La música es una constante en mi vida y ha sido una ...

La música es una constante en mi vida y ha sido una fuente de inspiración para esta historia, así que aquí os dejo la playlist.

Si es perfecto no es amor

Hannah

«Speak Now» (Taylor’s version) — Taylor Swift

«Mamma Mia» — Lily James, Jessica Kennan Wynn, Alexa Davies

«Mine» (Taylor’s version) — Taylor Swift

«That’s So True» — Gracie Abrams

«I Love You, I’m Sorry» — Gracie Abrams

«Speak Now» — Minnz Piano

«Long Live» — Minnz Piano

«Mamma Mia» — Meryl Streep

«Rain On Your Parade» — Duffy

«You Are in Love» (Taylor’s version) — Taylor Swift

«Welcome To New York» (Taylor’s version) — Taylor Swift

Logan

«He Is A Pirate» — Klaus Badelt

«Are You Gonna Be My girl?» — Jet

«Perfect Day» — The Constellations

«Check It Out» — Oh The Larcerny

«One Day» — Imagine Dragons

«Bones» — Imagine Dragons

«My Life» — Imagine Dragons

«Perfect Girl» — The Stereotypes

«Hakuna Matata» — Marc Pociello

«Legend» — The Score

«Bring That Fire» — WAR*HALL

«Oxford Comma» — Vampire Weekend

Los dos

«Gimme! Gimme! Gimme! (A Man after Midnight)» — Amanda Seyfried, Ashley Liley, Rachel McDowall

«Perfect» — Ed Sheeran

«Boogeyman» — Dead Posey

«Don’t Stop The Devil» — Dead Posey

«El principio de algo» — La La Love You

«Cobra Canon in D Major» (feat. Bernth) — Leo Birenberg, Zach Robinson

«Neutron Star Collision (Love is forever)» — Muse

«Mamma Mia» (piano instrumental) — Playa Piano

«Lay All Your Love On Me» — Dominic Cooper, Amanda Seyfried

«Gimme! Gimme! Gimme!» (piano instrumental) — Playa Piano

«Cruel Summer» (piano instrumental) — Playa Piano «Total Eclipse of The Heart» — Sleeping at Last

Otras canciones que aparecen en el libro:

«Everybody» — Backstreet Boys

«Dance the Night» — Dua Lipa

«Summer Nights» — John Travolta, Olivia Newton John

«Defying Gravity» — Wicked

«El tango de Roxanne» — Moulin Rouge!

«New York, New York» — Frank Sinatra

Prólogo

Logan

Esta es la historia de cómo me partieron la cara y me hicieron trizas el corazón.

No os asustéis por el ojo morado, ni por la botella de whisky o las pintas de náufrago al que acaban de dejar. En realidad, esta es una historia de amor con momentos graciosos, románticos y surrealistas en la que varias cosas salen del revés.

La historia no es solo mía. También es de Hannah.

Hannah es una romántica empedernida. De pequeña jugaba a las bodas en el recreo. En casa, se probaba el vestido de novia de su madre e imaginaba cómo sería su gran día cuando fuese mayor.

Su amor por las bodas empezó con las películas de dibujos animados. Creció viendo a princesas como Ariel, Odette y Tiana culminando sus aventuras vestidas de blanco y celebrando su amor con un gran festejo. Gracias a esas películas, una idea echó raíces en su cabeza: el amor verdadero tiene que ser perfecto.

En la adolescencia cambió a los príncipes azules por los protagonistas de las comedias románticas. En esas películas los tíos, para declararse, lo mismo suben a lo alto del Empire State que te persiguen por el puente de Brooklyn en moto y paran el taxi en el que te estás largando de la ciudad o te organizan un puñetero flash mob en Grand Central. Gracias a esas historias, Hannah decidió que, algún día, se mudaría a Nueva York.

Ahora está cumpliendo su sueño: es organizadora de bodas y vive en Manhattan. Suele pasear por Central Park con la esperanza de chocarse con un tío honesto, romántico, organizado y responsable. Cree que se enamorarán mientras recogen sus pertenencias del suelo. Le gustaría verlo dando de comer a las ardillas del parque o leyendo las placas de los bancos, como hace ella. Todo mientras suena «Lay All Your Love On Me», de Mamma Mia, su película favorita.

Por desgracia, la vida en Nueva York no es un musical. Si te chocas con alguien, lo más probable es que te insulte; si intentas dar de comer a las ardillas, es posible que tengas que salir corriendo cuando las palomas se te echen encima. Y, si no, puede que una rata te arruine el pícnic romántico robándote la comida. La banda sonora no corre a cargo de los cantantes de Broadway. El coro está formado por las sirenas, los cláxones y los gritos de los conductores impacientes. Encontrar el amor en esta ciudad no es tan fácil y bonito como te venden en las películas.

¿Y qué pinto yo en todo esto?

Bueno, soy el tío que se ha pillado por ella.

El problema es que estoy bastante lejos de ser el príncipe azul que busca. Hannah cree que soy un sinvergüenza, un capullo y un mentiroso al que todo le importa una mierda. Así que… bási­camente estoy jodido. ¿Cómo coño voy a demostrarle que soy perfecto para ella?

Marzo

Da mala suerte ver a la novia

antes de la ceremonia

1

Hannah

Salí del hotel con una sonrisa de oreja a oreja. Acababa de terminar el ensayo de la ceremonia. Después de meses organizando una boda al milímetro, el día siguiente sería mágico, único e inolvidable para los novios que me habían contratado. Estaba emocionada y algo nerviosa. Aquel enlace era el primero de la temporada alta y esperaba que todo fuese perfecto.

En la calle me recibió la brisa invernal de mediados de marzo y el bullicio característico de la Quinta Avenida. El ruido de las conversaciones de los transeúntes se entremezclaba con el del tráfico. A lo lejos se oía la sirena de un camión de bomberos. El cielo comenzaba a teñirse de tonos naranjas y rosados. La luz dorada del atardecer bañaba los rascacielos imponentes de Nueva York. El olor a comida callejera inundaba el ambiente.

Sorteé la marabunta de turistas que fotografiaban el Empire State y me dirigí hacia la furgoneta que había alquilado para transportar las decoraciones.

Respiré hondo, preparándome mentalmente para el reto. Conducir en Manhattan era un infierno. Las luces de los semáforos y las señales de tráfico eran orientativas, los conductores eran tan agresivos como los cocodrilos, los peatones cruzaban sin mirar y los ciclistas y motoristas se creían los dueños de la calzada.

Giré la cabeza a la derecha cuando oí el rugido vibrante de un motor. Una moto apareció serpenteando entre el tráfico, cortándole el paso a un taxi amarillo. El conductor de este le tocó el claxon, bajó la ventanilla y le llamó «gilipollas». El motorista aparcó en perpendicular detrás de mi furgoneta de alquiler. Se detuvo cuando la rueda trasera rozó la acera. Apagó el motor y mis oídos obtuvieron un descanso.

El hombre llevaba una cazadora negra de cuero, vaqueros y guantes. El casco negro me impedía verle la cara. Bajó de la moto con la desenvoltura de alguien que lo ha hecho cientos de veces. Aprovechando que estaba de espaldas a mí, le miré sin disimulo. Se quitó el casco y se pasó una mano por el pelo despacio, tal como hacían los tíos buenos en las películas. Abrió el baúl para guardarlo. Atiné a verle el rostro de refilón. Era guapísimo.

Llegué a la furgoneta cuando él se deshacía de la chaqueta. Escalé hasta el asiento del conductor y me quité el abrigo. Arranqué y encendí la música. En aquel momento sonaba la banda sonora de Mamma Mia. Quité el freno de mano y me aventuré a echar un vistazo fugaz por encima del hombro. El tío bueno se había subido a la acera. Pisé el acelerador para incorporarme al tráfico. En lugar de avanzar hacia delante, la furgoneta retrocedió. Oí un golpe en la parte trasera seguido de un gran estruendo.

Di un respingo en el asiento y frené en seco. El corazón se me subió a la garganta.

—¡Eh, eh! —Una voz masculina acompañada de tres golpes fuertes a la furgoneta llegó a mis oídos amortiguada desde el exterior—. ¡Ten más cuidado! ¿No ves que acabas de tirarme la moto, joder?

Desvié la vista al retrovisor central y me encontré con la cara de pocos amigos del motorista.

Con el corazón latiéndome a mil por hora, metí primera y avancé unos centímetros para apartarme. Eché el freno de mano y apagué el motor. En un segundo el hombre se plantó al lado de mi ventanilla y llamó con los nudillos. Bajé el cristal y giré la cabeza para enfrentarlo.

—¿Para qué coño quieres los retroviso…? —Cuando nuestros ojos se encontraron se detuvo a mitad de la frase.

Ladeó la cabeza y me estudió con interés.

