El resplandor anaranjado del cigarro era el único destello de vida en la noche oscura y tormentosa.
El hombre sentado tras el volante miró hacia el cementerio, a su izquierda, y sus ojos verdosos no perdieron de vista a los amantes que se besaban entre las tumbas. Aunque no podía ver a la chica, oculta como estaba detrás de su corpulento novio, sabía exactamente dónde se encontraba, al igual que lo había sabido todos esos años.
Los observaba desde la oscuridad de su coche, con la ventanilla bajada solo un milímetro para dejar escapar el humo y que no lo ahogara. Aunque no le temía a la muerte, en absoluto. Sin embargo, tenía un propósito, un objetivo que lo había impulsado durante mucho tiempo. Había estado al acecho, día tras día, semana tras semana, año tras año, acercándose paso a paso, metafóricamente, hacia su meta.
Dio una larga calada para llenarse los pulmones y sintió que el humo se filtraba en sus células, mezclándose con las cenizas de su antigua vida. Se frotó la rodilla ausente, acariciando el dolor fantasma que lo perseguía.
Un relámpago lo iluminó todo durante una fracción de segundo. Si el Cazador se hubiera dado la vuelta en ese instante, lo habría visto sin problemas. Sin embargo, el que era uno de los mejores asesinos de la mafia estaba distraído por una mujer. Un comportamiento irracional, descuidado. Se había involucrado emocionalmente con ella.
Los observó separarse y vio que él se agachaba para recoger el arma caída y entregársela a la chica. Observó, silencioso como las sombras, que la mujer lo seguía hasta el vehículo que los esperaba.
Al bajar completamente la ventanilla para arrojar el cigarro a medio fumar al exterior, la lluvia le besó la cara con el entusiasmo de una amante en plena reconciliación. Desvió los ojos hacia el anillo de plata que brillaba en su dedo anular derecho, con una calavera recreada en detalle. Fue un regalo que le hicieron hacía muchísimo tiempo. Antaño había sido la joya de su corona. Ahora, era su fantasma.
A lo largo de los años había reflexionado sobre la delgada línea que separaba la justicia de la venganza. En qué lado acabara cayendo él dependía mucho de la chica. Si llevaba el anillo, no era por los recuerdos de las risas y la amistad, sino para no olvidar todo lo que había perdido.
Había llegado la hora de recuperarlo.
Llovía a mares.
Las gotas caían contra el parabrisas y morían al instante, derramándose sobre el cristal mientras los truenos retumbaban en el cielo nocturno.
Morana estaba al otro lado de la ventanilla, mirando el diluvio, al abrigo de las gotas que intentaban penetrar las paredes invisibles y tocarla.
Sin embargo, en esa ocasión, ya la habían tocado. La lluvia la había besado, la había empapado, la había amado. En esa ocasión, estaba empapada, aterida y temblando por la fuerza del recuerdo de esas gotas acariciándole la piel durante un instante que había quedado congelado en su corazón.
En esa ocasión, tal como sucedió aquella noche en el ático, no estaba sola.
Todavía no había girado la cabeza para mirarlo en el coche.
Él también estaba tocado. Un poco antes, Morana lo había observado embelesada subirse en silencio al coche después de que se alejara de ella.
Las nubes lo habían cubierto todo. Los relámpagos habían hecho acto de presencia. Se había levantado el viento.
Y ella siguió al descubierto, a la intemperie, mientras él se ocultaba detrás de sus muros.
Aunque no del todo.
Porque si bien había arrancado el motor, no había hecho el menor gesto para mover el coche, y la esperaba en silencio mientras ella seguía a su lado, con los ojos clavados en el lugar exacto donde él había tomado una decisión y la había obligado a hacer lo mismo. La lluvia, el barro y la hierba habían cubierto las huellas de lo que había sido un punto de inflexión en el interior de Morana. El diluvio también había borrado la mayoría de las manchas que la explosión le había dejado en el cuerpo y le había abierto la herida del bíceps. Eso la preocupaba un poco, ya que la noche anterior había evitado mojársela y ahora estaba completamente empapada.
Mientras ella estaba allí de pie, distraída y considerando la tirantez que notaba en el brazo, él no había tocado el claxon ni una sola vez, no había abierto la puerta ni había pisado el acelerador. No había hecho ni un solo gesto que indicara que la estaba esperando. Sin embargo, ella fue consciente de ello por el simple hecho de que él seguía allí, como una fuerza silenciosa y magnética que permanecía obstinadamente en la soledad de ese lugar. Una presencia llena de vida entre la muerte y la destrucción que los rodeaban.
En silencio, él le había ofrecido refugio tras los muros que lo protegían. En silencio, ella había aceptado. Morana había rodeado el enorme vehículo y había ocupado el asiento del copiloto. Él se había limitado a salir del cementerio sin más.
El aire caliente procedente de la rejilla de ventilación le resultaba agradable sobre la piel fría y húmeda mientras ponía las palmas de las manos justo delante, permitiendo que el calor le calara poco a poco hasta los huesos. Recorrió a placer el interior del vehículo con la mirada por primera vez, y no se sorprendió en lo más mínimo al comprobar que los asientos de cuero negro estaban mojados por culpa de la ropa de ambos. Era la primera vez que se montaba en ese coche. Era un precioso BMW negro que le provocaba un poco de envidia, la verdad.
Morana sacudió ligeramente la cabeza y miró hacia la consola, en cuya pantalla táctil vio «Reproducir música». Levantó las cejas mientras se preguntaba qué tipo de música escuchaba, si es que acaso lo hacía alguna vez. ¿Sus gustos se inclinaban hacia el rock o hacia el R&B? ¿O era tan ecléctico como ella? Un sinfín de preguntas que nunca se había permitido hacerse sobre él le pasaron por la cabeza mientras observaba los objetos que los rodeaban.
Sus ojos errantes e inquisitivos se detuvieron al ver un colgante. Era pequeño y femenino, y pendía de una cadena de plata que colgaba del espejo retrovisor central, una especie de chapita redonda.
Con disimulo, pero muerta de curiosidad, entrecerró la mirada e intentó distinguir si había alguna inscripción en él.
Efectivamente.
«Hermana».
Ay, Dios. El colgante… le había pertenecido a ella.
