiendo.

Koishi, que estaba sentada en otro sofá frente a él, sonrió y puso una carpeta encima de la mesa baja que había entre los dos.

—¿Puedo pedirle que cumplimente este formulario, por favor?

—Por supuesto, ningún problema.

Sakyo cogió la carpeta y se puso a escribir sin titubeos. Cuando terminó, se la tendió a Koishi.

—Qué curioso —comentó ella sonriendo—. Los bailarines como usted parece como si estuvieran bailando hasta cuando escriben.

—Yo creo que la danza es algo que llevo muy dentro. ¡Suelo bailar hasta cuando me lavo los dientes!

—¿Y Sakyo Kataoka es su nombre real?

—Sí.

—Pues parece un nombre artístico.

—También tiene algo de eso.

—¿Qué quiere decir? —inquirió Koishi inclinándose hacia delante.

—Se lo he puesto en el formulario: vengo de una familia dedicada al noh, el drama musical de mayor tradición japonesa. Mi padre, Seisetsu, es la octava generación de actores y, de haber seguido sus pasos, yo habría sido la novena.

—Caramba. ¿Y no se sintió obligado a continuar la saga?

—En cierto sentido sí, pero...

Sonrió incómodo y ladeó la cabeza.

—Bueno —dijo Koishi—, al fin y al cabo, el noh y la danza sólo son distintas formas de bailar. En el fondo son muy parecidos, ¿no?

—No, para nada; no tienen nada que ver —repuso Sakyo tajante.

Koishi se sintió un poco intimidada.

—¿En qué se diferencian... tanto?

—Son dos artes completamente distintos: más que bailar, en el noh se «evoluciona». Quiero decir que los movimientos son más bien planos, mientras que en la danza son tridimensionales.

—No sé si lo entiendo del todo —dijo Koishi frunciendo el ceño—. Pero bueno, dejemos eso por el momento y hablemos de lo que lo ha traído hasta aquí. ¿Qué plato está buscando?

—Un kake-soba.

—¿Un kake-soba? ¿No se trata de algo parecido al su-soba?

—¿En Kioto lo llaman así? Yo me refiero a esos fideos soba servidos en un cuenco grande con caldo caliente, sin ningún añadido.

—Sí, son ésos: unos fideos en caldo, simplemente. Me imagino que son iguales en cualquier sitio.

—Eso mismo pensaba yo, pero cuando recuerdo el sabor del kake-soba al que me refiero... digamos que tenía algo muy especial.

—¿Y dónde lo comió? —preguntó Koishi cogiendo el bolígrafo.

—Fue hace unos tres años, en el Wakamiya, un restaurante tradicional ryotei de Kagurazaka.

Koishi anotó la información, pero luego se detuvo, dejó suspendida en el aire la mano con la que escribía y levantó la cara.

—No sabía que servían soba en los ryotei de Tokio.

—Imagino que no lo harán habitualmente. Creo que aquélla fue una ocasión especial.

—¿Podría explicarme esto último con más detalle? —pidió Koishi.

—Mire, hace tiempo ya decidí no continuar la tradición familiar y ganarme la vida como bailarín, pero mi padre, Seisetsu, sigue intentando convencerme de que vuelva a casa y continúe con la saga. Suele ir a verme a la sala de ensayo y alguna vez incluso se ha presentado en mi camerino poco antes de una actuación para hablar conmigo. Yo no pienso hacerlo, sin embargo él no deja de insistir...

—Supongo que alguien que ni siquiera conoce la diferencia entre el noh y la danza como yo no debería opinar, pero ¿no cree que lo mejor sería que volviera a casa y le diera una alegría a su padre? La verdad, me da pena.

—Pensará que soy un soberbio y un engreído, pero no me gustaría malgastar mi vida tratando de continuar una tradición, por muy antigua y venerable que sea. Si de lo que se trata es de interpretar las obras de Zeami sin aportar nada personal, ¿por qué debería ser yo, y no otro, quien lo haga? En la danza, lo que hago en el escenario es de mi propia creación —afirmó convencido—, y ¿quién puede asegurar que ninguna de mis coreografías llegará a considerarse jamás como danza tradicional japonesa? A lo que voy es a que mi objetivo es llegar a ser como Zeami.

—Pues a mí todo eso me suena muy raro —musitó Koishi lanzando un suspiro.

—La cosa es que —continuó Sakyo—, cuando mi padre va a verme, además de insistir en que regrese a casa y me dedique al noh, apenas me dice nada más. Sin embargo, esa noche, extrañamente, me invitó a cenar. Yo acababa de terminar un espectáculo que él había visto sentado en una butaca de la segunda planta y...

—Y lo llevó al Wakamiya —dijo Koishi escribiendo al mismo tiempo en el cuaderno.

—Sí. Era un ryotei de postín, un lugar donde un pobre bailarín como yo no pintaba nada. Si hubiese sido un actor de noh, pues todavía, pero... en fin, que por más que insistí en que fuésemos a un bar o a una taberna cualquiera, no conseguí disuadirlo.