Parpadeé desconcertada. Era más guapo de lo que había imaginado. Tenía las cejas oscuras y los ojos castaños. Había sido bendecido con una nariz recta y los labios carnosos. Llevaba la mata de pelo oscuro alborotada, y una barba de varios días ensombrecía una mandíbula definida. Diría que rondaba los treinta.

—Hola. —El hombre cambió a un tono más amigable para saludarme—. ¿Qué tal?

No me pasó desapercibido el brillo burlón de sus ojos.

—Bien —respondí escueta—. ¿Y tú?

—Yo genial. Gracias. ¿Sabes qué es esto? —Señaló con la mano el retrovisor de mi puerta.

Como estaba segura de que me estaba vacilando, asentí para contestar a su pregunta.

—Entonces supongo que sabes que los espejos se utilizan por seguridad —continuó—. Para evitar tirar la moto de otro al suelo y esas cosas…

Tenía una de esas voces graves y roncas que se describían en los libros románticos.

El tipo apoyó la mano izquierda en el hueco de la ventanilla. No había ningún anillo alrededor de su dedo anular. Recorrí con la vista su brazo hasta su cara. Lucía un jersey gris que remarcaba la anchura de sus hombros.

Al ver que no contestaba, alzó las cejas y me observó interrogante.

—Perdona —me disculpé atropellada—. Es la primera vez que conduzco una furgoneta tan grande. No he calculado bien el espacio.

Cogí el móvil y apagué la música. Después, abrí la puerta y él se apartó para dejarme bajar. Planté los pies en la acera y eché la cabeza ligeramente hacia atrás para mirarlo a la cara. Mi uno sesenta y seis se quedaba corto al lado de lo que parecía ser un metro ochenta y cinco.

Sus ojos oscuros se deslizaron por mi vestido negro hasta mis zapatos planos, deteniéndose en la curva de mis caderas. Por alguna razón, se me calentaron las mejillas. De pronto, me sudaban las palmas.

Carraspeé y avancé hasta la parte trasera de la furgoneta. Su moto estaba tirada en el suelo. Era negra y gris. El diseño parecía vintage, con el asiento de cuero negro y el faro redondo. Me recordó a la que llevaba el protagonista de Cómo perder a un chico en diez días.

El hombre se agachó para levantarla.

Desvié la vista hasta la furgoneta.

—¡Mierda! —Me llevé la mano a la frente al ver el maletero—. ¡He raspado la pintura!

—¿Te preocupas por eso? —Lo oí decir a mi espalda—. Si apenas se nota. Mira cómo has dejado mi moto…

Al voltearme me topé con la abolladura que le había hecho en el lateral, justo al lado de donde podía leerse: «Triumph».

—Lo siento. —Volví a disculparme—. ¿Quieres que demos parte al seguro?

—Me muero de hambre. ¿Por qué no hablamos lo del seguro mientras me invitas a cenar?

Las comisuras de su boca se curvaron despacio, dibujando una sonrisa sexy que dejaba claras sus intenciones.

Ese hombre no era para nada mi tipo.

A mí me gustaban rubios. Bien peinados. De ojos azules. A poder ser trajeados. Educados. Románticos. Seguros de sí mismos, pero sin llegar a creer que son la reencarnación de Dios en la Tierra. Aunque era innegable que el moreno que tenía delante desprendía atractivo sexual por los cuatro costados. Había algo magnético en su rostro anguloso que hacía que fuese imposible dejar de observarlo. Su mirada era astuta e intensa. Su sonrisa torcida auguraba diversión. Parecía poseer la confianza típica de guaperas inalcanzable al que todo le sale bien. Tenía una cara de capullo que no podía con ella.

—¿Siempre le echas tanto morro a todo? —le pregunté.

Él abrió la boca, fingiendo estar ofendido.

Sonreí al ver su expresión.

—No —aseguró—. Simplemente estoy aprovechando este golpe de suerte —terminó, señalando la furgoneta.

En ese instante, sonó mi teléfono. Se me escapó un gritito al ver que me estaban llamando desde la oficina de Melanie Stevens.

La señora Stevens era la organizadora de bodas más solicitada de Nueva York. Con más de treinta años de experiencia, conseguía que cada boda fuese una obra maestra. Estaba considerada una de las mejores organizadoras de bodas del mundo en medios prestigiosos como la revista People Weddings y el periódico The New York Times. En el mundillo se la conocía como «la Atrapasueños». Todos querían que les organizase la boda, tal era así que su tiempo medio de espera era de dos años. Su círculo de clientes era muy selecto, incluía personalidades de la alta sociedad neoyorquina y algunas de las estrellas del país.

Ella no seguía las tendencias, las creaba.

La admiraba profundamente. Era un referente y una fuente de inspiración. Soñaba con ser como ella en el futuro.

Había tenido el privilegio de ser su asistente durante tres años. Hacía tan solo uno que había dejado de trabajar para ella y me había animado a emprender El Sí Perfecto, mi negocio en solitario. Creía que toda relación perfecta debía culminar con una boda que estuviese a la altura, y de ahí venía el nombre.

—Hola, Hannah —me respondió una voz alegre cuando descolgué—. Soy Rose. La señora Stevens quiere saber si podrías acercarte por la oficina a las siete y media.

—¡Hola, Rose! —respondí emocionada—. ¿Dentro de veinte minutos? —Me tapé la oreja libre para oírla mejor.

—Sí. ¿Te va bien?

Noté los ojos del desconocido fijos en mi rostro.

Cuando una persona como Melanie Stevens te llama, tú acudes sin dudar.

—¡Claro que sí! —aseguré sonriente a la par que retrocedía hasta la puerta del conductor—. ¡Sin problema! ¡Ya mismo salgo para allí!

—Perfecto. Aquí te esperamos.

Al colgar, me monté en la furgoneta. Eché un vistazo por encima del hombro y me dirigí al desconocido:

—Siento otra vez lo de la moto. Me tengo que ir corriendo.

—¡Eh, espera! —gritó él—. ¡Ni siquiera me has dicho cómo te llamas!

—¡Nos vemos! —le contesté por encima del hombro antes de cerrar la puerta y arrancar.

Quince minutos más tarde aparqué en el Upper East Side. Abrí el bolso y saqué el neceser. Bajé el espejo que tenía encima del asiento del conductor y me retoqué el maquillaje. Después, cambié los zapatos planos por unos de tacón.

Saludé a Rose con una sonrisa al pasar por delante de su mesa. Ella descolgó el teléfono y avisó la señora Stevens de que había llegado. Llamé a la puerta de doble hoja y me alisé el vestido. En cuanto me invitó a pasar, empujé la madera. Al entrar en su despacho amplio me invadió la nostalgia. Había pasado mucho tiempo entre esas cuatro paredes amarillas.

—Buenas tardes, querida. —Melanie se levantó para saludarme con un beso en la mejilla.

El aspecto de mi antigua jefa era impecable: llevaba el pelo rubio corto perfectamente peinado y un traje morado de chaqueta y pantalón hecho a medida.

—Siéntate, por favor. —Señaló con la mano la silla que estaba frente a su escritorio—. ¿Te apetece tomar un té?

—Sí, por favor. —Me senté dónde me había indicado.

Melanie se lo pidió a su asistente por el comunicador.

Le eché un vistazo a la estancia. Las paredes exhibían varias fotografías de bodas que había organizado para la élite neoyorquina. El suelo de madera brillaba tanto como el cristal impoluto de su escritorio. Olía a flores frescas.

—Quería comunicarte en persona —empezó ella— que he tomado la decisión de retirarme en septiembre, cuando finalice la temporada alta de bodas.

«¿QUÉÉÉÉÉÉ?».

—He estado reflexionando acerca de a quién traspasarle mi agenda de contactos —prosiguió—. No es una decisión fácil.

Hizo una pausa para sonreírme. Estuve a punto de saltar de la silla y bailar de la emoción. Su agenda era el Santo Grial, la piedra filosofal, un pasaje directo al Olimpo de las bodas. Ahí dentro estaban los proveedores y contactos más exclusivos del país, profesionales que, por su nivel de fama y prestigio, consiguen cosas imposibles como que Taylor Swift o Coldplay canten en tu boda. Maravillas que una simple mortal como yo no podía lograr porque no sabía ni por dónde empezar.

Esa agenda me abriría muchas puertas, me facilitaría el trabajo y haría que cualquiera de mis bodas fuese un cuento de hadas.

—Tengo en mente a dos personas —continuó tras unos segundos—. Tú eres una de ellas. La otra es Lily Jones. Ambas fuisteis grandes asistentes en su momento. Sois disciplinadas, meticulosas y tenéis un estilo elegante y pulcro. Seguiré vuestros pasos de cerca esta temporada y en septiembre os comunicaré mi decisión.

Intenté no desinflarme de manera evidente al oír eso. Ser una de las dos personas entre las que dudaba para legarles la agenda ya era todo un halago.

