Cornualles
Rose no pudo evitar parpadear al alzar la vista hacia el sol deslumbrante. Había estado lloviznando durante toda la mañana y una húmeda neblina desplegaba su pesado manto sobre el paisaje, pero justo a la hora del té el tiempo por fin había concedido una tregua. El gris de aquel cielo de agosto dio paso a un azul limpio de nubes que hacía brillar el esplendor floral del jardín de Blooming Hall.
Lilian y Nara, las hijas de Rose de mayor y menor edad respectivamente, se habían pasado toda la mañana encerradas en la cocina preparando un exquisito banquete para celebrar los ochenta y cinco años que ese día cumplía su madre. En el salón de la antigua mansión, todos pudieron degustar el tierno cordero asado con zanahorias rehogadas y coles de Bruselas al vapor, y después salieron a la terraza. El menú había estado a la altura de los mejores restaurantes de la zona.
Con motivo de la celebración, Lilian había rescatado del armario el mantel blanco de su abuela paterna. Delicados bordados enmarcaban la exquisita tela de grueso lino. Aquel elegante mantel era una pieza antigua muy fina que se reservaba para ocasiones muy especiales, pero ¡quién sabía cuántos cumpleaños más podría celebrar Rose! A su edad había que festejarlo todo.
Rose sintió que la invadía la tristeza; era el primer cumpleaños que celebraba sin su amado esposo. Hacía semanas que temía la llegada de ese día. En esta ocasión Albert no le llevaría el desayuno a la cama, tal como había hecho durante décadas, y tendría que empezar ese día especial por primera vez sin su tierno abrazo. Echaba muchísimo de menos a su marido. Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo de su vida.
Rose sabía que era una mujer afortunada al haber conocido y amado al hombre de su vida hacía ya tantas décadas. Y era consciente de que había podido experimentar algo que muchas otras personas no lo habían vivido jamás. Justamente por eso la repentina muerte de su marido el año anterior fue tan dolorosa. Al acabar el día se habían acostado juntos en la cama y él le había rozado los labios con un beso, tal como había hecho todas las noches desde hacía sesenta años. «Buenas noches, mi maravillosa rosa». Esas fueron las últimas palabras que le dirigió.
En algún momento de la noche su corazón había dejado de latir. Albert murió en paz mientras dormía, sin dolor ni sufrimiento. Había conservado su mente ágil hasta el final. Exactamente como él habría deseado. Sin embargo, cuando Rose se dio cuenta a la mañana siguiente de que su marido se había ido para siempre, se le rompió el corazón. Se preguntó cómo podría continuar con su vida, hasta entonces marcada por la relación maravillosa que tenía con él. Le pareció que había pasado una eternidad hasta que pudo volver a sentir algo de alegría.
Sumida en sus pensamientos, Rose dejó vagar la mirada por la terraza. Tras la muerte de Albert sintió el amor incondicional de toda su familia, que no dejaron de apoyarla en todo momento. Sus hijos y nietos se esforzaron por infundirle nuevos ánimos para seguir adelante. Se encargaron de cocinar para ella y la convencieron de que era importante salir, algo que al principio no le apetecía hacer en absoluto. Sin embargo, al mirar hacia atrás, se alegraba de haberse animado a hacer excursiones con ellos; esos pequeños pasos la ayudaron a reintegrarse de nuevo en la vida.
Una de sus nietas, Soley, le había dedicado una canción, y otra, Dalia, había asumido esa mañana la costumbre de Albert, y le había llevado a la cama un desayuno digno de una princesa.
Al evocar aquellos recuerdos Rose se sentía tremendamente agradecida. Durante su infancia y juventud no lo había tenido nada fácil. Se había visto obligada a luchar mucho, superar obstáculos y empezar de nuevo varias veces. Pero cuando conoció a Albert toda su vida cambió, especialmente con la llegada de sus cinco maravillosos hijos.
Al acordarse de su hija Camellia, fallecida hacía veintiocho años, se enjugó sigilosamente una lágrima de la comisura del ojo. Un hijo nunca debería morir antes que sus padres, pero no habían podido evitar la tragedia. A pesar de que había pasado mucho tiempo, el dolor provocado por la terrible pérdida seguía anclado en lo más profundo de su corazón.
—Bueno, abuela, ¿está rico tu pastel de cumpleaños? —preguntó Dalia mientras le guiñaba un ojo.
Rose se esforzó por esbozar una sonrisa.
—Absolutamente delicioso. Eres una excelente cocinera.
—Gracias, me alegro mucho de que te guste —respondió Dalia antes de seguir conversando con su prima Welwitschie. La hija de Nara, de once años, era la nieta más joven de Rose.
—Mamá, ¿quieres un poco más de té? —Lilian estaba de pie a su lado con la tetera de porcelana blanca en la mano, y la miraba expectante.
Rose alzó la vista.
—Si no te parece demasiado temprano, preferiría un poco de sidra.
Cedar, su hijo mayor, que estaba sentado a su lado, le dedicó a su hermana una amplia sonrisa.
—Mamá solo cumplirá ochenta y cinco años una vez. Y té puede tomarlo cada día.
Lilian puso los ojos en blanco, pero volvió la cabeza hacia la puerta de la terraza por encima de su hombro y exclamó:
—¡Gunnar, ¿puedes traer por favor dos botellas de sidra cuando vuelvas?!
Del interior de la casa salió un bramido ininteligible.
—Eso debe de querer decir que sí —aclaró Lilian riendo, y luego volvió a sentarse junto a su hija Soley.
Rose observó pensativa a su nieta. Soley, de cabello rubio y piel clara, había alcanzado un éxito inusitado como cantante a una edad temprana, y aunque ella no lograba entender su música, sí reconocía la magia que emanaba de su voz. Sin embargo, hoy parecía distraída y nerviosa mientras conversaba en voz baja con su madre. Rose sentía que Soley, al igual que sus primas Dalia y Lali, aún no había encontrado su verdadero propósito en la vida. A diferencia de Magnolia, la mayor de sus nietas, quien parecía tener claro lo que era importante, sus tres nietas medianas se mostraban inseguras e inquietas, todavía en busca de su propio camino.
Mientras Rose paseaba la vista por la propiedad, con sus numerosos parterres, macizos de flores, extensiones de césped de un verde luminoso y coloridos y exuberantes jardines, empezó a sumergirse cada vez más en sus cavilaciones. ¿Acaso sería culpa suya que las tres jóvenes todavía no hubieran encontrado la felicidad? Por supuesto que Soley disfrutaba de la fama, la atención y los privilegios que conllevaba el hecho de ser una «estrella». No podía ser de otro modo a su edad. Y Dalia se entregaba en cuerpo y alma a cada nueva campaña publicitaria destinada a promocionar el centro de jardinería. Por su parte, Lali podía pasarse horas estudiando las hierbas aromáticas y medicinales que se cultivaban para su venta en Blooming Hall. Rose la observaba con frecuencia mientras deambulaba entre los arriates y por los invernaderos. Y, sin embargo, las tres parecían seguir buscando. Durante sus conversaciones con ellas, a Rose le parecía percibir siempre cierta insatisfacción. Lo que más deseaba era poder seguir acompañándolas en sus próximos pasos.