—¿Y no sería que quería que fuera una velada especial?

—Seguramente era eso, pero, la verdad, todo fue un poco raro aquella noche: no nos llevaron el vino que podría esperarse en un ryotei como aquél, y lo que nos sirvieron parecía más un conjunto de platos sencillos para acompañar la bebida que comida propia de un establecimiento de lujo. Para colmo, tampoco me dio la impresión de que mi padre tuviera nada especial que contarme. Estuvimos charlando de cosas triviales.

—Dicen que un padre y un hijo no suelen sentirse muy cómodos charlando cara a cara.

—No lo sé... En mi caso, la relación con mi padre ha sido siempre la de un maestro con su discípulo. De hecho, siempre lo he tratado de usted.

—¿Le trata de usted a su padre? ¡Uf, qué raro!

—Crecí pensando que era lo normal, así que no me resulta incómodo.

—Y fue en ese ryotei donde le sirvieron el kake-soba, ¿no es cierto?

—Sí. Mi padre y yo bebemos bastante, así que, según recuerdo, aquella noche nos habíamos tomado ya dos botellas de vino, una de tinto y una de blanco, y él, que no suele hacer comentarios sobre mis actuaciones, me estaba poniendo de vuelta y media.

—Imagino que no entenderé nada, pero tengo curiosidad. ¿Qué le decía?

—Pues yo tampoco entendí mucho: decía que mi baile «se veía demasiado». De hecho, me lo repitió varias ve­ces en tono de reprimenda. Pero ¡cómo no se me iba a ver, si era un espectáculo en solitario! —exclamó Sakyo sonriendo amargamente.

—Que «se veía demasiado», ¿eh? Desde luego, los artistas del noh tienen una sensibilidad muy especial. La mía no llega a tanto. —Koishi se solidarizó.

—Después de un rato sermoneándome —continuó Sakyo—, debió de darse cuenta de que no lo iba a entender por mucho que insistiera y, en vez de seguir hablándome, llamó a la dueña del establecimiento para decirle algo al oído. Y poco después nos trajeron el kake-soba.

—¿Y dice que era muy distinto a un kake-soba corriente?

—Cuando me lo pusieron delante me quedé con la boca abierta. Hasta ese momento sólo nos habían servido platos que pueden encontrarse en cualquier tasca tradicional izakaya y, para rematar, nos llevan un kake-soba. ¡Imagínese! Pensé que nos estaban tomando el pelo.

—Sin embargo, la cosa cambió al probarlo, ¿no?

—Bueno, en realidad no me pareció que fuera nada del otro mundo. Fue al salir del restaurante cuando empecé a pensar que era un plato verdaderamente excepcional.

—Cuénteme cómo recuerda aquel sabor.

—Pues tengo que confesarle que me resulta muy difícil hacerlo. Soy incapaz de describirlo con precisión, y mire que lo he intentado. Es que no se me ocurre nada con qué compararlo y explicar que sabía así o asá. Sólo puedo decir que era un sabor muy... muy fino, del todo nuevo para mí. Los fideos no estaban hechos a mano, sino que eran deshidratados, pero el caldo... ¡Madre mía! Aunque ya le he dicho que no me lo pareció sino más tarde.

—Oiga, ¿y el Wakamiya sigue existiendo?

—No, ya no.

—¡Claro! Si existiera todavía, habría ido allí y listo. ¡Qué tonta!

—De hecho, volví a Kagurazaka sólo para ir al Wakamiya y probar de nuevo aquel kake-soba, pero ya había cerrado —explicó Sakyo apenado.

—¿Y su padre no sabrá qué tenía de especial?

—Es que no me gusta depender de mi padre para ningún asunto, por pequeño que sea.

—Me lo imaginaba. En fin, cuénteme cualquier cosa que recuerde.

Sakyo contestó con otra pregunta:

—¿Ha probado alguna vez un kake-soba en Tokio?

—No, nunca —respondió Koishi.

—Mire. El kake-soba de Tokio no tiene un caldo tan suave como el de los soba de Kioto: aquél es mucho más intenso, con un sabor muy fuerte a salsa de soja. Yo lo conozco bien, y me gusta mucho, por eso puedo asegurarle que el kake-soba que comí con mi padre era diferente. Los fideos flotaban en un caldo transparente cuyo sabor me atrevería a calificar de noble o distinguido, muy distinto también del de los fideos udon de Kioto. Era un sabor sin duda misterioso.

—¿Y con qué estaría hecho aquel caldo? Me están entrando unas ganas locas de probarlo.

—Desde entonces he pedido kake-soba en un montón de establecimientos, pero nunca me han dado alguno que se pareciera.

—Necesitamos una pista, un detalle que nos permita orientar la búsqueda. Trate de comparar el sabor, aunque sea con algo más o menos parecido.