A Luna.
Morana sintió que el corazón se le encogía de forma dolorosa, y el peso de todo lo que había descubierto hizo que se recostara contra el respaldo y que clavara la mirada en el silencioso hombre a su lado.
Parecía relajado en su asiento; no apretaba en exceso el volante ni la palanca cuando cambiaba de marcha, y mantenía la respiración suave y uniforme. Todo parecía ir bien. Salvo por un pequeño detalle: Tristan Caine miraba al frente con una concentración casi religiosa que Morana dudaba que necesitara para conducir, y había evitado sus ojos desde que le entregó el arma caída.
Desde que le había dado un beso que casi la deja sin alma.
Morana volvió a mirar de nuevo hacia el sencillo colgante, que se balanceaba en círculos con el movimiento del coche, y sintió que le dolía el pecho. Esa diminuta joya que se movía libremente entre ellos —la plata que llevaba la marca de su querida hermana pequeña, a la que perteneció en el pasado— decía más de él de lo que podría transmitir cualquier otra cosa. Tanta pena, tanta rabia, tantas cicatrices…
Y junto con el dolor que notaba, a Morana le llegó otra epifanía: el coche también era territorio de Tristan Caine. De lo contrario, el colgante no estaría allí, tan expuesto, tan bonito, tan vulnerable. Su mera presencia en el vehículo atestiguaba que era un lugar muy muy privado.
Y se dio cuenta de que, tal y como sucedió aquella primera noche lluviosa en el ático, cuando Tristan Caine decretó que Morana se quedaría con él en vez de con Dante, él la había dejado entrar en su territorio. Otra vez. Incluso después de haber tomado una decisión que ella ni siquiera podía empezar a comprender.
Morana todavía sentía las secuelas de aquella elección agarrotándole los músculos, propagándosele por la sangre, vibrando en todas las células de su cuerpo. Todavía sentía el frío metal de la pistola contra los latidos de su corazón. Todavía sentía la presión de esos labios palpitando contra los suyos, hinchados. Todavía sentía las caricias de esa lengua en el interior de la boca.
Un escalofrío la sacudió, y no habría sabido decir si era debido al frío o a los recuerdos.
Las preguntas se le agolpaban en la mente, las palabras se le acumulaban en la garganta y se le quedaban en la punta de la lengua, pero se la mordió, reacia a romper el silencio. Acababa de obligarlo a ponerse en una posición complicada y, sabiendo lo que sabía de él, Morana tenía claro que no le sentaría bien que lo obligara a hablar, no hasta que hubiera tenido tiempo de procesarlo todo.
O, bueno, al menos eso habría querido ella de estar en su lugar. Todavía no estaba segura de él, de lo que pensaba, pero seguía viva y temblando a su lado después de haberle dado la oportunidad de matarla. Y eso era suficiente. Por el momento.
Su móvil vibró en el salpicadero, poniendo fin al tenso silencio.
Morana miró hacia el teléfono de forma impulsiva.
Llamada entrante: Chiara Mancini
Frunció el ceño antes de poder contenerse. ¿Chiara? ¿Se podía saber quién era Chiara? ¿Y por qué llamaba a esas horas de la noche?
Volvió la cabeza hacia la ventanilla y clavó la mirada en las gotas de lluvia que caían en cascada por el cristal, en los demás vehículos de la carretera, casi desierta, pero fue consciente de que él rechazaba la llamada. No sabía si lo hizo porque estaba conduciendo, porque ella se hallaba presente o simplemente porque no estaba de humor.
Sin embargo, sintió un pequeño nudo en el estómago cuya mera existencia la preocupó. No debería notar ningún nudo. No debería reaccionar de ninguna manera por que una mujer con un nombre bonito lo llamara en la oscuridad de la noche. No tenía energía para lidiar con aquello. Menudo desastre.
Morana se quitó aquellos pensamientos de la cabeza y prefirió observar en cambio la mano enorme de Tristan Caine mientras este cambiaba de marcha con suavidad. Se permitió estudiarla como nunca antes lo había hecho, por falta de tiempo o de ganas. Se fijó en el enorme reloj, de correa metálica y esfera azul marino cara, que rodeaba su fuerte muñeca; en las venas que le recorrían el dorso de la mano; en el vello que salpicaba la piel que el puño de la camisa dejaba a la vista; en esos dedos largos y fuertes que había sentido íntimamente en su interior. Tras retorcerse un poco en el asiento, bajó de nuevo la mirada y le observó las magulladuras de los nudillos, que seguían en carne viva. Aunque bien podría haberse hecho esas heridas la noche anterior en la pared de la ducha, parecían recientes.
Abrió la boca para preguntárselo, pero vio que él torcía la comisura del labio un milímetro, así que volvió a cerrarla.
No era el momento. No era para nada el momento.
Los kilómetros pasaron volando mientras él conducía, sorteando con pericia el tráfico ligero, y, tras unos largos y tensos minutos, Morana por fin vio la entrada al bloque de pisos que se elevaba hacia el cielo tormentoso con el mar a la izquierda, a lo lejos.
Los dos guardias de la verja, armados con pistolas que llevaban en las caderas, saludaron a Tristan Caine de forma respetuosa con la cabeza mientras el coche los dejaba atrás para enfilar el pequeño camino de entrada por el que se accedía al aparcamiento subterráneo. La luz blanca iluminaba todo el espacio, reflejándose sobre el metal de los vehículos oscuros que allí descansaban. Morana los miró y se preguntó por un momento quiénes vivían en el edificio además de Dante y de él.
Antes de que pudiera seguir esa línea de pensamiento, él aparcó junto a su preciosa moto. Morana observó la carrocería oscura y en su corazón reverberó el anhelo de volver a montarla, procedente del preciado recuerdo del primer paseo en ella, del primer recuerdo de sentirse libre de verdad.
Aquel deseo se resquebrajó cuando oyó que se abría la puerta y se volvió para ver a Tristan Caine bajar del BMW, cerrando al salir, todo ello antes de que Morana hubiera podido siquiera desabrocharse el cinturón de seguridad. Tuvo la sensación de que quería alejarse de ella y, aunque le molestó un poco, lo comprendió. De haber estado en su lugar, lo más seguro era que lo hubiese abandonado en el propio cementerio y que hubiese salido corriendo para recuperar su querido espacio vital. Sinceramente, era lo que casi se había esperado que hiciera él.