Miró a Maia, la mujer de Cedar. Cuán vulnerable e insegura parecía el día anterior durante el breve paseo que hicieron todos juntos por la extensa propiedad. Y cuánta confianza en sí misma, en cambio, demostraba tener su hija Magnolia. ¿Qué le habría dicho Albert de haber podido pasar aquellos últimos días con toda la familia? Rose apretó los labios. Sabía exactamente lo que le aconsejaría, justo lo mismo que le había repetido durante tanto tiempo: que debería acabar con el secretismo de una vez por todas. Su marido aborrecía profundamente las mentiras, los engaños y los fraudes. Para él la sinceridad y la transparencia eran fundamentales, especialmente en el seno de la familia.
Pero ¿realmente era ella una mentirosa? Cerró los ojos brevemente mientras se enfrentaba a los recuerdos. Durante todos aquellos años solo había querido proteger a su familia: a sus hijos, a sus nueras y yernos, a sus nietas. Se había guardado para sí algunas cosas para evitarles sufrimiento a las personas a las que más quería. En ningún caso había sido su intención hacerles daño. En ocasiones la verdad simplemente no es necesaria, ya que en última instancia las personas tienen que soportarla y vivir con ella. Rose no había mentido ni tampoco engañado. Nunca. Con Albert había sido siempre sincera. Su esposo era el único que lo sabía todo de ella. Entre ellos no había habido ningún secreto hasta el último día.
—Mamá, ¿no te parece que es un día bonito?
Rose abrió los ojos. Nara la miraba con un brillo de alegría en sus ojos.
—Es un día fantástico, Nara. Habéis conseguido que este cumpleaños sea algo muy especial. Os lo agradezco de todo corazón, a todos. —Carraspeó al darse cuenta de que los demás habían interrumpido sus conversaciones y ahora las miraban a ambas—. Ya que estáis escuchando, me gustaría deciros que estoy muy contenta de que hayáis venido todos. —Rose buscó a Cedar con la mirada—. Valoro profundamente que hayáis hecho el largo viaje desde California. —Alzó la mano derecha hacia el cielo—. Vuestro padre seguro que nos está mirando desde ahí arriba. Y nos ha regalado esta tarde el mejor tiempo posible en Cornualles. Probablemente sea esa su forma de felicitarme. —Rose sonrió—. Le echo de menos todos los días, pero me siento muy afortunada de teneros aquí conmigo. —Alzó la copa colmada de sidra que Gunnar le había servido, y todos los miembros de la familia brindaron en su honor.
—¡A tu salud, mamá!
—¡Por la mejor abuela del mundo!
—¡A tu salud, abuela!
En ese momento lo único que podía sentir Rose era una profunda gratitud. Su familia tenía salud, sus nietas se hallaban en el mejor camino para ser dueñas de su propia vida. Y, además, vivía en un auténtico paraíso.
Rose amaba el centro de jardinería y también Blooming Hall, la vieja mansión. Durante su larga vida había podido hacer lo que más le gustaba y más satisfacción le proporcionaba: cultivar nuevas plantas, cuidar aquellas más delicadas y ocuparse de todas las demás tareas relacionadas con la jardinería. Había encontrado su lugar. Hasta ese día.
Observaba ensimismada el arriate en el que había plantado flores para su familia. Las hierbas aromáticas, los árboles y las plantas de toda clase, pero, sobre todo, las flores, desde siempre le habían ofrecido consuelo en las circunstancias más difíciles. Su perfume embriagador y su apacible belleza habían acompañado a Rose desde su más tierna infancia. La simbiosis existente entre ella y las flores durante toda su vida había sido maravillosa.
—Abuela, ¿no querías elegir conmigo las flores para la escuela? —Welwitschie se inclinó hacia ella por encima de la mesa con los ojos brillantes de entusiasmo.
—Hoy no, cariño —amonestó Nara a su hija en voz suave—. Hoy es un día especial para la abuela.
—No pasa nada, Nara. —Rose hizo un gesto con la cabeza a su nieta más joven—. ¿Qué te parece si vamos juntas con Lali y Soley dentro de un rato a ver qué flores son las más adecuadas para vuestra fiesta?
—Yo también os acompaño —anunció Dalia—. Después de todo, tendré que diseñar el cartel para la celebración.
Rose asintió.
—Por supuesto.
—¿No será demasiado para ti, mamá? —El rostro de Lilian expresaba ahora preocupación.
—Todavía no estoy muerta —respondió Rose en tono cortante.
Lilian suspiró.
—Como tú quieras.
Rose reafirmó sus palabras con un nuevo movimiento de cabeza.
—¡Claro que quiero! —A continuación, le guiñó un ojo a Welwitschie—. Un poco más tarde —le dijo en un susurro conspiratorio.
En cuanto las conversaciones se reanudaron a su alrededor, Rose volvió a sumirse en sus pensamientos. ¿Cuánto tiempo de vida le quedaría? La muerte de Albert le había hecho ver cuán repentina podría ser la suya. Un día estaba planeando con él los cultivos de la próxima estación, y al siguiente ya no estaba en este mundo.
Le parecía oír la voz de su marido diciéndole «Tienes que acabar con ese eterno secretismo». ¿Acaso tendría razón? Rose examinó discretamente a su familia. Lilian y Gunnar, que trabajaban en el centro de jardinería desde hacía años y mantenían el negocio en funcionamiento, y su hija Soley, que se había ganado el corazón de tantas personas con su voz. A su lado, la temperamental Dalia, a quien Rose y Albert habían criado tras la muerte de Camellia como si fuera su propia hija. Lali, la más tímida, que después de tantos años seguía sufriendo por la inesperada desaparición de su madre, aunque su padre no se cansara de decir que su hija era lo que más quería por encima de todo. Rose escudriñó a su hijo Cedar, que en ese momento estaba conversando con su mujer, Maia. A su lado estaba sentada su hija Magnolia, que hablaba con Nara, mientras el tesoro más joven de Rose, Welwitschie, su rayo de sol como le gustaba llamarla, intentaba resolver un rompecabezas con una expresión de suma concentración.
Rose los quería a todos y cada uno de ellos tal y como eran, con sus debilidades y sus fortalezas. Eran tan distintos como las flores de las innumerables plantas que cultivaban. No solo por su aspecto, sino también por su carácter. Rose amaba a aquellas personas en su diversidad y variedad. Cada una de ellas enriquecía a su manera su propia vida. No siempre estaban de acuerdo, pero ¿acaso no eran esas miradas distintas, la discrepancia de opiniones, lo que importaba en la vida?
Era consciente de que había ocultado muchas cosas a sus seres más queridos. ¿Por qué no había puesto las cartas sobre la mesa hacía ya tiempo? Con Albert a su lado le habría resultado mucho más fácil. ¿Realmente quería llevarse todos aquellos secretos a la tumba? ¿A quién podrían resultarle de ayuda entonces? Rose era consciente de sus sentimientos encontrados. Aquellos pensamientos ciertamente no eran los más idóneos para aquel día, y le daba un poco de rabia que justamente en su cumpleaños le remordiera su mala conciencia.
—Pareces pensativa, mamá —señaló Nara—. ¿Estás pensando en papá?
Rose titubeó. Se pasó la lengua por el labio inferior con nerviosismo. ¿Quizá había llegado el momento apropiado? Ahora estaban todos ahí reunidos, y sería fácil conversar con sus hijos y nietos, uno por uno, y contarles aquello que le pesaba desde hacía tantos años. Pero ¿cómo reaccionarían? ¿No era tal vez demasiado tarde para contar toda la verdad?