—Es un honor que hayas pensado en mí —aseguré con una sonrisa—. Lo único que puedo decirte es que me esforzaré para que todas las bodas sean perfectas. Así no te quedará duda alguna de que conmigo dejas la agenda en buenas manos.

—Eso era lo que esperaba oír.

Le di un sorbo al té de limón.

—Hannah, por ahora quiero pedirte que guardes discreción en cuanto a mi jubilación —prosiguió Melanie—. Lo comunicaré públicamente dentro de unos meses.

—No te preocupes.

—Por cierto, Henry King me ha expresado su interés en escribir un artículo sobre la boda del señor Young-Woong para People Weddings.

Por poco me atraganté con la bebida.

—Le he pedido a Rose que le envíe tu contacto para que podáis concretar los detalles —terminó.

Abrí los ojos sorprendida.

Ya había imaginado que la boda de Tyler Young-Woong atraería la atención mediática. Al fin y al cabo, no todos los días se casaba uno de los influencers más famosos de Manhattan. Lo que nunca se me había ocurrido era que el periodista más relevante del sector nupcial fuera a estar interesado en cubrir un enlace organizado por mí. La revista para la que Henry escribía era la publicación de bodas más vendida del país. Si hacía bien mi trabajo, ese artículo sería un escaparate espectacular para El Sí Perfecto.

—De acuerdo —contesté ilusionada—. Muchas gracias.

—Estoy segura de que tienes mucho trabajo por delante. No te robo más tiempo.

Abandoné el despacho motivada.

Mi primer año en solitario estaba siendo emocionante. Pese a que tenía bastantes bodas contratadas para la temporada, no eran suficientes para asegurar la continuidad de mi negocio en el tiempo. Necesitaba que mis clientes acabasen felices para que me recomendasen y el boca a boca me permitiese estabilizarme en el sector. Todavía tenía muchas fechas libres para el año siguiente. Conseguir la agenda sería un gran paso en el camino. Otro sería que Henry King me mencionase en su artículo. El Sí Perfecto no solo era mi trabajo, era mi sueño. Aquello en lo que estaba volcando mi esfuerzo, esperanza y dedicación. No dejaría que nada ni nadie me desviasen de mi objetivo. Mi futuro dependía de esos meses. Empezaba la temporada de bodas y todo tenía que salir PERFECTO.

Mayo

Recién… ¿casados?

2

Hannah

—¡Me opongo! —gritó de la nada una voz grave y masculina.

La melodía romántica del arpa se cortó de golpe acabando con el ambiente armonioso que reinaba en la iglesia. A mi lado se escucharon multitud de exclamaciones de asombro. La sonrisa se me quedó congelada en el rostro. Hasta ese instante, la ceremonia había sido perfecta.

Los novios, de pie en el altar, se giraron en dirección a las bancas que ocupaban los ciento veinte invitados. Yo me había quedado cerca de ellos, en el lateral izquierdo. Extrañada, me volteé para ver quién había interrumpido la boda que había organizado con tanto cariño.

Me quedé pasmada al ver que había un hombre plantado al final del largo pasillo. Era tan alto que casi llegaba al marco de la puerta. Llevaba un traje azul marino y unas gafas de sol negras.

—Todavía no hemos llegado a esa parte —le informó el cura sin perder la calma.

—¡Me da igual! —El recién llegado se quitó las gafas de sol y se las colgó en el bolsillo delantero de la chaqueta—. ¡Me opongo a esta boda!

Parpadeé confundida.

Había algo en él que me resultaba vagamente familiar, pero estaba demasiado lejos y no podía verle bien.

Su calzado chirrió sobre el suelo de mármol cuando echó a caminar hacia el altar. Por sus andares confiados, tuve la sensación de que era uno de esos hombres que están cómodos siendo el centro de atención. Junto al eco de sus pasos se oían los murmullos de los asistentes.

Conforme avanzó por el pasillo pude apreciar mejor sus rasgos. Al fijarme en su sonrisa torcida algo hizo clic en mi cabeza.

«¡Es el tío bueno de la moto!».

Habían pasado un par de meses desde nuestro encuentro, pero estaba casi segura de que era él.

Observé al hombre que acababa de detenerse a un par de metros del altar. La luz que se filtraba a través de la vidriera se proyectaba sobre su rostro, bañándolo de un tono rojizo. La mirada calculadora, combinada con la presencia cautivadora y el hecho de que acababa de oponerse a una boda, me hizo pensar en una reencarnación atractiva y moderna del mal.

Llevaba el cabello despeinado. Lucía un traje elegante, que parecía hecho a medida, aunque las arrugas que recorrían la tela indicaban que no había pasado por la tintorería. Los gemelos plateados que decoraban los puños de la camisa blanca destellaban con la luz. Un clip a juego mantenía la corbata azul oscuro en su sitio. Bajé la mirada y descubrí que el calzado que había chirriado eran unas deportivas blancas con tres rayas rojas, bastante llamativas. Me sorprendió el contraste de la ropa y los accesorios caros con el aspecto desaliñado y las deportivas.

—¿Quién cojones eres y qué haces aquí? —le gritó el novio, sacándome de mi ensimismamiento.

—Soy John —se identificó el hombre—. Y estoy aquí para impedir que Emma cometa una locura. —Señaló a la novia con la mano—. Emma, no te cases con Fletcher. Está endeudado hasta las cejas y solo te quiere para usar tu dinero.

Ahogué una exclamación a la par que el resto de los asistentes.

«¿Ha venido a por la novia?», pensé asombrada.

—¿Cómo? —Emma arrugó las cejas desconcertada.

—¡Eso no es verdad! —exclamó Fletcher—. Emma, no le hagas ni puñetero caso. Quiero casarme contigo porque te quiero.

—Si la quieres tanto —contraatacó el hombre—, ¿por qué te negaste a firmar el acuerdo prematrimonial que te pidió?

—Eh… —titubeó el novio—. Eso no es asunto tuyo… ¡Lárgate ahora mismo si no quieres que te dé una hostia, payaso! —La voz de Fletcher reverberó entre aquellas paredes de piedra, como el rugido de un león enfadado.

Di un respingo asustada.

La amenaza no amedrentó al hombre. Al contrario, casi podía decirse que su expresión reflejaba diversión, como si aquello fuese un reto para él. La tensión que precedía a una pelea se palpaba en el ambiente. A partir de ahí todo pasó en cuestión de segundos. Quise intervenir, pero estaba paralizada. Después de cuatro años trabajando en el sector nupcial tenía un repertorio amplio de anécdotas, pero nunca había presenciado la interrupción de una boda. Intenté mantener la mente fría. Analicé la situación a toda prisa. No había seguridad en la iglesia. Ambos hombres eran grandes; si se enzarzaban en una pelea, no podría separarlos. Me saqué el móvil de la riñonera por si tenía que llamar a la policía. Estaba a punto de abrir la boca para pedirles que se calmasen cuando el tío bueno avanzó un paso más en dirección al altar.

—No voy a irme hasta que ella se baje del altar —le contestó con toda la calma del mundo. Luego se dirigió a la novia—: Emma, necesito que me escuches, por favor. No le des tu corazón a alguien que planea venderlo para salvar su empresa. El amor verdadero no se mide con dinero. El amor es lo que hace la vida maravillosa. Es ver a esa persona y sentirte en casa. Es una puerta abierta. Es anteponer las necesidades de otro a las tuyas. —Se llevó una mano al pecho y le sonrió con cariño—. Por amor siempre se hacen grandes locuras. Vamos, Emma, baja de ahí y ven conmigo.

«¿Está enamorado de la novia? —Me quedé boquiabierta—. ¿Y ella… lo está de él?».

—¿Estás saliendo con este tío? —Fletcher se dirigió a Emma con un tono tan cortante como un cuchillo recién afilado.

—¿Qué? —se apresuró a contestar ella—. ¡Claro que no! —Tenía la cara desencajada.

—Entonces ¿cómo cojones sabe lo del acuerdo prematrimonial? —bramó su prometido—. ¡Explícamelo ya!

—¡No le hables así! —El padrino, que estaba sentado en una de las bancas del lado derecho, se levantó como un resorte—. ¡No eres el más indicado para pedirle explicaciones!

—¡No te metas en esto, Carter! —le advirtió Fletcher en un siseo.

—Fletcher, ¿por qué dice eso? —le preguntó Emma, igual de pasmada que el resto de nosotros.

—¿Y a mí qué me cuentas? —Este se encogió de hombros y fulminó a su amigo con la mirada—. Está enamorado de ti y lleva siglos esperando su oportunidad.

El padrino guardó silencio.

—Emma, contéstame a una pregunta. —Volvió a intervenir el recién llegado—. En los últimos meses, ¿cuántas veces te ha pedido Fletcher que inviertas dinero en su empresa?