Aunque él llegó el primero a los ascensores, la esperó al igual que había hecho en el cementerio en lugar de seguir sin ella. Morana abrió la puerta del coche y la cerró sin hacer ruido. Acarició el asiento de la moto. El aire frío del garaje hizo que su cuerpo húmedo se estremeciera mientras echaba a andar a paso ligero hacia donde Tristan Caine la esperaba junto al ascensor, con el pie entre las puertas para impedir que se cerraran.
Sorprendida por el gesto, entró mientras él se apartaba e introducía el código para subir al ático. Después, mientras se cerraban las puertas, observó sus figuras empapadas reflejadas en los espejos. Contempló la imagen que formaban. Él estaba bien vestido, con ese cuerpo alto y musculoso enfundado en el traje mojado y con la corbata empapada, con esos abdominales expuestos por la camisa blanca que se le pegaba al torso. En cambio, ella estaba andrajosa. Tenía la ropa desgarrada por la explosión, y el top que antes era claro se había vuelto de un extraño tono marrón, manchado por las vetas de mugre y de barro que cubrían la tela y, en algunos lugares, hasta la piel de Morana. Tenía el pelo mojado y enredado, con la coleta medio deshecha; las mejillas eran la única mancha de color en su cara, y tenía los ojos muy abiertos y un poco enrojecidos.
El contraste entre su aspecto —la piel más oscura de él frente a la palidez de la suya; la ropa oscura y limpia de él frente a la suciedad de la suya; la complexión alta y ancha de él frente a su cuerpo pequeño y voluptuoso; el poder que irradiaba ese hombre, incluso empapado como estaba, y que hacía que Morana se estremeciera aunque él ni siquiera la estuviera mirando— le provocó un escalofrío.
Hasta hacía poco, la idea de tener el cuerpo de ese hombre contra el suyo la había excitado —hasta un punto que nunca había llegado a entender—, pero en ese instante lo que sentía en su interior era un caos frenético. Fascinación y deseo, compasión y deseo, ira y deseo…, todo se mezclaba en un brebaje ardiente que bullía en su estómago, pues Morana era consciente de que, aunque ese no fuera el momento, algún día volvería a tenerlo y, esa vez, estaría tan desnudo como ella, con su piel contra la suya, con su sudor, su olor y sus cicatrices rozándola mientras ella lo marcaba con las suyas.
Él sería su ruina. Y ella sería la suya.
Sin embargo, aquel no era el momento.
Respiró hondo para centrarse, para darle tiempo a él y también para dárselo a sí misma, para procesar los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas. Miró a Tristan Caine mientras recordaba la primera vez que entró con él en el ascensor. Estaba apoyado en la pared del fondo, a poca distancia de ella, pendiente del móvil, sin levantar la mirada ni establecer contacto visual. Esa falta de contacto visual entre ellos era extraña. Y en ese momento, mientras la privaba de sus magníficos ojos, Morana se percató de lo mucho que había llegado a confiar en ellos para entenderlo.
Sabía que él era consciente de que lo estaba observando. Sin embargo, no levantó la mirada del teléfono en ningún momento.
Morana soltó un suspiro y empezó a frotarse los brazos para entrar en calor, consciente del ligero dolor que sentía en la herida. Entonces las puertas se abrieron por fin, dejándola frente a la majestuosa panorámica de la lluvia y la ciudad al otro lado del ventanal que tanto había llegado a apreciar y que siempre le robaba el aliento durante una fracción de segundo.
Y entonces, oyó unas voces airadas.
Una grave y masculina. Otra ronca y femenina.
Contuvo la sorpresa, tanto por la presencia de Amara como por escuchar a Dante hablar de una forma tan distinta a la habitual, y se quedó parada en el ascensor, mirando al hombre silencioso que tenía al lado, que por fin guardó el móvil para concentrarse en las dos personas que discutían en el ático.
—¡No tenías derecho! —exclamó Dante levantando la voz más que nunca, cada palabra rebosante de ira—. No era tu historia.
—¡No podía quedarme al margen y dejar que se destruyera a sí mismo o que la destruyera a ella! —replicó Amara, con la voz aún más ronca y baja, pero lo bastante firme como para que Morana entendiese que iba en serio—. Llevo años viéndolo hacer eso y no lo soporto más.
—¡No es asunto tuyo, me cago en todo! —gritó Dante, y Morana se estremeció—. ¿Quieres contarle a alguien cómo te hiciste esa cicatriz? Hazlo. Díselo a todo el mundo. ¡Pero no eres quien para ir por ahí contando de dónde vienen las de Tristan, Amara! Te lo conté en confianza y me has traicionado. Lo has traicionado a él. ¿Cómo cojones te has atrevido? —le preguntó, resaltando cada palabra.
—¿Me estás acusando de traición a mí? Por Dios, a veces ni siquiera te reconozco —susurró Amara, con la voz desbordante de rabia y un tono muy distinto al que había empleado hacía una hora para hablar de ese mismo hombre—. Sí, le he contado a una mujer inocente, que no tuvo nada que ver con lo que le pasó a Tristan, el motivo por el que su vida estaba en juego. Le he contado la verdad sobre él a una mujer que lo hace parecer más vivo que nunca. Si traicionándote a ti, o a él, consigo que tenga la oportunidad de cambiar su vida, ¡os traicionaría cien veces más! ¡Ella se merece saber la verdad, y él se merece una oportunidad!
—No me vengas otra vez con esas —le soltó Dante—. Esto muy sencillo, coño. Confiamos en ti y nos has traicionado. Es su historia, y él se la habría contado de haber querido. Pero no lo hizo.
—¡Porque tiene miedo de que las cosas cambien! —gritó Amara, con esa voz áspera cargada de tensión—. Pero las cosas tienen que cambiar, ¿no lo entiendes?
—Así no.
Se produjo un breve silencio antes de que Amara preguntara en voz baja:
—¿Estás enfadado porque he traicionado a Tristan o porque te he traicionado a ti?