Rose tragó saliva.
—¿Mamá? —Lilian también parecía un poco preocupada—. ¿Qué te pasa?
Ahora. O nunca. O en algún otro momento. Rose movió la cabeza lentamente de arriba abajo.
—Nada, es solo… Estaba pensando en vuestro padre.
Nara posó una mano sobre el antebrazo de su madre y lo apretó con delicadeza.
—Ay, mamá. Él siempre estará con nosotros. —Se llevó la otra mano a su propio corazón—. Aquí dentro.
Rose volvió a asentir.
—Tienes razón, cariño. —¡Qué miserable cobarde estaba hecha!—. No hay razón para estar triste en este maravilloso día. —Se obligó a sonreír.
—Querías muchísimo a papá. —También Lilian rozó suavemente el hombro de su madre—. No debe de ser fácil dejar atrás toda una vida compartida.
La mala conciencia volvió a acuciar a Rose por poner a Albert como pretexto para no tener que hablar del pasado.
—Enseguida se me pasará —dijo con voz ahogada.
Había esperado demasiado, y en ese momento se dio cuenta de que no iba a ser capaz de revelar a sus hijos lo que les había ocultado durante tantos años. Tendría que encontrar otra manera de compartir con ellos todo lo que sabía. ¡Ay, si Albert estuviera ahora con ella! Él sabría qué aconsejarla. Pero Rose había ignorado su advertencia durante demasiado tiempo, y había apartado de su mente el hecho de que no era inmortal. Y ahora estaba ahí, sentada al lado de las personas a las que más quería en el mundo, y no tenía el valor de ser sincera. No tenía el valor de ser honesta consigo misma y con aquellos a los que sentía más cercanos. Necesitaba encontrar la forma de hacerlo. Tal vez no hoy ni mañana, pero quizá la semana siguiente, o la siguiente, o…
Seis meses después
—Sigo sin poder creérmelo —dijo la señora Cones sacudiendo la cabeza de un lado a otro—. Conozco a Rose desde que me mudé a Saint Ives hace cincuenta años. —Se tomó unos instantes para reflexionar—. Sí, deben de haber pasado cincuenta años desde entonces. Me acuerdo perfectamente de cuando tu abuela se puso en contacto conmigo para preguntarme si quería que ella y Albert fueran mis proveedores de flores. —Suspiró—. Ay, quiero decir que parece que fue ayer, y sin embargo…
Dalia no podía ni imaginar qué se debía sentir al mirar atrás cincuenta años, nada menos que medio siglo. Tendría que recorrer el resto del camino de su vida por sí misma sin la compañía de su abuela. Tuvo que esforzarse por contener las lágrimas.
—La abuela era… la persona más cariñosa que he conocido —dijo Dalia tragando saliva.
Greta Cones la miró con empatía.
—Hace dos semanas me la encontré en Three Horses. Estuvimos charlando un rato sobre esta maldita niebla que se extiende sobre Cornualles desde hace semanas y sobre la próxima temporada de siembra. —Se enjugó los ojos—. Voy a echarla mucho de menos.
—Yo también —respondió la joven con gran tristeza. Hacía una semana que su abuela había fallecido, y Dalia todavía no podía ni imaginar cómo iba a salir adelante sin ella. Primero el abuelo y ahora, tan solo unos pocos meses después, también la abuela. En muy poco tiempo había visto cómo su vida se tambaleaba. Se sentía tan vacía y desesperanzada como nunca antes.
—Por lo menos tuvo una muerte hermosa, si es que se puede describir así —continuó Greta Cones—. Acostarse para hacer la siesta y no volver a despertar… No se puede desear nada mejor. No sirve de consuelo, por supuesto, pero…
Dalia asintió. Se sentía agradecida por la apacible muerte de su abuela. Cuántos abuelos de conocidos y amigos suyos estaban en residencias abarrotadas donde llevaban una triste existencia día tras día. Muchos no sabían qué día de la semana era y ni siquiera reconocían a su propia familia.
La abuela, en cambio, había podido permanecer en su querido hogar hasta el final. Hasta el último día había deambulado entre los parterres, había preguntado por el estado de los pedidos a Lilian y a Gunnar, y a Nara por los nuevos cultivos. Tenía un espacio propio donde había plantado, abonado y cuidado las flores para sus hijos y nietas, y se deleitaba con su colorido y la variedad de aromas. Dalia sabía que las flores lo habían sido todo para su abuela. «El amor ilumina el corazón y las flores iluminan la vida», le gustaba decir.
El hecho de que esa persona tan querida para ella ya no estuviera en el mundo casi le rompía el corazón. Nunca más volvería a saborear los deliciosos bollitos que preparaba su abuela, ni a tomar con ella en el salón o la terraza el té con leche típico de Cornualles que tanto les gustaba.
—Ella seguirá cuidándote desde donde esté —intentó consolarla Greta Cones—. La familia era lo más importante para Rose. Erais su vida, su mayor alegría. Su felicidad.
A Dalia se le hizo un nudo en la garganta.
—Era la mejor —consiguió decir finalmente con dificultad.
La señora Cones volvió tras el mostrador de su floristería y tomó en sus manos el montón de bocetos que Dalia le había imprimido, ya que la anciana no sabía desenvolverse en internet ni con ningún otro medio digital.
—Muy buen trabajo, Dalia. —La señora Cones deslizó sonriente el dedo índice por la primera ilustración—. No me entero de nada de estas cosas, aunque mi hijo opina que debería ponerme al día.
—Su hijo tiene razón. La presencia en internet hoy en día es imprescindible para cualquier negocio.
La señora Cones suspiró.
—Muchos de mis clientes tienen mi edad. Saben muy bien la calidad que ofrezco. No acabo de entender qué sentido tiene ahora adoptar estas cosas modernas.
Dalia no pudo evitar sonreír.
—Estas cosas modernas, como usted dice, pueden ayudar a conseguir muchos nuevos clientes. Por ejemplo, gente más joven, a la que también le interesen las flores.
Greta Cones hojeó los bocetos.
—Sí que me gustan. Estoy convencida de que la página web quedará preciosa. Y seguro que perjudicial no será.
—Para nada —ratificó Dalia con convicción.
—Bien, entonces adelante.
Tras hablar de los próximos pasos que había que seguir, Dalia se despidió de la anciana y salió de la floristería.
Ya en la calle, escribió un mensaje a Nara diciéndole que había acabado. Ambas habían viajado juntas hasta Saint Ives, una localidad situada en la costa atlántica del norte de Cornualles, famosa por haber inspirado a muchos artistas, llena de galerías y alfarerías. Nara tenía que entregar tres palmeras por la zona, y Dalia había aprovechado la ocasión para hablar por fin con la señora Cones sobre la nueva página web. Habían quedado en encontrarse en la playa de Porthminster cuando acabaran sus respectivas tareas.
Al llegar a la playa, Dalia reconoció a su tía desde lejos. La espesa bruma que se había extendido en las horas matutinas se iba disipando cada vez más. Aquí y allá se podían distinguir pequeñas franjas de cielo azul sobre un mar enfurecido. Había marea alta y enormes olas rompían contra la arena. Sobre la superficie del agua danzaba la espuma.