Ella solo atinó a encogerse de hombros con cara de situación. Me dio pena verla tan agobiada.

—Muchas… —contestó con la boca pequeña.

—Te está utilizando, y en el fondo lo sabes —puntualizó el guaperas.

Fuimos testigos de las emociones que cruzaron el rostro de Emma conforme entendía que lo que acababa de contarle aquel hombre era cierto.

—Dijiste que, si te quisiera de verdad, no te pediría que hiciésemos separación de bienes —le dijo Emma a su prometido, con la voz quebrada.

—No empieces otra vez con eso —le contestó él de malas maneras.

—Me has presionado para que nos casemos rapidísimo… —prosiguió ella—. Te dije que quería esperar un poco más antes de dar el paso, y te enfadaste y dejaste de hablarme unos días. —El resentimiento era palpable en su tono—. ¿De verdad solo me quieres por el dinero?

—Manda cojones. —Fletcher negó con la cabeza y resopló escéptico—. Tú te follas a otro, ¿y soy yo quien tiene que dar explicaciones?

—¡Ay, Dios mío! —musitó una voz femenina en algún lugar.

—Creo que deberíamos hacer una pausa para el confesionario —intervino el cura sobre el micrófono.

—No has contestado a mi pregunta… —le recordó Emma a su pareja.

—Pues mira, ¡sí! —escupió Fletcher rabioso—. La empresa no va del todo bien. ¿Ya estás contenta?

Emma abrió la boca para contestar, pero no emitió sonido alguno. Era como si aquella revelación la hubiese atravesado como un rayo y fuese incapaz de procesarla. Se había quedado tan blanca como la tela de su vestido de seda.

Los murmullos de sorpresa flotaron a mi alrededor junto a varias voces incrédulas.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó Emma decepcionada al cabo de unos segundos—. ¡Pensaba que me querías!

—No te hagas la víctima. Yo podría decir lo mismo de ti, pero me da igual lo que hayas hecho con este gilipollas. —Señaló al hombre que estaba plantado en el pasillo—: Te perdono. —Hizo con la mano un gesto que le restaba importancia—. ¿Podemos hablar más tarde de esto y continuar con la boda? —acabó de manera atropellada.

—¡Cabrón, egoísta y mentiroso! —Emma le estampó el ramo de peonías y eucalipto en el pecho, sin miramientos.

—Vamos, nena, cálmate.

—¡No me pidas que me calme! —le soltó con acidez—. ¡No quiero volver a verte en la vida! —Se quitó el velo y lo arrojó al suelo a la par que bajaba los escalones.

—Pero ¿qué haces? —le preguntó Fletcher, estupefacto—. ¡Vuelve aquí!

—¡La boda está cancelada! —les gritó ella a los invitados.

Acto seguido, se agarró la falda y atravesó el pasillo corriendo como alma que lleva el diablo. Los pétalos rojos que habían lanzado sus sobrinas al suelo salieron disparados en todas las direcciones cuando pasó corriendo. Sus tacones repiquetearon en el mármol y sus sollozos estrujaron mi corazón.

El guaperas se hizo a un lado para que ella no le arrollase al pasar. Volvió a ponerse las gafas de sol. Le dedicó una última sonrisa burlona al novio y le dijo:

—¡Hasta la vista, capullo! —Después, salió corriendo tras la novia—. ¡Emma, espera!

El padrino se fue detrás de ellos.

El ruido del tráfico de la Quinta Avenida se coló en la iglesia cuando salieron. Al cabo de un instante, las puertas se cerraron con un estruendo y se alzaron los cuchicheos de los invitados.

—Oye, bonita. —La abuela de Emma me llamó con un gesto de la mano. Me agaché a su lado para ver qué necesitaba—. Entonces ¿ya no hay tarta?

Parpadeé atónita.

«¿Qué acaba de pasar?».

Un rato más tarde salí de la iglesia arrastrando la maleta de mano en la que llevaba todo lo necesario para la boda. Había recogido los adornos en piloto automático, con la mente puesta en la novia.

Consulté mi reloj de pulsera. Eran las ocho menos cuarto de la tarde. Quince minutos antes Emma debería haber salido por la puerta de la iglesia con una sonrisa enorme y colgada del brazo de Fletcher para ir al cóctel.

Seguía un poco alucinada por lo que acababa de presenciar. Creía que lo de declararse a alguien que estaba a punto de casarse era el tipo de cosas surrealistas que solo ocurrían en las comedias románticas. Aunque después de seis años viviendo en Nueva York no debería sorprenderme de nada. Había visto de todo: una rata sembrando el pánico en un vagón del metro, cientos de personas borrachas y disfrazadas de Santa Claus, competiciones para buscar al doble de Timothée Chalamet en Central Park. Incluso me había cruzado con el mismísimo Jude Law por la calle. Encontrarme con el protagonista de The Holiday era el tipo de cosas que solo pasaban en la Gran Manzana.

Derrotada, me senté en uno de los poyetes de piedra. Me había dado un dolor de cabeza terrible. Saqué el bote de Advil de uno de los bolsillos de la riñonera y me tomé una pastilla para aliviar el dolor.

Una parte de mí se sentía apenada; había cuidado cada detalle para que la boda fuese perfecta y se había estropeado. Me sentía culpable por no haber intervenido, pero todo había sucedido tan rápido que no había sabido reaccionar.

No quería imaginar lo que estaría sintiendo Emma. Debía de ser un palazo enterarte en mitad de la ceremonia, y a la vez que tus invitados, de que tu prometido solo te quería por el dinero. Guiada por la compasión, decidí ir al hotel en el que se hospedaba para ver cómo se encontraba. De camino entré en una cafetería y le compré un té, con la esperanza de que la reconfortarse.

Poco después, llamé a la puerta de la suite nupcial y esperé.

—Buenas tardes, señorita Brooks —me saludó la madre de Emma al abrir.

—Buenas tardes, señora Davis —contesté—. Venía a ver cómo se encuentra Emma.

—No está aquí. Se ha ido con el muchacho de la ceremonia y no ha vuelto todavía… Me ha escrito para decirme que está bien y que no me preocupe.

—Ah, vale. Le había traído un té. ¿Lo quiere usted? —Extendí en su dirección el vaso de papel blanco.

—Gracias, eres muy amable —me dijo, aceptándolo.

Le dediqué una sonrisa escueta.

—He cancelado el catering y la tarta. Como ya estaba todo pagado y entregado, me han dicho que donarán la comida a la beneficencia —le informé—. También he avisado al DJ para que no venga esta noche.

—Gracias por ocuparte de todo.

—De nada.

Guardamos silencio unos segundos.

—Dígale a Emma que lamento lo que ha ocurrido y que si necesita cualquier cosa que no dude en llamarme —añadí.

—Se lo diré, no te preocupes. Cuídate mucho.

—Igualmente. Nos vemos.

—Hasta pronto.

La señora Davis cerró la puerta y yo me dirigí al ascensor arrastrando los pies.

En realidad, era una suerte que el amante de Emma hubiese interrumpido el enlace. De lo contrario, dos personas que no estaban enamoradas se habrían casado. ¿Qué clase de matrimonio podía empezar bien con secretos y mentiras? Aunque me había sorprendido que Fletcher hubiese utilizado a Emma por el dinero, jamás habría adivinado que ella se había liado con otro. Y menos que, por casualidades de la vida, ese otro fuese el tipo que había coqueteado conmigo en su momento.

Dentro de lo malo, Emma había encontrado a alguien que la quería, que se arriesgaba por ella y que luchaba por su amor hasta el final, tal y como hacían los príncipes en las películas de Disney. El discurso que había soltado aquel hombre sobre el amor demostraba que el romanticismo que nos mostraban los libros y las películas existe de verdad.

«El amor es lo que hace la vida maravillosa… Por amor siempre se hacen grandes locuras», le había dicho a Emma.

Rumié sus palabras mientras esperaba el metro. A mis veintiocho años, solo había sentido algo similar por un hombre, que más tarde había demostrado ser un gilipollas integral. Nunca había hecho una locura por amor, como bajarme de un avión que estaba a punto de salir rumbo a París renunciando así al trabajo de mis sueños o colarme en una fiesta de Nochevieja para declararme al amor de mi vida. Para hacer una locura por amor, primero tendría que encontrar al hombre perfecto y, de momento, no parecía que eso fuese a suceder pronto.

Al sentarme en el tren cogí el móvil para entretenerme de vuelta a casa. Abrí la web de People Weddings y me topé con un artículo, escrito por Henry King, cuyo titular rezaba: «Melanie Stevens se retira al final de la temporada. Las altas esferas neoyorquinas se preguntan quién organizará sus bodas a partir de ahora». Respiré hondo. Como se me estropeasen más enlaces, no sería yo.

3

Logan

—Logan, ¿eres gilipollas? —me preguntó Ben con desaprobación.

