Prólogo. A la edición alemana

En literatura, que un novelista se retrate a sí mismo —con un seudónimo— para protagonizar una de sus novelas no es algo extraordinario («Madame Bovary, c’est moi»). Mucho menos habitual es encontrar a un novelista —también disfrazado— convertido en personaje de una novela escrita por un contemporáneo.

Sin embargo, eso es lo que ocurre en este libro, Último día en Budapest —el título original, traducido literalmente, es «Simbad vuelve a casa»—, que escribí hace casi cuarenta años. El antihéroe de mi novela es Gyula Krúdy, un escritor húngaro fallecido una década antes. Mi intención no era escribir una obra «biográfica»: el Simbad de mi libro es una persona real y, al mismo tiempo, una criatura de ficción. (Por lo general, en las biografías literarias, antes de meter en el ataúd a un personaje famoso, se lo lava y embalsama; sólo después de haber coloreado las mejillas y engominado el bigote del ilustre cadáver, se lo envía al Olimpo, acicalado de ese modo.) Lo que me ocurrió con el antihéroe de Último día en Budapest fue parecido a soñar con alguien y encontrártelo al día siguiente, en carne y hueso, en la realidad.

Ahora que el libro, traducido a otra lengua, va a llegar a las manos de lectores que no son húngaros, me parece útil proporcionar algunos datos que permitan situar a Simbad.

Cuando en 1933, a la edad de cincuenta y cuatro años, desapareció físicamente, Gyula Krúdy llevaba mucho tiempo muerto en Hungría, desde el punto de vista literario. Al final de su vida, ninguna editorial quería publicar sus libros, algunos de los cuales publicó por cuenta propia y consiguió difundir, mal que bien, con el apoyo de periodistas de provincias. Mientras vivió, fue un escritor conocido y valorado, pero nunca obtuvo el favor del gran público: era un «escritor para escritores». Y dentro de esa curiosa categoría, según esa vara de medir y ese orden de prelación practicado por los escritores, más estricto que la etiqueta de la antigua corte española, fue una autoridad indiscutida. En el mundo de las Letras, la fama, el número de lectores y el éxito comercial, el eco social, los títulos y los honores, los premios literarios y las críticas elogiosas o negativas carecen de importancia; lo único que cuenta es el talento. Y la energía que anima al creador a la hora de dar forma a su pensamiento. Villon, Verlaine y Rimbaud eran vagabundos. Baudelaire, un burgués dandi y anarquista. Como tantos otros, vivían en los márgenes de la sociedad, pero siempre de forma regia, como los príncipes disfrazados de los cuentos orientales. Un príncipe de incógnito, eso era en la literatura húngara Simbad, tan poco leído en sus últimos tiempos. Cuando murió, su obra cogía polvo en las librerías y los puestos de viejo. Hubo que esperar dos décadas para que esa obra aquejada de catalepsia renaciera.

Unos años después de su muerte, el clamoroso silencio que rodeaba la obra de ese gran escritor me indujo a intentar poner remedio a esa injusticia más allá de su tumba, y escribí una novela sobre los últimos días de un escritor húngaro que se hacía llamar Simbad: había una vez un tal Simbad... Pero esa exhumación también era una excusa para mostrar, al margen de la Hungría oficial, histórica y actual, una imagen de la «otra Hungría», la Hungría auténtica, preservada en los textos de Simbad como un insecto atrapado en ámbar antediluviano. En la época en que escribí la novela, a principios de los años cuarenta, lo que se había perdido no era sólo el recuerdo de Simbad y su obra, sino también el de esa Hungría que aparecía reflejada en dicha obra. Sin embargo, como un planeta que a lo largo de su evolución en el cosmos crea la atmósfera indispensable para su existencia orgánica, un gran escritor crea un clima que permite a sus personajes vivir y desarrollarse en su universo de forma orgánica. Simbad —como a veces se apodaba a sí mismo en sus libros, con ironía— era esa clase de escritor. Cuando, tozudo como un moscardón, quise sacar de nuevo a la luz la obra del gran escritor injustamente olvidado, mi intención era evocar no sólo al maestro desaparecido, sino también esa «otra Hungría», que, ya en aquella época, casi había dejado de existir salvo en la literatura.