Nara miró a su sobrina.
—¿Cómo ha ido? ¿Has tenido éxito?
—La señora Cones ha decidido abrazar la modernidad.
Dalia esbozó una sonrisa.
—¿La modernidad? —Nara sacudió de un lado a otro la cabeza—. Las páginas web hace mucho que son la norma.
—Ya, pero la señora Cones tiene más de setenta años.
Nara cogió del brazo a Dalia.
—Demos un paseo. En el centro de jardinería me espera mucho trabajo. Necesito sentir un poco más el mar a mi alrededor y notar la sal en la nariz.
Dalia reprimió una risita ahogada.
—¿Mar y sal? Más bien niebla y arena en los ojos.
—Oh, vamos, disfruta del típico clima de Cornualles.
Dalia aspiró profundamente.
—A la abuela le encantaba esta niebla. Siempre decía que le daba al paisaje un aire místico.
—Y el abuelo la odiaba —prosiguió Nara mientras avanzaban por la playa casi desierta y entornaban los ojos a causa del viento, que les hacía lagrimear—. Aunque era un auténtico córnico. Es curioso, ¿no?
Dalia se encogió de hombros.
—Al abuelo le gustaba el sol, y en cambio para la abuela veinticinco grados ya era demasiado calor. Eso no lo puedo comprender. Yo preferiría estar a más de treinta grados en verano.
—Eran tan diferentes —comentó Nara, pensativa. Se detuvo un momento—. Y, sin embargo, resultaba evidente en todo momento cuánto se querían. Lo unidos que se sentían. Dos mitades de un todo. Prácticamente nunca discutían.
—¿Te acuerdas de cómo se rompió la pierna la abuela? ¿Cuando quería podar los frutales y se cayó de la escalera?
—Claro que me acuerdo. De eso debe hacer ya más de diez años.
Dalia asintió.
—Yo estaba todavía en el colegio. Hace una eternidad. El abuelo la subía cada noche a la planta de arriba, durante semanas, porque no quería que durmiera sola abajo.
—Y la abuela le reñía preguntándole si se había olvidado de la edad que tenía, que ya no era un adolescente. —Nara profirió una risita—. Era un espectáculo digno de ver.
Dalia no pudo evitar reír también al traer a la mente el alboroto que había montado la abuela.
—Juntos eran maravillosos.
—Una pareja feliz —confirmó Nara en voz baja.
Dalia miró a su tía de reojo y descubrió lágrimas en sus ojos. Tomó la mano de Nara y la apretó con suavidad.
—¿Crees que algún día experimentaremos algo parecido? —preguntó Dalia desviando la mirada a lo lejos, hacia el mar. El viento azotaba la espuma de las olas con toda su fuerza sobre la playa, y diminutas gotas cubrían el rostro de la joven. El rugido y el estruendo del océano ahogaban todo lo demás.
—Yo seguro que no —anunció Nara con voz sepulcral.
Dalia le acarició el brazo.
—Tú también te mereces ser feliz. ¡Más que nadie!
—¡Qué va, soy demasiado vieja! —replicó Nara, mientras sacaba un pañuelo del bolsillo de la chaqueta y se secaba los ojos.
—Demasiado vieja. —Dalia torció los labios en un gesto reprobatorio—. Solo nos llevamos unos pocos años.
Nara agitó la mano como desechando la idea.
—Tengo a Welwitschie. No necesito a nadie más para ser feliz.
—En eso tienes razón —corroboró Dalia—. Welwitschie es la hija más dulce y cariñosa que se puede imaginar. —La niña esbelta de largos cabellos ondulados era como mínimo tan hermosa como su madre. E igual de inteligente.
—Dime, querida, ¿te apetece un té con leche y bollos? —Nara cogió la mano de Dalia y la miró alzando las cejas.
—Eso siempre.
Cuando ambas regresaron a Blooming Hall por la tarde, una espesa niebla había vuelto a posarse sobre la propiedad. Hacía ya algún tiempo que Dalia había hablado con Nara sobre la posibilidad de renovar el estilo de la tienda, y se había mostrado dispuesta a elaborar con su programa de diseño gráfico algunos bocetos para la decoración de las paredes. Decidió retirarse a uno de los invernaderos para despejar la mente y pensar en posibles diseños. Sentada en el cálido interior, su mirada se posó en el helecho arbóreo de Nueva Zelanda que crecía delante del invernadero, sobreviviendo al viento, la lluvia y la humedad. Le haría una foto cuando la luz fuera la adecuada y luego la editaría. Sin duda, sería un motivo apropiado.
Perdida en sus pensamientos su mirada vagó hasta el cristal, en el que pudo reconocer su propio reflejo. Contempló su larga melena negra, su tez aceitunada, los rasgos de su rostro que tenía que agradecer a su padre. Y de nuevo se le ocurrió pensar cuán distinto era su aspecto del resto de su familia inglesa.
—De modo que es aquí donde te estabas escondiendo —resonó en ese momento la voz de su prima Magnolia, la cual arrancó a Dalia de sus cavilaciones—. Te hemos estado buscando.
Dalia suspiró.
—Admítelo, ¡has huido de la familia! —exclamó Soley al tiempo que aparecía tras Magnolia.
Dalia se retiró un mechón de la cara.
—La verdad es que sí. Ha habido tanta gente en casa últimamente, desde que la abuela celebró su último cumpleaños. Parece que fue ayer.
—Estoy muy contenta de que todavía estuviera con nosotros en Navidad —replicó Soley con aire pensativo.
—¿Cuándo seguirás con tu gira de conciertos? —quiso saber Dalia.
—En un par de días. Tengo una actuación en Londres, y luego otras en Edimburgo, Glasgow y Liverpool. —Soley titubeó—. Y después quiero tomarme un descanso. Llevo… —arrugó la frente— …tres meses fuera. No os podéis ni imaginar hasta qué punto aborrezco ahora las habitaciones de hotel.
Magnolia asintió con un gesto.
—No hay nada como la propia cama.
Dalia se incorporó de su taburete.
—¿La echáis tanto de menos como yo? —Su voz empezó a temblar.
Magnolia le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Con un ademán señaló los pasillos que discurrían entre las plantas y conducían hacia el interior del invernadero.
—Todavía no puedo creer que no la veremos deambular nunca más por aquí con su delantal rojo. ¿Os acordáis de cómo cogía y frotaba las hojas entre el índice y el pulgar? Cuando lo hacía tenía una expresión extasiada. Como si se hubiera desprendido de su propio cuerpo. Como si estuviera en otro mundo. —Magnolia sacudió la cabeza de un lado a otro—. Ya sé que suena como una estupidez. Pero no sé describirlo de otro modo.
—Comprendo lo que quieres decir —repuso Dalia—. Yo no puedo dejar de pensar en los veranos que pasamos juntas aquí. Cuando la abuela me decía cuándo ibais a llegar… —hizo una pausa para tragar saliva— …esperaba ese día como si fuera Navidad y mi cumpleaños al mismo tiempo.