Aparté la butaca de terciopelo rojo para sentarme frente a él.

—No más que tú —le respondí con una sonrisa al dejar el vaso en la mesa que ocupaban mis amigos.

Estábamos en The Portrait, un bar que se encontraba dentro del hotel Fifth Avenue, en pleno Manhattan. Mi amiga Alexandra lo había escogido como punto de encuentro porque estaba al lado de su oficina. Según nos había contado, el local se había puesto de moda por los cócteles y la decoración, que te trasladaba al Nueva York de los años veinte. Las paredes estaban llenas de cuadros y libros antiguos, y los muebles de madera maciza tenían pinta de costar una fortuna.

Era viernes por la noche. El ambiente era ruidoso, por encima de la música jazz se oían conversaciones animadas y el tintineo de los vasos. Detrás de la barra, que exhibía una amplia gama de botellas, los camareros ofrecían un espectáculo al combinar las bebidas.

—Ya te digo yo a ti que eres el rey de los gilipollas. —Ben se apartó un mechón de pelo castaño y desgreñado de la frente—. Si no, ¿por qué habrías rechazado a esa tía? —Señaló con la cabeza a la mujer que estaba sentada en uno de los taburetes altos de la barra—. Está buenísima y te ha entrado ella. —Me miró con una cara que parecía decir: «¿Qué más quieres?».

Tres pares de ojos escrutadores se centraron en mí.

Desvié la vista hacia la pelirroja que me había invitado a marcharme con ella. No estaba mal, pero gesticulaba igual que mi exnovia y para mi libido eso había sido peor que una patada en los cojones.

—Me ha recordado a Ashley —respondí con sinceridad al volver la atención hacia mis amigos.

—¡Ja! —Ben dio una palmada contento—. ¡Te toca invitar a la siguiente ronda!

—Ni de coña —contesté.

—Las normas son las normas. —Chris metió baza—. Si mencionas a La-Que-No-Debe-Ser-Nombrada, pagas.

Tomé un sorbo de mi bebida. El sabor amargo del whisky me calentó la garganta.

—Han pasado seis meses. —Solté el vaso sobre el mármol—. ¿Hasta cuándo vamos a seguir con esto?

—Esto va a ser así de por vida. Lo pasaste fatal por su culpa. Nosotros siempre vamos a odiarla. —Alexandra hizo un círculo con el dedo índice, abarcando la mesa—. Y nunca más querremos oír hablar de ella.

—Stone, esa tía te dejó plantado en el altar delante de trescientos invitados —me recordó Ben—. Te enteraste por su mejor amiga de que no pensaba aparecer. Y, por si fuera poco, se llevó al hermano feo de Jason Momoa a vuestra luna de miel…

—Bueno, feo precisamente no es… —Alexandra meneó la cabeza en un ademán negativo y su coleta castaña se movió hacia un lado—. Como la mayoría de los hawaianos, está buenísimo.

—¿Y yo no? —Arqueé una ceja, haciéndome el ofendido.

—Logan, te quiero mucho, pero ese hombre es surfista y modelo. Tú no eres tan exótico.

—Eso es cierto. —Chris alzó su vaso y asintió, dándole la razón a Alexandra—. Aunque hoy te has puesto muy guapo —se apresuró a añadir con un tono compasivo, mirando la camisa azul oscura de manga corta que había estrenado aquella noche y que había combinado con unos vaqueros.

—Christopher, por favor, no le mientas, que ya es mayorcito —le pidió Ben en un tono teatral.

—Vete a la mierda, capullo —contesté antes de darle otro sorbo a mi bebida.

Hacía seis meses tenía una vida de ensueño: era director creativo en una de las agencias de publicidad más importantes del país, vivía en un apartamento amplio y luminoso con vistas a Central Park, quedaba con mis amigos todas las semanas, tenía una relación sentimental en la que estaba cómodo para dar el siguiente paso y un golden retriever maravilloso llamado Sven. De aquello solo me quedaban las tres personas con las que compartía mesa. El trabajo lo perdí dos días después de que Ashley me dejase, cuando su padre me despidió poniéndome una excusa ridícula. Tuve que irme del piso porque no podía permitirme el alquiler astronómico. El perro se lo quedó ella en contra de mi voluntad porque estaba a su nombre.

Benjamin, Christopher y Alexandra eran mis mejores amigos. Los conocí el primer año de universidad, en una de las asignaturas de comunicación que teníamos en común. Alexandra, Chris y yo nos caímos bien a la primera. Con Ben fue harina de otro costal. Al principio no nos aguantábamos. Él pensó que yo era el típico niño mimado que siempre se salía con la suya; yo creí que él tenía la necesidad constante de llamar la atención. Sin embargo, lo que empezó como una rivalidad por ver quién era el gracioso de la clase acabó convirtiéndose en una amistad leal y sincera.

Ben ahora trabajaba como guionista de un reconocido late show que se grababa en el centro de la ciudad, Chris era consultor financiero, Alexandra ejercía de abogada y yo me dedicaba al marketing en una empresa pequeña de la que me iría sin mirar atrás.

—¿Por qué esa pobre chica te ha recordado a La-Que-No-Debe-Ser-Nombrada? —preguntó Alexandra, sacándome de mis pensamientos—. Si no tiene cara de serpiente…

—Déjame adivinar… —Ben levantó la mano—. Le ha pedido al camarero un mojito sin azúcar pero dulce, con menta orgánica recién cortada y que se lo sirva en un vaso de cristal de Murano.

Alexandra soltó una carcajada ruidosa.

—Algo así. —Dispuesto a cambiar de tema, me levanté y pregunté—: ¿Otra ronda?

—Para mí no. He quedado con Tyler —me informó Chris mientras se abrochaba la americana—. Me guardo la invitación para el próximo día.

Me dio un abrazo con palmada en la espalda incluida.

—Dale un beso a tu prometido de nuestra parte —le pidió Alexandra.

—Lo haré. Pasadlo bien. —Chris se despidió con la mano—. Os veo el domingo. En tu casa, ¿verdad? —le preguntó a Ben.

Este asintió.

Desde que empezamos a jugar al póker en la universidad, la timba de los domingos era sagrada. Antes solíamos organizarla en mi casa, pero otra de las consecuencias de mi ruptura con Ashley era que ahora compartía un apartamento diminuto en Murray Hill con Josh, un compañero de piso de lo más peculiar.

Cuando regresé de la barra planté el culo en el asiento frente a Ben y Alexandra. Devoramos las patatas fritas mientras Ben nos contaba que le habían propuesto dar el salto y presentar una sección del programa en el que trabajaba.

—Logan, no te des la vuelta —empezó Alexandra pasado un buen rato—, pero hay dos chicas cuchicheando y mirándote. —Señaló con la barbilla hacia la zona de las mesas altas.

Giré la cabeza a la velocidad del rayo y les eché un vistazo a las dos mujeres; estaban sentadas la una frente a la otra. Enseguida me crucé con el par de ojos que me observaban bajo aquella iluminación tenue. Le pertenecían a una morena preciosa. Me quedé pensativo un instante. Juraría que la había visto en algún lugar.

—¡Te he dicho que no te dieses la vuelta todavía! —se rio Alexandra—. Menudo cantoso…

—Si gira un poco más la cabeza va a parecer la niña de El exorcista —se mofó Ben.

Los ignoré y seguí mirándola.

Era buenísimo con las caras, la reconocí casi en el acto. Era la mujer que me había tirado la moto hacía unos meses. La melena ondulada de color chocolate le caía por debajo del pecho. Llevaba un vestido negro de tirantes con lunares blancos que terminaba en mitad de las pantorrillas. Ya la había visto de pie y sabía que estaba buenísima.

Cuando nuestros ojos volvieron a encontrarse, le sonreí y la saludé con un gesto de cabeza. Ella me correspondió con otra sonrisa, antes de apartar la mirada y atender a lo que le decía su acompañante. La otra mujer se levantó y se perdió por el pasillo que llevaba a los servicios.

«A por todas, campeón», me animé a mí mismo.

—Ahora vengo —les informé a Ben y Alexandra cuando volví a mirarlos.

—Diez dólares a que estás de vuelta en menos de dos minutos. —Ben me desafió con una sonrisita.

Esa mujer acababa de sonreírme. Estaba bastante seguro de triunfar, así que alargué la mano en su dirección y contesté:

—Que sean veinte.

Ben alzó una ceja, desafiante, y me estrechó la palma.

Acto seguido, me levanté.

Me dirigí a su mesa lleno de optimismo.

—Yo te conozco… —le dije a la morena al llegar a su altura—. Eres la que me tiró la moto y se dio a la fuga.

Ella soltó una risita suave y asintió.

Tenía los ojos grandes y expresivos, la nariz respingona y los labios carnosos pintados de rosa oscuro.