«Chica lista», pensó Morana, que vitoreó en silencio a la mujer que se había convertido en su amiga y que acaba de usar su voz, suave y ronca por las heridas que sufrió, para poner en su sitio a un hombre vociferante. La embargó algo parecido al orgullo.
Antes de que pudieran pronunciar una palabra más, el hombre corpulento que estaba a su lado —y cuya quietud se había ido acrecentando con cada palabra que oían— salió del ascensor y giró a la derecha, acercándose a grandes zancadas al comedor, de donde procedían las voces. Morana lo siguió al instante, unos pasos por detrás, mordiéndose el labio para no decir nada.
Se detuvo antes de entrar al salón, y vio a Dante y a Amara petrificados a escasos centímetros el uno del otro, pero mirando a Tristan Caine con los ojos muy abiertos. Dante clavó la mirada en ella un instante, recorriéndola de pies a cabeza, y se detuvo en sus labios durante un largo segundo que, de repente, la hizo darse cuenta de lo hinchados que seguían. Morana mantuvo los ojos oscuros fijos en ese rostro tan apuesto y preocupado, pero él negó con la cabeza una vez y se alejó hacia el ventanal para darles la espalda.
Amara no la miró en absoluto, ni por un momento. En cambio, sí le sostuvo la mirada al hombre que estaba a su lado, con la espalda recta y el mentón alzado, sin rastro de remordimiento en el rostro por lo que había hecho. Morana sintió que el respeto que sentía por ella aumentaba, ya que sabía de primera mano lo intimidante que resultaba Tristan Caine cuando te taladraba con la mirada.
Cuando Morana dirigió la vista hacia él, lo descubrió observando a Amara con los dientes apretados.
Nadie dijo nada.
La tensión entre ambos pareció ir en aumento, hasta el punto de que Morana se planteó la posibilidad de intervenir. Sin embargo, en ese momento lo vio mover los labios.
—Vete a casa, Amara.
Oyó su voz (la voz de whisky y pecado) por primera vez desde hacía horas, dirigiéndose con delicadeza a esa hermosa mujer en lo que era al mismo tiempo una orden y una súplica.
Amara asintió sin discutir ni dar explicaciones, cogió su bolso de la encimera y pasó junto a ellos en dirección al ascensor. Una vez en el vestíbulo, se detuvo junto al panel y se volvió con esos ojos verdes brillantes por la furia para mirar a Dante, que seguía delante de la pared de cristal, dándoles la espalda.
—Deja de ser un puto cobarde, Dante —soltó con suavidad—. Ya va siendo hora.
«Oh, oh».
Y con eso, Amara entró en el ascensor y las puertas se cerraron.
Vaya.
Sin embargo, la cosa no terminó ahí. Morana observó con las cejas levantadas que Dante apretaba los puños a ambos lados del cuerpo antes de coger un jarrón del mueble más cercano y arrojarlo al suelo, haciéndolo añicos. Dio un respingo, sorprendida por el ruido del hermoso objeto de cristal al estamparse contra el suelo y acabar hecho pedazos, y ahogó un grito.
Estaba demasiado cansada, demasiado abrumada, como para presenciar más despliegues emocionales, por lo menos hasta el día siguiente. En cierto modo, le agradecía a Tristan Caine que hubiera guardado silencio en vez de convertirse en el torbellino obstinado que podía ser a veces. Por el momento, Morana necesitaba relajarse si no quería acabar como ese jarrón, destrozado por una fuerza que no podía soportar.
Así que, sabiendo que lo mejor para ella sería retirarse, dejar a los hombres con sus mutuas cavilaciones e intimidad y curarse la herida, retrocedió un paso.
Echó a andar hacia el dormitorio de invitados con pasos silenciosos, abrió la puerta y accedió, consciente del silencio sepulcral que reinaba en el ático. El único ruido procedía de la lluvia torrencial al estrellarse contra las ventanas. Tras soltar el aliento que había estado conteniendo desde que subió al ascensor, Morana puso su móvil a cargar, entró en el cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente de la bañera.
Acto seguido, se sentó en el borde y volvió a curarse la herida, siseando cuando el escozor hizo que se le llenaran los ojos, ya de por sí sensibles, de lágrimas, y la cerró con puntos adhesivos. Luego se quitó la ropa y la tiró en un rincón, consciente de que nunca volvería a ponérsela. Tras cerrar la puerta y comprobar la temperatura del agua, metió un dedo del pie en la enorme bañera y, por fin, se hundió en ella.
Nunca le había sentado tan bien el abrazo del agua caliente al sumergirse en una bañera.
Era el mejor abrazo del mundo.
Gimiendo por la forma tan increíble con la que el agua le acariciaba los músculos doloridos y le besaba los pequeños cortes, sumergió la cabeza una vez y luego la posó en los azulejos que tenía detrás, manteniendo los brazos apoyados en el borde, con los ojos cerrados.
No se permitió pensar en nada. Ni en su coche, ni en los asesinatos que había cometido a sangre fría, ni en su padre, ni en su intento de matarla, ni en el hombre que había ido a buscarla, ni en la decisión que ambos habían tomado, ni mucho menos en el beso que todavía sentía en los labios magullados. No se permitió revivirlo. Ni la lluvia, ni la pistola, ni el hombre. No se permitió recordarlo. Ni las suaves caricias, ni el ávido deseo, ni la silenciosa elección.
Siguió allí tumbada, dejando que el agua fuera un amante tierno que le calmaba las heridas, la limpiaba y la relajaba completamente entre sus brazos.
Ya pensaría en todo eso por la mañana. Ignoró el hilo del que pendían tanto ella como sus pensamientos, y también el dolor que le provocaba mientras se tensaba y unía todos sus recuerdos. Lo ignoró todo. Se limitó a seguir tumbada.
Después de mucho rato, cuando el agua se enfrió, la piel empezó a arrugársele y casi se quedó dormida por el simple alivio de darse un baño tras un día duro, salió de la bañera y quitó el tapón con los ojos irritados por el cansancio y la falta de sueño. Lo único que deseaba era meterse en su cómoda cama, taparse la cabeza con las sábanas suaves y dormir, sin que la molestaran, durante los próximos diez años. Como mínimo.