—Nos lo pasábamos muy bien juntas —confirmó Magnolia—. Y eso a pesar de que de pequeña siempre odiaba el tiempo que hacía en Cornualles… —Esbozó una débil sonrisa—. Mis amigas a la vuelta de las vacaciones de verano siempre me hablaban de Hawái, Las Vegas, México y otros lugares. Y yo solo podía contar que había estado con mis abuelos en la hermosa y vieja Inglaterra, como siempre. —Suspiró—. Pero ahora pienso que no me habría gustado perderme ni un solo día de los que pasé con vosotras y los abuelos. Cuando mamá no se encontraba bien, el viaje a Cornualles era para mí… mi salvación —dijo con la voz tomada.
—¿Cómo está ahora? —se interesó Dalia demostrando empatía.
Magnolia vaciló.
—Tiene continuos altibajos. Desearía poder ayudarla. ¿Sabíais que de pequeña yo quería estudiar psicología? Únicamente para poder curar a mi madre. Cada vez que se hunde en ese pozo negro de alguna manera me siento culpable, porque yo estoy bien. A veces me gustaría simplemente zarandearla y decirle que debería abrir los ojos y darse cuenta de una vez por todas de la belleza que hay a su alrededor. California es un lugar de ensueño. —Hizo una pausa—. Y tiene un trabajo estupendo en la universidad. Simplemente no lo puedo entender. —Magnolia se rascó la barbilla pensativa—. Pero basta ya de lamentaciones.
—Nos vemos demasiado poco —comentó Dalia en voz baja—. Antes sabíamos todo lo que nos pasaba a cada una de nosotras. Pero ahora…
—Así es la vida —repuso Soley—. Esta maravillosa y maldita vida —concluyó haciendo una mueca.
—¿Qué pasa? —Magnolia escudriñó a su prima pequeña.
Soley se encogió de hombros.
—Nada. Todo está bien. Lleno las salas de conciertos, mis fans me adoran, gano dinero…
—Y, sin embargo, no estás satisfecha —señaló Magnolia.
—Quizá simplemente soy una desagradecida —respondió Soley.
—No lo creo —dijo Dalia—. Yo te comprendo. A mí me pasa algo parecido. Tengo infinidad de encargos, podría estar las veinticuatro horas diseñando páginas web, pero… —se interrumpió y no dijo más.
—¿Pero? —profundizó Magnolia.
—No sé si soy feliz. No sé si me quiero dedicar a esto toda la vida —explicó Dalia con voz suave—. En cambio, cuando te veo a ti, pareces tan convencida de lo que haces. Inviertes tanta energía en vuestros proyectos.
—En la protección del medio ambiente no nos podemos permitir ni la más mínima pausa —replicó Magnolia con voz seria—. Ya es demasiado tarde de todos modos. Esta misión es el mayor reto al que ha tenido que hacer frente la humanidad. Y la mayoría de las personas todavía no lo han comprendido.
—¿Ves? A eso me refiero —respondió Dalia—. A ti te apasiona tu causa.
—No es mi causa —replicó Magnolia—. La lucha contra el cambio climático nos afecta a todos.
—Tienes razón —asintió Dalia—. Pero ¿sabes? De algún modo me siento vacía interiormente. Cuando escucho dentro de mí… no hay nada. Ya me pasaba antes de que muriera la abuela. Me habría gustado tanto hablar con ella sobre ciertas cosas, pero ahora es definitivamente demasiado tarde.
—¿Sobre qué querías hablar con ella? —preguntó Magnolia.
—Sobre mi madre y tantas otras cosas relacionadas con ella. Me siento tan… inmensamente sola. —Dalia empezó a sollozar.
Soley se acercó a ella y la atrajo hacia sí.
—Oh, cariño.
Magnolia cogió la mano de Dalia y la apretó con suavidad.
—No estás sola. —Hizo un gesto señalando la mansión—. Ahora mismo ahí dentro hay muchas personas a las que les importas mucho. Somos una familia. Todos nosotros. Tus primas, por supuesto, y también nuestros padres.
Dalia asintió sin dejar de llorar mientras Soley y Magnolia intentaban convencerla y tranquilizarla.
Tras lo que pareció una eternidad el llanto cesó, y Dalia se limpió la nariz.
—Gracias.
—Vamos, no hace falta dar las gracias —dijo Magnolia mientras tomaba a Dalia del brazo—. ¿Quieres quedarte aquí o tienes ganas de jugar al Scrabble, como hacíamos antes? Se lo preguntaremos también a Lali y Nara, y nos imaginaremos que tenemos como mínimo… quince años menos. Regreso al pasado.
—Regreso al pasado —repitió Soley con convicción—. Eso suena muy bien, en mi opinión. La vida todavía era tan sencilla entonces.
Dalia se esforzó en dibujar una sonrisa.
—Estoy tan contenta de teneros.
Tres horas y media después, tras dos rondas de Scrabble, a Dalia le estallaba la cabeza. Salió de la casa solariega y se adentró en la espesa niebla. Entretanto había caído la noche, y el aire era húmedo y frío. Se ajustó el cuello de la chaqueta y se dirigió al parterre familiar de la abuela, situado entre los dos invernaderos de mayor tamaño de Blooming Hall.
Soley y Magnolia querían ir a cenar con sus padres al pueblo más cercano. Solo de pensar en acompañarlos se le había hecho un nudo en la garganta. Se sentía como si estuviera de más. ¿Alguna vez se había sentido más sola en toda su vida? La abuela y el abuelo habían sido como unos padres para ella. Y ahora ya no estaban a su lado. Obviamente seguía sintiéndose muy unida a sus primas y a su tía Nara, pero esa relación especial con sus abuelos se había perdido irremediablemente con la muerte de su abuela.
Se adentró en el parterre y contempló las flores y las plantas de la familia y su ordenada disposición: lilas para la tía Lilian; camelias para su madre fallecida, Camellia; salvia para su tío Sage, y el cedro que se erigía a su lado para su otro tío, Cedar. En la parte delantera la abuela había plantado dalias de México para Dalia, cerca de una magnolia de Nueva Zelanda para Magnolia. Los clavos de Sri Lanka de Lali todavía estaban hibernando, como todas las demás plantas que florecían en primavera, al igual que los botones de oro para Soley. A la izquierda, la abuela había dispuesto dos plantas endémicas de Namibia, una nara y una welwitschia, en honor a su hija adoptiva y su nieta, respectivamente.
Fue una idea genial que tuvo su abuela en aquel entonces. Un arriate para sus descendientes, rodeado de un seto de rosales ahora magnífico. Las personas ajenas seguramente no podían comprender por qué Rose había puesto a todos sus hijos nombres de flores y plantas, pero Dalia sabía que los abuelos habían pasado gran parte de su vida muy cerca de la naturaleza y estaban muy conectados con la tierra. Los nombres eran perfectos para la familia Carter. Y el hecho de que años después los hijos de Rose y Albert hubieran recuperado esa bonita tradición a la hora de dar un nombre a sus propios hijos era una prueba más del vínculo familiar y su cohesión.
—¿Qué haces aquí, Dalia? —se oyó la voz de Lali.
Dalia se sobresaltó.
—Perdona, no era mi intención asustarte.
Su prima pequeña llegó hasta donde se encontraba Dalia y siguió su mirada.
—El parterre familiar. Me encanta este sitio.
Dalia asintió.
—Necesitaba tranquilidad. Distancia.
—Pero si a ti normalmente te encanta el bullicio —comentó Lali sonriendo.