Apoyé la mano en el respaldo del taburete vacío.

—¿Puedo sentarme? —le pregunté para cerciorarme de que no había malinterpretado las señales.

—Mmm…, claro. —Señaló la silla con la mano y tomé asiento encantado—. Me sorprende que te acuerdes de mí.

Por supuesto que me acordaba. Me había tirado la moto, la había invitado a cenar y, cuando pensaba que iba a aceptar, había pasado de mi cara.

Decidí jugar bien mis cartas. Le dediqué una amplia sonrisa antes de contestar sin un ápice de vergüenza:

—Es imposible olvidar una cara como la tuya.

«Ni ese cuerpo, ya puestos».

En lugar de responder a la indirecta, ella le dio un sorbo a su bebida por la pajita. Sus labios llenos captaron mi atención.

No sabía cuánto tiempo tenía antes de que regresase su acompañante, así que fui directo al grano:

—¿Tienes pareja? —le pregunté cuando dejó el vaso en la mesa.

—No. —Removió los hielos con fuerza con la pajita.

—Genial. ¿Quieres pagarme ahora la cena que me debes?

Ella entrecerró los ojos.

—Estoy con mi amiga.

—Podemos pedirle un taxi a tu amiga. O podemos acompañarla a casa, si te quedas más tranquila, y luego tú y yo nos vamos a otro sitio.

Pasó de mi sonrisa torcida y escupió:

—¿Y qué piensas decirle a tu novia?

—Esa no es mi novia. —Apunté con el pulgar por encima del hombro—. Es mi amiga.

—No me refiero a ella. Estoy hablando de Emma.

—¿Emma? —pregunté confundido.

—No te hagas el tonto, John. Te vi hace dos semanas. Entraste en la boda y te declaraste.

En ese instante sumé dos más dos.

«Hostia, ¿estaba en la boda? ¡Qué casualidad!».

Escaneé mis recuerdos a toda prisa. No había ni rastro de esa mujer en mi memoria. En aquella iglesia había estado más preocupado de mi papel que otra cosa.

—No voy a cenar contigo —prosiguió—. No voy a hacerle eso a Emma y tú tampoco deberías.

—Escucha, te estás equivocando…

Ella arqueó una ceja y no me dejó terminar.

—Le soltaste el discurso del amor verdadero delante de ciento veinte invitados. —Su voz alegre y dulce se fue convirtiendo en un cuchillo afilado—. Se fugó contigo y, ¿al día siguiente le entras a la primera mujer que te cruzas en un bar?

Apretó los labios. Ya no había ni rastro de la sonrisa. Sospeché que iba a darme puerta, pero estaba dispuesto a demostrarle a Ben que se equivocaba. Dejándome llevar por la testosterona, intenté ganar tiempo:

—Bueno, al día siguiente tampoco —le dije medio en broma—. Tú lo has dicho, han pasado dos semanas.

Ella respiró hondo, sin apartar los ojos de los míos, y negó con la cabeza.

—Pobre Emma. Eres igual de mentiroso que su exnovio.

El tono ácido con el que me habló me impulsó a querer vacilarle un poco más, tanto para sacarla de quicio como para alargar la conversación.

—No me compares con ese. Además, ¿tú qué sabes? Podríamos tener una relación abierta. —Supe, por su mirada escéptica, que no me había creído.

—¿Pretendes que me crea que tenéis una relación abierta?

Le dediqué una mueca burlona.

—¡Es increíble! —exclamó, perdiendo la paciencia—. Ni siquiera tú te salvas. Tanto discursito romántico ¿para qué? —Negó con la cabeza.

Intenté no descojonarme.

«Si supiera que mi discursito son un montón de frases que he cogido prestadas de películas de Disney…».

—Vaya por Dios —fingí lamentarme—. ¿No te gustó mi discurso? Me lo curré un montón…

—¿Te crees que por ser guapo puedes portarte como un gilipollas?

«¿Acaba de llamarme guapo y gilipollas en la misma frase?».

Sonreí de medio lado y la dejé terminar.

—Todos los hombres sois iguales —puntualizó—. El panorama sentimental es deprimente…

La observé maravillado. Aquella mujer había pasado de cero a cien en un segundo. Por alguna razón, me resultaba extremadamente divertida.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté sin perder la sonrisa.

Me taladró con la mirada y no pude evitar sonreír aún más. Tenía las mejillas encendidas por el mosqueo y estaba guapísima.

—Te están esperando tus amigos —apuntó en tono borde.

—¿De verdad no vas a decirme tu nombre?

—Hannah, ¿todo bien? —Su amiga escogió ese momento para volver a la mesa.

«Así que Hannah», pensé contento.

—Sí. Sí —se apresuró a contestar ella.

La recién llegada estudió la situación. Me fulminó con la mirada y me dijo con aspereza:

—Estás sentado sobre mi chaqueta.

—Perdón. —Me levanté de un salto—. Encantado de conocerte, Hannah. —Hice énfasis al pronunciar su nombre—. Nos vemos.

Volví a la mesa que ocupaban mis amigos y me dejé caer en la butaca.

—¡Un minuto y treinta y siete segundos! —dijo Ben pulsando la pantalla de su móvil para parar el cronómetro.

Sus ojos verdes brillaban con malicia. Le encantaba tocarme los huevos.

—¿Eso es lo que aguantas en la cama? —bromeé.

—Es lo que he tardado en ganar veinte pavos —contestó con una sonrisa triunfal. Estiró la mano en mi dirección. A regañadientes me saqué un billete de la cartera y se lo pasé por encima de la mesa—. Un placer hacer negocios contigo. —Se guardó el billete en el bolsillo delantero de la camisa negra—. ¡Sorpréndenos! —finalizó, mirándome.

—¿Os acordáis de la mujer que me tiró la moto? —les pregunté entre risas. Ellos asintieron—. Es esa. —Señalé con el pulgar en su dirección—. Y no os lo perdáis, pero estaba en la boda que rompí hace dos semanas. Cree que me llamo John y que estoy saliendo con la novia.

—¿En serio? —preguntó Alexandra sorprendida—. El mundo es un pañuelo. ¿Qué le has dicho?

—No me ha dejado decir mucho.

Ben soltó una carcajada.

—¿Así que te ha mandado a tomar por el culo? —adivinó mi amigo.

—Sí. Lo cierto es que se ha tomado un poco mal que haya intentado ligar con ella.

—¿Por qué no le has dicho la verdad? —quiso saber Alexandra.

—Porque no puedo ir contando por ahí que voy rompiendo bodas a cambio de pasta. Mi negocio requiere discreción. Se supone que nadie debe enterarse de que estoy contratado para impedir el enlace.

Por el rabillo del ojo vi a las dos mujeres levantarse. Hannah recogió los vasos de su mesa y los acercó a la barra. Al verla caminar, no pude evitar pasear la mirada por su cuerpo. El vestido que llevaba no era muy ceñido, pero la vista se me fue inmediatamente a su culo.

Cuando pasó por mi lado, en dirección a la salida, le guiñé un ojo. Ella entrecerró los ojos despectivamente y articuló un mudo: «Gilipollas».

Apuré lo que me quedaba en el vaso y sonreí para mis adentros.

Hacía tiempo que una mujer no me hacía tanta gracia.

4

Hannah

—¡Ese hombre es un sinvergüenza! —exclamé molesta, al tiempo que empujaba la puerta del apartamento que compartía con mi mejor amiga.

Encendí la luz de la cocina y solté las llaves en el cuenco de cerámica rosa que teníamos en el zapatero de la entrada.

—La verdad, Hannah, yo no lo veo para tanto. —Nicole se abrió pasó detrás de mí—. Tener una relación abierta y entrarle a una mujer que te ha gustado en un bar no es un crimen. —Se adentró en la cocina arrastrando la maleta.

En el taxi le había contado lo que me había dicho el hombre de la boda mientras ella estaba fuera, hablando por teléfono.

—Lo sé… —Dejé las sandalias en mi balda del zapatero y el bolso en el colgador de la puerta—. Pero estoy convencida de que me ha mentido.

—No tienes pruebas de eso —contestó ella, sacando dos copas del armario.

—Nikki, sé lo que vi. —Rescaté la tableta de chocolate negro de la nevera—. Estaba ahí cuando se opuso a la boda y le soltó el discursito romántico a Emma.

—¿Qué hay de malo en eso? —preguntó a la par que llenaba las copas de vino—. Tú misma dijiste que era una suerte que hubiese aparecido a tiempo.

Resoplé, escéptica.

—¿No te parece rarísimo decirle todas esas cosas bonitas, conseguir que se baje del altar y luego tener una relación abierta? —respondí con otra pregunta.

Nicole se volteó con las copas en las manos.

—Sí que lo veo un pelín raro, pero, porque tengo un concepto distinto de las relaciones, y no me imagino teniendo una abierta. Y a ti te choca por lo mismo.