Suspiró y apagó las luces del cuarto de baño, tras lo cual salió al dormitorio, todavía oscuro, tan desnuda como llegó al mundo y sin importarle, porque estaba agotada y no le preocupaba la posibilidad de que él entrara en su cuarto esa noche, no después de lo distante que se había mostrado desde lo sucedido en el cementerio.
Sin pensárselo dos veces, se metió en la cama, se acurrucó entre las numerosas almohadas y se le escapó un gemido por la maravillosa sensación.
La vibración de su teléfono hizo que abriera un ojo. Había vuelto a la vida.
Lo cogió, desconectándolo del cargador, desbloqueó la pantalla y vio las notificaciones de cuatro llamadas perdidas y de tres mensajes de texto de Tristan Caine.
Pestañeó mientras el sueño se alejaba, tragó saliva, pulsó sobre las notificaciones de los mensajes y vio el último que ella le había enviado.
Y con razón. Por algo acabo de hacer estallar un coche y de cargarme a dos hombres a sangre fría. [16.33]
Tristan Caine
[16.34] Dónde estás?
[17.00] No tiene gracia, señorita Vitalio. Dónde estás?
[17.28] Te juro que… DÓNDE COJONES ESTÁS?
Y luego nada.
Los nervios le provocaron un nudo en la garganta y sintió en el estómago la vorágine de emociones que había intentado evitar. Cerró los ojos y volvió a dejar el móvil en la mesilla, tras lo cual se tumbó de costado.
Eran casi las diez y media, lo que significaba que él había llegado al cementerio sobre las nueve. ¿Qué había estado haciendo desde el último mensaje que le envió?
No. Se obligó a dejar de pensar en eso, inhaló profundamente —el suave aroma cítrico del suavizante de las sábanas le inundó las fosas nasales— y se dijo que debía limitarse a dormir sin más. Al día siguiente tendría mucho tiempo para pensar, procesar y planificar. De momento, y pese a los sucesos del día, estaba viva y cansada, y su cerebro podía esperar unas horas.
Asintió y estaba a punto de cerrar de nuevo los ojos cuando las voces del exterior irrumpieron en su conciencia. Frustrada, se tapó los oídos con la almohada.
Y luego la apartó.
Los hombres estaban hablando.
Se mordió el labio inferior y se preguntó qué estarían diciendo cuando el silencio reinante en el ático la ayudó. Sus voces, aunque no eran fuertes, llegaron hasta ella con la suficiente claridad como para entender lo que decían.
—Padre llamó mientras estabas fuera —dijo Dante.
Así que ninguno de los dos iba a hablar de su bienestar emocional. Hombres.
El sonido de los cristales al entrechocar contra algo de plástico le indicó que uno de ellos estaba recogiendo los restos del jarrón.
—Las cosas se están complicando en casa, Tristan —siguió Dante con el tono tranquilo y sereno que a aquellas alturas asociaba con él—. Están empeorando. Tenemos que volver.
Tristan Caine no habló durante un momento.
Después Morana sintió que su voz le acariciaba la piel desnuda.
—Sí, tenemos que volver.
Morana disfrutó de esa voz grave durante un segundo antes de asimilar las palabras. ¿Se iba?
Sintió un nudo en el estómago y una extraña sensación de pánico la invadió por alguna razón. Después de las últimas horas, de las últimas semanas, después de asegurarse de que ella no huyera cuando intentó hacerlo, ¿él iba a dejar la ciudad atrás? ¿Iba dejarla a ella atrás? ¿Justo después de que Morana se hubiera arriesgado más que en toda su vida?
Se le contrajo el corazón.
Aferró las sábanas con ambas manos e intentó mantener la mente tranquila para concentrarse en lo que decían.
—¿Vamos a hablar del tema o no? —dijo Dante.
—No tenemos ningún tema del que hablar. —Hastío. Indiferencia. Él.
Morana oyó suspirar a Dante. Estaba bastante segura de que llevaba mucho tiempo familiarizándose con ese tipo de suspiros.
—¿Qué estabas haciendo esta tarde en casa de ese cabrón, y para colmo solo?
Ese no era el tema que ella había imaginado. ¿A quién se referían?
—Haciéndole una visita —respondió Tristan Caine.
Levantó las cejas al oír el tono desafiante de su voz.
Dante no la defraudó.
—Tristan, ya estás lo bastante jodido. Por si se te ha olvidado, alguien quiere matarte…
—Como siempre.
—… y tú sigues echándole leña al fuego. No nos interesa que Gabriel Vitalio se ponga chulo ahora mismo, cuando estamos aquí.
Uno.
Dos.
Petrificada.
Morana miró al techo petrificada. ¿Había ido a ver a su padre? ¿A la mansión? ¿Solo? ¡¿Estaba loco?!
En ese momento, su cerebro le proporcionó la imagen de las manos de Tristan Caine. Los nudillos ensangrentados e hinchados que le habían dejado claro, incluso mientras la besaba, que había hecho que esa tarde fuera una pesadilla para alguien. Ella había desaparecido y él había ido solo a la mansión de su padre…, ¿y había conseguido salir? ¿Y por eso ahora tenía los nudillos en carne viva?
¿¡Qué había hecho!?
Con la respiración agitada y el corazón acelerado como un caballo desbocado, Morana ni siquiera alcanzaba a comprender las implicaciones de todo aquello. No podía.
Sin embargo, había algo más. Algo nuevo. Porque, cuando ella se había caído por las escaleras, Tristan Caine castigó a su padre. Porque, cuando ella había desaparecido, él había entrado en la boca del lobo, le había prendido fuego y había salido ileso. La novedad de sentirse así por primera vez en su vida le llenó a Morana los ojos de lágrimas. Tras haber estado siempre sola, con la certeza de que nadie se inmutaría si se marchaba, saber que ese hombre (el que la había odiado durante veinte años de su vida) había sangrado por ella hizo que el corazón se le encogiera como nunca antes, de una forma que no alcanzaba a comprender. Solo sentir.
Inspiró de forma entrecortada y siguió escuchando, con los nudillos blancos por la fuerza con la que agarraba las sábanas.
—Entonces menos mal que no vamos a estar mucho más tiempo aquí, ¿no?
Una larga pausa.