—Ahora mismo no me apetece demasiado socializar ni hablar. ¿Cómo te va? ¿Qué tal las prácticas?
—Mejor no hablar de eso —respondió Lali con voz suave—. Al comenzar realmente creía que el trabajo en un periódico me iba a gustar, pero uno de los periodistas… —No acabó la frase.
—¿Qué te ha hecho?
Lali hizo un gesto de desprecio con la mano.
—Al principio… bueno, empezó haciendo comentarios estúpidos. Y la semana pasada… —Lali apartó la mirada.
—¿Qué pasó la semana pasada? —Dalia tuvo una extraña premonición.
—Me acosó. —Los hombros de Lali se desplomaron.
—¿Cómo dices? —Dalia sintió que le hervía la sangre—. Espero que se lo hayas contado a tu jefe.
Lali negó con la cabeza.
—Ese periodista es mi superior inmediato. Se me asignó como tutor para las prácticas, debía acompañarlo en sus investigaciones. El día después de que me manoseara comuniqué al periódico que ya no volvería. Que el periodismo no era para mí.
—¿Y nadie te preguntó nada más? —quiso saber Dalia, incrédula.
—No, creo que se alegraron de que lo dejara. Al fin y al cabo una becaria solo significa más trabajo.
—Deberías denunciar a ese sinvergüenza.
—¿Para qué? —Lali aspiró con fuerza—. Es su palabra contra la mía. Y realmente no pasó nada.
—¿Que no pasó nada? —repitió Dalia fuera de sí—. Ese cerdo te tocó, aunque tú no le habías dado permiso para hacerlo. O sea que sí ha pasado algo. Y puedes estar segura de que volverá a intentarlo con la próxima becaria.
Lali asintió.
—Seguramente tienes razón, pero yo no soy como tú, Dalia. Yo… yo no puedo hacerlo. Solo quería alejarme de allí. No volver a ver a ese tipo. Apenas podía ni siquiera conciliar el sueño.
Lali siempre había sido muy tímida y, a pesar de tener ya más de veinte años, seguía dando la impresión de estar a menudo perdida y ser muy vulnerable. Dalia había deseado de todo corazón que las prácticas en la redacción de un periódico por fin le mostraran una posible trayectoria profesional.
—¿Por qué no le preguntas a Nara si puedes trabajar en el centro de jardinería? —sugirió Dalia al tiempo que señalaba con un gesto hacia el invernadero—. Te encantan las hierbas aromáticas y las plantas medicinales. Tal vez podrías…
—No —la interrumpió Lali—. Eso no… —Sacudió la cabeza de un lado a otro—. Le he preguntado a un veterinario si puedo hacer prácticas en su clínica.
«De un periódico a una clínica veterinaria», pensó Dalia con escepticismo. Lali ciertamente parecía no tener la menor idea de cuál podría ser su futuro profesional.
—¿Y qué te ha dicho?
—Hace dos días me contestó que me aceptaba como becaria. Puedo empezar la semana que viene. Y me encantan los animales.
—¿Significa eso que te planteas ser veterinaria? —insistió Dalia.
—Sí, tal vez.
Dalia tenía serias dudas de que eso fuera buena idea. No podía imaginarse a su sensible prima operando a un animal, y mucho menos sacrificándolo si fuera necesario para que dejara de sufrir. Pero se guardó su opinión para sí misma, puesto que no quería confundirla aún más.
—Yo no soy como tú. —Lali rompió el silencio—. Tú siempre sabes exactamente lo que quieres. Tienes talento, puedes crear ilustraciones maravillosas y diseños fantásticos. Nunca tuviste que cuestionarte qué dirección tomar.
—Ahí te equivocas, Lali —replicó Dalia—. Sí, es cierto que enseguida supe que quería hacer algo creativo. Pero en los últimos tiempos, estos últimos días, me sobreviene cada vez con más frecuencia la sensación de encontrarme en un callejón sin salida.
Lali la miró con atención.
—¿Qué quieres decir?
Dalia se mordió el labio inferior.
—No estoy segura. Me siento… vacía. Apática. —Cerró brevemente los ojos—. Sola. Me siento sola.
—Comprendo a lo que te refieres —afirmó Lali con voz ronca—. A mí me pasa lo mismo desde hace años. Mi madre… La echo tanto de menos. Y cuando quiero hablar de ella con mi padre, simplemente se niega.
—Lo siento, Lali. De veras. —Dalia rodeó con un brazo la delgada espalda de su prima—. Tiene que ser duro para ti.
—Y para ti también. Tú ni siquiera conoces a tu padre.
—Últimamente me pregunto a menudo cómo hubiera sido mi vida si mi madre no hubiera muerto en el parto. Si hubiera podido llevarme con ella a México, con mi padre. —Dalia hizo una breve pausa—. No sé de dónde vengo. Qué rasgos heredé de mi padre y cuáles de mi madre. Los abuelos fueron los mejores padres que podría haber deseado nunca, pero tampoco consiguieron llenar ese vacío. Mi madre me dio la vida, pero nunca tuve la oportunidad de construir un verdadero vínculo.
—Nadie puede sustituir a la verdadera madre —comentó Lali con tristeza.
—Ni tampoco a un padre —prosiguió Dalia, mientras la pena se iba apoderando de ella. Pena por sus abuelos fallecidos, por su madre muerta hacía tantos años… pero también por su padre, al que nunca había tenido la oportunidad de conocer.
A Dalia todavía le parecía oír en su mente la voz de Simon y Garfunkel. Fue deseo de su abuela que en su entierro sonara «The Sound of Silence», su canción preferida desde hacía tantas décadas. El tiempo típico de Cornualles por lo menos ese día se había comportado razonablemente. Justo a la hora del sepelio el cielo se abrió para mostrar su aspecto más radiante. El sol de febrero envolvió en una brillante luz a los asistentes congregados en el pequeño cementerio.
Daba la impresión de que la abuela quisiera enviar a su familia un cariñoso gesto de despedida, aunque seguramente habría preferido la niebla de los últimos días para dotar a su último adiós de un aire místico. Su cuerpo iba a descansar junto al de su marido y al de su hija Camellia.
Dalia observó desde la lejanía a Maia y a Cedar, que discutían en voz baja. El rostro de su tío tenía una expresión de disgusto, y su mujer mantenía la cabeza gacha mientras se masajeaba nerviosa las sienes una y otra vez. Desde que tenía memoria Dalia había visto cómo su tía tenía que lidiar con sus problemas mentales. Desgraciadamente, hasta ahora ninguna de las incontables terapias a las que Maia había recurrido le había servido de gran ayuda. Los abuelos siempre se habían mostrado muy preocupados por su nuera, y la abuela se esforzaba por leer en los ojos de Maia hasta el más mínimo de sus deseos siempre que pasaba unos días en Blooming Hall.
Cedar se había trasladado con su familia a California hacía muchos años ya que él y Maia habían recibido unas tentadoras ofertas de la Universidad de California. A la abuela casi se le rompió el corazón al enterarse de que iban a mudarse a miles de kilómetros de distancia. Pero, al mismo tiempo, se sentía orgullosa de su inteligente hijo, que con los años se había ganado una excelente reputación en su campo. Maia también trabajaba como profesora desde hacía años en Los Ángeles, pero ni siquiera su exigente ocupación parecía conseguir liberarla de sus demonios internos.