Al escribir ese libro, no creía, como tampoco creo hoy, que la obra de Simbad necesitara el patrocinio público de nadie, y menos aún el mío. Los escritores pueden soportar la alabanza o el insulto, pero no aceptan ningún tipo de paternalismo, ni vivos ni muertos. Estoy convencido de que la obra de Simbad, cuya belleza y significación sólo había podido apreciarse hasta ahora en la lengua húngara, singularmente alejada de las indoeuropeas, saldrá un día de su cuarentena lingüística, gracias a su intrínseca fuerza espiritual y sin apoyos extemporáneos, para abrirse paso hacia el reconocimiento literario internacional. (En la actualidad, más de un cuarto de siglo después de su muerte, el nombre de Gyula Krúdy no es totalmente desconocido en el extranjero, donde empieza a leerse su obra.) Los grandes escritores tienen el tiempo a su favor. En lo que a mí respecta, en cuanto escritor húngaro, más que resucitar a Simbad, considero urgente intentar, con mis modestos medios, que los lectores extranjeros conozcan la «otra Hungría», un país que, tras grandes transformaciones históricas y sociológicas, ya sólo existe en las profundidades de la literatura húngara. En la obra de Simbad, por ejemplo. Hace mil años, cuando la tribu de los magiares abandonó Levedia, al pie de los Urales, para dirigirse al sur, llevó consigo arcos y útiles, pero sobre todo una lengua que nadie, salvo los miembros de la propia tribu, comprendía. Al marcharse de su tierra, lo que buscaban esos magiares nómadas no era una patria, sino praderas en las que alimentar a sus animales. Quienes más tarde transformaron la pradera en patria fueron los poetas y los escritores. Por ejemplo, Simbad.

Para los demás pueblos, el húngaro, como todos los pueblos, presenta diversas caras. Frente a la versión impuesta por la Historia, la del patriota con alamares, existe otra modelada por la literatura. A menudo la visión histórica y oficial desdibuja el verdadero rostro de un pueblo, no sólo ante el mundo, sino también en la conciencia de los habitantes del propio país. Simbad escribió sobre el rostro de la «otra Hungría». En la mente de los extranjeros hay un húngaro «fogoso, caballeresco, amante de la libertad» y un húngaro «heroico y romántico», al lado de otras representaciones, condescendientes o críticas, que se suman a esos lugares comunes. Los antihéroes de Simbad son distintos. Su denominador común es la soledad. Porque, efectivamente, desde hace mil años, el pueblo húngaro, rodeado por las grandes potencias eslavas y germánicas, vive en la misma soledad que una tribu beduina en el desierto. Nadie comprende su lengua. Sus peculiaridades étnicas y sus tradiciones suelen considerarse más bien un folclore exótico que un conjunto orgánico parangonable al de las civilizaciones que lo rodean. Y todo lo relacionado con ese pueblo está cubierto por la arena de la soledad. Simbad escribió sobre esa Hungría solitaria.

Pero ya hemos hablado bastante del antihéroe. Simbad lo dejó todo dicho al respecto... En Hungría, tras medio siglo de muerte aparente, su obra ha resucitado con fuerza. La absurda y violenta coerción de la política cultural comunista no consiguió erradicar la nostalgia que, después de la insurrección de 1956, se apoderó de los lectores húngaros y los llevó a volverse hacia la obra de Simbad. Los comunistas se vieron obligados a publicar de nuevo sus libros, pese a que no estaban «en la línea» del Partido. Aunque el señuelo del «realismo socialista» había viciado su gusto, los lectores húngaros bebieron con avidez de la obra de Simbad como si fuera un licor noble y vivificante conservado en «una botella cubierta de telarañas» (título de una colección de relatos de Gyula Krúdy). No era ni una moda ni una protesta. Era una necesidad, una toma de conciencia y el recuerdo de que existía «otra cosa». Y también la esperanza de que esa «otra cosa» sobreviviera al desierto del presente, del mismo modo que la obra de Simbad había sobrevivido a su aparente muerte.

El objetivo de mi libro es prestar un modesto servicio a esa «otra Hungría». Hace treinta años que me exilié de mi país, donde los comunistas habían tomado el poder por la fuerza. Si abandoné la tierra de mis antepasados no fue porque pensara que el régimen no me permitiría escribir. No, si me marché fue más bien porque creí, y no sin motivo, que no me permitiría callar. (Tiene los medios para hacerlo.) Durante estos últimos treinta años, Hungría ha sufrido una profunda crisis identitaria. Quizá por eso no resulte inútil dar ahora noticias de esa «otra Hungría», aunque sea en una lengua extranjera.

SÁNDOR MÁRAI

Salerno, 1978

ÚLTIMO DÍA EN BUDAPEST

A la memoria de Gy. K.

A la familia Kéhli, al pequeño Bródy,

al camarero del bigote pelirrojo, a los escritores

y a todas las mujeres, a los jockeys, a los

marinos y a los caballeros que lo conocieron,

lo quisieron y que lloran el mundo que

desapareció tras su muerte