—A mí me encanta comer, así que, desde la primera vez que me acordé de aquel sabor, he estado intentando encontrarle semejanzas, pero no he dado con nada realmente parecido. Si tuviera que forzarme a decir algo, diría que estaba más en la órbita del típico ramen con caldo claro y salado shio-ramen que de un kake-soba. Además, después de probarlo sentí que me calentaba el cuerpo desde dentro, como cuando uno toma un buen ramen.

—Un shio-ramen, ¿eh? Mi padre suele decir que, cuanto más sencillo sea el plato, más difícil de reproducir.

—Pues mire, ahora que lo pienso... —musitó Sakyo mirando al vacío.

—Cuénteme —lo animó Koishi volviéndose a inclinar hacia delante.

—La sopa de hace un rato... pero no, es imposible. —Sonrió—. Porque esa especie de minestrone y el kake-soba no tienen nada que ver, ¿verdad?

Koishi terminó de escribir y se encogió de hombros.

—Es usted quien tiene que decírmelo —repuso—. Ya estamos terminando, pero déjeme preguntarle una cosa: ¿por qué quiere encontrar ese kake-soba justo ahora?

—Es una buena pregunta. Yo tampoco lo sé muy bien. Ya le he dicho que recordaba ese sabor, pero desde hace poco diría que me muero de ganas de volver a probarlo.

—¿No será que, de modo inconsciente, está pensando en su padre y en la tradición familiar?

—No, eso es imposible. Como ya le he dicho, hace tiempo que escogí la danza, en vez del noh. Sólo que...

—¿Sólo que...?

—Sólo que cada vez soy más consciente del valor de esa clase de teatro tradicional japonés. —Un brillo apareció en sus ojos—. Y quizá, siendo sincero, he empezado a encontrarle cosas en común con la danza.

—¡Pues claro! ¡Si yo misma acabo de decírselo! —señaló Koishi riendo.

—No, no se confunda: sigo pensando que el noh y la danza son dos artes completamente diferentes. Es sólo que he descubierto ciertos parentescos, nada más.

—Es usted un hombre tozudo —murmuró Koishi torciendo un poco el gesto.

—Por cierto, ¿no le gustaría ir a verme bailar?

—Cuando demos con ese kake-soba, le aseguro que iré a verlo —repuso Koishi cerrando el cuaderno.

—Confío en ustedes —le dijo Sakyo mientras hacía una reverencia.

—Es un encargo difícil, pero confiemos en que mi pa­dre sepa resolverlo.

Koishi se levantó y se puso el cuaderno bajo el brazo.

Cuando volvieron al comedor, Nagare se levantó de la silla para recibirlos.

—¿Has tomado buena nota de todo?

—Sí. Todo lo que me ha dicho está aquí —repuso Koishi señalando el cuaderno—; pero este encargo es de los difíciles, ¿eh, papá?

—Espero no hacerle trabajar más de la cuenta —se disculpó Sakyo haciendo una reverencia.

—No, por favor, no se preocupe. Me gustan los retos —contestó Nagare forzando una sonrisa.

Koishi miró a su padre de reojo.

—No te pases haciéndote el valiente, papá. No sea que después te arrepientas.

—¿Me dicen cuánto les debo? —preguntó Sakyo sacando la cartera del bolsillo.

—No se preocupe: ya se lo cobraremos junto con el trabajo de investigación la próxima vez que nos veamos.

—De acuerdo. ¿Cuándo quiere que vuelva?

—Pongamos que dentro de unos quince días. De todas formas, le avisaremos por teléfono.

—Mejor, porque tengo varias actuaciones en las pró­ximas semanas, no sea que no pueda venir.

Sakyo hizo una última reverencia y abrió la puerta corredera para salir. Entonces, un gato atigrado se acercó a sus pies.

—¿Es suyo? —le preguntó a Koishi, que se había asomado a la puerta, mientras acariciaba al animalito.

—Digamos que sí —repuso ella mirando de soslayo a Nagare—, aunque mi padre no lo deja entrar en la taberna porque dice que no debe haber animales allí donde se da de comer a la gente.

—Pues claro —remachó Nagare.

—¿Cómo se llama?

—Hirune —respondió Koishi.

—Hirune, guapetón, nos vemos el próximo día —dijo Sakyo, y se despidió con un gesto de la mano del gatito y de sus dueños.

—¿De veras es un encargo tan difícil? —le preguntó Nagare a Koishi en cuanto volvieron a entrar en el local.

—Puede que sea el encargo más difícil al que te hayas enfrentado nunca.

—¿Qué plato está buscando?

—Un kake-soba.

—¿Un kake-soba? O sea, algo parecido al su-soba, ¿no? El soba más básico de todos: unos fideos en caldo sin mayores añadidos...

—Exacto.

—Entonces sí que puede ser difícil.

—¿Lo ves? Encima, lo comió en un ryotei de Kagurazaka que ya no existe, no te lo pierdas.

—¿En serio? Menudo lío en el que nos hemos metido —dijo Nagare torciendo el gesto como si hubiera masticado algo amargo.