—¿Eso incluye a Morana? —preguntó Dante en voz baja.
El corazón empezó a palpitarle con más fuerza en el pecho, martilleando con un ímpetu que se mezclaba con las inexplicables emociones de su interior, mientras esperaba una respuesta de Tristan Caine que le indicara cuáles eran sus intenciones. Porque aunque solo había obtenido silencio por su parte, había visto sus actos. Y en ese momento necesitaba que siguiera actuando.
Dado que no dijo nada durante un momento, Dante volvió a suspirar y a Morana se le encogió el corazón.
—Tristan, es su hija. Aunque entiendo por qué está aquí, no podemos dejar que esto continúe. Vitalio podría tomar represalias. Y la cosa podría acabar mal. Ya lo sabes. —Más silencio—. No estás tan centrado como de costumbre en la amenaza que nos acecha y en el proceso para eliminarla. No podemos permitirnos una guerra en toda regla como esta, Tristan. Has estado distraído…
—Ella no tiene la culpa…
—Ah, ¿no? —Una pausa. Dante siguió—: A ver, me apetece tan poco como a ti verla bajo el techo de ese gilipollas. Tenemos un piso franco al que podríamos trasladarla. Quizá hasta podríamos conseguirle documentación falsa y sacarla del país como hicimos con Catarina y las niñas. Yo me quedaré atrás para asegurarme de que todo sale bien, de que no le hacen daño y…
—Ella viene conmigo.
Tres palabras.
Suaves. Guturales. Irrefutables.
El aliento que Morana había estado reteniendo se escapó de golpe. El corazón le palpitaba tan fuerte que sintió que se mareaba. Se puso la mano en el pecho desnudo, sintió el rápido latido bajo la palma y respiró hondo varias veces, dejando que el alivio y otra cosa más la inundaran.
«Ella viene conmigo».
¿Acaso quería irse Morana con él? ¿Dejar atrás el único hogar que había conocido, la única ciudad que había conocido, la única vida que había conocido? Sabía que podía oponerse, pero ¿quería hacerlo?
No.
Dante permaneció en silencio durante un largo minuto y ella se preguntó qué aspecto tendrían en ese momento, hasta qué punto se mantenían apartados el uno del otro, hasta qué punto se desafiaban con la mirada.
—Padre tomará represalias —advirtió Dante con su voz serena.
Tristan Caine resopló.
—Me importa una mierda.
—Lo que me preocupa no son las represalias que tome contra ti —apostilló Dante—, sino las que toma con ella. Por haber hecho lo que él nunca pudo hacer.
Morana se preguntó qué quería decir exactamente con eso último.
—Déjalo, Dante —masculló Tristan Caine, con la voz convertida en una peligrosa cuchilla—. Se enterará de todo cuando aterricemos. Prepara el avión para mañana.
—Tendrás que estar listo a las ocho —dijo Dante.
—Perfecto.
Muy bien.
Morana respiró hondo y oyó el suave tintineo del ascensor que indicaba que Dante lo había llamado.
—Por cierto —dijo Tristan Caine—, ha llamado Chiara.
Chiara Mancini. La llamada telefónica. ¿Quién era?
—¿Para qué?
—No he contestado. Ni pienso hacerlo —soltó Tristan Caine—. Pero como él la convenza de…
—Me ocuparé de ello antes de embarcar —le aseguró Dante, la campanilla del ascensor volvió a sonar y Morana supo que se había ido.
¿Se podía saber quién era esa mujer?
Se colocó de costado y miró la lluvia a través de los cristales de su habitación. Se maravilló del cambio tan drástico que había sufrido su vida desde la última vez que había estado en esa cama bajo una lluvia así. En aquel entonces hasta contempló la posibilidad de saltar por esas ventanas, aunque fuera de forma hipotética. Sin embargo, ahora no concebía la idea de desprenderse de algo tan valioso en su interior, algo que hacía que lo sintiera todo con tanta intensidad, algo por lo que había empezado a luchar.
Su vida.
Estaba viva y nunca lo había sentido de forma tan visceral como ese día. Asimiló los nuevos datos que había averiguado sobre Tristan Caine desde lo sucedido en el cementerio. Incluso después de veinte años, llevaba un colgante de su hermana en el coche. Había ido solo a la mansión de su padre por alguna razón, le había dado una paliza a alguien y, aun así, había vivido para contarlo, lo que le dejaba claro hasta qué punto lo temían todos. Morana no conocía a muchos hombres, a ninguno en realidad, que pudieran decir que habían entrado solos en la casa del enemigo, se habían liado a puñetazos y habían salido con vida.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y cerró los ojos al repasar el dato más reciente: estaba dispuesto a llevársela con él, lejos de ese lugar donde ya no había nada para ella, lejos de ese infierno, aunque con ello provocara no solo la ira de su padre, sino también la de Lorenzo Maroni. Y, además, estaba seguro de que Morana no sufriría daño alguno. Ella también estaba segura de ello. Porque, aunque él siempre había amenazado con matarla, analizándolo todo en retrospectiva, se daba cuenta de que Tristan Caine nunca había reaccionado bien al verla herida: ni cuando acudió a él después de que su padre la dejara caer por las escaleras, ni cuando él mismo le disparó en el brazo para salvarla. O cuando creyó que Morana había muerto y acarició lo que quedaba de su querido coche.
El corazón se le encogió al visualizarlo.
Pero antes de que pudiera ahogarse en el recuerdo, sintió una suave corriente de aire en la habitación.
La puerta se abrió.
La sorpresa la invadió por completo al tiempo que el instinto y una voz arraigada en lo más profundo de su ser le indicaban que no moviera un músculo ni abriera los ojos, por si él se iba sin hacer lo que había ido a hacer. ¿Y qué había ido a hacer? ¿Había entrado para verla dormir, como ya había hecho en una ocasión? ¿O a hablar, cosa que a ella aún no le parecía plausible?
De repente fue muy consciente de que tenía los brazos expuestos, de que la manta apenas si le cubría los pechos, de que se le había olvidado taparse una pierna y de que estaba desnuda hasta la cadera. Notó algo eléctrico que le corría el cuerpo, se le erizó la piel, sintió un hormigueo en los dedos de los pies y el deseo le subió por la pierna expuesta, haciendo que se le endurecieran los pezones, uno de los cuales casi asomaba por encima de la sábana.