Guardé silencio.

Ella me hizo un gesto con la cabeza, indicándome que abriese la marcha al salón.

Aunque me llevara la contraria, Nicole era una de las personas que más apreciaba en el mundo. Coincidimos en un club de lectura de novela romántica cuando me mudé a Nueva York desde Massachusetts. Me senté a su lado en la mesa alargada de la sala de la librería y enseguida le saqué conversación. Por aquel entonces, ella era estudiante de Economía y vivía en el campus de la universidad mientras que yo me estaba formando en Gestión de eventos y compartía piso con tres personas más. Empezamos comentando el libro y, sin darnos cuenta, pasamos a hablar de nuestras vidas. Algo en ella me dio la confianza suficiente como para invitarla a tomar un café y contarle mi mayor fracaso amoroso. Nicole me escuchó con atención y, cuando fue su turno, me contó el suyo. Congeniamos al instante, o como decía ella: «Desde la primera página». En poco tiempo nos convertimos en imprescindibles la una para la otra. Por eso, en cuanto tuvimos la oportunidad, nos fuimos a vivir juntas.

El suelo de madera crujió bajo nuestros pies cuando atravesamos el pasillo estrecho.

Nos habíamos mudado al East Village hacía unos meses. Después de haber vivido en Brooklyn, alejadas del ajetreo del centro, queríamos disfrutar de la auténtica experiencia neoyorquina. Pagábamos un ojo de la cara, pero nos encantaba el barrio. Estaba lleno de vida; había numerosas cafeterías de moda en las que podía quedar con mis clientes, bares animados en los que tocaban música en vivo y tiendas de segunda mano en las que perderse durante horas.

El edificio donde vivíamos era antiguo; la fachada estaba llena de pintadas, faltaban algunos azulejos en el descansillo y no había aire acondicionado. El apartamento era pequeño, pero habíamos aprovechado cada centímetro y lo habíamos transformado en un refugio acogedor.

Nicole dejó las copas de vino sobre la mesita del café. Después, se hundió en el sofá de dos plazas, soltando un suspiro eterno. Cogí los posavasos del estante inferior de la mesa, los coloqué sobre la superficie de madera y puse las copas encima. Luego, encendí la vela que olía a vainilla y la dejé en el centro.

Mi amiga recogió las piernas para que pudiera sentarme a su lado, pero negué con la cabeza y le dije:

—Voy a cambiarme. —No me gustaba estar en casa con la ropa de la calle.

Bordeé el sofá y abrí la puerta de mi habitación.

La estancia era del tamaño de una caja de zapatos, pero estaba orgullosa de cómo había quedado. Había pintado las paredes de un tono azul pastel que me recordaba al mar. En el centro estaba la cama, cubierta con un edredón azul y almohadas rosas. Una de las cosas que más me gustaban era el póster de Mamma Mia. Ocupaba media pared, en la imagen se veía una puerta arqueada con las contraventanas azules abiertas al mar. El arco estaba decorado con flores de color fucsia. Una estantería almacenaba mis libros, organizados por colores, y mis álbumes de scrapbook. Sobre el escritorio alargado descansaban mi cortadora de papel, varios botes a rebosar de rotuladores de lettering y el jarrón de cristal que atesoraba mi colección de corchos. Siempre me llevaba el corcho de la primera botella que abrían los novios en las bodas que organizaba. Eran recuerdos de momentos inolvidables y soñaba con colocarlos algún día en mi futura oficina.

Me quité los pendientes y el colgante, y los guardé en el joyero que tenía en la mesilla. Cerré la cortina, para no darles un espectáculo a los vecinos del edificio de enfrente, y me quité el vestido de un tirón.

Abrí la puerta que daba al armario vestidor para coger el pijama. Enseguida me invadió el olor a lavanda del ambientador que colgaba entre las perchas. Sonreí para mis adentros; me transmitía mucha paz aquel espacio organizado. Tenía las prendas colgadas y ordenadas por tipo. La mitad izquierda era la ropa colorida de verano que usaba en mi día a día, y la derecha era la oscura y formal que me ponía para trabajar. Debajo, una cajonera albergaba la ropa interior, la deportiva y la de estar por casa, cada una en su cajón correspondiente. En las baldas del lateral tenía los accesorios, y en la parte superior varias cajas etiquetadas almacenaban las prendas de invierno.

Una vez que me hube puesto el pijama, cogí la agenda del escritorio. Pasé las hojas hasta llegar al 31 de mayo. Quería consultar el horario que me había planificado para el día siguiente. Tenía que estar a las diez de la mañana en TriBeCa para ultimar los preparativos de la boda de Ava y Charlie. La ceremonia se celebraría por la tarde en una azotea. Dejé la agenda sobre el colchón y cogí el móvil. Consulté el tiempo una vez más, como llevaba haciendo toda la semana. Por fortuna, sería un día perfecto para casarse: soleado y con máximas de veintisiete grados.

Solté el teléfono sobre el colchón y regresé al armario.

Para las ceremonias siempre optaba por ponerme ropa de colores oscuros; así evitaba interferir con el vestuario de la novia y el de las invitadas. Pasé las perchas y escogí un vestido negro y sencillo. Era de largo midi, la tela fina me serviría para combatir la humedad sofocante de la ciudad. Doblé la prenda con cuidado y la dejé sobre la silla, junto a la ropa interior. Acto seguido, saqué del armario la maleta de mano y comprobé que tenía todo lo que necesitaba llevarme al hotel para la boda.

Al reponer los paquetes de pañuelos que guardaba en la riñonera, me acordé de las lágrimas que Emma había derramado en su boda. Enseguida me asoló la preocupación. Si existía la posibilidad de que ese hombre le estuviese mintiendo, mi obligación era decírselo, ¿no?

Con el pensamiento rondándome la cabeza, rescaté el móvil del colchón.

—¿Debería escribir a Emma? —le pregunté dubitativa a Nicole desde el umbral de mi habitación.

Mi amiga, que estaba tumbada en el sofá tecleando algo en su teléfono, inclinó la cabeza para mirarme con las cejas enarcadas.

—Yo no me metería en su vida, Hannah —negó en redondo—. No tienes confianza con ella. Hasta donde sabemos, esa chica podría haberle puesto los cuernos a su prometido con el hombre este…

Respiré hondo y el aroma dulce de la vela me entró por la nariz.

Ella se incorporó, para hacerme hueco, y palmeó el asiento libre del sofá.

—No sé, Nikki… —Me dejé caer a su lado—. Hay una pieza que no termina de encajar en este rompecabezas.

—¿Por qué te estás tomando esto tan a pecho?

Me encogí de hombros.

Frustrada conmigo misma, solté un resoplido. Me incliné hacia delante y atrapé la tableta de chocolate de la mesa. No podía explicar por qué, pero sabía que ese hombre estaba mintiendo. Por un lado, había algo extraño en toda aquella narrativa, y por otro, su actitud me había puesto de los nervios. ¿Le rechazaba y él me respondía con una sonrisa burlona? Había que ser…

—Gilipollas —musité para mí misma a la par que partía una onza.

—¿Hannah? —me llamó Nicole. Giré la cabeza a la derecha para mirarla y me encontré con sus ojos marrones rebosantes de picardía—. ¿Te ha gustado ese tío?

—¿Qué dices? —Me comí el chocolate a toda prisa—. Claro que no.

—Es guapo.

—Y un imbécil. —Hablé con la boca llena.

—Bueno, está demostrado que, al menos, dos de cada tres tíos buenos son imbéciles. —Se rio—. Dime la verdad: ¿te lo habrías tirado si no hubiese tenido novia?

Intercambié la tableta por la copa. Le di un trago y paladeé el sabor afrutado del vino, evitando mirarla. Nicole me conocía tanto que sabía la respuesta.

Las palabras «Es imposible olvidar una cara como la tuya», acompañadas del tono grave del hombre del bar, resonaron en mi cabeza. Puede ser que sus miraditas intensas hubiesen despertado un cosquilleo en mi piel. Pero nada más. De ninguna manera me iría a la cama con un idiota del tamaño del Empire State.

Intenté sonar lo más despreocupada posible cuando dije:

—Está bueno, pero no es mi tipo.

Nicole tomó un sorbito de vino sin dejar de mirarme.

—Te lo digo en serio —me apresuré a añadir—. Es un sinvergüenza, le encanta llamar la atención y tiene la actitud esta que no soporto de: «Mírame, parece que paso de todo, pero en realidad me he tirado tres horas frente al espejo hasta conseguir este efecto despeinado». —Gesticulé mientras trataba de imitar su voz profunda—. Y luego está la sonrisita burlona…

—¿Qué le pasa a la sonrisita?

—¡Que me pone de los nervios! Es como si se creyera que la vida es un circo y que los demás solo estamos aquí para entretenerlo.