De pronto, su atención se centró en otros miembros de su familia.
—¡Sí, voy a dedicarme a cantar! —oyó que exclamaba Soley en tono desafiante dirigiéndose a su madre. A continuación, con una expresión de enojo en la cara, añadió algo que Dalia no pudo entender desde donde se encontraba. Era imposible no darse cuenta de que su prima estaba luchando por su carrera y por adueñarse de su propia vida.
«Problemas y más problemas», pensó Dalia angustiada. La ausencia de los abuelos, siempre dispuestos a dar consejos y consuelo, se hacía patente. ¿Cómo saldrían adelante sin ellos? Los abuelos siempre habían sido el centro de la familia. Acostumbraban a invitar a todos sus hijos a pasar unos días en Blooming Hall, para reunirlos a todos. ¿Alguno de ellos tomaría el relevo y convocaría a toda la familia de tanto en tanto? ¿Tal vez Lilian y Gunnar, que se harían cargo junto con Nara del centro de jardinería? Dalia no podía saberlo. Y en esos momentos tampoco podía imaginar cómo serían aquellas próximas reuniones familiares, sin los abuelos, sin los fundadores de la familia.
Al lado de Dalia se encontraba Nara, que conversaba en voz baja con su hija. Welwitschie no había dejado de llorar amargamente durante todo el día por su abuela. A pesar de su juventud comprendía perfectamente que aquella era una despedida para siempre, aunque tal vez no pudiera captar en realidad qué significaba para siempre en ese caso.
Al fondo de la larga mesa se encontraban algunos conocidos, vecinos y amigos de sus abuelos. Entre ellos también Greta Cones. Dalia pensó que después se acercaría a hablar con ella.
Lali estaba sentada frente a Dalia, y llevaba un rato inmóvil con la mirada fija en su plato vacío. Sage parecía estar pensando cuál sería la mejor manera de acercarse a su hija. Hacía años que la relación entre ambos dejaba mucho que desear, y Dalia podía comprender perfectamente que Lali todavía echara tanto de menos a su madre.
Al notar la mano de Nara sobre su hombro, Dalia giró la cabeza y la miró.
—¿Te apetece tomar el aire?
—¿Ahora? —Dalia dibujó un círculo con la mano derecha que abarcaba toda la mesa.
Nara se encogió de hombros.
—¿Por qué no? Ya hemos acabado de comer y los ánimos están de capa caída. —Nara se volvió hacia su hija y le preguntó si quería acompañarlas afuera.
Welwitschie negó con la cabeza y siguió explicando a la anciana sentada a su lado que en clase de inglés ahora iban a leer una obra de Shakespeare que le parecía horrible. Dalia esbozó una sonrisa de satisfacción y se puso en pie.
—Con permiso —dijo Nara dirigiéndose hacia sus hermanos, mientras empujaba con delicadeza a Dalia hasta el exterior.
Cuando traspasaron el umbral de la enorme puerta de madera de la entrada principal, Dalia respiró profundamente de forma instintiva. No se había dado cuenta hasta entonces de hasta qué punto la había deprimido la tensión presente durante todo el funeral.
—Mejor, ¿no? —Nara pasó su mano por debajo del brazo derecho de Dalia y la guio para alejarse del edificio.
—Mucho mejor —respondió Dalia aliviada—. Todo es tan… descorazonador.
Nara asintió.
—Me aterra que la familia se desmorone, ahora que no está mamá para mantenerla unida.
—A mí se me ha pasado lo mismo por la cabeza —confesó Dalia en voz baja. Nara y ella siempre habían estado en la misma sintonía. Podía decirse que prácticamente habían crecido juntas, y por eso Dalia la consideraba más como una hermana que como una tía, que era su parentesco real.
—Cada uno se preocupa únicamente de sus propios problemas —prosiguió Nara, mientras daban unos cuantos pasos adentrándose en el jardín, dejando atrás la amplia explanada con las palmeras, los rododendros y el ancho seto de rosales.
—Quizá nos hemos estado engañando en los últimos años —replicó Dalia con aire pensativo—. La abuela siempre trataba de mantener la armonía en el seno de la familia. Ahora que ya no está, posiblemente se haga evidente lo que no queríamos ver. O tal vez no podíamos.
Nara guardó silencio, como si estuviera reflexionando sobre las palabras de Dalia.
—Puede que tengas razón —dijo finalmente, y suspiró—. Espero que consigamos reinventarnos a nosotros mismos. Sin mamá y papá Blooming Hall no es lo mismo, pero seguro que estaban convencidos de que podríamos darle un espíritu renovado a su propiedad a nuestra manera. Un nuevo comienzo puede ser también una oportunidad. Para todos.
—Eso sería bonito —replicó Dalia, mientras pensaba en algunos retazos de conversaciones que había conseguido escuchar en las últimas dos horas durante la comida. Todos parecían absortos en sus propias preocupaciones, aunque conversaban unos con otros e intentaban darse mutuo apoyo. A Dalia le pasaba algo parecido—. Tienes razón. La abuela no habría querido que Blooming Hall cayera en el abandono. Y seguro que ambos tenían en mente que nos mantuviéramos unidos como familia.
Nara asintió enérgicamente.
—Haré todo lo que esté en mi mano para conservar su legado. En Blooming Hall sigue presente el alma de mamá y papá. De alguna manera tenemos que conservar toda la propiedad, aparte del centro de jardinería. Es necesario reflexionar acerca de ello, sin precipitarse.
Cuando Dalia y Nara regresaron a la mansión oyeron voces en un tono elevado procedentes del salón.
—¿Qué pasa ahora? —Dalia lanzó a Nara una mirada intranquila, pero esta se limitó a encogerse de hombros y seguir avanzando.
Justo cuando entraban en el salón, Magnolia lanzaba chispas por los ojos, mirando a los demás, furiosa, y gritaba:
—¡¿No os dais cuenta de lo que está pasando delante de vuestras narices?!
En la mesa apenas quedaban comensales. Los amigos de sus abuelos obviamente se habían despedido mientras Dalia y Nara daban su paseo. Ahora solo quedaba la familia más cercana sentada alrededor de la mesa. Era palpable el aumento de la tensión en el ambiente.
—Sería mejor que tomaseis como ejemplo el jardín de Eden Project. —Magnolia se reclinó en el respaldo de la silla y cruzó los brazos por encima del pecho. Dalia solo había estado una vez en el jardín botánico que su prima acababa de mencionar. Se encontraba cerca de Saint Austell y existía desde hacía algo más de veinte años. Eden Project era un auténtico imán para los visitantes de Cornualles y se contaba entre los más relevantes atractivos turísticos de la región. Su propietario, entre otras cosas, tenía la pretensión de proteger, al mismo tiempo que exhibir, cultivos viejos y también plantas en peligro de extinción. La principal atracción eran dos enormes invernaderos, uno de los cuales albergaba vegetación de zonas tropicales húmedas, mientras que el otro estaba dedicado a la flora mediterránea. Dalia se acordaba perfectamente de cuánto la habían fascinado las muchas y variadas especies.
—¡Eden Project! —Lilian alzó los brazos al aire.
—Magnolia, estás comparando peras con manzanas.
Magnolia negó con la cabeza.