Sin embargo, no se movió, no hizo nada para taparse, no hizo gesto alguno que delatara que no dormía plácidamente. Respiró de manera regular, aunque le costó la misma vida, al igual que mantener el cuerpo relajado.
No sabía si él estaba junto a la puerta, si había entrado en la habitación o si se había acercado a la cama. No sabía si tenía un buen ángulo para verle la pierna o el pecho. Ni siquiera sabía si la intensa mirada que sentía sobre ella era real o producto de su imaginación. Sin embargo, lo que sí sabía era que él ya la había observado antes mientras dormía, aunque no sabía durante cuánto tiempo ni desde qué distancia. En aquel entonces no estaba despierta. En ese momento sí. Y quería ver qué haría él, si revelaría algo más de sí mismo cuando creía que nadie lo veía.
Morana mantuvo la respiración relajada, aunque el corazón se le desbocó en el pecho cuando un trueno retumbó en el cielo, y se contuvo para no clavarse las uñas en las palmas, para no morderse los labios magullados, para mantener a raya los estremecimientos. Sentía los labios ardiendo, el peso de su mirada en ellos, acariciándolos con los ojos, separándolos en su mente. Tal vez todo fuera producto de su imaginación, pero de alguna manera esa misma voz de su interior le dijo que él la estaba observando, y ese mismo instinto primario hizo que quisiera arquear la espalda por el deseo y despojarse de la manta.
No lo hizo.
Prefirió dejar que sus labios sintieran el ardor de esa mirada, que su interior sintiera el anhelo, que su boca sintiera el recuerdo de la suya.
Algo feroz y ferviente se le enroscó en las entrañas.
El corazón le latía con rapidez, el pulso le retumbaba en los oídos mientras una presión crecía en su interior, entre sus muslos, provocándole un cosquilleo en la piel, haciendo que tuviera más calor del que debía bajo la sábana y que quisiera sacársela de encima a puntapiés. Le hervía la sangre de placer y él no le había puesto ni un dedo encima.
Sin embargo, Morana permaneció inmóvil todo el tiempo, mientras esas llamas le corrían por el cuerpo, mientras sentía una punzada en el pecho, mientras las emociones le abrumaban el corazón. Permaneció inmóvil y relajada por fuera, con la máscara perfecta que había llevado durante tantos años.
Pasó el tiempo.
Unos segundos largos y tensos.
Unos segundos cortos y pecaminosos.
Con la facilidad de los granos de arena colándose entre los dedos.
Con la dificultad de un reloj roto.
Pasó el tiempo.
Con latidos.
Con respiraciones.
Y el aire se movió de nuevo.
Estaba allí.
Lo supo, con una claridad repentina lo supo: estaba justo delante de ella.
A juzgar por lo que percibía, se encontraba entre la ventana y ella. Morana tenía el cuerpo vuelto hacia él, la cara a escasa distancia de sus muslos. Percibía la cercanía de esa mirada, la proximidad de su calor, el olor almizcleño que despedía su cuerpo, ese amplificado por la ropa mojada que era él en sí mismo.
La curva de su estómago temblaba oculta bajo la sábana; el corazón le latía por la expectación que crepitaba entre ellos; se le humedecieron las palmas de las manos mientras hacía acopio de fuerzas para mantenerse relajada, a la espera de descubrir qué iba a hacer él.
A una parte de ella le inquietaba lo mucho que la afectaba, el poder que ostentaba sobre su cuerpo. Sin embargo, la otra parte disfrutaba y celebraba las sensaciones que le provocaba, el sentirse viva de una forma que había creído inalcanzable.
No lo entendía. Pero, en ese instante, tampoco quería entenderlo.
De modo que se quedó respirando con tranquilidad.
Dentro.
Fuera.
Dentro.
Fuera.
Dentro…
Notó un dedo.
Un dedo pasando sobre su herida.
No fue una caricia. Ni siquiera un roce. Simplemente fue un movimiento que flotó justo sobre su piel, al borde de un precipicio, pero sin llegar a caer, el fantasma de un contacto vacilante que siguió el rastro de los puntos adhesivos con tanta ligereza que Morana habría sido incapaz de detectarlo de no ser tan consciente de cada uno de sus movimientos.
Casi se le detuvo el corazón mientras la piel de todo el brazo se le ponía de gallina, se cubría de sudor, se tensaba.
La presencia desapareció, y Morana estaba a punto de abrir los ojos para invocarla de nuevo cuando reapareció sobre su mentón, ligera como el aire. Ese dedo que no llegó a tocarle la piel en ningún momento le apartó un mechón de pelo, dejándole la garganta y el hombro desnudo expuestos ante su mirada. Sentía que su pulso se agitaba en la base del cuello, que una gota de sudor le aparecía sobre el labio superior mientras ese dedo le sobrevolaba la mandíbula, siguiendo el camino que había trazado con la pistola hacía unas cuantas horas.
El recuerdo del metal sólido, insistente y frío, en contraste con la realidad del roce casi intangible de ese dedo, apenas perceptible y tan suave, le provocó una descarga eléctrica entre los muslos. Todo su ser se inclinó hacia su contacto. Todo su cuerpo ansiaba sentirlo sobre ella. El cerebro empezaba a ofuscársele, perdía el control de sus facultades, sus pulmones ansiaban una bocanada de aire que se negaba a tomar.
El instinto, ese elemento tan molesto, le decía que él se marcharía si mostraba el menor indicio de estar despierta. Y Morana no quería que se marchara. Todavía no.
Sentía que aquel contacto… que aquello… la estaba devolviendo a la vida.
Él le trazó el contorno de la oreja.
Ella estuvo a punto de encoger los dedos de los pies.
Le recorrió la piel acalorada de la cara, pasando de nuevo por la mandíbula… y Morana agradeció y maldijo al mismo tiempo que no la tocara, porque si lo hubiera hecho su piel la habría traicionado. Era como espiar una conversación privada e íntima. El corazón le latía a mil por hora, casi demasiado rápido como para que ella pudiera seguirle el ritmo, y Morana apretó los muslos, en busca de un poco de estabilidad.