—Ah, es verdad, olvidaba que tu tipo son los tíos como Justin —ironizó—. Rubios, de ojos azules y aburridos como una ostra.

Justin había sido el último chico con el que había salido. Como la mayoría de los hombres con los que había quedado, lo conocí en una famosa aplicación de citas. Había pasado un proceso de selección exhaustivo antes de animarme a tener un encuentro cara a cara. Teníamos algunas aficiones en común: le gustaba leer, la comida italiana y pasear, pero no era mi alma gemela. No habíamos terminado de conectar. Ni en la cama ni fuera de ella. Me ponía nerviosa el ruido que hacía al masticar, y no le gustaban los perros, cosa que para mí era un gran «no». Cuando le dije que no quería quedar más con él, se encogió de hombros y se fue. La pena que sentí yo vino de agregar otro fracaso amoroso a mi historial de relaciones, y no de la idea de no volver a verlo.

—Justin no era aburrido —respondí en tono cansado—. Simplemente tenía un sentido del humor diferente.

—¿Sentido del humor? —Nicole alzó la voz, incrédula—. Hannah, por favor, ese tío era tan divertido como comerse un plato de brócoli. Y no estoy hablando de brócoli gratinado con queso parmesano, sino de brócoli al vapor, sin sustancia.

—A mí me gusta el brócoli al vapor.

—Ese no es el tema. Te recuerdo que su idea de diversión para vuestras citas era ponerte documentales de dinosaurios.

—Ya…

Ella negó con la cabeza y le dio otro sorbito al vino.

—Te conozco como si te hubiese parido. —Mi amiga dejó la copa en la mesa—. Saliste con él más de un mes y no te oí reírte ni una sola vez. Y no quiero resaltar lo evidente, pero el tío bueno del bar te ha sacado más colores en dos minutos que Justin en el tiempo que estuvisteis juntos…

Me recosté en el asiento y me sumí en mis pensamientos, con la mirada clavada en la marca rosa nude que había dejado mi labial en el borde de la copa.

—Lo del tío del bar me ha molestado porque me había hecho ilusiones —me sinceré al cabo de unos segundos—. El enfado es conmigo misma más que con él.

Nicole frunció el ceño y me miró interrogante.

—Lo que dijo en la boda me pareció precioso —proseguí—. Me hizo pensar que los hombres que se arriesgan por sus sentimientos existen de verdad, que se puede aspirar a más y que no pasa nada porque tenga veintiocho años y todavía no haya encontrado a la persona indicada a la que decirle algo similar… —Cogí aire y lo solté despacio por la nariz—. Cuando ha coqueteado conmigo de esa manera tan descarada, haciéndose el tonto cuando le he preguntado por su novia, he recordado eso que dices de que hay tíos que te dirían lo que fuera con tal de llevarte a la cama. Me siento una idiota por haberme tragado el numerito de comedia romántica que montó en la boda…

—No eres idiota —me interrumpió.

—Le dijo a Emma que el amor es lo que hace la vida maravillosa… —Suspiré—. Y que por amor siempre se hacen grandes locuras —repetí, enfatizando la frase—. Yo nunca he hecho una locura por nadie… y solo le he dicho «te quiero» a una persona…

—No pasa nada por eso. —Nicole me dio una palmadita cariñosa en la pierna—. Somos selectivas, no vamos regalándole los oídos a cualquiera. Por supuesto que vas a encontrar a la persona indicada a la que decirle todas esas cosas bonitas y por la que hacer locuras. Eres una mujer apasionada, creativa y graciosa, y estás más buena que los rollitos de canela de Dominique Ansel, que ya es decir.

Se me escapó la risa.

—Y, sí, hay tíos que te dirán lo que quieres oír con tal de echarte un polvo —siguió mi amiga—, pero hay otros que son maravillosos, como todos esos novios a los que ves llorar en el altar cada fin de semana. Lo sé porque eres tú la que llega a casa y me lo cuenta ilusionada.

Sonreí enternecida. La mayoría de los novios con los que había tratado eran adorables. Eran los que me daban esperanzas para encontrar algo así de perfecto para mí.

—Supongo que tienes razón.

—Como siempre. —Sonrió encantada.

—Bueno, ¿qué tal por la oficina de Londres? —le pregunté interesada—. Has llegado hace un rato y no me has contado casi nada.

Nicole era asistente en una multinacional de marcas de productos de lujo. Había pasado las dos últimas semanas en una de las filiales que su empresa tenía en Inglaterra. Gracias a ella contaba con varias prendas y productos de maquillaje más caros de los que me podía permitir.

—Uf… Mucho trabajo —me contestó precipitada—. No he parado ni un segundo. No he salido de la oficina y apenas he tenido tiempo de hacer turismo.

—¿Se ha portado bien el tirano de tu jefe?

—¡Ay, no te he dado tu regalito todavía! —Nicole plantó los pies en el suelo y caminó hasta la entrada, donde había abandonado su maleta.

—¿Me has traído un regalo?

—¿Qué pregunta es esa? —dijo mientras la arrastraba hasta el salón—. Siempre te traigo un regalo.

La abrió y empezó a sacar cosas del interior.

—He traído un poco de té… —Dejó sobre la mesa una caja amarilla de té inglés—. Y esto es para ti. —Sacó una funda de traje azul y me la entregó.

—¿Qué es? —Lo acepté con una sonrisa.

—El vestido ideal para la boda que tienes en el castillo Oheka. —Se sentó a mi lado con una sonrisilla adorable dibujada en la cara.

Al inspeccionar la funda me fijé en que podía leerse givenchy sobre un letrerito dorado. Abrí la cremallera con delicadeza y me encontré con un montón de tela sedosa de color azul zafiro. Saqué la prenda de la bolsa protectora. Era un vestido precioso y carísimo.

—¿Te gusta? —me preguntó.

—Es precioso… —Me mordí el labio y suspiré—. ¿Cuánto cuesta?

—¿Qué más da? Si me lo regalan. ¡Venga, pruébatelo, que estoy deseando ver cómo te queda! —me animó.

Pasé a mi cuarto para ponérmelo. Me situé delante del espejo del armario y observé mi reflejo. El vestido se ajustaba alrededor de mis curvas y no dejaba nada a la imaginación. Tenía aberturas a ambos lados de la cintura y en la pierna. La tela fluida caía con gracia hasta el suelo. Me quedaba un poco largo y me lo pisaba al andar.

—Estás increíble. —Nicole entró en mi habitación con un vestido plateado de lentejuelas cortísimo que le sentaba como un guante—. Tendrás que llevarlo con tacones para no pisártelo.

—No puedo ponerme esto para la boda —le dije a Nicole desde la habitación—. Es demasiado…

—¿Bonito? —Esbozó una sonrisa.

—Voy a trabajar, no soy una de las invitadas.

—Ni te lo pienses. —Le restó importancia con un gesto de la mano—. Llevas meses hablando de que necesitabas comprarte algo porque es una boda de etiqueta. Es perfecto, Hannah.

Le eché un último vistazo a mi reflejo y suspiré.

—Yo me he traído este. —Nicole dio una vuelta sobre sí misma—. ¿Qué te parece?

—Que estás pibonazo, como siempre.

Ella esbozó una sonrisilla, encantada con el piropo.

Siempre me había parecido una mujer guapísima. Su piel oscura era de un tono marrón cálido. Llevaba la melena casi negra algo desaliñada y los labios pintados de rojo. Varios anillos de plata adornaban sus dedos largos y, como siempre, tenía un aspecto increíble para acabar de bajarse de un avión.

—Quédate ahí, que te voy a hacer una foto para que se la mandes a tu madre —me dijo.

Posé un par de veces para su teléfono. Después, nos vestimos con el pijama y fuimos al baño. La estancia era tan minúscula que apenas entrábamos. Nos pusimos unas mascarillas purificantes de papel en el rostro y regresamos al salón.

—Ahora, vamos a lo importante —me dijo Nicole cuando nos sentamos en el sofá—. Si tuvieras que abrir la relación, ¿por qué hombre estarías dispuesta a hacerlo?

A mi amiga le encantaba hacer ese tipo de preguntas que no venían a cuento. En ese caso tenía la respuesta clara:

—Por Theo James.

Su carcajada cálida llenó la estancia. Vaciamos lo que nos quedaba en los vasos mientras nos partíamos de risa con nuestras ocurrencias y disfrutábamos de volver a estar juntas.

Un rato más tarde, al meterme en la cama, no pude evitar darle vueltas a todo lo que había pasado. ¿De verdad ese hombre tenía una relación abierta con Emma? Era cierto que no entendía lo de las relaciones abiertas. No me sentía capaz de tener una. Aunque para tener una relación abierta primero necesitaba tener pareja y, hasta la fecha, no había dado con mi media naranja.

Junio

Yo os declaro… enemigos