—Es solo un ejemplo. Es evidente que Blooming Hall no cuenta con las mismas dimensiones, pero creo que para vosotros los principales objetivos también deberían ser la sostenibilidad y la neutralidad climática.
—Magnolia, con todo el respeto por tu idealismo… —empezó a decir Gunnar, pero su sobrina le interrumpió de inmediato.
—¡Esto no tiene nada que ver con el idealismo! —saltó Magnolia furibunda.
Dalia tomó asiento en silencio. ¿Qué acababa de suceder allí para caldear hasta tal punto el ambiente? Sabía, por supuesto, que su prima luchaba contra la ceguera política en cuestiones de protección del clima desde hacía años, a menudo con métodos que rozaban los límites de la legalidad.
—¿Acaso no veis las noticias? ¿Os interesáis de vez en cuando por el estado actual de nuestro planeta? —La voz de Magnolia destilaba sarcasmo—. Estamos destruyendo el mundo. No es posible que seáis tan ignorantes.
—Tal vez deberíamos empezar por calmarnos un poco —intervino Cedar.
Su hija deambulaba nerviosa de arriba abajo justo delante del amplio ventanal que daba a la terraza, mientras se mesaba los cabellos.
—¡Calmarnos! —se rio con desdén—. Tú tampoco has entendido nada, papá. —Su voz ahora estaba cargada de frustración.
—Magnolia —comenzó a decir Lilian con suavidad—. Una inversión para hacer lo que tú propones supone un montón de dinero. ¿Tienes idea de cuánto cuesta mantener una propiedad como Blooming Hall? Cada mes nos sentimos aliviados si no perdemos ningún cliente para poder mantenerlo todo tal como deseaban los abuelos.
Magnolia movía la cabeza de un lado a otro defraudada, mientras mascullaba palabras ininteligibles para sí misma.
Maia le susurró a su esposo algo al oído. El rostro de Cedar adoptó de pronto una expresión angustiada. Replicó algo que hizo que Maia se pusiera en pie y abandonara la estancia sin decir más. Su marido la siguió con la mirada hasta que desapareció en el vestíbulo.
—Yo creo que Lilian y Gunnar llevan trabajando en el centro de jardinería el tiempo suficiente como para poder hacerse una idea de cómo se puede seguir gestionando en el futuro el legado de mamá y papá —intervino Sage. Lali, sentada a su lado, guardaba silencio y se amasaba nerviosa los dedos.
Magnolia detuvo su deambular y fue pasando la mirada por cada uno de los miembros de la familia.
—En África el desierto está avanzando. Les estamos arrebatando sus medios de subsistencia, y a nadie le importa. Millones de personas no saben si podrán cenar hoy o si se morirán de hambre. —Hizo un gesto enfático con la cabeza—. Pero, en fin, lo único que cuenta para vosotros es que el centro de jardinería ofrezca suficientes beneficios a corto plazo, por supuesto.
—Eso es injusto, Magnolia —señaló Nara en un tono tranquilo—. Nos esforzamos mucho para ser algo más que una simple floristería. La venta de plantas en maceta en los últimos diez años se ha duplicado, incluso supone algo más del doble.
—Pero sigue siendo insuficiente —replicó Magnolia en tono insolente.
—¿De veras crees que Blooming Hall puede salvar el mundo? —reprobó Gunnar dirigiéndose a su sobrina—. Somos un centro de jardinería, Magnolia, solo uno. Aunque toda Inglaterra adoptara criterios de mayor sostenibilidad, ¿qué efecto tendría eso a escala mundial?
Magnolia puso los ojos en blanco.
—Era obvio, el argumento demoledor por excelencia. ¿Qué puedo conseguir cambiar yo, una sola persona, si los demás no hacen nada? —Se dejó caer sobre una silla—. ¿Quién empezará entonces? —Volvió a mirar a la cara a todos, uno por uno—. Nosotros no, por supuesto. ¿Quién lo hará? ¿Nuestros vecinos, los escoceses, los europeos, los americanos? ¿O los chinos? ¿Los rusos? ¿Quién debería ser el primero que dé la señal? Todos discutimos y debatimos, pero no cambia nada. —Hizo una pausa—. O muy poco.
—Mi madre te está diciendo que no cuenta con los medios para hacer inversiones de tanto alcance —remarcó Soley—. Deberías respetar su postura.
Magnolia profirió una risa sarcástica.
—Claro, a nuestra viajera, que cada mes da la vuelta al mundo en avión, ni se le ocurre pensar en las repercusiones que eso tiene en el cambio climático o en su huella de carbono. ¿Para qué? Lo más importante es que las entradas para sus conciertos se vendan.
—Magnolia, eso está fuera de lugar… —replicó Soley clavando una mirada indignada a su prima.
—¿Fuera de lugar? —repitió Magnolia—. Lo que está fuera de lugar es que todo se vaya al infierno y que aparentemente a nadie le importe. —Suspiró mientras hacía un gesto de indiferencia con la mano. Parecía que le hubieran abandonado todas sus fuerzas.
—Es evidente que la protección del medio ambiente es importante —repuso Gunnar en un tono de voz relajado—. Y que a la larga no podemos seguir como hasta ahora. No obstante, los cambios radicales también necesitan tiempo.
—Pero no contamos con ese tiempo —replicó Magnolia.
—Y, sin embargo, lo necesitamos —dijo Lilian intentando apaciguar a su sobrina.
Magnolia no contestó nada más, sino que dirigió su atención hacia Welwitschie, que estaba sentada a su lado, dibujando.
Dalia suspiró y se acordó de cuando Cedar y Sage se habían enfrentado con motivo de unas obras de reforma hasta tal punto que sus tíos habían dejado de hablarse durante días. Pero la incesante y apaciguadora mediación de la abuela había conseguido la reconciliación. Nada aborrecía más su abuela que las tensiones en el seno de la familia. Por eso ahora se notaba aún más su ausencia como presencia equilibradora.
—Comprendo perfectamente el punto de vista de Magnolia, pero Lilian y Gunnar hacen un trabajo estupendo —le dijo Nara a Dalia en voz baja—. No se puede tirar simplemente por la borda todo lo construido. ¿Quién asumiría los costes?
—Magnolia siempre se ha mostrado apasionada por las cosas que le importan. A veces excesivamente. —Dalia admiraba en secreto la firmeza de su prima. El convencimiento con el que defendía su postura era algo que ella no tenía y ahora echaba de menos más que nunca. Desde la muerte de su abuela se sentía desarraigada e insegura. ¿Cuál era, en realidad, su objetivo en la vida? ¿Hacia dónde se dirigía? Todavía no había cumplido los treinta años. Habían pasado más de dos años desde su última relación sentimental. Su novio de aquel entonces había llegado a la conclusión de que todavía tenía que disfrutar de la vida, antes de asumir responsabilidades en serio. La ruptura la había pillado por sorpresa. Dalia quedó devastada y necesitó meses para olvidarlo.
Algunas de sus amigas ya se habían casado, tenían niños y se habían comprado una casa. Ella, en cambio, seguía viviendo en la propiedad de sus abuelos. Aunque tenía mucho éxito como diseñadora gráfica, el vacío que sentía en su interior era cada vez mayor. Ahora estaba convencida de que tenía que cambiar algo urgentemente. Todavía no sabía el qué, ni tampoco el cómo. Solo sabía que no podía continuar así.