En ese momento, el dedo se detuvo sobre sus labios.
Y ella perdió la poca estabilidad que había encontrado.
Los labios, tan sensibles e hinchados, todavía con la huella del beso que él le había dado, le temblaron.
Solo un poco, pero lo hicieron.
Se le paró el corazón. ¿Lo habría sentido él?
«Quieta».
Morana se quedó completamente quieta,, como una presa al detectar a un depredador.
Él se quedó quieto, como un depredador al detectar a su presa.
Aunque ¿quién había sido quién en los últimos minutos? ¿Lo habría sentido él?
Morana obtuvo la respuesta al cabo de una milésima de segundo.
Él apartó el dedo. Y se fue tan silenciosamente como había llegado.
Oyó el ruido de la puerta al abrirse. Y luego al cerrarse.
Se relajó. Se estremeció de arriba abajo. El pecho se le agitó como si hubiera corrido un maratón. Las manos le temblaron cuando se desarropó, con el cuerpo ardiendo por un fuego que no podía controlar.
La había dejado devastada. Por dentro. Por fuera.
Y ni siquiera la había tocado.
Hundió la cabeza en la almohada, con los pezones doloridos descubiertos al aire frío. Se llevo las manos, demasiado pequeñas, a los pechos y los apretó, jadeando al sentir que el roce de los pezones contra las palmas le provocaba un intenso placer que le envió una ráfaga de chispas hasta los dedos de los pies.
Él nunca le había tocado los pechos. Sin embargo, durante ese momento robado, Morana imaginó que eran sus manos grandes y ásperas, fuertes contra su carne blanda, las que le acariciaban con destreza los pezones. Imaginó los callos de esos dedos rozándole mientras él se los pellizcaba. Imaginó que la abarcaba por completo. Imaginó que era él quien se los apretaba mientras lo hacía ella misma, y sus labios se separaron en una respiración entrecortada.
Se sentía líquida, maleable, con los músculos tensos, en el umbral de un infierno que estaba a punto de consumirla, y dejó que sus dedos temblorosos se colaran entre sus muslos.
Estaba empapada.
Como no lo había estado nunca.
Absolutamente empapada.
Un pequeño gemido brotó de sus labios y volvió la cara hacia la almohada, tan al borde del precipicio que sabía que no haría falta mucho para que cayera al abismo de placer que la esperaba más abajo.
Deslizó un dedo en su interior con facilidad. Y luego otro.
El deseo la hizo tensarse en torno a ellos, sin control. Recordó lo que sintió al tenerlo dentro, tan grande, tan duro y tan poderoso. Recordó cómo la había embestido, con una concentración, una ferocidad y un fuego que la habían hecho arder. Recordó cada envite que había llegado a ese punto de su interior, cada empujón que le había hecho arquear la espalda, cada sonido que había provocado su piel al chocar contra la suya, haciendo que se mojara cada vez más.
Jadeando, se acarició el clítoris con el pulgar, solo una vez.
Y explotó.
De una forma gloriosa.
Arqueó la espalda mientras mordía la almohada para amortiguar sus gemidos. Elevó todo el su cuerpo de la cama durante una fracción de segundo mientras las llamas le corrían por las venas y se enroscaban en su interior, estallando en la más deslumbrante de las explosiones, cegándola durante un segundo.
Era pura locura.
Puro éxtasis.
Puro delirio.
Se dejó caer sobre el colchón, más agotada que antes, desmadejada y sin fuerzas para mover un solo músculo, mientras unos ligeros escalofríos la recorrían de arriba abajo.
Dios, ¿qué acababa de pasar? Él ni siquiera la había tocado, no había hecho el menor ruido y, sin embargo, había conseguido dejarla empapada.
Ese poder la asustaba. La emocionaba. La devolvía a la vida.
No, él la devolvía a la vida.
Morana se relajó poco a poco. Se quedó con el cuerpo laxo, mucho más susceptible al sueño una vez liberada la tensión. Se colocó otra vez de costado y volvió a arroparse mientras se disponía a mirar la lluvia a través de la ventana una vez más.
Y se le detuvo el corazón.
Él estaba allí.
En la oscuridad.
Apoyado en la pared, junto a la ventana. Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, con la corbata desanudada colgando del cuello y con esos magníficos ojos clavados en ella.
Estaba allí. Había estado allí en todo momento.
A Morana se le atascó el corazón en la garganta mientras se enfrentaba al fuego de su mirada por primera vez desde que estuvieron en el cementerio, y se sintió abrasada. Al ser consciente de lo que él acababa de presenciar, el rubor se le extendió por todo el cuerpo bajo semejante intensidad.
Tristan Caine se había dado cuenta de que había estado jugando con él antes, y se la había devuelto.
Sonrojada hasta el nacimiento del pelo, Morana le sostuvo la mirada, aunque bajó los ojos un momento y los clavó en el enorme bulto que se intuía en sus pantalones. Volvió a mirarlo, enardecida por la certeza de que lo había excitado mientras se tocaba, sintiendo que algo salvaje despertaba en su interior.
Sabía que él no rompería el silencio, no esa noche.
Sin embargo, volvía a mirarla, aunque fuese con renuencia.
Eso le arrancó una pequeña sonrisa.
Vio que la mirada de él iba hacia sus labios, y después se puso de nuevo de espaldas, se arropó hasta la barbilla y cerró los ojos de forma deliberada.
Sintió sus pupilas clavadas en ella durante mucho rato, pero en esa ocasión el corazón no se le aceleró. En esa ocasión le latió en el pecho arrullado por un extraño consuelo que no podía entender, solo sentir. Había sobrevivido a los sucesos del día y ahora lo entendía mejor, y él había compartido un poco su pasado con ella y ahora la entendía mejor. Por alguna razón, eso la reconfortó.
Sintió que se iba con el mismo sigilo con el que había entrado, dejándola sola en el dormitorio, acompañada por la certeza del deseo que sentía por ella.
Casi al borde del sueño, Morana intentó que su mente desconectara y descansara todo lo posible. Porque la ansiedad y la expectación no dejaban de darle vueltas en el estómago.
Por la mañana comenzaría algo nuevo.
Por la mañana su vida cambiaría.
Por la mañana se irían a Tenebrae.